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Un libro imprescindible para conocer los entresijos de ese mundo financiero que domina la economía y el discurso político. Más de cuatro años después del inicio de la crisis financiera, se han recuperado con dinero de los contribuyentes los negocios lucrativos de la banca, pero las consecuencias socioeconómicas (cierres de empresas, desempleo, ahorros evaporados, rebajas salariales…) se dejan sentir sobre los ciudadanos, amedrentados o indignados. En este libro, Juan Hdez. Vigueras, del Consejo científico de Attac, aporta respuestas con una mirada crítica al interior de las finanzas globalizadas y nos desvela los mecanismos de la especulación: los jugadores (la banca financiera, los fondos de inversiones, la gran empresa, las agencias de calificación); las fichas con las que juegan (las hipotecas, los derivados, los alimentos básicos, el petróleo, el armamento, la contaminación…); y también los reguladores en la sombra. Unos juegos con cartas marcadas, trucos y trampas, que conforman un entramado mundial no controlado por los gobiernos y que se impone sobre los proyectos democráticos de los países.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
© Juan Hdez. Vigueras, 2012
© Clave Intelectual, S.L., 2012
C/ Velázquez 55, 5º D – 28001 Madrid – España
Tel. (34) 91 781 47 99
www.claveintelectual.com
Todos los derechos reservados. No está permitida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin el permiso escrito de la editorial.
ISBN: 978-84-945281-2-5
Diseño de cubierta: Ozono (www.ozonocb.com)
Portadilla
Créditos
Índice
Dedicatoria
Cita
INTRODUCCIÓN
Después de cuatro años de crisis, mandan los mercados
De la resolución política se ha pasado al miedo
Casino, jugadores y juegos autorregulados
La ampliación del casino
Los reguladores del casino en la sombra
Parte I. CASINOS, JUGADORES Y JUEGOS
Capítulo 1. La alta velocidad de las bolsas
1. La reactivación del juego mundial del dinero
2. Estrategias y algoritmos de alto riesgo
Una infraestructura tecnológica compleja
Plataformas mercantiles y el trading de alta frecuencia
Estrategias especulativas en las nubes
3. El negocio de la gestión de las bolsas y mercados
Las bolsas, reguladores privados
Mercados y plataformas extrabursátiles y opacas
¿Hacia una bolsa mundial integrada?
La inhibición de los gobernantes
Capítulo 2. Los juegos de la banca financiera
1. Las jugadas bancarias de bolsa
La expansión de la banca financiera
Las operaciones de bolsa por cuenta propia
2. Los juegos con las deudas ajenas
La multiplicación de panes y peces financieros
El IKB y el Northern Rock, dos modelos opacos
La burbuja inmobiliaria española
3. El juego de los repos
Los negocios bancarios con el BCE
La especulación y las trampas de Lehman Brothers
4. Las jugadas con divisas
Los bancos hundieron Islandia
La especulación con divisas, un juego de casino
5. Los juegos ocultos de la banca
La banca en la sombra
Abusos y riesgos descontrolados por la dirección
El riesgo sistémico de la banca
Capítulo 3. Juegue con los fondos de alto riesgo
1. Los especuladores institucionales y los minoristas
El acceso del ahorro particular a la especulación
El auge de los fondos cotizados ETF
Las inversiones confidenciales españolas
2. La capacidad especulativa de los hedge funds
Reactivados tras la crisis financiera
Apostando por las diferencias y a la baja
El rumor es la espoleta
La información confidencial, fuente de ganancias
3. Por qué los hedge funds deben regularse
Capítulo 4. Las apuestas mutuas de los derivados
1. La opacidad y el descontrol billonario
Los derivados, ¿una historia de misterio?
Un gigantesco mercado descontrolado
2. La especulación con falsos seguros de crédito
Derivados de la catástrofe ecológica del Exxon Valdez
Un mercado especulativo mundial
El riesgo sistémico de los derivados de AIG
3. Los Swaps de Toyota, de la crisis griega y de Milán
Toyota logra beneficios con derivados
Derivados a la griega y otros
Derivados a la italiana
4. Los riesgos de la autorregulación bancaria
Parte II. LA AMPLIACIÓN DEL CASINO
Capítulo 1. La especulación con alimentos básicos
Las amenazas de crisis alimentaria
La banca juega con los alimentos básicos
Mercados dominados por la especulación financiera
Bolsas, mercados extrabursátiles e índices
Desregulación financiera y la transparencia
Capítulo 2. El juego financiero del petróleo
El predominio del «barril de papel»
Los financieros fijan los precios del petróleo
La especulación sobre el barril
El negocio oscuro del petróleo
La deficiente regulación de la energía
Capítulo 3. Juegos financieros con las armas y las guerras
¿Rescatada Grecia o la venta europea de armas?
La carrera armamentista mundial
Por qué los EEUU deben reducir el gasto militar
El complejo entramado financiero-militar
Las armas y las guerras cotizan en bolsa
La innovación financiera específica
Las grandes corporaciones y los inversores institucionales
Capítulo 4. Los juegos financieros con el cambio climático
Derivados del derecho europeo a contaminar
Los negocios bancarios con el CO2
Un negocio emergente en los EEUU
Otra nueva línea de negocio bancario
El debate político en el Congreso
Una próxima burbuja o una solución alternativa
Capítulo 5. Los juegos privados con deuda pública
1. La dependencia financiera de los gobiernos europeos
2. Las políticas se juegan en las bolsas
Los especuladores al acecho
Los análisis financieros valoran la política
La especulación con los CDS soberanos
Índices bursátiles, instrumentos y productos
3. Ganan las agencias y los grandes inversores
Los gobiernos, juzgados por las agencias
La presión de los vigilantes
4. La vulnerabilidad del Eurogrupo
Parte III. LOS REGULADORES DEL CASINO EN LA SOMBRA
Capítulo 1. Los gobiernos pierden la partida
1. El juego de los lobbys
2. El G-20 mantiene el consenso neoliberal
Los paraísos fiscales, los bonus y la tasa Tobin, cortinas de humo
Los bancos demasiado grandes para quebrar
Los derivados, apuestas garantizadas
3. Wall Street, Complacido con la reforma de Obama
El intento de limitar las operaciones bancarias en bolsa
La ley Dodd-Frank de reforma financiera
El difícil desarrollo reglamentario
4. La City acepta la supervisión financiera europea
La regulación europea de los hedge funds y la venta en corto
La Comisión Europea defiende la especulación
El largo programa europeo «reformista» en curso
Capítulo 2. Las agencias reguladoras del casino
1. Calificaciones crediticias muy dudosas
Fábricas de triple A
Modelos matemáticos y calificaciones al gusto
Intereses en conflicto
2. Las agencias insertas en el sistema
El BCE depende de las agencias
Piezas clave en los juegos financieros
Los mercados necesitan a las agencias
3. Las agencias, reguladores privados en la sombra
Las agencias dominantes, un oligopolio mundial
Un negocio político
Las reformas legislativas tras la crisis
Capítulo 3. La contabilidad falaz de los jugadores
1. Informes bancarios deficientes
2. La pretendida neutralidad de la contabilidad
¿Qué valen los activos tóxicos?
¿Quién audita a los auditores?
3. EL IASB, Un legislador global en la sombra
Un legislador privado mundial
Globalización de la información contable
Desglose por países, una reivindicación
Capítulo 4. Basilea (Suiza) Fija las reglas del juego bancario
1. La deficiente regulación bancaria internacional
Lagunas y fallos graves de Basilea
Daños más que colaterales del BIS
2. Basilea III, aprobado por los mercados
La solución salomónica
Lo que no se ha regulado
3. El BIS, el poder bancario en la sombra
La Torre de Basilea para los bancos centrales
El amparo de la opacidad del sistema
La clave histórica
Unas reflexiones finales
Notas
A Chechu y Marga
«Detrás de cada cínico (o, simplemente, incompetente) ejecutivo bancario o inversor hay un economista que le asegura (a él y a nosotros), desde una posición de autoridad intelectual indiscutida, que sus actos son útiles socialmente y que, en todo caso, no deben ser sometidos al escrutinio público»
TONY JUDT, historiador y pensador (1948-2010) en su último libro Algo va mal
Al comenzar noviembre de 2011, el mero anuncio por el primer ministro griego de un referéndum sobre un nuevo plan europeo de rescate de las finanzas griegas, «desataba el pánico en la UE» según titulaba la noticia un periódico relevante. Las acciones de los bancos bajaban súbitamente y se disparaba hasta cotas desconocidas la llamada prima de riesgo, el sobrecoste de la deuda soberana de países solventes como Francia, Italia, Bélgica o España, acrecentando la presión pública del directorio germano-francés que lograba la suspensión del referéndum anunciado, la dimisión del primer ministro y la formación de un nuevo gobierno en Grecia bajo una personalidad tecnócrata sin pasar por las urnas. E igualmente sin elecciones, casi en paralelo, el encarecimiento de la financiación pública desencadenaba la dimisión del primer ministro italiano y la constitución de un nuevo gobierno bajo otro prestigioso tecnócrata, designado senador el día anterior por el presidente de la República, para ejecutar un plan de reducción del gasto público con idéntico objetivo de lograr la estabilidad de los mercados. En ambos casos con la aprobación formal de los parlamentos. Son recientes ejemplos significativos de la presión política que la dinámica especulativa de los mercados financieros globales ejercen sobre los gobiernos democráticos para que ejecuten políticas ajenas a los deseos expresos de sus electores. Y en el plano comunitario, tras 18 meses de crisis, con carácter marcadamente defensivo frente a los mercados, se producía un acuerdo político en el Consejo Europeo para un posible tratado abarcando únicamente un pacto presupuestario, la coordinación económica reforzada de los gobiernos y el refuerzo adelantado del fondo de estabilización previsto, según prevé la Declaración de los Jefes de Estado y de gobierno de la zona del euro del 9 de diciembre de 2011, que ha contado con la oposición y la exclusión voluntaria del Reino Unido que se mostraba más interesado en la defensa a ultranza de los intereses financieros de la City que en la integración europea.
Este libro intenta analizar el tema del porqué mandan los mercados después de cuatro años desde el inicio de la crisis y tras el fracaso de los gobernantes, que pasaron de la resolución política al sometimiento a «los mercados» aplicando políticas que sus ciudadanos rechazan. Descifrando el argot financiero al uso, en lenguaje asequible y sobre documentos y casos significativos, algunos difundidos por la prensa, examinamos con una visión crítica, pero rigurosa, el entramado financiero mundial, que escapa al control de los gobiernos y termina imponiéndose también sobre los proyectos democráticos en los países desarrollados. Y los interrogantes que van surgiendo tocará responderlos a la política.
Han pasado cuatro años desde el estallido de la crisis financiera en Wall Street y los bancos (y los banqueros) aún nos gobiernan. Mientras, los gobernantes electos muestran su impotencia frente a los mercados financieros globales; y en ambas orillas del Atlántico los ciudadanos asisten a su empobrecimiento. Para la pervivencia del sistema financiero sin reformas, en Europa se apunta nuevamente la necesidad de que la ayuda financiera de los contribuyentes prevenga el riesgo sistémico. Entre tanto, en España las orgías de la especulación inmobiliaria provocadas por las finanzas sin control, se han mutado en recortes a un Estado de bienestar que creíamos consolidado.
Si echamos una mirada atrás, recordaremos aquellas grandilocuentes declaraciones realizadas por los líderes políticos del G-20 reunidos para afrontar la nueva situación, cuando el sistema financiero mundial se tambaleaba al borde de su autodestrucción. Los compromisos y las promesas brotaron de la derecha, del centro y de la izquierda, desde Gordon Brown a Barack Obama, desde Angela Merkel a Nicolas Sarkozy, de los Bancos centrales y del Fondo Monetario Internacional. Por entonces nos aseguraban que en adelante las finanzas serían transparentes y estarían supervisadas, al servicio de la economía productiva. Y los intereses de la gente de la calle (Main Street era la metáfora de Obama en su campaña electoral) se impondrían sobre Wall Street y sus bancos asociados. El capitalismo del laissez faire promovido por el Consenso de Washington tenía sus días contados. Las economías más ricas del mundo atenderían la economía real, la que crea riqueza y empleo, en oposición a la ingeniería financiera.
Y desde luego, un gran cambio real tuvo lugar. Y cientos de miles de millones de dólares en activos tóxicos que antes figuraban en las cuentas de los bancos, se acumularon a los déficits generados por la recesión económica inducida por el crac y al endeudamiento de los gobiernos. Los Estados, en particular los europeos, se han endeudado con emisiones de bonos soberanos que algunos en la eurozona no podrían pagar; mientras algunos bancos europeos, atiborradas sus carteras con bonos soberanos, son los realmente rescatados por los préstamos y ayudas de los rescates oficiales de Grecia, Irlanda o Portugal. Y hasta, lo nunca visto, una agencia de calificación crediticia se atreve a considerar que los bonos del Tesoro estadounidense no tienen ya la solvencia de antaño. «Los mercados» es el eufemismo con el que los gobernantes y medios esconden la realidad del poder incontrolado del entramado de los grandes bancos y fondos especulativos que operan en el casino financiero mundial.
Entre tanto, una gran mayoría de ciudadanos de ambas orillas del Atlántico se empobrece. El presidente de los EEUU asiste a su pérdida de popularidad por su impotencia frente a un nivel de desempleo históricamente alto. Y los gobernantes europeos vacilan y demoran las soluciones transitorias sin atreverse a cambios radicales; la Unión Europea y el Eurogrupo revelan sus deficiencias institucionales porque se concibe como un simple «espacio financiero europeo», donde el capital entra y sale cuando quiere sin control alguno. Y frente a esas carencias de las instituciones públicas europeas, los especuladores de toda ralea vienen haciendo grandes negocios periódicamente. Y los hogares están pagando las facturas de los banqueros con servicios públicos degradados, elevado desempleo en algunos países como España, recortes del gasto público y social y miedo en los ciudadanos. Mandan los mercados.
Con el grito «¡Los mercados financieros no nos pueden gobernar!» comenzaba la Carta que el 19 de mayo de 2008 dirigían al presidente de la Comisión Europea los ex presidentes de ese órgano ejecutivo de la UE, Jacques Delors y Jacques Santer, y hasta doce conocidos líderes de la socialdemocracia europea, como Helmut Schmidt, Lionel Jospin, Michel Rocard, Göran Persson, Massimo D´Alema, Poul Nyrup Rasmussen, Paavo Lipponen, Otto Graft Lambsdorf, Pär Nuder, Hans Eichel, Daniel Daianu, Ruairi Quinn. Y suscribían párrafos inequívocos de un claro diagnóstico con la autoridad moral de los firmantes, todos ellos ex jefes de gobierno o ministros de Hacienda en sus respectivos países, que tuvieron su cuota de responsabilidad en momentos históricamente no lejanos sobre la liberalización y desregulación de los mercados financieros en la Unión Europea. Rectificar es de sabios, dice el refrán castellano; y en unos párrafos dejaban clara una situación que hoy, tres años más tarde, podemos suscribir:
«La actual crisis financiera no es un accidente... –decían– Esta crisis es un fracaso de los mercados sin regulación o deficientemente regulados; y nos demuestra, una vez más, que el mercado financiero no es capaz de autorregularse. (…) El mundo financiero ha acumulado una cantidad masiva de capital ficticio, con muy pocos beneficios para la humanidad y para el medioambiente. Esta crisis financiera ha arrojado alguna luz sobre las alarmantes diferencias de rentas que se han incrementado en las décadas recientes. Irónicamente, los bonus y los sueldos alcanzaron niveles increíbles para muchos presidentes y consejeros delegados mientras se estancaba la rentabilidad de sus empresas o incluso descendía». Y pedían a quienes deciden la política europea, en el plano nacional y en el de la Unión, que tenían que dar una respuesta firme a la actual crisis financiera. Pero a estas alturas aún no la han dado.
Y meses después de la referida Carta, Nicolas Sarkozy, que en el verano de 2008 comenzaba a ejercer de presidente semestral de la UE, describía con mayor elocuencia que cualquier otro gobernante las iniquidades de los mercados del dinero liberalizados. Fue aquel momento en que el presidente francés nos dijo que había que refundar el capitalismo y embridarlo para reavivar la economía social de mercado. Pero eso no ha sucedido. Luego vino la crisis de la deuda soberana de Grecia, cocinada entre Goldman Sachs, los gobiernos conservadores y Bruselas, y el endeudamiento privado y público puso cerco a la eurozona; y monsieur Sarkozy –decían– comenzó a desvelarse por las noches, preocupado porque Francia pudiera perder la calificación crediticia de la triple A al descubrir que los mercados se habían recuperado.
Y no era ni es el único que descubría la dura realidad. Mientras se esfuerzan por reducir los enormes déficits presupuestarios, los políticos occidentales optaron por presentarse más como agentes de «los mercados» y de sus demandas que como representantes de sus electores. David Cameron no tuvo pelos en la lengua al decir, como primer ministro del Reino Unido, que iba a recortar el gasto sobre el Estado de bienestar y reducir el papel global de la nación, porque el Banco de Inglaterra le había dicho que las agencias de calificación crediticia no se contentarían con menos. Zapatero congeló las pensiones de los jubilados y bajó los sueldos de los funcionarios; y se reunió en Wall Street para explicar sus medidas de ajuste a un distinguido grupo de tiburones financieros. Y Alemania ha impuesto el rigor mortis a los países más débiles de la eurozona. «Los mercados» es el argumento supremo e indiscutible para los gobernantes europeos de la derecha y de la izquierda.
Desde el inicio en 2007, la crisis financiera reveló algunas ironías. Las explicaciones iniciales eran simples. Lo que había sucedido no era más que resultado de la abundancia de ingentes cantidades de dinero, que daban vueltas por el sistema global y eran prestadas a hogares estadounidenses que nunca podrían devolverlas. Y, más tarde, descubrimos que España con el desmadre del endeudamiento bancario y sus orgías inmobiliarias era otro típico ejemplo. Cuando comenzó a llegar el contagio a Europa, la mayoría de los europeos echaban la culpa del crac al capitalismo angloamericano desbocado, pero luego descubrieron que sus propias entidades habían sido totalmente cómplices (BNP, Dexia, etc.). Incluso, mientras la señora Merkel despotricaba en el G-8 de junio de 2008 en Heilinguedan contra los fondos especulativos de alto riesgo, resultaba que los bancos públicos regionales propiedad de Alemania habían estado entre los más ávidos jugadores del casino, como el IKB, Sachsen, etc. Y aquella abundancia de dinero barato, que entraba sin control por las fronteras, había construido viviendas en sitios inhabitables de la península, sin que se cumpliera aquel derecho a una vivienda digna.
Ante la catástrofe, los gobiernos se apresuraron a rescatar a los bancos para salvar el sistema, que se suponía que se autorregulaba sin necesidad de interferencia estatal. Y con subvenciones, préstamos y avales, los bancos remontaron y se recompuso el sistema financiero global, como vemos en los datos aportados en este libro. Y los mercados financieros muestran su pujanza frente a los atribulados gobiernos que, en particular, en Europa se muestran incapaces de adoptar medidas que rompan la lógica de los mercados. Ahora, los bancos y entidades financieras están extrayendo grandes beneficios de las operaciones financieras que lord Turner, el jefe de la autoridad de servicios financieros del Reino Unido, ha calificado como intrínsecamente inútiles; sin embargo, lord Turner ha sido casi la única voz en el sistema en sugerir un repensar los fundamentos. Las decisiones políticas que se adoptan se justifican –nos explican– para remediar los errores del pasado, pero esas medidas regulatorias menores adoptadas son juguetes frente a la capacidad de los mercados financieros para causar estragos en cualquier economía. La crisis en la eurozona muestra cómo los instintos gregarios de los mercados financieros son capaces de desestabilizar un continente entero. Y la consecuencia ha sido empujar a los gobiernos europeos hacia una prematura y desenfrenada carrera para reducir los déficits fiscales antes de que la recuperación estuviera garantizada.
Con una poca ayuda de los organismos reguladores, los grandes bancos podrán ahora declarar que su solvencia ha sido debidamente probada, pero resulta que hay que repetir las pruebas de solvencia bancaria y los desequilibrios sistémicos permanecen. Los mercados financieros internacionales van muy por delante de la capacidad de los líderes políticos para entenderlos, para supervisarlos y menos aún para controlarlos. De modo que, cuatro años después, las cosas están prácticamente como estaban, salvo que para la mayoría de nosotros ha bajado el nivel de vida y se afianzan quienes intentan convencernos de que no hay alternativa.
Para entender por qué estamos así hemos escrito este libro, dividido en tres partes, destinado a desmitificar «los mercados», llamando la atención sobre las causas de los problemas que acucian a los ciudadanos y mostrando la realidad de este casino financiero que se impone directa o indirectamente a los gobiernos, mientras no sea regulado y sometido al poder político de la democracia.
Comenzamos con un vistazo en la parte I, a los circuitos de los mercados financieros globales, que han aumentado tanto en volumen como en movilidad, y que han asentado su predominio y autonomía sobre la economía productiva. Nuevas estrategias basadas en innovaciones tecnológicas utilizan redes de ordenadores programadas para la especulación acelerada. Y las grandes firmas, que gestionan las antiguas bolsas ahora como negocios privados en expansión, organizan nuevos mercados y plataformas negociadoras encaminándose hacia su integración mundial. Todo ello, gracias a la consolidación del principio de la libertad de movilidad internacional del capital y a la desregulación y opacidad de los mercados financieros.
Los grandes bancos internacionales contribuyen a esa dinámica financiera. Después de un año durante el cual estuvieron desendeudándose, en 2010 el grupo de los 1.000 primeros bancos del mundo (Santander y BBVA, entre los veinte primeros) creció y obtuvo unos beneficios próximos al 77% por encima del año anterior, según fuentes solventes. La banca financiera, que se esconde como banca de depósito tradicional, explota las bolsas y los mercados privados extrabursátiles para desarrollar e idear nuevas operaciones, alejadas de las necesidades de la economía real. Así, los propios créditos concedidos por los bancos son paralelamente una fuente de obtención de liquidez y de negocio financiero, convertidos en títulos bursátiles que se venden a inversores y especuladores. La titulización fabrica productos financieros desligados de la realidad económica. Y amplía la financiación bancaria para extender el negocio multiplicando panes y peces, creando burbujas y desequilibrios que incentivan el endeudamiento. Asimismo, los bancos especulan con los repos, préstamos con garantías que obtienen de los Bancos centrales y se transforman en productos comercializables, etc. Esta actividad bancaria transnacional, que se ha incrementado, carece del control que las autoridades ejercen sobre la banca tradicional, como muestra la disponibilidad de la banca a la sombra de los llamados paraísos fiscales. Y los frecuentes escándalos revelan el descontrol de alta dirección de los bancos sobre los traders o agentes comisionistas y la utilización de los depósitos de los ahorradores para la especulación en bolsas.
Igualmente, al predominio de las finanzas contribuye una gama de instrumentos y productos como los fondos cotizados que atraen al pequeño ahorro hacia la especulación, mientras las grandes fortunas utilizan los hedge funds o fondos de alto riesgo, promocionados por los bancos más importantes para lograr ganancias fáciles como rentistas. Con prácticas como la venta en corto, el negocio financiero se convierte en un fin en sí mismo, un comercio con humo que consigue altas rentabilidades con graves riesgos y perjuicios para la economía real. Los llamados inversores institucionales promocionan modalidades especulativas como los derivados, que son ante todo un mercado financiero gigantesco de unos 600 billones (trillion) y descontrolado en su mayor parte; apuestas que apenas se entienden. De ahí los abusos y engaños que generan incluso para entidades públicas que entran en ese juego, como en hechos que referimos. Uno de tantos interrogantes que plantean los derivados es si los bancos y los grandes fondos especulativos, que hacen estas grandes apuestas, disponen de los activos que les sirven de garantía o aval para afrontar las pérdidas, dadas las variaciones de los precios de esos activos en que se apoyan.
En esta segunda parte, apuntamos la expansión del dominio financiero sobre los precios de los alimentos básicos, del petróleo, de la fabricación y producción de armamento o incluso sobre los programas de lucha contra el cambio climático, que, junto a los valores respaldados por activos financieros, integran los megamercados mundiales, un mundo opaco y autónomo que se entrelaza y se superpone con los mercados físicos, reales, de la economía productiva, incidiendo negativamente sobre su funcionamiento.
En la medida en que lo permite el marco escasamente regulado y la libertad de innovación, los grandes bancos han ido expandiendo sus intereses de mero lucro sin añadir valor alguno, mediante la invención de nuevos productos y vehículos financieros destinados a disponer de más liquidez y acrecentar las comisiones que perciben y el negocio especulativo, convirtiendo en activos financieros los contratos comerciales empleados en los grandes mercados físicos. Actualmente, la especulación financiera se desarrolla sobre el comercio mundial de materias primas agrícolas, afectando al comercio internacional de los alimentos básicos, provocando injustificados encarecimientos y escasez de los suministros y hambre en los países más pobres el mundo, como demuestra la documentación que referimos. En estos mercados mundiales de la alimentación, los grandes bancos internacionales han irrumpido hace años como nuevos especuladores junto a los especuladores tradicionales del acaparamiento. Asimismo, esta especulación financiera encarece el precio del barril de petróleo. Estos precios no son determinados por la producción y la demanda de consumo, por el mercado físico del barril, sino que son fijados por las gigantescas entidades bancarias de Wall Street, como Goldman Sachs, o europeas, como el Deutsche Bank y otros bancos. Y de manera similar se han desarrollado los intereses de las firmas financieras que pesan fuertemente sobre en el comercio internacional de armamento, encarnados por grandes bancos y fondos especulativos que acumulan amplias carteras de títulos valores sobre «la defensa» y obtienen rentabilidades sobre las vicisitudes bélicas. Aún más, está por demostrar que el comercio sobre los créditos para emisiones de CO2 favorezca la lucha contra el cambio climático, puesto que al final queda subordinado al lucro bancario.
Sobre el endeudamiento de los gobiernos se han montado unos mercados abiertos a los inversores y especuladores de cualquier parte del mundo; y hasta el juego de las finanzas ha llegado incluso a impregnar la gestión de gobiernos y administraciones públicas, que acuden a los mecanismos de la especulación para allegar recursos. La deuda soberana es un activo más de mercados específicos globales, objeto de casi todo tipo de transacciones en negocios donde se cotizan las decisiones de los gobiernos, con transacciones que evolucionan según las expectativas de rentabilidad que tienen los inversores y especuladores; las cuales en definitiva implican un enjuiciamiento influyente, condicionante o decisivo sobre los gobiernos democráticos por parte de quienes no son sus votantes. Aquellos gobiernos más endeudados ven sometidas sus actuaciones a los juicios y valoraciones de la «comunidad financiera», que como tal tiene un modelo propio de economía como referencia. Esta penetración de las finanzas sobre los distintos territorios de la economía productiva constituye el fenómeno de la financiarización, la lógica del puro beneficio financiero y el predominio creciente de los bancos, ajena a las necesidades de inversiones productivas que tienen la economía real; una situación en la cual el dominio de los mercados financieros globales, sin fronteras, deja sentir su peso sobre el funcionamiento de las economías nacionales e internacionales, que crean empleo y riqueza para los países.
¿Alguien confiaría en los casinos si únicamente estuvieran regulados por sus normas internas? Si los casinos –como sucede en gran medida con los actuales mercados financieros– establecieran sus propias reglas y si la Administración pública nunca comprobara su aplicación correcta para ver si hacían trampas, está claro que solo acudirían a ellos todos los tahúres del planeta. Pues bien, a estas alturas todo indica que los gobiernos democráticos han renunciado a regular el gran casino financiero, como podemos comprobar en la tercera parte del libro. Desde luego, resulta evidente el fracaso de los gobiernos del G-20 y de la UE en conseguir la reforma del sistema financiero globalizado, algo que nunca pretendieron a pesar de los comunicados y las altisonantes declaraciones. ¿Y se acuerdan de las agencias de calificación? Los políticos decían que iban a recortarles las alas, pero nunca lo hicieron. Al contrario, las mantienen como parte del sistema y ahora son árbitros, jueces y verdugos de los gobiernos. Ni los gobernantes han establecido una regulación seria de las finanzas, ni las han dotado de organismos públicos supervisores para controlar de verdad las operaciones transnacionales de la banca, que siguen estando descontroladas; y que carecen de la seguridad jurídica que demandan ahorradores y ciudadanos en general. Hoy siguen siendo reales los riesgos que supone la existencia de grandes bancos internacionales demasiado grandes para dejarlos quebrar ¿Podría el gobierno español rescatar al Santander y al BBVA?
Los gigantescos mercados de derivados financieros continúan funcionando sin control público alguno como los centros financieros offshore, los llamados paraísos fiscales, que perjudican seriamente la recaudación tributaria de los Estados agobiados por los déficits. Y lo que es peor aún y la ciudadanía desconoce, es que tras la crisis han salido fortalecidos los reguladores privados en la sombra que mantienen el sistema que nos condujo a la crisis, como son las agencias privadas de calificación de riesgos crediticios; el IASB, una entidad privada domiciliada en Delaware que legisla las normas internacionales de la contabilidad financiera; y el Comité de supervisores bancarios que es un órgano del Banco de Pagos Internacionales de Basilea (Suiza) (BIS), que han instrumentado los viejos y nuevos acuerdos entre bastidores sobre la solvencia de la banca. El BIS es un verdadero poder en la sombra ignorado por los medios. Y el G-20 encargó las reformas proclamadas a esta tecnocracia internacional que carece de mandato democrático y sirve intereses espurios, que no responde ante ningún parlamento; y es la que ha logrado pretendidas reformas para que todo siga igual de amenazante para las economías productivas, la democracia y para los ciudadanos.
Frente a este entorno financiero, nuestro convencimiento, que resumimos en unas reflexiones finales, es que todas las políticas de los gobiernos deberían tener como hilo conductor la salvación de la democracia mediante medidas reguladoras apropiadas sobre las finanzas en el plano del Estado, de la Unión Europea y de la ONU y de los organismos internacionales dominados por la tecnocracia política. Si tenemos un sistema aéreo internacional con estrictas regulaciones, seguro y eficiente al servicio de los ciudadanos, ¿por qué no podemos tener un sistema financiero global regulado para que sirva a la economía real y respete la soberanía y la democracia de los países?
En cuatro segundos se pueden invertir 1.000 millones de euros en cualquier parte del mundo. «Es algo que sucede tan rápido en el ordenador que se pierde el sentido de las cantidades manejadas. El mercado internacional es tan grande que absorbe cualquier orden en cuestión de segundos», confesaba Jerôme Kerviel, un experimentado agente de bolsa condenado por un tribunal de París porque hizo perder casi 5.000 millones de euros a su empresa, el banco francés Societé Générale[1]. Es el resultado de la alta velocidad que ha llegado a las bolsas y mercados con megaordenadores que se sitúan «en las nubes» o en la opacidad; y que facilitan las oleadas especulativas que desequilibran las bolsas y mercados, y provocan los altibajos repetidos durante la larga crisis de la deuda soberana del euro.
Frente a este entorno global escasamente controlado, los gobiernos del G-20 reunidos en Cannes a principios de noviembre de 2011, reiteraban en el comunicado su compromiso de reforma del sistema financiero, habiendo acordado «principios y acciones que ayudarán a recoger los beneficios de la integración financiera y a incrementar la resistencia contra los flujos volátiles de capital», pretendiendo impedir «una vuelta a los comportamientos previos a la crisis»[2]; aunque ya ha tenido lugar como documentamos en este libro. La realidad hoy es que gracias al principio intocable de la libertad de movimientos de fondos entre países, se ha consolidado la globalización de los mercados, recuperados como demuestran los datos. Mientras los países, en particular los europeos, sufren la crisis de sus economías, los gobiernos que han contribuido a restablecer la banca con avales y ayudas multimillonarias a costa de los contribuyentes, ahora se ven sometidos al dictado de los mercados y de los especuladores para obtener la financiación exterior de su deuda soberana acumulada. Y, entretanto, se han reactivado los mercados financieros globales y han aumentado en volumen, liderados por la banca transnacional que al mismo tiempo ha hecho crecer la movilidad internacional del capital.
Dejando para los académicos las explicaciones más complejas desde la ortodoxia, veremos en este primer capítulo que los grandes grupos bancarios impulsan una infraestructura tecnológico-financiera que reafirma la autonomía de las finanzas globales frente a la economía real y en ausencia de autoridades supervisoras, con estrategias cada vez más asociadas a las fusiones e integración del negocio privado de las bolsas, plantean retos políticos soterrados de gran alcance. Y está claro que acrecientan la independencia y la influencia de quienes gestionan grandes bancos y fondos de inversiones sobre los gobiernos democráticos inmersos en las mallas de los poderes del casino financiero, reactivado tras la fase álgida de la crisis.
En 2009, el McKinsey Global Institute (MGI), el instituto investigador de la consultora McKinsey de rango internacional, reconocía que durante los dos años anteriores (2007 y 2008) «la globalización financiera había retrocedido y no estaba claro con qué rapidez se reavivarían los flujos financieros o si los mercados financieros estarían menos integrados globalmente»[3]. Pero, por contraste, desde la perspectiva de la investigación cerrada dos años después, en 2011, el MGI subraya que actualmente la cuestión es si, tras las recesiones más recientes, el volumen de los flujos financieros mundiales superará próximamente los niveles anteriores al comienzo de la crisis. Dicho de otro modo, los datos aportados por esta fuente solvente confirman que los mercados financieros globales se han recuperado plenamente de la crisis abierta en 2007, tanto en los flujos entre países como en el volumen de los mercados de acciones y bonos como derivados y otros productos financieros.
Para entender esta recuperación, hay que recordar que uno de los efectos generalizados más evidentes de la crisis financiera fue la acentuada caída de los flujos internacionales de capitales durante 2008, incluyendo las inversiones directas extranjeras, la compraventa de valores extranjeros y los depósitos y préstamos transnacionales, con cifras globales registradas de doce ceros (billones, en castellano; trillion, en inglés).
Durante la fase aguda de la crisis, estos movimientos internacionales de fondos cayeron en torno a un 85% del volumen, desde los 10,9 billones de dólares en 2007 hasta los 1,9 en 2008 y los 1,6 billones en 2009. Estos datos reflejaban el derrumbe en la demanda de inversiones (y de la especulación) extranjeras de bancos, compañías y fondos durante toda la llamada tormenta financiera global. Por el contrario, en 2010 remontaron notablemente los movimientos internacionales de capitales, alcanzando los 4,4 billones de dólares, aunque se mantienen en su nivel más bajo en relación con el PIB desde 1998, según los datos del estudio sobre mercados financieros globales del McKinsey Global Institute[4]. Hay que subrayar el contraste de estas cifras con los datos poco alentadores de las economías reales en Europa y en los EEUU que no parecen perturbar al negocio financiero global cuyas perspectivas, según las observaciones del estudio, son la pronta superación de los niveles de movilidad anteriores a la crisis, porque en cuanto a volumen esos niveles ya han sido sobrepasados. Por otro lado, esas cifras son también muy significativas porque recuerdan una característica fundamental de los mercados financieros integrados globalmente, que es su volatilidad y la inestabilidad inherentes. Como muestra la información cotidiana sobre la evolución de las bolsas, con las alzas y bajas de los índices, las finanzas ofrecen un equilibrio precario desde los años noventa, consecuencia de la liberalización y la desregulación de las economías nacionales como un hecho generalizado.
En 2010, la recuperación de la expansión financiera ha sido un hecho, según las mismas fuentes, que muestran que se ha reanudado la expansión de estos mercados internacionales en los dos últimos años hasta sobrepasar los niveles previos a la crisis. Durante los últimos treinta años, el rápido crecimiento de los valores bursátiles y la deuda privada en los mercados maduros impulsaron gran parte del incremento de la profundización financiera, medido por el ratio de activos respecto al PIB. Pero la crisis financiera y el inicio de la recesión económica detuvieron la expansión de los mercados globales interbancarios y de capital que había durado casi tres décadas. Con anterioridad a ese frenazo, hacia 2007, el valor total de los activos financieros mundiales había alcanzado el pico de los 194 billones de dólares, equivalente al 343% del PIB mundial. Pero esta tendencia se rompió por las perturbaciones posteriores a la quiebra del banco de inversiones Lehman Brothers a mediados de septiembre de 2008, que fueron los momentos más agudos con una caída de 16 billones de dólares en los mercados financieros, un valor aproximadamente equivalente al de las economías de los EEUU y España juntas, según los datos disponibles del Banco Mundial (que registraba un PIB de 14,11 billones para EEUU y de 1,46 billones para España en 2009).
Está comprobado, según esta investigación, que los mercados de activos financieros se han repuesto prácticamente en el transcurso del último año. El valor total de los valores bursátiles, comprendiendo la capitalización del mercado de acciones y los préstamos y bonos en circulación, ha dado un salto importante desde los 175 billones de dólares en 2008 hasta los 212 billones de dólares en 2010, superando el pico que se había alcanzado en 2007. Dicho de otro modo, en 2010 el volumen mundial de los mercados financieros superó más de tres veces y media el PIB mundial, es decir, representaron una cifra del 265% por encima del valor del PIB mundial. Según los datos del MGI, la mayor parte de este crecimiento global del último año proviene de un rebrote en la capitalización de los mercados de valores (stock) y del significativo aumento de los títulos de deuda soberana, es decir, de las subidas de la Bolsa y el endeudamiento de los Estados y las grandes empresas (MGI, Mapping…, opus cit.). Esta recuperación de la actividad financiera internacional sigue siendo desigual en cuanto a las zonas geográficas y en los tipos de activos financieros. En su mayor parte el aumento del conjunto de los mercados del crédito corresponde a la deuda de los gobiernos y a los préstamos de China, que quizás no todo el mundo tiene en cuenta que es el acreedor de los EEUU, que es el primer deudor mundial; pero estos mercados del crédito a nivel internacional continúan siendo frágiles en muchas partes del mundo.
Dejemos para publicaciones especializadas cualquier análisis más a fondo de esta información solvente, cuyas cifras sobre los distintos mercados hacen pensar que la globalización se ha hecho cualitativamente más importante y es mayor su integración, como también se refleja en la fusiones de las empresas gestoras de bolsas. Sin embargo, comparando estas cifras de las dos investigaciones citadas del MGI con las que se publican sobre la economía real, se revela la disociación de las transacciones financieras respecto de la realidad económica, puesto que son el resultado de los intereses especulativos del negocio bancario, muy ajenos a las necesidades de pagos del comercio internacional y de los movimientos de las inversiones productivas directas que crean empresas e industrias. Si tenemos presente que esa masa financiera se mueve libremente por el planeta y que parte de la misma se mueve a alta velocidad como veremos, entenderemos el poder fáctico que representa frente a cualquier Estado por muchos y abundantes que sean los recursos de que disponga. Solo dos datos cuantitativos de los que encontraremos en los próximos capítulos: el volumen de los derivados negociados se cifra en torno a los 600 billones de dólares, comprendidas la mayoría de las modalidades relevantes de estas apuestas, según los datos que periódicamente publica la ISDA, la asociación gremial. Y de ese importe total, el Banco de Pagos Internacionales (BIS) cifra en 403 billones de dólares las apuestas relacionadas con la especulación sobre los tipos de interés de las principales monedas (dólares, euro, yen, libra esterlina y otras). Unas magnitudes que solamente dan idea de las milmillonadas que mueven los diferentes mercados internacionales del dinero; que, asociados a la alta velocidad computerizada de las transacciones, facilitan las oleadas especulativas, como las que han creado apuros a la deuda soberana en euros.
Las gigantescas cifras financieras referidas entran y salen de las bolsas y mercados privados con celeridad. Las transacciones bancarias internacionales, facilitadas por sistemas electrónicos automatizados conectados en red, comparan precios y cierran operaciones en milésimas de segundos, reduciendo los costes operativos e incrementando la velocidad. Como estos instrumentos de alta tecnología responden a los planes de grandes bancos y firmas financieras de alcance mundial, los riesgos de la complejidad de las innovaciones no son un obstáculo para su desarrollo.
En la mañana del martes 2 de noviembre de 2010, las operaciones de compraventa del proceso electrónico continuo de la Bolsa de Londres se detuvieron durante dos horas a causa de un segundo pinchazo en las últimas cinco semanas; consecuencia de la migración del nuevo software en la plataforma electrónica de comercio financiero Turquoise, propiedad de la empresa que gestiona la Bolsa londinense[5] sin que la prensa especializada informara de los perjuicios ocasionados por las repercusiones y sin mayor alcance mediático. En cambio, tuvo gran eco mediático, el desplome relámpago de la bolsa neoyorquina, catalogado como el Wall Street plunge o el Flash crash en el mundo anglofinanciero, que hizo esfumarse la liquidez en la bolsa neoyorquina durante unos minutos.
El jueves 6 de mayo de 2010, el índice Dow Jones perdía casi 1.000 puntos en cinco minutos recuperándolos en otros quince; y la fuerte inestabilidad siguió al día siguiente en medio de la inquietud general por la inexplicable caída en picado, mientras en Europa brotaba la inquietante crisis de la deuda soberana. En una clara muestra de cómo pueden reaccionar los ordenadores en un contexto de caos, la firma operadora de alta frecuencia Tradervox llegó a vender acciones del gigante de la consultoría Accenture por un centavo de dólar, a pesar de que poco antes cotizaba a cuarenta dólares, fue como si el mercado, literalmente, se volviera loco. Algunos otros títulos llegaron a caer hasta cero durante breves momentos en una caótica sesión. Pero lo grave es que tardaran cinco meses en encontrar una explicación oficial de las causas.
Dos meses más tarde, ni Wall Street ni las autoridades habían encontrado una explicación razonada de las causas, ofreciendo la inquietante hipótesis del error de un trader que al procesar el número de acciones de una orden, quizás escribió «billion» (mil/miles de millones) en lugar de «million» (millón/millones), desencadenando el pánico en todo el mercado, con miles de operaciones que fueron anuladas por considerarse que habían sido «claramente erróneas»[6]. Dada la complejidad del caso, cinco meses más tarde y tras analizar 17 millones de transacciones, la dos agencias gubernamentales, la SEC y la CFTC, hicieron público en septiembre 2010 un informe de 104 páginas[7] del cual se deduce que el desencadenante del desaguisado había sido un algoritmo mal programado. Un algoritmo es, según el DRAE, «un conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema» o «un método y notación en las distintas formas del cálculo», pero en el lenguaje de la informática puede definirse como cualquier secuencia de pasos que conducen a la realización de una tarea dentro de un programa. De acuerdo con este informe oficial (Flash Crash Report), ese día de autos una firma de inversiones de Kansas escasamente conocida, llamada Waddell & Reed Financial, ordenó la venta de 75.000 contratos de futuros sobre el índice S&P 500, y para poner la orden en el mercado electrónico utilizó algoritmos computerizados. Lamentablemente, el algoritmo fue programado omitiendo la hora y el precio de los contratos, así que lo que podría ser una orden que entrase en el mercado durante varias horas o días, se coló en sólo veinte minutos; tensionando la entrada de esta orden el mercado de futuros y finalmente se trasladó al mercado spot o al contado. Lo demás lo hizo la inquietud en el entorno por la crisis de la deuda soberana europea y los programas de alta frecuencia, que provocaron la espiral bajista. Por aquella vez, finalmente se exoneraba al comercio de alta frecuencia o alta velocidad de cualquier responsabilidad como había aparecido al inicio de la investigación oficial; y se culpabilizaba definitivamente a la orden de ejecución mediante el algoritmo incompleto[8].
Durante ese mismo año, otro algoritmo revelaba hasta donde está llegando la competencia entre bancos y firmas ligadas a las finanzas por avanzar en sus planes de expansión en los mercados globales, con el caso de mayor resonancia después del desplome relámpago de Wall Street. En diciembre de 2010, era declarado culpable y condenado un antiguo empleado programador del banco de negocios Goldman Sachs en Nueva York, por haber robado un algoritmo, una herramienta matemática básica para el negocio de bancario. El mencionado programador (que no era un trader de Goldman Sachs) se había llevado consigo ese algoritmo a la nueva empresa Teza Technologies en Chicago que le había fichado, transfiriéndolo a un servidor en Alemania, según los hechos probados que le llevaron a la cárcel[9]. Con esta querella de Goldman Sachs se demuestra la importancia de las innovaciones tecnológicas –y también la vulnerabilidad del negocio financiero globalizado– que incrementan extraordinariamente la velocidad de las transacciones con la perfección de la conectividad de las redes, al permitir consolidar las operaciones instantáneas de un rincón a otro del planeta.
Son muestras de la complejidad de la infraestructura tecnológico-financiera que se está creando para sustentar los mercados globales, al mismo tiempo que se descubren los importantes riesgos técnicos con repercusiones impredecibles por el modo como se están produciendo, incluidas la feroz competencia entre los grupos empresariales que dominan este sector y los posibles fallos imprevisibles que generan tremendas consecuencias económicas y sociales que terminan pagando los contribuyentes, como nos ha enseñado la crisis del sistema.
Según el informe oficial, la referida firma Teza Technologies contratante del informático neoyorquino, estaba interesada en el algoritmo de Goldman Sachs porque llevaba a cabo ordinariamente operaciones bursátiles de alta frecuencia, que en la terminología de Wall Street se conoce como High Frequency Trading (HFT en siglas inglesas), una nueva estrategia basada en el uso de redes de ordenadores programadas para la compra y venta automáticamente de todo tipo de activos financieros en alta velocidad, literalmente en milisegundos. Con la estrategia operativa llamada trading de alta frecuencia o comercio financiero de alta velocidad, un título bursátil puede cotizar durante unos segundos un céntimo más caro en Frankfurt que en Singapur o Nueva York. El ordenador de los inversores-especuladores compra esos títulos en Londres y los vende en Nueva York o viceversa; o puede estar lanzando constantemente órdenes de compra y venta, buscando infinitesimales diferencias de precios sobre las que obtener beneficios; se trata de la práctica comercial secular de comprar barato y vender caro, pero con márgenes de ganancia en decimales y en tiempos inferiores a milésimas de segundos. Con esta estrategia operativa acelerada, los bancos y firmas financieras sacan provecho de las diferencias coyunturales de cotizaciones con frecuentes y pequeñas operaciones. Las transacciones se realizan con unos márgenes minúsculos, pero al final la actividad financiera aumenta haciendo que sea inmenso el volumen de operaciones.
Según los periodistas especializados de The New York Times, la volatilidad de las bolsas en agosto y septiembre de 2011, se vio facilitada por los nuevos tipos de operaciones computerizadas; y los análisis de la agencia estadounidense para el mercado de valores (SEC) concluyen que la alta velocidad, el HFT, supone el 60% del volumen diario de contrataciones y que el mercado ya no se basa en una sola bolsa sino que se fracciona a través de las grandes bolsas y la intervención de varios foros menores[10]. En un volumen similar cifran su incidencia algunos expertos, según la revista digital Institutional Investor, que calculan que entre el 50% y el 70% de todas las transacciones en todos los mercados bursátiles de Estados Unidos, son realizadas por medio del trading de alta frecuencia, a pesar de que esta técnica sólo empezó a difundirse a partir de 2004[11]. Otros analistas sitúan en casi el 70% el volumen de las transacciones mediante el HFT[12]. Este trading de alta velocidad ha facilitado las oleadas especulativas que en los últimos años agobian los mercados de la deuda soberana en euros.
Es, pues, una modalidad operativa muy extendida y cuya utilización ha crecido vertiginosamente en los últimos años, aunque sea prácticamente desconocida por la mayoría de los ciudadanos. Quedan muy lejos aquellos «corros» y el «parquet» en las bolsas tradicionales, sustituidos por ordenadores situados en cualquier parte del mundo, programados y almacenados en edificios ad hoc o en nuevos parqués plagados de pantallas y potentes ordenadores con sofisticados programas conectados a redes telemáticas; esas máquinas en red rastrean permanentemente los mercados, analizando las diferentes plataformas electrónicas de contratación dentro de las redes previamente definidas, sean éstas bolsas reguladas o mercados privados, de renta fija o de materias primas, prácticamente a la velocidad de la luz, con el objetivo de casar operaciones que se cierran conforme a los parámetros de precios predefinidos.
Curiosamente, durante los últimos años de crisis han avanzado de modo importante las nuevas operativas, conocidas como «comercio algorítmico o automático» (algorithmic trading / automated trading), que utilizan fuertemente sistemas telemáticos para ejecutar las órdenes decidiendo el ordenador aspectos como el momento, el precio o la cantidad o en muchos casos iniciando la orden sin intervención humana, basados en modelos matemáticos, un modelo que ha demostrado sus errores de bulto. La base son las conocidas como plataformas de negociación financiera (trading platfom), plataformas electrónicas que incorporan una aplicación informática mediante la cual los inversores y especuladores inician, gestionan y cierran posiciones de mercado, permitiendo la realización de operaciones y el mantenimiento de cuentas. E incluso, pueden incluir también aplicaciones telemáticas de análisis del mercado permitiendo a los operadores e inversores examinar los gráficos en pantalla con los resultados y las variaciones de los mercados en los que operan. Hasta hace apenas tres o cuatro años, la mayor parte de las operaciones de cambio de divisas se hacían por teléfono; ahora, cada día se utilizan más los ordenadores y el HTF. Y se asegura que los bancos están reemplazando a las personas que realizaban estas operaciones por ordenadores. La consecuencia, según el Banco de Pagos Internacionales (BIS), es que el volumen del mercado de divisas ha crecido un 20% en solo tres años, hasta rozar los 4 billones de dólares diarios (unos 3 billones de euros), que es el promedio diario del volumen del mercado mundial; y ya supone el 25% del mercado spot (al contado) de divisas. A este aumento del comercio financiero electrónico ha contribuido como instrumento el trading algorítmico, concepto que cubre cualquier operación automática donde un algoritmo del ordenador determina la estrategia de la propuesta previa a la orden. Por ejemplo, los gestores de fondos de alto riesgo y los departamentos bancarios para las operaciones bursátiles efectúan comparaciones estadísticas y los detalles técnicos que les ofrecen los sistemas telemáticos antes de comprometerse en las apuestas macro. Como destaca el BIS, todas estas actividades han contribuido al aumento del volumen de los mercados de divisas, al facilitar el sistema automatizado o algorítmico el manejo de una cantidad enorme de información ya elaborada para tomar las decisiones sobre las operaciones concretas, haciendo posible que bancos e inversores institucionales operen conforme a una estrategia especulativa definida; lo que supone mayor poder y autonomía para esas organizaciones y las personas que las dirigen. Aunque la llegada de la alta velocidad financiera es reciente, los siete países con mercados de divisas más activos son, por orden decreciente de volumen, el Reino Unido, EEUU, Japón, Singapur, Suiza, Hong Kong y Australia. Y un 85% de la creciente actividad se ha debido a los operadores especializados en la alta frecuencia de los bancos como clientes de los mayores promotores o dealers (los principales son Barclays, Deutsche y UBS); y a las operaciones online de los inversores minoristas (BIS, Quarterly review, diciembre, 2010).
Los analistas financieros señalan que esta estrategia beneficia a los mercados porque aporta más liquidez (el mantra del fundamentalismo del libre mercado financiero) puesto que –argumentan– al reducir las diferencias entre precios de compra propuestos y precios de venta obtenidos genera menos costes para las transacciones, objetivo perseguido por otras innovaciones estratégicas de las grandes firmas de las finanzas. La realidad es que el HTF ofrece enormes posibilidades para la especulación y como apuntan sus detractores permite peligrosamente la manipulación del mercado y desde luego convierte en irrealizable la supervisión de las autoridades públicas. Sin adoptar medidas reguladoras concretas, el communiqué de la cumbre del G-20 en Cannes (ítem 14), se limita a destacar la necesidad de abordar los riesgos financieros que presenta el trading de alta frecuencia y la dark liquidity (la liquidez sin trasparencia), en referencia a las plataformas negociadoras opacas que pueden ocultar manipulaciones de cotizaciones, como veremos en las páginas siguientes. Y últimamente, se ha señalado que esta operativa de la alta velocidad supone un serio obstáculo para la aplicación de cualquier modalidad de impuesto sobre las transacciones financieras, tipo tasa Tobin[13].
A la alta velocidad financiera se suma el uso potencial en tiempo compartido de los potentes ordenadores, una estrategia de gestión para los inversores y especuladores institucionales sofisticados e incluso para quienes nunca han utilizado los servidores basados en Internet. El grupo financiero que gestiona las bolsas de Londres y de Nueva York, NYSE-Euronext, promociona la utilización de la llamada cloud computing o computación en las nubes, como una ventaja competitiva de esta bolsa transatlántica. Una innovación que consiste en la utilización de servicios y herramientas en plataformas informáticas virtuales de Internet (de ahí el término cloud, nube) y de acceso rápido, una infraestructura de autoservicio, donde se paga por tiempo de uso contratado y se usa según necesidades. Según los expertos, por la experiencia habida, otro avance dará como resultado una negociación bursátil rápida y con una notable disminución de los costes para operadores finales; y además se facilitará el acceso a los ordenadores de gran capacidad que se necesitan para desarrollar complejas estrategias algorítmicas de negociación, como el HFT comentado.
Las grandes firmas gestoras de bolsas y mercados impulsan el uso de la llamada cloud computing pretendiendo que los grandes bancos y compañías multinacionales superen los problemas de los entornos de servidores tradicionales, que requieren cuantiosas inversiones de capital y costes de mano de obra elevados, con ciclos prolongados de desarrollo y riesgos de calidad asociados a procesos en gran medida manuales. El mayor atractivo para los inversores institucionales de la computación en las nubes es que les evita enterrar grandes sumas en potentes equipos informáticos y telemáticos que además requieren costosos mantenimientos. En cambio el usuario final puede «alquilar» tiempo de ordenador de organizaciones con gran capacidad y fiabilidad demostradas como servidores, como es el caso de Google, IBM, Amazon Elascti Compute Cloud (Amazon EC2) y muchos otros, que cada vez más se ofrecen para vender esos servicios. Como la negociación de alta frecuencia requiere el análisis de una cantidad enorme de datos, quienes conocen este tipo de infraestructura, aseguran que permiten construir y mantener unas bases de datos propias con un coste reducido que cubran los dos o tres mercados más frecuentados. Según estas informaciones, se están trasfiriendo al campo financiero las experiencias adquiridas con la gestión de las redes sociales, aunque el asunto parece que está todavía en sus comienzos[14].
Es obvio que estas estrategias financieras de la alta velocidad y de la subcontratación de grandes equipos experimentados, no buscan facilitar y agilizar el crédito a las empresas ni los pagos internacionales de la economía real sino que alimentan el negocio puramente financiero y autónomo, desligado de la economía real. Por tanto, frente a estas nuevas realidades tecnológicas de la innovación financiera al servicio de la especulación a nivel global, son múltiples las graves cuestiones que los ciudadanos y los gobernantes tendrían que plantearse, como por ejemplo:
¿Benefician a la economía productiva la alta velocidad y demás avances tecnológicos-financieros? ¿Tienen los gobiernos recursos materiales y personal experto para seguir el ritmo de la innovación bancaria? ¿Cómo puede lograrse la supervisión por las autoridades de estas operaciones bancarias transnacionales ultrarrápidas? ¿Cómo inciden estas operativas en la fiscalidad de los países y en la prevención del blanqueo de dinero sucio?
Las posibles respuestas resultan complicadas, especialmente si sumamos estos avances tecnológicos y de estrategia inversora a los procesos de integración global de las empresas privadas que gestionan las bolsas y las plataformas electrónicas de los mercados, que se han reactivado con la recuperación de la gran banca tras la crisis, gracias al dinero de los contribuyentes. A lo que tendríamos que añadir como reto político, la barrera difusa residual entre bolsas sometidas a una cierta regulación y los mercados privados que escapan a cualquier control público, siquiera sea para obtener datos sobre su alcance.
Las antiguas bolsas de valores o de comercio son actualmente grandes negocios privados en expansión que organizan los mercados mundiales del dinero y se integran en los mercados financieros. Los avances tecnológicos en el campo financiero reseñados. no se comprenden si no se tiene presente la mutación de la gestión de las bolsas. Hace años que éstas dejaron de ser aquellas lonjas en las que los ofertantes y demandantes se encontraban y contrataban a voces. Hoy para hablar de bolsas y de mercados financieros es preciso hablar de las plataformas electrónicas referidas, visualizadas por pequeñas y grandes pantallas de terminales de ordenadores. Pero también hablar de bolsas es hablar de grandes grupos financieros que gestionan, encauzan y a su vez regulan las operativas de los mercados de capitales y de divisas interconectados globalmente, que sustituyeron hace tiempo a las entidades públicas que gestionaban estos mercados. La típica bolsa nacional de valores, administrada como organismo público, ha dejado paso a las bolsas y mercados gestionados por poderosos grupos financieros, grandes empresas privadas que cotizan y que buscan el lucro; y que por lo general operan a nivel internacional con una oferta amplia de servicios para los mercados. Esta transformación ha ido acompañada de un aumento extraordinario en la cooperación y la integración de las bolsas de diversos países, lo que ha supuesto la utilización de sistemas conjuntos de negociación y la armonización de las reglamentaciones mediante las macro organizaciones que han surgido y buscan una única identidad. Y al mismo tiempo estas empresas gestoras compiten actualmente por atraer las transacciones que son la fuente de sus ingresos mediante las comisiones que perciben; de ahí que sean defensoras de la mayor desregulación de los mercados financieros buscando la ampliación indefinida del negocio.
Bolsas y mercados
En esta transformación histórica aparece como un hito aquel cambio profundo de la Bolsa de Londres en los años ochenta, que se conoce con la denominación mediática de Big Bang, cuya oleada de supresión de normas y prácticas reguladora sirvió para dinamizar el centro financiero de la City londinense que aumentó su peso internacional; y al mismo tiempo marcó la ola de desregulación financiera en toda Europa y el mayor dominio de las finanzas sobre las economías. Asimismo conviene aclarar el equivoco frecuente en el lenguaje corriente, que no distingue entre bolsa y mercado. En lenguaje corriente, con el término bolsa (Stock Exchange) designamos el mercado de valores que solía gestionarse por una entidad pública; pero hoy el término designa también a las empresas privadas que se han responsabilizado de esos mercados de valores. Desde que los agentes de cambio y bolsa desaparecieron en España durante los años noventa, una bolsa es una sociedad anónima, una empresa privada de servicios financieros que, entre otras funciones, tiene la responsabilidad de gestionar uno o varios mercados, dependiendo de las estructuras de cada país. Mientras que, hablando con propiedad, un mercado financiero designa las transacciones y las operativas de un conjunto de agentes que las realizan, como son los bancos y empresas, los inversores y especuladores, los brokers o corredores y demás intermediarios financieros y el Gobierno y el Estado que establece el marco institucional.
La integración de las empresas gestoras de bolsas comporta una mayor integración internacional de los mercados al facilitar y abaratar las operativas de corredores, inversores y especuladores que las innovaciones tecnológicas estimulan. Aunque el impacto de todas estas fusiones de las empresas gestoras en las cotizaciones, en la liquidez y en el funcionamiento de las propias bolsas sigue siendo en gran medida desconocido, según apunta el profesor de la Universidad de Columbia, Ulf Nielsson[15].
Con los procesos privatizadores iniciados en los años ochenta, las bolsas dejaron de ser instituciones públicas para convertirse en entidades privadas, produciéndose enormes cambios en su funcionamiento; pero hasta la fecha han continuado desempeñando un papel clave como reguladores en la sombra del funcionamiento de los mercados por su responsabilidad en la aplicación de las normativas en vigor y en la organización de las compraventas de valores y productos financieros. Conviene recordar que su principal función es la de facilitar la negociación de títulos valores a empresas, entidades e individuos, permitiendo el acceso al mercado de inversores y especuladores y ejecutando sus órdenes de compra y de venta sin dilación, contribuyendo así a la reducción de los costes de las transacciones al mismo tiempo que las bolsas como mercados se abrían a un mayor número de participantes. Al mismo tiempo que facilitan la casación de órdenes de compra con órdenes de venta, ofrecen la garantía de la solvencia en la compensación, liquidación y pago de esas órdenes.
