Desafío para dos corazones - Michelle Conder - E-Book

Desafío para dos corazones E-Book

Michelle Conder

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Beschreibung

¡De pronto, desafiarle era lo último que quería hacer! Al cínico Dare James le hervía la sangre. Cierta cazafortunas había clavado las garras en su abuelo. Pero, cuando fue a la mansión familiar hecho una furia para poner orden... descubrió que la mujer en cuestión no tenía intención de dejarse intimidar. Carly Evans estaba horrorizada. ¡Era la doctora del abuelo de Dare, no una buscona! Estaba deseando ver la cara del arrogante millonario cuando descubriera su error. Sin embargo, sin poder evitarlo, cayó bajo su embrujo.

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Seitenzahl: 195

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2016 Michelle Conder

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Desafío para dos corazones, n.º 5484 - enero 2017

Título original: Defying the Billionaire’s Command

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-9292-7

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Capítulo 1

 

Se decía a menudo que Dare James era un hombre que lo tenía todo. Sin embargo, él no siempre estaba de acuerdo. Tenía el atractivo de un galán de la gran pantalla y la fuerza física de un atleta. Le gustaban los coches caros y las mujeres más caras todavía. También tenía casas en los lugares más bonitos del planeta.

Dare había llegado a millonario a la edad de treinta años. Gracias a su propio esfuerzo y a su determinación, había partido de cero y, en el presente, tenía casi todo lo que un hombre podía desear.

Lo que no tenía era la habilidad de lidiar con los idiotas, sobre todo si eran idiotas pomposos y engreídos a los que les daba igual que el mercado de valores subiera y bajara, siempre y cuando su propia fortuna no se viera afectada.

Dare se recostó en el asiento, poniendo los pies sobre el escritorio.

–No me importa que él piense que deberíamos bajar el precio de las acciones –le dijo Dare por teléfono a su jefe financiero–. Te estoy diciendo que lo mantengas. Si quiere cuestionar mi forma de actuar, puede irse con su empresa a otra parte.

Después de colgar, repasó la lista de tareas pendientes.

–¿Problemas?

Dare miró hacia la puerta, donde estaba parada su madre. Ella había volado desde Carolina del Norte la noche anterior y había hecho una parada en Londres para verlo antes de continuar su viaje hacia Southhampton, donde iba a visitar a una amiga.

Dare sonrió y quitó los pies de la mesa.

–¿Qué haces aquí tan temprano, mamá? Deberías estar descansando.

Su madre se acercó y se apoyó en uno de los sofás.

–Quería hablar contigo.

Dare se miró el reloj. Los negocios eran lo primero para él, siempre, menos en lo relativo a su madre.

–Claro. ¿Qué pasa?

–Recibí un correo electrónico de mi padre hace un mes.

–¿Tu padre? –preguntó él, frunciendo el ceño. ¿Había oído bien?

–Lo sé –repuso ella, arqueando una ceja–. Para mí también ha sido una sorpresa.

Dare no estaba seguro de qué le extrañaba más, el hecho de que su madre hubiera recibido noticias de su abuelo o el que hubiera tardado tanto en contárselo.

–¿Qué quiere?

–Verme.

Ella se retorció las manos en el regazo. A Dare se le encogió el estómago. Cuando un hombre echaba de casa a su hija, por la elección de pareja que ella había hecho, y se ponía en contacto treinta y tres años después, algo raro pasaba. Y él dudaba de que fuera algo bueno.

–Que se vaya al diablo –dijo Dare, sin preámbulos.

–Me ha invitado a su casa para comer.

La casa en cuestión era una enorme mansión de piedra situada en una gigantesca finca en la campiña inglesa.

–No estarás pensando en ir –dijo él. Después de la forma en que el viejo había tratado a su madre, no se merecía que ella lo perdonara. Ni que se arriesgara a que le hiciera daño otra vez.

Por desgracia, podía adivinar que su madre quería aceptar la invitación.

–El viejo no ha hecho nada por ti nunca –le recordó Dare–. ¿Ahora quiere verte? Seguro que tiene una razón oculta. Lo sabes, ¿verdad? O bien necesita dinero o se está muriendo.

–¡Dare! –lo reprendió su madre–. No sabía que pudieras ser tan cínico.

–No soy cínico, mamá, sino realista –comentó él, suavizando su tono–. Y no quiero que te hagas esperanzas de que esté arrepentido por haberte echado de casa hace años. Debes recordar que no puedes fiarte de él.

Dare sabía que sonaba muy severo, pero alguien tenía que cuidar de su madre. Él llevaba haciéndolo durante tanto tiempo que se había convertido en un hábito.

–Es mi padre, Dare –señaló ella–. Y ha entrado en contacto conmigo. No puedo explicarlo bien, pero siento que debo hacerlo.

Sin embargo, Dare era un hombre que se regía por los hechos, no por los sentimientos. Y, en lo que respectaba a su abuelo, Benson Granger, barón de Rothmeyer, llegaba demasiado tarde.

Su madre había necesitado su ayuda hacía años. Pero ya no lo necesitaba.

–Mencionó que había intentado comunicarse conmigo antes.

–No lo intentaría demasiado. Tú no estabas escondida en ninguna parte, que yo sepa.

–No, pero tengo la sensación de que tu padre igual tuvo algo que ver en eso.

Dare afiló la mirada. Odiaba pensar en su padre y, más aún, hablar de él.

–¿Por qué dices eso?

–Una vez, cuando tú eras pequeño y yo todavía creía en él, me dijo que se había asegurado de dejarle claro a tu abuelo que me había perdido para siempre. Yo no le di muchas vueltas entonces, pero ahora me pregunto qué lo llevó a decir eso. Además, sabes que tu abuelo no tenía ni idea de tu existencia hasta que yo se lo mencioné.

–Bueno, sabrá que existo porque, si decides ir, no te dejaré hacerlo sola.

–¿Crees que debería ir?

–Claro que no. Creo que deberías borrar su mensaje y fingir que nunca lo has recibido.

Su madre suspiró.

–Eres uno de sus herederos, Dare.

–Eso no me importa. No tengo interés en heredar ese montón de piedras que seguramente estará cargado de deudas.

–La mansión Rothmeyer es muy hermosa, pero… no puedo dejar de pensar que cometí un error al mantenerte alejado de tu abuelo cuando tu padre murió. Él es tu único pariente vivo por mi parte de la familia, además de tu tío y tu primo Beckett.

Dare se acercó a su madre y la tomó de las manos.

–Mírame, mamá –pidió él y esperó a que su madre alzara hacia él sus grandes ojos azules–. Hiciste lo correcto. No necesito a mi abuelo. Nunca lo he necesitado.

–Cambió después de que murió mi madre –explicó ella en voz baja, como si estuviera recordando algo doloroso–. Nunca había sido muy expresivo, pero se volvió mucho más distante después de eso. No dejaba que nadie se le acercara.

–Vaya joya –comentó él, arqueando una ceja.

Su madre sonrió. Tenía cincuenta y cinco años, pero seguía siendo una mujer muy atractiva. Además, había dejado atrás los años difíciles y había recuperado la tranquilidad.

Esa era una de las razones por las que a Dare no le gustaba que su abuelo hubiera contactado con ella. Su madre era feliz y no necesitaba que le recordaran el pasado.

–Nuestra mala relación no fue solo culpa suya –continuó su madre–. Yo era muy impetuosa y… al final él tenía razón respecto a tu padre. Yo era demasiado orgullosa como para reconocerlo.

–No puedes culparte a ti misma.

–No, pero… es muy raro, antes de que recibiera ese mensaje suyo llevaba un tiempo soñando que volvía a esa casa. Es casi como una premonición.

Dare no creía en premoniciones ni en cuentos de hadas.

–Lo que creo es que, tal vez, necesites cerrar ese capítulo de tu vida. Yo te apoyaré en todo lo que pueda. Incluso te acompañaré, si es lo que quieres.

Ella le dedicó una radiante sonrisa.

–Esperaba que dijeras eso porque, cuando le conté que tengo un hijo, me dijo que quería conocerte.

Genial, pensó Dare. Justo lo que necesitaba, una reunión familiar.

–¿Cuándo es esa comida a la que te ha invitado?

–Mañana.

–¡Mañana!

–Lo siento, cariño. Debí haberte avisado antes, pero no estaba segura de que quisiera aceptar, hasta hoy.

–¿Quién asistirá? –preguntó él, empezando a ponerse en situación.

–No lo sé.

–¿Volvió a casarse? ¿Tienes madrastra, por casualidad?

–No, pero comentó que había alguien quedándose en su casa.

–¿Una mujer?

–No lo sé –repuso su madre, encogiéndose de hombros–. No me lo ha dicho.

–No importa. Le pediré a Nina que me reorganice la agenda –señaló él y frunció el ceño–. Saldremos a las…

Su madre meneó la cabeza.

–Le prometí a Tammy que la vería en Southhampton esta tarde y no puedo cancelarlo. ¿Por qué no nos encontramos en la mansión Rothmeyer mañana a eso de las doce?

–Si es lo que quieres, está bien –contestó él–. Mark te llevará. Le pediré que se quede a pasar la noche allí para facilitar las cosas.

–Gracias, Dare. No podría haber tenido un hijo mejor que tú, ¿lo sabes?

Dare se levantó y la abrazó.

–Y tú sabes que haría cualquier cosa por ti, mamá.

–Sí, lo sé. Y lo aprecio.

Percibiendo un atisbo de tristeza en su voz, Dare se preguntó si ella estaría pensando en su padre. Estar a su lado había sido una montaña rusa emocional, hasta el día en que había muerto, cuando él tenía quince años.

Para algunos, su padre había sido un soñador, para otros, no había sido más que un estafador. Lo único valioso que Dare había aprendido de él había sido cómo detectar a un farsante a primera vista.

Había sido una buena lección que lo había ayudado a hacer más dinero del que había podido soñar. Había soñado muchas veces con ser rico, durante los largos años que había vivido en un barrio pobre a las afueras de una ciudad de Estados Unidos.

En aquellos tiempos, había aprendido, también, mucho sobre relaciones humanas. Había aprendido que los amigos estaban ahí siempre y cuando uno les diera lo que querían. Por eso, había decidido contar solo consigo mismo y no confiaba en apenas nadie.

Cuando, a los dieciocho años, había descubierto que su madre provenía de un linaje aristocrático, eso solo le había hecho estar todavía más resentido con su abuelo por haberla apartado de la familia. Su madre se había visto obligada a tener tres empleos para poder llegar a fin de mes. Por eso, él nunca había querido conocer a nadie de su familia materna. Y seguía sin desearlo.

Sin embargo, los conocería. Y no esperaría al día siguiente a la hora de comer. Iría a verlos esa misma tarde.

Si Benson Granger pensaba que podía amenazar la felicidad de su madre, estaba muy equivocado.

Y, aunque no le resultaba muy conveniente ir a Cornwall esa tarde, le daría la oportunidad de probar su nuevo juguete en la carretera.

Dare sonrió. Por primera vez, le gustó la idea de ir a la mansión Rothmeyer. Quizá fuera hora de que le dejara claras unas cuantas cosas a su abuelo.

 

 

Los habitantes de la aldea Rothmeyer decían que era el mejor verano que habían pasado en años. Días cálidos y agradables, con una suave brisa por las noches.

En la mansión Rothmeyer, en la enorme finca que ocupaba la mitad de la aldea, Evans salió de la piscina, agotada de tanto nadar.

–Quien dijo que hacer ejercicio aumenta la secreción de endorfinas mentía –farfulló Carly.

No había nadie más en la piscina, a excepción del pequinés del barón, que estaba tumbado a la sombra como si fuera una alfombra.

Carly había estado haciendo largos en la piscina y corriendo durante su tiempo libre desde que había llegado allí hacía tres semanas. Pero solo había conseguido sentirse cansada y dolorida.

Aunque tampoco tenía motivos para quejarse. Trabajar como la doctora personal del viejo barón de Rothmeyer era un empleo envidiable. El entorno era espectacular y ella tenía que quedarse a vivir en la casa, pues el viejo iba a someterse a una operación de vida o muerte dentro de dos semanas.

Sin embargo, su empleo terminaría pronto y tendría que cambiar de lugar. Eso le parecía bien a Carly que, para disgusto de sus padres, se había convertido en una especie de gitana errante en el último año.

Haciendo una mueca al pensarlo, se colocó el pelo, largo y pelirrojo, a un lado de los hombros. Ella no tenía nada de gitana errante. Hasta hacía un año, había estado trabajando a destajo en uno de los mejores hospitales de Liverpool.

Hasta que su mundo se había puesto cabeza abajo y todo se había hecho pedazos.

Agarrando una toalla, se secó la cara y el cuerpo. Tomó el teléfono y se tumbó en la hamaca, decidida a no darle más vueltas al pasado.

–Si no te enfrentas a las cosas, los granos de arena se convertirán en montañas –le había advertido su padre.

Con un nudo en la garganta, recordó a su familia, a la que amaba. A su padre, su madre y su hermana.

Para distraerse, abrió su correo. Tenía un mensaje de sus padres que, seguramente, querían saber si estaba bien. Tenía otro de una vieja amiga y otro más de la agencia de trabajo temporal donde estaba apuntada.

Abrió el mensaje de trabajo, que le informaba de que tenían otro empleo para ella cuando terminara en la mansión Rothmeyer. Su formación como médico le aseguraba multitud de oportunidades laborales. Por el momento, nunca se había quedado parada. Y estar ocupada era bueno, pues así no tenía tiempo para pensar en sus errores del pasado.

Sin embargo, no estaba lista para decidir cuál iba a ser su próximo movimiento, así que cerró el mensaje sin responderlo y abrió el de sus padres. Sí, como esperaba, le preguntaban cuándo iban a volver a verla y si había tomado decisiones respecto a su futuro.

Carly suspiró y cerró ese mensaje también.

Hacía un año, su preciosa y dulce hermana había muerto de una rara y agresiva forma de leucemia. Para colmo, el novio de Carly había estado siéndole infiel, en vez de apoyarla en aquellos momentos tan difíciles.

Aunque era cierto que Carly no había buscado apoyo en Daniel esos meses. Como era un cardiólogo muy importante, él solía estar siempre ocupado. Además, su relación nunca había sido de demasiada confianza.

Él la había invitado a salir porque la respetaba profesionalmente y ella había aceptado porque se había sentido halagada por sus atenciones. Luego, Liv se había puesto enferma y todo se había hecho pedazos. Daniel le había echado en cara todo el tiempo que había pasado con su hermana y había empezado a cuestionar todo lo que ella había hecho, acusándola incluso de serle infiel y usar a su hermana enferma como tapadera.

Al final, Carly había descubierto que había sido él quien la había estado engañando. Encima, todo el mundo en el hospital lo sabía y nadie se lo había dicho.

Sintiendo el calor del sol sobre la piel, se puso unos pantalones cortos de punto y tomó la pequeña cajita joyero de terciopelo negro que le había llegado esa mañana.

Todavía sin creerse del todo lo que contenía, volvió a abrirla y admiró el maravilloso collar de rubíes que descansaba sobre el interior de seda azul.

Para que haga juego con tu pelo, rezaba la tarjeta seguida de una pomposa firma que delataba el gran ego del nieto de Benson, Beckett Granger.

Sacando el collar, ella meneó la cabeza. Para empezar, su pelo era más anaranjado que el color rubí. Si Beckett había esperado impresionarla con su agudeza, no lo había logrado.

Si pensaba impresionarla con el dinero que costaba el regalo, tampoco había conseguido su objetivo. Ella era demasiado práctica como para dejarse deslumbrar por joyas. Todavía llevaba los pequeños pendientes de diamantes que sus padres le habían regalado hacía diez años.

Pero tenía que reconocerle, al menos, el mérito del acercamiento. El collar era, sin duda, el paso más caro que un hombre había dado para buscar su atención. A lo largo de los años, algunos pacientes, o parientes de pacientes, o médicos, habían intentando ganarse sus favores. Pero el pomposo nieto de Benson se llevaba la palma.

Lo malo era que, aunque no estuviera recuperándose de su ruptura con un médico con complejo de dios, Carly nunca se habría fijado en Beckett. Había algo en él que le provocaba desconfianza. Además, el tipo actuaba como si tuviera derecho a conseguir lo que quería. En otra ocasión, cuando ella había declinado su invitación a cenar, él había parecido a punto de tener una rabieta de niño pequeño y mimado.

Como Benson no quería que nadie supiera lo de su enfermedad, Beckett pensaba que ella era la hija de un amigo de su abuelo. Aunque eso no le había impedido acorralarla una noche en la que había estado bebido. Su intento de seducirla había sido bastante ridículo y lo más probable era que él se hubiera avergonzado a la mañana siguiente.

Por otra parte, era muy esclarecedor el que Benson les hubiera confiado a sus empleados que estaba enfermo y, sin embargo, no le hubiera contado nada a su propio nieto.

A pesar de todo, aunque el tipo en cuestión no hubiera tenido ni un fallo, Carly no le habría seguido el juego. Complicar su vida con una relación era lo último que necesitaba. Sobre todo, cuando había demostrado tener tan poco juicio en lo referente a elegir pareja.

Su padre aseguraba que lo único que necesitaba era un plan para retomar fuerzas. Tal vez, podía terminar su doctorado en cirugía. Pero ella no estaba segura de querer seguir siendo médico y, menos aún, cirujana.

El collar de rubíes le pesó en la mano, el sol en los hombros. Iba a tener que devolvérselo a Beckett lo antes posible.

Cuando iba a ponerse la camiseta, los exaltados ladridos de Gregory la sobresaltaron.

Carly frunció el ceño, mirando al pequeño y consentido pequinés, que tiraba de su correa como un poseso.

–Basta, Gregory. Si sigues ladrando así, van a venir los bomberos. ¿Qué te pasa?

Cuando el perro miró hacia el bosque, ella cometió el error de seguir su mirada y el animal aprovechó su descuido para zafarse de la correa.

–No, Gregory –gritó ella, frustrada–. Párate. Maldición –murmuró, mientras el pequinés corría como una bala por el césped–. ¡Vuelve aquí!

Nada sería más inadecuado que el que se perdiera la adorada mascota de Benson justo antes de la operación. Carly nunca se lo perdonaría a sí misma.

Murmurando una retahíla de maldiciones, se puso las chanclas y corrió tras el insoportable animal.

A mitad de camino, gracias a que estaba en forma, ella empezó a ganarle terreno. Pero Gregory se escabulló entre los arbustos en la zona del bosque.

–Gregory, te odio –dijo ella, pensando que se lo entregaría a la cocinera para que hiciera sopa con él. Apartó las ramas bajas para poder pasar, arañándose los brazos y las piernas–. Gregory, maldición, ven aquí. ¡Como te llenes de pinchos, te voy a mandar a ese peluquero de perros que tan poco te gusta!

Carly giró a la izquierda y se detuvo al borde de un claro. Una familia de conejos tomaba el sol ajena a todas las preocupaciones del mundo. De pronto, Gregory salió de detrás de un roble como una bala, dándoles un susto de muerte a ella y a los conejos.

–Gregory, no –gritó Carly, corriendo tras él. Los conejos salieron corriendo también, mientras el más grande, probablemente la madre, se ponía a tiro para llamar la atención del perro.

De ninguna manera iba a dejar que matara a mamá conejo, se dijo Carly de mal humor. Estaba tan concentrada en perseguir al desobediente perrito que no oyó la moto que se acercaba por la curva del camino hasta que fue demasiado tarde. En cámara lenta, se dio cuenta de que no iba a ser capaz de detener su carrera a tiempo y adivinó que iba a morir con el estúpido collar de Beckett todavía en la mano.

Medio resignada a que el vehículo la atropellara, se resbaló, cayó de nalgas y rodó hacia el arroyo embarrado que corría a un lado del camino.

Se quedó paralizada, parpadeando perpleja de cara al cielo.

Escuchó una maldición y una cabeza masculina tapó el cielo sobre sus ojos. Era, más bien, una enorme figura oscura a trasluz. Entonces, él se arrodilló a su lado.

Si se había quedado sin respiración antes, no fue nada comparado con lo que le sucedió al mirar unos ojos tan azules que podían haber sido el mismo cielo. Combinados con su cabello castaño rizado, fuerte mandíbula y nariz recta, el extraño tenía el tipo de cara que una podía quedarse mirando para siempre.

–No te muevas –dijo el hombre con voz baja y grave, tintada de autoridad.

Ella obedeció.

Embobada, siguió mirando cómo la chaqueta de cuero se le ajustaba a unos anchos hombros y un pecho que parecía una pared. No salió de su ensimismamiento hasta que el hombre comenzó a recorrerle brazos y piernas con las manos.

–¿Qué estás haciendo?

–Comprobando si te has roto algo –repuso él con tono cortante.

–¿Eres médico?

–No.

En realidad, no tenía pinta de médico. Carly nunca había visto a uno embutido en una chaqueta de cuero negro.

–Estoy bien –farfulló ella, aunque no estaba segura. Intentó incorporarse sobre los codos.

–Estate quieta –ordenó él.

–He dicho que estoy bien –insistió ella. Cuando le apartó la mano de la pierna, él estuvo a punto de perder el equilibrio.

–Bien –dijo el hombre tras observarla unos instantes y se levantó–. Quizá puedas explicar por qué has atravesado la carretera corriendo de esa manera. Podía haberte matado.

Carly echó un vistazo a la enorme moto que había parada en medio del camino. Parecía sacada de una película de Batman. Recordó cómo el vehículo la había esquivado en el último momento, trazando un impecable arco. Aquel tipo había ido a toda velocidad, como si hubiera estado echando una carrera, ¿y quería culparla a ella de lo ocurrido?

–¿No me digas? Si has estado a punto de matarme, es porque ibas conduciendo como un loco por un camino estrecho de tierra.

Dare posó los ojos en la bella pelirroja que le lanzaba fuego por unos ojos que eran demasiado grises para ser verdes y demasiado verdes para ser grises.

–No iba como un loco –protestó él. Apenas había alcanzado los setenta por hora.

–Sí, ibas demasiado rápido. ¡Y estabas hablando por teléfono!

–No te pongas histérica. No estaba hablando por teléfono. Estaba comprobando la posición por satélite –puntualizó él.

–¡Tenías un teléfono en la mano mientras ibas en la moto! ¡Eso es ilegal!

–Cálmate. He podido controlar la moto y no ha pasado nada.

–Por los pelos. ¡Es ilegal!

Dare se fijó en el escaso atuendo que ella llevaba, unos pantalones muy cortos y un bañador rosa, y sonrió.

–¿Y qué vas a hacer? ¿Arrestarme?

Ella lo miró como si fuera capaz de hacerlo.

–¿Quién diablos eres?

–¿Quién lo pregunta? –replicó él. Dudaba que fuera la invitada de su abuelo, pues parecía demasiado joven y… sexy. Seguramente, sería una de las empleadas. Tal vez, la encargada de limpiar la piscina.

–Yo –afirmó ella, apretando los labios.

Cuando Carly iba a levantarse, él le tendió la mano, pero ella ignoró su oferta de ayuda. A Dare no le sorprendió, aunque no estaba de humor para aguantar tonterías de la mujer que casi le provoca un infarto al haber salido corriendo delante del camino de esa manera.

–Dame la mano –dijo él, sujetándola del codo cuando ella intentó apartarse.

En cuanto estuvo en pie, Carly se zafó de él como si le quemara.

–No necesito tu ayuda.

–Escucha, jovencita, gracias a mis rápidos reflejos estás aquí para contarlo. Podías demostrar algo de gratitud.

–No me digas. Gracias a tu conducción inconsciente ahora estoy toda dolorida, sobre todo… –comenzó a decir ella y se interrumpió cuando vio cómo él le miraba el trasero que se frotaba con las manos.

–¿El trasero?

–Da igual.

–¿Cómo es que no oíste que se acercaba una moto?