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"El Discreto" de Baltasar Gracián es una obra que refleja la aguda inteligencia y la penetrante observación del autor sobre la naturaleza humana y las dinámicas sociales del siglo XVII. Este libro, escrito en un estilo aforístico y lapidario, se inscribe dentro del contexto del barroco hispano, caracterizado por su complejidad y riqueza expresiva. Gracián utiliza un lenguaje sutil y metafórico para explorar temas como la prudencia, la moderación y la astucia en las relaciones interpersonales, ofreciendo al lector una serie de consejos para navegar las intrincadas redes de la vida social, resaltando la importancia del silencio y la discreción en un mundo a menudo ruidoso y superficial. Baltasar Gracián, un jesuita y filósofo excepcional de origen español, se vio inmerso en un entorno marcado por la contrarreforma y el renacimiento del pensamiento crítico. Su formación intelectual y su aguda percepción del alma humana lo llevaron a consagrarse a la escritura de tratados que fusionan moralidad y pragmatismo, como es el caso de "El Discreto". Su propia vida, marcada por la búsqueda del conocimiento y la sabiduría, refleja los valores que se encuentran a lo largo de su obra, donde se articula una visión singular y profunda de la conducta humana. Recomiendo encarecidamente "El Discreto" a los lectores que buscan una obra que no solo desafía el intelecto, sino que también proporciona reflexiones atemporales sobre la vida y la ética social. El libro invita a una lectura cuidadosa y contemplativa, convirtiéndose en un manual esencial para quienes deseen cultivar la discreción y una comprensión más profunda de las complejidades del ser humano. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Esta colección de un solo autor reúne de manera íntegra y ordenada las piezas que componen El Discreto de Baltasar Gracián, un tratado clásico de la prosa moral del Siglo de Oro. No se trata de una antología ni de una selección temática, sino de la presentación completa del conjunto, siguiendo su arquitectura interna. El propósito es ofrecer al lector contemporáneo un itinerario continuo por las virtudes, cautelas y hábitos del “varón discreto”, tal como se despliegan a lo largo de capítulos autónomos y encadenados. El resultado es un corpus unitario que permite apreciar el sentido total del proyecto, sin fragmentarlo ni descontextualizar sus partes.
Baltasar Gracián, figura esencial del Barroco hispánico, cultivó una prosa de ideas que observa las costumbres y las decisiones del hombre en sociedad. El Discreto pertenece a esa zona de su obra dedicada al arte de conducirse con prudencia, a la gestión de la palabra y del silencio, y al gobierno de uno mismo en lo público y lo privado. En estas páginas el lector encontrará un mapa de la discreción entendida como sabiduría práctica: una disciplina del juicio que media entre la ambición y la mesura, la apariencia y la sustancia, la oportunidad y el riesgo.
Los textos aquí representados pertenecen al ámbito del ensayo moral y práctico, con rasgos de retrato y manual de conducta. No son novelas, cuentos ni poemas, tampoco teatro, cartas o diarios. Son piezas de prosa especulativa y normativa que combinan reflexión, observación y precepto. Su forma es la de capítulos breves y densos, de avance argumentativo sostenido por máximas y definiciones. Desde su diseño, pertenecen al linaje de la literatura de prudencia, donde el estilo sirve a la clarificación del juicio y a la formación de un carácter capaz de orientarse entre lo conveniente, lo oportuno y lo decoroso.
La estructura general responde a una secuencia de aspectos del discreto, que esta colección conserva íntegramente. Comienza con Genio e ingenio y continúa por Del señoreo en el decir y en el hacer, Hombre de espera y De la galantería; prosigue con Hombre de plausibles noticias, No sea desigual, El hombre de todas horas y El buen entendedor; avanza por No estar siempre de burlas y Hombre de buena elección, y se abre a otras cimas y cautelas hasta culminar en Corona de la discreción y Culta repartición. Cada sección describe un rasgo o destreza y su encaje en un perfil coherente.
El lector reconocerá un arco de formación que arranca en lo innato y lo adquirido. Genio e ingenio indaga el talento natural y la agudeza ejercitada; Del señoreo en el decir y en el hacer aborda el dominio de la palabra y la acción; Hombre de espera trata del sentido del tiempo; De la galantería explora la cortesía y su medida. A ello se suman Hombre de plausibles noticias, sobre el manejo responsable de la información que forja reputación, y No sea desigual, que llama a la proporción entre intención, medio y fin. Cada paso agrega matiz y equilibrio al retrato.
Otra zona, esencial para la prudencia, articula prohibiciones provechosas. No estar siempre de burlas advierte contra la ligereza sin tregua; No ser maravilla recuerda los excesos de singularidad; No rendirse al humor examina el peligro de la inconstancia temperamental; Contra la figurería y Contra la hazañería desactivan la vanidad de la apariencia y el ímpetu temerario. Estas piezas, lejos de negar la brillantes del ingenio, la disciplinan, de modo que el lustre no eclipse la sustancia. La discreción se afirma así como arte de límites, economía de gestos y cálculo sereno del efecto.
En paralelo se perfilan habilidades positivas que sostienen la reputación y el trato. El hombre de todas horas subraya la constancia; El buen entendedor, la atención aguda; Hombre de buena elección, el discernimiento; Hombre de buen dejo, el arte de concluir con gracia; se examina también la ostentación, sus usos y desmesuras, y se celebran los buenos repentes, la diligencia aliada a la inteligencia, el modo y el agrado, y la cultura con su debido aliño. El hombre en su punto resume la madurez de conjunto, mientras Hombre juicioso y notante atiende a ver y notar con provecho.
El estilo de Gracián en estas piezas es conceptista: concentrado, denso, de agudeza sostenida. Predominan la sentencia breve, la antítesis fértil, la metáfora exacta y el giro memorioso. La forma procura precisión antes que expansión, y persuade por relámpagos de entendimiento. Se trata de una prosa que exige atención y rinde recompensa: cada párrafo condensa una estrategia de conducta, y las imágenes no buscan ornato gratuito, sino fijar nociones prácticas. La cadencia y la elipsis cumplen una función didáctica: entrenan al lector en la sutileza, que es la materia misma de la discreción.
Por su materia y su forma, El Discreto ha tenido una recepción perdurable. Sus páginas dialogan con problemas permanentes de la vida social: la idoneidad del decir, la calidad del trato, el manejo del tiempo, la construcción de la reputación y el criterio para decidir. Hoy, estas lecciones iluminan ámbitos diversos, desde la comunicación cotidiana hasta la responsabilidad profesional. Piezas como El buen entendedor o Hombre de plausibles noticias orientan sobre escuchar y verificar; otras, como Del modo y agrado o Culta repartición, proponen medida y equilibrio. La vigencia nace de su foco en lo práctico, no de modas pasajeras.
Esta colección aspira a ofrecer una experiencia de lectura que respeta el paso interno del tratado. Los capítulos pueden leerse de continuo o de forma intermitente, pero su orden dibuja una progresión: del encauzamiento del talento a la armonía de las virtudes, hasta la síntesis de Corona de la discreción. Arte para ser dichoso formula un horizonte de bienestar prudente, compatible con el decoro y la eficacia. La propuesta es más entrenamiento que dogma: observar, medir, decidir. El lector hallará un compendio de hábitos que, ensayados, mejoran tanto el juicio como la presencia.
En términos de géneros y tipos textuales, el volumen se atiene estrictamente al ensayo moral y a la prosa de preceptos. No incluye novelas, cuentos, poemas, obras teatrales, cartas ni diarios. El registro es didáctico y reflexivo, con momentos de retrato y de definición, orientados a la praxis. Esa restricción de géneros fortalece la unidad del conjunto: todo tiende a formar criterio y estilo de conducta. El carácter monográfico de esta colección hace visible la arquitectura de un único proyecto intelectual, sin interferencias formales que distraigan de su hilo ético.
El alcance de la presente reunión es, pues, ofrecer el corpus completo de El Discreto según sus secciones identificadas, manteniendo su continuidad y su equilibrio. Conservar títulos, orden y tono permite apreciar las correspondencias entre capítulos y la coherencia de la figura que delinean. Al lector le aguardan el rigor del juicio, la economía del gesto, la cortesía medida y la cultura con aliño. La promesa no es un método rápido, sino un arte de vivir a la altura de las circunstancias. De esa aspiración nace su permanencia: la discreción como saber práctico que nunca pierde actualidad.
Baltasar Gracián (1601–1658) fue uno de los prosistas decisivos del Barroco hispánico y del Siglo de Oro. Jesuita, moralista y teórico del ingenio, situó la prudencia, el juicio y la agudeza en el centro de la vida pública y privada. Su obra, escrita en una prosa densa y sentenciosa, transita entre la instrucción cortesana, la política y la meditación moral. En su tiempo circuló en ambientes cultos de la Monarquía Hispánica y, ya desde el siglo XVII, comenzó a leerse fuera de España. Hoy se lo valora como maestro del aforismo y constructor de una ética de la atención y del discernimiento.
Se formó en colegios de la Compañía de Jesús en Aragón y Cataluña, donde recibió la impronta de las humanidades clásicas, la retórica y la filosofía moral de la Contrarreforma. La lectura de autores latinos como Séneca y Tácito, junto con la tradición jesuítica de educación del juicio, nutrió su inclinación a la brevedad significativa y a la eficacia del decir. El ambiente barroco, con su gusto por el artificio y la dificultad, le ofreció un campo propicio para teorizar la “agudeza” y para depurar un estilo conceptista que buscaba concentrar pensamiento y experiencia en fórmulas memorables y útiles.
Sus primeras obras delinean un programa de excelencia personal y gubernativa. En El Héroe (1637) esboza virtudes del varón eminente; en El Político Don Fernando el Católico (1640) propone un espejo de príncipe que lee la historia como escuela de prudencia; y en El Discreto (1646) perfila un ideal de carácter capaz de templar ingenio y juicio. Estos tratados breves, de fuerte nervio sentencioso, confirmaron su reputación como escritor de formación práctica y estilo concentrado. La recepción fue rápida en círculos cortesanos y eclesiásticos, que encontraron en sus páginas una gramática de conducta para la compleja sociedad barroca.
El Oráculo manual y arte de prudencia (1647) condensó su proyecto en trescientas máximas comentadas: un breviario portátil para navegar la contingencia. El libro reunió, en aforismos memorables, reglas de trato y autogobierno que la tradición europea volvería a leer una y otra vez. La presente colección, centrada en piezas graciánicas, recoge títulos de esas máximas, como Genio e ingenio, Del señoreo en el decir y en el hacer, El buen entendedor, El hombre en su punto, De la cultura y aliño, Arte para ser dichoso, Corona de la discreción, Culta repartición, No rendirse al humor, entre otras.
En Agudeza y arte de ingenio (1648) convirtió la intuición estética en doctrina: describió con sistematicidad los recursos del concepto—agudeza, metáfora, antítesis, disonancia medida—y mostró cómo el ingenio puede ser arte de conocimiento. El tratado, a la vez poético y retórico, afinó categorías que explicarían el llamado conceptismo barroco, diferenciándolo de otras corrientes sin reducirlo a escuela. Allí, la lucidez práctica se hermana con la destreza verbal: el decir discreto como cauce del buen obrar. Con esta obra, Gracián ofreció una teoría de la atención y del rigor expresivo que influiría en la crítica hispánica posterior.
Su escritura culminó en El Criticón (1651–1657), novela alegórica en tres partes que despliega, con ambición panorámica, una educación del juicio a través de peripecias simbólicas. La obra circuló con seudónimo y suscitó tensiones con superiores de la Compañía por cuestiones de autorización editorial, circunstancias que derivaron en amonestaciones. Pese a ello, se consolidó pronto como uno de los logros mayores de la prosa barroca en lengua española. El Criticón tradujo a ficción el ideario prudencial de los tratados y aforismos, y amplió su recepción entre lectores atentos al examen moral del mundo.
Tras una vida dedicada a la predicación, la docencia y la escritura, murió en 1658, en Aragón. Su legado, sostenido por ediciones persistentes de El Discreto, el Oráculo manual, Agudeza y arte de ingenio y El Criticón, se proyectó por Europa a través de traducciones y lecturas influyentes, entre ellas la versión y el aprecio de Arthur Schopenhauer en el siglo XIX. Hoy se lo reconoce como maestro de prudencia verbal y de realismo ético. La colección aquí descrita, al releer máximas como El hombre de todas horas, Diligente e inteligente o Contra la figurería, prueba su vigencia.
Baltasar Gracián (1601–1658), jesuita aragonés, escribe El Discreto en 1646, en plena madurez intelectual y en el tramo central del reinado de Felipe IV. Integrado en la estela del Siglo de Oro y en diálogo con El Héroe (1637) y El Político (1640), el libro perfila un ideal de prudencia activa para tiempos de zozobra. Su retrato del varón completo —el discreto— se desglosa en capítulos que combinan arte civil, agudeza y gobierno de sí. Más que manual de cortesanía, es un comentario moral a una Europa en guerra y a una Monarquía en crisis, que exige, como ‘El hombre en su punto’, mesura, tino y oportunidad.
El trasfondo político es el programa reformista del conde-duque de Olivares (1621–1643), que quiso recentralizar recursos para sostener la hegemonía hispánica. Las exigencias fiscales y militares moldearon una cultura de la prudencia cortesana. De ese marco nace la insistencia en Del señoreo en el decir y en el hacer: mandar empieza por gobernarse y saber hablar en los Consejos. El hombre de espera y El hombre de todas horas responden a un ritmo de favores y caídas propio de la corte madrileña, donde la paciencia estratégica y la constancia resultaban capitales para sobrevivir a los vaivenes del despacho y del rumor.
El Discreto se escribe entre derrotas simbólicas como Rocroi (1643) y el avance de la negociación europea que culminará en Westfalia (1648). La gravitación de la derrota reorienta virtudes: Hombre de ostentación se lee como advertencia sobre el gasto superfluo y el exhibicionismo que compromete al Estado y al individuo. No ser maravilla desconfía de lo extraordinario, reclamando sobriedad cuando el crédito político es frágil. Corona de la discreción funciona como cierre programático: la autoridad real y social ya no descansa en milagros de armas, sino en acumulación de juicio, experiencia y reserva, aptitudes exigidas por una diplomacia lenta y minuciosa.
Las convulsiones internas —revuelta de Cataluña (1640–1652) y secesión portuguesa (desde 1640)— resquebrajan la imagen de una monarquía compacta. En ese ambiente, No sea desigual propone la medida y la adecuación al trato con distintos reinos, estamentos y jurisdicciones, recordando la pluralidad compuesta de la Monarquía Hispánica. Hombre juicioso y notante aconseja observar antes de juzgar, crucial en territorios recelosos de Madrid. El aprendizaje de la prudencia territorial y corporativa atraviesa la obra: el discreto debe calibrar fueros y usos, entender la diferencia entre cortes, universidades y cuarteles, y evitar la uniformidad precipitada que había vulnerado Olivares con sus proyectos de Unión de Armas.
La Contrarreforma vertebra el horizonte intelectual de Gracián. Jesuita formado en retórica y moral conforme a la Ratio Studiorum, el autor comparte la prioridad católica por la persuasión eficaz y el examen de conciencia. De ahí el peso de El buen entendedor, que valora la docilidad a la verdad bien dicha, y de Del modo y agrado, donde el estilo es instrumento de edificación. De la cultura y aliño subraya la limpieza, el orden y el adorno sobrio como signos de virtud y método, en sintonía con una pedagogía jesuítica que integra palabra, gesto y hábito para mover voluntades sin violentarlas.
El Barroco hispánico cultiva el desengaño: reconocer los límites del mundo y del poder. Gracián se nutre del tacitismo político y del neostoicismo de Séneca y Lipsio, que recomiendan prudencia y fortaleza interior en medio de la fortuna adversa. En ese registro, El hombre en su punto define la justa tensión entre aspiración y límite. Arte para ser dichoso traduce la sapiencia estoica a la vida activa: felicidad como gobierno de sí, no como azar cortesano. Y Hombre de espera asume que el tiempo, en política y en carrera personal, es material de estrategia, no simple duración resignada.
La sociabilidad cortesana se había codificado desde El Cortesano de Castiglione, y conocía, en el siglo XVII, una renovación bajo el influjo francés y la etiqueta española. De la galantería remite a ese arte de agradar sin servilismo, crucial en audiencias y visitas. Hombre de buena elección aconseja escoger compañías y empresas, un principio de prudencia que responde a una sociedad de patronazgo y clientelas. Del modo y agrado, ya señalado, pertenece a la misma constelación: el ceremonial, los saludos, la ceremonia religiosa y la urbanidad palaciega se convierten en gramática de ascenso o caída en la corte y en las ciudades principales.
La cultura de la información se transforma. Crecen las relaciones de sucesos impresas y circulan ‘avisos’ manuscritos entre embajadores, mercaderes y ministros. Hombre de plausibles noticias reclama fuentes fiables y verificación, virtud civil en un ecosistema saturado de rumores bélicos y financieros. Diligente e inteligente insiste en el trabajo aplicado y la sagacidad para discriminar datos útiles, clave para la diplomacia y la administración. El discreto, en un mundo de correos, postas y censuras, aprende a leer entre líneas y a ponderar tiempos de publicación, geografía de impresores y sesgos de cronistas, sin exponerse a imprudencias que comprometan honra o secreto.
