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'El Dios Aparente' (Il Dio Apparente) di Germán Ciganda è un libro di libero pensiero razionalista, che mette in discussione l'esistenza di Dio. In questo libro, l'autore mette a dura prova i dogmi e invita al lettore ad elaborare le sue proprie conclusioni e sentirsi libero di pensare razionalmente.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
La duda: ¿Y si Dios no existiera?
¿Cómo se produce una creencia?
El control psicológico a través de las imágenes
El perfil “comercial” de Jesús
Libertad limitada
¿Por qué tenemos tanto miedo de Satanás, y no lo dejamos hablar?
Sesgo de confirmación
Efecto Forer
Las religiones y el dinero
La Biblia en crisis (como así también los otros cientos de “libros sagrados”)
El pecado original
La esclavitud
El sacrificio de Isaac
Es siempre igual
¡La oración, y la ilusión de la respuesta!
El universo y nuestro planeta tierra
Dios, la moral y el sexo
Judas
La Fe y las matemáticas
¿Pero la ciencia...no la inventó Dios?
El problema de Dios: La comunicación
Los libros de la Biblia
Jonás en el vientre de la ballena
Profetas religiosos vs. visionarios de la ciencia
¿No demuestran los milagros la posible existencia de algún Dios?
¿Por qué Dios cura solo en raras ocasiones?
La vida fácil
Buenos y malos.... ¿ateos o creyentes?
¿En qué cree un ateo?
¿Pero quién creó todas las cosas?
Libertad de creer, (o no creer)
Contactos visuales y/o auditivos con Dios.
El gato siempre cae parado
¿Diseño inteligente?
Dios, y el misterioso nacimiento de Jesús
Sugestión, y más sugestión
La inconsistencia del creacionismo
El sentido de la vida sin un Dios
La Biblia, un libro para leer con mucha atención
Leyes sobre los esclavos
El sermón del monte
Cómo nace y termina una religión
¿Se puede tener valores morales sin creer en Dios?
¿Mente o corazón?
La naturaleza y la supuesta existencia de Dios
Limitaciones para ver a Dios
¿Motivos o razones para creer?
La invención de Dios
El misterio de la vida y la muerte
Conclusiones finales
Epílogo
Germán Ciganda
El Dios Aparente
El derecho a dudar de la fe
© El Dios Aparente
© Germán Nicolás Ciganda
ISBN 9788831606752
ISBN ebook 978-84-686-3205-6
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
Arte de Tapa: Sofía Ciganda, “El Dios Aparente”
Año del copyright: 2013
Nota del copyright: de Germán Ciganda. Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra.
© 2013 Germán Ciganda. Todos los derechos reservados.
Dedicado a Sofía y Mariela
La duda: ¿Y si Dios no existiera?
¿Nos hemos hecho esta pregunta alguna vez?,...¿pero en un modo profundo, con sinceridad, y sin auto censura?
Yo me la había hecho algunas veces, pero no en profundidad. Tenía en el subconsciente como una especie de respuestas pre-programadas, que no necesitaban mucha reflexión, y apenas me hacia esta pregunta, la respuesta era que: ¡Si!, Dios existía. Era casi mecánico, no tenía muchas dudas que plantearme...
Pero... ¿Por qué?..¿Por qué no había dudas? ¿Por qué tenía tanta seguridad de que Dios existía?
Algunos por ahí decían: Eso se llama ¡Fe!, y el asunto quedaba cerrado. ¿Pero, por qué sucedía esto?
Bueno, básicamente, porque de niño frecuentaba una escuela religiosa -Católica-, y después, alrededor de los 24 años comencé a frecuentar una iglesia protestante.
Cuando dejé la iglesia católica, creí que ya me había hecho todas las preguntas “difíciles” -o casi todas- sobre el asunto de la existencia de Dios, y pensaba que estaba todo muy, pero muy claro.
La iglesia, naturalmente, está compuesta por miembros, o "hermanos de iglesia". Al estar rodeado de gente que piensa prácticamente igual a uno, es muy difícil que surjan preguntas que puedan poner en duda una creencia. Por donde mires, a 360 grados, siempre hay gente que piensa igual. -puede haber pequeñas diferencias dentro de un grupo religioso, pero esto no cambia el concepto de base-.
No digo que está mal pensar igual. Solo digo que también es saludable escuchar opiniones diferentes, o hasta completamente opuestas, - o extrañas-, porque esto ayuda mucho a reflexionar. Debiéramos tener la oportunidad y sobre todo, el derecho de dudar.
Pero uno de los puntos que genera una posición no favorable al diálogo, es el de sostener la creencia, de que la existencia de Dios es una verdad absoluta, y que no tiene sentido cuestionarla, y que es, hasta en un cierto aspecto, para los creyentes, una especie de “línea de pensamiento, moralmente incorrecta”. Muchos sostienen que el argumento de la “duda de la existencia de Dios” no les interesa porque no “necesitan” plantearse esta cuestión. ¿Por qué? ¡Porque ya tienen la respuesta! ¿Pero esta respuesta es producto de una reflexión personal, o es una reflexión pre-elaborada por alguien, y luego aceptada como propia? Si es la segunda opción, significa simplemente aceptar un dogma.
Aceptar dogmas es muy fácil; es cómodo en un primer momento, porque para muchos “ahorra” -o anula- el proceso de discernimiento personal.
Por eso, cada persona tiene circunstancias diferentes para mantener una creencia, o no, o cuestionarse la creencia actual, a través de preguntas o puntos de vista diferentes.
En este libro trataremos de ver las circunstancias más comunes que nos inducen -muchas veces sin nuestro consenso - a creer en Dios. Y también veremos, cómo darnos la posibilidad de poner en duda la existencia de Dios.
Algunos sostienen, que hacerse planteos complejos, como ser, la existencia o no existencia de Dios, traerían más dudas y perplejidades. Pero yo pondría en duda esta afirmación.
Tal vez no podríamos decir a ciencia cierta, si Dios existe o no, pero a través del proceso de reflexión, podríamos aprender muchas otras cuestiones relativas a dicho argumento.
El concepto de Dios está intrínsecamente "metido" en nuestras conciencias desde que somos muy pequeños, a través de las enseñanzas de padres a hijos, y luego mediante la educación escolar.
A través de los siglos, la creencia en un "Dios" se repitió en muchas civilizaciones.
Antes, existían dioses, como Thor, Zeus, Venus etc...en los cuales hoy, ya nadie cree, al menos seriamente.
La "tautología" juega un papel fundamental a la hora de creer en Dios.
¿Qué es la Tautología? La Tautología es una postura, que da por verdadera una afirmación, independientemente del valor de verdad de la misma. Se usa en lógica matemática como herramienta para demostraciones intuitivas de conceptos matemáticos.
Por ejemplo, puedo plantear un problema de lógica partiendo de la afirmación: ..”El cielo es rojo”, y nadie pondrá en duda que el “cielo es rojo”. Está fuera de discusión -para este ejercicio de lógica, claro- . Así también, hay personas que usan la tautología para afirmar que Dios existe, y de ahí parte toda una serie de suposiciones, que muchas veces impide el diálogo con una persona de fe, ya que ésta cree, que si la premisa inicial es verdadera, todo el resto es verdadero.
Claro que también los no creyentes pueden hacer mal uso de la tautología y presuponer como verdad absoluta que Dios no existe, y de ahí en adelante hacer una serie de conjeturas en base a esta afirmación inicial.
Por eso propongo en este libro, poner en duda nuestras “creencias tautológicas”, lo cual no implica necesariamente cambiar de idea sobre lo que uno cree o no cree. Implica dar relieve y profundidad a nuestra visión de la realidad.
Cuando somos niños, nuestros cerebros son como esponjas que absorben todo, produciendo un aprendizaje vertiginoso.
Pero a esta edad infantil, uno no se pone a reflexionar sobre el valor de verdad de lo que está aprendiendo. Lo aprende y basta. Tal vez haya un mínimo nivel de reflexión, por supuesto, pero para cosas mucho más simples, como ser, situaciones de la vida cotidiana, o aspectos relativos a cubrir nuestras necesidades primarias, que son comida y vestido.
Pero la existencia -o no existencia- de Dios, no es una cosa simple, y muchos niños, - la gran mayoría-, antes de que tengan uso de razón, están “educados”- o inducidos- para creer que Dios existe, o que no existe.
En el caso de, “educar” a un niño a no creer en Dios, podríamos pensar que es una contradicción enseñar a no creer en algo que no existe, porque no tendría sentido hablar de algo que no existe. No tendría sentido, por ejemplo, perder tiempo en las escuelas enseñando que no existen elefantes rosados.
Pero hay que destacar que una educación secular, sea hacia niños o adultos, es una respuesta válida y también un derecho, como consecuencia de la enseñanza religiosa, que presupone la existencia de un Dios, que no está absolutamente probada.
Porque en el debate sobre la existencia de Dios, entre un creyente y un ateo, es el creyente quien debe demostrar con pruebas fehacientes su postura.
Y tiene el deber de demostrarlo, porque las religiones se manifiestan públicamente. Por lo tanto, la existencia de Dios debe ser demostrada públicamente, de ser factible, claro.
Porque si las religiones fueran practicadas en forma estrictamente privada, nos ahorraríamos este debate.
Por eso la posición atea, no es mostrar las pruebas de la no existencia de Dios, sino mostrar las objeciones y dudas a los que sostiene la postura sobre la existencia de Dios.
Para los niños, en la mayoría de los casos la existencia de Dios es una verdad indiscutible, y viene aún más reforzada por el hecho de que, en la edad infantil, el niño tiene muy pocos, -o nada-, puntos referenciales para comparar y poner en duda una afirmación, como la de que Dios existe. Y si a esto le agregamos el aspecto sentimental y/o emocional, o sea, una afirmación que viene transmitida por el padre o la madre, la afirmación de esta creencia es prácticamente indestructible, porque un niño, instintivamente percibe que todo lo que viene de sus padres, no puede ser malo ni falso. Por lo tanto, va más allá del razonamiento lógico.
En realidad, creo que ningún padre (normal) quisiera transmitir algo a sus hijos que sea perjudicial o falso. Pero, como a su vez, estos padres fueron enseñados con la misma metodología y circunstancias, la escena se repite, casi automáticamente, de generación en generación, es decir: en el ámbito religioso, enseñar a creer en algo, aunque no haya evidencias, o en algunos casos, pseudo-evidencias.
Creo que también, enseñar a los hijos que Dios no existe, sería un error igual al que comenté en el párrafo anterior, ya que se le estaría dando importancia a algo que no existe. Creo que sería más interesante, que un padre ateo, no hablara de Dios, hasta que, de parte del niño, no surjan preguntas espontáneas sobre el tema, que además es otra forma de respetar la libertad de conciencia de un niño. Y no como en algunas religiones, en las que los bebés de menos de un año son obligados a participar del ritual del bautismo, “aceptando” sin su consentimiento, una creencia que ignoran completamente.
Ahora, el punto es que, puede ocurrir que un padre ateo decida no hablar de la existencia de Dios con sus hijos, pero a veces esto trae un riesgo, porque la mayoría de la sociedad, en general, cree en Dios, y de alguna u otra manera, esta creencia se transmite directa o indirectamente. Y cuando digo indirectamente, estoy diciendo, enseñar una doctrina o creencia a través de símbolos o estatuas religiosas ubicadas en lugares públicos, que con el pasar del tiempo generan” “familiaridad”, que más tarde puede transformarse en aceptación.
Una violación de derecho, y a su vez, manipulación emocional, es el hecho de rezar “para agradecer por los alimentos”, -en el almuerzo escolar- en los jardines de infantes, donde asisten niños menores de 5 años!
Esta aparente “tierna acción” de orar por los alimentos, debería poner en alerta - a los padres que quieran respetar la libertad de conciencia de sus hijos- ya que, si un niño cree en algo desde pequeño (sea bueno o malo) después será muy difícil que pueda reflexionar y pueda tener la posibilidad de cambiar de idea, si así lo deseara.
Y éste es el punto. ¡La libertad de cambiar de idea! Muchas veces, no solo no cambiamos de idea, sino que, ni siquiera reflexionamos en profundidad otras posibilidades. Y no estoy hablando solo de la posibilidad de la no existencia de Dios, sino también la posibilidad de que otras creencias religiosas fueran "correctas" o "buenas".
Cada una de las religiones piensa que la suya es la "correcta", y que las otras están "equivocadas". Aunque puede haber mucha apertura (no siempre), sustancialmente el pensamiento es este: "Lo mío es la "verdad", lo otro no." ”Rezaré por el resto del mundo que no conoce la “verdad”.
¿Cómo se produce una creencia?
¡La creencia en Dios, se produce!, no es innata. Es una elaboración de datos -buenos o malos- percibidos, que impresos en la mente de un niño, con métodos pedagógicos inductivos, que no respetan la libertad de conciencia, y debilitando el razonamiento a través de la manipulación emocional, se transforma en una “verdad absoluta”.
¿Por qué insisto tanto con ejemplos de niños? Porque creo que son los más vulnerables, los más desprotegidos cuando se trata de libertad de conciencia. Por lo tanto, deben ser los más tutelados.
Por ejemplo, la creencia en personajes mitológicos como Santa Claus, se produce, a través de los padres, complicidad de la familia y la sociedad, para dar una satisfacción a los niños. Pero en realidad, nadie lo vio a Santa Claus, -”el verdadero”- porque no existe, naturalmente.
El niño, no se cuestiona si Santa Claus existe o no, o si hay "otros" Santa Claus, porque se siente muy bien creyendo en él y recibiendo regalos. Pero esto no quiere decir que Santa Claus exista. Sentir bienestar emocional no es elemento suficiente para decir que Santa Claus, -o cualquier otro personaje mitológico- existe. ¿O no..?
¡Observen el proceso! El niño, antes de que empiece a hablar, ya observa las imágenes navideñas con Santa Claus. No se cuestiona nada, porque no sabe cuestionarse, lo acepta y basta. Está conforme, porque es una imagen agradable y llamativa.
Sus padres, confirman su hipotética "existencia" -la de Santa Claus- ¡y el juego está hecho! Es la ilusión de Santa Claus.
Para el niño, la existencia de Santa Claus es una "verdad absoluta".
Lo captado por los sentidos, juega un papel fundamental. La imagen de Santa Claus, hasta Santa Claus "en persona" -una persona disfrazada-, la música navideña, los olores y gustos de las comidas típicas, la reunión familiar, la atmósfera navideña,... Todo juega un papel fundamental en su creencia, porque el niño –además- ve y percibe que es una creencia global, y no algo personal o familiar. A Santa Claus lo están esperando y festejando todo el pueblo, todo el país, todo el mundo. Esto, por “lógica”, tiene que ser "real" -piensa-. Esto es lo que procesa el cerebro del niño a nivel subconsciente.
Esta es una de las primeras "creencias" -reacciones- de masa del ser humano. Una creencia falsa por supuesto. Por eso, creer en algo o en alguien, no significa necesariamente que ese “algo” o “alguien”, sea verdadero.
En la antigüedad, se pensaba que la tierra era inmóvil, que no giraba alrededor del sol, y sin embargo, nuestro planeta se mueve. ¡Lo creamos o no lo creamos, la tierra se mueve!
Como así también, puede darse el caso, de que, no creer en algo, no signifique necesariamente que ese “algo” no exista.
Puede ser que yo no crea en la existencia de extraterrestres de color verde, y tal vez existan. Pero queda en manos de quién cree en la existencia de extraterrestres, de mostrar las pruebas o indicios de su existencia.
Es así que, para no estar debatiendo inútilmente por horas y horas, debemos usar el razonamiento lógico, pruebas e indicios para demostrar una postura o hipótesis.
Volviendo al ejemplo del niño.
El niño, asocia, no solo la imagen de "bonachón" de Santa Claus, sino que, a esto viene asociada la característica de ¡"PODER"! ¡Él tiene "poder" para dar regalos, y no solo a él, sino a todos los niños del mundo, y al mismo tiempo!
Es casi como "omnipresente" y tiene "mucho poder", ¿no?
Es por eso, que hasta una cosa absurda -para un adulto-, como ser un hombre que da vueltas por el mundo regalando juguetes, a los niños, puede parecer "lógico y bueno” para un niño.
Además, no creo que a un niño al cual se le haya enseñado la NO EXISTENCIA de Santa Claus sea menos feliz, que los demás niños.
Porque si medimos la felicidad de esta manera, hay muchas otras historias mitológicas que podríamos ofrecer a los niños como "verdaderas", y se podría razonar, que ¿si se les enseña más "historias mitológicas" serán más felices?
Después, cuando el niño va creciendo, va viendo ciertas cosas que no corresponden con la realidad, como por ejemplo, ¿cómo hace Santa Claus para repartir los juguetes al mismo tiempo a todos los niños del mundo? , ¿Dónde vive? etc...
Pero la gran mayoría de los niños, ante éstas preguntas,-que se las pudieron hacer solos, o se las hicieron otros amigos- siguen adelante con su creencia en Santa Claus! ¿Por qué?
En primer lugar porque se sienten muy bien anímicamente, y por lo tanto ¿por qué dejarían dejar de sentirse bien?-podrían pensar, naturalmente-.
En segundo lugar, siguen creyendo, porque se lo dijeron sus padres, las personas de mayor confianza, para ellos. Es "ilógico" que algo que le hayan dicho sus padres sea falso. El aspecto sentimental es más fuerte que el aspecto racional, aún para los adultos.
No quiero decir que está mal tener emociones y sentimientos, solo quiero decir que es importante disfrutar de las emociones y sentimientos, pero no ser controlados por ellos, al punto de no poder discernir la realidad, y lo que es conveniente o no.
Después el niño crece, y deja de creer en Santa Claus!
¿Por qué deja de creer en Santa Claus, y cómo se produce la incredulidad?
El niño ya grande, y con uso de razón, comienza a juntar cada vez más evidencias que no coinciden con la realidad, como por ejemplo, ¿dónde vive Santa Claus? , ¿Por qué él nunca está cuando entra a la casa a dejar los regalos? o ¿de dónde saca los recursos económicos para comprar o fabricar los regalos? ...y cosas por el estilo.
¡Las evidencias de la no existencia de Santa Claus, cada vez son más contundentes!
Y si a esto le sumamos las opiniones de otros amigos de su edad, que ya dejaron de creer en Santa Claus, la cosa se pone de verdad, "pesada".
El niño, ya grande, tiene casi todas las evidencias -elementos- para demostrar que Santa Claus no existe. Así que decide de cerrar este asunto con la única “pequeña” gran parte del rompecabezas que le falta: la opinión de sus padres.
A este punto, sus padres, naturalmente, le dan la razón de la NO EXISTENCIA de Santa Claus, y el niño termina por convencerse. Siente una mezcla de frustración y melancolía, pero al mismo tiempo siente que se saca de encima un "gran peso"; es algo liberatorio.
Y como la confianza en sus padres sigue siendo la misma, tiene todas la piezas del rompecabezas para decir a “ciencia cierta” de que: ¡SANTA CLAUS NO EXISTE!
Así, deja atrás la niñez. Y el vacío que ocupaba saber que Santa Claus no existe, es recompensado con otras cosas, como los primeros romances y otras cosas lindas de la adolescencia.
Y después, Santa Claus quedará en el recuerdo, -como un lindo recuerdo-, y él, -ahora ya grande- ¡hará lo mismo con sus hijos! o sobrinos, o con los niños de la sociedad en la cual vive...y la historia se repite. La creencia se transmite a la siguiente generación, con la misma metodología.
Pero piensen que hubiera podido pasar si el niño llevaba todas la evidencias de la no existencia de Santa Claus a sus padres, y éstos, en vez de cerrar el argumento confirmando la sospecha del hijo, hubieran dicho que no, que ¡SANTA CLAUS SI EXISTE!
Probablemente el niño -ya casi adolescente- hubiera concluido de todas formas de que Santa Claus no existe, pero seguramente sentiría algo de confusión y perplejidad. Una confusión, más que racional, EMOCIONAL. Y esto no ayuda mucho, ya que para el ser humano, la parte emocional es muy importante, y a veces, más que la racional.
El ser humano desde pequeño, generalmente, es “preparado” para creer en cualquier cosa, sea buena o mala.
En el ejemplo precedente, no es mi intención buscar similitudes entre Dios y Santa Claus. Lo que quiero exponer, es el proceso mental que conduce a una persona a creer en algo.
Sin embargo, creo que hay una analogía importante entre el método de creer en Santa Claus y el de creer en otro ser superior, del cual nunca se tuvo un contacto directo a través de los sentidos o la percepción racional.
El cerebro humano es como una hoja en blanco, y lo primero que se escribe allí, es muy difícil de borrar o modificar.
Si se borra, pueden quedar rastros. Es difícil borrar completamente algo que fue puesto en nuestro cerebro, sobre todo en la infancia.
¿Notaron alguna vez, cómo todo lo que nos va sucediendo en la vida, queda registrado en el cerebro?...No se puede borrar. Como máximo, podemos olvidar por un tiempo, pero la información está siempre ahí. Se puede modificar con otras experiencias, que pueden equilibrar un poco las cosas, pero no borrar. Claro que hay gente que puede olvidar ciertas cosas, pero en ese caso estaríamos hablando de algún problema de memoria o algo por el estilo. Hablo del funcionamiento del cerebro en condiciones normales.
Por eso, todos estos juegos de creencias populares, si no están balanceados con una educación escéptica, no hacen más que preparar el terreno a otro tipo de creencias más complejas, como por ejemplo, la creencia en algún Dios.
Las similitudes y analogías conceptuales entre un Dios -para un adulto- y un Santa Claus,- para un niño, son muchas. Pero sobre todo, es el proceso que induce, y luego convence a creer en "algo", lo que se repite, salvando las distancias.
Hago esta analogía entre Dios y Santa Claus, no en sentido irónico. Lo hago con respeto, y tomo como referencia Santa Claus, porque es uno de los personajes más populares del mundo.
La analogía, se debe a que, muchos creen en Dios, aunque nunca lo vieron en persona, como tampoco los niños vieron al “verdadero” Santa Claus, y sin embargo creen en él!
