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No es momento de divagar ni de confiarse, sino de enfrentarnos al peligro más acuciante en la actualidad. Hoy es incuestionable que las extremas derechas están en auge en todo el mundo y, si no hacemos nada para evitarlo, podemos ser la generación que pierda los derechos conquistados. Nuestras democracias están en peligro de extinción, y sus depredadores gozan de mayor respaldo, tienen una mejor imagen y son más fuertes cada día. En muchas regiones del mundo ya han llegado al poder y, cuando gobiernan, nada es como era: están mutilando la democracia desde dentro hasta transformarla en una autocracia con escaso margen para revertir la situación. Steven Forti analiza en la presente obra, con una mirada que tiene en cuenta la evolución histórica del fenómeno, los últimos acontecimientos políticos y movimientos –nacionales e internacionales– de las extremas derechas para mostrar cómo desmantelan el Estado de derecho y de bienestar. Con ello, denuncia la amenaza que nos acecha y nos advierte de que en nuestras manos está la posibilidad de detener al espectro de la autocracia antes de que acabe con nuestras democracias. El presente está en el aire y el futuro, aún por escribir.
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Seitenzahl: 553
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Akal / Pensamiento crítico / 110
Steven Forti
Democracias en extinción
El espectro de las autocracias electorales
No es momento de divagar ni de confiarse, sino de enfrentarnos al peligro más acuciante en la actualidad. Hoy es incuestionable que las extremas derechas están en auge en todo el mundo y, si no hacemos nada para evitarlo, podemos ser la generación que pierda los derechos conquistados. Nuestras democracias están en peligro de extinción, y sus depredadores gozan de mayor respaldo, tienen una mejor imagen y son más fuertes cada día. En muchas regiones del mundo ya han llegado al poder y, cuando gobiernan, nada es como era: están mutilando la democracia desde dentro hasta transformarla en una autocracia con escaso margen para revertir la situación.
Steven Forti analiza en la presente obra, con una mirada que tiene en cuenta la evolución histórica del fenómeno, los últimos acontecimientos políticos y movimientos –nacionales e internacionales– de las extremas derechas para mostrar cómo desmantelan el Estado de derecho y de bienestar. Con ello, denuncia la amenaza que nos acecha y nos advierte de que en nuestras manos está la posibilidad de detener al espectro de la autocracia antes de que acabe con nuestras democracias. El presente está en el aire y el futuro, aún por escribir.
Steven Forti es profesor de Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Está especializado en la historia de los fascismos, los nacionalismos y las extremas derechas. Es miembro del Centre d’Estudis sobre Dictadures i Democràcies (CEDID) y del consejo de redacción de las revistas Ayer. Revista de Historia Contemporánea, Spagna Contemporanea, Política & Prosa y CTXT. En la actualidad es también coordinador local del proyecto de investigación europeo «Analysis of and Response to Extremist Narratives» (ARENAS).
Es autor de Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla (2021) y de El peso de la nación. Nicola Bombacci, Paul Marion y Óscar Pérez Solís en la Europa de entreguerras (2014); coautor de Patriotas indignados. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría. Neofascismo, posfascismo y nazbols (con Francisco Veiga, Carlos González-Villa y Alfredo Sasso, 2019); y editor de Mitos y cuentos de la extrema derecha (2023) y de El proceso separatista en Cataluña. Análisis de un pasado reciente (2006-2017) (con Enric Ucelay-DaCal y Arnau Gonzàlez i Vilalta, 2017).
Diseño de portada
RAG
Motivo de cubierta
Antonio Huelva Guerrero
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Nota a la edición digital:
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© Steven Forti, 2024
© Ediciones Akal, S. A., 2024
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-5612-6
Para todos los hombres y todas las mujeres que han luchado para defender la democracia y la libertad
This is no time for optimism
This is no time for endless thought
This is no time for my country right or wrong
Remember what that brought
[…]
This is no time for congratulations
This is no time to turn your back
This is no time for circumlocution
This is no time for learned speech
[…]
This is no time to swallow anger
This is no time to ignore hate
This is no time to be acting frivolous
Because the time is getting late
[…]
This is no time to ignore warnings
This is no time to clear the plate
Let’s not be sorry after the fact
And let the past become our fate
Lou Reed, There Is No Time
INTRODUCCIÓN[1]
En 1986, en medio del segundo mandato presidencial de Ronald Reagan, los Dead Kennedys sacaban el que sería su último disco, Bedtime for Democracy, que podríamos traducir en castellano como «Hora de acostarse para la democracia». El título del álbum hacía referencia a una película cómica de principios de la década de 1950, Bedtime for Bonzo, protagonizada por el mismo Reagan –por aquel entonces solo un actor de películas de serie B en Hollywood– y un chimpancé llamado Bonzo. Una de las canciones del álbum, de hecho, se titulaba Rambozo the Clown: como en otras canciones de la banda punk de San Francisco, se ironizaba sobre el presidente republicano, comparado con un payaso que era la mezcla entre Rambo y el citado Bonzo. Con su estilo provocador, el líder de los Dead Kennedys, Jello Biafra, no solo se mofaba de Reagan, sino que ponía bajo la lupa los retrocesos democráticos que se estaban dando en el país norteamericano. Retrocesos que los de Biafra estaban también sufriendo en sus propias carnes al ser llevados a juicio por una asociación conservadora por haber incluido en su anterior disco una ilustración considerada amoral y pornográfica.
En realidad, Biafra había sacado el título del disco de una obra del ilustrador Winston Smith con quien los Dead Kennedys venían colaborando desde finales de los años setenta. En 1983, de hecho, Smith había elaborado un collage en el que, debajo de las palabras Bedtime for Democracy, un Reagan en traje y corbata apuntaba con una pistola a una masa de trabajadores rendidos que caminaban con los brazos levantados en un paisaje postapocalíptico. También la cubierta del disco de los Dead Kennedys de 1986 era una obra de Winston Smith. En ella se veía una Estatua de la Libertad humanizada que, atacada por todos lados, acababa desfigurada. Un cohete de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA)[2] le cegaba un ojo; una cinta le tapiaba la boca; en la nariz se le metía la Constitución de la cual salían fajos de billetes de dólares que se embolsaban unos yuppies de Wall Street; desde un helicóptero con una esvástica pintada una mezcla de rambos y nazis le disparaban con metralletas, dejándole destrozado un hombro; desde otro helicóptero, marcado por el símbolo de los dólares y la palabra «Lies» (Mentiras), le plantaban una jeringuilla en el brazo, mientras tiraban unas cruces al aire… El mensaje era claro: la democracia estaba siendo atacada por tierra, mar y aire en la llamada Land of Freedom y los principios de la Constitución eran un lejano recuerdo que la derecha en el gobierno se pasaba literalmente por el forro. O que solo utilizaba para enriquecerse.
No hace falta decir que no era la primera vez ni sería la última que, tanto en Estados Unidos (EEUU) como en otras latitudes, un gobierno conservador había provocado una reacción por parte de la izquierda y, más en concreto, de artistas comprometidos con la democracia y la libertad. Para quedarnos al otro lado del Atlántico, solo un par de años antes, durante la campaña electoral que le daría la segunda victoria a Reagan, el poeta y músico afroamericano Gil Scott-Heron le había dedicado al líder republicano una ácida canción, Re-Ron. En aquellos años fueron muchos los artistas –desde Frank Zappa a Joni Mitchell, por mencionar solo a dos de los más conocidos– que criticaron al presidente republicano por su belicismo y su defensa de los valores ultraconservadores cristianos. A mediados de la década anterior, tras el escándalo del Watergate y los años de las presidencias de Richard Nixon, marcados por el reflujo de los movimientos de 1968 y la dura represión gubernamental en el contexto de la Guerra de Vietnam, en otra canción, titulada sintomáticamente Winter in America, el mismo Scott-Heron apuntaba que la Constitución ya no era nada más que «un noble pedazo de papel» y que la democracia era «un ragtime en la esquina». Se estaba viviendo una involución de los valores democráticos, sugería en síntesis el autor de The Revolution Will Not Be Televised, comparando la estación del invierno con los años en la presidencia de Nixon.
Unos años más tarde de la publicación de Bedtime for Democracy, Leonard Cohen titulaba una canción justamente Democracy. La del bardo canadiense es, como de costumbre, una letra que permite diferentes lecturas, tanto espirituales como más políticas. Pero de ella se percibía claramente un poso optimista debido a la esperanza de que la democracia habría llegado por fin a EEUU. El álbum, The Future, salió pocos días después de la victoria del demócrata Bill Clinton en las presidenciales de 1992. Forzando un poco la interpretación, o quizá no tanto, se deducía que durante la década larga de gobiernos republicanos –los de Reagan y George Bush padre– la democracia había brillado por su ausencia en la tierra de Abraham Lincoln.
Podríamos seguir con otros tropecientos ejemplos en la gran mayoría de los países occidentales entre la década de 1960 y el comienzo del nuevo milenio. Baste pensar aquí en las canciones o las declaraciones de cantautores y artistas del más variado tipo en la Italia de los tiempos de los ejecutivos de la Democracia Cristiana y de Silvio Berlusconi, en el Reino Unido de Margaret Thatcher, en la Francia de Charles De Gaulle y Nicolas Sarkozy o la España de José María Aznar. Para muchos el riesgo de una vuelta por la puerta trasera del fascismo y del autoritarismo o, por lo menos, de un recorte de la democracia era real.
Ahora bien, en la última década, sobre todo tras la llegada a la presidencia de EEUU de Donald Trump en 2017, estos gritos de alarma se han multiplicado. Un rápido vistazo a las principales plataformas digitales de música nos lo muestra claramente. No es solo que la democracia ya no es lo que era o no es lo que debería ser teóricamente –como apuntaba sagazmente Javier Krahe en ¡Ay, Democracia!–, sino que su debilitamiento es cada vez más profundo y general[3]. Esos fantasmas del pasado, evocados aún con cierta sorna en los tiempos de Reagan, Thatcher, Berlusconi o Sarkozy, se han convertido en monstruos con caras y ojos que no solo recortan derechos o atacan a las clases trabajadoras para favorecer a los ricos, sino que cambian las reglas del juego democrático, no respetan la separación de poderes, destruyen el pluralismo informativo y acaban instaurando sistemas autocráticos donde la democracia, la libertad y la igualdad han, literalmente, desaparecido.
Este libro no va de canciones ni de cantautores. Su contenido tampoco tiene que ver con las preocupaciones que en los últimos setenta años los artistas o, más en general, las heterogéneas izquierdas del mundo occidental han mostrado frente a los retrocesos democráticos –reales o temidos– que se estaban viviendo cuando la derecha –una derecha que no daba golpes de Estado, ni instauraba regímenes autoritarios, vale la pena matizar– ocupaba el gobierno. El volumen que el lector tiene en sus manos va de la amenaza que representan las nuevas extremas derechas para el futuro y la mera supervivencia de los sistemas democráticos. Sé muy bien que el título puede parecer desmedido y excesivamente pesimista, pero la cuestión que plantea está sobre la mesa: ¿se están extinguiendo las democracias? Vale la pena preguntárselo seriamente y analizarlo con detenimiento.
Este libro, pues, habla de la democracia, de sus crisis, las causas de estas y sus consecuencias, pero sobre todo se centra en uno de los actores –el principal actor, todo sea dicho– que la está amenazando, a saber, las extremas derechas a nivel global. En las siguientes páginas, consecuentemente, se hablará de su paulatino avance, su normalización, su desdiabolización, su discurso, sus políticas, sus estrategias y sus objetivos. En él he querido ampliar el análisis que he desarrollado en mi anterior monografía, Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla, abordando cuestiones que ahí había solo mencionado de pasada y otras a las cuales no le había prestado la debida atención, así como temáticas que han surgido o se han potenciado después de la publicación de ese libro. Como aquel, en este también se utilizan las herramientas de la investigación histórica con el objetivo de mostrar tanto el desarrollo de una serie de procesos en una perspectiva de long durée, así como la existencia de analogías y diferencias con el pasado. Junto a las herramientas históricas se utilizan también las de otras ciencias sociales, como la politología, la sociología y el derecho principalmente, así como los trabajos periodísticos, fuentes primarias imprescindibles cuando se estudia la actualidad. Como el lector puede fácilmente comprobar, se trata, pues, de un libro de historia del tiempo presente –o historia actual, si se prefiere– que debe lidiar con las dificultades de estudiar y analizar dinámicas que se están desarrollando hoy y que no sabemos cómo ni cuándo terminarán.
Si fuese cierto lo que el líder comunista chino Zhou Enlai dijo a principios de la década de 1970 sobre la Revolución francesa –«es demasiado pronto para valorarla»–, este libro no tendría sentido. Ahora bien, por un lado, Zhou Enlai jamás lo afirmó o, mejor dicho, malinterpretó la pregunta que le hicieron, pensando que querían saber su opinión sobre los acontecimientos de 1968, y no sobre la revolución de 1789. Por otro lado, no solo todo trabajo historiográfico se refleja y dialoga con el presente, sino que buena parte de la historia es también historia del tiempo presente, desde los tiempos de Tucídides que en Las guerras del Peloponeso estaba describiendo unos hechos que había vivido. Como apuntó acertadamente Timothy Snyder, «la historia es y debe ser pensamiento político, en el sentido de que abre una brecha entre la inevitabilidad y la eternidad, impide que oscilemos entre una y otra, y nos ayuda a ver el instante en el que podemos cambiar la situación». En El camino hacia la no libertad, el historiador estadounidense se proponía «recuperar el presente para el tiempo histórico y, de esa forma, recuperar el tiempo histórico para la política. Eso significa tratar de comprender una serie de hechos interrelacionados dentro de la historia del mundo en nuestra propia época»[4]. En cierto sentido, y humildemente, este libro también tiene un propósito y unos objetivos similares.
Es menester aclarar inmediatamente que no se cree que las extremas derechas representadas por líderes como Trump, Bolsonaro, Milei, Orbán, Meloni, Le Pen o Abascal son «la causa inicial del deslizamiento de la democracia hacia la posdemocracia»; más bien, como apuntó acertadamente Carlo Galli, son un síntoma o, más precisamente, «el resultado más evidente de la crisis interior de la democracia»[5]. Dicho esto, es ya evidente que el principal riesgo para que nuestras democracias se extingan lo representan justamente las extremas derechas, ya que, en palabras de Anne Applebaum –que no es exactamente una peligrosa bolchevique–, sus líderes, que gobiernan cada vez más países, «quieren derrocar, sortear o socavar las instituciones existentes, destruir todo lo que existe»[6].
En el primer capítulo se intenta hacer un estado de la cuestión o, si se prefiere, un informe de situación de la democracia en la década de 2020. Asimismo, se proporciona una serie de consideraciones sobre lo qué es –o debería ser– una democracia y cuáles son los problemas que las democracias liberales están encontrando en las últimas décadas. El segundo capítulo se centra, en cambio, en las que he definido como extremas derechas 2.0. Por un lado, se abordan los dos principales debates existentes al respecto en la literatura académica y en los medios de comunicación: aquel que trata la cuestión terminológica y el que versa sobre las razones de sus éxitos electorales. En cuanto a lo primero, se muestran las diferencias de las nuevas extremas derechas respecto al fascismo histórico, la inutilidad del concepto de populismo y los riesgos relacionados con la utilización de la categoría de derecha radical. En cuanto a lo segundo, se resumen las tres principales causas que se han detectado para comprender por qué millones de personas escogen sus papeletas: las socioeconómicas, las culturales y las institucionales. Estas causas se solapan con las que explican la misma crisis de la democracia en la actualidad, lo que refuerza la idea de que las extremas derechas son, a fin de cuentas, un síntoma de ella. Por otro lado, se muestran las características de las extremas derechas a nivel global –tanto en sus referencias ideológicas, como en sus estrategias políticas y comunicativas–, sus divergencias o peculiaridades nacionales y sus objetivos principales. Estos capítulos suponen una profundización de lo expuesto en Extrema derecha 2.0 y, aunque los lectores de aquel libro puedan encontrar parte de lo contenido en él, se ofrece una actualización que llega hasta el verano de 2024.
En los dos siguientes capítulos se analiza la cuestión de la normalización de las extremas derechas 2.0, un proceso que ha empezado mucho antes de la victoria de Donald Trump y que debe retrotraerse por lo menos a las dos décadas finales del siglo pasado. En el tercer capítulo, se pone de manifiesto el paulatino avance electoral ultraderechista en prácticamente todos los países occidentales desde las décadas de 1980 y 1990 hasta la actualidad y la llegada en tiempos aún «insospechados» a los gobiernos nacionales o locales donde han podido empezar a aplicar sus recetas políticas, mayoritariamente en coalición con la derecha mainstream que no le ha hecho ascos a esta colaboración. En el cuarto capítulo, en cambio, se aborda la dimensión internacional del fenómeno, intentando ofrecer una visión panorámica de las numerosas redes globales ultraderechistas existentes. Lo que se quiere apuntar en estos dos capítulos es, en resumidas cuentas, que, por un lado, las extremas derechas se han ido normalizando hace tiempo, aunque muchos no se habían dado cuenta de ello y, por el otro, que llevan décadas organizándose internacionalmente. Por esto también debemos concebirlas como una gran familia global, superando los análisis «excepcionalistas» que ponen por delante las peculiaridades nacionales y no ven ni las analogías existentes ni las dinámicas de fondo.
Los siguientes tres capítulos se centran en algunos procesos hasta cierto punto novedosos que han cobrado centralidad en el último lustro. En el quinto capítulo, se ponen de relieve las estrategias adoptadas por las extremas derechas en Europa y su relación con las instituciones comunitarias en los últimos cuarenta años. Por un lado, se muestra su mayor capacidad para establecer relaciones sólidas, si bien siguen existiendo divergencias que impiden su definitiva unificación en un solo partido a escala europea. Por el otro, se resalta el giro estratégico que han realizado las extremas derechas al abandonar el propósito de desmembrar la Unión Europea (UE) para adoptar el de «ocupar Bruselas». El sexto capítulo se detiene en el caso italiano que podemos considerar una especie de laboratorio político ultraderechista. Debajo de los Alpes, de hecho, no solo podemos ver claramente los éxitos del largo proceso de normalización, desdiabolización y legitimación como fuerza de gobierno de las extremas derechas –proceso comenzado a principios de la década de 1990–, sino también la capacidad para hegemonizar el espacio de la derecha convencional, unificar todas las derechas y recorrer bajo la fachada del atlantismo y un cierto europeísmo el camino marcado por Viktor Orbán en Hungría. En el séptimo capítulo, se amplía el horizonte, mostrando cómo las dinámicas italianas se pueden encontrar, con sus peculiaridades y sus matices, también en otras latitudes. Así, se analizan diferentes casos en los que las extremas derechas han llegado recientemente al gobierno o han conseguido llegar a las puertas de los ejecutivos –como en Suecia, Finlandia, Países Bajos, Argentina, Francia o España– con el objetivo de subrayar tanto su normalización, así como la radicalización de la derecha mainstream. Se presta consecuentemente atención a la apuesta nacionalconservadora, intentando desembrollar el nudo interpretativo existente respecto a este término; apuesta que resulta clave para conseguir el objetivo de unificar a toda la derecha.
Finalmente, el capítulo octavo se centra en el modelo institucional que las extremas derechas están construyendo: la autocracia electoral, ese espectro que está planeando como un buitre sobre unas democracias en riesgo de extinción. Aquí se cierra el círculo con lo que se ha expuesto en los primeros dos capítulos: las autocracias electorales no son ni el totalitarismo fascista ni una democracia plena. Se trata de regímenes híbridos a mitad de camino entre las democracias tal como las conocemos hoy y las dictaduras –es decir, unos sistemas que vacían desde dentro las democracias liberales, convirtiéndolas en cáscaras vacías, si bien manteniendo su apariencia–. A este respecto se analiza el modelo de éxito de autocracia electoral sustentada en una ideología ultraderechista, la Hungría orbaniana, y otros modelos aún work in progress como el Israel de Netanyahu, El Salvador de Bukele o la India de Modi. Por último, se ofrecen unas consideraciones para intentar dejar algo de optimismo en el lector, después de este descenso al infierno dantesco de la política posdemocrática de comienzos del tercer milenio: una vez se ha comenzado el viaje hacia la autocratización, ¿hay vuelta atrás? Para esto se dedicarán unas páginas al caso de Polonia.
Como se ha apuntado anteriormente, los trabajos de historia del tiempo presente tienen que lidiar con procesos aún in fieri, de los cuales desconocemos el final. Así que es natural, en cierto sentido, que algunas de las consideraciones aquí desarrolladas muy probablemente se deberán revisar pasados unos años. Los historiadores no somos los oráculos de Delfos –tampoco lo son los politólogos ni los economistas–, así que nos es imposible prever el futuro que, como se sabe, no está escrito. Con todas nuestras limitaciones, podemos describir el pasado, más o menos lejano, entender sus procesos y sus dinámicas, mostrar lo que queda y lo que se modifica con el paso del tiempo. Y, paralelamente, intentar comprender el presente, trazar unas líneas de fondo y, como mucho, imaginar por dónde esas líneas podrían avanzar en los años venideros. Solo el tiempo, y los futuros historiadores, nos dirán en todo caso si estábamos en lo cierto. Como se suele decir, quien viva, lo verá.
* * *
Un libro es siempre el fruto de las lecturas, las investigaciones, el trabajo y las ideas que ha ido desarrollando su autor. Sin embargo, es también el resultado de las conversaciones, los debates, las a veces acaloradas discusiones, las sugerencias y la ayuda de muchas otras personas. No puedo, pues, concluir esta introducción sin dejar de agradecer a quienes han contribuido, de una manera u otra, directa o indirectamente, en que haya podido escribir este libro. Obviamente, ni falta hace decir, que el único responsable de eventuales errores o imprecisiones es solo un servidor. En primer lugar, mis agradecimientos van a los compañeros y compañeras del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), mi centro de trabajo, y del Centre d’Estudis sobre Dictadures i Democràcies (CEDID) de la misma universidad, mi grupo de investigación, así como a los y las estudiantes de las asignaturas que he impartido estos años en la UAB sobre fascismo, populismo y nuevas extremas derechas. Sus preguntas, consideraciones y críticas han sido un estímulo constante para que pudiese avanzar en las reflexiones contenidas en este libro.
En segundo lugar, quiero agradecer a los muchos historiadores y politólogos con los cuales he debatido en estos años sobre estas cuestiones en diferentes redes y proyectos de investigación o en congresos y seminarios. Nombrarlos a todos es francamente imposible, pero quiero al menos mencionar aquí a los miembros del proyecto de investigación europeo «Analysis of and Response to Extremist Narratives» (ARENAS) (Ref.: HE-101094731), coordinado por Julien Longhi, y del proyecto de investigación «La derecha en la España democrática (1977-1996). Proyectos, actuación institucional y presencia social» (Ref.: PID2020-112679GB-I00), coordinado por Pere Ysàs y Carme Molinero. Asimismo, es menester recordar el Grupo de Trabajo sobre las Extremas Derechas de la Fundación Carolina, coordinado por José Antonio Sanahuja y Pablo Stefanoni; el Observatori de Populisme Municipalista, coordinado por Gabriel Colomé y Oriol Bartomeus; la red «Authoritarian Political Practices and the Future of the Multilateral World Order» (MUDRAL); la «Research network for the study of Fascisms, Authoritarianisms, Totalitarianisms, and transitions to democracy» (REFAT) y la red «Derechas, Historia y Memoria» (DHM).
En tercer lugar, no puedo no mencionar tanto a los miembros de las revistas –Spagna Contemporanea, Rivista Il Mulino, Política & Prosa, CTXT– de cuyos consejos de redacción, verdaderos espacios de debate y crecimiento cultural, soy o he sido miembro, así como a las organizaciones de la sociedad civil que en estos años me han invitado para impartir conferencias, debates y cursos sobre el auge de las extremas derechas y la crisis de nuestras democracias. Una mención especial aquí va a Comisiones Obreras, uno de los baluartes democráticos que todavía existen en España. Y un agradecimiento sincero va a las personas que han asistido a esos encuentros, cuyas consideraciones, sugerencias y críticas, expresadas en los siempre interesantes debates, he intentado, en la medida de lo posible, incorporar a este libro.
En cuarto lugar, no puedo no mencionar a Akal, que ha creído desde el principio en este proyecto y lo ha aprobado, así como a Alejandro Rodríguez Peña, cuyo atento trabajo como editor ha sido, una vez más, imprescindible para que este libro llegase a buen puerto.
Por último, quiero agradecer a mi familia, especialmente a mi padre, que siempre me ha apoyado, y a los amigos que, además de soportarme en mis peroratas –a menudo asociadas a cervezas, vinos, gin-tonics y muchos cigarrillos– sobre los peligros que representan las extremas derechas, me han acompañado y me siguen acompañando en este recorrido que llamamos vida. Hasta la redacción de este libro me tenía por una persona profundamente atea (en realidad, lo sigo siendo), pero sé que he tenido la suerte de contar con la paciente y dulce Afrodita, que me ha mecido en sus brazos entre una orilla y otra del Mediterráneo mientras escribía. Un agradecimiento especial va, pues, para ella.
Barcelona-Trento-Quíos, verano de 2024
[1] Los resultados presentados en este libro forman parte del proyecto ARENAS. Este proyecto ha recibido financiación del programa de investigación e innovación Horizon Europe de la Unión Europea en virtud del acuerdo de subvención n.o 101094731.
[2] Al final del libro, y para facilitar la lectura, se ha incluido un índice de siglas.
[3] Al respecto vale la pena volver a leer las primeras dos estrofas de ¡Ay, Democracia! de Krahe, contenida en su álbum Toser y cantar de 2010: «Me gustas, Democracia, porque estás como ausente, / con tu disfraz parlamentario, / con tus listas cerradas, tu rey, tan prominente / por no decir extraordinario, / tus escaños marcados a ocultas de la gente / a la luz del lingote y del rosario. / Me gustas, ya te digo, pero a veces querría / tenerte algo más presente / y tocarte, palparte y echarte fantasía. / Te toco poco últimamente / pero, en fin, ahí estás, mucho peor sería / que te esfumaras como antiguamente».
[4] Timothy Snyder, El camino hacia la no libertad, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018, pp. 18-22.
[5] Carlo Galli, Democrazia, ultimo atto?, Turín, Einaudi, 2023, p. 95.
[6] Anne Applebaum, El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo, Barcelona, Debate, 2021, p. 27.
CAPÍTULO I
¿La democracia es un arma cargada de futuro?
A mediados del siglo XX, Gabriel Celaya dejaba escrito uno de sus más bellos poemas, «La poesía es un arma cargada de futuro», cantado posteriormente por Paco Ibáñez que consiguió embellecerlo aún más con su inconfundible voz. La poesía muy probablemente seguirá siendo un arma cargada de futuro también en el siglo XXI, pero ¿también lo es la democracia? Si nos hubiésemos planteado esta misma pregunta hace tan solo un par de décadas, casi nadie hubiese tenido dudas en contestar afirmativamente. Entre la década de 1940 y la de 1990 no paraban de darse olas democratizadoras, es decir, cada vez más países de los cinco continentes se iban transformando en democracias liberales. Algunos, es cierto, podían tener algunas deficiencias –y, de hecho, las tenían– y otros, también es cierto, aún seguían siendo regímenes autoritarios, pero la tendencia parecía clara. La democracia no solo era, en la cínica y tan gastada frase de Winston Churchill, la peor forma de gobierno exceptuando a todas las demás, sino el modelo ganador y de éxito en todas las latitudes. Las imágenes de los jóvenes y no tan jóvenes de la Alemania Oriental dando martillazos contra el muro de Berlín en noviembre de 1989 son unas de las más icónicas en este sentido.
Ahora bien, en esta década de 2020 las respuestas a esa misma pregunta han cambiado: el porcentaje de los escépticos o, directamente, de los que contestarían negativamente ha crecido. La insatisfacción con la democracia y la simpatía hacia líderes fuertes han aumentado considerablemente. Así que no es tan exagerado, ni está fuera de lugar ni es fruto de un pesimismo cósmico preguntarse si las democracias son un sistema en riesgo de extinción o, directamente, si seremos la última generación que ha vivido en democracia. Efectivamente, esta posibilidad ya no es solo una idea que algún productor más o menos inspirado ha tenido para rodar otra serie distópica para Netflix, sino una cuestión que está en el centro de las preocupaciones de un número cada vez mayor de politólogos, sociólogos e historiadores. En la última década, de hecho, los libros que hablan de la crisis de la democracia se cuentan por centenares o incluso millares a un lado y al otro del Atlántico y, si bien el enfoque puede ser más optimista o más pesimista, la gran mayoría de ellos pone de relieve que algo no funciona o se ha roto en las democracias liberales. Y que, visto lo visto, cuesta arreglarlo.
Algún lector pensará que no es para tanto. Las democracias pueden tener sus problemas, pero estos se resolverán como se han resuelto casi siempre en el pasado y, tarde o temprano, las aguas volverán a su cauce. Podrá haber, eso sí, algún retroceso democrático en algunos países de África, Asia u Oceanía. Quizás algún general, capitán o sargento desconocido podrá tomar el poder e instaurar la ley marcial en una capital cuyo nombre difícilmente nos sonará. Sin embargo, esto tampoco es una novedad. ¿Cuántos han sido los golpes de Estado en Burkina Faso, Sudán o Birmania desde que estos países consiguieron la independencia? Ese lector llegará a preguntarse si esos Estados llegaron a ser alguna vez realmente democráticos. Sin que le falte parte de razón, pensará que una cosa es lo que pasa en Afganistán o Irak –donde los intentos para exportar la democracia han fallado estrepitosamente– o en Libia y Somalia –Estados fallidos devorados por interminables guerras civiles– y otra cosa es lo que ocurre en Occidente. Ese lector continuará su reflexión diciendo que en la mayoría de los países occidentales, de hecho, vivimos en sistemas democráticos liberales, representativos y pluralistas: ¿por qué habría pues que preocuparse tanto? Los regímenes totalitarios son algo del pasado: el fascismo y el comunismo han muerto. Y las monarquías absolutas están más que enterradas. Frunciendo un poco el ceño y cansado de tantos malos presagios y gatos negros que traen mala suerte, nos dirá finalmente que convendría dejar en un cajón las paranoias y, más que importunar al personal, disfrutar de la vida, ya que lo que vivieron nuestros antepasados fue mucho peor.
La cuestión es que, más allá de las opiniones personales o de la confianza en la fuerza y la resiliencia de los sistemas democráticos, diferentes estudios nos muestran otra realidad que no encaja con lo que ese supuesto lector ha ido pensando y afirmando. Vayamos, pues, a los datos. Cada año el Instituto V-Dem, esto es, Variedades de Democracia, que se creó en 2014 en la Universidad de Gotemburgo, elabora un informe sobre la democracia que se ha convertido en una de las principales referencias a nivel internacional ya que incluye más de 600 indicadores para poder medir el nivel de democracia existente en los diferentes países del globo y en su elaboración participan más de 4.200 académicos y expertos. En su última edición, publicada en marzo de 2024, se pone de manifiesto el proceso de desdemocratización, es decir, de erosión democrática y autocratización, que está teniendo lugar en todo el mundo desde hace algunos años. «La democracia está en declive en todo el mundo», se afirma tajantemente: «todos los indicadores utilizados […] muestran un retroceso de los derechos y las instituciones democráticas»[1].
Los números hablan por sí solos. Por un lado, desde 2009 la proporción de la población mundial que vive en países autocratizantes ha ido en constante aumento, sobre todo en Europa del Este y Asia. Por otro, en 2023 el nivel de democracia que disfrutan las personas ha descendido a los niveles de 1985, dando un paso atrás de casi cuarenta años. Por poner algún ejemplo, solo en 2023 la libertad de expresión ha empeorado en 35 países; la libertad de asociación, en 20; y las elecciones limpias, en 23. En la actualidad, pues, el 71% de la población mundial –es decir, 5.700 millones de personas–, vive en autocracias, la mayoría de tipo electoral (en 55 países) y el resto (en 33 países) de tipo cerrado; en 2003 era el 50%. Hoy solo el 29% –es decir, 2.300 millones de personas– vive en sistemas democráticos; sobre 91 países, sin embargo, 59 son democracias electorales, mientras que solo 32 son democracias liberales. Hace quince años estas eran 43. Más datos: si en 2003 había 35 países que se estaban democratizando, hoy en día son solo 18 y suponen apenas el 5% de la población mundial. En cambio, si en 2003 había «solo» 11 países que se estaban autocratizando, ahora estos son 42: se trata del 35% de la población mundial y, en un principio, la mayoría de ellos eran democracias. Además, hay otros 25 países que están cerca de comenzar un proceso de autocratización[2]. Hablando en plata, el panorama es estremecedor.
Antes de avanzar, conviene sin embargo aclarar estas categorías y lo que implican según el Instituto V-Dem. En una autocracia cerrada no se convocan elecciones multipartidistas y hay una ausencia total o amplia de elementos democráticos fundamentales, como la libertad de expresión y la libertad de asociación. Unos ejemplos serían China, Irán, Afganistán o Myanmar. Hablamos pues de regímenes autoritarios tout court. En cambio, en una autocracia electoral existen elecciones multipartidistas, pero no son ni libres ni justas y, al mismo tiempo, hay niveles insuficientes de libertad de expresión y asociación. Unos ejemplos serían, según el mismo Instituto V-Dem, Rusia, Turquía, India, Venezuela, Filipinas, El Salvador o Hungría. Finalmente, en una democracia electoral hay unas elecciones multipartidistas que para el ejecutivo son libres y justas y un grado satisfactorio, pero no óptimo, de sufragio, libertad de expresión y de asociación. Unos ejemplos serían Argentina, Brasil, Ecuador, Perú, pero también Austria, Grecia e Israel[3].
Cabe subrayar que el Instituto V-Dem no es ni mucho menos el único centro que en sus índices y estudios pone negro sobre blanco esta tendencia: otros informes, como los elaborados por Freedom House, muestran un panorama similar. El informe de 2021 se titulaba sintomáticamente Democracia bajo asedio: en él se apuntaba que en todo el mundo, durante las tres décadas y media comprendidas entre 1974 –año marcado por el fin de la dictadura de los coroneles en Grecia y la Revolución de los Claveles en Portugal– y principios de los años dos mil, los derechos políticos y las libertades aumentaron, pero desde aquel entonces vienen disminuyendo en un periodo que se ha llamado ya recesión o depresión democrática. En el informe de 2024, el panorama no había cambiado. Al contrario: «la libertad mundial se redujo por decimoctavo año consecutivo. La amplitud y profundidad del deterioro fueron extensas. Los derechos políticos y las libertades civiles se vieron reducidos en 52 países, mientras que solo 21 lograron mejoras»[4].
En resumidas cuentas, preguntarse si la democracia tiene futuro no es en absoluto un tema baladí o un pasatiempo para académicos aburridos: es algo real. Y, no hace falta ni decirlo, algo extremadamente preocupante. Ese lector escéptico que encontramos antes quizá pensará que eso había pasado también en otros periodos de la historia contemporánea. En los años de entreguerras, por ejemplo, casi toda Europa había acabado bajo las botas del fascismo y durante la Guerra Fría la Europa centro-oriental había estado dominada por el comunismo soviético. Algo similar puede decirse para muchos de los países latinoamericanos a lo largo del siglo XX. Sin embargo, añadirá nuestro lector, entre mediados de la década de 1940 y principios de la de 1990 todos los países en Europa y América se habían convertido en democracias. ¿Por qué no debería pasar lo mismo en los próximos años? Se trataría de un momento pasajero, nada más.
Evidentemente, no podemos excluir esta posibilidad. No obstante, cabe apuntar que respecto al pasado hay al menos tres diferencias de calado. En primer lugar, hoy en día casi todos los países han «probado» durante unos cuantos años la democracia liberal. Se dirá que esto era cierto también para Europa Occidental tras la Gran Guerra, pero no podemos comparar las democracias liberales de 1919 con las de principios del siglo XXI. No solo se trataba de democracias «jóvenes», sino también, y sobre todo, de democracias en construcción y más bien elitistas, con derechos solo parciales y limitados. Para poner solo dos ejemplos: las mujeres no tuvieron derecho de voto en Francia hasta 1945 y, si miramos a la «patria» de la democracia, EEUU, la segregación racial existió hasta mediados de los años sesenta. En segundo lugar, hace un siglo el nivel de renta era mucho más bajo y las desigualdades, incomparablemente mayores: la desconfianza o la frustración con unos sistemas democráticos aún jóvenes por la incapacidad que podían demostrar para resolver un problema capital –que todo el mundo llegue a fin de mes y viva dignamente– era, digámoslo así, más comprensible. En un famoso estudio de finales de la década de 1990 Adam Przeworski demostró que es improbable que «las democracias se desplomen en países económicamente desarrollados»; más concretamente, añadía, «no existe democracia alguna en un país con un ingreso per capita más alto que el de la Argentina en 1976 que se haya desplomado alguna vez». Es cierto que en 2006 la democracia cayó en Tailandia aunque el ingreso era levemente mayor al argentino en tiempos del golpe de Videla, pero el patrón general, apuntaba recientemente el mismo Przeworski, «permanece inalterado»[5].
En tercer lugar, a diferencia del pasado, en las últimas dos décadas cada vez es más difícil que las democracias mueran por golpes de Estado o asonadas militares: lo hacen de otra forma, mucho más anodina y menos evidente. En palabras de David Runciman: el «vuelco antidemocrático ya no requiere de tanques ni de soldados ni de detenciones»; incluso, «la democracia podría caer aun permaneciendo intacta»[6]. Según el ya citado Przeworski, «la desconsolidación de la democracia no requiere, necesariamente, violaciones de la constitucionalidad. Y los gobiernos que siguieron el camino de la autocratización gozaron de apoyo popular sostenido»[7]. Como recuerdan Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, las democracias pueden morir no solo a manos de hombres armados, sino también de líderes electos, presidentes o primeros ministros que las erosionan lentamente, de forma casi imperceptible: «la paradoja trágica de la senda electoral hacia el autoritarismo», afirman los dos politólogos estadounidenses, «es que los asesinos de la democracia utilizan las propias instituciones de la democracia de manera gradual, sutil e incluso legal para liquidarla»[8]. La situación que estamos enfrentado es nueva ya que ha habido varios países que han pasado de ser democracias liberales a autocracias electorales tras haber «probado» durante algunas décadas la democracia, teniendo un nivel de renta superior al de Argentina de 1976 y sin que hubiese un golpe de Estado o una asonada militar. Los casos de Hungría, Israel, India, El Salvador o, al menos hasta 2023, Polonia lo demuestran fehacientemente. Como ha apuntado Anne Applebaum, «dadas las condiciones adecuadas, cualquier sociedad puede darle la espalda a la democracia»[9]. Convendría no olvidarlo.
¿QUÉ ES UNA DEMOCRACIA?
Dicho esto, y antes de entrar más en la materia de cómo las extremas derechas están subvirtiendo nuestras democracias, conviene dedicar unas páginas al concepto de democracia para que nos podamos entender acerca de qué es –o de qué debería ser– una democracia. La bibliografía al respecto es infinita: no es mi intención aquí resumirla, ni desentrañar las interpretaciones que de la democracia dieron a comienzos de la época contemporánea Montesquieu, Rousseau, Madison, Tocqueville, Jefferson o Payne. Eso sí, resulta útil y necesario apuntar algunas ideas y tener en cuenta algunas distinciones.
En la teoría democrática moderna, de hecho, se suele diferenciar entre democracia procedimental o instrumental y democracia sustantiva o material. La primera se centra en los medios, es decir, el respeto de las normas que regulan la sucesión pacífica del poder. Una de las definiciones más citadas es la minimalista de Adam Przeworski, deudora en buena medida de las consideraciones de Joseph Schumpeter: «la democracia es un acuerdo político en el cual las personas deciden su gobierno mediante elecciones y cuentan con una razonable posibilidad de destituir a los gobiernos en funciones que no sean de su agrado». O, aún más sucintamente, «la democracia es un sistema en el cual quienes están en funciones pueden perder las elecciones y, en ese caso, dejan sus cargos»[10]. En la misma línea, pero ampliando un poco más la definición y sus atributos, Tom Ginsburg y Aziz Huq consideran que la democracia debe tener «tres predicados básicos», es decir, «elecciones competitivas, derechos liberales de expresión y asociación, y [el respeto del] Estado de derecho»[11]. Se trata, simplificando un poco, de la ampliación que Robert A. Dahl hizo al minimalismo procedimental de Schumpeter: la que Dahl definía también como poliarquía debía contar no solo con elecciones libres y competitivas, sino también con los derechos y las libertades de asociación, reunión y expresión, el pluralismo o la existencia de fuentes de información alternativas. Es decir, a la competitividad debía también sumarse la inclusión[12].
Las consideraciones de Dahl nos llevan, en buena medida, a la que es la segunda definición de democracia, la sustantiva o material. Esta se centra más en los fines, esto es, un orden justo o, dicho con otras palabras, el rendimiento del sistema político y los valores que encarna. En resumidas cuentas, no se puede desvincular del concepto de democracia lo social y la igualdad, algo que según diferentes autores se daba por descontado en la época moderna: en las Revoluciones francesa y americana de finales del siglo XVIII el tema de la representación y el de la justicia social iban de la mano[13]. La democracia no viviría, pues, solo de instituciones y procedimientos, ni solo de consenso, sino también de conflictos materiales: por esto, como explicó detalladamente un constitucionalista de la talla de Luigi Ferrajoli, un sistema democrático debe garantizar no solo los derechos políticos y civiles, sino también los derechos sociales[14]. Para resumirlo, la democracia sería
el esfuerzo por hacer convivir el poder con la energía de la autoafirmación individual y colectiva (la libertad), con el intento de limitar su exceso (la igualdad), y con el objetivo de establecer las estructuras y las prácticas de una convivencia que las subjetividades puedan reconocer […] como trabajo propio (la transparencia)[15].
Carlo Galli pone de relieve cómo este modelo de democracia es, en realidad, un hecho histórico y geográfico contingente. Solo después de 1945 la libertad se juntó a la igualdad a través del principio de la inclusión en Europa occidental y EEUU. Se trató también de una respuesta al reto que le ponía el comunismo soviético. Nació así «la liberaldemocracia de masas multiclase, con economía capitalista y contenido social», es decir, la democracia de los llamados «treinta gloriosos» (1945-1975) o del compromiso socialdemocrático, caracterizada por la «colaboración –en el marco del Estado constitucional de derecho– de libertad individual, igualdad civil e intervención económica del Estado»[16]. Ahondan en esta misma línea también Gabriele Pedullà y Nadia Urbinati que, a partir del caso italiano y de la Constitución de 1948, hablan de «democracia antifascista»: esta se funda en dos principios –la igualdad ante y bajo la ley, y la distribución equitativa entre todos los ciudadanos del poder político fundamental– y se basa en cuatro pilares –valores y principios, una ciudadanía activa, los partidos y el disentimiento y la conflictividad–[17].
HACIA LA POSDEMOCRACIA
Si estas son, a grandes rasgos y de forma muy resumida y parcial, algunas de las posibles definiciones de democracia en la época contemporánea, pasemos ahora a ver cuál es el tipo de democracia en que estamos viviendo en estas décadas iniciales del siglo XXI. Muchos autores, efectivamente, retrotraen la crisis del modelo de democracia liberal occidental a la segunda mitad de la década de 1970 con el nacimiento de la que Galli llama «democracia liberista»[18].
A partir de 1973, la Comisión Trilateral impulsada por David Rockefeller puso sobre la mesa la idea de la insostenibilidad económica y política de la democracia del contrato social, dando así el primer golpe al modelo keynesiano. En el Report on the Governability of Democracies de 1975, titulado significativamente The Crisis of Democracy, se ponía de relieve explícitamente que el Estado de bienestar debilitaba la autoridad del Estado y que las presiones de los ciudadanos organizados eran un peligro para las instituciones democráticas. Fue en este contexto también que se impulsó con fuerza una concepción minimalista de la democracia que podía garantizar –supuestamente– la exigencia de la gobernabilidad frente a un modelo que ponía por delante «el ideal de garantizar una base socioeconómica mínima como condición para el ejercicio de una efectiva participación política»[19].
Llevada a la práctica por Margaret Thatcher en Reino Unido a partir de 1979 y por Ronald Reagan en EEUU dos años después, la democracia liberista –o, si se prefiere, el modelo neoliberal de democracia–, por un lado, atacó a los cuerpos intermedios, despolitizando y pulverizando a la sociedad, y, por otro, promovió la globalización de la economía a través de una combinación formada de moderación salarial, políticas deflacionistas, financiarización de la economía y libre circulación de capitales, mercancías y personas. En este nuevo modelo de democracia se perdió «la convergencia transitoria […] entre capitalismo y democracia»: la libertad prevaleció sobre la igualdad al darse una especie de intercambio entre derechos sociales y civiles, mientras que ha sido el mercado –y no el Estado o el trabajo– quien dirigió la inclusión de los sujetos en el espacio público. Todo esto, tal como explica Galli, ha llevado a «un proceso de desdemocratización, un debilitamiento general de la forma política, que deja entrever, detrás de la permanencia de los procedimientos y de las instituciones de la democracia, la realidad de nuevas oligarquías en que el poder real lo detentan grupos económicos de enormes dimensiones»[20]. Es lo que, hace más de veinte años, Colin Crouch llamó con acierto posdemocracia. En palabras del sociólogo:
Aunque las elecciones continúan celebrándose e influyendo en los gobiernos, el debate electoral es un espectáculo estrictamente controlado, conducido por grupos rivales de profesionales expertos en técnicas de persuasión y se ejerce sobre un número limitado de cuestiones seleccionadas por estos grupos. La masa de ciudadanos desempeña un papel pasivo, aquiescente, incluso apático, limitándose a reaccionar a las señales que recibe. Aparte del espectáculo de la lucha electoral, la política se decide en privado mediante la interacción entre los gobiernos electos y las elites que representan casi exclusivamente intereses económicos[21].
Que esta interpretación, más allá de algunos matices, sea a día de hoy compartida por una gran parte de los especialistas nos lo demuestran algunos académicos e intelectuales que hace unas décadas alababan el modelo neoliberal. Por poner solo un ejemplo, vale la pena leer lo que recientemente escribió Francis Fukuyama. Si a finales de la década de 1980 el politólogo de Chicago preveía el «fin de la Historia», ahora afirma que «los neoliberales y algunos liberales clásicos anticuados han llevado periódicamente» la idea de la intervención del Estado «a extremos desastrosos». «Gran parte de la hostilidad liberal al Estado», continua Fukuyama, «es simplemente irracional. Los Estados son necesarios para proporcionar bienes públicos que los mercados no proporcionarían por sí mismos, de la previsión meteorológica a la asistencia sanitaria pública, pasando por el sistema judicial, la seguridad de alimentos y medicamentos y la defensa nacional». Y concluye tajantemente que «el resultado de una generación de políticas neoliberales fue el mundo surgido en la década de 2010, en el cual los ingresos agregados fueron mayores que nunca, pero la desigualdad entre países había aumentado también enormemente»[22].
Como puso de relieve Giovanni De Luna en un libro en que se preguntaba qué quedaba del siglo XX, este proceso reforzó «una concepción tecnocrática de la democracia» basada en un «exasperado pragmatismo eficientista». Paralelamente, apuntaba el historiador italiano, se difundió «la convicción de que la democracia representativa no era ya eficaz para gestionar una modernidad cuyos problemas son tan complejos que desencadenan una especie de rechazo instintivo de las reglas democráticas en quienes buscan atajos hacia soluciones simples, inmediatas y unilaterales»[23]. Con el tiempo, pues, la democracia representativa, considerada lenta e ineficaz, se ha debilitado fuertemente y se le ha contrapuesto una «democracia inmediata»: la decretación de urgencia en respuesta a eventos considerados emergencias –como el terrorismo, las guerras o las crisis ambientales, humanitarias o sanitarias– se ha convertido en la regla general hasta el punto de abusar con frecuencia de ella. Esta «política de la emergencia» ha conllevado consecuentemente un proceso de verticalización de los poderes de los Estados con la pérdida de peso de los Parlamentos, la creciente personalización de la política y el debilitamiento de las instituciones y administraciones públicas[24]. El «emergencialismo» ha comportado una normalización de procedimientos excepcionales y no democráticos: siguiendo una vez más a Galli, «el Estado de derecho, parlamentario y democrático –es decir, la forma institucional de la democracia liberal–, conservado como una cáscara casi vacía también por la democracia liberista, se ha convertido, mediante el emergencialismo, en un Estado administrativo y un Estado securitario»[25].
Además, ante esta dinámica, la participación política de la ciudadanía ha pasado en buena medida a mejor vida. Se ha hablado de democracia de audiencia o, incluso, de «democracia zombie», entendiendo con ello una realidad en la que los ciudadanos no son nada más que meros espectadores[26]. Por esto, Runciman ha hablado de una «crisis de madurez» de la democracia, cuya muerte «se dilatará por tiempo indefinido»[27]. Los cambios de las últimas décadas que se resumían anteriormente han sido tan paulatinos y difusos que la percepción de vivir en un sistema democrático supuestamente aún «pleno» es asumida por la mayoría de las personas. En palabras de Levitsky y Ziblatt:
El desmantelamiento de la democracia se inicia de manera paulatina. Para muchos ciudadanos, al principio puede resultar imperceptible. Al fin y al cabo, se siguen celebrando elecciones, los políticos de la oposición continúan ocupando escaños en el Congreso y la prensa independiente sigue publicándose. La erosión de la democracia tiene lugar poco a poco, a menudo a pasitos diminutos. Cada uno de esos pasos, por separado, se antoja insignificante: ninguno de ellos parece amenazar realmente la democracia[28].
Según Runciman, esto puede comportar que «cuando la democracia se termine, probablemente nos sorprenderá la forma en que lo hará. Puede que ni siquiera notemos que está ocurriendo, porque nos estaremos fijando en otros aspectos o en otras cuestiones»[29]. Runciman, que, aunque no lo parezca, es optimista, pone de relieve otra cuestión especialmente importante, a saber, el hecho de que el atractivo de la democracia moderna radicaba en la capacidad de proporcionar beneficios a largo plazo para toda la sociedad y, al mismo tiempo, de dar voz a los ciudadanos individuales. Ahora, en cambio, tras la fase de democracia liberista (o neoliberal) con el aumento de las desigualdades y el debilitamiento de la participación política, este atractivo se ha reducido considerablemente: las propuestas de lo que define como «autoritarismo pragmático» del siglo XXI pueden tener un cierto o un notable éxito al prometer beneficios personales (en vez de colectivos) y dignidad colectiva (en vez de personal)[30]. Putin, Modi u Orbán lo demuestran con creces.
Pedullà y Urbinati definen este retroceso de la democracia hacia formas autoritarias como una «democracia afascista»: esta se basaría en la idea de una democracia minimalista y antisocialdemocrática y su mayor enemigo sería la igualdad social y política. Se trataría de una «forma de autocracia electiva» que tendría cuatro características principales. En primer lugar, la democracia afascista es «avalorial» porque se identifica únicamente con las decisiones, no modifica las jerarquías sociales y concibe el disentimiento como un obstáculo y la ciudadanía como una función plebiscitaria. En segundo y tercer lugar, es hipermayoritaria y clientelar: entiende la democracia como gobierno sin restricciones de quien tiene la mayoría y como «plebiscito de una clase política que gobierna a través de la exposición mediática del líder». Finalmente, es «aconflictual» al rechazar la política como arte del conflicto y al tachar «como caos y desorden todo proyecto de contestación y cambio que no sea impulsado por los vértices o el centro del sistema»[31]. El gobierno de Giorgia Meloni en Italia lo representaría perfectamente según estos dos autores.
Como ponían de relieve Runciman o Przeworski, estas autocracias electivas o electorales –concepto sobre el cual volveremos en el capítulo octavo– se establecen no a través de golpes de Estado, sino a partir de «tácticas constitucionales duras», en palabras de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, es decir, a través del abuso de los vacíos legales, el uso indebido de las disposiciones constitucionales, la aplicación selectiva de la legislación o el lawfare[32]. En su análisis del caso de EEUU, los dos politólogos norteamericanos mencionan, por ejemplo, la aprobación de leyes electorales restrictivas por parte de 26 Estados gobernados por los republicanos entre 2013 y 2021 o el gerrymandering –es decir, la reconfiguración de las circunscripciones electorales para favorecer el partido en el gobierno y así construir «mayorías fabricadas»–, adoptado como plan nacional por el Partido Republicano en 2010 con el Redistricting Majority Project[33]. Efectivamente, como ha apuntado Przeworski, «las democracias no incluyen mecanismos institucionales que las salvaguarden de ser subvertidas por gobiernos debidamente elegidos que observen las normas constitucionales». El politólogo polaco habla, pues, de una «subversión sigilosa»: «el sigilo es un proceso en el cual un gobierno adopta ciertas medidas, ninguna de las cuales es inconstitucional o antidemocrática de manera ostensible, que se acumulan de modo tal que socavan la capacidad de la oposición para destituir a ese gobierno o impedir que incremente su discrecionalidad en la elaboración de políticas»[34]. A todo esto hay que añadir lo que Levitsky y Ziblatt llaman el riesgo de la «tiranía de la minoría»: además del clásico riesgo de la tiranía de la mayoría subrayado por la teoría democrática moderna, puede darse también el riesgo contrario. En EEUU, de hecho, según los dos autores, las instituciones contramayoritarias concebidas a finales del siglo XVIII –especialmente el Colegio Electoral, el Senado, el Tribunal Supremo– junto a prácticas como el filibusterismo conllevan unos riesgos antidemocráticos reales[35].
Levitsky y Ziblatt añaden un elemento de especial relevancia en esta operación de destrucción de la democracia llevada a cabo por políticos convencionales que no tienen la necesidad de dar golpes de Estado, esto es, el factor de la «semilealtad» de políticos que no son ultras, para utilizar una expresión coloquial. Los dos autores recuperan aquí el concepto de «demócratas leales» planteado por Juan José Linz, es decir, esos políticos de derecha o izquierda que respetan cuatro normas básicas: expulsar a los extremistas antidemocráticos de sus filas; cortar los vínculos con grupos aliados que incurran en conductas antidemocráticas; condenar sin ambigüedades la violencia política y las conductas antidemocráticas; y, cuando resulta necesario, unir fuerzas con partidos rivales y prodemocráticos para aislar y derrotar a los extremistas antidemocráticos. Al no respetar estas normas básicas, los «demócratas semileales» se convierten así en los cómplices de los asesinos de la democracia y desempeñan un papel crucial en el colapso de los sistemas democráticos, ya que no solo normalizan las fuerzas antidemocráticas, sino que «les da[n] aliento y puede que incluso las radicalice[n]»[36]. Como veremos en la segunda parte de este libro, la mayoría de los miembros de la derecha mainstream en las últimas décadas pueden catalogarse de demócratas semileales al haberse aliado con formaciones de extrema derecha, al haber minimizado sus actitudes y prácticas antidemocráticas, y al haber adoptado su discurso –llegando incluso a no condenar episodios de violencia política–. El caso de los republicanos estadounidenses tras el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 es la prueba más fehaciente de ello. Pero, lamentablemente, no es la excepción, sino la regla en estos tiempos nuevos y salvajes que estamos viviendo.
[1] Instituto V-Dem, Informe sobre la Democracia 2024. La democracia gana y pierde en las urnas, marzo de 2024, p. 9, disponible en [https://www.v-dem.net/documents/46/V-Dem_DR_2024_Spanish.pdf], consultado el 18 de agosto de 2024.
[2]Ibid., pp. 6-18.
[3]Ibid., p. 12.
[4] Véanse Freedom House, Freedom in the World 2021: Democracy Under Siege, marzo de 2021, disponible en [https://freedomhouse.org/sites/default/files/2021-02/FIW2021_World_02252021_FINAL-web-upload.pdf] y, de la misma organización, Freedom in the World 2024: The Mounting Damage of Flawed Elections and Armed Conflict, marzo de 2024, p. 3, disponible en [https://freedomhouse.org/sites/default/files/2024-02/FIW_2024_DigitalBooklet.pdf].
[5] Adam Przeworski, Las crisis de la democracia. ¿Adónde pueden llevarnos el desgaste institucional y la polarización?, Madrid, Clave Intelectual-Siglo XXI, 2022, pp. 53 y 57.
[6] David Runciman, Así termina la democracia, Barcelona, Paidós, 2019, p. 45 y 12.
[7] Przeworski, Las crisis de la democracia, cit., p. 19.
[8] Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018, p. 16.
[9] Applebaum, El ocaso de la democracia, cit., p. 22.
[10] Przeworski, Las crisis de la democracia, cit., p. 28.
[11] Tom Ginsburg y Aziz Huq, «How to Lose a Constitutional Democracy», UCLA Law Review 65/1 (2018), p. 83.
[12] Véase Robert A. Dahl, La poliarquía. Participación y oposición, Madrid, Tecnos, 2009.
[13] Véase Sofia Näsström, The Spirit of Democracy. Corruption, Disintegration, Renewal, Oxford, Oxford University Press, 2021.
[14] Véase Luigi Ferrajoli, La democrazia costituzionale, Bolonia, Il Mulino, 2016.
[15] Galli, Democrazia, ultimo atto?, cit., p. 4.
[16]Ibid., pp. 19 y 51.
[17] Gabriele Pedullà y Nadia Urbinati, Democrazia afascista, Milán, Feltrinelli, 2024, pp. 15-33.
[18] Galli, Democrazia, ultimo atto?, cit., pp. 72-92.
[19] Pedullà y Urbinati, Democrazia afascista, cit., pp. 26-29.
[20] Galli, Democrazia, ultimo atto?, cit., pp. 86 y 91. Véase, también, Martin Wolf, La crisis del capitalismo democrático. Por qué el matrimonio entre democracia y capitalismo se está diluyendo y qué debemos hacer para solucionarlo, Barcelona, Deusto, 2023.
[21] Colin Crouch, Postdemocrazia, Bari-Roma, Laterza, 2003, p. 6. Del mismo autor, véase también Combattere la postdemocrazia, Bari-Roma, Laterza, 2020.
[22] Francis Fukuyama, El liberalismo y sus desencantados. Cómo defender y salvaguardar nuestras democracias liberales, Barcelona, Deusto, 2022, pp. 42 y 44.
[23] Giovanni De Luna, Che cosa resta del Novecento, Turín, UTET, 2023, p. 174.
[24] Leonida Tedoldi, «La democrazia in tempo di crisi», Rivista Il Mulino 526 (2024), pp. 162-171. Véanse también las consideraciones desarrolladas al respecto en Ilvo Diamanti y Marc Lazar, Popolocrazia. La metamorfosi delle nostre democrazie, Bari-Roma, Laterza, 2018.
[25] Galli, Democrazia, ultimo atto?, cit., p. 119.
[26] Véanse, respectivamente, Bernard Manin, Principios del gobierno representativo, Madrid, Alianza, 1998 y Runciman, Así termina la democracia, cit., p. 61.
[27] Runciman, Así termina la democracia, cit., pp. 13 y 18.
[28] Levitsky y Ziblatt, Cómo mueren las democracias, cit., p. 95.
[29] Runciman, Así termina la democracia, cit., p. 11.
[30]Ibid., pp. 204-206.
[31] Pedullà y Urbinati, Democrazia afascista, cit., pp. 92-135. Las citas en las pp. 11, 119 y 132.
[32] Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, La dictadura de la minoría. Cómo revertir la deriva autoritaria y forjar una democracia para todos, Barcelona, Ariel, 2024, pp. 61-70. La cita en la p. 70.
[33]Ibid., pp. 122-151 y 198-200. La cita en la p. 199.
[34] Przeworski, Las crisis de la democracia, cit., pp. 197 y 203.
[35] Levitsky y Ziblatt, La dictadura de la minoría, cit., pp. 162-190.
[36]Ibid., pp. 51-60. La cita en la p. 60. Véase también Levitsky y Ziblatt, Cómo mueren las democracias, cit., pp. 31-43.
