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A contracorriente de la interpretación habitual, Florencia Abadi propone que Narciso no se ama a sí mismo. Más bien se fascina con su imagen y se suicida en el intento de abrazarla: sacrifica su vida a su imagen. Así, el narcisismo se opone al egoísmo. Mientras el egoísta se prioriza a sí mismo por sobre los demás, el narcisista se posterga a sí mismo para ser amado por el otro –o mejor dicho, para sostener una imagen que cree condición del amor del otro. A partir de esta original lectura del mito, Narciso aparece como contrafigura de Eros, el deseo. De la mitología a la cultura popular, los nueve ensayos aquí reunidos exploran el oscuro universo de las pasiones. Deseo, envidia, piedad, odio, desconfianza son desmenuzados con implacable lucidez. En una época en que el término "narcisismo" se encuentra en boca de todos, la lectura de este libro permite reconocer, más allá de los diagnósticos, una estructura común que nos atraviesa como humanos y que puede comprenderse mejor a través de la filosofía. Una filosofía de las pasiones.
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Seitenzahl: 83
Veröffentlichungsjahr: 2025
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“Si el amor es cuidado, alianza afectiva, previsibilidad, el deseo en cambio supone rivalidad, desafío, incertidumbre. (...) El deseo curiosea, el amor respeta. De esa oposición trata también este libro.”
A contracorriente de la interpretación habitual, Florencia Abadi propone que Narciso no se ama a sí mismo. Más bien se fascina con su imagen y se suicida en el intento de abrazarla: sacrifica su vida a su imagen. Así, el narcisismo se opone al egoísmo. Mientras el egoísta se prioriza a sí mismo por sobre los demás, el narcisista se posterga a sí mismo para ser amado por el otro –o mejor dicho, para sostener una imagen que cree condición del amor del otro.
A partir de esta original lectura del mito, Narciso aparece como contrafigura de Eros, el deseo. De la mitología a la cultura popular, los nueve ensayos aquí reunidos exploran el oscuro universo de las pasiones. Deseo, envidia, piedad, odio, desconfianza son desmenuzados con implacable lucidez.
En una época en que el término “narcisismo” se encuentra en boca de todos, la lectura de este libro permite reconocer, más allá de los diagnósticos, una estructura común que nos atraviesa como humanos y que puede comprenderse mejor a través de la filosofía. Una filosofía de las pasiones.
FLORENCIA ABADI es filósofa y escritora. Nació en Buenos Aires en 1979. Es Doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, Investigadora del CONICET y docente de Estética (Facultad de Filosofía y Letras, UBA). Su campo de trabajo es la estética y los afectos en intersección con la mitología comparada.
Entre sus principales publicaciones se encuentran los libros: Conocimiento y redención en la filosofía de Walter Benjamin (Miño y Dávila, 2014), El sacrificio de Narciso (Hecho atómico ediciones, 2018; traducido al italiano), El nacimiento del deseo (Pólvora, 2023) y la plaqueta Mímesis y terror (Bulk-Perambulante, 2019, traducido al inglés). Además, es autora de diversos artículos en revistas especializadas. Esta edición ampliada de El sacrificio de Narciso pone nuevamente a disposición del lector sus ensayos más disruptivos y originales.
¿Pueden los mitos revelar la naturaleza del deseo, del odio, de la envidia, de la piedad, de la relación que tenemos con nuestra imagen? Y en caso de que puedan, ¿con qué fundamento, con qué explicación, bajo qué premisas? Suele afirmarse que los mitos permiten vislumbrar las profundidades de la afectividad humana. Quizás sea necesario recordar, entonces, el carácter siempre parcial de ese vislumbrar: el mito revela aspectos desconocidos, pero lo hace ocultando, camuflando, disfrazando. Muestra y a su vez tapa; echa luz sobre algún aspecto y, simultáneamente, coloca un manto sobre otro. De ahí que el trabajo del mito pueda asimilarse al del sueño, que disfraza para que pueda emerger lo conflictivo, lo insoportable. Este mecanismo corresponde a su posible derivación de verbo griego myein, que significa “abrir y cerrar” los ojos, entrecerrarlos frente a una luz imposible de tolerar por la pupila sin realizar esa acción rítmicamente. El mito nos permite mirar sin encandilarnos, nublar un poco la visión para lidiar con el sufrimiento que pone en juego lo que se descubre. Los ojos entrecerrados nos salvan de la literalidad que solo ve (o escucha) lo que está ahí delante, y podemos entonces acceder a un universo hecho de alusiones y símbolos.
El mito se caracteriza además por no tener una fuente original, sino versiones. Cada una se pone en relación con las anteriores, superponiéndose y enfrentándose a ellas. El mito es así, también, un objeto de disputa (es decir, de deseo). El mito de Narciso ha sido en este sentido un caso paradigmático: las variadas versiones, que se multiplican con intensidad creciente hasta nuestros días, distan especialmente unas de otras. Entre ellas, la que ha ganado mayor protagonismo es sin duda la de Ovidio en Las metamorfosis, que pertenece a la era cristiana, 8 d.C. (a pesar de remitir al mundo griego, el mito de Narciso no aparece en fuentes griegas). Es a partir de esta versión que se ha construido la idea de que Narciso se ama a sí mismo de una manera exagerada o patológica. Este libro se propone disputar esa interpretación, mostrar que Narciso, lejos de amarse a sí mismo, se fascina con su imagen y le entrega nada menos que su vida. Narciso muere sacrificado a una imagen ideal, y la fascinación que lo lleva a ese sacrificio no se parece en nada al amor.
A pesar de los numerosos aspectos del mito que Ovidio sí muestra (el dolor punzante frente al rechazo en el ámbito erótico, la función de la figura materna, e incluso el apego a la imagen y el abandono del cuerpo), su relato suprime un elemento que resulta clave en las versiones más antiguas. Se trata de la enemistad entre Narciso y Eros (Cupido para los romanos): al rechazar a los cazadores y ninfas que lo pretenden eróticamente, Narciso está desafiando el poder de una poderosa divinidad, como si creyera que se puede vivir más allá del erotismo. El castigo de Eros frente a esa soberbia (hybris) no se hace esperar, y en la fuente donde Narciso muere, situada en la ciudad de Tespias, sus habitantes –devotos del caprichoso dios alado– erigen un monumento a Eros vencedor. Sin embargo, en el libro de Ovidio se elimina a Eros como figura vengadora y se coloca allí a Némesis (diosa de la venganza), velando el conflicto entre la entrega a la imagen y el deseo. Este conflicto resulta crucial para el psiquismo. Narciso representa la imagen ideal que se opone a la carencia propia del deseo. Encarna el rechazo de ese deseo que nos coloca en un lugar vulnerable, que nos divide, que rompe con su flecha la “unidad narcisista del yo”. El deseo humilla al narcisismo; como expresa el enamorado en la canción popular: “estoy perdiendo imagen a tu lado”. Mientras que el ideal narcisista permanece inmóvil –como toda perfección– el deseo es movimiento. El deseo es fértil; Narciso es virgen y amenaza con lo estéril. Eros tiene alas y necesita el aire que brinda la distancia; el narcisismo se entrega a la fusión líquida. Comprender la estructura narcisista que atraviesa a todo ser humano –más allá de cualquier diagnóstico clínico– exige atender a estas oposiciones. Dicha estructura rige nuestro esfuerzo denodado por sostener una imagen de nosotros mismos, bajo la ilusión de que somos amados por esa imagen. Desenmascarar este mecanismo a partir de una relectura del mito de Narciso es la tarea de estas páginas.
Dijimos entonces que Narciso se opone a Eros, el narcisismo al deseo. Sin embargo, hay una segunda confusión que despejar: aquella que identifica a Eros con el amor. Una larga tradición occidental ha llevado a cabo esa traducción, velando una segunda oposición: la que existe entre el deseo y el amor. Si el amor es cuidado, alianza afectiva, previsibilidad, el deseo en cambio supone rivalidad, desafío, incertidumbre. Si el amor es piedad en el sentido de que sostiene velos para preservar lo existente, el deseo es cruel porque desgarra velos para transformar lo existente. El deseo curiosea, el amor respeta. De esa oposición trata también este libro. Si Narciso no (se) desea, tampoco se ama. El amor propio, si tiene algún significado, no consiste en una elevada autoestima, sino más bien en la benevolencia con la propia falla e imperfección, en la posibilidad de frenar el autorreproche (narcisista) por no ser aquello que quisiéramos ser.
Entre estas dos lógicas, la erótica y la amorosa, se cuela la lógica narcisista. ¿Narciso ama su imagen?, ¿la desea? Quizás ni una cosa ni la otra. Aquí, más bien, el enamoramiento fascinado se presenta como una tercera relación posible con la imagen. Será tarea de quien lea atender a estas sutilezas, desplegar su propia interpretación de un asunto que no está cerrado. Exigirá poder caminar sobre una fina cornisa sin caer en la tentación de tapar el conflicto que implica ser humanos amorosos, pero también deseantes (odiantes) y atravesados por ideales que devienen frecuentemente mortíferos. El mito sigue siendo la mejor guía para transitar el camino, porque nos permite ver en su pureza esas lógicas, esos arquetipos. Solo Narciso es puramente narcisista; en todo ser humano de carne y hueso, en cambio, habitan Narciso, Eros, Amor y tantos otros. El mito logra este efecto, quizás paradójicamente, gracias a su impureza, a la contaminación entre las versiones. Su trabajo de velar y desvelar puede ser entonces la via regia para una filosofía de las pasiones.
Cuando Cupido ve a Psique por primera vez le parece tan hermosa que desiste de cumplir con el encargo de su madre. Envidiosa de la radiante belleza de la joven, Venus le había encomendado que la enamorase del hombre más espantoso y miserable. Cupido, en cambio, decide clavar la flecha en su propia carne. Tampoco él, dios del erotismo (Eros para los griegos), puede prescindir de ese elemento exterior al momento de enamorarse.
En el ámbito erótico hace falta siempre una mediación externa, una flecha, un brebaje, un celestino. Eros es envidioso: es otro quien nos señala el objeto del deseo, otro quien, como enseña René Girard, lo incita constituyéndose como modelo-rival. Por eso, el buen celestino siempre sugiere que él mismo está enamorado de aquel cuyo amor nos propone, ofreciéndose como rival en el deseo. Cupido es hijo de Marte: sin la rivalidad, principio rector de la guerra, no se engendra el deseo sexual. Donde hay pasión erótica, hay odio (que puede proyectarse sobre objetos diversos, como el ser deseado, un amor del pasado de este, sus padres, etc.).
