Democracia - Jane Mansbridge - E-Book

Democracia E-Book

Jane Mansbridge

0,0

Beschreibung

¿Qué sabemos realmente del funcionamiento del sistema democrático? ¿De su evolución, de los diferentes modelos de representación, de las posibilidades reales de participación ciudadana? En un momento histórico en que las democracias liberales se enfrentan a nuevos retos de legitimidad, la obra de la eminente politóloga y teórica de la democracia Jane Mansbridge integra en su escritura filosofía, sociología y ciencia política para devolver la democracia al terreno de la amistad, al servicio de la ciudadanía. Se concentran en este volumen sus principales aportaciones a la teoría democrática del último medio siglo, en una selección inédita a cargo del editor y traductor Felipe Rey, en la que Mansbridge desarrolla sus ideas sobre la democracia unitaria, las categorías de representación política o su definición de los sistemas deliberativos. Esta es una obra imprescindible para entender la evolución, pero sobre todo las potencialidades de las democracias modernas para superar los desafíos políticos del presente.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 458

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Del prefacio, Jane Mansbridge

© Del estudio crítico, Felipe Rey

© Del artículo: «Las dos formas de democracia: unitaria y adversaria», por Jane Mansbridge. Texto originalmente publicado en inglés en: Mansbridge, J. (1984). «Unitary & Adversary: The Two Forms of Democracy», In Context, 7, pág. 10.

© Del artículo: «Repensando la representación», por Jane Mansbridge. Texto originalmente publicado en inglés en: Mansbridge, J. (2003). «Rethinking Representation», American Political Science Review, 97 (4), págs. 515-528.

© Del artículo: «El “modelo de selección” de la representación política», por Jane Mansbridge. Texto originalmente publicado en inglés en: Mansbridge, J. (2009). «A “Selection Model” of Political Representation», The Journal of Political Philosophy, 17 (4), págs. 369-398.

© Del artículo: «Una aproximación sistémica a la democracia deliberativa», por Jane Mansbridge, James Bohman, Simone Chambers, Thomas Christiano, Archon Fung, John Parkinson, Dennis F. Thompson y Mark E Warren. Texto originalmente publicado en inglés en: Mansbridge, J.; Bohman, J.; Chambers, S.; Christiano, T.; Fung, A.; Parkinson, J.; Thompson, D. F.; Warren, M. E. (2012). «A systemic approach to deliberative democracy», en J. Parkinson y J. Mansbridge (eds.), Deliberative Systems: Deliberative Democracy at the Large Scale, Cambridge University Press, págs. 1-26.

© Del artículo: «Populismo y teoría democrática», por Jane Mansbridge y Stephen Macedo. Texto originalmente publicado en inglés en: Mansbridge, J.; Macedo, S. (2019). «Populism and Democratic Theory», Annual Review of Law and Social Sciences, 15, págs. 59-77.

© Del artículo: «Representación recursiva: la idea básica», por Jane Mansbridge. Mansbridge, J. (de próxima publicación). «Recursive representation: the basic idea», en V. Jackson y Y. Dawood (eds.), Constitutionalism and a Right to Effective Government?, Cambridge University Press.

© Del artículo: «Democracia y amistad. Una conversación con Jane Mansbridge», por Jane Mansbridge y Felipe Rey. Texto inédito en cualquier idioma.

© De la edición y traducción: Felipe Rey

Corrección: Marta Beltrán Bahón

Imagen de cubierta: Antonio Berni, Manifestación, 1934, Temple sobre arpillera

180 x 249,5 cm. Colección Malba, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires.

Créditos fotógrafo: Gustavo Sosa Pinilla

© José Antonio Berni, Argentina

Gentileza de la Fundación Antonio Berni

Montaje de cubierta: Juan Pablo Venditti

Primera edición: octubre de 2021, Barcelona

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© Editorial Gedisa, S.A.

www.gedisa.com

Preimpresión:

www.editorservice.net

eISBN: 978-84-18193-14-9

Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, enforma idéntica, extractada o modificada, de esta versióncastellana de la obra.

Índice

PrefacioDemocracia. Amistad y pugna

Jane Mansbridge

Participación

Representación

Deliberación

Conclusión: la crisis de legitimidad democrática del siglo XXI

Estudio crítico. La teoría sistémica de la democracia de Jane Mansbridge

Jane Mansbridge

Una teoría sistémica de la democracia

El nuevo y vasto mundo de la representación política

Amistad y pugna

Los juicios sistémicos sobre la democracia deliberativa

Ensayos escogidos

1 Las dos formas de democracia: unitaria y adversaria

Jane Mansbridge

La distinción básica

La democracia unitaria original

La revolución adversaria

Los límites de la amistad

Lecciones

2 Repensando la representación,

Representación promisoria

Representación anticipada

Representación giroscópica

Representación subrogada

Criterios normativos deliberativos, sistémicos y plurales

3 El «modelo de selección» de la representación política,

Una idea en apuros

Agentes automotivados

Objetivos alineados

Selección y categorización

Accountability y transparencia

Selección no jerárquica

La homogeneidad y la permanencia en el cargo. ¿Qué tan malas, en realidad?

Conclusión: la cara normativa de la selección

4 Una aproximación sistémica a la democracia deliberativa,

¿Qué es un sistema deliberativo?

Los límites del sistema

Funciones del sistema deliberativo

Tres análisis sistémicos

Deficiencias en el sistema deliberativo

Conclusión

5 Populismo y teoría democrática,

Introducción

Populismo: definición, elementos centrales y características sugeridas y correlacionadas

Conclusión: el peligro es menor en el núcleo que en la periferia y menor en la oposición que en el poder

6 Representación recursiva: La idea básica

Incorporando la recursividad a nuestros ideales de la representación

La necesidad creciente de coerción estatal ha provocado una crisis de legitimidad

La recursividad crea una mayor legitimidad en el ámbito legislativo

La recursividad en la práctica: el ámbito legislativo

Las administraciones necesitan más recursividad

La representación social necesita más recursividad

Ésta no es la democracia de tu abuela

Epílogo

Democracia y amistad. Una conversación con Jane Mansbridge

Agradecimientos

PrefacioDemocracia. Amistad y pugna

Jane Mansbridge

La publicación de «Democracia. Amistad y pugna» y su volumen complementario de próxima aparición, «Feminismo y poder», me brindan la oportunidad de revisar algunos de los conceptos y perspectivas que, a lo largo de los años, he considerado que son de ayuda para que los ciudadanos de las democracias puedan reflexionar sobre nuestros objetivos e ideales colectivos. Este prefacio describe, en primer lugar, de qué manera llegué a desarrollar la teoría política de base empírica que caracteriza mi trabajo y, a continuación, presenta brevemente los conceptos relevantes de este primer volumen.

Participación

Mi trabajo comenzó en la embriagadora atmósfera de los años 1960, cuando la economía estaba en auge, las universidades norteamericanas buscaban estudiantes de posgrado, las fundaciones habían creado becas para motivar a los estudiantes a cursar estudios de posgrado y conseguir un trabajo no era una preocupación. El ideal de la «democracia participativa», introducido a gran escala en la Declaración de Port Huron de 1962 de los Estudiantes por una Sociedad Democrática, nos inspiró a muchos en el entorno comunitario. Por aquella época, las facultades establecían límites de tiempo muy amplios para escribir una disertación. Por eso pude andar con la gente que hacía música folk, ser condenada por participar en un pequeño esfuerzo para protestar contra la guerra y, a finales de los años 1960, involucrarme activamente en el movimiento feminista radical de Cambridge/Boston.

Fui miembro de cuatro colectivos: una cooperativa de alimentos, un grupo feminista de concientización, un colectivo que produjo el libro Our Bodies, Ourselves, y un centro de mujeres. Muchas de mis amigas y amigos pertenecían a otros colectivos; «escuelas libres», colectivos de servicios jurídicos y colectivos de reparación de bicicletas. Para los jóvenes como yo, media década después de la Declaración de Port Huron, la «democracia participativa» había llegado a significar la democracia por la que nuestros pequeños colectivos se gobernaban a sí mismos, sobre la base de un consenso unánime y sin desigualdades de poder o influencia. Sin embargo, muchos de nuestros colectivos luchaban contra las desigualdades que parecían surgir de modo inevitable (y que más tarde se convirtieron en mi foco de atención), el tiempo que se tardaban en tomar decisiones y los costes emocionales de tener que tomarlas (Mansbridge, 1973). Dado que estos problemas eran frecuentes, pensé que demostrando su práctica ubicuidad podría, por lo menos, ayudar a reducir el grado en que los miembros de un determinado colectivo se culpaban a sí mismos.1 En cuanto terminé mi disertación (sobre dos jueces del Tribunal Supremo y de la cual nunca he publicado una sola palabra), pude dedicarme al trabajo sobre la democracia participativa, que pensé que podría ayudarnos a gobernarnos mejor.

Salí al encuentro de los «mejores casos», porque pensé que las cuestiones que seguían siendo problemáticas tenderían a ser omnipresentes. Los pequeños pueblos de Nueva Inglaterra tienen tal vez las formas de gobierno local más participativas del mundo, ya que se gobiernan a través de asambleas municipales en las que los ciudadanos del pueblo constituyen su asamblea legislativa, se reúnen una vez al año o más para tomar las decisiones del pueblo y delegan la ejecución de esas decisiones en algunos elegidos. Después de buscar un poco, encontré una municipalidad —Selby— en la que la clase trabajadora del pueblo dirigía el gobierno. Seguí buscando y encontré un lugar de trabajo altamente participativo —Helpline—, que producía con mucho éxito una participación igualitaria y consensos. Pretendía que mi propio centro de mujeres fuera un tercer caso, pero no lo incluí porque, como asociación voluntaria, no imponía sus leyes a los menos activos, como sí hacían el pueblo y el lugar de trabajo.

Teoría de la contingencia: el valor normativo de la igualdad de poder varía según la configuración de intereses subyacente

Después de terminar mi investigación sobre estos tres casos, me llevó casi cinco años llegar a la conclusión central de Beyond Adversary Democracy (Mansbridge, 1983): la igualdad de poder, como ideal democrático, no es normativamente invariable, sino que tiene mayor valor cuando los intereses están en conflicto. Esta conclusión vino de forma inductiva y accidental en un ejercicio que hice a los miembros de Helpline, el lugar de trabajo de este estudio, hacia el final de sus entrevistas. En una hoja de papel había dibujado un «centro del poder» esquemático de Helpline, rodeado de círculos concéntricos, y había pedido a cada miembro que colocara alrededor de este centro imaginario los nombres de los 41 miembros de Helpline, cada uno en su propio papelito. Casi todo el mundo pensó que este ejercicio tenía sentido, es decir, que había desigualdades de poder, inclusive en este grupo tan participativo, en el que los miembros se preocupaban tanto por la igualdad que se pagaban a sí mismos los mismos sueldos, independientemente de que tuvieran estudios de derecho o de bachillerato. Después de que hubieran distribuido los nombres, los fijé con cinta adhesiva en el papel. En un principio, había diseñado este ejercicio simplemente para obtener una medida cuantitativa del poder percibido por cada miembro, medido tanto por ellos mismos como por una media de sus colegas. Sin embargo, en la primera entrevista, sentí el impacto emocional de anotar los nombres y pregunté espontáneamente: «¿Cómo te hace sentir esto? ¿Te sientes cómodo con ello?». Casi todos me dijeron que, a pesar de ser auténticos igualitarios, se sentían «cómodos» con las desigualdades que acababan de describir. Cuando les pregunté por qué, muchos dijeron que «confiaban» en quienes habían descrito con más poder (págs. 235, 262).

Impartir seminarios sobre Aristóteles, Rousseau, Hegel y Marx, pensar más en lo que había experimentado y aprender de los demás (recuerdo especialmente el comentario de mi colega Lloyd Rudolf en un seminario que di en la Universidad de Chicago: «¡Estás hablando de desigualdades aceptables!»), me permitieron procesar lo que había visto. Al final, me di cuenta de que los miembros de Helpline consideraban que las desigualdades que habían descrito eran aceptables, y que esto se debía a su percepción de que ellos y las personas con más poder tenían intereses comunes. Entonces, extraje una conclusión más amplia: que nuestros colectivos participativos sufrían de la extrapolación del ideal normativo de la igualdad de poder, adecuado para una democracia nacional con una alta proporción de intereses conflictivos y la consiguiente lucha competitiva, a nuestros propios y pequeños colectivos democráticos, donde los miembros tenían una alta proporción de intereses comunes. Cuando los miembros de un colectivo tenían intereses más o menos comunes, necesitaban menos la igualdad de poder para proteger sus intereses por igual. Seguían necesitando el mismo respeto y la misma oportunidad de crecimiento, pero a veces esos bienes podían provenir de fuentes distintas a la igualdad de poder. El valor de la igualdad de poder, por tanto, es contingente. En la medida en que los intereses están en conflicto, se vuelve importante. En momentos de intereses relativamente comunes, es menos necesario.

La amistad como modelo frente a la «democracia adversaria»

Me di cuenta de que los ideales adecuados para las democracias con una proporción relativamente alta de intereses comunes estaban mucho más cerca de los ideales de la amistad que de lo que llegué a llamar «democracia adversaria», en la cual los ciudadanos esperan que, cuando menos, entren en conflicto algunos de sus intereses más importantes. La Política de Aristóteles me enseñó que los ideales de la amistad podían apuntalar una política democrática. También comprendí que esos ideales podían tener que cambiar a medida que el sistema de gobierno crecía.2 La organización jerárquica posibilitó el desarrollo de grandes entidades políticas, como los imperios y, posteriormente, los Estados nacionales. Tomando como base la experiencia cotidiana, el modelo tenía que ser una familia patriarcal en lugar de una amistad. Pero el ideal seguía siendo el interés común. En Europa, sin embargo, la creciente necesidad de más gobierno y, en consecuencia, de impuestos más elevados y fiables, exigía una mayor legitimidad, lo que abrió la puerta a una democracia más amplia a través de la representación, aunque con una visión continuada de los intereses comunes. No fue hasta alrededor de 1650 cuando la toma de decisiones por consenso en el parlamento británico dio paso a la regla de la mayoría, con su implícita aceptación de los intereses en conflicto y la inevitable lucha resultante. No fue por casualidad que, en esta época, Thomas Hobbes construyera en el Leviatán toda una estructura política normativa basada en el autointerés y que el capitalismo se convirtiera en algo aceptado y normativo.

En todas las democracias existe una tensión permanente entre los ideales de la democracia como amistad y los de la democracia como pugna. Algunos ciudadanos ansían los intereses comunes de la amistad, mientras que otros se entusiasman con la emoción de la lucha. Pero tanto ese anhelo como ese deleite pueden llevarnos por un mal camino. Porque podemos percibir demasiados intereses comunes o muy pocos. Algunas filosofías y culturas políticas nos animan a ignorar, devaluar o deplorar el conflicto; otras a ignorar, devaluar e incluso deplorar como una ofensa el espíritu común. La comunalidad es al mismo tiempo emocionalmente satisfactoria y bastante eficiente, puesto que la confianza racional basada en la fiabilidad facilita la toma de decisiones rápidas y precisas, sin el lastre de la necesidad de control y posibles sanciones. Ahora bien, en muchas circunstancias, la presunción de conflicto puede ser más realista y, por ende, eficiente. El tamaño de la comunidad afecta la probabilidad de que existan intereses comunes, al igual que el tema a decidir. Los intereses comunes también pueden crearse, a través tanto de mecanismos loables, como la negociación, como de mecanismos catastróficos, como la guerra. Cada momento político tiene su propio equilibrio de intereses comunes y conflictivos reales y potenciales.

Teoría inductiva y basada en problemas

El método que desarrollé combina la inducción y el análisis. Se basa principalmente en problemas, pero también deja que los problemas, su interpretación y las prioridades entre los problemas surjan inductivamente de las personas a las que se entrevista.3 Está diseñado, fundamentalmente, para ayudar a las personas a entender mejor cómo gobernarse a sí mismas.

Representación

Representación informal

Este primer trabajo sobre la democracia participativa se centró únicamente en las democracias directas, que era el ideal en los colectivos a los que quería ayudar. Sin embargo, incluso estas democracias poseían lo que llamé representación «informal» (1983, págs. 211, 213, 251). Por ejemplo, sólo un tanto por ciento de los ciudadanos de Selby asistía a la típica reunión municipal, y los que acudían eran más ricos, mayores y habían vivido en el pueblo más tiempo (pág. 99). Los que asistían eran representantes informales, aunque no se reconocían como representantes ni expresaban la obligación de representar los intereses de los otros. Por el contrario, la opinión generalizada era que las personas que no asistían habían perdido su derecho a quejarse después (págs. 117, 351). Argumenté, en cambio, que para promover la protección equitativa de los intereses, estas democracias deberían estructurar los incentivos a fin de que la participación fuera más equitativa y, al mismo tiempo, definir la asistencia como un privilegio que conllevaba «la obligación de considerar no sólo los intereses propios, sino también los de los no presentes» (pág. 251).4

Representación promisoria, anticipada y giroscópica

A medida que me introducía en la reflexión sobre representación, la frustración con la dicotomía «delegado/fideicomisario», que se suele utilizar para describir las funciones de los representantes en Estados Unidos, me condujo a definir, en «Repensando la representación» (2003, este volumen), las formas de representación que yo veía operar en la práctica y sus implicaciones normativas. En Estados Unidos se utiliza una forma de elección uninominal, que otorga a los ciudadanos un representante por distrito, elegido por el mayor número de votos. En España, que utiliza un sistema de representación proporcional por listas, los partidos políticos desempeñan el mismo papel que los representantes individuales en Estados Unidos. Los partidos prometen y están moralmente obligados a cumplir (representación promisoria). Asimismo, pueden buscar anticipar el voto de las próximas elecciones (representación anticipada). Las estrategias comunicativas anticipadas que despliegan para influir en la dirección del voto pueden ser evaluadas normativamente, examinando la manipulación (por ejemplo, las estrategias encubiertas y otras que reducen la autonomía del votante) por parte del representante y las desigualdades de poder por el lado de los representados.5 Antes de las siguientes elecciones, esas comunicaciones cambian a los votantes y a sus representantes (ya sean individuos o partidos políticos) en un proceso de co-constitución.6

El concepto de representación giroscópica fue el mayor desafío a las interpretaciones imperantes sobre la representación en los Estados Unidos. Sostuve que todos (o casi todos) los representantes individuales en los sistemas uninominales tienen hasta cierto punto un «giroscopio» interno, como el de un barco, que guía su dirección desde dentro y los mantiene más o menos estables. Los partidos políticos de España y de otros países con sistemas de representación proporcional tienen giroscopios similares. Los votantes pueden deducir la orientación interna de sus potenciales representantes a partir de sus acciones en el pasado y sus compromisos en el presente, y decidir con base en ello si esa orientación se asimila a la suya como para votar por ese representante o partido individual.

Modelo de selección

La representación giroscópica plantea un modelo de selección de la representación política (Mansbridge 2009, «El modelo de selección», en este volumen), que se contrapone al modelo de sanción dominante en la ciencia política estadounidense desde 1974. En un modelo de selección, el votante asume una relativa continuidad en la dirección interna y, por lo tanto, en las políticas de un miembro individual o de un partido político, y elige, entre los individuos o partidos que se presentan a las elecciones, a aquellos cuyas posiciones y dirección son más parecidas a las suyas. El elector no pretende cambiar el comportamiento del representante individual o del partido. Lo que intenta es cambiar el equilibrio del sistema político y, por tanto, el resultado final, eligiendo a un individuo o partido en lugar de otro. En cambio, en el modelo de sanción, el votante intenta y espera cambiar la dirección del representante individual o del partido amenazando con la sanción de no reelegirlo.

La representación giroscópica y el modelo de selección resultante se basan en las percepciones de los votantes sobre la dirección e intereses comunes con sus representantes. Estas percepciones proceden de similitudes descriptivas, de ideología o de otros atributos. En procesos paralelos de representación informal, un ciudadano que no asiste a las reuniones del pueblo puede sentirse representado por los que sí van porque son «como yo» (Mansbridge, 1983, pág. 96). Porque tienen intereses comunes. Asimismo, un miembro de Helpline alejado del centro del poder podía sentirse cómodo con que los demás tuvieran más poder porque «soy como todos los que están cerca del centro» (Mansbridge, 1983, pág. 235). En el ámbito electoral formal, los electores pueden decir de algunos representantes, o incluso de un partido político, «son como yo», y seleccionarlos por tal motivo. La percepción de intereses comunes y de una direccionalidad interna que varía más bien poco en el representante genera confianza entre los representados. Cuando están justificadas, dichas percepciones legitiman la desigualdad de poder individual entre el representado y el representante.

En la vida real, toda representación democrática contiene una mezcla de selección y sanción. Esta mezcla es normativamente apropiada cuando en cada momento se calibra en función de la combinación de intereses comunes y conflictivos entre el elector y el representante.

Representación subrogada

En los sistemas electorales uninominales, los ciudadanos pueden tener más, o tantos, intereses comunes con los representantes de otras circunscripciones (sobre los que no tienen ningún poder formal y por los que tampoco pueden votar) que los que tienen con el representante de su propio distrito. Sobre todo, cuando se trata de miembros de grupos marginados, estas relaciones de representación subrogada a menudo se ven reforzadas por las similitudes en las características descriptivas por las que son marginados, como la etnia o el género. Estas características descriptivas proporcionan a los representantes subrogados una comprensión y empatía con las experiencias vitales de los representados.7 En los sistemas de representación proporcional, el mismo fenómeno puede presentarse entre partidos, cuando un representante de un partido por el que un ciudadano no votó ni votará comparte, sin embargo, los intereses de ese elector y comprende sus perspectivas sobre un determinado asunto mejor que los miembros del propio partido del elector. Normativamente, en conjunto, el número de representantes con perspectivas e intereses distintos debería corresponder proporcionalmente al número de ciudadanos de la población con las mismas perspectivas e intereses.

Teoría contingente de la accountability

El significado de accountability ha venido cambiando a medida que la ciencia política y tal vez la práctica política han gravitado hacia un modelo de representación política basado en sanciones. Antes, el término implicaba «rendir cuentas» en inglés, con corolarios en francés (rendre compte), español (rendir cuentas) y alemán (Rechenschaft abgeben). Si un representante y un representado, como en el modelo de selección, tienen intereses más o menos comunes, entonces el representante podrá explicar y justificar las desviaciones con respecto a las expectativas del elector dándole cuentas de las razones pertinentes. Pero cuando, como en el modelo de sanción, los intereses del representante y del representado entran en conflicto, la accountability cambia de significado y se transforma en la capacidad del representado de controlar y sancionar al representante. Al igual que las circunstancias, incluyendo el grado de intereses comunes y conflictivos, indican la combinación normativamente apropiada de estos modelos de selección y sanción en la función del representante, también indican la combinación normativamente apropiada de las formas de accountability (Mansbridge, 2014).

Que el uso de la palabra accountability en inglés se haya multiplicado por diez entre 1960 y 2000, y que su significado haya cambiado para orientarse más hacia la sanción, podría indicar un cambio drástico en las circunstancias subyacentes o un cambio en la creencia, realista o no, de que hay probabilidad de intereses comunes entre representantes y representados.

Representación recursiva

Al tiempo que crecen las sospechas sobre las motivaciones de los representantes, que han aumentado las demandas de responsabilidad basada en sanciones, y decrece la legitimidad en muchas de nuestras democracias, puede ser la hora de añadir a nuestros ideales de la representación el ideal de la representación recursiva, que impulsa la capacidad de respuesta mutua entre representantes y representados (véase «Representación recursiva: la idea básica», en este volumen). En dicho ideal, los representantes actúan como interlocutores y dedican mucho tiempo tanto a los electores, intentando comprender mejor sus intereses y explicándoles las necesidades de los demás, como a los demás representantes, procurando hacerles llegar los diversos intereses de sus electores y aprendiendo sobre los electores de los demás representantes. Los representantes elegidos podrían responder así a la creciente sensación de no ser escuchados por sus representados. Para satisfacer las crecientes demandas de legitimación del siglo XXI, las formas de representación recursiva tendrían que extenderse por todo el sistema representativo, más allá de los representantes elegidos, hasta los ámbitos administrativo y social (ONG, sindicatos, asociaciones de voluntarios, etc.).

El sistema representativo

Mis primeros trabajos sobre el sistema representativo se referían únicamente al sistema que rodea a la representación electoral, es decir, «todo el proceso representativo, incluidos los partidos, candidatos, medios, grupos de interés, audiencias, encuestas de opinión y los demás procesos de comunicación» (véase «Repensando la representación», en este volumen). Pero mientras trabajaba en la representación recursiva, empecé a observar cómo hoy en día gran parte de la representación de los intereses de los ciudadanos tiene lugar a través de las decisiones administrativas en los niveles tanto de la política pública como de la prestación de servicios públicos, y a través de las deliberaciones y el cabildeo de grupos sociales como los sindicatos, las ONG y los movimientos sociales. En la compleja sociedad actual, para que los ciudadanos tengan la sensación justificada de estar siendo escuchados, los funcionarios no sólo deben llevar a cabo de forma competente las indicaciones del poder legislativo; también deben comunicarse de forma recursiva con quienes van a afectar con sus decisiones. Esta recursividad debe permitir a los funcionarios empezar a entender cómo su aplicación de las leyes altera la vida cotidiana de las personas, obtener de ellas información sobre posibles problemas y consultar con los ciudadanos afectados sobre cómo lograr los fines deseados con el menor coste, material y de otro tipo para los propios ciudadanos. Del mismo modo, el objetivo de que los ciudadanos sean escuchados requiere que los sindicatos y otros grupos sociales no sólo representen bien los intereses de sus miembros ante los responsables de la toma de decisiones, sino que también se comuniquen recursivamente con sus afiliados. Una comunicación continua, iterativa, frecuente y con capacidad de respuesta mutua permitiría a los grupos sociales comprender hasta qué punto están representando los intereses de sus representados y, lo que es igualmente importante, dar a conocer a esos representados el proceso y las razones de los resultados que pueden haber negociado en su nombre.8

Deliberación

Los sistemas deliberativos

La deliberación debe juzgarse normativamente como un sistema y no sólo por la calidad deliberativa de cada uno de sus componentes. Mi primera formulación del concepto de sistemas deliberativos surgió de una serie de entrevistas en profundidad que realicé a principios de la década de 1990 a 50 mujeres de bajos ingresos. Sorprendida por el hecho de que la primera encuesta en la que se preguntaba a las mujeres si se consideraban o no «feministas» revelara que las mujeres con sólo estudios de secundaria tenían casi las mismas probabilidades de considerarse feministas que las mujeres con títulos universitarios o de posgrado (y que había más mujeres negras que blancas que se consideraban feministas), quise saber qué significaba el feminismo para ellas. Acabé entrevistando a mujeres que se consideraban feministas y a otras que no. Descubrí que un número inesperadamente elevado de ambos grupos había llevado a cabo pequeñas acciones en su vida cotidiana, como insistirles a sus maridos que se hicieran la cena o a sus jefes que se trajeran su propio café, lo cual nos conducía a un debate, muchas veces animado, sobre cuestiones y principios feministas. Me interesé especialmente por el término «machista». Nadie había utilizado ese término hasta finales de la década de 1960 más allá de los limitados confines del Partido Comunista de Estados Unidos. Sin embargo, se coló en el movimiento feminista de forma emergente, a través de las hijas y nietas de miembros del Partido Comunista y sin ninguna intención activista consciente. En los noventa, una encuesta realizada en Chicago mostró que más de la mitad de las mujeres que sólo habían cursado estudios secundarios, más de la mitad de las mujeres negras y más de la mitad de las mujeres que se consideraban «conservadoras» decían haber utilizado el vocablo. Individualmente, la mayoría de estas discusiones, expresiones de soslayo y pullas verbales no podrían cumplir ni siquiera la definición mínima de deliberación como «comunicación mutua que implica sopesar y reflexionar sobre las preferencias, los valores y los intereses en relación con asuntos de interés común» (Mansbridge, 2015, 2018). Sin embargo, en conjunto tuvieron sin duda un efecto importante en lo que decidí llamar el sistema deliberativo.

Luego vino un trabajo más detallado sobre el tema en «Una aproximación sistémica a la democracia deliberativa» (2012, en este volumen). En sí, este trabajo fue resultado de lo que he llegado a llamar coautoría deliberativa. En dicho proceso, uno o dos autores presentan un borrador y un gran número de otros (de 7 a 11 en mi experiencia, preferiblemente en el contexto de un fin de semana presencial) lo comentan, critican, hacen lluvia de ideas sobre sustituciones, adiciones y sustracciones, y se ponen de acuerdo sobre el borrador final. Como lo expresó David Estlund: «Aunque cada coautor, si escribiera de forma separada, sin duda presentaría sus argumentos y análisis de forma un tanto diferente, el [trabajo] representa una dirección de pensamiento a la que cada coautor ha contribuido sustancialmente y que todos respaldan colectivamente» (Mansbridge et al., 2012, en este volumen, nota introductoria; véase una nota similar en Mansbridge et al. 2010).

Deliberación de enclave

Dentro de la «aproximación sistémica», me gustaría destacar la discusión sobre la deliberación de enclave. Tuve mis primeros presentimientos sobre los beneficios de esta deliberación mientras adelantaba la investigación para escoger las democracias participativas para mi estudio. En otro pueblo había observado que un pequeño grupo «se reunía la noche anterior a la reunión municipal para discutir un asunto importante que se iba a plantear al día siguiente. Se reunieron en la casa de uno de los participantes para una sesión de estrategia después de la cena; repasaron el tema, los temperamentos de sus oponentes y los principales puntos de su argumento; y se reforzaron mutuamente para afrontar la prueba que se avecinaba» (1983, págs. 62-63). Este pequeño caso de deliberación en enclave ofrecía ventajas a los participantes, que de otro modo se habrían sentido marginados.

Después, mi propia experiencia en el movimiento feminista me enseñó los beneficios deliberativos y creativos de la deliberación en enclaves. Como las mujeres habíamos crecido con tantas formas de pensar masculinas hegemónicas, incluidos nuestros ideales, y nos habíamos impregnado de ellas, necesitábamos espacios sólo para nosotras para debatir sobre nuestras vidas y tratar de darle un sentido a la variedad de experiencias que habíamos tenido. Un primer escrito que firmé señaló de forma breve que «en todo el mundo, el movimiento de mujeres lucha [contra las desigualdades deliberativas] reuniendo a las mujeres en sus propios grupos para hablar, decidir, hacer aliadas y elaborar estrategias, normalmente sin la presencia de hombres». Ésta es la función de apoyo de los enclaves. Además, «las mujeres descubren entre ellas cómo sus experiencias comunes y divergentes les permiten configurar nuevas preferencias, nuevos objetivos e intereses subyacentes» (Mansbridge, 1990, vol. 2). Ésta es la función creativa de los enclaves. Las mujeres que escriben sobre ideas democráticas también necesitan a menudo la experiencia creativa de escribir «como mujeres para mujeres» en «una fase de una dialéctica en curso», antes de intentar «“traducir” nuestras ideas a los hombres» (1990, vol. 2).

Un artículo publicado después, «Using Power/Fighting Power», desarrolla la idea de un «modelo de enclave de deliberación democrática» (1994, pág. 64), argumentando que las mujeres «necesitan comunidades de discurso, comunidades de oposición, para mantener vivas, alimentar, analizar y reelaborar nuestra comprensión de las injusticias que han dado lugar a las personas que somos ahora» (pág. 55). Estos enclaves proporcionan «espacios relativamente seguros en los que personas afines pueden dar sentido a lo que ven» (pág. 64; también 1996, págs 57-58). En «Should Blacks Represent Blacks and Women Represent Women? A Contingent “Yes”», señalé a continuación que las legislaturas también necesitan enclaves deliberativos para los grupos marginados (1999, vol. 2, pág. 636). En «Everyday Talk in the Deliberative System», mostré cómo un crisol de enclaves puede generar una explosión creativa de nuevas ideas que los ciudadanos de a pie, que no se identifican mucho con la política, pueden seleccionar y utilizar en su vida cotidiana, convirtiéndose en «activistas cotidianos» (1999: 219, 220 y nota 21). «Una aproximación sistémica a la democracia deliberativa» concluye que, aun cuando los enclaves de los movimientos sociales tienen en sí mismos fallas deliberativas importantes, pueden sin embargo desempeñar roles cruciales en la ecología más amplia de un sistema deliberativo (2012: 7, 10).

Ideales de primera y segunda generación

A lo largo de este prefacio, he argumentado que la teoría y la práctica de la democracia deberían intentar acercarse en cada contexto a un equilibrio (o a una tensión) entre la comunalidad y el conflicto. Encontrar el equilibrio «adecuado», como todos los ideales democráticos, es un ideal aspiracional al que debemos aspirar, pero que nunca esperamos alcanzar plenamente, habida cuenta de los dictados a veces contradictorios que otros ideales pueden presentar.

Siguiendo este presupuesto, «A Minimalist Definition of Deliberation» (2015: 36) y la «Introducción» del Oxford Handbook on Deliberative Democracy (2018: 4) sostienen que los teóricos de la deliberación deberían pasar del ideal más simple de primera generación, que consiste en aspirar únicamente al consenso, al ideal más complejo de segunda generación, que es aspirar tanto al consenso como al conflicto aclarado. Del mismo modo, deberíamos pasar de una orientación de primera generación sólo hacia el bien común a una orientación de segunda generación tanto hacia el bien de los demás como hacia el autointerés, limitado por la justicia.

Negociación deliberativa

El hecho de poder justificar algún nivel de autointerés en la teoría democrática deliberativa ayudó a corregir lo que creía que era un énfasis exagerado en la comunalidad en esa teoría (véase «Ascenso y caída del autointerés en la explicación de la vida política», 1990, vol. 2, y «El lugar del autointerés y el papel del poder en la democracia deliberativa», 2016, vol. 2, nuestro primer experimento con la coautoría deliberativa). La justificación de algunos autointereses condujo entonces de forma natural a la introducción de la negociación en la teoría deliberativa (en «Deliberative Negotiation», 2016, la segunda pieza de coautoría deliberativa).

Mi propia constatación de que la negociación podría tener elementos deliberativos comenzó, creo, a finales de la década de 1980, cuando exploré las contribuciones de las mujeres a las teorías de la comunalidad para «Democracia y feminismo» (1990, vol. 2; véase también 1993: 360-361, 389, n. 71). Gracias a esta búsqueda conocí la obra y la mente de Mary Parker Follett, quien descubrió y formuló por primera vez la teoría de la negociación «integradora», una teoría que está detrás de todos los cursos sobre negociación que se imparten hoy, así como del libro más vendido de todos los tiempos sobre negociación (Fisher y Ury, 1981) y del libro de texto más popular (Lax y Sebenius, 2006). Follett, cuyas aportaciones fueron reconocidas en su época, pero nunca llegó a ocupar un puesto académico por su género, señaló que las negociaciones más creativas procedían de intentar «encontrar la demanda real frente a la demanda esgrimida». Si uno entiende la demanda real del otro (o lo que ahora se llama el «interés» detrás de la «posición»), a veces se pueden encontrar formas de satisfacer esa demanda a un menor coste que la demanda esgrimida. Su ejemplo casero fue una ocasión en la que estaba sentada en una mesa de la biblioteca junto a una ventana y otra persona quiso abrirla para enfriar la sala. Ella quería mantenerla cerrada para evitar que la corriente de aire arrastrara sus papeles. Le propuso entonces abrir la ventana de la sala de al lado, una solución integradora que satisfacía las demandas reales de ambos, y no las que habían esgrimido en primer lugar. Para alcanzar la comprensión más profunda que posibilita la integración, escribió Follett, la «primera regla» es «enfrentarse a la cuestión real, descubrir el conflicto, sacar todo a la luz» (1925: 20).

Una matriz en «Deliberative Negotiation» (2016: 154) trajo el pensamiento de Follett sobre negociación a nuestra reflexión acerca de la deliberación. A la izquierda, la tabla comienza con la «Deliberación pura» en el sentido habermasiano de apuntar a los intereses comunes (añadiendo la posibilidad de aclarar los conflictos). Después, van apareciendo las tres categorías de la «Negociación deliberativa»: en primer lugar, el «Acuerdo totalmente integrador», en el que cada parte gana y ninguna pierde; segundo, el «Acuerdo parcialmente integrador», en el cual poner más temas sobre la mesa crea más valor, de modo que cada uno gana aunque experimenta alguna pérdida; y, en tercer lugar, el «Compromiso justo», en el que las partes no crean valor adicional, pero consideran justa la división de beneficios y pérdidas. Ya en el extremo derecho de la tabla aparece la «Negociación pura», que no contiene elementos deliberativos ni de creación mutua de valor, y en la que cada parte simplemente pretende obtener el máximo, utilizando estrategias basadas sólo en el poder y la manipulación. Lo que se argumenta es que, frente a la tradicional oposición entre «deliberación» y «regateo», muchas formas de negociación pueden ser genuinamente deliberativas. Las acciones democráticas y los juicios normativos adecuados dependen de las circunstancias subyacentes, en particular de cómo se configuren los intereses.

Populismo

El tiempo de esperanza en el que empecé mi trabajo se ha ido. Ahora estamos, más bien, en la época del miedo. Para muchos, las perspectivas de vida se han estrechado. La desigualdad se ha disparado, en Estados Unidos y en muchas otras democracias. Las élites sacan tajada del carácter cada vez más cosmopolita del planeta, pero los ciudadanos de a pie no ven ninguna mejora en sus vidas, sino más bien retrocesos. Al menos en Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, las clases profesionales se han apoderado de los partidos de izquierda (Piketty, 2018). Son muchos los ciudadanos que no ven reflejadas sus preocupaciones en los debates de sus representantes elegidos, de las Administraciones que los coaccionan o incluso de las organizaciones sociales que abogan por ellos. La idea de que los «políticos» y sus electores puedan tener intereses comunes parece risible y la representación recursiva en cualquiera de los ámbitos de representación casi inexistente.

En este momento histórico, Stephen Macedo y yo respondimos a una floreciente literatura sobre el populismo situando el fenómeno, de manera implícita, en el contexto de los fallidos sistemas deliberativos de hoy en día. Los populistas suelen dirigir su ira contra las élites porque, a menudo con razón, se sienten desoídos. Nuestra definición de populismo «núcleo-plus» abarca tanto a los populismos de derecha como a los de izquierda, definiendo el «núcleo», mínimamente, como el pueblo en una batalla moral contra las élites, y mostrando que otras características que los teóricos han convertido en centrales en sus definiciones no sirven, de hecho, para caracterizar a todos los movimientos populistas. Algunas de esas otras características estaban fuertemente sugeridas por el núcleo, otras sólo se correlacionaban con él. En nuestra exposición, destacamos las ventajas democráticas y deliberativas de abrirse paso a través del discurso de las élites para exigir que se preste atención a las cuestiones económicas y culturales que éstas han ignorado o despreciado.

Al igual que los enclaves de los movimientos sociales, el populismo a veces es necesario para perturbar la hegemonía y aportar nuevas ideas, o dar vida a las viejas, pero buenas, ideas. Pero incluso si dejamos de lado los problemas democráticos que puedan tener la mayoría de las características sugeridas y correlacionadas, esa cualidad de batalla moral central en su definición hace que el populismo sea peligroso para la democracia una vez que el movimiento llega al poder. Su insistencia artificiosa en la falta de intereses comunes entre las élites y el pueblo dificulta o imposibilita una mayor deliberación, o incluso la negociación.

Conclusión: la crisis de legitimidad democrática del siglo XXI

A medida que el mundo se vuelve cada vez más interdependiente, de la actividad humana va desprendiéndose un número creciente de problemas de acción colectiva, o problemas de free-rider, basados en nuestra necesidad creciente de «bienes de uso libre», es decir, bienes que, una vez producidos, cualquiera puede utilizar sin pagar. Un clima estable y la ausencia de guerra nuclear son, probablemente, los bienes de uso libre más importantes. Pero nuestra necesidad de bienes de libre uso va más allá de estas cuestiones existenciales, e incluye la regulación de las líneas aéreas, las normas de seguridad alimentaria, las restricciones a la caza y la pesca y una lista cada vez mayor de otras cuestiones en las que la regulación gubernamental, con su consiguiente coerción implícita o explícita, puede lograr que la población afectada pase de unos resultados bajos e ineficientes a otros más altos y eficientes.

Con todo, nuestras democracias tienen estructuras y fundamentos teóricos anclados en el siglo XVIII, cuando la necesidad de regulación gubernamental era muy menor. Tal y como están diseñados nuestros sistemas deliberativos y representativos, no pueden escuchar lo suficiente a todos nuestros ciudadanos. Tampoco podremos hacer frente a la creciente carga de crear legitimidad para toda la futura regulación que necesitaremos si no experimentamos, analizamos, aprendemos del ensayo y error, y volcamos en este esfuerzo las energías de nuestros cerebros e intuiciones. Los politólogos son el único grupo del planeta encargado explícitamente de pensar en cómo debemos gobernarnos los seres humanos. Los teóricos políticos son el único grupo encargado explícitamente de ayudar a repensar la inteligencia recibida sobre la democracia, a sondear las intuiciones actuales y a generar nuevas ideas sobre qué gobierno es correcto («¿Para qué sirve la ciencia política?», 2014, vol. 2). Espero que los lectores de este volumen se planteen seriamente asumir esta tarea.

Referencias

Bachrach, P.; Morton S. (1963). «Decisions and Nondecisions: An Analytical Framework», The American Political Science Review, 57 (3), págs. 632-642.

Bächtiger, A.; Dryzek, J.; Mansbridge, J.; Warren, M. (2018). «Deliberative Democracy: An Introduction», en J. Mansbridge, A. Bächtiger, J. Dryzek y M. Warren (eds.) The Oxford Handbook of Deliberative Democracy,Oxford University Press, Oxford, págs. 1-31.

Bohman, J.; Chambers, S.; Estlund, D.; Follesdal, A.; Fung, A.; Lafont, C.; Manin, B.; Martí, J. (2010). «The Place of Self-Interest and the Role of Power in Deliberative Democracy», The Journal of Political Philosophy,18 (1), págs. 64-100.

Boston Women’s Health Collective. (1973). Our Bodies, Ourselves,Simon & Schuster, Nueva York.

Disch, L. (2015). «The “Constructivist Turn” in Democratic Representation», Constellations,22 (4), págs. 487-499.

— (2011). «Toward a Mobilization Conception of Representation», American Political Science Review, 105 (1), págs. 100-114.

Fisher, R.; William, U. (1981). Getting to Yes: Negotiating Agreement without Giving In,Houghton Mifflin, Boston.

Follett, M. [1925] (1942). «Constructive Conflict», en H. C. Metcalf y L. Urwick (eds.), Dynamic Administration: The Collected Papers of Mary Parker Follett,Harper, Nueva York, págs. 1-23.

Klemp, N. (2012). The Morality of Spin: Virtue and Vice in Political Rhetoric and the Christian Right, Rowman & Littlefield, Lanham.

Landemore, H. (2020). Open Democracy: Reinventing Popular Rule for the Twenty-First Century,Princeton University Press, Princeton.

Lax, D.; Sebenius, J. (2006). 3-D Negotiation,Harvard Business School Press, Cambridge.

Mansbridge, J. (1973). «Time, Emotion, and Inequality: Three Problems of Participatory Groups», The Journal of Applied Behavioral Science, 9 (2-3), págs. 351-368, https://doi.org/10.1177/002188637300900217

— (1975). «The Limits of Friendship», en R. Pennock y J. Chapman (eds.), Participation in Politics: NomosXVI, Lieber-Atherton, Nueva York, págs. 246-275.

— (1977). «Acceptable Inequalities», British Journal of Political Science, 7, págs. 321-336.

— (1983). Beyond Adversary Democracy, The University of Chicago Press, Chicago.

— (1990). «The Rise and Fall of Self-Interest», en J. Mansbridge (ed.), Beyond Self-Interest, The University of Chicago Press, Chicago, págs. 3-22.

— (1990). Feminism and Democracy, The American Prospect.

— (1994). «Using Power/Fighting Power», Constellations, 1 (1), págs. 53-73.

— (1999). «Should Blacks Represent Blacks and Women Represent Women? A Contingent “Yes”», The Journal of Politics, 61 (3), págs. 628-657.

— (1999). «Everyday Talk in the Deliberative System», en S. Macedo (ed.), Deliberative Politics: Essays on Democracy and Disagreement, Oxford University Press, Oxford, págs. 1-211.

— (2003). «Rethinking Representation», American Political Science Review, 97 (4), págs. 515-528.

— (2009). «A “Selection Model” of Political Representation», The Journal of Political Philosophy, 17 (4), págs. 369-398.

— (2014). «A Contingency Theory of Accountability», en M. Bowens, R. Goodin y T. Schillemans (eds.), The Oxford Handbook of Public Accountability, Oxford University Press, Oxford, págs. 55-68.

— (2015). «A Minimalist Definition of Deliberation», en P. Heller y V. Rao (eds.), Deliberation and Development,World Bank, Washington D.C., págs. 27-49.

Mansbridge, J.; Bohman, J.; Chambers, S.; Christiano, T.; Fung, A.; Parkinson, J.; Thompson, D. F.; Warren, M. (2012). «A systemic approach to deliberative democracy», en J. Parkinson y J. Mansbridge (eds.), Deliberative Systems: Deliberative Democracy at the Large Scale, Cambridge University Press, Cambridge, págs. 1-26.

Montanaro, L. (2017). Who Elected Oxfam? A Democratic Defense of Self-Appointed Representatives, Cambridge University Press, Cambridge.

Piketty, T. (2020). Capital and Ideology,Harvard University Press, Cambridge.

Pitkin, H. (1967). The Concept of Representation, University of California Press, Berkeley.

Polletta, P. (2002). «Freedom Is an Endless Meeting: Democracy in American Social Movements», University of Chicago Press, Chicago.

Rey, F. (2020). «The representative system», Critical Review of International Social and Political Philosophy, https://doi.org/10.1080/13698230.2020.1808761

Rubenstein, J. (2014). «The Misuse of Power, Not Bad Representation: Why It Is Beside the Point that No One Elected Oxfam», Journal of Political Philosophy, 22 (2), págs. 204-230.

Saward, M. (2010). The Representative Claim, Oxford University Press, Oxford.

Salkin, W. (2021). «The Conscription of Informal Political Representatives», Journal of Political Philosophy,págs. 1-27.

Warren, M. (2008). «Citizen Representatives», en M. Warren y H. Pearse (eds.), Designing Deliberative Democracy: The British Columbia Citizens’ Assembly,Cambridge University Press, Cambridge, págs. 50-69.

— (2017). «A Problem-Based Approach to Democratic Theory», American Political Science Review, 111 (1), págs. 39-53.

Warren, M.; Bächtiger, A.; Cameron, M.; Chambers, S.; Ferejohn, J.; Jacobs, A.; Knight, J.; Naurin, D.; Schwartzberg, M.; Tamir, Y.; Thompson, D.; Williams, M. (2015). «Deliberative Negotiation», en J. Mansbridge y C. J. Martin (eds.), Political Negotiation, Brookings, Washington D.C., págs. 141-198.

Whitfield, G. (2020). «On the Concept of Political Manipulation», European Journal of Political Theory, https://doi.org/10.1177/1474885120932253

Williams, M. (2019). «An Interview with Jane Mansbridge», en M. Williams (ed.), Jane Mansbridge: Participation, Legitimate Coercion,Routledge, Nueva York, págs. 215-231.

1. Véase más en Williams, 2019.

2. El ensayo «Limits of Friendship» (Mansbridge, 1975) exploró los puntos fuertes y débiles de la amistad como modelo político antes de que hubiera desarrollado plenamente el contraste entre intereses comunes y conflictivos. Véase en Polletta (2002) el uso del concepto para explicar la dinámica en el Comité Coordinador Estudiantil No Violento y otras democracias participativas estadounidenses. Véase «Acceptable Inequalities» (Mansbridge, 1977) para el siguiente paso.

3. Véase Mark Warren, 2017, para el concepto de teoría basada en problemas; Helene Landemore, 2020, para el concepto de teoría inductiva.

4. Véase Saward, 2010; Montanaro, 2017; Rubenstein, 2014; Warren, 2008; Disch, 2015 y Salkin, 2021, a propósito de la representación informal. Salkin ha detallado las obligaciones de los distintos tipos de representantes informales.

5. Véanse Mansbridge, 2003; Disch, 2011; Bachrach y Baratz, 1963; Klemp, 2012 y Whitfield, 2020, para conocer la discusión sobre manipulación.

6. Véase Disch, 2011, acerca de la co-constitución de representantes y representados en el sistema representativo.

7. Esta comprensión y empatía, quizás junto con otros atributos de la cultura compartida e incluso un sentido de obligación particular por parte del representante, propicia una comunicación fácil, un empeño adicional y un entendimiento.

8. Véase Rey, 2020, para la evaluación normativa de los sistemas representativos en cuatro dimensiones: sus funciones democráticas, deliberativas, inclusivas y educativas.

Estudio crítico. La teoría sistémica de la democracia de Jane Mansbridge

Felipe Rey

Mansbridge hoy puede ser la única referencia que es principal en cualquiera de las tres literaturas de la democracia: representación, participación y deliberación. Una teórica democrática del interés común, la escucha activa y la deliberación en los años 1980 era simplemente una rareza, hoy es una necesidad. Su trabajo la convierte en la pensadora de la democracia para este tiempo —la del compromiso frente a la lógica adversaria y la del pensamiento sistémico frente a las dicotomías y al reduccionismo de la política—, que sembró durante medio siglo en cientos de artículos, libros, capítulos e informes que hoy sus lectores podemos cosechar para entender esa comprensión única de la democracia.

Este libro demuestra un pensamiento democrático consistente. Mansbridge sigue, desde los años 1970 hasta hoy, unas guías metodológicas y unos compromisos normativos para pensar la democracia: el diálogo entre lo normativo y lo empírico, la contingencia de nuestros ideales, la aproximación sistémica a la democracia y salir en defensa de unos valores políticos que hoy se juzgan con desconfianza, como la amistad y el interés común. Su llegada a nuestro idioma en el primero de dos volúmenes de Gedisa —éste sobre democracia y un segundo sobre feminismo y poder— presenta una teoría democrática y tiene como objetivo darla a conocer en otros lugares más allá de los académicos, como los que ella llama «la conversación del día a día» (Mansbridge, 1999a) sobre temas políticos en las redes sociales, cafés, calles y lugares de trabajo. Si la teoría política tiene la capacidad de asombrarnos (Pitkin, 2014), es necesario llevarla a más partes, politizarla.

Este libro fue meditado como la presentación del sistema de su trabajo, que, por consiguiente, tiene un sentido propio y diferente a la colección de sus textos. La obra es un compendio porque tanto reúne como unifica, obedeciendo, pues, para la selección de los artículos, el doble criterio de su relevancia aislada, en primer lugar, y, segundo, su contribución central a una mayor comprensión democrática. Confío en que, al leerlo como un todo, el libro tenga ventajas que ninguno de sus textos ofrece por separado. Al igual que Mansbridge enseña que democracia tiene un sentido agregativo y otro deliberativo, éste es, voy a querer pensar, un libro sobre democracia deliberativo, que suma partes de un pensamiento y busca vías de diálogo entre ellas. He buscado incluir, como Notas del Editor, algunos nodos de ese sistema, algunas conexiones no evidentes y aclaraciones teóricas. Este estudio introductorio amplía esas notas. El prefacio de la autora, la entrevista y la selección de artículos son inéditos en cualquier idioma.

Jane Mansbridge

Los inicios de una filosofía política personal

Mansbridge nace en la Nueva York de los años 1940 y crece en un pueblito de clase media de Connecticut. Un largo camino la empuja a su cualidad académica vital: saber escuchar. De niña sabe que a otros puedes no gustarles, pero que son personas importantes para tu vida, que si te gustan los libros te van a acosar y que en la vida se forman grupos de personas que, aunque no se gusten, tampoco pueden vivir separados ni como enemigos eternos. Dos décadas después, en el movimiento feminista de los años 1970, y cuarenta años antes de la burbuja tuitera, entiende que el gran peligro de los movimientos sociales es dejar de escuchar a quien piensa diferente (Mansbridge, 1984b). Desde entonces, aprende a recelar de las cajas de resonancia. Mansbridge es de izquierdas, pero no le teme a la derecha, le teme a ignorar a la derecha. Le teme a una izquierda burbuja. De esa experiencia, dice: «Quería advertir a los futuros movimientos sociales que escuchar sólo el lado de uno mismo puede generar cantidades peligrosas de irrealismo» (Mineo, 2020).

En la Harvard que no dejaba ingresar a sus estudiantes mujeres a la biblioteca, en la que todos los profesores eran hombres y en la que las mujeres eran admitidas pero ignoradas, Mansbridge se hace demócrata y se hace feminista. La ciencia política antes de los años 1950 casi no existía, y lo que pudiera llamarse teoría política estudiaba a los clásicos, pero aún no había arrancado la explosión que vino después de Rawls (Forrester, 2019; Gargarella, 1999). Los estudiantes como Mansbridge debían sentir la teoría política como algo completamente diferente a lo que es hoy: el estudio de los clásicos era una fuente de placer, pero nadie aspiraba seriamente a entablar un diálogo de igual a igual.

El Cambridge de la década de los sesenta se inunda con el Movimiento por los Derechos Civiles y contra la Guerra de Vietnam, y Mansbridge participa, ve con sus propios ojos los grandes desafíos de la democracia en la pequeña escala de la movilización social. Y vive simultáneamente el crecimiento de las facultades de ciencia política. La joven Mansbridge sale a este mercado laboral de nuevas facultades de ciencia política. Dicta en Chicago y Northwestern hasta regresar en 1996 a Harvard.

Pero sí había una forma de pensamiento político más integral a la hiperespecialización actual que la profesora de hoy de Harvard no ha olvidado: a día de hoy en sus clases sólo se utilizan textos clásicos, y Mansbridge es reconocida como una de las mejores docentes de Harvard (Harvard Graduate School of Education, 2021). Esa condición de pensadora política íntegra se expresa en un abanico de facetas del pensamiento: como socióloga política, en Beyond Adversary Democracy y Why we lost the ERA?; como teórica analítica y normativa, en Rethinking Representation y Clarifying the concept of representation; como historiadora del pensamiento, en Living with conflict y Self-interest in political life; como editora, en Beyond Self Interest y Deliberative Systems. Mansbridge llega a presidenta de la Asociación Política de los Estados Unidos, y en 2018 gana el premio Skytte,el «Nobel» de la ciencia política, que han obtenido también Amartya Sen, Elinor Ostrom, Hanna Pitkin y John Elster. A Mansbridge se lo otorgan por «haber moldeado nuestra comprensión de la democracia en sus formas directas y representativas, con agudeza, profundo compromiso y teoría feminista» (Smrek, 2018).

Jane Mansbridge es la teórica de la democracia más destacada desde Robert Dahl. Como teórica política, realiza la teoría analítica y la teoría normativa. La primera traza las categorías, define los conceptos políticos, distingue las modalidades en que una idea puede ser expresada. En ella no hay retórica vacía, lemas ni frases célebres. El lector va a encontrarse distinciones analíticas muy finas, que le permitirán incursionar junto a la autora en propuestas normativas arriesgadas, que quienes no hacen estas distinciones no pueden ver. La estricta proporcionalidad representativa no es un bien constante, ya que un buen proceso deliberativo debería, por ejemplo, evitar la representación proporcional de las peores ideas que circulan en el sistema. Las discriminaciones de cualquier tipo no merecen representación proporcional y, si las hay en números abundantes en la población, no debería haberlas en números proporcionales en sus representantes. Si, por ejemplo, no distinguimos la transparencia necesaria y la que sobra, entonces pasaremos siempre a pedir mayor transparencia, así se nos cuele la inocua o improductiva. Si la negociación política no posee atributos positivos, siempre será denigrada. Y así acabamos en el mundo de hoy, de excesiva simplificación. Su verdadero arte ha sido combinar ambas destrezas, es decir, distinguir los matices que existen en el mundo y dibujar ideales ricos y apropiados a cada situación. Esta manera de pensar es un antídoto a la reducción de la política y a la radicalización del pensamiento político.

Mansbridge es una política teórica antes que una teórica política. Vive la política de una forma cada vez más inusual entre los teóricos; escoge siempre temas que le duelen. Hace filosofía política personal, e inductivamente, en contra de la moda. La representación descriptiva era objeto de burlas en los años 1990 y era difícil pescar en la literatura argumentos a favor. Pero casos famosos como el de Anita Hill ya estaban en el ambiente y la imagen del Congreso masculino la atormentaba. Mansbridge se dio a la tarea de indagar más y entonces se preguntó por qué. Como mujer representada,