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Cuando el 18 de octubre de 2019 miles de chilenas y chilenos salieron a la calle para expresar su malestar respecto de las condiciones de vida que experimentaban —ingresos, cobertura de salud, pensiones—, nadie de la élite política, económica o intelectual esperaba algo así. La mayor crisis política y social de Chile desde el Golpe de 1973 fue totalmente insospechada, porque, ¿cómo era posible un descontento semejante, en circunstancias de que se había reducido la pobreza a menos de un 10 por ciento en solo tres décadas, se universalizó la educación superior y se llegó al más alto nivel de desarrollo de América Latina? Este libro, que reúne trabajos de destacados académicos chilenos, aborda la revuelta de octubre y su posterior crisis institucional desde una perspectiva interdisciplinaria, incluyendo la sociología, la historia, la educación y la ciencia política. Así, entre las causas del malestar figuran la irrupción de una generación "desengañada" tras haber logrado estudiar en la universidad, la precariedad de una clase media que no accedió a las políticas sociales implementadas por el Estado, la batalla que se dio en la propia izquierda por contrarrestar los efectos del modelo neoliberal y la famosa paradoja del bienestar: la acelerada mejora en las condiciones materiales registradas por los chilenos desde el retorno de la democracia creó expectativas que no se pudieron cumplir y, en consecuencia, cundió la decepción. No se trata aquí de dilucidar "la" incógnita que está tras la rebelión de octubre, pero sus autores sí confían en que las ideas desplegadas en estas páginas ayuden a hacer más complejo un debate que, sin duda, seguirá tomando cuerpo en los próximos años.
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Seitenzahl: 263
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Primera edición, FCE Chile, 2021
Peña, Carlos y Patricio Silva (editores)
La revuelta de octubre en Chile. Orígenes y consecuencias / ed. e introd. de Carlos Peña y Patricio Silva. – Santiago de Chile : FCE, 2021
172 p. ; 21 × 14 cm – (Colec. Sociología)
ISBN 978-956-289-243-8
1. Chile – Condiciones sociales – Siglo xxi 2. Chile – Condiciones políticas económicas – Siglo xxi 3. Chile – Político y gobierno – Siglo xxi I. Silva, Patricio, ed. II. Ser. III. t.
LC HC192 P46 Dewey 330.983 P562r
Distribución mundial para lengua española
© 2021, Carlos Peña y Patricio Silva
D.R. © 2021, Fondo de Cultura Económica Chile S.A.
Av. Paseo Bulnes 152, Santiago, Chile
www.fondodeculturaeconomica.cl
Fondo de Cultura Económica
Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
www.fondodeculturaeconomica.com
Diagramación: Gloria Barrios
Edición: Álvaro Matus
Imagen de portada: José Luis Rissetti
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra —incluido el diseño tipográfico y de portada—, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de los editores.
ISBN 978-956-289-243-8
ISBN edición digital 978-956-289-244-5
Diagramación digital: ebooks Patagonia
Índice
La revuelta de octubre en Chile:una introducción Carlos Peña y Patricio Silva
CAPÍTULO 1El malestar en la modernización: el caso chileno Carlos Peña
CAPÍTULO 2La rebelión de octubre y sus raíces históricasPatricio Silva
CAPÍTULO 3La rebelión de una generación desengañada José Joaquín Brunner
CAPÍTULO 4Políticas sociales, precariedad y malestar social en Chile Rossana Castiglioni
CAPÍTULO 5La dinámica sociopolítica del proceso constituyente en Chile Claudio A. Fuentes
Más allá de la revuelta: el Chile que viene Carlos Peña y Patricio Silva
Los autores
La revuelta de octubre en Chile: una introducción
Carlos Peña y Patricio Silva
A partir de la restauración democrática en 1990, Chile ha sido considerado como uno de los países más exitosos de América Latina. Y existen razones para ello. En las últimas tres décadas, el país se caracterizó, en efecto, por poseer un fuerte crecimiento económico, un alto grado de estabilidad política y un espectacular descenso de los índices de pobreza. De esta manera, diversas entidades internacionales han identificado a Chile como el principal candidato a convertirse en el primer país desarrollado de América Latina. El progreso experimentado por el país está en dramático contraste con el resto de la región latinoamericana, la que en las últimas décadas se ha visto envuelta en una permanente convulsión política y social, y caído en recurrentes crisis económicas.
Si se mira el país desde una perspectiva histórica más amplia, se puede comprobar rápidamente que Chile siempre constituyó una suerte de excepción en el contexto latinoamericano. Si bien las revueltas y los cambios constitucionales no son raros en América Latina —una región fecunda en la escritura de textos constitucionales—, Chile fue tradicionalmente una excepción entre sus vecinos del continente. El país consolidó y racionalizó el Estado en la primera mitad del xix, mucho antes que el resto de la región. Además, fue capaz de crear durante el siglo xix una democracia restringida pero estable, que se extendió hasta la segunda mitad del siglo xx, llegando a constituir una de las más antiguas del mundo. Incluso la dictadura de Pinochet fue una excepción. Si bien fue una de las más represivas, logró impulsar un proyecto modernizador que la diferenció del simple caudillismo o de la asonada propia de la región —y la distanció del simple corporativismo militar. Entrado el siglo xxi y una vez recuperada la democracia, esa excepción chilena pareció consolidarse. En apenas tres décadas alcanzó alta estabilidad democrática, gracias a gobiernos de centroizquierda que gobernaron durante 24 años —logrando reducir paulatinamente los resabios de la dictadura— y gobiernos de derecha que, no obstante haber adherido a la administración de Pinochet, tomaron cierta distancia del legado autoritario. El resultado fue un importante cambio en las condiciones materiales de existencia de la sociedad chilena: se redujo la pobreza, desde más de un 50 por ciento que poseía a inicios de la década del 90, a menos de un 10 por ciento; se universalizó la educación superior; se incrementó la movilidad intergeneracional; se expandieron los grupos medios a cerca del 60 por ciento de la población; se alcanzó el más alto nivel de desarrollo humano de la región; y como consecuencia de todo ello, Chile pareció asomarse a lo que las agencias internacionales suelen llamar desarrollo.
No resulta extraño, entonces, que a principios de octubre de 2019, el Presidente Sebastián Piñera afirmara con innegable orgullo y satisfacción que Chile representaba un verdadero “oasis” de estabilidad política y vitalidad económica en la región.
Parecía haber razones para ello. A fines de agosto de 2019, Piñera participaba en la cumbre del G7 en Biarritz, como invitado de honor del presidente francés, Emmanuel Macron. Esto era una clara expresión del prestigio internacional que Chile y la economía del país gozaban entre los líderes del mundo desarrollado. Además, Chile se preparaba para acoger dos importantes y prestigiosas cumbres internacionales antes de fin de año. A mediados de noviembre se iba a celebrar en Santiago la Cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (apec). Se esperaban más de siete mil delegados de 27 países asiáticos y latinoamericanos. Entre los líderes que habían confirmado su presencia se encontraban Vladimir Putin, Donald Trump y Xi Jinping. A su vez, a principios de diciembre de 2019 Chile iba a ser sede de la Cumbre sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (cop25), a la cual asistirían más de 25 mil delegados de todo el mundo. Ambas cumbres habrían significado la coronación simbólica de Piñera en la esfera internacional y la consolidación del neoliberalismo en el país.
Nada parecía indicar que Chile estaba a punto de sufrir la peor crisis sociopolítica que ha vivido desde la ruptura democrática de 1973. Tan solo unas semanas después de que el Presidente caracterizara a Chile como un oasis en la región, todo se precipitó. El anuncio de un aumento en el precio del pasaje del metro de Santiago —30 pesos— desató el viernes 18 de octubre una ola sin precedentes de violentas protestas antigubernamentales en la capital —20 estaciones del metro fueron incendiadas, mientras que otras 41 estaciones resultaron gravemente dañadas— y en otras ciudades del país. Con el paso de las semanas, las protestas se fueron radicalizando cada vez más, adquiriendo un carácter que algunos observadores consideraron netamente insurreccional, política y culturalmente hablando. Los manifestantes pasaron a exigir la renuncia de Piñera y el fin del neoliberalismo y de la Constitución de 1980, entre muchas otras demandas. A partir de entonces, las calles de Santiago se llenaron de grafitis de la más diversa índole, los cuales mostraban que la revuelta era más profunda que una protesta de los usuarios del tren subterráneo. Había en las pintadas de las calles signos claros de una protesta muy heterogénea, que reunía a minorías tradicionalmente excluidas, como las indígenas; movimientos feministas; minorías sexuales, identidades culturales de índole generacional; reivindicaciones de clase; y reclamos de las generaciones más adultas por un mejor sistema de pensiones y de salud, además de una educación igualitaria de calidad. El movimiento careció de orgánica propia o de orientación ideológica, y se ejecutó al margen del sistema de partidos. Fue como si de pronto, y en forma espontánea, diversos sectores de la sociedad enarbolaran cada uno un malestar diferente y salieran a la calle.
Este insospechado levantamiento general obtuvo el pleno apoyo de los partidos políticos de izquierda y de una amplia variedad de movimientos sociales. Las protestas persistieron por varios meses. A menudo, las manifestaciones irían acompañadas de violentos disturbios y saqueos de supermercados, centros comerciales, farmacias y todo tipo de comercios. El gobierno respondió con el uso de la fuerza, desplegando la policía antidisturbios y más tarde se vería obligado a declarar estado de sitio y a movilizar personal militar en las calles de las principales ciudades. Las fuerzas de seguridad se vieron claramente sobrepasadas por el masivo y violento carácter de las protestas, y sobre todo por su persistencia en el tiempo. Tras el levantamiento del 18 de octubre y el deterioro inmediato de la situación política y de seguridad en el país, ambos encuentros internacionales fueron finalmente cancelados. Así, desde el 18 de octubre de 2019 hasta el inicio de la pandemia del coronavirus en Chile, en marzo de 2020, Chile se encontró en un estado de permanente convulsión política-social que, con matices, aún continúa.
Hoy la mayoría de los chilenos y analistas políticos se siguen preguntando cuáles han sido las principales causas de la convulsión sociopolítica que ha afectado al país desde octubre de 2019. La primera explicación que surgió inmediatamente tras los sucesos del 18 de octubre, y que se popularizó instantáneamente en la prensa internacional, fue que el principal catalizador de la explosión sociopolítica sería la gran desigualdad social existente en el país. También hubo interpretaciones en las que se subrayó la responsabilidad que le cabría al Presidente Sebastián Piñera, al haber creado expectativas demasiado altas entre la población durante las elecciones presidenciales que lo llevaron por segunda vez al poder y al declarar, dos días después de las primeras protestas, que el país se encontraba en guerra. Durante la contienda electoral, Piñera había prometido recuperar los altos niveles de crecimiento económico que el país había experimentado en el pasado reciente. Sin embargo, en el transcurso de 2019 se hizo evidente que, aunque la economía estaba mostrando visibles mejoras, el ritmo de la reactivación era mucho menor de lo esperado. Otros vieron en la convulsión de octubre una acción política coordinada organizada por el Partido Comunista, organizaciones anarquistas y una serie de grupos de extrema izquierda, para forzar la cancelación de las dos cumbres mundiales en Chile. Ambos eventos fueron vistos por las fuerzas de izquierda chilenas como la coronación de Piñera en la escena internacional y una prueba de la plena participación de Chile en un proceso de globalización que dichos sectores condenaban abiertamente. En la misma línea, algunos acusaron a Cuba y Venezuela de haber estado involucrados en la organización del levantamiento del 18 de octubre y los disturbios posteriores. Según esta visión, esto correspondió a una acción concertada contra Piñera después de que asumiera una posición de liderazgo en América Latina en la condena al régimen de Maduro y por apoyar abiertamente a la oposición venezolana.
Hasta ahora, se han publicado más de una docena de libros sobre la rebelión de octubre de 2019 y sus posibles causas. Sin embargo, la mayoría de esas publicaciones fueron escritas a solo semanas o meses después de los sucesos de octubre, al calor de esa tensa coyuntura político-social. Fueron escritas sobre todo por periodistas y figuras políticas que, por regla general, han adoptado una abierta postura político-ideológica. La mayoría de dichos ensayos fueron escritos en señal de apoyo y de justificación de la rebelión, sumándose a la exigencia de poner fin a lo que se ha llamado “el modelo neoliberal” en el país.
Este libro pretende abordar la rebelión de octubre y la posterior crisis socioeconómica, política e institucional que afecta al país desde una perspectiva académica más matizada. Todas las contribuciones recogidas en este volumen siguen un enfoque analítico de carácter sociológico e institucional. Los autores destacan una serie de paradojas generadas por el rápido proceso de modernización económica y transformación social experimentado por el país en los últimos 40 años. Varios de los trabajos reunidos en estas páginas señalan que, de cierta manera, el modelo neoliberal en Chile ha sido víctima de su propio éxito. Un elemento común en todos los aportes es el objetivo de explicar el surgimiento de un creciente “malestar” o profundo descontento que afecta hoy a importantes sectores de la sociedad chilena. Si bien todos los autores concuerdan en que la rebelión de octubre fue el resultado de un sinnúmero de factores, cada uno de ellos se enfoca en un elemento en particular que a su juicio fue trascendental en la gestación de la revuelta.
Independientemente de la pregunta sobre qué factores fueron decisivos para que se desatara, lo que está claro es que los manifestantes que a partir de entonces se tomaron las calles del país identificaban al llamado “neoliberalismo” como el principal responsable de los problemas que afectaban al país. De hecho, la mayoría de las consignas proclamadas por las multitudes en las calles y la mayoría de los textos de las pancartas de protesta, exigían terminar con el sistema neoliberal.
Este libro enseña cómo el logro de un acelerado desarrollo económico y social en un país puede activar procesos políticos fuertemente desestabilizadores. Sobre todo, cuando las autoridades democráticas no son capaces de canalizar adecuadamente las altísimas expectativas que existen entre la población para mejorar aún más sus condiciones de vida.
En el capítulo 1, Carlos Peña evalúa las causas del actual malestar social en Chile, centrándose en la acelerada mejora en las condiciones de vida y materiales experimentadas por los chilenos en las últimas tres décadas. Desde la restauración democrática en 1990, Chile ha modernizado y expandido con éxito su economía, mientras que los niveles de vida y los niveles de bienestar de toda su población se convirtieron en los más altos de América Latina. El capítulo examina tres conjuntos de factores que pueden estar en el fondo de la actual ola de malestar e insatisfacción que afecta a una parte importante de la sociedad chilena. Para empezar, presta atención a la relación existente entre los disturbios actuales y los cambios radicales en la vida material de millones de chilenos que ha llevado a la llamada paradoja del bienestar. El segundo conjunto de factores está relacionado con una serie de agravios culturales que están asociados con los cambios generacionales. Finalmente, el capítulo explora importantes divisiones surgidas en el ámbito político y en las fuentes de legitimidad de instituciones clave, como el gobierno, el parlamento, el sistema judicial y la policía. Todos estos se examinan en el contexto de la diferenciación y de la individuación funcionales crecientes que ocurren en una sociedad de modernización rápida.
En el capítulo 2, Patricio Silva analiza la rebelión de octubre de 2019 desde una perspectiva histórica de largo aliento. El golpe de septiembre de 1973 y el régimen de Pinochet (1973-1990) dejaron profundas heridas en la sociedad chilena, heridas que aún no están totalmente cicatrizadas. La toma del poder por los militares marcó el colapso de la democracia chilena de larga data. Le siguieron años de represión y la instauración de una economía de libre mercado extremo, que sin duda habría sido muy difícil implementar —dado el costo humano— en un régimen democrático. Pinochet también introdujo profundas reformas legales, incluida la promulgación de la Constitución de 1980. Tanto el neoliberalismo como la Constitución de 1980 sobrevivieron al final de la era Pinochet y han sido un foco permanente de impugnación por parte de la izquierda chilena. Este capítulo analiza la actual convulsión sociopolítica en el país desde una perspectiva histórica, que se inicia a comienzos de la década del 70. La actual rebelión es considerada como la culminación de un largo período de —de 40 años—, en el que la izquierda chilena llevó a cabo una lucha por contrarrestar los efectos del modelo económico neoliberal y la Constitución de 1980. Las constantes referencias a Allende, Pinochet, la Constitución y el neoliberalismo en las calles desde el levantamiento de octubre de 2019 son, según el autor, una viva expresión del peso que tienen los acontecimientos del período 1970-1990 en la actual crisis sociopolítica en Chile.
José Joaquín Brunner analiza en el capítulo 3 la alta expectativa creada por la expansión de la educación en el país y la posterior desilusión experimentada por los jóvenes. La protesta social chilena que estalló en octubre de 2019 tiene una identidad sociológica distintiva: su carácter juvenil, el alto nivel educativo de sus participantes y la presencia igualitaria de mujeres. Se aparta de la composición tradicional de la protesta, que en el pasado estuvo dominada por trabajadores urbanos pobres, hombres adultos que generalmente poseían bajos niveles de educación. La nueva composición social de la protesta refleja la intensa modernización económica, social, política y cultural de la sociedad chilena durante las últimas tres décadas (1990-2019). Este proceso dio lugar a una generación que, nacida alrededor de 1990, fue el actor principal de una expansión histórica de las oportunidades educativas que cristalizó en la educación secundaria completa, para seguir con la educación superior. La tesis explorada en este capítulo sostiene que en los últimos años esta generación, con sus altas expectativas económicas y sociales, se vio afectada por un fuerte sentimiento de frustración. La promesa de ingresar a un nuevo segmento social, de formar parte de una clase media meritocrática, no se ha cumplido. Esta insatisfacción, típica de una generación desilusionada, llevó a un comportamiento colectivo de rebeldía que significa un rechazo al objetivo cultural de la sociedad del éxito individual y de la educación para lograr ese fin.
En el capítulo 4, Rossana Castiglioni indaga en la precariedad y el descontento de la nueva clase media chilena, que no ha experimentado los frutos de las políticas sociales implementadas por el Estado. Castiglioni sostiene que la reducción de la pobreza trajo consigo una expansión concomitante de personas de ingresos medios muy precarios, que gastan más de lo que ganan, están muy endeudadas y experimentan incertidumbre sobre su futuro y sus oportunidades. Debido a que la protección social generalmente está dirigida en función de los recursos, este grupo no califica para recibir la mayoría de los beneficios de bienestar, incluso si sus ingresos son insuficientes, el empleo es de baja calidad y deben pagar por una atención médica costosa. Aunque apoyan la democracia como un tipo de régimen, no están satisfechos con su desempeño, por lo que recurren a la protesta para expresar su descontento. En un contexto en el que los actores políticos y las instituciones que gozan de bajos niveles de legitimidad han sido, en gran medida, incapaces de abordar los agravios heterogéneos de las personas de ingresos medios, las tensiones se acumularon y finalmente condujeron a la explosión social.
Claudio Fuentes, por su parte, se pregunta en el capítulo 5 cómo Chile está tratando de encontrar una salida institucional a la crisis que explotó en octubre de 2019. De hecho, en este estudio Fuentes analiza el intento de resolver la agitación social y política generada por el levantamiento social al iniciar un proceso constituyente que aspira a cambiar la Constitución de 1980. Este fue uno de los principales resultados que produjo un acuerdo general suscrito por el Parlamento a finales de noviembre de 2019, como último intento de encontrar una salida institucional a la crisis. Durante muchos años, las encuestas mostraron consistentemente que las principales preocupaciones y demandas de la población chilena se centraron en temas materiales, como mejores pensiones, educación, salud y empleos. La idea de cambiar la Constitución no estaba entre las principales preocupaciones de los ciudadanos. Sorprendentemente, en el plebiscito de octubre de 2020, alrededor del 80 por ciento del electorado apoyó la idea de reemplazar la Constitución a través de una Convención electa formada por ciudadanos. ¿Qué explica eso? Este capítulo propone una triple explicación, basada en los siguientes factores: la progresiva “constitucionalización” de las demandas ciudadanas, el impulso dado a esta cuestión por parte de la comunidad académica e intelectual, y las propias decisiones del sistema político, que abrieron oportunidades para un debate constitucional. Por lo tanto, el momento constituyente actual no puede considerarse como el resultado estricto de la rebelión de octubre; sí sería, en cambio, producto de tendencias de mediano plazo.
La rebelión de octubre ha sido atribuida por muchos actores a un anhelo irresuelto de cambio constitucional, al que las élites políticas y sociales se habrían resistido porfiadamente. Sin embargo, un análisis más cuidadoso y pormenorizado del caso chileno, como el que este libro intenta, muestra algo diferente. Los procesos sociales son fruto de múltiples factores que, si bien suelen ser catalizados por un único acontecimiento, este último nunca constituye la causa única del fenómeno. Es probable que para un observador europeo sea atractivo y sencillo atribuir todo lo que ha ocurrido a una rebelión del pueblo chileno para “cambiar la Constitución de Pinochet” o rechazar sin más el modelo que Chile ha adoptado en las últimas cuatro décadas. Pero aferrarse a ese punto de vista es de un simplismo flagrante que cualquier análisis, como el que este libro emprende, acaba desechando.
Este libro, que reúne trabajos de algunos de los más relevantes académicos chilenos, indaga en las causas y factores que podrían haber contribuido al fenómeno que se acaba de describir. Como se verá, cada uno de ellos ayuda a complejizar la comprensión del fenómeno: los malestares propios de una modernización acelerada; las herencias de un pasado político traumático; el desengaño de una generación a la que la educación superior inoculó grandes expectativas; el alto endeudamiento y la fragilidad experimentada por los grupos medios; la crisis del sistema político y los clivajes que lo han caracterizado, serían los factores que se confabularon, por decirlo así, para desatar el fenómeno del que se ocupa este volumen. Cada uno de los autores no presume, desde luego, dilucidar la incógnita que está tras este fenómeno; pero confía en que las ideas que vierte en su trabajo ayuden a hacer más complejo un debate que, sin duda, seguirá tomando cuerpo en los próximos años. Animarlo es uno de los objetivos de este volumen que recoge un curso conjunto dictado por sus autores a inicios de 2021 sobre la rebelión de octubre a estudiantes de posgrado de la Universidad de Leiden y la Universidad Diego Portales.
CAPÍTULO 1El malestar en la modernización: el caso chileno
Carlos Peña
Introducción
A fines de 2019, Chile, uno de los países más prósperos de la región latinoamericana, se preparaba para acoger la conferencia del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (apec) y la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (cop25), que reuniría a casi 30 jefes de Estado. Apenas dos años antes, la derecha había ganado el poder por segunda vez en una década, algo que no había ocurrido en la historia política chilena durante todo el siglo xx. El Presidente Piñera en esos mismos días calificó a Chile como un oasis en América Latina y se preparaba para ejercer una fuerte influencia en la región.
No faltaban razones para que el Presidente describiera así al país. En un continente marcado por la debilidad institucional, Chile había vivido un largo período de estabilidad democrática y un rápido proceso de modernización. Entre 1990 y 2019 aumentó su producto per cápita de 4.511 a 25.974 dólares (a precios internacionales, Banco Mundial, 2020), mientras que entre 1990 y el año 2015 el pib se cuadruplicó en términos reales (pnud, 2017: 361). La encuesta Casen mostraba que la pobreza había disminuido, en tres décadas, desde casi un 50 por ciento a menos de 10 por ciento, y entre el año 2006 y el 2017 desde 29.1 a 8.6 por ciento (Ministerio de Desarrollo Social y Familia, 2019: 14). Entre el año 2002 y el 2017, el ingreso per cápita del 10% más pobre creció en un 145% real (pnud, 2017: 19). La desigualdad se redujo de 054 a 045, según el índice Gini. Otras investigaciones mostraban que si se la medía por cohortes, la desigualdad de ingresos disminuía aún más. Si se comparaban los datos de las encuestas Casen de los años 1992-2003, con la serie entre el año 2000 y 2013, el índice Gini había caído 26 puntos (Sapelli, 2016: 48, 49). Junto a lo anterior, el gasto en salud y educación se multiplicó casi por tres y se expandió el consumo, siendo Chile uno de los países donde proliferan los centros comerciales. Finalmente, se masificó la educación superior hasta el punto de hacerse universal (los estudiantes de ese nivel rondan ya el millón) y se creó un amplio estrato de grupos medios, que asciende a más del 60% de la población. En fin, otro informe del pnud, consistente con todos esos datos, situaba a Chile entre los países con alto o muy alto desarrollo humano (pnud, 2019: 344).
¿Qué pudo haber pasado para que un país que parecía estar en el umbral del desarrollo se transformara, de pronto, casi de la noche a la mañana, en una sociedad con un ambiente caldeado, violencia callejera y malestar permanente?
Las líneas que siguen intentan dilucidar ese problema. Por supuesto, sería un simplismo atribuir el malestar que experimenta la sociedad chilena a un solo factor, como por ejemplo la desigualdad o el rechazo a la Constitución aprobada en una dictadura que acabó hace 30 años. Ese tipo de argumentos, si bien se esgrimen con frecuencia en el debate, reconstruyendo normativamente los acontecimientos (Dancy, 2000), suelen ser argucias retóricas inspiradas por la competencia política más que por el afán de comprender el fenómeno. También se incurriría en un simplismo si se sugiere que lo que ocurrió en Chile se debe a factores puramente idiosincrásicos, ajenos del todo a otras experiencias.
La hipótesis que guía las líneas que siguen es que cualquier análisis de lo ocurrido en Chile ha de tener en cuenta factores generales asociados a los procesos de modernización y, al mismo tiempo, factores singulares propios de la trayectoria histórica reciente de Chile. El análisis debe considerar, como telón de fondo, el que tal vez sea el fenómeno más relevante del Chile contemporáneo: el gigantesco y rápido cambio que el país experimentó en sus condiciones materiales de existencia. Ese fenómeno que, en consonancia con el lenguaje de las ciencias sociales, podemos llamar modernización, ha transformado la cultura, modificado el clivaje de la política, creado una distancia generacional que ha dado origen a múltiples reivindicaciones de índole cultural y dejado pendientes algunas cuestiones que en sociedades dinámicas se hacen urgentes, como la distribución del riesgo de la enfermedad y la vejez. A ello ha de sumarse, argumentan las líneas que siguen, otros fenómenos que son propios de las sociedades modernas y que explican el malestar que siempre parece acompañarlas. Las causas son, así, muy variadas. Y una forma de asomarse a ellas consiste en distinguir entre la universalidad y la singularidad. La singularidad histórica son las particulares características de la sociedad en un tiempo y lugar determinados; la universalidad alude a los elementos estructurales que están a la base del fenómeno. Todas las sociedades que experimentan procesos de modernización comparten unos mismos rasgos básicos, por llamarlos así, estructurales. La vida se vuelve cada vez más individual, el bienestar material y el consumo se incrementan, los diversos aspectos de la vida social se diferencian cada vez más, la cultura se seculariza. Pero cada uno de esos aspectos estructurales adquiere, a la luz de la singularidad histórica de cada sociedad, rasgos particulares. Esa distinción puede ayudar a comprender, siquiera en parte, la situación chilena. En ella se expresan los rasgos universales de la modernización, pero se los modula de acuerdo con las características de su propia trayectoria. Distinguir entre ambas dimensiones puede ser útil para comprender algunas particularidades del Chile contemporáneo.
Los aspectos universales del malestar
Al revisar la literatura clásica, se advierte con relativa facilidad que hay un conjunto de fenómenos que acompañan, como una sombra, los procesos de modernización, este fenómeno de cambio radical en las condiciones materiales de la existencia. No es este, desde luego, el lugar para examinarlos pormenorizadamente (algo así nos alejaría del examen específico del caso de Chile), pero un vistazo general podrá contribuir a evitar la creencia de que el malestar chileno es un fenómeno puramente idiosincrásico.
La sociedad moderna, según se puede constatar en la amplia literatura que la describe, se encuentra atravesada por fenómenos que configuran lo que, hasta cierto punto, puede ser identificado como la incomodidad que la caracteriza. Desde luego, hay en ella una cierta escisión, un cierto doblez cultural que han subrayado desde George Simmel a Daniel Bell (Simmel, 2000: 55 y ss; Simmel, 1991; Bell, 1996: 17-41). La modernización supone una extrema racionalización y tecnificación de la vida; pero al mismo tiempo subsiste en ella un impulso hacia la autenticidad, el ideal cultural de que cada vida humana puede autoeditarse y ser fiel a sí misma. Es como si en la modernidad coexistieran el ideal cartesiano de una vida altamente racionalizada y planificada, por una parte, y un impulso hacia la espontaneidad del yo por la otra. Esta escisión puede rastrearse muy temprano en la obra de autores como Rousseau y el conjunto del romanticismo (Cfr. Starobinski, 1971: 36 y ss). Se trata de un fenómeno que, como se ha descrito en la literatura, se acentúa fuertemente en el mercado y la economía monetaria, que permiten una alta interacción pero con mínimo gasto comunicativo (Luhmann, 2017). Aquí parece radicar uno de los motivos de la frialdad del vínculo social que hiere o irrita a las nuevas generaciones. Como veremos un poco más adelante, es probable que este fenómeno y sus dimensiones contribuyan a lo que llamaremos la anomia generacional y confiera el matiz de lucha cultural que en buena medida posee la protesta chilena. Así pues, lo que enseña esa larga literatura es que el sujeto moderno vive de alguna forma escindido, sometido a la extrema racionalización de la vida y el intercambio que le provee bienestar material, pero sospechando una y otra vez que el precio que paga es demasiado alto. Los individuos modernos vivirían en medio de esa escisión, transitando entre el yo que cultivan y la identidad que eligen, y un mundo cada vez más atrapado en la impersonalidad de la técnica, lo cual parece ser la única forma de contar con el bienestar que anhelan.
El otro fenómeno que caracteriza lo moderno es lo que la sociología denomina diferenciación funcional, que consiste en que la sociedad pierde su centro y se difumina en múltiples subsistemas, cada uno con su específico código de comunicación. El fenómeno fue advertido muy tempranamente por Durkheim, con su famosa paradoja de la división del trabajo y, desarrollado en la literatura contemporánea por autores como Niklas Luhmann (y antes de él Parsons, 2021: 137 y ss). En términos generales, el fenómeno consiste en que la vida se hace cada vez más interdependiente; pero, a la vez, los vínculos sociales se adelgazan y debilitan. Las personas se necesitan cada vez más unas a otras, pero cada vez más reconocen menos la existencia de un mundo en común. Si a fines del siglo xix era fácil representarse la sociedad como una pirámide en cuya cúspide estaba el Estado y el poder político que la conducía y, hasta cierto punto, modelaba, ello en condiciones modernas ya no es posible. La diferenciación autonomiza a los subsistemas que, al perder el centro, se hacen indóciles al gobierno deliberado (Luhmann, 1990: 122 y ss; Luhmann, 2007: 589 y ss). Es lo que ocurre, sobra decirlo, con la economía globalizada frente a la cual los Estados nacionales son relativamente impotentes. Hay aquí, como veremos, la semilla de lo que se ha llamado crisis de representación o de legitimidad de la política.
Y a ello se agrega, todavía, la transformación del tiempo. En las sociedades que se modernizan el futuro adquiere más importancia que el pasado. Como observa Peter Sloterdijk, las sociedades se vuelven cinéticas: el movimiento parece regularlo todo, porque se trata de sociedades encerradas, por decirlo así, en un tiempo futuro cuyas facciones se desconocen (Sloterdijk, 2020). El tiempo se vuelve entonces performativo, se experimenta a través del movimiento y el cambio. Si las sociedades más tradicionales, como ocurría con la chilena, poseían una autocomprensión anclada en el pasado, ello hoy se debilita y las cadenas de la temporalidad se rompen (Giddens, 1990).
Estos factores parecen estar presentes en todas las sociedades que se modernizan desde el siglo xvii
