El nacimiento del deseo - Florencia Abadi - E-Book

El nacimiento del deseo E-Book

Florencia Abadi

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Beschreibung

El nacimiento del deseo reúne diez ensayos que indagan el vínculo del deseo con la rivalidad, el conflicto y la paranoia. No deseamos lo que queremos, lo que nos conviene, o lo que nos brinda bienestar o felicidad. El deseo se impone por fuera de la voluntad y nos deja en la penosa situación de defendernos de él inútilmente. Pero el deseo es también aquello que pone en movimiento la vida. Y en esa medida, esconde en su seno un enigma: ¿quién pone en movimiento al deseo? En el relato del Génesis, la paradoja es doble: un jardín perfecto en que hay una prohibición, y una transgresión curiosa que acontece antes de que los humanos adquieran la curiosidad. De acuerdo con el texto, antes de comer del fruto prohibido, Adán y Eva tenían los ojos cerrados, es decir, carecían de impulso curioso. ¿Por qué, entonces, Eva deseó comer del árbol del conocimiento del bien y del mal? A partir del Génesis y la mitología griega, la filosofía de Girard y Bataille, y el psicoanálisis de Freud, Klein y Rank, la autora despliega una concepción del deseo que rompe con toda idealización pacificadora.

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Seitenzahl: 122

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Av. Luis Thayer Ojeda 95, of. 510, Providencia,

Santiago de Chile.

www.polvoraeditorial.cl

[email protected]

TÍTULO El nacimiento del deseo

AUTORA Florencia Abadi

1ª Edición, 2023 Primera reimpresión 2024, Segunda reimpresión 2025

Santiago: Pólvora ed., 2025. 110 pp.; 13,5 × 21 cm.

ISBN 978-956-9441-92-9

ISBN Digital 978-956-6439-02-8

Colección feminismos

DIRECCIÓN DE LA COLECCIÓN Karen Glavic Maurer

DISEÑO EDITORIAL Y PORTADA Camila González S.

© 2025, Pólvora Editorial

Diagramación digital: ebooks [email protected]

A Matías Trucco

ÍNDICE

El nacimiento del deseo

La vergüenza original

Lo culposo

La traición exogámica

Sin madre concebidos: el absoluto patriarcal

Enigmatizar y controlar

La crueldad

Despecho y venganza

La locura sagrada: dioniso renacido

Ars erotica (siete reglas)

EL NACIMIENTO DEL DESEO

La palabra paraíso no tiene en el Génesis el sentido celestial que se le suele atribuir. El lugar en que Dios coloca al humano recién creado –a ese Adán al que creó “masculino y femenino” y al que aún no ha dividido para que sean dos– es simplemente un jardín cuya región geográfica lleva el nombre de Edén y que no posee ninguna cualidad esencialmente distinta al resto de la tierra. Sin embargo, nada habla más hondamente del significado de un símbolo que aquello que se distorsiona de él, que se le agrega, que se desfigura. El paraíso es la cifra patente de una dimensión de la vida psíquica: aquella en que no existe sufrimiento alguno, en que nada del mundo exterior ni interior resulta hostil, ni la temperatura, ni los otros seres vivos, ni Dios. Nada falta a excepción de la falta, y por tanto el deseo. Y esto último permite que la placidez se exprese también en el mundo interno: no habiendo deseo, no hay allí conflicto alguno. Como enseñó Freud, el deseo divide al sujeto: no deseamos lo que queremos, lo que nos conviene, lo que nos brinda bienestar o felicidad. El deseo se impone por fuera de la voluntad, invade y nos coloca en la penosa situación de defendernos de él inútilmente. El paraíso nombra entonces no solo un entorno benevolente, sino también la unidad indivisa de la psiquis, una figura que es mítica no por su carácter ficcional, ni tampoco por residir en un pasado irrecuperable, sino porque pulsa en cada presente como estructura de la experiencia. El paraíso late en el conflicto porque le otorga su sentido último: la idea de que tendría que no ser.

En el relato bíblico, Dios expulsa al ser humano de ese jardín: “Y lo sacó el Eterno, Dios, del jardín de Edén, para labrar la tierra de que fue tomado. Y echó al hombre”. Sin embargo, la acción divina quizás pueda resumirse en el gesto del partero que debe dar al recién nacido una primera palmada que propicie la respiración. Se trata, en la Caída, del acto de nacer, es decir, de separarse; ello supone por parte del naciente una cierta actividad que se asemeja más a una salida (del paraíso) que a una expulsión, aunque tal salida deba ser por necesidad traumática y la signifiquemos como abuso o castigo. La respiración indica que sin aire no hay espacio para que Eros despliegue sus alas y ponga en marcha la historia. Habrá que caer en el deseo (fall in love) y perder la inocencia, nombre privilegiado de la unidad de la psiquis (en contraste con la conciencia que supone un pliegue, una reflexión, una autoconciencia). Al fin y al cabo, la psiquis indivisa remite a una fusión con el todo-útero que entraña el peligro de la asfixia.

El primer relato del Génesis consiste en un mito de nacimiento del deseo. La fuerza deseante esconde en su seno un problema tan irresoluble para la lógica como capital para la vida: el del comienzo del movimiento. Si el deseo es aquello que pone en movimiento, el problema es quién pone en movimiento al deseo. Aristóteles había imaginado que podía existir algo así como un motor inmóvil. No es casual que entre las diversas genealogías de Eros –pocas divinidades han recibido más interpretaciones en cuanto a su procedencia y linaje– exista la tendencia a pensarlo como deidad primordial (protogonos, el primer nacido, en la tradición órfica), no pudiendo concebirse algo que sea anterior a él. Hesíodo lo coloca entre los dioses primordiales, incluso antes que su madre Afrodita, y Aristófanes lo hace nacer de un huevo sin germen tras un proceso de largos siglos. El nacimiento del deseo nos obliga a afrontar una tensión que es paradójica. En el relato del Génesis, esta paradoja es doble: un lugar perfecto en que hay una prohibición, y una transgresión curiosa que acontece antes de que los humanos adquieran la curiosidad. De acuerdo con el texto, antes de comer del fruto prohibido, Adán y Eva tenían los ojos cerrados, es decir, carecían de impulso curioso (propio de la esfera erótica). ¿Por qué, entonces, Eva deseó comer del árbol del conocimiento del bien y del mal?

II

Contra la versión del deseo como deidad primordial, quizás debamos aceptar que existe otra diosa antes de Eros, su verdadera madre. Se trata de la envidia, que se asemeja en cierto sentido al motor inmóvil aristotélico: aún paralizada por la impotencia, envenenada y carcomiéndose por dentro, funciona como acicate. La envidia nos sugiere que el objeto de nuestros anhelos, el fruto delicioso del árbol del conocimiento, es poseído por algún otro que no nos convida. El goce que le suponemos al otro gatilla el deseo.

En efecto, no alcanzaba con la prohibición para que los humanos comieran del fruto: aun habiendo colocado Dios el árbol del conocimiento en el centro exacto del Edén, los humanos no parecían verse estimulados a transgredir. Fue necesaria entonces la intervención de la serpiente, de quien algunas versiones dicen que fue enviada por los ángeles celosos del hombre. Evidentemente, la serpiente remite a la envidia. Le dice a la mujer: “Dios sabe que en el día que comiereis del fruto, se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”. En otras palabras, le sugiere que Dios les está mezquinando la sabiduría, que la posee y no la brinda. Esa es la fantasía envidiosa por excelencia, como explicó Melanie Klein. Sin serpiente no hay Caída en el deseo. A la interdicción divina “vos no”, hay que agregar la envidiosa idealización serpentina “otro sí”. El deseo exige, para circular, ese supuesto de un otro satisfecho que no me da. Ese otro es para el envidioso plenamente feliz. La plenitud no es una vivencia de satisfacción que hemos perdido (como sostiene el mito freudiano de nacimiento del deseo), sino más bien una satisfacción supuesta a un otro. La envidia es odio, pero odio ilusionado: si el deseo se enterase del carácter constitutivo de su insatisfacción, no tendría razón para orientarse a ningún objeto. Hay una infelicidad originaria que es condición de posibilidad del deseo. Venimos de la envidia, del gesto que coloca la atención en lo que creemos que no nos brindaron. En definitiva, venimos de la ingratitud; como afirma con insistencia el Corán, “el hombre es, ciertamente, muy desagradecido”.

III

Prometeo protagoniza también un mito de nacimiento del deseo, y por eso revela una estructura similar: el fuego –el conocimiento, el deseo, el motor de la historia cultural– debe ser robado a los dioses, porque estos lo mezquinan a los hombres. Con un ardid, el titán de la filantropía lo trae del cielo en el hueco de una férula. Se conquista el conocimiento mediante una transgresión, un sacrilegio, un atrevimiento que tiene como condena también su premio: la historia, el movimiento, la muerte, la transformación (que, como indica la lengua, se sufre). A pesar de la violencia castigadora de Zeus, que encadena a Prometeo a una roca donde un águila devora diariamente su hígado inmortal, la transgresión no tiene vuelta atrás: los dioses no pueden cerrar nuevamente los ojos de los humanos, hacer que ya no sepamos aquello de lo que nos hemos enterado (“Solo una cosa no hay. Es el olvido”, escribió Borges ya devenido ciego).

“Por voluntad erré”, dice en la tragedia de Esquilo el dios previsor (Pro-meteo es quien piensa antes), y soporta el dolor con estoicismo e insolencia. El error (la hamartía trágica, que los latinos traducen por peccatus) se realiza aquí con plena conciencia: los poderes adivinatorios de Prometeo le permiten anticipar las consecuencias de su acto. Nietzsche reivindicó en este sentido un “pecado activo” del mito prometeico, un sacrilegio viril, contra un supuesto “pecado pasivo” del Génesis, vinculado a una curiosidad y seducción femeninas. Pero esta lectura parece olvidar la pasividad absoluta de la humanidad en el mito prometeico. En efecto, aquí los humanos se ven libres de toda responsabilidad: la transgresión la realiza un titán, un dios antiguo, anterior a los olímpicos, que decide traicionar los privilegios de su clase por un excesivo amor a los efímeros (la falta trágica en un dios reviste a esta tragedia de un carácter excepcional). En el Génesis, en cambio, los débiles deben conquistar por sí mismos el deseo conocedor (y por eso mismo se activa el intento de desresponsabilizarse, por el cual Adán echa la culpa a Eva y ella a la serpiente). Hacerle una curiosidad al animal hombre es para el Dios del Génesis un problema acuciante, ya que la Caída exige la participación de los humanos. Requiere de un rodeo (la astucia serpentina), que se replica en el derrotero sinuoso de cada ser humano: todos nacemos, como Adán y Eva, con los ojos cerrados.

En la versión de Hesíodo, el castigo de Zeus consiste en una trampa que lleva el nombre de Pandora, el “don de todos los dioses” –recibe vestidos y adornos de Atenea, collares de oro de las Gracias, palabras taimadas y carácter voluble de Hermes, etc.–. El cielo complota para diseñar un artilugio que, con solo que se abra una vasija, derramará por la tierra todos los males. Esta suerte de Eva griega, que a posteriori de la transgresión es enviada a Epimeteo (el hermano torpe de Prometeo que, como indica su nombre, piensa después), es un principio antieconómico –tal como Bataille describió el erotismo–: es la gastadora de alimentos, la de vientre pernicioso y voraz. Una vez más, la fuerza que se opone a lo ventajoso, el deseo como conflicto. Por esta belleza los hombres “se encariñan con su desgracia” (Hesíodo). Pandora obliga al varón a trabajar, del mismo modo que Adán, después de la Caída, debe comenzar a labrar la tierra con el sudor de su rostro. El motivo es intrínseco al deseo: el conflicto impone un trabajo (como sugirió Matías Trucco). Así se constituye, en sí mismo, como el elemento que orienta el camino de desarrollo del sujeto, el rumbo del trabajo psíquico que realizan los sueños, los mitos, el humor, el lenguaje, incluso el delirio. Nadie ha expuesto la importancia de esta cuestión con mayor claridad que Freud: a partir del conflicto, el inconsciente realiza un trabajo que tiene su núcleo más íntimo en la palabra y, en caso contrario, el cuerpo enferma. De ahí que las enfermedades que salen de la vasija de Pandora visiten a los hombres en silencio, “porque Dios les arrebató el habla”.

IV

El trabajo psíquico supone ciertos recursos o herramientas. Esto fue señalado ya en la genealogía de Eros que establece la sabia Diotima en el Banquete de Platón, en que Poros (recurso, camino) es indicado como padre del deseo. Sin embargo, esta paternidad fue pasmosamente olvidada, y en dicha genealogía platónica únicamente trascendió la madre, la carencia o falta (Penía, personificación de la pobreza), que marcó el hito inaugural de la concepción dominante del deseo. Cabe recordar entonces que si bien no hay deseo sin falta (Deleuze discute esta tesis de manera relativamente solitaria), tampoco puede haberlo sin ciertos medios o recursos a fin de lidiar con ella. En este sentido, Prometeo tomó todos los recaudos: no solo robó el fuego para los humanos, sino que nos regaló una formidable cantidad de instrumentos para que sobrelleváramos lo que comenzaba: la memoria, el número, las letras, las técnicas (incluidas las de adivinación), el conocimiento de los astros, y hasta la medicina. De insolente transgresor a yddishe momme.

Si el deseo divide al sujeto e instala el conflicto que impone el trabajo psíquico, tal proceso no está dado ni garantizado, sino que exige la ingente tarea de parir el deseo. Antes de la Caída, los ojos de Adán y Eva carecían de visión, aún sin ser ciegos; antes de la ayuda prometeica los humanos habitaban bajo tierra, donde “veían sin ver, oían sin oír” (Esquilo). En definitiva, ambos mitos muestran que el sujeto de deseo no es el punto de partida de la vida del humano, sino más bien el punto de llegada de un transcurso que tiene en el nacimiento su prefiguración. Se trata de un recorrido que puede ser pensado como pasaje del narcisismo al erotismo, de la fusión con el ideal materno como presunta condición para ser amado a la traición de ese ideal en pos del registro del propio cuerpo. De objeto de amor a sujeto de deseo: en eso consiste la salida del paraíso. Tal proceso exige un arrojo: no hay que olvidar que ser amado y mirado es para la criatura humana una cuestión de supervivencia.

Hay que perder para ganar, se dice a veces con sabiduría. La pérdida conlleva la angustia que entraña toda transformación, el peligro que supone darse la existencia: ya no será posible complacer las demandas del Dios-madre, sino que por el contrario habrá que traicionarlo. Así como Eros traiciona a su madre Venus para casarse con Psique –quien lleva a cabo de manera ejemplar, en el relato de Apuleyo, el viaje del narcisismo al erotismo–, Adán y Eva tienen que desafiar el mandato del Eterno. El atrevimiento que origina la transgresión es condición del nacimiento. La curiosidad, la pasión erótica que mueve, que asume el coraje de la pérdida –al curiosear se destruye de manera irreversible el estado de cosas existente–, es la herramienta por excelencia en la constitución del sujeto; pero hay que llegar a ella, abrir trabajosamente los ojos. Por eso Narciso, como supo expresar Calderón de la Barca, carece de impulso curioso, y sin interrogar su cuerpo ni su historia se fusiona con el ideal materno hasta ahogarse en sus aguas (“¿sé yo más, madre, de lo que tú has querido que sepa?”). El símbolo del agua tiñe de principio a fin el mito: hijo del río Cefiso y una ninfa de agua dulce, el joven bello y virgen fallece en una fuente de aguas argénteas y se metamorfosea en una flor de agua que llevará su nombre. Se trata del líquido amniótico, del útero asfixiante y retentivo. Sin distancia el deseo no puede circular. En la fuente donde muere Narciso, los habitantes de Tespias erigirán un monumento a Eros vencedor. La oposición entre el narcisismo y el deseo configura la vida psíquica del sujeto.

V