Después del amanecer, la noche - Gaetano Callocchia - E-Book

Después del amanecer, la noche E-Book

Gaetano Callocchia

0,0
2,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Continúa la historia de Domenico, el joven de Abruzo que a principios del siglo XX abandona su país nativo (Aielli, en la zona de Marsica) para ir a trabajar al extranjero con el propósito de procurarse un futuro mejor, al menos desde un punto de vista económico. Se va primero a Prusia y luego a Búfalo, en los Estados Unidos, donde trabaja en uno de los primeros proyectos del gran arquitecto Frank Lloyd Wright. Luego regresa a Italia para casarse con Erminia, la hermosa chica de la que siempre ha estado enamorado y que le había estado esperando. Cuando los niños nacen, las cosas no van bien desde el punto de vista económico, así que toma la heroica decisión de volverse nuevamente a América. Trabaja antes en Bayonne (Nueva Jersey), donde participa en la construcción de la Iglesia de San Enrique, y después se traslada a Cumberland, en Maryland, donde trabaja en un horno de ladrillos en la cercana ciudad de Frostburg. Domenico, en su tiempo libre, sigue interesándose y enfrentándose con las fórmulas y las relaciones matemáticas, su gran «pasión» que ya había despertado el asombro del famoso arquitecto Wright y luego, llamado a las armas por el gobierno estadounidense, presta servicio en Camp Gordon, campo de reclutamiento para jóvenes estadounidenses de todos los estados «all american». Cambia el contexto, pero no su pasión por la vida y el compromiso con su investigación matemática, destinado únicamente a satisfacer intuiciones personales, llegando a soluciones inesperadas. Los compromisos cambian, las necesidades y circunstancias cambian, Domenico no se rinde, madura su experiencia de vida a través de sufrimientos y dificultades. Tiene un objetivo que conseguir, por lo que supera los retos, confirma sus convicciones: el amor por su mujer Erminia; el cumplimiento de su palabra; la honestidad interior del hombre en búsqueda del bien.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



COLOPHON

Para los datos de la novela he utilizado sitios web,

de Google, Wikipedia, del archivo histórico personal y de

otras fuentes que me han permitido acceder a textos, mapas, traducciones y cualquier otra cosa útil.

En la portada:

Mandala cromogeométrico elaborado

por G. Callocchia, como representación

símbolo de la existencia humana.

Traducción por

Marina Piazzolla

Simone Taborri

Chiara Morettini

dell’Istituto SSML Gregorio Settimo.

MARNA

www.marna.it

978-88-6670-156-9

© 2023 Publishing VELAR

24020 Gorle (Bg)

www.velar.it

Todos los derechos, traducción y reproducción

texto e imágenes

realizado por cualquier medio,

están reservados en todos los países.

Primera edición digital: Marzo de 2023

GAETANO CALLOCCHIA

Nace en Aielli, una pequeña ciudad en la provincia de Aquila en Abruzo, y es licenciado en Arquitectura en la Universidad «La Sapienza» en Roma, con matrícula de honor. Se inscribe en el Colegio de los Arquitectos en Roma y abre su propio estudio. Se ocupa del proyecto y dirección de obras de los complejos monumentales, centros de acogida, construcción religiosa y residencial, estructuras receptivas y complejos escolares. Es profesor de cursos de formación de postgrado en la Facultad de Arquitectura en Roma y de cursos de actualización profesional y asesor en la Orden de los Arquitectos de Roma y ex miembro del Comité Técnico Científico del Ministerio Italiano por nombramiento del Consejo Nacional de Arquitectos. Ha publicado varias monografías en materia de prevención de incendios y seguridad para las editoriales la Nuova Italia Scientifica, Carocci Editore, Il Sole 24 Ore, EPC, OCD, Editoriale Italiana. Articulista para las revistas: Insieme, l’Amico del Clero, Revista de la Orden de los Arquitectos de Roma, Noticiario CNEC, y para «Ecclesia» en la sección «Spazio Convento». Autor de los volúmenes «Juan Pablo II, abril 2005: Un evento mediático» - Ediciones OCD (2006), «Apuntes para la gestión del patrimonio de los Entes Eclesiásticos» en colaboración con el cardenal Velasio de Paolis- Editorial 2000 (2012), de las novelas «Intriga matemática en Búfalo» - Marne (2019) y «Un baúl de sueños» - Marne (2021). Obtuvo los siguientes premios y reconocimientos: Guinness World Records (2017); Premio «Dei Sign»- Diócesis de Cuneo (2012); Diploma Honoris Causa 110 y alabanza/cum laude por la Restauración de la Curia General SFNSMC - Roma (2002); Transmisión “Los cerebrones” Primer Premio (1997); Premio Assisi a la restauración - Proyecto señalado (1994/1995). Tomó parte en las siguientes exposiciones: Exposición de arquitectos artistas, Casa de la Arquitectura - Roma (2016, 2017, 2018); Proyecto Iglesia monumento a Juan Pablo II - Krakòv (Polonia) mayo 2006; Roma Octubre 2006 y Massa Carrara Diciembre 2006; Exposición de Patentes Monitor 2020, Casa de la Arquitectura - Roma (2020). Es proyectista para Entes e Institutos religiosos de inmuebles comunitarios en Italia y en el extranjero (Kenia, Tanzania, Polonia, Argentina, Perú, Ecuador, Filipinas, Camerún).

EL LIBRO

Continúa la historia de Domenico, el joven de Abruzo que a principios del siglo XX abandona su país nativo (Aielli, en la zona de Marsica) para ir a trabajar al extranjero con el propósito de procurarse un futuro mejor, al menos desde un punto de vista económico. Se va primero a Prusia y luego a Búfalo, en los Estados Unidos, donde trabaja en uno de los primeros proyectos del gran arquitecto Frank Lloyd Wright. Luego regresa a Italia para casarse con Erminia, la hermosa chica de la que siempre ha estado enamorado y que le había estado esperando. Cuando los niños nacen, las cosas no van bien desde el punto de vista económico, así que toma la heroica decisión de volverse nuevamente a América. Trabaja antes en Bayonne (Nueva Jersey), donde participa en la construcción de la Iglesia de San Enrique, y después se traslada a Cumberland, en Maryland, donde trabaja en un horno de ladrillos en la cercana ciudad de Frostburg. Domenico, en su tiempo libre, sigue interesándose y enfrentándose con las fórmulas y las relaciones matemáticas, su gran «pasión» que ya había despertado el asombro del famoso arquitecto Wright y luego, llamado a las armas por el gobierno estadounidense, presta servicio en Camp Gordon, campo de reclutamiento para jóvenes estadounidenses de todos los estados «all american». Cambia el contexto, pero no su pasión por la vida y el compromiso con su investigación matemática, destinado únicamente a satisfacer intuiciones personales, llegando a soluciones inesperadas. Los compromisos cambian, las necesidades y circunstancias cambian, Domenico no se rinde, madura su experiencia de vida a través de sufrimientos y dificultades. Tiene un objetivo que conseguir, por lo que supera los retos, confirma sus convicciones: el amor por su mujer Erminia; el cumplimiento de su palabra; la honestidad interior del hombre en búsqueda del bien.

COMIENZO

El comienzo siempre sigue el principio

Caltan

DEDICACIÓN

Dedicado a las víctimas

del terremoto del 13 de enero de 1915

AGRADECIMIENTOS

Agradezco a todas las personas que diariamente me

acompañan en el camino de la existencia.

Agradezco, en particular:

Urszula Kukuc que me acompañó en la escritura

de la novela y se empeñó en la traducción en

polaco de la misma;

Bernardo Petit que con entusiasmo empleó su tiempo

en la transcripción del manuscrito, en la revisión del texto y en la traducción al francés;

Francesco Cagnizzi que con abnegación

se comprometió en la traducción de la novela al inglés.

Agradezco a todos los amigos y amigas que me alentaron e indujeron a escribir esta tercera novela.

DESPUÉS DEL AMANECER, LA NOCHE

Era el 25 de enero de 1914 cuando, por segunda vez, me encontré en la

«Isla Ellis»

En realidad, podría haber llegado aún antes, si las condiciones meteorológicas adversas no hubieran obstaculizado tanto el desembarco como el viaje.

Había dejado mi país y a todos mis queridos el lunes 29 de diciembre de 1913. Había nieve, a la estación me acompañaron mi hermano Giuseppe y tío Venanzio con su burrito, que tuvo el honor y la carga de llevar la maleta, sin duda menos voluminosa del baúl que tenía cuando regresé, pero siempre una carga que, caminando sobre la nieve, resultaba doblada.

La maleta no pesaba mucho ni estaba demasiado llena, poca ropa, lo suficiente para el viaje y para los primeros días después de la llegada. Luego, una vez llegado a Estados Unidos y recibido mi primer sueldo, habría renovado mi ropa. En realidad yo no necesitaba de mucho, entonces, la expresión «renovado» referida a mi ropa, se reducía a dos pares de pantalones, dos camisas, una chaqueta abrigada y una más liviana. Para la ropa interior tenía todo y hecho a mano con la lana de nuestras ovejas, esquilada, cardada, hilada y tricotada: calzoncillos, calzones, calcetines, camiseta liviana y camiseta abrigada.

Tenía conmigo también una bufanda de lana negra, hecha por mi mamá y que llevaba puesta con mucho gusto, incluso cuando no hacía mucho frío, me hacía compañía y de esta manera sentía el calor y la protección de mi mamá, que mucho me gratificaba. Mi mujer, en la maleta, había puesto todo lo posible para asegurarme comida, si no para todo el viaje al menos para una buena parte de él. Salchichas, queso, una barra de pan cortado en rebanadas, nueces, almendras ya peladas, castañas, serbales secos, garbanzos tostados, unos amarettos, un poco de «manzanas limones» (sí, manzanas así llamadas que pero con el limón no se parecían en nada, si no en el color un poco amarillento) y luego rosquillas y galletas largas y pequeñas. ¡Sólo viendo cosas tan buenas se te alegra la vista! Mi mujer había preparado también un paquete de amarettos, tal vez un kilo, para llevar junto con una botella de licor Millefiori a Camillo,el hijo de la hermana de la cuñada de la tía de mi madre. Era costumbre, para mostrar gratitud, estima y afecto, llevar un regalo a los parientes y amigos lejanos. En mi pueblo, existía la tradición de regalar amarettos de Aielli (¡únicos y deliciosos!), junto con una botella de licor Millefiori. Nunca entendí por qué una botella de licor Millefiori, ¡pero así era!

Camillo ya llevaba unos años en Estados Unidos, en Bayona, Nueva Jersey, y había escrito a sus familiares que había trabajo para carpinteros, ebanistas, mamposteros y albañiles para construir la iglesia de San Enrique en Bayona. Inicialmente no le di mucha importancia a esta noticia, pero cuando decidí irme a Estados Unidos, sin siquiera informar a mi primo Isidoro, escribí a Camillo comunicandole que estaba dispuesto a marcharme, y luego le pedí que me diera toda la información para poder preparar los documentos necesarios para la salida. Una vez recibidos y preparados los documentos, fue fácil hacer mi billete y obtener mi visado.

Llegamos a la estación con anticipación, por lo tanto pasé a saludar al jefe de estación que, con aire asombrado, cuando me vio, exclamó: «¿Te vas otra vez? Y sí, aquí hay poco que alegrarse, sólo se puede cultivar la miseria, haces bien Domenico, aún eres joven y si te hallas bien, como espero, tráete también a tu familia, así que podrás darle un futuro con menos sacrificios. Te deseo lo mejor de todo corazón». Me sorprendieron un poco las palabras del jefe de estación: ¡Me estaba animando a dejar mi patria, mis afectos y mis seres queridos! Sus palabras eran ciertamente sinceras y motivadas, pero carentes de la «experiencia» de quien deja su tierra, su patria.

¡Dejar a mi amada mujer y a mis tres hijas, dejar a mi padre y a mi madre ya avanzados en edad, ¿volvería a verlos? Dejar a mis hermanos, a mi suegro y a su familia, amigos, conocidos. No es tan sencillo y sólo los que lo han vivido pueden comprender toda la amargura, la soledad, el abatimiento, el desconcierto de la existencia! El jefe de estación, mi hermano y mi tío Venanzio se dieron cuenta de que había acusado el golpe: me había distraído y entristecido pero, justo cuando se reabrió la discusión, se oyó llegar el tren, anunciado por un ruido férreo ensordecedor y por una nube de humo. Saludé al jefe de estación, abracé al tío Venanzio y a mi hermano Giuseppe, y de forma apresurada y disimulada llegué al compartimento que estaba casi vacío, y, mirando por la ventana, hice un último saludo con mi mano, y luego, hundido sobre mí mismo en el asiento de madera de abeto, lloré.

Miraba atónito por la ventana, todo fluía, trataba de satisfacer mi mirada dándole puntos de referencia, huellas, recuerdos: Magliano con Santa María en Valle Porclaneta en la distancia, el pueblo de Nicola y Mariarosa. Pensé en Nicola, no nos habíamos visto desde nuestro viaje a las cataratas del Niágara. ¿Había vuelto? ¿Se había casado? ¡Quién sabe! Me hubiera gustado volver a verle, había sido muy amable conmigo. Después de Magliano, está Scurcola dei Marsi, un pueblo famoso por la batalla entre Carlos de Anjou y Conrado IV de Suabia, en la llanura de Piani Palentini. Hermosa, cubierta de nieve y aún más grande de lo que imaginaba. Y luego el Santuario de la Madonna de la Victoria, patrona de Scurcola por voluntad de Carlos de Anjou que en 1268, tras ganar la batalla contra Conrado I de Suabia, quiso erigir la abadía de la Madonna de la Victoria en 1274 y enriquecerla con una estatua de la Virgen. A continuación, Tagliacozzo, una ciudad rica en historia, donde Tomas de Celano eligió vivir tras la muerte de San Francisco. Después de Tagliacozzo, pasando por Pietrasecca, está Carsoli, luego Tivoli e inmediatamente después ¡la Ciudad Eterna! La gente subía y ocupaba su lugar, sin prestar atención a los presentes, todos un poco desconcertados y fríos, sin miradas amistosas, sin confianza. Todo parecía irreal, incluso la nieve que ayudaba a aplanar las imágenes por dentro y por fuera.

Antes de llegar a la estación de Roma, cogí mi mochila, sí, también tenía una mochila además de la maleta, era útil para tener a mano no sólo comida y bebida, sino también la Biblia que me regaló en Prusia tío Norante. Aproveché para reconfortarme y, una vez llegado a la estación de Roma a las 14:28, me bajé del tren y fui en pos del tren para Nápoles, ya que el embarque para Estados Unidos era en el puerto de Nápoles el 30 de diciembre a las 18:48. En la estación había un parloteo y una confusión total: todo el mundo buscaba su tren y, sin saber en qué andén se encontraba, como en un hormiguero, la gente se movía en un ir y venir sin parar. Yo también estaba en este movimiento, y sólo después de bastante tiempo conseguí localizar mi tren: tren Roma-Nápoles nº 4868 de las 22:28 en el andén 14. Tenía mucho tiempo, entonces encontré un punto de apoyo, tomé mi Biblia y empecé a leer, sumergiéndome en la historia de la humanidad. Ya que tenía que embarcarme el 30 de diciembre a las seis y cuarenta y ocho de la tarde , tenía más del tiempo suficiente, en base a mis evaluaciones y a la información tomada cuando hice mi billete del tren y del barco.

Subí al tren y tomé asiento con la maleta y la mochila a la vista. Había una confusión indescriptible y un parloteo ensordecedor, no se podía saber quién se iba, quién llegaba y quién se quedaba. Siempre tenía cuidado con mi maleta, impactado por las historias de personas que conocía y que viajando habían perdido su ropa y su equipaje. Más que perdido, habría que decir que alguien, en la confusión, se había apropiado de una maleta que no era suya, y ciertamente, entonces, no puedes esperar encontrarla de nuevo. Al pito del jefe de tren, los revisores hicieron señas a los que no se iban para que bajaran del tren. Con dificultad fue posible encontrar un poco de paz, cerraron las puertas, el tren comenzó a alejarse rápidamente de la estación. Controlé mi maleta, estaba en su sitio, ¡así que me llegó un suspiro espontáneo de alivio!

El tren se paró en no sé cuántas estaciones, ya era tarde en la noche, de vez en cuando entornaba los ojos para descansar un poco, pero siempre estaba alerta y vigilante. El viaje duró casi ocho horas y al amanecer me encontré en Nápoles. Los consejos que me dieron y la información que me habían dado me dejó tranquilo porque, aunque todavía tenía que hacer las comprobaciones, tenía suficiente tiempo para el embarque. Llegué al puerto sano y salvo con mi maleta y toda mi ropa y accesorios varios, un maremagno se presentó ante mis ojos: decir que había confusión es un eufemismo. Ya había un barco gigantesco en la espera, nunca antes visto tan grande, con un nombre bastante extravagante “Strampalia”, al menos eso me pareció. Leí mejor y me di cuenta de que no estaba la «r», por lo que el nombre era «Stampalia», pero para mí cambiaba poco. ¿Qué significado podría tener? ¿A quién se le había ocurrido un nombre tan extraño? ¡Bah! Entre empujones, codazos e imprecaciones me acerqué a la zona de control, presenté mis documentos de embarque, firmé unos papeles en confianza, en cuanto había algunos con una escritura tan gruesa y otros con una escritura tan pequeña que llevaría tiempo para entender su significado. Más tarde supe que contenía datos personales de sana y robusta constitución, información de viajes, información política, el motivo del viaje, etc. Una vez que pasé por los controles y recogí una hoja de salvoconducto, hice cola con los demás para llegar a las pasarelas de embarque.

Ya me había embarcado en los puertos de Bremen y Nueva York, ¡pero no me había enfrentado a tal confusión y parloteo! No voy a contar aquí toda la experiencia, sólo puedo decir que, en un momento dado, dos personas llegaron a las manos por razones fútiles y sólo la rápida intervención de los guardias de seguridad impidió una riña a gran escala.

Llegué al camarote de tercera clase que me habían asignado y, para mi sorpresa, descubrí que ya había otros tres pasajeros que habían embarcado en Génova, ya que el barco no partió de Nápoles, sino que vino de Génova, para luego desembarcar en Palermo y, después de una breve parada, dirigirse directamente al puerto de Nueva York. Me presenté diciendo: «¡Soy Domenico P. y vengo de Aielli en Marsica, Abruzzo, Italia!».

Los demás también tomaron la palabra para presentarse y, a su vez, dijeron: «Soy Antonio, también soy italiano y vengo de Pasquaro, Rivarolo, en el Piamonte. ¡Encantado de conocerte!», y luego: «Soy Arduino, vengo de Pombia, en el Piamonte, Italia. ¡Encantado de conocerte!» y de nuevo: «Soy Adriano, también soy del Piamonte y vengo de Ivrea. ¡Encantado de conocerte!».

Acomodé mi maleta y mi mochila y tomé asiento. El camarote era pequeño y un poco estrecho, pero tenía un ojo de buey y, por lo menos, se podía ver un poco de luz.

Tardamos en llenar aquella “ballena” de barco, pero en cualquier caso, llegó el muy esperado momento de la partida y un fuerte «mugido» repetido tres veces dio la señal de que íbamos a partir. Hice la señal de la cruz, recé una breve oración y dejé el viaje en las manos de Dios. En aquel momento, un pensamiento me envolvió con gran pesar por mi familia, mi mujer, mis tres hijas, ¡tan pequeñas, tan indefensas! Pero contuve las lágrimas, la decisión de marcharme había sido muy meditada y evaluada con mi mujer y juntos habíamos decidido que sí, que probablemente era bueno hacer algunos sacrificios más, para luego sentarnos y mirar el futuro de nosotros y de nuestras hijas con más serenidad. El parloteo de mis compañeros de viaje me distrajo de este pensamiento, presté más atención a su forma de hablar, también porque muchas palabras no las entendía, el piamontés, al igual que los otros idiomas que se hablan en Italia que yo conocía, tenía acentos y expresiones que no siempre eran comprensibles. Con mi italiano marsicano de Aielli, me dirigí a los tres indistintamente, pidiendo noticias sobre el barco, el viaje, su destino final. El más dispuesto a hablar resultó ser Antonio, que de manera tranquila, ajustando su sombrero en la cabeza, dijo: «El barco, con su extraño nombre Stampalia, es un barco italiano construido en las obras de La Spezia en Liguria, tiene un tonelaje de unos 9.000 toneladas...». Le interrumpí para preguntarle: «Perdona Antonio, pero ¿qué es el tonelaje?». «El tonelaje», respondió, «es el volumen interno de un barco, es por tanto la capacidad de carga de unos 2,8 metros cúbicos por tonelada».

Inmediatamente se me ocurrió hacer el cálculo del volumen total sobre la base de los datos del tonelaje de 9.000 toneladas, por lo que especifiqué: «El barco tiene un volumen de 25.200 metros cúbicos». «Domenico, yo no intenté hacer el cálculo, sólo tomé la información en una hoja colocada en un pasillo cerca del puente. Sin embargo, debo decir que eres realmente rápido con las matemáticas». «Sí, es mi pasión”, le respondí, “pero tú sigue, no te preocupes». «Este barco tiene una longitud de 145 metros y una anchura de 17 metros, tiene dos máquinas de vapor de doble hélice y dos mambrú, y puede alcanzar una velocidad máxima, sin carga completa y con viento favorable, de 16 nudos por hora». «Disculpame otra vez Antonio», le interrumpí nuevamente «¿qué son los nudos? ¿Qué significa una velocidad de 16 nudos? Te lo pregunto porque me interesa, ¡respondeme si lo sabes!», «A decir la verdad, ¡no sé la respuesta!» dijo, pero en este punto, inesperadamente, ya que parecía distraído y desinteresado en nuestra conversación, Adriano tomó la palabra y dijo: «La velocidad de los barcos se cuenta en nudos, equivalentes a una milla náutica por hora. La palabra nudo proviene de un antiguo sistema utilizado para medir la velocidad de los barcos».

Había entendido que se trataba de una unidad de medida, pero aún no había comprendido cuál era la velocidad del barco en kilómetros. Entonces me dirigí a Adriano de manera un poco cohibida y con un poco de embarazo, como nos ocurre a los «paletos» cuando nos dirigimos a alguien que parece un caballero y educado, y le pregunté: «Discúlpame, Adriano, pero ¿cuánto es una milla náutica en kilómetros?», «Domenico, en verdad no lo sé con precisión, debe estar entre 1,5 y 1,9 kilómetros por hora». Arduino resolvió el problema especificando, con voz tosca, que una milla náutica equivalía a 1,853 kilómetros por hora. Inmediatamente pensé que tal vez los cuatro formábamos ¡un italiano casi culto! Pero Antonio retomó inmediatamente la palabra, explicando los otros datos de la nave que conocía: «Este barco puede transportar hasta 2.500 pasajeros, de los cuales cien en primera clase y los otros 2.400 en tercera, que es la nuestra. Su ruta es Génova, Nápoles, Palermo, Nueva York».«¡Ah, 2.500 pasajeros, lleva tanta gente! Casi como el número de los habitantes de mi pueblo y un poco de los del pueblo de Cerchio también! Gracias por toda esta información Antonio. Así que también tenemos que parar en Palermo», dije. «Sí» reanudó Arduino «Carga unos pocos sicilianos y calabreses», «Esperemos que sean los buenos», añadió Adriano con aire alusivo e insolente.

En silencio, hice algunos cálculos y descubrí que cada pasajero tenía 10 metros cúbicos de aire disponible, pero esa era sólo una cifra teórica, porque el volumen total del tonelaje del barco incluye también los pasillos, las zonas comunes y todo lo necesario para la navegación, por lo que, en realidad, el camarote para cuatro personas tenía sólo 12 metros cúbicos, lo que suponía unos tres metros cúbicos por pasajero. No es exactamente mucho teniendo en cuenta las condiciones de viaje, la falta de higiene, etc. ¡Pero así es en tercera clase!

A continuación, intenté calcular el tiempo de viaje necesario para llegar a Nueva York, tomando como referencia la velocidad más probable de 14 nudos por hora. ¿Pero cómo podría calcular el tiempo sin tener los datos necesarios? Necesitaba saber la distancia Nápoles-Palermo y la distancia Palermo-Nueva York. Me sentí un poco incómodo: hacer otras preguntas… y además, ¿a quién preguntar? Me armé de valor y lancé la pregunta, sin dirigirme a nadie: «Disculpad, pero ¿la distancia Nápoles-Palermo es más o menos de 350 kilómetros? Y entre Palermo y Nueva York hay más o menos de 7.000 kilómetros?». Hubo un breve silencio y luego se oyó la voz de Arduino: «Nápoles-Palermo está a unos 300 kilómetros y Palermo-Nueva York a unos 7.000 kilómetros». «Gracias Arduino», le respondí, pero Arduino continuó: «Lo siento Domenico, pero ¿por qué necesitas saber las distancias que has pedido? El tiempo necesario para el viaje no se debe sólo a la distancia, hay muchos otros componentes que hacen que el viaje sea más corto o más largo. Según mi experiencia, puedo decirte que desde Génova a Nueva York, pasando por Nápoles y Palermo, puedes tardar entre 20 y 25 días. Así que tranquilízate, si tenemos suerte, entre el 18 y el 20 de enero podemos estar en Nueva York», «Gracias Arduino, entiendo por lo que dices que no es la primera vez que haces este viaje», «Así es Domenico».

Volví a hacer mis cálculos, más por satisfacción personal que por otra cosa. Pude comprobarlo calculando el tiempo que tardaría el barco en llegar a Palermo: a una velocidad de 25 kilómetros por hora para cubrir la distancia de 300 kilómetros se necesitaban 12 horas, por lo que, a mediodía del 31 de diciembre, habríamos llegado a Palermo. Cayó la noche, llegó el día, llovía fuera y hacía frío. El mar estaba agitado y el barco avanzaba lentamente, ondeando pavorosamente. Llegó el mediodía pero aún no habíamos llegado a Palermo. ¿Mis cálculos estaban equivocados? ¿Acaso Arduino tenía razón? ¿el barco había tenido problemas?

Llegamos a Palermo quizás a las 4 de la tarde, o algo así, y para sorpresa de todos, nos dimos cuenta de que había muy poca gente en el malecón y no parecía que tuviera que subir al barco. Acabado de atracar, nos dijeron que el barco había tenido problemas técnicos y tenía que ser reparado antes de poder partir. Se esperaba que nos quedáramos un par de días, por lo que se nos pidió que mantuviéramos la calma en el barco y siguiéramos las instrucciones de la tripulación. Obviamente no estábamos contentos con un retraso tan largo, pero no podíamos hacer otra cosa, así que simplemente nos resignamos y esperamos el momento de partir. Esto no ocurrió hasta el 4 de enero y, después de embarcar quizás otros 500 o 600 pasajeros, zarpamos de nuevo con la esperanza de llegar al destino sanos y salvos.

La travesía fue muy angustiosa empezando por la parada en Palermo y pasó de todo, el mar agitado con olas de metros de altura, gente vomitando y un hedor que hacía el aire irrespirable. Muchos pasajeros estaban enfermos de sarampión, disentería y más, durante varios días la gente se sentó en el suelo para no caerse debido a las fuertes oscilaciones del barco; llantos, gemidos e imprecaciones estaban por todas partes. Pero también hubo momentos hermosos, recuerdo en particular el once de enero, cuando algunas mujeres parieron y hubo una gran fiesta, también para aliviar la tensión en todo el barco. Y otro día, después de una borrasca que no fue muy violenta, para ser sincero, apareció un arco iris y eso nos calmó un poco. La visión del arco iris en el mar generó entusiasmo y esperanza en los corazones de todos. Algunos días, el personal solía organizar pequeñas fiestas de baile, a las que la gente podía participar por turnos. Recuerdo que también se celebraron una decena de bodas, y en particular hubo una gran fiesta por la boda de Lucy y Salvatore, dos personajes «singulares», ¡realmente fuera de lo común!

Por fin, después de días y días de navegación, a decir la verdad había perdido la cuenta, atracamos en el puerto, teóricamente en el puerto de Nueva York, pero descubrimos que no lo era, ya que era un puerto de escala cerca de Narrows, utilizado para descargar pasajeros con cólera y tifoidea para la cuarentena, y que luego eran transportados a Hofman Island y Swinburne Island. Volvimos a salir para atracar poco después en el puerto de Manhattan. Había mucha niebla y así que nos vimos obligados a permanecer a bordo del barco. ¡Otra parada forzada! Solo la mañana del 25 de enero la niebla comenzó a disiparse y en el horizonte vislumbramos el busto de la Estatua de la Libertad emergiendo de un mar de niebla, una imagen sugestiva y verdaderamente conmovedora. ¡Estaba de vuelta en los Estados Unidos!

¡Sí en los Estados Unidos, en esa tierra prometida donde podría trabajar y dar a mi familia un futuro mejor y aspirar a la felicidad!

Nos invitaron a desembarcar del barco de forma ordenada y a dirigirnos al puerto de embarque donde las «barcazas» nos transportarían a la cercana «isla Ellis», pero éramos una multitud desorientada y cansada (la carga de nada menos que cinco barcos que llevaban días esperando para descargar a sus pasajeros) que se esforzaba por llegar a los distintos emplazamientos. Los encargados del orden y de la acogida se mostraron inmediatamente poco benévolos: empujones, insultos, gritos y cualquier otra cosa para humillarnos, ridiculizarnos e insultarnos. Sí, es cierto, éramos una manada, estábamos sucios y olíamos mal, pero seguíamos siendo personas, seres humanos que merecían respeto. Sí, estábamos allí para ganar dinero, pero estábamos allí porque se nos pedía que trabajáramos en los trabajos más humildes pero necesarios para hacer grandes los Estados Unidos , orgullosos de nuestra dignidad de trabajadores y ciudadanos del mundo.