El poder curativo de la cábala - AHARÓN DAVID SHLEZINGER - E-Book

El poder curativo de la cábala E-Book

AHARÓN DAVID SHLEZINGER

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Beschreibung

Según las enseñanzas de los cabalistas, las enfermedades son mensajes que proceden de lo Alto y tienen solución cuando éstos son interpretados correctamente. Si logramos comprender dichos mensajes y corregimos aquello que ha provocado la enfermedad, podremos alcanzar la curación. En este libro, el rabino Aharón Shlezinger se refiere al poder curativo de la Cábala a nivel somático, psicológico y espiritual, siempre interrelacionados. Tras repasar los principios talmúdicos y las enseñanzas de los sabios, el autor nos propone una serie de remedios extraídos de los textos cabalísticos antiguos así como prescripciones curativas generales y consejos para disfrutar de la longevidad.

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Seitenzahl: 267

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Rabí Aharón Shlezinger

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Colección Cábala y Judaísmo

EL PODER CURATIVO DE LA CÁBALA

Rabí Aharón Shlezinger

1.ª edición en versión digital: junio de 2019

Maquetación: Marta Rovira Pons

Corrección: M.ª Jesús Rodríguez

Diseño de cubierta: Enrique Iborra

© 2015, Aharón Shlezinger

(Reservados todos los derechos)

© 2018, Ediciones Obelisco, S.L.

(Reservados los derechos para la presente edición)

Edita: Ediciones Obelisco S.L.

Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida

08191 Rubí - Barcelona - España

Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23

E-mail: [email protected]

ISBN EPUB: 978-84-9111-499-4

Maquetación ebook: leerendigital.com

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Índice

 

Portada

El poder curativo de la Cábala

Créditos

Prólogo

I. LA HISTORIA DE LAS ENFERMEDADES

II. LOS MISTERIOS DEL ALMA

III. LA ANATOMÍA DEL ALMA

IV. EL MISTERIO DEL CUERPO HUMANO

V. EL PRINCIPIO CÓSMICO

VI. MEDICINA DEL ALMA QUE SANA EL CUERPO

VII. CURACIONES TALMÚDICAS

VIII. CURACIONES CABALÍSTICAS

IX. PRESCRIPCIONES CURATIVAS GENERALES

X. SALUD Y LARGA VIDA

XI. EL FACTOR EMOCIONAL

XII. EL PODER DE LA CURACIÓN CABALÍSTICA

XIII. LOS DESIGNIOS DE LA ASTROLOGÍA

Prólogo

Los sabios cabalistas nos han enseñado que las enfermedades son mensajes que provienen de lo Alto y tienen solución, ya que captando el mensaje esencial que transmiten, y corrigiendo aquello que las provocó, se puede alcanzar la curación.

¿Cómo se debe proceder? Ven y observa: en el libro del gran médico Kartana se encontraban explicados muchos secretos profundos. El autor de ese libro se llamaba Iudán, de la ciudad de Kesaria, pero se lo conocía como el médico Kartana, porque era el más grande de todos los médicos, poseedor de una sabiduría notable. Y la razón de este calificativo, Kartana, era porque así se denomina en lengua persa a un hombre destacado y sabio.

El médico Kartana explicaba de manera extraordinaria la declaración bíblica que manifiesta: «La tierra estaba informe y vacía, con oscuridad sobre la superficie del abismo, y la Presencia Divina sobrevolaba sobre la superficie de las aguas» (Génesis 1:2).

Hasta este asunto estaba escrito en el libro del gran médico Kartana. Después había una indicación en el versículo que declara: «Lo halló en tierra desierta, y en yermo de pavorosa soledad; lo trajo alrededor, lo instruyó, lo protegió como a la niña de su ojo» (Deuteronomio 32:10). A partir de esta cita se aprenden todos los procedimientos que el médico sabio debe llevar a cabo con el enfermo. Pues quien está enfermo, acostado en su cama, está preso en la cárcel de El Santo, Bendito Sea. Ya que allí confina a la persona para que medite y reflexione, se arrepienta de sus errores y conducta incorrecta, se rectifique, y sirva al Amo del mundo.

El secreto de las enfermedades

Además, en ese libro estaba escrita esta explicación: cuando el médico sabio va a ver al enfermo: «lo halló en tierra desierta, y en yermo de pavorosa soledad». O sea, lo encontró en la cárcel del Rey, ya que lo halló con las enfermedades que estaban sobre él.

Entonces, se podría suponer: ya que El Santo, Bendito Sea, ordenó aprehender al enfermo y ponerlo en la cárcel –o sea, lo condenó a soportar la enfermedad–, nadie debería ocuparse de curarlo. Sin embargo, no es así. Pues el rey David dijo: «Bienaventurado el que piensa en el pobre; El Eterno lo librará en el día malo. El Eterno lo guardará, y le dará vida; será bienaventurado en la Tierra, y no lo entregará a la voluntad de sus enemigos. El Eterno lo sustentará sobre el lecho del dolor; invertirás toda su cama con su enfermedad –para sanarlo–» (Salmos 41:1-3).

El pobre es el enfermo que está preso en su cama. Y David dijo: «Bienaventurado el que piensa en él», para curarlo. Y si es un médico sabio, y actúa con temor de Dios, entonces El Santo, Bendito Sea, le otorga bendición para que se ocupe del enfermo y tenga éxito en la curación.

La acción de la enfermedad

Ahora bien, cuando este médico fue a ver al enfermo, «lo halló en tierra desierta», pues estaba acostado sobre su cama desanimado, afligido y apesadumbrado, como quien deambula por el desierto y no halla agua. Y a continuación está escrito: «y en yermo de pavorosa soledad», indicándose a través de esta declaración, que esa enfermedad lo angustiaba y lo hostigaba mucho, y por eso se sentía solo y desamparado, sin contar con medios para hacer frente a esa angustiante aflicción.

Por lo tanto, cuando el médico llega, y lo ve en esas condiciones, ¿qué debe hacer? Lo debe asistir, como está escrito a continuación: «lo trajo alrededor». Es decir, debe buscar en los alrededores, investigando y esforzándose en hallar las causas del malestar, o sea, aquello que le provoca el desmejoramiento. Y ha de extraer conclusiones para encontrar el modo más apropiado de aliviarlo, suprimiendo aquello que le hace daño y deteriora su salud. Además, debe eliminar de él la sangre mala.

Revisión del origen de la enfermedad

A continuación está escrito: «lo instruyó». (En el texto original hebreo está escrito ibonenehu, que comparte raíz con la expresión biná, que significa «entendimiento»). Pues el médico debe observar en forma meticulosa y meditar profundamente en el asunto, para entender y saber cuál fue la causa que provocó el origen de la enfermedad. Y, asimismo, debe meditar en el asunto para encontrar el modo de evitar que la enfermedad siga progresando, y cómo hacerla retroceder.

Después, el médico debe actuar tal como se indica a continuación en el versículo: «lo protegió como a la niña de su ojo». O sea, debe proteger al paciente, recetándole los preparados y las medicinas apropiados para mejorar su salud, procurando que se cuide como es debido. Y no debe cometer ningún error en la medicación. Pues, si comete un solo error, incluso en una sola cosa, puede causar un grave daño al paciente, y matarlo. Y El Santo, Bendito Sea, le considerará a ese médico como si hubiese derramado la sangre del enfermo, y lo mató.

Esto es así porque El Santo, Bendito Sea, desea que aunque ese hombre está preso en la cárcel del Rey, y estando en el calabozo no se puede liberar a sí mismo, que otro hombre se esfuerce por él, y lo ayude a salir de la cárcel.

Consejo de médico sabio

Iudán, el médico de la ciudad de Kesaria, dijo:

—El Santo, Bendito Sea, juzga los juicios de los seres humanos en lo Alto, determinando lo que corresponde en cada caso, a cada uno en particular. Determina si una persona ha de morir, si ha de empobrecer, si ha de sufrir la amputación de uno o varios órganos de su cuerpo, si ha de ser castigada con pérdida de bienes, o si ha de ser puesta en la cárcel.

Ahora bien, aquella persona que corresponde sea castigada con pérdida de bienes caerá enferma y deberá permanecer en cama. Y no sanará hasta que dé al médico –la paga correspondiente– e invierta en su curación todo lo que fue decretado sobre ella. Entonces, ya que esta persona fue castigada con dinero, y dio todo lo que fue decretado sobre ella, sana, y sale de la cárcel.

Precisamente por este motivo hay que esforzarse por esta persona, para que entregue lo que le corresponde, de acuerdo a lo que fue establecido, y salga de su enfermedad. Y si esa persona es inteligente, se adelantará y dará el dinero como caridad, a los necesitados, librándose así de los flagelos con sabiduría y antelación.

La influencia del flagelo

Aquel que ha de ser castigado con la pérdida total de bienes será prendido, y lo pondrán en la «cárcel», hasta que pierda todo su dinero. Y a veces se decreta que la persona ha de perder uno o varios órganos de su cuerpo, siendo amputados, o dejando de funcionar. Y después lo sacarán de la cárcel.

La persona que fue condenada a muerte, pues así se determinó en los Cielos a raíz de sus malas acciones, así ocurrirá, tal como fue estipulado. Y, aunque diere todo el rescate y todo el dinero del mundo, no se salvará. Sólo podrá salvarse a través del arrepentimiento sincero de su mal proceder y la rectificación completa.

Por esta razón, un médico sabio debe esforzarse en dar al enfermo la medicación apropiada para curar su cuerpo como es debido. Y, si no puede darle medicación para curar su cuerpo, le debe dar medicación para curar su alma, y entonces, su cuerpo sanará por sí solo. Por tanto, debe esforzarse en la medicina del alma, para que el enfermo se rectifique completamente. Y éste es el médico por el que El Santo, Bendito Sea, se esfuerza, para hacerle el bien en este mundo, y en el Mundo Venidero (III Zohar 279a y b).

El aspecto emotivo

Hemos observado que el médico sabio debe esforzarse en curar al enfermo de la enfermedad que lo aflige, y también preocuparse de su salud espiritual y, asimismo, de su estado anímico. Ya que un asunto está vinculado con el otro. Como fue enseñado: «estaba acostado sobre su cama desanimado, afligido y apesadumbrado [...]».

A raíz de eso, debido a la gran importancia que tiene el factor espiritual, y el psicológico, en los libros ancestrales se mencionan fórmulas para combatir las enfermedades somáticas, y también, espirituales y emocionales. Por tal razón, en los libros cabalísticos de consejos y recetas para sanar enfermedades corporales, abundan también fórmulas y recomendaciones –segulot– para lograr el éxito y alcanzar la alegría, triunfar en los negocios, superar los traumas amorosos, combatir el temor, recuperar a un amigo, mudarse de casa, y muchos otros factores que están directamente relacionados con el aspecto emocional de la persona.

Por tanto, en esta obra nos referiremos al poder curativo de la Cábala en relación con todos esos aspectos: somático, espiritual y psicológico. Descubriremos y abriremos lo que nuestros sabios ancestrales, de bendita memoria, nos han legado, para poder hacer frente a toda circunstancia adversa, y vivir nuestras vidas plenamente.

I

LA HISTORIA DE LAS ENFERMEDADES

Comenzaremos estudiando la historia de las enfermedades, ya que es un dato esencial para saber su origen y comprender lo que debe corregirse con el fin de enfrentarlas y anularlas.

Los sabios nos han enseñado que el hombre al comienzo tenía a su disposición todos los medios para vivir eternamente, sano y saludable. La única condición impuesta por El Santo, Bendito Sea, era que guardara sus ordenanzas, como está escrito: «El Eterno Dios tomó al hombre y lo puso en el Jardín del Edén, para que lo trabajara y lo cuidara. Y El Eterno Dios le ordenó al hombre, diciendo: “De todo árbol del Jardín podrás comer. Pero del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, no comerás; pues el día que de él comas, ciertamente morirás”» (Génesis 2:15-17). Pero el hombre infringió la ley y desaprovechó la oportunidad, como está escrito: «Y la mujer percibió que el árbol era bueno como alimento, y que era un deleite para los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar la sabiduría, y ella tomó de su fruto y comió; y también le dio a su marido junto a ella y él comió» (Génesis 3:6). Y después está escrito: «Ahora, que no extienda la mano y tome también del Árbol de la Vida, y coma y viva por siempre» (Génesis 3:22).

Después de la falta cometida, el hombre fue depuesto del Jardín del Edén, y perdió su condición de privilegio, como está escrito: «El Eterno Dios lo depuso del Jardín del Edén, para que trabajara la tierra de la que fue tomado» (Génesis 3:23).

En ese momento comenzó la etapa de la rectificación. Pero todavía no había enfermedades en el mundo. Las mismas surgieron mucho tiempo después, como consecuencia de un ruego del patriarca Jacob.

Pues, desde el momento en que el Santo, Bendito Sea, creó el mundo, hasta la época del patriarca Jacob, la persona marchaba por el camino y moría repentinamente. Pero Jacob, viendo lo que sucedía, dijo: «Amo del universo, si te parece bien, permite que la persona enferme, caiga en cama y ordene a sus hijos e hijas, como así a los demás integrantes de su familia».

El Santo, Bendito Sea, dijo: «Es propicio otorgar este fenómeno a través de este hombre justo». Y así ocurrió, como está escrito: «Y sucedió tras estas palabras que se le dijo a José: “He aquí que tu padre está enfermo”» (Génesis 48:1). Y después de mencionarse lo tocante a las enfermedades está escrito: «Jacob terminó de ordenar a sus hijos, colocó sus pies en la cama; expiró y fue reunido con su pueblo» (Génesis 49:33).

La historia de la medicina

Desde ese entonces existieron enfermedades en el mundo, pero nunca ocurrió que alguien sanara. Esto fue así hasta la época del rey Ezequías, rey de Judá. Él, advirtiendo lo que ocurría, pensó que la persona debía tener una oportunidad de rectificarse y enmendar su camino, por eso dijo: «Amo del universo, sea tu voluntad que la persona sane de su enfermedad, baje de la cama en la que permaneció postrado, y alabe y agradezca ante Ti todos los días de su vida».

El Santo, Bendito Sea, dijo: «Es propicio otorgar este fenómeno a través de este hombre justo». Y así ocurrió, como está escrito: «Escritura de Ezequías, rey de Judá, de cuando enfermó y sanó de su enfermedad» (Isaías 38:9) (Reshit Jojmá Jupat Eliahu Raba).

Resulta que las enfermedades están en el mundo para ayudar a las personas a reflexionar y rectificarse, y que se encaucen en los caminos de El Santo, Bendito Sea.

La fidelidad de las enfermedades

Las enfermedades son fieles a El Santo, Bendito Sea, como se enseña en el Talmud: cuando los flagelos son enviados a la persona, se les toma juramento en los Cielos, que no irán sino en el día determinado que se les fija, y que no se marcharán de la persona sino en el día determinado que se les fija, en la hora determinada que se les fija, y a través del hombre –médico– que se fija, como así a través del elixir –medicamento– que se fija.

Ahora bien, ¿de dónde se aprende que se toma juramento a los flagelos y ellos lo cumplen? Tal como enseñó Rabí Iojanán: ¿A qué se refiere lo que está escrito: «Entonces El Eterno hará que tus plagas y las plagas de tus descendientes sean extraordinarias, plagas grandes y fieles, y enfermedades malas y fieles» (Deuteronomio 28:59)?

¿Cuál es la parte mala de las enfermedades, y cuál es la fidelidad de ellas? La parte mala de ellas está vinculada con su misión, que afligen al cuerpo, y la fidelidad de ellas, está vinculada con su juramento, al cual cumplen (Talmud, tratado de Avodá Zará 55a).

El cumplimiento de la palabra

Ya vimos que los flagelos son muy rigurosos con el cumplimiento de los juramentos, siendo éste un precepto bíblico esencial, como está escrito: «Si un hombre hace un voto a El Eterno o jura un juramento para establecer una prohibición para sí mismo, no profanará su palabra; según todo lo que salga de su boca, así hará» (Números 30:3). Por eso los sabios se esforzaban en hacer que las personas cumplieran los juramentos y los votos.

La observancia de los votos

A continuación observaremos un ejemplo. En el Talmud se narra este caso:

Un hombre le dijo a su esposa:

—Prometo que no tendré provecho de ti hasta que le muestres, de lo que posees, un defecto apropiado a Rabí Ishmael, el hijo de Rabí Iosei.

Ya que el hombre había emitido una promesa, el asunto fue llevado al erudito para que decidiera qué se debía hacer. Y éste intentó hallar en la mujer un defecto apropiado para que se cumpliera la promesa y estuviese permitida nuevamente a su marido. Por eso comenzó a investigar, y preguntó:

—¿Tal vez su cabeza es bella?

Y le respondieron:

—La forma es ovalada.

El sabio prosiguió con su investigación y dijo:

—¿Quizá su cabello es bello?

Le respondieron:

—Se asemeja al lino sin procesar.

El erudito insistió y dijo:

¿Tal vez sus ojos son agradables?

Le respondieron:

—Son estriados.

El maestro insistió y preguntó:

—¿Quizá sus orejas son bellas?

Le respondieron:

—Son enormes.

El sabio preguntó:

—¿Y su nariz, cómo es?

Le respondieron:

—Es chata.

Aun así no se dio por vencido y dijo:

—¿Y sus labios?

Le respondieron:

—Son gruesos.

Después propuso:

—¿Y su cuello?

Le respondieron:

—Es corto –parece como si la cabeza estuviera colocada sobre los hombros.

El sabio preguntó:

—¿Y su cintura?

Le respondieron:

—Es obesa.

Entonces el erudito preguntó:

—¿Y sus pies?

Le respondieron:

—Son anchos, como los de un pato.

El sabio intentó un último recurso y dijo:

—¿Cuál es su nombre?

Le respondieron:

—Lijlujit.

Al escuchar esa respuesta, el erudito dijo:

—¡Está permitida! ¡La promesa ha sido cumplida! Pues Lijlujit significa «manchada», y es un nombre que concuerda con su condición, ya que está totalmente manchada de defectos. Es un defecto apropiado para ella (Talmud, tratado de Nedarim 66b).

Rompiendo las promesas

Tal como hemos visto, los juramentos y las promesas deben ser cumplidos, siendo éste un principio básico de la Biblia y además un aliciente para ser una persona honesta y creíble, ¿pero, no hay nada que se pueda hacer en caso de que uno se hubiera equivocado y se arrepiente de lo que había jurado o prometido?

Los sabios estudiaron por tradición proveniente directamente de Moisés que en un caso así se puede anular el juramento o la promesa. Aprendieron esto a partir de lo que está escrito: «Si un hombre hiciere una promesa a El Eterno o jurare un juramento para establecer una prohibición para sí mismo, no profanará su palabra» (Números 30:2-3).

Dedujeron: él mismo no profanará su palabra, pero si se arrepiente de lo que hizo, un sabio puede hacerlo para él, le puede anular el juramento o la promesa.

¿Y cómo se procede en un caso así? El que hizo el voto debe dirigirse al sabio más grande, o a tres hombres comunes en caso de no haber un sabio experto, y entonces dirá:

—Yo he jurado esto y esto, y me arrepiento de haberlo hecho. Y si hubiese sabido que el juramento me causaría tal aflicción, o que me sucedería esto, no hubiera jurado. Y si hubiese tenido conciencia en el momento de jurar como la tengo ahora, no hubiese jurado.

Entonces el sabio, o el más grande de los tres hombres, le dirá:

—¿Ya te has arrepentido?

Y el que había jurado responderá:

—¡Sí!

Entonces el sabio le dirá:

—¡Te está permitido!

O le dirá: ¡Estás perdonado! (Maimónides, leyes de juramentos 6:4).

Neutralizar las enfermedades

Con las enfermedades ocurre algo similar, pues el juramento mencionado de ellas se realiza con el ángel que está a cargo de las mismas, a él se le toma juramento del tiempo de llegada y salida de los flagelos, como así los demás detalles mencionados en el Talmud, es decir, con qué persona se irán y a través de qué medio.

Aun así, mediante arrepentimiento –y rectificación–, oración, y caridad, se puede anular el juramento del ángel encargado de los flagelos (véase Talmud, tratado de Avodá Zara 55a: exégesis de Maarshá).

Los fundamentos estructurales

Ahora bien, para rectificarse y saber el modo de neutralizar el efecto del juramento del ángel encargado de los flagelos y las enfermedades, hay que conocer los fundamentos estructurales del mundo, el alma, el cuerpo y los preceptos. Ya que todos estos medios interactúan entre sí y están estrechamente vinculados, a tal punto que unos dependen de los otros. Puesto que un alma sin cuerpo no podría cumplir los preceptos, y lo mismo un cuerpo sin alma; y si no existieran almas y cuerpos que las contienen, no habría quien cumpliera los preceptos en el mundo. Y un mundo sin preceptos no podría existir, como está escrito: «Así ha dicho El Eterno: si no hubiese entablado mi pacto con el día y la noche, no hubiese puesto las leyes de los Cielos y la Tierra» (Jeremías 33:25). Y el pacto entablado con el día y la noche se refiere a los preceptos de la Torá, como está escrito: «Nunca se apartará de tu boca este libro de la Torá, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; para que prosperes en tu camino y actúes con sensatez» (Josué 1:8).

Todos estos entes mencionados están vinculados entre sí y ligados esencialmente al Nombre de El Santo, Bendito Sea, siendo ésta una combinación idónea y perfecta. Y quien la conozca y logre la sintonía entre todas las partes conseguirá llegar a lo Alto y vencer todos los obstáculos que se pongan en su camino. Es decir, conseguirá sobreponerse y vencer incluso a los flagelos y las enfermedades. Y para eso es imprescindible conocer los misterios del alma, el cuerpo humano, el mundo, el Nombre de El Santo, Bendito Sea, y el vínculo existente entre ellos.