Impresiones de una directora de escuela - Hebe Uhart - E-Book

Impresiones de una directora de escuela E-Book

Hebe Uhart

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Beschreibung

Hebe Uhart publicó su primer libro en 1962, a los veintiséis años, en una edición de autor: Dios, San Pedro y las almas. Se trataba de siete cuentos y cuatro microcuentos que mostraban la originalidad y valor de su escritura. El budín esponjoso (1977) representa ya una de las colecciones más logradas de la autora. Este volumen reúne los cuentos de esa primera etapa, en la que ya está presente la exploración a fondo de la propia historia, de la familia y los vínculos más cercanos; la relación con los objetos (la tela de un vestido, los atuendos en general) y las actividades (limpiar muebles, cocinar un budín, andar en bicicleta). Una visión que no aspira a la totalidad, de descripciones breves y estilo conciso, conformada por personajes a los que conocemos de cuerpo entero sobre todo a través de sus formas de hablar.

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Seitenzahl: 277

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Uhart, Hebe

Impresiones de una directora de escuela / Hebe Uhart.

1ª ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Adriana Hidalgo editora, 2024

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-631-6615-19-0

1. Cuentos. 2. Literatura Contemporánea. 3. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

Literatura_cuento

Editor: Mariano García

Coordinación editorial: Gabriela Di Giuseppe

Diseño e identidad de colecciones: Vanina Scolavino

Imagen de tapa: Nacho Iasparra

Retrato de autor: Gabriel Altamirano

© Herederos de Hebe Uhart

© Adriana Hidalgo editora S.A., 2024

www.adrianahidalgo.com

www.adrianahidalgo.es

ISBN: 978-631-6615-19-0

Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.

Disponible en papel

Índice de contenido
Portadilla
Legales
Primeros cuentos
Genaro
La gente de la casa rosa
Angelina y Pipotto
Los cuentos de los amigos de Cecilia
El señor Ludo
Agustina y su marido
Dios, San Pedro y las almas
Gina
El viejo
El tío y la sobrina
A propósito de un duelo
El amo y los criados
Eli, eli, lama sabactani?
Tiempos nuevos
El amigo de Luisa
Un posible marido viejo
Un viaje a Bahía
El budín esponjoso
El tío Pipotto
Mi tío de Lima
El recital de piano
Cuento chino
Impresiones de una directora de escuela
El Centro de Investigaciones
El señor Bellone
El predicador y la isoca
El budín esponjoso
La señorita Irma
El juego de cartas
Fuentes
Acerca del libro
Acerca de la autora
Otros títulos

Primeros cuentos

(1962-1970)

Genaro

En la puerta había un cartel que decía:

SE VENDE TODA CLASE DE AVES.

HAY TAMBIÉN AVES DE PARAÍSO

Y habían venido campesinos del pueblo vecino para ver el ave del paraíso. Vinieron en un carro, y también dos señoras de la ciudad, con sombrero. Se bajaron del carro y dijeron:

–Vinimos por el cartel.

Entonces Genaro, que era el que lo había puesto y vendía las aves, dijo:

–El ave del paraíso...

Y fue adentro y le preguntó a su mujer:

–¿Dónde está el ave del paraíso?

Y la mujer dijo fuerte:

–Esta mañana no la vi.

Entonces Genaro les dijo:

–El ave del paraíso está en un corral que queda muy lejos. Más allá de esa montaña.

Y la señora de la ciudad preguntó:

–¿Se puede ver?

Y él dijo:

–No, no se puede. Pero tengo otras aves para vender.

Les mostró lo que tenía: una gallina renga y un pollo con viruela, pero las señoras dijeron que no precisaban aves y se fueron en el carro.

Genaro entró en la casa, y su mujer, que se llamaba Anunciada, le dijo:

–Eso es mentira. El mandamiento dice: “No mentir”.

Entonces Genaro se le acercó para pegarle, pero la vio muy asentada con las manos en las caderas, y agarró el cinturón grueso que tenía y les fue a pegar a los chicos. Le pegaba un poco a cada uno hasta que quedaba sudoroso y los chicos corrían y se escapaban. Tenía diez chicos, a siete los había recogido porque pedían limosna y ahora les pegaba a todos de vez en cuando.

A la noche se reunían para comer y Genaro sabía historias de Salomón y también de San Cayetano y de Jesucristo, y siempre contaba esta historia: “Una vez había un pastor que tenía muchas ovejas y Nuestro Señor le pidió la más linda y que fuera toda blanca. El pastor eligió una muy linda, pero no era toda blanca, porque tenía una mancha negra en el rabo. Entonces el pastor pensó: ‘Nuestro Señor no se va a fijar en el rabo, porque Él no se ocupa de esas cosas y se va a creer que es toda blanca’. Cuando se la dio, Nuestro Señor, sin mirar el rabo ni nada, supo que tenía la mancha y dijo que no la quería, y el pastor se fue desmayado”.

Cuando Genaro contaba esta historia todos quedaban impresionados y miraban pensativos las ovejas.

A la noche rezaban el rosario y Genaro decía oraciones para sacar el mal de ojo, para que se fueran los malos vecinos, para que viniera gente de la ciudad a comprar toda clase de aves y para la buena muerte. Y una vez que la comida había alcanzado para todos y era la hora de la siesta y Genaro no se había enojado ni una sola vez, ni le había pegado a su mujer, dijo Genaro con voz ronca:

–Ahora vamos a ir a la montaña.

Y les hizo poner el sombrero para ir a la montaña y como tenían solo dos sombreros, Genaro ordenó:

–Una cuadra uno y una cuadra otro.

Fueron todos a la montaña y cuando llegaron arriba ya estaban cansados, y Genaro dijo:

–Aquí Dios se le apareció a mi abuelo.

Y el más chico, que siempre se quedaba pensando, preguntó:

–¿Dónde?

Y Genaro dijo:

–Donde está esa nube.

Todos miraban la nube y no veían nada y Genaro estaba con el pelo erizado, el sombrero en la mano y diciendo cosas en voz baja. Ellos tenían más miedo que cuando les pegaba con el cinturón.

Empezaron a bajar lentamente y a medida que bajaban se iban tranquilizando y corrían, y cuando llegaron a la casa, la madre sirvió otra vez de comer y todos comieron mucho. Genaro le comió la comida a su mujer y ella gritó; ya Genaro le iba a pegar, pero después miró a lo lejos y cuando todos hicieron silencio, dijo:

–Te perdono.

Los domingos iban a misa a pie, porque no tenían carro, y Anunciada miraba por el camino todos los carros que pasaban. Genaro le hacía desviar la mirada y decía:

–El mandamiento dice: “No hay que envidiar”.

Y una vez que salían de misa e iban caminando despacio, vieron pasar a una mujer por la vereda de enfrente. Anunciada dijo:

–Esa fue adúltera cinco veces.

Y Genaro le dijo:

–No se debe levantar falso testimonio.

Y la pellizcó fuerte. Después se dio vuelta y miró a la mujer adúltera, pero como ya estaba algo lejos no la podía ver bien. Entonces hizo visera con la mano y la vio. Luego se sacó el cinto y le empezó a pegar a su mujer. Decía:

–¡Ya no hay santidad! ¡Todos miran a sus prójimos y levantan falsos testimonios!

Los chicos se desbandaron y llegaron antes a la casa y se escondieron toda la noche, porque sabían que si no los veía no les hacía nada.

A veces Genaro contaba de cuando había sido soldado del rey y combatía a los prusianos, y los prusianos se morían como moscas. Guardaba una medalla de plata que le habían dado por haber matado a dos prusianos. Se la había entregado un pariente del rey que llevaba penacho. Y cuando llegaba a esa parte de la historia, Anunciada decía:

–Y te dijo: “Bravo, soldado”.

Entonces Genaro se levantaba, clavaba el cuchillo en el suelo y gritaba:

–¡Yo soy el que cuenta!

Los miraba a todos y después seguía contando la historia.

Y una vez que no tenían ni trigo, ni arroz, ni papas, ni carne, todos se arrodillaron de noche a pedirle a Dios que les diera papas y carne. Genaro se preguntaba por qué Dios no les mandaría comida. Tenía un hijo con las piernas torcidas y un día le dijo a su mujer:

–Ese no le gusta a Dios.

Y le decía que caminara derecho, como caminan todos los que andan bien. También decía que a Dios no le gustaba la gallina tuerta y le retorció el pescuezo y la mató, y anduvo tres días buscando por todas partes qué cosas eran las que hacían enojar a Dios. Y así degolló al pollo con viruela, puso la verja más lejos de la calle, borró el cartel del ave del paraíso y bañó a la cabra, que tenía mal olor.

Tenía chicos de todas las edades, y una vez uno de los más grandes se escapó. Entonces llamó a la policía para que lo trajeran y la policía lo buscó tres días y después lo trajo a la rastra. Cuando Genaro lo vio se emocionó y lo besó en la frente y en la cabeza. Otra vez ese chico, en vez de darle rebasillo al burro lo tiró en la zanja y Genaro se dio cuenta, pero no le dijo nada. Ahora Genaro estaba cada vez más pensativo y frecuentemente pensaba en el chico, que no le había dado de comer al burro, pero no le pegaba ni con el cinto ni con la bota. Y una vez que Genaro pasaba al lado del corral de la cabra y contaba monedas, sintió una voz que no era ni de hombre ni de mujer, y era una voz bien clara que le dijo:

–Yo soy Jesucristo y te vas a morir.

Y él sintió que las piernas le dolían y que se sentía mal del estómago, pero no dijo nada a nadie. Al día siguiente, sin que nadie lo viera, se levantó al alba y se fue a la montaña donde su abuelo había visto a Dios, y se quedó allí, sosteniendo el sombrero con las manos, arrodillado, pero Dios no le dijo nada y se tuvo que volver. Y ya no se enojaba por nada y otras veces volvió a la montaña a ver si oía la voz, pero no oía nada. Entonces pensó: “Debe ser al lado del corral de la cabra”.

Y allí fue. Y una vez no pasó nada y otra tampoco. Pero un día que iba distraído y también contaba monedas, sintió la misma voz que le decía:

–Te vas a morir y vas a venir conmigo.

Y aunque no le dio tiempo de preguntar quién era, él supo que era Jesucristo.

Y ahora ya no contaba más la historia de Salomón ni la de la oveja, contaba la historia de la muerte de Jesucristo y cómo le clavaron los clavos y de todas las veces que se había aparecido así. Entonces el más chico, que estaba cansado, le preguntó una vez:

–¿No se cuenta la historia de la reina de Saba y los camellos?

Y él no respondió, ni le pegó, ni le dijo nada. Y cada vez que él empezaba a contar la historia de los clavos, todos se miraban. Ahora no les pegaba ni les decía nada.

Y una mañana que había estado leyendo desde la madrugada en un libro que hablaba de la muerte, de repente se puso el sombrero y se fue al pueblo, a la casa del cura. El cura tenía sueño y se tuvo que vestir, y Genaro le dijo:

–Soy Genaro. Venía a decirle una cosa.

Entonces le contó, y el cura le preguntó cuándo le había hablado y cuántas veces y dónde, y él dijo que cerca del establo de la cabra. El cura se quedó un rato pensativo y dijo:

–A mí nunca me sucedió una cosa así y hace veinte años que sirvo al Señor. ¿Para qué te tiene que hablar?

Y otra vez lo miró y dijo:

–Además no tenés trabajo y sos muy mentiroso. ¿Por qué te tendría que hablar?

Y Genaro dijo:

–Yo lo oí.

Y le contó cómo era la voz, que no era ni de hombre ni de mujer, y cómo no lo llamaba en la montaña, sino siempre cerca del establo de la cabra. Entonces el cura no sabía qué partido tomar y le dijo a Genaro:

–Debo pensarlo.

Y Genaro se fue a su casa y leía siempre en ese libro, apoyado en la verja, y una vez, mientras leía, oyó la voz que le decía:

–El mes que viene te vas a morir y Yo te voy a llevar conmigo.

Y ahora casi no comía, pero igual tenía buen color y solo un domingo se sacó el cinturón para pegarle al hijo que tenía las piernas torcidas, porque de repente se dio cuenta de que no le gustaba nada a Dios. Su mujer Anunciada ahora lo miraba con otra cara y a veces conversaba con la vecina y las dos lo miraban y miraban por dónde caminaba, y decían:

–Ahora va al granero.

O si no:

–Ahora va a buscar agua.

Y lo seguían fascinadas con la vista.

Después nunca más se volvió a sacar el cinturón y estaba contento, y una noche en que su mujer Anunciada estaba durmiendo, la despertó y le contó lo de la voz. Ella se asustó mucho y se puso a llorar. Decía:

–¡Mi pobre y querido marido!

Pero él dijo que no debía asustarse, porque lo iba a llevar Jesús. Y como Genaro tenía buen color a pesar de que no comía, su mujer lo miró y dijo que siendo así, a lo mejor iba a estar muy bien.

Cuando faltaban diez días para que se cumpliese el plazo, le encargó a su mujer Anunciada todas las cosas. Le encargó que comprara un hermoso cajón, que fuera un cajón de roble y que tuviera borlas de color rojo y que después no lo llevaran a pie al cementerio, que lo llevaran con coche de caballos y con camelias. Ella le prometió que así lo haría y para eso vendieron el pollo, la mitad de la casa, la cabra y les pidieron plata prestada a los vecinos con los que estaban peleados. También mandó qué carrera debían seguir los hijos y lo dejó escrito todo. Uno iba a ser talabartero, otra granjera y así todos. Dejó también escrito a cuáles vecinos iban a saludar y a cuáles no, porque le habían hecho desprecios; y después de haber dejado escrito todo eso, se pasaba el tiempo leyendo y esperando oír otra vez la voz, pero no la oyó por muchos días. No fue más a la iglesia ni tampoco a la montaña, porque tenía miedo de que la voz hablara y lo encontrara fuera de lugar, y se quedaba siempre por ahí, y de noche soñaba con el establo de la cabra y una nube, y también con la voz, que en sueños era distinta.

Y la noche anterior al día que tenía que morir, se quedó solo en su pieza, porque su mujer no quiso dormir con él y ella estaba en otra pieza con sus hijos rezándole al Dios de los clavos. Él los oía rezar desde su pieza, oía como un ruido que se repetía y a su mujer que de vez en cuando lloraba y después se callaba. Y pensando que Dios lo había llamado porque era bien portado, porque había sacado el cartel del ave del paraíso y por muchas otras cosas. Y así se quedó dormido del todo. A la mañana siguiente, cuando apenas había salido el sol, la mujer y los hijos, que habían estado rezando hasta esa hora, entraron a la pieza, vieron que respiraba y se asustaron. El hijo menor lo tocó y lo llamó y el padre no se despertó, pero cuando lo tocó otra vez, se despertó y vio a su mujer y a todos los hijos que estaban allí parados y no se movían. Entonces la madre lo miró, los miró a todos y dijo:

–Voy a hacer el desayuno.

Pero los chicos no querían irse de allí y no se fueron hasta que el padre, tendido de espaldas, se tapó la cara con las cobijas. Entonces ellos, sin que nadie les dijera nada, fueron saliendo de a poco.

A mediodía el padre se levantó y limpió el corral de la cabra. Miró a su hijo, el que tenía las piernas torcidas, y no le dijo nada. Su mujer le dijo a la tarde siguiente:

–Nosotros no tenemos carro. Nunca tenemos carro nosotros.

Él la miró y no le contestó nada.

Esa tarde temprano colgó el cartel que decía “Se venden aves de paraíso”, pero cuando vio venir un coche de la ciudad, lo sacó y esperó con timidez que pasara. Su mujer dijo enojada:

–¡Pasó de largo, pasó de largo!

Y hablaba fuerte. Él no dijo nada y cuando cayó el sol, los miró a todos y dijo:

–Vamos a dormir.

Y vino el vecino a pedir el dinero que había prestado. Se vino armado, pero Genaro le dijo:

–Pronto se lo voy a dar.

El vecino le preguntó cuándo y Genaro le dijo qué día y se puso a trabajar para juntar el dinero, y como su mujer vio que trabajaba y que ya estaba por devolver el dinero, le dijo:

–Ayer vi un carro chico.

Y él siguió trabajando y pudo comprar el carro. Ahora iban todos al pueblo en carro, pero como a él le gustaba más ir caminando, a veces se iba solo a pie, miraba las cosas del pueblo y se volvía. Y trabajó dos meses para comprar un burro nuevo, y cuando volvió del pueblo con el burro, le dijo a su mujer:

–Me duele el hombro.

Y la mujer le fue a preparar fomentos y a juntar hojas de malva para hacerlos, y cuando volvió, vio que se tocaba el pecho, y ladeaba la cabeza y después se murió. Entonces Anunciada lo puso en el cajón que tenía comprado de antes, y esa noche ella y los hijos lo velaron. A veces se oían voces y de vez en cuando la mujer que lloraba, y luego otra vez las voces.

La gente de la casa rosa

Había una vez una casa rosada que se había puesto un poco verde. No tenía verja, ni portón, ni ventana grande. Adentro tenía chanchos y floreros de porcelana muy viejos, y grandes cortinas amarillas que se corrían con una cuerda que nunca andaba y siempre se rompía. Toda la gente que pasaba sentía mucho olor a cordero y a veces a cabra, pero los vecinos sabían que allí no cocinaban cordero ni cabra y que era el olor que había siempre. También había olor a lirios, porque en el jardín tenían lirios, junquillos y rosas enanas. En el jardín sacaban las hojas con un rastrillo y estaba todo liso, pero en el fondo guardaban los instrumentos rotos y los hilos viejos. Allí no llevaban nunca a nadie porque podían enredarse cuando caminaban.

En esa casa vivían la madre, el padre y la hija. El padre tenía bigotes y dos ojos en forma de bolitas negras y los labios tan colorados que parecían pintados. A veces no conseguía trabajo, pero cuando traía algún adorno para la casa, era que había conseguido trabajo. Él nunca quería comprar escobas y por eso la madre lloraba afligida en un rincón y no se alegraba cuando él traía chanchos de porcelana, y suspiraba. Entonces el padre decía:

–Sí, ya sé que faltan escobas.

Y la madre se iba a un rincón y se quedaba en la sombra, porque ella solo hablaba para decir que no había escobas.

Pero el padre hablaba muchas veces con la hija, que tenía dieciocho o veintiocho años y siempre se hacía unos rulos en la cabeza, que eran como esos pitos largos de carnaval que se enrollan, cuando no están del todo enrollados. Era muy blanca y a veces se ponía vestidos violeta, pero se le ensuciaban en seguida, porque el violeta es un color delicado.

Ella hablaba con el padre y le contaba cosas de los novios de las otras muchachas, porque ella no tenía novio. Entonces el padre le decía cuáles novios querían casarse con las muchachas y cuáles no, porque ella le contaba cómo pasaban las cosas.

La madre se quedaba siempre en la sombra y a veces interrumpía para arreglar el vestido violeta con un golpecito, y la chica le daba un golpecito en la cabeza a la madre y seguía escuchando al padre.

La chica decía a veces algo secreto a su madre y esta se lo decía al padre y así se divertían mucho, y esa gente siempre se decía secretos y a veces iban por la calle y para que la gente no los oyera, se decían secretos y después se reían fuerte y miraban para todos lados. La madre nunca inventaba secretos, ella solo los escuchaba y estaba contenta porque se reían y porque todo marchaba bien.

Cuando la madre había conocido al padre, él tenía los labios muy rojos y los ojos como bolitas, pero sabía hablar muy bien y decir versos y casi nunca conseguía empleo, pero decía versos a la luz de la luna, y después se reía mucho y se mordía los labios colorados. La madre era pobre y lo admiraba mucho y por eso se casó y tuvieron esa hija que se llamaba Florentina.

Cuando Florentina iba a la escuela nunca llevaba caramelos y siempre les pedía a los demás, y los otros a veces le daban y a veces no. Entonces ella contaba cuentos malos que había aprendido de un primo que tenía doce años, y después le daban caramelos. En la escuela aprendía casi todas las cosas, pero no se acordaba de los nombres de las batallas y decía nombres parecidos, pero distintos, y los chicos se reían. También llamaba a las cosas con nombres raros, que los otros no conocían, y decía “entreverado” en vez de decir “mezclado”. Entonces los chicos decían que “entreverado” no quiere decir “mezclado” y le preguntaban a la maestra, y la maestra decía que sí. Entonces Florentina decía:

–¿Vieron? Vale igual.

Y todos miraban con curiosidad y también con desconfianza. Ella fue la primera que se soltó las trenzas y se hizo grandes rulos, pero la madre le ponía una red en la cabeza para que no se le deshicieran. Los otros se reían mucho en la clase porque tenía la red puesta, pero ella en el recreo se la soltaba un poco para que vieran los rulos que tenía debajo. Pero a veces había humedad y tenía que tener cuidado porque se le deshacían.

Después siempre se hizo rulos y ya el pelo tenía cierta consistencia, y cuando se peinaba, el padre y la madre la miraban enternecidos y ella les sonreía.

Una noche el padre no había conseguido empleo pero tenía cincuenta pesos y se emborrachó. Esa noche volvió borracho a su casa y la mujer se puso a llorar. Como la mujer lloraba, cuando se despertó al mediodía se fue a emborrachar otra vez y se quedó dos o tres días mareado. Ella no quería que la gente se diera cuenta, pero como lloraba mucho y no había comprado la leche, la gente se dio cuenta igual. Después le dio una píldora y el hombre se quedó dormido.

Y como no conseguía empleo, la chica tuvo que salir a trabajar. Y entonces trabajaba en una casa donde vendían perfumes con tapa colorada. En ese lugar trabajaba un muchacho alto y delgado, que tenía ojos oscuros y la piel casi transparente, y a Florentina le gustó y lo empezó a mirar. Y después Florentina se hacía los rulos con cuidado y se ponía un poco de perfume detrás de las orejas. Cuando ese muchacho se dio cuenta de que lo miraban, la miró y siguió atendiendo a la gente. Él vendía jabones y Florentina no precisaba jabón, pero pensó: “Le voy a comprar un jabón”.

Y fue caminando, se ajustó el cinturón y le dijo si le vendía jabón, y él le vendió y le preguntó si era nueva, y ella le dijo que sí. Se puso muy colorada y él la miró sorprendido.

Después, cuando ella no tenía clientes, se iba a charlar con él, que tenía muchos clientes, y una vez él le dijo:

–Ahora estoy ocupado.

Pero después se arrepintió porque no había sido amable y se fue a conversar con ella, y ella se puso muy contenta. Todos los días lo iba a buscar y a veces lo acompañaba unas cuadras porque le gustaba mucho. Ella les contaba a sus amigas que tenía un novio hermoso y cuando le preguntaban cuándo se iban a casar, decía:

–¡Quién sabe! Todavía falta.

Y le contaba al padre cómo pasaban las cosas y el padre le explicaba, y la madre le planchaba todos los vestidos y le emparejaba el pelo.

Pero ese muchacho era muy distraído y a veces se olvidaba de saludarla, pero ella igual lo iba a visitar.

Así pasó un año y ella le dijo un día que lo quería mucho y que por él estaba dispuesta a todo. Él se espantó y se fue caminando ligero y ella lo siguió. Entonces él la miró con curiosidad, como cuando los chicos la miraban en la escuela, y se quedó con ella. Esa noche ella quiso pasar la noche con él, y se dio cuenta de que ella había sido la novia de él pero él no, y se fue muy triste para su casa, porque ya no tendría ninguna historia de novios para contar a sus amigas.

Cuando el padre supo que Florentina tenía novio se puso muy contento, porque él quería hacer una fiesta de casamiento grande y que todos se quedaran asombrados, y entonces se puso a trabajar para juntar plata para la fiesta de casamiento. Y trabajaba todos los días y nunca se emborrachaba y ahorraba todo y, a veces, le compraba escobas a su mujer, que ahora estaba contenta.

Un día vino borracho a la casa y la mujer se puso a llorar sin preguntar nada, y cuando vino Florentina, le dijo que no quería verla ni aunque se muriera, y le contó a su mujer lo que había hecho Florentina. Su mujer lloró por mucho tiempo y Florentina anduvo dos días por la casa sin que nadie la mirara y con los rulos deshechos.

Habían pasado quince días desde que el padre había vuelto borracho cuando recibieron una carta de la tía del campo para invitarlos a pasar las vacaciones. La madre miró la carta y dijo:

–¿Cuántos años hace que no vamos a lo de Julia?

–Tres.

–¡Cuánto tiempo! Y dice que Juan está enfermo.

–Sí. Y ellos vinieron cuando se murió la abuela.

–Hay que ir, si no van a pensar que somos maleducados.

Entonces el padre llamó a la pieza de Florentina y dijo:

–Vamos a lo de la tía Julia de visita. Prepárese.

Y Florentina se hizo los rulos, pero no quiso ponerse perfume y salieron. En el camino no hablaron casi nada y cuando llegaron al tren, se sentaron. Florentina tenía un vestido almidonado que hacía un pico y su madre se lo aplastó y su padre lo vio y se puso a mirar por la ventana. De vez en cuando miraba a su hija, pero Florentina estaba muy dura y quieta y había puesto la valija en el pasillo. Una señora se cayó y empezó a gritar y les dijo maleducados y llamó al guarda. El padre discutió mucho con el guarda y decía:

–Mi hija la puso cerca de su asiento. ¿O se cree que es una maleducada?

Y el guarda le quería hacer sacar la valija, pero el padre no quería y dijo:

–Vamos, hija, vamos.

Y Florentina dijo:

–Papá tiene razón.

Y el padre dijo:

–Nos vamos a bajar de este tren.

Y le dio el brazo a Florentina y con el otro llevaba la valija. Y se fueron caminando a la casa de la tía del campo, y por el campo se decían secretos, aunque no había nadie, y la madre se reía porque se reían el padre y la hija.

Angelina y Pipotto

Había una vez una mujer que se llamaba Angelina, pero la gente del pueblo le decía “vieja” y los chicos “vieja loca” porque una vez en la feria le pegó con un palo al feriero. Y por eso también los chicos decían que llevaba bastón, pero ella no llevaba bastón y andaba bien derecha. Su marido se llamaba Pipotto y era gordo y colorado, y se pasaba todo el día tomando vino, que guardaba en una cuba en el sótano. Todos los días, cuando Angelina dormía, él iba al sótano y tomaba de la misma cuba. Entonces ella se despertaba y decía:

–Siento olor a vino.

Y se iba al sótano y allí lo corría, y él dejaba la cuba destapada, y como nadie la tapaba, venía la cabra a lamer todo. Entonces Pipotto corría dando grandes gritos:

–¡Mi vino! ¡Mi más querido vino!

Cuando la cabra se emborrachaba, Angelina le pegaba, para que así aprendiera, y si su marido Pipotto estaba borracho, también le pegaba a él, pero si él no estaba borracho, él se indignaba contra la cabra y los dos empezaban a pegarle y después la ponían en el establo.

Cuando llegaba el tiempo de emparvar, Angelina limpiaba la horquilla y la preparaba desde mucho tiempo antes, y a veces emparvaba desde que salía el sol hasta la noche, y una vez tuvo que quemar todo el pasto porque había encontrado una lagartija colorada y las lagartijas coloradas traen fiebre y el dolor de muelas. Entonces Pipotto lloraba y decía:

–Es demasiado pasto, el pasto mejor que he tenido en mi vida.

Y sollozaba.

Angelina, mientras, iba poniendo teas encendidas y lo miró con una tea en la mano y Pipotto dijo:

–La fiebre es muy mala.

Y se puso a quemar él también, pero no quiso quemar a la lagartija, ni tampoco quiso verla viva, aunque fue a verla cuando su mujer la echó al río y dijo:

–Cubierta de agua es distinto.

Y se tumbó para mirarla, y después salió corriendo hasta su casa.

Cuando era domingo, tocaban las campanas y Angelina se ponía un vestido violeta. Era muy flaca y el vestido le quedaba grande. Pipotto se ponía el reloj nuevo y se iban en carro a la iglesia, donde estaba el predicador. Desde que cantaban los gallos Pipotto tomaba vino, pero estaba permitido porque era domingo. Él manejaba el carro, y a veces cantaba despacio y Angelina miraba un libro de oraciones que decía:

Con flores a porfía

que Madre nuestra es...

Y entonces le decía a su marido:

–Deberías cantar “Porfía” y no esas cosas inmorales, porque estamos a dos cuadras de la iglesia.

Y señalaba con los dedos las dos cuadras, pero Pipotto no se acordaba de “Porfía” y ya no cantó ningún canto.

En la iglesia el predicador decía cuando entraron:

–No se debe incendiar los campos, y tampoco se puede tomar mucho vino, porque el que toma mucho vino después incendia los campos. Yo no lo digo por nadie en particular y lo digo por todos en general, y ahora vamos a cantar este canto.

Y todos cantaron:

Con flores a porfía

que Madre nuestra es...

Una vez vino un forastero que dijo que era conocido de ellos porque conocía a unos parientes que vivían en Aquitania. Y ese conocido quería comprar una parcela de campo y Pipotto se acordaba de Aquitania y decía:

–¡Qué vacas había!

Y el otro decía:

–¡Qué vacas!

–Había un río azul del todo, no tenía nada de sucio.

–Es cierto.

–Y no era solo un río, era un río con puente; y no era puente de madera, porque era puente de hierro.

–Sí –dijo el otro con modestia–. Era un puente de hierro.

Y mientras, Angelina los miraba y se ponía los anteojos y enarcaba las cejas y vio que el conocido tenía el pelo colorado y, por si acaso, se hizo la señal del nombre del padre.

Y Pipotto decía:

–Allá vivía Cola de Mula.

–Se murió Cola de Mula.

Y Pipotto lo miró fijo y dijo:

–Entonces no es lo mismo.

Pero el otro sonrió y dijo rápido:

–Ah, pero hay muchas cosas más, hay faroles de carnaval, y para la fiesta de San Juan, hay un negocio donde venden nueces y billetes de lotería.

Entonces Pipotto golpeó el suelo con el pie y dijo:

–Sin Cola de Mula no es lo mismo.

Y se empezó a emborrachar.

El otro decía:

–Cierto, no es lo mismo.

Y el forastero no se emborrachaba y decía:

–Usted tiene mucho campo. Es demasiado campo para una casa sola.

Angelina observó otra vez que era pelirrojo y entonces dijo:

–Son 887 pesos.

Pero el conocido no quería discutir con ella, quería discutir con Pipotto, porque Pipotto decía:

–¿Para qué sirve el campo? El campo no sirve para nada.

Entonces Angelina le echó un balde de agua a su marido y el hombre pelirrojo agarró el paraguas y los guantes y dijo:

–Muy buenas noches, que lo pasen bien, se me ha hecho muy tarde.

Y desapareció.

Una vez Pipotto estaba muy enfermo y no quería prepararse para la buena muerte. Angelina buscó un libro de oraciones que había sido de su abuela, y estaba en el baúl en un rincón, bajo unas ramas secas de olivo.

Angelina se sentaba al borde de la cama y decía:

–Hay que repetir así: “Desdigo lo que dije, desoigo lo que escuché y deshago lo que hice”.

Y Pipotto se tapaba la cabeza con la almohada y miraba si venía el alba. Si todavía era de noche, él repetía lo del libro de oraciones, pero si oía cantar el gallo, se sentaba rápido en la cama y decía:

–Hay luz. Ahora ya hay luz.

Y así todas las noches. Entonces Angelina decía:

–Es Satanás que se encarnó y lo tengo que sacar.

Y ella iba con un tacho lleno de agua y esparcía agua por todos lados y también sobre Pipotto, que no se daba cuenta y decía:

–Desdigo lo que dije. –Y de repente espiaba la ventana y veía luz y decía–: Ya hay luz. Ya cantó el gallo.

Un día, a la mañana, vino el recaudador del gobierno, que tenía un sombrero blanco de paja, y ellos no lo conocían pero lo hicieron entrar. Ellos no votaban porque eran muy viejos y tampoco sabían qué gobierno había, y se creían que ese recaudador era el del rey Víctor Manuel. Entonces el recaudador dijo: