El cártel español - Oriol Malló Vilaplana - E-Book

El cártel español E-Book

Oriol Malló Vilaplana

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Beschreibung

La llamada reconquista económica española de América Latina, iniciada en 1991 con la privatización de grandes empresa públicas argentinas, supuso la irrupción de un nuevo grupo de poder en dicho territorio. Gracias a la cooptación, la corrupción y la seducción, el cártel español ha monopolizado mercados de obras públicas, agua, energía, turismo, medios y telecomunicaciones. La nueva elite neoliberal, formada al calor de Salinas de Gortari, Menem o Fujimori, tomó como bandera la democracia oligárquica española y su milagro económico, hoy en ruinas, mientras Felipe González pilotaba este proyecto de desembarco imperial bajo cobertura política y financiera de EEUU. Así emergieron, en los noventa, las poderosas redes de la hispanidad que son hoy el principal ariete contra el cambio y la soberanía de las Américas. Profundizando en la dramática muerte del secretario de Gobernación, el gallego-mexicano Juan Camilo Mouriño en 2008, el apoyo larvado al golpe de Estado empresarial contra Hugo Chávez en 2002 o la intervención directa en las elecciones mexicanas del 2006 para evitar el triunfo del candidato de centro-izquierda Andrés Manuel López Obrador, "El cártel español" construye y reconstruye la historia jamás contada de los nuevos conquistadores, sus aliados locales y los verdaderos amos de la pinza Madrid-Miami.

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Seitenzahl: 707

Veröffentlichungsjahr: 2011

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Foca / Investigación / 102

Oriol Malló

El cártel español

Historia crítica de la reconquista económica de México y América Latina (1898-2008)

Diseño de portada

Sergio Ramírez

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Oriol Malló, 2011

© Ediciones Akal, S. A., 2011

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-96797-65-9

A Claudia, porque cuando llegaste todo volvió a tener sentido

gachupín, na Español, el natural de la península española. // Méx.Gachupínen hacienda siempre contienda. Frase que alude a los conflictos que ocasiona el mal trato que los españoles dan a los peones a su servicio.

M. A. Moriñigo, Diccionario de americanismos, Buenos Aires, Muchnik, 1966.

cachupin, -aEspañol que se establece en Hispanoamérica. gachupín (Méx.) En particular, el que no procede de la última guerra civil española.

M. Moliner, Diccionario de uso del español, Madrid, Gredos, 21998.

—¡La guerra civil! Los radicados de muchos años en el país; ya la miramos como un mal endémico. Pero el ideario revolucionario es algo más grave, porque altera los fundamentos sagrados de la propiedad. El indio, dueño de la tierra, es una aberración demagógica, que no puede prevalecer en cerebros bien organizados. La Colonia profesa unánime este sentimiento: yo quizá lo acoja con algunas reservas, pero, hombre de realidades, entiendo que la actuación del capital español es antagónica con el espíritu revolucionario.

R. del Valle-Inclán, Tirano Banderas, Madrid, Unidad, 1999, p. 16.

Prólogo

La visión de una España receptiva con las luchas democráticas en América Latina forma parte de una nueva leyenda rosa. Sin embargo, a diferencia de su primera versión, nacida en el sigloxvi para justificar el etnocidio y el genocidio cometido en el proceso de conquista y colonización, su actualización pretende consolidar el poder de las empresas transnacionales españolas en la región. Iberdrola, Endesa, Repsol YPF, Telefónica, BBVA, La Caixa o el Grupo Santander, entre otras, configuran lo que Oriol Malló ha denominado con acierto: el cártel español. Sus acciones, nos dice, se caracterizan por una política depredadora, fundada en presiones y chantajes a los gobiernos latinoamericanos, sin importarles el color político de sus mandatarios. Para este fin, el Estado español hace piña. Lo que es bueno para sus empresas, es bueno para España. Las diferencias ideológicas entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el Partido Popular (PP), los nacionalistas vascos, gallegos o catalanes se invernan en pro de un único objetivo: golpear juntos para desarticular resistencias. Así, unos y otros se reparten papeles. Policías malos y buenos. Mientras el PP se arroga el papel de ser una derecha neoconservadora y aliada incondicional de Estados Unidos, participando de cualquier tipo de maniobras desestabilizadoras contra gobiernos anticapitalistas, democráticos, antiimperialistas y nacionalistas como Venezuela, Bolivia, Ecuador o Cuba; el PSOE se decanta por una estrategia menos prepotente en las formas. Un ejemplo de la primera versión de policía malo lo tenemos en el apoyo del PP a la conspiración para derrocar al Gobierno legítimo de Venezuela en abril de 2002 y en el apoyo financiero y político a los cubanos residentes en España, articulados con la mafia de renegados en Miami. Su vehículo es el propio Grupo Popular del Parlamento Europeo. Ahí se dan cita los grandes operadores de los populares, entre los cuales destaca la figura de José Ignacio Salafranca, quien desde 1994 funge como eurodiputado. Su enorme conocimiento de los entresijos de la Eurocámara y su control sobre EuroLat, Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana, le proporciona al grupo de los populares europeos un poder desmedido para bloquear cualquier decisión que suponga cambiar la política hacia Cuba. Apoyado por Jaime Mayor Oreja y Luis de Grandes, dos dinosaurios del PP, aunque como bien dice Oriol Malló cuando se trata de Cuba, Salafranca cuenta con el inestimable apoyo del diputado español de origen cubano en el Parlamento Teófilo de Luis y con Jorge Moragas, encargado de Relaciones Exteriores del PP.

Sin embargo, el PSOE se decanta por una estrategia más fina. Articula una política menos agresiva y conciliadora. Por encima de las ideologías, se sitúa como defensor de los intereses de las empresas españolas asentadas en la zona. Por esta razón apela al entendimiento y el dialogo. La presión la ejercen en la trastienda y sin hacer mucho ruido. Cuestión de tacto. Para verificar esta tesis, nada mejor que remitirnos al programa electoral del PSOE de 2008: «… los socialistas seguiremos trabajando para garantizar un marco jurídico seguro y estable para las inversiones en América Latina y para que éstas tengan una incidencia positiva en el desarrollo donde están implantadas…».

En esta división de papeles, Oriol Malló estudia con lujo de detalles cómo cobra vida lo enunciado. Para ello nos sitúa en un escenario: las últimas elecciones presidenciales de México del año 2006. Su último capítulo, «Las secuelas mexicanas II: el cártel y el Peje», es un recordatorio de cómo se urdió la trama. Desde el nombramiento en 2005, por el secretario adjunto del Partido Acción Nacional (PAN), Jorge Manzanera, del asesor de imagen Antonio Solà para la campaña conservadora hasta el reconocimiento inmediato del Gobierno del PSOE a Felipe Calderón. En la contienda electoral, explica, el cártel español se hizo presente boicoteando al candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Andrés Manuel López Obrador (AMLO). En este tablero de ajedrez dibuja las dos líneas de ataque. El PP con José María Aznar a la cabeza, mostró sin tapujos su simpatía por el candidato del PAN, pidiendo en México, públicamente, el voto por Felipe Calderón, contraviniendo el artículo 33 de la Constitución mexicana, que impide a los extranjeros emitir opiniones sobre política interna. Y lo que a punto estuvo de convertirse en un incidente diplomático, se quedó en agua de borrajas. Los gobiernos del PAN y del PSOE corrían un tupido velo, mientras Aznar abandonaba México por la puerta trasera. Pero todo estaba calculado. El objetivo común era impedir el triunfo del candidato del PRD, considerado un enemigo del cártel español.

Así, en esta división de papeles, una vez concluidas las elecciones, le tocará el turno a José Luis Rodríguez Zapatero de concluir el operativo iniciado con elaffaireAznar. En su condición de presidente de Gobierno, y a pesar de las múltiples denuncias de fraude, envía sus saludos reconociendo a Felipe Calderón como legítimo ganador. Aún no habían transcurrido veinticuatro horas y España no puso en duda los resultados, haciendo caso omiso de las denuncias de pucherazo. Ni siquiera guardaron las formas. Así opera el cártel español, en mancuerna con el PSOE, el PP y los sempiternos nacionalistas vascos y catalanes, ante un enemigo que ataca sus intereses.

Monta tanto, tanto monta el PSOE, el PP como sus aliados nacionalistas. Malló documenta, con entrevistas y una ardua labor de hemeroteca, cómo se montó la trama del cártel contra AMLO. El odio y la inquina están fundados, subraya, en la negativa de AMLO, durante su mandato como regente de la Ciudad de México, a favorecer los intereses de las transnacionales españolas. Con este ejemplo, el autor nos desvela cómo se han montado artimañas para comprar bancos, hacerse con el control de los recursos naturales como el agua, y adueñarse de las compañías de electricidad, telefonía móvil o líneas aéreas. El mecanismo es siempre el mismo y en algunos casos los personajes del cártel se repiten y actúan al unísono. Nunca por separado. Así consiguen vencer las resistencias y torcer el brazo más fácilmente. Malló deja hablar a los verdaderos protagonistas. Son ellos quienes detallan los orígenes del nuevo cártel, sus formas, maneras de actuación y los vínculos con los partidos políticos y el gobierno de España. Los nombres de sus operadores fluyen gracias a una ágil pluma de Malló. No en vano es un periodista e historiador laureado con el Premio Nacional de Periodismo en 1992, máxima distinción que otorga la Generalitat catalana.

Los integrantes del cártel no tienen pelos en la lengua y destapan, como si se tratara de una epopeya, sus inicios, sus contactos y sus éxitos. Es fantástico leer, en el libro que ustedes tienen en sus manos, a la avanzadilla del Grupo Santander, Iberdrola, Endesa, Gas Natural o Telefónica. Los nombres de Antoni Donadeu, Esteban Serra Mont, Jordi Dolader, Francisco Badía o Javier Nadal se les harán familiares. Son empresarios y representantes directos de los consejos de administración de las compañías transnacionales españolas. Sus lazos se extienden en todas las direcciones y no dejan cabos sueltos. Orgullosos de sus operaciones no ocultan cuáles consideran sus máximos logros. Las entrevistas son jugosas y Malló les deja hablar in extenso.

Por medio de una palpitante narración, Oriol nos hace creer que estamos ante una novela de intriga. Pero con brillantez, propia de escritor experimentado con varios libros a su espalda, nos recuerda que los hechos relatados forman parte de una trama real. Estamos en presencia de una lógica perversa, en la cual no se atisba ningún compromiso de España con las luchas democráticas en América Latina, nos subraya el autor. España sólo trata de proteger intereses económicos.

En este sentido, la ex secretaria de Estado para Iberoamérica, ministra de Sanidad y actual ministra de Exteriores del Gobierno del PSOE1, Trinidad Jiménez, declaró sin ambages al periódico El País del 9 de septiembre de 2006: «… La agenda que se viene encima está llena de nombres propios y de los intereses españoles Repsol, Endesa… Vamos a defender los intereses españoles […]. Y quiero reunirme con todos aquellos que están implicados en lo mismo». Y un año más tarde, sentencia en el diario costarricense La Razón: «… las empresas españolas han sido capaces de traer capital, generar desarrollo y empleo». No olvidemos que las inversiones de España en América Latina representan el 10 por 100 de su PIB.

Al decir de Oriol Malló, en esta unidad de intereses, no faltan cipayos y gachupines. Para que el cártel funcione a todo gas, son necesarios los «buenos amigos». Los indianos y las redes de poder que han sido tejidas por generaciones en Chile, Argentina, México o Colombia, son asideros del cártel. En ocasiones se trata de grandes empresarios con un poder visible, en otras son sus hijos o nietos incorporados a la actividad política y por último, prohombres que gozan de un estatus de privilegio en la estructura social, lo cual abre puertas para mediar, apoyar o presionar en favor del cártel. Son las redes españolas de la emigración. Gallegos, cántabros, catalanes y vascos. Entre ellos hay vasos comunicantes.

Por otro lado, la compra de voluntades se paga a buen precio y siempre hay quienes aceptan de buen grado ser corrompidos.Malló dedica otro capítulo alaffaireMouriño. El hijo de Carlos Mouriño, empresario gallego que hizo fortuna en el sudeste de México con el negocio de las gasolineras, la construcción, las franquicias y el transporte de líquidos inflamables y que comprara el equipo de futbol, Celta de Vigo, por seis millones de euros. Su retoño, Juan Camilo Mouriño Terrazo, fue un estrecho colaborador de Felipe Calderón. Sus lazos de amistad y trabajo se producen durante la etapa de secretario de Energía de Calderón en el Gobierno de Fox. Durante la campaña electoral, es su coordinador y con el triunfo se convierte en secretario de Gobernación.

Malló no avala teorías de la conspiración, ata cabos y une las piezas del rompecabezas. No quiero desvelar los entresijos. Sólo entreabro la puerta. Sin embargo, lo enunciado es la punta del iceberg. Hay mucho en juego. El autor, de forma brillante, nos demuestra que esta práctica no es flor de un día, ni emerge de manera espontánea. Para entenderla nos retrotrae al campo de las doctrinas, específicamente: al hispanismo. En dos grandes capítulos: «El despliegue de la hispanidad» y «Tiempos de reconquistas», expone cómo se fue construyendo el actual edificio que aún rige las relaciones entre España y América Latina.

Sustancioso es comprobar cómo muta la ideología del hispanismo y los tempranos vínculos con el panamericanismo desplegado por la diplomacia norteamericana. Malló nos sorprende con las declaraciones del rey Alfonso XIII. Allí y no en otro lugar están los principios que muestran cómo España se convierte en un socio menor de Estados Unidos cuando se trata de construir política exterior hacia América Latina. Quizá ello facilita comprender por qué Felipe González declaró mientras era presidente de Gobierno que «no tomaría ninguna decisión sobre la crisis centroamericana o América Latina, sin antes consultar con su aliado del norte».

También podemos constatar que en plena monarquía de Alfonso XIII la propuesta del catalanista Francesc Cambó de crear una Casa de América en Barcelona vio la luz para conocer de «las cosas de ultramar». Bajo su influencia cobran vida el Instituto de Economía Americano, la revista de comercio y cultura iberoamericana Mercurio y el Centro Jurídico Iberoamericano. Todo este conglomerado es, a decir de Malló, una historia del primer acercamiento del grupo empresarial catalán hacia América Latina en las dos primeras décadas del siglo xx. Los detalles y entretelones están profusamente detallados a lo largo de estos dos capítulos.

Mención aparte merece la noción paternalista del hispanismo acuñada durante los cuarenta años de existencia de la dictadura fascista del general Francisco Franco. Sus influencias sobre la región se dejarán sentir con fuerza en Chile durante la tiranía de Pinochet. Aquí, nuevamente el autor nos sorprende recuperando una tesis de doctorado presentada en la Universidad Pompeu Fabra (UPF), intitulada De Franco aPinochet. El proyecto cultural franquista en Chile. 1936-1980. Su autora, Isabel Jara Hinojosa, suscita la siguiente declaración de su director, el reputado historiador Josep Fontana: «Isabel Jara me ha acabado de sacar de mi error al explicar cómo este pensamiento de derecha española que me parecía deleznable acabó convirtiéndose en una de las bases ideológicas de la dictadura chilena».

Ahora, a la claridad expositiva de Malló, se le une un estilo narrativo que articula largas citas, cuya lógica es montar las piezas del puzle. Deja hablar a historiadores, sociólogos, economistas, antropólogos y periodistas. No cabe duda, sus ideas gustarán más o menos, pero su consistencia y la claridad expositiva no deja lugar a equívocos. No manipula, no corta o cercena frases para arrimar el ascua a su sardina.

Pero falta la guinda del pastel. Tras la muerte biológica del dictador, esa visión deleznable que apunta Fontana se transforma en una concepción más acorde con la España de la transición modélica y la monarquía parlamentaria. Adolfo Suárez, y más adelante Felipe González, a quien Malló apoda «el modernizador», acaban el edificio del nuevo hispanismo. Es el punto de inflexión para comenzar la reconquista. El proyecto se arropa entre los fastos del V Centenario; su objetivo, construir la Comunidad Ibe-roamericana de Naciones. Para lograrlo se convocará a celebrar, en 1991, la I Cumbre de Jefes de Estado y Gobierno. El sitio elegido será Guadalajara, Jalisco (México), en 1991. Su anfitrión, Salinas de Gortari, y Felipe González dan el pistoletazo de salida. Hoy las cumbres son parte del ritual y el mecanismo para apuntalar el cártel español.

Sin concesiones, Malló descubre paso a paso los cambios y continuidades del hispanismo. Desde la guerra hispano-cubana norteamericana de 1898 hasta nuestros días. Las etapas, los personajes y los resultados aparecen dando consistencia a su tesis central. Triunfos y derrotas cuya culminación es el novohispanismo. Su aporte es único y sitúa la obra como un estudio pionero en su género. No es una simple recopilación de datos, ni una exposición fría de las inversiones de las empresas españolas en América Latina. Por el contrario, ofrece una explicación de fondo a las políticas ejercidas por España en la región durante un siglo. Malló nos propone una inmersión en el engranaje que permite mover el cártel de las empresas españolas en América Latina.

Los personajes de la tramoya aparecen ejerciendo diferentes roles. Unas veces como políticos, otras como asesores, pero siempre como defensores del cártel. El caso paradigmático que estudia Malló, para ponernos en situación, es Felipe González. Ex secretario general del PSOE y ex presidente de gobierno entre 1982 y 1996. Hoy lo vemos, comenta Malló, como asesor privilegiado del empresario mexicano Carlos Slim, considerado por Forbes el hombre más rico del planeta, superando a Bill Gates.

González fue el alma máter del nuevo cártel empresarial y el portavoz cualificado para empresarios y gobiernos. Cuestión que corrobora uno de los entrevistados de Malló, amigo personal de González y punta de lanza en 1991 del cártel, Antoni Donadeu. González tenía clara la estrategia. Durante sus mandatos procedió a desmantelar el holding estatal del Instituto Nacional de Industria (INI) construido durante el franquismo. Endesa, Iberdrola, Telefónica, Iberia, Repsol o Argentaria pasaron a manos del capital privado. La incorporación de España a la extinta Comunidad Europea fue en su furgón de cola. Sin investigación, sin tecnologías, ni capacidad para competir con Alemania y Francia, tenía pocas opciones de revertir la situación. Había que ser osados. España miró al mercado latinoamericano y buscó aterrizar en él. Para tal objetivo, se valió de su hispanismo renovado, la credibilidad del entonces presidente de Gobierno Felipe González y la imagen campechana y democrática de su «joven» monarca. España manejó esta situación con gran elegancia, no podía fracasar. En América Latina vendió su transición como ejemplo a seguir. Pactos de la Moncloa, privatizaciones, reforma del Estado, nueva gestión pública y desregulación del mercado laboral. Ésos eran los valores que pregonaban en conferencias, los líderes políticos españoles en América Latina. Sin olvidarnos del discurso de la Comunidad Iberoamericana de Naciones.

Por último, poco a poco, Malló nos desvela la trama y nos pone en situación. Aquello que parecía ser el comienzo de una nueva etapa del pool español se diluye con la crisis actual. Aunque ya, dirá, a principios del siglo xxi se mostraban los síntomas del fracaso. Sin desvelar cómo y de qué manera el proyecto imperial se desmorona como un castillo de naipes, apunto uno de los factores desarrollados en el texto. El Banco Santander ya no es propiedad de los Botín, un consorcio extranjero posee la mayoría de las acciones. Endesa se vende al capital italiano y así, suma y sigue. Deseos de grandeza, concesiones de soberanía a Estados Unidos y una posición subalterna en la Europa de la Unión han acabado con las ilusiones de aquellos hombres de empresa, capitanes de barco, que en nombre de las transnacionales españolas quisieron reconquistar el continente. Hoy sólo queda un cascarón vacío.

Ahora, gracias a la valentía y el buen hacer de Oriol Malló, tenemos en nuestras manos un estudio de largo alcance que nos desvela la historia no oficial de España. Es su cara oculta, que completa el cuadro. Imprescindible para conocer cómo interactúa el poder político y el cártel español cuando se trata de proteger sus inversiones. Es en ese momento cuando cobran vida las presiones, la corrupción y la compra de voluntades. Pero, como el propio autor nos recuerda, este estudio es el resultado de su compromiso vital y militante con las luchas democráticas y libertarias que hoy se desarrollan en «Nuestra América». Estoy seguro de que su lectura será de obligada referencia y los poderes fácticos no lo podrán silenciar. Bienvenido sea.

Marcos Roitman Rosenmann

Madrid, 14 de abril de 2010,

89.o aniversario de la declaración de la Segunda República

1A cierre de esta edición, Trinidad Jiménez es ministra de Exteriores.[N. del E.]

introducción

Este proyecto de libro se engendró desde la rabia. La rabia que sentí como ciudadano español al observar la indigna actuación del Gobierno de mi país ante el fraude electoral que se desarrolló en México el 2 de julio de 2006. Nace también del orgullo. El orgullo de saber que no todos los españoles residentes en México compartimos la actitud imperialista, bravucona y falsaria del cártel hispánico, sus diplomáticos, sus empresarios, sus políticos y sus medios. Por eso una lúcida minoría, tanto hijos del exilio republicano como incluso recién llegados, participamos en el movimiento de resistencia que tuvo su máxima expresión en una manifestación que jamás se borrará de mi memoria. Cuando dos millones de ciudadanos libres salieron el 30 de julio de 2006 a las calles de la capital mexicana para reclamar el recuento de todos los votos de las elecciones presidenciales. Pero este libro nace también de una duda, radical y ponzoñosa. Mi cuestionamiento de las bases y hasta el sentido de lo que en América se conoce como la Madre Patria. Siendo catalán y de raigambre nacionalista, nunca pude sentir ningún apego a los símbolos de España y, sin embargo, a los pocos meses de residir en México cantaba el himno de este país con más devoción que la mayoría de los nacionales. El caso es que estuve ahí, como todos, compartiendo unos ideales sociales y republicanos que no se me hacían nada extraños. No luchaba contra España, contra los gachupines en general, ese antipático mote de los peninsulares en México. No aplicaba aquello que en mis tiempos independentistas me llevó a los sótanos de la Guardia Civil, a sus socorridas torturas y la cárcel temporal. Confieso que no marché con millones y arriesgué mi pellejo en México sólo porque me cayeran mal los madrileños abusones. Sería demasiado poco. Demasiado ridículo al fin.

En realidad, la razones del corazón pesaron más. Estuve con la República Mexicana porque tuve la extraña impresión de que había vuelto a la encrucijada que España vivió en 1936, cuando unas elecciones generales que la oligarquía no pudo reventar a tiempo llevaron al golpe de Estado y a la masacre de cientos de miles de personas. Yo había escrito varias cosas sobre los demonios de la derecha española y su furia asesina, pero nunca pensé que fuera a asistir a su repetición. En la ciudad de Guadalajara, desde la tranquila y burguesa colonia de Chapalita, fui testigo de los crispados ánimos de los biempensantes contra el candidato de centro-izquierda Andrés Manuel López Obrador, lo cual me produjo, primero, cierta inquietud y, luego, desazón, en suma, un tremendo shock, que se acabó convirtiendo en enojo cuando las insidias y las calumnias se filtraron, desde los púlpitos hasta la radio, y los deseos de matar literalmente al Peje fueron expresados con psicótica vehemencia.

Por qué un discreto reformista como el alcalde de la Ciudad de México fue convertido en el Gran Satán de las hordas comunistas, es otra historia. Por qué 30 oligarcas autistas y engreídos financiaron la mayor campaña de terror de la historia mexicana y secuestraron la incipiente democracia, tampoco es nuestro tema central. Por qué las instituciones españolas, con el Gobierno del PSOE a la cabeza, apoyaron, incluso en contra de un partido hermano de la Internacional Socialista, al candidato de la derecha y, en la confusión poselectoral, avalaron, incluso antes de tiempo, la supuesta victoria de Felipe Calderón, sí es parte sustancial de la historia que aquí vamos a contar.

Pero quizá deba decir que este libro que usted, amable lector, tiene en sus manos, no hubiera existido sin ese retorno a las dos Españas que yo sentí, viví y compartí en México. Porque antes del ejercicio periodístico y el desempeño profesional, vacuas palabras demasiadas veces, estamos todos conformados por un pasado que nos reclama y nos proyecta hacia el futuro. Para mí, la coyuntura mexicana de 2006 definió con extrema claridad los frentes irreconciliables que se dieron allende los mares a partir del 18 de julio de 1936. Por eso supe al momento contra quién estaba yo. Sin dudar un solo instante. Cuando, cada dos minutos, los anuncios en radio y televisión repetían el consabido estribillo de que López Obrador era «un peligro para México», me estaba transportando, casi sin darme cuenta, a la Guadalajara castellana, esa pequeña ciudad de provincias que es apenas un suburbio de Madrid. Será porque en los rostros de la buena gente tapatía y en su brutal resentimiento veía, clonados, los mismos redomados clichés que usaron sus tocayos peninsulares para justificar el venidero asesinato de los vecinos que no apoyaron el golpe de Estado. No proyecto demasiado, créanme. Porque el siniestro ambiente mexicano de 2006 lo sintió igual Adelina Santaló, hija del primer alcalde republicano de Girona, cuando en aquel explosivo agosto me concedió una entrevista que ningún periódico gerundense quiso publicar. Ella me decía, realmente preocupada, que en aquellos días veía «muchas cosas similares a la época que vivimos antes de 1936». Y, en agudo paralelismo al linchamiento de López Obrador, recordaba Adelina Santaló los ataques a su padre poco antes de las disputadas elecciones parlamentarias de febrero, justo cuando «salió una caricatura de mi padre levantando las faldas a las monjas, y lo ponían como un demonio con cola y dos cuernos». Tenía ochenta y cuatro años y volvía a recrear el crimen original.

De que en todo momento el Estado español apoyó el fraude electoral, al unísono socialistas y populares, gerentes todos del mismo cártel, no hay duda alguna. Que protegió y legitimó aquella cloaca política a cielo abierto para proteger su inmensa red de negocios corporativos, está muy claro. Nunca hay demasiada necesidad de argumentar por qué las mafias matan si les jodes algúnbusiness.También, cual narcotraficantes u otras especies del inframundo, pudo decir la embajada: son sólo negocios, nada personal. Y luego apretar el gatillo. Así se hizo y así se actuó. Aunque no les guste que contemos esta historia. En todo caso, y amainada la insurrección popular que latía en el corazón de México, decidí que había llegado el momento de contar la parte de España en todo esto. Hacer, por tanto, la crónica no oficial de la reconquista económica de México mediante las redes de la hispanidad, nuestro nada invisible cártel español, que maneja el territorio azteca como la nueva Argentina donde intentar la última meta de la expansión colonizadora: un área grandiosa cautiva en la que rigen las leyes norteamericanas y que, a efectos legales y reales, consta como el territorio sur de los Estados Unidos. Sin aranceles y bajo protección de los tribunales de Washington, todo se puede.

Éste es un lugar de maravillas mil donde el cártel español de negocios maneja sectores fundamentales en ámbitos como la banca, la energía, las obras públicas, la hostelería y los seguros gracias a la previa cooptación de presidentes, secretarios, subsecretarios y hasta ministros de la Corte Suprema. Quizá después de la rabia y de la depresión provocadas por saber que los actos criminales de alto nivel quedan impunes, no me quedaba más que ponerme a investigar. Abrir archivos y hemerotecas, entrevistar a vencedores y vencidos, comprender las dos patas de esto que un día fue el Imperio español, la vieja y la nueva España, zambullirme en la realidad mexicana para descubrir cómo aquel rincón del sur de Europa había conseguido, pese a sus fracasos coloniales, mantenerse incrustado, de modo latente y poderoso, en las mentes de las elites criollas que manejan los países de América Latina como sus cortijos particulares. Una historia compleja e intrincada. Un rompecabezas que tardé tres años en componer del todo. Aquí está, pues, mi visión de una historia que aún no es historia. Pues entre madres patrias e hijas rebeldes se define día a día un pulso agónico. Me resultó fácil elegir. Y espero que se me entienda.

Mi España, si algún día existió, fue expulsada. Por eso la hispanidad, en su completa acepción, es enemiga natural de la España que nunca fue realmente posible. Y no es una jerga enfermiza sino un tema sustancial de nuestro laberinto español que afecta por igual a peninsulares y americanos. Cosas que cuenta con mejor prosa Viaje al fin del paraíso. Ensayos sobre América Latina y las culturas ibéricas, pequeña joya esencial del filósofo Eduardo Subirats1. Un texto publicado en Buenos Aires en 2005 porque este portentoso intelectual ejerce desde su exilio en la Universidad de Nueva York, pues los mandarines que dirigen el aparato cultural patrio son, con escasas excepciones, sabuesos de un viejo poder que, rediseñado y estilizado, sigue condenando al ostracismo todos los matices de la verdad. Por ello valga acabar esta previa apasionada con sus propias reflexiones sobre esa hispanidad que, en todas sus terribles secuelas, destruye las vías posibles de desarrollo de México y América Latina después de haber aniquilado, tras su espectral victoria en 1939, a los españoles que no se rindieron al mal.

Hubo un tiempo en que la palabra Hispania agrupaba la pluralidad de culturas y lenguas sujetas a la influencia lingüística y civilizadora de la Roma imperial. Pero desde el siglo xvi, esa ancha Hispania ha sido particularizada en lo español a lo largo de una historia oscura de cruzadas y limpiezas étnicas dirigidas contra las comunidades y culturas islámicas y judías de la península Ibérica en primer lugar, y al lo largo también de la subsiguiente expansión colonial de una monarquía cristiana erigida precisamente sobre aquella herida histórica. Por lo demás, la cristalización de lo hispánico en lo español, espina dorsal del discurso de la hispanidad, se ha acompañado de una serie violenta de expulsiones y exclusiones lingüísticas y políticas, religiosas, intelectuales y étnicas, con efectos todavía vigentes hasta el día de hoy.

Tiempos borrados por el trauma, prosigue Subirats, los traumas sucesivos que definieron la historia de España. Estos que nunca podremos dejar de decir:

El primero de esos traumas fue la eliminación de «moros y judíos». Se destruyeron mezquitas y sinagogas, se quemaron bibliotecas, se prohibieron sus lenguas, se persiguieron y exterminaron sus pueblos. A continuación se instauró gramatical, teológica y militarmente la unidad nacional de la España cristiana, monárquica e imperial.

El segundo trauma histórico de la «hispanidad» es una extensión del primero. Aquella universal «destrucción de mezquitas» que definió la unidad nacional católica fue lo que llevó a hombres como Hernán Cortés y Francisco Pizarro, y a sus herederos modernizadores, a descubrir, conquistar y a «hacer» las Américas.

El tercer trauma puede definirse como una modernidad rota o decapitada, y también como una colonizada modernidad y posmodernidad. El mismo poder político y eclesiástico que erigió a la monarquía hispánica, liquidó de raíz, tanto en la Península como en el continente, todas aquellas reformas teológicas, epistemológicas y políticas sin las que no era posible constituir el significado filosófico y político de la «modernidad» en un sentido histórico del concepto (por oposición a la banalización académica y mediática de esta palabra). Este proceso de supresión de las diversidades culturales y de la subsiguiente constitución de la unidad homogénea de la España nacionalcatólica comprende la eliminación del Humanismo y la Reforma en los siglos xvi y xvii; la decapitación de la Ilustración en sus aspectos tanto científicos, como éticos, estéticos y políticos en el siglo xviii; la liquidación del liberalismo español y latinoamericano en el siglo siguiente; y no en último lugar, la combinación de crueldad autoritaria y mesianismo cristiano que se ha extendido a lo largo de una inacabada y colorida sucesión de fascismos ibéricos y latinoamericanos en el siglo xx.

Suma y sigue. Hasta el fin:

El exiliado humanista hispano Luis Vives ya escribió, en el contexto político de la expansión colonial cristiana del siglo xvi, que la construcción de grandes imperios no significaba otra cosa que la erección de grandes ruinas. Desde la poesía árabe y sefardí, que llora el paraíso perdido de su esplendor cultural en la Península, hasta los testimonios de Garcilaso sobre una América no descubierta sino destruida, mucho antes de ser conocida, sin olvidar las continuas expresiones de pesimismo que atraviesan las consciencias más lúcidas de la historia cultural hispana, de Luis de León a Francisco de Goya, esta visión de violencia, esperanzas quebradas y un interminable desierto de ruinas, es decir, la verdadera decadencia hispánica, ha sido una constante intelectual. Casi es un signo de identidad. Lo era bajo las dimensiones apocalípticas del misticismo judío adoptado el día después de la catástrofe de la expulsión. Lo es también en la literatura oral de los pueblos históricos de América, supervivientes a las estrategias coloniales, poscoloniales y posindustriales de genocidios ecológicos y financieros. Esta visión negativa de la historia hispánica es precisamente un momento central en las historias canónicas de la literatura latinoamericana en la era global: Todas las sangres; Pedro Páramo; El señor presidente; Yo, el Supremo.

Esta reforma ausente o esta truncada reforma de las inteligencias y de las sociedades hispánicas no son una idiosincrasia casual. Son más bien la consecuencia necesaria de un trauma constituyente. Tras decapitar los centros espirituales de la Península y del continente, el cruzado vencedor, la monarquía absoluta y no en último lugar la Inquisición acabaron desollando sus corazones. Abravanel era un portugués huido, Vives y Sánchez fueron exiliados por la Inquisición. Garcilaso vivió un exilio interior celosamente observado por la Iglesia. Spinoza era un descendiente de las familias de Sefard. En el Siglo de las Luces, Castro Sarmiento fue quemado en efigie en Lisboa. Olavide fue liquidado intelectualmente por un auto de fe inquisitorial. Blanco White es un paradigma de la persecución eclesiástica del siglo xix secundado por el ninguneo nacionalcatólico del siglo xx. Pero a través de muchos de estos filósofos, los que constituyeron el exilio intelectual de Ámsterdam y Amberes en los siglos xvii y xviii, por ejemplo, cristalizó precisamente la modernidad europea en un sentido epistemológico, ético y político. Sus voces fueron parte sustancial de una consciencia reflexiva europea. No de la «identidad hispánica».

De este trauma constituyente que recordamos y recreamos todos aquellos que moramos en el exilio moral, lejos de la miseria intelectual española, nace también este libro. Contra las redes del hispanismo neocolonial de las cuales fui testigo en México, mi patria adoptiva, levanto mi voz. Tarea inútil, ciertamente, pero como dijo alguien, menos da una piedra.

1 E. Subirats, Viaje al fin del paraíso. Ensayos sobre América Latina y las culturas ibéricas, Buenos Aires, Editorial Losada, 2005.

capítulo i

Genocidio y negocio

Dicen que el laberinto español, lleno de secular miseria, latifundio andaluz, pertinaz sequía y otras especies malignas, cual engendro de curas, boticarios y picoletos, se volatilizó hace tiempo. Un vendaval de modernidad, transiciones milagrosas y democracia madura convirtió este rincón africano en el modelo a seguir por todos los que aspiraban a salir del Tercer Mundo y entrar en el primero por la puerta grande. Hasta que la burbuja económica nos estalló en la frente allá por 2008, el «milagro español» fue sensación mundial y, aunque poca gente sabía contar la esencia de nuestro supuesto triunfo, algunos decían muy solemnes que éramos una sociedad de propietarios, pura y solvente clase media, aunque el piso estuviera hipotecado con el banco por cincuenta años y el resto de nuestro bienestar fuera comprado a crédito y con contratos temporales. Mientras los españoles descubrimos tarde pero con rotunidad que nunca salimos de pobres, también constatamos el verdadero secreto de toda democracia madura: hay que joderse.

Treinta y cinco años de libertades formales sirven para comprobar que no importa lo que hagamos, igual no hay nada que hacer. Excepto constatar que, mientras nos intoxicaban con basura altamente tóxica, la España de los vencedores –los vencedores de la Guerra Civil– sí tenía un plan a largo plazo. El milagro español fue realmente algo prodigioso para nuestros oligarcas desde los tiempos de la Guerra de Cuba, y de esto hace ya tiempo. Mientras usted y yo estamos hundidos en la deuda familiar y otras miserias mayores, hay una pequeña constelación de grandes corporaciones ibéricas que no dejan de ganar a expensas no sólo de sus rehenes locales sino también de otras víctimas globales cuyos nombres corresponden a viejas posesiones coloniales, desde Guinea Ecuatorial hasta Perú. Es decir, nombres temidos que imponen su ley allende los mares. Generales, tropa y secuaces de nuestra clase corporativa. Imperio informal, sin territorio, pero con la influencia de los que, al parecer, cuentan en las ligas mundiales. Porque existe, sin duda, un subimperio español en América Latina o un armazón de multinacionales apoyadas por el Estado que maquilla mediante puentes culturales su función de proteger a toda costa sus intereses empresariales en el continente americano. Protección que incluye, en las nuevas colonias, el trabajo de perro guardián del gran capital internacional –europeo y anglosajón– cuyo monto de inversión vía fideicomisos y fondos varios es básico en compañías energéticas, instituciones bancarias y otras empresas de servicios públicos de bandera española.

Es el caso de La Caixa, por ejemplo, que acaba de perder el control de un monstruo llamado Agbar, o Aguas de Barcelona, ya que desde octubre de 2009 el control accionarial de estos coyotes mundiales del agua está en manos del gigante francés Suez (el 75 por 100 de las aciones para ser exactos). Final colonial e irónico de una «relación especial con Francia» al decir del incorruptible economista Francesc Sanuy, que, antes de su completa absorción por París, supo contar cómo esta araña financiera llamada La Caixa había tejido

una complicada telaraña de participaciones cruzadas. En efecto, La Caixa dispone del 1,5 por 100 de Suez, pero Suez tiene el 51 por 100 del Holding de Infraestructuras y Servicios Urbanos HISUSA (el 49 por 100 restante lo tiene La Caixa), que tiene declarada una presencia del 47,1 por 100 en Aguas de Barcelona-Agbar. Además, HISUSA es propietaria del 5 por 100 de Gas Natural. Hay que recordar que Suez representa el 50,01 por 100 del grupo eléctrico Electrabel y que por encima de todo este conjunto planea la sombra alargada del Groupe Bruxelles Lambert (GBL), un holding muy poderoso en el que coinciden el multimillonario Albert Frère (grupo Frère-Bour-geois/CNP) y la Power Corporation de Canadá, del también multimillonario Paul Desmarais1.

Así descubrimos que GBL (Groupe Brussels Lambert) y Albert Frère controlan el 35 por 100 de los derechos de voto del grupo de editoriales y medios Bertelsmann, que a su vez es «el alma mediática e ideológica del SPD alemán y de toda la socialdemocracia europea», que nos lleva a la Fundación Ebert, responsable hoy en día de llevar a buen puerto las transiciones iberoamericanas, lejos del peligroso chavismo y bajo el modélico patrón español que ensayaron en los setenta.

Cuando, en septiembre de 2007, se fusionaron la pública Gaz de France (GDF) y la privada Suez para evitar ataques hostiles desde el extranjero, se creaba el cuarto gigante mundial de la energía y por ello la relación con los gestores y socios de La Caixa quedó en entredicho. En el otoño de 2009, las dudas se esfumaron. Francia retomaba el control accionarial completo de Agbar. De forma que el papel mayoritario de GDF Suez en Aguas de Barcelona y su participación del 11,4 por 100 en Repsol repiten la estructura que, hace casi un siglo, el trust eléctrico mundial SOFINA, dirigido por el norteamericano Daniel Heineman, a medias entre capitalistas ingleses, alemanes, belgas y franceses, tenía sobre los monopolios eléctricos de Barcelona, Buenos Aires y la Ciudad de México, donde, como contaremos más adelante, tenían participación como comisionistas y consejeros nombres destacados de la burguesía catalana y hasta grandes de España como el duque de Alba. A estas alturas del siglo xxi, con más poder pero siempre como secundarios de lujo, sentados ya en el corazón de los negocios europeos, los hombres de La Caixa, formados bajo la tutela de José Vilarassau, alto funcionario del franquismo como director general del Tesoro en el Ministerio de Hacienda, tienen la función que siempre han tenido en el gran juego del imperialismo económico: hacer la guerra corporativa del capitalismo europeo en América Latina abriendo mercados locales e imponiendo tarifas abusivas a clientes cautivos para mayor gloria de la casa-madre y sus retribuciones de consejeros locales o del consejo-madre de París. Feliz alianza estratégica de peces grandes y medianos que definió con cruda simplicidad el presidente de Suez Environnement, Jean-Louis Chaussade, refiriéndose, claro está, a Iberoamérica: «Este continente se lo dejamos a Agbar. Ellos tienen un idioma y una cultura más apropiados»2.

Curiosa cosa es España. Entre las ruinas del ladrillo, vamos descubriendo interesantes verdades sobre esta Florida europea. Algunas son raras, pero no tanto: Iberia hunde sus raíces en la prehistoria. Siempre ha estado ahí, pero sigue sin funcionar como patria común. La nación española no puede existir como consenso real porque sus fundamentos, sus signos y sus símbolos son lo contrario a la representación revolucionaria de las naciones. Somos colectivamente un ente depresivo y sin pasado porque hicimos tabla rasa. Nuestro único recuerdo compartido es mejor no alardearlo: fuimos fusilados, exiliados, muertos de hambre, torturados, humillados y silenciados por un puñado de psicópatas africanistas apoyados por unas turbas morbosas que un día creímos nuestros vecinos. Gente bien, finolis o lumpen multicolor, juntos pero no revueltos, nos subyugaron como perros. Aunque con heroicidades y luchas sin igual, con resistencias permanentes como el islote vasco, lo importante, a fin de cuentas, es que esta mancuerna de asesinos definió las reglas de juego y todos las acatamos. Los perdedores empezaron a comer pollo, se compraron un pisito, se hicieron con un Seat 600 y hasta ahorraron cuatro pesetas para tener hijos universitarios. Con el tiempo, el proletariado urbano incluso se creyó clase media. Pasaron muchas cosas más y, entre ellas, el franquismo se diluyó en su victoria social y se mudó a democracia formal; pero nuestra historia reciente tomó un rápido camino hacia el olvido en el que nada extraño tiene que la cocaína, el porrito y la peña hayan sustituido el pensamiento libre.

Victoria póstuma de Franco y de su mítico aunque falso latiguillo –«Joven, haga como yo, no se meta en política»–, las palabras se han vuelto tan escasas e insustanciales que términos como «oligarquía» suenan tan marcianos que han dejado de usarse. Es decir, España debe de ser el único país donde nuestras benditas clases dominantes no sufren por sus pecados, pues, pese a mandar más que nunca, nadie les mienta la madre; o, cuando menos, recuerda su existencia. Luego vemos la distribución de la renta y las desi-gualdades reales, y, tras hundirse el Titanic español, estamos casi como hace treinta años. Con la diferencia de que los hijos de esta crisis atroz y duradera no tendrán ni el empleo fijo de sus padres ni la propiedad familiar que ellos pagaron en cuarenta años –la cual tendrán que repartir, como último despojo, con los otros herederos, excepto que alguien sea hijo único–. En un mundo donde la comunidad universitaria –habitaciones a 300 euros en piso compartido– no es un ritual de paso sino una cerrada perspectiva del futuro que ya llegó, es tiempo de hacerse muchas preguntas. ¿O no?

* * *

Quizá para entender por qué expiró el problema español y otros asuntos ibéricos que enloquecían en sus buenos tiempos a los catedráticos anglosajones, y por qué misteriosas vías nos volvimos modelo, faro y paradigma de la posmodernidad, debemos usar el famoso ejemplo de Naomi Klein, la ilustre periodista canadiense que describió en La doctrina del shock el modelo chileno como el ejemplo más depurado de terapia criminal para que el pueblo aprenda por las malas y fast track a respetar a las castas divinas; adoptando el horror no por mero placer compulsivo sino para operar una salvaje redistribución de la riqueza en favor de las elites, que así, de un plumazo, consiguen que, tras masivas dosis de tortura, dolor y muerte, los supervivientes del trauma colectivo se adapten, desmemoriados y confundidos, a un statu quo que, en condiciones normales, las masas populares nunca hubieran aceptado. Jaime Guzmán, constitucionalista de la Universidad Católica y líder moral de las derechas chilenas ajusticiado en 1991, no pudo decirlo más claro: «Lo primero que debe quedar claro en una sociedad, dijo José Antonio Primo de Rivera, es quién manda y quién obedece. En Chile, afortunadamente, eso está muy cla-ro»3. Un tipo de discurso que comprendí hace más de diez años cuando, en la biblioteca de mi familia, encontré un libro escrito en catalán, un manual de tirada corta, sin pie de imprenta, que un señor llamado Jordell Amorós escribió en 1955 para que su familia conociera sus más íntimos pensamientos. Todo un decálogo insustancial, cuyo «endulzamiento angelical» sonaba, incluso en sus tiempos, demasiado cursi para ser verdad. Hasta que nuestro pequeño burgués destapa su lado bipolar. Después de hablar de la moral, el arte y la alegría que ha traído la paz, llega la justificación del genocidio. Argumentos que, desde Irún a Bariloche, colman el pensamiento hispanista:

Un pueblo ha sido bestia, y como a bestia han debido tratarle.

Ejemplo, España. Que tuvo con los militares el elemento necesario. En buena hora. Mucho hemos ganado desde entonces.

En los momentos actuales, llegados a un tiempo de compenetración mundial, nos avergonzaríamos de haber sido nunca tratados como bestias.

Pueblo civilizado. Gobierno humano.

¿Militarismo? Son hombres educados para mandar y aptos para imponerse cuando conviene. De los escogidos, reconozcámoslo y agradezcamos su eficacia. Miremos a España.

Hemos mejorado durante el largo periodo de Gobierno Militar. Inconsciencia sería no reconocerlo. Ojalá pudieran nuestros militares y los de todas partes relegar las armas a los museos, tan seguros estén de la civilización de todos los pueblos. Paso definitivo de la misma civilización, que la hora de los ánimos templados debe llegar.

De Jordell Amorós, mayoría silenciosa del nuevo régimen totalitario, al doctor Guzmán, mentor intelectual del autócrata chileno, un mismo pensamiento transluce el cierre de filas contra los pueblos que osan acceder a la dignidad. Los que mandan reducen a la obediencia a sus compatriotas, tratados a tal fin, y en explícito lenguaje, como bestias. Resumen, sin floripondios, del sistema de castas que el absolutismo hispano instaló en el inconsciente católico y que el racismo imperial-darwinista del siglo xix remachó para consumo de las clases medias hispánicas. Y así, de Francisco Franco a Augusto Pinochet, de Somoza a Micheletti, la hidra sigue mandando los mismos mensajes. Nada extraño resulta, pues, que el dictador chileno siempre tuviera en la cabeza a su venerado generalísimo Francisco Franco Bahamonde, al cual rindió último homenaje en su entierro madrileño. Odiosas comparaciones de las cuales hablaremos más adelante. Pero lo cierto es que el fascio mundial lo admiró por razones obvias.

España fue su coto privado y murió matando. Se echó los últimos cinco guerrilleros en septiembre de 1975 y nadie interrumpió su agonía. Sirvió a los suyos y se sirvió lo suyo, pero sin duda dejó un legado. Imborrable. Algo que también esperaba conseguir Pinochet tras el primer golpe militar del siglo xx. Decía un portal cibernético de ultraderecha, Despierta Chile, que

el 20 de noviembre de 1975 muere cristianamente el caudillo Francisco Franco. Millones de españoles lloran desconsoladamente su muerte. Muy pocos jefes de Estado extranjeros se atreven a asistir a su funeral; entre los que tienen el valor de venir destaca uno; el general Pinochet. Al pasar el general Pinochet al lado de los falangistas que despiden a Franco, éstos se cuadran y levantan el brazo. Pinochet levanta el suyo y las lágrimas afloran en los robustos hombres fieles al caudillo. Su imponente capa gris no pasa desapercibida ni entre los que lloran a Franco ni entre los que se alegraron de su muerte4.

En sus declaraciones periodísticas, en sus pensamientos íntimos, Augusto Pinochet siempre se declaró «admirador del caudillo». En las exequias del viejo golpista, ésas fueron sus palabra: «España, durante mucho tiempo, ha sufrido, como nosotros sufrimos hoy, el intento perverso del marxismo, que siembra el odio y pretende cambiar los valores espirituales por un mundo materialista y ateo. El coraje y la fe que han engrandecido a España inspiran, también, nuestra lucha actual. Por eso, el jefe de Estado concurre en representación del Gobierno y el pueblo chilenos a rendir homenaje a este guerrero que sorteó las más fuertes adversidades y también a entregar nuestros mejores augurios y deseos para la España de hoy, de mañana y de siempre»5.

Luego, y sin aspavientos, surge la odiosa pregunta: ¿no será que este trauma expiatorio que Franco prolongó durante toda una agónica guerra y una atroz posguerra, tuvo la exacta y clarividente vocación de quebrar el espinazo de los españoles para que ellos y sus descendientes aceptaran algo tan absolutamente inmoral, el poder de los peores, que sólo la estricta necesidad de sobrevivir y salvar el pellejo hacía tolerable? En el camino, y para décadas quizá, el trauma original fue tan crucial, doloroso al extremo, y se repitió tanto en el tiempo como pesadilla recurrente, que incluso tras la lenta mejoría en las condiciones de vida de los vencidos, ¿no terminamos por creer que es lo mismo sobrevivir que existir, negar que recordar, acatar que exigir? De tantos libros escritos sobre la guerra y sus secuelas, pocos hacen conjeturas sobre la terapia radical que Franco aplicó a sus súbditos, pero un notable periodista, Víctor Alba, que vivió la mayor parte del tiempo en el exilio americano, señaló en un libro-testimonio, Todos somos herederos de Franco, la moraleja del shock:

Este clima de desconfianza absoluta, de miedo a cualquiera porque cualquiera podía ser el delator al acecho […], esta sensación de que todo llegaba por la espalda, de que los españoles que habían sido solidarios, nunca colaboradores de la policía política, gente decente y de dignidad, se habían convertido en un pueblo de delatores y delatados, que los amigos, los parientes, los compañeros de trabajo, podían lanzarte a la cárcel, prevaleció en el país durante por lo menos veinte años, es decir, el tiempo suficiente para cambiar a los que sobrevivieron a la Guerra Civil y a los que vivieron como niños y se hicieron adultos en los primeros años del franquismo6.

Un silencio que ha tenido una consecuencia imborrable en todas las posteriores generaciones, incluida la que ahora transita por el siglo xxi, pues todo el mundo «creció sin pasado» y, «cuando no hay pasado, no hay tampoco futuro, sino solamente presente»7. El único futuro de un país sin pasado era convertirnos en un protectorado occidental que nos librara al menos del terror que Franco inculcó en todos nosotros y por el cual España, aniquilada por el golpe de 1936, dejó de tener siquiera una historia que valiera la pena recuperar. Los valores del pasado se esfumaron y apenas quedó la movida, cuyo legado de grandes canciones e iconoclastas maestros se subsumió en la transición y en el caballo, la heroína, que inició la era del olvido, en la que aún estamos sumergidos. Así que la lógica del shock «debía forzosamente marcar la psicología de los españoles», dijo Víctor Alba en 1980, antes de que el PSOE maquillara el hundimiento moral. «Cuando, en biología, una mutación persiste, acaba modificando los genes y transmitiéndolos. En psicología hay también el equivalente de los genes: valores, educación, creencias. El franquismo mudó los genes psicológicos de los españoles.8» Es verdad que luego olvidamos todos, incluido este viejo periodista catalán que derivó hacia el fácil exorcismo del maligno comunismo soviético y sus émulos españoles. La posmodernidad del PSOE y la rendición al mercado común no nos volvió ciudadanos de una nación soberana, pero nos quitó al menos el recuerdo de haber sido «el pueblo más desgraciado, expoliado, humillado y mofado de Europa».

Desde la otra orilla del Atlántico, y en 1979, Gastón García Cantú, académico de la Universidad Nacional Autónoma de México, tuvo el acierto de definir el significado histórico de aquella doctrina del shock antes incluso de que nadie le pusiera tal nombre:

En España, en nuestro siglo, ocurre una cosa parecida en otro ciclo histórico: el del fascismo y el proceso neocolonial. No hay lugar en el mundo en el que, a partir de la caída de la República española, no se aplique el mismo método político según las circunstancias regionales: fortalecer a los aliados de la dependencia para impedir el desarrollo autónomo o lanzarlos a la reconquista del poder mediante el ejército. Los lemas, los signos, las palabras, los usos políticos, son los mismos9.

* * *

Sólo queda una incómoda marca de la humillación. Los que tenemos más de cuarenta años, no la podemos evitar tan fácilmente. Cuando alguien dude de la terapia del shock que nuestros golpistas aplicaron para ejemplo y gloria de sus pares hispa-noamericanos, recordemos la efectividad de la lección pavloviana impresa en la mente ibérica. Tiene nombre y fecha. El tejerazo del 23 de febrero de 1981, o el fallido golpe de Estado del coronel Antonio Tejero entrando a balazos en el Congreso de los Diputados la tarde de autos de la sesión de investidura del presidente Leopoldo Calvo Sotelo. No importa ahora si aquello fue un putsch promovido por el rey y su operador político Alfonso Armada, o una fastidiosa locura del búnker castrense sin apoyos reales. Importa recalcar que, durante unas horas, nos tuvieron ante la perspectiva de la muerte. Pasivos y desesperados. A merced de unas fuerzas que nos tenían literalmente aterrados y ante las cuales nuestro único resorte mental fue la sumisión o la huida. Sólo una sociedad de rehenes cimentada sobre el miedo, miedo cerval y atávico de ratas de laboratorio español, pudo responder así. Pidiendo la hora en la soledad de cada uno porque no había diques contra la jauría de siempre.

Todo lo que honestamente podemos contar, y yo me acuerdo porque tenía quince años, es la piel enchinada y el síncope en el corazón, el sudor frío y un temor larvado pero canijo. Letal combinación que sufrieron miles de personas aquella tarde de invierno de 1981. Todas y cada una de ellas estaban pensando en huir de su propia tierra antes que terminar en el paredón o tras las rejas. Es decir, la única reacción era quemar papeles y correr de nuevo hacia Francia. Así fue nuestra triste condición aquella noche, y no hay versiones bonitas de esta humillación colectiva. En mi casa se empezó a hablar bajito y al teléfono se decían cosas, pero con circunloquios, por si alguien escuchaba. Un atroz silencio presidía el edificio. No se movía ni una hoja. Nadie circuló por las calles excepto los tanques del jefe de la III Región Militar, el general de división Jaime Milans del Bosch, que en Valencia amedrentó a todos. Nada fuimos aquella noche. Esa es la verdad. Todo lo que se firmó en la Transición, todas las renuncias, las amnesias, las simulaciones, las rendiciones que se aceptaron, acataron e interiorizaron, necesitaban de una última vuelta de tuerca, la que nos tragamos sin chistar la noche del 23 de febrero de 1981. Debíamos recordar de nuevo, y por última vez, que estábamos vivos gracias a ellos. Quién manda y quién se calla, supongo. Cuando, a la 1.00 de la madrugada del día 24, salió en TVE Juan Carlos I, con el uniforme de capitán general de los Ejércitos, para decirnos que no aprobaba el golpe y que podíamos irnos a dormir, estaba todo el mundo tan acojonado que empezamos a vivir la clásica alucinación del rehén agradecido. Del síndrome de Estocolmo a la máxima pasividad.

Desde entonces quedó claro que los ciudadanos de España no seríamos protagonistas de la historia sino pasivos receptores de un guión que ya no nos pertenecía. Los viejos oligarcas se juntarían con los nuevos arribistas del PSOE para dejar que Felipe González hiciera, a costa de sus votantes, el rescate y cartelización del capitalismo español. Aunque hubo su lado amable: los militares se fueron esfumando, los policías ya no parecieron tan amenazadores y el Estado del bienestar se puso un poquito mejor; poco más, en verdad. Hasta que apareció José María Aznar, el conformismo social se convirtió en norma de vida colectiva. Algo que describió el académico de la Universidad Complutense y exiliado del pinochetismo Marcos Roitman en un texto que, sin hablar de la doctrina del shock, define perfectamente la tortura colectiva chilena, tan parecida en sus formas y secuelas a la española.

Mucho se ha escrito sobre las tiranías del Cono Sur y más aún sobre la relación entre los torturadores y el torturado, el llamado síndrome de Estocolmo. Pero ¿qué explicaciones hay para los comportamientos sociales capaces de ser conceptualizados como una tortura colectiva, cuando la violencia política expresa valores y símbolos que buscan apagar la historia de un pueblo y hacer tabla rasa de su memoria? Es decir, cuando el miedo, el panóptico del poder, las formas sociales de la tortura, se expresan en los espacios cotidianos, donde nadie escapa a la visión dejada por los campos de concentración de la dictadura, en las zonas abiertas, en las que ni cerrando los ojos es posible no sentir la sensación represiva de un orden que se impone bajo la razón de Estado. Donde el terror psicológico acompañaba el caminar y la muerte estaba presente en las calles y la frase de Pinochet «nada se mueve en Chile sin que yo lo sepa» era un adelanto de la mano larga del crimen y la guerra sucia.

En este acontecer, se guardaban muchos silencios, cómplices, dolorosos, de amnesia o de miedo, que ocultaban la verdad bajo un manto de cal donde yacían cadáveres de chilenos sin más condición que ser miembros del Gobierno constitucional de la Unidad Popular. Muchos negaron lo que veían. Los ahora en el poder, los visibles, amigos de la infancia, en pueblos y ciudades de treinta mil o cuarenta mil habitantes, donde las relaciones sociales son casi fraternas, convirtieron a los militantes de la Unidad Popular en elementos subversivos y en pocas horas engrosaron las filas de enemigos de la patria. En fraudulentos consejos de guerra se los condenó por traición, e intendentes, alcaldes, concejales, diputados de estos municipios, que durante años habían tenido una relación calurosa con los militares, fueron directamente pasados por las armas.

La «caravana de la muerte» es la seña de identidad de esta práctica retorcida. Se trataba de dar ejemplo. Muchos chilenos que en 1970 vitorearon el triunfo de la Unidad Popular llegaron a sentir miedo y más tarde pudor, cuando no vergüenza, por haber participado en el Gobierno constitucional. Familiares de huérfanos de detenidos desaparecidos, de exiliados y muertos en crímenes de lesa humanidad, prefirieron transgredir la verdad. El engaño y la mentira se convirtieron en un salvoconducto contra el dolor de niños y adolescentes que crecían sin saber quiénes eran sus padres. Se los crearon de artificio. Padres y madres normales, víctimas de accidentes de coches, enfermedades o deserciones conyugales. La perversión de la tiranía se ocultaba en las víctimas que huían de su pasado. Y con ello sepultaban la memoria de sus futuras generaciones. Con el argumento de proteger a la infancia, recurrían al lado negro. Si el golpe militar y la nueva sociedad levantaban el mito del comunismo asesino, nadie de los suyos debía pertenecer a dicha condición. Y para evitar el despecho de los otros, la segregación en el barrio, en la escuela, lo más sensato era cerrar la puerta a la conciencia, erradicarla; incluso se llegaron a sentir culpables. Mejor dejar las cosas como estaban. Seguir viviendo una mentira, pensar que había sido un error reivindicar justicia social, socialismo, paz, reforma agraria, nacionalizaciones, democracia y un Chile mejor. Es menos cruel el engaño permanente. Se evita el dolor. Así han muerto muchos, llevándose en sus cuerpos las señas de enfermedades psicosociales como neurosis, trastornos del sueño, cáncer de colon, hipertensión, pérdida de memoria, irritabilidad, etc. Una forma más de acortar la vida, torturados para siempre sin gritar su amargura. Ése ha sido el control político sobre el cual se ha cimentado la transición para evitar cualquier tipo de justicia frente a los violadores de los derechos humanos10.

* * *

Por eso supongo que España es el paradigma de la transición perfecta. Sin costos para los oligarcas, sin culpas para los victimarios. Aunque, al decir doctoral de Vicenç Navarro, el último de los auténticos socialdemócratas españoles, el balance fue menos oligárquico:

Este enorme bloque de poder se vio forzado a realizar cambios significativos en respuesta a grandes movilizaciones populares. La imagen tan promovida por el establishment mediático y político del país de que el rey nos trajo la democracia es una burda manipulación del análisis histórico. La mejor prueba de la escasa sensibilidad democrática del monarca fueron los borradores del cambio propuesto por los primeros gobiernos monárquicos, en los que la representatividad y diversidad políticas estaban sumamente limitadas. Fue la presión de las clases populares y muy en particular de las huelgas obreras de claro carácter político (ignoradas y ocultadas en la historiografía oficial) las que forzaron los cambios en aquellos borradores. Aquellos años vieron las movilizaciones de la clase trabajadora más intensas que se hubieran visto en Europa desde los años sesenta. En 1976 hubo 1.438 días de huelga al año por cada 1.000 trabajadores (la media en la Comunidad Europea era de 390 días), y en la metalurgia, 2.085 por cada 1.000 (el promedio en la Comunidad Europea fue de 595 días).