El pescador ambicioso y el pez encantado - Leonardo Boff - E-Book

El pescador ambicioso y el pez encantado E-Book

Leonardo Boff

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Beschreibung

La falta de la justa medida, es una de las principales causas de las múltiples crisis que asolan a toda la humanidad. El sistema capitalista dominante en el mundo no establece límite alguno: su lógica es acumular riquezas y bienes sin fin, tanto en la vida personal, como en la familiar, social y económica. Este proceso es imposible de soportar para una Tierra que tiene recursos limitados. En el día de hoy, nuestro consumismo nos está llevando a un planeta inviable. Hemos perdido ya la justa medida en nuestra relación con la Tierra, y si no encontramos el equilibrio adecuado entre nuestras necesidades y el respeto a los límites de aquella, corremos el riesgo de desaparecer del planeta. Este libro cuenta varias historias que ilustran estos problemas, y explican mejor que múltiples reflexiones teóricas las causas y los efectos, la ambición y la desmesura en nuestras relaciones interpersonales y sociales.

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título original: O pescador ambicioso e o peixe encantado.

A busca da justa medida

diseño de portada e interiores: Paola Álvarez Baldit

© 2022 Ediciones Dabar, S.A. de C.V.

Mirador, 42

Col. El Mirador

04950, CDMX.

Teléfonos: (55) 5603 3630, 5673 8855

E-mail: [email protected]

www.dabar.com.mx

ISBN: 978-607-612-245-7

ebook hecho en México

Para Pedro Ribeiro de Oliveira, ejemplo de justa medida

en su actitud y en sus puntos de vista como sociólogo, estudioso

de lo colectivo y militante cristiano.

Para su esposa, Teresa Sartorio, por su cuidado

y dedicación a los pobres.

Índice

Introducción

Parte ILa pérdida de la justa medida y la falta de cuidado

1El pescador ambicioso y el pez encantado

2Las representaciones diversas del deseo

3La condición humana subyacente a la crisis de nuestro mundo

4La justa medida

5¿Qué es lo que realmente necesitamos?

6Toda virtud tiene su opuesto: el exceso

Parte IICómo vivir la justa medida en las distintas dimensiones de la existencia

7Nos lo quitaron todo, pero olvidaron llevarse las semillas

8Valores y principios: el marco de nuestro camino

9Rescatar los derechos del corazón

10Vivir la justa medida

11Dos supuestos previos a la justa medida

12Aplicar la justa medida en todos los niveles de la vida

Parte IIIVivir la justa medida en el nivel interpersonal

13La justa medida en las relaciones sociales

14La justa medida entre religiosidad y espiritualidad

15La justa medida en la naturaleza relacional con todo lo que existe

Parte IVEl camino a seguir: sueños, utopías, cantos y esperanza

16El sueño de una fraternidad universal, compartido por el hijo de la Comuna, Francisco de Asís, y el hijo “del fin del mundo”, Francisco de Roma

17El camino de alguien que “viene del fin del mundo”: el cuidado de la Casa Común

ConclusiónLos dos Franciscos, el de Asís y el de Roma: artífices de la justa medida para la Casa Común

introducción

Dondequiera que se posa nuestra mirada, percibimos excesos de toda índole. En el ámbito individual persiste todavía el exceso de poder del hombre sobre la mujer, el exceso de violencia y hasta el exceso de odio entre las personas y entre las naciones. En el entorno de las sociedades vivimos un exceso de conflictos derivados de la grave injusticia social, de los prejuicios raciales, las orientaciones sexuales y del fundamentalismo de algunas religiones e iglesias que excluyen a todos aquellos que no comparten sus puntos de vista ni actúan de acuerdo con sus doctrinas. En el mundo económico vemos la excesiva y perversa acumulación de la riqueza en poquísimas manos, y la exorbitante, inhumana pobreza y la miseria de gran parte de la humanidad. Por lo que concierne a la ecología, perduran la desmesurada explotación de los bienes y servicios naturales y el irrespeto general a la Madre Tierra, los cuales derivan en acontecimientos extremos: por un lado, grandes oleadas de calor y, por el otro, temperaturas gélidas; la erosión de la biodiversidad y la aparición de virus ‒algunos letales‒, como el que cubrió el planeta en 2019: el coronavirus.

Estos excesos ilustran la pérdida de la justa medida y la moderación, condiciones fundamentales para que la vida de la naturaleza y las relaciones humanas personales y sociales tengan el equilibrio mínimo que garantiza la sustentabilidad y el buen vivir.

Tenemos la sensación de que el nivel de degradación del planeta Tierra y la forma en que se relacionan los seres humanos entre sí y los países con otros países, no puede continuar. Desde sus primeras líneas, la Carta de la Tierra, importante documento adoptado en 2003 por la Unesco y que nos habla de los valores y principios necesarios para salvaguardar la Casa Común y la existencia, formula esta grave advertencia:

Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro […]. La elección es nuestra: formar una sociedad global para cuidar la Tierra y cuidarnos unos a otros o arriesgarnos a la destrucción de nosotros mismos y de la diversidad de la vida.

En sus dos encíclicas ecológicas, Laudato Si’. Sobre el cuidado de la Casa Común (2015) y Fratelli tutti. Sobre la fraternidad y la amistad social (2020), el papa Francisco es aún más radical al afirmar: “estamos todos en la misma barca […] nadie se salva solo… únicamente es posible salvarse juntos” (Fratelli tutti, nn. 30, 32).

Finalmente, es oportuno recordar las palabras de uno de los últimos naturalistas de gran estatura, el francés Jacques Monod:

Somos capaces de una conducta insensata y demente. A partir de ahora es plausible esperarlo todo, incluso la aniquilación de la raza humana. Sería un pago justo a nuestras locuras y nuestras crueldades.

Son muchos los factores que concurrieron para dar lugar a la preocupante situación que enfrentan hoy la Tierra, la vida y el futuro de nuestra civilización. El primero corresponde al planeta mismo, sometido al gran proceso universal de la evolución; la Tierra también está desarrollándose y buscando un equilibrio ante el crecimiento de la especie humana y las demandas que esta le plantea en términos de consumo. Otro factor, quizás aún más grave, se debe al ser humano, quien ocupa el 83 por ciento del planeta y lo hace de manera devastadora, por su afán de acumular bienes materiales y desarrollarse sin límites. A este respecto, los principales responsables de las amenazas que pesan sobre la existencia y el equilibrio de la Tierra son las megacorporaciones articuladas a nivel mundial, que no imponen el cuidado necesario en relación con los alcances y los límites del planeta; por el contrario, mantienen su voracidad, acumulando sin medida y de manera individualista o corporativa, excluyendo a gran parte de la humanidad empobrecida y sufriente. La pérdida de la justa medida, que asegura un futuro esperanzador para todos, no es causada, por lo tanto, por las enormes mayorías de pobres.

Este dramático escenario me recuerda una historia que conocí en Alemania, en las postrimerías de la década de 1960, cuando estaba por concluir mis estudios en la Universidad de Múnich, en Baviera. Esta ciudad se caracteriza por contar con muchos y muy variados teatros. Yo solía asistir a uno de ellos, el Münchener Theater für Kinder (Teatro Infantil de Múnich), en la Augustenstrasse, para perfeccionar mi alemán. Allí se presentaban las famosas historias populares de la tradición germana, reunidas por los hermanos Grimm en su monumental obra “Cuentos de hadas para el hogar y para los niños”.

Fue en aquel teatro infantil en donde presencié la representación de la historia que ahora he titulado El pescador ambicioso y el pez encantado. Muy pronto me di cuenta del alcance de esta obra, pues constituye una metáfora de nuestra situación cultural, marcada por la ambición de tener más y más, crecer ilimitadamente, alimentar la codicia sin un sentido de medida y de moderación, hasta alcanzar expresiones tan absurdas como el pretender ser una especie de dios en la Tierra.

Sentí la curiosidad de saber quién había sido el autor de la historia, y di con el nombre de Philipp Otto Runge (1777-1810), quien además fue un pintor muy apreciado en su época. Por desgracia, contrajo tuberculosis y murió joven, con tan solo 33 años. A Runge le atraían los cuentos de hadas populares y participaba en un grupo de conversación cuyos participantes, reunidos en las noches, narraban cuentos populares tradicionales o redactados por ellos mismos. Fue en una de esas veladas que el pintor presentó la anécdota que recordamos en este libro; el origen del cuento era popular, pero él le dio una forma más literaria bajo este título: “El pescador y su esposa” (Von dem Fischer un syner Fru), recuperado más tarde por los hermanos Grimm en su famosa obra.

Alrededor del mundo se han hecho muchas ediciones y versiones distintas de este cuento, algunas largas y detalladas, y otras cortas y sucintas. Mi propia versión es más concentrada, pero respetando siempre su sentido original.

parte i

La pérdida de la justa medida y la falta de cuidado

1

El pescador ambicioso y el pez encantado

Tal vez este cuento del pintor Otto Runge logre mostrarnos, mejor que largos discursos, el significado de los excesos y de la ausencia de la justa medida típicos de nuestra cultura. He aquí la historia:

Había una vez un pescador y su esposa, que vivían en una choza miserable en la ribera de un lago. Cierto día el pescador, cansado, decidió pedir a su mujer que lo reemplazara en su actividad. Como no era la primera vez que aquello ocurría, la susodicha asintió. Entonces ocurrió que mordió su anzuelo un pez muy extraño, que no supo identificar. De pronto, el pez dijo:

“No me mates, porque no soy un pez cualquiera; soy un príncipe, condenado a vivir en este lago. Déjame vivir como un pez encantado”. Y la mujer lo dejó vivir.

Al volver a casa, le contó a su marido el peculiar acontecimiento. Este, lleno de anhelos y ambiciones, le sugirió de inmediato:

“Si de verdad se trata de un príncipe convertido en pez por un encantamiento, podría ayudarnos, y mucho. Ve todos los días al lago en mi lugar, puesto que a ti ya te conoce, y pídele que transforme nuestra choza en una bonita casa”.

La mujer aceptó. Al día siguiente fue al lago y llamó al pez encantado. Él acudió a su encuentro y ella planteó su solicitud sin tardanza:

“Deseo mucho que nuestra choza sea transformada en una bonita casa”.

El pez respondió: “Tu deseo será cumplido”.

Cuando regresó a su hogar se encontró con una casa muy bien pintada, con ventanas ribeteadas de rojo, varias habitaciones, cocina y un jardín con gallinas y árboles frutales. El matrimonio se sentía dichoso. Sin embargo, transcurridos quince días, al codicioso pescador la nueva casita le pareció poca cosa, así que dijo:

“No hay duda de que nuestra casa es ahora muy bonita y confortable. Pero podríamos tener más, ya que el pez encantado es poderoso y generoso. Lo que realmente me gustaría es que nuestro hogar se transforme en un suntuoso castillo”.

Aunque de mala gana, la mujer fue a buscar al pez. Lo llamó a grandes voces; él se acercó y dijo:

“¿Ahora qué quieres de mí?” Ella le respondió:

“Es evidente que eres muy poderoso y has sido muy generoso. Mi marido desea además que conviertas nuestra linda casa en un castillo”.

“Pues su deseo será atendido”, replicó el pez.

Al llegar a su casa, la mujer se topó con un imponente castillo, lleno de torres y jardines. El pescador llevaba vestidos principescos y, con actitud soberbia, recorría de un lado a otro el solemne pórtico del castillo.

Muy poco tiempo después, el pescador, excesivamente ambicioso, señalando la verde campiña y las lejanas montañas le dijo a su mujer: “Quiero más. Todo esto podría ser nuestro. Será nuestro reino. Ve con el príncipe encantado, convertido en pez, y pídele que nos dé un reino”.

A la mujer le pareció muy molesto que su marido quisiera más y más, pero siguió sus instrucciones. Una vez en el lago, llamó al pez encantado; él, como siempre, se presentó ante ella.

“¿Qué quieres ahora de mí?”, preguntó. La pescadora respondió:

“A mi marido le gustaría tener más: un reino que incluya todas las tierras y las montañas que nos rodean, hasta donde se pierde vista”.

“Que así sea: tu deseo será cumplido”, contestó el pez.

Al volver sobre sus pasos, la pescadora se encontró con un suntuoso palacio real. En el interior, su marido se hallaba coronado y vestido de rey; su comportamiento era desmedidamente imponente y estaba rodeado de príncipes, princesas, servidumbre y damas de honor. Ambos quedaron satisfechos por algún tiempo.

Pero un día el marido, dominado por una avidez cada vez más grande, tuvo más elevadas ambiciones. Y dijo: “Mujercita mía, podrías pedirle al príncipe encantado que me convierta en Papa, con toda la pompa y gran esplendor”. La pescadora enfureció:

“¡Eso es absolutamente imposible! En el mundo no hay más que un Papa”.

Pero el pescador no conocía límites y presionó tanto a su mujer, que finalmente cedió y fue a plantear humildemente su petición al príncipe con estas palabras:

“Mi marido quiere que lo hagas Papa”.

“Muy bien: que su deseo se vea cumplido”, replicó él.

Al volver a su hogar, la pescadora vio a su marido vestido solemnemente con la túnica papal, coronado con la tiara pontificia, rodeado de cardenales, obispos y multitudes arrodilladas, recibiendo su bendición. El hombre estaba prácticamente fuera de sí, pues encontraba excesivas la reverencias que recibía.

Pasados algunos meses, el pescador, presa de un deseo ilimitado, le dijo a su mujer:

“Solo me falta una cosa: deseo ardientemente que el príncipe me conceda mi mayor anhelo. Quiero tener la capacidad de hacer que nazca el sol y la luna, como hace Dios”. Espantadísima por tan evidente arrogancia, la mujer replicó, haciendo énfasis en cada una de sus palabras:

“Seguramente el príncipe encantado no tiene la capacidad de lograr eso. Tu deseo es desmesurado; sencillamente no tiene medida”.

Aturdida por la fuerte presión que ejercía sobre ella su marido, la pescadora se dirigió al lago. Las piernas le temblaban y casi no podía respirar. Su misión era solicitar el cumplimiento de un anhelo excesivo, que ‒desde su punto de vista‒ rebasaba los límites humanos. Llamó al pez; este acudió e inquirió:

“¿Qué quieres esta vez de mí?” La mujer empezó a formular su petición en un susurro:

“Quiero pedir una última cosa, que puede parecer demasiado exorbitante. Sin embargo, es algo que mi marido desea ardientemente. Quiero que él tenga el poder de hacer nacer al sol y a la luna. Que sea como Dios”. El pez encantado respondió:

“Vuelve a casa y recibirás una sorpresa”. Al regresar, la pescadora se encontró a su marido sentado ante la vieja choza, pobre y demudado.

Creo que el pescador y su mujer siguen en aquella casucha hasta el día de hoy, en castigo por su ambición ilimitada, por la hybris que incluso los dioses griegos condenaron; es decir, por la Suprema Realidad.

Como podemos ver, este cuento está lleno de lecciones, y nosotros las exploraremos a lo largo de nuestras reflexiones. Ante todo, nos revela al ser humano como un ente caracterizado por el deseo. Este constituye una estructura fundamental de nuestra existencia. Sin el deseo no habría sueños de tener una vida mejor, ni utopías de un mundo más justo y fraterno, y tampoco la promesa de una vida sin fin.

Ya Aristóteles, uno de los fundadores de la filosofía occidental, señalaba que el deseo, en sí mismo, carece de límites. Sigmund Freud, creador del discurso psicoanalítico, hacía hincapié en el hecho de que el ser humano se muestra como un ser de deseo. Un deseo que no conoce límites, que no se contenta con nada; que llega al extremo de aspirar a la vida eterna.

Gran parte de su psicoanálisis se centra en cómo conciliar el principio del deseo ilimitado con el principio de la realidad limitada. Tenemos que aprender a desear dentro de estos dos polos, para construirnos como seres humanos, para no aniquilarnos a nosotros mismos y para no dañar nuestro hábitat, que es la Tierra como Casa Común.

En este contexto, vale la pena recordar un mensaje de la antigua sabiduría china, expresado en el Tao Te King:

No hay mayor crimen que el de tener todo lo que se desea; no hay desgracia más grande que no saber conformarnos; no existe peor calamidad que el deseo de acumular. El contento que da estar satisfecho representa la satisfacción eterna.

2

Las representaciones diversas del deseo

El cuento del pintor Otto Runge revela la dinámica del deseo humano: el pescador quiere más y más, y expresa así el carácter ilimitado del deseo. El deseo, un bien de nuestra naturaleza, puede mostrar también un rostro enfermizo: no aprender a ponernos límites nos lleva a enfrentar el riesgo de anhelar cosas imposibles, que rebasan con mucho nuestras posibilidades reales.

El deseo debe mantenerse dentro de los límites del ser humano, acotado, situado en el mundo, en el espacio y en el tiempo, y en la tensión entre el principio del deseo y el principio de la realidad. Solo entonces se deja ver como una fuerza transformadora que se rige por la justa medida, auto limitándose y buscando el equilibrio: ni demasiado ni demasiado poco. Esa ausencia de la justa medida se concretiza en la figura del pescador ambicioso.

El deseo de este pescadorcodicioso se evidencia de diversas maneras. En primer lugar, en la forma de comodidad, de no vivir más en una choza destartalada, sino en una casahermosa y bien montada. Ese anhelo es legítimo y está presente en todos los que se hallan confinados en los barrios miserables de casi todas las grandes ciudades del mundo. Poder vivir bien resguardados es un derecho humano, porque no somos animales que pueden ser abandonados a la intemperie.

Pero el pescador se deja dominar por el deseo desenfrenado: después de la casa bien montada, desea un castillo. Este es símbolo de un estatus social superior, propio de príncipes y princesas. El pescador lo recorre con soberbia y disfruta las bondades propias de quien vive cómodamente en un inmueble de ese tipo.

Sin embargo, el deseo no se detiene, y el pescador sigue el impulso de la ambición: ahora anhela un reino. Poseer un reino implica detentar el poder político supremo, dominar territorios y poblaciones. El rey lleva una corona y está rodeado por príncipes y princesas, damas de honor y servidumbre. Ser rey supone ocupar el lugar más alto de la pirámide social; todos los demás son súbditos que le presentan sus respetos y le rinden homenaje. Este deseo está todavía dentro de las posibilidades humanas. Se puede ser un monarca bondadoso, amigo de su pueblo; alguien que convierta el poder en un servicio al bien común. Pero también se puede ser un rey tiránico, aislado en su poder, que trata al pueblo ‒especialmente a los pobres‒ con desprecio. El pescador ambicioso da a entender que pensaba más en sí mismo y en el poder supremo, que en el sentido social a ese poder.

En vista de que el deseo, por su propia naturaleza, no conoce límites, el pescador ambicioso busca un poder de otra índole: el poder religioso de un Papa que, de acuerdo con los cánones, goza de una supremacía absoluta, directa e inmediata, sobre cada uno de los fieles y sobre toda la Iglesia. Su mujer le señala que Papa solo hay uno, que su anhelo es excesivo y, por lo tanto, enfermizo y carente de cualquier sentido de los límites. No obstante, ella también da un paso más allá y, finalmente, con la anuencia del pez encantado, el pescador consigue verse convertido en Papa. El pontífice está siempre rodeado de cardenales, usa símbolos de pompa y gloria heredados por los emperadores romanos, y es aclamado por los fieles, que le suplican su bendición. En esta oportunidad, el anhelo se descubre claramente desmedido y, en consecuencia, se revela como expresión de la hybris griega, que significa ambición exagerada.

Pero el deseo del pescador llega al extremo de romper los límites humanos: ambiciona el poder divino, que es mucho más que un poder meramente religioso. El protagonista de la historia desea ser como Dios, el referente máximo. Quiere dominar la Totalidad y presentarse como la Suprema Realidad que creó el cielo y la tierra, y que es sustento de todo el universo. En esta oportunidad, el pescador ambicioso se acerca a la locura o a la perversión absoluta del principio del deseo. Codicia lo imposible, la ambición máxima, denunciada ya por la Biblia: “ustedes serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es” (Génesis 3,5). El exceso fue total; no se podía ir más lejos. La consecuencia es la misma que la que se produjo en la Biblia: la expulsión del paraíso terrenal. El pescador ambicioso fue condenado a volver a su situación original: todo se desvaneció y él retornó a la condición de pecador humillado, empobrecido, sentado ante su humilde choza como antes. La absoluta falta de la justa medida y de la propia limitación hizo que lo perdiera todo.

La mujerdel pescador juega un papel importante. Con fina percepción le da consejos y le hace advertencias al marido. Se da cuenta de la creciente escalada del deseo y de su desenfreno descomunal. Ella representa la voz de la conciencia y de los límites impuestos al deseo para que siga siendo humano y beneficioso. La pescadora se percata del ridículo en que cae su marido al pretender ser Papa,y de lo absurdo que resulta que anhele ser Dios. Coaccionada a formular al pez encantado este deseo realmente fuera de toda medida, obedece contra su voluntad.

Por eso se muestra dubitativa ante el pez encantado. Apenas se atreve a susurrar, avergonzada; las palabras se le mueren en la garganta y sus piernas tiemblan. Es el personaje que representa la conciencia de la justa medida, que sugiere moderación y condena la ambición exagerada e imposible de realizar. Sin embargo, fue víctima del poder tiránico de su marido y terminó sucumbiendo a sus exigencias.

La pescadora simboliza también el destino trágico de las mujeres que han sido víctimas durante siglos del machismo y autoritarismo patriarcal. El cuento del pintor Otto Runge no abrió el camino para la liberación femenina, porque no había surgido aún la conciencia de la profunda igualdad y reciprocidad que debe existir entre hombres y mujeres. Hoy ha llegado ese momento: las mujeres son protagonistas de su propia liberación y también de la liberación de aquellos que las oprimían. Esta sería la realización plena de la justa medida. Cada cual, como mujer y como hombre, construyendo juntos una relación de equilibro dinámico y compartiendo los mismos propósitos; llegando juntos a la convergencia de las diferencias respetadas, acogidas y nunca consideradas como desigualdades.

El pez encantado representa una fuerza de otra naturaleza. Constituye la aparición de lo numinoso y de lo sagrado, que siempre se muestra benevolente, dispuesto a atender los deseos humanos, aun los más excesivos, pero que todavía responden a las posibilidades humanas. Pero no tolera la apropiación de su naturaleza divina, porque la criatura jamás podrá pretender ocupar el lugar del Creador. Él nos creó creadores, dotados de una estructura anhelante, capaces de transformar la realidad a partir de nuestros sueños, utopías y posibilidades. Por otro lado, nos confirió también una inteligencia capaz de discernir los excesos y tratar de recuperar siempre la justa medida en todas nuestras iniciativas. Algo que no ocurrió con el pescador codicioso.

Pero el Creador es severo con la arrogancia y la pretensión de un ser creado que quiere sentirse un “pequeño dios en este mundo”, olvidándose de su condición de criatura que, como tal, estará siempre ligada y dependiente de su Creador. Cuando se rompe esa última barrera, la consecuencia es la decadencia humana y la deshumanización.

El cuento nos conmina a cuidar nuestros deseos, a atenderlos dentro de los límites de la condición humana de criaturas con una conducta que se rija por la justa medida, sin arrogancia y sin codicia desenfrenada de tener más y más, pero no de sermás.

3

La condición humana subyacente a la crisis de nuestro mundo

Después de haber considerado el triste destino del pescador ambicioso y haber tomado conciencia de nuestras limitaciones naturales, es preciso que nos demos cuenta de lo que subyace a las amenazas mortales que están aniquilándonos. Casi siempre son barridas de la memoria cotidiana, de manera que rara vez pensamos en ellas, a pesar de son las que impiden que nos convirtamos en optimistas inocentes o amargados pesimistas, y consigamos ser más realistas y sensatos.