El gobierno de Gabriel Boric - Carlos Peña - E-Book

El gobierno de Gabriel Boric E-Book

Carlos Peña

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Destacados académicos abordan los cambios radicales que han sacudido la política chilena en la última década y que culminan en el ascenso meteórico de Gabriel Boric, quien pasó de ser un líder estudiantil a convertirse en el presidente más joven en la historia de Chile. La obra se sumerge en los profundos cambios culturales y sociales que allanaron el camino para la victoria de la izquierda radical en Chile después de tres décadas de gobiernos de centroizquierda y derecha. Explora la compleja relación entre la izquierda moderada y la izquierda radical en el país, así como el surgimiento de una derecha más radical y populista. Además, se analiza la evolución de la gobernabilidad en Chile y su relación con la creciente movilización social. El libro también aborda los desafíos económicos del gobierno de Boric y su ambiciosa agenda de reformas sociales en áreas como las pensiones, la salud y la educación. Y cómo el gobierno enfrenta los problemas de inseguridad y delincuencia en el país. A medida que los autores exploran estos temas, se plantean preguntas cruciales sobre el futuro de Chile y la capacidad del gobierno para lograr una verdadera transformación. ¿Podrá la izquierda radical sustituir a la izquierda moderada en la región? ¿Cómo afectarán los cambios en la cultura política a las posibilidades de acción del gobierno? ¿Podrá Gabriel Boric alcanzar la estabilidad política y económica del país? Este libro ofrece una mirada perspicaz y detallada a la política chilena contemporánea y las complejas dinámicas que la están moldeando. Es una lectura imprescindible para aquellos interesados en la política latinoamericana y las transformaciones sociales y políticas en curso en Chile.

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Seitenzahl: 475

Veröffentlichungsjahr: 2023

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PEÑA, CARLOS y SILVA, PATRICIO (Editores)

El gobierno de Gabriel BoricEntre refundación y reforma

Santiago, Chile: Catalonia, 2023

272 p. 15x23 cm

ISBN: 978-956-415-055-0ISBN digital: 978-956-415-056-7

CIENCIA POLÍTICA320

Diseño de portada: Amalia Ruiz Jeria

Corrector de textos: Genaro Hayden Gallo

Diagramación interior: Salgó Ltda.

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: octubre, 2023

ISBN: 978-956-415-055-0

ISBN digital: 978-956-415-056-7

RPI: 2023-A-10732

© Carlos Peña, 2023

© Patricio Silva, 2023

© Editorial Catalonia Ltda., 2023

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Índice

El gobierno de Boric y su impronta transformadora

Carlos Peña y Patricio Silva

PRIMERA PARTEBoric, el político

CAPÍTULO 1Boric y la izquierda generacional

Carlos Peña

CAPÍTULO 2Boric y el empeño legalista

Javier Couso Salas

CAPÍTULO3Boric y la tentación populista

Patricio Navia

SEGUNDA PARTEBoric y la política

CAPÍTULO 4Boric y la centroizquierda: de la denostación a la alianza táctica

Patricio Silva

CAPÍTULO 5El triunfo de Boric y las disputas al interior de la derecha chilena

Cristóbal Rovira Kaltwasser

CAPÍTULO 6La disputa por la gobernabilidad en el Chile actual

José Joaquín Brunner

CAPÍTULO 7(Des)movilización social en el gobierno de Boric

Camila Jara Ibarra

TERCERA PARTEBoric y las políticas públicas

CAPÍTULO 8Boric y los desafíos de la economía chilena

Mauricio G. Villena

CAPÍTULO 9Las políticas sociales en el gobierno de Gabriel Boric

Rossana Castiglioni

CAPÍTULO 10La seguridad ciudadana en el gobierno de Boric

Claudio Fuentes

Los desafíos del gobierno de Boric

Carlos Peña y Patricio Silva

Los autores

El gobierno de Boric y su impronta transformadora

Carlos Peña y Patricio Silva

Una de las características del análisis en las ciencias sociales es que cuando se analiza un caso en particular las características que presenta suelen corresponderse con rasgos generales que se constatan luego en la experiencia comparada.

Y este es el caso del análisis del gobierno de Gabriel Boric que se presenta en este libro. En él se muestran procesos que, con mayor o menor intensidad, se insinúan en el resto de América Latina: masificación educativa, mejora en las condiciones materiales de la existencia, cambio de expectativas, sorprendente malestar. De ahí que el caso de Chile sea de interés más allá de la particularidad de la sociedad en que se verifica. Una somera presentación de sus principales procesos lo muestra.

En 2011 Chile experimentó masivas movilizaciones de estudiantes universitarios quienes exigían cambios radicales en el sistema educativo y en la sociedad chilena en general. Durante la última década, el movimiento estudiantil chileno evolucionó hasta convertirse en un poderoso actor, cuyo discurso desafiaba el orden político y económico que había surgido a partir de la restauración democrática en 1990. Se reprochaba una cierta lenidad de las fuerzas de la Concertación de Partidos por la Democracia a la hora de mejorar la calidad del sistema político y corregir los defectos de la modernización capitalista que el país había experimentado. En 2021, el exlíder del movimiento estudiantil, Gabriel Boric, de 35 años, lanzó su candidatura para las elecciones presidenciales. Durante su campaña, y en consonancia con su discurso previo, prometió una verdadera refundación de la estructura política, económica e institucional de Chile, declarando su objetivo de poner fin al neoliberalismo en el país.

Su victoria en la segunda vuelta presidencial –en la primera obtuvo solo un 25 por ciento del electorado– produjo un visible terremoto generacional dentro de la clase política chilena. Desde la restauración democrática en 1990, el proceso político había estado controlado por viejas figuras quienes durante los últimos cuarenta años habían dominado el escenario político. Tras la instalación de su gobierno en marzo de 2022, muchos miembros del gabinete no sobrepasaban los 45 años de edad. Además, su gabinete original estuvo compuesto por más ministras que ministros, lo que constituyó un caso único, descontada la experiencia de Alan García, en América Latina.

El ascenso de Gabriel Boric al poder en marzo del 2022 ha generado, con toda razón, un renovado interés entre cientistas sociales nacionales y extranjeros en el actual proceso político chileno. Algunos se han volcado a estudiar la meteórica carrera política de Gabriel Boric, quien en un lapso de tan solo diez años pasó de dirigente estudiantil a convertirse en el presidente más joven que haya tenido el país. Otros han comenzado a explorar la naturaleza política e ideológica de los líderes de la joven izquierda radical chilena que desde entonces se ha convertido en la nueva elite dirigente. Boric y su generación también han pasado a ser foco de comparación con la izquierda chilena tradicional y con otros gobiernos de izquierda que han surgido en la región en los últimos años. También ha creado expectación en sectores de la izquierda mundial el hecho que el proyecto de la izquierda radical que representa Boric se ha puesto como meta poner fin al modelo neoliberal que se gestara durante el gobierno militar y que por casi medio siglo ha dominado el desarrollo económico nacional.

Por primera vez desde la experiencia de la Unidad Popular a comienzos de la década de los setenta, una coalición de partidos y movimientos representando a la izquierda radical logra conquistar el poder en nuestro país. Esto sucede tras tres décadas en que Chile ha experimentado un profundo cambio en sus condiciones materiales de existencia, situándolo como uno de los países de mayor bienestar de la región. Parecía que el país muy pronto podría pasar a formar parte de las naciones que se empinaban hacia el desarrollo luego de eludir lo que la literatura llama la trampa del ingreso medio. Durante veinte años los cuatro gobiernos de la Concertación lograron edificar un sólido proyecto de transformaciones económicas y sociales de corte socialdemócrata. Este se caracterizaría por su gradualidad y moderación, en un esfuerzo por mantener un alto grado de gobernabilidad en el país. Tras la era de la Concertación, la ciudadanía eligió dos veces a un gobierno de derecha que, en grandes líneas, continuaron con el proceso de modernización y con el fortalecimiento del régimen democrático.

Con la llegada al poder de la Nueva Mayoría –la coalición de izquierda que sucedió a la Concertación de Partidos por la Democracia e incluyó al Partido Comunista– quedaba en evidencia que las fuerzas de la centroizquierda, que tras la restauración democrática habían dado conducción al proceso de cambios graduales, se habían radicalizado ostensiblemente. Esto se traduciría en la formulación de un ambicioso programa de profundos cambios, dirigidos a reemplazar los pilares económicos, políticos e institucionales que habían sustentado al proceso político chileno a partir de 1990. Sin embargo, al final del segundo gobierno de Michelle Bachelet, la mayor parte de los objetivos propuestos no habían sido alcanzados. Es en este contexto de reformas frustradas en que prende la idea en el seno de la izquierda chilena de que el legado político-institucional de la Concertación y de los dos gobiernos de derecha debían ser reemplazados de raíz por otro modelo que quebrara definitivamente con “los treinta años” que le precedieron.

En este nuevo escenario político, la nueva izquierda radical que surge del movimiento estudiantil de 2011 logrará convertirse en las postrimerías del segundo gobierno de Michelle Bachelet en el eje conductor de una agenda marcadamente refundacional. En boca de sus líderes, se trataba de un fuerte golpe de timón que debía llevar a la tumba al llamado modelo neoliberal. Es por esto que si bien el gobierno de Gabriel Boric accedió al poder enarbolando una agenda a la que llamó “transformadora”, las transformaciones que se perseguían no se trataban de meras reformas al sistema existente sino que su total refundación.

El proyecto modernizador que se impulsó en Chile a partir de 1990 estaba animado por políticas que atenuaban las consecuencias indeseables del modelo económico de libre mercado como la pobreza y la desigualdad. A través de un sistema de subsidios y la implementación de una amplia batería de programas sociales, los gobiernos de la Concertación lograron reducir dramáticamente los índices de pobreza en el país. Un gobierno transformador, insistía el discurso de Gabriel Boric, estaba empeñado en eliminar de raíz las estructuras que producían una serie de desigualdades e injusticias sociales en vez de simplemente corregirlas ex post. Si bien en la segunda vuelta presidencial Boric moderó su discurso a fin de obtener la adhesión de sectores de centro y de centroizquierda, su inspiración ideológica siguió siendo la plena sustitución del proyecto modernizador que Chile había emprendido a partir de 1990.

El triunfo de Boric, y con él de la izquierda radical, plantea varios interrogantes. El principal es la existencia de una genuina estrategia transformadora que vaya más allá de los diagnósticos generales que ha formulado. Se agrega la duda de si el entorno de oportunidades en que su gobierno se desenvuelve permitirá desplegar una agenda de esa índole. Y en fin, está la pregunta sobre su capacidad para garantizar la estabilidad política y económica del país. La mayor prueba para el gobierno de Boric será controlar la creciente espiral de violencia política y criminalidad que ha afectado a la sociedad chilena desde el levantamiento de octubre de 2019.

Como se ve, buena parte de las interrogantes que plantea el ascenso de Gabriel Boric y el Frente Amplio se traducen en examinar si acaso la izquierda que él representa será capaz de sustituir a la izquierda amistosa con la tercera vía –Lagos, Cardoso, Lula– que gobernó la región hasta ser sustituida por un ciclo más cercano a la derecha. La izquierda en la región de Latinoamérica ha transitado desde una impronta antimperialista y poco amistosa con la modernización capitalista, que se constata en los años sesenta, a otra que ve en el mercado y en la internacionalización de la economía, una oportunidad para el desarrollo, como fue el caso de la izquierda de los noventa. Hoy se plantea la pregunta de si acaso la izquierda posee una nueva versión más adecuada a la actual agenda cultural, o si replica alguno de los modelos precedentes.

Ese problema se plantea en un país que ha experimentado un profundo y extendido proceso de modernización el cual ciertamente no ha estado libre de problemas. En este sentido un análisis del caso de Gabriel Boric (por llamar así al proyecto que él representa) puede ayudar a comprender hasta qué punto una modernización exitosa cambia la cultura política de la ciudadanía y establece restricciones a un proyecto radical.

Este volumen persigue así los siguientes objetivos. En primer lugar, explicar el triunfo de la izquierda radical en Chile, después de tres décadas de gobiernos de centroizquierda y derecha, indicando una serie de profundas transformaciones culturales y sociales experimentadas en el país en las últimas décadas. Estos cambios allanaron el camino para la emergencia de una nueva generación que se ha propuesto como objetivo transformar radicalmente el país construido por las generaciones mayores. En segundo lugar, analizar las principales características del nuevo gobierno de Boric tanto en términos de objetivos como de desempeño durante su primer año de gobierno. Y finalmente, este volumen evalúa las probabilidades de que el gobierno de Boric pueda avanzar en el objetivo original de refundar al país. Todo esto a la luz de la actual crisis económica, los muchos tropiezos que ha tenido su gestión durante su primer año y la falta de consenso entre su gobierno y la oposición sobre el contenido de una nueva Constitución.

¿Qué características revisten las fuerzas políticas que accedieron al poder con el triunfo de Gabriel Boric? ¿Qué explica el obvio cambio de énfasis de los temas de que se ocupa una vez iniciado su gobierno? ¿Cuáles son las restricciones con que se encontrará y qué puede conjeturarse acerca del curso futuro de su gestión? ¿De qué manera los cambios en la cultura política de Chile y de las fuerzas que la integran influirán en sus posibilidades de acción? Esas son algunas de las preguntas que en este estudio se intenta responder a un año exacto de la instalación del gobierno de Gabriel Boric. Este libro es fruto del trabajo conjunto de profesores de la Universidad Diego Portales y la Universidad de Leiden, quienes a partir de marzo de 2022 le han dado seguimiento a la gestión del gobierno de Boric en diversas áreas de la realidad nacional.

Los primeros tres capítulos de este libro se encargan de indagar los principales rasgos político-culturales del gobierno de Boric.

En el capítulo 1, Carlos Peña enfatiza los rasgos generacionales de las fuerzas políticas que apoyan al nuevo gobierno. A su juicio, la generación de Boric, nacida en torno al año 1985, posee un horizonte vital y de sentido radicalmente distinta a la que la antecedió. Es la generación de las redes sociales, la más educada de la historia de Chile y la que creció en medio de la crisis de las agencias socializadoras. Esto explicaría que se trate de una generación que padece algún grado de anomia y fuertemente preocupada de elegir su identidad.

La izquierda generacional llega al poder con un heterogéneo discurso político que gira en torno a diversas sensibilidades que no logran conformar una ideología. Dichas sensibilidades afloraron plenamente durante la Convención Constitucional cuando estas parecían más bien competir entre ellas en lugar de intentar construir un relato común. Sin embargo, esas sensibilidades son clave para la autoimagen y la identidad de la joven generación en el poder. Esto explicaría lo difícil que le ha resultado a Boric y a sus colaboradores más directos adaptar el proyecto transformador inicial del gobierno tras la derrota del plebiscito del 4 de septiembre. El hecho de poseer una sensibilidad más que una ideología le impide al gobierno, sugieren las páginas que siguen, enfrentar con plena comprensión de ellos los problemas que afronta la sociedad chilena a los que, sin embargo, su espíritu generacional logra en algún sentido detectar.

Javier Couso analiza en el capítulo 2 una característica que ha sido señalada otras veces como peculiar de la cultura pública en Chile: a saber, el acento en el empleo de formas jurídicas incluso cuando se trata de iniciativas radicales. Esto quedaría de manifiesto en la forma en que se ha conducido, con el explícito empuje de Gabriel Boric, la crisis constitucional en que se tradujo la revuelta de octubre del año 2019. Efectivamente, Boric puso en juego todo su capital político al apoyar el acuerdo de noviembre de 2019 que hizo posible canalizar la crisis política generada por la revuelta de octubre, por medio de mecanismos institucionales. Ese gesto le costó una crítica generalizada de su propio sector político que vio en ese acuerdo un intento por detener la movilización popular y restaurar el statu quo. Una revisión histórica de lo que ha sido tradicionalmente la relación de la izquierda chilena con el constitucionalismo muestra que, salvo algunos episodios en que sobrepasó los límites legales, la izquierda siempre ha tendido a favorecer la vía institucional para impulsar su agenda transformadora. Lo mismo pareciera ser el caso de la actitud adoptada por Boric ante los dos procesos constituyentes, en donde transmitió desde un primer momento sendos mensajes a su sector para evitar la adopción de actitudes demasiado partisanas que imposibilitaran el logro de grandes acuerdos.

Patricio Navia, por su parte, se pregunta en el capítulo 3 si Gabriel Boric se ha visto tentado durante su primer año de gobierno a seguir la senda del populismo. Tras una breve revisión de lo que ha sido el uso del término populismo en la América Latina contemporánea, Patricio Navia hace un repaso histórico de la evolución política de Gabriel Boric.

A pesar de la radicalidad de sus posiciones, durante su periodo de dirigente estudiantil Boric no adoptó un perfil personalista ni transgredió las instancias organizacionales que conformaban los movimientos sociales que se fueron gestando a partir del 2010. Boric tampoco mostró una actitud populista durante su trayectoria legislativa. Si bien cultivó un voto personal para salir electo como diputado, con esto Boric simplemente siguió el camino que recorren todos los candidatos exitosos que logran obtener un escaño en el Parlamento chileno. Respecto a las elites nacionales, el discurso de Boric durante su trayectoria parlamentaria no fue un discurso netamente anti-establishment, sino que más bien transmitió un mensaje en pro de un recambio generacional. Finalmente, como presidente Boric ha constituido su gabinete y su equipo de colaboradores más cercanos, teniendo muy en cuenta los equilibrios políticos existentes entre las diversas organizaciones y sensibilidades políticas que apoyan a su gobierno. A pesar de las muchas dificultades que le ha tocado enfrentar en los primeros doce meses de gobierno, Boric no se ha dejado embaucar por la tentación populista.

En los cuatro capítulos siguientes, el libro examina las fuerzas que configuran el entorno de oportunidades –tanto en el sistema político como en lo que atinge a la gobernabilidad– con que habrá de vérselas el gobierno de Gabriel Boric y que ya se manifiestan con claridad durante el primer año de su gobierno.

Así, en el capítulo 4, Patricio Silva explora la historia de la tensa relación existente entre la izquierda radical, representada por Boric y el movimiento estudiantil, y la izquierda moderada, representada por el Partido Socialista, el Partido por la Democracia y el Partido Radical. Durante los gobiernos de la Concertación, la izquierda radical criticó permanentemente a los partidos de centroizquierda debido a la orientación reformista y su apoyo tácito al modelo neoliberal. De esta manera, la mayor parte del ascenso político de Boric se ha basado en su constante vilipendio de la izquierda socialdemócrata. Irónicamente, durante las elecciones presidenciales de diciembre de 2021, Boric buscó el apoyo electoral de la izquierda moderada que finalmente le permitió ganar en el balotaje. Además, Boric se ha visto obligado a incorporar a su gabinete a figuras experimentadas de la centroizquierda a su gabinete. Patricio Silva describe la compleja correlación y equilibrios entre las fuerzas políticas que lo apoyan subrayando que es probable que Boric enfrente un juego de suma cero de lealtades. Si se apega a los sectores moderados acabará enajenándose la adhesión de la izquierda más radical con la que posee fuertes lealtades culturales. Y al revés, si se adhiere a estas últimas y contribuye a que hegemonicen el sector, obligará a los sectores más inclinados a reformas socialdemócratas a abandonarlo o a graduar su apoyo en el Congreso.

En el capítulo 5, Cristóbal Rovira Kaltwasser examina el surgimiento en los últimos años de una derecha más radical en el país. En su opinión, esto forma parte de un fenómeno global consistente en la aparición en círculos conservadores de un sector explícitamente autoritario y populista. En el caso chileno, este sector estaría representado por la figura de José Antonio Kast y la emergencia del Partido Republicano. Esta corriente sale a competir por la hegemonía al interior de la derecha con la otra derecha representada por Renovación Nacional y la Unión Demócrata Independiente, que a pesar de poseer un origen autoritario, ha modificado su agenda acercándose a puntos de vista más liberales y reformistas. La elección presidencial de diciembre del 2021 demostró que, a pesar de las visibles diferencias y tensiones existentes entre la derecha tradicional y el republicanismo lidereado por Kast, el electorado de derecha se volcó decididamente a votar a favor de Kast en el balotaje, en un intento por evitar el triunfo de la izquierda radical representada por Boric. Sin embargo, tras el triunfo de Boric, la derecha tradicional ha optado por mantener abiertos los canales de comunicación con el nuevo gobierno para tratar de impulsar políticas en las cuales se puedan lograr acuerdos con el Poder Ejecutivo. Además, tras el rechazo de la propuesta constitucional en septiembre de 2022, la derecha tradicional ha honrado su palabra de apoyar un nuevo proceso constituyente que finalmente permita llegar a una nueva carta magna.

En el capítulo 6, José Joaquín Brunner se detiene en el tema de la gobernabilidad y su tormentosa evolución a partir del llamado “estallido social” de octubre de 2019 hasta el día de hoy. De su análisis se desprende que la crisis de la gobernabilidad en Chile no nace abruptamente con la revuelta de octubre, sino que esta comienza gradualmente a debilitarse desde el momento mismo de la restauración de la democracia en 1990. Para esto, José Joaquín Brunner pasa a identificar diferentes momentos y factores que contribuyeron a disminuir los niveles de gobernabilidad en el país durante los cuatro gobiernos de la Concertación, el gobierno de la Nueva Mayoría y las dos administraciones de derecha. Todos estos gobiernos han tenido serios problemas en sus intentos por lograr la coordinación sostenida y coherente entre la gran variedad de actores políticos e institucionales, provistos de diferentes propósitos y objetivos, necesaria para el logro de los propósitos gubernamentales. Este problema se debería en parte a la existencia de una esfera política –el Estado y la sociedad chilena, en general– la cual se encuentra fuertemente fragmentada y con escasa credibilidad y efectividad. Todo esto se ha visto agudizado durante los últimos años, en un contexto de severas restricciones económicas, una sobrecarga de demandas sociales no atendidas, y una sensación generalizada de pesimismo respecto del futuro.

En el capítulo 7, Camila Jara se ocupa de examinar la situación de los movimientos sociales y la forma en que ellos podrían modificar el entorno en medio del cual se está desenvolviendo el gobierno de Gabriel Boric. Tras un breve repaso teórico, se hace un recuento histórico de lo que han sido los principales ciclos de movilización y de desmovilización social experimentados en el país desde los años sesenta hasta la actualidad. El foco de análisis se centra en el periodo de hipermovilización social generado tras la erupción de la revuelta de octubre de 2019. A partir de ese día se gesta un poder destituyente que ve en la ingobernabilidad un camino para gestar una nueva forma de gobernabilidad que surgiría de la protesta social. Posteriormente, el espíritu octubrista encontrará un potente eje de articulación en la Convención Constituyente en donde primó la idea de que “todo puede ser posible”. Tras el triunfo de Boric, la derrota sufrida con el rechazo del 4 de septiembre y la adopción de la nueva orgánica para llegar a un nuevo texto constitucional, los movimientos sociales han entrado en un estado de latencia. Jara sugiere que se mantendrá una progresiva desmovilización social como consecuencia de las restricciones específicamente políticas que habrían derrotado la agenda progresista. La autora concluye que habrá reacciones y convulsiones de variada intensidad mientras no se resuelva el esquivo, multiforme y multicausal problema del malestar social, pero se tratará de una movilización latente.

Los tres capítulos siguientes examinan lo que se podría denominar aspectos específicos de política pública en las áreas de la economía, la política social y la seguridad ciudadana.

Mauricio Villena explora en el capítulo 8 el complejo escenario económico que enfrenta Boric al momento de su ascenso al poder y los grandes desafíos que tendrá que enfrentar durante su gestión. Entre estos se encuentran la necesidad de reducir la inflación, fomentar el crecimiento económico, la inversión y el empleo y llevar a cabo una reforma tributaria. Con el nombramiento de Mario Marcel como ministro de Hacienda, Boric envió una potente señal a los actores económicos locales e internacionales de que trataría de bajar el alto grado de incertidumbre surgido en los mercados a raíz de su triunfo en las elecciones de diciembre de 2021. Sin embargo, el texto elaborado por la Convención Constitucional generó nuevamente una fuerte incertidumbre entre los actores económicos, debido a que varios de sus articulados tendrían profundas consecuencias en asuntos relacionados a la propiedad privada, el fortalecimiento del Estado como ente regulador, el tema laboral y desincentivos para la inversión. El rotundo rechazo a ese texto constitucional en el plebiscito del 4 de septiembre hizo renacer una suerte de optimismo en el empresariado de que las reformas económicas que logre implementar el gobierno de Boric no podrán ser tan radicales como inicialmente se había temido.

Un tema clave para la viabilidad de las reformas sociales que tiene en carpeta el gobierno de Boric será el mantenimiento de la sostenibilidad fiscal. El cumplimiento de la promesa electoral de expandir considerablemente los derechos sociales no puede sostenerse en el aumento permanente de la deuda pública y del déficit fiscal. De allí que durante su primer año el gobierno de Boric se ha visto forzado a adoptar medidas para fortalecer el comercio internacional, a las Pymes y la inversión extranjera.

En el capítulo 9, Rossana Castiglioni analiza la agenda social formulada en el programa de gobierno de Boric y los intentos de llevarla a la práctica durante su primer año de gestión. A partir del estallido social, se produce en Chile una verdadera explosión de demandas ciudadanas en el ámbito del sistema de pensiones, la salud pública, la educación y en otros terrenos que exigían una respuesta por parte del Estado. Muchas de esas demandas fueron acogidas durante el proceso constituyente en donde se integró una serie de derechos sociales que serían garantizados en la nueva Constitución. Sin embargo, el rechazo de la propuesta constitucional en septiembre de 2022 constituyó un fuerte revés en el programa de reformas sociales que pretendía realizar el gobierno de Boric. En este capítulo se exploran especialmente las dificultades que ha tenido el gobierno en llevar a cabo una reforma previsional y la transformación del financiamiento de la salud pública. En ambos terrenos el gobierno ha intentado aumentar la presencia y el control del Estado en detrimento del sector privado, lo cual ha encontrado una fuerte resistencia por parte del mundo empresarial y de sectores de derecha. El complejo escenario económico y político que enfrenta el gobierno de Boric a un año de haber iniciado su gestión ha hecho que la ambiciosa agenda de políticas sociales que enarboló inicialmente se haya hecho cada vez más difícil de ser llevada a cabo.

Y finalmente, en el capítulo 10, Claudio Fuentes analiza los desafíos de la seguridad pública durante el gobierno de Boric. En los últimos años, el tema de la inseguridad y la delincuencia se ha instalado fuertemente en el debate político, en los medios de comunicación y en las encuestas de opinión pública. Durante el balotaje el candidato de derecha, José Antonio Kast, se presentaba como el candidato de la “ley y orden” que pondría fin al clima de temor en la población de ser víctima. Tras su instalación, el gobierno de Boric ha sido permanentemente criticado por la oposición por no enfrentar de forma contundente al narcotráfico, a los delincuentes, al crimen organizado y a los grupos violentistas en las macrozonas norte y sur del país. Fuentes analiza una serie de determinantes de orden histórico, ideológico e institucional que han ido estructurando la agenda de seguridad pública del gobierno de Boric. Además, el fuerte aumento de la sensación de inseguridad entre la población y la demanda de adoptar medidas más drásticas en contra de los delincuentes ha llevado a que el gobierno haya buscado un mayor acercamiento ante Carabineros y la Policía de Investigaciones (PDI). La promesa inicial de iniciar una profunda refundación del sistema policial fue rápidamente abandonado a medida que Boric necesitó de la ayuda de Carabineros y de la PDI para enfrentar los crecientes desafíos en el ámbito de la seguridad pública. Sin embargo, y a pesar de la fuerte demanda ciudadana por una política más robusta en contra de la delincuencia, durante el primer año de gobierno Boric no se ha atrevido a endurecer su posición para hacer frente a este flagelo debido al rechazo de acciones punitivas al interior de su coalición política.

En el capítulo final Carlos Peña y Patricio Silva hacen una breve evaluación de lo que ha sido el primer año de gobierno de Boric, identificando además los principales desafíos que deberá enfrentar en el resto de su administración.

Desde luego la inmediatez de este análisis obliga a considerar las razones que en él se expresan cum grano salis, es decir, con cautela. Los hechos a que se refiere están en curso y no es posible saber con certeza qué ocurrirá finalmente. Con todo, los análisis y conjeturas que este libro contiene pueden ayudar a avizorar la dirección probable que tendrán, a apreciar los efectos políticos que producirían y a contar con razones para evaluarlos.

Primera parte

Boric, el político

CAPÍTULO 1Boric y la izquierda generacional

Carlos Peña

INTRODUCCIÓN

Una de las características más acusadas del gobierno del presidente Gabriel Boric, y de las fuerzas culturales y políticas que lo apoyan, es la crítica a los cambios que el país experimentó en los últimos treinta años. ¡No son treinta pesos, son treinta años! fue la divisa que se esgrimió una y otra vez para explicar la crisis de octubre del año 2019, cuyas demandas y reclamos las actuales fuerzas gubernamentales hicieron suyas. Ese rechazo de la historia reciente posee, como se sugerirá en lo que sigue, un fuerte sentido generacional. Captar ese sentido –el sello de una generación– es también indispensable para comprender los primeros meses de la gestión gubernamental del presidente Gabriel Boric.

Si bien los análisis políticos suelen acentuar cuestiones de clase o dimensiones ideológicas de los fenómenos, la perspectiva generacional, que tiene una larga historia, es también muy útil. Ella pone de manifiesto que la historia y la política se mueven también al compás de quienes, cada cierto tiempo, arriban a la historia con imágenes y sensibilidades distintas a los más viejos. Ello no siempre ocurre, desde luego. Cuando la sociedad evoluciona como si transitara por una meseta, sin graves cambios o alteraciones en sus condiciones materiales de existencia, la cuestión generacional no se plantea. Pero si el tiempo se acelera, si hay cambios abruptos en las condiciones de la existencia, entonces los más jóvenes vienen a este mundo provistos de un horizonte vital distinto a los más viejos. Y es que una generación no es, en rigor, una cuestión de edad sino un asunto de perspectiva de sentido, de imágenes del mundo en que se desenvuelve la vida y de acomodos o desasosiegos con él. Karl Mannheim ha observado que el fenómeno generacional se parece a una situación de clase, debido a la posición específica que ocupan en el ámbito sociohistórico los individuos afectados por ellas.1 Pinder, en sus estudios de historia del arte, ha llamado la atención acerca del hecho que allí donde se puede constatar que “el progreso se acelera” no todos quienes son coetáneos son, en rigor, contemporáneos. Él señala que “…cada uno convive con sus coetáneos y con personas de edad diferente en una plenitud de posibilidades simultáneas. Para cada uno, la misma época es a la vez una época distinta, esto es, una época distinta referida a él mismo, que él sólo comparte con sus coetáneos. Cada punto del tiempo tiene para cada cual un sentido diverso, no sólo porque, desde luego, es vivido por cada cual bajo una coloración individual, sino –en su calidad de ‘punto de tiempo’ real, y por debajo de todo lo individual– lo tiene ya por el hecho de que un mismo año constituye, para un hombre de cincuenta años, un punto temporal distinto, dentro de su vida, que para otro de veinte años; y así sucede en una serie de infinitas variantes” (Pinder, 1946: 58-59).

Es lo que ha ocurrido en la historia reciente de Chile. Una aceleración del tiempo. El tiempo cronológico, desde luego, no se acelera; pero el tiempo histórico sí. Los acontecimientos se solapan y hacen más densa la experiencia y entonces se tiene la impresión de que el tiempo transcurre más rápido. Es lo que Koselleck ha llamado sedimentos o capas del tiempo (layers of time).2Chile en las tres últimas décadas experimentó cambios de esa índole. En efecto, en Chile es posible verificar un conjunto de transformaciones socioculturales que son producto de la mejora material que experimentó en los últimos treinta años.

Esos cambios socioculturales dieron origen a una generación que es la que hoy integra el gobierno de Gabriel Boric y a la que el propio presidente pertenece. Esa generación presenta tres características centrales. En primer lugar, viene al mundo junto con las redes sociales. Las redes sociales, a diferencia de los medios tradicionales, no son formas de comunicación, sino estructuras socioculturales que definen la propia identidad de una forma distinta a la tradicional, despegándola de la relación con otros significativos como los padres, los compañeros de estudios, etcétera (Fuhse, 2009). Las redes además operan como estímulos supernormales que acentúan la hipersensibilidad que es propia de la época (Barret, 2010: 3). En segundo lugar, se trata de la generación más escolarizada e ilustrada de la historia de Chile, cuyo crecimiento coincide con la universalización de la educación superior (Brunner, 2012). En fin, se trata de la generación que crece a parejas con la crisis y el debilitamiento de los grupos donde se produce la socialización, como la familia o la escuela y poseen por eso una natural resistencia a la autoridad.

Ahora bien, las críticas que la generación así constituida formula a las tres décadas (los años de la centroizquierda) no se fundan en un diagnóstico acerca de las patologías de la modernización –un aspecto hacia el que se había llamado la atención tan temprano como en 1998– sino en la imagen de sociedad que la modernización inevitablemente promueve. Una nueva generación no se rebela contra los abusos. Esto último lo hacen todos los grupos con sentido de justicia. No. Las nuevas generaciones, y esto es lo que las hace tan incomprensibles incluso para los que las apoyan, se rebelan contra los usos, contra el sistema de vigencias sobre el que la sociedad se erige: esas prácticas sociales, esos modos de concebir la existencia que se daban por sabidas y que poseían una evidencia casi atmosférica. El aspecto más periférico y superficial de todo esto son, desde luego, el cambio de modales, el rechazo de la corbata, la forma de transportarse, de sentarse, todas esas cosas que escandalizan y molestan a los más viejos. Pero el más profundo y el que más importa es el modo en que la nueva generación concibe la relación con los demás, la manera en que comprende la colectividad a la que pertenece y los deberes recíprocos que ello supone.

Así entonces la izquierda generacional cuenta más bien con una sensibilidad. Esa sensibilidad se racionaliza en distintas ideas que, sin embargo, no logran configurar una ideología. Muchas de esas ideas, como veremos, se manifestaron en la Convención Constitucional cuyo proyecto fue visto como la conditio sine qua non del proyecto transformador del gobierno de Gabriel Boric.3El proyecto, sin embargo, fue rechazado; aunque ello no condujo al gobierno a revisar algunas de las ideas que el proyecto contenía y a las que había adherido.4La razón es que estaba en juego más que ideas una sensibilidad.

En este ensayo se sugiere que el hecho de poseer una sensibilidad más que una ideología con derivaciones hacia el policy making le impide al gobierno enfrentar con plena comprensión de ellos los problemas que afronta la sociedad chilena a los que, sin embargo, su espíritu generacional logra en algún sentido detectar. En las siguientes páginas se identificarán esos cambios y se verá de qué forma se expresan en el actual panorama de la izquierda más radical.

LOS CAMBIOS EN LA CULTURA

Es posible sugerir que el Chile contemporáneo ha experimentado ante todo un profundo proceso de individuación. La individuación es un proceso cultural en el que las personas sienten que su identidad no es algo adscrito o dado, sino que constituye una tarea que cada uno debe emprender. Este proceso, según se observa en la literatura, está acompañado por una disolución o debilitamiento de las categorías de clase, género, estatus, roles, familia o vecindario, es decir de todas las formas sociales que configuran o ayudan a las personas a configurar su identidad (Beck y Beck-Gernsheim, 2002). Esta idea de la identidad como una tarea, como algo elegido por las personas, podría explicar la proliferación de identidades y lo que se ha llamado la política de la identidad que es posible observar en Chile (Peña, 2022). Una muestra flagrante de ella se pudo verificar en la Convención Constitucional donde el debate fue, en rigor, un juego de toma y daca entre grupos diversos y donde tuvieron particular relevancia los grupos feministas, indígenas y ambientalistas. Todo ello se manifestó además en el verdadero enjambre de banderas con que se adornó el edificio del Congreso Nacional, entre las cuales la bandera nacional era apenas una más. Este rasgo que ha asomado en la sociedad chilena es muy relevante en la conformación de la izquierda del Frente Amplio y explica, en parte, la variopinta agenda de intereses que el gobierno al menos a nivel discursivo impulsa y promueve. Un examen incluso somero del discurso del presidente Gabriel Boric lo pone de manifiesto.

En su discurso inaugural puso énfasis en la igualdad y al mismo tiempo declaró ser el suyo un gobierno feminista, ecologista y transformador; más tarde insistió en el carácter feminista de su gobierno (El País, 27/8/22). En Twitter declaró ser ecologista, afirmando que “el nuestro será el primer gobierno ecologista de la historia de Chile, implementando políticas sustentables en todas las materias y así avanzar al fin del extractivismo, que pone en peligro la naturaleza y la vida acelerando la grave crisis climática que vivimos”. Boric ha enfatizado también su compromiso con la no discriminación hacia la diversidad sexual. Así, en su primer discurso como presidente electo, Boric agradeció a las “disidencias y diversidades, que han sido larga, largamente discriminadas en esta campaña y vieron amenazados los pocos logros que han tenido. En nuestro gobierno, quiero que sepan que la no discriminación, y detener la violencia contra las diversidades y las mujeres, junto a las organizaciones feministas, va a ser fundamental” (La Tercera, 19/12/22). Con respecto a la diversidad de pueblos, Boric indicó “como presidente de Chile, les digo que estoy consciente de que estamos en deuda, y que no basta solamente con los reconocimientos simbólicos, que son importantes, el poder reconocer que hay otras culturas, que hay otras formas de aproximarse a la verdad, que hay conocimientos ancestrales de los pueblos originarios de los cuales vale la pena escuchar y aprender, pero que también desde el Estado es necesario tener gestos sustantivos que no solamente mejoren su calidad de vida sino que den cuenta de lo que significa ser otra cultura” (La Tercera, 21/6/22).

La característica, por llamarla así, cultural de las nuevas generaciones ha requerido, por supuesto, una cierta racionalización. Ella se ha encontrado, entre otras, en ideas como las expuestas por Ernesto Laclau. Este autor ha sugerido, al revés del marxismo más clásico, que la sociedad contemporánea es una sociedad dislocada, sin centro. En ella brotarían múltiples demandas e intereses y la tarea de la política sería reunir esos intereses en derredor de lo que llama un significante vacío, y sobre esa base constituir al pueblo. El pueblo, según este autor, no es un sujeto que anteceda a la política, sino que es la política la que constituye al pueblo (Laclau, 1990). Esto es lo que explicaría la abigarrada y múltiple agenda promovida por la izquierda generacional que reúne grupos ecologistas, feministas, indigenistas, y que la preocupación de clase no esté en el centro de su planteamiento. Un examen de la coalición de base del gobierno –Apruebo Dignidad– muestra esta abigarrada presencia de demandas múltiples sin una orientación ideológica específica, salvo el propósito general de “transformación” en cuyo derredor se agrupan.5

Ese rasgo que se acaba de subrayar está acompañado de otro. Se trata del debilitamiento de los grupos primarios de pertenencia como la familia o el barrio, un fenómeno que ha experimentado la sociedad chilena en las últimas décadas. Otras formas sociales donde las personas adquieren una orientación normativa compartida, como el sindicato, los partidos políticos o la Iglesia, también se han debilitado. La consecuencia de este fenómeno –que va de la mano con la individuación– es doble. Por una parte, hay una cierta anomia en la sociedad chilena que parece ser más acentuada en las nuevas generaciones, y, por la otra, hay una cierta nostalgia por la comunidad, por experiencias sociales de abrigo que la frialdad de la modernización no brinda.

La anomia, según se muestra en la literatura posee una dimensión social y una individual (Lockwood, 2000). Desde el primer punto de vista, ella aparece como una “desclasificación” de los grupos sociales, cuyo lado positivo es una alta movilidad al menos desde el punto de vista de la autoconciencia de los actores. Esa alta movilidad muchas veces no se vive como emancipación, sino como una carencia de lugar. Individualmente considerada ella se traduce en una falta de orientación del comportamiento. Al carecer de esas orientaciones, los individuos terminan aferrándose a su propia subjetividad. Este fenómeno puede observarse en la sociedad chilena. Las nuevas generaciones reivindican su propia subjetividad como la fuente última de sus demandas. El fenómeno fue descrito tempranamente por Gehlen quien observó que el individuo humano se configuraba a partir de las instituciones. Según él, no son externas al individuo sino que lo configuran desde dentro (Gehlen, 1988: 56). Por eso, donde las instituciones experimentan una crisis, la subjetividad de las personas se queda a solas consigo misma. Esto explicaría, y sería al mismo tiempo el resultado, del alto nivel de desorden que se observa, desde hace más de una década en la experiencia escolar. En ello influiría también lo que pudiera llamarse la “desinstitucionalización” de la familia.

Los anteriores procesos coexisten en la sociedad chilena con una cierta nostalgia por la comunidad que muestran las nuevas generaciones y que parecen compensar con la experiencia fugaz del encuentro tumultuoso, o en las tomas escolares y universitarias. Los procesos señalados también han llevado a la aparición de una hipersensibilidad en las interacciones sociales que detecta discriminación y abuso en múltiples niveles de la vida social. Esta cultura se acentuó en los últimos años y se manifestó fuertemente desde octubre del 2019 y se hizo manifiesta en la Convención Constitucional cuyo proyecto finalmente fracasó. En ella frecuentemente se esgrimían derechos como una forma de compensar lo que se describía como experiencias de agresión moral sostenidas durante generaciones, como fue el caso del reclamo de derechos de los pueblos originarios, las reivindicaciones de género o de las disidencias sexuales.

Todo lo anterior se expresa en lo que, siguiendo la tesis clásica de Daniel Bell, podría llamarse una contradicción cultural (Bell, 1996). Este autor sugirió que en las sociedades capitalistas se anidaba la semilla de una contradicción entre las exigencias de racionalidad técnica que son necesarias para sostener el bienestar, por una parte, y el impulso hacia la espontaneidad del yo o de la subjetividad, por la otra. Esta contradicción es señalada, en diversas modalidades, por prácticamente toda la literatura que se ha ocupado de procesos similares a los que ha vivido Chile. Una mirada a los acontecimientos de octubre y los que le siguieron, y un examen de las propuestas constitucionales (que finalmente no concitaron la adhesión de la mayoría) muestra este rasgo. Hubo allí propuestas de decrecimiento, un fuerte acento en la autonomía personal, la idea de vinculación espontánea con la naturaleza y otras propuestas cercanas al new age que acusan este rasgo generacional.

Esos rasgos culturales que es posible apreciar en las nuevas generaciones –especialmente en aquella que está hoy en el poder– coexisten con algunos datos específicamente políticos que muestra la cultura en Chile.

El principal de ellos es la transformación que ha experimentado el clivaje. El clivaje –la línea divisoria de las preferencias políticas– se ha vuelto especialmente cambiante, una verdadera línea móvil en Chile. La tesis clásica de Lipset y Rokkan según la cual las preferencias políticas estaban arraigadas en la estructura social o de clases, ha perdido plausibilidad en el Chile contemporáneo (Lipset, 1960: 223-224). Si durante el siglo XIX el clivaje se erigía sobre la oposición entre la Iglesia y el Estado, y durante el Estado de compromiso (1932-1970) respondía a la tesis de Lipset, ello dejó de ser así bajo la dictadura de Pinochet. Hacia el final de esta y hasta fines de la primera década del siglo XXI el clivaje fue puramente político: la oposición entre autoritarismo y democracia resumidos en la opción por el Sí o por el No del plebiscito de la dictadura. Luego de ese momento el clivaje ha sido del todo cambiante y las preferencias electorales le han seguido. Durante el siglo XXI se ha elegido por dos veces a un presidente de derecha –algo que había ocurrido solo una vez durante el siglo XX–. Y luego de su segunda elección, y apenas dieciocho meses después de ella, sobrevino el llamado estallido, la revuelta de octubre. Le siguió la elección de una asamblea constituyente, luego la elección del presidente Gabriel Boric. ¿Auguraba eso que la sociedad chilena había dado un giro a la izquierda? Lo que siguió parece indicar que no. El presidente Gabriel Boric fue un presidente de minoría. Recordemos que reunió apenas un cuarto de los votos en la primera vuelta, antes de ser elegido en una segunda ronda plebiscitaria frente a un candidato de extrema derecha. Y a pesar de haber atado explícitamente su suerte a la de la Convención Constitucional, como ya vimos, el proyecto de esta última fue rechazado. La idea que Chile había despertado a los viejos ideales de izquierda y abrazado un proyecto transformador perdió así plausibilidad. Ni la adhesión a Sebastián Piñera en su segunda elección, ni la adhesión parcial a Gabriel Boric pueden entenderse como adhesiones ideológicas o manifestaciones de un clivaje anclado en la estructura social: por el contrario, sugieren que el clivaje hoy es líquido y sinuoso.

La izquierda generacional –la liderada por el presidente Gabriel Boric– es el fruto de esos cambios –por llamarlos así– culturales de la sociedad chilena. Ellos explican la aparición de esa izquierda y constituyen a la vez sus límites. Este hecho explica la sensibilidad que posee y que, como veremos de inmediato, funda su crítica a las tres últimas décadas.

LA CRÍTICA A LOS TREINTA AÑOS

El principal de esos límites es lo que pudiera llamarse una cierta mudez ideológica. Por supuesto entre sus miembros hay opiniones y puntos de vista; pero no se advierte una agenda de políticas impulsada por una visión estratégica o global. En vez de ello hay un uso excesivo del concepto de transformación, sin especificar su contenido. El concepto parece más bien un significante vacío que, como observó Laclau, permite organizar un conjunto de demandas sin referirse en particular a ninguna (Laclau, 1996). Y las deficiencias de ese concepto se sustituyen o suplen con la crítica a las décadas que se pretende dejar atrás. Este es un rasgo típicamente generacional. Consiste en definir la propia identidad y el propio punto de vista no en competencia con otros, sino oponiéndose a aquel que lo antecede. Es lo que ha ocurrido con la crítica a las tres décadas anteriores, quizá el aspecto discursivo más marcado de la izquierda en el poder. Conviene, pues, detenerse en él.

La semilla de esa crítica –que comenzó a insinuarse ya con claridad en el segundo gobierno de Michelle Bachelet– se originó en la famosa disputa, muy anterior, entre autocomplacientes y autoflagelantes.6 En esa disputa asomaron las ambivalencias, todavía vigentes, de la modernización. En esa discusión se llamó la atención acerca del hecho que la modernidad se erigía sobre algunas tensiones. La primera y más notoria, se dijo, era la tensión entre la modernización y la subjetividad. Si se prefiere, se trata de la tensión entre la racionalidad instrumental demandada por la eficiencia, y la subjetividad. No hay modernidad, se dijo entonces, sin atender a esta tensión que exigía atender a la personalidad individual, pero también a sus pautas socioculturales y su sociabilidad cotidiana. Junto a esta relación entre modernización y subjetividad se resaltó en ese debate una segunda tensión. Era la que se planteaba entre el proceso de diferenciación y de individuación, por una parte y el desafío de la integración, por la otra. Se llamó entonces la atención hacia el peligro de que un polo distorsionara, anulara o subordinara al otro polo de la tensión.

En toda esa evaluación, el proceso de modernización de Chile no se ponía en cuestión. Más bien se le subrayaba y se llamaba la atención acerca de las patologías que ese tipo de procesos solían poseer. La crítica a los treinta años –a las tres décadas, un lustro de los cuales es de derecha, el resto de la centroizquierda– es muy distinta a esa.

En efecto, cuando se la observa de cerca se advierte que lo que está en cuestión no son las patologías de la modernización –acerca de las cuales, acabamos de ver, llamó la atención el informe del PNUD de 1998– sino la imagen de sociedad de la que la modernización es portadora. En efecto, al revisar los fundamentos teóricos de esa crítica, los fundamentos que se observan en los grupos más ilustrados de esta izquierda generacional, se advierte que ella no está exactamente inspirada en razones de política pública. Eso sería el caso si sostuvieran que en los últimos treinta años hubo ineficiencias o despilfarros o sacrificios de una oportunidad de desarrollo. Su crítica tampoco se funda en los problemas habituales de la modernización. En el fondo de la crítica hay más bien un entramado teórico que identifica una imagen de sociedad que la izquierda generacional rechaza. Se oponen a la imagen de una sociedad diferenciada, centrada en la impersonalidad del intercambio, que emplea a la naturaleza como recurso y centrada en el crecimiento, que ha sido propia de los treinta años. Esto se opone a la imagen de una sociedad cohesionada, con relaciones personales estrechas y solidarias, con una relación armónica con la naturaleza y centrada en el buen vivir más que en el crecimiento.

Los temas que asomaron en el debate constitucional ponen de manifiesto lo que se acaba de decir. Veamos los más obvios. Se reclamó una relación con la naturaleza de índole más primigenia, dotándola de derechos, y oponiéndola a la que con sorprendente insistencia se llamó extractivismo. Además se quiso explicitar la solidaridad en el sentido moral como principio. Por otra parte se pretendió dotar de derechos a la naturaleza estableciendo el principio de integridad de ciertos bienes comunes. Finalmente se arguyó el decrecimiento como principio.7 Conviene detenerse en este aspecto que muestra hasta qué punto la crítica o el rechazo de las tres décadas previas y la modernización que las acompañó, se funda en una imagen de sociedad esperada, más que en cuestiones estrictas de política pública.

Lo que subyace a ese conjunto de planteamientos –que en el programa gubernamental es presentado como una “transición ecológica justa”8– es una imagen contrapuesta a la forma en que la modernidad presenta la relación con esta última. En la sociedad moderna, el ser humano es el sujeto (lo que subyace a lo existente) y en razón de eso las cosas del mundo estarían entregadas a su arbitrio, de manera que él podría usarlas como su deseo le indique. Los árboles no serían árboles, sino madera, mesas, sillas en potencia; el paisaje no sería paisaje, sino un conjunto de recursos naturales; el lago no sería lago, sino un criadero de peces para el consumo, etcétera. El ecologismo sugiere, en cambio, que hay otras formas de concebirse a sí mismo el ser humano ya no como el fundamento de lo que existe, sino como parte de él. Bajo esta otra forma de concebirse, ya no es tan evidente u obvio que el ser humano sea el único candidato a tener derechos. Así se podría dar lugar a que los titulares de derechos incluyeran a la naturaleza y los animales.

El problema es que la idea del individuo humano como sujeto es la que ha impulsado el crecimiento en la modernidad. El capitalismo, sin el cual la pobreza seguiría siendo la regla general en el mundo (y en Chile), es dependiente de esa concepción. Un mundo de espíritu franciscano puede así ser muy atractivo para los satisfechos, pero es un infierno para los hambrientos. Lo mismo ocurre con el decrecimiento.

Pero todo este debate muestra que lo que está en cuestión no son políticas públicas en sentido estricto, sino imágenes del mundo. Muestra de qué forma una imagen global –que es la que inspira en parte importante a la izquierda generacional– permite inferir consecuencias relevantes desde el punto de vista jurídico y político.

Lo que sugiere lo anterior –que aquí se ofrece como hipótesis– es que la crítica a los treinta años se funda en una imagen de sociedad muy otra de aquella que la modernización ha producido como resultado objetivo. La crítica no es pues ideológica o técnica: se funda en una sensibilidad vital, en el rechazo a lo que llaman sociedad de mercado. Esto deriva, sin duda, en el anhelo de contar con una vida con vínculos, capaz de apagar el frío de la individuación que se produjo estos años y de participar directamente con la voluntad en el diseño de la comunidad política. Todo lo anterior inspira las demandas de democracia directa y de asambleas que han sido tan frecuentes; y la sorprendente capacidad de sumar demandas de muy diversa índole.

LA AGENDA DEL GOBIERNO DEL PRESIDENTE BORIC

La pregunta que cabe plantear a la luz de las consideraciones precedentes es si esa sensibilidad, esa imagen que inspira el proyecto, tiene la capacidad de orientar la agenda gubernamental. La respuesta a esa pregunta depende de dos factores. En primer lugar, de las condiciones objetivas en medio de las que se desenvuelve el gobierno de Gabriel Boric. En segundo lugar, de las capacidades que posea. Ambas dimensiones se encuentran enlazadas.

Para responder la primera de esas preguntas quizá sea útil comenzar con una reflexión que Marx escribió en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. En ese texto Marx dice que los hombres hacen su historia, pero no la hacen bajo condiciones elegidas por ellos mismos, sino bajo condiciones directamente existentes, dadas y heredadas. “La tradición de todas las generaciones muertas”, dice Marx, “continúa en el presente gravitando sobre el cerebro de los vivos” (Marx, 2003: 33). Esa misma frase fue la que inspiró más tarde otra levemente distinta que aparece en la correspondencia de Engels: los hombres hacen su historia pero no saben la historia que hacen (Marx y Engels, 1972: 394).

Esos textos sugieren que la acción política es una mezcla de voluntad y de fatalidad: la voluntad que tenemos ha de desenvolverse en medio de circunstancias que no dependen de ella, que simplemente nos vienen dadas y que, nos guste o no, ya se configuraron. La otra frase es una consecuencia de eso: hacemos la historia, pero justamente porque no dominamos a nuestro antojo las circunstancias en medio de las que ella se produce, no sabemos la historia que hacemos.

Sobre el fondo de esa sencilla constatación se debe caracterizar el momento que vive el Chile contemporáneo a fin de dilucidar las oportunidades de que la sensibilidad de que es portador el gobierno de Gabriel Boric encuentre las condiciones para expresarse en la esfera de las políticas.

Si Marx tiene razón, al analizar las condiciones presentes y sus perspectivas de futuro debemos, ante todo, dilucidar cuáles son las condiciones no elegidas, esas condiciones heredadas, en medio de las cuales cualquier proyecto político, como el de la centroizquierda en su hora, debe desenvolverse hoy día. En suma, los desafíos que las condiciones objetivas plantean. Lo que puede sostenerse es que esas condiciones permiten explicar parte de la crítica de las nuevas generaciones; pero ellas son expresión de los procesos modernizadores que ha vivido la sociedad chilena. Afrontarlos no supone abandonar ese proceso como, sin embargo, la nueva sensibilidad a veces parece sugerir.

En primer lugar, hay hoy día en Chile un dilema entre individualismo y comunidad. Pareciera que conforme los individuos se sienten más orgullosos de sí mismos y ganan en autonomía, se produce al mismo tiempo un déficit de integración social. Es este un proceso que ha sido descrito ampliamente por la literatura sociológica desde sus mismos orígenes y que las propias críticas iniciales a la modernización detectaron. En todas partes la modernización es vista como una pérdida de arraigo de las formas de vida más tradicionales, en especial por la pérdida de esas formas de vida que responden al tipo de la comunidad.

¿Es posible, sin embargo, compatibilizar la autonomía y la individuación que es propia de la expansión del mercado y del consumo con un cierto sentido de equipo, con ciertas virtudes solidarias y con la convicción que vivimos en medio de una empresa colectiva? Por supuesto es posible; aunque existe una inconsistencia entre este desafío, que la izquierda generacional sin duda advierte, y la proliferación de identidades y de particularismos que han brotado en la sociedad chilena. No obstante, es la propia izquierda generacional la que alienta esa inconsistencia. Ello porque aglutina todas esas demandas identitarias bajo el significante de transformación, como ya hemos subrayado. Hay aquí una inconsistencia no bien resuelta en el planteamiento del gobierno de Gabriel Boric. La sensibilidad de las fuerzas que lo apoyan detecta correctamente el déficit de integración; pero su planteamiento político, amistoso con los particularismos y las identidades, lo alienta.

Ahí hay entonces un primer problema: expresar la individuación y los particularismos que son propios de los procesos como el que Chile ha experimentado, y a la vez pretender contenerlos mediante una cohesión sustantiva.