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Los diez ensayos recogidos en este libro han sido agrupados 'en dos secciones. En la primera, Auctor in fabula, aparecen cinco textos que se proponen analizar la obra narrativa de sendos escritores latinoamericanos. Nos referimos a "Juan Carlos Onetti, a Carlos Fuentes, a Harold Kremer, a Antonio Skármeta y a Óscar Collazos. A cada uno, pues, le hemos dedicado aquí un ensayo. Y dado el particular empeño que nos formulamos, estos trabajos nos han llevado a realizar una lectura extensiva de dichos autores contemporáneos; es decir, a transitar de un libro a otro. para rastrear las constantes temáticas y expresivas que configuran los mundos ficcionales de estos maestros. El segundo apartado es Lector in situ y en éste se recopilan otros cinco textos. Cada uno de ellos se ocupa de un único libro y cada uno de ellos fue leído en un evento literario, bien sea un lanzamiento o un homenaje. por tal motivo, estos ensayos se caracterizan por su brevedad y por su disposición a la oralidad. Los libros que aquí se comentan son: "La crítica literaria: Un sostenido acto de amor", de Aleyda Roldán de Micolta; "El demonio en la proa", de Edgard Collazos; "La imagen poética", de Julián Malatesta; "La novela del sicario en Colombia", de Óscar Osorio y, finalmente, "Literatura en la revolución y revolución en la literatura", de Óscar Collazos, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa.
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Seitenzahl: 222
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Universidad del Valle
Programa Editorial
Título: Pasión Critica.
Autor: Alejandro José López Cáceres
ISBN: 978-958-765-299-4
ISBN PDF: 978-958-765-300-7
ISBN EPUB: 978-958-765-301-4
Colección: Artes y Humanidades - Literatura
Primera Edición: Noviembre de 2010
Segunda Edición: 2016
Rector de la Universidad del Valle: Edgar Varela Barrios
Vicerector de Investigaciones: Javier Medina Vásquez
Director del Programa Editorial: Francisco Ramírez Potes
© Universidad del Valle
© Alejandro José López Cáceres
Diseño de carátula: Sara Isabel Solarte
Diagramación: Alaidy Salguero Sabogal
Impreso en: 16-noviembre-2016
Universidad del Valle
Ciudad Universitaria, Meléndez
A.A. 025360
Cali, Colombia
Teléfonos: (57) (2) 3212227 - 339 2470
E-mail: [email protected]
Este libro, o parte de él, no puede ser reproducido por ningún medio sin autorización escrita de la Universidad del Valle y los propietarios de los derechos de autor. El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión de los autores y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es responsable del respeto a los derechos de autor y del material contenido en la publicación (ilustraciones y textos compilados), razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.
Cali, Colombia, Diciembre 2016.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
A todos los editores que han acogido estos ensayos previamente en sus publicaciones impresas y/o digitales: Joaquín María Aguirre, de la Revista Espéculo, en la Universidad Complutense de Madrid; Jorge Gómez Jiménez, de la revista Letralia, Tierra de Letras, en Venezuela; Sandra Licona, de la revista Prensa Fondo, del Fondo de Cultura Económica, en México; Diógenes Fajardo y Patricia Trujillo, de la revista Literatura: Teoría, Historia y Crítica, de la Universidad Nacional de Colombia; Darío Henao, de la Revista Poligramas, de la Universidad del Valle, en Colombia; Gabriel Ruiz, del portal Nos Topamos Con…, en Colombia; Guillermo Camacho, de la revista Aurora Boreal, en Dinamarca; Andrés Aldao, de la revista Artesanías Literarias, en Israel; Manuel Tiberio Bermúdez, de la revista Red y Acción, en Colombia; y José Antonio Carbonell, de la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana, del Ministerio de Cultura, en Colombia.
A mis profesores y maestras del doctorado La Lengua y la Literatura en Relación con los Medios de Comunicación, en la Universidad Complutense de Madrid: Guadalupe Arbona, Ana María Vigara, María José Alonso Seoane, Carmen Aguirre, Pilar María Vega y Joaquín María Aguirre, por sus cátedras gratas y valiosas.
A mis amigos del Taller Literario Botella y Luna: Óscar Osorio, Diego Gil, James Valderrama, José Alirio Bedoya, Gilberto Rangel, José Jesús Osorio y Gustavo Aragón, por esa maravillosa complicidad literaria sostenida durante dos décadas.
A mi esposa Soranlly Gómez y a mis hijos Laura Sofía, Carmen Lucía y José Jacobo, cuyo afecto ha sido mi principal soporte durante el tiempo en que he estado dedicado a la escritura de estos ensayos.
PREFACIO
ONETTI TAN MEMORABLE: UNA SEMBLANZA DE SUS CUENTOS
CARLOS FUENTES EN EL UMBRAL DE LAS CERTEZAS LOS “CUENTOS SOBRENATURALES”
CUANDO LA CRÍTICA ENSEÑA
EL DON DE LA LINTERNA: LOS CUENTOS DE HAROLD KREMER
POESÍA Y MODERNIDAD
ANTONIO SKÁRMETA: LA RUTA HACIA “EL CARTERO”
EXPERIENCIA Y HUELLA: LOS CUENTOS DE ÓSCAR COLLAZOS
PALABRA DE PIRATA: LA NARRATIVA DE EDGARD COLLAZOS
MÁS ALLÁ DEL SÍNDROME DEL AVESTRUZ: “LA NOVELA DEL SICARIO EN COLOMBIA”, DE ÓSCAR OSORIO
AQUELLA ENCRUCIJADA DEL LENGUAJE: UN HOMENAJE A ÓSCAR COLLAZOS (1942–2015)
NOTAS AL PIE
BIBLIOGRAFÍA
Los once ensayos recogidos en este libro han sido escritos en momentos y lugares diferentes, especialmente durante mi periplo entre Cali y Madrid. Cinco de ellos están dedicados a narradores latinoamericanos; otros dos, a sendos libros que tuve ocasión de reseñar y presentar durante sus respectivos lanzamientos. Todos ellos obedecen a dos propósitos que me he trazado al aventurarme en la estimulante y grata labor de hacer crítica literaria. El primero tiene que ver con la pasión —de allí el título de este volumen—: escribir solamente sobre obras y autores que me hayan calado de manera profunda, que me hayan encantado como lector. Bien sé que también es necesaria la otra crítica, la que reprueba y desautoriza; pero a mí se me da muy mal la diatriba o la descalificación, así que prefiero reservarme el gusto de compartir las lecturas que me han hecho feliz.
El otro propósito está ligado a una pregunta: ¿se puede practicar la crítica literaria tratando de guardar el rigor que se estila en la academia, pero procurando una vocación decididamente divulgativa? Seguramente no hay una contestación única a este interrogante, que es también una provocación. En cualquier caso, debo admitir que he mantenido esta pregunta como derrotero durante los trabajos de investigación y escritura que dieron lugar a estos ensayos. Y resulta bastante probable que haya fracasado en ambos flancos; es decir, que el lector académico halle estos textos ligeros para su gusto y, por otra parte, que el lector común los encuentre un tanto densos. Con todo, sigo pensando que hay riesgos que vale la pena correr. Porque si bien es verdad que la crítica literaria necesita estar bien fundamentada, no es menos cierto que ésta tiene un ministerio social insoslayable, ligado a la cualificación intelectual del público lector. Sobre dichos puntos reposa mi aspiración con este libro.
Cronológicamente, el ensayo de más vieja data incluido en este volumen es el dedicado a la cuentística de Harold Kremer. Su escritura obedeció a una invitación que me cursara el Banco de la República, en Cali, para un evento sobre autores vallecaucanos, en agosto de 2005. Luego vino la crónica-ensayo titulada Cuando la crítica enseña, la cual realicé en febrero de 2008 como presentación de un libro —justamente de crítica literaria— escrito por mi maestra Aleyda Roldán de Micolta. En marzo de aquel mismo año presenté, con el texto titulado Poesía y modernidad, un interesante libro que Julián Malatesta dedicó a la imagen poética. Después vino el viaje a España, adonde me trasladé para cursar estudios doctorales en la Universidad Complutense.
El primer ensayo que escribí en Madrid fue sobre los cuentos del maestro uruguayo Juan Carlos Onetti, en julio de 2009, y lo hice en ocasión de su centenario. Pocos meses después leí que en Puerto Rico habían prohibido la nouvelle Aura, de Carlos Fuentes, por considerarla inmoral. Yo la había leído dos décadas atrás y la recordaba como una obra extraordinaria, así que salí a buscarla porque quería releerla. La encontré en las librerías madrileñas, al final de un volumen recién editado, compuesto por una selección de cuentos fantásticos del maestro mexicano. Se trataba de un libro precioso, de manera que decidí escribir el ensayo que terminé en septiembre de 2009. En diciembre de ese año recibí un encargo: el Ministerio de Cultura de Colombia realizaría una colección dedicada a la literatura afro-colombiana. Me propusieron prologar el volumen destinado a los cuentos de Óscar Collazos. Como ya conocía algunos de sus excelentes relatos, acepté de inmediato y en febrero de 2010 entregué el texto. Finalmente, el más reciente de estos trabajos tiene su origen en un evento que organiza la Casa de América, en Madrid: la Semana del Autor. Durante la edición celebrada entre el 20 y el 25 de abril de 2009, el escritor homenajeado fue Antonio Skármeta. Esta programación me despertó mucho interés por la obra del chileno, creador de aquel famoso cartero de Neruda. Sin embargo, aunque estuve repasando su narrativa durante todo el año, sólo en el verano de 2010 —el cual pasé instalado en la ciudad de Valdemoro— me senté a redactar el manuscrito que concluí en septiembre pasado.
Pues bien, en líneas generales éste es el origen de los siete ensayos recogidos aquí y las circunstancias en que fueron compuestos. En lo que toca a los propósitos que uno se traza al escribir, nunca se sabe: cada lector hace suyos los textos a su particular manera, por fortuna. La lectura es un acto soberanamente libre.
El autor
Hay algunas obras maestras de la literatura que lo son porque llegan a dar cuenta —sin explicarlos— de fenómenos profundos, complejos, arquetípicos, de la condición humana. Esto hace que dichas obras resulten inolvidables para el lector, quien siente que una parte de su ser pasa por ahí de modo evidente o recóndito. Al mismo tiempo, esa capacidad para penetrar agudamente en los arduos aspectos que constituyen nuestra naturaleza hace que estas obras permanezcan siempre abiertas a nuevos sentidos y razonamientos; es decir, que no se dejen apresar en una sola línea de interpretación. Tal es lo que sucede, por ejemplo, con un relato como Bartleby el escribiente de Herman Melville, en el cual se indaga de forma exquisita el fenómeno de la desidia. Otro tanto hace Chéjov, con relación al desamparo, en su perdurable Vanka; o Hoffmann respecto de lo siniestro en su famosa historia El hombre de arena; o Maupassant en lo que toca al oportunismo con su célebre Bola de Sebo; o Poe con la culpa en su Corazón delator. También la crueldad ha sido condensada singular y memorablemente en un cuento magistral: El infierno tan temido, de Juan Carlos Onetti.
Pero aunque éste es seguramente su mayor logro en el género cuentístico, no es el único. De los cuarenta y siete excelentes cuentos que escribió el maestro uruguayo a lo largo de su vida (1909-1995), en su periplo por Montevideo, Buenos Aires y Madrid, hay por lo menos cinco que merecerían estar en una hipotética antología de cuentos inolvidables de todos los tiempos: Un sueño realizado (1941), Bienvenido, Bob (1944), Esbjerg, en la costa (1946), El infierno tan temido (1957), y Jacob y el otro (1961). Todos comparten la fortuna de haber amalgamado de manera sorprendente ese mundo en descomposición, desolado y oscuro —que está en la base de la cosmovisión onettiana—, con un lenguaje y una técnica narrativa de impecable factura. La ficción ha sido tejida en ellos con tanta eficacia que el lector habita la ilusión sin percatarse de las costuras que la sostienen ni de los hilos que la constituyen; en otras palabras, éstos son cuentos orgánicos, sin fisuras, o, como suelen decir los cuentistas, redondos.
El de Juan Carlos Onetti es un mundo a la vez complejo y apasionante. Su universo está en las antípodas de la simplificación, pues estamos ante un narrador que ha elegido rastrear sin tregua las contradicciones del alma y sus sorprendentes intersticios. Detengámonos un momento en sus personajes para ilustrar algo de lo dicho. Hay un rasgo que muchos de ellos comparten, una especie de vocación o conducta recurrente. Dado que suelen sobrellevar existencias grises, anodinas, o que viven asediados por el fracaso de todas sus empresas, llega un momento en el cual una encrucijada de hastío o derrota los obliga a buscar una salida. Sí, la vida que llevan se les revela de pronto insufrible, tal vez sólo insustancial; entonces, dan un salto de vértigo. Quizá las cosas podrían ser de otra manera si habitaran un lugar distinto; así que transitan hacia allá, pasan a un entorno de fantasía, de ficción. Muy temprano aparece en la obra de Onetti este arbitrio que no solamente atravesará su producción ulterior sino que llegará a ser uno de los rasgos más característicos de toda su narrativa: la construcción de mundos sucedáneos. Pero es en su tercer cuento —el primero en el cual aparece una factura literaria ya consolidada—, que tituló El posible Baldi y que fue publicado en La Nación de Buenos Aires (1936), donde nos introduce de fondo en esta alternancia.
De Baldi sabemos que es un abogado, un hombre corriente que va por la calle. Tiene una novia, a quien llama Nené —justamente esta noche se verá con ella—, y posee en su bolsillo, lo puede palpar, el dinero necesario para cubrir los gastos de los preparativos y de la cita misma. Se siente completamente feliz, pleno. Entretanto, una pequeña mujer, ingenua y de grandes ojos azules, camina muy cerca suyo. Viene asustada porque un hombre de largos bigotes la asedia, la persigue. Baldi, percatado de la situación, en un gesto casi fortuito de automatismo solidario, se les acerca, con lo cual el bigotudo huye. La muchacha, prendada y agradecida, prosigue su camino junto al salvador, quien sólo desea continuar adelante con los planes de su cita. Pero ella quiere saber algo acerca de este hombre tan distinto de los otros y le pide referencias de su vida extraordinaria. Él accede —con la intención de deshacerse rápidamente de la mujer—, así que inventa una extravagante historia sobre un Baldi que vigilaba esclavos negros en las minas de diamantes, en Sudáfrica. Le cuenta cómo asesinaba a sangre fría a quienes intentaban escaparse; sin embargo, ella no experimenta repugnancia sino que se compadece del victimario y lo justifica. El embustero carga aún más las tintas e ingenia situaciones de pasmosa atrocidad, pero todo resulta inútil al fin propuesto. Habiéndole tomado gusto al juego, él renuncia a sus planes y, “con un estilo nervioso e intenso, siguió creando al Baldi de las mil caras feroces que la admiración de la mujer hacía posible”.1 Hasta que algo inopinado ocurre: al compararse con su personaje, el autor de aquellas invenciones cae en la cuenta de lo insulsa que es su existencia, “porque no se había animado a aceptar que la vida es otra cosa, que la vida es lo que no puede hacerse en compañía de mujeres fieles, ni hombres sensatos. Porque había cerrado los ojos y estaba entregado, como todos. Empleados, señores, jefes de las oficinas”.2 Al despedirse de la muchacha, Baldi le pasa unos billetes, le dice que los ha ganado traficando cocaína y se marcha, ensombrecido.
Buena parte de los elementos más caros a la obra de Onetti se prefiguran ya aquí, en especial éste al cual podríamos referirnos como una cierta vocación por la mentira. La ficción es una necesidad esencial de sus personajes. En el bello prólogo que escribió para la edición de los Cuentos completos, Antonio Muñoz Molina lo plantea de esta manera:
Aparte del amor, la tarea preferida por un número considerable de personajes de Onetti es la de inventar, la de contar mentiras y oírlas, la de dotarse de vidas falsas a través de la credulidad del que escucha, pero en ocasiones el propósito de la narración es otro, exactamente el inverso: contando puede alcanzarse una verdad que de otro modo sería inaccesible, una identidad más cierta o más honda que la establecida por las apariencias, incluso una forma amarga de absolución.3
Y es que para Onetti, antes que un proceder indeseable, la invención constituye una categoría humana de rango esencial. Sin ella la vida misma se haría insufrible —más de lo que ya es—, lo cual nos pone sobre un aspecto central de su cosmovisión. Para el maestro uruguayo, al igual que para sus contemporáneos europeos Sartre y Camus, la existencia es una dura carga; y, en su caso, una experiencia imposible de sobrellevar si no se apela a alguna suerte de suplantación. Detengámonos todavía un poco más en la mentira, esa conducta de la cual derivaba el origen de su escritura. En la entrevista televisiva que le concedió a Joaquín Soler Serrano, en 1977, Onetti decía:
Me preguntan ¿cuándo empezó usted a escribir? Y yo no puedo saber. Recuerdo sí que en mi infancia empecé a mentir; es decir, yo volvía a mi casa contando aventuras que nunca habían ocurrido, ni ocurrirán, ¿no? Y a los chicos del barrio también, los amigos míos, les contaba mentiras; así que, para mí, el escritor empezó ahí, mintiendo. Después sigue mintiendo ahí en todos los libros, seguro.4
Tal vez sea lícito rastrear algunas fuentes de esta proclividad al embuste en la propia biografía de Onetti, cuya vida estuvo signada por fuertes experiencias de estrechez y derrota. Hubo uno, crucial, del que nos ha quedado un curioso registro. Recordemos que, habiéndose casado muy joven, cuando tenía veintiún años, el maestro uruguayo se vio muy pronto obligado a sustentar una familia —su primer hijo nacería un año después, en 1931. Pero lo que hizo especialmente dramática su situación fue que, al no disponer de un respaldo económico patrimonial, ni de una formación profesional, ni de título académico alguno, Onetti tuvo que desempeñar oficios arduos, y mal remunerados. En Buenos Aires, adonde se habían trasladado, los suyos conocieron tenaces privaciones. Sin embargo, poco o nada se refirió a esto en las entrevistas que concedió, la mayoría de ellas en su definitivo exilio español. Cuando Luis Harss habló con él durante la preparación de su ya clásico libro titulado Los nuestros —que habría de ser, desde la perspectiva de la crítica, el lanzamiento del llamado Boom latinoamericano—, el maestro uruguayo fantaseó sobre su pasado escolar. En el capítulo que Harss le dedicó, aparece dicho así: “Nuestra historia comienza en Montevideo, en 1909. Allí pasó Onetti su juventud y cursó la escuela secundaria. Habla de todo eso con una voz sorda, malhumorado, como si estuviera tratando de recordar una versión perdida de un cuento desagradable. Actitud ésta que define tanto al hombre como al escritor.” Y más adelante complementa el crítico: “Poco descubrimos de los primeros años de Onetti. Bachiller, cuando tenía aproximadamente veinte años de edad, se fue a vivir a Buenos Aires, la tierra prometida, donde merodeó por la Universidad, sin caer en sus redes (…)”.5
Hoy sabemos que las cosas sucedieron de otro modo, y que la realidad fue mucho más cruel con Onetti durante sus primeros años. En el grato y amoroso estudio que Vargas Llosa le dedica —un libro en que recorre cronológicamente la vida y obra del maestro uruguayo, haciendo una especie de biografía crítica— encontramos la referencia a este episodio de su vida, ocurrido cuando él tenía trece años, en estos términos:
Onetti abandonó el colegio apenas había empezado el liceo, es decir, la secundaria. Había ingresado a él a duras penas, con una calificación pobrísima —“Regular Deficiente”—, y la explicación de su deserción escolar que dio más tarde, que se debió a “que nunca pudo aprobar el curso de dibujo”, no parece muy convincente. Sus biógrafos dan otras razones, no menos extrañas —según una de ellas fue a causa de la depresión que le produjo que un compañero le robara su impermeable en ese primer año del liceo y según otra el terror que le causaban los exámenes—, aunque probablemente la de más peso sean las dificultades económicas de la familia. El abono del ferrocarril para ir de Colón a la ciudad donde estaba el liceo Vásquez Acevedo resultaba una carga y tal vez eso contribuyera a aquella deserción y a que los padres se resignaran a ella.6
No debería sorprendernos que haya tantas versiones —unas más disparatadas que otras—, o que el hecho mismo se hubiera ocultado. Tengamos en cuenta que el origen principal de estas explicaciones fue el propio Onetti, quien parece haberse divertido jugando a ser Orsini, o Brausen, o Baldi, o cualquiera de sus embusteros. Lo que se vuelve profundamente revelador es la forma en que tramitó consigo mismo y frente a los demás este episodio tan definitivo de su vida.
Desde temprana edad, Onetti leyó de modo voraz e impenitente; así llegó a hacerse con una vastísima cultura. Fue un autodidacta. Con todo, entre los muchos autores que recorrió y que le entusiasmaron, ninguno marcó su literatura tan profunda y diversamente como lo hizo William Faulkner. Esta fue una deuda que siempre reconoció y a la cual tributó diversos homenajes a lo largo de su vida. En ocasión del fallecimiento del gran narrador norteamericano, ocurrido el 6 de julio de 1962, Onetti escribió un par de obituarios muy recordados. En uno de ellos afirma: “Era, literariamente, uno de los más grandes artistas del siglo”; enseguida añade que, en un futuro cercano, todo el mundo “estará de acuerdo con una simple perogrullada: la riqueza, el dominio del inglés de William Faulkner equivalen a lo que buscó y obtuvo William Shakespeare”.7 En el otro celebra su capacidad de consagrarse, más allá del ruido externo, de los conciliábulos y de la fama, a la ejecución de su obra: “Obtenía en la noche y la soledad, sólo para sí mismo, sus triunfos y sus fracasos. Sabía que lo que llamamos éxito no pasa de una vanidad amañada: amigos críticos, editores, modas”.8
Pero hay un recurso literario, un principio ficcional que Onetti heredaría del maestro norteamericano —tal como le sucedió a García Márquez y a Juan Rulfo— y que habría de ser cardinal en toda su obra: la fundación de un mundo mítico. Faulkner inventó el condado de Yoknapatawpha y allí instaló sus personajes. En este universo también cifró las claves de aquellos dramas vividos por el Sur de su país tras ser vencido en la Guerra de Secesión. Justo es decir que al mismo tiempo estaba creando una de las más profundas y bellas metáforas de la derrota humana que hayan sido escritas en la historia de la literatura. De dicho proceder narrativo descienden otras geografías míticas, como Macondo o Comala. Y en lo que toca a Juan Carlos Onetti, Santa María, en cuyo territorio discurre la mayor parte de sus cuentos y novelas. Aunque apareció por primera vez en el cuento titulado La casa de arena (1949), sería en la cuarta novela publicada por el maestro uruguayo, La vida breve (1950), donde se construiría de un modo ya más profuso esta ciudad imaginaria. Allí condensó las contingencias derivadas del ingreso a la modernidad, de la vida citadina y sus avatares de incomunicación, corrupción y desencanto. Si bien acogió un recurso ficcional de Faulkner, es claro que lo aplicó a una cosmovisión propia: sus insumos imaginarios y geográficos son otros. En tal sentido, el crítico Emir Rodríguez Monegal anotó: “Juan Carlos Onetti ha incrustado en la realidad del mundo rioplatense un territorio artístico que tiene coordenadas claras y se compone de fragmentos argentinos y uruguayos”.9
Esta característica, la de construir un escenario común para sus narraciones —cuentos y novelas—, potencia a su vez la significación de ellas. El lector, aunque comprende a plenitud cada relato en las páginas que lo conforman, accede a una dimensión de mayor trascendencia si va de uno a otro. Esto equivale a decir que así, gracias a los vasos comunicantes que se establecen entre las historias, es posible ensanchar el conocimiento de los personajes y sus dramas, de sus relaciones y sus antecedentes, como en una saga. Una de las muchas ilustraciones de este hecho se evidencia en el cuento Tan triste como ella (1963). No se nos dice dónde suceden los hechos, ni conocemos los nombres de esta pareja, de estos protagonistas cuyo matrimonio se haya carcomido por las infidelidades y el tedio. Con esa contundencia que posee el maestro uruguayo para capturar estados del alma, nos cuenta: “Durante aquellas mañanas él no trataba, en realidad, de mirarla; se limitaba a mostrarle los ojos, como un mendigo casi desinteresado, sin fe, que exhibiera una llaga, un muñón”.10 Muy de a poco —tal como acostumbra en todos sus relatos—, Onetti nos va entregando más información; así llegamos a averiguar que este marido se había casado con ella sabiendo que esperaba un hijo de otro, un tal Mendel. Asistimos a la destrucción del jardín, único solaz de la mujer, por orden del esposo, quien avasalla de cemento lo que habría podido ser una fronda vegetal. Y escuchamos el llanto del niño como una señal recurrente que anticipa aquel fatídico desenlace, el mismo que da las claves para comprender ese inicio del cuento, entre vaporoso y onírico. Pero la identidad de los personajes nos viene dada por los vínculos narrativos que mencionábamos atrás. En un momento dado, como de paso, nos dice el narrador:
Aunque ella había nacido allí, en la casa vieja alejada del agua de las playas que había bautizado, con cualquier pretexto, el viejo Petrus. Había nacido, se había criado allí. Y cuando el mundo vino a buscarla, no lo comprendió del todo, protegida y engañada por los arbustos caprichosos y mal criados, por el misterio —a luz y sombra— de los viejos árboles torcidos e intactos, por el pasto inocente, alto, grosero. 11
Al toparnos con esta información, nos damos cuenta de que ella es la hija de Jeremías Petrus, el dueño de aquella derruida fábrica de barcos en torno al cual gravita la historia de otra novela: El astillero (1961). Nos ubicamos claramente en Santa María, así que la mujer es Angélica Inés, la misma que desde niña ha vivido interna en la amurallada casa de su padre. Y esto nos permite captar más profundamente sus desgracias.
No cabe ninguna duda sobre la autenticidad literaria de Onetti; de hecho, es uno de los narradores más originales de la lengua española. No obstante, su extraordinaria admiración por Faulkner lo llevó a hacer afirmaciones radicales, como ésta que leemos en un diálogo sostenido con el crítico Jorge Ruffinelli: “Todos coinciden en que mi obra no es más que un largo, empecinado, a veces inexplicable plagio de Faulkner. Tal vez el amor se parezca a esto. Por otra parte, he comprobado que esta clasificación es cómoda y alivia”.12 Entramos, en realidad, al terreno de las influencias, al modo como un autor se relaciona con aquellos que le han antecedido en su arte. Todo escritor se instala en la tradición; es decir, dialoga, voluntaria o inconscientemente, con quienes siente una profunda empatía espiritual. Rodríguez Monegal señalaba dos presencias más, igualmente determinantes, en la narrativa del maestro uruguayo: Borges y Louis Ferdinand Céline.13 El primero le aportó ese vértigo imaginativo que se expresa construyendo una ficción dentro de otra —y en el tránsito permanente que los personajes hacen a través de ellas—, al estilo de ese inolvidable relato borgeseano llamado Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (1941). Con el segundo tenía Onetti afinidades de fondo en lo que respecta a la visión del mundo, el cual percibían, en su oscuro pesimismo, como algo irredimible y catastrófico; también, y muy especialmente, en su relación con el lenguaje. Vargas Llosa lo llama estilo crapuloso y nos regala una precisa y oportuna definición:
El de Onetti es un estilo que podríamos llamar crapuloso, pues parece la carta de presentación de un escritor que, frente a sus personajes y a sus lectores, se comporta como un crápula. Ni más ni menos. Las características más saltantes de este estilo son casi todas negativas. Lo frecuente es que el narrador narre insultando a los personajes —llamándolos cretinos, bestias, animales, abortos, estúpidos, monos, hotentotes, etcétera— y provoque al lector, utilizando con frecuencia metáforas e imágenes sucias, relacionadas con las formas más vulgares de lo humano, como la menstruación y el excremento.14
La eficacia expresiva con la cual logra el maestro uruguayo involucrarnos en su cosmovisión melancólica y sombría pasa por ese lenguaje en el cual, sin embargo, jamás se incurre en la procacidad. Sabemos, por otra parte, que muy tempranamente y de modo asiduo Onetti frecuentó las páginas de Céline, en especial las de aquella novela titulada Viaje al fin de la noche
