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Corre el rumor de que España viene siendo gobernada por una coalición ¿socialcomunista¿ desde hace algunos años. ¿Qué hay de cierto en ello? ¿Cómo aterrizó el comunismo como praxis política en nuestro país? ¿Cómo se desarrolló y qué influencia ejerció durante el siglo XX? ¿Cuáles son las luces y las sombras del Partido Comunista de España? ¿Qué ocurrió en 1981? ¿Qué queda en nuestro país de ideología comunista? Son preguntas que este libro trata de responder de una forma amena y razonada.
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Seitenzahl: 443
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Andreu Navarra
El comunismo en España
Mito, pueblo y revolución
CÁTEDRALa historia de...
PRÓLOGO. Un fantasma recorre España
CAPÍTULO PRIMERO. El Comunismo desembarca en España
CAPÍTULO 2. «Un puñado de tipos medio anarquistas». El PCE alocado de la etapa Bullejista (1925-1932)
CAPÍTULO 3. El comunismo español durante la Segunda República (1931-1936)
CAPÍTULO 4. El PCE durante la Guerra Civil (1936-1939)
CAPÍTULO 5. Los años cuarenta: exilio y tensiones internas
CAPÍTULO 6. Los años cuarenta en el interior. Guerrilla y represión. Quiñonismo y Monzonismo
CAPÍTULO 7. Uribe y Carrillo
CAPÍTULO 8. Los tiempos cambian: Semprún, Claudín y Pradera
CAPÍTULO 9. La transición: auge y desplome del PCE
CAPÍTULO 10. Julio Anguita
BIBLIOGRAFÍA
CRÉDITOS
Ya vendrán los tiempos del Poder; esos serán para los que me sigan; con sus ventajas y sus lados feos; personalmente, prefiero estos tiempos. No me disgusta haber vivido un periodo menos brillante, más opaco, pero ¡tan limpio!
Santiago Carrillo,El año de la peluca (1987)
Día 15 de octubre de 2021. Una noticia corriente en el digital presidido por Luis María Anson, El Imparcial. El titular reza: «Pedro Sánchez, presidente de un gobierno socialcomunista, presume de socialdemocracia». Un titular duro, aunque hay que reconocer que, tal y como está el escenario político, el cuerpo de esta noticia sobre la celebración del XL Congreso del PSOE está redactado con un tono razonable, sin insultos ni conspiranoias, aunque sí mucha crítica. Lo que nos conduce a pensar que este breve lo que se propone, más que informar sobre cambios sospechosos en los reglamentos del PSOE, es que en las redes vaya sonando cada vez más el membrete «gobierno socialcomunista». Total, que parece que todo va más de fantasmas que de comunismo.
Día 24 de enero de 2022. Pablo Iglesias, exlíder de Podemos / Unidas Podemos, ya retirado de la política activa, se queja en Twitter de que en un examen de la UNED se considere al gobierno que colideró como «socialcomunista». Sale en defensa de la Universidad a Distancia Diana Arias a través del digital Okdiario (24 de enero de 2022), señalando que tanto el ministro de Consumo, Alberto Garzón, como la vicepresidenta del gobierno, Yolanda Díaz, forman parte de Izquierda Unida, y que por lo tanto son comunistas. Ahora bien, ¿llevan a cabo una política leninista? ¿Conspiran para derrocar a la monarquía parlamentaria española? ¿O, una vez más, se trata de colocar en las redes unos titulares tremebundos que muevan a reacciones visceralistas o poco reflexivas?
En el tremebundo libro de Federico Jiménez Losantos La vuelta del comunismo. Su retorno al gobierno de España, las desgracias que se produjeron y los desastres que se ocasionaron (2020) lo que más parece molestar al publicista es el ataque a la monarquía. Algo que podría muy bien colocarse en la columna del republicanismo y que solo desde un alarmismo excesivo podría ser calificado de comunismo golpista. Tampoco entiende el periodista que Iglesias y los suyos se dediquen a defender a los independentistas catalanes, a pesar de que Jiménez Losantos mismo reporte las explicaciones que sobre el tema desarrolla Iglesias, contando que él se siente demócrata y no separatista o unionista.
En cambio, Iglesias sí admitía ser comunista. Lo demuestra el hecho de que, siendo aún vicepresidente segundo del gobierno y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, quitara hierro al asunto del «gobierno socialcomunista» e incluso ironizara sobre el fantasma. A la bancada de la derecha le soltaba: «Siento decirles que van a tener gobierno socialcomunista para rato» (20 de enero de 2020). Dos años después no se han hundido la democracia ni la monarquía ni los pilares del sistema jurídico ni judicial. Pablo Iglesias hizo mutis por la puerta de atrás y tampoco se notó demasiado. Mientras se escribe este prefacio, es secretario de Estado para la Agenda 2030 Enrique Santiago, ni más ni menos que el secretario general del PCE, que acaba de ser reelegido.
El gobierno socialcomunista ha conseguido subir el salario mínimo interprofesional y corregir o limar algunos aspectos extremos de la reforma laboral aprobada por Mariano Rajoy en 2012. Pero es que hasta otros digitales no precisamente radicales de izquierdas han acusado a estos socialcomunistas de ser muy poco mordedores. El columnista Rafael Guijarro escribía, en el digital El Confidencial (14 de diciembre de 2020):
La pregunta que habría que hacerle al Presidente no es si ahora duerme bien con Iglesias en el gobierno, sino si sabe cuánta gente pasa hambre cada día en España. Las verdaderas manifestaciones además de las que sacan en la tele, son la cola de cada día de gente que espera a que le den algo de comida para no pasar tanta hambre. Cuando le insinuaron este asunto, replicó que España lleva mil días sin romperse y otros temas por el estilo. Ese modo de salir por la tangente con un discurso pretendidamente optimista, no resuelve los problemas reales.
Y es que si alguien esperaba un golpe de Estado parecido al de octubre de 1917 o una revolución como la de Asturias en 1934, pronto tuvo que verse decepcionado ante el pragmatismo evidente del nuevo gobierno.
Ya desvinculado de él, Pablo Iglesais va publicando cada muy pocos días sus columnas en la revista CTXT. Un vistazo a estos artículos lo confirman como un continuador de Julio Anguita y el legado de Izquierda Unida: se desconfía de la OTAN, se ataca a un PSOE demasiado escorado al centro pragmático o incluso a la derecha, se reclama la consolidación de una auténtica alternativa progresista... pero ni rastro de leninismo. Y a propósito de Lenin, Iglesias escribió un artículo titulado «Putin y Lenin» (22 de febrero de 2022) en el que leemos:
En su proclama de ayer Putin atacó a Lenin y ya les digo que el hecho de que el presidente de la Federación Rusa ataque a Lenin en un discurso que vieron millones de rusos, en el contexto de una grave tensión militar, no es un asunto baladí. Putin cargó contra el federalismo, contra el pacifismo y contra el respeto de la plurinacionalidad propio de los bolcheviques que, al menos mientras Lenin mandaba, defendieron incluso el derecho de autodeterminación de los pueblos. Putin dijo ayer nada menos que Lenin era el arquitecto de la nación ucraniana y atacó incluso el talento geopolítico del Lenin de la paz de Brest-Litovsk. El Lenin consciente de la realidad de la correlación de fuerza militar con Alemania frente al poco racional optimismo de Bujarin y Trotsky fue, para Putin, un cobarde. Llamar a Lenin cobarde en Rusia es, para muchos rusos y para cualquier comunista, una provocación. Con una ironía innegable, Putin sugirió además que para continuar el proceso de «descomunistización» de Ucrania quizá Ucrania debería desaparecer. En gramática parda castiza a esto se le llama una macarrada.
Palabras curiosas teniendo en cuenta que las autoridades rusas no cesan de llamar «nazis» a las ucranianas. Y concluye: «Putin mandó ayer al infierno cualquier mínimo reconocimiento a la política internacional soviética y adoptó sin complejos un discurso nacional-imperialista de estilo zarista. Y ciertamente eso da miedo a cualquiera». Aquí es donde hemos de disentir: el discurso de Putin suena a zarismo, pero también a estalinismo, y esto no es justo obviarlo u ocultarlo.
En cualquier caso, con olvidos interesados, por lo menos Iglesias no cae en la ingenuidad de los nostálgicos que se alinean con la deriva de Putin, siguiendo la estela espectral de la desaparecida Unión Soviética. Además, una cosa es ser marxista, y otra, ser leninista. El marxismo es una filosofía materialista que trata de enraizar el cambio histórico en la lucha de los desposeídos contra los detentadores de la propiedad, los medios de producción y los poderes políticos. El leninismo es una práctica necesariamente golpista, una intervención necesariamente antiparlamentaria. Una filosofía para la acción directa. La distinción es fundamental: uno puede ser más o menos marxista, puede dejarse influir por esa filosofía, y seguir apoyando la democracia liberal o capitalista, siempre que se conserve un vector reformista suficiente: el marxismo es compatible con la instalación democrática. Con el leninismo (no digamos ya con el totalitarismo estalinista) la cosa ya no es tan sencilla: el leninismo es una justificación político-social del golpismo, una práctica concreta y no una especulación. Precisamente, lo veremos, desde 1977, año en que fue legalizado en España el Partido Comunista de España, este no ha acabado de encontrar su lugar central en el espectro electoral español, por haberse convertido en una formación socialdemócrata con una retórica algo más radical que la del PSOE pero en todo caso totalmente desvinculada de la conspiración revolucionaria. Lo veremos casi al final de esta historia.
Si el gobierno que preside Pedro Sánchez es, efectivamente, socialcomunista, los gobiernos socialcomunistas ya no son lo que eran. La Huelga General Revolucionaria, o la Dictadura del Proletariado, no parecen asomar por ningún lado. En cambio, sí abundan los comentaristas políticos que acusan a Podemos / Unidas Podemos de haber encauzado el malestar de la revuelta cívica conocida como 15-M y haberlo convertido en un vector inocuo.
Tampoco el 15-M fue una rebelión antisistema, como ha sido estudiado con profusión, sino la reclamación de una serie de cambios en las agendas de los partidos de izquierda. Un grito algo amenazante, pero en ningún caso un movimiento articulado para derrocar ningún régimen instituido.
La etiqueta «comunista» también va dejando atrás los matices vergonzantes que lo vinculaban a la dictadura totalitaria. La prueba es el título del libro que publicó Alberto Garzón en 2017: Por qué soy comunista. Un ensayo dedicado sintomáticamente a Marcos Ana y a Julio Anguita. Estas dos elecciones no pueden ser más significativas: mientras que Marcos Ana, poeta comunista que entró en la cárcel con 19 años y salió de ella con 41 en 1961, representa la lucha contra el franquismo, Julio Anguita demostró que la praxis comunista era compatible con la defensa del constitucionalismo español. Estas son las dos coordenadas que reclama el comunismo español actual: la reivindicación de la militancia antifascista y la oposición al franquismo y la izquierda coherente capaz de ejercer el poder político sin infantilismos revolucionarios. Si alguna dirección une la política comunista defendida por Anguita y la actualización del marxismo que propone Garzón, esta clave es la lucha contra el neoliberalismo:
La conjunción de cambio tecnológico y políticas neoliberales proglobalización a partir de la década de 1980 ha convertido la vida de la clase trabajadora en una experiencia mucho más insegura y precaria. La flexibilidad se ha convertido en el concepto por excelencia en el ámbito de la producción, referida, claro está, a la flexibilidad laboral y vital (2017: 171).
Con la industria deslocalizada, nuestra sociedad produce el espejismo de una clase media boyante, pero un acercamiento más agudo nos ayuda a distinguir hasta qué punto se ha extendido el precariado entre trabajadores que no saben a qué clase pertenecen exactamente. Lo que no asoma por ningún lado es el tono amenazante de los revolucionarios de la primera mitad del siglo XX. En conclusión, podríamos afirmar que no es que el fantasma del comunismo esté recorriendo España en estos momentos, sino que muchos están viendo fantasmas en el comunismo actual español.
Y es que en este libro hablaremos de comunistas de verdad, es decir, leninistas. De cómo llegaron a España los primeros representantes de la Tercera Internacional (o Komintern), con sede en Moscú; de las escisiones y debates que generaron en el Partido Socialista Obrero Español y la CNT entre 1919 y 1921; de cómo era el primer PCE de los turbulentos años veinte; de cómo afectó a las políticas de la Komintern la dictadura de Primo de Rivera; de cómo el PCE se opuso, en un primer momento, a la Segunda República para rectificar una vez Stalin apoyó la política de Frentes Populares; de qué papel tuvo el PCE en la revolución de 1934, la mayor en Europa desde la Revolución Rusa de 1917; del papel decisivo que desempeñó el PCE durante la guerra civil en el bando leal a la República; de cuál fue su comportamiento político convertido ya en un partido de masas; de los difíciles años en el exilio y en un interior particularmente hostil y violento; de su renacimiento en los años cincuenta y sesenta, su remodelación y legalización durante la Transición, para finalmente analizar los años ochenta y noventa, que suelen estar marginados en las historias del comunismo español pero que constituyen un período de grandes crisis y debates que nos aluden directamente.
Y hablaremos de todo ello sin olvidarnos de otras muchas formaciones comunistas que defendieron un punto de vista distinto de la política leninista: el Partit Socialista Unificat de Catalunya, representante de la Komintern en Cataluña, el Bloque Obrero y Campesino, el Partido Obrero Unificado Marxista o Bandera Roja, por citar algunos, en un intento de que este libro no sea una contribución más al estudio del PCE, que cuenta ya con excelentes historiadores, sino que trate de situar el tema en una perspectiva un poco más amplia.
Seguramente, lo más destacado de la historia del comunismo español últimamente sea la propia historia del comunismo español, que se ha normalizado y desarrollado de forma muy notable. En un solo año se han publicado dos obras imprescindibles: por una parte, la biografía de Dolores Ibárruri que ha editado Mario Amorós (Akal), con abundante material archivístico inédito, y también Voluntarios por la revolución. La milicia internacional del POUM en la guerra civil española, de Andy Durgan, impresionante aporte de nueva documentación para el estudio del marxismo heterodoxo en su vertiente más militar. Se trata de dos obras que claramente abren nuevas posibilidades. Y no son los únicos historiadores que han dejado el estudio del comunismo español en una posición avanzada y consolidada: destacan, entre muchos otros, Fernando Hernández Sánchez, José Luis Martín Ramos, Juan Andrade, Giaime Pala o Josep Puigsech Farràs. Heredaron y continuaron el trabajo de Ángel Viñas, Antonio Elorza, Marta Bizcarrondo, Rafael Cruz o Manuel Tuñón de Lara. Además, desde 2016, la Fundación de Investigaciones Marxistas publica la revista Nuestra Historia. Por su parte, en Cataluña, desde 1987, la Fundación Andreu Nin se dedica a preservar la memoria de la izquierda antiestalinista.
El 24 de enero de 1919, el periódico Pravda publicó una información que se revelaría trascendental para el devenir histórico de la política occidental: el Partido Comunista Ruso-Bolchevique anunciaba la convocatoria inminente del I Congreso de la Internacional Revolucionaria, es decir, el embrión de la Tercera Internacional Comunista, más conocida como Komintern. En 1935, el organismo operaba en todos los continentes y contaba con 65 partidos miembros. Su andadura iba a llegar hasta el año 1943.
Efectivamente, ese I Congreso se inició el 2 de marzo de 1919, con escasa afluencia internacional. Lo cual no debe sorprendernos teniendo en cuenta que el Estado soviético no solo se hallaba en una situación de aislamiento internacional total, sino que además estaba en guerra. Sin embargo, asistieron delegaciones del Partido Comunista Alemán (KPD), del austriaco, del Partido Obrero Noruego, del Socialdemócrata Sueco de Izquierda y una parte del Partido Socialista Suizo. En España, el evento tuvo poco eco, pero repercutió en el seno del PSOE, que empezó a plantearse a qué Internacional debía afiliarse. El bolchevismo o «maximalismo» soviético empezó a tener sus partidarios. El 9 de abril, El Socialista indicó que el nuevo Estado soviético se proponía liderar el movimiento revolucionario mundial. Sin embargo, poco después, el 1 de mayo, en el mismo rotativo, Julián Besteiro ya marcaba diferencias respecto a una iniciativa internacional rupturista (Martín Ramos, 2021: 26-29).
El «tercerismo» tomó cuerpo el 20 de julio de 1919 en la Casa del Pueblo de Madrid. Lo lideraban, en ese momento inicial, Eduardo Torralva Beci y Andrés Ovejero, quienes llamaron a sepultar una Segunda Internacional herida de muerte por las divergencias experimentadas entre 1914 y 1918 y pasar a formar parte de la Tercera. Para lograrlo impulsaron una consulta interna y una propuesta de ingreso. Los líderes socialistas más destacados, Pablo Iglesias, Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero, lograron frenar la iniciativa y convocaron un Congreso Extraordinario para examinar el problema de la Internacional y explorar la posibilidad de alianzas con las fuerzas republicanas.
De algún modo, podemos considerar esa primera conferencia de Torralva Beci y Ovejero de 1919 como el pistoletazo de salida del «comunismo», si lo entendemos como marxismo leninista, en territorio español.
Desde 1916, la situación social en el país y en Europa era explosiva. Como ha escrito José Luis Martín Ramos, «el salto dado por la Revolución Rusa en noviembre de 1917, el fin de la Guerra Mundial y la convulsa posguerra europea de 1919 y 1920, llenaron la sociedad española de fantasmas diferentes. Los fantasmas de la esperanza de la revolución, que nunca llegó a producirse, y los del miedo a ella, que resultaron los dominantes» (2021: 22). En Centroeuropa pareció que la revolución comunista arraigaba y se produjeron varias insurrecciones: las de enero y marzo de 1919 en Alemania; el establecimiento de la república soviética de Baviera hasta el 1 de mayo; revolución en Hungría desde marzo hasta agosto, con un eco en Eslovaquia entre junio y julio. Mientras los gobiernos vencedores de la guerra se iban reuniendo en París y Versalles, las calles de Barcelona parecían el escenario de una guerra social enconada entre anarcosindicalistas de acción y pistoleros a sueldo de la patronal. Así, en septiembre de 1923, el general Miguel Primo de Rivera llegó al poder a través de un golpe de Estado incruento que desplegó inmediatamente una política de represión contra el movimiento obrero.
El Congreso Extraordinario del PSOE se celebró en la Casa del Pueblo de Madrid a partir del 8 de diciembre de 1919. En ese mismo instante, y en la misma ciudad, otro congreso paralelo de la CNT se disponía a debatir una cuestión idéntica: si la organización anarcosindicalista debía afiliarse a la Tercera Internacional o no. Desde el PSOE no llegaron a un acuerdo claro, y la CNT también se dividió en dos grupos fundamentales: por una parte, Salvador Seguí lideró una rama reformista que buscaba definir la CNT como una organización de masas; por otra parte, el Comité Nacional y su secretario, Manuel Buenacasa, se expresaban en un tono más favorable al ingreso, sospechando siempre del diseño interno del Partido Bolchevique. Únicamente el delegado valenciano Hilario Arlandis se mostraba totalmente partidario del ingreso inmediato. Aquellos días asistió a las discusiones del Teatro de la Comedia, desde la tribuna de espectadores, el oscense Joaquín Maurín, futuro fundador del Bloque Obrero y Campesino y del POUM, de quien hablaremos largo y tendido más adelante. Maurín aún no había solicitado su ingreso en el sindicato: sí lo había hecho quien se iba a convertir en su principal socio dentro del marxismo heterodoxo, Andreu Nin, que no habló en el Congreso de 1919 pero sí asistió a todas sus sesiones.
Entre las filas socialistas seguía sin haber un acuerdo claro. El ambiente general fue proclive al ingreso en la Tercera Internacional (el desprestigio de la Segunda era manifiesto), pero a través de una treta impulsada por Besteiro, Antoni Fabra i Ribas y Óscar Pérez Solís, se logró otra vez posponer la decisión final. La iniciativa definitiva la tomaron las Juventudes. La Internacional Juvenil Socialista, que presidía Willi Münzerberg, ya había solicitado el ingreso; por este motivo no costó mucho convencer a las Juventudes Socialistas españolas de seguir esa dirección. Manuel Núñez de Arenas, Ramón Lamoneda y Andrés Saborit se desvincularon de las Juventudes, a pesar de haber votado a favor del ingreso tanto Lamoneda como Saborit. Seguramente preveían lo que estaba a punto de suceder y no quisieron abandonar el PSOE.
A finales de 1919 llegaron a Madrid procedentes de México Mijaíl Gruzenberg, alias «Borodin», y Richard Francis Phillips, alias «Jesús Ramírez». Venían de haber convertido el Partido Socialista Mexicano en el diminuto Partido Comunista Mexicano y se disponían a hacer lo mismo en España, aunque en principio solo estaban de paso en su camino hacia Moscú. El primero era un personaje curioso, un revolucionario veterano:
Borodin (cuyo alias era Michael Gruzenberg) era emigrante por partida doble, por ser un viejo bolchevique que se había exiliado por motivos políticos tras la Revolución de 1905. Como había vivido una década en Chicago, donde tenía una academia de inglés para inmigrantes en el West Side, hablaba inglés «con jerga norteamericana», como recordaría el periodista Louis Fischer (Kirschenbaum, 2021: 92).
Borodin y Ramírez se reunieron con Fernando de los Ríos, con Mariano García Cortés y con el sector tercerista del PSOE, aún embrionario. Su primer éxito fue la creación de un «bloque de izquierdas» en el seno del PSOE, pero la propuesta de referéndum para afiliarse a la Internacional Comunista volvió a embarrancar. En ese momento, Ramírez decidió tratar directamente con el Grupo de Estudiantes Socialistas, fundamentalmente con Eduardo Ugarte y Juan Andrade. De Andrade hablaremos con profusión cuando analicemos el trotskismo español.
Ramírez y los estudiantes plantearon la cuestión urgente: convertir las Juventudes Socialistas en un partido comunista español de nuevo cuño. El 17 de marzo, Renovación informaba de que López y López dimitía y era sustituido por Merino Gracia. El 15 de abril de 1920 se publicaba la moción según la cual el Comité Nacional de las Juventudes había decidido convertirlas en el Partido Comunista Español. Aquella formación es la que fue conocida como la de los «cien niños»:
El 15 de abril de 1920, el periódico Renovación incorporó a su cabecera, junto con su definición como «órgano de la Federación Nacional de Juventudes Socialistas», la etiqueta de «adherida a la Tercera Internacional». En aquellas páginas los dirigentes de la rama juvenil del PSOE desvelaron su conversión en el Partido Comunista Español a través de un llamamiento dirigido «al proletariado español» para que se uniera a sus filas [...]. El maestro Ramón Merino Gracia fue su secretario general y el 1 de mayo de 1920 apareció el primer número de su periódico, El Comunista, dirigido por Juan Andrade, que dio a conocer el documento de bases y tesis del nuevo partido, redactado por Jesús Ramírez (Amorós, 2021: 55-56).
Acusaban al socialismo de estar totalmente «corroído». Cuando el PCE se constituyó en las zonas mineras de Vizcaya, Dolores Ibárruri y Julián Ruiz formaron parte de su dirección desde el primer momento.
A partir de aquel momento, Renovación no dejó de criticar abiertamente a la cúpula del PSOE, con disparos especialmente dirigidos contra Julián Besteiro, y de arremeter contra el carácter burocrático y conformista del Partido Socialista Obrero Español. Y esta será una constante en toda la literatura memorialística y periodística de quienes militaron alguna vez en el partido y evolucionaron hacia el leninismo: tanto Juan Andrade como Andreu Nin conservaron durante las décadas siguientes un gran resquemor generacional contra los grandes popes del socialismo español, explicando que, en gran medida, su propia labor revolucionaria empezó allí donde la había detenido el inmovilismo reformista y paternal de la Casa del Pueblo madrileña.
Durante los años veinte existió una pasarela ideológica entre algunos líderes de la CNT partidarios de ingresar en la Tercera Internacional y el comunismo heterodoxo de los años treinta. Nos estamos refiriendo a los casos de Joaquín Maurín, cofundador del Bloque Obrero y Campesino y del POUM; de Andreu Nin, que se afilió al PCUS en Moscú, mientras residió allí hasta 1930, y que luego organizaría la sección española de la Oposición Internacional Trotskista, para acabar convirtiéndose en socio de Maurín en el POUM, y también de Hilario Arlandis, que abandonó el anarquismo cuando la CNT rechazó ingresar en la Tercera Internacional y que se adhirió al PCOE, primero, y luego al BOC mauriniano. Por su parte, Jesús Ibáñez abandonó también la CNT en 1925 para integrarse en el PCE, partido que volvió a enviarlo a Moscú, donde residió hasta 1933 tras pasar un tiempo en una cárcel soviética. Curiosamente, los cuatro decidieron adherir sus secciones de la CNT a la Internacional Sindical Roja, en un pleno de Regionales celebrado clandestinamente el 28 de abril de 1921. Maurín, Nin, Ibáñez y Arlandis volvieron de la Rusia soviética convertidos en comunistas a través de la Internacional Sindical Roja.
El líder de las Juventudes Socialistas, José López y López, que firmaba como «Anglao» y «Born» en Renovación y Acción Socialista, abandonó el PSOE en 1921 para ingresar en el PCE. Durante la dictadura de Primo de Rivera tuvo que exiliarse tras ser procesado por un folleto que había publicado en 1912, titulado Los toreros, la honra de España. En París, volvió a la órbita socialista en 1928, colaborando en El Socialista. Para este periódico cubrió la corresponsalía en París hasta que volvió a Madrid en 1933. Durante la guerra civil trabajó como consejero en el Ayuntamiento de Madrid.
El nuevo partido contó con un máximo de 2.000 militantes en su primer momento. Unos 400 residían en Madrid, aunque más adelante destacarían las zonas de Vizcaya y Sevilla como plazas fuertes del comunismo peninsular. José López y López y César R. González defendían la tesis de que todo el socialismo español en bloque debía ingresar en la Tercera Internacional, así que se dedicaron a reorganizar las Juventudes Socialistas. En 1921, contaban con 3.500 afiliados; y el dato es significativo porque antes de la conversión su número había alcanzado los 7.800 jóvenes adheridos: durante la ruptura una gran parte de los jóvenes socialistas se desentendió tanto de la nueva formación comunista como de la antigua asociación socialista.
El Partido Comunista que nacía en España era exiguo comparado con su hermano del norte: en 1920, el Partido Comunista Francés contaba con 100.000 militantes, y su periódico, L’Humanité, tenía una tirada de 200.000 ejemplares. En cambio, la formación que luchaba por consolidarse en España era una estructura tan minúscula como precaria.
Por su parte, el PSOE volvió a debatir la espinosa cuestión del ingreso en la Tercera Internacional en un II Congreso Extraordinario, ya en junio de 1920. Daniel Anguiano, Mariano García Cortés, Luis Mancebo y Eduardo Vicente presentaron su ponencia según la cual el partido debía ingresar «incondicionalmente» en la Tercera Internacional. Tras la votación, quedó manifiestamente expresada la división entre la militancia, mayoritariamente partidaria de la conversión al comunismo, y la cúpula directiva, mucho más moderada, especialmente Pablo Iglesias y Julián Besteiro. La propuesta de «ingreso incondicional» obtuvo 5.016 votos; la del ingreso condicionado, 8.269; se abstuvieron 1.615 militantes. Pablo Iglesias fue reelegido presidente de la formación por aclamación. Besteiro fue elegido vicepresidente, y Anguiano, secretario general. Besteiro y Largo Caballero rechazaron integrarse en la nueva ejecutiva y ocuparon sus puestos Antonio García Quejido y Fernando de los Ríos. Finalmente se decidió enviar a este y a Anguiano a Moscú para que emitieran un informe antes de decidir definitivamente si el PSOE ingresaba o no en la Tercera Internacional.
Fruto de aquel viaje fue uno de los libros más interesantes de la abundante literatura de la época escrita por políticos y escritores que visitaron Moscú y la Rusia soviética. Mi viaje a la Rusia sovietista, de Fernando de los Ríos, se editó en 1921 y vio una reedición 1934. Su tesis final, al margen de lo que observó agudamente su autor, no era favorable al leninismo. Según el granadino, los bolcheviques habían sometido a la sociedad a un despotismo ilustrado sin beneficios para el pueblo, relegando para un futuro utópico las ventajas reales de la revolución y disminuyendo la conciencia cultural de la población hasta casi cero (Navarra, 2016: 103-110).
El II Congreso de la Internacional Comunista tuvo lugar entre el 19 de julio y el 7 de agosto de 1920, y fue importante porque cerró las condiciones de ingreso en el partido revolucionario mundial, y también porque se acordó crear una Internacional Sindical Roja. Su primer líder fue Solomón Lozovski, que escogió al catalán Andreu Nin como lugarteniente. Lozovski murió ejecutado en 1952 durante una de las campañas antisemitas que impulsó Stalin. Para el diseño final de la Komintern, se acordó que los distintos partidos nacionales adheridos actuarían como secciones de la Tercera Internacional. La única excepción fue el PSUC catalán, partido comunista nacido en 1936 y adherido a la Tercera Internacional sin corresponderse a un Estado soberano.
El 10 de abril de 1922, los comunistas convocaron una huelga minera en Vizcaya que fracasó en muy poco tiempo. Apenas tres meses después, la huelga volvió a la cuenca minera, esta vez organizada por el Sindicato Minero, que se había escindido de la UGT para ser más combativo. El paro se prolongó desde el 9 de julio hasta el 25 de septiembre, y la reivindicación principal era el aumento de sueldo. En mitad de la huelga, militantes comunistas se batieron a tiros con la policía en la Casa del Pueblo de Bilbao. El resultado fue muy negativo para los obreros comunistas: dos de ellos murieron, ochenta fueron detenidos y varios resultaron heridos. Óscar Pérez Solís fue uno de los militantes que sufrió heridas en el enfrentamiento, que se saldó con la derrota de los mineros. Estos fueron regresando paulatinamente a sus lugares de trabajo.
El pistolerismo se abrió paso en la zona, y cobró características propias. Mientras en Cataluña eran los anarcosindicalistas y los terroristas blancos los que se enfrentaban a tiros por las calles, en Euskadi las tensiones se dispararon entre socialistas y comunistas. El 9 de abril de 1922, durante un mitin en Gallarta, estalló la violencia y resultaron muertos tres socialistas. El mismo Bullejos, que dirigía el Sindicato Minero, fue herido de gravedad, y luego pasó un año en la cárcel. Pasionaria se libró del tiroteo porque fue a visitar a sus padres y luego tomó un camino distinto del de sus compañeros para esperar el tren de regreso. La violencia se iba desbocando: en noviembre de 1922, en Madrid, tras el Congreso Nacional de la UGT, el guardaespaldas de Pérez Solís asesinó a otro obrero socialista (Cruz, 1999: 63). Esta violencia se produjo en el contexto concreto de la negativa expresada por el sindicato minero La Arboleda, de orientación prietista, a formar un frente único junto a los comunistas en enero de 1922. Se comprende que, con esta actitud, un Partido Comunista tan violento no acabara de cuajar entre la clase obrera y no se convirtiera en un movimiento de masas.
En ese ambiente se fraguó la figura histórica más importante del comunismo español: Dolores Ibárruri. Pasionaria había nacido en Gallarta (en plena zona minera) en el año 1895. En su juventud, fue ardientemente católica y quiso seguir sus estudios hasta convertirse en maestra, pero parece ser que en el seno de su familia no creyeron oportuno o posible que la hija de un minero adquiriera cultura y adoptara un oficio autónomo. La familia de Dolores Ibárruri era de clase trabajadora, de ideas muy tradicionalistas: su padre era carlista. Con 17 años, Dolores Ibárruri empezó a trabajar como sirvienta en un café del pueblo de La Arboleda. Allí no solo atendía al establecimiento, sino que también se ocupaba de la casa de la familia propietaria. Trabajando allí conoció a su marido, Julián Ruiz, con quien se casó en febrero de 1916. Fue entonces cuando empezó a interesarse por las ideas políticas y a leer textos marxistas. La propia Dolores Ibárruri, entrevistada frecuentemente en los años setenta y ochenta, afirmó varias veces que sin la influencia de su marido seguramente nunca habría desarrollado conciencia revolucionaria (Amorós, 2021: 37). También destacó siempre la autoformación obtenida de las lecturas que obtuvo en la Casa del Pueblo. En 1917, ingresó en el PSOE y permaneció en esa formación hasta que la Agrupación Socialista de Somorrostro se unió al neonato PCE, ya en 1921.
El socialismo era fuerte en Vizcaya, y no dejaba crecer a su nuevo rival político:
Junto con Madrid y Asturias, Vizcaya fue la provincia donde el PSOE (fundado en 1879) y la Unión General de Trabajadores (en 1888) arraigaron inicialmente con una mayor fuerza. En 1886, Facundo Perezagua, Felipe Carretero y Toribio Pascual impulsaron la Agrupación Socialista de Bilbao y en pocos años surgieron núcleos en La Arboleda, Abanto y Ciévana, Ortuella, Trapagaran o Muskiz. Con el altavoz de su periódico, La lucha de clases, creado en 1895, en el que colaboró Miguel de Unamuno, fue en Vizcaya donde eligieron sus primeros concejales y en las elecciones de 1893 Pablo Iglesias (presidente del Comité Nacional del PSOE), que no fue electo diputado hasta 1910 (por Madrid), obtuvo ya cinco mil votos por Bilbao. En cambio, el anarquismo no logró implantarse en Euskadi y los partidos republicanos carecían de influencia en la zona minera (Amorós, 2021: 40).
Ya hubo un paro general pionero en Vizcaya en 1890, y en el de 1903 el ejército custodió la llegada de trabajadores esquiroles procedentes de Castilla. Con el tiempo, fue el Partido Nacionalista Vasco el principal rival del socialismo en la provincia.
Durante la Primera Guerra Mundial, el movimiento obrero tomó un impulso impresionante en España: «Si en 1916, las organizaciones obreras aglutinaban a unos 150.000 afiliados, cuatro años más tarde el PSOE superaba los 50.000 militantes, la UGT tenía cerca de 210.000 y la CNT encuadraba a más de 700.000 trabajadores» (Amorós, 2021: 50). En 1918, Dolores Ibárruri empezó a publicar artículos en la prensa socialista de la época, adoptando el célebre seudónimo con que pasaría a la historia. En 1920, Ibárruri ya había publicado en El Minero Vizcaíno y La lucha de clases.
El primer artículo de Pasionaria, «La hipocresía religiosa», vio la luz en El Minero Vizcaíno en la Semana Santa de 1918. Ese primer artículo no se ha conservado; el más antiguo que ha podido llegar a nuestras manos es «¿Error o mala fe?», publicado en La Bandera Roja en 1921 o 1922 (Amorós, 2021: 62). Pasionaria los publicaba con mucha frecuencia y seguía formándose como marxista.Sin embargo, no fue una buena época para ella. Julián Ruiz pasaba largas temporadas en la cárcel, hecho que provocaba que el hambre asomara con cierta frecuencia por su casa. Además de sufrir miseria y persecución, Pasionaria perdió a cuatro hijas en aquellos años anteriores a la Segunda República: Esther, Amagoya, Azucena y Eva. Por ello adoptó el hábito del luto que ya no abandonó. A juicio de su biógrafo más completo, Mario Amorós,
Dolores Ibárruri perteneció a la primera generación de militantes comunistas, aquella que rompió con la socialdemocracia y el reformismo para volcarse en la construcción de un partido leninista capaz de replicar la experiencia bolchevique. Viajó por primera vez a Moscú en diciembre de 1933, formó parte del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista desde el verano de 1935 hasta su disolución en mayo de 1943, vivió la mayor parte de su exilio en la Unión Soviética, donde disfrutó de los privilegios de la élite política, y, al igual que el resto de dirigentes comunistas de los cincuenta, rindió un culto casi religioso a Stalin hasta febrero de 1956, hasta las revelaciones de Jruschov en el histórico XX Congreso del PCUS (2021: 13).
Pero antes, explica, vivió «días negros, de rabia y desesperación», y «días también de militancia oscura, sorda y abnegada» (2021: 65).
Muchos hechos lamentables se produjeron en el País Vasco durante los años veinte. El 10 de junio de 1923, día de elecciones provinciales, un joven militante comunista asesinó a Ernesto García, del PSOE, presidente de la Junta Municipal del Censo, ante el colegio electoral bilbaíno de la calle de Zabala. Como ha comentado el historiador José Luis Martín Ramos, «los promotores del naciente PC español estaban en plena sintonía con las posiciones del Buró de Ámsterdam en la asunción de una política revolucionaria que no admitía concesiones al parlamentarismo y las instituciones del Estado capitalista, ni siquiera en términos de participación táctica» (2021: 38). Jules Humbert Droz, en julio de 1923, informaba a los dirigentes de la Komintern de que el aislamiento del PCE procedía en parte del empleo de «medios terroristas, en particular en la lucha con los reformistas» (Martín Ramos, 2021: 74). Siete años después, la opinión del enviado de la Komintern, desde Barcelona, emitía aún peores señales de descomposición del PCE: «¡No hay nada, nada, nada! Un puñado de tipos medio anarquistas que no saben qué hacer. Ni partido, ni periódico, ni sindicatos. Lo que hay está dividido, subdividido, impotente» (Amorós, 2021: 69). En diez años no se había avanzado en ningún frente.
El 9 de julio de 1923, el Sindicato Minero de Vizcaya declaró una huelga ante la negativa de la patronal a restablecer los salarios y condiciones del año anterior. Los motivos de la protesta eran tan obvios que incluso los socialistas de La Arboleda secundaron el paro. Los comunistas de Bilbao llamaron a la huelga general para apoyar a los mineros, medida que no cuajó por falta de apoyo de la UGT. Sin embargo, la guardia civil y la policía entraron a tiros en la Casa del Pueblo donde se estaba celebrando una reunión sindical. Unos setenta sindicalistas fueron detenidos y un grupo fue fusilado inmediatamente ante una tapia: murieron dos obreros, y Pérez Solís salvó la vida de milagro.
El Comité de Huelga, incluido Bullejos, fue detenido en masa, pero Facundo Perezagua y Leandro Carro continuaron coordinando el movimiento. Juan Andrade llegó para apoyarles por orden de la dirección del PCE. El 13 de septiembre se produjo el golpe de Estado del general Primo de Rivera y acto seguido el ejército empezó a patrullar por Bilbao. Perezagua y Carro cayeron detenidos pronto. En Oviedo, Manuel Llaneza, el general Bermúdez de Castro y el mismo dictador acordaron aplicar las reivindicaciones del sindicato SOMA a cambio de un compromiso de moderación. Por su parte, el gobernador de Vizcaya ofreció a Bullejos y a Pérez Solís la reapertura de la Casa del Pueblo de Bilbao a cambio de la desmovilización, pero el PCE se negó a negociar componendas con Primo de Rivera. Por otra parte, que los comunistas fueran tan hostiles e incluso dispararan contra reformistas socialistas explica en parte que la colaboración entre sectores del PSOE y el ejército se verificara durante aquellos primeros compases de la dictadura.
El Directorio militar de Primo de Rivera inventó una conjura de alcance nacional protagonizada por comunistas españoles y portugueses y procedió a encarcelar a los cuadros más destacados del partido: cayeron José Bullejos, César R. González, Lamoneda, Andrade, Eduardo Castro, Lázaro García, José Rodríguez, Manuel Hurtado, Tiburcio Pico y Roberto Fresno. En 1924 cayó también Merino Gracia. Las centrales sindicales controladas por los comunistas fueron clausuradas, y los militantes del PCE utilizaron las infraestructuras deportivas de los clubes de fútbol para poder seguir reuniéndose. El 4 de julio fueron amnistiados muchos de los cuadros detenidos cuando el Directorio puso en libertad al general Berenguer, que cumplía condena por el desastre de Annual. Paralelamente, Joaquín Maurín fundaba, también en 1924, la Federación Comunista Catalano-Balear, integrada en el PCE, con los efectivos procedentes de los sindicatos partidarios de ingresar en la Internacional Sindicalista Roja.
El año 1924 fue difícil y agitadísimo para el PCE. La Komintern acusó al partido de pasividad ante la guerra del Rif. El Partido Comunista Francés, que tutelaba al español, secundó la acusación. Desde el PCE respondieron que la situación de la formación era demasiado precaria como para iniciar una campaña ambiciosa. En noviembre se eligió a una nueva comisión directiva, provisional, que lideraban Pérez Solís, Maurín, González Canet, Martín Sastre y Roberto Fresno. Maurín tomó la voz cantante y parece que se autoinvistió secretario feneral, o por lo menos líder informal con esas atribuciones; el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista lo aceptó el 19 de enero de 1925. El partido estaba diezmado y descabezado, y la situación empeoró. González Canet y Martín Sastre cayeron detenidos una semana después del nombramiento en el pleno ampliado del Comité Central. Maurín y Pérez Solís habían ya salido de Madrid, pero tampoco duraron mucho. El 12 de enero de 1925, la policía disparó contra Maurín y a consecuencia de la herida este cojeó para siempre. Por su parte, Pérez Solís logró llegar a París, pero tuvo que volver para tratar de encabezar una nueva directiva. Fue detenido el 13 de febrero junto a Roberto Fresno. Desde la cárcel, Pérez Solís continuó enviando artículos para La Antorcha, hasta que en marzo de 1928 abandonó el comunismo para regresar a la fe católica. Tuvo mucho que ver su amistad con un sacerdote partidario del sindicalismo católico, el dominico José Gafo.
El partido continuaba desarticulado y sin líderes, así que Maurín, Pérez Solís y Arlandis propusieron a la Komintern que José Bullejos se convirtiera en secretario general. La idea fue aceptada el 13 de abril de 1925 (Martín Ramos, 2021: 82-86).
La trayectoria ideológica y vital de Óscar Pérez Solís merece un comentario aparte. Nacido en 1882, llegó a capitán de Artillería en el ejército. En Valladolid, ingresó en el Partido Socialista Obrero Español. Solía organizar mítines socialistas, y por este motivo fue expulsado del ejército en 1913. Trasladado a Bilbao, se radicalizó en contacto con el obrerismo vizcaíno y pasó a apoyar el tercerismo dentro del seno del PSOE. En el III Congreso Extraordinario del PSOE (1921) votó a favor de adherirse a la Komintern. En julio de 1923 fue designado secretario general del PCE, pero no duró mucho en el cargo, como hemos visto. Su viraje ideológico se completó diez años después, en 1933, cuando ingresó en la Falange. Naturalmente, apoyó la sublevación militar de 1936, y durante el franquismo fue gobernador civil de Valladolid.
Bullejos viajó a Moscú con el fin de recabar financiación para el PCE. Lo acompañaron dos personajes destacados de la oposición contra Primo de Rivera, el republicano nacionalista catalán Francesc Macià y su secretario, Josep Carner-Ribalta, que elaboró un dietario muy detallado de la visita, y que no debe ser confundido con el otro Josep Carner, el gran poeta novecentista. El encargado de recibirlos fue Andreu Nin, que ya llevaba cuatro años instalado en la capital soviética. En noviembre, los cuatro se reunieron con Zinoviev y Bujarin, reunión de la que los catalanes no sacaron nada en limpio. En esa época (1925), Andreu Nin se había convertido en una especie de embajador para todos aquellos catalanes que desembarcaban en la Unión Soviética: al igual que había hecho con Macià y Carner-Ribalta, se encargó de acompañar y guiar a otro extraño trío que llegó a Moscú aquel mismo año: el que formaban el formidable escritor Josep Pla y uno de sus maestros literarios, el malhumorado Eugeni Xammar, junto con su esposa (Navarra, 2021: 138-142). A su vuelta, Pla publicó Viatge a Rússia el 1925, un libro que compuso en parte asesorado por Nin.
Pero volvamos a la península. Para entender la actitud tan agresiva de ese PCE tan violento hay que pensar que surgió de una escisión del PSOE, y que para distanciarse de esa matriz resultaba necesario ofrecer un perfil mucho más radical, y más acorde, en aquel momento, con las directrices de la Tercera Internacional. Según los recuerdos de Uribe, un problema habitual del PCE en sus años iniciales era el triunfalismo, defecto que acompañó a la formación una década tras otra:
La dirección [de] Bullejos presentó la orden de huelga para el día de la convocatoria de la Asamblea Consultiva como coronada por el éxito. Si la labor política del Partido en torno a esta cuestión era justa, útil y de cierta intensidad para las circunstancias de entonces, y hablo por lo que conozco en los medios en que yo me movía, los resultados inmediatos, es decir, la movilización política de las masas contra Primo de Rivera, no fueron como lo presentó la dirección del Partido de entonces (2019: 28).
No hay que olvidar que este texto de Uribe fue escrito durante los años cincuenta, con su defenestración muy reciente, y que en aquellos momentos, 1956, Carrillo estaría cayendo en el mismo error interpretativo que Bullejos en 1927. Concluye Uribe que bajo Primo de Rivera «no había ambiente de huelga».
Sin embargo, sí que parece totalmente exacto Uribe cuando relaciona las acciones violentas radicales con los métodos expeditivos de Bullejos: «En Bilbao hubo algo de paro y perturbación en el transporte (tranvías) debido principalmente a la actuación de algunos jóvenes, viejos seguidores de la escuela bullejista, es decir, empleando la violencia como recurso principal para el logro de aquellos proyectos» (2019: 28). José Bullejos ostentó la Secretaría General del PCE entre agosto de 1925 y marzo de 1932. Si las memorias de Uribe son exactas, reporta casos en los que Bullejos impuso el inicio o el final de una huelga amenazando a la militancia con actuar a través de sus pistoleros. Concluye que «el caso es que el extremismo más extremo era el considerado como lo más revolucionario» (2019: 39).
Uribe pensaba que los comunistas violentos de la etapa bullejista estaban obsesionados con la idea de superar a los anarcosindicalistas de acción barceloneses, y achaca esa monomanía pistolerista a lo que Lenin llamaba «infantilismo revolucionario»:
Aunque el anarcosindicalismo no tenía raigambre en Vizcaya, la aureola con que se rodeaba a los sindicalistas en Barcelona produjo ciertos efectos en algunos grupos de jóvenes comunistas. Tras la aureola vino cierta copia de métodos anarcosindicalistas, que aparecían de hecho ante los ojos de algunos como lo más revolucionario. Había que ser más revolucionarios que los anarquistas y por cierto que en algunos casos se fue tan lejos como los anarquistas en el empleo de esos métodos (2019: 40).
Al PCE inicial, por lo tanto, le costaba encontrar su lugar entre el posibilismo socialista y el terrorismo anarquista.
A mediados de los años veinte, el PCE no había sabido adaptarse a la ilegalidad, ni había logrado seducir a las masas, por lo que su influjo declinaba. Al PSOE tampoco le había ido especialmente bien aceptando la integración parcial en el entramado institucional de la dictadura. Según Mario Amorós, en 1928, al PSOE solo le quedaban 8.000 militantes (2021: 67). Uribe recordó que «proseguía el descenso de la fuerza del Partido. A mi regreso del servicio militar, mediados del 26, habían desaparecido las Juventudes Comunistas de Sestao y Baracaldo y más militantes del Partido habían abandonado sus filas» (2019: 42); más adelante sentenciaba: «El esfuerzo para activar el Partido era correcto. Los medios puestos en práctica ya no lo eran tanto» (2019: 59). Uribe y sus compañeros más cercanos decidieron poner remedio al asunto de una forma harto original: «Formado el grupo juvenil en Baracaldo, buscábamos miembros y cuando ya estaban “maduros” les proponíamos matar al jefe de la guardia municipal, que era el tipo más odiado del pueblo. Si no aceptaban, entraban en la Juventud» (2019: 46). De esta forma evitaban el ingreso de bravucones y provocadores.
Las distancias entre comunistas y socialistas aumentaron durante la dictadura de Primo de Rivera. Lo explicó también Vicente Uribe en sus memorias:
En torno a la Asamblea consultiva convocada por Primo de Rivera para septiembre de 1927, el Partido hizo en Vizcaya cierta propaganda y agitación contra ella, invitando a las masas a la huelga general política contra la misma. Mis recuerdos sobre este particular me traen a la memoria que las masas de obreros —me refiero a la zona en que yo me encontraba y desarrollaba mis actividades de militante y que eran enemigos de la Dictadura— acogieron con simpatía nuestra propaganda, pero no estaban por la huelga ni por acciones políticas. El influjo reformista en este aspecto se hacía sentir, pues una parte considerable del Partido Socialista era partidaria de participar en la Asamblea Consultiva de Primo de Rivera (2019: 27).
Mientras las agrupaciones socialistas se organizaban territorialmente, las comunistas actuaban de un modo diferente, a través de células enclavadas en los mismos puestos de trabajo.
Mientras las Juventudes habían tomado la delantera, el sector proingreso en la Tercera Internacional procedente del PSOE prefirió esperar a abril de 1921, fecha en que se tenía que celebrar un congreso extraordinario del partido. La tesis «tercerista» salió derrotada en la asamblea por 8.808 votos contra 6.025. Entonces, los descontentos fundaron una segunda formación comunista, el Partido Comunista Obrero Español (Doncel y Hernández, 2019: 11).
Esta segunda formación comunista no pudo contar con un número superior a 4.000 militantes, porque el nuevo PCOE no logró arrastrar tras sus siglas a todo el tercerismo socialista. En 1922, tras las escisiones, el PSOE contaba con unos 10.500 afiliados. El naciente comunismo español, por lo tanto, arrastró una peculiaridad de origen: la coexistencia de un pequeño partido adherido a la Tercera Internacional (el PCE inicial procedente de las Juventudes Socialistas) y el Partido Comunista Obrero Español (fruto de la escisión tercerista posterior). La Komintern no podía aceptar esta situación y apostó pronto por la unificación. Pero esta no iba a ser fácil, puesto que los militantes de las dos formaciones deseaban precisamente huir de las componendas políticas para lanzarse al maximalismo revolucionario. En general, les faltaban capacidad negociadora y experiencia política. El 11 de mayo de 1921 los dos partidos celebraron una reunión en la que el PC español mostró sus condiciones: la delegación del PC español sostuvo que el nuevo partido unificado tendría que conservar sus siglas y ocupar dos tercios de los organismos decisorios del partido (Comité Central y comités regionales). Asimismo, exigían la exclusión de los llamados «reformistas» o «centristas», es decir, de Anguiano, García Cortés, Pérez Solís, Acevedo y López y López. Asistieron a esa reunión Andrade, Portela y Chicharro por el PC y Núñez de Arenas, Torralva Beci y César R. González por el PCOE. Se trataba, sin duda, de condiciones humillantes. No hubo acuerdos sustanciales, así que la Komintern decidió enviar desde Roma al economista Antonio Graziadei para que intermediara en la cuestión. Desde el principio, Graziadei se esforzó para que de la negociación se derivara una fusión y no una absorción. Se acordó que en el PCE naciente ostentaría la Secretaría General el alicantino Rafael Millá, hasta el primer congreso. Millà, que fue alcalde de Alicante durante el primer año de guerra civil, compartiría la dirección de La Antorcha con Núñez de Arenas y el futuro trotskista Juan Andrade (Martín Ramos, 2021: 59-61).
¿Cómo era aquel PCE de su primera infancia? El historiador Martín Ramos ha señalado como tara estructural «la carencia de un grupo dirigente con autoridad y nervio organizativo», y ha añadido que «El grupo “tercerista” del PSOE tuvo siempre una cabeza muy heterogénea, sin que hubiera en él liderazgo político, ni siquiera por parte de aquellos que, como a Núñez de Arenas, se les reconocía valor intelectual» (2021: 64).
Además, todos esos líderes solo podían dedicarse al partido a tiempo parcial, porque todos tenían que trabajar para sostenerse. La desagradable impresión que daban líderes comunistas que vivían como «señoritos» gracias a un sueldo del aparato iba a ser cosa más bien de los años cuarenta. Tampoco hay que olvidar que los bolcheviques andaban sosteniendo una cruenta guerra civil, y que trataban de consolidar el gobierno leninista en un clima de salvajismo difícilmente creíble desde la perspectiva actual. Es posible que gran parte de lo que ocurrió durante los años treinta y cuarenta en Europa tenga mucho que ver con la violencia vengativa y sádica con la que se enfrentaron rojos y blancos en la Rusia de 1918-1922. En aquellos años, tanto en Cataluña como en el País Vasco, los conflictos sociales estallaron en forma de pistolerismo, y no aún con el aspecto de una guerra civil abierta.
Un ejemplo fue el desenlace del XV Congreso de la UGT, en noviembre de 1922. El sindicato decidió no vincularse a la Internacional Sindical Roja y algunos de los asistentes acabaron a tiros. El socialista José González Portillo resultó muerto por un disparo de revólver. Quince delegados comunistas fueron expulsados (entre ellos Facundo Perezagua, Óscar Pérez Solís, Núñez de Arenas y Virginia González) y, con ellos, 15.000 sindicalistas federados con la UGT, por lo que se rompió toda relación con el PCE hasta 1935. Tras esta ruptura truculenta, el PCE intentó en vano durante la siguiente década absorber o controlar a la CNT, la organización sindical que consideraban verdaderamente masiva y potencialmente revolucionaria, aunque desorientada.
Ese primer PCE de 1921 era también fuerte en Asturias y la región norteña de la península. Sobre ese foco geográfico se ha escrito que
en Asturias el PSOE y el PCE se repartieron por la mitad el movimiento obrero existente. La Federación Comunista Asturiana contaba con un millar y medio de afiliados, y había conseguido controlar la Casa del Pueblo de Oviedo. Además, lideró el proceso de radicalización del Sindicato Obrero Minero Asturiano de la UGT, que dio lugar a las huelgas generales de la cuenca minera de diciembre de 1920, mayo y diciembre de 1921 y enero de 1922. Manuel Llaneza tuvo que abandonar la dirección del sindicato, que fue asumida por militantes comunistas entre mayo y octubre de 1921 (Martín Ramos, 2021: 65 y 69).
En cambio, la Federación Local ovetense de la CNT rechazó unirse a la Internacional Sindical Roja en enero de 1922.
Algo muy parecido ocurrió en el País Vasco: alrededor de un millar de comunistas lograron el predominio en Bilbao y San Sebastián y consiguieron controlar las Casas del Pueblo de ambas capitales. En junio de 1921, Constantino Turiel, que era un socialista muy cercano a Indalecio Prieto, fue sustituido al frente del Sindicato Minero de Vizcaya por el comunista José Bullejos, un joven licenciado en Derecho que había ejercido de cartero en Madrid antes de trasladarse al norte como enviado de la UGT. Los prietistas se escindieron de la nueva dirección radicalizada y se llevaron a unos 500 afiliados a una nueva asociación llamada Sindicato Minero de La Arboleda. Los comunistas contaban con unos 1.300 afiliados, lo cual vuelve a poner sobre el tapete el mismo problema que se había observado durante la escisión de las Juventudes Socialistas: en julio de 1920, el Sindicato Minero de Asturias había alcanzado la cifra de 6.700 afiliados. Lo cual significa que las escisiones y radicalizaciones apartaban a muchos simpatizantes de las organizaciones políticas y laborales.
Por su parte, la Agrupación Comunista de Santander se configuró en febrero de 1923; también, pronto, entre 1922 y 1923 aparecieron núcleos fuertes comunistas en Vigo, Pontevedra, Santiago, Ferrol y Verín. Doncel y Hernández Sánchez han resumido la etapa con el siguiente dictamen:
