El político - Azorín - E-Book

El político E-Book

Azorín

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Beschreibung

José Martínez Ruiz, Azorín (1873-1967) fue un destacado miembro de la llamada Generación del 98 y uno de los más finos prosistas de nuestra lengua. En estas páginas se reúnen los consejos, advertencias y condiciones que distinguirían a un buen político.

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Seitenzahl: 100

Veröffentlichungsjahr: 2012

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El político

Azorín (José Martínez Ruiz)

Primera edición (Fondo 2000), 1998 Segunda edición (Centzontle), 2011

Primera edición electrónica, 2012

© 1946, CAM, Caja de Ahorros del Mediterráneo Este libro fue publicado por mediación de Ute Körner Literary Agent, S. L. Barcelona — www.uklitag.com. Editado por Espasa-Calpe

D. R. © 2011, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-0885-7 (ePub)ISBN 978-607-16-0609-9 (impreso)

Hecho en México - Made in Mexico

 

José Martínez Ruiz, conocido como Azorín, nació en Monóvar en 1873, y sus finas maneras de escritor, aunadas a su aguda costumbre de observador, pronto lo situaron como una suerte de tesorero del archivo literario español. Autor prolífico, Azorín publicó más de veinte libros más una larga lista de artículos en donde supo combinar las pasiones e inquietudes de su generación con los paisajes y tradiciones de la España vieja. Según Juan Ramón Jiménez, «su literatura resulta una taquigrafía sentimental, pasada directamente por sus ojos al signo más que a la palabra escrita». Signos, imágenes, páramos imaginados conforman los discretos silencios que emanan de las letras de Azorín. «Es posible que el señor Martínez Ruiz sea tímido —escribió su interlocutor y amigo, Alfonso Reyes—, pero ese pequeño filósofo que él ha inventado, ese Azorín que de hijo suyo ha pasado, poco a poco y por un eclipse psicológico, a confundirse con él y a servirle de vestidura externa, ése ha dicho sobre la vida y el arte españoles, si no las cosas más audaces, las más personales.»

En estas páginas, recogidas ahora para ser editadas en nuestra colección CENTZONTLE, el lector encontrará un conglomerado de consejos, insinuaciones y recomendaciones que Azorín da a los políticos, a fin de que se puedan convertir en lo que para él debería ser un político ideal. Ecos de Gracián, Maquiavelo y Saavedra Fajardo se escuchan en estos consejos no exentos de picardía y nobleza, tolerancia y disimulo. A más de cien años de haber surgido la generación que lo acompañó en letras, tertulias e ideas y a cuarenta y cuatro años de su fallecimiento en Madrid, Azorín se multiplica en la lectura de su fina prosa, en la claridad intemporal de sus ideas y en su confirmada condición de maestro de nuestra lengua.

I. Ha de tener fortaleza

La primera condición de un hombre de Estado es la fortaleza. Su cuerpo ha de ser sano y fuerte. El tráfago de los negocios públicos requiere ir de un lado para otro, recibir gentes, conversar con unos y con otros, leer cartas, contestarlas, hablar en público, pensar en los negocios del gobierno. Y sobre todo esto, se requiere una naturaleza muy firme, muy segura, para no dejarse aplanar en aquellos momentos críticos de amargura, en que nuestros planes y esperanzas se frustran.

Sea el político mañanero; acuéstese temprano. Tenga algo en su persona del labriego; este contraste entre la simplicidad, la tosquedad de sus costumbres y la sutilidad del pensamiento servirá para realzarle. Ha de comer poco también; sea frugal; tenga presente que no es el mucho comer lo que aprovecha, sino el bien digerir. En sus comidas tome espacio y sosiego; coma lentamente, como si no tuviera prisa por nada.

Para estar sano y conservar la fortaleza ha de amar el campo; siempre que pueda húrtese a los cuidados de la corte o del gobierno, y vaya a airearse a la campiña. Ame las montañas; suba a ellas; contemple desde arriba los vastos panoramas del campo. Mézclese en la vida menuda de los labriegos y aprenda en ella las necesidades, dolores y ansias de la nación toda.

II. Arte en el vestir

El fin que persigue el arte en el vestir es la elegancia. Pero la elegancia es casi una condición innata, inadquirible. No está en la maestría del sastre que nos viste; está en nosotros. Está en la conformación de nuestro cuerpo; en los movimientos; en la largura o cortedad de los miembros; en el modo de andar, de saludar, de levantarse, de sentarse. Un hombre que tenga ricas ropas y vista con atuendo puede no ser elegante; puede en cambio serlo un pobre arruinado hidalgo de pueblo envuelto en su zamarra y en su capa.

La primera regla, sin embargo, de la elegancia es la simplicidad. Procure ser sencillo el político en su atavío; no use ni paños ni lienzos llamativos por los colores o por sus dibujos: prefiera los colores opacos, mates. No caiga con esto en el otro extremo de la severidad excesiva. Una persona verdaderamente elegante será aquella que vaya vestida como todo el mundo y que, a pesar de esto, tenga un sello especial, algo que es de ella y no de nadie. Joyas no debe usar ninguna: ni alfiler de corbata, ni cadena de reloj, ni menos sortijas. No ponga en su persona más que lo necesario, pero que lo necesario sea de lo mejor: así el paño de los trajes, el lienzo de las camisas, el sombrero, los guantes, el calzado. Si acaso, si el traje fuera negro o de color muy oscuro, matice y palie la impresión de severidad con una cadena de oro, delgada, breve, sin dijes, en alongados eslabones. Jorge Brummel, el gran elegante inglés, tenía en su atavío una simplicidad suprema, pero sobre el oscuro fondo del traje ponía esta línea refulgente y casi imperceptible de oro. Véase también el efecto de este matiz y paliativo en el retrato que figura en nuestro Museo del magistrado don Diego de Corral, pintado por Velázquez.

El calzado merece mención especial; por él se conocen los hábitos y carácter de la persona; un excelente y elegante calzado realza toda la indumentaria. Tenga abnegación bastante para desechar un calzado que está todavía en buen uso. Digo abnegación, no mirando a la economía, sino pensando en que nada hay más cómodo y dulce que un calzado que se ha familiarizado ya con nuestro pie.

Hay otra cosa también que separa en dos bandos a los que tratan de vestir bien: el bando de los irreprochables y el de los que tienen alguna mácula. Este algo es la ropa blanca. Sea inflexible en la limpieza de su camisa; llévela siempre, en todos los momentos, nítida, inmaculada. Sobre la nobleza un poco severa de la vestimenta, la nitidez indefectible de la camisa resaltará y pondrá una nota de delicadeza, de buen gusto y de aristocratismo.

Cosméticos y olores deben estarle prohibidos en absoluto. Si no llevara barba ni bigote, ponga especial cuidado en ir siempre rasurado perfectamente: que no hay nada más desagradable que ver una barba sin afeitar, aunque sea de poco tiempo.

Sencillez y naturalidad: ésta es la síntesis de la elegancia. Y ahora, como apostilla, la última recomendación. No dé a entender, ni por el aire de su persona, ni por su gesto, ni por su actitud, ni por sus maneras, que él sabe que va bien vestido y es elegante. Si lleva sencilla y buena ropa, y si tiene ese don indefinible de que hablábamos al principio, ese no sé qué, ese como efluvio misterioso que emana de toda la persona y que no se puede concretar y definir; si se halla en estas condiciones, repito, será elegante.

III. No prodigarse

No se prodigue ni en la calle, ni en los paseos, ni en los espectáculos públicos. Viva recogido. Al hombre de mérito se le estima tanto más cuanto menos podemos apreciar los detalles pequeños, inevitables, que le asemejan a los hombres vulgares. ¿Qué vale más: ser llano, corriente, hablar con todos, entrar con todos en conversación a cada momento, o mostrarse sólo de cuando en cuando con una cortesía perfecta, pero un poco severa, con una afabilidad que atrae, pero que al mismo tiempo no permite la intimidad, la familiaridad, y hace que permanezcan aquellos con quienes conversamos a una invisible e insalvable distancia de nosotros? Aténgase el político a este último punto; lo que mucho se ve, se estima poco; persona con quien a todas horas podemos comunicar, tendrá nuestra estimación, nuestro respeto, pero le faltará ese matiz de severidad, ese algo que impone, ese aspecto que hace que deseemos, que ansiemos verla, hablar con ella, oír de sus labios tales o cuales opiniones.

Sea difícil el político para las visitas; no reciba a todos, sino a contadas personas. No otorgue a todos su afabilidad y su cortesía. Acaso los que no logran traspasar sus puertas propalen su hurañez y aun su soberbia. Pero si aquellos pocos a quienes recibe y otorga su amistad les trata espléndidamente, es leal, consecuente y generoso con ellos, su fama de hombre excelente y buen amigo prevalecerá y dominará, y no la de huraño y soberbio.

IV. Tenga la virtud de la eubolia

La virtud de la eubolia consiste en ser discreto de lengua, en ser cauto, en ser reservado, en no decir sino lo que conviene decir.

No se desparrame en palabras el político; no sea fácil a las conversaciones y conferencias con publicistas y gaceteros; cuando haya conferenciado con alguien sobre los asuntos del Estado, no vaya pregonando lo que ha dicho, por qué lo ha dicho y cuál ha sido la causa de no haber dicho tal otra cosa. Si le apretaren para que diga algo del negocio tratado, si le instaren informadores y periodistas, no tenga nunca una negativa hosca o simplemente fría, correcta; sepa disimular y endulzar la negativa con una efusión, un gesto de bondad y cariño, una amable chanza.

Es achaque de hombres vulgares el descubrir a todos su pensamiento. El cuerdo sabe que aun cuando una cosa se pueda decir abiertamente, conviene, sin embargo, irla descubriendo poco a poco, con trabajo, con solemnidad, para que así lo más vulgar tenga apariencias de importancia.

Otra cosa hay que es necesario también tener en cuenta: y es que el hombre reservado es mirado siempre con cierta consideración, con cierto interés. Mantener la duda respecto a la opinión que tenemos sobre tal o cual asunto o acontecimiento es mantener la expectación. Y esta duda, esta perplejidad, esta incertidumbre del público respecto a nosotros, forma como una aureola que envuelve nuestra persona y la realza. Gana, pues, más al cabo para la fama quien calla, quien no dice sino lo preciso, que quien deja que corran y se espacien sus profusas palabras en millares de hojas.

V. Sepa desentenderse

Cuando salga de la corte y vaya a provincias, sus admiradores y amigos le recibirán efusivamente; acaso toque una música en la estación; la casa donde él pare se llenará de gente; le rodeará un compacto grupo de correligionarios cuando marche de una parte a otra; él tendrá que estrechar muchas manos; hablará todo el día con unos y con otros; sonreirá a todos; tendrá que decir frases de ingenio; se mostrará en todos los instantes cordial y decidor.

Sepa el político en tales circunstancias desentenderse algún momento de esta corte de admiradores y amigos que le rodean; a su alrededor ellos han formado una atmósfera, una muralla que le impide ver en su normalidad, en su verdad, el pueblo o el país que visita. Así por las mañanas, bien temprano, o en alguna otra ocasión, él dejará la casa con sigilo, se apartará de la fiesta y se irá, bien solo o bien en compañía de un buen amigo, a visitar y escudriñar el pueblo o la tierra adonde ha llegado. Entrará él en las casas de los humildes; hablará con los oficiales o artesanos; interrogará a las gentes del campo. De todos ellos se informará respecto a sus vidas, a sus necesidades, a sus planes y a sus ideas sobre la marcha de los negocios públicos. Si ellos no le conocieren y hablaren con toda libertad, la visita podrá serle muy fructuosa; si, conociéndole, tuvieren temor o encogimiento de expresarse con espontaneidad, esfuércese con su sencillez, con su cortesía, con su afabilidad, con su llaneza, en hacer desaparecer todo reparo.

Después de estos escudriños y salidas puede volver a sumergirse en el ambiente artificioso de los agasajos y las fiestas; él sabrá a qué atenerse respecto al país que visita, y, aparte de esto, tales escapadas habrán esparcido su ánimo y le habrán tonificado y dado ánimos para continuar en la fatigosa labor de sonreír a unos y a otros, de estrechar manos y de proferir cosas frívolas.

VI. Remediar la inadvertencia