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Durante su gestión como corresponsal del Heraldo de Cuba en Washington, Pedro Henríquez Ureña fue un testigo excepcional de los sucesos ocurridos entre 1914 y 1915: el inicio de la Primera Guerra Mundial o la intervención de las tropas estadunidenses en Veracruz, entre otros sucesos que quedaron plasmados en sus artículos breves, pequeños ensayos de un lenguaje culto y sencillo que prefiguran al gran hispanista de los años posteriores y que quedan reunidos en este volumen.
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Seitenzahl: 269
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Proyectada por Pedro Henríquez Ureña y publicada en memoria suya
DESDE WASHINGTON
Estudio introductorio, compilación y notas
MINERVA SALADO
Primera edición, 2004 Primera edición electrónica, 2013
D. R. © 2004, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-1307-3
Hecho en México - Made in Mexico
Agradecimientos
Introducción, por Minerva Salado
De La Habana a el mundo
El camino cubano
Dos islas como puente
Desde Washington 25
Hombre de amor y deber
DESDE NUEVA YORK
De viajes
CUBA EN NUEVA YORK
Para Heraldo de Cuba
DESDE WASHINGTON
Hacienda y diplomacia
Sin brújula
¿Abstención al fin?
En torno a la doctrina. Taft contra Wilson
La despedida de Anatole France
Violaciones a la neutralidad. El caso de Colombia y el Ecuador. El capitán Jacobsen miente
La neutralidad panamericana
Inquietudes
Contienda de universitarios
Los derechos de la paz
La resurrección de la danza
Inglaterra ayer y hoy
La templanza obligatoria
El dominio de los empleos públicos
Vanidad nacional
La primera rebeldía
Música nueva
¿Cuál es el remedio?
Los empleos y la democracia
La necesidad de éxito
El derecho al milagro
La ilusión de la paz
El sufragio femenino
Máquinas de conferencias
La protección de Partido
Ciudades escépticas
El castigo de la intolerancia
Sajonas y latinas
Pintores norteamericanos
El triunfo de lo efímero
La inmigración
La muerte del sabio
El crepúsculo de Wilson
Las lecciones del fracaso
Homenaje a un pueblo en desgracia
La publicidad en los negocios
La exposición de San Francisco
Beethoven y Wagner
Habla Wilson
España y los Estados Unidos
La eficacia de los Congresos
Pigmalión contra Galatea
Acuarelas y retratos
El problema del secretario de Estado
ANEXOS
Anexo1:Patria de la justicia
Anexo 2: Conversación con Camila Henríquez Ureña
Familia de maestros
Los clásicos
Génesis del estilo
Pedro en Cuba
Los idiomas
El Ateneo de la Juventud
Revistas y periódicos
Pensamiento político
Anexo 3: Cronobibliografía cubana de PHU
Breve caracterización de los periódicos y las revistas cubanas en las cuales colaboró Pedro Henríquez Ureña
Bibliografía esencial
Bibliografía adicional
Aunque ya fallecida, el primer agradecimiento por esta obra, que en rigor está dedicada a su memoria, es para la doctora Camila Henríquez Ureña, quien me asesoró en la primera compilación de los artículos. Agradezco también en esta ocasión a quien fuera mi profesora en aquellos años, la doctora Nuria Nuiry, quien entendió de inmediato la importancia de recuperar estos textos y me acercó a Camila, y, por último, a mi entrañable amiga, la doctora Miriam Rodríguez Betancourt, quien se convirtió en una verdadera colaboradora de la presente edición, gracias a cuya gestión en La Habana pude recuperar varios de los inéditos que aparecen en este tomo.
Las desdichas del país propio. Ésas que se arrastran durante toda la vida por remotos caminos, exteriores e interiores, en Pedro Henríquez Ureña se expresaron en la renuencia a olvidar el origen —dominicano primero, hispanoamericano en el universo— y en el perpetuo afán por revelar sus singularidades. El español en Santo Domingo, Literatura dominicana, La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, Historia de la cultura en la América Hispánica, son algunos de los títulos que confirman la vocación por defender un sitio hispanoamericano en el concierto de las naciones: “Nuestra personalidad internacional tiene derecho a afirmarse como original y distintiva”, fue la declaración inicial del ejercicio periodístico que produjo un conjunto de textos de especial característica dentro del volumen de la producción del gran humanista. Tal declaración daba sustento no sólo a su labor como corresponsal en Washington, sino a los pilares de su obra mayor.
Una mañana de esas soleadas que nos regala el Caribe, un grupo de alumnos y profesores de las escuelas de Letras y Periodismo de la Universidad de La Habana, se reunió en el pequeño salón donde cada día los juntaban las tazas del café meridiano, después de clases. No éramos muchos, pero la actitud de solemnidad que asumíamos se correspondía con la figura que iba a presidir la conversación, lo que ella nos inspiraba. El tema y la persona invitaban a la atención máxima, que sentíamos como una elemental retribución al privilegio de que Camila Henríquez Ureña estuviera entre nosotros, en un encuentro casi íntimo y por tanto más apreciado, para hablarnos de los suyos, en especial de su hermano Pedro, pero de manera referencial de Salomé Ureña, su madre y destacada poetisa dominicana, y de Max, el hermano intermedio y también reconocido hispanista.
Nuestra profesora de literatura, Nuria Nuiry, quien a la sazón era también directora del Boletín de la Escuela de Letras y Periodismo, había organizado aquella reunión que, al menos para mí, tendría no poca trascendencia. En ella supe de la existencia de una colección de artículos que Pedro había escrito para el diario Heraldo de Cuba durante los cruciales años de 1914 y 1915, desde una corresponsalía en Washington, y de que ellos reflejaban con mayor claridad que ningún otro escrito de Pedro sus ideas acerca de temas cercanos a la vecindad de los Estados Unidos con la América Latina, la vida social y algunas de las personalidades políticas más importantes del momento en ese país.
Aun antes de que terminara el encuentro con Camila ya estaba yo convocada por aquellos textos. Ella, en una entrevista posterior, comenzó a darme pistas sobre esos escritos y, tras su huella, me sumergí en la colección de Heraldo para encontrarlos. Con Camila los fui comentando, hasta que un día me anunció su próximo viaje a Santo Domingo, donde deseaba visitar a familiares que hacía tiempo no veía. De ese viaje no regresó. Camila falleció el 12 de septiembre de 1973 en la ciudad donde había nacido, pero de la cual no tenía mucha noción pues la familia se trasladó a Cuba cuando ella era una niña.[1] Con su muerte en la tierra original, la menor de los Henríquez Ureña cerraba el tema que en su hermano Pedro se ha dado en llamar “la pasión dominicana” y que en su último acto tal vez significara morir en la patria. Algo que a Pedro no le fue dado hacer pero Camila, quién sabe si en su nombre y por la devoción que profesaba al ilustre hermano, se permitió decidir.
Al llegar a Cuba, en abril de 1914, donde no tenía prevista la corresponsalía de un diario nacional en Washington, Pedro estaba próximo a cumplir los treinta años de edad. En esa ocasión la visita no era más que una escala, de visos familiares, para continuar un viaje de más larga estadía, hacia Francia, donde ya había publicado Horas de estudio,[2] su segundo libro. Varios meses en La Habana le permitirían estrechar vínculos de colaboración con publicaciones cubanas, algunos ya iniciados durante su estancia de tres años en la isla (1903-1906), y tomar un sano alejamiento del escenario caótico que presentaba México, vulnerado por contiendas intestinas y bajo la intervención, siempre amenazadora, de los Estados Unidos.
El estallido de la primera Guerra Mundial, en agosto de ese año, no sólo cambió el rumbo del proyectado itinerario de Pedro, sino muy posiblemente la trayectoria inmediata de su vida intelectual, que se habría desarrollado en esos años en los círculos europeos hacia los cuales miraba la inteligencia hispanoamericana.
Al aceptar la corresponsalía que le ofreció Manuel Márquez Sterling, director y propietario de Heraldo de Cuba, Pedro Henríquez Ureña dio un giro inusitado a sus planes, tal vez impelido por circunstancias económicas personales. Lo cierto es que, desde el importante mirador de los acontecimientos mundiales que era entonces la capital norteamericana, le fue posible profundizar en la vida urbana, en las universidades, en el pensamiento, en el ejercicio político, en el concepto de nación y en la idea que allí se tenía acerca de lo que eran nuestros pueblos. En Washington pudo contemplar desde una óptica más abarcadora, más universal, los sucesos y a los hombres que los protagonizaban; los movimientos artísticos y a los creadores que los originaban. Un ejercicio que no sólo le aportó reconocimiento en instituciones y publicaciones estadunidenses, sino que, a la manera en que lo había hecho José Martí apenas dos décadas antes, le permitió conocer la práctica social, política y cultural de Norteamérica y, junto a ella, los signos reveladores de una escabrosa vecindad con los países al sur del Río Bravo.
Para entonces el joven Henríquez Ureña ya era reconocido en el mundo hispano como un agudo crítico, filólogo, hispanista. Además de Horas de estudio, había reunido sus primeros escritos en un título inicial publicado en La Habana en 1905: Ensayos críticos. Pero su prestigio le llegaba también por la vía de la abundante colaboración en periódicos y revistas literarias de México, República Dominicana y Cuba, las que no dejaban de dar cuenta de su obra como investigador del lenguaje y la cultura literaria y artística y de su labor como crítico y periodista.
De igual manera, su papel protagónico en la fundación y el desarrollo de instituciones promotoras de cultura lo vinculó a importantes personalidades de México, país donde se había establecido por ocho años (1906-1914). Al partir a Washington, Pedro Henríquez Ureña llevaba como patrimonio espiritual la amistad de jóvenes intelectuales mexicanos, ya eruditos, entre ellos Alfonso Reyes, Alfonso Cravioto, Rafael López. Esa amistad había nacido al calor de las lecturas de los clásicos griegos en la Sociedad de Conferencias (1907) y de las apasionadas discusiones del Ateneo de la Juventud (1909), nombre que tomó aquélla y de la que Pedro se convirtió en el alma, además de ocupar el puesto de secretario, mientras que Antonio Caso se hizo cargo de la Presidencia.
Su segundo tránsito por La Habana le proveyó también del afecto fraternal de escritores que ya se situaban entre los mayores representantes de las letras cubanas, como el poeta Mariano Brull, el narrador Jesús Castellanos y el ensayista José María Chacón y Calvo, a la sazón director de la Sociedad de Conferencias, con los cuales integró, en 1914, un grupo de estudio, si no tan trascendente como los que contribuyó a fundar en México, sí muy constante y erudito.
La Cuba que encontró Pedro Henríquez Ureña en 1914 tenía doce años de ejercicio independiente, matizado por tres intervenciones militares estadunidenses[3] y, sobre todo, por el apéndice constitucional conocido como Enmienda Platt, que reprimía cualquier pretensión nacional sobre el destino propio y subordinaba las decisiones de gobierno al Congreso de los Estados Unidos.
El pensamiento y la acción más relevantes de las primeras décadas republicanas se dirigían, por tanto, a la lucha por la abolición de la Enmienda Platt, lo que no ocurrió hasta 1934, y en la escena política predominaban, como en otros países del área, dos fuerzas: las liberales y las conservadoras. Junto a ellas habían aparecido, desde el siglo anterior, los signos de una gestión obrera y socialista que culminó como movimiento en 1906, con la fundación del Partido Obrero Socialista.
La dependencia de la economía al país del Norte era creciente. En 1914, cuarenta centrales azucareras, que producían 35% de la zafra, pertenecían a estadunidenses. En 1916 serían ya cincuenta y cuatro. La llegada de Pedro a La Habana coincidió con la aprobación de una moneda nacional, que comenzó a circular en 1915, durante el periodo conocido como “Danza de los Millones”, ilusión inflacionista provocada por el alza del precio del azúcar en el mercado mundial. Hasta entonces el dólar había presidido el intercambio mercantil, seguido por los billetes y monedas españolas, aún con vigencia en la circulación.
El surgimiento de una cultura con características cubanas se fue haciendo visible a partir de la segunda década del siglo XIX, y en 1868 se acrisoló, fundida al ideal de nación expresado en las guerras independentistas. José Martí era el mayor exponente de ese ideal, pero en los primeros años republicanos todavía su obra no trascendía como lo hizo a partir de 1923. Los intelectuales aún vivos que participaran en la fundación nacional criticaban ácidamente la subordinación con que había nacido el nuevo estado y, entre ellos, las voces más altas eran las del filósofo Enrique José Varona, del orador y ensayista Manuel Sanguily y del periodista Juan Gualberto Gómez.
En la narrativa, Carlos Loveira, Miguel de Carrión y Alfonso Hernández Catá, entre otros, se encargaban con crudo realismo de los temas urbanos y rurales; mientras que la poesía respiraba aún aires modernistas, aunque ya renovadores en la lírica de los orientales Regino Boti y José Manuel Poveda y el matancero Agustín Acosta. Estos tres poetas protagonizaban lo que Max Henríquez Ureña llamó “el movimiento de renovación poética”, y que coincidía con el inicio de la primera Guerra Mundial, acontecimiento que tuvo una repercusión inversa en los miembros de esa generación. Lejos de adentrarse en los temas inherentes al conflicto de la época, se refugiaron en el yo interior y dieron paso a un verso intimista, de aliento melancólico, a veces desgarrado, pero que hablaba del deseo de alejarse de la tragedia universal para asumir sólo la personal, “como quien anhela, frente a los horrores del mundo circunstante, recluirse dentro de sí mismo”.[4]
En el campo de la crítica y el ensayo los nombres más sobresalientes eran Manuel Márquez Sterling, José María Chacón y Calvo, Emilio Roig de Leuchsenring y Ramiro Guerra, y fue en ese periodo cuando Fernando Ortiz publicó sus estudios iniciales sobre la integración cultural y étnica de la nación cubana.
No obstante los marcados límites con los que había surgido la República, la posibilidad de expresión del pensamiento era muy superior a la vivida en el siglo XIX. En este sentido Max Henríquez Ureña ha explicado que el ejercicio de la opinión “hubo de reflejarse necesariamente en todos los aspectos de la vida del país, pero su ascendiente se manifestó, ante todo, en el periodismo y la oratoria, que alcanzaron inusitado esplendor”.
“En La Habana —continúa Max— se concentraba la mayor actividad intelectual, y a través de sus publicaciones y de sus instituciones de cultura se difundía la producción literaria de toda la isla, pero al despertar el siglo XX no escaseaban, en cada una de las provincias, las revistas consagradas a las letras y en torno a ellas escritores y poetas que representaban las nuevas tendencias literarias.”
La capital editaba cuatro importantes diarios de dimensión nacional: La Discusión, fundado en 1879, y La Lucha, de 1885, de un modo u otro reflejaban las expectativas de los cubanos; pero Diario de la Marina, de 1844, desde su surgimiento reflejó los intereses de los españoles, primero, y a la llegada de la República, los de los estadunidenses. El cuarto diario era el novel El Mundo, que comenzó a salir en 1902 y desde cuyas páginas alcanzó notoriedad Manuel Márquez Sterling, como su primer jefe de redacción y titular de una escueta columna, de agudo comentario, a la que llamó “La nota política del día”.
A las nuevas revistas literarias aparecidas en el panorama intelectual cubano, Cuba y América, Azul y Rojo, Letras y la significativa Revista Bimestre Cubana, que resurgió en 1910, se unieron los suplementos culturales que, aunque con antecedentes en el siglo XIX, no alcanzaron su forma definitiva hasta el XX. El pionero y más importante entre ellos fue el dominical El Mundo Ilustrado, cuyo primer número salió el 20 de mayo de 1904, y desempeñó un importante papel en el conocimiento y promoción de la obra de escritores en los tiempos iniciales de la República. Sólo años más tarde, avanzada la década de 1920, Diario de la Marina lanzaría el suplemento al que se atribuye la mayor trascendencia en la vida cultural de la primera mitad del siglo XX.
Gracias a esta profusión de publicaciones diarias y periódicas, que abrieron sus páginas al pensamiento y la cultura, la obra de los narradores, ensayistas y poetas pudo ser conocida mucho antes de que apareciera editada en libros. Y, junto a ello, la diversidad editorial en el ámbito de la prensa contribuyó a que se fuera creando a lo largo del país un público lector cada vez más ilustrado, más ávido de información que en el siglo XIX y, sobre todo, más deseoso de pensar por sí mismo. Pese a sus limitaciones, el panorama cubano ofrecía espacios nada despreciables al ejercicio intelectual; en especial, por lo que ellos podían significar —y el avance del siglo se encargaría de demostrarlo— en el vínculo y aun en la proyección, hacia el continente inmediato, Hispanoamérica, y la vieja Europa a través del lazo español.
En este marco, Heraldo de Cuba apareció en 1913 bajo el signo liberal. Su propietario sólo lo dirigió durante el primer año, pues tras ese tiempo cedió el puesto a Orestes Ferrara. En 1916 Márquez Sterling vendió el periódico para fundar otro: La Nación, que circuló durante varios años.
Heraldo tuvo el sello de su fundador, quien gozaba de una reconocida experiencia en el periodismo nacional. En 1903, a los 31 años, la revista El Fígaro lo había seleccionado como “el mejor escritor joven cubano” por su sagacidad para el ensayo, que luego confirmó al publicar los libros Psicología profana (1905) y Burla burlando (1907), pero sobre todo La diplomacia en nuestra historia, de 1909.
Márquez Sterling no abandonó nunca el periodismo, vocación que compartió con la historia y el servicio diplomático. En México, se desempeñó como embajador durante la presidencia de Francisco I. Madero, lo que produjo un título de singular importancia, Los últimos días del presidente Madero (1917), testimonio de su gestión diplomática.
Hizo suyos los temas y la lucha contra la Enmienda Platt, y al frente de la diplomacia cubana en Washington logró su abolición en 1934. Poco después murió en esa ciudad.
Márquez Sterling era un hombre de horizonte internacional, no sólo por su gestión en el servicio exterior, sino por su obra personal. No extraña entonces que haya convocado a PHU para que figurara entre los colaboradores iniciales de su periódico, que conservó su marca intelectual aun cuando ya no era su director. Para muchos, Heraldo se caracterizó por el “staff brillante de redactores que en todo tiempo tuvo. Pertenecer a Heraldo de Cuba siempre fue patente de buen escritor, de excelente diarista”.[5]
En Cuba, Pedro encontró lo que la amarga patria no podía ofrecerle. En La Habana publicó su primer libro y colaboró de manera abundante en importantes periódicos y revistas de todo el país. En Dominicana, su obra sólo se prodigó en publicaciones periódicas, y en vida Henríquez Ureña no editó allí libro alguno. Aunque tras su muerte aparecieron en Santo Domingo sus Obras completas (1976-1980), buena parte de la bibliografía dominicana de PHU, como también la correspondiente a otros países donde residió y trabajó, continúa dispersa.
Junto a México, Cuba es el país en el cual la obra escrita y la labor intelectual de Pedro Henríquez Ureña tuvo mayor incidencia durante las primeras décadas de su vida adulta. Y aun tras su partida definitiva a Argentina, Pedro, de uno u otro modo, continuó teniendo presencia en esos países. Ya para entonces su nombre figuraba al lado de los mayores hispanistas del continente.
Como dominicano, Henríquez Ureña heredó una tradición migratoria que data del siglo XVIII, cuando numerosas familias acomodadas de la isla vecina buscaron refugio en Cuba, al huir de un país azotado por guerras coloniales y agresiones por parte de las bandas que dominaban el colindante territorio de Haití. La huella del paso dominicano por la isla vecina la describía él de este modo: “En ningún país hicieron tanta variedad de labor intelectual como en Cuba los emigrantes y sus descendientes”.[6]
Las agitadas aguas del Caribe que limitan la región oriental cubana de la nación dominicana, más que distanciar, actuaban como ejes de comunicación entre ambas tierras. A través de ellas, arribó la familia Henríquez Ureña a las costas de Santiago de Cuba; al hacerlo, sus miembros añadían otro eslabón a la cadena que el historiador Manuel de la Cruz definió así: “Al emigrar a nuestra patria en las postrimerías del siglo XVIII, [los dominicanos] dieron grandísimo impulso al desarrollo de la cultura, siendo para algunas comarcas, particularmente para el Camagüey y Oriente, verdaderos civilizadores”.[7]
En 1904, al llegar a La Habana procedente de Nueva York, el joven Pedro se empleó, por gestión del general de la independencia de Cuba, Máximo Gómez, dominicano, en Silveira y Compañía y comenzó a publicar en CubaLiteraria, la revista fundada por su hermano Max en Santiago de Cuba. Sus escritos de esos años aparecieron además en La Discusión, El Fígaro, Letras, Cuba Musical, Cuba y América y Azul y Rojo, publicaciones con las que continuaría colaborando en lo sucesivo. La mayoría de esos textos se incorporaron a Ensayos críticos, su primer libro, impreso por Esteban Fernández en diciembre de 1905, en La Habana. En enero, salió hacia México y en abril de 1914 regresó a la capital cubana, sólo para partir meses después a los Estados Unidos y completar un periplo, tras el cual comenzaría a vislumbrar su destino definitivo: el continente y, como resultado de ello, el eterno exilio.
En los Estados Unidos maduró la vocación americanista que se venía forjando en el íntimo contacto con las realidades de Santo Domingo, México y Cuba. La cercana observación del ejercicio político y el pensamiento cotidiano de la élite gobernante estadunidense fue, en ese sentido, la escuela definitiva de Henríquez Ureña.
Cuba también era azotada por los males del momento, pero le facilitaba el tránsito hacia esos mundos fraguados por su obra. Dominicana, en cambio, le ataba a una ilusión de independencia no lograda, de frustraciones nacionales, de engaños e intervenciones extranjeras, que Pedro convertía en tristeza, hálito recogido de su estirpe familiar.
Ya en octubre de 1909 había escrito a su amiga dominicana Leonor M. Feltz, la alumna predilecta de su madre, una carta que después insertaría a manera de dedicatoria en Horas de estudio y que en su párrafo final dice: “va hacia vos, a la patria lejana y triste, triste como todos sus hijos, solitaria como ella en la intimidad de sus dolores y de sus anhelos no comprendidos”.
Al inicio del año 1905, mientras preparaba la edición de Ensayoscríticos, el presidente de su país, Carlos F. Morales, firmaba un protocolo con los Estados Unidos, que legalizaba la intervención estadunidense en las finanzas de la isla y le confería la potestad de reajustar las reclamaciones de los gobiernos extranjeros acreedores. El cincuenta y cinco por ciento del producto de las recaudaciones dominicanas estaría desde entonces destinado a pagar la deuda externa, en ese momento de cuarenta millones de dólares. El protocolo establecía asimismo el estricto control estadunidense sobre las aduanas y la hacienda pública. Dos años después, en 1907, el gobierno dominicano firmó un segundo convenio, que ampliaba los acuerdos de 1905 sobre la deuda pública y extendía el control norteamericano de las aduanas y las finanzas a cincuenta años, a partir de esa fecha.
El 25 de octubre de 1914, bajo la intervención militar directa de los Estados Unidos, se celebraron elecciones presidenciales en la República Dominicana. En 1916 tuvo lugar una nueva intervención militar, que esta vez se extendió hasta 1924.
Éste es el país que amó Pedro Henríquez Ureña y del cual escribió, en carta de 1941, a Flérida de Nolasco: “Yo debo a Santo Domingo la sustancia de lo que soy”.
El horizonte continental inmediato se lo completaba México, donde habían transcurrido los años más fértiles de su juventud. Al recordar la época juvenil junto al amigo, Alfonso Reyes describió así el signo mexicano en Henríquez Ureña: “Nuestro país era siempre el plano de fondo en su paisaje vital; la alusión secreta y constante de todas sus meditaciones”.[8]
De abril a noviembre de 1914 México estaba ocupado por fuerzas navales estadunidenses, desembarcadas en Veracruz. Los inversionistas de los Estados Unidos habían exigido esta intervención con tanta insistencia, que el presidente Wilson poco antes de ordenarla, declaró: “Tengo que detenerme y recordar que soy presidente de los Estados Unidos y no de un pequeño grupo de americanos que han invertido dinero en México”.
Junto a ello, los acontecimientos de Europa no podían ser más beligerantes. Tras una atmósfera de tensiones causada por intereses económicos, territoriales y de expansión de las esferas de influencia, en agosto de 1914 estalló la primera Guerra Mundial. Al entrar en la contienda, Alemania pretendió desarrollar una guerra relámpago, pero lo que se inició fue un periodo de mortífero enfrentamiento que duró cuatro años, a lo largo del cual se estrenaron armas como los gases tóxicos y la ametralladora y se inauguró la aviación de guerra, que por primera vez usó aeroplanos y zepelines para bombardear objetivos terrestres.
Éste fue el panorama que en términos informativos debió enfrentar el corresponsal a su llegada a los Estados Unidos.
En 1904, al abandonar la ciudad estadunidense donde había vivido por más de tres años, el joven Pedro escribió en su Diario: “No dejé Nueva York con pena; sentía que la gran ciudad me había enseñado cuanto debía enseñarme y que ahora su enseñanza moral e intelectual debía servir para vivir entre mis gentes. Al salir, recuerdo que vi con curiosidad cómo la metrópoli adquiría a la distancia una tonalidad gris, cómo se envolvía por fin en niebla gris, y cómo desaparecía al fin, perdiéndose entre el color del horizonte”.[9]
Diez años después iniciaba un viaje de regreso, quejoso, mortificado. Trayectoria marítima, como la anterior, emprendida con mayor equipaje intelectual y experiencia vital, pero ya sin la mirada adolescente con la que se había despedido de la bahía neoyorkina. Todo le llamaba a juicio, la insatisfacción se volvía inquietud y destilaba molestia: “… los norteamericanos sólo saben ser rigurosos y exactos cuando se trata de sí mismos, y rara vez cuando sirven a extraños”. Y ya en tierra firme, en Nueva York, el encuentro con la exhibición cubana en la exposición del Central Palace le llega a irritar. Reacciona, reflexiona, finalmente propone lo que cree que contribuiría a mejorar la imagen de Hispanoamérica en los Estados Unidos: “Se llegaría a comprender lo que ahora comienza a adivinarse sobre toda la América Latina: que no somos inferiores, sino distintos, y que nuestras inferioridades reales son explicables y corregibles, y que nuestra personalidad internacional tiene derecho a afirmarse como original y distintiva”.
Pedro Henríquez Ureña es, sin duda, excepcional testigo de un momento de excepción en el desarrollo de los Estados Unidos. En el plano internacional, el corresponsal da cuenta de un panorama que estaba signado por el curso de la primera Guerra Mundial, en la cual ese país, bajo la protección de su neutralidad, seguía con atención el forcejeo de los protagonistas, a fin de proyectar una intervención que no va a producirse sino tres años después, en el momento oportuno, tras el debilitamiento de los contendientes.
En lo continental, sus textos revelan el modo en que se está diseñando el trazado de lo que habría de ser la relación de los Estados Unidos con la América Latina durante el resto del siglo XX: una dependencia política y económica sostenida a través de las redes diplomáticas y, en todo caso, por vía de la intervención militar.
Por otra parte, la cobertura que el enviado de Heraldo de Cuba dio al funcionamiento de la Cámara baja y del Congreso de los Estados Unidos ofrece testimonios de primera mano acerca de la aplicación de la política interna del país; en especial, de los instrumentos de aprobación de las leyes y los de su obstaculización. Henríquez Ureña describe el llamado cabildeo y la acción de los saboteadores en la tribuna del Congreso, pero también, y fuera del órgano legislativo, la fuerza que adquieren los monopolios reunidos en trusts, imposibles de detener por decreto alguno, y que más tarde se convertirían en los grupos de poder cobijados bajo el nombre de transnacionales. No se le escapan los debates que preceden a la histórica aprobación de la Ley Seca y, mucho menos, los del sufragio femenino, que le sugieren varios textos en torno al tema de la mujer; y ni siquiera evade el recorrido del predicador Billy Sunday, a quien describe con las características de un clown, cuyo espectáculo le induce agudas percepciones sobre la manera de ser del estadunidense medio.
Los comentarios de arte y literatura dan un consistente apoyo al conjunto del trabajo de este corresponsal, que no se extendió por más de cuatro meses y medio. La mayoría de ellos sirvió de punto de partida a un tratamiento posterior, más profundo y extenso del tema y son los únicos que aparecen firmados con su nombre. Henríquez Ureña adoptó el seudónimo de E. P. Garduño para rubricar sus textos de Washington. La costumbre, muy acentuada en la época, correspondía también a una tradición personal que lo hizo casi un coleccionista de seudónimos, que empleó indistintamente en varias de sus colaboraciones.[10]
El ejercicio de la corresponsalía en Washington fue breve, pero intenso y abarcador; y le significó otra puerta de entrada al país que había dejado en el final de su adolescencia y al que regresaba convertido en una figura de las letras continentales. Al tiempo que se dedicaba a su labor, como corresponsal de Heraldo de Cuba, continuó escribiendo para otras publicaciones de México, República Dominicana y Cuba y regularizó su colaboración en Las Novedades, de Nueva York, donde en mayo de 1915 comenzaría a trabajar como periodista. Pedro Henríquez Ureña permaneció en los Estados Unidos hasta 1921, año en que decidió regresar a México. Ésta es la época en que expandió su ya extensa colaboración en diarios y revistas y fue profesor de la Universidad de Minnesota, donde adquirió el título de doctor en filosofía.
Los dos primeros envíos al Heraldo actúan entonces como crónicas introductorias —definitorias en buena medida— de lo que sería su perfil como corresponsal en Washington. La curva que establecen los temas tratados en su sección “Desde Washington” muestra no sólo la forma en que se sumergió en la vida de la ciudad, sino los principales temas que motivaron su interés dentro del caudal de información que producía y recibía la capital estadunidense.
A la relación de los Estados Unidos con la América hispana dedicó los cuatro siguientes despachos, los cuales hablan de la injerencia del país del Norte en República Dominicana y México y actúan como cartas credenciales del pensamiento del corresponsal, al intervenir con opiniones propias en el tan espinoso tema de la Doctrina Monroe.
Su enfoque es panamericano, con una clara posición en favor de la América hispana, en la defensa de su diferencia frente a los Estados Unidos y de los valores sustentables en beneficio de una vecindad constructiva. Lo que para él se sostiene sobre las bases de la igualdad en cuanto a los actos de colaboración entre diferentes países, y del respeto a las distintas costumbres, tradiciones, cultura y etnias. Pensamiento totalmente vigente en nuestros días.
Diríase que el corresponsal quiso presentarse a la opinión pública con muy claras definiciones y, en correspondencia con la línea editorial establecida por el director del diario para el cual escribía, no dudó en exhibir su criterio, aun controversial, acerca de la errada política de los Estados Unidos hacia América Latina, y lo hizo desde el principio, como para que no hubiera lugar a dudas acerca de a qué objetivos servía su pluma.
Hasta podría parecer ciertamente impulsiva la entrada del representante de Heraldo en el panorama de Washington. Incluso, en sus cinco despachos acerca del curso de la guerra se refirió siempre a las afectaciones de la neutralidad panamericana y al papel que desempeñaba Norteamérica en el desarrollo de esa neutralidad. Sólo hasta el séptimo envío decide introducir en su columna la vocación de cultura y el depurado estilo literario del que gozaba, en el texto “La despedida de Anatole France”, primero entre doce comentarios culturales y nota inicial que identificó la erudición del periodista-crítico.
Este primer tiempo de su trabajo en Washington es un periodo en el cual el corresponsal va a ubicar al país sede en el concierto de las naciones, y para ello ofrece los elementos necesarios respecto al pensamiento de la cúpula gobernante, presidida por el demócrata Woodrow Wilson, respecto a temas tan sensibles para Hispanoamérica como los de la injerencia en los asuntos internos, establecida en la aplicación de la Doctrina Monroe. República Dominicana y México son, en tal sentido, los dos focos principales de su atención, a cuya trayectoria dio seguimiento en varios de sus envíos.
Por otra parte y en cuanto a la guerra mundial como tema de observación, le interesa promover la unidad continental en torno a la defensa de sus derechos en tanto bloque neutral; en primer lugar, contra el fenómeno del contrabando protagonizado por los países en guerra, lo que vulnera la neutralidad y afecta la economía interna de los que a ella se acogen.
El último texto dedicado al tema de la guerra fue publicado el 14 de enero de 1915 bajo el título La ilusión de la paz,
