El Comulgatorio - Baltasar Gracián - E-Book

El Comulgatorio E-Book

Gracián Baltasar

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Beschreibung

El Comulgatorio es una obra fundamental de Baltasar Gracián que se inscribe en el contexto del Siglo de Oro español, donde la prosa barroca y la búsqueda de la sabiduría se entrelazan en una síntesis literaria rica y compleja. Este libro, un compendio de aforismos y reflexiones, aborda temas como la moral, la ética y la naturaleza humana, destacando la importancia del autoconocimiento y la introspección. Gracián emplea un estilo conciso y agudo, caracterizado por una profunda ironía y un juego de palabras que exigirá al lector cultivar la atención y la mente crítica. Su lenguaje, por momentos críptico, invita a múltiples interpretaciones, reflejando una diversidad de perspectivas y una rica tradición filosófica que trasciende su tiempo. Baltasar Gracián, filósofo y escritor aragonés del siglo XVII, es conocido por su obra en el ámbito del pensamiento moral y la literatura de consejos. Su experiencia en la vida religiosa y su contacto con el pensamiento renacentista y barroco moldearon su perspectiva sobre el ser humano, la sociedad y la aspiración al conocimiento pleno. Gracián se destacó no solo en la creación de obras como El Discreto y El Héroe, sino que también se adentró en la creación de un pensamiento crítico que desafió las convenciones de su época. Recomiendo encarecidamente El Comulgatorio a aquellos que buscan una reflexión profunda sobre la vida y la condición humana. La obra de Gracián invita al lector a una búsqueda interna, estimulando un diálogo entre el texto y la introspección personal. Su profundidad filosófica y su maestría literaria lo convierten en un manual esencial para quienes desean comprender mejor su propia existencia y la ética de las relaciones humanas. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Baltasar Gracián

El Comulgatorio

Edición enriquecida. Meditaciones varias para antes y después de la Sagrada Comunión
Introducción, estudios y comentarios de Vega Santana
Editado y publicado por Good Press, 2023
EAN 08596547819271

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
El Comulgatorio
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas

Introducción

Índice

En el umbral del altar, cuando el ruido del mundo cesa, se libra la batalla más íntima: la del alma que quiere hacerse digna de un encuentro absoluto. Ese instante de examen, deseo y temblor preside El Comulgatorio de Baltasar Gracián, libro que convierte la preparación para la Eucaristía en arte de vivir. No es un tratado abstracto, sino un compañero de viaje para quien busca ordenar su interior antes y después del sacramento. Con prosa densa y medida, invita a mirar con lucidez el propio corazón, regular los afectos y disponerse con reverencia, sin concesiones a la tibieza ni al exceso.

Que esta obra conserve estatus de clásico se debe a una doble virtud: la intensidad espiritual y la talla literaria. Gracián, maestro del Barroco hispánico, depura aquí su estilo sentencioso para aplicarlo a la vida sacramental, logrando una prosa austera, tersa y penetrante. Temas que no caducan —autoconocimiento, humildad, discernimiento, gratitud— aparecen sometidos a una férrea disciplina verbal, sin retórica vana. El libro ha sido leído como contrapunto devoto de sus tratados de prudencia, y su lugar en la tradición lo mantienen tanto su eficacia formativa como su belleza conceptual, capaz de conmover y ordenar a un tiempo.

Su autor, Baltasar Gracián (1601-1658), jesuita y uno de los prosistas más influyentes del Siglo de Oro, compuso El Comulgatorio en la madurez de su carrera, en pleno Barroco español. En el contexto de la Monarquía Católica posterior al Concilio de Trento, cuando la vida sacramental y la reforma de costumbres ocupaban el centro de la cultura, Gracián aporta una pieza de ascética que se suma a su obra moral. La experiencia ignaciana y el rigor de la escuela jesuítica, atentos al examen diario y a la disciplina de los afectos, informan la orientación práctica y contemplativa del libro.

El planteamiento es directo: preparar, acompañar y prolongar la Comunión mediante meditaciones que ordenan el interior. El Comulgatorio propone un itinerario de recogimiento que favorece el examen de conciencia, aviva el deseo recto y educa la gratitud, de modo que el sacramento no sea acto aislado, sino principio de vida. Gracián no se detiene en disputas teológicas; busca, más bien, mover a la rectitud interior y a la reverencia exterior, con atención a los impedimentos habituales del alma y a los medios ordinarios para superarlos. La premisa es sencilla, su exigencia, alta.

La singularidad del libro reside también en su forma. Gracián cultiva una prosa de concentración extrema: breve, ceñida, conceptuosa. La agudeza que en otros títulos se despliega como arte del ingenio aquí se somete a una sobriedad deliberada. Las metáforas no adornan; orientan. Las antítesis no buscan brillo; clarifican combates interiores. El ritmo, cadencioso y severo, acompasa la respiración orante y favorece que cada sentencia cale en la memoria. De esa economía nace su fuerza: quien lee no se pierde en exuberancias, sino que halla señales precisas para poner orden, pedir perdón, agradecer, y perseverar.

En el conjunto de la obra graciana, El Comulgatorio dialoga con sus tratados de formación del juicio —El Héroe, El Discreto, el Oráculo manual— y revela su fundamento último. La prudencia, que Gracián define como arte de acertar, adquiere aquí horizonte teologal: no solo se trata de obrar bien ante los hombres, sino de disponerse rectamente ante el Misterio. Así, la ética de la medida, la atención a las ocasiones y la vigilancia de los afectos encuentran su centro en la reverencia eucarística. El resultado es una ética unificada, capaz de integrar vida pública y vida interior.

El Comulgatorio se inscribe en la tradición ascética de la Edad Moderna católica, alimentada por la espiritualidad ignaciana y por la pedagogía del examen, la confesión y la comunión bien dispuesta. En la España del siglo XVII, la retórica sagrada, la predicación y los manuales de piedad buscaban formar conciencias en un clima de reforma. Gracián comparte objetivos, pero aporta un sello literario inconfundible: concisión, rigor lógico y gusto por la imagen precisa. El libro participa de ese impulso pastoral con una voz que, sin perder gravedad doctrinal, rehúye la afectación y prefiere la claridad que compromete.

El impacto de El Comulgatorio se entiende a la luz de la figura de su autor. La prosa moral de Gracián marcó la tradición española y alcanzó amplia recepción europea; esa estela crítica ha mantenido visible también su vertiente ascética. Integrado en ediciones de sus obras y en repertorios de espiritualidad, el libro consolidó un modelo de devoción exigente y literariamente sobrio, que ha servido de referencia a lectores, directores espirituales y compiladores. Sin alardes, su influencia se mide por la continuidad de su uso: texto para meditar, para enseñar a meditar y para depurar el lenguaje de la piedad.

Sus temas centrales son de una pureza clásica: verdad de conciencia, humildad activa, vigilancia de los sentidos, caridad como fruto y prueba, gratitud que se vuelve estilo. A ello une la pedagogía del tiempo: preparar con sosiego, celebrar con atención, agradecer con fidelidad. Gracián propone una ascética de la concreción, enemiga del vago entusiasmo: pequeños actos sostenidos, decisiones precisas, palabras ponderadas. En ese tejido, la Eucaristía aparece como foco que ordena los demás compromisos, sin retórica sentimental. Se aprende a entrar, a permanecer y a salir del sacramento con la misma seriedad amorosa.

Aunque nace en ambiente clerical, el libro no se reduce a especialistas de la vida religiosa. Su claridad de fines y su disciplina de medios lo hacen accesible a cualquier lector que busque educar la atención y templar los afectos. La cercanía práctica no disminuye la altura de miras: se exige de cada uno lo que está a su alcance, pero sin rebajar el ideal. Gracián guía sin paternalismos, confía en la libertad del lector y lo convoca a hacerlo todo de cara a una presencia. Por eso su provecho trasciende épocas, estados de vida y niveles de formación.

Leído hoy, El Comulgatorio responde a una urgencia contemporánea: recuperar la interioridad en medio del ruido, aprender a habitar el tiempo y a decir sí con todo el ser. Su arte de la atención resulta terapéutico frente a la dispersión; su sobriedad verbal, antídoto contra la inflacción de palabras. Allí donde el rendimiento inmediato presiona, propone ritmos que regeneran: preparar, recibir, agradecer. Y donde la identidad se confunde con la imagen, recuerda la verdad del acto silencioso. Su enseñanza no se limita al ámbito litúrgico: ofrece una gramática de hábitos que ennoblece cualquier vida responsable.

Este libro perdura porque devuelve a lo esencial con una belleza severa y hospitalaria. Quien se acerque encontrará un maestro de la medida que no recorta el deseo, sino que lo afina; una retórica sobria que no enfría, sino que encauza. En él laten la tradición católica, el genio literario del Siglo de Oro y la experiencia de un jesuita que conoció la fragilidad humana. Esa convergencia explica su atractivo duradero. Leer El Comulgatorio es entrar en una escuela de presencia: la del que se prepara para un encuentro y, en el camino, aprende a vivir mejor.

Sinopsis

Índice

El Comulgatorio, de Baltasar Gracián, es un manual devocional del Siglo XVII que ordena la experiencia del creyente en torno a la Eucaristía. Escrita por un jesuita que domina la prosa breve y sentenciosa, la obra propone una guía interior para recibir el sacramento con plena conciencia moral y afectiva. No es un tratado escolástico ni un comentario litúrgico pormenorizado, sino un itinerario espiritual que combina examen de vida, disposición del ánimo y ejercicio de virtudes. Con tono meditativo y exigente, Gracián busca afinar la conciencia del lector, llevarla a la reverencia y a la humildad, y prevenir la rutina o la precipitación devota.

La secuencia del libro avanza desde la motivación inicial hasta los actos concretos de preparación y acción de gracias. Gracián ofrece meditaciones breves que se concatenan como escalones: primero ordenar la mirada, luego pulir las intenciones, finalmente confirmar las resoluciones. Destaca su estilo conceptista, que condensa ideas en fórmulas agudas y analogías eficaces, de modo que cada párrafo funciona como aguijón de atención. Más que enumerar prácticas externas, el texto insiste en un arte interior de comulgar, donde cada acto del espíritu —pensar, querer, elegir— es sometido a discernimiento. La estructura acompaña el antes, el durante y el después de la comunión.

En la apertura doctrinal y afectiva, la obra subraya la grandeza del misterio eucarístico y el contraste entre su trascendencia y la fragilidad humana. Esa tensión guía el tono: admiración y temblor, confianza y respeto. No se detiene en controversias, sino que orienta a contemplar el sacramento como presencia que interpela la vida entera. La reverencia no se reduce a gestos, sino que exige una purificación de intenciones y un orden en los afectos. El lector es invitado a reconocer la dignidad del momento y a preguntarse si las disposiciones interiores corresponden a lo que afirma recibir.

A partir de esa conciencia, Gracián sugiere una preparación remota que no empieza la víspera, sino en la manera habitual de vivir. La comunión, según el libro, exige coherencia: cultivar virtudes, moderar pasiones, ordenar el tiempo, rechazar la precipitación del ánimo. Las meditaciones proponen examinar los hábitos que, sin ser abiertamente malos, distraen de lo esencial. El autor insiste en que una costumbre bien formada facilita el fervor y evita extremos. Así, la preparación se entiende como escuela de constancia: menos lances extraordinarios y más fidelidad diaria, para que el acto sacramental encuentre un hogar ya dispuesto.

Sigue una preparación próxima, concentrada en el examen de conciencia y en los actos interiores que disponen al encuentro. Gracián guía a recorrer la memoria con sinceridad, a reconocer faltas y a encender un arrepentimiento eficaz que mire al enmiendo. Humildad, fe, esperanza y caridad no aparecen como abstracciones, sino como movimientos concretos: aceptar ser corregido, confiar en la gracia, ordenar el deseo, perdonar al prójimo. El tono combina severidad y consuelo, persuadiendo de que la dignidad para comulgar no nace del mérito propio, sino de la recta disposición que rehúye la dureza consigo misma y la indulgencia con el vicio.

En el momento de la comunión, el libro propone un recogimiento atento, sin teatralidad, donde el silencio interior se vuelve diálogo. Gracián sugiere orientar los pensamientos hacia la adoración, la gratitud y la petición, con imágenes que traducen lo inefable al lenguaje del ánimo. Emplea metáforas de servicio y fidelidad —propias de su estilo— para indicar que la recepción del sacramento compromete la voluntad. La comunión no se describe como refugio emocional pasajero, sino como pacto de vida que ilumina decisiones concretas. El acto es sencillo en lo exterior y exigente en lo interior, reclamando concentración y pureza de intención.

Una vez recibido el sacramento, el autor articula la acción de gracias como un tiempo fecundo que prolonga la presencia en frutos. No basta un impulso afectivo inicial: se propone ordenar la gratitud, meditar beneficios, formular súplicas justas y sellar propósitos prudentes. Las meditaciones orientan a custodiar el fervor, evitando conversarlo demasiado pronto con asuntos triviales. Gracián destaca la memoria como guardián del don: recordar lo recibido suscita perseverancia. El libro impulsa a traducir la experiencia interior en obras discretas y constantes, donde la caridad se prueba en lo pequeño y la coherencia se confirma en el trato diario.

El Comulgatorio también atiende obstáculos frecuentes: escrúpulos que paralizan, tibiezas que enfrían, distracciones que dispersan. Con criterio de prudencia, Gracián previene del rigor que desalienta y del laxismo que banaliza. Invita a medir la frecuencia de la comunión con sensatez, atendiendo a la disposición real y al consejo espiritual, sin imponer calendarios uniformes. Subraya que la regularidad, bien acompañada, robustece la vida interior; la costumbre sin intención, en cambio, la vacía. El remedio propuesto no es una técnica, sino un gobierno del alma que une vigilancia, paciencia y una esperanza que no se quiebra ante recaídas.

En conjunto, la obra condensa ascética y discernimiento en una prosa de densidad singular, propia del autor. Su itinerario no concluye en fórmulas cerradas, sino en una actitud: comulgar como arte de vivir con integridad. Su vigencia se reconoce en la invitación a la atención plena, al examen honesto y a la traducción de convicciones en hábitos. Incluso fuera de su contexto, ofrece un método para ordenar intenciones y evitar la dispersión. El mensaje más amplio alienta a una práctica consciente y perseverante, capaz de sostener el fervor sin estridencias y de convertir un acto religioso en principio de coherencia cotidiana.

Contexto Histórico

Índice

El Comulgatorio se inscribe en la España barroca de mediados del siglo XVII, bajo la Monarquía de los Austrias y el reinado de Felipe IV. El escenario predominante abarca las coronas de Castilla y de Aragón, con ciudades como Zaragoza y Huesca integradas en redes eclesiásticas y académicas. Las instituciones que organizan la vida pública son la Iglesia católica posridentina, la Inquisición como tribunal de control doctrinal, el Consejo de Castilla como engranaje de gobierno y la Compañía de Jesús como fuerza educativa y pastoral. En ese entramado, la devoción eucarística, normada por Trento, estructura ritmos sociales, festividades y prácticas privadas.

Baltasar Gracián (1601-1658), jesuita aragonés, se formó en los colegios de su orden y destacó como predicador, maestro de humanidades y moralista. Ordenado sacerdote, ejerció en diversas casas jesuíticas del noreste peninsular y frecuentó círculos letrados. Sus escritos combinan densidad conceptual y dirección práctica, rasgo que responde tanto a su instrucción ignaciana como al clima intelectual del Barroco. Vivió entre guerras, crisis de la Monarquía y debates teológicos, y mantuvo relación con protectores y amigos eruditos. Su trayectoria, sometida a los votos de obediencia y a controles internos, condicionó las posibilidades y límites de su producción literaria y espiritual.

El Comulgatorio, compuesto y publicado hacia mediados de la década de 1650, pertenece al grupo de obras devotas de Gracián. Es un manual de preparación y acción de gracias para la comunión, dirigido a laicos y religiosos que desean ordenar su vida sacramental. Su forma breve y sistemática concuerda con el modelo de “devocionarios” que circulaban con licencias eclesiásticas y aprobación de superiores. Dentro del conjunto gracianesco, ocupa un lugar singular: tras tratados de prudencia y agudeza, aquí predomina la catequesis afectiva y el examen de conciencia, en diálogo estrecho con la espiritualidad ignaciana y con el énfasis tridentino en la Eucaristía.

El marco doctrinal decisivo es la Reforma católica consolidada por el Concilio de Trento (1545-1563). Trento definió la doctrina de la transubstanciación, reforzó la necesidad de la confesión sacramental previa cuando hay conciencia de pecado grave y promovió la catequesis para una recepción digna de la Eucaristía. En la Monarquía Hispánica, obispos y sínodos diocesanos aplicaron estas disposiciones mediante rituales, catecismos y visitas pastorales. El Comulgatorio se alinea con ese programa: propone una preparación metódica, une instrucción y afecto, y sitúa el sacramento en el centro de la vida cristiana, como alimento espiritual y vínculo de unidad eclesial.

La España barroca vivía una piedad eucarística particularmente intensa. La fiesta del Corpus Christi articulaba el calendario urbano con procesiones, cofradías del Santísimo y autos sacramentales que exaltaban la presencia real. Parroquias y conventos multiplicaban las cuarenta horas, las visitas al Santísimo y las adoraciones. Ese entorno no solo es telón, sino contenido: el lenguaje y la práctica del Comulgatorio parten de una cultura donde la hostia consagrada ordena devociones públicas y hábitos privados. Sin relatar escenas, el libro presupone fieles habituados a la misa cotidiana, a la confesión regular y a la veneración del sacramento como centro de la reforma de costumbres.

En esos años, la controversia europea sobre la comunión se agudizó por el jansenismo. La obra Augustinus de Cornelio Jansen (1640) y las discusiones sobre gracia y libertad desembocaron en la condena de cinco proposiciones por la bula Cum occasione (1653). En España, autoridades y teólogos vigilaron con recelo cualquier rigorismo que obstaculizara la vida sacramental ordinaria. Los jesuitas se destacaron por combatir las derivaciones jansenistas. El Comulgatorio aparece en ese clima y, sin entrar en polémicas, favorece una recepción devota y frecuente en la medida de la conciencia bien formada, guiada por confesores, lejos de escrúpulos paralizantes o de laxitudes irresponsables.

Otro telón doctrinal es la discusión sobre la teología moral y la casuística. En el siglo XVII, jesuitas y dominicos discreparon sobre probabilismo y rigor en la formación de conciencia. Sin ser tratado de casos, el Comulgatorio se inserta en ese mundo: ofrece medios para examinar la vida, discernir disposiciones y decidir con prudencia, en diálogo con el confesor. El énfasis en actos interiores —contrición, propósito de enmienda, reparación— refleja una pastoral que buscaba ordenar conductas cotidianas sin reducirse a disputas técnicas. El libro, así, funciona como instrumento práctico para fieles y acompaña el trabajo de los confesores en parroquias y colegios.

El trasfondo político y bélico fue turbulento. La Monarquía combatió en la Guerra de los Treinta Años hasta 1648 y afrontó simultáneamente la revuelta catalana (1640-1652) y la separación de Portugal (desde 1640). Gracián, que en ciertos momentos ejerció como capellán castrense, conoció de cerca la fragilidad de la fortuna y la necesidad de consuelo espiritual. Las tensiones fiscales, los asedios y las lev as afectaron a villas y ciudades del noreste. En ese horizonte de crisis, un manual para comulgar no es evasión: propone un arte de vivir en tiempos inciertos, sosteniendo la interioridad y la comunidad cristiana desde el altar y el confesionario.

El ambiente cortesano, dominado por el desengaño tras derrotas como Rocroi (1643) y cambios de validos, permeó la literatura moral. Gracián fue una de sus voces más agudas en obras de prudencia y política. El Comulgatorio recoge esa sensibilidad, pero la traslada al ámbito sacramental. Donde el moralista aconseja gobierno de sí frente a los vaivenes del mundo, el devocionario enseña gobierno del corazón ante el Misterio eucarístico. No discute asuntos de Estado; sin embargo, su insistencia en lucidez, temple y discreción interior responde a la misma cultura de crisis, en la que la virtud se concibe como defensa última.

La vida material condicionó profundamente la devoción. La crisis demográfica y económica de mediados de siglo, con epidemias entre 1647 y 1652 en varias regiones, intensificó procesiones, votos y prácticas de reparación. Los precios inestables, la presión fiscal y el declive de ciertos circuitos comerciales alteraron ritmos de trabajo y asistencia al culto. En ese marco, los devocionarios en formato portátil, asequibles a sectores urbanos alfabetizados y a comunidades religiosas, ofrecían un acompañamiento diario. Mujeres de cofradías, artesanos, estudiantes y nobles piadosos compartían repertorios de oraciones y exámenes. El Comulgatorio se dirige a esa pluralidad, modulando exigencias según estados y ocupaciones.

La cultura del libro sostuvo la circulación de obras devotas. Los impresores de los reinos hispánicos trabajaban bajo licencias del ordinario, del Consejo y con la vigilancia inquisitorial. En Aragón y otras regiones se consolidaron talleres capaces de abastecer a colegios y parroquias. El patrocinio de bibliófilos y mecenas —como el de ciertos eruditos aragoneses cercanos a Gracián— facilitó ediciones y difusión. El Comulgatorio, por su extensión y propósito, encaja en tiradas manejables y formatos de uso frecuente. La censura previa exigía ortodoxia clara, lo que explica su tono doctrinal sobrio y su ausencia de controversias explícitas en materia discutida.

En el plano estilístico, el Barroco español valoró la agudeza, y Gracián fue su teórico más influyente. Su prosa busca concentración y eficacia: decir mucho en poco. Ese ideal retórico, pensado para mover la voluntad y enseñar prudencia, se adapta en El Comulgatorio a fines devocionales. Las fórmulas breves, los puntos de meditación y las jaculatorias permiten al lector fijar ideas, examinarse y resolverse. La densidad conceptual no es floritura; responde a un método que pretende formar hábitos de atención, memoria y juicio, indispensables para una comunión fructuosa según los cánones de la espiritualidad católica de la época.

La huella de los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola es explícita. La preparación remota y próxima para comulgar, el examen de conciencia diario, la composición del lugar, los coloquios y propósitos concretos traducen el andamiaje ignaciano al momento eucarístico. Se busca ordenar pensamientos, afectos y obras antes y después de recibir el sacramento. El Comulgatorio instruye en actos de fe, esperanza y caridad, en la contrición sincera y en la gratitud, todas virtudes que los jesuitas cultivaban en misiones populares y colegios. Así, la devoción no se reduce a emoción: es disciplina de la atención y del deseo.

Las tensiones internas de la Compañía de Jesús respecto del papel público de sus escritores alcanzaron a Gracián. Sus obras seculares suscitaron reparos y correcciones disciplinarias en los años finales de su vida. En ese contexto, un texto como El Comulgatorio, abiertamente edificante, se ajustaba mejor al ideal obediencial y pastoral de la orden y a las expectativas de los superiores. Las aprobaciones y licencias eclesiásticas garantizaban su circulación sin conflicto. El contraste entre el eco polémico de títulos como El Criticón y la recepción devota del Comulgatorio ilumina los márgenes permitidos para un jesuita escritor en la España de su tiempo.

El medio aragonés, con ciudades como Huesca y Zaragoza, ofrecía un ecosistema propicio para la producción y lectura de tales obras. Cabildos, colegios jesuitas y tertulias de eruditos alimentaban una vida intelectual que combinaba curiosidad humanista y piedad contrarreformista. Vincencio Juan de Lastanosa, coleccionista y amigo de Gracián, fomentó bibliotecas y redes de intercambio que facilitaban el acceso a libros de moral y devoción. Confraternidades del Santísimo sostenían cultos y obras de caridad, demandando textos para la formación de sus miembros. El Comulgatorio responde a esa demanda localizada, sin perder su pertinencia en el conjunto de la Monarquía.

Comparado con otros manuales de la época —como los de Luis de la Puente o Alonso Rodríguez, o la influyente Introducción a la vida devota de Francisco de Sales en traducción castellana—, El Comulgatorio comparte el propósito de guiar la vida interior, pero se distingue por la concisión conceptual característica de Gracián. Donde otros desarrollan afectos en largos capítulos, él condensa puntos de examen y resoluciones breves, aptas para lectores entrenados en máxima y síntesis. El resultado no es un tratado sistemático, sino una cartilla rigurosa que dialoga con una biblioteca devota más amplia y con los sermones y catequesis parroquiales.

En conjunto, El Comulgatorio funciona como espejo y crítica de su tiempo. Asume la centralidad eclesial de la Eucaristía, la disciplina tridentina y el optimismo pedagógico jesuítico, pero lo hace subrayando la necesidad de lucidez personal frente a la inercia social, la rutina devocional y las crisis políticas. Sin proclama programática, su orden de ejercicios y afectos corrige vicios de costumbre y promueve un ideal de ciudadanía católica: prudente, responsable, reconciliada. Por eso su interés histórico rebasa la piedad privada: testimonia cómo la España barroca quiso reformarse desde el interior del creyente, a la sombra del sacramento central.

Biografía del Autor

Índice

Baltasar Gracián (1601–1658) fue un escritor y jesuita español, figura mayor del Barroco y del Siglo de Oro. Su prosa, densa y sentenciosa, elevó el conceptismo a un sistema de pensamiento literario, combinando agudeza, moral práctica y análisis político. Es conocido por sus tratados sobre el ingenio, sus manuales de prudencia y una gran novela filosófica de alcance alegórico. En un tiempo de tensiones religiosas y políticas, cultivó una ética de la discreción y del juicio prudente, destinada a orientar la conducta en la corte, la república de las letras y la vida pública. Su obra tuvo amplia circulación dentro y fuera de España.

Formado en la tradición humanista de la Compañía de Jesús, Gracián ingresó en la orden en su juventud y recibió la sólida educación filosófica y teológica propia de los colegios jesuitas. Predicó y enseñó en la provincia de Aragón, y se vinculó a círculos eruditos, en especial al de Vicente Juan de Lastanosa en Huesca, donde halló un ambiente propicio para la discusión de artes, ciencias y letras. La lectura de Séneca y Tácito, el tacitismo político y la retórica clásica, junto con la práctica oratoria, marcaron su estilo conciso y su inclinación a convertir la prudencia en arte de gobierno de sí y de los otros.

Sus primeros libros plantearon un programa de educación del carácter para tiempos inciertos. El Héroe (1637) perfila un ideal de excelencia civil sustentado en el autocontrol, la virtud práctica y la fama bien administrada. El Político Don Fernando el Católico (1640) lee el reinado del monarca como espejo de prudencia para gobernantes. Estas obras, a menudo publicadas con el seudónimo Lorenzo Gracián, consolidaron su reputación como moralista. Frente a la exuberancia culterana, defendió una expresividad concentrada, de conceptos agudos y máximas, capaz de mover a la acción sin perder densidad intelectual, rasgo que lo acercó a otros conceptistas del período.

Pronto sistematizó su estética del ingenio. Arte de ingenio, tratado de la agudeza (1642) fue revisado y ampliado en Agudeza y arte de ingenio (1648), un gran compendio barroco sobre la elaboración del concepto. Clasifica procedimientos, examina ejemplos y traza una poética de la sorpresa intelectual, en la que la agudeza no es mero adorno, sino vía de conocimiento. Con esa teoría, Gracián describe cómo el lenguaje, comprimido y exacto, puede descubrir correspondencias inesperadas y producir verdad plausible. El tratado se convirtió en referencia mayor para entender el conceptismo y la retórica del Siglo de Oro, influyendo en críticos y poetas posteriores.

En la vertiente moral, El Discreto (1646) y el Oráculo manual y arte de prudencia (1647) ofrecen máximas y retratos de tipos ideales para navegar el trato social, la corte y los riesgos del mundo. El Oráculo, compuesto de aforismos que buscan la justa medida en cada situación, alcanzó temprana difusión europea y, siglos después, halló un lector decisivo en Arthur Schopenhauer, que lo tradujo al alemán y lo promovió. También fue admirado por Nietzsche. Estas recepciones consolidaron a Gracián como maestro de prudencia laica, práctico y escéptico, cuyo estilo terso y utilitario mantuvo vigencia en tradiciones de ética y autoformación.

La culminación narrativa de su pensamiento llegó con El Criticón, publicada en tres partes (1651, 1653 y 1657). Se trata de una amplia alegoría filosófica que recorre, con ironía y densidad conceptual, etapas y escenarios de la experiencia humana. La ambición crítica del libro y la publicación sin licencias consideradas adecuadas por sus superiores le acarrearon roces dentro de la orden. Gracián usó a menudo el seudónimo Lorenzo Gracián para sortear controles editoriales. Las tensiones derivaron en amonestaciones y restricciones, aunque su reputación literaria creció, y la obra fue leída como una síntesis madura de su ética de la prudencia y su poética del concepto.

En sus últimos años, Gracián soportó medidas disciplinarias y traslados dentro de la Compañía de Jesús que limitaron su actividad pública. Murió en 1658 en Tarazona. Su legado, sin embargo, se afirmó con el tiempo: es referencia imprescindible para comprender el conceptismo, la moral barroca y la teoría de la agudeza. Sus libros han sido editados y comentados de manera constante, y el Oráculo manual sigue leyéndose como repertorio de estrategias de convivencia y juicio práctico. La influencia europea, reforzada por traducciones y lecturas filosóficas modernas, mantiene su nombre en el centro del canon hispánico y del debate sobre estilo, persuasión y prudencia.

El Comulgatorio

Tabla de Contenidos Principal
Al lector
Meditación I
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación II
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación III
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación IV
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación V
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación VI
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación VII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación VIII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación IX
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación X
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XI
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XIII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XIV
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XV
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XVI
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XVII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XVIII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XIX
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XX
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXI
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXIII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXIV
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXV
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXVI
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXVII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXVIII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXIX
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXX
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXXI
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXXII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXXIII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXXIV
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXXV
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXXVI
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXXVII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXXVIII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XXXIX
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XL
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XLI
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Meditación XLII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XLIII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XLIV
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XLV
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XLVI
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º
Meditación XLVII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Meditación XLVIII
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Meditación XLIX
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Meditación L
Punto 1.º
Punto 2.º
Punto 3.º
Punto 4.º

Al lector

Índice
Entre varios libros que se me han prohijado, éste sólo reconozco por mío, digo legítimo, sirviendo esta vez al afecto más que al ingenio. Hice voto en un peligro de la vida de servir al Autor de ella con este átomo, y lo cumplo delante todo su pueblo, pues se estampa brindando a las devotas almas con el cáliz de la salud eterna. Llámole El Comulgatorio, empeñándole en que te acompañe siempre que vayas a comulgar, y tan manual, que le pueda llevar cualquiera o en el seno o en la manga. Van alternadas las consideraciones sacadas del Testamento Viejo con las del Nuevo, para la variedad y la autoridad; y en cada una el primer punto sirve a la preparación; el segundo, a la Comunión; el tercero, para sacar los frutos, y el cuarto, para dar gracias. El estilo es el que pide el tiempo. No cito los lugares de la Sagrada Escritura, porque para los doctos fuera superfluo y para los demás prolijo. Si este te acertare el gusto, te ofrezco otro de oro, pues de la preciosa muerte del justo, con afectuosos coloquios, provechosas consideraciones y devotas oraciones para aquel trance. Meditaciones varias para antes y después de la Sagrada Comunión

Meditación I

Índice

De la plenitud de gracia con que la Madre de Dios fue prevenida para hospedar al Verbo Eterno. Primer ejemplar de una perfecta Comunión

Punto 1.º

Índice

Para antes de comulgar

Considera el majestuoso aparato de santidad, el colmo de virtudes con[1q] que la Madre de Dios se preparó para haber de hospedar en sus purísimas entrañas el Verbo Eterno: disposición debida a tan alta ejecución. Fue lo primero concebida y confirmada en gracia, porque ni un solo instante embarazase la culpa el animado sagrario del Señor. Llámase su padre Joaquín[1], que significa preparación de Dios, y su madre Ana, que es gracia, porque todo diga prevenciones de ella. Nace y mora en la Ciudad Florida, como la flor de la pureza; nómbrase María, que quiere decir Señora, con propiedad, pues hasta el mismo Príncipe de las Eternidades le está previniendo obediencias. Críase en el templo, gran maravilla del mundo, para serlo ella del Cielo. Hace voto de virginidad, reservándose puerta sellada para sólo el Príncipe, previénese su alma de la plenitud de la gracia, y alhájase su corazón de todas las virtudes, para hospedar un Señor por antonomasia Santo.

¡Pondera ahora tú, que has de llegar a recibir el mismo Verbo Encarnado en tu pecho, que María concibió en su vientre, si ella, con tanta preparación de gracias, como tú tan vacío de ellas! Mira que el que comulga, el mismo Señor recibe que María concibe, allí encarnado, aquí sacramentado; si la Madre de Dios, con tanto aparato de santidad se turba al concebirle, ¿cómo tú tan indigno no te confundes al recibirle? ¿La Virgen, llena de virtudes, teme, y tú, lleno de culpas, no tiemblas? Procura hacer concepto de una acción tan superior, y si la Virgen para concebir una vez al Verbo Eterno se dispone tantas, tú para recibirle tantas, procura prepararte esta.

Punto 2.º

Índice

Para comulgar

A esta prevención de toda la vida correspondió bien la de la ocasión. Negada estaba esta Señora al bullicio humano, entregada toda al trato divino, que retirada de la tierra, que introducida en el cielo, menester fue que entrase el Ángel a buscarla en su escondido retrete, y que llamase al retiro de su corazón; tres veces la saludó para que le atendiese una; tan dentro de sí estaba, tan engolfada en su devoción. Era velo a su belleza su virginal modestia, y el recatado encogimiento, muro de su honestidad. Admirado la saluda el Ángel, turbada le oye María, que puede enseñar a los mismos espíritus pureza. Convídala el sagrado Paraninfo con la maternidad divina y ella atiende al resguardo de su virginidad; encógese al dar el sí de la mayor grandeza, y concede, no el ser reina, sino esclava, que en cada palabra cita un prodigio, y en cada acción un extremo.

Llega, alma, y aprende virtudes, estudia perfecciones, copia este verdadero original de recibir a tu Dios; advierte con qué humildad debes llegar, con qué reverencia asistir. ¡Qué amor tan detenido! ¡Qué temor tan confiado! Si la Virgen, tan colmada de perfecciones, duda, si llena de gracias, teme, y es menester que el que es fortaleza de Dios la conforte, tú, tan vacío de virtudes, oliendo a culpas, ¿cómo te atreves a hospedar en tu pecho al infinito e inmenso Dios? ¡Pondera qué disposición será bastante, qué pureza igual! Prepara, pues, tu corazón, si no con la perfección que debes, con la gracia que alcanzares.

Punto 3.º

Índice

Para después de haber comulgado

En este purísimo Sagrario de la Gracia, en este sublime trono de todas las virtudes, toma carne el Verbo Eterno; aquí se abrevia aquel gran Dios que no cabe en los Cielos de los Cielos, y, la que ya estaba llena de gracia, quedó llena de devoción; luego que reconocería en sus purísimas entrañas su Dios Hijo, sin duda que su alma asistida de todas sus potencias se le postraría, adorándole y dedicándose toda a su cortejo y afecto; el entendimiento embelesado, contemplando aquella grandeza inmensa, reducida a la estrechez de un cuerpecito; la voluntad, inflamándose al amor de aquella infinita bondad comunicada; la memoria, repasando siempre sus misericordias; la imaginación, representándole humano y gozándole divino; los demás sentidos exteriores, hurtándose al cariño de los foranos empleos, estarían como absortos en el ya sensible Dios; los ojos provocándose a verle, los oídos ensayándose a escucharle, coronándole los brazos y sellándose los labios en su tierna humanidad.

A esta imitación sea tu empleo, ¡oh alma mía!, después de haber comulgado, cuando tienes dentro de tu pecho, real y verdaderamente, al mismo Dios y Señor; estréchate con él, asístele en atenciones de cortejo, convóquense todas tus fuerzas a servirle y todas tus potencias a adorarle. Logra en fervorosa contemplación aquellos dulcísimos coloquios, aquellas ternísimas finezas que repetía la Virgen con su Dios Hijo encerrado.

Punto 4.º

Índice

Para dar gracias

Cantó las gracias a Dios esta Señora orillas de este abismo de misericordias, más gloriosamente que la otra María, hermana de Moisés, orillas del mar Bermejo. Comenzaría luego a manifestar sus maravillas, que lo que le abrevió su vientre le engrandeció su mente. Convida a las generaciones todas la ayuden a agradecer las universales misericordias, engrandecer el santo nombre del Señor. Pasa a eternizar de progenie en progenies los divinos favores, con agradecidos encomios, y luego, volviendo atrás, porque los pasados, los presentes y venideros magnifiquen al Señor, despierta a Abraham y a su semilla, para que reconozcan y alaben la gran palabra de Dios, desempeñada cuando ya encarnada; de este modo da gracias la Virgen Madre por haber concebido al infinito Dios.

Al resonar, pues, de tan agradecidos cánticos, no estés muda tú, alma mía; y pues recibiste al mismo Señor, aplaude con voz de exultación y de exaltación, que es el sonido de tales convidados; empléense esa boca y esa lengua saboreadas con tan divino pasto, en sus dulces alabanzas. Cántale hoy al Señor un nuevo cantar por tan nuevos favores, y todo tu interior en su real divina presencia se dedique a la perseverancia de ensalzarle, por todos los siglos de los siglos. Amén.