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Libérate de los pensamientos que te atan al pasado y recupera la paz de vivir en el presente. Muchas personas viven atrapadas en recuerdos, decisiones no resueltas, culpas antiguas o nostalgias que condicionan su manera de pensar, sentir y actuar. Creen haber dejado atrás lo vivido, pero siguen reaccionando desde ahí. El pasado ya no existe, pero su huella continúa gobernando la vida emocional. En El reto de soltar el pasado, Xavier Guix analiza con claridad y rigor cómo la memoria construye la historia que nos contamos sobre nosotros mismos y cómo ciertos episodios, creencias o heridas se convierten en auténticas cárceles interiores. No se trata de olvidar lo vivido ni de negarlo, sino de comprender qué lugar ocupa en nuestra vida actual. A partir de su experiencia clínica, Guix disecciona las principales trampas del pasado —la culpa, el arrepentimiento, el resentimiento, la nostalgia o el victimismo— y propone siete claves concretas para resignificar la experiencia, integrar la historia personal y generar nuevos recuerdos más acordes con quien somos hoy. «Xavier Guix nos sorprende con su maestría y rigor al abordar, como solo él sabe hacerlo, el arte de soltar el pasado». Walter Riso
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Seitenzahl: 344
Veröffentlichungsjahr: 2026
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EL RETO DE SOLTAR EL PASADO
Xavier Guix
© del texto: Xavier Guix, 2026
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: marzo de 2026
ISBN: 979-13-87833-62-6
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Maquetación: El Taller del Llibre
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
arpaeditores.com
Reservados todos los derechos.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
Cubierta
Título
Créditos
Índice
Introducción
Primera Parte El pesado peso del pasado
1. El problema de mirar atrás
2. No se vuelve al pasado, se vuelve al recuerdo
3. La mente es neurolingüística
4. ¿Cuál es tu actitud ante el pasado?
5. ¿Podemos fiarnos de la memoria?
6. La incesante verdad de que todo vuelve
Segunda Parte Somos la película que nos contamos
7. La historia personal: ser o no ser
8. El relato: ¿qué historia decides vivir?
9. Lo que la mayoría de la gente cambiaría de su vida, si pudiera
10. La dignidad de la memoria
11. El pasado, un viaje a ninguna parte
Tercera Parte Las cárceles del pasado
12. Cargar con la culpa
13. Arrepentimiento y remordimiento
14. Transgresiones y masoquismo moral: castigarse por no ser buenos
15. El resentimiento
16. El peso sistémico del pasado familiar
17. Sobre la nostalgia y la melancolía
18. Cuando el pasado queda traumado
19. Los duelos mal resueltos
20. Victimismo: lamentarse por el pasado
21. La ceguera al cambio o la imposibilidad de salir del pasado
22. El síndrome del futuro bloqueado
Cuarta Parte Las siete llaves para soltar el pasado
1.ª llave: Aceptar lo que fue
2.ª llave: Resignificar recuerdos
3.ª llave: Atar cabos y conectar entre experiencias
4.ª llave: Hacer las paces: arrepentimiento liberador y perdón
5.ª llave: Integrar el pasado generando nuevos recuerdos
6.ª llave: Asentarse en el ahora
7.ª llave: Definir mejor tu vida y tus pensamientos
Quinta Parte La felicidad de quedarse en paz
23. ¿Se puede ser feliz con un mal pasado sin resolver?
24. La felicidad ausente que te roba el presente
25. Una vida feliz es una vida decisiva
26. Los verbos de la felicidad
27. Contra la felicidad ausente:
El aposento de la serenidad
La confianza en la vida
Las carambolas de la existencia
La actitud
let it be
El
amor fati
El papel de la voluntad o la ley inversa
Vivir en la gratitud
La felicidad del asombro
El tiempo sin tiempo
La mente como pantalla: el cine en casa
Déjate de historias y a vivir
Anexos
Cubierta
Título
Start
A mi amigo y mentor literario Francesc Miralles, por hacer de cada encuentro un buen recuerdo y de cada texto una inspiración.
Qué paradoja la mía: ¡he olvidado lo que quisiera recordar y recuerdo lo que quisiera olvidar!
Hay un aforismo atribuido a Nietzsche que me impactó la primera vez que lo leí: «¿Por qué estás haciendo lo que ahora haces, si no quisieras repetirlo en tu siguiente vida?».
Fastidia, ¿verdad? Es muy parecido a otro aforismo existencialista que dice: «Si no escogerías volver a vivir exactamente esta misma vida, es que no has vivido bien».
Y eso es lo que me pregunté: ¿repetirías la vida que has vivido, exactamente igual? Mi respuesta sincera fue que sí, pero no todo. Algunas cosas las haría de forma diferente.
Entonces me di cuenta de la trampa de ese pensamiento y del valor contundente que tiene la pregunta existencialista. Si hubiera hecho las cosas de otra manera, no sería el que soy. Para hacerlo de otra manera, yo también tendría que haber sido de otra manera. Mirar atrás, ver nuestro pasado, es adentrarse en las luces y las sombras que nos han constituido en el plano psicológico.
¿Estoy en paz con ello? ¿Abrigo algún sentimiento de culpa?
Es muy duro arrastrar ciertas vivencias que se convierten en una vida sin perdón, sin consuelo, sin argumento alguno que devuelva a la persona la alegría de vivir. No hay solución para quien quiere pasar su existencia en un pasado con mucho dolor no resuelto.
Con el objetivo de comprender el sentido del pasado, me encontré con el metódico trabajo de Bronnie Ware, cuidadora de paliativos para pacientes terminales. Esta autora australiana recopiló las confesiones de vida que le proporcionaban las personas antes de morir, entre ellas sus arrepentimientos.
Este tema tenía mucho que ver con mis observaciones en la consulta. ¿De qué se arrepiente la gente? ¿Es lo mismo arrepentimiento que remordimiento? ¿Hay que esperar a morir para saberlo, o ya lo sabemos? ¿Se puede vivir mirando siempre atrás? ¿Cuál es el peso del pasado en una vida? ¿Se puede soltar el pasado?
La intención a la hora de escribir este libro es observar dónde situamos el pasado en el viaje de la vida. Hablar del pasado no tiene por qué significar dolor, traumas y penas. El pasado es donde se han constituido los moldes de quienes somos hoy. Conocerlo, integrarlo y honrarlo es tarea necesaria para el autoconocimiento.
De modo que te invito a realizar el viaje, empezando por comprender de qué está hecho el pasado y los juegos de la memoria, antesala de un tema imprescindible: de cómo nos montamos la película de nuestra vida.
Seguiremos la andadura revisando las cárceles del pasado, que son todos los escollos que impiden mirar hacia adelante, que nos encierran en una historia pasada interminable, en un eterno retorno a aquellos episodios que quisiéramos olvidar, pero no podemos.
El viaje continuará por la zona de sanación. Hay que soltar el pasado cuando nos impide crecer y ser felices. Soltarlo no es lograr que mágicamente desaparezca, sino integrarlo en el tiempo presente. En este sentido te ofrezco siete llaves que ayudarán a resignificar las experiencias pasadas, así como a generar nuevos y buenos recuerdos.
El punto de llegada es la felicidad. El quinto y último capítulo te parecerá un viaje del pasado al futuro, porque en realidad, la vida contiene en cada instante todos los tiempos. Observar el pasado se hace también desde el futuro.
Antes hay que resolver una pregunta: ¿Se puede ser feliz y tener un mal pasado sin resolver?
Después de catorce libros escritos, en ninguno he abordado el tema de la felicidad. Me daba pereza. Me parecía un concepto vacío y actualmente sobreexplotado, hasta que me di cuenta de la relación entre el pasado y la felicidad.
Este libro no te dará fórmulas mágicas para ser feliz, pero te revelará claves para viajar por una vida auténtica y plena, sin remordimientos ni arrepentimientos, una vida que valga la pena ser vivida, a pesar de todo y por encima de todo.
Antes hay que resolver algunos obstáculos que el vivir nos propone y que solemos abordar demasiado tarde, cuando uno siente que en su vida le pesa más el pasado que el presente.
¿Y cuándo es demasiado tarde, si el tiempo es relativo?
Cuando uno quisiera volver atrás y hacer las cosas de otra manera, pero ya no puede. Todo ha cambiado. De nuestra mirada sobre el pasado dependerá nuestra felicidad o nuestro infierno.
«Siempre que me acuerdo de algo Siempre lo recuerdo un poco diferente Y sea como sea ese recuerdo Siempre es verdad en mi mente Y si mi alma se derrama Y la falta de pasado es el olvido Cuando muera solo pido No olvidar lo que he vivido».
Fragmento de la canción «Memória», del álbum Lux de Rosalía
Mientras terminaba mi licenciatura en Psicología, pasé por la propia experiencia de ir a la consulta de un psicólogo, o un psiquiatra terapeuta como fue mi caso. Recuerdo perfectamente la descripción que aquel hombre sabio hizo sobre mi comportamiento: «Es usted tan vitalista, lo vive todo con tanto entusiasmo, que lo quema todo».
En aquel momento, no supe discernir si aquello era una condición maravillosa o una maldición condenatoria. Además de unas cuantas pruebas psicológicas que anunciaban mis neuroticismos, aquella frase fue suficiente para darme cuenta de que no me daba cuenta de nada. Vivía en la ignorancia de mí mismo. Yo creía que era tal cual, aun sin saber por qué era así.
En resumen, vivía según mis programaciones adquiridas, sin reparar en que no había decidido qué hacer con ellas. Era un vivir mecanizado entre el joven entusiasta y el niño bueno, siempre bajo la amenaza familiar de que, siendo como era, nadie me iba a querer.
Esa fue mi forma de vivir durante mis primeros treinta años, y si no fuera por los estudios de psicología y el autoconocimiento, hoy seguiría viviendo según mi pasado, según lo que se programó desde mi tierna infancia. Lo mismo les ocurre a los pacientes que vienen a la consulta.
Sentados ante mí, tengo a una pareja que sufre porque se quieren, pero se perdió el amor. O quizás nunca lo hubo. O se confundió con el enamoramiento. Uno se cansó de esperar que el otro cambiara. El otro se hartó de sentirse exigido. Uno fue perdiendo interés, mientras que el otro siguió luchando por salvar la relación. Uno encontró el deseo fuera de casa. El otro encontró el deber dentro de casa.
A todos les gustaría que las cosas fueran diferentes, pero se han vuelto inevitables porque no han superado el peso del pasado.
También se sientan en la butaca de la consulta personas solas, aunque sus sufrimientos los causa una relación. Un jefe psicópata. Una madre chantajista. Un padre ausente. Una amistad traicionada. Un hijo despótico. Una tendencia a compararse con los demás. Un sentimiento de abandono o rechazo. Una culpa insoportable. Ser demasiado sumisos. Demasiado narcisistas. Demasiado buenos. Si pudieran cambiarían todos esos aspectos de su vida originados en el pasado, pero no los pueden cambiar… aún.
Vamos a imaginar la siguiente situación:
Unos amigos se reencuentran después de casi diez años sin verse. Después de las primeras bromas sobre sus aspectos cambiados, se sientan a cenar. Todo va bien, cualquiera que oiga sus risas diría que son felices.
Sin embargo, después de haberse puesto al día y cuando empezaban los postres, a alguien se le ocurrió nombrar aquella noche. Esa maldita noche. La noche de autos que les cambió la vida. Las risas se convirtieron en caras serias, tristes y alguna muy tensa. El ambiente amical se esfumó.
En esos diez años nadie había vuelto a hablar del tema. Cada uno había encontrado su manera de olvidar. Pero el pasado no se va solo. Espera. Acecha. Y cuando encuentra una grieta, se cuela sin pedir permiso.
Todos querían olvidarlo, pero no pudieron. Hacían ver que no tenían nada de qué arrepentirse, que el pasado ya pasó. En cambio, hizo falta solo una palabra y su aparente felicidad se trastornó.
¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por cambiar aspectos de tu pasado? ¿Qué capítulos de tu vida borrarías si pudieras? ¿Cómo deshacer de un plumazo aquella decisión que cambió el rumbo de tus expectativas? Obviamente no podrás hacerlo porque ya pasó. No podrás, de modo alguno, cambiar los hechos, los actos, las consecuencias de lo ocurrido.
Por el contrario, ¿eres de los que creen que al pasado hay que dejarlo atrás y solo mirar lo bueno de lo vivido? ¿Eres de los que presume de no arrepentirse de nada? Quien no se arrepiente de nada, muestra con orgullo que no ha aprendido nada. Algunas personas creen no tener problemas con el pasado porque lo han evitado, no porque lo hayan integrado.
Respecto al pasado siempre quedan cosas por resolver, sin que por ello la vida no pueda seguir adelante. No todo son traumas. Probablemente, algunos asuntos quedarán para siempre en el cajón de los temas no resueltos que se olvidan con el tiempo, o pierden su importancia, o permanecen en un letargo inconsciente.
Eso no significa que tu pasado haya terminado. Todavía tiene cosas que decirte, como comprender los patrones que te constituyen. El pasado no solo deja marcas, también crea moldes. El pasado no es únicamente un depósito de cosas rotas. Es, ante todo, la raíz de quienes somos.
Si conoces bien tu historia, te moverás con más claridad en el presente. No porque lo entiendas todo, sino porque el pasado te da contexto, te cuenta las condiciones de tus experiencias, cómo las viviste y el sentido que han tenido para tu vida. Y si sabes honrarlo, te da dirección, como veremos en el viaje a ninguna parte.
Sin embargo, algunas personas me cuentan su imposibilidad en superar ciertas experiencias personales, relacionadas con su pasado. En realidad, no son tantos los que viven en paz con todo lo vivido. Quien más, quien menos, no sintoniza bien con algunas vivencias que quisiera borrar, aunque demasiado tarde. Es la consecuencia de mirar atrás.
Cada vez que he expuesto el tema del pasado en mis conferencias, en seminarios o en retiros, admito el interés que ha suscitado. Más que un tema apasionante, resulta inquietante. Noto que la gente escucha con atención introspectiva, como si estuviera abriendo cajas de Pandora.
Todo ello me revela que con el pasado tenemos una relación ambivalente. Abrir el álbum biográfico nos traslada a lo que fuimos. También a lo que quisimos ser y no pudimos. Puede ser un viaje de regreso hermoso y feliz, como también puede ser demasiado nostálgico, doloroso, en algunos casos traumático.
La tentación de mirar atrás, buscando los buenos recuerdos, se paga con la aparición inesperada de lo que no se quiere recordar. La nave del olvido no deshace los recuerdos. Solo los aleja. Los mantiene adormecidos.
El pasado me lo empecé a tomar en serio cuando realicé mis primeros cursos con el que fuera mi maestro Oriol Pujol Borotau. Uno de los principios con los que nos inspiraba empezaba con una pregunta: ¿puedes mirar el pasado en paz? Si al mirar atrás todo está bien, a pesar de todas sus vicisitudes, entonces podrás vivir con serenidad. Esta idea me recuerda una de las máximas de Epicteto: «No desees que lo ocurrido sea distinto; desea que sea como fue, y hallarás paz».
Aquellos años de aprendizaje con el maestro me sirvieron para cerrar etapas mal resueltas, asuntos pendientes conmigo y conversaciones incómodas evitadas. Sirvió también para comprender que todos tenemos la necesidad de ser reconocidos, de ser vistos, de ser validados por ser quienes somos y no solo por lo que hacemos. Comprendí, en este sentido, la necesidad del perdón.
De todo ello aprendí que quien está dispuesto a mirar atrás antes debe responderse a algunas preguntas: ¿Qué estoy buscando? ¿Con qué propósito quiero escarbar? ¿Qué espero encontrar? Por regla general, estas son algunas de las cosas que se buscan al mirar atrás:
Sentido:¿Por qué pasó lo que pasó?
Buscas entender tu historia personal, darle coherencia, unir cabos sueltos, reinterpretar decisiones. En definitiva: encontrar un hilo narrativo que te libere o justifique.
Arraigo:Ahí sí sabía quién era. Ahí tenía un lugar.
Es un mirar atrás porque allí te sentiste con mayor seguridad, en contra de un presente que no te ofrece la misma sensación de identidad o arraigo.
Inocencia perdida:Antes era más libre/valiente/feliz…
Idealizas el pasado porque todavía no habías sufrido heridas emocionales y no existían tantas responsabilidades, y todo era un descubrimiento incesante. De este modo buscas una regresión que te deje más liviano.
Reparación:Si pudiera volver, lo haría distinto.
Otra manera de idealizar el pasado consiste en convertirlo en una obsesión reparadora. Miras atrás como si aún pudieras cambiarlo o enmendarlo, aunque eso nunca ocurra literalmente. Se trata de generar un futuro en el que se podrá reparar lo que no pudo ser.
Relaciones mal cerradas:No me despedí. No cerré. No entendí por qué.
Puede que sientas que no has cerrado bien tu pasado, respecto a alguna relación. Ha quedado un gusto agridulce que espera una última conversación, o que no ha resuelto pérdidas o duelos. Los cierres emocionales son necesarios, aunque no siempre se puede reconciliar. Para eso están los rituales y el perdón.
Incertidumbre:En ese momento todo tenía sentido. Ahora no.
El pasado, aunque ya no esté, se vuelve más manejable que el presente incierto. Ante la falta de control y la angustia por lo que pueda pasar, encuentras refugio ante lo único de lo que estás totalmente seguro: lo que has experimentado. Solo que la experiencia se refiere a una situación y un contexto determinado. Ahora todo puede ser diferente.
Validación:Mira todo lo que hice… ¿Alguien lo ve?
A lo mejor eres de las personas que acaba por pasar cuentas. De algún modo, usas el pasado para buscar reconocimiento o sentido de valor, especialmente si en el presente sientes insuficiencia. Es un mirar atrás para reafirmar que, en otro tiempo, fuiste especial, necesario o importante. Una forma más de sostenerse.
Hay que saber lo que uno busca cuando mira atrás, aunque comprendo la incomodidad del tema, su temor. Sin embargo, me gustaría trasladarte la importancia que tiene resolver el pasado, porque es la primera condición para vivir en paz.
Cuesta mucho ser feliz y vivir tranquilos con un mal pasado a cuestas. No se puede vivir una vida plena y auténtica si uno es preso de sus programaciones.
No necesitas estar herido para mirar atrás. Basta con querer entender de dónde viene esa forma de mirar el mundo que tienes, por qué reaccionas como lo haces, por qué te gusta lo que te gusta o sientes como sientes. Entender, en definitiva, cómo se ha construido tu personalidad con el tiempo.
Bien mirado, el pasado no es una carga. Es un espejo. No solo refleja lo que fuiste, sino lo que puedes ser si sabes mirar con los ojos abiertos. Revisar el pasado no es repetirlo, es descubrirlo de nuevo. Es saborearlo de otra manera, porque dispones de mayor perspectiva. Saborear el pasado es inundarlo de sabiduría.
Por eso, quiero contarte todas las veces que he sido testigo de la liberación que supone aligerar las cargas del pasado. He visto cómo a las personas les cambiaba la expresión de la cara, la ligereza del cuerpo, la alegría que vuelve a sus almas una vez que se han quitado un gran peso de encima. Porque esa es la expresión que suelen usar.
Mi querido hermano en el arte de la divulgación, Àlex Rovira, me recordó aquella escena de la película La Misión, en la que el personaje del capitán Mendoza, interpretado por Robert de Niro, arrastra por un territorio accidentado una carga con todo lo que utilizó como cazador furtivo de indios (armas y bagajes), hasta donde vivían libremente los guaraníes.
Era la penitencia que le había impuesto el padre Gabriel (Jeremy Irons), por sus atrocidades con los indios y por el asesinato de su propio hermano. En su punto de máxima extenuación, el sacerdote le libera por fin de la carga. Y es entonces que llora por la expiación de una culpa que le tenía el alma presa y que fue reconocida y perdonada por los propios indios.
Toda una historia que nos recuerda el problema de cargar con el pasado, y la necesidad de procesarlo desde el arrepentimiento y el perdón si cabe, con el fin de quedarse uno en paz.
Lo que encontrarás en las siguientes páginas trata de cómo sanar y relacionarte bien con el pasado. Cómo distinguir esos pesos pesados, que como cárceles ensombrecen nuestras vidas. Por eso, liberar y soltar el pasado es volver a ser feliz.
Ahora bien, debe quedar claro que trabajar con el pasado no significa revivirlo. Como se irá desgranando en el libro, trabajar con el pasado consiste en manejar el recuerdo. No volvemos al pasado. Volvemos al recuerdo. Y el recuerdo es una red neuronal activa, en el espacio de tu memoria.
Todo lo que pasó, toda experiencia vivida, es hoy una impresión en nuestra mente. Así que todo acercamiento al pasado debe comprenderse desde los mecanismos neuronales que lo sostienen, a los que consideramos programaciones.
Veamos un caso.
Andrés es un hombre cincuentón, con una vida en la que no le falta de nada. Pensando que me diría lo que tantas veces he escuchado, que lo tienen todo, pero no son felices, mi sorpresa fue que su malestar no era existencial, sino a causa de algo que no se podía quitar de la cabeza.
Resulta que le llegó una oportunidad de hacer la compra de un terreno, que por sus características era una auténtica ganga. Era tan buen negocio que le saltaron las alarmas de la sospecha. Y no se acabó de decidir.
Aun entre dudas, un día le llamó un amigo suyo diciéndole que había comprado el terreno, porque era una auténtica ganga. Entonces le confesó que también se lo habían propuesto a él pero que no se había acabado de decidir. Su amigo cerró la conversación diciéndole: «No sabes lo que te has perdido».
Hasta aquí no existiría otro tema que no fuera un disgusto y condenarse a ciertas dosis de machaque por falta de visión o de atrevimiento. Quizás maldiga unos días su exceso de prudencia o sus miedos atávicos cuando tiene que tomar decisiones. Lo que vino a continuación me dejó helado:
• Bueno, no te preocupes tanto. Eso ya es pasado, y en unos días te irás recomponiendo.
• ¡Imposible! Me parece que no me lo quitaré nunca de encima.
• Ahora estás ofuscado por la situación, pero ya verás como lo iremos resignificando. No ha sido nada grave.
• Es que la situación no es de ahora. De lo que te estoy hablando ocurrió hace siete años. Y ya no puedo más. No me lo quito de la cabeza.
El caso de Andrés no es único. Detrás de muchos sufrimientos se esconden inundaciones emocionales, a causa de la forma en que fueron procesadas ciertas vivencias que hirieron a la persona, convertidas ahora en una auténtica obsesión.
Lo insólito del caso era el periodo de tiempo que había pasado. Siete años de remordimientos. Siete años maldiciendo aquel momento en que dudó. Siete años que le condicionaron la vida, porque desde entonces no se permitió ser feliz, apresado por una decisión que no supo tomar.
Llegados a este punto, tiene sentido preguntarse por el peso que debe tener el pasado en nuestra vida. Y una manera de hacerlo es comprender su sentido. ¿Qué es en realidad el pasado?
1. El pasado forma parte de la tríada del tiempo lineal (pasado, presente y futuro). Representa todo lo que ha ocurrido antes del momento presente.
2. El pasado es la representación de los orígenes de todas las impresiones que ahora son recuerdos, conscientes o inconscientes, en forma de imágenes y programaciones neuronales.
3. El pasado es la memoria.
4. El pasado es la construcción de un relato sobre nuestra vida, a la que llamamos biografía o «historia personal».
Ya te habrás dado cuenta de que el pasado no existe, como tampoco existe el futuro. La única dimensión del tiempo experimentable es el presente, convertido en un ahora incesante. Aristóteles diría que hay un antes porque hay un después. Marco Aurelio también lo tuvo claro: «El pasado ya no es nada; solo existe el presente».
Dicho de otro modo, no miramos el pasado tal como fue, sino según lo contemplamos desde un ahora, que además se orienta al futuro. Así, el análisis del pasado que tanto atrae a mucha gente no deja de ser un análisis de los tiempos de nuestra existencia. Es un intento de dar respuesta a preguntas como:
• ¿Qué me pasó?
• ¿Por qué soy así?
• ¿De quién es la culpa?
Mis primeros pasos en el autoconocimiento fueron una búsqueda de respuestas mirando atrás. Uno va escudriñando las raíces de su persona, creyendo encontrar en ellas explicaciones certeras que arrojen claridad a por qué uno es como es. No hay nada de malo en ello, aunque cabe recordar algo importante:
Cuando nos dirigimos al pasado, lo hacemos desde el presente. Y ese presente está condicionando al pasado, del mismo modo que el pasado está condicionando el presente, que a la vez está condicionando el futuro.
De acuerdo con la visión actual de la ciencia, la memoria es dinámica y se relaciona continuamente con lo que vivimos ahora y con las expectativas que tenemos sobre el futuro. Esto ya lo predijo San Agustín, cuando elaboró los tres presentes del tiempo:
• El presente del pasado que es la memoria.
• El presente del futuro que es la espera.
• El presente del presente, que es la intuición o la atención.
Este triple presente es el principio organizador de la temporalidad. ¡Agustín tenía más razón que un santo!
Ya tenemos un buen punto de partida, esclarecedor:
Cuando hablamos del pasado, en realidad estamos hablando del uso de la memoria. No es el pasado lo que debe ser tratado, sino su recuerdo. El maestro Krishnamurti decía: «La memoria es tan solo el residuo de la experiencia».
Cada vez que trates con el pasado te estarás relacionando con esos residuos que guarda la memoria, que se manifiestan a través de dos acciones distintas: recordar y rememorar.
Los recuerdos pueden aparecer pasiva e inesperadamente en nuestra mente. Son recuerdos encontrados. No pensaba en ello y de repente me vino una imagen a la mente.
En cambio, hay recuerdos que son convocados, buscados, elaborados. Es un recordar activo al que llamamos «acordarse» o rememorar. Cuando nos acordamos de algo, aparece la historia que acompaña al recuerdo. Cada vez que decimos «me acuerdo de», ya estamos contando batallitas.
Un buen ejemplo es la famosa magdalena de Proust. En el primer libro de En busca del tiempo perdido, el protagonista relata su experiencia al mojar una magdalena en una taza con té:
Y de pronto se me apareció el recuerdo. Aquel sabor era del trocito de magdalena que los domingos por la mañana en Combray, cuando iba a su cuarto a darle los buenos días, mi tía Léonie me ofrecía tras mojarlo en su infusión de tila o de té. La visión de la pequeña magdalena no me trajo recuerdo alguno, antes que la hubiera probado[...]. En cuanto reconocí el sabor del trozo de magdalena mojado en tila, la vieja casa gris que daba a la calle, donde estaba su cuarto, vino de repente, como un decorado de teatro, vino a adosarse al pequeño pabellón con vistas al jardín que habían construido para mis padres en su parte trasera[...]. Todo aquello que iba cobrando forma y solidez salió —ciudad y jardines— de mi taza de té.
Proust nos muestra en esta excelente descripción el funcionamiento de la memoria, y la aparición inesperada del recuerdo y posterior rememoración. Aunque te parezca que recordar y rememorar son prácticamente lo mismo, verás que utilizan funciones diferentes de la memoria:
• Memoria sensorial (información de los sentidos): imagínate que exprimes un limón en tu lengua o que lames una madera y verás cómo reacciona tu cuerpo.
• Memoria a corto plazo (la solemos llamar memoria inmediata o de trabajo; opera limitadamente). Es la que nos sirve para conducir el coche, realizar tareas o preparar una comida. Es también la que nos falla cuando estamos estresados o nos hacemos mayores: ¿Dónde dejé las llaves?
• Memoria a largo plazo (recuerdos significativos, experiencias, conocimientos). En esta memoria se incluyen:
• La «memoria episódica». (Eventos personales, como un historial de hechos).
• La «memoria semántica». (Conocimientos generales, conceptos, palabras y significados).
Este libro se centrará en el uso de la memoria episódica y semántica y por lo tanto no divulgará sobre la memoria como estructura, ni sus patologías.
Cada vez que nos vamos al pasado estamos haciendo uso de imágenes y a la vez de un relato que le da significado. Dicho popularmente, nos montamos la película. Ocurre de una forma tan inmediata e inconsciente que apenas nos damos cuenta:
Vino un recuerdo de mi madre y me puse a llorar. Empecé a hablar de alguien que no soporto y me enfurecí. Toqué el agua de un estanque y me devolvió mi infancia. Al mojar una magdalena recordé aquellas tardes con mi tía.
Y uno se pregunta: ¿Por qué recuerdo ciertas cosas y no otras? Eso mismo se preguntó el filósofo Paul Ricoeur: «Cuando recuerdo una imagen de mi pasado, ¿puedo acordarme de algo distinto de ella?».
Vamos a dedicar unas líneas a comprender algunos mecanismos de nuestro cerebro, necesarios para entender la relación con el pasado. He procurado hacerlo lo más cercano posible, sin usar excesivos tecnicismos. Ponle atención, porque te ayudará a entender aspectos importantes de tu funcionamiento cotidiano.
Hace tiempo que sabemos que el cerebro humano no vive las cosas directamente, las tiene que traducir. Para que el cerebro capte eso que llamamos realidad, depende de dos funciones básicas:
1. Impresiones del sistema nervioso, que conocemos como los sentidos: vista, oído, olfato, gusto, tacto, intercepción y propiocepción. Por eso el cuerpo es tan importante.
2. De elementos verbales que provienen de la lengua. Somos seres con una memoria neurolingüística.
Este proceso nos lo aclara Antonio Damasio, investigador en psicología y neurología: nuestro cerebro registra toda experiencia en forma de imágenes o «representaciones mentales», a las que en paralelo se unen descripciones en términos de lenguaje. Es nuestra forma de mapear el mundo.
Dicho de otro modo, el escenario de nuestra mente se parece a una pantalla de cine, en la que se proyectan imágenes, diálogos y bandas sonoras emocionales. Y con todo ese conjunto de impresiones construimos «ideas o conceptos» con significado, es decir, creencias.
¡Perfecto! Ya podemos observar cómo nos montamos las películas. El núcleo de todo recuerdo se basa en imágenes con capacidad de disparar sensaciones y emociones, junto con relatos que las justifican.
Ya en su tiempo, Jung insistía en la importancia de las imágenes: «Cuando te observas a ti mismo, lo único que verás son imágenes en movimiento. Un mundo de imágenes a las que reconocemos como imaginación y fantasía, capaces de crear realidad, al igual que lo hace la materia».
Cierra los ojos por un instante y deja que te venga cualquier recuerdo del pasado. No lo elijas, deja que te venga cualquier escena de tu vida. Lo que ahora recuerdas no es lo que sucedió, exactamente, sino el recuerdo reducido a una imagen, una sensación o un relato que te cuentas. Eso es todo lo que vas a experimentar, porque al pasado no volverás. Ahora bien, ¿por qué recordaste ese capítulo de tu vida y no otro cualquiera?
Damasio afirma que la mayor parte de nuestras imágenes dependen, nos guste o no, de cómo han sido registradas internamente, es decir, dependen de la atención que prestamos, y la atención depende de la cantidad de emociones y sentimientos que se generaron cuando esas imágenes atravesaron la corriente de nuestro pensamiento. Así se va construyendo la memoria de lo que recordamos u olvidamos con más facilidad.
El esquema muy resumido sería el siguiente:
1. Las experiencias intensas quedan más registradas en la memoria, puesto que captaron más nuestra atención. Al repetirse situaciones iguales o parecidas se disparan las mismas respuestas emocionales. Aunque atribuimos la causa al exterior, en realidad son reacciones aprendidas. Al vivir algo nuevo, solo registramos sensaciones (agradables o desagradables) que luego asociamos con creencias y pensamientos antiguos.
2. Las creencias filtran la realidad y generan un bucle pensamiento-emoción. Cuando una vivencia queda confirmada emocionalmente, se fija en nuestra neurología como algo que verdaderamente existe y se refuerza por repetición, o se debilita con nuevos aprendizajes.
3. Al revivir síntomas y emociones, creemos que son actuales, aunque provengan del pasado. Mientras se sienten en el cuerpo, parecen reales. Sin entrenar la capacidad de observar y distanciarnos de este patrón, seguiremos actuando de forma automática y repetitiva.
Veamos un ejemplo clarificador. Adela me decía en la consulta:
PACIENTE: Últimamente pienso mucho en el pasado. (Recuerda imágenes).
TERAPEUTA: ¿Y para qué te sirve pensar tanto en el pasado?
P: ¡Para amargarme la vida! (Emoción asociada a los recuerdos).
T: Y cuando te sientes así, ¿qué haces?
P: Me pongo una serie que me distraiga o me pego hartones de llorar.
T: Si te vas al pasado (acción de la memoria) para encontrar amargura, puede que sea porque estás viviendo algo amargo en tu presente.
P: Pues no tengo ningún motivo, porque todo está más o menos bien.
T: ¿Estás segura? ¿Podrías sentir ahora esa amargura? (Conecta con su memoria emocional).
P: Bueno, ahora que le hago espacio, llevo días comparándome con mis amigas de toda la vida. Se están permitiendo una vida de lujo que yo no puedo. Y me da rabia y envidia. (Ha comparado imágenes).
T: Y acabas amargada.
P: Pues sí. Entonces es cuando me vienen los recuerdos de mis amarguras anteriores. De hecho, creo que he sido una amargada toda la vida.
En esta escena podemos comprobar lo dicho hasta ahora:
1. Algo le ocurre a Adela en el presente, en este caso una comparativa con sus amigas (imágenes), que acaba tomando forma de amargura (emoción).
2. Sin que ella se diera cuenta, su subconsciente le devolvió su programación «compararse con los demás», cosa que aprendió de su mamá, cuando de pequeña la comparaba con todo el mundo.
3. La experiencia de la amargura despierta en ella sus memorias emocionales, aquellas más amargas de su vida. Es una argucia que utiliza nuestra mente para encontrar coherencia con lo que sentimos. Le podemos llamar «atención selectiva».
4. Toda esa amalgama de pensamientos y sentimientos son experiencias sentidas en su cuerpo. Al sentirlas en presente se cree que le están sucediendo y lo tiene que resolver. En realidad, no le está sucediendo nada porque nada tiene que ver con sus amigas, sino con las impresiones que guarda en su memoria. Está sufriendo por sus propios recuerdos.
5. La solución que encuentra a su amargura es una conducta aprendida y repetitiva: o llora desconsoladamente o se evade.
6. Para cerrar el ciclo, se otorga un sentido de identidad: «soy una amargada de la vida». El guion se reproduce. Ella es la víctima y la culpable por ser así.
Otro ejemplo bastante común es el síndrome del domingo por la tarde. Aunque estés cómodamente tumbada en el sofá de casa, tu mente empieza a conectar con lo que te espera al día siguiente. De repente se cruza una imagen de lo mal que lo pasarás en el trabajo, por el estrés, por las gestiones y los temas pendientes.
Recordar esas imágenes, de las que apenas nos damos cuenta, dispara sensaciones corporales: presión en el pecho, sudor frío, síntomas de ansiedad. Esa sensación de angustia genera desánimo o depresión, y por supuesto pocas ganas de volver al trabajo. Sin quererlo has entrado en un agujero negro. Y todo ocurre en un instante.
Tu cuerpo sigue en el sofá, pero estresado. Nada está ocurriendo de veras, son solo ideas basadas en la memoria; sin embargo, para la mente todo está ocurriendo ahora mismo.
Esa fue la experiencia que relata Proust al mojar la magdalena. La visión de la magdalena por sí misma no le despertó recuerdo alguno. En cambio, fue el gusto (memoria sensorial) el que le llevó a desplegar la cadena de imágenes que había asociado y que facilitaron la rememoración (memoria episódica y semántica).
El pasado no existe, pero pervive en la mente. Es lo primero con lo que me encuentro cuando escucho a las personas en la consulta. Voy comprendiendo sus mecanismos habituales, sus programaciones que no se han actualizado. ¿Por qué no las actualizan?
Porque siguen creyendo que lo que sienten es real y verdadero. Viven en el pasado y se resisten a vivir en un futuro desconocido. No acaban de ser conscientes de que se han acostumbrado tanto a sus registros químicos, a las emociones de las experiencias pasadas, que han quedado apegadas a ellas. Ante las mismas situaciones, las mismas emociones. Lo llamamos «respuesta condicionada».
Un ejemplo habitual es el de aquellas personas que abandonan relaciones que podrían ser fructíferas, solo porque no sienten aquella misma pasión que sintieron una vez, en el pasado.
No son conscientes de que ya no son ni la misma persona, ni se dan las mismas circunstancias. Tampoco son conscientes de que aquella relación que tanto las apasionó es hoy un recuerdo e incluso un mal recuerdo. Aquella pasión no fue suficiente para seguir juntos.
Sin embargo, en lugar de prevenirse de tan alteradas pasiones, siguen añorando sentirlas de nuevo, se las exigen, es la medida para comprometerse con alguien. Y precisamente porque están pendientes de si llega o no aquella pasión, la condicionan y no pueden sentirla.
Y aunque muchas afirmen que las lleva por el camino del desastre, prefieren repetir una y otra vez. ¿Obsesivas? ¿Adictas a la dopamina? ¿Condicionadas por amores ausentes? ¿Inmadurez? Sus registros químicos les están confundiendo porque su cabeza les dice una cosa y su cuerpo todo lo contrario.
Su vida transcurre en el presente, pero su mente sigue en el pasado. Y mientras sea así, el futuro será exactamente igual. A eso le llamamos «vivir con el piloto automático». Cuanto más usamos los sentidos para definir nuestra realidad, más dejamos que la determinen. Cuanto más usamos el pasado para dirigir nuestra vida, más repetida se volverá.
Irse al pasado implica también una revisión de lo vivido, un escaneo sobre cómo hemos hecho las cosas, cómo deberían haber sido y qué consecuencias generó. La revisión acaba por ser moral, atrapada entre el bien y el mal. Cuando es así, el pasado se convierte en un caladero para la culpa.
Si por el contrario nos vamos al futuro, pronto aparecerán las angustias anticipatorias, la incertidumbre y la necesidad de tenerlo todo controlado. Cuando es así, el futuro es un caladero para el miedo.
El pasado solo es el punto de referencia para situar los sucesos de nuestra existencia, del mismo modo que en un mapa señalaríamos los lugares de donde venimos y el punto donde ahora nos encontramos, respecto a donde queremos ir. Esta metáfora del mapa es muy ilustrativa y será motivo del último capítulo de la segunda parte del libro, porque explica con claridad la función del pasado.
Entonces, ¿por qué pesa tanto el pasado? ¿Por qué parece volver una y otra vez?
Porque el pasado es decisivo en lo que se refiere a la estructuración de nuestra psique ya en los primeros años de vida, al igual que en el pasado encontraremos el conjunto de hábitos, experiencias, creencias, traumas y heridas, herencias familiares y estilos afectivos, convertidos ahora en programaciones mentales, que de forma subconsciente dirigen nuestra vida.
Según cómo se hayan constituido estas programaciones, la vida presente arrastra un lastre muy pesado, porque contiene «aprendizajes congelados» cuya persistencia explica las disfunciones en la vida adulta. De este modo, cada persona tiene su forma particular de vivir el pasado. ¿Cuál es la tuya?
Muchas personas que conozco han interiorizado la idea de que el pasado hay que dejarlo atrás y que lo mejor de la vida está por llegar.
Sin embargo, a medida que las escucho me doy cuenta de que están atrapadas en viejas programaciones, que en sus vidas siguen repitiéndose ciertos episodios, que no han actualizado sus creencias y que algunas de sus respuestas reactivas nacen de viejas heridas, resentimientos o miedos paralizantes. Aunque su consciente tiene las ideas claras, su inconsciente las arrastra una y otra vez hacia su pasado.
Por muy bienintencionada que sea la idea de vivir en presente, el pasado tiene su peso en cada vida humana. Que sea un peso ligero o que llegue a condicionar toda una existencia ya depende de la actitud con la que aprendamos a relacionarnos con aquello que ya no existe, pero que dejó sus huellas. Y algunas de esas huellas dejaron una marca visible.
Por lo pronto, se me ocurren al menos nueve actitudes que observo en la gente respecto al pasado, y que retrataré utilizando personajes o situaciones arquetípicas. La vida siempre refleja nuestra actitud, y la manera de relacionarnos con el pasado es una buena muestra de ello:
• Enterrar el pasado. (La actitud Atila).
• No perder el tiempo con el pasado. (La actitud Prometeo).
• La imposibilidad de abandonar el pasado. (La tentación de Edith).
• El pasado como justificación del presente. (El lamento de Perséfone).
• La incesante reinterpretación del pasado. (El síndrome del diván).
• Lo que hubiera podido ser y no fue. (Regreso al futuro).
• Ocultar el pasado. (La máscara del Zorro).
• Volver a casa transformados. (El viaje del héroe).
• Situar el pasado en la rueda del tiempo. (La rueda Bhavachakra).
Es bien conocida la fama del último caudillo de los hunos, tildado como el «azote de Dios» y expresada en una frase:
«Donde mi caballo pisa no vuelve a crecer la hierba».
