El buen carácter - Rosa Rabbani - E-Book

El buen carácter E-Book

Rosa Rabbani

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Beschreibung

Disponer de cualidades como la perseverancia, la integridad, la seguridad, el sentido del humor, la superación o la confianza nos ayuda a vivir mejor. Pero la pregunta que surge es: ¿cómo conseguirlo? ¿Por dónde comenzar a forjarnos un buen carácter? ¿Cómo conocer nuestras virtudes y nuestros defectos? Los grandes filósofos de la Antigüedad coincidían en la fórmula para potenciar el carácter: conocerse a sí mismo y conocerse para ser uno mismo, para entender lo que somos y lo que podemos dar. O, de lo contrario, estaremos conviviendo con un verdadero desconocido en nuestro propio interior. Rosa Rabbani nos invita a descubrir con amenidad nuestras virtudes y a pensarnos no solo como seres autónomos capaces de actuar por nosotros mismos, sino como personas frágiles que entienden el valor de las relaciones y los lazos personales como piezas clave de la formación del carácter. "Las consecuencias de este punto de vista —nos dice Victoria Camps en el prólogo—, por lo demás tan obvio, es que nadie llega a conocerse a sí mismo en solitario; nos conocemos a través de los otros, que nos dicen cómo somos". Ante la perspectiva actual de un mundo que lucha por superar la pandemia de la covid-19 y tantos otros desafíos, identificar el itinerario hacia el desarrollo de nuestras fortalezas y virtudes, convirtiéndonos en la mejor versión de nosotros mismos, será el único camino posible. Atajos no hay.

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Seitenzahl: 240

Veröffentlichungsjahr: 2021

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El buen carácter

Claves para sacarle partido a tu forma de ser

Rosa Rabbani

Primera edición en esta colección: enero de 2021

© Rosa Rabbani, 2021

© del prólogo, Victoria Camps, 2021

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2021

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-18285-66-0

Diseño y realización de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

Prólogo de Victoria Camps

1. La llave del cambio

2. El mundo en que vivimos

3. La psicología del carácter

4. Las cinco estrategias para nuestro florecimiento

5. El poder del lenguaje

6. Los momentos propicios para el aprendizaje

7. Cumplir con nuestras necesidades interiores

8. Establecer límites claros

9. El arte de acompañar

10. El gozo del altruismo

11. La alegría de servir

12. El placer de superarse

13. El deleite de crear

14. El don de la confianza

15. Los beneficios de la gratitud

16. La liberación del perdón

17. La serenidad de la fortaleza interior

18. Conclusiones

19. Bibliografía

20. Lista de virtudes del carácter

21. Ejercicio

Dando forma al carácter

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Sumario

Dedicatoria

El buen carácter

Colofón

A mis padres, que apelaron a mis mejores virtudes.

A mis hijos, que me obligan a practicarlas.

Prólogo

Lo mejor que podemos y debemos hacer en esta vida, lo que nos ayudará a sentirnos bien con nosotros mismos y a encontrarle un sentido a la existencia es desarrollar un buen carácter. Esta es la tesis que desarrolla con convicción e inteligencia el libro de Rosa Rabbani, psicóloga de profesión y bregada en la terapia familiar, conocedora por experiencia profesional de los pliegues y las complejidades que esconde la psique humana.

Una filósofa como yo, al encontrarse con la tesis enunciada y la alusión al buen carácter como mejor solución para una vida exitosa, no puede dejar de pensar en Aristóteles. También la autora lo reconoce como el padre más lejano de su proyecto. Efectivamente, fue el filósofo griego, el filósofo de las virtudes, el que concibió y explicó la ética como la capacidad de la persona de forjarse un buen carácter, a saber, una manera de ser dirigida hacia el bien, habilitada para escoger la mejor opción y salir airosa de las situaciones vitales más difíciles. No es de extrañar que, a partir de esta filiación aristotélica, Rabbani aborde con entusiasmo el proyecto Virtudes, un programa creado por la psicoterapeuta Linda Kavelin que estudia las estrategias para desarrollar nuestras cualidades que deberían consolidar el carácter.

Celebro, lo digo de antemano, este acercamiento de la psicología a la ética de las virtudes. Las virtudes, un concepto un tanto anacrónico en nuestros tiempos, pero no inválido, remiten a los rasgos del carácter que toda persona va formando a lo largo de su vida. Son por ello los ejes centrales del quehacer del psicólogo. Si las virtudes son antiguas, también lo es el método que Rabbani propone; se basa en la máxima socrática: «conócete a ti mismo». Arcaico, pero imperecedero. Conócete para ser tú mismo («Llega a ser el que eres», dijo Píndaro), porque es ese ejercicio de introspección para llegar a conocer lo que uno es y puede dar de sí el que procura el descubrimiento de las propias potencialidades.

La propuesta que se desgrana con amenidad y rigor en las páginas siguientes va en el sentido de una psicología positiva, pero eludiendo la trivialización a que puede conducir algo así como la receta que induce a la persona a fijarse solo en lo positivo e ignorar lo que no apetece admitir como propio. Es ingenuo creer que basta tener un deseo para que este se haga realidad. Es ingenuo y conduce al autoengaño. El esfuerzo de extraer lo positivo de cada persona es más serio porque no trata de ocultar los rasgos débiles de la propia personalidad; al contrario, invita a tener el valor de reconocerlos para extraer de ellos lo más positivo.

Pero tal vez lo más innovador de esta psicología positiva centrada en las virtudes es que trasciende el ámbito estrictamente individual, para poner de manifiesto el valor y la importancia que tiene el entorno de las relaciones personales en el desarrollo de un buen carácter. Diría que el texto de Rabbani parte de la concepción de la persona que hoy trata de adquirir relieve en un mundo que acaba de sorprendernos con una pandemia universal, insólita y trágica. Me refiero a la concepción del sujeto no tanto como un ser autónomo y capaz de actuar por sí mismo, sino como un ser vulnerable y frágil, relacional y dependiente de los demás. La consecuencia de este punto de vista, por lo demás tan obvio, es que nadie llega a conocerse a sí mismo en solitario; nos conocemos a través de los otros, que nos dicen cómo somos.

En esa tarea colectiva es importante la estrategia del reconocimiento. Reconocer al otro es un imperativo ético que va más allá de la justicia, pues ¿qué es reconocer al otro sino decirle cosas amables de sí mismo, descubrirle que su existencia merece la pena, hacerle ver que su compañía es agradable? No hace falta decir que no es esta, sin embargo, la dinámica de nuestro tiempo, en que la indiferencia, cuando no la hostilidad y la desavenencia, constituyen la tónica de las relaciones humanas.

En las relaciones personales este es un aspecto fundamental y no me extraña que una buena terapeuta subraye su importancia. Las rupturas en los lazos familiares y sociales se producen porque falta la generosidad del reconocimiento mutuo. Lo habitual no es fijarse en lo bueno de los demás, sino en lo negativo, en lo que produce disgusto o incomodidad. Pasa en las relaciones con los hijos, con los padres, con las parejas. Las nuevas tecnologías en esto ayudan poco: aíslan más que comunican cuando la relación se deteriora.

Rabbani sabe de qué habla cuando discurre sobre todas estas ideas porque la avala el trabajo que está llevando a cabo con miles de casos de personas que acuden a su consulta. El éxito alcanzado en muchos de ellos acredita que la estrategia que propone es la correcta. Formar un buen carácter no es una cuestión teórica, sino práctica, una especie de autoeducación si nos fijamos en el sentido etimológico de la palabra educar, educere, que significa «extraer de la persona lo mejor que lleva dentro».

Rosa Rabbani no se equivoca al poner el foco en el carácter, en la manera de ser de cada persona —lo que los griegos llamaron ethos—, como la clave para el cambio más importante, el cambio personal. Proponerse el cambio como tarea del análisis psicológico es poner en el horizonte el deber ser, lo que debería ser y no es. Lo que a su vez significa dos supuestos altamente importantes. Uno, el primero desde el punto de vista psicológico, que conseguir una vida buena para uno mismo y para los demás requiere una transformación continua, sostenida y no siempre sencilla. Desde la autocomplacencia no se avanza en un sentido positivo. Se avanza desde la humildad de aceptar las propias faltas y disponerse a corregirlas. El segundo supuesto es que el cambio personal influye no solo en la mejora de uno mismo, sino en la transformación del mundo. No son las actitudes irreductibles y arrogantes las que abordan adecuadamente los grandes desafíos que nos interpelan: desigualdades crecientes, depredación de la naturaleza y exclusión del diferente. Lo dice magistralmente una frase de Rosa Rabbani que escojo para concluir esta breve presentación: «Solo quedarán los de mejor carácter porque se adaptarán mejor a los nuevos desafíos».

VICTORIA CAMPS

Filósofa y escritora

1.La llave del cambio

«Para volar no necesitaste fe, necesitaste comprender lo que era volar. Esto es exactamente lo mismo. Ahora, inténtalo de nuevo».

Entonces, Juan, un día, de pie en la orilla, cerrados los ojos, concentrándose, supo, como en un relámpago, lo que Chiang había estado diciéndole. «¡Pero si es verdad! ¡Soy una gaviota perfecta y sin limitaciones!». Y sintió un gran estremecimiento de alegría.

RICHARD BACH, Juan Salvador Gaviota

¿Cuál es el camino hacia nuestro cambio y transformación? ¿Cómo lo podemos conseguir? ¿Qué itinerario escoger? ¿Por dónde comenzar? Son las interminables preguntas que se me plantean en mi práctica diaria como psicoterapeuta desde hace casi dos décadas. No he conocido todavía a nadie que acuda a mi consulta por afición; todos, sin excepción, llegan buscando cambiar sus relaciones, sus emociones, sus pensamientos, sus debilidades, sus percepciones, sus conductas, sus hábitos, sus actitudes, sus limitaciones, sus circunstancias, sus identidades o la imagen que tienen de sí mismos. Sirva a modo de ejemplo el caso de María, angustiada por considerarse una pésima interlocutora sin capacidad para mantener una conversación interesante con nadie; Pilar e Isaac, que querían aprender a establecer límites claros para sus tres hijos superando sus diferencias de talante educativo; Manuel, con sus ansias de mejorar sus habilidades profesionales y alcanzar nuevas cotas en sus posibilidades de promoción; Emma y Javier, que se habían dado una última oportunidad en la terapia de pareja para salvar su matrimonio; o Claudia, tratando de superar sus miedos con respecto de la vida y de la muerte.

Que la vida no es únicamente un valle de lágrimas, sino un camino de transformación y crecimiento no es ya ninguna afirmación innovadora. Bien entrado el siglo XXI, es por muchos sabido que una de las razones que dota de sentido a nuestra vida cotidiana es el afán de superarnos y acrecentar nuestro desarrollo interior. «Que cada amanecer sea mejor que su víspera —nos propone Bahá’u’lláh, el gran maestro espiritual que prefiguró, hace dos centurias, la actual era de transformaciones— y cada mañana más rica que su ayer».

Sin embargo, al tener cada vez mayor conciencia de este hecho, aumenta nuestra curiosidad y afán por descubrir el modo de satisfacer esta necesidad de progreso personal. El cambio y el desarrollo son intrínsecos a la naturaleza humana, y tanto la persona como el contexto en el que se desenvuelve se hallan sujetos a ese incesante proceso de evolución. No obstante, este proceso va acompañado de no pocos obstáculos que ponen a prueba nuestra capacidad de metamorfosis y nuestra disposición al cambio, mostrando variopintas resistencias como la adicción, la evasión, la inercia, la tristeza, la queja, la pereza, la procrastinación, el temor, la soberbia o la desidia.

Un experimento que ilustra los mecanismos de estas resistencias al cambio es el del investigador que colocó en un acuario una barrera de vidrio que lo dividía en dos espacios. En una parte puso un pez grande; y en la otra, un pez pequeño. En realidad, el pez pequeño era el alimento del que se nutría el pez grande, que, como es de imaginar, en reiteradas ocasiones trató de traspasar la barrera para poder alcanzar su presa. Sin embargo, tras pegarse, una y otra vez, de bruces contra el obstáculo invisible, aprendió que traspasar la barrera era tarea imposible y dejó de intentarlo. Fue entonces cuando el investigador extrajo el vidrio y dejó vía libre al pez grande para que finalmente se alimentara de su captura. Cuál no fue su sorpresa cuando observó que el pez grande tenía tan asumida la existencia de la barrera inquebrantable que nunca volvió a atacar en dirección al pez pequeño.

En realidad el vidrio había desaparecido del acuario, pero el pez había creado ahora una barrera de cristal en su instinto que le impedía actuar. Si hurgamos en nuestras mentes, hallaremos que nosotros también tenemos nuestras barreras de cristal; los obstáculos más difíciles de sortear se encuentran en nuestras creencias y pensamientos. Y a menudo tales resistencias ralentizan o impiden nuestro crecimiento y bienestar.

Este libro es una suerte de invitación a descubrir en nosotros mismos la llave de nuestro anhelado cambio. Quizás haya llegado el momento de desentrañar su lugar secreto: las fortalezas latentes de nuestro carácter; nuestros dones interiores.

Nuestra capacidad de crear nos diferencia de todos los demás seres vivos y hace de nosotros una especie singular. Desarrollando y haciendo uso de esta aptitud, hemos creado problemas sin precedentes. La transición en busca de nuevos modelos que caracteriza al momento histórico actual requiere de nosotros una visión moderna que nos ayude a reformular todas y cada una de las máximas arcaicas y obsoletas. Y, sin duda, las soluciones futuras pasan por una auditoría interna de las personas que sirva como fuerza motora para la renovación social.

En el año 1994, tras haber finalizado la carrera de Psicología, me dispuse a viajar a Israel para dedicar un período al servicio voluntario y así conocer otras gentes, otras culturas, otras tradiciones; ver mundo antes de decidir cuál sería el rumbo que quería dar a mi vida. Ese año fue crucial por cuanto supuso un punto de inflexión debido a los muchos y muy interesantes hallazgos y aprendizajes que, luego, han dirigido mi trayectoria vital. Sin embargo, hubo algo que, en aquel momento, no me pareció importante, pero que, con posterioridad, le daría una orientación peculiar y curiosa a mi vida.

Durante mi estancia allí encontré en una librería una publicación llamada The Family Virtues Guide, cuyas páginas me resultaron tremendamente interesantes. Lo compré y lo leí con ansia y atención. Como percibí que aquel contenido era para su aplicación en familia, decidí guardarlo, posponiendo así su puesta en práctica para cuando hubiera formado mi propio hogar. Allí quedó The Family Virtues Guide, entre los primeros títulos de mi entonces incipiente biblioteca.

El paso del tiempo me permitió volver a recuperar el libro algunos años más tarde, cuando conocí al que sería mi esposo, quien trabajaba en el mundo de la edición. Entre el plan de publicaciones de su editorial estaba aquel título, que se tradujo al español y se publicó como la primera edición de la Guía de virtudes para la familia. Aquella versión fue patrocinada por la UNESCO y prologada por el entonces director general de la misma, Federico Mayor Zaragoza.

Desde la editorial organizaron toda una serie de actos de presentación del libro en las principales ciudades del país, para los que invitaron a dos de sus tres autores. Linda Kavelin Popov y Dan Popov se desplazaron desde Estados Unidos para realizar una gira por España. Tuve ocasión de conocerlos, intercambiar con ellos algunas impresiones sobre el contenido del libro y saber de la existencia de algo llamado proyecto Virtudes, que se estaba expandiendo como la pólvora por muchos países del mundo, ofreciendo estrategias simples y concretas para la aplicación de esta metodología pedagógica para el desarrollo de las personas y para lo que en el mundo de los recursos humanos se denomina talento. Enseguida organizamos entre nuestros amigos y conocidos un grupo para que Linda y Dan nos impartieran un taller introductorio y nos enseñaran los entresijos de su implementación.

Recuerdo perfectamente los días en que empecé a hacer uso de las estrategias de este programa en mi práctica profesional de terapeuta con resultados espectaculares. Casos de lo más variopintos, en los que había empleado una gran diversidad de intervenciones y enfoques psicológicos con muy escaso o nulo éxito, ahora a través de esta nueva práctica quedaban resueltos en apenas alguna sesión. Los profesores de primaria y secundaria con los que me coordinaba para tratar casos de alumnos en apuros me llamaban para preguntarme si podían utilizar las pautas, que ya habían aplicado con éxito, en otros alumnos. Los adultos parecían descubrir esperanzados, como si se tratase de un nuevo continente, que muchos de sus anquilosados problemas tenían efectivamente solución. Los profesionales conseguían mejoras rápidas y palpables en sus relaciones con sus compañeros y superiores. Las parejas afrontaban su relación con habilidades, estrategias y comunicación renovadas. Personas con traumas profundos sustituían sus miradas doloridas hacia la vida con una nueva energía y optimismo. Increíble. Mi entusiasmo no tenía límites.

Pronto comprendí lo poderosa que podía llegar a ser esta herramienta y el inmenso potencial que tenía. Cuento por centenares las personas que, procedentes de muy diferentes entornos —el educativo, el social, el de la salud, el de la empresa y gestión de equipos, el penitenciario, el escolar, el familiar o el del crecimiento personal— aplican con éxito estos instrumentos.

Este libro es el resultado de toda esa savia y experiencia, aplicada y recogida a lo largo de casi dos decenios. Sus primeros nueve capítulos introducen de un modo didáctico, apoyándose en relatos y en mis casos reales como psicoterapeuta, las estrategias básicas de esta innovadora metodología para desarrollar nuestras cualidades caracteriales. Mostraré cómo esas estrategias vienen avaladas por los descubrimientos más punteros de una de las ramas más frescas y con mayor futuro de las ciencias humanas: la psicología del carácter. En los restantes capítulos ejemplifico esas estrategias por medio de ocho de tales cualidades: expongo cómo podemos desarrollar esas ocho virtudes o dones de nuestro carácter para acometer los cambios que deseamos ver en nosotros mismos. He escogido, para esa labor de ejemplificación, las ocho cualidades que a mí me parecen más centrales y estratégicas en el momento actual que nos ha tocado vivir; a saber: la capacidad del altruismo, el espíritu de servicio, el afán de superación, la facultad de crear nuevas soluciones a los problemas, la cualidad de confiar en uno mismo y en los demás, la virtud de la gratitud, la capacidad de perdonar y la fortaleza interior.

2.El mundo en que vivimos

Como psicóloga y terapeuta, en mi práctica profesional siento que trabajo a diario inmersa en un microcosmos que refleja razonablemente bien todos y cada uno de los problemas que nos afectan colectivamente hoy.

Según el acuerdo unánime de las más importantes fuentes estadísticas, una de cada tres personas padecerá algún tipo de enfermedad mental a lo largo de su vida, siendo la depresión la principal causa de discapacidad en nuestro país por encima de cualquier otra dolencia física. Son innumerables las somatizaciones y los dolores crónicos en toda su gama y diversidad que abarrotan nuestras consultas en busca de nuevas formas de afrontamiento de las dificultades propias de la vida.

Cada vez en más casos, el desarrollo de trastornos mentales tiene que ver con el consumo de sustancias tóxicas, que acaba desembocando en crisis psicóticas irreversibles, graves alteraciones de ansiedad o desequilibrios en el sistema nervioso a edades cada vez más tempranas. Y es alarmante la falta de consciencia que hay en torno a las consecuencias y los riesgos del consumo no solo entre los adolescentes, sino también entre los adultos. Caso aparte es el abuso de medicalización en todo tipo de dificultades emocionales y psicológicas, que pretende sustituir el proceso de crecimiento y aprendizaje humano ante problemas que requieren de voluntad, esfuerzo y fortaleza interior.

Otro de los rompecabezas que acechan a la sociedad es el palpable deterioro que está sufriendo la unidad familiar por cuanto los modelos de antaño que daban sentido a tal sistema, y establecían un orden en su seno, ya no responden a las necesidades actuales. Y el vertiginoso paso del tiempo no ha permitido aún crear nuevos modelos en su lugar. Se vuelve urgente aplicar un paradigma eficiente de familia que asuma la incorporación equitativa de las mujeres al mercado laboral; en el que los padres ejerzan de forma constructiva, firme y afectuosa su autoridad, estableciendo límites que generen un espacio de seguridad y confort para sus hijos; que erradique la desigualdad y la violencia de género; en el que las parejas se esfuercen por superar los obstáculos inherentes a la convivencia y no se rindan ante ellos. La pareja y la familia son, como bien sabe la paleontología, el entorno natural y la unidad fundamental de la evolución de nuestra especie.

Destacaría entre otros motivos de preocupación, por ejemplo, la falta de criterio de los padres cuando alientan, consienten e incluso acompañan a sus hijos e hijas de tempranísimas edades a la hora de establecer relaciones de pareja, sin que estos hayan podido aún desarrollar siquiera la capacidad para administrar situaciones propias de su adolescencia.

No menos preocupante resulta la ignorancia absoluta en la que a menudo basamos decisiones de vital importancia, como la elección de pareja. Dedicamos largas reflexiones a cuestiones absolutamente banales sin pararnos a pensar qué tipo de persona queremos que acompañe nuestra vida y nuestros proyectos de futuro. Esta es una de las razones que explica lo que se ha venido a llamar, durante los últimos años, la poligamia sucesiva occidental. El fracaso concatenado de las relaciones de pareja y la falta de entendimiento del propósito de la convivencia como campo de aprendizaje y crecimiento nos ha llevado a lo que Zygmunt Bauman denominó amor líquido. Este concepto, contextualizado dentro de su célebre modernidad líquida, explica la fragilidad de los vínculos humanos en las últimas décadas. Según Bauman, estos se caracterizan por la falta de solidez y calidez, y por una tendencia a ser cada vez más fugaces, superficiales, etéreos y de menor compromiso.

Uno de los problemas que más me apenan al encontrármelo una y otra vez en mi consulta es la triste soledad en la que viven muchas personas, aun estando, a menudo, rodeadas de gente. Pues una de las causas más frecuentes del malestar y la insatisfacción con la propia vida es el sentimiento de soledad. Es muy habitual que acudan a mí personas con afecciones de muchas índoles por verse y percibirse sin compañía al no encontrar en sus amistades intereses y metas comunes.

Recuerdo el caso de Marta, cuyos amigos procedían de su época de la infancia. Los sentimientos de afecto y cariño que los unían eran, ciertamente, grandes; paradójicamente, sin embargo, tras el paso de los años, ya situada en los cuarenta, veía con claridad que los aspectos e intereses que la podían haber unido a ellos brillaban por su ausencia, hasta el punto de que en sus encuentros y quedadas sentía, cada vez con mayor pesar, que ya no encajaba ahí. El terrible sentimiento de soledad que la asaltaba al verse envuelta en conversaciones y actividades con las que no percibía ninguna afinidad le provocaba gran dolor.

¿A qué conclusión se llega? Mi práctica de terapia en estos casos evidencia con nitidez uno de los fenómenos más característicos del momento actual: hemos aprendido a desarrollar mecanismos de autoengaño para no enfrentarnos a la triste realidad de que los que nos acompañan, en el fondo, no acompañan. Se trata de un bucle circular y siniestro: optamos, como respuesta, por seguir apáticamente la inercia de los acontecimientos y vemos, así, transcurrir los años de nuestras vidas en actividades insulsas y diálogos insustanciales. Tal vacuidad y ausencia de significado nos lleva, a su vez, a seguir realizando esas banalidades como forma de evadirnos de nuestra infelicidad. Y así recurrentemente.

¿Cómo romper esos círculos viciosos? ¿Desde dentro o desde fuera? ¿Por el anverso o por el reverso? ¿Desde el haz o desde el envés? Me recuerda al caso de un científico que se encontraba en plena fase de experimentación cuando entró su hija en su laboratorio y le dijo: «Papá, quiero ayudarte». «No, hija. Vete a jugar y no me entretengas, que papá está trabajando». «No, yo también quiero trabajar». El hombre quedó pensativo; se estaba planteando qué podía hacer y cómo podía entretener a su pequeña para poder continuar con su labor, y entonces vio una revista en un rincón con la imagen del mundo en su portada. Arrancó la hoja y, rompiéndola en mil pedazos, se la dio a su niña para que arreglara el mundo. Para sus adentros pensó: «Como no sabe cómo es el mundo, tardará una eternidad en hacer este rompecabezas».

Al cabo de un ratito, la niña vino y dijo: «Papá, ya está arreglado el mundo». El padre miró, y vio efectivamente el mundo arreglado. «Pero ¿cómo lo has hecho, si tú no sabes cómo es el mundo?». La niña dijo: «Sí; yo no sé cómo es el mundo, pero cuando has arrancado la hoja he visto que detrás había una imagen de un hombre, y ese sí sé cómo es, así que he arreglado al hombre ¡y se ha arreglado el mundo!».

Atravesamos un desequilibrio de gran magnitud: la declinación de nuestras virtudes. El mejoramiento de nuestras vidas únicamente puede lograrse a través de la optimación paulatina de las cualidades inherentes a nuestro carácter: son nuestros dones interiores. Resolver los problemas sin precedentes de la época depende hoy, más que en ninguna etapa anterior, de nuestros perseverantes esfuerzos por ir refinando los rasgos de nuestro carácter: tornándonos sinceros y confiables, moderados y creativos, auténticos y disciplinados, afectuosos y flexibles, generosos y agradecidos, firmes pero prudentes, respetuosos y leales, equitativos y seguros, serviciales y entusiastas, cordiales y modestos, valientes e idealistas pero serenos y tolerantes.

Mientras ello no se convierta en nuestra principal prioridad y no tratemos, por todos los medios, de alcanzar la identidad a la que nuestro mejor potencial nos apela, estaremos lejos de imbuirnos de las virtudes necesarias para poner las bases de un cambio de paradigma en nuestra civilización.

Había una vez, en un lugar que podría ser cualquier sitio, y en un tiempo que podría ser cualquier época, un jardín esplendoroso con árboles de todo tipo: manzanos, perales, naranjos, grandes rosales... Todo era alegría en el jardín y todos estaban muy satisfechos y felices. Excepto un árbol, que se sentía profundamente triste. Tenía un problema: no daba frutos.

—No sé quién soy... —se lamentaba.

—Te falta concentración... —le decía el manzano—. Si realmente lo intentas, podrás dar unas manzanas buenísimas... ¿Ves qué fácil es? Mira mis ramas...

—No le escuches —exigía el rosal—. Es más fácil dar rosas. ¡Mira qué bonitas son!

Desesperado, el árbol intentaba todo lo que le sugerían. Pero como no conseguía ser como los demás, cada vez se sentía más frustrado.

Un día llegó hasta el jardín un búho, la más sabia de las aves. Al ver la desesperación del árbol exclamó:

—No te preocupes. Tu problema no es tan grave... Tu problema es el mismo que el de muchísimos seres de la Tierra. No dediques tu vida a ser como los demás quieren que seas. Sé tú mismo. Conócete a ti mismo tal como eres. Para conseguir esto, escucha tu voz interior...

—¿Mi voz interior?... ¿Ser yo mismo?... ¿Conocerme?... —se preguntaba el árbol, angustiado y desesperado. Después de un tiempo de desconcierto y confusión se puso a meditar sobre estos conceptos.

Finalmente, un día llegó a comprender. Cerró los ojos y los oídos, abrió el corazón, y pudo escuchar su voz interior susurrándole:

—Tú nunca en la vida darás manzanas porque no eres un manzano. Tampoco florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Tú eres un roble. Tu destino es crecer grande y majestuoso, dar nido a las aves, sombra a los viajeros y belleza al paisaje. Esto es quien eres. ¡Sé quien eres!, ¡sé quien eres!

3.La psicología del carácter

Hace aproximadamente dos décadas, un brillante estudiante de Informática en la Universidad de Harvard llamado Tal Ben-Shahar cursó su último año de carrera mientras atravesaba una crisis de motivación, replanteándose si quería dedicar su futuro profesional al desarrollo de las nuevas tecnologías. Habiendo decidido, finalmente, cambiar el rumbo de su formación y matricularse en Psicología, poco antes de completar los estudios propuso a su universidad impartir una nueva asignatura. En apenas tres años se convirtió en la disciplina con más matriculados de todas cuantas se cursan en la Universidad de Harvard, por delante incluso de Introducción a la Economía, asignatura imbatible en número de alumnos. Se trata de la materia que, posteriormente, se ha dado en llamar psicología positiva.

La psicología positiva, a diferencia de la psicología tradicional, centrada en las fallas y disfuncionalidades del ser humano, es el ámbito de la psicología que se focaliza en lo positivo y lo funcional de las personas.

Paralelamente, en otra universidad, la de Pensilvania, otro veterano investigador, el también psicólogo Martin Seligman había llegado a similares conclusiones preguntándose qué pasaría si en lugar de intervenir y tratar de curar las debilidades humanas, nos concentrásemos en sus fortalezas. Comenzaba, así, a adentrarse en el estudio de los rasgos del carácter o las virtudes humanas. ¿Puede la psicología positiva ser capaz de llevar a las personas a desarrollar su máximo potencial y ayudar, así, a alcanzar mayores cuotas de bienestar y felicidad?