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Emma Addison ha luchado mucho toda su vida para lograr sus metas. Trabaja como supervisora en un hotel de lujo de Boston para poder pagar su máster en la universidad, y no ha tenido mucho tiempo para el amor. Pero cuando un altísimo directivo de una multinacional, arrogante y rico, se registra en el hotel, todo su mundo se vuelve patas arriba; aunque el señor Grayson se comporta como un auténtico idiota, no puede controlar su atracción hacia él. Es arrogante y exasperante, pero una mirada suya hace que el cuerpo de Emma se encienda. Gavin Grayson vive para el trabajo y no tiene mucha vida personal, pero cuando entra en el hotel queda cautivado por la preciosa supervisora que le atiende. Odia lo mucho que la desea. Se siente fuera de control, enojado, y parece descargar su hostilidad con ella… ¿Explotará finalmente la tensión sexual que hay entre Emma y Gavin sin que afecte a sus vidas tal y como las tienen planeadas? ¿O los obstáculos serán demasiado grandes para que terminen juntos?
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Seitenzahl: 398
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Título original: Welcome to the Cameo Hotel
Primera edición: enero de 2022
Copyright © 2018 by K. I. Lynn
© de la traducción: María José Losada Rey, 2022
© de esta edición: 2022, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-18491-64-1
BIC: FRD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías de cubierta: Kiselev Andrey Valerevich/Sean Pavone/Shutterstock
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
Planta baja
2ª planta
3ª planta
4ª planta
5ª planta
6ª planta
7ª planta
8ª planta
9ª planta
10ª planta
11ª planta
12ª planta
14ª planta
15ª planta
16ª planta
17ª planta
18ª planta
19ª planta
20ª planta
21ª planta
22ª planta
23ª planta
24ª planta
25ª planta
26ª planta
27ª planta
28ª planta
Epílogo
Contenido especial
Emma
Estaba cansada. Muy cansada.
Cuando entré en el apartamento a trompicones se me enganchó el pie en el escalón, perdí el equilibrio y casi me estampé contra la pared.
—¡Mierda! —Recuperé la estabilidad de un salto. El incidente hizo que la adrenalina inundara mis venas.
Por suerte, gracias a ello no había acabado llena de magulladuras.
Después de dos presentaciones agotadoras, lo único que quería era meterme en la cama y despertarme a la mañana siguiente. Por desgracia, mi trabajo no me lo permitía. Pero al menos disfrutaba de la tranquilidad que suponía haber expuesto bien los proyectos; estaba bastante segura de que iba a obtener una buena nota.
—¡Mierda! —repetí con un siseo al mirar el reloj. Me quité la ropa y fui al cuarto de baño para ducharme. Menos mal que me había comprado algo de comida de camino a casa, pero detenerme en la tienda me había hecho perder quince minutos de mi tiempo de sueño.
Cuando salí de la ducha, me sequé la melena con una toalla y me la recogí en un moño. Mi pelo mojado parecía casi negro en lugar de mostrar el habitual color castaño oscuro. En el reflejo del espejo pude comprobar lo cansada que estaba y lo profundas que eran las ojeras que lucía bajo mis ojos color avellana. Los iris eran una mezcla de pintitas que iban desde el tono de la miel dorada al verde, y esa oscuridad que los rodeaba solo los hacía resaltar más, en especial porque, además de lucir ojeras, me había puesto máscara de pestañas negra y delineador.
Al terminar de arreglarme me quedaba poco más de media hora para llegar al trabajo. Iba demasiado justa de tiempo para sentirme cómoda, pero aún podía llegar a mi hora.
A veces pensaba que la decisión de trabajar toda la jornada mientras cursaba un máster de posgrado en Dirección y Administración de Empresas no había sido la más sensata. Había seguido estudiando sin pausa cuando obtuve el título, sin bajar el ritmo en absoluto porque tenía que seguir pagando el alquiler. Por suerte, mi apartamento quedaba muy cerca de la universidad de Boston.
Esa decisión también era la responsable de que no hubiera dormido casi nada en dos días, por lo que incluso el trayecto al trabajo me suponía una ardua tarea. Podía ir en metro, pero me iba a llevar más tiempo, y tampoco me gustaba regresar a casa en él a medianoche, cuando terminaba.
¿Por qué había aceptado hacer un turno justo después de los exámenes parciales? Porque, me recordé a mí misma, era masoquista y necesitaba con urgencia seguir ingresando dinero; además, podía dormir al día siguiente. Los alquileres en Boston estaban por las nubes, y si renunciaba al sueldo un solo día, no iba a ser capaz de pagar alguna de las facturas. Vale, de acuerdo, tenía los días de asuntos propios, pero los reservaba para cuando llegaran los exámenes de fin de grado. De hecho, ya había pedido casi una semana libre en mayo.
Antes de ir hacia la puerta, cogí un par de bebidas energéticas, abrí una y la apuré de un trago mientras bajaba las escaleras. Necesitaba cualquier tipo de estimulante. Y estaba segura de que me iba a tomar un café con leche doble cuando llegara al trabajo.
Los dioses del tráfico me sonrieron y llegué sin problemas. Después de encontrar sitio para aparcar, guardé la otra bebida energética en el bolso, cogí los zapatos de tacón y entré.
El Cameo era un magnífico hotel de cinco estrellas situado frente al mar, en el extremo norte de Boston. La habitación más barata costaba varios cientos de dólares por noche. No era de extrañar que allí se alojaran tanto celebridades como los ceo de las empresas más importantes.
Al llegar, me encontré con un silencio inquietante en la sala de empleados, donde no había nadie a la vista, lo que no era una buena señal. En cuanto salí para acercarme a la zona de recepción, en el vestíbulo, vi que no habían servido de nada todos mis ruegos para no enfrentarme a una noche difícil.
Era evidente que podía habérmelos ahorrado.
Los clientes se agolpaban ante el mostrador, y todos los recepcionistas y supervisores se apiñaban al otro lado. Ni siquiera oía mis propios pensamientos por culpa del volumen de decibelios con el que se proferían las quejas.
El maremágnum que me esperaba era lo que menos necesitaba en ese momento, y la tentación de darme la vuelta y huir fue muy fuerte. Estaba cansada y no me veía con ánimos para pasarme la noche atendiendo protestas después del día que había tenido. Mientras seguía allí como un ciervo paralizado por los faros de un coche, una mirada se clavó en mí.
¡Mierda!
Los ojos azules de mi superior, James, se abrieron de par en par con alivio, y me di cuenta de que había perdido la oportunidad de escabullirme por donde había venido. Me había visto.
Avancé arrastrando los pies, a punto de salir corriendo mientras él venía directo hacia mí.
—Gracias a Dios que estás aquí —soltó con un fuerte suspiro. Por su vestimenta y sus rasgos, cualquiera que no lo conociera podía pensar que todo iba bien. Seguía mostrando una imagen impoluta de pies a cabeza, desde el pelo rubio y bien peinado hasta el traje almidonado. Incluso su sonrisa se mantenía intacta y no parecía forzada.
Pero se trataba de una fachada. Tenía a James bien calado, y, detrás de esa calma exterior, estaba a punto de volverse loco. Su mayor talento era no permitir que se le notara y transmitir serenidad ante cualquier problema que surgiera en el hotel.
—¿Qué está pasando y cómo puedo ayudar? —susurré.
Soltó una risa que me puso los pelos de punta.
—Lo siento, Emma. La única solución es que te enfrentes a ello.
Lo miré con los párpados entornados.
—No estoy segura de que ahora mismo me caigas muy bien.
—No digas eso; sabes que me adoras.
Maldito fuera por tener razón. Había empezado a trabajar en el Cameo tres años antes y me había ido abriendo camino hasta ocupar el puesto de supervisora a las órdenes de James cuando lo habían ascendido. Era ingenioso y encantador, y eso había hecho que saliéramos alguna que otra vez, pero no era el momento adecuado para una relación.
—Si tú lo dices… —dije, burlándome de él.
Me pasó los dedos por el brazo y sus labios dibujaron una sonrisa.
—Me lo demuestras todos los días.
Me mordí el labio sin apartar la vista de sus ojos.
—Muy bien, deja de dar rodeos.
Se le borró la sonrisa como por ensalmo y se encogió un poco ante el volumen que alcanzó una voz que retumbaba por encima de las demás.
—El servicio de limpieza se ha saltado una planta entera.
—¿Qué? —Tal vez en algún hotel de menos categoría no habría supuesto una catástrofe, pero el Cameo atendía a la clientela más elitista, la que tenía lasexpectativas más elevadas.
Asintió.
—No han limpiado ninguna habitación. Ni las que ya estaban ocupadas ni las que están reservadas para clientes nuevos.
—¡Mierda! —siseé en voz baja—. ¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora mismo están centrados en dejar lista esa planta; a los clientes con las quejas menos graves estamos ofreciéndoles compensaciones en forma de comidas y descuentos. A los que están llegando ahora los hemos trasladado a habitaciones mejores, y, además, estamos agasajando al resto; todo depende de cada caso en particular.
Asentí.
—Mejor tenerlos contentos. ¿Quién es el responsable de esa planta?
—Valeria está investigando el asunto. Nosotros nos hemos centrado en resolver los problemas uno a uno.
Se acercó a la puerta, pero yo me coloqué de forma estratégica para bloquear su huida.
—¿A dónde te crees que vas?
—Lo siento, Emma —aseguró James; me cogió la mano y me puso las llaves en la palma. Luego abrió la puerta de su despacho.
Alargué el brazo y evité que la cerrara.
—¡Cobarde! —siseé.
Se volvió hacia mí y sonrió.
—Mañana te llevo de copas. Lo vas a necesitar.
Negué con la cabeza y puse los ojos en blanco.
—Pero pagas tú.
Si no me hubiera caído tan bien, le habría dado un puñetazo por el lío que me estaba cargando sobre los hombros, aunque en realidad no me enfrentaba a todo sola. Miguel, el subdirector del hotel, estaba ocupándose también del asunto, lo mismo que Jaqueline, una de las empleadas. Miguel se quedaba a menudo después de las cinco de la tarde, así que recé para que él no me abandonara también a mi suerte.
Con un profundo suspiro, me estiré la chaqueta y me acerqué a Shannon, que estaba hablando con un cliente que tenía la cara muy roja. El hombre parecía nervioso, le temblaban las manos e hilvanaba las palabras con dificultad. Por otra parte, se negaba a dejarla hablar.
Le puse la mano en el hombro a mi compañera. Cuando se volvió para mirarme, un profundo alivio inundó su rostro.
—Tómate un descanso —le susurré.
Ella me lo agradeció y salió corriendo.
—Hola, señor. Le pido disculpas por la mala experiencia que ha sufrido hoy en el Cameo.
—¡Su obligación es que todo esté preparado! ¡Pero esa habitación es un antro de perdición! Botellas de cerveza, condones, espejos rotos y basura por todas partes. Haría falta una maldita vacuna antitetánica para que pusiera un pie allí. ¡Es inaceptable!
—Por supuesto. Es que hoy hemos tenido un problema técnico ajeno a nuestra voluntad.
—¡Eso no es asunto mío!
—No, señor, tiene razón. —Busqué en el ordenador una habitación libre—. Pero vamos a cambiarlo a una habitación mejor; lo trasladaremos a una de las suites junior, sin cargo adicional, por supuesto, durante el resto de su estancia. ¿Le parece bien?
Se retiró un poco; ya no estaba echado sobre el mostrador como si quisiera estrangularme. En cierto modo, parecía derrotado. Casi como si deseara seguir discutiendo pero mi inesperada respuesta no se lo permitiera.
Asintió.
—Me parece bien.
Uno de los trucos más valiosos que había aprendido a lo largo de los años que llevaba trabajando en el hotel era no permitir que la gente fuera consciente de cuánto te estaba afectando su actitud. Le dediqué mi mejor sonrisa, asegurándome de que se reflejaba en mis ojos. Al momento, empezaron a sangrarme los oídos por los gritos de una barbie de la jet-set que sufría una pataleta al otro lado del mostrador. Su queja era insignificante comparada con la del hombre al que acababa de atender. No quería decir que lo ocurrido en su habitación fuera excusable, pero que no le cambiaran las toallas y que no le vaciaran el cubo de la basura no era para ponerse histérica. Podía quejarse, por supuesto, pero no gritar.
—Aquí tiene, señor —dije al caballero mientras le entregaba la nueva llave—. Lo hemos alojado en la planta dieciséis. Una vez salga del ascensor, gire a la izquierda y su habitación quedará a la derecha. —Le sonreí y miré cómo se alejaba con un resoplido.
A lo largo de la siguiente hora se fueron disipando los enfados de los clientes, pero los gritos de descontento y las amenazas aún resonaban en mis oídos cuando terminamos, y la noche acababa de empezar.
Cuando llevábamos unos minutos relajados, Miguel se dirigió de nuevo al despacho y yo lo seguí tras haberle dado permiso a Caleb para que se fuera a casa.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, sentándome en una silla enfrente de Miguel.
Negó con la cabeza y se frotó la cara con las manos.
—He hablado con Valeria y, por inexplicable que resulte, el equipo de limpieza que tenía asignada esa planta se la saltó de forma accidental.
Lo miré, anonadada.
—¿Cómo ha podido ocurrir tal cosa? Espero que los haya despedido después de lo que nos han hecho pasar y del dineral que ha perdido el hotel.
Asintió.
—Les han dado un aviso. Como se repita, los echan.
Gemí.
—Lo que significa que todavía tienen otra oportunidad de hacer lo mismo.
—Hemos manejado bien todas las consecuencias —comentó, ignorando mi comentario. Sabía que estaba de acuerdo conmigo; si alguno de los empleados de recepción hubiera hecho algo así, habría sido despedido en el acto.
—Gracias. ¿Te marchas ya? —pregunté, mirando el reloj. Eran más de las cinco.
—Sí —respondió, y se puso de pie—. Espero que todo esté solucionado y que no surja ninguna dificultad más; así el resto de la noche será coser y cantar.
—¿Coser y cantar? Todavía no hemos llegado a la mitad del turno y ya necesito un margarita lo más grande posible.
Me lanzó una sonrisa de ánimo.
—Sales a medianoche.
—Faltan demasiadas horas, sobre todo después del día que he tenido.
Forzó más la sonrisa.
—Lo siento.
Negué con la cabeza.
—No, no lo sientes.
Se rio.
—No, porque me has dado una gran idea, y quien va tomarse un margarita soy yo. Brindaré por ti. ¿A que eso te ayudará?
—No.
—Buenas noches, Emma.
—Hasta luego. —Me levanté para ir de nuevo a recepción, junto a Shannon y Jaqueline.
—Muchas gracias, Emma —dijo Shannon al verme aparecer.
—Se estaba pasando de la raya.
—Cierto, y no paraba de gritarme. No me dejaba pensar —explicó, llevándose los dedos a la frente.
—Estabas haciéndolo muy bien —aseguré para tranquilizarla—. ¿Por qué no me pones al corriente de todo lo que me he perdido?
Al hablar con ellas me enteré de que en la mayoría de las habitaciones habían quedado las camas sin cambiar, que no se habían puesto toallas limpias y que no se había retirado la basura; las tareas normales. Después de la primera oleada de protestas, habíamos reubicado a los clientes de diecisiete habitaciones y mejorado la reserva de cuatro de ellos. Por no hablar de las demás compensaciones que habíamos ofrecido a otros clientes afectados, como comidas gratuitas en el restaurante del hotel.
Esos cambios habían agotado la mayoría de las habitaciones disponibles, ya que el hotel se encontraba al ochenta por ciento de su capacidad.
En definitiva, era una de esas noches en las que no me gustaba nadaser supervisora. Y sí, claro que habíamos dado el mejor servicio a todos esos clientes, pero solo habíamos tenido una breve pausa. Poco después, otra oleada de gente llamó o vino a decirnos de que su habitación no había sido atendida por el servicio de limpieza. Había muchos ejecutivos alojados en el hotel durante la semana. Por suerte, todos eran clientes fijos, así que la mayoría solo presentaron sus quejas y quedaron apaciguados con unos cuantos desayunos gratuitos.
Sin embargo, como hotel estaba casi lleno antes de queocurriera todo eso; al llevar a cabo todos esos cambios de habitación, no podíamos admitir a nuevos huéspedes.
Necesitaba ya un margarita, o un trago de tequila, aunque me conformaba con cualquier cosa que me calmara los nervios. Deseé que terminara mi turno de una vez, porque con la lentitud con la que el servicio de limpieza estaba arreglando la planta afectada, no podía dejar de pensar que iba a ocurrir algún desastre más.
En un corto descanso miré el teléfono y leí algunos mensajes que había recibido de James. Uno era una foto de un margarita junto a una botella de tequila.
¿Mañana por la noche?
Sonreí antes de contestar con rapidez.
No me putees.
Concéntrate, ¿qué me dices de mañana?
Me resultaba difícil rechazarlo, pero estábamos atascados en ese punto desde que había obtenido el título y había empezado a trabajar en el hotel.
Lo siento, el jefe me ha puesto al mando.
Maldito capullo. Voy a tener que hablar con él muy seriamente.
Se me escapó una risita al leer su texto y le respondí.
Sí, échale un buen sermón al rubito del espejo.
Lo haré. ¿Lo dejamos para otro momento?
Mmm, ¿tú, yo y una botella de tequila en tu casa? Eso significa problemas.
Problemas muy tentadores, pero problemas al fin y al cabo. Entre nosotros había química, pero en las pocas citas que habíamos tenido un par de años antes, no habíamos pasado de compartir algunos besos.
Los problemas pueden ser muy divertidos.
Cierto, pero los problemas también pueden costarme el trabajo.
Me aseguraré de que el gerente no lo sepa. ;)
Ya, estoy segura de ello.
Durante años habíamos bordeado la línea que separaba la amistad de una relación romántica, y siempre acababa diciéndome a mí misma que era mi jefe, y, por lo tanto, estaba prohibido. Además, estaba muy ocupada y no tenía tiempo para una relación. Sin embargo, seguíamos coqueteando cada vez que nos veíamos.
Sé guardar un secreto.
Pero no por mucho tiempo.
No quiero que seas un secreto.
El corazón me dio un vuelco y me mordí el labio, sonriendo al teléfono como una tonta. Me moría de ganas de abandonar el Cameo para siempre. No solo para poder tener un horario más normal, sino porque por fin iba a poder salir con James sin que supusiera un conflicto hacer algo que estaba en contra de la política de la empresa. Desde principios de año el coqueteo se había intensificado porque ambos éramos conscientes de que la química que había entre nosotros podía cristalizar en solo unos meses.
Cerré la taquilla y fui de nuevo al vestíbulo para enterarme de cómo iban las cosas. Casi eran las siete y el ritmo de registros había disminuido. Estaba a punto de ir al Starbucks del vestíbulo cuando miré hacia la puerta principal y me fijé en el hombre que entraba en ese momento.
La escena me pareció sacada de una película, en la que el tiempo se ralentiza cuando hace su aparición un guapísimo desconocido, con el viento soplando a su alrededor y una balada de fondo. Era el típico tío seguro de sí mismo, que rezumaba sexo y hacía mojar las bragas a todas las mujeres presentes.
Sí, fue uno de esos momentos…
Al menos, hasta que tropezó con el borde de la alfombra y estuvo a punto de caer al suelo. Recuperó el equilibrio lo más rápido posible y siguió avanzando con la vista fija en el suelo, pero ya era demasiado tarde. Las tres personas que estábamos en el mostrador lo habíamos visto todo y nos sentimos encandiladas por él, incluso después de aquella entrada tan poco agraciada.
Un poco de torpeza resultaba entrañable, porque, dada el aura que desprendía, estaba segura de que podía demostrarme lo viril que era en muchos aspectos.
Jaqueline y Shannon se rieron de su tropezón, algo que él notó enseguida.
Se acercó al mostrador y su mirada nos recorrió a las tres antes de clavarse en mí. Las miradas siempre acababan en mí. Después de todo, yo tenía la vestimenta más formal y el título de supervisora impreso en la identificación.
Además, las chicas seguían riéndose.
Una vez más, forcé mi mejor sonrisa, la más amistosa. Aunque mi pozo de la amabilidad se estaba secando, estaba segura de que no iba a poder mirarlo sinsonreír: rasgos afilados, pelo castaño, hombros anchos y labios carnosos hechos para besar.
Por la forma en la que iba vestido, no era un turista: traje azul marino a rayas de tres piezas, Rolex, bolsa al hombro y un iPhone en la mano junto con las llaves del coche de alquiler. Todo él gritaba: «Estoy aquí por negocios».
—¿Los tropezones son algo común en este hotel? —preguntó.
La frase me pilló desprevenida y me quedé mirándolo.
—¿Perdón?
Señaló el suelo.
—He tropezado con la alfombra —dijo. Me miró fijamente, sin sonreír. Su voz había sido tan cortante que estuve segura de que en una sala de juntas se crecía como un gigante—. No han comprobado que estuviera bien colocada.
Tenía razón: el borde de la alfombra estaba arrugado.
—Lo siento mucho, señor. Avisaré a alguien de inmediato para que se ocupe de eso.
Le lancé una mirada a Shannon, que al instante cogió un teléfono para llamar a mantenimiento y que solucionaran el desaguisado. La gente iba a seguir tropezando en aquella alfombra si no la colocaban bien.
Resopló, claramente molesto.
—Quiero registrarme.
—¿A nombre de quién está la reserva? —pregunté, sin perder tiempo. Adopté de inmediato el «modo trabajo».
—Grayson —respondió antes de sacar la identificación y una tarjeta de crédito. Miré su carné y me fijé en su nombre completo y su edad: Gavin Grayson, treinta y cinco años.
Joder, no aparentaba treinta y cinco años. No tenía ni una arruga en la cara.
Revisé el ordenador y comprobé que había realizado una reserva para quedarse dos semanas.
—Gracias, señor Grayson. Aquí tengo su reserva. Parece que va a ocupar una de nuestras preciosas suites ejecutivas. Ya está preparada, así que, si firma los documentos, le haré entrega de las llaves —comenté con una sonrisa, sin hacer caso a su intensa mirada.
Saqué el recibo de la impresora y codifiqué la tarjeta.
—Por favor, firme aquí. Ocupará la habitación 1208. Los ascensores están al otro lado del vestíbulo. Cuando llegue a la planta doce, gire a la derecha, y a la derecha verá su habitación. ¿Puedo ayudarlo en algo más, señor Grayson?
Miró a Jaqueline y Shannon, que seguían sonriendo como tontas. Tensó la mandíbula y me echó un vistazo más antes de negar con la cabeza.
—No. —Su voz fue seca, sin rastro de aquella efímera cordialidad.
Mantuve mi amabilidad; su cambio de humor no iba a afectarme, sobre todo, porque resultaba insignificante comparado con lo que había tenido que lidiar ese mismo día.
—Gracias por alojarse en el hotel Cameo. Si necesita algo, no dude en avisarnos.
—Gracias —respondió con una inclinación de cabeza antes de ir hacia los ascensores, con su enorme y carísima maleta de ruedas.
Estaba fuera de mi alcance, pero nada me impedía mirarlo. Alojábamos a muchos clientes guapos, así como algunas celebridades, pero ese hombre ocupaba uno de los diez primeros puestos en la lista de los más atractivos. Al menos para mí.
—Bueno… —comentó Jaqueline a mi lado—. Chica, a veces no sé cómo lo haces.
—¿Hacer qué? —pregunté.
—Ser tan profesional todo el rato.
Sonreí y solté una pequeña carcajada.
—Son años de práctica.
Registramos a otro cliente antes de que el señor Grayson apareciera de nuevo. Su rostro era una máscara de furia que me erizó el vello de la nuca.
—¿Cómo pueden darme esa habitación? —gritó en cuanto estuvo a pocos metros.
—¿Perdón?
—¡Es un puto desastre! ¿Es que siquiera se molestan en limpiarlas entre un cliente y otro?
Se me congeló la sangre en las venas. Joder, me había quedado tan prendada por él que ni siquiera me había dado cuenta de que la reserva estaba asignada en la planta maldita.
—Lo siento mucho, señor.
—Lo dudo mucho. ¿Acaso es tan incompetente que ni siquiera sabe leer la pantalla para ver si una habitación ha sido adecentada? —se quejó.
—Mis disculpas, señor, hemos tenido algunos problemas…
—No me importa lo que les haya pasado… ¿Cómo se llama? —Se interrumpió y miró la chapa con mi nombre—. Emma. Emma, ¿hay alguna habitación limpia en el edificio?
—Le aseguro que todas nuestras habitaciones están muy limpias.
—Por lo que acabo de ver, no.
—Ha sido un incidente muy desafortunado —aseguré mientras me apresuraba a actualizar la pantalla en el ordenador. Teníamos una disponibilidad tan limitada que no había mucho que pudiera hacer—. Mil disculpas. Debí haberme fijado en el número de la habitación.
Entrecerró todavía más los ojos.
—Sí, debió haberlo hecho.
Estaba poniéndome nerviosa, y eso amenazaba con matar mi sonrisa, pero me obligué a mantenerla intacta mientras le asignaba con rapidez una suite un poco mejor: una de las pocas que quedaban. En mi fuero interno quería abofetearlo por ser tan gilipollas, y luego llamar a la camarera responsable del desastre y dejar que se entendiera con ella.
—Lo he reubicado en una de las suites ejecutivas con vistas al mar —comenté, codificando la nueva llave.
—¿Se hace personalmente responsable de la limpieza de estahabitación?
Deslicé las llaves por el mostrador.
—Puedo asegurarle, señor Grayson, que esa habitación está impecable.
—Eso ya lo veremos —dijo, burlón, antes de volver a ponerse serio.
Gavin
Nunca me había imaginado viviendo en Boston. Me había formado en Ohio y siempre había querido salir de los suburbios. Me habían dicho toda la vida que uno va al trabajo y no espera que el trabajo llegue a él.
Así fue como acabé en Chicago, luego en Nueva York y, finalmente, en la sede de Cates Corporation en Boston. Durante doce años había trabajado hasta la extenuación para subir en la escala corporativa.
A lo largo de mis treinta y cinco años de vida había seguido unos planes cuidadosamente trazados. Hasta que llegué a Boston.
Hasta que la conocí a ella.
Llevaba una semana adaptándome a mi nuevo despacho, a mi nueva asistente y a una nueva ciudad. Durante ese tiempo había pasado las noches en el hotel Cameo. Debía haber buscado un nuevo hogar para vivir. Incluso había contactado con una agente inmobiliaria, pero había algo que me detenía, además de la aclimatación: Emma.
Desde el primer momento en que la vi sentí por ella una atracción que no podía comprender. No podía aceptar que me consumieran tales emociones por una mujer a la que ni siquiera conocía.
Casi todas las noches, cuando entraba, ella estaba allí. Sin pretensión alguna. Preciosa. Y jodidamente seductora.
No me hacían ninguna falta el conflicto de intereses y la distracción que suponía.
Mientras cruzaba el vestíbulo del hotel Cameo, con su suelo de mármol, mi cuerpo la buscaba, aunque mis ojos intentaban ignorar la llamada. Por fin, levanté la vista y, efectivamente, ella observaba con los labios un poco separados cómo cruzaba la estancia.
Joder, sus labios. En efecto, quería «joder sus labios».
Mi polla palpitó, suplicando por recuperar la imagen que mis pensamientos habían conjurado.
Solté un suspiro cuando entré en el ascensor y me alejé de ella.
Cuando me había trasladado a Boston desde Nueva York había sido tanto para empezar de cero como para dar el primer paso en mi ascenso. Solo conocía a la gente con la que trabajaba, y eso me venía muy bien.
Pero, joder, quería conocerla a ella.
Tenía ganas de discutir con ella solo para ver cómo se encendía la ira en sus ojos, aunque la sonrisa no abandonara su rostro. Era profesional hasta la médula. Una virtud que quería corromper, abrir, para ver en su interior.
Ese pensamiento iba contra todo lo que yo era. Mi vida era el trabajo, que exigía todo mi tiempo y energía sin dejar hueco para las relaciones personales.
Nada más cruzar la puerta de mi habitación, me despojé del traje pieza a pieza, con una tienda de campaña muy notable en los pantalones.
—Tú no dictas mis acciones, joder —le espeté al bulto que palpitaba bajo la tela.
Era mentira. El deseo que sentía por ella me impulsaba a llamarla para las cosas más inocuas. Solo para poder verla, para tenerla cerca.
Respirar el mismo aire que ella me resultaba afrodisíaco.
Odiaba sentirme así, porque me hacía desconfiar de ella. Mi exmujer había utilizado su atractivo sexual para llegar a mí, se había aprovechado de mi deseo para conseguir un anillo y había utilizado mi dinero para financiar a sus amantes. La cicatriz que me había dejado esa traición no había desaparecido, y tampoco se había curado.
Me enfurecía desear a Emma. Me enfurecía acariciarme cada noche pensando en ella.
Aunque sabía que era un acto mezquino, descargaba ese sentimiento en ella. Ese intento de alejarla se veía frustrado por mi incapacidad de mantenerla apartada.
La primera habitación que me asignó había estado hecha un desastre, pero la suite a la que me había trasladado resultó ser muy agradable. Se apreciaban en ella algunos pequeños desgastes propios de la edad y el uso, pero habían hecho un buen trabajo de mantenimiento.
Tendría que hacer saber a Richard Hayes, el dueño de Cameo International, lo bonito que era su hotel. Aunque presentara quejas todos los días.
Al cabo de una semana el personal de la casa había respondido cada vez mejor a mis exigencias, haciendo que cada día fuera más difícil encontrar un fallo, una razón para protestar.
—No voy a quejarme por nada —me dije, pero mientras miraba la cafetera, el surtido de bebidas y edulcorantes, vi que solo quedaba un azucarillo e ideé un nuevo plan.
Sin darme tiempo para pensarlo, cogí el teléfono y marqué el número de la recepción.
—Buenas noches, señor Grayson. —Cuando su voz llegó a mis oídos me recorrió un escalofrío. La formalidad con la que se dirigía a mí siempre desencadenaba mis fantasías.
—Solo hay un azucarillo, Emma. Necesito dos más.
Hizo una pequeña pausa, que provocó mi sonrisa, pues sabía que era más que probable que me estuviera maldiciendo.
—Enseguida, señor Grayson.
La ira reprimida que noté en su voz no hizo más que alimentar la mía. Quería bajarle los humos, hacer que se arrodillara ante mí.
Estaba tan excitado que con el menor roce me invadía una oleada de placer. ¿Cómo reaccionaría ella si le abriera la puerta mientras me acariciaba la polla?
La idea era poco grotesca, y me calmé lo suficiente como para ocultar toda mi longitud de manera que no fuera tan visible.
El control y la planificación eran mis puntos fuertes, pero ella seguía destrozándolos sin cesar, y yo se lo permitía. Se trataba de un juego peligroso, pero me derribaba con la respuesta que ella lanzaba cada una de mis pullas.
Mientras yo salía vencedor de todas las batallas, ella iba ganando poco a poco la guerra, y yo no podía soportarlo.
Un suave golpecito de nudillos en la puerta me arrancó de aquellos pensamientos sobre ella para enfrentarme a la versión física y real.
Mis fosas nasales se ensancharon cuando abrí y la miré con intensidad. Su respiración era entrecortada, lo que me hizo cerrar el puño con fuerza. La lujuria que corría por mis venas luchaba por hacerse con el control. Lo único que ansiaba era arrastrarla adentro, echarla sobre el sofá y descargar en ella toda mi frustración.
—Su azúcar. —Alargó la mano, con la palma hacia arriba. Había dispuestos cinco pequeños envases marrones sobre el blanco cremoso de su piel.
Los cogí, aunque tuve que obligarme a ignorar el fuego del breve contacto con su piel.
—He pedido dos, Emma. ¿No sabe contar?
—Es pura previsión, señor.
—¿Perdón? —Mi intento de no gemir ante sus palabras quedó enmascarado por el gruñido con el que solté mi pregunta.
—Que ahora necesite dos más significa que necesitará tres para la segunda taza.
¿De verdad se anticipaba a mis necesidades o lo hacía para que no le pidiera más azucarillos al día siguiente?
—Me alegra ver que conoce bien el procedimiento de sumar. ¿Necesita una calculadora?
Una sonrisa se dibujó forzada en su rostro, acompañada de un destello de odio.
—¿Puedo ayudarlo en algo más esta noche, señor Grayson?
Sí, ponte de rodillas y trágate mi polla hasta que me corra en tu garganta.
Casi no podía contenerme, solo quería devorar cada centímetro de ella.
—Puede retirarse.
Aquel fuego volvió a avivarse en sus ojos, y se vio acentuado por la breve dilatación de sus pupilas.
—Que pase una buena noche.
No dije nada más, no le devolví la cortesía, solo le cerré la puerta en las narices. Cualquier otra cosa podía haberme conducido al puro acoso sexual, y no me iba a permitir caer tan bajo.
—¿En serio, Gavin? —me dije, apoyándome en la puerta.
Me sentí invadido por la culpa y la ira. Era un capullo por naturaleza, pero no me gustaba serlo con ella, ni siquiera en mi estado. Sin embargo, Emma aceptaba con calma todo lo que le lanzaba. Nunca se echaba atrás ni se acobardaba ante mis exigencias.
Y eso era exactamente lo que quería: una mujer fuerte. Sin embargo, y con lo que estaba pasando, no era lo que necesitaba. No tenía tiempo para sutilezas, para desarrollar afecto hacia alguien. Y aunque solo tenía tiempo para el sexo, Emma me hacía sentir algo más que el deseo de probar su coño.
No quería un polvo rápido, pero seguía siendo un misterio lo que sí quería de ella. No podía dejarla en paz, lo que implicaba una certeza: ella volvería. Yo encontraría otra razón para tenerla delante de mí al día siguiente, y al siguiente y todas las demás jornadas hasta que me hartara.
Dejé caer los azucarillos en la basura.
Me tomé el café sin azúcar.
Emma
El señor Grayson adquirió rápidamente fama de problemático en el hotel. La primera noche se había enfadado tanto que cada día nos llamaba por un nuevo problema en su habitación. Se quejaba por todo, y siempre lo hacía cuando yo estaba de servicio. El conserje acababa el turno a las cinco, y, después de esa hora, el servicio de recepción respondía las llamadas; eso significaba que siempre me tocaba a mí lidiar con él.
Menuda suerte la mía…
Por lo general, yo era casi invisible para los clientes, pero el señor Grayson me la tenía jurada. Esos encuentros con él habían logrado que por primera vez en mi vida quisiera pegarle a alguien. A mis veinticinco años no había conocido nunca a nadie tan exasperante como Gavin Grayson.
—La guía de turismo está hecha polvo. Quiero que me traigan una nueva que no tenga garabatos —ordenó el segundo día.
Tuve que parpadear y mirar el teléfono antes de responder.
—Enseguida, señor.
—No hay toallas —protestó el cuarto día.
—Me ocuparé de que el servicio de limpieza le facilite un juego limpio ahora mismo. —Aunque sonreí, sabía que ese estado de ánimo no se reflejaba en mi voz.
Unos días después ya no delegaba la responsabilidad de entregar lo que faltaba o lo que había que reponer, sino que era yo misma quien llamaba a su puerta con lo que pedía.
—Solo hay un azucarillo, Emma. Necesito dos más —se quejó el séptimo día.
—Enseguida, señor Grayson. — Apreté los dientes. Más azúcar no iba a conseguir que fuera más dulce.
Cada vez que lo veía me quedaba boquiabierta ante su aspecto físico, a pesar de que él me observaba con intensidad. No me gustaban la forma en que aceleraba mi corazón ni las mariposas que revoloteaban en mi estómago por la anticipación cada vez que estaba a punto de verlo.
Si me caía tan mal, ¿por qué reaccionaba así?
—Hablaré con él —se ofreció James un día, mientras estábamos sentados en el Starbucks del vestíbulo.
—En serio, no pasa nada —recalqué. Lo último que quería era que James se enfrentara a él. El señor Grayson solo era un tipo exigente, y podía ocuparme de él yo sola.
—Sí, claro que pasa. Su comportamiento es inaceptable —aseveró James, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa. No era frecuente que dejara traslucir su humor—. Por el amor de Dios, no eres su asistente personal y no estás a su entera disposición.
—Puedo ocuparme de él. —Me eché hacia delante para intentar llamar su atención. Funcionó, y pareció calmarse un poco—. Solo es un tipo puntilloso y maleducado. Además, se irá dentro de poco.
—Sigue sin gustarme —refunfuñó.
—Vale, vale…, pero pronto no será un problema. Dentro de nada nos acordaremos de él y nos reiremos.
Hizo una mueca.
—No me estoy riendo. —Exhaló un suspiro y extendió su mano sobre la mía—. Sé que no tengo ningún derecho sobre ti, pero eso no significa que no quiera protegerte.
El calor de su mano era reconfortante, y me produjo unos cosquilleos que llegaron a mi pecho, pero algo no encajaba. Aquella sensación no era tan plena y satisfactoria como solía serlo cuando me tocaba.
—Lo sé —dije, dedicándole una sonrisa—. Vamos. Tu descanso ha terminado y necesito llegar a casa.
Nos levantamos y fuimos a recepción. Mientras atravesábamos el amplio vestíbulo, apareció una figura familiar. El señor Grayson llegaba desde el aparcamiento. Se me aceleró el corazón al verlo dirigirse directamente a los ascensores. Nos echó una rápida mirada, pero no pude dejar de observar cómo entraba en un ascensor. Nuestras miradas se cruzaron, y me recorrió una oleada de calor.
—¿De qué humor crees que está? —preguntó James, apartándome de la intensidad del señor Grayson.
—No parece que sea bueno. Ánimo esta noche.
Dejó escapar un gemido.
—No lo soporto.
—Inspira hondo y recuerda que serán solo unos días más. Luego no lo volverás a ver.
Asintió.
—Tienes razón.
—Me pregunto para quién trabaja. —Era obvio que ocupaba un puesto de mando, dondequiera que fuera.
—¿No te has enterado?
—¿De qué?
—Es el vicepresidente de Cates Corporation. El candidato a ser director general. He oído que era el jefe en Nueva York, pero, como quiere ascender, era el momento de recalar en la sede.
Cates era una importante consultoría tecnológica. El hotel había acogido algunos de sus congresos a lo largo de los años. El señor Grayson parecía demasiado joven para hacerse cargo de un puesto así, pero con su actitud no podía decir que me sorprendiera.
Entramos en la zona de oficinas, y empezaba a recorrer el pasillo que llevaba a la sala de descanso cuando James alargó la mano y tiró de mí para que mi espalda quedara pegada a su pecho. Aquel movimiento repentino me cogió desprevenida y me quedé paralizada.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Me has asustado. —James no me había tocado así desde nuestra última cita, hacía ya tres años.
—Lo siento, es que… ¿No podemos empezar algo ahora, en secreto? ¿Ser pareja? —Sentí su aliento cálido en mi cuello, haciéndome sentir hormigueos por todo el cuerpo. Una vez más, noté que mi respuesta a él era menos potente. Todavía podía percibir el impulso de querer acercarlo a mí y besarlo, y las llamas prendían en mi interior, pero no era el fuego de siempre.
—No. —Suspiré.
Gimió contra mi piel.
—¿Por qué tienes que ser tan sensata cuando me estoy muriendo por ti?
No era el único.
—Porque tengo que terminar el máster, y si empezamos a salir ahora, mis notas se resentirán. He trabajado demasiado para permitir que algo me detenga.
Asintió, me soltó y dio un paso atrás.
—Tienes razón. Sin duda te distraería y trataría de monopolizar tu tiempo libre. Lo siento.
Me volví hacia él y me empezó a doler el pecho. Era demasiado difícil rechazarlo.
—Tampoco es fácil para mí.
—Lo sé. Estoy siendo muy egoísta.
—¿Egoísta?
Me dedicó una tímida sonrisa.
—Han pasado tres años y sigues siendo la única mujer en la que pienso. No tuvimos nuestra oportunidad entonces, y llevo mucho tiempo esperando para volver a intentarlo.
—Aguanta unos meses más.
Asintió.
—Lo haré.
Mis labios se curvaron en una sonrisa, y los suyos los imitaron.
—Que tengas una buena noche.
—Igualmente —me deseó a modo de despedida.
Después de coger mis cosas de la taquilla, puse rumbo al aparcamiento. No quería mantener esas conversaciones con James porque cada una me destrozaba un poco más. No iba a analizar la extraña falta de respuesta que sentía, y preferí atribuirla al síndrome premenstrual.
Pero también pensé que una sola mirada del señor Grayson contenía más fuego que cualquier contacto de James.
No había nada malo en ello. El señor Grayson solo era un hombre atractivo. ¿Por qué no se me iba a acelerar el pulso cuando él estaba cerca? Era algo normal. Incluso saludable. Pero nada más. No, el señor Grayson era solo un cliente, nada más.
Cuando llegué al coche, saqué el teléfono y me fijé en la fecha. Mierda. No había hablado con mis padres desde principios de febrero y estábamos casi en marzo.
Como no quería dejarlo para más tarde, busqué el número en la agenda y llamé. La señal sonó un par de veces antes de que alguien contestara.
—¿Sí?
—Hola, papá —dije al auricular.
—¡Mi pequeña Emmy! ¿Cómo estás? —Su voz se volvió al instante más alegre de lo que había sido cuando respondió.
Solía llamar a mis padres un par de veces al mes, y escuchar la voz de mi padre siempre me tranquilizaba.
—Tan ocupada como siempre.
—¿Qué tal las clases? —preguntó.
—Casi he terminado. —Eso era un gran punto positivo. Años de duro trabajo y sacrificio estaban llegando a su fin.
—¿Y ya estará? ¿Tendrás el máster?
—Exacto.
—Estoy muy orgulloso de ti, cariño. Lamento mucho no haber podido ayudarte.
—Papá, no te preocupes. He trabajado mucho, como me enseñaste, lo he conseguido; y solo me he perdido un par de comidas —dije, tratando de animarlo. Era la verdad. Había sido duro, pero siempre había tenido un lugar donde dormir y una comida para llenarme la barriga. Había hecho otros sacrificios, como renunciar a mis amigos y tener relaciones. La mayoría de mis compañeros de la universidad se habían mudado después de la graduación, y los que seguían en Boston estaban tan ocupados como yo.
—Aun así, cuando nos mudamos aquí era mi intención ayudarte económicamente. Y apenas te he visto porque has tenido que trabajar como una burra.
Se habían trasladado a cientos de kilómetros de distancia para que mi padre consiguiera un trabajo mejor pagado, pero la empresa había quebrado un año después. La recesión había mejorado, pero él seguía teniendo problemas para encontrar trabajo, tanto allí como en otra zona. Llevaba sin ver a mis padres más de dos años, ya que había tenido que trabajar durante las vacaciones.
—Espero que eso cambie y podamos ir a visitarte pronto.
—Me encantaría. —Y estaba deseándolo de verdad; echaba mucho de menos a mis padres.
Añoraba sus abrazos. Aunque me habría conformado con un abrazo de cualquiera. Carecer de contacto físico de cualquier tipo me resultaba deprimente. Ansiaba desesperadamente sentir esa conexión. El abrazo de James había sido el primero que había recibido en más de un año.
—¿Y qué tal todo lo demás? ¿Alguna perspectiva de trabajo después de la graduación? ¿Algún hombre en tu vida?
—Todavía no he mirado nada, pero algo surgirá. En cuanto a los hombres… —El tema de James me oprimía el pecho. No estaba segura de si eran las sensaciones acumuladas durante años de pensar en él o algo real—. Hay alguien, pero ya veremos cómo avanza todo.
—Bueno, espero que la próxima vez puedas contarme algo más —dijo con una risa.
—¿Está mamá ahí? —pregunté.
—Está trabajando. ¿Puede llamarte cuando llegue a casa? ¿O vas a estar ocupada?
—Estaré en clase, pero hablaré con ella el fin de semana.
—Genial. Te quiero, mi pequeña Emmy.
—Yo también te quiero, papá. —Pulsé el botón para finalizar la llamada y dejé escapar un suspiro al mismo tiempo. Otra noche por delante. Estaba deseando terminar el máster, porque estaba cansada hasta la médula.
¿Sabéis ese dicho que habla de quemar la vela por los dos extremos? Pues bien, la cera se había acabado y las llamas de mi vida estaban a punto de encontrarse.
Todas las noches recibíamos alguna queja del señor Grayson, pero la novena noche todo parecía tranquilo. Eran casi las once, y faltaba una hora para el final de mi turno, cuando tenía que cederle las riendas a Rob, el supervisor de noche. Estaba a punto de disfrutar de la primera noche sin recibir quejas del señor Grayson.
—¿Nada? —preguntó Shannon, cruzando el vestíbulo con un café del Starbucks. Estaba cerrado, pero Shannon era amiga de una de las chicas que trabajaban allí y podía conseguir siempre otra taza mientras limpiaban.
—Todavía no. —Estaba a punto de decir algo más cuando sonó el teléfono junto a mí. Miré hacia abajo y vi que el número familiar parpadeaba en la pantalla, así que clavé los ojos en Shannon—. Esto es por tu culpa. Eres gafe.
Levantó las manos, con los ojos muy abiertos.
—¡Lo siento!
Solté un suspiro y descolgué el auricular.
—Buenas noches, señor Grayson.
—Hay una fiesta en la habitación de al lado. ¡Quiero que se callen de una puta vez!
Tuve que separar el teléfono de mi oído mientras él gritaba, mucho más agitado de lo normal.
—Enseguida lo solucionamos, señor Grayson. —Colgué el teléfono y miré a Shannon—. ¿También hace esto cuando no estoy aquí, o solo yo tengo suerte?
Asintió.
—He oído que ayer quebró la sonrisa perfecta de James.
—Es insufrible —murmuré, rodeando el mostrador—. Vuelvo enseguida.
—¡Buena suerte! —me deseó antes de que se cerraran las puertas del ascensor.
Debido a la ira que había notado en su voz, había imaginado que la fiesta debía de ser muy ruidosa; el hotel se había construido con grandes barreras acústicas entre las habitaciones para que los clientes durmieran lo mejor posible.
La música estaba lo suficientemente alta como para escucharla casi desde los ascensores. Me sorprendía que el señor Grayson fuera el único que se quejara. Me di cuenta de que no me había dicho de qué habitación se trataba, pero, por el volumen de la música, no era difícil averiguarlo.
Llamé rápidamente a la puerta con los nudillos y esperé. Hubo una cascada de risas al otro lado, pero no obtuve respuesta. La segunda vez llamé mucho más fuerte, asegurándome de que me oyeran. Cuando las risas se apagaron, supe que me habían escuchado.
La puerta se abrió y me encontré con un hombre de mi edad, o quizá un poco mayor. Llevaba una botella de cerveza en la mano y lucía una sonrisa enorme.
—Hola, cielo —me saludó, y se las apañó para sonar educado, aunque se notaba que estaba borracho.
—Buenas noches. Hemos recibido algunas quejas por ruido. Tienen que bajar el volumen de la música.
—Esto es una fiesta, nena. La música tiene que oírse bien —dijo; extendió los brazos y movió las caderas hacia mí.
—Me da igual que sea una fiesta, están haciendo demasiado ruido y el resto de los clientes se han quejado.
—Hazle caso y cierra el pico —ordenó una ronca voz masculina desde el fondo del pasillo. El sonido encendió todas mis terminaciones nerviosas y descendió por mi columna vertebral.
A unos cinco metros de distancia, de pie frente delante de la puerta de su habitación, estaba el señor Grayson, sin más ropa que unos pantalones cortos a cuadros para dormir. Me quedé con la boca abierta mientras una sensación de calor desconocida se extendía por mi cuerpo al ver su pecho desnudo y lo en forma que estaba. No tenía el pelo tan impecable como era habitual: sobresalía disparado en todas las direcciones. El ceño fruncido que lucía me resultaba muy familiar, pero le confería un aire de ruda sensualidad.
—Apaga la puta música. Algunos estamos intentando dormir —gruñó el señor Grayson, que parecía muy enfadado.
—Lo que tú digas, tío —repuso el borracho.
Volví la mirada hacia el joven y vi que sus cuatro amigos se reían.
—Baje el volumen y no vuelva a subirlo, o me veré obligada a echarlos.
—¡Puta de mierda, nosotros pagamos! ¡No puedes echarnos! —gritó uno de los ocupantes.
El que estaba en la puerta mostró una sonrisa de suficiencia.
—Tal vez puedas entrar y ayudarnos a tranquilizarnos.
Noté de reojo que el señor Grayson daba un paso adelante.
—No le hables así.
—Tío, vuelve a la cama. Solo queremos divertirnos —dijo aquel ser asqueroso, rodeándome la cintura con el brazo.
