El regreso de Martin Guerre - Natalie Zemon Davies - E-Book

El regreso de Martin Guerre E-Book

Natalie Zemon Davies

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"La de Martin Guerre es la historia de una impostura. En el año 1540 un rico campesino del Languedoc abandonó a su mujer, su hijo y sus propiedades, y durante años no se supo más de él. Tiempo después volvió –o así lo creyó todo el mundo–, integrándose plenamente en su vida anterior. Sin embargo, tras varios años de apacible convivencia matrimonial, la mujer alegó que había sido engañada por un impostor y denunció a su supuesto marido ante los tribunales. Tras un azaroso juicio, cuando el hombre en cuestión casi había convencido a los jueces de que él era quien decía ser, el auténtico Martin Guerre apareció en escena. ¿Quién fue en realidad el falso Martin Guerre? La esposa, Bertrande de Rols, ¿había sido engañada realmente? ¿Qué papel desempeñó el pueblo, Artigat, en todo el asunto? A medio camino entre el relato novelesco y la exposición científica, Natalie Zemon Davis recrea en este magno fresco, excepcional y absorbente, los hábitos y las relaciones sociales, las intenciones ocultas y las sensibilidades de unos aldeanos del siglo XVI. «Una historia verdaderamente cautivadora […], una brillante reconstrucción del mundo rural de la Francia del siglo xvi». David Parker, Times Literary Supplement. «No se puede sino admirar a Natalie Davis por el importante trabajo de reconstrucción histórica que ha realizado». Emmanuel Le Roy Ladurie, New York Review of Books. «Una historia fascinante, con suficiente trasfondo colorista, complejidad psicológica y misterios sin resolver como para deleitar a cualquier lector inteligente». Kirkus Reviews."

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Seitenzahl: 347

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Akal / Anverso

Natalie Zemon Davis

El regreso de Martin Guerre

Traducción: Helena Rotés

Coda: Justo Serna y Anaclet Pons

La de Martin Guerre es la historia de una impostura. En el año 1540 un rico campesino del Languedoc abandonó a su mujer, su hijo y sus propiedades, y durante años no se supo más de él. Tiempo después volvió –o así lo creyó todo el mundo–, integrándose plenamente en su vida anterior. Sin embargo, tras varios años de apacible convivencia matrimonial, la mujer alegó que había sido engañada por un impostor y denunció a su supuesto marido ante los tribunales. Tras un azaroso juicio, cuando el hombre en cuestión casi había convencido a los jueces de que él era quien decía ser, el auténtico Martin Guerre apareció en escena.

¿Quién fue en realidad el falso Martin Guerre? La esposa, Bertrande de Rols, ¿había sido engañada realmente? ¿Qué papel desempeñó el pueblo, Artigat, en todo el asunto? A medio camino entre el relato novelesco y la exposición científica, Natalie Zemon Davis recrea en este magno fresco, excepcional y absorbente, los hábitos y las relaciones sociales, las intenciones ocultas y las sensibilidades de unos aldeanos del siglo XVI.

«Una historia verdaderamente cautivadora […], una brillante reconstrucción del mundo rural de la Francia del siglo XVI».

David Parker, Times Literary Supplement.

«No se puede sino admirar a Natalie Davis por el importante trabajo de reconstrucción histórica que ha realizado».

Emmanuel Le Roy Ladurie, New York Review of Books.

«Una historia fascinante, con suficiente trasfondo colorista, complejidad psicológica y misterios sin resolver como para deleitar a cualquier lector inteligente».

Kirkus Reviews.

Natalie Zemon Davis (1928-2023) fue profesora en la Universidad de Toronto, la Universidad de California en Berkeley y la Universidad de Princeton, donde fue catedrática de historia «Henry Charles Lea» y directora del Centro de Estudios Históricos Shelby Cullom Davis; fue, asimismo, presidenta de la Asociación Histórica Americana y vicepresidenta de la Comisión Internacional de Ciencias Históricas, así como miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias, miembro correspondiente de la Academia Británica y Chevalier de l’Ordre des Palmes Académiques. Prestigiosísima historiadora, maestra de generaciones de historiadores en todo el mundo, es autora de numerosos ensayos históricos entre los que se encuentran Society and Culture in Early Modern France (1975), Fiction in the Archives: Pardon Tales and their Tellers in Sixteenth-Century France (1987), Women on the Mar­gins: Three Seventeenth Century Lives (1995), A Life of Learning (1997), Remaking Imposters: From Martin Guerre to Sommersbuy (1997), The Gift in Sixteenth-Century France (2000), Slaves on Screen: Film and Historical Vision (2002), Trickster Travels. A Sixteenth-Century Muslim Between Worlds (2006) y Passion for History. Conversations with Denis Crouzet (2010).

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

Título original

The Return of Martin Guerre

© The President and Fellows of Harvard College, 1983

© del Postfacio, Natalie Zemon Davis, 2013

© de la Coda, Justo Serna y Anaclet Pons, 2013

© Ediciones Akal, S. A., 2024

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-5602-7

A Chandler Davis

Agradecimientos

Agradezco a la Universidad de Princeton y al National Endowment for the Humanities la ayuda financiera para preparar este libro. También quiero agradecer a los archiveros y a la dirección de los Archives Départementales de Ariège, de Haute-Garonne, de Gers y de los Pirineos-Atlánticos, de la Gironda y de Pas-de-Calais sus consejos y su amabilidad, que hicieron posible que mis investigaciones avanzaran rápidamente. Marie-Rose Bélier, Paul Dumons y Hubert Daraud de Artigat aceptaron compartir conmigo sus recuerdos del pueblo y sobre la historia de Martin Guerre, Jean-Claude Carrière y Daniel Vigne me mostraron nuevos caminos para entender las conexiones entre las «generalizaciones» de los historiadores y la experiencia viva de las personas. Emmanuel Le Roy Ladurie supo darme ánimos cuando lo necesitaba. Debo muchas ideas y sugerencias bibliográficas a numerosos colegas de Estados Unidos y de Francia: Paul Alpers, Yves y Nicole Gastan, Barbara B. Davis, William A. Douglass, Daniel Fabre, Stephen Greenblatt, Richard Helmholz, Paul Hiltpold, Elizabeth Labrousse, Helen Nader, Laurie Nussdorfer, Jean-Pierre Poussou, Virginia Reinburg y Ann Waltner. Alfred Soman me ayudó generosamente en los capítulos sobre justicia criminal. La edición de Joyce Backman confirió una gran claridad al texto. Sin la ayuda de mi verdadero marido, Chandler Davis, esta historia sobre un marido impostor nunca habría visto la luz. Para terminar, quisiera agradecer especialmente la espléndida tarea de Helena Rotés a la hora de trasladar el libro al castellano, agradecimientos que hago extensivos a Justo Serna y Anaclet Pons por un estudio[1] que me ha aportado nuevas ideas sobre la historia de Martin Guerre y su recepción.

[1] Véase la coda a este libro: «La identidad y la imaginación (Martin Guerre regresa de nuevo)».

Prefacio

Este libro es el fruto de una aventura: la aventura de una historiadora con una forma distinta de contar el pasado. La historia de Martin Guerre es conocida. En el año 1540 un rico campesino del Languedoc abandona a su mujer, a su hijo y sus propiedades, y durante años no se sabe más de él; vuelve –o así lo cree todo el mundo– pero después de tres o cuatro años de matrimonio apacible, la mujer dice que un impostor la ha engañado y lo denuncia ante los tribunales. El hombre en cuestión casi logra convencer a los jueces de que él es Martin Guerre cuando, en el último momento, aparece el verdadero Martin Guerre. Enseguida se escribieron dos libros sobre el caso, uno de ellos fue incluso redactado por un juez del tribunal. Fue un caso que dio lugar a muchos comentarios en toda Francia, entre otros, por parte del gran Montaigne. Durante siglos se volvió a contar la historia en libros sobre impostores famosos y causas célebres, y en el pueblo pirenaico de Artigat, donde tuvieron lugar los acontecimientos cuatrocientos años atrás, aún se acuerdan de ella. Inspiró, además, una obra de teatro, tres novelas y una opereta.

Cuando leí por primera vez el relato del juez pensé que era un tema excelente para una película. No es frecuente que caiga en manos de un historiador una estructura narrativa tan perfecta, y con tanta tensión dramática, sobre acontecimientos que sucedieron en el pasado. Por una coincidencia me enteré de que el guionista Jean-Claude Carrière y el director Daniel Vigne estaban trabajando en un guion sobre el tema. Tuve la posibilidad de unirme a ellos y de nuestra colaboración surgió la película El regreso de Martin Guerre.

Paradójicamente, cuanto más disfrutaba con la creación de la película más deseos tenía de hacer algo que fuera más allá. Me sentí impulsada a profundizar más en el caso, a buscar su sentido histórico. Escribir para los actores y no para los lectores me planteaba problemas nuevos sobre las motivaciones que podía tener la gente en el siglo XVI –por ejemplo, sobre si les preocupaba tanto la verdad como la propiedad–. Contemplar cómo Gérard Dépardieu intentaba meterse en el papel del falso Martin Guerre me reveló nuevas formas de entender la hazaña del verdadero impostor, Arnaud du Tilh. Tenía la sensación de poseer un laboratorio histórico personal del que no obtenía pruebas, sino posibilidades históricas.

Pero al mismo tiempo la película se desviaba del relato histórico y esto me preocupaba. Se prescindió del origen vasco de los Guerre y se ignoró la cuestión del protestantismo rural y, sobre todo, se insistió poco en el doble juego de la esposa y en las contradicciones personales del juez. Es posible que estos cambios contribuyeran a que la película tuviera esa poderosa simplicidad que había convertido la historia de Martin Guerre en una leyenda, pero también hacía que fuera difícil entender lo que realmente había sucedido. La película era una recreación cinematográfica sugerente y convincente, pero en la que no tenían cabida las incertidumbres, los «quizá», los «habría podido suceder», a los que recurre el historiador cuando la evidencia es inadecuada o contradictoria. Era una buena historia de suspense que producía en la audiencia la misma incertidumbre respecto al desenlace que habían sentido los verdaderos aldeanos y jueces. Pero, ¿daba pie, en algún momento, a que se reflexionara sobre el significado de la identidad en el siglo XVI?

Así pues, la película planteaba al historiador el problema de la ficción con la misma fuerza con la que se le planteó a la esposa de Martin Guerre. Tenía que volver a mi verdadero oficio; aproveché mi estancia en los Pirineos para acudir a los archivos de Foix, Toulouse y Auch. Me propuse dar a ese relato tan impresionante un tratamiento que respondiera a su verdadera dimensión histórica y, para ello, utilicé hasta el último papel que el pasado había dejado llegar hasta mí. Quería averiguar por qué Martin Guerre había abandonado su pueblo y adónde había ido, cómo y por qué Arnaud du Tilh se había convertido en un impostor, si engañó a Bertrande de Rols y por qué había casi logrado sus propósitos. Esto podría explicarnos cosas que no sabíamos sobre la sociedad rural del siglo XVI. Quería seguir paso a paso a los aldeanos ante los tribunales y explicar los veredictos cambiantes de los jueces. Y todo ello me ofrecía una oportunidad única para mostrar cómo un suceso de la vida campesina pasó a ser una historia que incumbía a hombres de letras.

Finalmente, acabó resultando mucho más difícil de lo que yo me había imaginado, pero, a pesar de los esfuerzos, ha sido un verdadero placer volver a contar la historia de Martin Guerre.

N. Z. D.

Princeton,

Enero de l983

Confío en que los lectores españoles disfrutarán con esta nueva traducción de El regreso de Martin Guerre. Las historias de esposas abandonadas y maridos impostores se saborean en todo el mundo, y esta ocurrió no demasiado lejos, en los Pirineos, e incluso algunas de sus misteriosas escenas se desarrollan en la propia España. Tal vez estas páginas inviten a los lectores españoles a desenterrar los vestigios de Martin Guerre en su propio país.

N. Z. D.

Toronto,

Marzo de 2013

Abreviaturas

Las siguientes abreviaturas son las que se utilizan en las notas. Las referencias a los inventarios-sumarios de los archivos departamentales se indican con la letra I.

ACArt

Archives communales d’Artigat

ADAr

Archives départementales de l’Ariège

ADGe

Archives départementales du Gers

ADGi

Archives départementales de la Gironde

ADHG

Archives départementales de la Haute-Garonne

ADPC

Archives départementales du Pas-de-Calais

ADPyA

Archives départementales des Pyrénées-Atlantiques

ADR

Archives départementales du Rhône

AN

Archives Nationales

Coras

Jean de Coras, Arrest Memorable du Parlement de Tholose. Contenant Une Histoire prodigieuse d’un supposé mary, advenüe de nostre temps: enrichie de cent et onze belles et doctes annotations (París, Galliot du Pré, 1572)

Le Sueur, Historia

Guillaume Le Sueur, Admiranda historia de Pseudo Martino Tholosae Damnato Idib. Septemb. Anno Domini MDLX (Lyon, Jean de Tournes, 1561)

Le Sueur, Histoire

Guillaume Le Sueur, Histoire Admirable d’un Faux et supposé Mary, advenue en Languedoc, l’an mil cinq cens soixante (París, Vincent Sertenas, 1561)

Nota respecto a las fechas: Hasta 1564, en Francia el año nuevo se contaba a partir del Domingo de Pascua. En el texto todas las fechas corresponden a nuestro calendario. En las notas, las fechas anteriores a Pascua se dan según los dos calendarios; p. ej., 15 de enero, 1559/1560.

Introducción

Femme bonne qui a mauvais mary,

a bien souvent le cœur marry.

Amour peut moult, argent peut tout[1].

«La buena mujer que tiene un mal marido a menudo tiene el corazón dolido», o «amor puede mucho, dinero lo puede todo», estos eran algunos de los proverbios que en el siglo XVI los campesinos acostumbraban a repetir para referirse al matrimonio. Gracias a la labor de los historiadores sabemos ahora muchas cosas sobre la familia rural; la información la obtenemos de contratos matrimoniales y testamentos, registros parroquiales sobre nacimientos y defunciones, descripciones de rituales de cortejo y de cencerradas[2]. Pero aún sabemos muy poco sobre las expectativas y los sentimientos de los campesinos, sabemos poco sobre cómo se desarrollaban las relaciones entre marido y mujer o entre padres e hijos, y sabemos poco sobre cómo experimentaban las dificultades y las posibilidades que la vida les ofrecía. Tendemos a pensar que los campesinos tenían pocas posibilidades de elegir, pero ¿es eso cierto?, ¿no es posible que algunos aldeanos intentaran moldear sus vidas de forma inusual o inesperada?

Pero ¿qué podemos hacer los historiadores para desentrañar estos aspectos del pasado? Rastreamos cartas y diarios íntimos, autobiografías, memorias, crónicas familiares. Consultamos fuentes literarias –teatro, poemas líricos y cuentos–, las cuales, cualquiera que sea su relación con la vida real de individuos específicos, nos muestran qué tipo de sentimientos y reacciones se consideraban plausibles en un momento dado. Pero los campesinos del siglo XVI, un noventa por ciento de los cuales no sabían leer y escribir, nos han dejado muy pocos documentos personales sobre su vida privada. Las historias familiares y los diarios que han llegado hasta nosotros son pobres: una o dos líneas sobre nacimientos y muertes, y sobre el estado del tiempo. Thomas Platter, por ejemplo, nos ofrece un retrato de su madre, una campesina curtida en el trabajo duro: «Excepto una vez en que nos despedimos de ella, nunca vi llorar a mi madre. Era una mujer fuerte y valerosa, pero ruda». Pero esto fue escrito cuando el erudito hebraísta llevaba tiempo lejos de las montañas y de los pastos de la aldea suiza de su infancia[3].

En cuanto a las fuentes literarias sobre los campesinos, si existen, siguen la regla clásica que presenta a los aldeanos como personajes de comedia arquetípicos. Según esta teoría, la comedia se refiere siempre a «personajes del pueblo», a «personas de baja condición». «La comedia describe y representa en un estilo bajo y humilde la vida privada de los hombres… El desenlace es feliz, agradable y placentero». Así, en Les cent Nouvelles nouvelles (una colección de cuentos cómicos del siglo XV que se reimprimió varias veces durante el siglo XVI), un campesino avaro que sorprende a su mujer en la cama con un amigo apacigua su furia con la promesa de doce medidas de trigo y, para concluir el trato, tiene que dejar que los amantes acaben. En Les Propos rustiques, publicados por el jurista bretón Noël du Fail en 1547, el viejo campesino Lubin recuerda que cuando se casó, a la edad de veinticuatro años: «No sabía lo que era estar enamorado… pero hoy en día pocos son los jóvenes mayores de quince años que no hayan intentado algo con las mozas»[4]. La imagen de los sentimientos y el comportamiento de los campesinos que entrevemos en este tipo de relatos tiene su valor –a fin de cuentas la comedia es un medio ideal para explorar la condición humana– pero los registros psicológicos y la variedad de situaciones de la vida de los aldeanos que contempla son limitados.

Existen otras fuentes que nos muestran a los campesinos en situaciones diversas y en las que el desenlace no es siempre un final feliz: los anales judiciales. Debemos a los registros de la Inquisición el trabajo de Emmanuel Le Roy Ladurie sobre la aldea cátara de Montaillou y el estudio de Carlo Ginzburg sobre el intrépido molinero, Menocchio. Los registros de los tribunales diocesanos están plagados de asuntos matrimoniales que nos muestran cómo los aldeanos y el pueblo bajo urbano maniobraban en ese mundo tan estricto de la ley y la costumbre para conseguir una pareja adecuada[5].

Finalmente, tenemos los procesos verbales de varias jurisdicciones criminales. Veamos por ejemplo la historia que en 1535 un joven campesino de Lyon, que pretendía obtener el perdón por un crimen cometido en un acceso de ira, dirigió al rey. Incluso a través del filtro de la elaborada transcripción del procurador aparece un pequeño retrato de un matrimonio desgraciado:

Un año atrás este suplicante, habiendo encontrado buen partido, se casó con Ancely Learin… a la cual ha tratado y mantenido honestamente como a su mujer deseando vivir con ella en paz. Pero la llamada Ancely…, varias veces sin motivo ni razón, amenazó con matar y pegar a este suplicante y de hecho le pegó… Y estas cosas este suplicante las soportó pacientemente… esperando que se calmara con el tiempo. No obstante… el segundo domingo del presente mes de mayo pasado, mientras el suplicante cenaba con ella en su casa tranquilamente sin causarle ningún daño ni molestia, pidió beber del vino que ella tenía en una botella de vidrio lo cual ella no quiso concederle. Y dijo que le daría con la botella en la cabeza, lo que hizo… y rompió la dicha botella y tiró el vino a la cara de este suplicante… Perseverando aún en su furia (ella) se levantó de la mesa, cogió una escudilla y… la arrojó contra este suplicante y le hubiera causado gran daño si no fuera que la sirvienta de este suplicante se interpuso entre los dos. Y entonces este suplicante… trastornado y excitado por estos ultrajes… tomó un cuchillo largo que estaba sobre la mesa… y corrió tras la dicha mujer y le asestó un solo golpe… en el vientre.

La mujer no sobrevivió lo suficiente para contar su propia versión de la historia[6].

Documentos como este nos proporcionan información sobre las expectativas y los sentimientos de los campesinos en un tiempo de súbita agitación o de crisis. En 1560 se presentó en el Parlamento de Toulouse un caso criminal que revela muchas cosas sobre el matrimonio rural a lo largo de los años, un caso tan extraordinario que uno de los hombres que actuó como juez publicó un libro sobre él. Se llamaba Jean de Coras, era natural de la región, eminente jurista, autor de comentarios en latín sobre derecho civil y canónico, y además humanista. El Arrest Memorable, como lo tituló, reunía todas las pruebas, argumentos formales y opiniones sobre el caso e incluía sus propias anotaciones. Según sus propias palabras, no se trataba de una comedia sino de una tragedia, aunque los actores fueran gente rústica «personas de baja condición». Este libro, escrito en francés, se reimprimió cinco veces durante los seis años siguientes y aún se harían muchas otras ediciones hasta el final de la centuria[7].

La obra de Coras sobre el caso de Martin Guerre, que reúne aspectos de texto legal y de narración literaria, nos introduce en el universo secreto de los sentimientos y aspiraciones de los campesinos. Es de gran ayuda que se trate de un caso excepcional, porque una disputa fuera de lo común a veces puede desvelar motivaciones y valores que se diluyen en el día a día de la vida cotidiana. Espero poder demostrar que las aventuras de tres jóvenes aldeanos no están tan alejadas de las experiencias de sus vecinos y que la mentira de un impostor tenía algo que ver con otras formas más comunes de construirse una identidad propia. También quiero explicar por qué una historia que parecía adecuada para un simple relato popular –y, de hecho, se contaba de esta forma– también proporciona material para las «ciento once bellas anotaciones» del juez. Finalmente, me gustaría explicar por qué encontramos aquí una rara identificación entre el devenir de los campesinos y el de personas ricas e instruidas.

En cuanto a las fuentes, el punto de partida fue el Arrest de Coras, de 1561, y la breve Histoire de Guillaume Le Sueur, publicada en el mismo año. Este último es un texto independiente, dedicado a otro juez del caso en él, en al menos dos ocasiones, aparecen detalles que no encontramos en Coras pero que he podido verificar en los archivos[8]. He utilizado a Le Sueur y a Coras complementariamente, aunque en los pocos casos en que había desacuerdo he optado por el juez. Ante la imposibilidad de contar con el testimonio completo del proceso (todos los procesos anteriores a 1600 han desaparecido del Parlamento de Toulouse), he consultado los registros de las sentencias del Parlamento para conseguir información suplementaria sobre el caso y sobre las prácticas y las actitudes de los jueces. Siguiendo la pista de mis actores, he investigado las actas notariales de muchos pueblos de la Diócesis de Rieux y de Lombez. Cuando no podía encontrar al hombre o a la mujer concretos que buscaba en Hendaya, en Artigat, en Sajas, o en Burgos, hacía lo que podía a través de otras fuentes del periodo, y del lugar, para descubrir el mundo que debieron contemplar y las reacciones que podían haber sido suyas. Lo que ofrezco al lector es, en parte, mi invención, pero una invención controlada firmemente por las voces del pasado.

[1] Jean Gilles de Noyers, Proverbia Gallicana (Lyon, Jacques Mareschal, 1519-1520), Ciiv; «Ioannis Aegidii Nuceriensis Adagiorum Gallis vulgarium… traductio», en Thresor de la langue francoyse (París, 1606), pp. 2, 6, 19; James Howell, «Some Choice Proverbs… in the French Toung», en Lexicon Tetraglotton (Londres, 1660), p. 2.

[2] Véase, entre otros, Jean-Louis Flandrin, Les Amours paysans, XVIe-XIXe siècles (París, 1970), y Familles: Parenté, maison, sexualité dans l’ancienne société (París, 1967); J. M. Gouesse, «Parenté, famille et mariage en Normandie aux XVIIe et XVIIIe siècles», Annales: Economies, Sociétés, Civilisations 27 (1972), pp. 1139-1154; André Burguière, «Le Rituel du mariage en France: Pratiques ecclésiastiques et pratiques populaires (XVI-XVIII siècles)», ibid. 33 (1978), pp. 637-649; Alain Croix, La Bretagne aux 16e et 17e siècles:La Vie, la mort, la foi (2 vols., París, 1981); Jacques Le Goff y Jean-Claude Schmitt (eds.), Le Charivari: Actes de la table ronde organisée à Paris(25-27 avril 1977), par l’École de Haute Études en Sciences Sociales et le Centre National de la Recherche Scientifique (París, 1981).

[3] Thomas Platter, Autobiographie, tr. Marie Helmer (Cahier des Annales, 22; París, 1964), p. 51.

[4] Jacques Peletier, L’Art poétique de Jacques Peletier du Mans (1555), ed. J. Boulanger (París, 1930), pp. 186-189; Coras, pp. 146-147. Les Cent Nouvelles nouvelles, ed. Thomas Wright (París, 1858), cuento 35. Noël du Fail, Les Propos Rustiques: Texte original de 1547, ed. Arthur de la Borderie (París, 1878; Ginebra, Slatkine Reprints, 1970), pp. 43-44.

[5] E. Le Roy Ladurie, Montaillou, village occitan de 1294 à 1324 (París, 1975); traducción inglesa, Montaillou: The Promised Land of Error, por Barbara Bray (Nueva York, 1978) [ed. cast.: Montaillou, aldea occitana de 1294 a 1324, trad. Mauro Armiño, Madrid, Taurus, 21988]; C. Ginzburg, Il Formaggio e i vermi: il Cosmo di un mugnaio dell’500 (Turín, 1976) [ed. cast.: El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XVI, trad. Francisco Martín, Barcelona, Península, 2009]; traducción inglesa, The Cheese and the Worms: The Cosmos of a Sixteentb-Century Miller, por John y Anne Tedeschi (Baltimore, 1980). Michael M. Sheehan, «The Formation and Stability of Marriage in Fourteenth-Century England», Medioeval Studies 32 (1971), pp. 228-263, Jean-Louis Flandrin, Le Sexe et l’Occident (París, 1981), cap. 4 [ed. cast.: La moral sexual en Occidente, trad. Irene Agoff, Barcelona, Gránica, 1984].

[6] AN, JJ248, 80r-v. Alfred Soman, «Deviance and Criminal Justice in Western Europe, 1300-1800: An Essay in Structure», Criminal Justice History:An International Annual 1 (1980), pp. 1-28.

[7] Coras, pp. 146-147. Para las ediciones del Arrest Memorable, véase infra la Bibliografía.

[8] Según Le Sueur, los Guerre establecieron una fábrica de tejas en Artigat (Historia, p. 3); en 1594 encontramos esta tejería entre las propiedades familiares (ADHG, B, Insinuations, vol. 6, 96v). Le Sueur afirmó que Bertrande de Rols y Pierre Guerre habían sido encarcelados (p. 11); esto último fue una orden del Parlamento de Toulouse (ADHG, B, La Tournelle, vol. 74, 20 de mayo, 1560; vol. 76, 12 de septiembre, 1560).

1. De Hendaya a Artigat

En el año 1527, el campesino Sanxi Daguerre, su mujer, su hijo Martin y su hermano Pierre abandonaron la propiedad familiar en el País Vasco francés para ir a instalarse en un pueblo del Condado de Foix, que estaba a tres semanas de camino.

No era algo habitual entre los vascos. No es que los hombres del Labourd tuvieran un apego especial a su tierra, sino que sus desplazamientos se dirigían preferentemente hacia el otro lado del Atlántico, a veces hasta el Labrador, para la caza de la ballena. Y cuando emigraban atravesaban el Bidasoa para pasar al País Vasco español, o incluso para adentrarse en España, antes que cruzar los Pirineos hacia el norte. Además, la inmensa mayoría de los emigrantes se diferenciaban de Sanxi Daguerre en que eran segundones que no podían, o no querían, permanecer en la casa familiar. Para los aldeanos vascos la importancia de la casa paterna era tal que cada una tenía un nombre que pasaba al heredero y a su mujer: «Se hacen llamar señor o señora de una casa (aunque) no sea más que una porqueriza» como diría más adelante un glosador malintencionado[1].

De todas formas, la casa de Sanxi Daguerre distaba mucho de ser una porqueriza. Estaba situada en Hendaya, un pueblo en la frontera española, compuesto solamente de algunas casas, según la descripción de un viajero en 1528, pero rodeado de vastas tierras comunales. Sus habitantes vivían entre las montañas, el río y el mar, se dedicaban a la cría de ganado, a la pesca y a la agricultura. La tierra era arcillosa y el único cereal que producía era el mijo, pero en cambio era muy adecuada para los manzanos. Además, los hermanos Daguerre aprovechaban la arcilla para fabricar tejas. Es cierto que la vida en el Labourd no era fácil, pero tenía aspectos agradables, al menos para los visitantes: la extraordinaria belleza de los pueblos, los peligros y los placeres de la pesca del cachalote y el reparto de la presa, los juegos de los hombres, las mujeres y los niños en las olas. «Las gentes de esta tierra son muy alegres… siempre están riendo, bromeando o bailando, tanto las mujeres como los hombres», así los describían en 1528[2].

Y, sin embargo, Sanxi Daguerre decidió marchar. Quizá fuera a causa de las perpetuas amenazas de guerra que pesaban sobre la región: el País Vasco y Navarra eran continuamente motivo de disputa entre Francia y España, y esta zona fronteriza sufría a causa de los conflictos que enfrentaban a Francisco I con el emperador Carlos V. En 1523 las tropas imperiales entraron en Hendaya y arrasaron el Labourd. En el año 1524 la peste azotó la zona con especial virulencia. Al año siguiente nació Martin, el primer hijo de Sanxi. Tal vez tuvo que ver con un problema personal, una pelea entre Sanxi y su padre, el «señor de la casa» (el senior echekojaun, como le llamaban en vasco), en caso de que este último aún estuviera vivo, o con otra persona; también podría ser que la iniciativa hubiera partido de la madre de Martin, porque las mujeres vascas tenían fama de ser muy emprendedoras y de saber luchar por sus intereses[3].

Cualquiera que fuera el motivo, Sanxi recogió sus cosas y se fue, llevando consigo a su familia y a su hermano menor que era soltero. En Hendaya quedaba la propiedad ancestral, que un día Martin heredaría. Aunque lo hubiera deseado, Sanxi no habría podido vender la propiedad porque los Fors, es decir los fueros del Labourd, prohibían la alienación de los bienes patrimoniales excepto en caso de extrema necesidad, e incluso en este caso era necesario el consentimiento de la familia[4]. En cambio, podía disponer de los acquêts (bienes gananciales), es decir todo lo que había reunido con su trabajo, y por lo tanto Sanxi tenía con qué establecerse honorablemente en su nueva residencia.

Los caminos que recorrió la familia en su éxodo hacia el este eran muy frecuentados. Atravesaban una región de larga tradición de intercambio entre los Pirineos y el llano que había iniciado una expansión económica especialmente intensa cuando Toulouse se afianzó como el centro de redistribución de toda la región[5]. En esta zona entre el río Save y el río Ariège, que serían los límites de su nueva vida, existía un tráfico constante de carretas cargadas de balas de hierba, de lana en bruto y cardada, de madera, de trigo, de vinos y de fruta. Debieron cruzarse inevitablemente con mercaderes y buhoneros que acudían a las ferias y a los mercados locales, con pastores que en verano subían el ganado mayor o las ovejas montaña arriba, o los bajaban hacia el llano para pasar el invierno, con peregrinos de camino hacia el santuario de Santiago de Compostela, que seguía siendo muy popular, con jóvenes que dejaban atrás la aldea para recorrer las calles de Toulouse o de cualquier otro lugar. Finalmente, la familia se detuvo en Artigat, una aldea situada en la vasta llanura al pie de los contrafuertes de los Pirineos, a algunas horas a caballo de Pamiers.

Artigat se extendía a ambos lados del Lèze. Este río insignificante, comparado con el Ariège al este y el Garona al oeste, tenía suficiente fuerza durante sus crecidas estacionales como para arrasar los campos circundantes. En estas tierras y en las colinas de los alrededores vivían unas sesenta o setenta familias que, además del mijo del Labourd que Sanxi Daguerre conocía bien, cultivaban también trigo, avena y vid, y criaban vacas, cabras y sobre todo corderos. Había algunos artesanos en Artigat: un herrador, un molinero, un zapatero, un sastre y es posible que tejieran lana al igual que en la aldea vecina, Le Fossat. Se celebraba un mercado periódicamente, donde los miembros de la familia Banquels se autoproclamaban «mercaderes» aunque las ferias medievales no fueran más que un recuerdo lejano y el peso del comercio local hubiera pasado a Le Fossat. En 1562, y tal vez antes, Artigat tenía su propio notario, en cualquier caso, el notario de Le Fossat recorría las aldeas para redactar contratos en las casas[6].

Los Daguerre debieron identificar rápidamente los lazos económicos que unían Artigat con los pueblos y las aldeas vecinas. Los intercambios más importantes se establecían con los pueblos cercanos de Pailhès, río arriba y Le Fossat, río abajo, y con la aldea de Le Carla situado en una colina hacia el oeste. Esta zona de intercambios podía extenderse bajando por el río Lèze hasta Saint Ibars, hacia el este hasta la ciudad de Pamiers, y subiendo hacia los Pirineos hasta Le Mas d’Azil. Así, Jean Banquels de Artigat arrienda una yegua a un campesino de Paillès por un periodo de seis años. Un mercader de Le Fossat cede dos bueyes en arriendo a dos labradores de Le Carla que le pagarán con trigo en la feria de Pamiers más adelante, en septiembre. Jehannot Drot, labrador de Artigat, acude cada invierno a Le Fossat para contratar la venta de la lana de sus corderos españoles; se le paga al contado y volverá con la lana en el mes de mayo. Otros venden lana en bruto a los mercaderes de Pamiers. Un pastor de Le Carla cierra un trato de gasailhe (como se dice en provenzal) por treinta ovejas con un mercader de Saint-Ybars: el pastor se compromete a proveer de comida y pasto a los animales a su cargo, los gastos de estiaje y los beneficios se reparten entre los dos asociados. James Loze de Pailhès llega a un acuerdo sobre cincuenta y dos ovejas con un mercader de Pamiers: compartirán los gastos y las ganancias y una vez esquilada la lana la enviarán a Pamiers a cambio de sal para Pailhès. También circulan cereales y vino, bien como arrendamientos pagados en especie, o como compras efectuadas por los campesinos en Pamiers y Le Fossat[7].

Los caminos de Martin Guerre

Este pequeño mundo que bullía de actividad no podía ser ajeno al de los Daguerre, porque en el Labourd también existían intercambios entre ciudades y pueblos. La novedad fundamental respecto al País Vasco residía en la cesión de tierras tanto en concepto de herencia como de venta. Aquí en el llano, al pie de los Pirineos, la gente común no tenía una gran preocupación por mantener la integridad del patrimonio familiar. En la región de Artigat era excepcional que los testamentos favorecieran a uno de los hijos a expensas de los demás, en general se dotaba a las hijas y se dividía la herencia en tantas partes como hijos hubiera, aunque fueran cinco; a falta de herederos varones se repartía la propiedad entre las hijas. También podía suceder que dos hermanos o dos cuñados decidieran cultivar la tierra conjuntamente, o que un hermano abandonara el pueblo y cediera su parte a otro heredero. Lo más frecuente (como puede leerse en el terrier, el registro catastral de Artigat en el siglo XVII) era que los herederos se repartieran la tierra y vivieran unos cerca de otros. Cuando una casa se ampliaba y llegaba a incluir a dos generaciones de casados, no se seguía el modelo vasco de juntar al señor mayor y al joven heredero, sino la de un familiar viudo, generalmente la madre, con uno de los hijos casados[8].

Esta situación facilitaba que una propiedad heredada pudiera venderse con menor dificultad que en el Labourd. Así, un sacerdote de Le Fossat vende un huerto a un mercader alegando que ha tenido que mantener a unos padres ancianos durante ocho años. Igualmente, Antoine Basle de Artigat cede por la módica suma de 35 libras «la cuarta parte de los bienes y la sucesión del difunto Jacques Basle, su padre» a un hombre del caserío vecino, y en 1528 los hermanos Caldeyro ceden seis sétérées de su tierra (un poco menos de seis hectáreas de tierra) a los hermanos Grose de Le Mas d’Azil, los cuales, tras la compra, se establecen en Artigat[9].

El hecho de que de vez en cuando se efectuaran ventas de la propiedad heredada (les propres) no significaba que los campesinos de la cuenca del Lèze no estuvieran apegados a sus tierras. Muchas zonas de la jurisdicción de Artigat se designaban con los nombres de las familias: «Les Banquels» cerca del centro del pueblo, «Rols» hacia el oeste, «Le Fustié» cerca del Lèze, donde vivía el molinero Fustié. Los campos, la tierra labrada y también los viñedos tenían nombres propios: «a la plac», «al sobe», «les asempres», «al catala», «la bardasse», y los campesinos que los adquirían adoptaban a veces esos títulos como apodo[10].

En Artigat (más que en Hendaya), la identificación entre familia y tierra estaba regida por la estructura económica y social del pueblo. En la cúspide estaban las familias acomodadas como los Banquels, seguidos de los Rols que poseían varias propiedades diseminadas por todo Artigat, algunas de las cuales las cultivaban ellos mismos y otras las arrendaban a otras familias a cambio de una retribución fija o de una parte de la cosecha. Ellos eran los que compraban cada año al obispo de Rieux el derecho de cobrar los beneficios eclesiásticos de Artigat y los que presidían la cofradía de la parroquia. Se relacionaban con las mejores familias fuera del ámbito de la nobleza: los Loze de Pailhès, los Boëri, comerciantes rurales y zapateros de Le Fossat, los Du Fau, notarios de Saint Ybars. En el otro extremo estaban Bernard Bertrand y su mujer que por toda fortuna poseían campo exiguo de dieciséis sétérées para alimentarse ellos y sus seis hijos, el pastor Jehannot Drot que, cuando los tiempos eran duros, se veía obligado a pedir vino y trigo, y los hermanos Faure, unos aparceros que se llegaron a atrasar tanto en los pagos que el propietario los llevó a los tribunales[11].

De todas formas, ningún habitante de Artigat pagaba rentas o hacía corveas para un señor. Tanto si sus bienes eran importantes como si eran modestos, eran «francos y alodiales» y estaban muy orgullosos de ello. Durante más de un siglo en el pueblo no había existido ningún dominio que perteneciera a algún noble. Un tal Jean d’Escornebeuf, por ejemplo, señor de Lanoux al oeste de Artigat, había comprado tierras tras la llegada de los Daguerre pero estaba sometido a la talla como cualquier otro campesino. En el pueblo, toda la administración de justicia –alta, media, baja– era competencia de la comunidad misma o del rey, representado en primera instancia por el juez de Rieux, que distaba varias horas a caballo de Artigat, por el senescal de Toulouse y, en caso de apelación, por el Parlamento de Toulouse. En los niveles inferiores del sistema judicial estaban los tres o cuatro cónsules de Artigat, notables locales habilitados cada año por el juez de Rieux para llevar la caperuza roja y blanca como insignia de su función. Ejercían su jurisdicción sobre cuestiones agrícolas como las tierras comunales (poco extensas en Artigat) y fijaban la fecha de la vendimia, levantaban inventarios de bienes en caso de defunción y controlaban posibles fraudes en los pesos y medidas. La vigilancia de los detenidos, el mantenimiento del orden público –como los delitos de blasfemia y las riñas– también eran de su competencia. De vez en cuando, convocaban asambleas compuestas por los hombres del pueblo[12].

Era un sistema ideal para los Daguerre, que venían de una región en la que (a pesar del poder creciente de los «nobles» Urtubies) el poder señorial era débil y donde los parroquianos tenían derecho a reunirse libremente y a promulgar los estatutos que concernían a las necesidades de la comunidad. Si la familia se hubiera establecido un poco más arriba, en Pailhès, donde residían los Villemur, señores de Pailhès y capitanes del castillo de Foix, la historia se hubiera desarrollado de otro modo[13]. El caso de Martin Guerre no habría seguido su curso si un señor del lugar o sus representantes hubieran tenido derecho a intervenir. Pero los habitantes de Artigat solo habían de temer los comadreos y las presiones de sus iguales.

Aparte de estas libertades específicas, la identidad de Artigat era más bien fluida y variada. Desde el punto de vista lingüístico, la aldea estaba justo en la frontera de la diferencia entre los distintos sonidos nasales del gascón y los líquidos del occitano (o lengua de oc). Geográficamente pertenecía al Condado de Foix, pero junto con Pailhès y algunos otros pueblos dependía del gobierno del Languedoc. Artigat estaba cerca de Pamiers, sede diocesana, pero formaba parte de la diócesis de Rieux, un poco más alejada. El nombramiento del rector de la iglesia parroquial principal, Saint-Sernin d’Artigat, dependía de los canónigos de Saint-Étienne, en la aún más lejana Toulouse. El cura de Bajou, una parroquia aún más pequeña que caía bajo la jurisdicción de Artigat, también era designado por un capítulo que residía en Toulouse. Los habitantes de Artigat tenían que franquear muchas fronteras en el curso de sus actividades como agricultores, pastores, pleiteantes y cristianos, y se les atribuían diversas etiquetas: a la vez gascones, foissenes o fuxéens, y languedocienses[14].

Así era la aldea a la que llegaron los Daguerre. Se instalaron al este del Lèze, compraron tierras (quizás los propres de algún habitante) y montaron una fábrica de tejas al igual que en Hendaya. Durante un tiempo los dos hermanos habitaron bajo un mismo techo y prosperaron –«se acomodaron bien para gente de baja condición»– escribiría más adelante Guillaume Le Sueur refiriéndose a ellos. Lentamente, sus posesiones se extendieron por las colinas cercanas hacia Bajou y a las tejas y los ladrillos añadieron campos de trigo, de mijo, alguna viña y la cría de ganado lanar[15].

Para que el pueblo los aceptara tuvieron que adoptar algunos usos del Languedoc. Daguerre pasó a ser Guerre; si Pierre utilizaba la forma vasca de su nombre, Betrisantz o tal vez Petri, renunció definitivamente a ella. Probablemente la mujer de Sanxi siguiera llevando cestos de trigo en la cabeza, pero tuvo que componerse la cofia y los ornamentos de su refajo para armonizarlos con los de sus vecinas, también tuvo que acostumbrarse a que durante la misa las mujeres tuvieran prohibido adelantarse a los hombres para decir sus invocaciones, y que ni pudieran hacer la colecta ni ejercer de sacristanes[16].

Y, evidentemente, todos habrían pasado a hablar occitano corrientemente y se habrían acostumbrado a un mundo en el que la palabra escrita era de uso más frecuente que en Hendaya. «La lengua de los vascos» escribía el consejero Coras «es tan oscura y difícil que muchos han pensado que no se podía expresar con caracteres escritos». En realidad, en 1545 se había editado en Burdeos un compendio de poesías en vasco, pero en el Labourd los documentos administrativos y los contratos se redactaban en gascón o en francés. En su pueblo natal los Guerre trataban sus asuntos oralmente en vasco, en español o en gascón. En la zona entre el Garona y el Ariège, tenían que hacerlo a menudo ante un notario. Los notarios repartían sus actividades entre varias aldeas, e incluso antes de que en 1539 el edicto de Villers-Cottêret les obligara a ello, redactaban los contratos en francés salpicado de algunas grafías y palabras en occitano. Los Guerre llegaron a dominar la práctica de la escritura lo suficiente como para llevar cuentas sencillas, aunque, como la mayoría de los habitantes de Artigat, nunca firmaban los contratos con su nombre y probablemente no sabían leer. Claro está que en Artigat no había un maestro de escuela que les pudiera enseñar a hacerlo[17].