El sabor de su piel - José Luis - E-Book

El sabor de su piel E-Book

José Luis

0,0

Beschreibung

Hernán, Borja y Leticia, tres amigos del instituto, constituyen el triángulo amoroso perfecto. Los dos adolescentes varones exploran con su sensual y abierta amiga los misterios placenteros del sexo en una búsqueda de la felicidad total a través de la exaltación de los sentidos. José Luis Muñoz escribe su novela más carnal desde Pubis de vello rojo y describe la evolución de estos tres personajes a lo largo de los años a través de su relación con el sexo con una prosa sensorial que arrastra al lector por la geografía de los cuerpos en sus delirios amatorios. El sabor de su piel es una narración en la que lo carnal impone sus leyes y la sacralización de la actividad sexual deviene el fundamento del erotismo. Una novela de amor, camaradería y sexualidad en la que los tres personajes ponen el sexo en la cúspide de sus vidas y gozosamente se sacrifican por él. "Nada de los erótico le es extraño a la imaginación de José Luis Muñoz, ni siquiera las claves de dominación y crueldad controlada que suelen connotar los juegos sexuales". MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN. "La literatura erótica de José Luis Muñoz es un apasionado trayecto hacia el infierno sadiano, pero también una afirmación de la vida hasta en la muerte como define Bataille al erotismo". LUIS GARCÍA BERLANGA

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 243

Veröffentlichungsjahr: 2016

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Publicado por:

www.novacasaeditorial.com

[email protected]

© 2016, José Luis Muñoz

© 2020, de esta edición: Nova Casa Editorial

Editor

Joan Adell i Lavé

Coordinación

Maite Molina

Revisión

Joan Adell i Lavé

Cubierta

Vasco Lopes

Primera edición en formato electrónico: Julio de 2020

ISBN: 978-84-18013-53-9

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)

José Luis Muñoz

EL SABOR DE

SU PIEL

Nova Casa Editorial

Este ebook es para uso personal e intransferible. Cualquier copia o envío será rastreado para velar por el interés de los autores y la editorial e impedir la piratería.

Carpe diem

Voluptatibus corporis

Tempus delectare

Morituri

El erotismo es una creación intelectual

que los animales desconocen. Es la acción

intelectual más popular.

Bigas Luna

Surgió impetuoso del caño

Como agua espumosa de la fuente

Despeñóse por ambos montes

Cruzó plácido por la hondonada

En busca de la mágica sima

Río blanco de placer

Carpe diem

—Borja se muere. Quedé con el teléfono suspendido en la mano, silencioso, mientras trataba de recordar nuestras caras, las de los tres, puesto que, de común acuerdo, siempre desistimos de hacernos fotografías que no harían otra cosa que acrecentar nuestra nostalgia con el paso del tiempo y una foto siempre es maldito pasado que ya no vuelve. La cara de Borja alargada, como un cuadro de El Greco; la mía, algo cuadrada; la de Leticia, redonda, como su cuerpo, con un delicioso hoyito en la barbilla como los hoyuelos que tenía al final de su espalda e inicio de su precioso culo. Su voz, todavía muy dulce —la edad y las circunstancias no quebraban el tono agradable que tuvo siempre, suave, bajito, aun cuando proponía las mayores procacidades—, me hizo volar una veintena de años hacia atrás, cuando las arrugas eran algo surreal que les pasaba a los otros y nosotros éramos jóvenes irredentos que nunca envejeceríamos y, por supuesto, inmortales. Patricia me miraba, desde el otro extremo de la sala, y me interrogaba con los ojos mientras yo era incapaz de soltar una sola palabra de aliento y me sentía desconcertado con el auricular en la mano. Percibía hasta mis pulsaciones en la muñeca y el batir de la sangre en las sienes.

Cuando alguien se muere no se sabe nunca qué decir para paliar una situación que no admite paliación posible, y por esa razón permanecí mudo. Toda desgracia es relativa, menos la muerte. ¡Qué desvalida debía de sentirse Leticia para recurrir a mí en ese momento tan triste! O quizá era que seguía firmemente enamorada, como al principio, o que yo continuaba siendo el mejor amigo que tenía Borja, su referencia viva, lo que le recordaría a él. Acerqué el auricular a mi boca e invoqué mi voz. No salió. Solía pasarme en momentos de tensión: las palabras huían de mi mente y ésta se quedaba en blanco, o, cuando ya tenía las palabras en la punta de la lengua, ésta se mostraba reacia a soltarlas, se convertía en un inútil miembro parapléjico que me llenaba la garganta y me ahogaba. Algo así me sucedió. Estuve frío y distante y, mientras hablaba, me escuchaba y me decía a mí mismo que ésas no eran las palabras adecuadas para consolar a una chica que, el que se iba y yo, que me quedaba, habíamos compartido apasionadamente una buena racha de tiempo y con la que tocar el cielo, saboreando su piel, se convirtió en algo corriente. Volví a sentirme como el canalla sin escrúpulos que era, cuando me acostaba con ella haciéndome pasar por otro y Leticia era un mero trozo de carne temblorosa a mi más absoluta merced, o cuando engañaba a Borja en sus propias narices y a muy pocos metros de donde él, ajeno a todo, peroraba, teorizaba, mientras ambos fraguábamos la traición impelidos por el deseo brutal de nuestros cuerpos.

—¿Estás segura? ¿Qué han dicho los médicos?

Los médicos eran los gurús de esta nueva sociedad que habíamos creado y de la que no estaba muy seguro de sentirme satisfecho. Procuraba evitarlos y demoraba años una ITV que debía ya pasar pues estaba en edad de adquirir un bonito cáncer de próstata o ser usuario de un by pass. Mi pavor hacia la secta de las batas blancas, hacia sus reconocimientos, era tal que prefería salir a la calle desnudo antes de que uno de esos adivinos de mis posibilidades de futuro echara un vistazo a mis entrañas y me predijera el tiempo que me quedaba. Todos podíamos morir a partir de una cierta edad, y Borja no era más que un ejemplo de ello. Morir antes de los cincuenta era un fracaso, o una cobardía, o un acto de inteligencia.

—Le dan de vida un mes —la voz de Leticia se hizo ronca, se partió por los lamentos. Tuve la visión de sus ojos acuosos e imaginé el estremecimiento de su pecho. Esas noticias precisaban contacto de piel más que teléfono. La hubiera acariciado, la hubiera besado, pero no tenía otro instrumento en las manos que un frío auricular del que brotaba esa voz rota. Hubo silencio largo e incómodo. Si ella me llamaba era para oír una palabra de consuelo, para que yo le dijera Ok. voy para allá, cariño. Pero no hubo nada de eso. Patricia me miraba, y me escuchaba, desde el otro extremo de la habitación, aunque no había censura en sus ojos sino simple curiosidad o preocupación por el gesto grave de mi cara que parecía estar leyendo como los sustos del diario de la mañana.

—De veras que lo siento. Si puedo hacer algo, ya sabes dónde me tienes.

Colgó.

—Borja que se muere — le dije a mi mujer, antes de que me lo preguntara.

—¡Dios mío! No creí que fuera tan rápido.

Murió con puntualidad treinta y dos días después de aquella llamada. Los médicos de la UCI eran como los hombres del tiempo, ya no erraban en sus proféticas predicciones: miraban la carne y podían decir cuando empezaría a descomponerse. Su esquela salió publicada en los diarios. Una nota laica, concisa, sin apelaciones al recuerdo y huérfana, por supuesto, del “rogamos eleven sus oraciones por el alma del difunto”. Al menos Borja fue coherente consigo mismo en esos últimos momentos en los que a muchos se les enciende en la cabeza la luz de la duda. Leticia no me llamó para darme la noticia. Fui al tanatorio de la mano de Patricia mientras mi madre se quedaba al cuidado de Paulina a la que le dijimos la verdad, que íbamos a visitar a un viejo amigo.

No había excesiva gente ni se mascaba el dramatismo. Recuerdo que el suelo brillaba, que reflejaba nuestras figuras pasando por él, que reproducía nuestros pasos después de que hubiéramos estampado nuestras firmas en el libro de condolencias de cubierta de cuero. Los recintos mortuorios hacía mucho tiempo que habían abjurado de su aspecto tétrico y eran antros luminosos que predisponían a la alegre locuacidad de los que en ellos se reunían para intercambiar recuerdos sobre el que ya no estaba y, en cierto modo, celebrar la vida. La arquitectura moderna, la luz y los espacios ajardinados habían sustituido a la tétrica suntuosidad de antaño en un intento de desdramatizar la muerte. Sólo el pesado olor de las flores cortadas me devolvía a la realidad.

Yo siempre había sostenido la teoría de que en los funerales es donde verdaderamente están los que te aprecian y es una desgracia que el muerto no pueda levantarse para agradecer su presencia: los que acuden no esperan nada a cambio, reviven al muerto en sus charlas, se pellizcan con cierta alegría diciéndose que aún ellos están vivos, se mueren de hambre y lo normal es que después de la inhumación se vayan a comer a la salud del difunto y todos alardeen de una salud de hierro, como si la muerte fuera contagiosa. Había algunos viejos amigos de facultad, ya sin pelo, o con el pelo blanco, o con barriga burguesa, y amigas con las señas crueles de la menopausia en sus cuerpos distorsionados en donde antes hubo curvas generosas que avivaban el deseo, y los escasos familiares que le quedaban a Borja, y su viuda, aunque nunca llegó a casarse con ella.

—¿No vas a verlo? —me preguntó Patricia.

—¿Me acompañas?

—Ya sabes que me desagrada.

Fui a verlo. Y mientras entraba en aquella reducida salita en la que Borja reinaba bajo un refrigerado vidrio, eché la cuenta de todos los entierros a los que ya había acudido, de qué proporción de muertos sobre vivos tenía entre mis conocidos: demasiados. No me desagradó contemplarlo. Los servicios funerarios del país se estaban poniendo a la altura de los del otro lado del océano; quizá es que vinieran técnicos con acento de Idaho y goma de mascar entre los dientes a instruir a los maquilladores de cadáveres y embalsamadores. Había muertos que tenían mejor aspecto que los vivos, que estaban más guapos, que dormían sencillamente y te inquietaban porque cabía lo posibilidad de que abrieran un ojo y sonrieran. Ese era el aspecto del bueno de Borja. Sonreía. Alguien, quizá algún bromista, había dibujado ese rictus en su boca, en vez de alinear sus labios con la mandíbula y darle el aspecto solemne y dramático que las circunstancias requerían. Al menos no le han puesto corbata, me dije, mientras colocaba la mano sobre el glacial cristal que lo cubría y abandonaba la pequeña salita.

Estaba guapa Leticia, aunque la palidez de su rostro indicara las noches que se había pasado en blanco, llorando. Iba de oscuro, oculta bajo gafas de sol sus más que probables ojeras, y vestía un traje entallado negro que le confería un aspecto elegante y limaba su perenne sensualidad que hubiera estado fuera de lugar en aquel momento. Estampé breve beso en su mejilla helada y cogí unos instantes su mano huidiza. Ocupó, sola, el primer banco, a pocos pasos del ataúd, mientras un empleado de la funeraria tomaba un micrófono y desgranaba frases laudatorias acerca del finado —que me parecieron una aberración, ¿Qué demonios sabía aquel tipo de Borja? ¿Por qué esa cara de dolor? ¿Le pagaban también por simular honda pena?— y terminaba leyendo un poema de Rabindranath Tagore. Al fin y al cabo no morían de muy distinta manera los progres laicos que los católicos de conveniencia. En su último trance, antes de volver a la tierra, emulaban el ceremonial cristiano cambiando un cura por un funcionario, una oración por un poema. Me juré que en mis disposiciones testamentarias dejaría escrito que no quería ni una mala ceremonia, que, en cuanto mi corazón dejara de latir, fuera quemado sin más preámbulos y mis cenizas desperdigadas en la montaña, volver directamente a la tierra para evitar la violación de la putrefacción.

Desde el banco que ocupaba, en la tercera fila, podía espiar a Leticia sin que ella lo advirtiera. Tenía una visión lateral de ella. Y ella, a su vez, miraba de forma esquinada el féretro de caoba barnizada que presidía aquella función, en cuyo interior imaginaba a un Borja hierático con la cabeza reposando en un almohadón de terciopelo y las manos cruzadas sobre el estómago, con esa sonrisa que ya le quedaba para la eternidad.

—Está muy guapa —se me escapó, antes de que pudiera reprimir esa observación dicha en momento tan inadecuado.

—Hernán, por favor —fue la esperada reconvención de Patricia.

Tuvieron la mala idea de poner la Marcha fúnebre de Mahler. Ignoro si ésa fue una última disposición de Borja, para imponer un poco de emoción al momento, o era el disco que tenían más a mano los del tanatorio. Resultaba imposible escuchar aquellas dramáticas notas, las más dramáticas y tristes de la historia de la música, sin derramar una lágrima y yo no quería hacerlo; seguro que a Borja le repatearía vernos a todos llorar. Gustav Mahler era el culpable de que se me empañara la vista cada vez que intentaba ver “Muerte en Venecia” de Visconti, cuando el vapor que conducía a Dirk Bogarde entraba en la laguna veneciana, y que las imágenes de la película temblaran en mi retina durante toda la proyección tras la cortina acuosa de mis sentimientos.

Lamenté no tener unos algodoncitos a mano para taponar mis oídos. Opté por cerrar los ojos, pero antes de hacerlo vi que Leticia lloraba. Un río de lágrimas se deslizó mejilla abajo, hacia la barbilla, quedó suspendido de ella, gota de dolor, hasta que debió caer al suelo. Seguí viendo esa lágrima con los ojos cerrados, el surco húmedo que había dejado en su cara, los labios abiertos, temblorosos y la punta de su nariz ligeramente enrojecida de sonarse. No fui a consolarla. Debiera haberla cogido del brazo, apretado suavemente su mano entre las mías. No lo hice sino que soñé con los tres e hice brincar del ataúd al bueno de Borja, como en los mejores tiempos, cuando nuestra piel no tenía mácula y la envoltura carnal de Leticia era ajena a las leyes de la gravedad y tocarla era una caricia para las manos.

Voluptatibus corporis

¿Desde cuándo conocíamos a Leticia? ¿Veinte años? La conocimos desde siempre, realmente, desde antes de verla, pues nuestro subconsciente, siendo muy niños, parecía haberla recreado con los atributos de la mujer perfecta, la mujer de nuestras fantasías, y ella fue el premio a nuestra imaginación, coincidió con lo que soñábamos. Si le hubiéramos pedido a un mago que nos trajera a la mujer ideal sin duda habría hecho aparecer con su varita a Leticia de su sombrero de copa.

Entró con nosotros en el colegio cuando era una niña de faldita plisada, calcetines de lana y tirabuzones que pasaba inadvertida entre las demás compañeras de clase. Entonces, por aquella época, los chicos no se juntaban con las chicas en sus juegos, formaban un clan aparte y despreciaban a esas lloronas que enseñaban las piernas rematadas en calcetines, dejaban rastros de su pelo en las mesas del comedor escolar y cuchicheaban entre ellas. “Odio sus cabellos largos” solía decir a quien me escuchara. Nada hacía presagiar su prodigiosa transformación de un curso a otro, máxime cuando nosotros permanecíamos iguales. Se marchó del colegio en julio, siendo una cría, y alguien nos la devolvió mujer al curso siguiente. Lo que sucedió aquel verano fue un misterio de la naturaleza. Se hicieron una serie de cábalas. Quizá descubriera el sexo, y de ahí esas redondeces exultantes que poblaban su cuerpo, y de ahí también sus andares provocativos. Quizá un amante la había moldeado a su gusto con sus manos, como alfarero con el torno, y había conseguido elmilagro de hacer brotar sus curvas. Realmente se hizo otra en la adolescencia, cuando el cuerpo se estiró y se ensanchó siguiendo unos parámetros mágicos que la acercaron a la perfección femenina, a ese canon de belleza algo carnal que teníamos los adolescentes de las mujeres y venía dado por el hambre de ellas. Era como si aquella Leticia rolliza y con las mejillas sonrosadas picoteadas por los granos de acné que conocíamos, con la que compartíamos pupitres y exámenes sin prestarla excesiva atención, se hubiera metamorfoseado en una crisálida y de su seco caparazón hubiera brotado una hermosa mariposa, ajena a la larva, cuyas alas nos cegaban al revolotear. No lo hubiéramos creído si nuestros propios ojos no hubieran sido testigos de su prodigiosa transformación, si cuando el profesor pasaba lista y decía Leticia, ella contestara con un “presente” y todos nos volviéramos para mirarla.

Leticia no era como las demás chicas de la escuela, al menos para mí y creo que para todos los que llevábamos pantalones. Estaba en posesión de algo especial que la diferenciaba de todas, un halo mágico que la hacía sobresalir y volar por encima de sus compañeras de clase. Describirla resultaba tan difícil como empobrecedor. Ella era como un paisaje, al que un texto o una foto no terminan nunca de hacerle justicia, porque faltan elementos inasibles que están en él y que no resultan transferibles sino se está exactamente allí, en ese lugar, a cierta hora, se capta la luz y se aspira la atmósfera. Tenía unos enormes ojos verdes, que deslumbraban al mirarla, labios anchos y mullidos, reventones, de fresa madura por donde debía correr la sangre con ímpetu, y un cuello largo, de cisne, que entroncaba aquella cabeza de belleza clásica, de virgen de Sandro Botticelli, ajena a cualquier pensamiento obsceno, con un cuerpo que estaba a la altura de los más sensuales desnudos de Modigliani, Renoir o Romero de Torres, los pintores que más se recreaban en la representación del cuerpo femenino, los que más lo veneraban con sus pinceles. Había un provocativo desgarro entre la dulzura e inocencia que irradiaba su cara y sus curvas voluptuosas, entre la espiritualidad de su rostro y la carnalidad absoluta que desprendía su cuerpo. En ese desajuste físico residía precisamente su irresistible encanto, en esa paradoja excitante de rostro y cuerpo, en que sus generosos senos, sus pronunciadas caderas y las recias nalgas que se intuían bajo sus vestidos —las muy visibles señas de identidad femeninas, de las que se sentía muy orgullosa porque la alejaban de la cría que había sido y le daban un innegable poder— no casaran con la inocencia de su mirada ni con la dulzura de sus sonrisas. Era como si a una niña le hubieran pegado el cuerpo de una mujer; el resultado era una mezcla explosiva, turbadora y pecaminosa.

Leticia era muy distinta a todas las chicas del colegio que atravesaban una adolescencia terrible, que eran delgaduchas, filiformes, de largos brazos, mejillas pobladas de acné y aparatos correctores en los dientes y se movían con desgarbada indolencia, sin controlar su cuerpo. Como de otra raza. La naturaleza le había allanado el camino para seducir al género masculino, le había regalado ese don, tan gratuito como efímero, y yo fui una de sus víctimas reconocidas, pero no la única. Los damnificados por sus encantos podríamos haber constituido un club.

Dejé que transcurriera todo aquel curso académico sin acercarme a ella, sin dirigirle la palabra, mirándola a escondidas y desviando rápidamente los ojos cuando temía que ella advirtiera mi babeante admiración. Otros lo hacían por mí. Especialmente los de los cursos posteriores, los que ya se afeitaban y tenían la voz cambiada que les permitía acceder a las películas no aptas para menores. Yo la observaba y a ella le gustaba coquetear con ellos, reír de sus estupideces, mirarlos fijamente a los ojos hasta que ellos los bajaban, sonreírles con estudiaba malicia. Luego, cuando ella marchaba con sus característicos y estudiados andares —cruzaba las piernas al caminar, como lo hacían las modelos de las pasarelas, con lo que incrementaba el natural contoneo de sus caderas y poníaen marcha un incitante bamboleo de sus nalgas— yo pasaba cerca del grupo de zánganos embobados y escuchaba sus vulgares comentarios con rabia contenida.

—¿Te has dado cuenta cuando se ha agachado y nos ha enseñado las tetas?

—Too much.

—Me perdería en su canalillo.

—Me gustaría ser esa crucecita que lleva colgada del cuello.

—Meterle la polla en el escote.

—Hagamos apuestas de quien se la follará primero.

—Me parece que estáis todos equivocados. Leticia no folla. Tiene el virgo intacto.

—¿No? ¿Qué hace? ¿La chupa?

Me reprimía para no entrometerme en sus conversaciones y afearles la grosería de sus expresiones. Lideraba el grupo un individuo llamado Paulino Barrabés que años más tarde, ¡paradojas de la vida!, se convirtió en un escritor de éxito a base de novelitas pretendidamente sesudas y filosóficas que funcionaban como libros de esoterismo barato, un falso gurú cuyas idioteces encandilaban a un extenso club de lectores dentro y fuera de nuestras fronteras. Leticia era deseada por los grandullones del colegio con esa brutalidad masculina que es más boquilla que otra cosa; seguro que si ella les proponía acostarse con ellos se habrían arrugado al instante y les hubieran temblado las piernas. El sexo, para aquellos haraganes, se limitaba a una retahíla de expresiones audaces con que paliaban su falta de decisión y su incapacidad amatoria. Yo, por aquel entonces, no estaba en esa tesitura. En casa, cuando llegaba del colegio, me encerraba en mi cuarto, cogía papel y bolígrafo y escribía encendidos poemas de amor en los que, como máximo, me conformaba con tocar su mano o me perdía en el iris de sus ojos, reacio a mancillarla con un pensamiento que fuera más allá de su barbilla. Ella fue un amor platónico, una musa inspiradora de versos que ahora, al releerlos, juzgo de una cursilería insufrible y sirvieron de combustible para la chimenea de la casa que me compré en la montaña.

Empezó otro curso. Leticia fue el estímulo para que yo lo aprobara todo en junio ante la sorpresa familiar. No tenía a mis progenitores acostumbrados a esas hazañas académicas cuando era habitual que me dejara una buena cosecha de suspensos para septiembre, y mi padre me felicitó y hasta pidió a mamá que me regalara con el dulce que más me apeteciera: arroz con leche con una ramita de canela. El nuevo año aun le sentó mejor al físico de Leticia, el sol de la playa había pintado su piel de un bonito color tostado: había crecido en altura y sus redondeces, lejos de resentirse, resaltaban más en su cuerpo esbelto que parecía un instrumento musical dispuesto a ser tocado, resultaban más abruptas y tentadoras por el contraste.

Me turbaba su belleza y sospechaba que no era el único tocado por ese dulce veneno que destilaba la encantadora Leticia. Curiosamente su hermosura resultaba una losa, pues nadie en su sano juicio osaba acercarse a ella: el terror paralizaba la actividad predadora de los machos prendados de sus encantos.

Se sentaba siempre con una amiga al lado, su compañera de pupitre, una chica feúcha y desgarbada, y sospechábamos que lo hacía para que el contraste físico fuera más brutal, pero no hacía falta que recurriera a semejantes artimañas. Yo procuraba sentarme detrás de ella y durante las clases no estaba atento a los logaritmos, a las raíces cuadradas, a la declinación de rosa rosae o a las traducciones de textos de Heródoto, sino a ella. Miraba su nuca tan próxima, que podía besar, fijaba mis ojos en las guedejas rubias de sus cabellos, suaves, que caían en cascada sobre sus hombros desnudos y redondeados —ya era gozosa primavera y ello nos permitía disfrutar de aquella parte deslumbrante de su anatomía— , y trataba de captar el aroma siempre agradable y fresco que despedía su cuerpo cuando levantaba el brazo para hacer alguna pregunta al profesor que lo desconcertaba, no por su contenido sino por la belleza de quien la enunciaba. El perfume de su cuerpo me enervaba. La visión de su axila depilada, de su torneado brazo, de su fina muñeca, de su delgada mano, me hipnotizaba, y su carne brillaba, era oro sobre terciopelo negro, luz sobre la oscuridad que la rodeaba.

—¿Es cierto lo que dicen de Alejandro Dumas, que utilizaba negros para escribir sus novelas? —hurgaba con un lapicero entre sus cabellos mientras miraba fijamente al profesor de literatura.

Tuvimos uno de los mejores profesores de literatura posibles con el que siempre me sentiré en deuda, un tipo que simplemente nos decía que la literatura no estaba hecha para estudiarla sino para leerla, una obviedad que otros docentes solían olvidar y eran en parte culpables de la apatía libresca del país. Nos leía en clase fragmentos de novelas de Jack London, Emilio Salgari, Julio Verne, Robert Louis Stevenson y Joseph Conrad en vez de atosigarnos con los clásicos del Siglo de Oro que figuraban en el programa oficial. Era de mediana estatura, cuadrado, el pelo echado hacia atrás y lucía potentes gafas que acompañaban el rictus amargo de su boca. Luego supe que, cuando dejó el instituto y obtuvo una cátedra en la universidad, escribió un sinfín de libros, que se convirtió en el crítico literario más temido y odiado del país, pero yo siempre tendré una deuda de gratitud hacia él: junto con una biblioteca pública de la que fui asiduo lector —¡hasta recibí un premio por contumaz devorador de toda clase de literatura!—, la querencia paterna por los libros —los acariciaba, al sacarlos de los anaqueles, con la misma delicadeza que si fueran mujeres—, él fue el responsable de que miles de historias impresas en papel blanco me vampirizaran durante muchos años y deseara prolongar la vida simplemente para terminar mis lecturas pendientes.

—Y además Alejandro Dumas era negro, mulato —el profesor miró hacia el origen de la pregunta y juraría, mientras se acercaba a ella, con las manos en los bolsillos, una costumbre característica en él, que se le empañaban los vidrios de sus gafas—. Cuentan, en cierta ocasión, que el escritor de folletines cogió una gran depresión al enterarse de que su negro principal, el que debió escribirle “Los tres mosqueteros” o “El conde de Montecristo” —ahí compuso una mueca pícara que quería decir no lo tomen al pie de la letra— murió de repente para su consternación. Y estando desesperado por tan irremediable pérdida, tras acudir a su entierro, alguien llamó a la puerta de su casa. Abrió Alejandro Dumas y se encontró con un caballero al que no conocía de nada. Le preguntó qué era lo que quería, y aquel misterioso individuo lo tranquilizó: “No tiene por qué temer, señor Dumas, yo soy el negro del negro que acaba de perder”.

¿A qué olía Leticia? Olía a rosas, olía al mejor de los perfumes posibles, a ella misma, sin aditamentos, y mientras la olfateaba, capturando el aire que la tocaba, trataba de imaginármela todas las mañanas, cuando debía entrar desnuda en la bañera, abría el grifo y su cuerpo se sometía al rito diario de las abluciones, y entonces quería ser esa agua, despeñándose por sus pechos redondos —mientras las mayor parte de las chicas se rellenaban el sujetador con papeles o lucían tetitas escuchimizadas que las acomplejaban, Leticia ya destacaba por un pecho hermoso, poderoso, de bañista de Renoir—, rodando por sus muslos y besando sus pies. Progresivamente, y sin darme cuenta, la carne se abría paso en mi imaginación y una porción de mi cuerpo obtenía un extraño deleite de ello, sorprendiéndome y asustándome a la vez, conjugando al mismo tiempo placer y dolor por no saber cómo complacerla.

Leticia me enloquecía, aunque parecía ajena a mi ofuscación permanente. Realmente no había reparado en mí, yo no existía o eso creía. Nos enloquecía a todos, a los de mi clase y a los del curso superior a los que acudía para gorrearles pitillos clandestinamente y que seguían con sus comentarios vulgares una vez se daba la vuelta y se alejaba, y hasta a los hombres mayores que se volvían a su paso cuando se cruzaban con ella por la calle. Me acercaba, durante los recreos, pasaba por su lado, le pedía algún cromo, pero ella no parecía estar al tanto de mi pasión, no asociaba mi tartamudez al deseo terrible que me despertaba.

—Hernán, ya me pediste ese cromo la semana pasada y te dije que no lo tenía. ¿No tienes memoria? Además, yo ya no colecciono cromos. No soy tan niña.

A la vista estaba. Mi amor por ella había dejado ya de ser platónico para hacerse descaradamente carnal. Tras varios meses de inspeccionar científicamente mi propio sexo me había dado cuenta de que éste no sólo agradecía las ligeras caricias con que lo regalaba sino que imágenes de hermosas mujeres, vestidas o desnudas, alteraban inequívocamente su dimensión y dureza, que ese miembro que colgaba entre mis piernas era un barómetro de mi apetito carnal aunque todavía no era muy consciente de lo que podía hacer con él, de cuál era su lugar, cometido y finalidad.

Miraba a Leticia y me asaltaban una cascada de pensamientos lúbricos en los que ella, inevitablemente, aparecía semidesnuda, con los cabellos cubriendo parte de sus encantos —fruto de una pudibunda autocensura—, para terminar desnuda ya, sin tapujos, sonriéndome, invitándome a mirarla. Trataba de imaginar su cuerpo por la visión parcial que tenía