El diálogo y la paz - Rocío Vélez de Piedrahíta - E-Book

El diálogo y la paz E-Book

Rocío Vélez de Piedrahíta

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Beschreibung

Rocío Vélez de Piedrahíta participó con gran dedicación como comisionada en el proceso de paz impulsado por Belisario Betancur entre 1982 y 1986. En su relato, que se mueve entre lo jocoso, lo desconcertante y lo triste, Vélez describe la complejidad y la audacia de un proceso que comenzó con mucho entusiasmo, gracias a la personalidad del presidente, pero en el que se fue perdiendo confianza progresivamente a causa de la violencia entre los actores involucrados. Esta obra, publicada por primera vez en 1988, ofrece detalles reveladores sobre el papel de los comisionados, los guerrilleros, los militares, los políticos y otros actores clave, además de incluir anécdotas, testimonios de campesinos víctimas de la violencia y una reflexión sobre el impacto de la toma del Palacio de Justicia. Esta edición incluye un prólogo escrito por el académico Jorge Giraldo Ramírez, infografías, fotografías tomadas por la autora y el discurso de lanzamiento de la primera edición. Para Rocío Vélez, el proceso no debe ser visto únicamente como un diálogo fracasado que no logró desmovilizar a los grupos guerrilleros, sino como la implementación de un conjunto de reformas bien equilibradas que se llevaban a cabo desde diferentes frentes. Mientras la Comisión de Paz propiciaba la tregua, otros en las subcomisiones estudiaban reformas urgentes en educación, salud, servicios públicos, justicia, en la Constitución y en los ámbitos agrario y urbano, con el fin de presentarlas al Congreso. Simultáneamente, se puso en marcha el Plan Nacional de Rehabilitación (PNR), que continuó ejecutándose durante el gobierno de Virgilio Barco.

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Seitenzahl: 387

Veröffentlichungsjahr: 2024

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El diálogo y la paz

Mi perspectiva

Rocío Vélez de Piedrahíta

Vélez de Piedrahíta, Rocío, 1926-2019

El diálogo y la paz. Mi perspectiva / Rocío Vélez de Piedrahíta. – Medellín: Editorial

EAFIT, 2024.

341 p. ; 21 cm. – (Biblioteca Rocío Vélez de Piedrahíta)

ISBN: 978-958-720-934-1

ISBN: 978-958-720-935-8 (versión EPUB)

ISBN: 978-958-720-936-5 (versión PDF)

1. Proceso de paz - Colombia - 1982-1986. 2. Paz – Colombia - 1982-1986. 3. Conflicto armado - Colombia – Siglo XX. 4. Colombia – Política y gobierno – 1982-1986. 5. Guerrillas – Colombia. I. Giraldo Ramírez, Jorge, pról. II. Tít. III. Serie.

303.66 cd 23 ed.

V436

Universidad Eafit- Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas

El diálogo y la paz. Mi perspectiva

Primera edición: Tercer Mundo Editores, septiembre de 1988

Primera edición en esta colección: diciembre de 2024

© Herederos Rocío Vélez de Piedrahíta

© Editorial EAFIT

Carrera 49 No. 7 Sur - 50. . Medellín, Antioquia Correo electrónico:

http://www.eafit.edu.co/editorial

Correo electrónico: [email protected]

ISBN: 978-958-720-934-1

ISBN: 978-958-720-935-8 (versión EPUB)

ISBN: 978-958-720-936-5 (versión PDF)

DOI: https://doi.org/10.17230/978-958-720-934-1

Corrección de textos: Juana Manuela Montoya y Heiner Mercado Percia

Diseño y diagramación: Margarita Rosa Ochoa Gaviria

Diseño de gráficos: Lina Pérez

Diseño de carátula: Margarita Rosa Ochoa Gaviria

Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad. Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158, emitida el 13 de febrero de 2018.

Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial.

Editado en Medellín, Colombia

Diseño ePub:

Hipertexto – Netizen https://hipertexto.com.co/

CONTENIDO

Presentación

Prólogo. Retrato de nación

Jorge Giraldo Ramírez

Discurso de lanzamiento del libro El diálogo y la paz

Introducción

Capítulo 1. Qué debe entenderse por Proceso de Paz

Capítulo 2. Panorama general del gobierno de Belisario Betancur con relación al Proceso de Paz

Capítulo 3. Qué había al empezar

Capítulo 4. Puntos de partida

No alineados

Contadora

Amnistía

La Comisión de Paz

¿Qué fue la Comisión de Paz?

Capítulo 5. Diálogos

¿Qué hizo la Comisión?

Capítulo 6. Protagonistas I

La guerrilla

El M-19

Diálogo Nacional

Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)

Capítulo 7. Protagonistas II

Ejército Popular de Liberación (EPL)

El presidente Belisario Betancur

Trabajo de la Comisión de Paz

Las Fuerzas Armadas

El asalto al Palacio de Justicia

Capítulo 8. Espectadores

La clase política

Partido Comunista

Partido Liberal

Partido Conservador

La Iglesia

Capítulo 9. Evaluación

Evaluación del Plan Nacional de Rehabilitación

Nota final

Bibliografía

Índice onomástico

A Ramiro

Lucha salvaje donde se despedazaban con furia hombres que no se odiaban, que no se conocían siquiera y que no sabían por qué habían ido a matarse a Palonegro.

Gaspar Chaverra (seudónimo de Lucrecio Vélez), El camino de Palonegro.

PRESENTACIÓN

La presente obra hace parte de la colección Biblioteca Rocío Vélez de Piedrahíta. El diálogo y la paz fue publicado inicialmente en 1988 por Tercer Mundo Editores, que desde 1961 se especializó en temas políticos, económicos y sociales. Los fundadores de esta editorial bogotana fueron Luis Carlos Ibáñez, Fabio Lozano Simonelli, José Gutiérrez y Belisario Betancur, quien durante su gobierno impulsó un intento por construir la paz entre 1982 y 1986.

Además de los textos originales, reproducimos en esta nueva edición el discurso del lanzamiento del libro en Medellín, en 1988, se rediseñaron las infografías y los gráficos e incluimos un conjunto de fotografías que Rocío Vélez guardaba en un álbum junto con breves anotaciones. Algunas de estas fotografías fueron donadas al Museo Nacional de Colombia e hicieron parte de “Tiempos de Paz, Acuerdos en Colombia 1902-1994”, una exposición realizada en 2003. Este gesto reafirmó el compromiso de Rocío con la memoria y extiende su papel como comisionada.

Diez años después de publicado el libro original, Rocío Vélez hizo algunas anotaciones con lápiz en un ejemplar que llamó “Tomo de trabajo”. Algunas de estas anotaciones sugieren cambios en palabras, precisan nombres o fuentes, y eliminan algunas notas al pie. Estas correcciones las hemos acogido en esta edición, junto con una actualización y una corrección de las referencias bibliográficas mencionadas y la inclusión de un índice onomástico para facilitar al lector la identificación de las personas que participaron en los hechos narrados. También acogemos un cambio en el orden de los capítulos: el capítulo “Qué había al empezar” se ubica ahora antes de “Puntos de partida”, que era el número tres en la edición de Tercer Mundo Editores. Sin embargo, otras anotaciones fueron imposibles de aplicar. Se trata de subrayados y tachones que no son acompañados por comentarios.

En una de las anotaciones que más nos llamó la atención Rocío Vélez proponía cambiar el título El diálogo y la paz. Mi perspectiva por Del proceso de paz al Palacio de Justicia. Nos tomó por sorpresa esta sugerencia luego de haber leído la obra y considerado con gran estima el título original, que de cierta forma recoge su intención de dar a conocer su papel en la Comisión de Paz, que reafirmó el 26 de octubre de 1988, día del lanzamiento del libro:

¿Por qué escribí el libro?

Para desarrollar el eje, el tercer punto: dar testimonio del trabajo de la Comisión de Paz, que no se ha tratado con conocimiento de causa ni objetividad. Faltaba un enfoque del proceso desde la Comisión.

La confusión que hubo sobre las comisiones fue total, y para un lector cuidadoso de prensa, inexplicable porque no hubo acuerdos ni pactos secretos. Pero se creó la suspicacia de que había datos escondidos y se tejieron cuantas leyendas se pueda imaginar; se distorsionó una opinión ávida de ser distorsionada.

Esa lectura que hizo Rocío Vélez diez años después coincide con la expectativa de un nuevo proceso entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el gobierno del presidente Andrés Pastrana, y muy seguramente también estuvo acompañada de nuevas preguntas que intentó responder y explicar con sus recuerdos y con lo ya escrito. Con la distancia temporal los hechos del Palacio ya se contaban con muchos más detalles, pero se recordaban sin el estupor ni la perplejidad que padecieron los colombianos durante veintiocho horas. El papel del M-19, la forma como se llevó a cabo la toma del Palacio de Justicia y los resultados de la operación de retoma, las denuncias por los desaparecidos, los efectos que tuvieron en el diálogo promovido por el presidente Betancur y el aumento de la violencia en el país se comprenderían mejor a través de la información que comparte Rocío en los capítulos “Protagonistas II” y “Asalto al Palacio de Justicia”.

En esta edición conservamos el título original no porque creamos que lo sucedido durante el asalto y la retoma del Palacio de Justicia no es importante hoy, sino porque queremos destacar nuevamente la labor de Rocío Vélez y su intento por ayudar en la consecución de la paz a pesar de aquel suceso que consideró “el más dramático, no del gobierno de Betancur, sino de lo que va corrido de este siglo [XX] en Colombia”.

Como señala Rocío Vélez, un proceso de negociación es toda una hazaña colectiva; lo hacen hombres con defectos, en medio de situaciones adversas. Pero ella nos muestra su entereza al hacer todo lo posible por insistir en superar esas situaciones, porque es un deber moral mantener hasta el final el deseo de la paz. De ahí que escribir El diálogo y la paz, en el que se describen lugares y personas con tanto detalle, se convirtiera en parte de su responsabilidad como comisionada y también en su aporte al proceso de paz.

La Editorial EAFIT quiere con esta nueva edición dar a conocer la perspectiva de Rocío Vélez, que hoy debe tomarse como un nuevo llamado a la búsqueda de la paz entre los colombianos y a la superación, de una vez por todas, de la derrota que representa seguir en la guerra.

PRÓLOGO. RETRATO DE NACIÓN

Para Gonzalo Restrepo López, hacedor de paz

La siempre excitante coyuntura colombiana suele ser prolífica en exámenes de ocasión: crónicas o reportajes periodísticos, análisis desde visiones sociológicas, relatos peregrinos cargados de sesgos partidistas. Pocos de ellos subsisten; los más serios van adquiriendo la forma de lo que alguien llamó “historia del presente”. Algunos presentan una mirada más profunda dejando entrever el sedimento de una sociedad. Creo que este libro entra en esta última categoría. Es una mirada de un momento histórico específico, como lo fue el diálogo abierto por el gobierno de Belisario Betancur (1982-1986) con las guerrillas del país, pero también es el retrato de una nación.

Se trata de una sorpresa. Rocío Vélez de Piedrahíta no perteneció a la clase política ni empresarial, fue una mujer con una vida pública tenue y confinada a la provincia antioqueña, carente de las credenciales académicas de una María Teresa Uribe o Beatriz Restrepo o Catalina Reyes en materias sociopolíticas –para mencionar solo a las difuntas–. Ella misma declaró su pasmo ante la designación que el presidente de la república le hiciera para integrar la comisión nacional de diálogo con la dirigencia guerrillera en 1982, función en la que permaneció durante los cuatro años que tuvo vigencia.

A pesar de ello, o quizás debido a ello –a la libertad de la que gozó respecto a los intereses y compromisos particulares en juego–, pudo ver en tiempo real elementos que aún cuarenta años después suelen soslayarse para descalificar el esfuerzo pacificador que promovió el presidente Betancur.

Cuando se revisa la historia latinoamericana de los procesos de paz con las guerrillas izquierdistas se encuentra que la primera y más ambiciosa iniciativa continental para buscar un acuerdo que condujera a la desmovilización de las insurgencias fue la que se ensayó en Colombia a partir de 1982. El único antecedente que pudiera contemplarse es la desmovilización de las comunistas Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Venezuela, que se produjo sin mediar negociación ni acuerdo alguno en 1969. Rocío Vélez tiene razón cuando lo denomina “experimento pionero”. Y no se debe olvidar que desde entonces hasta una docena de años después Colombia y Centroamérica entraron en una fase inédita de negociaciones con las guerrillas izquierdistas y con otras, como la Contra nicaragüense; lo que nos lleva a sugerir que esa visión marcó un derrotero hemisférico.

El segundo aspecto que argumenta este libro es que la política que desarrolló el gobierno siguiente, el de Virgilio Barco, en materia de paz fue una prolongación de algunas de las estrategias implementadas durante el diálogo nacional. La administración Barco le dio continuidad al Plan Nacional de Rehabilitación, y tuvo que poner en práctica la reforma constitucional de 1986 que, recordemos, inauguró la elección popular de alcaldes y la descentralización administrativa más profunda del siglo XX colombiano. Cambió los criterios para la negociación con los grupos armados, pero esto solo era posible a partir de la experiencia previa.

La autora insiste en señalar que la sociedad le endosó a Belisario la responsabilidad porque el proceso de paz no culminó con la desmovilización de los grupos armados, a pesar de que ella misma no lo acompañó en el esfuerzo. A lo largo de los años se hizo evidente que los grupos guerrilleros no se sintonizaron “ni con los fines ni con la mentalidad” del proceso, como dice en este libro. Pero Rocío Vélez muestra en distintos episodios algo que se fue borrando maliciosamente de la memoria nacional: que las distintas élites del país se opusieron, casi siempre en silencio y en las noches, a la iniciativa del gobierno. Uno de sus inmediatos predecesores forjó una sindicación general contra ellas señalándolas como “enemigos agazapados de la paz”. Ella también se mordió la lengua, pero soltó unos nombres: los de Julio César Turbay y su, por entonces, escudero, César Gaviria; el del cardenal Mario Revollo, quizás sea el tercero; más la perpetua oposición del gremio de militares retirados.

A pesar de los reproches de ingenuidad y voluntarismo que se le siguen haciendo a la iniciativa de Belisario, la comisionada exhibe una visión realista de las bases y el desarrollo de la misma. Por ejemplo, cuando argumenta que la duración de las guerrillas exigía la búsqueda de una estrategia diferente a la militar o cuando explica la importancia de un espacio diplomático distante de Estados Unidos, cuando recuerda la popularidad de las opciones de la izquierda armada o cuando advierte el involucramiento de sectores empresariales en el apoyo a grupos armados contrainsurgentes, cuando desnuda la precariedad intelectual de los jefes guerrilleros y su desconexión de la vida política en el centro del país, o cuando –precozmente, en 1987– avizora un porvenir cargado de terrorismo y narcotráfico en la actividad guerrillera.

El sarcasmo contra Belisario tuvo múltiples expresiones, entre ellas la de considerarlo un idiota útil que perjudicaba al país al hacer concesiones como la amnistía general o la tregua. Rocío Vélez, con una claridad aplastante, responde en esta memoria: “El gobierno se estaba jugando la posibilidad de que lo engañaran, los otros se estaban jugando la vida”. Corría 1987 y apenas se vislumbraba el precio que tuvieron que pagar quienes se atrevieron a regresar a la vida civil en condiciones opacas, con escasas garantías y en un ambiente de desconfianza mutua que multiplicaba los actos pérfidos desde todas las esquinas de la arena política.

Algunas de las observaciones de la escritora resultaron equivocadas o tuvieron un valor efímero, como es obvio cuando no se analiza con el periódico de ayer y se trata de documentar una experiencia inusitada. Pero hay otras que denotan una perspicacia sociológica notable: que Colombia banalizó sus convicciones políticas, que carece de un vívido sentido nacional, que las identidades partidistas se imponen cotidianamente a los propósitos colectivos y que, por tanto, el nuestro es un Estado “que se dividió a sí mismo por voluntad de sus componentes”. La autora deja ver que las diferencias sobre la paz calaban al interior de los partidos políticos y de las otras élites. Pinta con su ojo de narradora las asombrosas condiciones de pobreza en pequeños caseríos de departamentos centrales como Antioquia o Santander. Y nos deja la impresión de una sociedad mezquina, como lo hizo ver Javier Darío Restrepo (1932-2019), quien reseñó la primera edición del libro (El Colombiano, 1988), cuando expresó que “la paz le ha quedado grande a Colombia”.

El mismo Restrepo concluyó que “contra todo lo que indicaría el sentido común, la paz se ha convertido en el trabajo de una selecta minoría de visionarios”; minoría en la que incluía a Rocío Vélez de Piedrahíta. Debe añadirse que los miembros de ese pequeño grupo de hacedores de paz han sido desestimados siempre por la llamada opinión pública, desdén que no depende del parámetro elusivo del éxito; véase si no el caso de los líderes de negociaciones de paz fructíferas como Rafael Pardo, Luis Carlos Restrepo o Humberto de la Calle.

La narración, llena de colorido, humor y finura psicológica, es agradable y a veces hilarante. Una vez terminada su lectura queda una sombra melancólica, pues se constata, cuarenta años después, la persistencia de unas mentalidades refractarias ante los valores de la paz, la convivencia y un sentido de nación compartido entre los colombianos.

Jardín, junio de 2024.Jorge Giraldo Ramírez

DISCURSO DE LANZAMIENTO DEL LIBROEL DIÁLOGO Y LA PAZ

Antes de hablar sobre el libro El diálogo y la paz me parece pertinente hacer algunas aclaraciones respecto a mi participación en el Proceso de Paz como miembro de la Comisión.

¿Por qué fui incluida en la Comisión?; es una pregunta que me hicieron con frecuencia y más de una vez con un tono que implicaba rechazo, desdeñoso, burla.

La respuesta es no sé.

Lo que sí sé perfectamente bien, y lo puedo explicar, es por qué acepté y participé en la Comisión durante dos años. Otro aspecto por el que se me preguntó reiteradamente, y en este caso, más frecuente que la burlita era una franca agresividad.

Hubo varias razones.

Ante todo, porque estaba en deuda con Colombia.

Vivimos tan pendientes de las fallas de los gobiernos que olvidamos y no disfrutamos la cantidad abrumadora de maravillas que nos da este país a muchos colombianos; a muchos más de los que creen quienes no contabilizan entre los bienes sino los que tienen valor económico.

Partiendo, en mi caso, de deliciosos recuerdos agropecuarios de infancia, pasando por la posibilidad de tener educación, espacio, agua y luz. Y esperanza.

Colombia es un país con esperanza; por eso seguimos aquí, no nos estamos yendo, todos nosotros nos estamos quedando aquí y deseamos morir aquí; no huimos y ello no se debe solamente a que sea nuestra patria. De las patrias sin esperanza las gentes, aun llorando, huyen, a rastras, por el aire, en lanchas, de noche, como sea.

Y un privilegio que no disfrutamos como deberíamos –muchos no lo disfrutan en absoluto– es la calidad de nuestros compatriotas. Para donde miro no veo sino gentes extraordinarias, valerosas, queridas, a todos los niveles, en la ciudad y el campo.

Y ni hablemos de sentimientos más personales: mi esposo, mis hijos, nietos, parientes, amigas, gentes que admiro: todos viven en Colombia.

Estando así las cosas se llega el día en el cual me proponen que si quiero prestar un servicio…

Ni por un solo momento se me cruzó por la mente la idea de rechazar el nombramiento: ¡lo inconcebible, lo inaudito, lo imposible sería que hubiera dicho que no!

Mucho más si se tiene en cuenta que mi familia había padecido –como tantas familias colombianas– la desgracia de que uno de sus miembros fuera secuestrado y muerto por la guerrilla; no era razonable limitarse a llorar el hecho, criticar al gobierno, en vez de aprovechar cualquier oportunidad de respaldar –aun en ínfima medida– cualquier iniciativa, para que algún día Colombia no tenga que soportar más el peso de esa tragedia.

A menos, claro, que no estuviera de acuerdo con el programa de paz que estaba en marcha.

Y ahí viene el segundo motivo de mi participación.

Desde que se propuso el Proceso, mientras fui miembro de la Comisión, ahora, tengo el pleno convencimiento de que, en agosto de 1982, tal y como lo planteó el presidente Betancur, ese plan era válido, era el adecuado para nuestra patria en ese momento y la única posibilidad de lograr algún día la paulatina desarticulación y la disolución de la fuerza depredadora que es la guerrilla, y vivir en paz.

Debido a que los diálogos con la guerrilla, ya de por sí espectaculares, fueron deformados por los medios de comunicación, se difundió el error de que el Proceso consistía y se limitaba al diálogo.

El Proceso de Paz propuesto por Belisario Betancur fue un trípode perfectamente bien equilibrado, en el cual mientras los unos –la Comisión de Paz– apuntalaban el dique, propiciaban una tregua que en 1984 era –las cifras y la prensa lo demuestran– promisoria, otros en las subcomisiones estudiaban reformas urgentes en diez campos de la vida colombiana –educación, salud, servicios públicos, reformas a la justicia, a la Constitución, reformas agraria y urbana…– para presentarlas al Congreso para su estudio y su aprobación (como dice con mucha ironía el presidente Barco, “Si ese cuerpo lo considera conveniente”). Y ello simultáneamente con el tercer pilar, la programación y la puesta en marcha del enorme plan de gobierno que significó el Plan Nacional de Rehabilitación. Y el todo programado para irse desarrollando poco a poco en tres etapas o fases, como se llamaron entonces y como propone ahora el doctor Barco.

Con relación al eje de mi libro, el diálogo mismo –tan atacado, burlado, desdeñado–, mi posición es una y fija.

No solamente en el terreno religioso creo que “en el principio era el Verbo”.

Estoy persuadida de que el medio fundamental irremplazable que se les dio a los hombres, como parte de su naturaleza, para comunicarse entre sí, fue la palabra. Los diversos tipos de escritura que se han inventado, los libros, las revistas y la prensa, la radio, el teléfono y la televisión, son métodos maravillosos, asombrosos avances técnicos, todos ellos artificiales. Así como en música se dice que el instrumento más bello es la voz porque es el único que está vivo, así también no existe una manera más perfecta de llegar a otro ser humano que dirigirse a él personalmente hablándole; más teniendo, como tenemos para reforzar nuestras palabras, la mirada, la entonación y la mímica.

El más importante logro tangible del diálogo fueron los acuerdos, comentados y rechazados a veces por personas que no los han leído.

Destrozados por incontables incumplimientos, burlados por el “proselitismo armado” de un lado y el “hostigamiento” del otro, frenados por la red de inercia de unos, o sorpresivos ataques de enemigos con los cuales no se contaba y que alteraban las reglas del juego, aun así, los Acuerdos siguen representando el único hilo visible del cual agarrarse para llegar a un entendimiento con 1a subversión, mantener un pretexto que permita hablar; es el documento que, a pesar de todo, mantiene viva la posibilidad.

(Por eso, aún en las circunstancias de hoy, ninguna de las partes se decide oficialmente a cancelarlos).

Y ¿qué dice el libro?

Primero: pobrecita Colombia.

Qué fue lo que nos pasó que no nos deja vivir pacíficamente, si Colombia es grande, bella, fértil, si a todos nos gusta sembrar, todavía cabemos, nos alcanzan la luz y el agua? ¿Por qué nos matamos?

En segundo lugar, dice: pobrecitos los campesinos colombianos.

La prensa relata las desgracias del campo, a veces de paso por una carretera las entrevemos. Las verificaciones fueron otra cosa: sobrecogedora.

“A partir de las visitas de Diálogo y Verificación en las cuales participé durante el proceso, la ligereza con la cual los congresistas enfrentan su misión me resulta inadmisible, y su despilfarro de tiempo y del dinero del país me produce náuseas”.

¿Por qué escribí el libro?

Para desarrollar el eje, el tercer punto: dar testimonio del trabajo de la Comisión de Paz, que no se ha tratado con conocimiento de causa ni objetividad. Faltaba un enfoque del proceso desde la Comisión.

La confusión que hubo sobre las comisiones fue total, y para un lector cuidadoso de prensa, inexplicable porque no hubo acuerdos ni pactos secretos. Pero se creó la suspicacia de que había datos escondidos y se tejieron cuantas leyendas se pueda imaginar; se distorsionó una opinión ávida de ser distorsionada.

El ministro Jaime Castro Castro repitió cuantas veces tuvo la oportunidad que en 1982 el país se encontraba al borde de una guerra total, irreversible, guerra-guerra –como la que ahora presenciamos, con frentes de guerra permanentes y por todo el territorio nacional–, y que el proceso estaba apuntalando el dique mientras se lograban reformas apremiantes; el ministro era indudablemente una de las personas más bien informadas del país, y sin embargo pocos lo oían, y los que oían no creían.

A finales de 1985 hubo una reunión con representantes de las subcomisiones regionales para decidir si convenía o no la prórroga de los Acuerdos, si como estaban o con enmiendas y cuáles enmiendas.

No se había alcanzado la paz –algo imposible en el lapso de pocos años–, pero de todas las regiones –entiéndase bien: todas sin excepción– pidieron que se firmara la prórroga. Unas regiones señalaron adiciones o cambios, otras dijeron que sin modificación ninguna. Sentían una gran mejoría y creían que se estaba siguiendo el camino que conducía a la paz.

El trabajo de dialogar hasta acordar y de acordar algo válido fue un trabajo bien hecho. “Disturbios, atropellos de todo orden, incumplimientos catastróficos acaecidos posteriormente, nada me parece que borra ni la validez de lo que se hizo, ni la satisfacción de haber participado en ello, aunque fuera mínimamente”.

Ahora, dos años más tarde, el gobierno vuelve a proponer el desarrollo de las tres etapas para llegar paulatinamente a un estado pacífico; vuelve a la idea de crear zonas o regiones con comisiones –que ahora se llaman comités–, lucha por incrementar el Plan Nacional de Rehabilitación; es decir, se dispone a reestudiar, reorganizar y reconsiderar: magnífico ¡enhorabuena! Como quien dice, nos fuimos ya en busca del tiempo perdido.

Lo que sí es un hecho y no puede perderse de vista es que hoy, como ayer, ni este ni ningún plan, aun suponiéndolo perfecto, conducirá a nada si no recibe un respaldo entusiasta, patriótico, unánime. Si no se antepone el interés por la paz a cualquier otro interés y, en lugar de atacar el plan, se sugieren cambios que lo hagan viable.

INTRODUCCIÓN

Mi propósito con este recuento se limita a exponer las conclusiones que puedo sacar sobre lo que presencié del Proceso de Paz, con la mayor fidelidad posible en la descripción de personas, sucesos y ambientes, pero con el matiz inevitable de la impresión que me produjeron; impresión que, por supuesto, puede ser diferente a la de otros testigos de la misma escena.

Las circunstancias personales hacen que la misma frase afecte de forma diferente a cada testigo de un hecho, que uno observe en la escena actitudes, objetos, tensiones que para otro pasaron inadvertidas porque no estaban dentro de sus marcos de interés.

Las personas que tomaron parte en el Proceso pertenecían a las más diversas tendencias, y sus apreciaciones son tan diferentes como sus ideologías y sus personalidades; por lo tanto, sus vivencias son piezas sueltas, útiles para organizar un todo. El historiador del mañana tendrá que reunir ese material y tratar de sacar conclusiones.

En el trascurso de los dos años que duró mi participación en el Proceso, como miembro de la Comisión de Paz, cambié más de una vez el concepto que me había formado inicialmente de las personas y de la conveniencia de algunas posiciones. Estos cambios en algunas ocasiones obedecieron a una mayor comprensión de los hechos o de las personas, y en otras, a que las circunstancias se modificaron con el paso de los días, por la alteración de las diversas fuerzas que intervenían en el Proceso o que este desató.

Aun cuando he pasado y repasado las pormenorizadas notas que tomé durante las reuniones y los encuentros en los cuales participé, para que no quedara ni una sola falsedad o equívoco, y aunque las haya chequeado con publicaciones de prensa del momento, parto del principio de que mis posibilidades de aprehender el conjunto están delimitadas por el ángulo restringido desde el cual observé los hechos. Puede alguno preguntarse: ¿qué interés tienen, si se trata de una perspectiva reducida? Creo haber participado en un suceso de la vida nacional sin precedentes, que pasará a la historia como el esfuerzo en aras de la paz más sincero, complejo y audaz de que se tenga noticia. Son muchas las naciones –casi todas las de América Latina– que vienen desde hace años padeciendo el problema de los grupos subversivos. Y sin embargo, el experimento colombiano fue pionero en la idea de intentar, junto con cambios políticos y económicos, una solución con base en el diálogo. Por eso mismo tuvo que llevarse a cabo sin antecedente alguno, sin un modelo que le sirviera de referencia. Es pues apenas natural que quiera dejar constancia escrita de cuanto vi y oí, y de lo que pensaba mientras veía y oía; y que quiera dar mi apreciación sobre personas que intervinieron en los sucesos de esos dos años. Algunos son de tal naturaleza que, de no haberlos anotado, con el paso del tiempo podría creer que incluso sus fotografías me engañan, y que lo que me parece un recuerdo no fue sino un sueño.

Por la cercanía de los hechos y el perjuicio que ciertas aseveraciones pueden causar a personas aún vivas, a veces me veo forzada a relatar un hecho o una frase sin el nombre de su autor; ni siquiera pongo, como don Marco Fidel Suárez, las iniciales,1 y me atengo a que el lector crea, como ahora se lo aseguro, que todo lo anotado es cierto.

De los tres grandes bloques que conformaron el plan general del Proceso, voy a ocuparme principalmente de lo que pude presenciar desde la Comisión de Paz; para completar el cuadro, agrego al desarrollo de los pasos importantes el testimonio de la “pequeña historia”, no solamente porque arroja mucha luz sobre los personajes protagónicos, sus reacciones frente a determinadas circunstancias y el ambiente en el cual se desarrollaban los hechos, sino porque es el terreno acerca del cual más preguntas se me han hecho.

Para apreciar mejor el Proceso, conviene tener presentes varios aspectos:

1.Qué debe entenderse por Proceso de Paz.

2.Las oscilaciones del pensamiento nacional respecto al gobierno del presidente Betancur, determinadas en gran parte por su política de paz, como telón de fondo que haga comprensibles los acontecimientos especiales del cuatrienio para quienes no los vivieron, porque a pesar de que fueron vistosos los titulares de prensa, tendemos a olvidar las circunstancias que rodeaban los hechos. Una de las curiosidades del periodo 1982-1986 fue la posición ambigua de la opinión pública, encariñada inicialmente con una imagen insólita del presidente, que en teoría respaldaba su deseo de buscar la paz con un método nuevo, pero que en la práctica se sublevó ante la realidad de los pactos que se hacían con los alzados en armas, rechazó acremente el Proceso y volcó sobre el presidente toda la agresividad que despertaban los subversivos.

3.Un recuento de lo que encontró el presidente al asumir el mando.

4.Los pasos iniciales para darle piso al Proceso.

Por los antecedentes complejos y el tejido de intereses encontrados que suscitó, no le será fácil al colombiano del futuro formarse una idea clara de lo que fue el Proceso de Paz: para ese desconocido, distante colombiano, escribo; y como parto del supuesto de que le son extraños detalles que en 1988 parecen obvios, más que un tratado exhaustivo de tipo académico, aspiro a presentar una síntesis clara y coherente de las líneas generales de los sucesos, como también de las situaciones y las personas que los provocaban.

CAPÍTULO 1. QUÉ DEBE ENTENDERSE POR PROCESO DE PAZ

El Proceso de Paz fue una política del gobierno que tuvo como objetivo prioritario eliminar paulatinamente de la vida nacional el estado crónico de guerra no declarada entre la guerrilla y el ejército, cuyas rachas intermitentes de recrudecimiento afectaban la economía del país en todos sus aspectos, mantenían algunas regiones en la miseria, aniquilaban la riqueza de otras y creaban una secuencia interminable de retaliaciones e injusticia que hacían invivible una patria dotada de todos los recursos necesarios para ser amable.

Se convirtió en el programa principal de Belisario Betancur, que diferenciará a su gobierno de cualquier otro en la historia nacional. Para conseguir su objetivo, el Proceso coordinó tres estrategias diferentes y complementarias, que puso en marcha una tras otra y luego simultáneamente: el diálogo con la guerrilla, las reformas constitucionales y el Plan Nacional de Rehabilitación (PNR).

El primero en el tiempo, el diálogo, consistió en establecer contactos y entrar en negociaciones con los jefes de diversos grupos guerrilleros. El diálogo fue el mecanismo que echó a andar el Proceso y permitió conocer al adversario, comprender su posición, alcanzar una tregua –que en 1984 era promisoria– y enfrentarlo con la posibilidad de abandonar la lucha armada y tratar de alcanzar políticamente sus objetivos. El clímax se alcanzó con la firma de los Acuerdos durante el segundo semestre de 1984; a partir de entonces las reformas en el Congreso se convirtieron en la punta de lanza del Proceso.

El desprestigio del diálogo fue progresivo, a la par con el incumplimiento de los acuerdos: después de la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19, este grupo quedó clasificado como terrorista y el diálogo perdió a los ojos de la opinión pública su razón de ser. Sin embargo, los encuentros crearon el clima necesario para iniciar el segundo gran frente, que consistió en la tenaz lucha política en el Congreso para realizar reformas que coordinaran nuestra legislación con la realidad del país. El atraso en ese sentido era y sigue siendo evidente: el país arrastra el peso de una organización con grandes vacíos que marginan a millones de colombianos de la justicia y las posibilidades de progreso; avances del siglo XXI con reglamentaciones del siglo XIX. Los diálogos con la guerrilla ayudaron a comprender los problemas que pedían cambios de enfoque. El mayor éxito en este campo lo constituyeron las reformas en el Congreso, especialmente las que contribuyen al fortalecimiento del fisco municipal y la elección popular de alcaldes, medidas de la más auténtica descentralización, tan anhelada durante años.

Hacia el final del periodo se consolidó el tercer frente del Proceso: el PNR, con sus tres etapas: 1) la creación de las condiciones para la paz; 2) la obtención de la paz, y 3) la consolidación de la paz, proyectadas para un desarrollo que se extendía hasta 1990. El estudio inicial, realizado con asesoría de expertos respaldados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), abarcó 116 municipios en 14 regiones, e incluía a unos 13 millones de personas especialmente afectadas por la violencia; a pesar de los exiguos recursos disponibles, el estudio se realizó con tanto rigor técnico que sirvió para obtener un crédito del Banco Mundial.2

Desde finales del periodo Betancur y con renovado énfasis en lo que va del gobierno de Barco, el PNR se ha convertido en el frente principal que continúa el Proceso, ahora con la meta de luchar contra la “pobreza absoluta”.

Los diálogos con la guerrilla, por su aspecto novedoso y espectacular, acapararon a tal punto la atención de la gente, que para muchos el Proceso se reducía y se agotaba en ellos. Esta perspectiva, que desconoce las reformas constitucionales y la puesta en marcha del PNR, es la que hace que algunos crean que el Proceso fracasó.3

Gráfico 1. Proceso de paz. Estrategias y logros del programa principal de Belisario Betancur.

CAPÍTULO 2. PANORAMA GENERAL DEL GOBIERNO DE BELISARIO BETANCUR CON RELACIÓNAL PROCESO DE PAz

Con Belisario Betancur apareció la sincera voluntad política de paz

Gerardo Molina4

Un hombre que se inicia en el poder siempre renueva esperanzas, deja suponer soluciones, es una ilusión. El inicio de Betancur fue más: fue el desbordamiento de entusiasmo ante una personalidad diferente a la del político tradicional. Su estilo novedoso sacudió al país con una ráfaga de entusiasmo y el ambiente de ahora sí...5 Desde el mismo 7 de agosto impuso la nota dominante durante su gobierno: el comentario constante sobre el quehacer presidencial, tanto en lo fundamental como en lo accesorio, ya para estar de acuerdo con entusiasmo o para disentir con virulencia.

Para empezar, Betancur tomó posesión del cargo en traje de calle, un gesto que a juzgar por la continuidad que le dio el siguiente mandatario, doctor Barco, quedaría ya definitivamente establecido como el rompimiento con la tradicional costumbre de llevar ese día un traje anacrónico, sin contenido simbólico ni razón de ser.

Más espectacular fue su gesto de complementar el juramento constitucional en el Capitolio con otro en la Plaza de Bolívar, frente al pueblo, aprovechando la ocasión para enfatizar la enunciación de sus planes de gobierno, en una alocución reverberante. Fue entonces cuando pronunció la frase que, deformada, le sería enrostrada en todo momento. Textualmente dijo: “No quiero que se derrame una gota más de sangre colombiana de nuestros soldados abnegados ni de nuestros campesinos...”. Por la espectacularidad del momento esta frase causó gran impacto emocional y fue alterada. En lugar de “no quiero que se derrame”, se repitió hasta borrar la expresión original: “Durante mi gobierno no se derramará una sola gota de sangre colombiana”.

El presidente invitó al pueblo a colaborar para “sacar a la nación del desastre en que se encuentra”, frase que ese 7 de agosto todos respaldaban, gracias a la convicción general de que la nación se encontraba en estado de desastre.

En la intervención televisada del 14 de abril de 1982, Betancur había dicho: “Se trata de cambiar, cambiar, cambiar todo lo malo que rodea la actividad política del país”. En el Salón Elíptico del Capitolio Nacional repitió: “Lo que ansían nuestros compatriotas es un cambio a fondo para sentirse distintos”, y reiteró en la Plaza de Bolívar el anuncio de un “cambio a fondo de las estructuras actuales que son la causa de la desesperanza y el descontento”, frase que cada cual interpretó a la sola luz de su propio descontento con el gobierno que acababa de terminar y no como lo que realmente decía: que pretendía realizar cambios en las estructuras vigentes, causantes de la desesperanza y el descontento.

No puede saberse si el nuevo mandatario de un país que clamaba “¡cambio!, ¡cambio!” calculó la verdadera dimensión de nuestro miedo a cambiar. Me decía el doctor Gerardo Molina que este “no es defecto nacional, o lacra exclusiva de la clase política”, sino un rasgo humano, y al oírlo recordé que hace cincuenta años en Medellín se trasladó un convento de clausura, rodeado ya por el bullicio urbano, hacia un lugar más silencioso y fresco; las monjas más ancianas murieron “de cambio”. Todo el que haya tratado de innovar en técnicas de trabajo sabe que la resistencia al cambio es visceral. Ya lo dice el dicho: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Debe dársele mucha importancia a lo que dicen los elegidos, tanto durante la campaña como en los discursos solemnes: aun descartando su necesidad de prometer, de grandilocuencia que motiva, se filtran entre el palabrerío, involuntariamente, los verdaderos intereses del funcionario, sus metas, o se omite lo que no les interesa en absoluto.

El día de su posesión Betancur anunció un programa para elaborar la carta ecológica americana, y como primer paso, la realización de la Segunda Expedición Botánica.6

Dijo además que “los conflictos que agobian a Latinoamérica [...] reclaman solidaria presencia”, e invitó a una reunión en Panamá a los ministros de relaciones exteriores, y a otra en Cartagena a los mandatarios de la comunidad americana.

Para escapar a las pautas de dominación, señala su intención de que Colombia entre a la agrupación de los No Alineados, que “no obstante la heterogeneidad de sus posiciones ideológicas congrega un inmenso conjunto de Estados del Tercer Mundo”, para encarar con planes conjuntos la erosión, la destrucción de bosques, las inundaciones y sequías, la contaminación del aire y el agua, etcétera.

Pocas personas tenían una noción clara de las implicaciones de este anuncio. Para muchos los No Alineados eran un cuerpo peligroso de tinte comunista, puesto que en él estaba Fidel Castro, que había presidido una reunión en La Habana. El doctor Alfredo Vázquez Carrizosa publicó rápidamente un libro explicativo.7

Ya desde su elección, el presidente había insistido en la necesidad de unir a todos los colombianos: “Proponemos un movimiento nacional de reconciliación, de unidad, de apaciguamiento, de congregación con los buenos colombianos”.8 Después, en su posesión, tendió la mano a los alzados en armas. Y el alcance de este gesto, lo que una interpretación al pie de la letra significa, tampoco fue analizado objetivamente. Fue mucho para un solo día.

Para cualquier observador resultaba evidente que el nuevo mandatario, además de feliz y triunfalista, estaba convencido de que podría hacer lo que anunciaba. Más tarde me comentaba un político de larga trayectoria que al oírlo desde una ventana que miraba sobre la Plaza de Bolívar lo asombró tanta temeridad y osadía en los compromisos, que ponían de manifiesto su desmedida confianza en los alcances del poder presidencial.9

Lo que el político no me dijo fue que a él también lo convenció la seguridad regocijada del presidente entrante. Cuando le pregunté: “¿Por qué lo acompañó usted hasta el final, como miembro de la Comisión de Paz?”, me contestó: “Por romanticismo”. Era la única vez en su larga lucha que había creído en la sinceridad de un político que ofrecía reformas que favorecerían efectivamente la libre expresión popular.

Creo que Belisario Betancur ese día actuó sinceramente, de acuerdo con su modo de ser: una desmesura en el optimismo, confianza excesiva en creerse capaz de convencer y hacerse seguir. Con relación a la paz: ¡si era una urgencia apremiante y general, todos lo respaldarían en su búsqueda! Debió de ser grande su sorpresa a mediados de 1985, cuando comprendió –tuvo que comprender– que para empujar el Proceso contaba con el ministro de Gobierno, unos miembros de la Comisión de Paz, las comisiones regionales y, a regañadientes, las fuerzas armadas. Los demás estamentos, por tácticas políticas o por precaución, hicieron uno tras otro mutis por el foro mientras pregonaban, a quién más, su anhelo y empeño en la paz.

Belisario Betancur involucró a todo el país en su mandato. Por la modalidad de gobierno que impuso de inmediato, poco se habló –él nunca habló– sobre los errores del gobierno anterior o sobre las herencias negativas del pasado.10

Tampoco se habló durante su periodo sobre el partido político de los funcionarios, sino muy tangencialmente; entre personas ajenas a la política, las juventudes urbanas de menos de veinticinco años, no hubo ni interés ni conocimiento sobre el partido político de los altos mandos, los subalternos o los jefes de organismos seccionales que se juzgaron exclusivamente por sus capacidades.11

Pero no fue una paridad indiferente, protocolaria: Betancur envolvió al Partido Liberal en su gobierno, de tal manera que difícilmente lograban quitarse de encima su presencia y la presión para participar. No es desdeñable la incidencia que tuvo este aspecto en los agresivos momentos finales de la campaña presidencial para 1986, e indudablemente perjudicó la imagen del Proceso, ya que por ser tal vez el único –o el más sobresaliente– programa de gobierno del cual se habían marginado ostensiblemente los liberales, recayó sobre él toda la crítica al mandato que terminaba.

López Michelsen acuñó la burlona expresión “el club de los expresidentes”, pero no pudo sustraerse de participar en él hasta el final del cuatrienio. Los expresidentes12 se vieron envueltos en inauguraciones, invitaciones y consultas, que tendían a aglutinar un frente sólido de democracia y legalidad, opuesto a los terroristas y al desorden. El deterioro de este esfuerzo constante por presentar la legalidad como una sola fuerza fue indudablemente uno de los factores que erosionó el Proceso, sobre todo hacia el final del periodo, y dio nuevamente ambiciones de triunfo a las fuerzas anárquicas, por aquello de “dividid y venceréis”; en este caso el cuerpo se dividió a sí mismo por voluntad de sus componentes.

Con un mandatario tan fuera de lo usual, era natural que surgiera de inmediato la pequeña historia. Al término de la ceremonia de posesión citó “el Consejo de Ministros para las ocho de la mañana el lunes”. A partir de ese momento, el comentario sobre las disposiciones del gobierno –desde la decoración del Palacio de Nariño hasta los acuerdos con guerrilleros– fue obligatorio en las conversaciones a todos los niveles: los madrugones presidenciales, sus apariciones sorpresivas en horas de la noche en hospitales oficiales, en departamentos, en poblaciones lejanas. Después de las reuniones con funcionarios se redoblaban las citas, como aquella según la cual no podía perderse ni un minuto porque –lo había leído a la vera de un camino en Grecia, en una borrosa leyenda– “siempre es más tarde de lo que creemos”.

La bandera y el himno nacional invadieron la televisión; rápidamente el presidente descartó el “fútbol 86” y objetó el alza de las dietas parlamentarias. Carlos Jiménez Gómez, el procurador, contribuyó no poco al ambiente de “ahora sí limpiamos”, con sus estrepitosas revelaciones que a todo lo largo del cuatrienio recorrieron el camino que va de la denuncia valiente de un desafuero grave al peligroso poder para desacreditar a cualquier funcionario.

A finales de septiembre, después de un mes y medio de gobierno, Alfredo Vázquez Carrizosa se reía en un artículo de la “belisarización” del país, del estupor de liberales y conservadores frente a sus capacidades e ideas como “el joven atleta que ensaya el salto de garrocha delante de sus padres afectados de esclerosis”, y se burlaba del Partido Conservador que “corre al trote” tras de él.

En el quinto mes de gobierno Betancur alcanzó la más alta popularidad que haya tenido entre nosotros un mandatario, del 80% al 82%; y lo curioso es que en ese momento los analistas atribuyeron la buena racha a la informalidad de sus presentaciones, su actitud frente a Reagan y... la ley de amnistía. El ambiente que se vivía y la actividad multifacética del presidente explican la frase del expresidente López Michelsen, quien aseguró que el país no sería el mismo después de la administración Betancur.

Sorprendió además su manera de dirigirse a los colombianos en apariciones frecuentes por televisión, para las cuales adoptó un idioma extraordinariamente simple y una entonación coloquial, paternal. Esta actitud, elogiada como simpática, desató burlas y críticas cuando se vio que sería permanente: fue la medida mediante la cual logró durante todo el cuatrienio mantener una gran audiencia, hacia el final agresiva, pero cautiva. Todos los colombianos entendían lo que el presidente decía, y ello les permitía opinar: todo el país opinó.

Hasta muy pasado el primer año de gobierno lo rodeó un entusiasmo como no recuerdo haber presenciado antes. Tal vez el clímax tuvo lugar a raíz del viaje a España para recibir el Premio Príncipe de Asturias, en octubre de 1983. La alocución televisada anterior a su viaje, tal vez la más paternal del cuatrienio, dejó un ambiente mezclado de perplejidad y mofa. Empezó en tono de Papá Noel-abuelito-alfabetizador: “Esta noche quiero hablarles básicamente de tres temas: el primero, de economía, es decir de plata; el segundo, de educación, vale decir, de progreso”. Y después de exponer unos problemas arduos –“No, ¡si es que nos han tocado todas las plagas de Egipto”–, enumeró los regalos que pensaba llevar a España, mencionó lo poco que costaban, dio el presupuesto del viaje y terminó con “Nos veremos dentro de una semana. Hasta lueguito”, lo que produjo una carcajada nacional.

Pronto se frenó la risa: dos días después del “hasta lueguito”, Belisario Betancur fue ovacionado en la Asamblea General de las Naciones Unidas. En la primera página del The New York Times titularon: “Un colombiano lírico puso de pie a las Naciones Unidas”, y destacaron lo inusitado de una ovación de pie en la Asamblea General, para una exposición extremadamente personal y filosófica. Al día siguiente, en un banquete de banqueros norteamericanos en el Waldorf Astoria, recibió una salva de aplausos que, según testigos presenciales, no correspondía a una “claque” protocolaria.