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El apasionante futuro de una humanidad a punto de alcanzar la capacidad de rediseñarse a sí misma. Una profunda reflexión sobre los cambios económicos, sociales, políticos, intelectuales, éticos y espirituales que habrá de afrontar un ser humano mejorado en sus capacidades y a la vez enfrentado a inteligencias artificiales que superarán su inteligencia y quizás amenacen su libertad. ¿Seremos dioses o esclavos? Este libro contiene las respuestas a la pregunta más trascendente que el hombre habrá de responder en su historia como especie y como civilización.
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Seitenzahl: 504
Veröffentlichungsjahr: 2019
El transhumanismo
El transhumanismo en 100 preguntas
Manuel Sanlés Olivares
Colección: 100 preguntas esenciales
www.100Preguntas.com
www.nowtilus.com
Título:El transhumanismo en 100 preguntas
Autor: © Manuel Sanlés Olivares
Copyright de la presente edición:© 2019 Ediciones Nowtilus, S.L.
Camino de los Vinateros 40, local 90, 28030 Madrid
www.nowtilus.com
Elaboración de textos:Santos Rodríguez
Diseño de cubierta: NEMO Edición y Comunicación
Imagen de portada: Símbolo H+ transhumanista
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
ISBN Digital: 978-84-1305-046-1
Fecha de publicación: mayo 2019
Depósito legal: M-12981-2019
Mientras, hoy cada vez más a menudo, las fuerzas sociales conservadoras y religiosas se afanan por reinscribir lo humano en el interior de los paradigmas de la ley natural, el concepto mismo de humano ha explotado bajo la doble presión de los actuales progresos científicos y de los intereses de la economía global
Lo posthumanoRosi Braidotti
Los enigmas que se plantean en el pensamiento transhumanista podrían ser sintetizados bajo el título de este prólogo, porque la mayoría de los «profetas de transhumanismo» nos sugieren un futuro, tal y como queda bien reflejado en las siguientes páginas, feliz y placentero, una nueva fase de la Humanidad en la que seremos superinteligentes, felices e inmortales. Así de bien suena la letra y la música de muchos de los defensores del transhumanismo, que como señala acertadamente Manuel Sanlés, siguen ciegamente «el imperativo hedonista». Es decir, que defienden acríticamente que el placer es el fin de la vida humana y que todos los seres humanos tienen derecho a conseguirlo a cualquier precio y por cualquier medio. ¿Estamos ante una utopía posible o ante una distopía indeseable?
La premisa fundamental de todos los autores transhumanistas, a pesar de algunas diferencias entre ellos, se basa en algo muy discutible; esto es, en la creencia de que la tecnociencia actual y futura será capaz de resolver todos los problemas que existen en el mundo de hoy y todos los que puedan surgir en el futuro. La confianza total en la capacidad de la «razón tecnocientífica» es tal en estos autores que tienen la osadía de confundir el futuro de Humanidad con las continuas innovaciones tecnológicas que siguen transformando la Naturaleza y la Sociedad a un ritmo vertiginoso. Es indudable que las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación han cambiado sustancialmente nuestro de modo de acceder a la información, a la comunicación interpersonal y al conocimiento. Es innegable que la tecnología digital, que la nueva Genética, que Internet y que todos los medios audiovisuales han puesto al alcance de muchos millones de personas todo el conocimiento y toda la cultura que la Humanidad ha ido acumulando a lo largo de los siglos. Es innegable además que todos estos cambios tecnológicos han cambiado también nuestro modo de pensar, de vivir y de relacionarnos; han generado una nueva forma de seres humanos, una nueva civilización. Nadie puede negar que gracias a la revolución tecnológica informacional el salto cualitativo de la Humanidad haya sido extraordinariamente positivo. Tampoco se puede negar que la ingeniería genética está revolucionando de forma positiva nuestra lucha contra las enfermedades y la muerte.
Sin embargo, hay una serie de cuestiones filosóficas y éticas, que están dispersas a lo largo del libro y que exigen a cualquier lector un planteamiento reflexivo con el fin de clarificar cuáles son las falsedades y las ambigüedades que se esconden tras el discurso transhumanista. El elenco de cuestiones epistemológicas y éticas que el autor va señalando a lo largo del libro podría resumirse en lo siguiente: La noción de tecnociencia que sostienen los transhumanistas es única, absoluta y está impregnada de valoraciones éticas que carecen de fundamentación racional. La creencia ciega en que la tecnología por sí misma es capaz de solucionar todos los problemas sociales, económicos, políticos y éticos que acompañan al desarrollo digital y biotecnológico debido a su infinita capacidad de innovación. Por último, existe una evidente confusión entre «medios y fines» a la hora de definir la función de la tecnología con respecto a la mejora de la vida humana sobre la Tierra.
En primer lugar, muchos de estos autores transhumanistas desconocen las aportaciones de la Historia de la Filosofía y por ello parecen ignorar que el contexto social, económico y político en el que nace y se desarrolla la ciencia y la tecnología influye de modo decisivo en la construcción teórica de la ciencia y sobre todo en sus aplicaciones a la sociedad. Es un hecho constatado en la historia social de la ciencia y de la tecnología su estrecha vinculación con las necesidades de armamento de los diferentes gobiernos y cómo la investigación científica y tecnológica ha estado subordinada a los intereses militares de los Estados sobre todo desde el siglo XVI hasta hoy en todo el mundo. Los transhumanistas defienden un concepto de la ciencia basado, conscientemente o no, en presupuestos positivistas que suponen ingenuamente que la actividad científica puede prescindir de cualquier influencia económica, social, política o cultural. Además hablan de la ciencia positiva como si fuese la única fuente del conocimiento humano, despreciando la filosofía, el arte, la literatura y todas las demás creaciones humanas en nombre de una tecnociencia a la que convierten en una especie de solución salvífica para todos los males de la Humanidad. En cierto modo, sustituyen las religiones por la ciencia cayendo en una tecnolatría ingenua y sin fundamento.
En segundo lugar, los transhumanistas carecen en general de una reflexión adecuada y profunda sobre el significado de la tecnología y su influencia en la evolución biológica y cultural de los seres humanos. Muchos filósofos como Ortega y Gasset, M. Heidegger y Javier Echeverría entre otros, han analizado el significado de la tecnología y su incidencia en la evolución y el progreso de la Humanidad, pero como demuestran los actuales estudios de «Ciencia, Tecnología y Sociedad» no se puede caer en una especie de tecnofilia acrítica e ingenua ya que la interacción continua entre la sociedad, la ciencia y la tecnología muestra la íntima dependencia de la actividad tecnocientífica del modelo socioeconómico en el que se desarrolla. La importancia de los avances e innovaciones tecnológicas es indiscutible, pero el transhumanismo no alerta sobre el impacto negativo que las nuevas tecnologías tienen sobre el medio ambiente ni sobre las consecuencias sociales y económicas que tiene la aplicación de las nuevas tecnologías en la sociedad globalizada de nuestros días. La «brecha digital» y la grave desigualdad entre grupos sociales y entre diferentes países respecto al desarrollo tecnológico ponen de manifiesto que la tecnociencia es también un asunto político de primera magnitud. Esa supuesta neutralidad política de los transhumanistas oculta que el sistema actual de capitalismo globalizado es injusto y genera graves desigualdades entre los seres humanos que obligan a vivir a millones de personas en la ignorancia, en la pobreza y en la desnutrición mientras que una minoría con mucho dinero sueña en el Primer Mundo con llegar a una era posthumana plena de felicidad, salud y amortalidad. ¿Para quiénes proyectan ese mundo posthumano los transhumanistas? ¿A qué precio y en qué condiciones se podrá acceder a esa nueva especie «sobrehumana»? ¿Será realmente un mundo sobrehumano o más bien inhumano si esa felicidad de unos pocos se basa sobre la miseria de millones de humanos?
Por último, y en concordancia con lo que con toda claridad plantea el profesor Manuel Sanlés en su libro, existe una confusión conceptual muy grave en el transhumanismo acerca de la relación entre medios y fines. Esto es algo esencial en cualquier reflexión ética que se plantee cuál es la finalidad de la vida humana, de cada individuo y de la especie humana sobre la Tierra. El mejoramiento de la calidad de vida de cada ser humano pasa por la reducción de las condiciones infrahumanas en las que muchos millones de seres humanos viven diariamente. Los transhumanistas están en lo cierto al desear que todo ser humano pueda vencer la enfermedad, el dolor y la ignorancia y que todos los miembros de la especie humana aspiren a vivir su vida humana en plenitud; pero los medios tecnológicos que el transhumanismo pone a disposición de algunos privilegiados no son todos éticamente aceptables. Los instrumentos de la nueva biotecnología son extraordinarios y pueden llevarnos a medio y largo plazo a una nueva concepción del cuerpo humano y de su felicidad; pero no dejan de ser medios al servicio de las personas, de su racionalidad, de su libertad y de responsabilidad que son hasta ahora las características definitorias de la especie humana. No me parece que el fin de la vida humana sea transformar a cada persona en una máquina biológica que no razone por sí misma, que no tenga sentimientos y que no hable por sí misma. No me parece que tengamos que convertirnos en «tecnopersonas» carentes de subjetividad y de autonomía y que nos veamos necesariamente los humanos sometidos al dominio de robots o de autómatas cibernéticos. Estoy de acuerdo con las objeciones epistemológicas y éticas que el autor del libro plantea a los transhumanistas y con su defensa de la libertad como eje esencial de lo que se entiende hasta hoy por ser humano.
En definitiva, el libro reivindica con total acierto los grandes logros de las innovaciones tecnológicas en inteligencia artificial, en Robótica y en Biotecnología y cómo esas innovaciones están generando una mejora real de la vida humana sobre la Tierra; pero no podemos olvidarnos, como insiste Manuel Sanlés, en que somos los seres humanos los únicos que debemos decidir sobre la finalidad de nuestra vida, sobre los valores que queremos implantar en la sociedad y sobre el modo de gobierno que queremos darnos a nosotros mismos. Para ello el «humanismo» que muchos defendemos sigue manteniendo la tesis de que todos los instrumentos y herramientas tecnológicas, por muy sofisticadas que sean, no son más que medios al servicio de las personas y que nunca debemos convertirnos en autómatas que no piensan ni deciden por sí mismos. Si eso sucede, entonces ya no habrá seres humanos sobre la Tierra y, por ahora, no se sabe cómo será esa nueva especie posthumana. ¿Será un robot autómata de forma humanoide?
Luis María Cifuentes Pérez
El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona
Antología poética Hölderlin
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Según sus defensores, como el portal de internet Transhumanismo o el filósofo Nick Bostrom, el transhumanismo se define como:
Movimiento intelectual y cultural que afirma la posibilidad y el deseo de mejorar, en modo fundamental, la condición humana a través de la razón aplicada, especialmente por medio del desarrollo y la larga puesta a disposición de tecnologías para eliminar el envejecimiento y potenciar grandemente las capacidades humanas intelectuales, físicas y psicológicas Se pueden consultar en dos páginas webs las ideas más importantes. Al final del libro se añade el famoso manifiesto transhumanista cuya lectura ayuda a determinar cuáles son las promesas de este nuevo movimiento.
Actualmente, ese mejoramiento humano se plantea en dos sentidos, no totalmente contrarios, pero sí distintos. Uno es el intento de transformación de nuestra especie por la integración del ser humano con la máquina (cíborg) y el otro, por la modificación de nuestros genes en su fase germinal para que nos lleve a transformarnos en otra especie: el Homo excelsior, según algunos.
El transhumanismo propone una nueva humanidad traspasando los límites de lo humano y convirtiendo en realidad viejos sueños
Desde hace ya unas cuantas décadas, el transhumanismo sostiene que el género humano mejorará considerablemente a lo largo del siglo XXI. Esa mejora parte de la idea de que la evolución humana, y de las especies en general, no ha acabado. El hombre actual es fruto de un proceso llamado evolución. Hasta ahora, ese proceso era algo natural (no dirigido) y ahora, con la ayuda de las nuevas tecnologías, el hombre se está construyendo a sí mismo, y la evolución natural da paso a la evolución artificial e intencionada. El actual estado biológico en que nos encontramos es un paso hacia una nueva especie humana o transhumana. Vamos camino de dejar atrás al Homo sapiens para llegar a una nueva especie tan perfecta y desarrollada que algunos no dudan en llamarla Homo deus u Homo excelsior.
Vivimos en la actualidad una escalada creciente de adelantos tecnológicos que eran, hasta hace poco, considerados como quimeras o cuestiones propias de la ciencia ficción. El teléfono móvil, por ejemplo, en poco tiempo ha cambiado nuestra forma de comunicarnos. De un simple teléfono para llamar y recibir llamadas ha pasado a ser un aparato imprescindible para orientarse, operar con tu banco, comprar entradas, reservar consulta médica, etc. Este es solo uno de otros muchos artefactos que están invadiendo nuestra vida diaria: cocinas autosuficientes alimentadas por estiércol o residuos orgánicos familiares, cortadores de césped autónomos, coches sin conductor, implantes y prótesis para corregir deficiencias o minusvalías de diverso tipo, etcétera.
Este crecimiento tecnológico está dejando una huella profunda en el hombre que afecta a muchos aspectos de nuestras vidas y que, incluso, puede llegar a cambiar no solo nuestra forma de vivir, sino nuestro ser mismo, nuestra identidad como humanos.
La era digital ha dejado atrás lo analógico. Casi todas las máquinas que usamos en nuestra vida diaria son ya digitales: móviles, ordenadores, coches, libros, revistas, tarjetas de crédito, lavadoras, microondas, etc. Y esto significa que estamos rodeados de una nueva tecnología desconocida hasta hace poco. Muchas de las personas que viven actualmente han visto el nacimiento de esta nueva tecnología; pero, de aquí a unos años, lo analógico será algo del pasado y viviremos rodeados de aparatos inteligentes. Una de las novedades de esta nueva situación es la rapidez con que se producen los cambios y avances.
Algunas de las nuevas tecnologías emergentes e implicadas en esta transformación son: nanotecnología, biotecnología, tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y tecnologías cognitivas. Más adelante, profundizaremos un poco más en dichas tecnologías.
Desde el transhumanismo, se defiende la plasticidad humana y su capacidad de autotransformarse e, incluso, el derecho a un cambio de morfología (transformación).
John von Neumann (matemático famoso por sus aportaciones en física cuántica y en cibernética), en los años cincuenta habló, de «la aceleración continua del desarrollo tecnológico» e insinuaba la posibilidad de acercarnos hacia un futuro en que lo humano dejaría de ser humano, tal y como lo entendemos hasta ahora.
Esta transformación del hombre implica el traspasar fronteras que hasta hace poco eran consideradas infranqueables. Hay entre estos pensadores llamados transhumanistas un optimismo tecnológico y una confianza ciega en las nuevas tecnologías. Esa esperanza en el progreso viene postulada desde varias disciplinas científicas: biología, TIC, física, medicina, economía, etc.; aunque también desde la filosofía posmoderna se accede actualmente a planteamientos transhumanistas.
Todo proyecto y propuesta que se denomine científica debe tener siempre un punto de autocrítica, pero da la impresión de que esto falta en el proyecto transhumanista, en el que se hacen afirmaciones y predicciones de futuro con una seguridad acrítica que puede producir cierto escepticismo en los oyentes. Aunque es indudable la presencia cada vez mayor de la tecnología en nuestras vidas, sin la cual ya no sabemos vivir. Desde que el hombre aprendió a usar la piedra de sílex, hemos dependido de la tecnología. Sin embargo, esa dependencia actualmente es máxima.
Se percibe también una cierta desconfianza en lo humano. La mentalidad transhumanista implica una desconfianza en el hombre y prefiere depositar sus esperanzas en las máquinas: la heteronomía (no solo moral, sino humana en general) se desplaza de otros humanos a las máquinas; dejamos que las nuevas tecnologías sean las que tomen la iniciativa y nos podemos en sus manos, como antes confiábamos en la educación, en las humanidades y en los valores humanos para intentar mejorar la vida del individuo y de las naciones. Parece como si el proyecto humanista, cansado de sus fracasos por liberar y mejorar la vida humana solo con la ética y la política, derivara sus esperanzas de la ciencia y las humanidades a las tecnologías emergentes.
En los últimos años, con los avances técnicos y médicos, se ve como algo posible la fusión entre el hombre y la máquina. El problema está en que aquellos que no se integren podrían ser considerados como una subespecie humana. Hay ya muchos defensores y seguidores de esta corriente que incluso están experimentando en sí mismos, a través del biohacking, la autotransformación de su propio cuerpo. Piénsese que el hecho de llevar gafas o una prótesis de cadera es solo el comienzo de lo que ya se está haciendo con todo tipo de implantes —como veremos más adelante— y de lo que se podrá hacer en el futuro.
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Vamos a abordar ahora la explicación de algunos de los términos que se manejan y que es necesario aclarar para entender el alcance de las afirmaciones transhumanistas.
Primeramente, hay que precisar que, para el transhumanismo, el ser humano tal y como lo conocemos actualmente es algo en proceso y, consecuentemente, no se puede considerar algo acabado. Desde que Darwin formuló la evolución de todas las especies, incluida la humana, es posible considerar el actual estado del hombre (Homo sapiens sapiens) como un paso hacia algo más. ¿Por qué considerar que el proceso evolutivo ha finalizado? Por tanto, se puede afirmar que el hombre morfológica y constitutivamente no está terminado y que podemos seguir evolucionando.
La segunda cuestión es que el hombre es una síntesis entre naturaleza y cultura. La genética es importante en nuestra naturaleza, pero cada vez lo es más la cultura. Llega un momento en que la cultura y los productos culturales y tecnológicos son como una segunda naturaleza sin la que ya no podemos vivir. Se habla de la cultura como segundo útero. La tecnología es imprescindible en el mundo que hemos construido y estamos dejando en manos de las máquinas actividades que antes realizábamos con nuestras solas capacidades. Además, la transformación del cuerpo de manos de la medicina es cada vez mayor. Entre implantes y prótesis, en nuestro cuerpo vamos sustituyendo lo orgánico por lo cibernético. De hecho, hay ya muchos humanos con tal cantidad de implantes que se pueden considerar en sentido amplio cíborgs. De la selección natural dejada en manos del azar hemos llegado a la selección artificial en manos de la tecnología.
¿Es ciencia ficción pensar en lo que afirma el transhumanismo? ¿Nos convertirnos en cíborgs o incluso llegaremos a transferir nuestra mente a un ordenador? ¿Si los robots nos están sustituyendo en muchos trabajos, es ciencia ficción pensar que podrán sustituirnos en todo? ¿Llegarán las máquinas a ser conscientes de sí mismas invadiendo nuestro mundo y prescindiendo del hombre?
En tercer lugar, nos preguntamos si, desde el punto de vista ético, tenemos derecho o el deber de manipularnos a nosotros mismos de tal modo que lleguemos a transformarnos del todo, y no convendría dejar en manos de la naturaleza ese proceso evolutivo. Hay varios factores que debemos tener en cuenta —que abordaremos en el capítulo correspondiente—, como pueden ser las consecuencias humanas que eso conlleva. Pero quizá el mayor conflicto se platea desde el ámbito religioso. Si la vida y la muerte se consideran asuntos dependientes de una voluntad divina, el manipular tanto una (vida) como otra (muerte) pueden no estar bien vistos desde ciertas instancias. Sin embargo, habría que preguntarse si esa inteligencia y racionalidad que posee el hombre debe o no deben emplearse en mejorar sus vidas con todas sus consecuencias o solo hasta un cierto punto. ¿Quién decide el punto que no debe ser traspasado? ¿Es lícito hacer todo lo que podemos hacer, todo lo que se puede hacer, lo que se debe hacer?
Para entender el transhumanismo, hay que tratar algunas cuestiones previas de tipo filosófico y antropológico, como, por ejemplo, el hecho de que el proceso evolutivo sigue abierto, de tal manera que, con ayuda de la tecnología y no de la naturaleza, podremos seguir evolucionando.
A continuación, debemos aclarar qué es lo que se promete en el transhumanismo y qué es lo que la ciencia está en condiciones de prometer y de proporcionarnos realmente. Puede haber una cierta confusión. El desentrañar lo uno de lo otro lo haremos en los capítulos correspondientes a cada tema. El mejoramiento humano, entendido como mejoramiento cognitivo, emocional, ético y la superlongevidad, tiene mucho de optimismo, pero también es verdad que hay avances que permiten hablar con cierta esperanza de un futuro en el que los humanos seamos realmente mejores que ahora.
El transhumanismo se encuentra también emparejado con el gran aliado de la llamada biología sintética. Los temas en los que se encuentra enfrascada esta disciplina no son directamente asuntos transhumanistas, sino cuestiones científicas como, por ejemplo: los circuitos de ADN, los BioBricks, la producción artificial de biomoléculas, las rutas metabólicas sintéticas, los biocombustibles, las protocélulas, los genomas mínimos, y la técnica CRISPR/Cas9 (herramienta molecular para cambiar el genoma de cualquier célula), entre otros. Temas, todos ellos, muy especializados cuyo recurrido transcurre fuera de las elucubraciones transhumanistas. Para muchos, esta disciplina tiene la clave de nuestro futuro; es decir, no la sustitución de lo orgánico por lo cibernético, sino la modificación artificial de la vida a nivel génico: el futuro del mejoramiento humano.
Hay que añadir que algunos de los científicos que trabajan en este campo aluden de un modo u otro al transhumanismo. Piensan que todas esas investigaciones —con sus dificultades actuales— apuntan a una transformación del hombre. En este sentido, George M. Church, autor de la obra Regenesis. How Synthetic Biology Will Reinvent Nature and Ourselves, hablan de los objetivos últimos de esta disciplina y afirman que estas tecnologías tienen el poder de mejorar la salud de los seres humanos y de los animales, aumentar la duración de nuestra vida, incrementar nuestra inteligencia y mejorar nuestra memoria, entre otras cosas.
También debemos tener en cuenta las consecuencias sociales, económicas, políticas y culturales que conlleva. Toda mejora humana debe estar basada en un proyecto igualitario. Sin embargo, ya desde sus comienzos, la corriente transhumanista se ha mostrado un tanto elitista y como un capricho de una sociedad saciada y satisfecha de sus logros y avances. Estos avances que promete son solo accesibles a determinas personas y a determinadas zonas del mundo. Por esto, como veremos más adelante, el transhumanismo puede ser sinónimo de desigualdad e injusticia y puede agrandar una brecha social y cultural insalvable. El movimiento transhumanista se encuentra, en gran parte, en manos de una ideología capitalista y neoliberal, que no tiene muy en cuenta la accesibilidad a estas tecnologías por parte de toda la población, sino solo el avance científico y el enriquecimiento. Es necesario actuar con prudencia y revisar los protocolos de actuación y de financiación de los proyectos de mejora humana.
Y en esta línea han surgido autores transhumanistas que se apartan del neoliberalismo y propugnan que todo avance en este sentido debe estar garantizado por políticas igualitarias y sociales.
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El término transhumanismo fue acuñado en la década de los cincuenta por sir Julian Sorrell Huxley (1887-1975) bajo la afirmación de que:
La especie humana puede, si así quiere, trascenderse a sí misma, no solo enteramente, un individuo aquí de una manera, otro individuo allá de otra manera, sino también en su integridad, como humanidad. Necesitamos un nombre para esa nueva creencia. Quizás transhumanismo puede servir: el hombre sigue siendo hombre, pero trascendiéndose a sí mismo, realizando nuevas posibilidades de y para su naturaleza humana.
Julián Huxley fue el primer director general de la UNESCO, hermano del conocido Aldous Huxley (autor de Un mundo feliz) y nieto del afamado biólogo darwinista británico T. H. Huxley.
Pero, en el sentido actual, no surge hasta los años ochenta. Fue el pensador futurista F. M. Esfandiary (1973) quien adoptó esta palabra. Esfandiary es considerado uno de los primeros defensores y promotores del transhumanismo. Cambió su nombre por FM-2030 porque pensaba que, al cumplir los cien años, se dispondría de la tecnología necesaria para ser despertado de la criogenización a la que fue sometido. Este autor hablaba ya de prótesis, interfaces biónicas, manipulación genética para transformar nuestra condición, etc. Escribió y divulgó El Manifiesto transhumanista (Up wingers). En él afirma que incluso emigraremos del planeta colonizando nuevos mundos gracias a nuestras transformaciones biológicas y a la fusión hombre-máquina. Pero fue a partir de entonces (1973) cuando un grupo de pensadores (científicos, artistas, filósofos, etc.) les dieron forma a esas ideas proponiendo por primera vez la transformación del hombre hasta convertirnos en transhumanos. Desde entonces, no han cesado las críticas ni las alabanzas. Pero tampoco cesan los avances tecnológicos que están ya transformando nuestra manera de vivir cotidiana y que avalan en parte sus afirmaciones. La vida doméstica, social, deportiva, vacacional, festiva, financiera o profesional se ve invadidas por nuevas tecnologías y aparatos que mejoran nuestra condición en múltiples aspectos.
El movimiento transhumanista comienza en el siglo XX de manos de algunos autores. Sin embargo, los precedentes se remontan a la antigüedad y podemos encontrar algunos planteamientos transhumanistas ya en las mitologías occidentales y orientales.
Nick Bostrom, en su obra Una historia del pensamiento transhumanista (2011), sostiene que, para explicar bien el transhumanismo, hay que remontarse hasta la mitología de Oriente y Occidente. La búsqueda de la eterna juventud y el alargamiento de la vida es cuestión presente en el poema épico de Gilgamesch. El mito de Prometeo protector de los hombres, que roba el fuego a Zeus y lo entrega a los humanos, que lograrán así prosperar, pone de manifiesto cómo la ciencia y la tecnología nos han hecho avanzar. También los alquimistas medievales intentaron buscar soluciones a la vejez y a la enfermedad. El humanista renacentista Pico della Mirandola parece que aborda ya está cuestión en el Discurso sobre la dignidad humana (aunque faltan muchos siglos): «Te hemos hecho una criatura que no es ni del cielo ni de la tierra, ni mortal ni inmortal, para que puedas, como libre y orgulloso moldeador de tu propio ser, darte a ti mismo la forma que prefieras». Evidentemente, este autor no hablaba del transhumanismo y se refiere a la libertad como la capacidad de autodeterminación.
En cambio, Francis Bacon, en su obra utópica La nueva Alandida, habla de los logros de la Casa de Salomón refiriéndose a la posibilidad y realidad de mejorar al hombre. Aunque no hace una referencia directa a la modificación tecnológica, sí menciona la prolongación de la vida humana, el uso de «baños de varias mezclas» para el «fortalecimiento de los nervios, partes vitales y el propio jugo y sustancia del cuerpo». Esto sí que puede considerarse un anticipo transhumanista. Los temas que sostienen los transhumanistas, por otro lado, han estado presentes en la mente humana desde siempre: la eterna juventud, la ausencia de enfermedades y limitaciones, es decir, los deseos de perfección. Pero esos temas, con frecuencia, han sido desviados hacia interpretaciones religiosas.
Pues bien, los sueños de los alquimistas medievales y de los humanistas renacentistas parece que ahora se están cumpliendo, pero en un sentido quizá totalmente diferente a lo que pensaban ellos: de la mano de la tecnología, que nos ofrece en estos momentos —como nunca antes se había pensado— la posibilidad de cambiar nuestra forma y modo de vida. Bostrom se centra en la cuestión del envejecimiento y de la muerte. Según él, nuestra cultura ha aceptado como algo inevitable y como un designio divino la muerte. Es un hecho que aceptamos y, para aceptarlo, nos hemos servido de la palabra naturaleza y de las ideas religiosas. Esto no tiene por qué ser así y abre la posibilidad de superar el envejecimiento e, incluso, la misma muerte.
Si la revolución científica de los siglos XVI y XVII sustituyó el teocentrismo por el antropocentrismo, la nueva revolución (la digital) de finales del siglo XX y comienzos del XXI nos sustituirá por hombre-máquina. Nos acabaremos fusionando con la tecnología y, del antropocentrismo propio del hombre moderno, estamos derivando a un tecnocentrismo. Este derrumbe del antropocentrismo empezó ya en el siglo XIX con la separación de los saberes científicos de la ética y la actuación humanas y con la emancipación de la técnica de otras ramas de conocimiento. Si el conocimiento fue una liberación del hombre desde la época de la Ilustración y la revolución científica, ahora la liberación es la transformación y el dominio la liberación de manos de la revolución tecnológica de finales del siglo XX. El problema es que, de la libertad del conocer, parece que avanzamos hacia nuestro propio encadenamiento como personas.
De la misma manera que, en los comienzos de la modernidad, Maquiavelo propone la independencia a la hora de hacer política de los planteamientos éticos y promueve la autonomía de la política, en la actualidad se promueve la separación de la tecnología de las trabas y condicionamientos éticos. Todo lo que podemos hacer para mejorar la vida humana, lo debemos hacer.
Los nuevos científicos del siglo XIX y las propuestas filosóficas de Marx, Nietzsche y Freud acabarían destruyendo el humanismo introduciendo la sospecha y la duda sobre la racionalidad y la libertad humanas. Ya no somos únicos —nos dirá Darwin— o no más únicos que los elefantes o cualquier otra especie, que también es única: somos una especie más en evolución en manos de la selección natural.
A estas corrientes de pensamiento habría que añadir el materialismo y el fisicalismo de autores como Julien Offray de la Mettrie, quien afirma que el hombre no es más que un animal o una colección de resortes que se impulsan unos a otros. En general, el materialismo y el biologicismo que reducen al hombre a un conjunto de neuronas y células es defendido por las ciencias biológicas y cibernéticas, que invaden otros terrenos, atribuyéndose la última palabra sobre lo que es el hombre. Se trata de un cierto reduccionismo, cuando lo humano debe ser tratado desde una perspectiva más holística porque en él intervienen muchos factores y no solo la base material.
El transhumanismo tiene sus raíces también en el superhombre de Nietzsche y en el utilitarismo y hedonismo de J. Stuart Mill, pues el uno aboga por la superación de lo humano y el otro por la libertad y el bienestar de los individuos. Y es la unión de ambos aspectos (superación de lo humano y derecho al bienestar) lo que alimenta los planteamientos transhumanistas.
Volviendo a los orígenes, podríamos citar al bioquímico británico J. B. S. Haldane, que publicó en 1923 Daedalus; or, Science and the future, en el que afirmaba que los avances en la genética acabarían produciendo una sociedad mejorada, una humanidad más sana y feliz:
El inventor químico o físico es siempre un Prometeo. No hay una gran invención, del fuego al vuelo, que no haya sido saludada como un insulto a algún dios. Pero si toda invención física y química es una blasfemia, toda invención biológica es una perversión. Difícilmente hay alguna que, al ser referida a un observador de una nación que no haya oído previamente de su existencia, no se le aparezca como indecente e innatural.
Tras esta publicación, proliferaron los autores que predecían un futuro tecnológico con optimismo. Aunque también se alzaron voces críticas como la de B. Russell, entre otros, quien afirmaba que sin desarrollo personal y ético la tecnología no solo no mejoraría al hombre, sino más bien todo lo contrario (cfr. Dédalo e Ícaro: el futuro de la ciencia). Esas críticas continuaron a lo largo del siglo XX y siguen presentes en otros autores actualmente, como J. Habermas, Michel Sandel o Francis Fukuyama, quienes critican la idea de la necesidad de alcanzar la perfección a toda costa. El hombre es un ser limitado e imperfecto; en esto consiste el ser hombre, para lo bueno y para lo malo. La obligación de alcanzar la perfección a toda costa es algo que acarreará nefastas consecuencias para el hombre y la sociedad según estos autores.
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Como es lógico, no todos los defensores de esta ideología piensan de la misma forma y conviene distinguir ciertas diferencias entre unos y otros.
Primeramente, hay un transhumanismo radical que defiende un futuro utópico dominado por cíborgs en el que la palabra hombre (Homo sapiens) sería lo que para nosotros es, por ejemplo, Australopithecus afarensis: nuestro antepasado. Los nuevos transhumanos tendrán como antepasado al Homo sapiens actual y el mundo estará habitado por seres mucho más poderosos e inteligentes.
Pero no todos piensan igual, y los hay que defienden un mejoramiento humano (enhancement) basado en una medicina superadora de las deficiencias humanas (envejecimiento, enfermedades, minusvalías, etc.) y que dejará atrás el enfoque exclusivamente curativo de esta disciplina. Si hasta ahora hemos tenido una medicina basada en la cura de las dolencias y enfermedades ¿por qué no emplear todo ese potencial en mejorarnos? Estaríamos hablando de esa nueva disciplina llamada biología sintética dedicada a mejorar la especie humana y en general todas las formas de vida. Más que curar enfermedades, hablamos de eliminar enfermedades y sufrimientos y mejorar (cambiándola) la naturaleza (mejor sería decir el cuerpo) humana.
Hay también un transhumanismo cultural filosófico que, partiendo de autores como Foucault y Derrida, realiza una crítica posmoderna al concepto de lo humano. Además, a esta corriente se ha unido el ecologismo y feminismo. Una de las muestras más significativas es Donna Haraway, filósofa de la Universidad de California, y su Manifiesto Cyborg de 1985. El icono de esta corriente es el cíborg propuesto como la superación de lo humano, que no tiene sexo ni límites entre lo vivo y lo muerto ni entre lo natural y artificial. Este transhumanismo propone la ruptura con viejas dicotomías: masculino/femenino, animal/humano, viviente/máquina. También conviene citar a una de las filósofas actuales con una gran proyección: Rosi Braidotti y su obra Lo posthumano.
Por otro lado, hay un transhumanismo tecnocientífico nacido a la par que los estudios sobre la inteligencia artificial y la robótica. Y es, quizá, el que más se ha difundido en los medios de comunicación. Los autores más destacados son Marvin Minsky, Hans Moravec y Raymond Kurzweil. Esta corriente dice claramente que, tras los humanos, la tierra se poblará de seres postbiológicos o robots superinteligentes. Sostienen también que estos nuevos seres serán inmortales. Se afirma no solo el fin de lo humano, sino el fin de lo biológico, que se sustituye por lo cibernético. Para muchos, esta postura roza la ciencia ficción; para otros, es algo más o menos lejano, pero que tarde o temprano llegará. La sustitución de lo biológico y corporal por lo artificial supone que nosotros mismos nos estamos rediseñando. En esta imbricación que define al ser humano como una síntesis de naturaleza y cultura, acabará triunfando la cultura sobre la naturaleza; pero solo un hijo de la cultura: la tecnología. Aunque el ser humano parte de lo biológico, lo artificial (cibernético) acabará reemplazando totalmente a lo natural. Bajo las siglas NBIC se indican todas las tecnologías implicadas en esta transformación: nanotecnología, biotecnología, tecnologías de la computación y ciencias cognitivas.
También nos encontramos con Peter Sloterdijk, que toma una postura híbrida entre el transhumanismo cultural y el tecnológico. Su postura transhumanista propone una la mejora de la especie humana a través de la eugenesia y manipulación genética. No se trata de ser más perfectos, sino de ser mejores también en el terreno ético. Es decir, afirma que no solo hay que cambiar lo orgánico sino al hombre en su totalidad. Mejorar es mejorar como personas. «La antropotécnica real requiere que el político sepa entretejer del modo más efectivo las propiedades de los hombres voluntariamente gobernables que resulten más favorables a los intereses públicos, de manera que, bajo su mando, el parque humano alcance la homeostasis óptima» (cfr. Normas para el parque humano). Se aparta del neoliberalismo latente en el transhumanismo para defender un transhumanismo guiado por un estado social e igualitario. Más que la libertad, importa la igualdad real de los hombres. Toda mejora de la humanidad debe ser para todos y no solo para unos poco ricos.
Aunque el movimiento del transhumanismo, en cuanto tal, tiene una cierta unidad, dentro de él se dan algunas variantes y podemos hablar de un transhumanismo tecnocientífico, cultural o social.
La presencia del transhumanismo ha crecido en las últimas décadas y, además de los ya citados, hay otros nombres muy representativos del transhumanismo cultural y tecnocientífico, entre otros: Nick Bostrom, James Hughes, Julian Savulescu, Anders Sanberg. De manera un tanto general y simplificando mucho podemos decir que existen dos lugares en el mundo desde las que se difunde el transhumanismo. Una es Silicon Valley (San Francisco) y otra la Universidad de Oxford. Pero hay que tener en cuenta que países como China y Japón son pioneras en robotización e implantación de sistemas de Inteligencia artificial, así como pioneras también en investigaciones en el campo genético; por tanto, estos dos países también son difusores de esta ideología. Cada vez son más frecuentes los Congresos y Simposios en muchas partes del mudo sobre estos temas, tanto por parte de sus defensores como por parte de sus críticos y Ray Kurzweil; nombres que estarán presentes a lo largo de estas páginas.
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A partir de la segunda mitad del siglo XX, se desarrollaron los estudios sobre la inteligencia artificial, y este es el momento en que se forjó definitivamente esta corriente. No se puede dejar de citar a A. M. Turing, padre de la informática y de los algoritmos, quien en la década de los cincuenta, con su famoso Test de Turing, fue capaz de desarrollar un sistema para distinguir si nos estamos comunicando con una máquina inteligente o con una inteligencia humana.
Entre los años sesenta y ochenta, se desarrolla en Estados Unidos la llamada corriente futurista, en la que destacados pensadores y científicos pusieron las bases inmediatas del transhumanismo actual. Entre ellos destacan: K. E. Dexler, con sus estudios sobre nanotecnología molecular y su libro de 1985 titulado Engines of Creation (The coming Era of Nanotechnology), el matemático J. C. Peterson y R. Ettinger, padre de la criónica.
En 1997, Nick Bostrom fundó la World Transhumanist Association. A partir de entonces, los estudios y libros sobre el tema se multiplican hasta llegar a la fiebre actual. Bostrom trabaja en la Universidad de Oxford. Es conocido por sus trabajos sobre el principio antrópico, el riesgo existencial, la ética sobre el perfeccionamiento humano, los riesgos de la superinteligencia y el consecuencialismo. En 2004, cofundó junto a James Hughes el Instituto para la Ética y las Tecnologías Emergentes y, en 2011, fundó el Programa Oxford Marton Sobre los Impactos de la Tecnología Futurista. Además, es el director fundador del Instituto Futuro de la Humanidad en la Universidad de Oxford.
A. Sandberg es otro de los grandes difusores de esta corriente. Trabaja en el famoso Oxford Uehiro Center for Polithical Ethical de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oxford (cfr. www.aleph.se). Lleva a cabo el Proyecto de mejoramiento en el Instituto sobre futuro de la humanidad de la Universidad de Oxford (cfr. www.enhaceproject.org) junto con Nick Bostrom.
También destaca J. Hughes, que fue director de la Asociación Transhumanista Mundial entre el 2004 y el 2006. Tras ello, se puso al frente del Institute for Ethics and Emerging Technologies. Publicó su libro Citizen Cyborg: Why Democratic Societies Must Respond to the Redesigned Human of the Future en noviembre de 2004. Se le puede considerar un crítico, pero también un defensor del transhumanismo. Este autor habla de un transhumanismo democrático, lo que implicaría que las mejoras en la vida humana deberían estar respaldadas por el Estado. De este modo, se corregirían las desigualdades que puede acarrear el transhumanismo si se aplica inspirado en una ideología liberal e individualista.
Destaca también Max More, que fundó en 1992 el Extropy Institute, que promueve desde entonces los estudios interdisciplinares para la mejora humana. Y J. Harris, profesor de Filosofía de la Universidad de Manchester, fue uno de los Directores Fundadores de la Asociación Internacional de Bioética.
En el campo de la inteligencia artificial hay que citar a Marvin Minsky, cofundador del Laboratorio de inteligencia artificial del Instituto Tecnológico de Massachusetts o MIT. Es autor de numerosos libros traducidos al español. También, dentro del mismo tema, destaca Hans Moravec, investigador de robótica en la Carnegie Mellon University y conocido por sus escritos sobre robótica, inteligencia artificial y, en general, sobre el impacto de la tecnología en la sociedad en defensa del transhumanismo.
Hablaremos más adelante también de Raymond Kurzweil, conocido por sus tesis sobre la singularidad. Después de una larga carrera en la que destacó en diversos campos, en el 2012 fue nombrado director del Departamento de Ingeniería de Google. Experto tecnólogo de sistemas y de inteligencia artificial, es actualmente presidente de la empresa informática Kurzweil Technologies, que se dedica a elaborar dispositivos electrónicos de conversación máquina-humano y aplicaciones para personas con discapacidad. También es el impulsor de la Universidad de la Singularidad en Silicon Valley.
Se repasan brevemente algunos de los autores más representativos. Partiendo de A. M Turing, que, sin ser transhumanista, sentó las bases de la informática, podemos citar también a K. E Dexler, J. C. Peterson y R. Ettinger, padres de la nanotecnología y la criónica. Los autores transhumanistas más importantes en la actualidad son Nick Bostrom, A. Sandberg, H. Hughes, Max More, Marvin Minsky, Raymond Kurzweil y G. Church, entre otros.
En el campo de la bioética, destaca Julian Savulescu, profesor de Ética Práctica en la Universidad de Oxford y director del Centro de Ética Práctica Oxford Uehiro. Es conocido por estudiar las implicaciones éticas de la clonación y la investigación con células madre embrionarias. Además, es editor de la revista Journal of Medical Ethics, considerada como una de las mejores publicaciones sobre ese tema.
Otro destacado biólogo y genetista es George Church, profesor de genética en la Escuela Médica de Harvard, profesor de Ciencias de la Salud y la tecnología en Harvard y el MIT, y miembro fundador del Instituto Wyss de Ingeniería, inspirado biológicamente en la Universidad de Harvard. Es considerado como un pionero en genómica personal y biología sintética.
Y, por último, no podemos dejar de hablar de los grandes defensores de la superlongevidad, entre los que se encuentran Aubrey de Grey y José Luis Cordeiro.
Estos serían algunos de los máximos representante, actualmente, del transhumanismo a los que volveremos a mencionar a lo largo de estas páginas, aunque también saldrán algunos nombres más.
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Hablar de Ray Kurzweil es hablar de transhumanismo y de singularidad. Aunque no es él el creador de este término, es, sin embargo, quien lo ha popularizado. De hecho, en Silicon Valley existe la Universidad de la Singularidad, cuya finalidad es reunir, educar e inspirar a un grupo de dirigentes que se esfuercen por comprender y facilitar el desarrollo exponencial de las tecnologías y promover, aplicar, orientar y guiar estas herramientas para resolver los grandes desafíos de la humanidad. Esta institución ha sido creada por Google y la NASA, entre otros promotores, y no es propiamente una universidad, sino un centro de formación e investigación.
Afirma que la innovación en la computación empezó creciendo de modo exponencial. Y este crecimiento, lejos de ralentizarse, seguirá así en el siglo XXI. El crecimiento de la capacidad de computación repercutirá en otras muchas ciencias ligadas a los computadores, como pueden ser la nanotecnología y la biotecnología. Por ejemplo, en el ámbito de la medicina, estos avances harán que crezca la esperanza y la calidad de vida hasta el 2050 como nunca antes lo había hecho. Podríamos afirmar que el envejecimiento se ralentizará hasta pararse casi por completo. Con el desarrollo de la nanomedicina, dispondremos de máquinas microscópicas capaces de reparar nuestro organismo a nivel celular.
El primer uso del término singularidad se realizó en 1957 por el matemático y físico húngaro John von Neumann. Ese año, Stanislaw Ulam afirmó que los avances cada vez más acelerados de la tecnología repercutirían enormemente en nuestro modo de vivir y explicaba que la singularidad se acerca; es decir, que la vida humana tal y como la conocemos en la actualidad está a punto de desaparecer debido a los avances tecnológicos.
¿Pero qué se quiere decir con este término exactamente? La singularidad tecnológica es el surgimiento hipotético de inteligencia artificial general (también conocida como IA fuerte). Nos referimos a máquinas inteligentes que son capaces de mejorarse y autopogramarse a sí mismas, sin necesidad de la intervención humana. Es decir, hablamos de robots autónomos e inteligentes. En la actualidad, cuando se habla de inteligencia artificial se tiene una cierta visión crítica y prudente, afirmando que esas máquinas inteligentes, en el fondo, no son tan inteligentes: necesitan de un humano que las cree, las programe y las vaya mejorando o reprogramando para realizar oras tareas. Pero el día —si es que llega— en que un sistema de ordenadores se haga autónomo y trabaje sin humanos, entonces, ese día, será el advenimiento de la inteligencia artificial fuerte.
En 1983, el matemático y escritor Vernor Vinge definió la singularidad como la conjunción de tres elementos: la mejora biológica humana, la creación de interfaces cerebro-ordenador y la inteligencia artificial. Es el primero en utilizar el término singularidad ligado a la aparición de máquinas inteligentes.
Kurzweil afirma que, dado el desarrollo de la IA y de los computadores, en el 2029 los ordenadores pasarán el test de Turing, lo que hará, entonces, imposible distinguirlos de una inteligencia humana. Estaremos ante ordenadores inteligentes, conscientes y emocionalmente mejores que los humanos. Esto provocaría una explosión de inteligencia no humana y más allá de la humana que, por tanto, estaría fuera de control del hombre.
Estos autores ponen de manifiesto la lentitud de la evolución biológica frente a la rapidez de la evolución tecnológica. En pocos años, la creación de máquinas cada vez mejores aumentará considerablemente y es casi seguro que lleguen a superar al hombre.
Un artículo de 1993 de Vernor Vinge, The Coming Technological Singularity: How to Survive in the Post-Human Era, se extendió ampliamente en internet y ayudó a popularizar la idea. Este artículo contiene la siguiente afirmación: «Dentro de treinta años, vamos a disponer de los medios tecnológicos para crear inteligencia sobrehumana. Poco después, la era humana se terminará». Vernor Vinge refina su estimación de las escalas temporales necesarias y agrega: «Me sorprendería si este evento se produce antes de 2005 o después de 2030». En esto difiere con Kurzweil, que predice un ascenso gradual a la singularidad en lugar de una automejora rápida de la inteligencia sobrehumana. Describe cuatro procesos que harán posible la singularidad.
Se estudia aquí el significado del término singularidad desde que John von Neumann, en 1957, lo usó por primera vez hasta los planteamientos de Raymon Kurzweil y Vemor Vinge sobre la singularidad tecnológica o el «despertar de las máquinas».
El primero, que los ordenadores despierten y tengan conciencia de sí mismos. El segundo, consecuencia del primero, implica la aparición de una inteligencia no humana. Entonces los humanos tendremos que engancharnos a esas máquinas si no queremos perder el control y para ello se dispondrá de interfaces cerebro-ordenador que harán que los humanos sigamos siendo más inteligentes y dominemos a esas máquinas. Y por último, habría que añadir la biología sintética, la medicina y la farmacología deben seguir trabajando para encontrar el modo de mejorar la inteligencia humana natural.
Vernor Vinge sigue prediciendo que las inteligencias sobrehumanas conseguirán adelantar a sus creadores humanos en cuanto al desarrollo y mejora de sus propias mentes. Además, este progreso se volverá más rápido a medida que las unidades de mayor inteligencia humana también progresen. Según sus predicciones, esta mejora de la inteligencia basada en la retroalimentación propia supondrá grandes avances en el campo tecnológico. Al crearse una inteligencia sobrehumana, la capacidad humana para modelar su propio futuro sufrirá una gran brecha. Esto quiere decir que el ser humano perderá todo control o bien una máquina o una síntesis hombre-máquina será la que dirija los destinos humanos. Es el fin de la humanidad y el advenimiento de la transhumanidad.
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Max More es un pensador del transhumanismo y defensor del extropianismo. Fue presidente del Instituto de Extropia y editor de la revista Extropy. En el año 1991, realizó una campaña mundial a favor del llamado transhumanismo libertario. Se trata de una fusión entre el liberalismo económico a ultranza y el transhumanismo, que defiende la libertad individual de cada persona para transformarnos y mejorarnos. Además, la decisión sobre ese tema debe ser algo exclusivamente personal; no debe intervenir el Estado ni ninguna otra autoridad. Se llama libertario porque defiende la libertad individual a toda costa. El hombre debe usar su razón para la mejora de sí mismo y no se puede poner ningún límite a esa posibilidad. En este sentido, cualquier intento por parte del Estado de regular y controlar este asunto se considera un atentado a la privacidad y a la libertad personal de los seres humanos.
Además, Max More se considera directamente influenciado por la filosofía de Nietzsche y su noción de superhombre. Se puede establecer un cierto paralelismo entre lo que dice Nietzsche sobre advenimiento del superhombre tras la «muerte de dios» y lo que More afirma sobre el advenimiento del transhumano tras la incorporación de las nuevas tecnologías. En 1998, publicó Principios de la extropía —en la web Extropia—, en el que utiliza la palabra extropía en oposición a la palabra entropía (término empleado en física). Si la entropía es entendida, a grandes rasgos, como la tendencia del universo al caos, la extropía sería lo contrario, la tendencia al orden y a la mejora como consecuencia de la acción racional humana. Se concluye también que esa acción humana, además de mejorar el mundo en que vivimos, supondrá una gran ventaja para el hombre mismo.
Afirma Max More que, como los humanistas de tiempos pasados, también los transhumanistas dan importancia a la razón, al progreso con vistas a nuestro bienestar, de tal manera que el progreso se liga a la razón tecnológica más que a la moral o a la educación en valores, ya sean inmanentes o transcendentes. El único valor sería la libertad y la racionalidad. Los transhumanistas se consideran una prolongación del humanismo al afirmar que los límites humanos deben ser traspasados mediante la ciencia y la tecnología, combinadas con el pensamiento crítico y creativo. «No son inevitables la vejez y la muerte, se debe buscar mejorar progresivamente nuestras capacidades intelectuales y físicas, así como desarrollarnos emocionalmente» (cfr. web Extropia). Se preguntan: ¿por qué no debemos avanzar en el desarrollo tecnológico y científico? ¿Es que hemos llegado a un límite que no podemos pasar? ¿Es la situación actual del hombre la meta máxima a la que podemos aspirar?
Como hemos mencionado, relacionado con la extropía está el biohacking y, aunque el término hackear suele tener una acepción negativa, en el caso del biohackeo las aplicaciones están destinadas a potenciar las capacidades humanas mediante la introducción en nuestro organismo de nuevas tecnologías. Aunque se puede usar con fines inhumanos y perversos, sus aplicaciones positivas son muchas. Por ahora, su uso más extendido tiene como función mejorar la calidad de vida de las personas que voluntariamente someten sus cuerpos a ciertas transformaciones (que hackean). Su objetivo final no es exactamente la cura de una dolencia, sino la mejora de sus capacidades humanas. Pues bien, esa mejora es un derecho inalienable según Max More.
También el profesor Anders Sandberg habla de la libertad morfológica, un concepto que debería acabar con los prejuicios éticos: tenemos derecho a usar la tecnología en la mejora de nosotros mismos a nivel físico y mental, y ningún principio ético, religioso ni la ley de un Estado debe ponernos trabas en ese tema.
No estamos preparados para asumir, desde el punto de vista social, legal y político, las consecuencias del transhumanismo y sus tesis sobre el mejoramiento humano. Tampoco podemos valorar aún las consecuencias económicas, por lo que la admisión sin reparos de lo que suponen la longevidad o el alargamiento de la vida, así como las intervenciones y manipulaciones en nuestros cuerpos, ya que estos puede tener efectos negativos, y muchos de ellos incontrolables. Estamos ante un mundo futuro en el que la mejora personal no depende del esfuerzo, sino del dinero que tengas para someterte a los tratamientos médicos convenientes. ¿Es legítimo transformar nuestra naturaleza en vez de curar nuestras dolencias y minusvalías? El día que acudamos a la consulta médica no porque tengamos una dolencia, sino porque queramos poseer alguna cualidad corporal en grado mayor, ese día no hablaremos de medicina curativa simplemente, sino mejorativa.
Los planteamientos de Max More y su noción de extropía suponen, dentro del transhumanismo, uno de sus planteamientos más extremistas: la proclamación de la absoluta libertad individual frente a cualquier intervención externa y reguladora por parte del estado o de la sociedad para transformar el propio cuerpo a través la tecnología.
¿Cuál es el primer factor económico que se verá afectado por una mayor fe de vida? Podemos decir sin ninguna duda que serán nuestros sistemas de pensiones y seguros, los cuales difícilmente puedan soportar esta nueva longevidad.
En resumen, las consecuencias de estas mejoras en nuestros sistemas de seguridad social y de salud son enormes. Afirmar sin más el derecho individual a rediseñarse (hackearse) y mejorarse según mi libertad individual sin tener en cuenta el marco familiar, social y cívico es —cuanto menos— un tanto simplista e irresponsable.
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Todo se acaba con la muerte. El fin no está en la enfermedad, las guerras o las miserias, sino en la muerte. Este hecho marca de un modo inexorable la vida humana. El huir de ella es el gran deseo de la humanidad; pero ante ella la postura más común es la sumisión. Aunque las religiones nos prometen una vida más allá de la muerte física, no se han atrevido a evitarla. Solo el transhumanismo en las últimas décadas ha sido quizá el planteamiento más radical de todos los que se han dado en la historia: pretende eliminarla y conseguir de alguna forma la inmortalidad, la no muerte.
Se dice que el ser humano es un ser que tiene miedos y que fundamentalmente son cuatro nuestros miedos: miedo al fracaso, miedo al dolor, miedo a lo desconocido y miedo a la muerte. Podríamos afirmar que el transhumanismo desde el punto de vista cultural y antropológico afronta estos cuatro miedos. La tecnología nos promete un futuro mejor, el porvenir es bueno (miedo a lo desconocido), además la tecnología nos hará superar nuestros fracasos como humanos (miedo al fracaso). El planteamiento transhumanista que se basa en alcanzar el bienestar (miedo al dolor) nos promete una vida placentera y por último, la superación de la muerte nos abre las puertas hacia un futuro mundo mejor, transhumano y sin miedos ni fobias.
Todas las corrientes tecnocientíficas, se pueden resumir en dos grandes tipos: uno de tipo cibernético y otro de tipo biológico. Pues bien, ambas coinciden en el afán de superar la muerte: poder no morir, conseguir no tanto la inmortalidad, sino la amortalidad. El gran sueño del transhumanismo es este; pero no simplemente no morir, sino vivir notablemente mejorados: vivir una vida digna de ser vivida. ¿A quién no le atrae esta perspectiva?
Los transhumanistas cibernéticos o tecnocientíficos pretenden afirmar que la forma es convertirnos en organismos cibernéticos: volcando nuestra mente en un ordenador. Al decir nuestra mente, nos referimos a nuestra historia personal, nuestros recuerdos, amores, tristezas, éxitos, fracasos, etc. En cambio, el transhumanismo que parte de la biología sintética propugna la superación de la muerte a nivel biológico sin necesidad de convertirnos en máquinas.
Se trata de una huida de lo humano, un rechazo y desconfianza en el hombre y sus limitaciones. Sin embargo, fue la confianza del hombre en sí mismo lo que llevó a la humanidad a lo largo de la historia a realizar grandes proezas desde la revolución del Neolítico a la creación de la escritura, el nacimiento de las civilizaciones, la ciencia y la tecnología.
Las propuestas de los humanistas ilustrados han fracasado, pero no ahora, sino ya en el siglo XIX con la Revolución Industrial. Además, las ideologías económicas y políticas del siglo XIX, el marxismo y el capitalismo, derrumbaron en parte toda esperanza. Y el siglo
