Entre la herejía y la verdad - Leonardo Boff - E-Book

Entre la herejía y la verdad E-Book

Leonardo Boff

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La aventura humana y espiritual de uno de los padres fundadores de la teología de la liberación. Su infancia en Brasil, como hijo de una familia de inmigrantes venecianos. El genocidio de los indígenas, atestiguado en primera persona. La violencia de las dictaduras militares la complicidad de la Iglesia. En esta conversación con el psicoanalista Luigi Zoja, Leonardo Boff esboza el retrato de una época feroz, revela escenarios inéditos detrás de la censura vaticana y comenta la condena al "silencio obsequioso" que le fue impuesta; habla del papa Francisco, de la Carta de la Tierra y de los tesoros ocultos de las culturas indígenas. Un extraordinario viaje a través de las luces y las sombras del siglo xx, hasta la actualidad.

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Entre la herejía

y la verdad

Título original: Tra eresia e verità

Traducción: Óscar Madrigal

Diseño de portada: Lourdes Guzman

© 2014 Genezio Darci Boff y Luigi Zoja

© 2014 Ediciones Dabar, S.A. de C.V.

Mirador, 42

Col. El Mirador

04950, México, D.F.

Tel. (55) 5603 3630, 5673 8855, 5603 3674

E-mail: [email protected]

www.dabar.com.mx

ISBN: 978-607-612-243-3

ebook hecho en México

Índice

Antes de comenzar

Vengo del Neolítico

En la periferia de la Iglesia: la teología de la liberación

La condena de Ratzinger y Wojtyla

Opción Tierra: la nueva frontera de la teología

Jung como interlocutor:hacia la liberación integral

La nueva Iglesia del papa Francisco

Antes de comenzar

Luigi ZojaMe gustaría dar inicio a este libro recordando cómo nos conocimos. Era el año 2010 y yo había llegado a Rio de Janeiro, Brasil, para inaugurar una jornada de estudio sobre psicoanálisis junguiano. Al revisar el programa del día anterior, me enteré de que las actividades habían comenzado con la intervención de un tal “L. Boff”. Pregunté si acaso era un homónimo, pero me confirmaron que se trataba de Leonardo Boff, el teólogo, uno de los padres fundadores de la teología de la liberación.

Aquello me llevó a rememorar mi propio pasado, el de mis treinta años, cuando los jóvenes teníamos continuamente su nombre a flor de labios. Mis colegas brasileños me explicaron que, en las últimas décadas, mientras en Italia se había mantenido al margen del debate público debido a la censura vaticana, en Brasil Boff seguía siendo uno de los pensadores más influyentes; además, había ampliado tanto sus intereses como su radio de acción y autoridad. Durante los años setenta y ochenta, los latinoamericanos progresistas se concentraron esencialmente en el tema social. En este sentido, Sudamérica –y en particular Brasil– era un ejemplo negativo en el mundo. En esa latitud las diferencias entre ricos y pobres eran extremas e inaceptables. Hoy en día, Brasil es uno de los pocos países en donde las divergencias en materia de ingresos se han reducido, mientras que a nivel global se ha observado un drástico crecimiento de la desigualdad social, proceso que he tratado de analizar desde el punto de vista psicológico en mi libro Utopie minimaliste1.

Volviendo al congreso junguiano celebrado en Rio, mis colegas brasileños comentaron que, durante las últimas décadas, más allá del tema social –que constituye la esencia de la teología de la liberación–, Boff se había ido involucrando cada vez más en cuestiones ambientales. Este es un asunto fundamental para los progresistas, sobre todo en un país como Brasil, en donde los negocios más devastadores y rentables no derivan de la producción industrial, sino de la enajenación de los bosques; después de todo, en la región se halla la proporción más vasta de la naturaleza no contaminada del planeta.

Además de añadir el asunto ecológico al de su interés por las injusticias económicas, Boff ha mantenido su compromiso con el campo antropológico. Los nativos de Sudamérica –esto es, los indígenas de los territorios profundos, los desesperados entre los desesperados, las víctimas en el sentido más literal del término. Son objeto de una radical explotación económica, y de una eliminación física que representa un lento genocidio. Además, a diferencia de los obreros y trabajadores que, aunque marginalmente, están integrados a la sociedad, los indígenas están perdiendo también su cultura y sus hábitos de vida, abrumados por la depresión y el alcoholismo. Boff se ha convertido en un gran conocedor de sus mitologías y religiones, un campo para cuya comprensión resulta decisivo el concepto de “inconsciente colectivo” que hemos heredado de Jung. Asimismo, Boff se ha convertido en un gran experto en este fundador del psicoanálisis. Por ello, cuando se preparaba la edición de las obras completas de Jung para los mercados portugués y brasileño, se le pidió su colaboración como revisor técnico. Cuando me enteré de todo lo anterior en el congreso brasileño, solicité, en complicidad con algunos colegas cariocas, que la Asociación Internacional de Psicología Analítica (la sociedad que agrupa a los analistas junguianos de todo el mundo) lo nombrara miembro honorario. La iniciativa rindió frutos en agosto de 2013, durante el congreso internacional celebrado en Copenhague. En ese mismo mes también tuvo lugar la conversación registrada en este libro. En el encuentro de Copenhague, la acogida que le brindaron los analistas fue de lo más calurosa. En su enfoque original del psicoanálisis, Boff tuvo el mérito de hacer coincidir el concepto junguiano de arquetipo con la idea indígena de la Pacha Mama, la gran Diosa Madre o Madre Tierra que, conservada en el imaginario de muchas naciones sudamericanas, tiene mayor importancia en aquellas con fuerte presencia autóctona, como Bolivia y Ecuador. Incorporado hoy en día a sus leyes y constituciones, este concepto ha inspirado la instauración de programas políticos respetuosos del medio ambiente y de las tradiciones nativas (otro argumento al que he hecho referencia en Utopie minimaliste). Estimado Leonardo, ¿podemos afirmar acaso que la dimensión psicológica ha ido adquiriendo cada vez mayor importancia en el curso de tu vida?

Leonardo BoffMe gustaría empezar recordando un reconocimiento del cual me siento muy orgulloso. Remontémonos a 1991, cuando la Universidad de Turín me otorgó el título de doctor honoris causa en ciencias políticas. El encargado de entregármelo fue Norberto Bobbio, y tengo presente que, en el discurso que pronuncié para la ocasión, mencioné esta frase: “Vengo del Neolítico, he recorrido todas las etapas de la humanidad, hasta llegar a la era moderna”. Bobbio sonreía. Estas palabras representaban, de hecho, el camino que he recorrido desde la infancia. Crecí en un mundo en donde lo primitivo y lo moderno se encontraron y contaminaron mutuamente. Incluso hoy en día, muchos indígenas de la Amazonia viven como hace 20,000 años. Ni siquiera son conscientes de que existe un Estado brasileño. Y lo interesante es percatarnos de que son nuestros contemporáneos. Nosotros representamos la parte más avanzada tecnológicamente, pero ellos constituyen la más primitiva, la más cercana a la naturaleza, a la Madre Tierra.

Los indígenas tienen muchas cosas que enseñarnos: el respeto, la interdependencia con el medio ambiente, el sentido de libertad. Cuando uno se encuentra entre ellos, se percata de que de ninguna manera el Paraíso se ha perdido. Son solidarios, respetan a los niños y a los ancianos, tienen un profundo sentido religioso de la naturaleza y de la vida, un sentimiento completamente ajeno a la cultura occidental. En diversas culturas “primitivas” se preocupan de pedirle disculpas a la Tierra antes de usar el arado. Estoy convencido de que este tipo de ritos son expresión directa de actitudes relacionadas con la psicología arquetípica, de las necesidades interiores que nos han acompañado siempre, y que permiten mantener en equilibrio tanto las relaciones sociales como aquellas que existen entre el ser humano y el entorno circundante. Considero, por lo tanto, que debiéramos observar con mucho respeto y gran atención a las culturas andinas.

Todo lo anterior da origen a mi interés por la dimensión psicológica del ser humano. Jung intuyó que nuestras formas de explotar al planeta acabarían por provocar una crisis global, y que la transformación solo podía darse a partir de una relación nueva y profunda con todo aquello que rodea a nuestro Yo. El respeto por la Tierra como sistema vital unitario es un arquetipo que hay que revivir, y que forma parte de la dimensión de lo sagrado. Esto es algo que Jung comprendió muy bien. Entre los pueblos andinos sigue vivo el culto a la Pacha Mama, la diosa de la tierra y de la fertilidad, que provee todo lo necesario para la vida. Nuestra cultura ha separado al ser humano de la naturaleza, impulsándolo a dominarla hasta destruir el sentido de totalidad que caracteriza toda concepción espiritual de la vida. Las religiones veneran las Escrituras, la hostia consagrada, el espacio del templo; sin embargo, son incapaces de abrirse al misterio del mundo y de la energía que alimenta al Universo todo. Esta laguna espiritual constituye uno de los problemas más grandes de la modernidad. La teología sostiene que todos los aspectos de la Creación son símbolos y señales del Creador, sacramentos naturales. Pero esto no es sino letra muerta, porque la humanidad no vive esta dimensión. Nos hemos acercado a las poblaciones indígenas para exterminarlas, porque carecían del sentido de la propiedad privada. Se trata de una historia que he vivido en primera persona durante los años terribles de las dictaduras latinoamericanas, en la violencia infligida por el régimen brasileño contra los hermanos dominicos (los frailes Betto, Tito e Ivo), y en la condena a la teología de la liberación por parte de la Iglesia de Roma.

Todo esto me recuerda la historia de mi familia –que emigró a Brasil en busca de tierras para cultivar–, así como de mi propia formación, durante los años que pasé en Alemania (en Múnich), en donde tuve como maestros a personajes como Karl Rahner y Wolfgang Pannenberg, y donde tanto aprendí de los científicos abiertos al diálogo y poseedores de una increíble cultura humanista que nos impartieron seminarios incluso en la facultad de Teología; entre ellos recuerdo particularmente al gran físico Werner Heisenberg. También fue ahí en donde se dio mi primer encuentro con Joseph Ratzinger, el hombre que apoyó y defendió con ímpetu la publicación de mi tesis doctoral y luego, siendo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, atacó mis escritos y me impuso la condena de pasar un año en “silencio obsequioso”. Una aventura que se extendió a lo largo de toda la segunda mitad del siglo xx. Pero comencemos por el principio.

Vengo del Neolítico

Luigi Zoja Cuéntanos algo sobre tu infancia. ¿Qué idioma se hablaba en casa? ¿A qué se dedicaban tu padre y tu madre?

Leonardo BoffProvengo de una familia de la región del Véneto, originaria de la aldea Col dei Bof, de la comuna Seren del Grappa, en la provincia de Belluno. A finales del siglo xix mis abuelos habían emigrado a Brasil, estableciéndose en el sur del país. Poco después, en los años treinta del siglo xx, sus hijos se mudaron al estado de Santa Catarina, un poco más al norte. Aquella era una zona salvaje, habitada solo por un puñado de indígenas. Mi padre desempeñaba la función de maestro, juez de paz y líder de la comunidad. Se había instalado en medio de la selva, y hablaba únicamente en dialecto veneciano. En las proximidades había también comunidades de alemanes y polacos; los primeros eran luteranos.

Cuando se ponía en camino para la fundación de una colonia, cada grupo llevaba consigo un maestro, un sacerdote y todas las figuras necesarias para el funcionamiento de una aldehuela. Mi padre nació en 1911. Había estudiado con los jesuitas, conocía bastante bien el griego y el latín, y se inspiraba en lo que llegaría a convertirse en la “pedagogía de los oprimidos” de Paulo Freire, el pensador brasileño consagrado a los pobres y analfabetos. En la escuela mi padre enseñaba no solo a leer, escribir y contar, sino también todo aquello que podía servir a los aldeanos para construir una casa, un pozo, un catavento para la generación de electricidad (aparato conocido como molino americano, de diámetro pequeño y numerosas aspas).

Luigi Zoja ¿Cómo se llegaba a la decisión de fundar una colonia? ¿Era una iniciativa del poder central, o la determinación espontánea de un grupo de personas con hambre de tierra?

Leonardo BoffCada familia constaba de entre diez y veinte hijos, y no había tierra para todos ellos. Tal condición los obligaba a desplazarse. Nuestros abuelos habían emigrado a América Latina porque en Italia el terreno era insuficiente. Y en Brasil se estaba produciendo el mismo fenómeno.

Hoy en día el estado de Santa Catarina, donde crecí, es muy rico y ha alcanzado un alto grado de desarrollo, pero en los años treinta no era más que un bosque. La transformación ha sido rápida e impactante, como en el resto del país. Después de la segunda guerra mundial, Brasil contaba con cerca de 50 millones de habitantes; en la actualidad hay 194 millones2.

En el sur la flora era distinta de la de la selva amazónica. Estaba conformada sobre todo por pinos seculares; los terrenos boscosos eran más económicos porque resultaban más fáciles de deforestar. Parte del bosque ha sido destruida, pero hoy se está reforestando. La región es muy rica en agua. Los inviernos son fríos y nieva, pero en verano la temperatura es agradable.

Además de los descendientes de los colonos (italianos, polacos y alemanes), la población estaba compuesta por familias indígenas que vivían del maíz, de la caza y de la pesca. Los niños eran pocos, porque muchos morían por enfermedades o desnutrición.

Los hombres de nuestro villorrio salían a cazar, y los viernes disponían una mesa con vino, achicoria roja y polenta e osei3, platillos venecianos tradicionales. Cada familia contaba con un viñedo para producir el vino destinado a su propio consumo. En casa le añadíamos agua y decíamos con respeto: “Como hizo el Señor”. Se destilaba también grappa o aguardiente, ya fuera pura o con ruda, para mezclar con el café o beberla como aperitivo. Incluso hoy en día todas las familias de la región producen su propia graspa, como se le conoce en Brasil.

La primera vez que fui a Feltre y a Seren del Grappa, en la región del Véneto, para conocer la tierra de mis antepasados, me sentí como si estuviera en casa: las mismas flores, la misma comida, la misma bebida, la misma forma de hablar. Éramos brasileños apenas de segunda generación.

El villorrio que mi padre había contribuido a fundar es ahora una ciudad importante, con casi 80,000 habitantes; su nombre es Concórdia, y es sede de Sadia, una de las más grandes industrias alimentarias de Brasil, que exporta carne y otros productos a todo el mundo. Nací ahí en 1938. En la escuela mi padre dictaba sus clases en portugués, pero en casa hablaba en su dialecto. La cultura dominante era la de los alemanes, quienes hablaban exclusivamente en su idioma y no se comunicaban con nosotros. En la escuela observaba a las niñas germanas, rubias y hermosas, pero creía que todas ellas irían a parar al infierno, porque eran protestantes. ¡Qué pecado! También había algunos indígenas que sobrevivieron al exterminio. Despedían un olor a hollín y suciedad, pero mi padre nos obligaba a sentarnos a su lado para brindar apoyo a sus familias, que eran víctimas de marginación y discriminación.

Luigi Zoja ¿La escuela era pública o privada?

Leonardo BoffSe trataba de un servicio creado por la comunidad y reconocido por el poder local. El profesor recibía su pago en especie, con sandías, maíz, arroz u otros granos. El diezmo (una décima parte) se le entregaba al maestro, no al sacerdote. Gracias a esto, en nuestra casa había gran abundancia de comida, carne de cerdo, pollo y hasta de venado, ya que muchos salían de cacería. Aquella era una especie de sociedad del neolítico: no había una cultura urbana, solo relaciones primarias, y se creaba de la nada. Mi padre, por ejemplo, había estudiado un poco de medicina y preparaba un antibiótico a base de penicilina. En la comunidad no contábamos con médicos. Lo llamaban a cualquier hora del día o de la noche, él trataba de interpretar los síntomas, y suministraba los medicamentos. Así salvó a muchísima gente.

Mi padre llevaba un nombre italiano, Mansuetto, con doble t. Así lo escribíamos. Significa “manso” y, en efecto, era una persona muy tranquila. Mi madre era analfabeta, no sabía leer y nunca quiso aprender a hacerlo. Trabajaba en el campo y en casa. Tuvo once hijos, seis mujeres y cinco varones. Nuestra familia era la más pequeña de la región: uno de mis tíos tenía veintiún hijos, y otro diecinueve. Se necesitaba mucha mano de obra para trabajar en el campo.

Luigi Zoja¿Aquella tierra tan rica en frutos de la naturaleza, de animales para la caza y ríos llenos de peces no había estado habitada antes de la llegada de los colonos?

Leonardo BoffSí, por los indígenas Kaingang, un pueblo que ocupaba una vasta área del sur de Brasil y que hoy está casi completamente exterminado. Los colonos afirmaban que había que “limpiar el terreno”, porque los indígenas no tenían sentido de la propiedad privada: si veían por ahí una azada, sencillamente se la llevaban. Los fines de semana, polacos, alemanes e italianos salían a cazarlos. Los asesinaban y los sepultaban en el mismo sitio. Uno de mis parientes lejanos me contó que cierta vez mató con su rifle a un indígena que se había refugiado en la copa de un árbol. Son historias trágicas. En toda la región fueron muy pocos los nativos que lograron sobrevivir. La ciudad de Blumenau, en el estado de Santa Catarina, debe su nombre a un médico que había liderado la colonización: para preparar la llegada de los colonizadores, se dedicó a “limpiar el terreno”, cazando a todos los indígenas.

Luigi Zoja La expresión que has utilizado, “limpiar el terreno”, tiene su equivalente en el vocablo alemán Flurbereinigung o barbecho, que se refiere a la operación que se lleva a cabo cuando se prepara la tierra para la siembra, arrancando las malas hierbas y los restos de los cultivos anteriores. También los programas de limpieza étnica de los nazis se basaban en el supuesto de que los seres humanos son una especie de mala hierba.

Leonardo Boff Exacto. Algo que se tiene que suprimir.

Luigi ZojaAsí que una población completa fue exterminada por los colonos de origen europeo, quienes cazaban a los indígenas como si fueran animales salvajes. ¿Pero ninguno de ellos fue acusado de asesinato?

Leonardo Boff Ni por asomo: aquello se concebía como una obra de caridad, de civilización. No se le consideraba un delito.

Luigi ZojaTal vez incluso se les recompensaba.

Leonardo BoffNo en mi región, pero sé que en otras se les daba un pago por cada oreja que entregaran. Se trataba de una lucha desigual por la posesión de la tierra. Los grupos de colonos se organizaban en Alemania e Italia, antes de partir. El líder del grupo recibía gratuitamente del gobierno la tierra que debía repartir. A continuación desarrollaban la infraestructura subdividiéndola en lotes, pavimentando los caminos, edificando la iglesia, la escuela y un salón para celebrar las grandes reuniones. La iglesia era el edificio más importante. Eran muy fieles, se reunían para rezar y celebrar la misa, que se realizaba rigurosamente en latín.

Luigi ZojaPor lo tanto, además del dialecto propio de la provincia de Belluno, la gente sabía portugués y un poco de latín.

Leonardo Boff Sí, gracias a las actividades religiosas. Todos los domingos nos reuníamos a rezar el rosario, cantar las letanías a la Virgen y pasar un tiempo juntos. Era complicado aprender portugués, porque no había nadie con quien hablarlo. Sin embargo, los italianos hacían el intento. Mi padre tenía una pequeña biblioteca y, después del rosario dominical, reunía a los campesinos para obligarlos a leer un libro en portugués. Aquello les resultaba muy difícil, así que se puso en contacto con una empresa que vendía radios, e hizo arreglos para que cada familia tuviera uno para escuchar las transmisiones en portugués. La energía eléctrica permitió el funcionamiento de las radios. De hecho, la radio lo era todo. Cuando yo tenía cinco o seis años, mi padre escuchaba la radio extranjera, en italiano y en inglés, para obtener noticias sobre la guerra en Europa.

Luigi Zoja ¿Qué ocurrió cuando Brasil entró en guerra contra Alemania? ¿Qué problemas enfrentaron los inmigrantes italianos y alemanes que tenían una identidad nacional tan fuerte?

Leonardo Boff