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Los negocios son poder, y yo tengo un imperio que derrocar. Durante muchos años solo he tenido una meta: la venganza. He elaborado un plan estratégico para mi carrera profesional, pero nunca para mi vida fuera de ella. Pero apareció Ivy, mi nueva asistente, y se convirtió en una amenaza para mis planes. Es mi perdición. Si alguna vez he creído en la conexión cósmica, fue en el momento en que la conocí. Con su sola presencia, ella ha conseguido derribar mis muros. Todo es distinto, y a cada momento que pasamos juntos, mi mundo y mis expectativas no dejan de cambiar. La necesidad de ser correcto me mantiene alejado de ella. La necesito como aliada en esta guerra, a mi lado en la batalla, compartiendo conmigo los secretos de mis enemigos… y sus deseos en mi cama. Pero conseguir lo que tanto he ansiado tiene consecuencias. En el juego del poder, nunca hubiera pensado que dar mi corazón fuera el sacrificio.
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Veröffentlichungsjahr: 2021
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Título original: The Executive
Primera edición: mayo de 2021
Copyright © 2019 by K. I. Lynn
© de la traducción: Eva Pérez Muñoz, 2021
© de esta edición: 2021, Ediciones Pàmies, S. L.C/ Mesena, 1828033 [email protected]
ISBN: 978-84-18491-38-2BIC: FRD
Adaptación del diseño de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografías de cubierta: OPOLJA/YIUCHEUNG/Shutterstock
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Epílogo
Nota
Agradecimientos
Contenido especial
Ivy
Iba a ser un gran día. Al menos tan pronto como saliera por la puerta. Lo sentía en mi interior, sería mi día.
Sí, ese sería el día en el que me ofrecerían un nuevo empleo y en el que, por fin, dejaría de trabajar para el gilipollas mujeriego que tenía como jefe. Podía ser que lo que me deparara el futuro no fuera tan reluciente como parecía, pero no quería seguir trabajando para alguien que carecía de moral alguna. El ambiente era tóxico, y estaba cansada de evitar sus molestas insinuaciones.
El reloj me tenía hipnotizada, la manilla de los segundos fascinada. Estaba contemplando cómo daba vueltas y vueltas, mientras transcurrían los minutos que quedaban para que me fuera. Estaba tan ensimismada que me sobresalté cuando sonó el teléfono y me trajo de vuelta a la realidad. Enseguida cogí el auricular.
—Buenas tardes, soy Ivy Prescot, asistente ejecutiva de Dante Kilgore.
¡Puf! Odiaba esa frase, era demasiado larga, pero era lo que me habían ordenado que dijera cada vez que descolgara el teléfono.
—Hola, Ivy. Soy Mike Deacon.
Era una voz conocida de alguien a quien apreciaba de verdad, así que esbocé una auténtica sonrisa de inmediato.
—¡Mike! ¿Qué tal estás?
—Bien, bien. ¿Cómo se está portando Dante hoy contigo?
La conversación me puso de nuevo en marcha, y empecé a revisar los correos que tenía sin abrir.
—Como siempre. Como si le debiera algún tipo de favor sexual.
—Qué desgraciado.
Hice un sonido mostrando mi acuerdo.
—¿En qué puedo ayudarte, Mike? —pregunté. Era muy raro que me llamara directamente él y no sus asistente.
—Tengo que cancelar la comida que teníamos prevista la semana que viene. Ya concertaremos otra dentro de unas semanas.
Abrí la agenda de Dante, fui a la semana siguiente y encontré la cita del miércoles.
—Qué lástima. ¿Por qué no me llamó Stephanie?
—A diferencia de otros ceo, estoy perfectamente capacitado para marcar un número de teléfono. Además, así tengo el aliciente de oír tu dulce voz.
—Pero qué lisonjero eres. Solo estás intentando hacerme sentir mejor antes de que Dante estalle.
Oí una risa suave al otro lado del teléfono.
—Es bastante impetuoso.
Algo en esa cancelación me chirrió, así que no pude evitar indagar un poco más.
—¿Puedo preguntarte por qué? Llevamos meses trabajando en esto.
—Eres muy perspicaz. Sinceramente, no me gusta cómo hace las cosas. De no ser por ti, hace tiempo que habría dejado las negociaciones. Y ahora me han llegado algunos rumores.
Intenté ignorar la parte que se refería a mi persona. No obedecía a ningún sentimiento romántico, solo a un punto de vista estrictamente profesional, pero al final siempre quedaba la duda.
—¿Rumores? ¿En serio?
Otra risa.
—No puedes disimular el regocijo en tu voz, jovencita.
—¿Así que «jovencita»? ¿Sabes? Que seas catorce años mayor que yo no es tan malo. —Me tapé la boca con la mano mientras dudaba de mi cordura. ¿De verdad estaba coqueteando? ¿Acaso no me acordaba de que tenía a Peter?
—No me tientes —dijo Mike con un tono más bajo que antes, casi de forma sugerente.
Me quedé sin palabras.
—Que tengas un buen día, Mike.
—Lo mismo digo.
Mientras colgaba, dejé escapar un suspiro. Mike era un caballero. Incluso tenía un aspecto distinguido con esos mechones plateados en las sienes. Era guapo y educado, y, sin saber muy bien por qué, no podía evitar coquetear con él, solo un poco.
Tal vez fuera porque me veía como una persona, no como un trozo de carne. O quizá porque Mike Deacon me tenía un tanto embelesada, y eso no lo conseguía cualquier hombre.
—Ivy, ¿dónde están los informes financieros del último trimestre? —gritó Dante desde su despacho.
Estuve tentada de hacer como que no le había oído, de seguir trabajando hasta que se diera cuenta de que tenía la carpeta justo frente a él. Aunque también estaba segura de que cuando la dejé ahí, había estado demasiado pendiente de una becaria.
—¡Ivy!
Solté un suspiro y cogí el portátil y un cuaderno.
—¿Has mirado en tu escritorio? —pregunté mientras entraba.
Me miró con los ojos entrecerrados y luego bajó la vista al escritorio, a la carpeta.
Ni un «lo siento», ni un «gracias». Eso jamás. Solo esa mirada de expectativa.
—Los números no son muy buenos —señalé, antes de sentarme en la silla frente a su escritorio.
—Joder —maldijo por lo bajo—. ¿Para qué me gasto el dinero en un departamento comercial si no es capaz de traerme nuevos clientes?
Estuve a punto de responderle, pero al final me mordí la lengua. El departamento comercial no era el problema. Mis compañeros siempre le conseguían clientes potenciales. Era él el que era incapaz de cerrar un trato.
Dante era un hombre muy atractivo, pero tenía una personalidad repugnante. Era el epítome del tío bueno con pelo castaño oscuro, unos ojos azules increíbles y mandíbula cuadrada. Le gustaba mantener una «relación personal» con todos los clientes. O al menos esa era la mierda que les vendía, deslumbrándolos con su preciosa sonrisa.
Había cazado a muchos con su encanto. Había firmado muchos contratos.
Por desgracia, su polla tenía la mala costumbre de interponerse en los asuntos de la empresa, haciendo que cancelara las comidas de negocios para follarse a cualquier chica que tuviera en su punto de mira.
Y esas cancelaciones acarreaban personas cabreadas que no firmaban nuevos contratos. A esas alturas, el ego de Dante había tomado el control y estaba dejando de lado la interacción con los clientes. Pero al final él era el jefe, y podía hacer lo que le diera la gana.
Sin embargo, los números contaban una historia diferente, y esta rata estaba lista para abandonar el barco por más de una razón.
—Por lo menos tenemos a Chandelier dispuesto a firmar la semana que viene —dijo mientras cerraba la carpeta.
—En cuanto a eso… —Mi voz se fue apagando.
Dante refunfuñó y se recostó en la silla.
—¿Qué pasa ahora?
—Mike Deacon acaba de llamar para cancelar la comida de la próxima semana.
—¿Cancelar? ¿Te ha dicho por qué?
Hice un gesto de negación.
—Va a consultar su agenda para concertar una nueva cita.
—Mierda. Nunca vamos a cerrar ese trato. —Soltó un suspiro.
No dije nada. No había necesidad de mencionar lo que sabía. Además, me gustaba verlo preocupado. Mike se había pasado meses hablando con Dante, hasta que se dio cuenta de que mi jefe jamás podría ofrecerle la minuciosidad por los detalles que requería una empresa como Chandelier.
Revisé la agenda mientras daba golpecitos con el bolígrafo en el apoyabrazos.
—Newlyn vendrá el lunes.
Dante se enderezó con una expresión determinada en su rostro anguloso.
—Newlyn. ¿Esa no es la cadena de grandes almacenes?
Asentí.
—Tienen más de doscientos centros comerciales y se están expandiendo bastante rápido.
—Si conseguimos llegar a un acuerdo con ellos, podríamos firmar un contrato a largo plazo. —Pasó los dedos por la superficie de madera de su escritorio durante un minuto antes de mirarme—. ¿Por qué no vienes a mi casa este fin de semana y preparamos la presentación juntos?
Y vuelta a empezar.
—Podemos prepararla el viernes, durante mi jornada laboral.
Dante ignoró mi comentario e intentó hacer más apetecible su idea.
—Puedo pedir comida de ese italiano que tanto te gusta.
—A quien le gusta Eduardo’s es a ti, no a mí —le recordé.
Agitó la mano en el aire con indiferencia.
—Da igual. Podemos pedir una buena cena.
—¿Cena? —pregunté, enarcando una ceja. Jamás iba a trabajar con él el fin de semana, y muchos menos en su casa, así que me hizo gracia verlo vacilar, como si estuviera intentando encontrar algo que me hiciera morder el anzuelo.
—O un buen almuerzo. Y luego podemos trabajar hasta la hora de la cena. —Me sonrió de oreja a oreja.
—Creo que no.
—Vamos, Ivy —dijo con una sonrisita de suficiencia—. No puedes resistirte a mí eternamente.
—Pues ya ves que sí—En ese momento me fijé en el reloj que había detrás de él—. ¡Mierda!
Él miró hacia atrás y luego volvió a fijarse en mí.
—¿Qué pasa?
Me puse de pie de inmediato y recogí el cuaderno, el portátil y las carpetas que había llevado.
—Tengo una cita con el médico dentro de media hora —expliqué. Aunque lo del médico era mentira, era cierto que tenía una cita a la que no podía faltar.
Dante frunció el ceño.
—¿Me has avisado?
Puse los ojos en blanco. Ese hombre nunca me escuchaba. Si alguna vez hubiera prestado atención, habría dejado de ser el capitán de las obviedades.
—Sí, te lo dije el jueves pasado, el lunes, ayer y esta misma mañana. Incluso lo apunté en tu agenda. —Iba a estar perdido sin mí, y después de cinco años aguantando sus tonterías, no pude evitar sonreír al pensarlo.
—¿Por qué no puedes ir al médico fuera de las horas de trabajo? —inquirió, claramente molesto.
—Porque solo abren hasta las cinco. —Volví a poner los ojos en blanco. A veces me preguntaba cómo se las arreglaba para atarse él solo los zapatos. Aunque también era cierto que llevaba años haciendo todo por él, y seguramente otras mujeres habrían hecho lo mismo antes que yo.
Dante no era más que un niño grande con la libido de un adolescente que se creía superior a los demás.
—Está bien. Hablaremos de esto durante el fin de semana.
—No, no lo haremos.
—Siempre tan rebelde.
—Deja de ir detrás de mí.
—Así solo consigues que tenga más ganas de conquistarte.
—Pues tendré que ser más rápida que tú para no caer en tus garras. —Agité la mano en el aire mientras me dirigía a la puerta—. Te veo mañana.
En el instante en que dejé todo lo que llevaba en las manos sobre mi escritorio, cogí mi chaqueta y el bolso y salí corriendo de allí.
Tan pronto como estuve en el coche, saqué el móvil y vi el mensaje que me había mandado Peter.
Buena suerte con lo de hoy. ¡Seguro que lo logras!
Sonreí al teléfono antes de guardarlo en el bolso. Salía con Peter desde hacía solo un par de semanas, pero era un buen tío y nos los pasábamos muy bien juntos.
El tráfico estaba tan mal como de costumbre, y cuando por fin encontré sitio en un aparcamiento al otro lado de la calle, ya iba con retraso. Solo me quedaban unos minutos para entrar en el edificio y llegar a la planta correcta. Crucé la calle a toda velocidad, con el pulso acelerado.
Accedí a la torre de setenta y seis plantas del Columbia Center con el corazón en la garganta. Los rayos de sol entraban a través de los grandes ventanales del interior, cegándome casi por completo.
Durante cinco años me había matado a trabajar, esperando un ascenso y un aumento decente que siempre había estado fuera de mi alcance. Y todo porque me negaba a acostarme con mi jefe. Me pasó por alto para recompensar a aquellas que le mantenían la polla ocupada o a los empleados varones.
Hacía tiempo que necesitaba un cambio, pero había aceptado las circunstancias. Hasta la noche en la que, estando todavía en la oficina, un ejecutivo sobón creyó que tenía que abrirme de piernas para él y me harté. Después de todos esos años, rechazar a Dante casi era un juego, pero en ese momento ya no me sentía segura cuando me quedaba hasta tarde en el trabajo.
Data Consolidation Services, o dcs, era una empresa de procesamiento de datos y servicios en la nube que proporcionada a sus clientes software personalizado muy similar a Kilgore Industries. La diferencia principal entre ambas era que dcs era una compañía seria, mientras que Kilgore solo era el lugar de diversión de Dante.
La cabeza de dcs era Lincoln Devereux, un joven y ambicioso ceo que había cuadriplicado los ingresos de la empresa en los seis años que habían transcurrido desde que había asumido el cargo.
Era un icono del sector, y tremendamente inteligente y atractivo hasta decir basta. Era el prototipo del ejecutivo sexy, peinado a la perfección, con mandíbula fuerte y una mirada de lo más penetrante. Que llevara unos trajes exquisitos hechos a medida solo acentuaba más su carisma.
Podía ser que hubiera estado buscando fotos de él en internet mientras investigaba sobre su empresa antes de mi primera entrevista. Y quizá también un poco después. No tenía cuenta en Facebook ni en Instagram, al menos que yo supiera, pero había fotos de él por todas partes. Había encontrado innumerables publicaciones sobre sus logros en dcs, pero muy poco sobre su vida personal.
También era muy generoso en sus donaciones anuales, y no solo con el dinero de la empresa, sino con el de su propio bolsillo. Todavía estaba alucinando con la gran suma que había donado a The London Foundation, una organización benéfica que ayudaba a las personas que habían sobrevivido a un intento de suicidio o a las familias que habían dejado atrás. Y se había asegurado de cubrir las matrículas de cien estudiantes de la Universidad de Washington durante un año.
Seguía sin creerme que el puesto para ser su asistente ejecutiva estuviera vacante desde hacía meses y que, entre los posibles cientos de candidatos, hubiera superado todos los requisitos para conseguir una entrevista personal con ese hombre.
Mientras atravesaba el vestíbulo de cristal y mármol de tres plantas, noté que me sudaban las manos y que el corazón me latía acelerado. Me fijé en lo iluminado y espacioso que era. Estaba lleno del bullicio propio de una tarde a pleno rendimiento. Había tiendas tanto en la planta baja como en la primera.
Un gorjeo captó mi atención. Me volví y vi dos pájaros volando alrededor de unos árboles en macetas que crecían en lo que parecía ser un jardín interior.
Me quedé tan fascinada con los pájaros que continué caminando hacia el ascensor sin mirar al frente, de modo que solo tuve tiempo de captar un borrón gris por el rabillo del ojo antes de chocarme con un brazo y un torso. El golpe hizo que perdiera el equilibrio y la gravedad tomó el control.
Mi futuro pasó por delante de mí, y ya me veía tirada en el suelo, pero entonces alguien me agarró, me giró y me sostuvo a escasos centímetros del suelo como en una coreografía perfecta. Aunque sabía que ni de lejos me había movido con la elegancia de una bailarina.
Parpadeé, abrí los ojos y miré al hombre que me había cogido al vuelo con el corazón desbocado y la adrenalina bombeando por mis venas.
—Hola, preciosa —dijo. Me apartó un mechón de pelo de la cara.
—Lo… Lo siento mucho.
Mientras me sostenía, me fijé un poco más en su cara y me quedé estupefacta.
Me había chocado con el mismísimo Lincoln Devereux.
Sentí como si me hubieran electrocutado el cerebro. Lincoln Devereux me estaba sujetando entre sus brazos y las chispas saltaban a nuestro alrededor. Las fotos no le hacían justicia en absoluto. Era mucho más atractivo en persona.
—No pasa nada. ¿Estás bien?
—Sí, gracias.
Era guapo, elegante y desprendía un aire majestuoso con ese traje impecable de color gris oscuro. Se enderezó muy despacio y me dejó de pie. Ahí fue cuando me di cuenta de que había otros hombres con él, todos vestidos con trajes igual de elegantes y caros. Me puse completamente roja.
—Muchas gracias. Lo siento de nuevo —me disculpé. ¿Por qué tenía que haberme tropezado precisamente con él? Tenía tal nudo en el estómago que empezaron a entrarme náuseas.
—No te preocupes —dijo sin dejar de mirarme—. No ha corrido la sangre.
—No, se ha quedado toda en mi cara.
Él se rio por lo bajo.
—Eso es verdad. —Se metió la mano en el bolsillo y sacó un tarjetero. Luego pidió prestado un bolígrafo y empezó a escribir en el reverso de una tarjeta—. Si necesitas que alguien te vigile esta noche para asegurarse de que te encuentras bien, llámame. —Me guiñó un ojo—. Estaría más que encantado de comprobar que toda tu sangre vuelve a su lugar. Seré muy minucioso en la tarea. —Me tendió la tarjeta—. Mi número personal está en la parte de atrás.
Me quedé mirando la tarjeta en estado de shock, intentando no pensar en el cosquilleo que me produjo la mera idea de pasar una noche con él.
—Muy bien. Que tengas un buen día.
¿«Que tengas un buen día»? Has quedado como una auténtica idiota, Ivy.
Entonces esbozó el tipo de sonrisa deslumbrante y seductora que hace que a una le tiemblen las piernas y regresó con sus compañeros.
Lo miré mientras se marchaba, tratando de calmarme y no emocionarme por que me hubiera dado su número. Sí, estaba claro que solo lo había hecho para acostarse conmigo, pero me había dejado anonadada.
Lincoln Devereux era un dios.
Me dirigí al ascensor un poco aturdida y fui directa a ver a Amy, de Recursos Humanos. Estuvimos hablando de varias cosas y me dio algunos consejos. Todos ellos me entraron por un oído y me salieron por el otro, porque todavía estaba vibrando por el contacto con Lincoln.
No volví a poner los pies en la tierra hasta unos minutos más tarde, justo cuando Amy me llevaba hasta su despacho. De pronto, estaba hecha un lío. Incluso empezaba a tener un ataque de pánico al saber que iba a reunirme con él. ¿Cómo reaccionaría cuando volviéramos a encontrarnos? ¿Me vería como esa mujer idiota que se había puesto en ridículo o lo encontraría divertido?
La chica que se encontraba en el escritorio del exterior de su despacho me miró con cara de asustada. Tenía el pelo hecho un desastre, y se puso a buscar como loca el teléfono.
—Señor Devereux, ha llegado su cita de las cuatro —informó con un chillido.
Se notaba que estaba sumida en el caos más absoluto, y por el estado que presentaba el escritorio, supe que necesitaban con urgencia que alguien como yo tomara las riendas.
La joven me abrió la puerta antes de alejarse como un ratoncillo asustado.
Tomé una profunda bocanada de aire y entré.
Lincoln
Un suave aroma a flores inundó mis fosas nasales antes de que una ligera cadencia llegara a mis oídos.
—Buenas tardes, señor Devereux.
Había algo en la forma en la que pronunció mi nombre que me sedujo. Aquella voz me resultaba familiar, y a la vez nueva. Me volví hacia la desconocida que había entrado en mi despacho y entendí todo. La belleza que había tenido entre mis brazos hacía menos de veinte minutos estaba frente a mí, luciendo como un pecado servido en bandeja de plata para que la devorara.
Mierda. Apreté la mandíbula inquieto. Estaba deseando pasar la noche entre sus muslos, no ofrecerle un puesto de trabajo. Llevaba semanas sin acostarme con nadie, y en ese momento esa mujer me estaba excitando tanto como en el vestíbulo.
—Entiendo que es usted la señorita Preston, ¿verdad?
—En realidad es Prescot, señor —me corrigió ella.
Me senté frente al escritorio sin darle la mano. Tenía unas curvas deliciosas. Pensé que, si la tocaba, seguro que terminaba en algo más que el saludo formal que requería una situación como esa.
—Tengo que reconocer que ahora mismo me sorprende tenerla frente a mí. Esto no era lo que me imaginaba cuando le entregué mi tarjeta.
Me miró con los ojos muy abiertos. El rubor comenzó a teñir sus mejillas. Ahí estaba la chispa de atracción que había percibido antes.
—Espero que lo que ha pasado en el vestíbulo no tenga ningún efecto negativo en mi entrevista.
—Por supuesto que no. —Le hice un gesto para que se sentara.
No sabía nada de ella, salvo su nombre y lo que ponía en su currículo, pero después de nuestro encuentro en el vestíbulo, mi polla estaba muy interesada en conocerla.
Ivy Prescot era la última candidata a la que estaba entrevistando y la que más problemas podría traerme.
La estudié mientras tomaba asiento. Tenía los ojos azules muy abiertos, con un ligero toque de maquillaje. Su rostro estaba enmarcado por sedosas ondas castañas que le caían más allá de los hombros. Sentí la enorme necesidad de pasar los dedos entre ellos. La idea de penetrarla desde atrás, mientras le agarraba esa mata de pelo y tiraba de ella, me resultó de lo más embriagadora.
Joder, y no precisamente en un sentido sexual.
Me costaba verla retorcerse bajo mi escrutinio. La forma en que apartaba la mirada y el sonrojo de sus mejillas mientras se mordía el generoso labio inferior me dijeron que yo tenía el mismo efecto en ella.
Empecé a preguntarme si podía decirle que no encajaría bien en ese puesto, pero que podía contratarla en otro. ¿Me daría una bofetada? ¿Entendería la indirecta? ¿O el rubor se intensificaría y extendería? ¿Se oscurecerían esos ojos azules y me suplicarían en silencio?
—Ha llegado bastante lejos, y, según los estándares de Recursos Humanos, reúne todos los requisitos necesarios para contratarla. Sin embargo, este puesto lleva un tiempo siendo una puerta giratoria, y estoy cansado de meter a nuevos asistentes que no son capaces de lidiar con la presión y se marchan a las pocas semanas.
—Es comprensible. Un hombre en su posición lleva una gran carga sobre los hombros, y lo que necesita es a un buen asistente que le ayude a manejar dicha carga.
Apenas acabábamos de comenzar la entrevista, pero me impresionó cómo había respondido a una pregunta que no había formulado.
—No es fácil trabajar para mí. Tengo un nivel de exigencia muy alto, al igual que lo son mis expectativas. Esta empresa no ha llegado a donde está en los últimos años porque me haya dedicado a estar sentado en mi despacho. De modo que no necesito a nadie que solo me traiga un café y responda a mis llamadas. Necesito una mano derecha.
El silencio se cernió sobre nosotros. Por su expresión y por la forma en que me miraba, estaba claro que quería decir algo; algo que seguramente no tenía nada que ver con el asunto que nos traíamos entre manos. Por lo visto, ya se le había pasado el shock inicial.
Suspiré y me recosté en la silla. Quería oír lo que fuera que tenía en la cabeza y le impedía continuar con la entrevista.
—Hable.
Me miró sorprendida.
—¿Disculpe?
—Es evidente que se muere por decir algo. Dispare.
Se le iluminó el rostro.
—Señor Devereux, lo que hizo, donando todo ese dinero a…
Alcé la mano y la interrumpí.
—Da igual. Cállese. —Noté que empezaba a palpitarme la vena de la sien—. No necesito que se ponga a alabar mis logros. Sé lo que he hecho.
—Sí, señor, tiene toda la razón.
Enarqué una ceja. No era la respuesta que había esperado, ni a la que estaba acostumbrado.
—¿Este es su currículo? —pregunté, agitando el papel frente a ella.
Frunció el ceño.
—¿S… sí?
—Lo es o no lo es —dije entre dientes. Esa indecisión podría ser un rasgo molesto, al igual que su atractivo sexual.
—Teniendo en cuenta que lo único que veo es una hoja que ha cogido de su escritorio, solo puedo presuponer que es mi currículo —replicó con más sarcasmo del que esperaba—, señor.
—¡Ja! —Aquello me pilló por sorpresa. Me había olvidado de que el imbécil número ocho lo había dejado en mi escritorio antes de que la señorita Prescot llegara.
Lo cierto era que no lo había leído desde que la había seleccionado de la pila de currículos. El departamento de Recursos Humanos se había encargado de todo, incluidas las pruebas y entrevistas iniciales. Durante años había tenido una asistente maravillosa, Amanda, pero la había perdido el año anterior por un bebé. Desde entonces, Recursos Humanos me había enviado a unos cuantos idiotas, aunque siempre exigía tener la última palabra.
La señorita Prescot ya había conseguido intrigarme, y no solo para una aventura de una noche.
Eché un vistazo al folio, en el que venían unas cuantas notas de Recursos Humanos, y recordé por qué la tenía frente a mí: un título universitario en Administración de Empresas, la mejor nota en las pruebas de aptitud de la compañía que jamás había visto y cinco años trabajando para el gilipollas de Dante Kilgore. Un hombre conocido por ser un baboso que se follaba a cualquier empleada que se lo permitiera.
Y un hombre que también había sido mi mejor amigo en el pasado, antes de que nos convirtiéramos en rivales. Yo no hacía prisioneros, y los amigos, antiguos o actuales, no eran ninguna excepción. Sobre todo Dante.
Dejé el currículo en la mesa y miré a la señorita Prescot.
—¿Por qué quiere dejar Kilgore Industries para trabajar con una de sus empresas competidoras?
—Porque creo que ya he aprendido todo lo que puedo aprender de Dante y quiero algo más —dijo sin titubear.
—¿Más en qué? ¿Quiere ocupar un puesto superior al de asistente?
—Quiero ser una edecán y no una secretaria que solo se dedica a llevar cafés. Quiero trabajar con alguien que reconozca mi valía y respete mis conocimientos.
—Eso lleva su tiempo. —Que usara la palaba «edecán», el término militar para describir a los oficiales destinados a las órdenes de un general, me impresionó más que cualquier otra cosa.
—Si en cinco años no se produce ninguna mejora, nunca se producirá. Así que tengo que salir de allí. Quiero ayudar a dcs a convertirse en el líder indiscutible del sector.
—Como le he dicho, eso llevará su tiempo. Al menos seis meses, y me traerá el café.
—Entiendo. Empezaré de cero. Siempre hay un proceso de aprendizaje, aunque sea en el mismo sector.
Estaba muy pendiente de sus reacciones y de sus palabras. La idea de que pudiera estar allí como espía cruzó por mi mente, pero percibí un matiz de desprecio en muchas de sus respuestas.
—Voy a ir directo al grano: ¿alguna vez se ha acostado con Dante?
Abrió mucho los ojos y la boca.
—¿Es que todo el mundo lo conoce?
No era la respuesta que esperaba, y empecé a enfadarme. Si algo tenía claro era que no quería las sobras de Dante, en ningún sentido.
—Responda a la pregunta o márchese.
—No. Por supuesto que no —dijo con vehemencia y voz firme.
El alivio me invadió, aunque seguía teniendo muchas dudas.
—¿Qué la convierte en el bicho raro que escapó a sus garras?
—¿Las agallas? ¿El deseo de no contraer ninguna enfermedad venérea?
—¿Por eso quiere dejar de trabajar para Kilgore Industries?
—No es el único tipo indeseable que pulula por esa empresa, y quiero no tener que lidiar con ellos nunca más. No tengo por qué soportarlo ¿Puedo serle completamente sincera? —preguntó. Hice un gesto de asentimiento y ella continuó—: Me tengo demasiado respeto como para rebajarme ante un hombre que acecha a sus empleadas sin pensar y sin preocuparse por el bienestar de su empresa. No es el lugar adecuado ni para mí ni para mis habilidades.
Esas palabras ya no me sorprendieron, sabía cómo era Dante. Aun así, me impresionó la franca declaración de la señorita Prescot.
—No, desde luego que no lo es. Aquí no tendrá que preocuparse por eso —le aseguré. Aunque no tenía muy claro si podría cumplir esa promesa. Sin embargo, yo no era Dante. Si terminaba sucediendo algo entre nosotros, sería porque ella quisiera.
—¿Y eso por qué? ¿Soy del sexo equivocado?
Me reí por lo bajo, y fui incapaz de detener la sonrisa que comenzó a extenderse por mi rostro.
—No soy gay, pero me gusta pensar que tengo un poco más de decencia que ese neandertal.
—Cualquier hormiga tiene más decencia que Dante.
No pude evitar volver a reírme.
—Mire, es usted muy guapa y yo no soy ningún santo, pero tengo la sensación de que en cuanto empiece a trabajar para mí, no querrá tener nada que ver conmigo.
—¿En cuanto empiece?
Las palabras habían salido de mi boca antes de que pudiera darme cuenta de lo que significaban. Ella me había pillado desprevenido. Me gustaban sus respuestas, y había demostrado que poseía las agallas que decía tener.
—El puesto es suyo.
—¿Qué? ¿Así de fácil? —preguntó desconcertada.
Empujé la silla hacia atrás y me puse de pie frente a ella.
—Me ha hecho reír y parece una persona competente. No estoy buscando a nadie que me caliente la cama: hay otras mujeres para eso. —Alcé la mano—. Hay un período de prueba de treinta días. Si lo supera, tendrá un aumento. Luego otros treinta más y otro aumento. No es fácil trabajar para mí, y muchas personas no han conseguido pasar de esos sesenta días. Los que lo hicieron eran excepcionales. Si me estrecha la mano, entiendo que acepta la oferta, y haré que le redacten el contrato.
Me miró y luego clavó la vista en mi mano extendida.
—Me gustan los desafíos —dijo, antes de estrechármela.
Intenté no pensar en la suavidad de su piel y en lo bien que sentiría esa mano sobre mi pene. En lo bien que me sentiría con ella debajo de mí.
La necesidad de poseerla anuló cualquier pensamiento que tuviera en la cabeza.
—¿Señor Devereux? —preguntó al ver que le seguía sujetando la mano.
Me aclaré la garganta y se la solté.
—Empieza el lunes.
Se quedó inmóvil.
—Pero eso es solo dentro de tres días.
—¿Necesita una recomendación de un hombre que solo la ve como un agujero para follar?
Se quedó callada un instante antes de responder.
—No.
—Bien. Esté aquí el lunes a las siete y media de la mañana.
—El lunes a las siete y media —repitió.
—Ya la llamará alguien esta tarde para el asunto del contrato. Avíseme si tiene cualquier problema. Estoy deseando empezar nuestra colaboración.
—Muchas gracias, señor. Yo también estoy deseando trabajar con usted. —Esbozó una sonrisa genuina que intenté grabar en mi memoria, pues sabía que, en cuanto empezara a trabajar para mí, desaparecería.
Cuando la vi salir por la puerta, fui hacia el mueble bar y me serví dos dedos de whisky. El ardor del líquido corriendo por mi garganta no hizo nada por apagar el fuego que consumía cada centímetro de mi cuerpo y de mi mente.
Hacía años que no me sentía así.
La señorita Prescot reunía todos los requisitos que necesitaba tener mi asistente personal, y también todos los que yo no necesitaba. Siempre había sido partidario de no mezclar los negocios con el placer, pero sabía que con ella no iba conseguirlo.
Tal vez no debía haberle ofrecido el puesto, pero después de tres meses de entrevistas, sus habilidades y su personalidad habían superado con creces a todos los demás. Estaba cansado de las puertas giratorias y de asistentes temporales que no eran capaces de limpiarse el culo solos, y mucho menos de traerme una taza de café decente.
Pero además de todo eso, también quería, necesitaba, saber cómo funcionaba por dentro el negocio de Dante.
Y estaba dispuesto a destruir todo y a todos los que se interpusieran en mi camino.
Con el teléfono en la mano, busqué en mis contactos y encontré el de la persona con la que quería hablar. Pulsé en el botón de llamada, y oí dos tonos antes de que una voz familiar me respondiera:
—¿Hola?
—Marcus, creo lo hemos conseguido.
Mi interlocutor se quedó callado un instante mientras procesaba lo que acababa de decirle. Ni siquiera me preguntó por qué lo había llamado en vez de enviarle un correo, como se suponía que tenía que hacer.
—¿Cómo?
—Acabo de contratar a su asistente.
—¿No tiene ninguna cláusula de confidencialidad o de no competencia? —inquirió. Oí un sonido de fondo.
Mierda, no se lo había preguntado.
—No lo sé con certeza, pero Dante está tan pagado de sí mismo que seguro que está convencido de que ninguna mujer dejaría de trabajar para alguien tan maravilloso como él para irse con uno de sus competidores.
—Cierto. ¿Y si se trata de un artimaña?
—Aunque sería algo muy propio de él, no creo que renunciara a la persona que probablemente conoce mejor que él los entresijos de su empresa, ni siquiera para obtener una ventaja.
—Por lo que he descubierto, puede que sí.
—Bueno, entonces tendré que encontrar la forma de estar completamente seguro. —Eché otro poco de whisky en el vaso.
—Te la vas a tirar, ¿verdad?
—Si es necesario, sí. —Aunque me acostaría con ella de todos modos. El resto sería un daño colateral—. Es justo lo que estaba esperando.
—¿Su asistente?
—Cualquiera que estuviera dentro. —Incliné el vaso y dejé que el líquido se deslizara por mi garganta—. Por fin acabaré con Dante.
Colgué y volví a mirar entre mis contactos, buscando a mi cita de esa noche. Alguien iba a tener que aliviar la tensión que sentía, y desde luego no iba a ser mi mano.
Dos semanas después
Ivy
—Necesito el informe de errores de la última actualización de diagnóstico del stock de capital, junto con los informes de la cuenta Black Spell —dijo el señor Devereux, sin mirarme, mientras escribía un correo.
Lincoln Devereux no había bromeado cuando dijo que no era fácil trabajar para él. El hombre carismático que me había sostenido en sus brazos y me había ofrecido pasar una noche con él no se parecía en nada al señor Devereux, mi jefe.
Quizá trabajar para Dante no hubiera sido tan malo después de todo. Aunque también era cierto que me gustaba que el señor Devereux me tratara como algo más que a un par de tetas sin cerebro. Bueno, algunos días me trataba como si no tuviera cerebro alguno.
Cómo me habría gustado mirar por un agujerito la semana siguiente a la que me marché de Kilgore Industries… Mi último «Que te den, Dante» había sido limitarme a hacer únicamente lo que marcaba la agenda del día. Y él me había dejado un mensaje iracundo en el buzón de voz:
Me estás jodiendo por un hombre sin escrúpulos que te destruirá sin dudarlo.
Fue un comentario bastante raro, que solo pude achacar a la rivalidad que mantenía con el señor Devereux. Durante todo el tiempo que trabajé para Dante, nunca le gustó mi actual jefe. Siempre creí que era porque le cabreaba, incluso asustaba, que los clientes dejaran Kilgore para irse a dcs.
Busqué en la pila de papeles que estaba sujetando y saqué una carpeta.
—Aquí está el diagnóstico del stock de capital. Ha llegado hace unos minutos. Voy a llamar al centro de asistencia para lo de Black Spell.
Miró la carpeta y después volvió a centrarse en sus monitores.
—No hable con ese imbécil de Davidson. Quiero el del mes pasado y el de este mes. —Señaló su taza de café—. Está vacía.
—Se la lleno ahora mismo.
Había aprendido de la peor manera que tenía que rodear su escritorio para coger la taza. Y es que lo que terminó convirtiéndose en el desastroso incidente del café obedeció a dos razones diferentes.
El primer error que cometí fue encargar que trajeran uno. Después de una semana en el puesto, todavía estaba aprendiendo cómo funcionaban las cosas allí. En cuanto le dejé la taza en el escritorio, dio un sorbo y la rechazó de inmediato.
—¿Qué mierda es esto? —Torció la boca en un gesto de repugnancia.
—Lo siento, ¿está malo?
—Tiene azúcar suficiente para matar a un elefante diabético. De modo que sí, está asqueroso. —Miró la taza con desagrado—. ¿Qué le ha puesto?
—He pedido que lo trajeran de abajo.
Se quedó callado un instante y entrecerró los ojos.
—Tiene una máquina de café a unos tres metros de distancia con una nota pegada a ella con instrucciones precisas de cómo lo quiero.
—No sé cómo funciona.
—Pues imagíneselo. Aparte esa bazofia de mi vista y tráigame un café. Ya.
—Sí, señor. —Me incliné sobre su escritorio y cogí la taza.
Seguía sin saber si la agarré con demasiada fuerza o si fue porque la tapa se había abierto cuando dio el sorbo, pero el líquido oscuro se derramó por toda la mesa y sobre la manga de su chaqueta.
—Joder —espetó mientras se ponía de pie de un salto y se quitaba la chaqueta.
—Oh, Dios mío, lo siento mucho, señor.
—Sentirlo no es un pretexto para la estupidez.
—Ha sido un accidente.
—Puede, pero ha manchado todos los papeles de mi mesa. —Me lanzó la chaqueta, que apenas logré coger sin derramar más café—. Que la limpien. La quiero de vuelta para el almuerzo.
—Pero eso es dentro de media hora —señalé.
—Y antes de eso, limpie este puto desastre. Vamos, señorita Prescot, muévase.
Después de dos semanas, todavía seguía haciendo malabares, asimilando la nueva información, organizando sus días e intentando conseguirle todo lo que me pedía sin que apenas me dijera cómo hacerlo o me diera alguna referencia. Solo con las siglas y abreviaturas ya tenía bastante. Había recibido un curso acelerado, y existía una lista con los elementos esenciales.
La última asistente eficiente que había tenido también había dejado una carpeta con la información necesaria. Pero durante el último año desde su marcha, todos los ayudantes e interinos que habían pasado por el puesto la habían manoseado tanto y habían añadido tantas cosas que era prácticamente imposible entender nada.
Por suerte, había hecho una amiga. Trabajaba unas plantas más abajo, para uno de los ejecutivos de nivel medio. Me había topado con ella la primera semana, en uno de los días en los que me había perdido buscando algo. Desde ese momento, tuvo la amabilidad de ayudarme y servirme de guía.
—Si no está en su carpeta personal, estará en la intranet —me dijo por teléfono.
Llevaba veinte minutos buscando la información de la cuenta de Black Spell, después de que el encargado del centro de asistencia me dijera que estaba en la carpeta de la cuenta y me colgara. Tenía la impresión de que mis innumerables predecesores habían dejado mal sabor de boca a muchos y que todos asumían que no duraría mucho en el puesto.
—Ábrela, luego ve a la carpeta de clientes y encuentra el nombre, y allí deberían estar casi todos los documentos que él te va a pedir.
Tomé algunas notas mientras seguía sus instrucciones.
—Muchas gracias, Alex.
—De nada. Tengo un hueco para almorzar a mediodía. ¿Y tú?
Miré la agenda.
—Si puedes esperar unos minutos, puedo escaparme a eso de las doce y cuarto.
La oí reírse al otro lado del teléfono.
—Puedo esperar.
Allí los minutos pasaban volando. Me gustaba estar ocupada, pero en esa oficina mi cuerpo vibraba de anticipación en todo momento. Casi como si estuviera esperando algo, aunque no sabía qué. Quizá fuera una reacción física a la ansiedad. En todo caso, fuera lo que fuese, no tenía ni un segundo libre para tomarme un respiro. Si no tenía que atender una llamada, me llegaba un correo o debía acompañar a mi jefe a una reunión en la que también tenía que tomar notas o enviar más correos.
Y jamás había estado tan bien equipada. En la empresa de Dante tenía un portátil y un teléfono. En dcs me habían dado una tableta, un teléfono y un portátil, todos ellos sincronizados entre sí para poder trasferir la información al instante. Requería de un proceso de aprendizaje, pero facilitaba un montón las cosas.
La puerta de la oficina se abrió, pero estaba demasiado absorta en terminar un correo para levantar la vista.
—Mmm, ¿señorita Prescot? —dijo una vocecita que llamó mi atención.
Alcé la vista y me encontré con una chica rubia de aspecto frágil, con unas gafas de montura de metal negras, que me miró con timidez con sus enormes ojos marrones. Parecía muy asustada.
—¿Sí?
—Hola, soy Stacey Collins, la becaria…
Al notar la absoluta falta de confianza en su voz, enseguida sentí pena por ella.
Me sonaba haber recibido un correo sobre la incorporación de una becaria, pero había tenido que asimilar tanta información que ni me había acordado.
—Hola. Por favor, llámame Ivy. —Le tendí la mano y ella me la estrechó con suavidad—. Lo siento mucho, se me ha olvidado por completo que venías, así que no sé muy bien qué tengo que hacer ahora.
—Oh, solo he venido a presentarme. Hoy tenemos que ir a una reunión para becarios.
Espiré y le sonreí.
—Mejor. Así tengo más tiempo para prepararme. Estarás aquí el lunes, ¿verdad?
Asintió.
—Estoy deseando que empieces —dije. Me aseguré de ofrecerle mi sonrisa más amable.
Ella se despidió de mí con un leve gesto de la mano y se marchó. Contemplé cómo se iba, temiendo que se desmayara antes de salir por la puerta. ¿Cómo había conseguido trabajar de becaria para Lincoln Devereux? Se la iba a comer viva.
Me apresuré a escribir un correo al departamento de mantenimiento para que trajeran una mesa nueva y al centro de asistencia técnica para que le proporcionaran un portátil con los programas necesarios. En teoría, de eso tenía que encargarse el departamento de becarios, pero quería que se hiciera en ese momento y no la semana siguiente. A veces, ser la asistente del director ejecutivo tenía sus ventajas, como conseguir lo que necesitabas lo antes posible.
