Lou Andreas-Salomé - Florencia Abadi - E-Book

Lou Andreas-Salomé E-Book

Florencia Abadi

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Beschreibung

Lou Andreas-Salomé fue más célebre por la fascinación que despertó entre los hombres notables de su tiempo que por el alcance de su pensamiento. Se la recuerda como la mujer que rompió el corazón de Nietzsche, como la que rechazó la propuesta de matrimonio de Paul Rée, como la amiga y amante de Rilke y como la discípula dilecta de Freud, y no por las ideas que la llevaron a vincularse con todos ellos. En este libro, Florencia Abadi y Matías Trucco emprenden la búsqueda de otra Lou: la filósofa y la psicoanalista. Una pensadora atravesada por los debates de su época, pero también singular, atenta a sus propias inquietudes. Siguiendo el hilo de un concepto que recorre su obra —el narcisismo—, descubren, detrás de la máscara de la femme fatale que encendió pasiones, la pasión más profunda de Lou: el conocimiento. Nutriéndose de diversas tradiciones filosóficas, Salomé ofrece aportes originales al psicoanálisis. Convencida de que el combate no es lo propio del espíritu femenino, ensaya una estrategia ya explorada por algunas de sus antecesoras: la subversión silenciosa de los valores. Salomé no rivaliza, ni con los conceptos ni con los hombres. Blanda y persistente como un curso de agua, encuentra su cauce.

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Seitenzahl: 374

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Nota preliminar

Una de las imágenes que conservamos de Lou Andreas-Salomé es aquella fotografía de estudio en la que se observa una escena tan extraña como cómica: Lou, sentada en un pequeño carro de madera. Delante del carro y enlazados como si fueran animales de tiro, Paul Rée y Friedrich Nietzsche. Los tres miran a cámara, en el rostro de Nietzsche sospechamos una sonrisa amarga. La imagen es una alegoría en la que el trío expresa con humor su particular vínculo. Nietzsche y Rée parecen haber cedido a Salomé la dirección de sus relaciones. Ambos fueron rechazados por la rusa en sus propuestas de matrimonio y accedieron, durante un tiempo al menos, a la fantasía de un trío intelectual que saciaba los deseos de la joven. No fue la primera vez que Lou rechazaba propuestas amorosas ni será la última. Qué frustrante debió ser para esta mujer que buscaba la amistad y la compañía de pares intelectuales el desliz de ellos hacia el amor.

¿Qué es lo que tantos encontraban fascinante en ella? ¿Qué es lo que deslumbraba y al mismo tiempo generaba recelo? Nietzsche la comparó con una gata egoísta; Freud la asoció con la gata narcisista, capaz de recibir caricias sin ofrecer reciprocidad. ¿Es tal vez eso? ¿El negarse a responder de manera automática al deseo del otro? Lou revela el juego cruel del amor “ciego y clarividente”. No hay nada detrás de ese espejo en el que se reflejan nuestras pasiones más que soledad. Qué espejo oscuro ofreció Lou a quien se asomó a ella. Capaz de reflejar lo más elevado del amor y las más bajas miserias. Nos llegó una Salomé contada a partir de los deseos que otros proyectaron sobre ella. Este libro nos permite sumergirnos, aunque sea un poco, en el estanque de aguas profundas en el que ella eligió ocultarse.

Jazmín Ferreiro

Página de legales

Abadi, Florencia

Lou Andreas-Salomé / Florencia Abadi ; Matías Trucco. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-631-6632-84-5

1. Filosofía. 2. Psicoanálisis. I. Trucco, Matías II. Título

CDD 150.195

©2025, Florencia Abadi y Matías Trucco

©2025, RCP S.A.

Directora de la colección: Jazmín Ferreiro

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.

ISBN 978-631-6632-84-5

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Diseño de la colección: Pablo Alarcón | Cerúleo

Diagramación del interior y de tapa: Pablo Alarcón | Cerúleo

Ilustración de tapa: Andrea Stöckel flores: pilllpat (agence eureka), AdobeStock: Marina Gorskaya

Primera edición en formato digital

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Legales

ENSAYO

Introducción: obra y vida

I. Lou Andreas-Salomé y el movimiento psicoanalítico

Las vísperas

En el ojo de la tormenta

Los fundamentos teóricos de la elección de Salomé

El conflicto

Lo infantil

Salomé y Freud: una fascinación mutua

El caso Tausk: un nuevo triángulo

El narcisismo Tausk

La gata narcisista

Las primeras mujeres del movimiento psicoanalítico

Como una uña cortada

Una interlocutora para Anna Freud

El último encuentro

II. Lou Andreas-Salomé y lo femenino

De la mujer al narcisismo

¿Salomé antifeminista?

Vida versus política

El ser humano como mujer: el círculo y la línea

Felicidad y devoción como dones femeninos

La crítica de la feminista Hedwig Dohm

La sexualidad femenina antes del encuentro con Freud

Lo femenino desde el psicoanálisis: de la circularidad a la regresión

La transvaloración de la teoría freudiana de lo femenino

Orgasmo y ternura

Entrega y pasividad

Salomé feminista: el matriarcado y la envidia mutua

La ausencia de la mujer en el asesinato del padre primordial: ¿la anatomía es el destino?

III. Lou Andreas-Salomé a través del espejo: el narcisismo como religión

Narcisismo sin vanidad

La noción de narcisismo en el psicoanálisis freudiano

Las objeciones de Salomé

Lo anal y la constitución del yo

Analidad, sublimación y narcisismo

La doble dirección del narcisismo

El espejo de Narciso: Salomé vs. Lacan

Una nueva economía libidinal

La omnipotencia del pensamiento redimida

IV. El narcisismo dionisíaco de Lou Andreas-Salomé: la influencia de Nietzsche

El hilo rojo entre Freud y Nietzsche

Lou Salomé y Nietzsche: el chisme

El narcisismo dionisíaco: el nexo entre Nietzsche y Freud en la obra de Salomé

Disolución dionisíaca y aniquilación del yo

Narciso y Dioniso: una afinidad sigilosa

La inversión del pesimismo: el amor fati que enseña Dioniso

V. Lou Andreas-Salomé frente a los místicos: el ello de Groddeck y el sentimiento oceánico de Rolland

El ello: un nuevo narcisismo para un nuevo inconsciente

Salomé con Groddeck (y Nietzsche): pasividad e inconsciente

Salomé vs. Groddeck: el papel de lo orgánico en el psicoanálisis

El sentimiento oceánico: la religión en disputa

Rolland y Freud

El sentimiento oceánico y el yo

La fe de Salomé frente al sentimiento oceánico de Freud y Rolland

Lacan con Salomé

Epílogo. El peral que no floreció: la pérdida y la fe

SELECCIÓN DE TEXTOS

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

COLUMNA DE TIEMPO

BIBLIOGRAFÍA

AGRADECIMIENTOS

Lista de páginas

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Puntos de referencia

Portada

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Legales

Tabla de contenidos

Comienzo de lectura

A nuestras abuelas, Dora y Catalina

ENSAYO

Introducción: obra y vida

La obra de Lou Andreas-Salomé ha permanecido mayormente relegada en todos los ámbitos en los que hubiera podido recibir atención: la tradición de la filosofía no ha incluido sus ensayos y reflexiones críticas en sus programas, el psicoanálisis prácticamente no ha discutido sus contribuciones a la disciplina, y apenas los estudios literarios les han dado en ocasiones verdadera importancia a sus novelas y relatos. En contraste, su vida ha despertado una considerable curiosidad, sobre todo sus amistades y amoríos con hombres célebres como Nietzsche, Rée, Rilke y Freud, entre otros. En las habladurías de su tiempo y más allá, Salomé encarnó el mito de la femme fatale —mujer que mata o lleva a la muerte—, el cual posee una fuerza indiscutible en la cultura occidental. Varios elementos contribuyeron a que su nombre retumbara de un modo que excedió ampliamente su obra: la leyenda de la joven brillante que rompió el corazón del filósofo más importante de su tiempo, como lo fue Nietzsche a partir del 1890 (a quien habría inspirado además su libro Así habló Zaratustra, que los jóvenes alemanes llevaban a la guerra en sus mochilas); las historias sobre su don para influir en artistas y científicos, así como para abandonarlos impiadosamente; su rebeldía en los modos de establecer vínculos y amistades, lejos de las convenciones establecidas; su habilidad para ganarse la máxima confianza del fundador del psicoanálisis (al punto de pasar una estadía en su casa familiar intimando con su hija Anna); la tensa relación con el feminismo de la época.

Este desbalance entre una atención mínima a sus escritos y una máxima a su vida resultó en un abordaje mayormente biográfico de su figura. Esto estuvo condicionado, también, por el hecho de que su última obra fuera una autobiografía, publicada póstumamente por su albacea Ernst Pfeiffer —catorce años después de la muerte de Salomé—. Este libro, que solía llamar el “compendio” (Grundgriss), fue titulado Mirada retrospectiva (Lebensrückblick) y ha sido posiblemente el más leído y traducido de sus textos, plagando la bibliografía sobre ella de anécdotas y datos personales, que pasan a ser parte de su obra (y no solo de su vida) desde el momento de su aparición. Tampoco favoreció la divulgación de sus escritos el hecho de que la correspondencia con aquellos hombres célebres se impusiera en la recepción de su figura. La temprana biografía de H. F. Peters (Lou Andreas-Salomé. Mi hermana, mi esposa. Una biografía, 1962) dejó quizás también, con su impresionante investigación, una marca demasiado honda. Por si fuera poco, al morir Pfeiffer se desclasificaron una cantidad de documentos a partir de los cuales Stéphane Michaud escribió una nueva biografía, aún más detallada (Lou Andreas-Salomé. La aliada de la vida, 2000). Luego Isabelle Mons realizó un minucioso trabajo sobre ella, que aunque aborda ciertos aspectos de su obra conserva una impronta fuertemente biográfica (Lou Andreas-Salomé. Una mujer libre, 2012).

La pantalla grande y la ficción también han hecho su parte en la creación de cierto personaje en torno a su figura. La referencia más conocida seguramente sea la novela ficcionada El día que Nietzsche lloró, de Irvin D. Yalom, publicada en 1992 y llevada al cine en 2007, donde el personaje de Lou Andreas-Salomé dista mucho de la realidad, tanto en relación con los datos biográficos como con la caracterización de su personalidad. Previo a esto, ya en 1977, Liliana Cavani dirige la película Más allá del bien y del mal, que aborda los tiempos de su relación con Nietzsche y Rée, tal vez de manera algo fantástica. Luego, en 2016 sale a la luz un respetable film dirigido por Cordula Kablitz-Post, que refleja su vida de modo bastante fiel a su autobiografía. Su figura también inspiró obras de teatro y más de una creación musical.

La vida de Salomé fue sin duda apasionante, no solo por sus historias afectivas, sino también porque se movió con destreza en los círculos intelectuales y artísticos más importantes de la Europa de fin de siglo, en especial en sus estadías en Berlín, París y Viena. Pero que eso haya postergado el estudio de sus textos es un efecto sin duda indeseado de la orientación que toma a veces la curiosidad humana. Todos estos factores hicieron que primara una aproximación impresionista a su pensamiento que mayormente se ahorra el esfuerzo de elucidar el sentido de una obra extremadamente densa y oscura —aunque no ininteligible—. Se construyó así la idea de que su aporte a los ámbitos intelectuales estuvo dado únicamente por su persona, y no por sus ideas. (1)

En este libro nos proponemos rescatar tan solo una parte de su prolífica y variada producción: su obra psicoanalítica. Es llamativo que esta dimensión de su pensamiento, a nuestro juicio la más relevante y profunda, haya sido la más olvidada de todas. El encuentro con Freud en Viena en 1912, cuando Salomé tiene ya cincuenta años, marca el punto de inflexión más importante de su obra y su vida profesional: en ese momento elige consagrarse al estudio y la práctica clínica del psicoanálisis, una disciplina nueva que se encontraba en plena ebullición, convirtiéndose en una de las primeras mujeres psicoanalistas de la historia (mas no la primera). En ese contexto, a partir de la década de 1910 escribe una serie de artículos que participan de los debates de la “ciencia nueva”, que era para sus promotores una auténtica “causa” a la que ella se suma con devoción. En ellos, Salomé aborda temas diversos como el narcisismo, la sublimación, la sexualidad femenina, el masoquismo, el sentimiento de culpa, etc. Por largo tiempo, estos artículos publicados en revistas de la época (la mayoría en Imago y Almanach des Internationalen Psychoanalytisches Verlages) no fueron recogidos y compilados siquiera en alemán. Recién a fines de los 70 se reunieron por vez primera en italiano, unos años después en francés y, en 1982, Gustavo Dessal y Guillermo L. Koop llevaron a cabo una compilación en castellano bajo el título El narcisismo como doble dirección. Obras psicoanalíticas (Barcelona, Tusquets, 1982), un trabajo extraordinario aunque con una traducción por momentos cuestionable, que hoy es prácticamente un incunable —y constituye la única posibilidad de acceder a estos textos en nuestra lengua—. (2) Es impactante que en alemán —la lengua en la cual la escritora rusa escribió su obra, que era su lengua materna— este trabajo se haya realizado por primera vez en 1990. Así, mientras en la actualidad pueden encontrarse sin dificultades algunas de sus novelas y ensayos previos al periodo que estudiamos —especialmente “El ser humano como mujer” y “El erotismo”, que han tenido cierta fortuna en cuanto a su circulación—, el legado psicoanalítico permanece escasamente editado y perfectamente ignorado.

Este legado psicoanalítico está evidentemente en relación con el recorrido previo de la autora, que al momento de acercarse a la disciplina llevaba ya escritas unas cuantas novelas y relatos, un estudio muy comentado en la época sobre el papel de las mujeres en el teatro de Henrik Ibsen, un libro sobre Nietzsche, uno sobre Rilke —escrito pocos años después de su muerte—, y unos cuantos ensayos sobre psicología de la religión y temas como el erotismo, la mujer y la creatividad del artista, entre otros. La terminología técnica que incorpora de la teoría psicoanalítica a partir de la década del 10 no elimina las intuiciones fundamentales de su obra anterior, ni tampoco sus influencias filosóficas (Spinoza, Schopenhauer, Simmel, Nietzsche, la filosofía de la vida, etc.), sino que más bien nutre esas intuiciones de un vocabulario específico y les brinda la posibilidad de una aplicación práctica. La filósofa Salomé está presente en la psicoanalista, a tal punto que para Freud será una representante de “la filosofía” (con toda la resistencia y la ambivalencia que generaba esa palabra dentro de la disciplina nueva). En este sentido, en la parte central de este libro (Capítulo IV), acuñamos la fórmula “narcisismo dionisíaco” para nombrar el modo en que el concepto psicoanalítico está teñido en el pensamiento de Salomé de la filosofía nietzscheana.

El concepto de narcisismo es sin duda el que atrae más fuertemente a Salomé al psicoanálisis, y sus originales contribuciones en este punto merecen hace tiempo una recuperación. El carácter dionisíaco que le imprime al narcisismo hace referencia a una dimensión pre-individual, a una unidad primordial a la que el ser humano permanece conectado y que abarca las experiencias de goce y de dolor. Esta concepción está atravesada por sus lecturas de Nietzsche, que se produjeron muchos años después del encuentro personal entre ellos. Para ese entonces, en 1882, no había escuchado más que algunos fragmentos de La gaya ciencia de boca de él. Fue tiempo después cuando Salomé estudió en detalle la obra nietzscheana y recibió su máximo influjo, que la llevó a escribir varios artículos sobre su pensamiento y un libro sobre la psicología del filósofo como elemento clave de sus concepciones, publicado en 1894. La convergencia del pensamiento de Freud y de Nietzsche en la obra de Salomé es mucho más contundente que el puente que su persona pudo haber creado entre el mítico filósofo y el fundador del psicoanálisis. Esa convergencia, además, pone el foco en un tema escabroso tanto para la filosofía nietzscheana contemporánea como para el psicoanálisis: el asunto de Dios. La lectura de Salomé del narcisismo como conexión con la totalidad y de Nietzsche como “buscador de Dios” tienen todo lo necesario para ser rechazados en ambos ámbitos. Tal vez entonces pueda hallarse en el olvido de la obra de Salomé algo más que la dificultad que presenta su intrincada escritura.

Uno de los aspectos más originales de la concepción salomiana del narcisismo reside en su relectura del mito de Narciso —al que Freud casi no presta atención—, y a la función que allí cumple el espejo. Según afirma, el espejo del mito, al ser de agua, simboliza la Naturaleza a la que el héroe se siente unido (motivo por el cual queda embelesado). En el espejo artificial, en cambio, Salomé ubica la individuación que acabará con esa unidad. La experiencia humana frente al espejo entraña entonces un duelo por la totalidad perdida y un sufrimiento frente a la percepción del contorno que delimita el adentro y el afuera del cuerpo. Lejos de la vanidad, el proceso de individuación, de conformación del yo, es comparado por ella con el dolor que se siente cuando en la infancia un diente se abre paso. Es decir que si bien para la historia más frecuentada del psicoanálisis fue Jacques Lacan quien puso lo especular en el centro de la noción de narcisismo, Salomé lo había hecho varias décadas antes. Lacan postula el estadio del espejo como momento de conformación del yo, el cuerpo y la realidad exterior. Propone que el yo se constituye como un objeto unificado en el momento en que el niño percibe su propia imagen en el espejo y se identifica con esta —o con el semejante que le hace de espejo—. Por cierto, el autor presenta sus ideas sobre el espejo en el Congreso de 1936, al que Salomé podría haber asistido si no hubiera sido por su avanzada edad y constantes dificultades económicas. Es llamativo que el sentido del espejo en Salomé y en Lacan sea quizás opuesto. Si para ella se trata de un duelo por la unidad perdida, para él lo que siente el niño es júbilo por el reconocimiento de que ese yo constituido le pertenece. La unidad para Salomé es previa al encuentro con los contornos que nos arroja el espejo; para él, en cambio, es posterior. Mientras que para Lacan el narcisismo comienza con el reconocimiento en el espejo, para Salomé allí termina.

Si bien los artículos salomianos sobre psicoanálisis circularon poco, hubo uno que sí tuvo un importante lugar en la recepción: el diario que escribía el año que estudió con Freud en Viena en 1912 —editado por Pfeiffer en 1958 bajo el título En la escuela con Freud. Diario de 1912-1913—. (3) Este ha logrado una considerable circulación, no tanto en pos de estudiar el pensamiento de Salomé sino más bien como fuente documental sobre los avatares personales y las rencillas de los miembros del círculo freudiano —Tausk, Ferenczi, Rank, Adler, Jung, etc.—. (4) También ha sido ampliamente leída y traducida la correspondencia entre Freud y Salomé que Pfeiffer puso a disposición en 1966. El intercambio epistolar entre ellos fue uno de los primeros libros de correspondencia que se publicó del psicoanalista, ofreciéndole al público por vez primera la posibilidad de acceder a una faceta suya inédita e íntima, además del interés que suscita el cuantioso material teórico que allí se discute. Finalmente, la última fuente de relevancia es el libro más elogiado por Freud, que lleva por título: Mi agradecimiento a Sigmund Freud. Carta en su 75 aniversario y que, a pesar de su inmenso valor, no tiene traducción castellana hasta hoy.

En las maneras de Salomé de vincularse con el círculo freudiano puede observarse una búsqueda análoga a la que había orientado sus relaciones con Paul Rée y Nietzsche: la insistencia en pertenecer a una suerte de hermandad, un colectivo intelectual, un grupo. Eso que denominó “La Santísima Trinidad” cuando soñaba una convivencia junto a sus dos amigos y que lograría luego, por un tiempo, junto a Rée y un grupo de intelectuales y científicos en Berlín. Ella esperaba que el movimiento psicoanalítico pudiera ofrecerle algo semejante, aun cuando su práctica clínica terminará siendo solitaria, en su casa de montaña en las afueras de Gotinga. Este ideal de un grupo intelectual no define únicamente sus modos de vincularse, sino que aflora en sus conceptualizaciones teóricas, en las que el arte, la creatividad y el narcisismo se nutren de una fuerza suprapersonal, a veces universal, que trasciende en cualquier caso al individuo. Su enigmático matrimonio con el iranista Karl Andreas —con quien llevaban vidas más bien separadas y se dice que jamás tuvieron relaciones sexuales— no impedía que este intento de formar parte de una hermandad continuara siempre vigente.

Los libros que abordan la figura de Lou Andreas-Salomé suelen presentar de modo recurrente ciertos capítulos. Uno sobre su infancia aristócrata en San Petersburgo, donde nace bajo el nombre de Louise von Salomé en 1861, el día de la abolición de la esclavitud en Rusia —como si la estrella de la libertad signara su destino—, donde se refiere su lugar de hermana menor de cinco varones, mimada por estos y sobre todo por su padre, un militar cercano al zar. Otro capítulo suele dar cuenta de sus primeros estudios de filosofía con el predicador protestante Henri Gillot, quien la bautiza como Lou, se enamora de ella a pesar de su diferencia de edad y le pide matrimonio sin éxito. Otro sobre su viaje a Zúrich en 1880 para asistir a una de las pocas universidades germanoparlantes que aceptaba mujeres en la época, donde estudia teología y además un curso de historia del arte. También se suele contar la historia de su llegada a Roma en 1882 (a partir de sus problemas de salud), donde en casa de la feminista Malwyda von Meysenbug conoce a su gran amigo Paul Rée y luego a Nietzsche. Este capítulo es por supuesto el más requerido: se cuentan aquí las largas caminatas por las calles nocturnas de Roma conversando sobre filosofía junto a Rée, el sueño que ella le cuenta sobre una comunidad intelectual, las ansias con las que él busca cumplirle el deseo presentándole a su amigo Nietzsche (un joven filósofo que aún no tenía su aura mítica), la presentación en la basílica de San Pedro, Nietzsche iniciando la conversación algo patéticamente: “¿de qué estrellas hemos caído para que hayamos venido a parar aquí?”. El capítulo siguiente suele abordar los años en Berlín junto al grupo que forma con Rée, ya lejos del despechado Nietzsche. Finalmente, hacia 1887 conoce a su marido y se distancia entonces con dolor de su celoso amigo Rée. Otro infaltable capítulo se refiere a Rainer Maria Rilke, amigo y amante, al que le da el nombre y lo empuja a convertirse en el poeta que fue, y con quien hace dos viajes a su Rusia natal que serán más que relevantes en su vida y en su obra. Un último capítulo aborda generalmente el vínculo con Freud y el psicoanálisis, que abarca el último tercio de su vida, donde suele destacarse la profunda amistad con el fundador y con su hija Anna, para quien Salomé será una interlocutora fundamental.

En este libro nos concentraremos en esta última etapa, aunque incluiremos también textos y acontecimientos previos cuando la argumentación lo requiera, sobre todo en relación con la concepción temprana sobre lo femenino, la difícil relación con el feminismo de la época y su lectura de Nietzsche, aspectos todos anteriores al periodo psicoanalítico. En el primer capítulo, examinamos los fundamentos de su aproximación al movimiento psicoanalítico y sus vínculos con algunas de sus figuras —principalmente con Sigmund Freud, pero también con Alfred Adler, Victor Tausk y Anna Freud, entre otros. En el segundo capítulo desarrollamos su concepción de lo femenino antes y después de su encuentro con el psicoanálisis, poniendo el foco en la cuestión de la sexualidad. Sostenemos que puede identificarse una “operación Salomé”, que consiste en tomar ciertas tesis de Freud pero invertir su signo. Un caso patente se observa en el tópico de la sexualidad femenina, donde lleva a cabo una transvaloración de las ideas de regresión libidinal, pasividad y del placer clitoridiano en general. En el tercero, abordamos su teoría del narcisismo, en la que puede leerse una sorprendente redención del fenómeno narcisista para la cura y la creatividad. Incluimos aquí un análisis del texto “Anal y sexual”, por lejos aquel que recibió mayor reconocimiento por parte de Freud, y que también Lacan valora en un coloquio de psicoanálisis hacia 1960 (que nos llega como uno de los escritos) (5) y en el Seminario 10. En el cuarto capítulo hacemos una lectura de esa concepción del narcisismo a la luz de la idea nietzscheana de lo dionisíaco. Para finalizar, abordamos los vínculos de Salomé con dos conceptos clave del psicoanálisis freudiano: el ello y el sentimiento oceánico, con el objetivo de mostrar nuevos aspectos de la influencia no reconocida de la autora en la disciplina, así como explorar su compleja relación con el misticismo y la religión.

Lou Andreas-Salomé es una autora que, aun cuando se la elogia retóricamente, no se la conoce ni se la estudia. Y si bien ella sostenía que las vivencias personales intervienen necesariamente en los desarrollos intelectuales, estos últimos demandan un esfuerzo conceptual que no puede saldarse biográficamente. Es nuestra intención llevar adelante esa tarea de estudiar y dar a conocer su pensamiento. Hacia el final de este libro, puede encontrarse una selección de fragmentos de su obra que brinda la oportunidad de conocerla a través de su particular escritura. Aspiramos a que quien lea estas páginas descubra a una pensadora que, si bien es reputada como “musa” de hombres insignes, ha recibido también no poca inspiración.

1. Podemos observar un ejemplo elocuente de esta perspectiva en el comentario de una reconocida e influyente psicoanalista del ámbito institucional lacaniano argentino: “Su mayor aporte al psicoanálisis fue dado por su propia inclusión en el movimiento con el halo de prestigio que cubría su persona, su relación con Paul Rée, Nietzsche y Rilke y, sobre todo, la manera con que sabiamente encarnaba para su entorno el enigma femenino” (Tendlarz, 2000: 16-7).

2. En castellano, apenas un año antes de la compilación mencionada, salió una traducción del artículo “Anal y sexual” en la Revista Imago, traducido por Ramón Alcalde. También hubo casos aislados en que se tradujo algún artículo puntual, como por ejemplo “El narcisismo como doble dirección” al inglés en 1962, traducido por Stanley A. Leavy.

3. En alemán el título es In der Schule bei Freud, pero la edición en castellano se tituló Aprendiendo con Freud.

4. Esto sucede por ejemplo con las investigaciones de Paul Roazen y Paul-Laurent Assoun, que toman el diario de Salomé para estudiar a otras figuras que aparecen allí.

5. Véase Lacan (2008: 691).

I. Lou Andreas-Salomé y el movimiento psicoanalítico

Es difícil practicar el psicoanálisis en medio del aislamiento, pues se trata de una empresa exquisitamente comunitaria. Sería mucho mejor que todos rugiéramos o aulláramos a coro y en armonía, en lugar de que cada cual se limite a gruñir en su rincón.

Freud, carta a Groddeck del 21 de diciembre de 1924

Las vísperas

El 27 de septiembre de 1912, Lou Andreas-Salomé le escribe una carta a Sigmund Freud en la que le comenta que, luego del Congreso en Weimar donde se encontraron el año anterior, el estudio del psicoanálisis la tiene completamente cautivada. A renglón seguido, le informa que pasará prontamente unos meses en Viena y, sin rodeos, le pide asistir tanto a su curso como a las veladas de los miércoles, en las que Freud se reunía con sus discípulos hacía ya diez años para debatir todo lo concerniente a la nueva disciplina (6). Sucintamente, Freud le da la bienvenida, prometiendo que todos se esforzarán en transmitirle “lo poco que del psicoanálisis se deja enseñar y comunicar”. (7) Y confiesa que su participación en el Congreso de Weimar había sido ya interpretada por él como un buen augurio. En esa oportunidad, Salomé había asistido acompañando a Poul Bjerre, un psiquiatra sueco con quien mantenía un vínculo afectivo. (8) La foto colectiva del evento la encuentra con su característica boa de piel, la quinta desde la izquierda en la primera fila, justo debajo de Freud, quien había hecho colocar una tarima para no verse más bajo que Jung.

El interés de Freud en la bienvenida no carecía de razones. Salomé, con más de cincuenta años de edad en ese entonces, era una escritora respetada en los círculos intelectuales de la época y podía ser una pieza de no poca importancia para las relaciones políticas de Freud, que estaba en una auténtica cruzada por el reconocimiento del psicoanálisis en el mundo. Desde 1895, cuando publica junto a Josef Breuer su “Estudio sobre la histeria” —donde se vinculan los traumas sexuales con las neurosis y comienzan a vislumbrarse las ideas de inconsciente, represión y el efecto terapéutico de la palabra— el psicoanálisis se había convertido para Freud en algo más que un área de conocimiento. Para él, la nueva ciencia debía abrirse paso ante lo desconocido de las profundidades del alma humana, como también contra las resistencias culturales que generaban sus polémicas ideas. En efecto, ese primer estudio fue recibido con desconfianza en los círculos médicos de Viena, y ni siquiera Breuer continuó con la propuesta. El psicoanálisis se constituyó así, desde un comienzo, no solo como un método terapéutico y de investigación, sino también como un movimiento defendido por Freud y sus seguidores con convicción ética y política.

Lou Andreas-Salomé podía ofrecer una interesante ayuda en esta “causa” colectiva, y por cierto a lo largo de la correspondencia prometerá en varias ocasiones expandir la lectura de los textos psicoanalíticos a públicos más amplios. Por otra parte, dos de los más queridos discípulos de Freud le habían recomendado estrechar vínculos con ella durante ese año. Carl Gustav Jung, que nunca la estimó demasiado, le comenta en una carta del 2 de enero de 1912 respecto de su aproximación a la disciplina que “desde el punto de vista de la ampliación del círculo de lectores y de la concentración de las fuerzas espirituales de la Alemania actual podría resultar ventajoso, ya que la Sra. Lou, por sus relaciones con Nietzsche, goza de una fama literaria considerable”. (9) Por su parte, Karl Abraham se había referido a ella con palabras más halagadoras en una carta de abril de 1912: “La he conocido de cerca y debo decir que hasta ahora no me he topado con semejante comprensión del psicoanálisis, que llega hasta las últimas instancias y las mayores finuras”. (10) En efecto, Abraham la conocía más a fondo. Luego del Congreso de 1911, Salomé había pasado un tiempo en Berlín estudiando psicoanálisis en la Sociedad Psicoanalítica fundada por él. Allí había entablado también una muy buena relación con Max Eitingon, otra figura clave del círculo freudiano. Es decir que cuando le escribe a Freud para ir a Viena, tenía ya un breve pero significativo recorrido dentro de la nueva ciencia, tanto en lo conceptual como en lo político.

Sin embargo, a pesar del camino realizado, los buenos augurios y las bienvenidas, el vínculo con la causa podía complicarse por los enemigos de Freud, que también estaban interesados en Salomé. En particular, Alfred Adler.

En el ojo de la tormenta

Salomé llega a la capital austríaca en un momento álgido para el movimiento psicoanalítico. Ciertas rupturas cruciales se están produciendo entre Freud y algunos de los integrantes más importantes del grupo. A las diferencias con Jung hacia 1911-1912 —que llevarán a un distanciamiento oficial luego del congreso de 1913—, se suma el enfrentamiento con Adler y Wilhelm Stekel, ocurrido poco antes de la llegada de Salomé. La cercanía con estos solía ser máxima: además de ser miembros de la Sociedad Psicoanalítica de los Miércoles desde su origen en 1902, y luego de la Asociación Psicoanalítica Vienesa —la primera institución psicoanalítica del mundo, que reemplaza a la Sociedad en 1908—, Adler y Stekel eran los redactores del órgano principal del movimiento, el Boletín Central de Psicoanálisis (Zentralblatt für Psychoanalyse), en el que Freud figuraba como editor. La importancia de esta publicación para el grupo no puede subestimarse: se había fundado en 1910, el mismo año de la fundación de la IPA (la Asociación Psicoanalítica Internacional) y estaba asociada a ella. Freud se encontraba profundamente afectado por estos conflictos y debe fundar, al retirarse finalmente de la revista, un nuevo órgano: la Revista Internacional de Psicoanálisis Médico (Internationale Zeitschrift für ärztliche Psychoanalyse) que tenía a Otto Rank y Sándor Férenczi como redactores. La hermandad que Salomé buscaba esta vez en el movimiento psicoanalítico —ese colectivo intelectual que persiguió a lo largo de su vida— no parecía poder sustraerse a la (fraterna) rivalidad. Y ella estaría nuevamente en el ojo de la tormenta.

Antes de su viaje a Viena, Salomé había estado en contacto también con Adler. Este le había enviado su obra reciente Acerca del carácter nervioso, en que ella había encontrado ideas emparentadas con las suyas. También conocía el texto más famoso de Adler, su Estudio sobre la inferioridad de los órganos de 1907, que le había resultado “enormemente estimulante”. (11) Allí Adler sostiene que la neurosis tiene su origen en una deficiencia orgánica que produce un sentimiento de inferioridad. Salomé estaba interesada en el vínculo entre lo físico y lo psíquico, y si bien no coincide con la posición de Adler, le interesa discutir con él al respecto. Pero además comenta que, más que el psicoanálisis, lo que la atrajo de Adler en primera instancia fue su abordaje de la religión —uno de los tópicos más persistentes del pensamiento de Salomé—. También Bjerre, quien la había introducido en el círculo psicoanalítico, tenía en alta estima a Adler.

Apenas llega a Viena, Lou Salomé visita a Adler en su casa y es invitada al grupo de los jueves, en que se reunían los adlerianos disidentes que se habían retirado del círculo freudiano (y que en su mayoría tenían simpatías socialistas). Salomé tenía plena consciencia de estar inmiscuyéndose en un terreno minado, pero no duda: “Al acompañarme a casa, Adler me invitó a asistir a las discusiones de los jueves por la tarde, cosa que no quiero hablar francamente con Freud. Acepté con satisfacción”. (12) Sin embargo, advierte que no puede mantener el asunto en secreto. Al comunicar a Freud la situación, él le explica que nadie del entorno tiene permitido asistir a ambos grupos, pero hace para ella una excepción —que será la primera de varias—:

Nos hemos visto obligados a suprimir toda relación entre los disidentes adlerianos y nuestro grupo, y rogamos también a nuestros visitantes médicos que escojan entre aquellos y nosotros (…) Nada está más lejos de mi pensamiento que hacer extensiva a usted, estimada señora, semejante restricción. (13)

Pero la excepción tiene una condición clara: no mencionar nada atinente al círculo freudiano en las reuniones de Adler, y viceversa. Con cierto pudor, Freud manifiesta la incomodidad que le produce no poder disimular esta situación, y le pide una conversación privada (en que probablemente haya podido referirse al asunto de manera más franca e íntima). Salomé cumple con la condición a rajatabla, al punto que, al abandonar el grupo de Adler poco después, se demora en contarle el suceso a Freud. (14)

Los fundamentos teóricos de la elección de Salomé

La disputa entre Freud y Adler por cooptar a Lou Andreas-Salomé para sus filas presenta un interés que excede los aspectos personales. Examinada con atención, permite nada menos que evaluar la posición teórica de Salomé en los orígenes de su encuentro con el psicoanálisis: las razones por las cuales, a pesar del valor que otorgaba a ciertos aspectos de las teorías de Adler, elige sin dudar el marco freudiano para desarrollar su propio pensamiento. Más allá de la admiración clara por la persona de Freud, así como de su rechazo por ciertas actitudes de Adler, no fueron estas las razones principales por las cuales decidió veloz y abiertamente continuar con el primero un vínculo que duraría hasta su muerte, y alejarse definitivamente del segundo.

En el núcleo de esta elección se encuentra la cuestión central que concierne a Lou Salomé: la concepción del inconsciente y su relación con la sexualidad. Ella venía pensando este vínculo antes de acercarse al movimiento psicoanalítico. Sus ensayos El erotismo, de 1910, e incluso El ser humano como mujer, de 1899, dan cuenta de la relevancia que otorgaba a la cuestión de la sexualidad. Por otro lado, la impronta nietzscheana de su pensamiento hacía tiempo que la llevaba a desconfiar de la conciencia del yo como fundamento último de las verdades del sujeto. En este contexto, la teoría de Adler, que no le otorga un lugar prominente a la esfera inconsciente, va a representar para Salomé su denegación, así como la resistencia a captar el origen psicosexual de las neurosis. Se trata, justamente, de los principales puntos que la habían atraído del psicoanálisis. En la teoría de Adler, en cambio, lo psíquico se identifica con lo consciente, y la sexualidad no cumple ninguna función relevante que ponga en conflicto al yo. A sus ojos, Adler es un autor del yo fijo, es decir que no reconoce el carácter no originario y constituido del yo, aspecto clave tanto del pensamiento salomiano como del freudiano. Es interesante observar que también para Freud el problema con Adler fue “sus escasas dotes para apreciar el material inconsciente” (15) (y no la cuestión del fundamento orgánico de las neurosis).

En definitiva, los puntos de acuerdo con Adler —el interés por la psicología de la religión, o la relevancia del concepto de ficción, que ella supo valorar— no eran suficientemente decisivos como para contrapesar la inclinación de Salomé por el concepto freudiano de inconsciente. (16) Incluso si percibe, después del primer miércoles que se reúne con el círculo de Freud, que la teoría de este no se encuentra aún “sólidamente cimentada”, (17) la idea de un fundamento no racional y dinámico de la existencia estaba en plena sintonía con su pensamiento temprano, elaborado a partir de sus lecturas filosóficas (Schopenhauer, Nietzsche, Dilthey, entre otros). En esta postura será tan contundente y fiel que en numerosas ocasiones se referirá a la causa de Freud como la suya propia, y desde el comienzo ofrecerá sus recursos y contactos para colaborar con su expansión y aceptación. Le escribe a Freud en 1914:

Si llega a presentarse el caso de que, en cualquier terreno y en cualquier forma que fuere, yo pudiera ser útil siquiera en lo más mínimo a su causa y usted lo percibiera no dudo de que usted me proporcionará la alegría de esta oportunidad, que no quisiera que se me escapara. (18)

El conflicto

Además de la noción de inconsciente, el elemento fundamental de la teoría freudiana que conquista a Salomé es sin duda la concepción del conflicto como estructurante del psiquismo: la idea de que existe un dualismo u oposición entre dos aspectos —en ese entonces, el yo y la libido—. Este conflicto define para Freud nada menos que la neurosis. En una de las primeras anotaciones del diario de 1912, Salomé escribe una particular formulación de este asunto: la relación entre el yo y el sexo consiste en un “abuso mutuo”, en que cada polo transgrede la barrera o el límite que le impone el otro. En el sadismo, el yo pretende tomar todo el poder y rompe las barreras de la sexualidad —abusa de esta—. En el masoquismo, en cambio, lo sexual “salta por encima de las barreras impuestas por el yo”. (19) Sadismo y masoquismo son para Salomé conceptos cruciales, ya que definen también lo que comprende a través de la dicotomía masculino/femenino. Lo masculino —como veremos en detalle más adelante— se vincula para ella al poder, al yo y a la formación de la consciencia, que priman en el sadismo; lo femenino, en cambio, es una fuerza que tiende a disolver el yo, y se vincula con el masoquismo, que Salomé entiende como instancia en que el yo es “atropellado”. Su concepción de esta temática influyó también para que se alejara de Adler, cuya perspectiva negativa de lo femenino le resultaba “poco fructífera”. (20) Salomé no cuestiona hacia esta época la relación de lo femenino con lo pasivo, sino que sostiene con firmeza el carácter positivo de lo pasivo, que vincula con la fe. La ética de Salomé se basa en la idea de una “fe en la vida” (Lebensgläubigkeit) entendida como entrega a los acontecimientos y gratitud por lo recibido, lo cual exige en su opinión una apertura pasiva, exenta de “metas”, de modo que lo recibido sea concebido como regalo y no como adquisición. En contraste con la agresiva actividad masculina que se dirige a objetivos, las fuerzas femeninas son capaces de esa receptividad y de la felicidad concomitante; de ahí que afirme en más de una oportunidad: “los varones pelean, las mujeres agradecen”. (21)

La idea de conflicto, de una lucha de fuerzas contrarias en el ser humano, había acompañado a Salomé desde su juventud, cuando en esas míticas conversaciones con Nietzsche en 1882 ambos se sorprendieron de su afinidad intelectual. Pero ahora, en el marco del psicoanálisis, el conflicto deriva en un “compromiso” que sirve para pensar una suerte de negociación o pacto entre las fuerzas opuestas que cristalizan en el síntoma, de acuerdo con la concepción freudiana que Salomé adopta sin titubear. Nada de esto podía fructificar en Adler, ni tampoco, creía ella, en Jung. (22) Si bien la deriva mística del pensamiento de Salomé podría haberla llevado a simpatizar con las concepciones junguianas, el monismo de este (su creencia en una sola energía psíquica que no separa lo sexual de la vitalidad en general) carecía de aquello que, en su opinión, hacía verdaderamente profundo un pensamiento: la afirmación de una polaridad que asegura el carácter dinámico de la vida humana. En su diario, apenas llegada a Viena, dedica una entrada a criticar el texto reciente de Jung, Transformaciones y símbolos de la libido, tomando así posición en una de las principales controversias que ocupaba a Freud en ese momento. Salomé encuentra al artículo “embaucado por la teoría de la evolución y la verborrea del monismo y de la energética”, cuando en realidad “el auténtico monista, el pensador unitario, es precisamente aquel que, empíricamente hablando, permite la subsistencia de cualquier dualismo, es decir, la polaridad dada de toda manifestación”. (23)

Lo infantil

La concepción freudiana de lo inconsciente tiene otra determinación sustancial que seduce a Salomé: su remisión a lo infantil. La idea de que en la infancia han ocurrido eventos fundamentales que, aun olvidados, rigen la existencia adulta, es afín a sus intuiciones más antiguas y persistentes. Y la represión (Verdrängung) como mecanismo que explica esos olvidos le resulta una hipótesis inmediatamente plausible. En su obra, Salomé no solo introduce con frecuencia sucesos de sus primeros años de vida, sino que toma la infancia como objeto privilegiado de análisis. A fin de cuentas, es la figura que permite pensar la naturaleza construida y derivada del yo, ese devenir que desmiente la presunta fijeza.

En sintonía con Freud, lo infantil posee para ella, además, dos dimensiones: la ontogenética —la infancia del individuo— y la filogenética —la infancia de la humanidad—. Precisamente hacia 1912, Freud se encuentra preparando sus trabajos sobre psicología de los pueblos en los que traza ciertas semejanzas entre la vida psíquica de los neuróticos y la de los pueblos originarios. En ambos casos, encuentra rasgos infantiles, como por ejemplo la creencia en la omnipotencia de los propios deseos y pensamientos. Salomé lee fascinada “El tabú y la ambivalencia de los impulsos afectivos”, publicado en la revista Imago ese año —así lo escribe en su diario—, y posiblemente también la continuación de este, “Animismo, magia y omnipotencia de los pensamientos”, que aparece en el número siguiente (y que luego serán el segundo y tercer capítulo del libro Tótem y tabú). En el último de estos ensayos, Freud distingue entre magia, religión y ciencia, y traza un paralelismo con el desarrollo del individuo: la magia se corresponde con el narcisismo del niño, que cree en su propio poder como causa de los eventos; la religión representa una transferencia de ese poder a los padres que ocurre posteriormente; en la ciencia, finalmente, nos sometemos como adultos al principio de realidad. El 15 de enero de 1913 Salomé participa de la reunión en la que Freud expone este trabajo, y anota para sí su propia interpretación algo diferente de los términos en cuestión: “en la magia, el hombre se sitúa inocentemente a la altura de Dios (…) en la religión, por el contrario, es decir, en la objetivación de los dioses, los convierte en sus semejantes. En ambos casos, se trata de una eclosión de creadora confianza infantil”. (24) Es decir, mientras en la magia el hombre se eleva para alcanzar a los dioses, en la religión los ha hecho descender a su terreno. Pero, además, estas palabras sugieren la sutil distancia que ella toma de la perspectiva sobre la infancia de Freud. Salomé conservará una connotación positiva para esta, así como para la magia y la religión, vinculadas a la creatividad y la confianza —en contraste con Freud, que los rechaza como elementos de una etapa de escaso desarrollo evolutivo, susceptible de quedar fijada y relacionarse así con fenómenos patológicos—. Más allá de estos matices, la deriva antropológica del trabajo freudiano la conmueve profundamente.