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Mi nombre es Luci y tengo dieciocho años, o por lo menos eso es lo que creía hasta hace pocos días. Mi vida en Monasterio era tranquila y común. Tenía unas amigas maravillosas, una madre algo despistada, e iba a la universidad como cualquier chica de mi edad, aunque finalmente resultó que yo no era cualquier chica. Ha pasado solo un mes desde que Alexander Voulgaris llegó a nuestro pueblo y ya se ha abierto a mí un mundo que hasta ahora permanecía oculto. Un amor eterno, una maldición y un druida oscuro que me quiere muerta. Ese es el resumen de mi nueva vida, un montón de sucesos que, según pensaba, solo existían en los libros y las películas. Pues bien, resulta que me equivocaba.
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Seitenzahl: 625
Veröffentlichungsjahr: 2022
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Lourdes Fernández Llorente
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Alberto Castilla Quejada, Rubén García y Lourdes Fernández Llorente―Lou Antrig―
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1114-564-0
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Agradecimientos:
Os parecerá mentira, pero esta es la parte que más me ha costado escribir, aunque quién me conoce sabe que no soy para nada indecisa —impregne de ironía las dos frases—.
Esta es la historia de todas esas personas que, en mayor o menor medida, me han ayudado en esta grandísima odisea —ríete tú de la imaginación de Homero—.
Cuando yo empecé a escribir Diathan, allá por el año dos mil dieciséis, hubo varias personas que me ayudaron —y aguantaron— durante muchos meses:
Idaira Medina, que sentada a mi lado me ayudaba en la búsqueda de adjetivos y sinónimos aguantando mis “tssst, escribiendo”, cuando me intentaba decir algo y yo me hallaba súper inmersa en Monasterio. Gracias, Ida, por todas esas veces, que no fueron pocas.
Diathan, nació como todos los libros, por capítulos. Mi primera lectora y gran apoyo, fue mi twini, Sonia Ruiz. Ella me animaba a continuar capítulo a capítulo creando historias para Luci, Alex y toda la troupe. Gracias, mi twin, por ayudarme e inspirarme siempre.
Pasó mucho tiempo hasta que volví a pensar en aquel libro en el que plasmé todas mis ideas y en el que tanto tiempo e ilusión invertí. Concretamente, unos cuatro o cinco años. Un día, comprando unos libros de una famosa saga, en el que el último tomo lleva nombre del famoso pájaro silbador ficticio —a ver si adivináis cual es; guiño, guiño—, conocí a Paz Rezzani. Ella sola podría inspirar una saga de diecisiete libros. Aquella chica rubia que no dejaba de hablar, resultó ser mi vecina y acabó por ser mi amiga. Fue ella, la lectora empedernida, que no ha dejado en este país un libro por leerse, la que tras devorar Diathan, me recomendó publicarlo. También ha sido mi apoyo más grande con este proyecto. Gracias, Pashu, amiga. Gracias por tantísimo.
Al mismo tiempo, —cosas del destino—, conocí a Judith Jurado gracias a un amigo que os mencionaré en un rato. Ella me ayudó con la corrección, así como también con algunos textos de Instagram. Me atrevería a decir que tengo más historias Boomerang en Instagram con ella, que con nadie más. También es un filtro para mis ideas cuando todas sobrevuelan en mi mente a la misma velocidad. Gracias, Judh, por ayúdame a frenarlas y a encauzarlas.
Muchísimas gracias a Alberto Castilla por acabar de montar en la portada lo que mi cabeza pedía, y por soportar mis dudas interminables.
Luego están todas aquellas personas que han aguantado mi verborrea incesante:
Maria Campos, que me ha ayudado con la corrección de las comas, y Munsa Pellicer, a las cuales conozco desde que éramos pequeñas y que con un par de gintónics siempre están dispuestas a escucharme —con un par de gins todo siempre es mejor—, gracias xurris.
Maleni Oliveras, que con nuestros turnos de habla, los cuales siempre respetamos y nunca jamás interrumpimos, siempre nos hemos entendido —inserta cara partiéndose de risa por la ironía, aquí—. Gracias mi Alosnera.
A Laia Aragón, me sobran las palabras. Tú me has estado inspirando desde que tenía tres años e íbamos agarradas de la mano vestidas de mariquita por la guardería. Gracias, Txurrodexocolataambllet, por provocarme tantos ataques de risa, por seguir haciéndolo y por ser parte indispensable de mi vida.
Gema Parera, nena, más de lo mismo. Entraste en mi vida cuando más te necesitaba, aún sin saberlo. Tú prácticamente me acogiste en tu casa cuando mil y una noches me quedé a dormir en tu sofá-cama riendo hasta las tantas de la madrugada. Gracias por tantos momentos y por estar siempre aquí para mí, incluso en mis peores crisis de amor te has pasando las noches en vela junto a mí. Gracias, nena.
Intentar explicar cómo es Iván Puchecha, al que todos conocemos como Puche, es tiempo perdido. Tú siempre me ayudas dando apoyo a todo lo que te muestro, y provocándome unos ataques de risa que llegan a ser legendarios. Dicho esto: a tú casa ya.
Y bueno, hay una personita de metro ochenta y pelo negro que me aguanta cada día, durante los trescientos sesenta y cinco días de año, desde hace ya más de cinco. Gracias, mi amor. Y por cierto, como decía cierta autora en sus agradecimientos a su marido: OFICIALMENTE HA LLEGADO EL MOMENTO DE LEER EL LIBRO.
A mi madre, Mumi: Gracias por ser mi amiga además de mi madre, y por apoyarme y hacerme reír tanto. Te quiero, por y para siempre.
A mi padre, Pupá: no, no salen ni vaqueros ni tabernas del Wild West, ni cantan por sevillanas. Gracias, Pupá, por cederme este humor tan tuyo, tan mío.
En general a todas esas personas que forman parte de mi vida y que me han hecho ser quién soy.
Y por supuesto, gracias a ti, por darle una oportunidad a Diathan, el despertar de la piedra lunar.
Prólogo
«A veces, el camino correcto te lleva hasta un callejón vetado, pero eso no significa que no sea el destino marcado. Es solo que, a veces, para avanzar es necesario deshacer lo andado».
El despertador suena por cuarta vez exigiéndome que me levante, pero me duele tanto la cabeza que, en cuanto ponga un pie en el suelo, toda mi habitación empezará a dar vueltas.
Ayer por la noche mi sensatez estaba apagada, solo quería apurar los últimos instantes con una de mis mejores amigas en el salón de mi casa. Era la última noche que Liara pasaba en Monasterio, nuestro pequeño pueblo al norte del condado de Minesay. Esta mañana a las siete cogía un avión rumbo a Australia para vivir su gran aventura de dos años. Es cierto que en estos dieciocho años no nos hemos separado y, por supuesto, la echaré mucho de menos, pero ella siempre ha sido un espíritu independiente y, por muy unidas que estemos tiene que seguir su camino.
Por ello, ayer no me importó quedarme despierta hasta las cinco de la mañana, hablando y riendo tiradas sobre una manta en el suelo de mi comedor, como solemos hacer desde que tenemos siete u ocho años. La única diferencia entre ahora y entonces es que hemos cambiado el batido de cacao por un par de copas de vino blanco.
Cuando éramos pequeñas solíamos escondernos en casa de su abuela para que sus padres no supieran que íbamos juntas, teníamos una historia parecida a la de Romeo y Julieta, solo que, en lugar de amantes, éramos como hermanas. Sus padres pensaban que una niña con unos padres como los míos no era precisamente una buena influencia. Claro que un padre ausente y una madre homosexual en un pueblo tan pequeño está visto como algo de lo más extraño que puede existir. Quizás si, en lugar de vivir en Monasterio, viviéramos en Minesay, estas cosas serían completamente normales; en las ciudades no se suele tener una mentalidad tan cerrada.
Recordamos entre risas y derrames de vino las veces que la castigaron por saltarnos sus normas, que no fueron pocas. Hay que tener en cuenta que nosotras nos conocimos con dos o tres años. De hecho, tenemos una foto vestidas de mariquita cogidas de la mano, de cuando apenas sabíamos andar. Ya en el colegio éramos un equipo inseparable, cuando alguien le decía algo malo a ella yo salía en su defensa, y al revés. Recordamos una vez que un chico de clase llamado Ethan se metió con mi pelo, y Liara lo agarró por el cuello de la bata y comenzó a dar vueltas sobre sí misma con él agarrado hasta que lo soltó contra una pared. Ese chico siempre se estaba metiendo conmigo, me tiraba del pelo, me ponía la zancadilla, etc. Tendríamos unos siete u ocho años cuando Liara se cansó de ver cómo me martirizaba. Ese chico, Ethan, fue luego uno de mis mejores amigos. Años después, confesó que yo le gustaba y que esa era la única forma que sabía para llamar mi atención.
Recordamos otra ocasión, años después, en la que estábamos en la feria, y vimos a un chico que por aquel entonces me gustaba mucho, tendríamos unos catorce años. Íbamos las dos paseando entre puestecitos mirando collares, pulseras, anillos…, cuando lo vi a lo lejos. Liara me animó a que le sonriera, pero yo, que soy la torpeza en forma humana, al girarme para sonreírle me di un cabezazo con el poste de un puestecito de los muchos que había en la calle. Liara se continúa riendo a mi costa por culpa de ese momento y, en venganza, yo me río de los otros muchos que también ha tenido ella a mi lado.
Pero si tuviera que elegir, me quedaría con el último recuerdo que comentamos antes de dormirnos: la carta que ella le escribió a su madre explicándole por qué no nos podíamos dejar de ver.
Liara siempre dice que no recuerda lo que puso en ella, que sencillamente dejó que su mano expulsara todo lo que sentía aquella última vez que su madre la había castigado por quedar conmigo. Dice que su carta fue una hoja escrita por ambas caras, y que en ella se veían las manchas que habían dejado sus lágrimas. Es todo lo que recuerda. Su madre, después de leer esa sincera carta, abrió sus brazos a mí. El cambio fue radical. No sé qué es lo que Liara escribiría, pero sin duda enterneció el endurecido corazón de su madre.
Finalmente, y tan solo dos horas después de despedirnos entre abrazos, lágrimas y promesas, ella cogió el vuelo que la llevará a miles de kilómetros de sus padres, y por desgracia también de mí.
«Hoy va a ser un día duro», susurra mi subconsciente cuando entiende que estoy despierta.
Aún medio dormida escucho cómo alguien llama a la puerta de mi habitación dando dos toques firmes, y con gran esfuerzo saco la cabeza de debajo de la manta y gruño con una voz que podría pasar perfectamente por la de un zombi:
—¡¿Sííí?!
—Creo que ya es hora de levantarse, Luci —dice una voz cantarina al otro lado de la puerta.
Gwen, cómo no, mi otra mejor amiga y con la que comparto casa. Rubia, ojos azules como el mar y con unas curvas que son la envidia de medio pueblo. En resumidas cuentas, es preciosa como ninguna, pero con un carácter tan explosivo que en comparación un perro de presa cabreado parece un osito de peluche.
—¡Hoy no tenemos que ir a la uni! —rezongo levantando un poco la voz para que se escuche a través de la puerta—. ¡Es domingo, así que déjame dormir! —Dicho esto, vuelvo a meter la cabeza bajo la manta como una niña de tres años que no quiere ir al colegio.
—Luci, ya sé que ayer estuviste con Liara hasta tarde y que hoy no tenemos clase, pero hemos quedado con las chicas para ir a comer a la una. —Hasta aquí su tono es paciente y pausado, pero al esperar un minuto y no recibir respuesta alguna por mi parte, su paciencia se agota notablemente y amenaza levantando la voz—. ¡Despierta o tiro la puerta abajo! —Hace una pausa que me hace pensar que ha abandonado la idea de martirizarme, pero añade con voz intimidante dando golpecitos a la puerta—: ¡Y sabes que lo haré!
«Desde luego que sé que lo harás».
Esta chica es capaz de abrir la puerta de una patada, sacarme de la cama y vestirme ella misma, y además todo ello sin siquiera despeinarse. Así que no me queda otra que despegarme de las sábanas, de las mantas y de mi blandita y mullida almohada para levantarme.
—¡Ya voy, pesada! —grito saliendo con esfuerzo de la cama—. Pero si luego me quedo dormida encima de mi plato no te quejes. —Sigo hablando mientras camino hacia el armario y desenredo con los dedos la larga maraña de rizos que tengo en la cabeza para intentar devolverla a su estado normal.
Quince minutos después de pelearme con Gwen ya me he vestido y puesto los zapatos. Me maquillo junto al espejo intentando no mirar demasiado mi reflejo, ya que aunque mi pelo está más desenredado, todavía no llega a estar en su sitio. Y mis ojos…, bueno, parezco un mapache asustado debido a las terribles ojeras que tengo, pero podría ser peor.
Al salir de mi habitación me encuentro con Gwen de pie en el pasillo delante de mi puerta. Tiene una sonrisa pintada en la cara que sé que ha estado practicando, y sostiene en alto dos cafés para llevar que seguramente acaba de hacer.
—Te ha acampado un precioso nido de gaviotas en la cabeza.
—He hecho lo que he podido, no me has dejado ni pisar el baño —siseo secuestrando mi café y pasando por su lado hasta el comedor.
—Lo sé —dice retorciendo su sonrisa—. Pero la culpa de que tengas genes de koala no es mía. —Ahora también levanta una ceja.
—Con esa cara pareces una bruja, Gwen. —Puede que sea algo infantil, pero estoy hasta por sacarle la lengua—. ¡Mira que hacerme levantar tan temprano!
—¿Temprano? ¡Vamos, anda! Son las doce y media y hemos quedado a la una. Las chicas ya están de camino y nosotras vamos a llegar tarde otra vez por tu culpa. —Da un portazo leve para cerrar la puerta de la entrada. Mi contestación es tan solo un gruñido ya que el brillante sol adormece mis neuronas—. ¿Cómo fue la despedida ayer? —pregunta Gwen una vez estamos de camino en su coche.
—Bien, aunque no sé si voy a poder acostumbrarme a que no me despierte más a las tantas de la noche con mensajes incoherentes de WhatsApp.
—Pues mira que eso te ponía de los nervios. —Desvía un momento la vista para mirarme y me sonríe—. A mí también me tenía negra. Un día me despertó a las tres de la madrugada para decirme que se había encontrado una moneda de oro en su habitación, y resultó que solo era un botón —comenta riéndose.
—Ya, creo que ahora la voy a echar de menos hasta en eso.
—Mañana empezamos el trimestre, Luci, y con todas las asignaturas que tenemos no tendrás tiempo de echarla de menos. —Sonríe con dulzura—. Por cierto, ¿cuántas clases tenemos juntas?
—No lo sé, mañana imagino que nos darán el horario y podremos dejar que Leia haga las comparaciones.
—Cierto —responde escuetamente.
Lo cierto es que no tengo ganas de hablar y Gwen lo sabe. Estoy bastante triste por la partida de Liara y por eso no solo no se ha cabreado esta mañana, sino que además ha fingido una sonrisa que en otro momento habría sido un guantazo y lleva apoyándome desde entonces. No sé cuánto tiempo voy a tardar en hacerme a la idea de que no volveré a ver a Liara en dos años, pero de momento se me está haciendo eterno.
Quince minutos después llegamos al otro lado del pueblo. Gwen por suerte no ha intentado hacerme hablar más, me conoce y sabe que cuando no hablo es porque realmente carezco de ganas. No hay persona en este mundo que hable más y más rápido que yo, a excepción de Sera, claro, que hay días en los que parece una metralleta.
Al fin llegamos al Mystics, un pequeño restaurante que se encuentra a las afueras de Monasterio, desde el que hay vistas a todo el pueblo gracias a que está en lo alto de una pequeña colina. Hace ya tiempo que se ha convertido en el punto de encuentro de nuestro extraño grupo, y cuando hace buen tiempo sustituimos nuestro salón por estas maravillosas vistas.
—Solo habéis llegado diez minutos tarde. Yo ya estaba pensando en que no te veía hasta acabar el invierno, como a los osos —me dice Juliette en cuanto entramos en la terraza. Mi preciosa colombiana no sabe cuándo desafilar su larga lengua viperina.
—Con el buen día que hace hoy y queríais encerraros en casa —continúa Leia, poniéndose las gafas de sol.
Y lleva razón, el tiempo hoy parece que nos ha dado una tregua. En este punto de la colina y con este sol, el paisaje es increíble. Se pueden ver los esqueletos de los árboles sin hojas, las montañas cubiertas de nieve, el lago completamente helado y la fina capa de algodón que cubre los viejos tejados de madera de las casas.
Dos enormes estufas de leña calientan la zona, ayudadas por dos paredes de madera que nos refugian del frío. Frente a nosotros y por encima de nuestras cabezas no hay nada, tan solo la basta amplitud del cielo y las montañas.
—Luuuuuuuciiiiiiiii —me dice Juliette pasando una mano por delante de mi cara—. Estamos aquí en Monasterio, no en la luna.
—Ya sé dónde estamos, Julie —afirmo mirándola de reojo.
—Pues Leia te ha preguntado lo mismo como cuatro veces pero tú seguías contando nubes. —Le encanta pinchar a la gente por el simple hecho de molestar, y esa es una de las cosas que más me gustan de ella, excepto cuando la pinchada soy yo, lógicamente.
—¿Decías, Leia? —Me asombra y me asusta en igual medida la capacidad que tengo de fingir interés.
—Decía, o mejor dicho, preguntaba, que cómo fue anoche —repite mientras bebe de su café ardiendo; si no se quema la lengua, no lo considera un buen café.
—Muy bien, la verdad. Estuvimos hasta las cinco de la mañana hablando —les digo recordando lo mucho que me reí anoche con Liara.
—¿Y has sido capaz de levantarte para venir? —Sera abre tanto los ojos que debería sentirme insultada, pero la conozco. Es incapaz de ocultar lo que siente y piensa, sus gestos siempre la acaban traicionando incluso aunque intente ocultarlos, y nunca jamás diría algo para ofender a nadie.
—Sí, bueno, sabes que no me perdería por nada una quedada de las nuestras. —Finjo una enorme sonrisa y parpadeo varias veces.
—Ya, claro. ¿Qué amenaza has usado para que se levantara, Gwen? —Juliette suelta una risita y se apoya en un codo para mirarme.
—La he amenazado con tirar la puerta abajo y arrastrarla hasta aquí. —relata impasible levantando una ceja hacia mí. Mis malévolas amigas estallan en risas contenidas.
—¡Vale, está bien! —contesto fingiendo enfado; en lugar de calmarlas solo consigo que se rían más, así que callo esperando a que se les pase el ataque, mientras escucho cómo siguen la broma durante toda la tarde.
Horas después vuelvo a casa sola en lugar de irme con Gwen. Le he pedido que me deje en Monasterio ya que hace dos semanas que tengo que ir a buscar un libro de Jane Austin que encargué y que nunca me acuerdo de recogerlo.
La noche ha caído sobre las frías calles y me veo obligada a enrollarme la enorme bufanda en el cuello para taparme hasta la nariz. Entre eso y lo calado que llevo el gorro, ahora mismo solo se me ven los ojos.
Cada día tengo que ir tapada hasta las cejas, ya que siempre y sin excepción, ni siquiera cuando hace sol, hace un frío que pocos son capaces de soportar. Además, siempre hay una capa de nieve sobre el suelo, aunque eso no siempre es malo. Tener la suerte de ver los brillantes paisajes de montañas enterradas en nieve, las casas que casi siempre lucen con el tejado teñido de blanco y el lago que cuando se hiela parece un cristal, provoca una sensación de paz en mi interior que solo siento cuando estoy aquí.
De hecho, a menudo cuando necesito estar sola voy a contemplar el lago. Me siento en la vieja pérgola de hierro forjado que hay junto al embarcadero y, pese al frío y al viento, puedo estar allí sentada durante horas solo contemplando el paisaje decorado por la superficie enorme de agua congelada y los miles de abetos que lo rodean.
Cuando salgo de la vieja librería después de recoger mi libro, todo está cerrado. Entre la poca población y que se hace de noche enseguida, las tiendas suelen cerrar temprano.
Es por ello que ahora únicamente brilla el cartel del pubLa Nuit, ya que es lo único que hay abierto a estas horas.
Después de decirle adiós al señor Robert con la mano, veo como cierra la puerta de su librería y apaga la luz. Él y su mujer, ya mayores, viven en el pequeño piso de que hay sobre la vieja librería.
Cruzo la calle y paso por el callejón que queda detrás del pub para encaminarme a casa, y al doblar la esquina veo que delante de la puerta trasera hay dos chicos de unos veinticinco años bebiendo de una botella sin dejar de tambalearse. Parece mentira pero, aun contando solo con unos cientos de habitantes tenemos la tasa de borrachos disparada. Claro que la mayoría no son del pueblo, sino que son desconocidos que vienen aquí a beber dado que el este pub es el único que hay en cientos de quilómetros ala redonda.
Así pues, y para evitar una vuelta aún más larga, me veo obligada a pasar por delante de ellos para ir a casa.
Cuando paso por la acera contraria les miro de reojo y alcanzo a ver que miran en mi dirección cuchicheando entre ellos.
Uno es moreno y una barba poblada le tapa casi toda la cara, y al otro, que es pelirrojo, le podría aterrizar un Boeing 747 en la espalda. La calle se me está haciendo eterna y su forma de actuar no me está gustando nada, así que aprieto el paso rogando llegar rápido a casa.
Cuando doblo la siguiente esquina veo cómo el moreno me sigue a unos cinco metros por detrás, miro a mi alrededor para buscar a alguien a quien acercarme para refugiarme, pero no hay nadie. He perdido de vista al de la espalda ancha, y ahora mismo el único que hay en toda la calle es él.
Con el bolso pegado a la cintura rezo para que solo sea mi desmesurada imaginación la que está imaginando posibilidades irreales, y que realmente no esté yendo detrás de mí pero, al ver que después de cuatro calles girando a derecha e izquierda el muy pesado sigue trazando mis pasos y que además cada vez está más cerca, mi estómago se contrae y mi cabeza busca una solución a toda prisa.
«¿Me pongo a correr, grito o saco mi paraguas y le doy un golpe en la cabeza?».
No me da para pensar más. En ese momento el chico pelirrojo al cual había perdido de vista, sale de una esquina y me impide el paso haciendo que me golpee contra su pecho mientras el moreno, también con aspecto de jugador de rugby, se me acerca cada vez más por detrás. Sin poder evitarlo me quedo encajada en medio de dos chicos que me miran como si fuera un caramelo en la puerta de un colegio.
«Joder».
—¡Eh, guapa! ¿A dónde vas tan sola por estas calles? —me inquiere el moreno desde atrás. Busco una salida levantando la cabeza, pero el pelirrojo se mueve de sitio y me tapa. Es tan alto que me saca dos cabezas.
—¿Quieres que te acompañemos para que no te pase nada? —La forma que tiene de mirarme me provoca náuseas. Mi mente busca ideas a toda prisa pero no encuentra ninguna válida.
Ambos se acercan cada vez más a mí, uno por delante y otro por detrás. Los tengo a menos de veinte centímetros y mi mente se ha quedado en blanco.
Finalmente, recordando mis opciones, me decido por la última que he pensado y saco disimuladamente mi paraguas plegable del bolso; si la cosa se pone fea, aprieto el botón apuntando a la entrepierna del que tengo delante y salgo corriendo.
—No, gracias. Puedo ir sola. —Intento controlar el temblor que amenaza mi cuerpo y mi voz, pero aun así parezco un Furby.
—Pero ¿estás segura, morena? Mira que por aquí hay muy mala gente. —El moreno se me acerca aún más y me pega a él cogiéndome por la cintura—. Y más siendo una chica tan guapa como tú. —Mi mano sale volando hasta su cara con toda la fuerza que soy capaz de reunir pero, pese al sonido que deja mi mano en su mejilla, él ni siquiera pestañea.
—¡Suéltame! —grito mientras intento apartar sus asquerosas manos de mi cuerpo, que de repente intentan quitarme la pesada chaqueta.
—Venga, guapa, cuanto menos te resistas, menos durará. Además, ya verás que hasta terminará por gustarte. —La voz grave del pelirrojo me termina de asustar.
Enfoco con mi paraguas a su entrepierna y le doy al botón de abrir, este sale disparado y el grito ahogado del pelirrojo me da esperanzas.
Punto para Luci.
—¡Zorra! —grita este antes de cogerme por las muñecas y arrastrarme por el pelo hasta la pared.
Punto para él.
Forcejeo con ellos hasta que me ponen cara la pared, y noto la fría piedra pegada a la mejilla. Tengo que soportar sus asquerosas manos tocándome por todos sitios. Rincones de mi cuerpo que no debería tocar nadie excepto si a mí me da la gana.
«Dios mío».
Mis ojos se anegan de lágrimas y mi garganta chilla de impotencia. Empiezo a patalear, pegar, morder y gritar, hasta que de repente se me empieza a nublar la vista. Noto cómo me tapan la boca con una de sus obscenas manos, y aprietan mis muñecas con tanta fuerza que por mucho que lo intento soy incapaz de moverme. Cada vez siento más miedo y no puedo ni siquiera chillar.
«Se acabó».
Todo el mundo evita esta calle ya que está alejada de las casas y siempre pasa algo con la fauna que se mueve por aquí. Cuando Gwen ha insistido en esperarme la he hecho volver a casa porque quería pasear.
Maldito el momento.
Cuando ya estoy al borde del desmayo, escucho algo que me aclara de golpe la vista, aunque solo sea para ver la vieja pared de roca gris.
—Soltadla. —Se escucha lejos pero no levanta la voz. El chico que les ordena que me suelten rezuma confianza y rabia. Intento moverme para verle pero me siguen cogiendo con fuerza.
—¡No te metas y vete por donde has venido! —grita el moreno tirándome su apestoso aliento a la cara—. Date la vuelta o la paliza que te vas llevar será monumental. Así que, a menos que quieras unirte, pírate y te evitarás problemas. —Sigue con toda tranquilidad.
—He dicho que la soltéis. —De nuevo no se altera ni dice nada que resulte amenazante, pero aun así siento como las manos que sostienen mi cuerpo empiezan a temblar.
«¿Por qué diablos tiemblan?».
Tiene razón, es decir, yo no puedo ver al chico ya que sigo con la cara pegada a la pared y la mejilla congelada, pero ellos son dos, y detrás de mí, aparte de los borrachos, parece que solo se escucha una voz.
Noto un tirón al que sigue un golpe seco en el hombro que me saca inmediatamente de mis pensamientos y caigo de espaldas al suelo golpeándome los codos para intentar no aterrizar con la cabeza, pero aun así me la golpeo contra el pavimento.
Veo puntitos rojos, el dolor de los codos me provoca hasta mareo y, cuando levanto la vista con cuidado para ver qué está sucediendo, veo al muchacho moreno salir volando a toda velocidad hasta estrellarse contra una pared; espero unos segundos a que se levante, pero se queda boca abajo en el suelo sin moverse.
Poco después veo una sombra al lado del pelirrojo, pero la oscuridad no ayuda a ver qué es. Algo o alguien lo golpea rápido en la cara y, después de recibir otro golpe en el estómago, este también sale volando hacia el mismo sitio y cae cómicamente inconsciente encima del otro.
Estoy petrificada. Sigo tirada de espaldas al suelo completamente alucinada, intentando ordenarle a mi cuerpo que haga algo: levantarse, correr, pelear, volver a golpear con el paraguas…, pero es inútil.
Mis codos están raspados y, por el dolor que siento, sé que estoy sangrando. Pero aun así, me quedo mirando hacia arriba sin poder moverme.
Cuando mi vista se aclara y los puntitos rojos desaparecen, veo la sombra de un chico que se acerca poco a poco a mí. Como está a oscuras no logro verlo bien pero, al acercarse más, su figura al fin se va definiendo.
Pelo corto y despeinado a propósito, ojos rasgados tan verdes como la esmeralda y con unas pestañas tan espesas que hacen que sus ojos parezcan de otro mundo. Aunque es de constitución delgada, percibo sus músculos a través de la tela blanca de su camiseta; y todo lo demás, sus botas, sus tejanos y su cazadora de cuero, son como su pelo, negros como obsidiana.
Este es, sin duda, el chico más guapo que jamás he visto.
Al llegar junto a mí, se queda de pie y me mira tan intensamente a los ojos durante tanto tiempo, que mi corazón dobla su velocidad natural. Se agacha delante de mí con los brazos apoyados en las piernas y se inclina un poco hacia delante sin dejar de mirarme.
—¿Estás bien? —pregunta abriendo levemente los ojos con gesto de preocupación.
Sus ojos verdes me arrebatan la poca capacidad de habla que me quedaba. Intento formar una frase pero mi boca se abre y se cierra sin emitir ningún sonido.
«Dios mío, con cada pestañeo me hipnotiza más», grita mi aturdido cerebro.
—No te haré daño —dice levantando las manos con las palmas hacia mí—. ¿Estás bien? No te han hecho daño, ¿verdad? —pregunta de nuevo. Su tono me recuerda a cuando Sera encontró a un gato en la calle y lo intentaba coger sin que le tatuara las uñas en la cara.
—N… no, estoy bien —consigo balbucear.
Me sorprende que me haya escuchado, ya que mi voz apenas consigue salir de mi garganta, pero de pronto una sonrisa ilumina su cara, sus ojos se afinan todavía más y yo noto una punzada tremenda en el corazón.
«Despierta, Luci. Una persona que no conoces no puede tener tanta influencia en ti. Por muy superguapa que sea esa persona».
Él sonríe como si me hubiera leído la mente, y como siga sonriéndome de esa forma tardaré meses en poder volver a hablar.
—Bien, en ese caso, vamos, te ayudo a levantarte. —Alarga el brazo y me coge de una mano para ayudarme a levantar, todo ello aún mirándome con esos ojos y una sonrisa perfecta adornándole la cara.
Una vez de pie, después de frotarme los codos con cuidado para quitarme los restos que tenía del suelo (no quiero pensar en qué era), noto el calor que procede de él. Lo tengo delante y cerca, demasiado cerca. Está tan pegado a mí que puedo percibir su olor, un olor extraño y agradable a lluvia y menta.
—Gracias —alcanzo a decir con voz temblorosa una vez recuperadas mis cuerdas vocales—. ¿Cómo lo has hecho? Eran dos y además parecían jugadores de rugby, pero prácticamente han volado los dos. —Me alegro de poder esconder finalmente el temblor de mi voz.
—Bueno, digamos que sé cómo quitarle a una chica los babosos de encima —asegura mientras se pasa la mano por la nuca. Al sonreír más, el verde de sus ojos se hace tan intenso que hasta cuesta mirarlo y, cuando me fijo bien, veo que el verde de su iris está manchado por pequeñas motitas doradas.
Ahora sí que parece de otro mundo.
Me hipnotiza de nuevo. Cuando logro salir a duras penas del estado al que me somete solo con mirarme, noto algo en él.
Sus ojos me resultan familiares. No sé si son las motas doradas, los ojos verde esmeralda o las inmensas pestañas, pero hay algo en ellos que sé que he visto antes. Solo que no sé dónde.
—Oye, ¿nos hemos visto alguna vez? Tengo la sensación de que te conozco —pregunto acercándome un poco más.
Al momento su mirada se ensombrece, su sonrisa se apaga, y sus ojos, a treinta centímetros de los míos, dejan en mí alma una huella de tristeza.
—No. —Por leve que sea, noto el temblor de su voz y la forma en que se le va apagando hasta convertirse en un susurro—. No lo creo —dice apartando la mirada e intentando poner espacio entre nosotros.
—Oye. —Cojo su cara entre mis manos y lo obligo a mirarme, sé que no se va a apartar. Lo miro a través de los diez centímetros que ahora nos separan, y mi mano se mueve dejando un rastro por el recorrido de su marcada mandíbula. Un acto reflejo completamente involuntario que no sé cuándo he adquirido. Sus ojos se cierran y ladea la cabeza acercando su cara a mi mano—. ¿Seguro? —pregunto sin apartar la mano, que ahora recorre el nacimiento de su pelo.
Cuando bajo la mano a su boca y mis dedos acarician su labio inferior, él abre bruscamente los ojos volviendo a hechizarme. Mi dedo se queda varado en la comisura de sus labios cuando toda mi persona se queda perdida en el interior de sus ojos.
Tras unos interminables segundos, se acerca un paso más y levanta la mano para acariciarme el cuello. Cuando sus dedos me rozan, encienden todas mis terminaciones nerviosas haciendo que mi piel se erice de placer al instante.
Cierro los ojos y me muevo por inercia, mi cuerpo se pega al suyo y él inhala bruscamente por la nariz. Estamos tan pegados que noto su acelerado corazón dando el mismo compás que el mío. Cuando abro los ojos su mirada me desbloquea, él respira de forma entrecortada. Intento decir algo pero de nuevo las palabras mueren en mi garganta. Es entonces cuando sus ojos abandonan los míos para fijarse en mis labios, y cuando el chico de ojos verdes extingue la distancia que había entre nuestras bocas, y me besa.
No entiendo lo que me pasa en ese momento pues nunca me he besado con un chico al que apenas conozco y mucho menos he reaccionado así a sus besos ni a sus caricias, que por cierto han vuelto a trazar el camino desde mi cuello a mi clavícula.
Mis labios se abren sobre los suyos, dejando paso a uno de los mejores besos que me han dado jamás, y cuando sus dientes se cierran suavemente sobre mi labio inferior, mi reacción me pilla por sorpresa incluso a mí:
Sin dejar de besarlo, paso los brazos por detrás de su cuello mientras él se adentra con una mano en mi pelo enmarañado. Me agarra suave pero firmemente por la nuca, y yo me arqueo cuando con el otro brazo me rodea la cintura.
Durante un instante se me olvida respirar, hasta que un jadeo se escapa de mis labios cuando mis pulmones recuperan el oxígeno perdido.
Mis labios pierden el calor de los suyos, abro los ojos y lo veo distanciarse con prudencia. Me mira fijamente con los dientes apretados y las manos convertidas en puños a sus costados.
—Pero que… —Cuando vuelvo a mirar sus profundos ojos verdes moteados con dorado, todo viene a mi memoria.
Sí que lo conozco.
«¿Cómo no te he reconocido? ¿Cómo es posible que te haya olvidado?».
Esta no es la primera vez que me pierdo con sus suaves labios y en sus profundos ojos verdes, y estoy segura de que tampoco va a ser la última.
El comienzo
—Gwen, ya estoy aquí —digo cruzando la puerta de nuestra pequeña pero acogedora casa. Nos mudamos aquí hace aproximadamente seis meses porque yo no podía vivir durante más tiempo con mi madre y Gwen no podía estar más tiempo con su padre—. ¿Gwen, estás aquí? —pregunto asomando la cabeza por la puerta de la entrada y parándome un momento frente al mueble de la entrada; dejo las llaves en él y me adentro en el salón—. ¡Ahí estás! —Está sentada frente a la tele haciéndose la sorda, porque desde luego me escuchaba desde ahí—. Como no contestabas pensaba que estabas con Robin.
—¿Dónde estabas? —pregunta extrañada—. Estaba a punto de mandar un S. O. S. —Cada vez que pasa algo importante mandamos un mensaje predefinido de S. O. S. a las chicas y nos reunimos todas en casa de la que lo envíe. Llueva, nieve o caigan rayos de punta. Hemos tenido que definir lo que se considera urgente varias veces, ya que Juliette mandaba S. O. S. para todo. La última vez que lo envió casi la matamos ya que nos hizo salir de casa corriendo a las siete de la mañana para ir a la suya y, cuando llegamos allí, estaba estresadísima y casi llorando porque se había quemado el flequillo con el secador de pelo.
—He estado leyendo en la cafetería después de salir de la librería y se me ha ido un poco la cabeza —contesto de forma automática mientras me deshago de la chaqueta y la dejo en la percha—. He venido directa en cuanto he visto que era tan tarde. —Llevo todo el camino desde la cafetería con la sensación de que me olvido de algo.
Algo importante, aunque ya he comprobado mi bolso varias veces y lo tengo todo.
—¿Dónde te has metido, Luci? —pregunta con los ojos entrecerrados mirándome la mejilla—. Tienes toda la cara manchada y una rascada en el codo.
—¿Cómo? —Me giro para verme en el espejo que hay decorando la entrada del comedor y veo que tengo toda la mejilla manchada. Unas líneas cruzan mi cara como si me hubiera tocado ahí—. Pues no lo sé. —La sensación de que hay algo que se me olvida se incrementa, pero mi boca se limita a repetir la misma frase de antes—. Me he distraído leyendo en la cafetería, quizás al salir me he rozado con algo.
—Vale, en tu línea. No sé ni por qué me preocupo —susurra con gesto agotado.
Sí que es cierto que una de las características que me definen es lo despistada y olvidadiza que soy. De hecho, casi podría rivalizar con Sera. Sin ir más lejos, he llegado a quedar con tres personas el mismo día a la misma hora y en diferentes sitios, no acordarme de que he quedado con ninguna y dejarlas plantadas a todas. Esa soy yo y, aunque parezca mentira, mis amigas me quieren igual.
—Sobre todo acuérdate de que mañana has quedado con tu madre, que luego me echas a mí la culpa por no recordártelo. Te dejado una nota en la nevera y otra en la puerta de la entrada. —Levanta un dedo señalándome el bolsillo cuando se acuerda de algo—. Ah, y te he puesto una alarma en el móvil a las cuatro de la tarde para que te dé tiempo a arreglarte. Así que si te vuelves a olvidar te quedas sin excusas. —Remarca las últimas palabras mientras me mira con los ojos entrecerrados—. Que no pierdes la cabeza porque la tienes pegada al cuello.
«Ya tardaba».
—Voy a patentarte esa frase. Sabes que a la vez un millón que la dices pierde su efecto, ¿no? —digo sonriendo.
Cada día me la respite. De hecho, es su frase para definirme. Cuando me presentó a su novio Robin, en lugar de decir algo como «ella es mi amiga Luci con la que comparto casa», dijo: «esta es mi amiga Luci, la que no pierde la cabeza porque la lleva pegada al cuello». Pese a ello, sé que me adora igual que yo a ella y a su naturaleza impulsiva.
—Vamos a cenar ya, anda, que mañana tenemos examen sorpresa y nos tenemos que levantar a las seis para ir a la uni. He preparado pizza y te he dejado un trozo en la nevera —dice haciéndose la importante por haber cocinado.
—Cuando conoces la existencia de un examen sorpresa deja de ser sorpresa —le digo cogiendo un trozo de su pizza—. Además, es solo un examen para comprobar nuestro nivel antes de empezar el trimestre, nada más.
—Sigue siendo sorpresa pues se supone que no lo sabemos ya que me lo ha dicho Leia, pero nadie más de la clase lo sabe. —Gwen me quita el pedazo de pizza de las manos y lo vuelve a dejar en su plato—. Y deja mi pizza en paz, que tienes tu trozo en la nevera. Y por cierto, ya me darás las gracias por hacerte la cena —comenta al final sonriendo.
—¡Sí, porque sacarla del envoltorio y ponerla en el horno es toda una hazaña! —Únicamente lo digo para pincharla, ya que el hecho de que no sepa cocinar es una de las pocas cosas con las que puedo meterme con ella. Para todo lo demás es prácticamente perfecta.
—Pues si no te apetece ya me la como yo —contesta sonriendo con maldad.
—¡Es broma, Gweni!, ya lo sabes. —Pongo cara de angelito mientras le doy un superabrazo. Ella entrecierra los ojos fingiendo que quiere apartarme, mientras aleja con el brazo contrario su plato de mis manos.
—Sí, sí. Ahora soy Gweni y me quieres mucho, ¿no? —pregunta con fingida indignación. Me río por lo bajo y gracias a eso me llevo un codazo en la barriga—. Aparta que veo tus intenciones con mi pizza.
Al final ceno yo sola ya que Gwen ha engullido su pizza viendo Gossip Girl por millonésima vez. Cuando termino mi porción, los ojos se me cierran muy a mi pesar: hoy nos tocaba ver el capítulo donde Chuck Bass por fin le dice a Blair que la quiere. Gwen lo ha podido acabar de ver, pero yo he acabado por irme a la ducha cuando ella ha amenazado con pintarme un bigote si me dormía en el sofá. Vivir con ella es como compartir casa con una madre extremadamente malvada e irascible.
—¡Buenas noches, Gwen! —grito antes de cerrar la puerta de mi habitación, que queda justo delante de la de ella.
—¡Que duermas bien, Luci! —contesta desde la suya.
«Olvidarlo todo. A mí. Leyendo cafetería. Distraído. Venido directamente».
Suena el despertador y, aún medio dormida, miro las agujas del reloj. Solo son las cinco y media de la mañana.
Esas palabras sueltas y sin sentido se repiten una y otra vez en mi mente dejando un eco insoportable. Junto con ellas, el color verde y dorado aparece resaltándolas. Como si todo formara parte de un sueño inacabado. Intento recordar cuál era, pero conforme me despierto más, el eco de esas palabras y el intenso verde y el brillante dorado van desapareciendo hasta que se reducen a la nada. Me levanto sin hacer ruido, encaminándome con una sonrisa malvada a la habitación de Gwen. Me detengo detrás de la puerta cerrada de mi habitación y pongo la oreja; no escucho ruidos, a lo mejor por primera vez puedo despertarla yo y además dando palmadas encima de su cabeza para devolverle el favor, ella eso me lo ha hecho varias veces. Un día incluso me tiró un vaso de agua encima, tuve que sacar el colchón al comedor para que se secara con el calor de la chimenea. Así que sonrío con maldad mientras abro con cuidado la puerta de mi habitación, imaginándome la cara de Gwen cuando se despierte sobresaltada.
—¡Ah! —Casi me pillo los dedos al cerrar de golpe la puerta con el susto—. Gwen, ¡por poco me matas!
Para no variar, se encuentra ya vestida en el pasillo justo delante de mi puerta, parece que tenga una cámara espiando para ver cuándo me levanto, o una alarma que pita en cuanto pongo un pie en el suelo, siempre está despierta y perfectamente arreglada para cuando yo salgo.
Como ayer, lleva ya los dos cafés en las manos y, además, la muy perra se sonríe sabiendo que he fracasado en otro intento de despertarla.
—No vas a poder nunca, Luci. ¿No sabes que tú eres una dormilona que en cualquier momento se va a vivir con los osos solo para poder hibernar seis meses, y yo como muy tarde a las cinco ya estoy de pie? —afirma con una sonrisa que hace que se le fundan las comisuras de la boca con las orejas.
—No pierdo nada intentándolo. —La miro con expresión indiferente y me encojo de hombros para restarle importancia, si sabe que me muero de rabia se reirá todavía más de mí.
—Vístete, anda, hemos quedado para desayunar en la cafetería con las chicas en una hora. —Me entrega el café y lo dejo enfriar encima de la cajonera de mi habitación. Al menos así cada día tengo el café hecho.
Me visto y arreglo rápido con unos jeans apretados, una sudadera de la uni de color rosa pálido, una coleta alta y un poco de máscara de pestañas en los ojos.
Después de tomarme el café, esta vez tranquilamente ya que hasta las seis no cogemos el coche, nos dirigimos al garaje donde guardamos su Chevrolet Spark plateado. Ella conduce, claro, yo no tengo ni carné ni coche, al menos todavía. Con lo despistada que soy, me da miedo coger el volante. Me siento en el asiento del copiloto, pongo música como cada mañana y nos ponemos a cantar a viva voz, en esta ocasión toca la canción de Rolling in the Deep, pero la versión de Glee en la que cantan Rachel y Jesse St. James.
Llegamos a las seis y media al parking de la uni. La universidad PortalNash está a media hora en coche y queda cerca de la plantación Nashville. Es pequeña ya que la abrieron solo para los habitantes de los pueblos cercanos, y la construcción es del siglo XVI, antes era un monasterio hasta que la rehabilitaron como universidad hace unos veinte años. El estilo gótico con el que está construida hace que sea preciosa y muy misteriosa, sobre todo de noche.
Habiendo aparcado, entramos en la cafetería en busca de las chicas y el desayuno. Gwen mira hacia nuestra mesa, cabreada.
—Míralas, ya están todas allí. Somos las ultimas en llegar, como siempre —me dice mientras me mira por encima del hombro y se apresura para llegar a la mesa.
—¡Buenos días, chicas! —digo con entusiasmo a Leia, Sera y Juliette.
—¡Buenos días, chicas! —contestan las tres a la vez, aún no sé cómo pueden hacer estas cosas de sincronizarse todas.
—¿Habéis visto al moreno nuevo? Va a ir a nuestro curso y creo que se va a convertir en mi próxima meta. —Juliette sonríe de oreja a oreja y levanta una ceja. No me ha dado tiempo ni a sentarme.
Ella es la más atrevida de todas. Si le gusta un chico va a por él hasta que lo consigue, y casi siempre lo hace ya que, es tan sincera y tiene tanto carácter, que los engancha al momento.
—¿Moreno nuevo? Yo no lo he visto. —Me extraña mucho que con el curso empezado admitan a alguien.
Como no podía ser de otra forma, empezamos el trimestre hablando sobre chicos. No es que me queje, ojo, yo también tengo hormonas aunque nunca les haga caso.
—Pues está que se rompe —dice Sera poniendo énfasis en «se rompe».
—Sí, y además dicen que es muy simpático y que en su antigua universidad era el mejor de su promoción. —Leia, cómo no. Siempre es la única que se preocupa más por el historial académico que por el físico o la personalidad de nuestras conquistas.
—Pues ya que parece que estáis todas de acuerdo, tendremos que verlo. —Luego, aun poniéndole delante el tío más bueno del mundo, Gwen no le hace caso porque esta enamoradísima de Robin.
Yo, por mi parte, tampoco tengo demasiadas ganas de verlo. Hablar de chicos aún, conocerlos ya es otro tema.
—Paso, la verdad, no tengo ganas de más líos con tíos buenos que en lugar de cerebro tienen un agujero negro, me harté con Rowen —alego mirando mi croissant de chocolate. Sera me lo ha traído como cada mañana. La adoro.
—Rowen era un capullo, Luci, no todos son iguales. Entendemos que no tengas ganas de conocer a ninguno después de él, pero no te cierres así que no es bueno. —Leia me coge de la mano y me da palmaditas de ánimo.
—¡Exacto! Además, tienes que hacer una excepción. —dice mi amiga de ojos verdes mirándome con seguridad— Primero porque está muy bueno y segundo porque te está mirando fijamente desde hace ya cinco minutos. Parece que esté memorizando tu cara. —Sera me guiña un ojo y ladea disimuladamente la cabeza indicándome su posición.
—¿Qué? —pronuncio mientras barro disimuladamente la zona que me indica Sera.
—A las tres en punto, y disimula un poco mejor que solo te falta usar unos prismáticos —susurra entre dientes.
Dirijo la vista hacia la derecha, donde me ha indicado Sera, y lo veo sentado con gesto despreocupado unas cuantas mesas más allá.
El nuevo tiene el pelo negro, es alto y de espalda ancha, y parece que en su vestidor no haya más colores que el negro y el blanco. La verdad es que llevan razón con lo de que es guapo. De hecho, creo que se quedan cortas.
Sus rasgados ojos verdes están mirándome directamente y parece que esté viéndome el alma con ellos.
«Olvidarlo todo. A mí. Leyendo cafetería. Distraído. Venido directamente».
Esas palabras envueltas en los mismos colores vuelven a cruzar por mi cabeza. Mis ojos son incapaces de apartarse de esa figura, que evoca de nuevo esa extraña sensación de que se me olvida algo. Me saca de ese estado cuando hace una mueca despectiva alzando una mano y me saca el dedo corazón. No sabía que aún se llevaba hacer ese gesto, desde la escuela no lo había vuelto a ver. De inmediato reacciono apartando la mirada y redirigiéndola de nuevo a mi croissant.
«Joder».
—Mier-da —murmuro haciendo pausas—. Me ha pillado mirándolo.
—¿Te ha echado una mirada de «te voy a comer enterita»? —pregunta Gwen ilusionada y levantando ambas cejas, sabe que no he tenido demasiada suerte con los chicos. Quitando a Ethan, claro, que era mi mejor amigo hasta que se fue del pueblo hace unos años y que además no era demasiado agraciado. Él ha sido mi única experiencia masculina positiva, todos los demás me han hecho daño.
—No. Más bien me ha echado una mirada de «qué demonios estás mirando» y me ha mandado a recoger piedras sacándome el dedo corazón —comento volviendo a mirar la mesa.
—¡Oh! —dicen todas a la vez. Aunque realmente quieren decir: «hemos metido la pata, lo sentimos, Luci».
—Sí, oh. ¡Acabo de quedar fatal gracias a vosotras! —Las miro entrecerrando los ojos y las señalo con el dedo meñique para que no lo vea el chico nuevo.
—¡Oye!, que la que ha mirado eres tú, ¿eh?, nosotras no te hemos obligado. —Juliette me golpea en el hombro con el suyo. Tiene razón.
No sé por qué lo he mirado y menos aún por qué me he quedado embobada. Unas palabras y algo más resonaban en mi cabeza, pero ya no recuerdo cuáles eran. Quizá sea porque también tienen razón en lo demás. Es guapo, muy guapo. De hecho, Jimmy, el guaperas de la universidad, acaba de bajar al puesto número dos de la lista de tíos buenos.
Qué demonios, creo que hasta Ashton Kutcher acaba de bajar un escalón.
Después de entretenerme hablando con las chicas en la cafetería, llego con retraso a clase; como siempre.
Cuando cruzo la puerta el señor Robinson me mira de reojo con condescendencia y con el rotulador apoyado en la pizarra. Claramente lo he interrumpido.
—Señorita Telucci, voy a acabar comprándole un reloj para que sepa qué hora es y cuándo le toca ir a clase, empezamos el trimestre con cinco minutos de retraso. —señala volviéndose con la tiza aún en la mano y sin bajar el brazo.
Busco rápidamente un sitio donde sentarme y mi mirada recorre toda la clase, pero solo queda un sitio libre al fondo. Como no podía ser de otra forma, ya que dicen que las desgracias nunca vienen solas, él está sentado justo al lado.
«La mala suerte convive conmigo».
Me siento rápido en el sitio que ya va a ser mío para todo el trimestre y saco los libros y el estuche silenciosamente.
Tras esforzarme como nunca, consigo no mirarlo en ningún momento y centro toda mi atención en el profesor. Minutos después, mientras sigo concentrándome en no mirar al guaperas maleducado, noto presión en la sien y percibo que vuelve a mirarme fijamente.
—¿Cómo te llamas? —En efecto. Su susurro llega a mi oído en tono bajo para que el profesor no se entere.
Lo miro extrañada y me pierdo en sus ojos por un momento, sabía que estaba cerca ya que está sentado en mi pupitre y solo nos separa una delgada barra de metal que hay debajo de la mesa, pero no me esperaba encontrarme con sus ojos tan cerca de los míos. Y como no podía ser de otra forma, contesto embobada haciendo uso de mi gran capacidad cerebral.
—¿Eh?
Veo cómo se ríe ante mi espectacular muestra de ingenio y una vez más vuelve a preguntar.
—¿Cómo te llamas? —Esta vez se ha ocupado de remarcar cada palabra como si hablara con una niña de cinco años. Mi embobamiento se va de vacaciones y es sustituido por unas ganas tremendas de pegarle a alguien. Tiene suerte de que esté haciendo uso de todo mi autocontrol.
—¿Qué más te da? —No hago intentos para camuflar mi enfado. No sé a qué estará acostumbrado, pero esta mañana, cuando lo he visto mirándome, le he devuelto la mirada y me ha sacado el dedo de malas formas. Y ahora me habla como si no entendiera nuestro idioma.
—Me interesa saberlo, te vas a sentar conmigo todo el trimestre —dice sin alterar la voz ni su estado de ánimo. Él es experto en alterar el mío. Este chico no puede tener estos cambios de humor tan bruscos y esperar que le responda con una sonrisa.
—Puedes pedir que te cambien de sitio si no estás cómodo.
«Di que sí, por favor. ¡Di que sí!».
—¿Y exactamente por qué no iba a estar cómodo en este sitio? —Frunce el ceño como si de verdad no entendiera por qué lo digo. O es tonto, o mucho más listo de lo que parece.
Mi corazón me dice que va a ser la segunda opción.
—No lo sé —digo con un tono de voz totalmente irónico—, ¿por el gesto que me has dedicado esta mañana en la cafetería quizás? —Parpadeo un par de veces levantando las cejas—. Si les dedicas ese precioso gesto a todas las personas que quieres conocer, no me imagino lo que les harás a las que ya conoces. Además, no sé por qué te interesa saber mi nombre, la verdad.
—Solo quiero saber tu nombre porque nos vamos a sentar juntos, no porque me interese especialmente. No te confundas. —O finge indiferencia o realmente la siente, este chico me va a volver loca.
Está bien, cierto es que yo no le he hablado bien porque él me ha enfadado, pero no me esperaba esa contestación y hace que mi nivel de tolerancia llegue a mínimos.
—Luci. Me llamo Luci —contesto mirándolo directamente a los ojos. Rápidamente fijo mi mirada en el señor Robinson y continúo—. Y ahora, si no te importa, quisiera enterarme de la clase. Gracias. —Y con esas palabras y mi tono de voz doy por concluida nuestra conversación.
Cuando acaba la clase recojo mis cosas y me levanto dispuesta a irme sin despedirme, pero cuando estoy de pie a punto de salir del pupitre por el hueco que hay detrás de él, me impide el paso. Se echa hacia atrás arrastrando la silla, y se levanta acercándose a mí. Al otro lado del pupitre está la pared, así que aprovecha que me tiene inmovilizada y sin salida.
—Yo me llamo Alexander, pero llámame Alex. —Tiene una forma de sonreír que atrae mi atención de inmediato y hace que mi enfado quede camuflado por un sentimiento extraño—. Siento lo de antes, no pretendía ser tan maleducado. —Sus ojos pasan de verde aceituna a un verde aún más claro. El estómago me da un estrepitoso vuelco y me empiezan a temblar las manos. Me pone muy nerviosa y desconozco el motivo. Eso me altera todavía más.
—No pasa nada. Encantada, Alex. —Hablo rápido para evitar que lo note. Consigo cortar el contacto visual pero no sin esfuerzo. Logro apartarlo a un lado con el hombro para pasar y huyo temblando del aula.
No entiendo qué me acaba de pasar, nunca me quedo sin palabras y siempre tengo una respuesta para todo. Es más, mi cerebro calcula respuestas a tal velocidad, que muchas veces mi boca no es capaz de procesarlas todas y acabo diciendo frases que son totalmente incomprensibles para el oído humano. Esta es la primera vez que me quedo en blanco.
Mientras ando por el pasillo, veo a Sera esperándome al fondo junto a las taquillas. Me tranquilizo un poco apoyándome en la pared unos metros más lejos de la puerta del aula e intento calmar mis nervios que amenazan con dejarme caer debido a la repentina inestabilidad de mis rodillas. Minutos después y una vez calmado el temblor, me decido a ir a por Sera.
La siguiente clase la tenemos juntas, por lo tanto, me paso la hora de filosofía explicándole lo ocurrido con Alex mientras veo que por su cara van pasando diferentes expresiones que van desde la risa hasta la ira, ¿he dicho ya que me encanta lo natural que es Sera?
—Bueno, por lo menos al final se ha disculpado, ¿no? —En mi explicación he pasado por alto las sensaciones que me hace sentir el chico de ojos verdes. Otra cualidad de Sera es que siempre ve la parte positiva de las cosas—. Es muy guapo y parece que es buen chico, podrías conocerlo un poco más a fondo, ya sabes —añade guiñándome un ojo.
—Sí que parece majo y la verdad es que no es feo, pero sigo pasando de él. Me he cansado de este tipo de tíos. —Muy bien, ahora solo tengo que repetírmelo unas cien veces más para que mi mente lo asimile. Unas paredes de metal amortiguan mis palabras. Estoy con la cabeza metida en mi taquilla cogiendo el libro que queda más al fondo. No sé a quién se le ocurrió la idea de hacer las taquillas tan profundas, pero dificulta un poco las cosas.
—Bueno, a Juliette le alegrará saberlo —asegura levantando las cejas. Como no contesto y debo de tener un interrogante en la frente, Sera continúa—. Ya que esta mañana te miraba a ti, ella estaba esperando a ver cuál era tu reacción para dejártelo, o bien para ligárselo —dice sonriendo. Imaginarme a Alex besando a Juliette o a cualquier otra me pone de los nervios. Me castigo mentalmente por sentir eso.
«Este chico me es indiferente», repito para mí.
Las clases de la mañana pasan volando. Nos encontramos sentadas en nuestra mesa de la cafetería para comer. Alex está sentado a unas cuantas mesas a la derecha con otro chico, justo donde estaba esta mañana. Creo que el chico se llama Paul y va a segundo. Lo miro de pasada y me saluda con un movimiento leve de cabeza, le devuelvo el saludo intentando no pensar en lo sucedido en clase y evitando a toda costa el contacto visual.
—Bueno, nosotras tenemos el examen en la próxima hora. —Gwen interrumpe mis pensamientos.
—Sí, tengo unas ganas espectaculares de hacerlo —contesto con ironía mirándome las uñas. Mi mente sigue pensando en él pero, mientras siga contando pieles, no lo miraré.
No entiendo sus cambios de humor. Primero me corta con ese gesto, luego se muestra indiferente, después se medio burla de mí para luego parecer amable, y ahora, cuando miro disimuladamente a mi derecha, lo veo mirándome fijamente otra vez. No. Definitivamente no le entiendo.
«Y tampoco entiendo por qué me hace sentir como una cría obsesionada».
—De verdad, Luci, ¿qué le pasa a ese chico? —pregunta Leia sacándome de mis cavilaciones y consiguiendo que vuelva a la mesa.
—Les he explicado lo que ha pasado con Alex —me aclara Sera con una sonrisa radiante en la cara, y sabiendo perfectamente que en ese momento no estaba atenta a la conversación.
—¡Tsst! ¡Que está ahí, bajad la voz! —chillo todo lo fuerte que se puede hablando entre susurros.
—Vale, vale, no te estreses. Tampoco hace falta que hablemos como si fuera un secreto de Estado. —Juliette pone los ojos en blanco.
«Sí, solo me faltaba que supiera que estamos hablando de él para darse aún más importancia», susurra mi mente consciente.
Por el rabillo del ojo veo a Alex conteniendo la risa como si nos hubiera escuchado. Aunque eso es francamente imposible. Hemos bajado tanto la voz que ahora hablamos entre susurros. Si casi no las escucho yo que estoy aquí, aún menos él que está a varias mesas de distancia.
«¿No?», pienso.
—A ver, chicas, no hay nada que contar —reafirmo entre susurros inclinándome encima de la mesa—. Ya os he dicho que no quiero saber nada de chicos, y menos aún si son como él. —Bueno, ya van dos veces, ahora solo faltan noventa y ocho más para que me lo acabe creyendo.
—Eso no te lo crees ni tú, Luci. Te hemos visto mirándolo y te conocemos demasiado bien.
—Tiene razón Gwen, Luci. No te hemos visto esa mirada con nadie —corrobora Leia.
«Nunca me he encontrado con nadie que tenga el mismo nivel de belleza e idiotez. Será por eso, chicas». Me obligo a no decirles lo que pienso, ya que prefiero comer alfileres a admitir que me parece realmente guapo.
—¡Bah! Pensad lo que queráis, yo me voy a buscar el postre —les espeto mientras me levanto de la mesa.
No puedo admitirlo o se pasarán el resto de la semana insistiendo para que hable con él. Una de sus magníficas cualidades es que son incansables y eso es lo último que necesito.
