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Una boda. Un hijo. Cinco años. Diez millones de dólares. Esas son las condiciones de nuestro contrato. Mi oferta es firme, atrevida y obligada: necesito casarme y tener un heredero para conseguir mi herencia. Ella cree que su cláusula de que no tengamos sexo evitará que sienta su piel sobre la mía. Está muy equivocada. La familia De Loughrey gobierna el mundo, y yo soy su rey. Consigo lo que quiero, y lo que quiero es a ella. La tendré en mi cama, cueste lo que cueste.
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Seitenzahl: 646
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Título original: Wicked Rule
Primera edición: enero de 2023
Copyright © 2021 by K. I. Lynn
© de la traducción: Lorena Escudero Ruiz, 2022
© de esta edición: 2023, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-19301-40-6
BIC: FRD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografía del modelo: Curaphotography/Depositphotos.com
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
Familia De Loughrey
Nota al lector
Diez meses atrás...
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Epílogo
Agradecimientos
Nota de la autora
Banda sonora
Contenido especial
Atticus Charles de Loughrey (1927-2020)
– Elizabeth (Barret) de Loughrey (1929-2003)
•Charles de Loughrey – Vera (Alderidge) de Loughrey
¤Atticus William de Loughrey
¤Elizabeth (de Loughrey) Alcott – Preston Alcott
-Madeline Alcott
-Bennett Alcott
¤Hamilton de Loughrey
¤Penelope de Loughrey
¤Genevieve de Loughrey
•Henry de Loughrey – Victoria (Rothchild) de Loughrey
¤Rhys de Loughrey
¤Adrianna de Loughrey (fallecida a los 15 años)
¤Atlas de Loughrey
¤Silas de Loughrey
¤Georgiana de Loughrey
•Katherine (de Loughrey) Montgomery – William Montgomery Jr.
¤William Montgomery iii
¤Adele Montgomery
¤Nathaniel Montgomery
•James de Loughrey (fallecido a los 27 años)
•Hugh de Loughrey – Caroline (Whitney) de Loughrey
¤James de Loughrey
¤Daniella de Loughrey
¤Annabelle de Loughrey
¤Jaqueline de Loughrey
¤Jackson de Loughrey
•Jaqueline de Loughrey (fallecida a los 4 meses)
Querido lector:
¡Muchas gracias por llegar hasta aquí! Reglas perversas ha sido una obra de amor. Todos aquellos que me seguís sabéis que este invierno pasado no ha sido nada fácil, ¡pero al fin lo he conseguido!
La serie The Heartless Kingdom fue una idea nacida en 2019, y de inmediato supe que iba a ser una serie de muchos libros. Los títulos surgieron de inmediato, y en nada de tiempo ya tenía a ocho miembros de la misma familia listos para salir a la luz.
Este libro, Reglas perversas, es largo. ¿Por qué? Porque establece el escenario para el resto de la serie. Se introducen los otros ocho de esta saga familiar enorme, al igual que la manera en que funcionan sus mundos.
Será el libro más largo de la serie; el siguiente será más corto, pero no menos intrincado.
Diez meses atrás…
La mujer que tenía debajo ardía, cálida y húmeda. Cada gemido de sus labios, cada jadeo tras mis profundas embestidas, me provocaban una descarga que me recorría toda la columna vertebral.
Encontrarme mirando a los irresistibles ojos de esa sirena rubia no era el resultado que había esperado cuando salí a tomar unas copas con mi primo a una de las discotecas pijas de las que era dueño. No solía escoger mujeres para una sola noche, y, cuando lo hacía, desde luego, no me las llevaba a casa.
Bueno, no exactamente a casa. A mi hotel.
Unas horas antes había atravesado a regañadientes el umbral de una cloaca a la que llamaban discoteca. De inmediato la piel comenzó a picarme, y luché contra las ganas de darme la vuelta y retirarme a mi santuario, pero alguien me colocó un brazo sobre los hombros y me detuvo.
—Ni te lo imagines, primo —dijo Rhys guiándome hacia el gentío y abriéndose paso a través de todos esos cuerpos en movimiento.
La música tronó con fuerza al pasar junto a los altavoces, y la cabeza me pulsó al mismo ritmo.
—Esto no es necesario —dije al acercarnos a la cuerda de terciopelo que había al principio de unas escaleras vigiladas por unos guardas de seguridad.
—¡Buenas noches, Omar! —saludó Rhys con una sonrisa jovial.
El guarda le sonrió también.
—Buenas noches, señor De Loughrey —contestó, y después soltó la cuerda y se hizo a un lado—. Que lo pase bien.
—Ese es el plan —replicó Rhys a su espalda, mientras subía las escaleras en dirección a la zona vip.
Tras una larga y ardua lucha que me había llevado toda una semana, lo único que quería era tirarme en la cama y no moverme durante unas cuantas horas, pero, como de costumbre, lo que yo quería nunca contaba.
—Relájate. Estamos a punto de disfrutar de la noche y puede que de la compañía de una mujer o dos. A lo mejor tres, si tenemos suerte.
Las ratas de discoteca no eran de mi gusto, aunque eso no significaba que no pudiera disfrutar de las vistas.
Entramos en la sala privada, ocupada con sofás y una mesita y oculta por unas enormes y densas cortinas. Poco después, una camarera apenas vestida entró y tomó nota de nuestras bebidas.
—¿Quieres relajarte?
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—Dijo la serpiente.
—Al león. Si alguien se va a comer a alguien, ese eres tú.
Solté un suspiro y me froté la barba incipiente.
—Tenemos que celebrarlo.
—Hace ya seis meses —rebatí.
Él puso los ojos en blanco.
—Seis meses desde que te nombraron director general, y no has celebrado ni una vez ese logro.
—Es difícil celebrar algo que siempre supe que iba a ser mío.
—Sigue siendo un logro. No lo conseguiste solo porque seas el primogénito. Te has dejado el culo para llegar hasta lo más alto.
Tenía razón. Desde pequeño me habían inculcado que tenía que ser el mejor, y que solo el mejor podría guiar el legado De Loughrey hacia el futuro. Si no llegaba a lo más alto, la batuta pasaría a quien lo mereciera de verdad.
La música me hizo acercarme a la barandilla, y escudriñé la multitud, en tanto que las luces parpadeaban al ritmo de los bajos que surgían de los altavoces. El volumen era demasiado alto para mi gusto, pero Rhys tenía razón: necesitaba celebrarlo.
Durante años lo había sacrificado todo por escalar hasta la cima, hasta tal punto que la empresa era toda mi vida. Pasaba cada minuto del día pensando en los diversos engranajes de nuestra empresa familiar, de casi doscientos años de antigüedad. Habíamos conseguido salir ilesos de las batallas de la Revolución Industrial, sobrevivir a la Gran Depresión y avanzar a pasos agigantados en la era digital.
—¿Eso que veo entre tanto pelo rubio son canas? —dijo Rhys, haciendo que me percatara de su proximidad.
Me giré hacia él y lo miré con los ojos, de nuevo, entrecerrados. Los suyos, de color gris, brillaban divertidos. Eran del mismo color que los de mi hermano pequeño, Hamilton. Los mismos que los de mi padre y de mi tío, aparte de mi abuelo.
Los ojos de un depredador.
Una observación interesante.
Los míos eran azules, como los de mi madre: lo suficientemente cálidos como para resultar atrayentes, fríos para mantener las distancias y calculadores para asustar hasta a los de una constitución más fuerte.
—No más de las que te salen de esos rizos oscuros. Necesitas un buen corte.
Rhys se pasó una mano por el pelo, que parecía haber superado el punto de necesitar ser cortado desde hacía semanas.
—Es mucho mejor así, para que me lo agarren y tiren de él cuando estoy metido entre las piernas de una mujer.
No iba mal encaminado con esa idea. Me picó el cuero cabelludo solo de ganas de que me hicieran eso mismo.
—Apuesto a que podemos encontrar algo precioso con lo que rematar tu noche.
—Sería más fácil llamar a Bridget o a Antonia. —Solía llamar a esas dos mujeres como acompañantes para los eventos o para pasar una noche, cuando necesitaba desahogo.
—¿Y dónde quedan la diversión y la emoción si lo hacemos? ¿El placer de una chica joven, hábil y atractiva que te caliente la polla?
Por desgracia, solo con describirlo me entraron ganas de tener justo eso.
—¿Dónde encuentras la energía?
—Para empezar, mi cerebro no está conectado a la empresa a cada instante. En segundo lugar, no gasto toda mi energía sobrante en el gimnasio. Y en tercer lugar, disfruto con la caza. Una polla hambrienta hará todo lo posible por colarse en un coño joven, húmedo y estrecho.
—¿Te das cuenta de que estás empezando a parecerte a Hamilton?
Él se encogió de hombros.
—Yo no soy tan… viril como lo es él. Mi apetito es mucho más refinado, y no lo sacio todas las semanas. Además, las muñecas sin cerebro que mete en su cama no me atraen demasiado. Prefiero la caza.
—Yo he venido a disfrutar de un rato de relax.
—Y no hay nada más relajante que correrse en la boca de una mujer aquí arriba, con cientos de cuerpos a solo unos metros más abajo.
—Lo tendré en consideración.
Él suspiró y se apoyó en la barandilla.
—Si no quieres hacer ningún esfuerzo, diles sin más quién eres. Ha habido chicas que se han peleado por subirse a mi polla solo con escuchar mi apellido. Todo el mundo conoce a los De Loughrey. Somos un puñetero icono americano.
Antes de poder pensar en una respuesta, la camarera llegó con nuestras bebidas y yo di unos cuantos sorbos, con gusto, a mi líquido ambarino.
Mientras lo hacía, vi que una mujer con el pelo corto y rubio salía de la pista y se dirigía hacia la barra. Parecía un poco fuera de lugar, lo cual me llamó la atención. Mientras que la mayoría de las chicas llevaban trozos de tela muy ajustados, ceñidos y con los pechos a explotar, la falda de su vestido flotaba a sus espaldas. Era un atuendo más propio para un cóctel de tarde que para una noche de fiesta. El azul marino contrastaba con su piel pálida, y había algo blanco que revoloteaba por la tela y que rompía con la uniformidad de color.
Nadie la seguía. Encontró un taburete vacío en el extremo de la barra. Mientras seguía hablando con Rhys, la iba observando de vez en cuando, y no se le acercó ni un alma.
Cuando me acabé la copa, volví a mirarla y todavía seguía sola.
La charla de Rhys sobre la caza, sumada a la relajación que me había proporcionado la copa, hizo que mi cerebro comenzara a funcionar a toda mecha.
—Voy a por otra.
Él frunció el ceño.
—Cindy volverá en un momento.
Me aclaré la garganta y me puse de pie.
—Da igual.
Negó con la cabeza.
—La barra está a tope. Yo no lo haría.
—Ahora vuelvo —dije sin esperar respuesta, y aparté las cortinas y bajé por el estrecho pasillo.
El corazón me palpitaba a un ritmo extraño al descender las escaleras y verla más de cerca. Parecía estar dándole sorbitos a un vaso de algo transparente.
¿Puede que un gin-tonic?
Había algo extraño en ella, aparte de su aspecto fuera de lugar. Iba vestida para salir, pero de manera conservadora en comparación con el resto de las chicas, con la falda del vestido con vuelo y hasta la mitad del muslo, y parecía no sentirse desinhibida a causa del alcohol. Tenía la mirada fija en la pared que había detrás del camarero, y la curiosidad me picó todavía más, hasta el punto de sentirme casi desesperado por saber qué le estaba pasando por la cabeza. Y eso me hizo acercarme a ella.
—¿Qué estás celebrando? —pregunté. Aquellas palabras me salieron incluso antes de darme cuenta de que me había inclinado hacia ella.
Ella dio un salto y se giró hacia mí, con los ojos marrones abiertos como platos. Normalmente no me atraían las chicas con el pelo corto, pero el corte pixie largo parecía sentarle bien. Tenía el rostro ovalado, los pómulos altos, los ojos grandes, una piel impecable y unos labios rosados y perfectos que invitaban a ser besados.
—Perdona. No pretendía asustarte.
Ella parpadeó y sonrió mientras negaba con la cabeza.
—No, lo siento, estaba distraída. ¿Qué me has preguntado?
—Que qué estás celebrando.
Ella suspiró y trató de sonreír.
—Es mi cumpleaños.
Fruncí el ceño.
—¿Y por qué pareces tan deprimida de que lo sea?
Ella miró el vaso que tenía en la mano.
—La verdad es que me estoy preguntando qué mierda hago aquí.
Miré a mi alrededor y me di cuenta de que ella no lo hacía, que no buscaba a nadie.
—Por favor, no me digas que estás sola.
Ella apartó la mirada y tragó saliva.
—Todo el mundo estaba ocupado.
Me eché hacia atrás. Había algo en ella que me atraía, algo que no me permitía dejarla sola… Mi pequeña ninfa del mar, sentada en una roca en soledad.
Extendí la mano.
—Ven conmigo.
—¿Qué? —Me miró la mano.
Se me escapó una risita.
—Tengo una mesa. Te ayudaremos a celebrarlo.
Ella negó con la cabeza.
—Gracias, pero creo que me iré a casa.
—Insisto. —Llamé la atención del camarero para que se acercase.
—Sí, señor. ¿En qué puedo ayudarle?
—¿Puedes enviar su bebida arriba, junto con una copa de bourbon, a secas?
—Sí, señor. —Cogió su bebida, a pesar de las protestas de ella.
—Y ocúpate de su cuenta.
—Sí, señor.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, con los ojos abiertos como platos.
Me aclaré la garganta y me miré la mano. Resoplando, la cogió, y yo disfruté del calor de su contacto mientras se bajaba del taburete, con el bolso en la otra mano. Cuando estuvo de pie, me puse su mano en el recodo del brazo y me la llevé. Una vez en las escaleras, la música iba perdiendo fuerza conforme nos íbamos alejando de ella. El guarda de seguridad que había allí me saludó con una inclinación de la cabeza y se hizo a un lado para dejarnos pasar.
—¿Cómo te llamas?
—Ophelia.
—Ophelia. Es un nombre precioso. Yo me llamo Atticus.
—¿Adónde vamos? Las mesas están por allí —dijo en tono receloso, señalando por encima del hombro.
Con el fin de tranquilizarla y hacerle ver que no estaba tramando nada perverso, le sonreí con calidez, algo que no solía hacer con muchas personas.
—A la zona vip.
Separó los labios y abrió los ojos todavía más. Llegamos al final de las escaleras y fuimos por un pasillo escasamente iluminado con cortinas enormes y espesas a un lado. Cuando estábamos por la mitad, separé las cortinas y la hice pasar.
Rhys abrió mucho los ojos cuando vio a la mujer que entraba en la sala privada.
—¿Quién es? —preguntó, sonriendo. Me di cuenta del brillo de sus ojos y de la sonrisita que puso de «Te lo dije».
—Ophelia —respondió ella, tendiéndole la mano. Rhys, letal como siempre, se la cogió y le dio un beso en el dorso.
—¿Qué he hecho para merecer a esta belleza?
Ella arqueó una ceja.
—¿Suele funcionarte esa frase?
Yo prorrumpí en carcajadas, sorprendiéndolos a los dos.
—Te he dicho que tus frases son demasiado rebuscadas, y, mira tú por dónde, acabo de demostrarte que tengo razón.
—¿Qué te ha dicho para hacerte venir hasta aquí? —le preguntó, y después me fundió con la mirada—. Y mis frases me calientan la cama todas las noches que quiero, sin falta.
—No me ha dicho demasiado, solo que lo siguiera.
—Tan directo como siempre, Atticus. Es sorprendente.
Lo miré con los ojos entrecerrados y di un sorbo a la copa que me había traído la camarera.
—Creo que hablar de manera directa suele funcionar.
—Ophelia, respóndeme a una cosa: ¿no funcionan contigo los halagos? Atticus es bastante descarado, y a menudo las mujeres lo llaman insensible, así que tengo curiosidad contigo.
—No han sido palabras en realidad, pero yo tampoco estoy segura de comprender cómo es que me he dejado llevar por él. Sí, me ha convencido de que viniera, pero eso no me convierte en suya.
Rhys se inclinó más cerca.
—¿Entonces eso significa que esta noche serás mía?
—No.
Sonreí ante su falta de dudas. No estaba cayendo en su embrujo.
—¿Por qué no?
—Porque eres demasiado turbio —respondió, sin pensárselo.
No pude evitar reírme de nuevo. ¿Qué demonios me estaba pasando? La confusión de Rhys por mi reacción quedó bastante clara en su mirada estupefacta.
—Se ha reído ya dos veces. Voy a tener que pedirte que vuelvas a llevártelo abajo y que regreses con el verdadero Atticus, pero antes de eso, ¿por qué me has descrito con tanta dureza? —El orgullo herido de Rhys estaba desparramado por toda la sala.
—Es por tu actitud. Por la sensación que me das.
—¿Y solo con eso confías más en él que en mí? —Rhys se sentía ofendido y divertido al mismo tiempo. Dado que a mí se me conocía como el rey perverso, encontraba interesante que ella se fiara en lo más mínimo de mí.
—Tiene una buena intuición. Los abogados letales son turbios de cojones.
Él me miró con los ojos entrecerrados.
—¿Quieres que te recuerde que tú también has sacado partido siendo algo turbio?
Brindé con mi copa en su dirección.
—Cierto. Sin embargo, no estamos hablando de negocios, sino de la compañía de una mujer.
—¿Qué hacéis los dos aquí solos? —preguntó ella, poniendo fin a nuestra discusión.
Rhys se reclinó en el sofá.
—Tratando de desestresarnos después de una semana difícil.
Yo resoplé. Aunque Rhys solía ser reservado y despiadado, también tenía un lado juguetón. Era más sociable que yo, pero yo sabía por qué se tomaba una copa detrás de otra, por qué usaba una fachada. Yo veía el oscuro vacío que llevaba dentro, aunque fuese solo por asomo.
—¿A qué te dedicas, Ophelia? —pregunté, interesado en la pequeña ninfa que había a mi lado.
—Ahora mismo soy camarera.
Esperaba que fuese algo un poco más interesante, que me ayudara a comprender por qué me sentía atraído hacia ella. Aun así, mi curiosidad no quedó saciada.
—¿«Ahora mismo»? —preguntó Rhys, alzando una ceja.
Ella asintió.
—Tengo la carrera de biología y trabajé un tiempo en ventas farmacéuticas, pero no funcionó. Todavía no he encontrado lo que quiero hacer. —Eso ya era más interesante. Al menos, era inteligente—. ¿A qué te dedicas tú? —preguntó, mirándome. Pareció que se movía una corriente que no había detectado antes, y disfruté bastante del estallido de calor que circuló entre nosotros.
Miré a Rhys, y después le dediqué a ella una sonrisa tirante. No quería decírselo. Habría echado a perder el ambiente. Me lo estaba pasando bien de verdad.
—Al negocio familiar. Cosas aburridas.
—¿No tenías otra elección?
Apreté la mandíbula.
—La verdad es que no.
—Desde el día en que nació, tenía el futuro marcado —dijo Rhys, encubriendo la verdad y volviendo a dirigir su atención sobre el tema.
—¿Y qué hay de ti? ¿Eres abogado?
Rhys sonrió.
—Abogado corporativo.
Su respuesta no era mentira, pero había omitido que trabajaba en la empresa de la familia.
—Recuérdamelo: ¿es eso mejor o peor que ser un picapleitos? —preguntó ella.
Se me escapó otra carcajada. ¿Qué me estaba pasando? No solía divertirme con nada. Algo en mi pequeña ninfa lo estaba consiguiendo.
A pesar de lo que había dicho, sí que era mía, incluso aunque fuese solo por una noche.
—Me hieres, Ophelia.
Ella sonrió y meneó la cabeza.
—Dudo que haya algo que pueda herirte. ¿Cómo te ha llamado Atticus? ¿«Abogado letal»?
—Me gustan peleonas.
Ella se encogió de hombros y se giró hacia mí.
—¿Y qué hay de ti?
El corazón me bailó en el pecho cuando sus ojos marrones taladraron los míos.
—Peleona o no, para mí no hay diferencia. Disfruto de tu compañía sea como sea.
Se reclinó en el sofá, y sus hombros quedaron justo debajo de mi brazo. La corriente se intensificó, y comencé a sentir que de su cuerpo manaban pequeñas descargas que rozaban el mío.
—Él gana.
Quizá esa noche me llevara a alguien a casa.
Ophelia
El alcohol me calentó, pero no tanto como el hombre al que me había ido acercando milímetro a milímetro a lo largo de la última hora. A pesar de cómo había empezado la noche, me lo estaba pasando en grande con esos dos guapos extraños en una sala vip de Angelino.
Era una de las discotecas más famosas de la ciudad, y yo solo había salido porque me había invitado mi amiga Jennifer.
Que lo había cancelado a última hora. Daba igual. Casi no habíamos hablado durante los últimos años, pero vio una publicación en Facebook y me invitó.
Aun así, yo había acudido, había usado su nombre, que estaba en la lista —supongo que salir con un jugador de béisbol profesional tenía sus ventajas— y me había saltado la cola de gente que esperaba poder pasar de la entrada.
Me quedaban solo dos sorbos para volver a salir por la puerta y acabar temprano la noche cuando Atticus había aparecido a mi lado. Sus ojos azules me cautivaron, y su voz me puso nerviosa, y esas fueron las primeras cosas que me habían llamado la atención de ese hombre.
Tenía una sombra de barba que le acentuaba su marcada mandíbula, la nariz recta, un pelo castaño claro —o puede que rubio oscuro— peinado a la perfección y unas cejas de un tono similar que enmarcaban su mirada intensa.
Y sus labios.
De inmediato, mi cuerpo ardió como el fuego solo de imaginarme esos labios rozando mi piel. Me obligué a apartar la mirada y centrarme en el traje de color gris oscuro que se adhería a su cuerpo de la manera más perfecta.
Cuando lo cogí de la mano, me sorprendió gratamente su altura. Con casi uno setenta, yo me acercaba al metro ochenta en tacones, y él todavía me seguía sacando estatura.
Dos horas más tarde, estaba tan atrapada en su mirada, en sus labios y en su cuerpo como la primera vez que lo había visto. Su voz me dejó húmeda y sedienta desde el principio. Acababa de volver del baño a la sala vip, tras quitarme el tanga y metérmelo en el bolsillo del vestido, porque prefería el aire fresco a la sensación de humedad.
Cuando empujé las pesadas cortinas, me saludó la cálida sonrisa de Atticus.
—No te has escapado.
Yo arqueé una ceja.
—¿Quieres decir que debería haberme marchado?
Él se levantó y se acercó a mí, y yo fui hacia la barandilla. Rhys había desaparecido mientras yo no estaba y nos había dejado solos, acompañados de la atracción crepitante que nos hacía aproximarnos el uno al otro.
Tragué saliva con esfuerzo y miré hacia la multitud, tratando de acallar los pensamientos libidinosos que estaba teniendo con ese hombre tan guapo.
Mis caderas se mecieron al ritmo de la música y dejé que mi mente divagara. Se me escapó un jadeo, la piel se me erizó y moví las caderas con más lentitud.
Tenía el fuerte pecho de Atticus contra la espalda, y sus brazos a mis lados, arrinconándome contra la barandilla. La calidez de su cuerpo me dejó aturdida. El calor de su aliento contra mi cuello, seguido de un roce ligero de sus labios y su barba, me hizo apretarme contra su cuerpo.
—No hago esto nunca, pero tengo una habitación de hotel a tan solo unas manzanas. Odiaría que acabase la noche aquí —me dijo al oído, con una voz grave y ronca, profunda y rica, que me provocó un escalofrío por toda la columna.
Cada una de las palabras que pronunciaba ese hombre exudaba poder, y su tono proyectaba confianza.
Nunca había tenido un lío de una noche; sin embargo, con la química palpable que había entre el hombre que había detrás y yo, tenía la sensación de que eso estaba a punto de cambiar.
—Sería la primera vez para mí —dije, arqueando el cuello e inclinándome hacia él.
Dejó escapar un suave gemido antes de morderme el cuello con suavidad, justo debajo de mi oreja, enviando una descarga por todo mi cuerpo.
—¿Es eso un sí? —Meció las caderas contra mi culo, y la boca se me abrió solo de sentirlo, largo y duro, contra mí.
Moví las caderas y me froté durante un momento, antes de girarme hacia él. Tenía los ojos oscurecidos, y los labios a tan solo unos milímetros. Eché la cabeza hacia atrás y le mordí el labio inferior. Después se lo recorrí con la lengua para aliviarle el escozor, y me encantó la manera en que sus ojos se oscurecieron todavía más.
—Sí.
Levantó la mano y me agarró de la barbilla, evitando que me moviera mientras sus labios tomaban posesión de los míos.
—Vamos.
Rhys entró justo cuando estábamos saliendo y nos miró primero con cara de sorpresa y con una sonrisa de suficiencia después.
—Pasadlo bien —dijo, guiñando un ojo.
—Buenas noches. Gracias por la diversión —le dije, mientras Atticus me sacaba de allí hacia el pasillo.
Actuó de manera casi frenética al arrastrarme a través de la multitud, pero cuando llegamos a la calle, se relajó.
—No quería perderte —fue lo único que dijo en tanto que reducía el paso.
Noté mi mano caliente contra la suya durante todo el paseo de unas cuantas manzanas hasta Le Magnifique, un hotel de cinco estrellas en el que nunca me habría podido permitir alojarme.
Su tacto era enérgico de una manera desesperada, y prendía el fuego en mi interior a cada movimiento. No parecía poder soltarme la mano, y cuanto más caminábamos, más fuerte me la agarraba. ¿Tenía miedo de que cambiase de opinión? Como si hubiese tenido otra elección.
Nunca me había sentido tan atraída hacia un hombre. Ni tan desesperada por sentir sus labios o su cuerpo contra el mío.
De alguna manera, nos las arreglamos para no devorarnos en el ascensor, pero nada más salir por la puerta, me empujó contra la pared y sus labios chocaron contra los míos. El fuego que se encendió en cuanto lo miré a los ojos azules se convirtió en un infierno furioso que me quemó las venas conforme la sangre iba recorriendo mi cuerpo.
Me sujetó la barbilla; sus dedos se me clavaron en la piel mientras me comía la boca, su otra mano me agarró de la nuca y se enredó entre los mechones cortos de mi pelo mientras trataba de poseerme.
Su lengua me provocó una sacudida que me recorrió por completo, y me sentí atrapada en su órbita, demasiado lejos como para notar que sus dedos tiraban de la cinta que tenía detrás del vestido hasta que la parte de arriba cedió y la tela quedó colgando de mis caderas.
Un pequeño tirón de la cremallera y mi vestido se hizo un ovillo a mis pies.
—¿No llevas bragas? —gruñó.
—Las he perdido.
—¿Perdido?
—Sí. Estaban mojadas de estar cerca de ti.
Soltó un gemido, y la intensidad que emanaba de él se incrementó.
—Dime por qué.
Mis dedos le apretaron el pecho, y me mordí el labio inferior.
—Porque cada palabra que pronuncias va directa a mi clítoris.
Sus labios se curvaron en una sonrisa de suficiencia.
—Pareces haber perdido toda tu ropa —dijo, haciendo descender la mirada y enviando llamaradas de calor por toda mi piel conforme me recorría.
—Es culpa tuya otra vez. Creo que querías verme desnuda.
Deslizó la mano entre mis muslos, y yo jadeé cuando sentí sus dedos rozándome el clítoris y después bajando hasta introducir dos de ellos en mi interior. Solté un chillido agudo, y mis músculos se tensaron por la repentina explosión de placer.
—Creo que tienes razón. ¿Quieres saber lo que yo sé? —preguntó. La mirada se me nubló, y mis labios se separaron mientras él entraba y salía de mí y deslizaba los dedos por mi clítoris a su paso.
—¿Q-qué es?
Me abrió la boca y metió el pulgar dentro, y yo lo lamí de inmediato y le provoqué un gemido de angustia.
—Que estarás preciosa cuando te corras en mi polla.
Estiré la mano y le agarré el paquete; de su pecho salió un gruñido, y me metió los dedos con más fuerza.
Joder, la tenía muy gorda.
Me echó la cabeza hacia atrás, y sacó el pulgar de mi boca al tiempo que sus dientes me arañaban el cuello.
Él tenía todo el control, y me gustaba.
—¿Sabes lo que será genial también? —pregunté. Cada vez respiraba con mayor rapidez, más y más cerca del orgasmo.
Me besó y me mordisqueó el cuello hasta llegar a la oreja, y después me mordió el lóbulo con suavidad.
—¿Qué?
Giré la cabeza todo cuanto pude para acercarme a su oído, y bajó la mano para apoyarla en mi cuello.
—Mis labios rodeando tu polla —murmuré, dándole un apretón. Él gimió, y después me mordió el cuello antes de quitarme las manos de encima.
Solté un gemido, pero cuando lo miré a los ojos el depredador que encontré me provocó una descarga en todo mi sistema.
—Ponte de rodillas. —Se quitó la chaqueta del traje antes de desabrocharse el cinturón y luego los pantalones. Cuando mis rodillas se apoyaron en el suelo de mármol, la tuve delante de mis ojos. Hacía tiempo que no había estado en una situación tan personal con un hombre, pero no recordaba haberme sentido nunca tan intimidada.
Todo mi cuerpo se sonrojó de expectación, y estiré la mano. Era cálida, pesada, gruesa. Yo no era pequeñita, pero mis dedos no alcanzaban a rodearla entera. Mi sexo se tensó, deseoso de tenerla dentro, llenándome, estirando mis paredes.
Levanté la mirada hacia sus ojos oscurecidos, que me observaban. Él extendió la mano y me cogió de nuevo la barbilla, antes de meterme el pulgar en la boca.
—Chúpala, así —gruñó, antes de soltarme.
Me incliné, recorrí con la lengua la parte inferior y lamí la punta antes de rodeársela con los labios. Volví a bajar, disfrutando de cada suspiro y cada susurro que salían de él.
—Tienes razón. Eres todo un espectáculo con mi polla llenándote la boca.
Lo solté, me agaché y le rodeé uno de los testículos antes de metérmelo en la boca. Soltó otra maldición entre dientes, y repetí la acción con el otro, mientras recorría su erección con la mano antes de volver a metérmela en la boca, lo más hondo posible.
—Joder, se te da bien. —Me cogió de la parte de atrás de la cabeza y me atraganté, incapaz de llegar hasta donde él quería.
Otro profundo gruñido vibró en su pecho, y me hizo levantarme. Solté un jadeo cuando me dio un toquecito doloroso pero placentero en el clítoris, antes de acercarse y cogerme del culo.
Sus dedos se hincaron en mis glúteos cuando me levantó, y mis piernas le rodearon la cintura por instinto.
—Tienes un culo increíble. Voy a disfrutar follándote por detrás y viéndolo rebotar mientras te meto la polla.
—Eso habrá que verlo —dije, antes de mordisquearle el cuello. Volvió a gruñir, y me quedé impactada al sentir un dolor agudo en el culo antes de que empezara a llevarme hacia el dormitorio.
Sentí la punta cálida de su polla golpear mi cuerpo a cada paso. Unos cuantos más, y el estómago me dio un vuelco cuando caímos sobre la cama. Sus labios se estamparon contra los míos, y me quedé perdida en el hambre insaciable con que me poseía.
Se separó y yo gimoteé, lo que me hizo ganarme otro toquecito en el clítoris.
—Eres una pequeña ninfa sedienta —dijo, mientras se quitaba la ropa. Primero fue la corbata y luego el chaleco, la camisa y la camiseta interior, hasta que al fin se quedó desnudo del todo.
El traje, que ya le quedaba como un guante, escondía el cuerpo de un dios bajo su tejido exquisito. Los músculos esbeltos, tensos, fuertes; el amplio pecho, los hombros y los abdominales definidos e incluso el músculo en «v» de su abdomen eran deliciosos, impactantes. Ese hombre representaba la perfección del cuerpo masculino.
Alargué la mano para quitarme los tacones, pero me la aferró para detenerme.
—Déjatelos puestos por ahora. —Me agarró un pecho, cogió el pezón entre sus dedos y tiró de él, haciéndome gritar—. Mmm… Me gusta ese sonido.
Se separó otra vez para sacar un condón del cajón de la mesita de noche y ponérselo. Apreté los muslos y me mordí el labio inferior, fascinada por el espécimen perfecto que tenía delante.
Me eché un poco hacia atrás en la cama cuando se acercó a mí. Con sus manos fuertes, me abrió los muslos y se lamió los labios, observándome el coño.
Me golpeó el clítoris con la polla, haciéndome saltar y mecer las caderas contra él mientras se colocaba.
—Voy a prometerte una cosa —dijo, y entonces unió sus caderas a las mías. Yo dejé de pensar cuando se introdujo, llenándome de una manera que no creía haber experimentado jamás. Me temblaron los párpados y abrí la boca. Colocó sus labios contra mi oído, pero seguía perdida en la impresión y el placer iniciales—. Voy a follarte tan fuerte que no podrás caminar cuando termine.
El ritmo que estableció fue duro e implacable, y mi espalda se arqueó con sus asaltos. Sus labios eran fuego y pecado, y yo ardía bajo su contacto.
—Atticus —gimoteé, echando la cabeza hacia atrás.
—Eres una pasada —gruñó.
Me cubrió el cuello de fuego líquido, ahogándome en deseo, y dejándome sedienta de más. Perdí la capacidad de pensar, consumida por el placer que me provocaba con cada embestida, cada vez más cerca del éxtasis.
—Mírame —ordenó. Volvió a cogerme la barbilla con la mano e hizo que inclinara la cabeza como él quería.
Me obligué a abrir los ojos, y al instante me perdí en la intensidad de su mirada.
Los gemidos guturales que surgían de él me hicieron estrecharlo cada vez más fuerte. Sus estocadas fueron más agresivas, más rápidas; se me escapó un grito al sentir que todos mis músculos se tensaban, y me dejé llevar.
—Eso es, córrete ya —masculló.
Casi ni me percaté de las últimas embestidas de sus caderas contra las mías, pero sí sentí que su polla se sacudía en mi interior.
Respiraba de manera entrecortada contra mi cuello, y supe que yo también estaba haciendo lo mismo.
Guau.
Ningún hombre me había hecho lo que Atticus me acababa de hacer. Para empezar, me había corrido. Muy fuerte. Y sentí que era tan solo un atisbo de lo que estaba por venir.
Además, la química que había entre los dos era algo fuera de lo común.
Tras unos minutos, se separó con una sonrisa relajada en la cara. Di un respingo cuando salió de mí, y enseguida eché de menos la sensación de tenerlo dentro.
Se levantó y se quitó el condón para tirarlo a la basura.
—¿Agua? —preguntó, dirigiéndose hacia la puerta.
—Sí, por favor. —Me di la vuelta para ver su culo pecaminoso alejarse.
¡Feliz cumpleaños, Ophelia!
La noche había dado un giro de ciento ochenta grados en comparación a cómo pensaba que iría cuando salí de mi apartamento.
Al regresar, me dio una botella de agua, que bebí con ansia mientras él se sentaba a mi lado. Tenía la carta del servicio de habitaciones en la mano, y la abrió antes de tendérmela.
—Tengo hambre. ¿Y tú?
Yo parpadeé varias veces.
—La verdad es que se me ha abierto el apetito.
—Pide lo que quieras. Vas a necesitar las calorías.
Un escalofrío me recorrió la columna al escuchar el tono crudo de su voz.
—¿De verdad?
Él sonrió con suficiencia.
—Todavía no he acabado contigo.
—Ah, ¿no? —pregunté, mordiéndome el labio inferior mientras leía la carta. Solté un suspiro de decepción—. No tienen demasiado a estas horas.
—Pide lo que quieras. No te preocupes por la hora.
—¿Qué te hace tan especial? —pregunté, muerta de curiosidad por saber de dónde provenía tanta confianza en sí mismo.
—Estamos en el ático. Confía en mí.
Y entonces caí en la cuenta: estábamos en el ático.
En algún momento de la madrugada ambos sucumbimos al agotamiento y nos quedamos dormidos. Cuando me desperté, me encontré acurrucada junto a Atticus, con la cabeza en su pecho y mis piernas envolviéndolo.
Eché la cabeza hacia atrás para encontrarme con sus ojos azules, que me observaban, y sentí la suave caricia de sus dedos por la espalda.
—Buenos días.
La cara me ardía, y aparté la mirada.
—Buenos días.
Parecía una de esas situaciones en las que me él echaría cuando hubiésemos acabado y yo iría a la estación de metro más cercana con vergüenza por notarse que llevaba puesta la ropa del día anterior, pero no fue eso lo que ocurrió en absoluto. Aunque no esperaba ni deseaba ninguna declaración de nada, disfruté inmensamente de la paz que nos envolvía, ligera y etérea, mientras la calidez de su piel contra la mía penetraba en mis huesos ávidos de afecto.
—¿Qué tal te encuentras? —preguntó, sin dejar de mover los dedos para acariciarme.
—Un poco dolida, pero bien. ¿Y tú?
—Yo tengo hambre.
Volví a levantar la mirada hacia la suya. La alegría se había esfumado y había dado paso a la oscuridad. Ese momento intenso se vio interrumpido por su estómago, que rugió bajo mi mano.
No pude evitar reírme, y él tampoco.
—¿Qué quieres primero?
—Mueve la mano un poco más abajo y creo que lo sabrás.
—El baño primero. —Me separé de él y eché de menos de inmediato su calidez cuando corrí a desahogarme. Al terminar, vi que Atticus entraba y cogía un cepillo de dientes del lavabo. Miré hacia el otro lavabo y me di cuenta de que había otro cepillo, así que hice lo propio y me lavé los dientes con rapidez.
Cuando terminó, se metió en la enorme ducha y abrió el grifo. No pude apartar los ojos de su polla mientras se balanceaba, dura y anhelante y completamente hipnotizadora, sobre todo después de lo sucedido durante toda la noche.
Me metió en la ducha con él y me apoyó la espalda contra los fríos azulejos. Justo como la noche anterior, me levantó, le envolví la cintura con las piernas y el agua caliente cayó sobre nosotros. Me provocó con sus labios, rozando los míos justo antes de separarse, y sonriéndome después. Antes de que pudiera volver a hacerlo, la agarré la cara entre mis manos y llevé su boca a la mía.
Lo que comenzó como un intercambio lánguido pasó pronto a convertirse en algo devastador. Y me encantó cada segundo. Solté un suspiro de dolor cuando noté la punta de su polla empujar a través de los labios de mi coño, y me hundí en él.
Entonces su frenesí dio paso a embestidas lentas, sensuales.
—Eres absolutamente divina.
Aunque dolorida por la noche anterior, comencé a notar una calidad creciente, que se intensificaba con cada embestida.
—Quiero correrme —siseó, agachando la mirada hacia donde estábamos unidos antes de volver a mis ojos. Metió una mano dentro y me acarició el clítoris con los dedos. Ambos gemimos, y apretó la mandíbula.
—Córrete, Ophelia. —La presión de sus dedos aumentó al ritmo de sus envites—. Necesito que te corras, nena.
Los muslos me temblaron, me tensé a su alrededor e incliné la cabeza para soltar un grito. Sus dientes se hundieron en mi cuello, y gimió al salir de mi interior, con la polla pulsando mientras salía semen de ella, que me caía sobre los pechos y el estómago.
Cuando nos erguimos, levanté la mano y llevé su frente a la mía.
—¿De dónde has salido?
Él se rio por lo bajo y presionó sus labios contra los míos.
—Venga, vamos a limpiar esto.
Después de lavarnos y secarnos, me tambaleé hacia la puerta en busca de mi vestido. Escuché una risita a mi espalda cuando me apoyé contra la pared.
—Sí, sí, muy buen trabajo.
Él volvió a reírse.
—Se me conoce por ser un campeón.
Con algo de dolor, debilidad y esfuerzo, me agaché y recogí mi vestido del suelo. Jadeé al notar sus manos en mis caderas, tirando de mí. Gimió al frotarse contra mi cuerpo.
—No me enseñes el coño si no quieres mi polla. Solo hace que te desee más.
Sentí que se endurecía detrás de mí.
—¿Te has tragado un tarro de viagra o algo?
—Tú eres la droga. No necesito otros estímulos. —Empujó las caderas, gimiendo—. Me encanta mirar este culo.
Me erguí, para decepción de ambos, pero eso no evitó que sus manos me recorrieran el cuerpo. Una se posó en mi pecho, mientras que la otra se metió entre mis piernas.
—Atticus —lloriqueé.
—Joder, me encanta la forma en que pronuncias mi nombre.
Incliné la cabeza en su hombro.
—Debería irme.
—¿Deberías?
—Ya ha pasado del mediodía. —Bueno, solo por unos minutos.
Me metió los dedos antes de llevarlos a mis labios. Yo los abrí, probando mi propio sabor tras lamerlos.
—Eres pura perfección —susurró en mi oído antes de alejarse, dejándome algo tambaleante—. Permíteme que te llame un coche.
Me subí el vestido y alargué una mano para atarme el cuello.
—No hace falta. Puedo coger el metro. —No quería esperar para evitar la incomodidad que estaba empezando a notar, pero me di cuenta de que mis muslos no querían cooperar, y me dejé caer sobre una silla que había cerca.
Atticus se rio por lo bajo y cogió su teléfono.
—Creo recordar que prometí follarte tan fuerte que no podrías caminar.
Lo había hecho, y, vaya, pensé que se trataba solo de otro gilipollas que fanfarroneaba. Pero no, cumplió su promesa, y podía sentirlo por todas partes.
—Vale, puede que no me oponga a un taxi.
—Creo que puedo conseguir algo mejor que esas cloacas.
Parpadeé varias veces. ¿Qué más opciones había?
—Hay un coche esperándote al salir cuando estés lista —anunció un momento después—. No puedo convencerte para que te quedes, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—Lo siento, tengo que trabajar esta noche.
Él me estrechó contra su pecho y me envolvió con sus brazos.
—Gracias por una noche perfecta —dijo, y me dio un beso en la mejilla y luego otro en los labios.
—Gracias por un cumpleaños memorable. Sin duda, no lo olvidaré nunca —admití. No creía que nada pudiera superar aquella noche.
—No te he preguntado cuántos cumplías.
—Veintiséis.
—Mmm.
—¿Mmm qué? —pregunté, sin saber si aquel sonido era bueno o malo.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, y me apartó un mechón de pelo.
—La mejor noche de mi vida la he pasado con una chica casi diez años más joven que yo. Inesperado.
—¿La mejor noche? —pregunté.
Él asintió.
—Ha sido un verdadero placer conocerte.
—Para mí también conocerte a ti.
—¿Sería demasiado presuntuoso de mi parte asumir que lo has pasado tan bien que quizá quieras verme de nuevo?
Me mordí el labio inferior, sonreí y asentí.
—Me gustaría mucho.
Posó sus labios sobre los míos para darme un último beso abrasador, y después, bajé al vestíbulo. Me quedé en las nubes al sentarme en la parte de atrás del sedán negro que Atticus me había pedido para llevarme a casa. Había sido, de verdad, la mejor noche de mi vida, y no pude dejar de sonreír durante todo el camino.
Pasaron unos cuantos días, y no supe nada de él. No podía negar que parte de mí estaba triste, pero teniendo en cuenta el traje que llevaba y la cara habitación en el ático, debía de ser un hombre ocupado.
Al menos, esos eran los motivos que me repetía a mí misma para aliviar el dolor que sentía en el pecho.
Una vez vi a un hombre y pensé que era él, pero cuando se dio la vuelta y me miró, comprobé que no lo era. Lo malo fue el completo bochorno de haber gritado su nombre, solo para que al final me hubiese equivocado.
Para no pensar en él me sumí en el trabajo. No llevaba mucho tiempo en 130 Degrees, solo poco menos de dos meses, pero me gustaba el ambiente del restaurante de lujo. Una comida para dos costaba un mínimo de doscientos dólares, y las propinas eran igual de buenas.
—Ophelia —me llamó Mitchell, mi encargado, haciéndome una seña con la mano.
—¿Qué pasa, jefe?
Fuimos a su despacho y cerró la puerta. Verle hacerlo me provocó un nudo en el estómago, porque era lo típico antes de decir «Estás despedida».
—Mañana vamos a tener una reunión de negocios importante. Vendrán nuestros inversores.
—Vale.
—Quiero que te encargues tú.
Parpadeé varias veces, contenta de que fuese totalmente lo contrario de lo que había imaginado.
—¿Yo? ¿Qué hay de Chris o de Megan? Llevan más tiempo aquí. Yo sigo aprendiendo.
No es que no me sintiera agradecida, pero seguía siendo la chica nueva.
—Son buenas, pero tú tienes mejor sintonía con los clientes. Les gustas. Necesito que tu personalidad brille y que les demuestres a esos hombres por qué son tan caros los platos aquí.
—Mi sonrisa no vale otros cien dólares en la cuenta.
Él se rio por lo bajo.
—No, pero se te da muy bien combinar los sabores y asegurarte de que todo está perfecto.
—Gracias. De verdad, gracias.
Me sonrió.
—Mañana no será fácil, pero tendrás ayuda. Haz que me sienta orgulloso.
—Lo haré. Lo prometo.
A la mañana siguiente me aseguré de que la enorme mesa para banquetes estuviera preparada de manera impecable.
Tenía el estómago encogido por la expectación mientras lo preparaba todo. Quería dar una buena impresión tanto mía como del restaurante. Sería mi primera gran fiesta, y contaría con la ayuda de Drake. Era un poco inquieto, pero amable.
—Ophelia, ya han llegado —me avisó Mitchell, asomando la cabeza en la cocina. Yo lo miré y asentí. Tenía los nervios a flor de piel, y solté el aire antes de salir.
El ambiente en la mesa clamaba dinero y poder, y yo escudriñé las caras, tratando de adivinar qué querrían beber. Cuando llegué al principio de la mesa, se me desencajó la mandíbula. Él no había levantado la mirada, pero solo habían pasado unos días, y era imposible que lo olvidara.
Sentado a la cabeza de la mesa estaba, nada más y nada menos, que mi lío de una noche, guapo a rabiar. Cuando nuestras miradas se encontraron, noté que me reconocía, pero pronto de esa expresión pasó a una de desagrado.
¿Qué coño es eso?
Me tragué el dolor y la decepción que me provocó, porque en ese momento me di cuenta de que no me iba a llamar nunca, y compuse una sonrisa falsa para ocultar que se me estaba rompiendo el corazón. Fue una reacción estúpida, pero de verdad pensaba que habíamos conectado.
Al parecer, yo era la única que lo creía. Era evidente que estaba fuera de mi alcance, pero no había podido evitar planteármelo. Aquello había pasado a la historia, y tenía que borrar esa noche de mi mente, arrancarme la profunda tristeza que me provocó aquella mirada y olvidar la mejor noche de mi vida.
—Buenos días, señores. Me llamo Ophelia, y hoy estaré a su servicio.
En la actualidad
Atticus
Mi abuelo ha muerto.
Me había repetido esas cuatro palabras una y otra vez, pero la respuesta en mi interior seguía siendo la misma. No tenía ninguna sensación parecida a la angustia, ni tampoco una pizca de tristeza. Era más alivio que otra cosa.
Nunca fue un hombre cariñoso, y yo lo respetaba, pero nunca lo quise. Era duro y brusco, y había convertido mi vida en un infierno.
Me había convertido en el hombre que ahora era.
—¿Vienes? —me preguntó mi hermano Hamilton al verme en el salón.
—Preferiría no hacerlo. —No iba a salir nada bueno de entrar allí.
—Es la lectura de su testamento, y tenemos que estar todos presentes. Por favor, no me tortures hoy prolongándolo.
Solté un suspiro antes de seguirlo al abarrotado salón. Todos iban vestidos de negro, pero pocos lamentaban su muerte. Los más avariciosos solo querían saber lo que les había dejado, y yo estaba bastante seguro de no querer escuchar cuál sería el último puñetazo que me iba a lanzar el viejo.
Las veinte sillas que había en torno a la mesa estaban ocupadas. A la cabeza estaba mi padre, y en el otro extremo, el abogado de la familia, Alexander Corwin, junto a quienes supuse que debían de ser empleados de su empresa que lo asistían.
Me quedé contra la pared, al lado de Hamilton, y con mi primo, Will, al otro lado. En todas las paredes había familiares De Loughrey, todos en fila, esperando ansiosos su turno, y la galería que salía del segundo piso también estaba repleta.
—¿Están todos presentes? —preguntó Alexander, recorriendo la habitación con la mirada.
Por el grosor de la carpeta que tenía delante, íbamos a tardar una vida, sobre todo con una sala llena con unas setenta personas.
—Estamos hoy reunidos para la lectura del último testamento de Atticus Charles de Loughrey.
A sus hermanos, mis tíos abuelos, les dejó dinero y objetos personales.
Como era de esperar, el grueso del dinero, las acciones y las propiedades, además de otros objetos personales, fueron para sus hijos: mi padre, el tío Henry, la tía Katherine y el tío Hugh.
Después llegó mi turno, como el mayor de mi generación.
—«A mi nieto Atticus William de Loughrey le lego Stronghold». —Alexander hizo una pausa y miró a su alrededor—. Esta residencia —aclaró, antes de continuar—. «Y el cargo como principal cabeza visible de la familia De Loughrey. Además, asumirá el puesto de director general de la Corporación De Loughrey y, con ello, heredará todas mis acciones en la empresa al cumplir cuarenta años».
Entrecerré los ojos. ¿Por qué me había convertido en el principal accionista?
Y yo no era el único que se lo preguntaba, porque un montón de pares de ojos se dirigieron hacia mí. Había trampa. Lo sabía.
Ya sabía que me iban a ascender como cabeza de la familia De Loughrey, el patriarca de todos, y eso era lo único que no me sorprendía. Tras retirarse mi padre, aunque lentamente, la corona había ido recayendo en mí. Hubo un cambio casi palpable en el ambiente: un aura de respeto y obediencia.
Era el día en que sería coronado.
—Disculpa, Atticus. Sé que ya eres el director general. Este testamento tiene dos años.
—No pasa nada, Alexander.
—Todavía hay más.
Pues claro que hay más.
—Para poder recibir tanto las acciones como Stronghold y conservar además su cargo de director general y cabeza de familia, debes cumplir dos condiciones. Atticus Charles lo había invertido todo en un fideicomiso con intereses condicionados, lo que significa que Atticus William solo accederá a sus derechos sobre la propiedad y las acciones tras cumplir las condiciones. Y estas son las siguientes: «Si Atticus no está casado en el momento de mi muerte, tiene un año para hacerlo o renunciar a todo. Además, deberá engendrar un heredero antes de cumplir los cuarenta años. Ambas condiciones deberán cumplirse antes de las fechas indicadas o no recibirá nada. En caso de no cumplirlas, los objetos mencionados pasarán a mi segundo nieto, Rhys Geoffrey de Loughrey, quien deberá satisfacer los mismos requisitos. Y así sucesivamente, con todos mis nietos varones, hasta que alguno de ellos lo haga».
Joder.
Joder, joder, joder.
El viejo no daba el brazo a torcer.
«Obedece o perderás todo para lo que te he estado preparando».
Incluso podía escuchar esas palabras con su voz, y sentir su mirada fija en mí.
Nunca le gustó que, de sus más de una docena de nietos, ninguno se hubiese casado, a excepción de Elizabeth. Sin embargo, a ella ya no la consideraba una De Loughrey, porque no era un hombre y porque ya no llevaba el apellido de la familia. Siempre subestimando a Elizabeth y a las mujeres en general…
Cuando mi padre llegó a mi edad, ya tenía muchos hijos. Y lo mismo pasaba con mis tíos y mi tía. Por tanto, mi abuelo creía que todos debíamos tenerlos.
Buena jugada, abuelo.
También me había dejado algunos millones de dólares y unas piezas de arte. Se repartieron todavía más dinero y propiedades, divididos entre mis hermanos y primos, y se creó un fideicomiso para once de las propiedades De Loughrey en todo el mundo. Solo era la punta del iceberg, porque la familia tenía muchas más. Eran las viviendas más antiguas, motivo por el que me resultaba curioso que me hubiese dejado Stronghold a mí. Había pertenecido a mi familia desde mi tatara-tatarabuelo. Era la primera evidencia de las riquezas de los De Loughrey que podía rivalizar con las de los Vanderbilt. En mi opinión, debería haber sido la propiedad suprema del fideicomiso.
A cada pocos minutos que hablaba, Alexander bebía un trago de agua, y después de dos horas tenía la voz ronca. Cuando acabó, toda una sinfonía de papeles revoloteó por la sala de manos de sus asistentes.
A golpe de bolígrafo acepté todo, incluyendo mi cargo, mi estatus y las condiciones que había estipulado.
Era el nuevo jefe.
El rey de los De Loughrey.
—Ha tenido la última palabra, como siempre —dijo Hamilton a mi lado cuando un asistente me entregó mi copia.
Todavía teníamos que encargarnos de más papeleo, pero eso debía esperar para otro momento.
—No debería sorprenderme, pero lo ha hecho.
Cuando Alexander se levantó, empezamos a dispersarnos; algunos se marcharon a casa y otros se quedaron charlando mientras esperaban la cena. Conforme la familia iba pasando a mi lado me iba felicitando y estrechándome la mano. Sin embargo, no todos estaban contentos con la nueva estructura o distribución del poder de las excesivas riquezas de mi abuelo.
—Esto no es justo. Atticus se ha llevado demasiado —dijo Daniel, obligándome a detenerme.
Me giré hacia él.
—Era tu tío abuelo. ¿Por qué te iba a dejar más a ti que a su primer nieto y sucesor?
Se quedó parado, porque no sabía que yo estaba allí. Daniel tenía veinticinco años y poca presión a sus espaldas y representaba el estereotipo de las familias como la nuestra al comportarse como un niñato malcriado.
—Yo…
Me adelanté hacia él, lo cual le hizo callar.
—¿No se ha estipulado en tu fideicomiso que puedes mantener un trabajo?
—S-sí.
Débil. Tan débil que me hizo arder de rabia.
Me acerqué más a él para asegurarme de que notara la aversión en mi expresión y las llamas en mis ojos.
—Entonces alégrate de estar siquiera aquí. Cállate y sal antes de que te despida.
Se le pusieron los ojos como platos. Patético. ¿De dónde salía una sangre tan débil?
—No puedes despedirme.
Arqueé una ceja. ¿Me estaba contestando? Se me escapó una risita.
—Ponme a prueba —gruñí.
Vi cómo se le movía la nuez y la cara se le quedaba lívida. Inclinó la cabeza a modo de sumisión.
—Lo siento, Atticus.
De vez en cuando alguno de los miembros mimados de la familia se hacía el valiente. Pensaba que era más de lo que realmente era. Los ejemplos se daban para mantener todos los egos a raya, y esa premisa mía acababa de encontrar el primer objetivo.
Había que pisar fuerte para reprimir la insubordinación. Lo que se les pedía a todos era algo trivial: que se comportaran. Aun así, me sorprendía la frecuencia con la que algunos se pasaban de la raya.
Daniel se escabulló con Petra y Phillip, por suerte, en dirección hacia la puerta principal.
Cuando desaparecieron de mi vista, saqué mi móvil y, con solo un mensaje breve, bloqueé todas las cuentas de Daniel. Iba a ser una medida temporal, pero la histeria que sentiría al enterarse de que no tenía dinero enderezaría su actitud.
—Atticus —me llamó mi padre.
Me volví a meter el móvil en el bolsillo y alcé la mirada. La sonrisa de sus labios, junto con la energía frenética que emanaba de su mirada, hicieron que me rechinaran los dientes. No habían pasado ni cinco minutos y ya estaba tramando algo.
—No te preocupes: tengo a la mujer perfecta para ti —dijo, deteniéndose delante de mí.
—¿Disculpa?
—Un matrimonio concertado. Hay una chica…
—Para —lo interrumpí—. No digas más.
¿Cuántas veces habíamos tenido la misma discusión a lo largo de la última década?
Su mirada se endureció.
—No te pongas difícil, Atticus. El matrimonio con una familia influyente es la solución perfecta.
—Me niego.
—¿Te niegas? —se mofó—. No estás en situación de negarte.
—Yo soy el patriarca ahora, no tú —espeté.
—¿Cómo puedes ser el patriarca cuando ni siquiera tienes hijos? —afirmó con desprecio.
—Escúchame bien, padre, porque no lo voy a volver a repetir. —Levanté la voz para que me escuchara todo el mundo—. Yo soy tu rey. No importa que seas mi padre. Yo gobierno a la familia, no tú. Si el abuelo hubiese muerto diez años antes, la responsabilidad habría recaído en ti, pero tú ya te estás jubilando y soy yo quien dirige la empresa.
—Yo soy tu padre, y haré lo que sea necesario para que tengas éxito. Te casarás con la mujer que elija yo.
—Nunca accederé a un matrimonio concertado, así que quítatelo de la cabeza —bramé tras habérseme agotado la paciencia.
—Llegarás a pensar como yo.
—Viejo cabezota… Tienes que ponerte de mi parte; de lo contrario, te aplastaré.
—No eres lo suficientemente fuerte, hijo.
—Yo no me pondría a prueba.
—No tienes poder sobre mí. —Sonrió.
Tenía poca ventaja sobre él, y lo sabía. Charles de Loughrey era casi intocable, e iba a ser siempre un grano en el culo.
—Tu acceso a la torre De Loughrey queda revocado durante toda una semana.
Se le pusieron los ojos como platos.
—¿Qué?
No era demasiado, pero tenía muy poca munición en esos momentos. Debía ser más ingenioso cuando me enfrentase a él.
—Con cada palabra que digas, añadiré otra semana. Ya llevas dos. ¿Y tu aventurita con una de tus asistentes? A partir de hoy está despedida.
Tenía la cara roja de rabia, pero de alguna manera se las arregló para contenerse. Mis labios se curvaron en una sonrisa de suficiencia.
—Inclina la cabeza antes de que te quite a tu asistenta.
Abrió los ojos todavía más.
—Ah, sí, también sé lo de esa. No me puedes ocultar tus indiscreciones, padre.
Tenía los músculos tensos, pero consiguió hacer una pequeña reverencia con la cabeza.
—Me alegro de que hayamos llegado a un acuerdo. Y ahora, deja de ponerme a prueba.
Lo aparté de mi camino y cogí una copa de la barra antes de salir al patio. Me senté en uno de los mullidos sillones mientras le daba vueltas al líquido ambarino de mi copa de whisky Bowmore 1957 y observaba el lago. El sol brillaba sobre el agua, y me provocó cierta calma, además de la bebida que tenía en la mano.
Ya había comenzado, y esa explosión solo había sido el principio. Podía sentir sus ojos clavados en mi nuca, escuchar los murmullos que flotaban con la brisa. Su peso recayó sobre mis hombros, agobiante, y me oprimió el pecho. Haber expresado cuál era mi estatus los mantendría a todos a raya, pero al principio habría capullos que querrían ponerme a prueba. Comencé a idear castigos para todos esos capullos malcriados y los pondría de ejemplo.
El Bowmore no llegó a aliviar el estrés que me hervía por dentro. Estrés que nunca mostraría ante nadie. Se consideraría una debilidad, un objetivo que explotar.
El nuevo cabeza de familia.
El abuelo había vivido hasta una edad muy avanzada, y había superado el momento en el que mi padre comenzó a retirarse de la empresa. Eso era lo único a lo que sus estipulaciones no habían atacado. Pasase lo que pasase, yo era el nuevo jefe de los cientos De Loughrey.
El rey.
Mi palabra sería definitiva, la ley.
Era un papel que habían desempeñado mi abuelo y mi padre a lo largo de las dos últimas décadas, pero ahora era solo mío.
Podía ser que no fuese tan severo como mi padre, pero iba a poner a todos y cada uno de ellos en su lugar, sin ningún remordimiento. Ser el cabeza de familia no era una tarea fácil, y aunque mi padre todavía conservaba cierta responsabilidad familiar, la mayor parte recaía sobre mis hombros.
El sol brillaba a través del agua y tintaba su superficie de un hermoso color dorado cuando una mano se posó en mi hombro. Los dedos diminutos, aunque callosos, me dijeron todo lo que necesitaba saber.
