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Existen mamás y papás con los que muchos sueñan coger. «Y sostuve su erección en mi mano, la acaricié con movimientos lentos y rápidos, alternativamente. Froté la punta de su pene, me humedecí los dedos y lo masturbé, mientras se tornaba cada vez más resbaloso ante mis ojos. Rocé mi vagina contra él y mantuve su erección muy cerca de mi entrada, sin dejar que me tocara por completo, sin dejar que me penetrara. Aún». Leon, Aaron y Raphael, todos tienen algunos aspectos en común: son mayores, experimentados y están prohibidos. pero, principalmente, son papás. Papás con los que me gustaría estar, DILFs por su acrónimo en inglés. Yo soy Cecilia y soy mucho más joven que estos hombres, ellos son parte de mi juego erótico. Es una necesidad, una exploración de mi propio deseo. Me encuentro con ellos una y otra vez y la sensación siempre es emocionante y cautivadora; a veces los domino y a veces ellos me dominan a mí. DILF es un relato acerca de la lujuria y el deseo por lo prohibido.
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Seitenzahl: 21
Veröffentlichungsjahr: 2020
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B. J. Hermansson
DILF
LUST
DILF
Original title:DILF Copyright © 2019, 2020 B.J. Hermansson and LUST, an imprint of SAGA, Copenhagen All rights reserved ISBN: 9788726273465
E-book edition, 2019 Format: EPUB 2.0
All rights reserved. No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
DILF
Me llamo Cecilia y siempre siento estos impulsos, suerte de caprichos, que estimulan y acaparan mi atención hasta que no tengo más remedio que consagrarme a ellos. La naturaleza de mis impulsos varía; puede ser cualquier cosa, realmente, un determinado tema como el dibujo o la danza moderna. Puedo pasar días o semanas haciendo lo mismo, aprendo y exploro todo lo que hay por descubrir, hasta que conozco bien la materia. Casi la domino por completo y cuando alcanzo ese nivel, me detengo. Cierro el ciclo y necesito seguir con mi vida. Luego pasan los días, las semanas y los meses, hasta que siento una nueva necesidad; porque eso es lo que realmente siento, una necesidad incontenible. Entonces necesito dedicarme a algo, necesito invertir tiempo y energía en una actividad.
Pero estos períodos son pasajeros, siempre lo son.
Todos, excepto uno.
Todo comenzó cuando tenía dieciséis años. Lo recuerdo como si fuera ayer, como una epifanía. Lo visualizo vívidamente; los colores, los detalles, la sensación, como si fuera una fotografía. Una fotografía que muestra y cuenta mi historia.
Su nombre era Joel, tenía treinta y seis años y era el padre de Miranda, mi amiga. Nos conocíamos desde el primer curso, por lo que Joel había estado en mi vida desde hacía mucho tiempo, pero algo cambió ese día, surgió un impulso que no ha desaparecido después de tantos años.
Vino a casa directo del trabajo, con su traje, soltó su maletín, nos saludó en la cocina y colgó su chaqueta sobre una de las sillas. Fue muy amable, como de costumbre. Contó algunos chistes típicos de padre, que nos torturaron más de lo que nos divirtieron, mientras deseábamos que se detuviera.
De repente, empecé a imaginar que me besaba, que me tomaba en sus brazos, me empujaba contra la encimera de la cocina, me separaba las piernas y me penetraba. Su torso se presionaba contra mi cuerpo todo el tiempo y su pene palpitaba, latía y empujaba dentro de mí.
