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Detrás de la luna se adentra en la memoria de una ciudad, en las huellas que esta ha dejado en la vida de sus habitantes. Los seis relatos que integran este volumen nos hablan de personajes inolvidables, como el gran músico Antonio María Valencia o el popular mendigo conocido como «El Loco» Guerra. También nos cuentan eventos estremecedores: un estallido social, un secuestro masivo, la explosión de 42 toneladas de dinamita en un barrio densamente poblado. Aquí se abordan los misterios de la genialidad artística, la búsqueda de un padre desaparecido, las fatalidades del narcotráfico o el amor en territorios de injusticia y rebeldía. Por estas narraciones pasa la historia de Cali a lo largo del siglo XX. Y en ellas se recurre a los grandes temas de la literatura fantástica: el doble, los seres fantasmales, el viaje en el tiempo, la sombra o los bestiarios. Este libro nos hechiza con su magia, su minuciosa documentación y la fina escritura de Alejandro José López.
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Seitenzahl: 145
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Detrás
de la luna
Colección: Artes y Humanidades-Narrativa
López Cáceres, Alejandro José
Detrás de la luna / Alejandro José López Cáceres - Primera edición
Cali : Universidad del Valle - Programa Editorial, 2025.
122 páginas ; 14,5 x 21,5 cm. -- (Colección: Artes y Humanidades-Narrativa)
1. Cuentos colombianos -- 2. Literatura colombiana 3. Relatos
863.44 CDD. 22 ed.
L864
Universidad del Valle - Biblioteca Mario Carvajal
Universidad del VallePrograma Editorial
Título: Detrás de la luna
Autor: Alejandro José López
ISBN: 978-958-507-292-3
ISBN Pdf: 978-958-507-293-0
ISBN-Epub: 978-958-507-294-7
DOI:10.25100/peu.5072923
Colección: Artes y Humanidades-Narrativa
Primera edición
© Universidad del Valle
© Alejandro José López
Diseño de caratula: Ángela M. Arboleda Mera
Diagramación: Alaidy Salguero
Este libro es derivado de los Proyectos de Investigación CI-4404 “Creación de un libro de relatos fantásticos sobre la historia de la ciudad de Cali” y CI-4435 “Escritura de dos relatos fantásticos en el contexto histórico caleño del siglo XX”, financiados por la Vicerrectoría de Investigaciones de la Universidad del Valle.
Esta publicación fue sometida al proceso de evaluación de pares externos para garantizar altos estándares académicos. El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es el responsable del respeto a los derechos de autor y del material contenido en la publicación, razón por la cual la universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.
Prohibida la reproducción total o parcial en cualquier forma, o por cualquier medio, sin autorización escrita de la Universidad del Valle.
Cali, Colombia, abril de 2025
Diseño ePub:
Hipertexto – Netizen https://hipertexto.com.co/
Alejandro José López
Detrás
de la luna
Colección: Artes y Humanidades-Narrativa
(Tuluá, Colombia, 1969) ha publicado tres libros de cuentos: Dalí violeta (2005), Catalina todos los jueves (2012) y Detrás de la luna (2025); igualmente, la novela titulada: Nadie es eterno (2012). Su obra crítica incluye tres volúmenes de ensayos: Entre la pluma y la pantalla (2003), Pasión crítica (2010) y El arte de la novela en el Post-boom latinoamericano (2016); asimismo, dos recopilaciones de crónicas y entrevistas: Tierra posible (1999) y Al pie de la letra (2007). Cuentos y ensayos suyos han sido publicados en diversas antologías y revistas internacionales, y han sido traducidos al alemán, al francés y al danés. Entre los años 2004 y 2008 dirigió la Escuela de Estudios Literarios perteneciente a la Universidad del Valle. Se doctoró en literatura y medios de comunicación en la Universidad Complutense de Madrid y actualmente se desempeña como profesor titular en la Universidad del Valle.
La otra batalla
La camisa de fique
El diario de Guerra
Una rosa para mamá
La sombra de Gaspar
Detrás de la luna
La lectura de estas narraciones podría suscitar preguntas sobre su naturaleza. De una parte, regresan sobre personajes, hechos y datos históricos altamente documentados, como lo haría cualquier crónica periodística; de otra, incorporan el recurso a lo sobrenatural, como es típico en esa escritura de imaginación denominada literatura fantástica. Para ensayar una respuesta, quizá se pueda recurrir a un oxímoron y afirmar que estos relatos bien parecen crónicas fantásticas.
Las cosas no podían ir mejor. Me sentía feliz, disfrutaba la estancia en el apartamento de estudiantes que tenía junto con dos compañeras y me había enamorado. Cali estaba siendo mucho más agradable de lo que imaginaba en esos días lejanos de mi infancia en Buga. Las clases de la universidad confirmaban mi vocación por la enfermería, las nuevas amigas participaban de esa libertad recién adquirida y el hombre que adoraba me hacía soñar. Aquellas mañanas de febrero se parecían a la palabra «primavera», aunque en esta ciudad del trópico las estaciones son metáforas solamente. Ya se sabe que no es posible predecir los terremotos ni la cercanía de un mal momento, así que me entretenía cuidando los geranios de nuestro jardín interior e imaginando versiones amables del futuro.
El martes 16 inició con apariencia de normalidad. La veta de luz que me acariciaba el rostro en las mañanas acudió puntualmente y procedí a revisarme. Llevaba cuatro días aguardando el periodo, pero mi cuerpo nunca supo de calendarios. Nada todavía. Me dirigí a la cocina, puse a hervir una olla de agua y, al abrir el tarro del café, disfruté la magia de aquel aroma. Luego cogí la regadera para ocuparme de los geranios. Cuando terminé mi oficio con las ocho macetas, quise disfrutar un rato más: la silla mecedora, un pocillo de café humeante y la visita de los colibríes. Había decidido regalarme unos minutos para pensar en Édgar, en la suavidad de su espalda, de sus brazos; pero un suceso inaudito me interrumpió. El primer colibrí en arrimar detuvo sus alas y cayó repentinamente.
La fragilidad de aquel ser tan diminuto, inmóvil, me sorprendió. Quise ayudarle, pero no sabía cómo recogerlo y me detenía la posibilidad de empeorar su condición. Por fin me atreví. Lo dispuse con total devoción encima de la maceta más alta y traté de averiguar si aún respiraba.
—Dejalo ahí quietecito, que él revive —dijo mi compañera Rocío, apareciendo de la nada con otro pocillo en la mano.
—¡Me asustaste!
Con los ojos todavía abotagados y sin dejar de sonreír, me besó en la mejilla. Después trató de explicarse un poco mejor:
—Le llaman torpor de los colibríes, Matilde; no te preocupés que eso es normal en ellos.
Pese a la naturalidad de su aclaración, no conseguí tranquilizarme. Lo que acababa de presenciar me parecía de un orden muy distinto y se lo hice saber:
—Pero es que estaba volando y cayó al suelo de un momento a otro.
—Ah, eso sí es bien raro —reconoció mientras se acercaba para examinarlo—; entonces puede ser que lo envenenaron.
Nos quedamos un poco más en el jardín, contemplando ese plumaje verde, iridiscente. Como no logramos adivinar el estado real del colibrí, decidimos dejarlo sobre la maceta y proseguir con la rutina, rumbo a nuestras clases. Corría el año 1971. Esa misma tarde me enteré de que la Federación de Estudiantes, en desarrollo de sus recientes protestas contra el rector, había decidido tomarse la universidad. En aquel momento no tenía forma de suponer que, cuando se lo propone, esta ciudad es capaz de eclipsar una sorpresa con otra aún mayor.
* * *
Había transcurrido una semana desde el inicio de la toma y ya la oficina de rectoría era controlada por los estudiantes. En lo que a mí respecta, ese lunes 22 me sentí muy ansiosa, congestionada. No quise atender el jardín y resolví salir hacia la facultad un poco más temprano. Necesitaba encontrarme con Édgar. Pero la Universidad del Valle parecía un torbellino y todo el barrio San Fernando, en especial el parque del Perro, estaba enrarecido. Uno sentía el aire turbio, amenazante, como si caminara por la mitad de un polvorín. Desde que el rector Ocampo Londoño nombró arbitrariamente un nuevo decano de Economía, un señor Mendoza Durán, el movimiento estudiantil se había radicalizado. Ni a Édgar ni a mí nos cautivaban mucho esos debates. Siempre escogimos los deportes, los mensajes de Los Beatles y los antojos de la piel.
Sin embargo, no era posible sustraerse a lo que estaba ocurriendo. Uno escuchaba todo el tiempo los discursos de Vicky «La Vietnamita», los análisis de Camilo González y Moritz Ackerman, las argumentaciones de Gustavo Ruiz y Arcadio Guzmán, las arengas de Gustavo Vivas, Chucho Nivia y los demás líderes de la Federación de Estudiantes. Esa mañana empezaron a publicitar una actividad con la ciudadanía. Se iba a llamar «La toma sin bolillo» y se realizaría ese jueves, en la plaza de Cayzedo. Mientras la gente se arremolinaba para escuchar la propuesta, me dediqué a buscar entre aquella fronda de rostros que llenaba la plazoleta central. Édgar tenía ojos garzos, piel trigueña, sonrisa de niño y, al abrazarte, su pecho amplio te hacía entender que los milagros existen. Esperaba que su gran estatura me permitiera localizarlo rápidamente; pero encontré primero a Sofía, mi otra compañera de apartamento:
—¿Qué me das si te digo lo que buscás?
—Un bombón —le contesté riéndome.
—El tuyo está en las canchas de voleibol —me señaló picando el ojo.
—¡Te debo un paquete entero!
En las cercanías de la primera cancha oí el repiquetear de la pelota y, de repente, el grito de un jugador: «¡Dale, Jalisco!». Así era como le decían a Édgar Mejía en toda la universidad. Se había ganado ese diploma de canción mexicana debido a su incapacidad para admitir la derrota. Aguardé a que terminara el partido para hablarle. Por fortuna, habían ganado y estaba radiante. El olor de su cuerpo sudoroso, como siempre, me tranquilizó.
—¡Mamacita! —me dijo mientras rodeaba mi cintura con sus manos enormes.
En esta vida hay instantes mágicos y algunos tienen la virtud de posponerlo todo, incluso las preocupaciones. Decidí corresponder el gesto de Édgar con un beso lento, largo, repleto de colores brillantes. Procuré demorarlo el tiempo necesario para que mi blusa pudiera impregnarse con su aroma. Ese lunes caprichoso experimentaba como nunca la necesidad de sentirme acompañada, amada por Édgar. Escuché luego que lo estaban requiriendo para un nuevo juego y, como no quería que se sintiera importunado, le susurré al oído:
—¿Vas esta noche a mi apartamento?
—Segurísimo… —respondió antes de correr hacia la cancha nuevamente.
* * *
Cuando escuché el timbre, salí a prisa de mi habitación. Me iluminaba la expectativa de hablar con Édgar; sin embargo, antes de abrir la puerta del apartamento miré hacia el jardín interior y descubrí una situación extraña. Sin comprenderla en absoluto, aquella visión me intimidó. Se trataba de cuatro gatos perfectamente blancos que reposaban entre los geranios y el pequeño prado. Todos tenían los ojos muy azules. La extraordinaria calma en que yacían me creó la ilusión de que, en lugar de estar echados, levitaban. Y, pese a mis ruidosos pasos, ninguno se inmutó siquiera. Aquella rara visita me llenó la mente de supersticiones y de fantasmas. Me asaltó entonces una sugestión tan poderosa que, al abrir la puerta, Édgar se sorprendió al verme.
—¿Qué te pasó, Matilde? ¿Estás bien, amor?
No lograba articular una respuesta: no la tenía. Preferí abrazarme a su pecho para desahogar mi nerviosismo. Édgar comprendió que en ese instante necesitaba su compañía y, más que nada, su silencio. Nos quedamos muy juntos durante un buen rato, hasta que el último de mis sollozos se fue desvaneciendo. Luego nos sentamos en el sillón de la sala, justo frente al jardín. Como Édgar notó que los cuatro gatos blancos me atemorizaban, aplaudió con fuerza para espantarlos. Todos sus intentos fueron en vano.
—Son imperturbables —le dije, alarmándome de nuevo—. ¡Parecen engendros malignos!
—Yo creo que son sordos —objetó y, para corroborar su sospecha, empezó a silbar tan alto como pudo.
Ninguno respondió. Sus movimientos felinos continuaron impasibles y despectivos, como si las urgencias de nuestro mundo jamás pudieran entrar en su reino. No obstante, como suponía que mi diálogo con Édgar iba a ser largo, decidí acercármele a su rostro y besarlo. Quería que nos enfocáramos el uno en el otro, que nos afirmáramos íntegramente, sin concesiones ante nadie más. Cuando aparté mis labios de los suyos, lo miré a los ojos y le susurré:
—¿Qué tanto me amás…?
Se quedó pensativo, fingiendo gravedad; pero pronto en sus ojos se delató el buen humor: sonrieron antes que su boca.
—Mi vida, yo… Yo no sabría cómo se mide esto que siento.
Simulé que me había disgustado su respuesta y logré mi cometido. Édgar se acercó y esta vez fue él quien me ofreció sus labios. Al recibir su complicidad, su entrega, las palabras que me ataban la garganta por fin consiguieron liberarse:
—Estoy embarazada.
Sentí que el tiempo se congelaba en este nuevo silencio nuestro. La ansiedad me desbordaba y hubiera querido saber cada cosa que pasaba por la mente de Édgar en aquel momento. Sus ojos verdes se quedaron fijos mirando el jardín interior.
—¿Podrías quedarte conmigo esta noche?
—No solamente puedo, Matilde. Quiero quedarme contigo.
Busqué la belleza de los geranios para ganar un poco más de sosiego y, entonces, noté que los cuatro gatos blancos seguían tan impávidos como al principio. Me di cuenta de que también ellos habían decidido pasar la noche aquí.
* * *
A la mañana siguiente casi no logro levantarme temprano. Édgar se había ido a las 5:00; me comentó que subiría trotando hasta la loma de Cristo Rey. Como el 30 de julio de ese año iniciarían los Juegos Panamericanos y Cali iba a ser la ciudad anfitriona, trataba de ponerse en mejor forma todavía: «¡Cómo le va a fallar uno al equipo, y menos ahora!». No me convenció. Preferí dormir otro poquito y disfrutar luego mi rutina de los geranios y el café. Pero cuando me vino a la mente la visita de los colibríes, pensé en los intrusos de la noche anterior y me volvió la desazón. Confieso que salí de mi cuarto a tientas, casi a escondidas. Solo en ese momento, presa de mis inquietudes, volví a acordarme del colibrí que se cayó el otro día. ¿Habría volado de nuevo después de su torpor? ¿Habría sido envenenado? Me llené de fortaleza para averiguar algo sobre aquel ser diminuto y hermoso, pero comprobé que el jardín interior se hallaba despejado y que en la maceta alta no había más que un frondoso geranio rojo. Me dirigí a la cocina para preparar el café y me descubrí atrapada en mi propia sugestión. Los vaivenes de mi pensamiento intentaban hacer una imposible conexión entre la figura del colibrí indefenso y la amenaza de los cuatro gatos blancos.
—¿Qué dice la gente bonita los martes por la mañana?
—Eso tendrías que responderlo vos —le solté rápidamente a Rocío, que apareció luciendo una espléndida túnica aguamarina; luego sacudió su cabello rizado, jugueteando, dio un suspiro profundo y apuntó su nariz hacia la olla del café.
—Ya puedes felicitarme por mi peinado —dijo riéndose.
Serví dos tazas y le pasé una. Tan pronto como nos sentamos en el sillón, Sofía se nos unió en la sala. También estaba ya vestida y organizada.
—¿Y eso? —le inquirió Rocío.
—Tenemos un mitin en la Universidad Santiago de Cali —contestó Sofía entusiasmada—; y hay un montón de colegios que nos están apoyando: el Camacho Perea, el Santa Librada, el Liceo Femenino, el Inem, el Benjamín Herrera, el Politécnico…
—¿Y esa gente no está muy chiquita para hacer la revolución?
—Compañera Rocío —le objetó Sofía parodiando teatralmente un tono radical—: el que se apronta al amor, está listo para cambiar el mundo.
—¡Uf, amaneciste poética!
—No, señorita —volvió Sofía a la carga—: amanecí política.
—¡Bueno, bueno, querida —exclamó esta vez Rocío—: se nota que el tal Encuentro Nacional Universitario estuvo candente!
Sofía continúo bromeando con sus gestos rimbombantes y esta vez se mordió el labio inferior en señal de picardía:
—Y eso que no les he mencionado los papacitos que nos llegaron de la Universidad Nacional.
Las tres soltamos la carcajada y Sofía aprovechó ese instante de celebración para convidarnos a la Universidad Santiago. Rocío aceptó, pero yo preferí quedarme con la disculpa de una lectura pendiente. Cuando se disponían a salir, Sofía notó que me embelesé mirando los geranios y antes de cerrar la puerta me alcanzó a gritar:
—¡Está bien, mi amor, podés enamorarte; pero jurame que no te vas a empendejar mucho!
—¡Te lo juro! —le dije y escuché que la puerta se cerró.
Continué tomándome el café, lentamente. Muy pronto el silencio me lanzó de regreso a mis pensamientos más complicados. ¿Este era el mejor momento para afrontar la aventura incierta de la maternidad? ¿Sobreviviría mi relación con Édgar a nuestra muy probable deserción universitaria? Pero, si tomaba otro camino, ¿sería capaz de sobreponerme a mi propia culpa? Antes de que pudiera evitarlo, me descubrí secándome las mejillas. Y aunque sabía que afligiéndome no solucionaba nada, un remolino de pensamientos y malas palpitaciones empezó a agitarme sin piedad. Traté de centrarme otra vez en las ocho macetas, deteniéndome un instante en la belleza de cada geranio. Así fue como de a poco logré normalizar mi respiración y, entonces, cerré los ojos largamente; sin embargo, cuando volví a abrirlos, un espectáculo inverosímil tuvo lugar frente a mí. En una danza de caótica hermosura, cientos de colibríes se dieron cita en el jardín interior: iban y venían sin chocarse entre sí, bebiendo de cada flor por turnos, agolpándose en un verde iridiscente cada vez más compacto, creando un nutrido coro de chasquidos minúsculos que se mezclaban con ese aletear infinito, tan suave y potente a la vez. Me di una palmada en la mejilla para corroborar que no estaba soñando y, tras esta comprobación, todo lo que había sido fiesta se transformó en dolor. Los visitantes empezaron a detener sus alas repentinamente y formaron una copiosa lluvia de colibríes muertos. Volví al llanto, inconsolable. Ahora todo era silencio y el jardín interior había quedado tapizado por una gruesa capa de plumas verdes, de cuerpos diminutos, inertes.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que logré incorporarme. Tal vez una hora, quizás un poco más. En medio del desconsuelo que sentía, me llegó una convicción que todavía hoy me acompaña: aquella inmensa cantidad de pequeños seres extintos constituye una de las peores desgracias en la historia de esta ciudad. Y la reacción que tuve después me sigue desconcertando, no encuentro manera de explicármela. Se me ocurrió dirigirme a la cocina, de modo mecánico; luego regresé trayendo las bolsas grandes que teníamos destinadas a la basura. Empecé a llenarlas con las aves que fui recogiendo del piso, meticulosamente. Al cabo de un buen rato había completado diez paquetes negros repletos de colibríes; ahí mismo los sellé con nudos ciegos, los saqué del apartamento y los abandoné en la acera donde dejábamos los desperdicios. Decidí que guardaría para mí sola todo este dolor, que jamás se lo contaría ni a Édgar, ni a Sofía, ni a Rocío.
* * *
