El gigante de Tarapacá - Bernardo Guerrero Jiménez - kostenlos E-Book

El gigante de Tarapacá E-Book

Bernardo Guerrero Jiménez

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Beschreibung

Biografía deportiva del gran basquetbolista chileno Juan Ostoic, gran conversador nacido en Iquique el año 1931. Estuvo en el Mundial de Argentina cuando Chile obtuvo el tercer lugar y dos veces olímpico en Melbourne y en Helsinki. Entrenador de la selección chilena femenina y de la Unión Española, con la que salió campeón tres años consecutivos en la década de los 70. Hizo puzzles en el diario La Tercera.

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Seitenzahl: 127

Veröffentlichungsjahr: 2022

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El Gigante de Tarapacá

Juan Ostoic Ostojic

Bernardo Guerrero Jiménez

ISBN libro impreso: 978-956-7628-46-9

ISBN libro digital: 978-956-7628-47-6

Registro de Propiedad Intelectual Nº 2020-A-3610

Este libro es producto del programa de investigación:

Sociedad y Deporte en el Norte Grande de Chile de la Fundación Crear (www.crear.cl)

Comité editorial

Dra. Catherine Rosas

Dr. Rodrigo Soto

Dr. Carlos Matus

Este libro fue sometido al sistema de referato ciego

Diseño de portada: Elba Peña

Diagramación interior: Elba Peña

Imagen de portada fotografía: Cancha Manuel Castro Ramos

Fundación Crear

Editorial El Jote Errante

Fotografías: Revista Estadio, Gol y Gol, archivo Fundación Crear

Correspondencia: [email protected]

Iquique, Chile 2021.

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Índice

Grande de Chile por Humberto Ahumada “Tito Norte”

Consideraciones generales

El básquetbol y su contexto

¿Por qué este libro?

Los iquiqueños y la generación dorada del básquetbol chileno

Nace un gigante

Los orígenes del básquetbol iquiqueño

Los clubes de básquetbol

Iquique, campeón de Chile

Tiempo de liceo

Rumbo a la capital

Iquiqueños olímpicos

Dos gringos en Chile

Regreso a Iquique

Cosas que pasan

Nace un DT

¿Cuándo se jodió el básquetbol?

El bohemio, el conversador, el que juega con las palabras

Palabras finales

Anexos

Iquiqueños olímpicos

Juan Ostoic y Lorenzo Pardo

Bibliografía

Está jugando como lo soñó de niño en las calles Serrano y Amunátegui, de su ciudad nortina. Sus padres, yugoslavos, que vivían cerca, lo sabían. Cuando se perdía Ivo, no estaba en la calle jugando a la pelota o a las bolitas, sino en la cancha vecina del Club Chung Wha. Cierto es que jugaba al fútbol —quién no lo hace en Iquique, sólo los enfermos y los cojos— en el Liceo Don Bosco, mas lo fue ganando la canchita con los cestos. El club de la colonia china de Iquique fue el de su niñez y todavía sigue vivo en sus recuerdos y afectos. Linda labor hacen sus dirigentes Óscar Lau, Alfredo Chung, y otros. Han incubado muchos valores del basquetbol iquiqueño. De allí salió Juan Ostoic. En el actual seleccionado campeón de la zona norte, jugaban nada menos que siete hombres del Chung Wha.

Don Pampa

Revista Estadio Nº 700, 12 de octubre de 1956.

Agradecimientos

Mucha gente ha contribuido a que este libro sea realidad. En primer lugar, agradezco a Juan Ostoic por su paciencia y buena memoria. A Mauricio Villafaña Muñoz, por las entrevistas realizadas. A Luis Urrutia O’Nell, por orientarme en la búsqueda de material impreso. A Daimo Sánchez, por sus buenos datos acerca de la amistad de su padre con el, dos veces olímpico y dos veces mundialista. Carlos “Mogambo” Silva, por las anécdotas compartidas y la motivación. Daniel Díaz Segovia, por contarme sus encuentros gastrónomicos con Juan. Su prematura muerte no le permitió ver este libro. Mención especial a mi amigo el poeta Juvenal Ayala que me abastece de revistas y sobre todo por el puzzle. A Daniel Nadal, por su prolija cooperación y apoyo. Del mismo modo, a Dantón Cáceres que me entregó historias mínimas de este gran hombre. A Juan Pablo Mandarelis y Enrique Montealegre, por los recuerdos de aquel partido del año 1961. A mi hermano José Guerrero, que me contó su experiencia como alumno del Gigante en la Escuela Industrial de Iquique y por haberme acercado a la figura de Edgardo Arismendi. De igual forma, a Gustavo Fiamma y Harold Mayne-Nicholls Bolton, por su hermosa carta en la que recuerda a Juan en sus tiempos de liceano. A Carmen Fasciani viuda de Mitrovic, por los buenos recuerdos, al igual que a Constanza Verdugo. De igual modo a José “Pepe” Marín, Atilio Jorquera, Rodrigo Orchard, Eduardo Correa y Pedro Torrejón. Agradecer a los periodistas Edgardo Marín y a Humberto Ahumada; al primero por su orientación y al segundo por la presentación. Y, por cierto, no faltaba más, a la familia Ostoij Salinas, sobre todo a Ivor y Miriam, por impulsar y hacer posible este proyecto.

Grande de Chile

Antofagasta, 1951. Cancha del club Green Cross. Campeonato Nacional de Básquetbol. Tramos finales. Apretujados, de pie, vimos el triunfo de la selección local sobre la poderosa “U”. Al término del partido, mi amigo y compañero de curso en el colegio San Luis, ahora compadre, Rodolfo Reed me dice: “Voy a saludar a Juanito Ostoic”. Ambos iquiqueños, se habían conocido en el club Remache. Le acompañé y, obviamente, me lo presentó.

Un recuerdo que conservo con absoluta nitidez del primer encuentro con Juan. A los 16 años como estudiante solo era lector empedernido de la revista Estadio y de los lunes del diario La Nación. En sus páginas me empapaba de lo que acontecía en el fútbol, básquetbol y atletismo nuestro y en sus forcejeos internacionales. No soñaba con ser absorbido por el embrujo del periodismo. Tampoco con terminar siendo amigo de Juan. Y menos aún de tener el privilegio de asumir la presentación de este “Gigante de Tarapacá”, por invitación de Bernardo Guerrero, generoso impulsor de los testimonios escritos para las grandes figuras del deporte tarapaqueño. Un esfuerzo para el aplauso más allá de los límites regionales.

Con su más de 1,90 m de estatura, pese a su juventud, Juan Ostoic había debutado con auspicioso éxito en los rectángulos capitalinos. Sus méritos resaltaron en el limitado marco del campeonato de la “U” —el torneo de la Asociación Santiago acaparaba las informaciones de la prensa deportiva capitalina— y tras esos aprontes por Construcción Civil su llamado a la selección estudiantil no se hizo esperar. Tan rápido como su incorporación a la representación chilena en esos años a cargo de uno de los grandes mentores del baloncesto nacional, el estadounidense Kenneth Davidson, y que obtenía resultados para entreverarse en la avanzada suramericana.

El “gringo” vio algo más que su talla en Juan y por eso su edad no fue obstáculo para que con poco más de 18 años empezara a compartir con figuras como Víctor Mahana, Exequiel Figueroa, sus coterráneos Eduardo Cordero y Juan José Gallo, Pedro Araya y el siempre bien ponderado Rufino Bernedo entre otros. Y para que se diera el lujo de debutar internacionalmente con nuestros colores en el primer Campeonato Mundial, en 1950, en Buenos Aires.

La década de los 50 fue el lapso en que Juan Ostoic se consolidó como un jugador insustituible de cualquier combinado nacional, como pilar de los colores de la U en los Nacionales Universitarios y federados y como un estudioso como pocos del deporte de su predilección entre la variada gama de especialidades que abarcó en sus años liceanos e iquiqueños. Retirados otros valores, Juan Ostoic supo conquistar la adhesión de sus coetáneos y en especial de los jóvenes que renovaban el plantel azul, manejado sin contrapeso por Osvaldo Retamal, Don Reta, uno de los técnicos nacionales relevantes en esta disciplina, quien valoraba su contribución a los éxitos alcanzados. Colegas después, se respetaban mutuamente. Por eso, muchos recuerdan la anécdota de un entrenamiento en el que Juan, contrario a su costumbre, no se entregó con la misma aplicación. “Vamos Juan, al rebote”, le increpó Don Reta. Y desde la cancha surgió la réplica: “Tranquilo, Don Osvaldo, Juan no va a la pelota, la pelota viene a donde está Juan…”.

A su debut internacional en Buenos Aires 1950 sumó un segundo Mundial en Río de Janeiro en 1954, junto a otro iquiqueño Juan Zitko Carmona, donde mostró en su producción el oficio ganado en breve lapso. Participó, además, en un par de Suramericanos en Montevideo y en Cúcuta el 55 junto a otro nortino, su amigo Lucho Palacios, fallecido no hace mucho. Sin embargo, su mayor galardón es haber conseguido ser olímpico en dos magnas justas: en Helsinki el 52 y en Melbourne el 56, Solo Mahana y Hernán Raffo con tres le superan en participaciones. Quinto y octavo finalizó Chile, ubicaciones que se advierten imposibles de repetir en plazos medianos. Como lo ha dicho el propio Juan, la ciudad australiana fue la despedida nacional a ese nivel. Pudo haber sido Roma el 60, ya que Chile estaba clasificado por el puesto alcanzado más una decisión directiva en respaldo del técnico Raúl López que estimó no tener tiempo para una preparación adecuada les dejó abajo del avión que Italia envió en solidaridad con el terremoto que había sacudido nuestro sur poco antes.

Juan ya era una figura de indiscutido primer nivel, que debió haber prolongado su cupo en las selecciones siguientes, máxime si nuestro básquetbol tenía dos compromisos cercanos como local en carpeta: el Suramericano y el Mundial de 1958. El primero se jugó el año señalado en improvisada cancha en el Estadio Santa Laura y Juan quedó el margen por una sanción que a estas alturas raya en lo increíble. La demora en devolver la camiseta utilizada en un compromiso de la selección le significó ese castigo y con ello la expectativa de haber jugado su tercer Mundial, aun cuando por esas contingencias propias de nuestro quehacer —carencia de dinero para el proyectado gimnasio del Parque Cousiño, hoy el Movistar Arena — se jugó un año después en rectángulo al aire libre en el Estadio Nacional con nuestro Gigante en las tribunas.

Titulado como profesor de Educación Física, volvió a su tierra, distante, más que ahora, de los primeros planos comunicacionales. Reapareció en el ámbito estelar con la selección de Iquique en el Nacional de Osorno en 1958 dando la sorpresa por dejar en el camino a Antofagasta que aparecía con más chance. Y en tierra sureña dio el golpe al superar a Universidad Católica, no solo favorito del grupo sino que candidato al cetro.

Tuvo también una experiencia forzosa de residir en el extranjero donde más allá de las canchas aportó con su experiencia como docente y Asesor educacional por algún tiempo. En Venezuela, como enviado a cubrir partidos de O’Higgins y Palestino de Copa Libertadores, compartíamos en casa de Toño Freire cuando Juan recibió la noticia de la muerte de su padre. Quiso venir a su funeral, pero surgió unánime el consejo de que no viajara. No pudo despedirse del migrante yugoslavo que hizo familia en nuestra patria. Un golpe fuerte que superó con su temple de siempre.

Después. De vuelta en Santiago retomó los roles de director técnico con altibajos. Había tenido buen éxito con los varones de Unión Española tiempo atrás, con quienes supo de títulos capitalinos y hasta de jugar en España. De regreso, enfervorizó a una multitud en el Estadio Chile para el SA Femenino de 1989 cuando con el combinado nacional dio cuenta de Argentina y sugirió retornar a Chile al podio, esquivo por largos años tras su período de gloria. Un inesperado revés ante Perú echó por tierra la expectativa y como a todo entrenador le recayó la responsabilidad del contraste.

En toda esa trayectoria, Juan Ostoic dejó entrever sus preferencias por el básquetbol bien pensado. Devoto del juego elaborado, de trabajo previo responsable para construir el camino hacia el triunfo así como para obstruir las potencialidades del adversario e inclinar la balanza en el favor de su equipo. Y todo preparado con las limitaciones de esas décadas: sin videos, computación y con estadísticas básicas, rudimentarias.

Partidario irrestricto del juego colectivo, ordenado, prolijo, sigue postulando a Wilt Chamberlain como el mejor jugador de la NBA de todos los tiempos por encima de Michael Jordan, Magic Johnson o Lebron James, esgrimiendo argumentos y estadísticas que no es del caso incluir.

Identificado en los últimos años como “Jota O”, el cotidiano hacedor de puzles para el diario La Tercera, sigue vinculado a “su” deporte siguiendo su trámite nacional e internacional. Y emitiendo, cuando se le requiere, la autorizada voz de su experiencia y de sus inquietudes por superar prolongados años de pasos en falso. No se aferra al “todo tiempo pasado fue mejor”, tan propio de los mayores, porque está al día en lo que acontece en nuestras canchas, en las vecinas y en las de más allá. Por eso, no trepida en criticar la reforma de los tres puntos para las anotaciones desde los 6,75 m. “Adoptaron la disposición para equilibrar las posibilidades de los jugadores más bajos y ahora cualquier grandote lanza y convierte desde esa distancia. Ha sido una medida que ha restado valor al trabajo en conjunto y el básquetbol fue siempre el producto de esa intención”.

Decano de “Los eternos del básquetbol”, grupo de jugadores, técnicos, árbitros y periodistas que nos reunimos mes a mes para añorar tiempos idos. Juan aparece cargado con diccionarios y apuntes para su trabajo puzlero y acusando el paso de los años con sus pasos más lentos y su físico encorvado. Mas, siempre con su mente despierta, ágil, al tanto de lo que pasa en y más allá de nuestras fronteras para intervenir con claridad en los espontáneos debates. Por eso, se le quiere y se le respeta.

Para la última sesión de 2019, presionado por el entorno, cerró nuestro encuentro postrero del año con conceptos que no pierden validez: “Me formé en la solidaridad del básquetbol. En un juego en que cada uno aportaba lo suyo en beneficio de todos. En que importaba el rendimiento colectivo por sobre la destreza individual. Por eso, me duele el Chile de hoy. Se ha perdido lo esencial. Cada uno busca para sí y no le importa quién está al lado. Triste porque no quiero pensar en que no podamos como país volver a ser como éramos antes”.

Gigante de Tarapacá por su estatura llamativa para la época de su aparición en el medio deportivo nacional, hoy no lo sería. Sin embargo, es un Grande de Chile, por su ponderación, su sapiencia, su juicio equilibrado. Es un privilegio gozar de su amistad. Más aún, presentarle en estas páginas.

Humberto Ahumada A., “Tito Norte”

Premio Nacional de Periodismo Deportivo 2016

Mujeres practicando básquetbol.

Consideraciones generales

Las líneas argumentales que he seguido en mis publicaciones sobre el deporte en Iquique se pueden resumir en las siguientes consideraciones (Guerrero, 1992). Las primeras, de carácter estructural y las otras aluden a factores motivacionales de los deportistas. Ambas, en algunos casos, muy ligadas entre sí.

La primera consideración tiene que ver con el hecho de que los grandes triunfos deportivos de los iquiqueños y tarapaqueños se dan en el período de la gran crisis económica del salitre, que afectó al Norte Grande de Chile. En trazos generales, la podemos ubicar en los años 30 a los 60. Particularmente en la década de los años 40, la más brillante del deporte iquiqueño, y en la que se acuñó la expresión “Cuna de campeones” y que luego derivó en “Tierra de Campeones”. Hay que recordar los dos combates de Arturo Godoy frente a Joe Louis, las dos veces que el básquetbol logra el cetro máximo en Talca y Linares, los cinco basquetbolistas seleccionados nacionales e iquiqueños en las olimpiadas de Londres, los futbolistas que en el 1943 logran el Campeonato Absoluto y que en 1947 son de nuevo campeones de Chile, los boxeadores que pelean en el Caupolicán y luego en el Luna Park, en Buenos Aires, entre otros éxitos. No hay una sola interpretación para dar cuenta de este fenómeno. No son, por cierto, relaciones causales ni mecánicas.