Mudanzas y otras novelas breves - Hebe Uhart - E-Book

Mudanzas y otras novelas breves E-Book

Hebe Uhart

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Beschreibung

Los tres textos que reúne este volumen –Algunos recuerdos (1983), Camilo asciende (1987) y Mudanzas (1996)– se encuentran unidos entre sí por una serie de personajes recurrentes pero sobre todo por un espacio (los pueblos de Moreno y Paso del Rey, en el oeste del gran Buenos Aires) que asume las características de un mundo propio. Con una mirada que fusiona la descripción amable pero sin eludir el desarrollo de caracteres complejos como el de la inolvidable tía María, Hebe Uhart va trazando en el mapa de su memoria una exploración de la propia historia, de la familia y de los vínculos más cercanos (sin omitir la presencia perseverante de plantas y animales) con toques vívidos que nunca agotan cierto misterio íntimo. Muestra del estilo ya maduro de la autora, estas tres novelas breves permiten acercarse a lo más característico de su escritura de ficción.

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Seitenzahl: 359

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Hebe Uhart

Mudanzas

y otras novelas breves

Índice
Portadilla
Legales
Algunos recuerdos
Paso del Rey
Moreno
La parroquia
El amor verdadero
¿Es verdaderamente Jesucristo hijo de Dios?
León Bloy
¿Los valores son objetivos o subjetivos?
Camilo asciende
Paso del Rey I
Paso del Rey II
Paso del Rey III
Camilo
María y la nena
Camilo y otras yerbas
Solo hay paz en la casa de Dios
Las chicas
La mudanza
Mudanzas
I
II
III
IV
Fuentes
Acerca de este libro
Acerca de la autora
Otros títulos

Uhart, Hebe

Mudanzas y otras novelas breves / Hebe Uhart

1ª ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Adriana Hidalgo editora, 2025

Libro digital, EPUB - (Literatura_novela)

Archivo digital: descarga

ISBN 978-631-6615-57-2

1. Literatura argentina. 2. Literatura latinoamericana. I. Título.

CDD A860

Literatura_novela

Editor: Mariano García

Coordinación editorial: Gabriela Di Giuseppe

Diseño e identidad de colecciones: Vanina Scolavino

Imagen de tapa: Nacho Iasparra

Retrato de la autora: Gabriel Altamirano

© Herederos de Hebe Uhart

© Adriana Hidalgo editora S.A., 2025

www.adrianahidalgo.es

www.adrianahidalgo.com

Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.

Disponible en papel

Algunos recuerdos

(1983)

Paso del Rey

En lo de su tía Elisa decían:

–El azul es un color que hace muy fino. Los cuadros en beige hacen más delgada que en rojo.

En esa casa se comía melón con jamón, y su tía Elisa una vez se pinchó un ojo con la espina de una planta. Era absolutamente misterioso que una planta se hubiera atrevido a pincharle un ojo a su tía Elisa. Porque ella viajaba a Buenos Aires con guantes y tenía una cartera con compartimentos donde no había nada innecesario. Pero igual, con todos sus encantos, la casa de la tía Elisa no era como la de su tía María. La abuela había vivido mucho tiempo con la tía María, pero algún hecho terrible le impidió después vivir ahí; ella vivía en la casa de al lado, con su hijo Esteban. La cara de la abuela no exhibía ningún cambio por vivir en otra casa: a ella todas las casas le daban lo mismo; en todas mataba gallinas, las hervía hasta hacer caldo y cuando estaban bien cocidas las rellenaba con una pasta verde muy picada que parecía el pasto digerido por la propia gallina. Pero en la casa de la tía María no se cocinaba como en las otras. Ella se alimentaba de la comida que le llevaba Esteban o, si no, fabricaba buñuelos. Ella no cocinaba por necesidad, sino cuando estaba en vena. Los buñuelos, que en la casa de Luisa eran una especie de concesión despreciativa a los chicos, algo que ponía contentos a los chicos pero no a los adultos, eso era lo que ella cocinaba cada vez que se le daba la gana. Eran chatos y anchos como los camalotes y su tía no se concentraba en esa tarea; decía mientras un montón de cosas incomprensibles; su sabiduría de hacer buñuelos le venía seguramente de una época anterior a esa.

Una vez que Luisa comía los buñuelos, sin que nadie se fijara si se le había caído una media o si arrastraba el saco, se iba a revisar los pollos. Los pollos estaban encerrados con llave en un cuartito húmedo, donde su tía los bañaba. No bien nacían, les daba un buen baño y a veces sobrevivía alguno.

Todos los otros tíos y su misma madre opinaban con desprecio sobre esa costumbre. Decían:

–Se mueren.

No manifestaban dolor por los pollos muertos sino que constataban una ineficacia y mostraban una sabiduría que quién sabe de dónde les venía; por eso Luisa quería ver el cuarto de los pollos, a lo mejor su tía desarrollaba allí un proceso de experimentación distinto; de hecho, algunos vivían. Y como cerraba la puerta con llave, se oía piar desde adentro; Luisa le imploraba que la dejase entrar para ver. Como solo en ocasiones excepcionales María abría la puerta, cuando veían gente los pollos se asustaban y revoloteaban; piaban más fuerte que nunca y la tía María le reprochaba porque había alborotado a los pollos y le gritaba:

–¡Embrollona!

Luisa salía corriendo y María decía:

–¿Adónde vas ahora? ¡Embrollona! ¡Embustera! ¡Alcahueta! ¡Venga enseguida para acá!

Luisa iba corriendo a contarle a su tío Esteban que María tenía los pollos encerrados, piando. Su tío Esteban le decía:

–¡Ponete un sombrero para ir al sol, que está fuerte!

Luisa corría y se iba al parque de las hamacas. Entre la casa de María y el parque de las hamacas estaba el almacén de su tío Esteban, que era un vigilante que había que sortear. Pero era un vigilante lejano. Él gritaba:

–¡No vayas al sol! ¡No corras mucho que después traspirás!

Pero desde lejos. Él barría un gran patio de tierra y lajas, donde había unas mesitas de cemento pegadas al suelo y sillitas de lata. Estaba un poco agobiado, nunca erguía la cabeza; barría con furia y con los labios apretados. Si era sábado o domingo, venía su tío Ernesto de la capital para ayudarlo; él no barría; despachaba bebidas a los parroquianos y hacía cambios de líquido en las botellas con un embudo. Su tío Ernesto, muy cariñosa y distraídamente, como si todas las nenitas fueran algo agradable, le decía:

–¿Qué dice mi nenita?

Él decía eso sin mirarla y seguía caminando con una cerveza para un parroquiano.

Más allá estaba el parque de las hamacas. Había subibaja, hamacas y una barra para hacer gimnasia. Luisa empezó a elegir como propia una hamaca que estaba atada a las ramas de dos árboles gruesos, con cadenas; estas cadenas eran oblicuas y no daban la amplitud necesaria para ir muy alto, pero permitían toda clase de movimientos sin caerse nunca; si uno se recostaba, la hamaca era como un bote, hacía un balanceo en redondo. A veces Luisa pensaba que esa hamaca no era como debe ser, pareja; pero era tan sólida, sus cadenas eran tan gruesas que permitía ser aporreada y pateada sin que le pasara nada. Después de sentarse en ella como si estuviera en un barco, de pararse en un extremo para desequilibrarla, se aburría y la dejaba; la hamaca hacía un vaivén chueco sobre sí misma. Luisa entonces se iba a la verja del parque, a mirar los autos que pasaban por la ruta. Uno tras otro pasaban; deseaba que alguno se detuviera y la llevara a otra parte, a otra casa.

El recreo comprendía el parque de las hamacas, la sede de los parroquianos, que estaba junto al almacén, y otro sector difuso, donde había una higuera y mezcla de pasto con muchos caminos cruzados; esta región lindaba con un gran gallinero.

Como no estaba bien delimitado, los pollos pasaban constantemente a la zona de la higuera, que estaba junto a los baños, y los veraneantes también merodeaban alrededor de la higuera. Todo el recreo se ponía hermoso cuando venían veraneantes. Los veraneantes eran personas que no estaban acostumbradas a vivir en la naturaleza. La naturaleza les producía inquietud, ganas de gozar inmediatamente de todo lo que hubiera. Los chicos de los veraneantes perseguían a los pollos, con un palo removían a la gallina clueca que estaba tranquila en el nido y después iban corriendo a tomar Naranjín. Cuando el tío Esteban los veía, los amenazaba desde lejos; ellos corrían y no se sabe cómo encontraban a su familia; ahí las familias se perdían en el parque.

Los hombres veraneantes decían que si ese terreno fuera de ellos, sembrarían papas, tomate y zapallo y podrían vivir de los huevos de las gallinas. Decían que de vez en cuando matarían alguna gallina. Cerdos, no, no criarían porque son sucios. A otros hombres la naturaleza les despertaba el deseo de instalar industrias, de poner criaderos de pollos, negocio de florería de flores silvestres, ya que había mucho aromo desperdiciado.

Pero después llegaban a la conclusión de que a la gallina le agarra el piojillo, y como los chicos venían a decir que un hombre los había retado simplemente por jugar con los pollos, les decían:

–No te metas con la gallina, que es un bicho sucio.

Y los padres veraneantes se iban a dar una vuelta carnero a la barra.

Los veraneantes producían en su tío Esteban ataques de odio y en su tío Ernesto, ataques de cordialidad. Venía uno, por ejemplo, y decía:

–Don Esteban, ¿me puede calentar esta pavita?

–No, no se puede.

Entonces le preguntaban a Ernesto:

–Don Ernesto, ¿me puede calentar esto?

–Sí, cómo no, venga para acá.

Lo mismo para calentar mamaderas y enfriar cervezas. Después Esteban peleaba a su hermano porque había aceptado, pero eran peleas que se desarrollaban siempre mientras los dos caminaban. Esteban empezó a fabricar empanadas y matambre, ya de viejo; su madre le enseñó y le salían muy bien; eran para vender. Entonces venían los veraneantes y decían:

–Don Esteban, ¿me vende un poco de matambre?

Y si estaba de mal humor, o a veces no le gustaba la cara del comprador, decía:

–No, no hay.

Rápido como una ardilla, el tío Ernesto hacía una seña desde su puesto de acción y vendía todo.

Los veraneantes que invadían el parque eran tantos, estaban tan desatados, estaban siempre calentando tantas pavitas y enfriando tantas cervezas, que Luisa no se metía en el parque. Pero los domingos al atardecer, el recreo era distinto; en las mesitas con sus sillas no estaban los parroquianos de todos los días ni los veraneantes; el lugar se ocupaba con personas tranquilas que tomaban lentamente una cerveza. El domingo a la tarde venían los nonos Shuet. Eran el nono propiamente dicho y la nona Shuet, que podría ser su hermana o cuñada, o tal vez fuesen todos hermanos o primos. Eran muy viejos, pero lo menos parecido a una ruina humana. La otra señora era una vieja un poco menor, y se mostraba alegre como si fuese liberal en lengua y en sus caprichos. Los tres conversaban entre sí con una alegría, una bondad y un agradecimiento, como si fuese el último domingo que fuesen a vivir. Olían el jazmín, aspiraban el aire puro, porque venían de la capital, y se iban temprano, antes del anochecer, por los peligros de la ruta. El nono manejaba. Cuando Luisa los veía se alegraba. Se acercaba, saludaba, charlaba un buen rato con ellos y le daban palmaditas y sonrisas.

La abuela, en el fondo, muy en el fondo, sabía también lo que era bueno. Se sacaba el delantal, se peinaba y se iba a saludar a los nonos. Ellos la saludaban con gran cariño y deferencia y la abuela mostraba con ellos una simpatía y una cortesía que Luisa nunca la vio usar entrecasa.

Luisa empezó a viajar sola en colectivo a Paso del Rey. Iba a visitar a su tía María y le llevaba lo que le había encargado: polvo Rachel, horquillas para el cabello, hilo de coser. Pasaba primero por lo de su tío Esteban y pedía dos chocolatines; uno para ella y otro para María. Él decía:

–Los chocolatines son porquerías.

Miraba los alimentos y bebidas del almacén como si todo fuese una porquería; tampoco pensaba bien de los parroquianos, porque tomaban el vino que él servía y comían grandes sándwiches de salame que, como se sabe, no es un alimento digno. También eran despreciables las conversaciones que escuchaba: don Juan Ventura decía que todos los gobiernos son una basura, que habría que colgar a todos los presidentes de la Tierra para que se pudran para siempre en el infierno. Don Juan Ventura llegó a decir un día que el sol es Dios y el padre de todos porque nos alumbra. Don Servini decía que el Duce hasta la batalla de Abisinia tuvo razón; también que Arpegio, hijo de Parejero y Rosalinda, fue siempre mejor caballo que Yatasto, pero nunca lo dejaron actuar en forma por los intereses creados.

Luisa insistía y conseguía los chocolatines y a veces un cuaderno para dibujar. El tío Esteban sentía también desprecio por el futuro de ese cuaderno; Luisa lo repartía entre ella y la tía María, arrancándole las hojas; en sus hojas la tía María dibujaba unas señoritas todas llenas de rulos, con sombrero, vestido largo y cartera. La tía María, mientras iba dibujando, decía: “Esta es la señorita de sport y volante, ¡qué preciosa!”. Dibujaba otra igual y decía: “Esta es la señorita de sport y playa”. Había otra a la que llamaba la señorita de bidet e inodoro; pero eran todas iguales, rulientas y con cara de mosca muerta.

Por ese tiempo, no se sabe de dónde ni cómo, en la casa de María apareció un chajá. Es un pájaro que tiene pinches en las alas; estos se notan solo si las agita. El chajá, por su cuenta, se mantenía lejos de la casa.

Pero como a esa casa no entraba nadie, cuando Luisa entró por primera vez, el chajá se sobresaltó; Luisa le vio mostrar sus pinches y acercarse y le latió el corazón.

No le dijo nada a su tía María, ella no tenía la menor respuesta a algo vinculado con el chajá. Luisa le llevaba el polvo a su tía y ella le decía:

–No es Rachel.

–Te digo que es Rachel –decía Luisa–. ¿Qué dice acá? ¿Leés acá?

–¡Falsos, embrollones, embusteros! –decía María.

Ese día no dibujaba señoritas de sport y volante ni fabricaba buñuelos; gritaba contra todos los asquerosos y embrollones.

Luisa corría hasta el parque; le decía al tío Esteban:

–Voy al parque.

Se hamacaba un poquito, sin ganas y más bien se quedaba sentada; se aburría.

Pasaría a saludar a María antes de irse a su casa, pero estaba el chajá; sin embargo, sentía cierto placer en desafiarlo; no la iba a asustar. Ella iba a entrar como quien no quiere la cosa, tratando de ser invisible. Entró y el chajá se hizo el tonto; Luisa le dijo a su tía:

–Me voy.

María escuchó y siguió con más fuerza:

–¡No son leales, no son gente leal, esa raza traicionera, chupasangre!...

Y Luisa se imaginaba una raza terrible de traicioneros y chupasangres; pero empezaba a darse cuenta de que algunas cosas estaban dirigidas a ella, por ejemplo “embrollona”. Entonces Luisa se sentía un poco embrollona.

Esa vez, cuando se iba, tuvo una sorpresa agradable: no era sábado y sin embargo, estaba Lili. Lili veraneaba en una casa cercana y tenía una historia romántica: sus padres eran pobres y ella había sido adoptada por una familia acomodada, que eran los que veraneaban. Ella conocía a sus padres y a sus hermanos pobres y daba la sensación de que, levemente, jodía a su familia pobre y también a sus padres adoptivos ricos.

Estos querían que ella fuera concertista de piano y Lili se ejercitaba cuatro horas por día, pero cuando iba al parque, triscaba. Luisa quería mucho a Lili, pero imaginaba que una concertista de piano, aunque tuviera once años, debía ser alguien más coherente que Lili. Porque ella, sentadas en la hamaca, le contó una reverenda mentira. Contó que a un aviador le andaba mal el avión; el aviador se largó, desde el cielo, hizo un pozo como de dos metros en la tierra y luego, sano y salvo, salió caminando. Luisa sabía que eso no podía ser y le dijo:

–No puede ser.

–Te lo juro que me caiga muerta –dijo Lili cruzando los dedos.

A Luisa le pareció inoperante seguir argumentando en contra.

Hizo como que creía que el piloto había salido sano y salvo, pero ante ese cuento se sintió sola y pensativa. Pensó que no valía la pena perder la amistad entre ellas por la discusión sobre un hipotético piloto. Pensó además que Lili era admirable y despreciable; despreciable, porque semejante fantasía no era digna de una aspirante a concertista de piano; o tal vez, pensó Luisa, el piano para ella era como una actividad mecánica en la que se ejercitaba y progresaba sin darse cuenta, como un talento que tuviera a pesar de ella, como si fuera una acróbata. Y admirable, porque esa fantasía tan peregrina, unido a que era hija adoptiva, le hacía pensar a Luisa que Lili era una especie de gitana.

La casa donde vivía María era del tío José.

Tenía un porche delantero con mosaicos pintados de sota de bastos y flor de lis. El terreno que rodeaba a la casa había sido un parque, con su césped; ahora crecía yuyo alto porque la tía María odiaba al cortador de pasto y, sobre todo, a su guadaña. Había plantas de rosas mosqueta, un jazmín, un manzano, una planta de caquis, naranjos y limoneros. Desde la cocina, antes, cuando el cerco era fino, se veía pasar el tren. La cocina era enorme y estaba junto al cuarto de los pollos.

Después tenía un gran comedor y tres hermosas habitaciones. El tío José había dejado esa casa de Paso del Rey como contribución, para que viviera ahí la tía María; pero cada vez que venía de Buenos Aires tartamudeaba de ira. Como hacía tiempo que no se cortaba el cerco, se había convertido en un grupo compacto de árboles gruesos y altísimos; no se veía más el tren a través de él. Con José, María tenía un trato amistoso, como de hermano visitante digamos, y no de hermano residente, como con Esteban y Ernesto.

A José lo dejaba entrar en la cocina.

–Hola, José, querido –le decía–. ¿De dónde venís?

–De Buenos Aires vengo.

–¡Qué vas a venir de Buenos Aires! –decía María–. ¡Qué chistoso!

José se ponía tartamudo y mostraba el boleto.

–Te, te digo que vengo de Buenos Aires.

José era activo, pero para el progreso. No se quedaba ni dos minutos a conversar con María; miraba el cerco y se empezaba a poner colorado. Cada vez se iba poniendo más colorado; no paraba de dar vueltas, había hormigas coloradas, el rosal grande estaba destruido, el chajá se paseaba orondo como un bicharraco absurdo. El cuartito de los pollos estaba lleno de humedad; los pollos, para comer, picaban la cal de la pared; María se olvidaba de darles comida, sobre todo cuando le venía la inspiración profética. El bidet estaba negro y donde vivían Esteban y la madre no había estufa. El tío Esteban tenía sabañones; no eran de los comunes; le deformaban totalmente las manos y él no se los curaba. El tío José, mientras ponía hormiguicida, hablaba de la dejadez, del atraso, de la miseria moral. Destapaba las cañerías tapadas, encontraba inmediatamente los nidos de hormigas; cuando llegaba José, no se sabía de dónde, aparecían plaguicidas, hormiguicidas, se perseguía a los piojos de las gallinas y si estaba a tiro la comadreja, la mataba. José sufría por su casa, pero sobre todo pensaba en qué le diría a su mujer, que era tan pulcra y cuidadosa. Ella sabía hacer paquetes como las vendedoras de tienda, pintaba biombos y antes tocaba el piano. Después no tocó más porque creía que se había olvidado, por temor a equivocarse; ella, en todo lo que hacía, no se equivocaba nunca.

Los veraneantes de los sábados a la tarde daban mucho trabajo, había que estar siempre enfriando mamaderas, calentando pavitas. Venían cada vez en mayor número, hasta en camiones, y eran como pueblos nómades que se instalaban en el parque. Ahora pedían también hablar por teléfono y querían ir al río. El río quedaba a tres cuadras y a Luisa nunca la dejaron bañarse en él; era un río peligroso y sucio; solo alguna vez, con Lili y alguna persona grande, se podía caminar por la orilla. Los veraneantes iban y se bañaban en el río, volvían muy contentos, pidiendo más cerveza. El tío Esteban los miraba como si fuesen una horda, una casta inferior que se merecía ese río. Además invadían la zona de los parroquianos. Un día, don Servini, que era como de la casa, después de tomarse su segundo vino no habló de la yegua Rosalinda ni de si el rey Humberto I tuvo razón o no. Se levantó de su sillita de lata, caminó detrás de Ernesto y dijo:

–Pero esto es una pista de baile, Ernesto. Esto es una pista de baile.

Ernesto, que estaba poniéndole un poco de agua al vino de don Servini, dijo:

–Ya voy, ya estoy con usted.

Don Servini se acercó y miró bien; había un quincho y una pista pareja, de color rosado.

–Ernesto, el quincho es para la orquesta. ¡Justo! ¡Justo! A ver, pero está roto acá. Mañana mando a un hombre para arreglar ese quincho.

–Está bien, don Servini.

El tío Ernesto era capaz de hacer sus filtraciones de vino y agua, o traspaso de bebidas de distintas botellas, delante mismo de los parroquianos; los parroquianos ya lo sabían y todo eso era motivo de bromas y chistes.

En cierto modo, don Servini tenía poder de decisión; venía todos los días, no le gustaban mucho los veraneantes de los sábados. Un baile es algo mucho más controlado, como decía don Servini; uno en la puerta cobra las entradas y se pone un cartel que diga: “Este establecimiento se reserva el derecho de admisión”.

El tío Esteban empezó a barrer con fuerza. Si los veraneantes del sábado, los parroquianos y el río le producían desprecio, la idea de hacer bailes le producía odio.

–Baile –dijo con sarcasmo–, propiamente baile.

Don Servini sabía que con Esteban no podría hablar de ese tema, así que caminó detrás de Ernesto; mientras este hacía sus tareas de alambique, lo siguió hasta el teléfono, donde él llamó a su familia en Buenos Aires. Ernesto, sin mayor interés, escuchó los proyectos. Mejor dicho, hizo como que escuchaba, porque Ernesto estaba siempre en asuntos privados, pero nunca decía que no.

Discos había, andaban tirados en un rincón desde hacía unos años atrás. Luisa los había escuchado allí cuando tenía unos seis años. Había uno que era:

Los gitanitos tenemos todos

el alma alegre y el cuerpo loco.

Cuando Luisa lo escuchó por primera vez, se enloqueció. Ese disco le producía inmediatamente ganas de bailar. Después había otro, de letra curiosa:

Ven a ver la ola marina,

ven a ver la vuelta que da,

tiene un motor que camina p’alante,

tiene un motor que camina p’atrás.

Y este le pareció el súmmum del espíritu de investigación.

El problema de la admisión al baile no era fácil: ¿iba a ser un baile selecto? ¿Podría venir Antonio, que traía la verdura todos los días en zapatillas, que recibía constantemente cargadas de los parroquianos por su familia y sobre todo por su hermano? Antonio tenía un hermano que cuidaba vacas; no sabía hablar. Luisa y Lili lo miraban pasar a veces, detrás de dos o tres vacas; era mitad hombre y mitad mono; tenía todo el cuerpo lleno de vello grueso, una boca carnosa y desdentada y solo sabía dar unos gritos para empujar a las vacas. Lili decía que él era así porque su madre debió tener relaciones sexuales con un mono, pero Luisa no lo creía. No, él ni se iba a enterar del baile. Antonio sí vino, con traje, una corbata que no le conocían y una chica morochita. Los parroquianos guardaron un silencio expectante. No, no cabía mencionar al hermanito. Antonio y la morochita enfilaron para el almacén y los parroquianos, en el patio, se pusieron a jugar a las cartas, tenían cosas más importantes para hacer que mirar lo que hacía Antonio. Pero Luisa los siguió al almacén. Ella lo quería a Antonio, que siempre sonreía y la trataba bien. Para sorpresa de Luisa, la morochita se acercó ávidamente al frasco de los caramelos. El tío Esteban nunca le quiso dar esos caramelos, porque decía que eran viejos. Esos caramelos que ahora por su cuenta Luisa no comería, porque compraba mucho mejores y más grandes en Moreno, provocaban la fascinación de la morochita, que tenía unos dieciocho años.

Antonio sonreía, porque podía complacerla y la instaba a que comprara más. Ella compró más y la convidó a Luisa; Luisa comió y se dio cuenta de que Antonio y la morochita la trataban como si ella fuera una persona grande o respetable. Entonces Luisa le preguntó:

–¿Cómo te llamás?

–Aurora.

–¿Aurora qué?

–Aurora Lipzchi.

–Escribí tu nombre acá.

Ella sonrió y no dijo nada. Antonio la tomó por el brazo y dijo:

–Ella no sabe leer. Es brutita.

Se lo dijo sonriendo y mirándola a los ojos. Ella dijo, apacible:

–Mi mamita no me pudo mandar al colegio.

Y él del brazo se la llevó para el baile, comiendo caramelos.

Luisa se rompía la cabeza con este problema. ¿Cómo puede ser que una chica tan grande, de dieciocho años, quede tan fascinada delante de un frasco de caramelos?

Le contó el hecho a su mamá, que leía el diario. Le dijo:

–Son chicas de campo. No conocen nada.

Luisa no se imaginó cómo sería no conocer nada y cómo sabían los adultos lo que sabían sin moverse de la silla ni levantar la vista del diario. Le pareció que la morocha, aunque fuese mucho mayor que ella, era como si fuese más chica.

En la pista de baile pusieron guirnaldas de colores y también en el patio de los parroquianos; ellos veían perfectamente el baile. Luisa no sabía dónde colocarse; no podía bailar; con los grandes no tenía ganas de estar. Cuando escuchó esa canción que le encantaba:

Los gitanitos tenemos todos

el alma alegre y el cuerpo loco.

le agarró un sentimiento de cierta tristeza y a la vez miedo a lo desconocido. Entonces se iba a lo oscuro, donde estaba la higuera, y desde ahí miraba el baile. Hubiera deseado acercarse y mirar de cerca, pero solo si fuera invisible; si estuviera Lili, mirarían las dos de lejos, pero no estaba.

Era como vergüenza de sí misma por tener ganas de bailar y no poder; no, ella ahora no podía bailar delante de todo el mundo como cuando tenía siete años y bailaba “Los gitanitos”.

Se olvidó de sí misma porque ocurría algo insólito: su tía María se había acercado a la casa de la abuela y en el comedor abierto desde donde se la podía ver desde el patio de los parroquianos, desde la pista de baile y desde Marte, bailaba sola. Tenía las manos puestas sobre la cabeza y avanzaba a pequeños pasos, arrastrando un poco los pies, un poquito para adelante y otro poco para atrás, como la ola marina.

El tío Esteban estaba fuera de sí. Le dijo:

–¡Bueno, basta!

Pero era evidente que ese baile no podía parar, ella estaba posesionada en su papel de bailarina, se agarraba la pollera y era una mujer gorda de más de cincuenta años. No hay en rigor ningún inconveniente en que una mujer gorda de más de cincuenta años se agarre la pollera, pero no del modo en que lo hacía la tía María. Cuando se ponía a intervalos regulares las manos sobre la cabeza, avanzaba con una decisión y una prescindencia de los demás que daba miedo de que fuera a aparecer en la mismísima pista de baile; pero se dieron cuenta de que no pensaba avanzar más; se mantenía como en un cuadrado mágico.

Luisa primero se rio de ese baile; ante su persistencia, sintió irritación, vergüenza y pena. Ella trasgredía un orden respetado por todos los bailarines, en ese mundo apacible y encantador de la pista; a ella la podían ver y no le importaba en absoluto que la vieran; ella no mostraba ninguna esperanza ni deseo de bailar con nadie.

Luisa se iba a lo oscuro, cerca de la higuera, a mirar de lejos el baile de la pista; sabía también que su tía estaba bailando con las manos en la cabeza, y no podía apartar ese pensamiento.

Por un momento tuvo un fuerte sentimiento de rechazo por el baile de su tía, pero le hacía mal ese rechazo, la tía María tendría que aprender a bailar como corresponde, un baile más normal, digamos; parecía presa de algún encantamiento; a lo mejor en adelante su tía se convertía en una mujer prudente y discreta; no, no podía ser ese baile siempre así.

Entonces Luisa, provisoriamente, lo aceptó. Pensó: “Al final, en este lugar, a los únicos que nos gusta el baile es a los bailarines, a mí y a la tía María”.

Un día Luisa estaba con su tía María frente a la puerta de calle; por la vereda pasó un hombre. Entonces María gritó:

–¡Pase por la vereda de enfrente, ladrón! ¡La vereda es mía, la calle es mía, todo esto es de nosotros!

El hombre se fue, caminando ligero, como avergonzado.

Luisa se avergonzó. ¿Cómo alguien puede decir con derecho que la vereda es de uno?

–¿Por qué decís que la vereda es tuya? –le preguntó.

Entonces María, más furiosa todavía, dijo:

–¡Es mía! ¡Son todos ladrones, asesinos, bragueteros putos!

Nadie sabía de dónde María había sacado esas palabras. Después de gritar, ella misma se decía, como si fuera un rezo, murmurando: “Tengo razón, tengo razón”.

Luisa pensaba que a lo mejor esos reclamos sobre la calle, el terreno, tenían algún asidero. De lo contrario, ¿quién iba a reclamar con tanta vehemencia lo que no fuera suyo?

Ahora, eso de ser dueña de la vereda, francamente... Por otra parte, la maldición de María enturbiaba la calle. Entristecía el chalet de enfrente, chiquito y cuidado, ocupado por ancianos simpáticos; llenaba toda la calle que ahora era asfaltada, ancha y lisa, de una especie de inquietud. Además ahora María se atrevía a ir al recreo de Esteban, y gritaba cerca del lugar de los parroquianos; iba a reclamar a su madre, quería que su madre viviera con ella, y no con los bragueteros putos, como ella decía. La abuela, sentada en la cama, donde ahora pasaba la mayor parte del tiempo, rezaba. Rezaba por los de Italia y por los de acá; los de Italia le daban más trabajo porque debía recordar sus caras, sus nombres y no debía olvidar a nadie.

La tía María venía a gritar y a interrumpir el rezo; la abuela, por momentos, lograba concentrarse y formaba toda la cadena de personas: Joaquín, Carolina, la propia madre de ella que estaba en el cielo; cuando se desconcentró, gritó:

–¡Cállese la boca!

Pero entonces María siguió gritando más fuerte, diciendo cada vez más malas palabras que ofendían a Dios y a todos los pacíficos habitantes del cielo. Estas palabras no agradaban a los habitantes del cielo. Joaquín se iba de la mente de la abuela, la propia madre de la abuela se volvía borrosa. Con todo el trabajo que le costaba a la abuela recordarlos, después de tantos años. Entonces, le gritó a María desde la cama:

–¡Loca! ¡Loca de mierda!

Ahora María gritaba y lloraba y cuando la abuela sintió que María lloraba con un llanto raro, que no era de alivio, era agrio, como de persona desdichada, un llanto que no persuade ni compadece a nadie, más bien fastidia, entonces la abuela también lloró, agarrándose la cara con las manos, pero cuidando bien que no la viera nadie, para que no vinieran a consolarla.

El tío Esteban quería agarrar a María de un brazo y empujarla para su casa, pero ella se soltó; Esteban la amenazó con la mano, haciendo el gesto de pegarle, y ella se fue yendo a su casa, pero dándose vuelta a cada paso y gritando algo, como quien se va con dignidad, como si expusiera una razón, para no irse echada. Los parroquianos miraron todo. Don Servini dijo que él le daría una buena tunda para que terminara de hablar de una vez por todas y don Juan Ventura dijo que él le ataría una soga al cuello y la echaría para que se hundiera en el fondo del mar.

Después de un rato, la abuela mandó al tío Esteban para que espiara cómo estaba María. Esto era una especie de misión diplomática que debía ser realizada con cuidado, porque Esteban nunca entraba a la casa de María; espiaba desde la verja, donde estaba el chajá. En lo posible, no debía ser visto para no aumentar la ira de ella; esto era posible porque había muchos árboles y el cerco grueso.

Si se oían gritos y puñetazos sobre la mesa, o ruido de grandes baldazos de agua tirados por toda la casa, en especial los baldazos, era signo de que todo estaba en orden. Ni el tío Ernesto ni el tío Esteban entraban a la casa de ella; entraba José, para revisar los rosales y la planta de caquis.

Pero el tío José no conocía el estado real de su casa, ya que no pasaba de la cocina; su hermana no se lo permitía y a la cocina entraba cuando ella estaba de buen humor.

José llegó unos días después de este episodio y ya venía nervioso. Cuando estaba nervioso la sangre le subía a la cabeza, tartamudeaba y se ponía y se sacaba las manos de los bolsillos. Cuando llegó, la encontró de buen humor y entró a la cocina; quiso tomar un vaso de agua de la canilla; no había agua; por alguna intuición, prendió la luz; no había luz; cada vez se iba poniendo más colorado.

María se puso inquieta:

–¿Qué revolvés? ¿Qué andás revolviendo?

El tío José entró al baño y ella lo siguió; empezó a ponerse colorada de bronca; no permitía entrar hombres al baño de su casa, ni siquiera a sus hermanos. Pero José ya sabía eso; no osaba usar su baño; estaba revisando el agua y la luz del baño; no, no había. Había algo en la furia de él, que era reconcentrada, había algo imparable. Entonces María, para demostrar su eficacia y buena voluntad, dijo:

–Yo de vez en cuando abro la llave de la luz, para ver si viene, pero no viene.

Lo dijo dubitativa, como si la luz fuera un misterio de la naturaleza. Ese tono lo puso más furioso y entró a las piezas; estaba todo húmedo porque María echaba baldazos de agua a las paredes. Brotaba de adentro de la casa un olor a encierro, pero no el habitual de tabaco o cierta suciedad; era un olor muy limpio, como a cal húmeda, como si brotara frío de las paredes; entonces el tío José salió furioso para la casa del tío Esteban y ella dijo:

–¿Adónde vas? Esa raza alcahueta, braguetera y astera, eso, astera.

Y él, como hacía siempre, en dos minutos volvió cambiado y con una tijera de podar que no se sabía de dónde la había sacado; resuelto, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida, se puso a cortar el cerco. Las ramas se habían convertido en troncos y allá estaba José, perdido y chiquito podando ese bosque. Ella se empezó a poner furiosa y todo el tiempo que él podaba, le gritó:

–¡Astero! ¡Raza ladrona y pendenciera! ¡Esa raza traicionera y braguetera!

Y después que podó todo ese cerco sin siquiera mirarla, se fue con la tijera de podar a la casa de la abuela y se cambió.

Y débilmente, con una voz enojada pero conciliadora, dijo que cómo era posible todo eso, y con los dedos fue enumerando las lacras: la luz, el agua, el cerco, los piojos de las gallinas, los rosales apestados, el chajá. Y José se empezó a pasear y dar vueltas, mientras decía:

–Y suma y sigue, y suma y sigue.

Entonces el tío José dijo, con todo cuidado, que según su modesta opinión, era solo una sugerencia, teniendo en cuenta todo, él pensaba que a la tía María había que internarla, aunque fuera por un tiempo; después, se vería. Eso lo decía sin mirar a nadie, pero le hablaba a la abuela. Esteban no dijo nada; el tío Ernesto nunca decía que no; para él todo estaba bien. La abuela preguntó, cautelosamente, si no había salido ningún producto curativo nuevo. Si a ella la penicilina le había salvado la vida, se podía intentar algún remedio para María, algo equivalente al té de tilo, pero mucho más fuerte. No estaba muy convencida la abuela de que existiera algún producto curativo, pero se podía intentarlo antes de internarla. Porque ella había rezado tanto para que Dios se la llevara, para tener ella la felicidad de verla morir cerca, no en manos extrañas.

Pero se ve que Dios no quería llevársela y la voluntad de Dios era que viviera.

Entonces iban a intentar primero hacer alguna cosa y si no daba resultado, la internarían, aunque no estaba muy segura la abuela de que eso correspondiera a la voluntad de Dios.

Moreno

En la casa de su tía Elisa se comía melón con jamón y postre Charlotte. Cuando Luisa llegaba, su tía Elisa le decía:

–¿A ver el ruedo de ese vestido?

Luisa debía dar una vuelta para que viera el ruedo.

–De este lado es un poco más corto que del otro.

Luisa sentía que había alguna infracción; su tía Elisa la iba a corregir.

–Los cuadros más chicos hacen más fino que los grandes. ¿Qué hiciste con ese vestido de cuadros chicos que tenías?

–Se gastó –dijo Luisa.

–Ah, querida, ¿cómo se te pudo haber gastado? Mira, esta es mi cartera nueva.

Luisa la agarró; era una cartera de cocodrilo, como si uno llevara un animal muerto de acompañante; como era muy feroz, en castigo lo habían transformado en cartera con broche de oro.

–Querida, la cartera no se revolea; se cuelga con mesura del codo.

Luisa no quería colgarse con mesura una cartera del codo; menos un cocodrilo. Pero se la iba a colgar igual.

–Muy bien, muy bien así –dijo la tía Elisa.

Todos los jueves a la tarde la tía Elisa iba a Buenos Aires y la llevaba; Luisa debía revisar antes de salir que el ruedo del vestido estuviera parejo; después agarraba la cartera de una forma que si bien no era la indicada por la tía Elisa, era decorosa. Consistía en agarrarla con fuerza con una mano, para no revolearla. A veces se olvidaba de llevar un pañuelo y volvía a buscarlo; su mamá le daba uno con bordado de florcitas, pero ella decía:

–No, ese no.

–¿Por qué? Llevalo.

–No, el otro, que es más liso.

Llevaba el más liso porque hacía más fino, porque la tía Elisa tenía un olfato instintivo para lo fino. Ella le hacía comprar a Luisa chalecos azules y marrones, porque daban sensación de fino. Azul marino, azul petróleo y marrón de abad franciscano. El más fino de todos era el azul petróleo, siempre que no se abusara. Pero verde Nilo, a pesar de ser un color que le quedaba bien a Luisa, verde Nilo no entraba en los planes de la tía Elisa. Luisa, con saco azul marino, con la cartera bien agarrada con la mano y con los guantes a punto de tirarlos por la ventanilla del tren (eso hubiera sido un delito que quién sabe qué) podía conversar perfectamente con su tía Elisa sobre la escuela, sobre el vestido color beige claro que tenía puesto la señora que estaba sentada adelante. Pero no, no había que mirar de ese modo, por Dios, no. Se mira de reojo, con disimulo; uno espera, no se sabe cómo, si no está mirando, a que el otro no esté mirando, y entonces observa. Tampoco se fija la vista en una parte especial de las personas, cuando a uno le llaman la atención; ni soñando se mira a los mogólicos, sobre todo cuando están acompañados por sus padres o tutores, porque estos sufren. Ahora, si van solos, una ojeada, bueh.

Cuando llegaban a Buenos Aires, si Luisa no compraba zapatos o chaleco que hacen fino, iban a lo del tendero Josecito a comprar camisas para el marido de la tía Elisa. Ella constantemente compraba camisas a los tenderos turcos de la calle Piedras; estos no eran parecidos a sus compatriotas de Moreno; en la tienda de Moreno, el gato estaba arriba del mostrador, junto a la cinta métrica. En la calle Piedras, Josecito aparecía con su hermosa corbata azul y recibía a la tía Elisa como si lo visitara una reina.

–¿Cómo le va, señora? –Y después, picarón–: ¿Qué la trae por acá?

–Venía en busca de un jacquard, pero no de la textura del de la vez pasada, sino un poco más...

–Un poco más gruesa.

–No exactamente más gruesa, sino con más cuerpo, he visto una tela que tiene... ¿A ver? Como unos redondeles aplicados...

Josecito desenrollaba media pieza de tela y la hacía saltar por el aire mientras sonreía.

–Ah, no –decía la tía Elisa–, pero esos ya son globos; yo decía algo que está entre pintas grandes y lunares chicos...

José hacía un gesto como diciéndole: “Déjeme a mí”, y traía una tela que tenía pequeños granos salientes.

–No es exactamente eso –decía la tía Elisa con el tono en que uno dice: “No es la expresión justa”.

Josecito bajaba toda la tienda; algunas camisas eran anchas de cuello y cortas de manga; otras tenían bastones demasiado gruesos o los cuadritos eran muy contrastantes. Después de una hora, en la que Luisa podía mirar sin esperar a que la miren o no la miren más o menos medio millón de personas que pasaban sin parar, la tía Elisa elegía tres camisas: una con bastones tan finos como un hilo, otra con cuadros pero que hacían el efecto de rombos y finalmente una lisa, que tenía la textura del lino y la consistencia del corleón. Después, si había tiempo y dinero compraba foulard, compraba jacquard y todos esos paquetes se ponían en la red del tren. Cuando el tren se acercaba a Moreno, Luisa se paraba en el asiento y bajaba los paquetes.

Un día fue a lo de su tía Elisa con un vestido a grandes cuadros grises, blancos y negros, sobre fondo rosa. Cuando su tía Elisa la vio, le dijo:

–¡Ay, querida, qué cuadros tan horribles! ¿A quién se le ocurrió ponerte cuadros tan grandes? ¿Quién te eligió esa tela?

–Yo –dijo Luisa.

Pero no era ella, había sido su mamá. Entonces le dio pena por su mamá, que casi nunca le elegía ninguna tela y de esa justamente había dicho que le había gustado mucho y no había acertado. Oyó decir a su mamá que desde que la vio, le encantó. Y como a su mamá le encantaban pocas cosas salvo el sufrimiento, cuando algo le gustaba a ella, Luisa la quería. Porque las pocas veces que Luisa había viajado en tren a Paso del Rey con su mamá, cuando el tren pasaba por la casa que acababan de dejar, ella lloraba. Se veía la casa de María; ahora nadie vivía en ella, nadie gritaba; el cerco mostraba partes peladas y unas saliencias rústicas de trozos de árbol. Desde el tren se veía la casa color amarillo desvaído, despintada. La madre se corría hasta la ventanilla en que se veía la casa y lloraba.

–No mires, mamá –decía Luisa.

Luisa hubiera dado la vuelta al mundo, hubiera vivido a pan y agua para que su mamá no llorara de esa manera que parecía tan mortificada. Era una forma de llorar tan solitaria que Luisa notaba que no podría persuadirla de ningún modo; entonces, a veces, Luisa también lloraba.

–No llores –le decía su mamá llorando.

–No, yo no lloro –decía Luisa llorando.