Querida mamá y otros cuentos - Hebe Uhart - E-Book

Querida mamá y otros cuentos E-Book

Hebe Uhart

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Beschreibung

Un modo de mirar que produce un modo de decir. Hebe Uhart escribe sobre las impresiones de una directora de escuela, sobre el arte de hacer un budín esponjoso, sobre una mujer que cuida un jardín, sobre una madre que abandona la provincia y va a buscar suerte a la ciudad. Son vidas comunes, sencillas. Son personajes que descubren el amor, que se quedan rumiando el sonido de ciertas palabras, que despiertan y miran el mundo sin prejuicios, como si lo estuvieran viendo siempre por primera vez; que se detienen en minucias y descubren que esas minucias contienen, muchas veces, el sentido de sus vidas.

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Seitenzahl: 140

Veröffentlichungsjahr: 2025

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QUERIDA MAMÁY OTROS CUENTOS

COLECCIÓNRELATO LICENCIADO VIDRIERA

COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURAL

Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial

Introducción y selecciónDiego Zúñiga

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

MÉXICO 2025

AVISO LEGAL Querida mamá y otros cuentos, de Hebe Uhart. Introducción y selección de Diego Zúñiga. La obra Querida mamá y otros cuentos, de Hebe Uhart, fue publicada en 2025, de manera impresa, por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM, bajo su colección Relato Licenciado Vidriera. Directora general de Publicaciones y Fomento Editorial: Socorro Venegas. Subdirectora editorial: Elsa Botello López. Coordinadora de la colección: Tedi López Mills. Diseño: Ricardo Noriega y Moira de Chermont. Formación: Ma. Dolores Rodríguez. Lecturas: Judith Díaz. Cuidado editorial: Patricia Zama. Fundador de la colección: Hernán Lara Zavala†. Director de la colección de 2005 a 2022: Álvaro Uribe†. Esta edición de un ejemplar (623 Kb) fue preparada por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM. La coordinación editorial estuvo a cargo de Camilo Ayala Ochoa. La producción y formación fueron realizadas por Hipertexto – Netizen Digital Solutions. © Cuentos completos, de Hebe Uhart. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora S.A., 2019. © Herederos de Hebe Uhart Primera edición electrónica en formato epub: 15 de junio de 2025. D. R. © 2025 UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO Ciudad Universitaria, 04510, Ciudad de México, México. Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial www.libros.unam.mx ISBN: 978-607-587-503-3 Prohibida su reproducción parcial o total por cualquier medio sin autorización escrita de su legítimo titular de derechos. Esta edición y sus características son propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México. Hecho en México.

INTRODUCCIÓN

Querida Hebe

UN DÍA, HEBE UHART DEJÓ DE ESCRIBIR CUENTOS. O DEJÓ DE PUBLICARLOS, AL MENOS. SE ABURRIÓ o se cansó o simplemente, en realidad, decidió cruzar la vereda y en vez de insistir con la ficción, se puso a escribir crónicas. Para ser más precisos: crónicas de viaje.

Tenía poco más de 70 años, Alfaguara acababa de publicar sus Relatos reunidos (2010) y su nombre, por fin, había dejado de ser una contraseña entre lectores: el secreto mejor guardado de la literatura argentina. Empezaba a quedar atrás el mito de la escritora de culto. Ahora venían los reconocimientos, las invitaciones, los viajes y el encuentro con las nuevas generaciones que iban a celebrar su literatura en Argentina, pero también en Chile, Colombia y Perú. Para entonces, Hebe Uhart llevaba escribiendo y publicando casi medio siglo —desde los sesenta del siglo pasado, cuando apareció su primer libro—, y escritores como Haroldo Conti, Ricardo Piglia, Fogwill y un largo y contundente etcétera habían insistido en que era una de las mejores cuentistas de una tradición llena de cuentistas descomunales: Borges, Cortázar, Ocampo, Quiroga, en fin. Ahí, su nombre brillaba con esa luz propia que podríamos llamar estilo o voz, la voz única de Hebe Uhart, que justo cuando le empezaba a llegar el reconocimiento, decide dejar de publicar cuentos porque siempre hizo lo que se le dio la gana —y nunca lo que debería haber hecho.

***

Nació en Moreno, en 1936, a casi dos horas del centro de Buenos Aires. Estudió filosofía, enseñó en colegios y universidades, publicó su primer libro en 1962, impartió talleres literarios, escribió cuentos, novelas, crónicas que aparecieron, casi todos, en editoriales independientes, pequeñísimas, muchas de las cuales hoy ya ni siquiera existen. En esos relatos, en esas historias, Hebe Uhart se inventó un mundo, una mirada, un estilo. De todo esto habló con mucha precisión el argentino Elvio Gandolfo, ese escritor y lector extraordinario que prologó una de sus antologías:

La mirada a partir de la cual narra Hebe Uhart es externa, “sacada”, y por eso descubre tanto. [Ella se ubica entre los escritores] donde un “modo o manera de mirar” produce, segrega un “modo de decir”, un estilo: Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás, Rodolfo Fogwill o Clarice Lispector. Algo ve la mirada de la autora, y en la búsqueda del mejor modo de ponerlo en palabras, va construyendo un lenguaje propio, que no se impone a lo percibido, sino que se origina en ese mundo.

Un modo de mirar que produce un modo de decir. Hebe Uhart escribe sobre las impresiones de una directora de escuela, sobre el arte de hacer un budín esponjoso, sobre una mujer que cuida un jardín, sobre una madre que abandona la provincia y va a buscar suerte a la ciudad. Son vidas comunes, sencillas. Son personajes que descubren el amor, que se quedan rumiando el sonido de ciertas palabras, que despiertan y miran el mundo sin prejuicios, como si lo estuvieran viendo siempre por primera vez; que se detienen en minucias y descubren que esas minucias contienen, muchas veces, el sentido de sus vidas.

Y es esa mirada sin prejuicio la que produce un modo de decir, una sintaxis particular, una textura que le va dando forma a estos relatos, cierto zigzagueo en un género tan complejo y aparentemente rígido como es el del cuento: “No sé por qué extraña obstinación o locura, pronuncio las lenguas a mi manera, como me gusta y no como debe ser […] De manera caprichosa, me invento una pronunciación para inventarme a mí misma”, escribe Uhart en “Congreso”, relato en el que narra un viaje delirante por Alemania, donde han invitado a la protagonista —una suerte de alter ego— a participar en un encuentro de escritores. “Los miembros de un congreso son como náufragos que van a una isla desconocida, y cuando no se conocen, deben estudiarse como los animales para saber con quién pueden estar, quién es peligroso o irrelevante”, explica la narradora, quien llega con la delegación argentina, pero se arrima a los uruguayos. Los estudia a todos, los observa, los disecciona con esa inteligencia y humor que atraviesan su literatura. Se ríe de ellos y de ella misma —de la solemnidad, de los que hacen lobby, de los tontos serios—, mientras recorre los lugares sin saber el idioma, entregándose a su infinita curiosidad. No hace lo que debiera hacer, no va donde le dicen que vaya; se distrae, camina, divaga, se pierde y sigue caminando, sin olvidarse nunca de mirar a los otros, de escucharlos con toda la atención del mundo, aunque no pueda entenderlos.

En sus cuentos no suele haber escritores, porque sus intereses, sus obsesiones, su curiosidad, apuntan hacia otros lugares íntimos, cercanos, increíblemente familiares. La familia se arma y se desarma en su obra, y ella sobrevive para contarlo. Hebe Uhart es la escritora que mira, la que escucha, la que es capaz de convertir su experiencia en la experiencia del mundo. Y para lograrlo entendió rápido, eso sí, que el yo autobiográfico no le era suficiente. Sí tomó prestado mucho de su vida para darle vida a sus personajes. Las mujeres que protagonizan sus cuentos se parecen y no se parecen a ella: maestras de escuela, estudiantes de filosofía, niñas curiosas —que se asoman a la adultez con una sabiduría tan extraña como fascinante—, hijas que no quieren ser madres, madres difíciles y algo tristes, mujeres adultas que logran encontrar la felicidad en las fisuras de una cotidianidad que parece no darles tregua. El mundo que convoca Uhart en sus cuentos nunca es amable: al contrario, es un mundo machista, violento, clasista, bruto, muchas veces inhóspito. Y lo que hace su literatura es enfrentarlo a través de la sutileza, pero también del hermoso arte de irse por las ramas. La estrategia es ésa —el desvío, la distracción— y el efecto resulta contundente: las transformaciones de la vida ocurren en silencio, sin que nos demos cuenta, hasta que ya no hay vuelta atrás. Uhart registra esos cambios —políticos, sociales, afectivos, culturales—, pero sin aspaviento, en voz baja se podría decir, o en el tono que se inventó su voz para decir cosas importantes, urgentes, como quien habla del clima o de los vecinos o de lo que desayunó temprano, antes de que saliera el sol.

Esto ya se podía ver en sus primeros cuentos —donde abundan pasajes de su infancia y adolescencia—, pero sobre todo a partir de El budín esponjoso (1977), que contiene alguno de sus mejores relatos, como “Impresiones de una directora de escuela”, “Mi tío de Lima”, “El Centro de Investigaciones” y el que le da título al libro y cuyo comienzo inolvidable y genial dice: “Yo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión”.

¡La tercera dimensión!

En sólo un par de páginas se despliega la historia de una muchacha que quiere hacer un budín esponjoso mientras su madre, severa, desconfiada, la mira de reojo. Nada más, pero nada menos tampoco: el lenguaje, convertido en esa tercera dimensión, va haciendo magia con una pequeña anécdota. Es lo mismo que uno aprecia en “Guiando la hiedra”, publicado en 1997, quizá su relato más famoso, más citado, el que pareciera encerrar su poética y todos sus atributos:

Aquí estoy acomodando las plantas, para que no se estorben unas a otras, ni tengan partes muertas, ni hormigas. Me produce placer observar cómo crecen con tan poco; son sensatas y se acomodan a sus recipientes; si éstos son chicos, se achican, si tienen espacio, crecen más. Son diferentes de las personas: algunas personas, con una base mezquina, adquieren unas frondosidades que impiden percibir su real tamaño; otras, de gran corazón y capacidad, quedan aplastadas y confundidas por el peso de la vida. En eso pienso cuando riego y trasplanto y en las distintas formas de ser de las plantas…

Una mujer hace jardinería y reflexiona, se pierde en sus pensamientos, va de las plantas a las personas, de los gatos a las brujas y, en medio de eso, le permite al lector entrar en su cabeza, en lo que está sintiendo y viviendo en ese momento. Después de haberlo leído muchas veces, aventuro una hipótesis: este cuento es la historia de un duelo o de cómo se sobrevive a un duelo. Porque mientras estamos sumidos en esta voz que piensa, divaga y discute consigo misma, mientras vivimos la experiencia de asistir a un estado de ánimo y ya no queda mucho para que termine esta historia, la mujer dice:

Antes de que yo pensara en tirar lastre y en matar tres pájaros de un tiro, sufrí en dos años como nunca había sufrido en mi vida, una mañana lloré con igual intensidad por dos motivos distintos. Entendí qué pasa con los que se mueren y con los que se van; vuelven en sueños y dicen: “Estoy, pero no estoy; estoy pero me voy”, y yo les digo: “Quédate otro ratito”, y no dan ninguna explicación. Si se quedan lo hacen como ajenos, en otra cosa, y me miran como visitas lejanas…

La mujer que guía la hiedra está guiando, sobre todo, un dolor. Está aprendiendo a vivir con ese dolor. Y al parecer, por cómo cierra el cuento, no sería arriesgado decir que lo logra, que después de todo, existe la posibilidad de aferrarse a esos pequeños momentos de felicidad que aparecen de vez en cuando, mientras ella sigue guiando la hiedra.

***

Si se quisiera rastrear la biografía de Hebe Uhart, lo mejor sería ir a los perfiles que le dedicaron Mariana Enríquez y Leila Guerriero. Son dos textos que permiten entender el recorrido vital de una escritora que pasó muchos años —décadas— siendo un secreto, escribiendo lejos de cualquier atisbo de reconocimiento. E insistió. Insistió en la escritura, y no sólo eso, sino que luego decidió compartir lo que aprendió en el camino.

Fue a inicios del 2000 cuando empezó a impartir talleres literarios y no dejó de hacerlo hasta poco antes de morir, en 2018. En ese espacio compartiría sus lecturas, sus secretos, sus mañas, su infinita generosidad. Por ese taller pasó la escritora Liliana Villanueva y de esa experiencia —que duró años—, y de sus anotaciones, surgió el libro Las clases de Hebe Uhart, donde los lectores podemos acercarnos a las enseñanzas de una escritora que nunca quiso ser maestra de nadie, sino simplemente compartir su propio viaje con la escritura.

A partir de las anotaciones de Villanueva, vamos armando una biblioteca que es también la que podemos rastrear en los cuentos de Uhart: Juan José Morosoli, Julio Ramón Ribeyro, su adorado Felisberto Hernández, Clarice Lispector, Flannery O’Connor, Chéjov (cómo no), Natalia Ginzburg y un largo etcétera que incluiría también a varios narradores contemporáneos a quienes les seguía la pista siempre: Daniel Alarcón, Alejandra Costamagna, Alejandro Zambra, Federico Falco, por citar algunos.

Con respecto a los cuentistas mexicanos —y más allá del inefable Rulfo—, existe un aire de familia con varios de ellos: el Efrén Hernández de “Tachas”, ciertas historias de Inés Arredondo, cierta respiración de Josefina Vicens, aunque Vicens no escribió cuentos, pero sí se sumergió en la escritura y sus vacíos con una intensidad similar a la de Hebe Uhart.

En la lista de los raros latinoamericanos, su literatura tiene un lugar fundamental, pues “la transparente extrañeza de sus historias”, como diría la crítica Graciela Speranza, es producto sobre todo de una suerte de desdoblamiento que practicaba y que le permitía siempre situarse en la distancia precisa de lo que quería contar. Se podría hablar de extrañamiento, de ostranenie, de un efecto de distancia-miento, pero también es algo más: indagar constantemente en los otros, en sus preocupaciones y motivos, en lo que dicen y en lo que prefieren omitir.

“Leonor”, en ese sentido, es un cuento ejemplar, por cómo va siguiendo a la protagonista desde que es niña hasta que se convierte en adulta, madre, esposa y exesposa; una mujer que rompe con la historia que debería haber protagonizado y se va desde su pueblo a Buenos Aires a buscar algo que nunca termina de saber bien qué es. Y este no saber es lo que vuelve fascinante, y también conmovedor, al relato. El personaje de Leonor es entrañable, como lo es asimismo la hija que le escribe a su madre en “Querida mamá”, cuento en forma de carta que debe ser uno de los más hermosos que se hayan escrito de este lado del mundo y que empieza así: “Querida mamá: Va la tercera vez que te escribo esta carta; la primera carta no me gustó y perdí la segunda…” Y luego le habla de lo que ha sido de ella en esos años desde su partida. Y se va por las ramas:

Mamá, tengo un gato que se llama Andrés, Marabú, Misho y Catito. Es precioso, blanco, gris y dorado. Le doy pescado para el brillo del pelo, araña una alfombra que no conocés, me araña los vaqueros y de tarde en tarde un poco a mí, cuando está muy frustrado. Duerme a mis pies y no digas: “Santa Madonna”, porque no tiene pulgas y si las tiene no me las pasa y si me las pasa, no me pican. Come en los platos de porcelana que vos me dejaste y que cuidabas para las grandes ocasiones pero a mí me parece bien y sólo veo el asunto un poco raro cuando alguien me lo señala y para que no crean que estoy un poco loca, me prometo comprar un plato de gato pero después me olvido.

Le habla de su vida, le dice que tenía razón en muchos de sus consejos que ella ignoró, y finalmente le pide sólo una cosa. Aunque es mejor no adelantar nada y que los lectores se maravillen con el final de este cuento extraordinario.

El desdoblamiento, la distancia, el estar sacada: todo eso es parte del estilo de Uhart, pero también de su ambición silenciosa por indagar en los grandes temas que atravesaron su curiosidad y de la candidez que reverbera en cada uno de sus textos —sobre todo en Un día cualquiera, su último libro de cuentos que publicó excepcionalmente en 2013, cuando ya estaba dedicada sólo a escribir crónicas y a viajar por los pueblos más inverosímiles y fascinantes de nuestro continente.

Cuando recibió el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas en 2017, leyó un discurso en el que explicó por qué había dejado de escribir cuentos:

Cansada de escribir sobre la infancia, los abuelos y la inmigración, quise ver un poco más del mundo que me rodeaba y empecé a viajar, sobre todo por América Latina, porque me pareció que ahí había mucho por aprender y descubrir. Esta explicación debe ser tomada con pinzas, porque un escritor, y sospecho que a la mayoría de las personas le pasa igual, no sabe la razón de sus actos y decisiones.

Tomo con pinzas esta explicación para detenerme en un punto y ya comenzar a cerrar este prólogo para que de una buena vez se sumerjan en esta antología y, ojalá, vayan después a buscar los libros de Hebe Uhart y disfruten a esta escritora tan singular. Y el punto es que Uhart se queda corta en la enumeración que hace de su mundo: la infancia, los abuelos y la inmigración son sólo una parte de todo el universo amplio, generoso e inesperado que convocó en sus relatos. Muchas veces se comentó que sus historias eran mínimas y sencillas, pero ella nunca estuvo de acuerdo con eso, pues no entendía qué significaba que algo fuera sencillo. Ella no escribía de cosas sencillas. Muchas de las discusiones actuales que atraviesan la literatura latinoamericana se pueden rastrear en sus cuentos. Por eso una de las lecturas más geniales que se ha hecho de la obra de Uhart se puede