El último libro de fútbol - Enrique Ballester - E-Book

El último libro de fútbol E-Book

Enrique Ballester

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Beschreibung

Si Ballester fuese defensa central no sacaría de rabona la pelota en el minuto 90 sino que la golpearía lo más lejos posible de su portería. Por eso ha titulado «El último libro de fútbol» su último libro de fútbol. Pero no se engañen, por debajo de ese espíritu práctico (resumido en su aforismo autobiográfico: «No aporta soluciones, pero tampoco da problemas») late un esteta finísimo, uno de esos que disfruta tanto de tantas cosas que no llegará nunca a ser un cínico.

Y así, sus columnas se leen con un cosquilleo de ligereza y felicidad, como quien escucha la charla inspirada de un amigo que enumera anécdotas cotidianas (familia, trabajo, sofá, amigos) entrelazadas con historias de fútbol.

Y al revés. Porque hay escritores que convierten el fútbol en una metáfora de la vida, y luego está Ballester, que también sabe convertir su vida en una metáfora del fútbol.

A continuación, os dejamos una hilera de frases magníficas de gente de relumbrón elogiando a Ballester (ninguno de ellos ha sido forzado por la editorial ni ha recibido dinero a cambio) encabezada por una de cosecha propia: «Ballester es una mezcla de Eugenio y Seinfeld, pero en vez de subido a un taburete, tumbado en batín en el sofá; en vez de en Nueva York, en Castelló de la Plana».

«Ballester confirma todas las virtudes de su estilo», Sergi Pàmies, La Vanguardia.

«Divertidos, ágiles y contemporáneos», Pedro Zuazua, «Babelia», El País.

«El héroe que necesitas», Sergio V. Jodar, revista Panenka.

«Nadie escribe tan bien sobre la vida a través del fútbol como Enrique Ballester»,

Àxel Torres.

«Columnas con vocación de cuento, de las que uno sale o bien con una sonrisa

o bien directamente llorando de la risa», Xacobe Pato, Vogue.

SOBRE EL AUTOR

Enrique Ballester - (Castelló, 1983) trabaja en el diario Mediterráneo y escribe columnas para El Periódico. Tiene una sección en El Día Después de Movistar y un pódcast de fútbol en As Audio. Colabora con las revistas Lletraferit y Líbero.

Siempre que suena el despertador piensa lo mismo: «no seré tan listo si estoy despierto a estas horas». Vive más o menos bien.

Se considera alérgico al conflicto y al trabajo, pero sus textos se han publicado, entre otros medios, en Letras Libres, Diarios de Fútbol, Levante-EMV, Panenka, La Copa Imposible, Podium y Vanity Fair. En la radio: en Tiempo de juego de la Cadena Cope, Tu diràs de RAC1 y Hoy por hoy de la Cadena SER.

"El fútbol no te da de comer" es su cuarto libro, tras "Infrafútbol" (2014) y los también recopilatorios "Barraca y tangana" (2018) y "Otro libro de fútbol" (2020), que fue elegido libro del año por la revista Panenka. Los cuatro libros han sido publicados en Libros del K.O.

Aborrece las biografías en las solapas: «una cosa es lo que somos y otra lo que creemos ser».  

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Seitenzahl: 266

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Enrique Ballester

EL ÚLTIMO LIBRO DE FÚTBOL

primera edición: septiembre de 2024

© Enrique Ballester Castellano, 2024

© Libros del K.O., S. L. L., 2024

Calle San Bernardo 97-99, entresuelo 8

28015 Madrid

isbn: 978-84-19119-73-5

código ibic: DNJ, WSJA

diseño de cubierta: Artur Galocha

maquetación: María OʼShea

corrección: Melina Grinberg

Los primeros 88 artículos que contiene este libro fueron publicados originalmente en El Periódico entre agosto de 2022 y julio de 2024.

Los dos finales lo hicieron en Jot Down Sport.

¿Mañana qué hacemos? [Ni cobrando]

Pasamos el verano previo a empezar el colegio tratando de preparar a mi hija Delia para ello. Vivíamos cada paso como un acontecimiento. Aún recuerdo el día que compramos la mochila, el día que se probó el uniforme, el día que fuimos a ver el patio desde fuera y el día que conoció en un parque a un futuro compañero. Recuerdo leer en las noches de verano libros que hablaban de niños que iban al colegio. Recuerdo las historias que le contábamos de cuando nosotros éramos pequeños. Tenía que estar todo preparado para el aterrizaje, sin traumas ni turbulencias, debía ser todo perfecto. Recuerdo también cuando llegó al fin su primer día de colegio: la ilusión, los nervios y el sueño. Recuerdo que Delia entró más o menos bien a clase, muy digna y como una campeona, y que volví después a recogerla. Con cara de haber llorado un poco, me dijo, muy seria: «Ya he ido al colegio, ¿mañana qué hacemos?».

Se nos había olvidado explicarle que había que ir todos los días al colegio.

Lógicamente Delia no daba crédito. ¿Todos los días? No tiene sentido. ¿A quién se le había ocurrido eso? Pasó bastante tiempo hasta que se resignó y asimiló el concepto.

El otro día entrevisté a Eduardo Mas, un veterano exlocutor de radio que anduvo décadas siguiendo al Castellón por toda España. Me dijo que había retransmitido más de ochocientos partidos en directo. Me apuntó la cifra exacta porque me aseguró que los contaba, e igual se lo inventó, pero le creí porque yo sí tengo una lista con todas las columnas que he escrito en los periódicos de Prensa Ibérica (793). Le pregunté por el desgaste que conlleva este tipo de oficio viajero. Tantos domingos fuera de casa y tantos kilómetros, sobre todo cuando acaba la novedad y va pasando el tiempo y crecen las responsabilidades adultas y el cansancio diverso, y su respuesta me pareció una genialidad honesta y clara: «Primero habría pagado por ello, después lo habría hecho gratis, luego solo si me pagaban, y al final ni cobrando». Aún la escribo ahora y sonrío aquí solo. Estoy en la tercera fase. Eso me salva de momento.

Cuando empiezas a trabajar de algo no piensas que tienes que ir todos los días al colegio. Quizá si eres profesor o maestro sí lo piensas, pero yo me entiendo. No piensas cómo estarás dentro de veinte, treinta o cuarenta años.

En un equipo de fútbol ves claramente quién pagaría por jugar, quién jugaría gratis, quién es un profesional y quién está ya medio escapando de este invento. Lo difícil es combinarlo con acierto. A menudo, como en el resto de empleos, esa división tiene que ver con la edad, pero no siempre. A veces encuentras a un veterano que destila el entusiasmo de un debutante —pienso fácil en Luka Modrić—, y eso es un tesoro inmenso. A veces encuentras a un joven que solo piensa en el dinero, nada más, y eso suele ser síntoma de algo feo.

Mi hija ya no es tan pequeña y el curso que viene irá al instituto. Con frecuencia, cuando suena el despertador, me pregunto cómo éramos capaces de ir siempre de niños al colegio, de dónde sacábamos la energía si no nos estaban pagando por ello. Mi teoría es que lo hacíamos porque no sabíamos que existía la posibilidad de no hacerlo, nos lo ocultaban, y ni siquiera nos lo planteábamos en serio. En el instituto era otro asunto, ya ibas pillando el funcionamiento. Intuyo que pronto tendremos que explicar a Delia que también hay que ir todos los días, aunque no le apetezca ni cobrando, y la comprendo.

Febrero de 2023

Nuestro héroe [Ni se inmutaba]

Está el ambiente tenso en este final de temporada. En situaciones así destacan aquellos que están hechos de otra pasta. Como sufridor futbolero que soy, admiro cada vez más a esos seres superiores ajenos a las inercias, los nervios y los dramas. Son superhéroes de la calma. Modelos a imitar en cualquier circunstancia.

Aparecen, además, donde les da la gana. De repente, sin sentido alguno y de la nada. La otra noche, en el partido del Espanyol y poco después del gol que completaba la hazaña, uno de estos elegidos asomó en pantalla. Estaba la afición del Espanyol lógicamente desatada, tras pasar del 0-3 al 3-3 en una situación desesperada, y el estadio bramaba envuelto por una atmósfera de euforia descontrolada. El realizador se recreaba en el entusiasmo colectivo, con las bufandas al viento y los cánticos de «Sí se puede» emanando de caras desencajadas. Ahí fue, en pleno éxtasis tribal, cuando descubrí a mi nuevo ídolo, el superhéroe de la calma.

Estaba sentado en una butaca. El hincha que tenía a su derecha sonreía dando palmas. Los que tenía en la fila delantera agitaban el puño y gritaban. Crecía a su alrededor la tormenta emocional, pero nuestro héroe ni se inmutaba. Nuestro héroe estaba a lo suyo, y lo suyo era una bolsa de Ruffles Jamón. Nuestro héroe tenía clarísimas sus prioridades y estoy seguro de que no cambiarán por una jugada. Quizá baje el Espanyol, pero nada le apartará de sus Ruffles. Tampoco aunque se salve. Era una bolsa grande de patatas.

En la vida hay que relativizar el éxito y encajar los golpes, y nuestro héroe expresaba una tranquilidad natural y amable, en absoluto impostada. Todo ello, además, masticando con la boca cerrada. No se podía tener más carisma ni molar más. Una actitud impecable. Lo estoy volviendo a ver, en el minuto 80 y 5 segundos, en un estadio que arde. De vez en cuando enciendo la tele y reviso la secuencia. Es increíble la paz mental que me aporta. Ojalá, cuando mi equipo se juegue algo así, sepa reunir las fuerzas para poder imitarle.

Porque lo habitual no es lo de nuestro héroe. En caso de emergencia nadie sigue las instrucciones. Solo los que son como nuestro héroe: que eligiera Ruffles Jamón ya te dice mucho sobre esa persona, ese detalle. Nada de sabores raros ni riesgos innecesarios. Las modas pasan y los resultados también. Seguro que nuestro héroe prefiere ganar y quiere que el Espanyol se salve, obvio, pero me atrevo a pensar que sabe que no es lo único importante. Lo importante es que estará en el mismo sitio la temporada que viene, con sus Ruffles y con su gente, pase lo que pase, y lo sabe.

Ojalá disponer de esa clarividencia para vivir el fútbol con la perspectiva adecuada. Cuando lo he conseguido, ayuda bastante. Pensar que hace treinta años ya estábamos ahí y que dentro de otros treinta seguiremos estando, y que por el camino hemos sido felices y tristes; y que nadie gana siempre, pero tampoco nadie pierde siempre. Que todo pasa y volverá a pasar. Lo digo en el periódico cuando nos agobiamos, a veces: al final el periódico del día siempre sale adelante, mejor o peor, y también siempre al día siguiente hay que hacer otro, y pasado un tiempo ya no se acuerda nadie.

No será tan importante.

A menudo basta con reservar energía y sentarse a esperar el momento clave. Lo más difícil —en una temporada, en una vida— es silenciar el ruido y descubrir cuál es de veras el momento clave, y dar lo mejor entonces. Antes, las Ruffles y no agobiarse.

Mayo de 2023

Entenderlo [Sin mirar la portería]

Ahora mismo en mi vida alternan dos tipos de partidos: los que veo solo y los que veo con un niño simpático llamado Teo. Los que veo a solas los veo básicamente por dinero, y poco más, no existe mucho misterio en ello. El fútbol es diferente cuando veo partidos con Teo, que resulta que es mi hijo y que tiene seis años ese tal Teo. La otra tarde se me tumbó encima en el sofá y me dijo: «No hables y no te muevas, que si hablas o te mueves me entra sueño» (?). Yo le hice caso, por supuesto, y me quedé callado y quieto porque es importante hacer caso siempre a Teo y, sobre todo, no tratar de entenderlo.

En la tele estaban jugando Barcelona y Getafe. Cuando ve partidos, a Teo le gusta sustituir a los jugadores de verdad por los nombres de sus compañeros. Su equipo juega en fútbol-8, porque todavía son pequeños, por lo que tiene que doblar algunas posiciones en el recuento, pero sabe quién es defensa, quién juega en la banda o en el medio y quién es delantero centro. Hasta ahí todo bien, todo correcto.

Teo estaba a lo suyo, entretenido y medio contento, hasta que escuchó al locutor pronunciar «Dembélé». Enseguida noté que algo no encajaba en su cerebro, pero opté por seguir callado y quieto. Al rato me dijo: «¿Pero Dembélé no se había muerto?», y yo entonces aún entendía menos. Al final él solo cayó en la cuenta a tiempo: «Ah, no, ¡Pelé!».

No trates de entenderlo (?).

Cuando se jugó el siguiente partido, Teo ya estaba durmiendo. Siempre que se va a la cama me pide que a la mañana siguiente le diga el resultado, pero hay días que estoy tan cansado que ni me acuerdo cuando lo llevo al colegio. Hay días que Teo cruza la jornada escolar con un reproche guardado en el cerebro. Luego, si me ve por la noche o si me llama al trabajo después de cenar, me lo echa en cara con todo el derecho: «No me dijiste el resultado y me lo han tenido que decir en el colegio». Como padre, necesito y prometo mejorar en ello. Es información básica de interés general y el lamento me parece correcto. Eso sí que lo entiendo.

En el siguiente partido, ese que vi ya sin Teo, Benzema marcó un golazo tremendo. Para explicarlo, hubo quien subrayó que Benzema, sin mirar, sabía dónde estaba la portería. Destacaron muchísimo eso. Ojo: que sin mirar sabía dónde estaba la portería. De vez en cuando hay quien sale con eso: increíble, el delantero sabía dónde estaba la portería en todo momento, menudo talento.

Destacan mucho eso —¡sabía dónde estaba la portería!— como si fuera un gran secreto del juego, pero me atrevería a decir que la portería no se mueve, la portería ocupa su lugar desde el principio de los tiempos. La portería está en el mismo sitio desde que empiezas a jugar de pequeño. Yo he jugado a fútbol muchos años y también sabía dónde estaba la portería sin tener que mirarla. El último de mis problemas jugando a fútbol era saber dónde estaba la portería. Diría que siempre supe dónde estaba mi portería e incluso la del rival, sobradísimo, era así de bueno. De hecho, quizá saber dónde está la portería sin mirarla sea lo único que puedo hacer igual que Benzema en un terreno de juego. Diría que hubo cosas más difíciles en ese golazo tremendo. Diría que ningún ojeador escribe en su informe: «el hombre-brújula sabe dónde está la portería en todo momento».

Diría, pero no sé. Me apetece comentarlo con Teo, que a lo mejor estamos de acuerdo. A ver si mañana no tengo mucho sueño.

Enero de 2023

Un comunicado [Gracias por la enseñanza]

La asociación de ideas es a veces peligrosa. Uno ve lo del Pizjuán con el Manchester United, por ejemplo, y sin querer se emociona y piensa: «Si el Sevilla puede volver a ganar la Europa League, ¿por qué nosotros no podemos volver a salir todos los jueves?».

Salir de fiesta empujado por la euforia que genera una victoria de tu equipo es una de las cosas más bonitas que te puede regalar el fútbol. De la celebración del gol pasas a la celebración del triunfo, y de ahí a la celebración de la noche entera, de la mera existencia. Eres feliz sin más esfuerzo que prolongar la inercia. No hace falta pedalear, solo has de dejarte llevar hasta la meta: el repaso mental y colectivo de las mejores jugadas, los parloteos con los amigos con los que vas y con los que te encuentras y las exageradas predicciones sobre el broche de la temporada, porque a esas horas siempre salen las cuentas. ¿Por qué limitar la emoción al estadio si puedes vivir la experiencia completa? El partido no acaba hasta que ves después el resumen del partido en la nebulosa etílica, antes de entrar en la cama, ya regresado a casa. El impacto dura en la memoria hasta la siguiente semana, porque así son las victorias perfectas.

En cambio, salir de fiesta después de una derrota de tu equipo guarda otra esencia. En esos casos, bebes decadencia. Cada trago te hunde un poco más en tus miserias. Las discusiones amistosas mutan con una incontrolable facilidad en bronca tensa. Incluso cuando te diviertes, la risa se congela de repente con el recuerdo del resultado, porque lo de olvidar es una quimera. La amargura es tendencia y la gracia queda siempre incompleta. Lo último que se te ocurre al llegar a casa es ver el resumen del partido antes de dormir, ni de coña, ni por un trillón de pesetas. El impacto dura en la memoria más de la cuenta. Dependiendo del partido, de hecho, quizá no se borre jamás esa cicatriz de tristeza. Una final perdida, un descenso consumado o un ascenso que vuela. Eso siempre te persigue, porque no hay vuelta atrás, ni la habrá, y porque así son las derrotas de mierda.

Sin embargo, para poder disfrutar de unas hay que pasar por la tortura de las otras. Esto es algo sencillo de explicar. ¿Por qué nos gustan los días libres? ¿Por qué somos capaces de disfrutarlos? Porque tenemos muchos días ocupados. Si todos los días fueran libres, nos asquearían tarde o temprano. No sabríamos valorarlos. De igual modo, para apreciar las victorias hay que entender antes las derrotas. Vale que a veces el fútbol parece no captarlo y habría que enviarle un comunicado, quizá, o algo. «Estimado fútbol, llevamos siete años en Tercera División, perdiendo play-offs y bordeando la desaparición, creo que ya hemos entendido eso del valor de la derrota. Nos ha quedado claro el tema y gracias por la enseñanza, pero a ver si podríamos pasar a lo de ganar, un día de estos, si no te importa».

Un comunicado, quizá, o algo.

Cuidado en todo caso con la asociación de ideas, porque a veces no mides las consecuencias. No hay nada como salir un jueves y despertar un viernes con un capazo de responsabilidades y tareas para recordar por qué dejamos de salir los jueves. Por resumir, por lo que sea: no somos el Sevilla, Guti acaba de tener un nieto y la Europa League ya no es la Copa de la UEFA.

Abril de 2023

Hacer la ola [Vacíos legales]

Dicen que la paternidad te planta frente a las grandes cuestiones vitales, y creo que es cierto. Durante el embarazo no dejé de hacer cuentas y pensar sobre un dilema trascendental: «Si Álvaro nace en el parón entre temporadas, ¿qué carnet de abonado le saco? ¿El de la recién finalizada 2022/23 o el de la futura 2023/24?».

Existe ahí un vacío legal difícil de interpretar, pero llegado el momento el club respondió esta pregunta existencial con frialdad burocrática. No vendían abonos una vez finalizada la temporada y la norma se debe respetar, así que Álvaro tuvo que esperar unas semanas preciosas en el limbo de los «sin equipo», en lo peor de la sociedad. Por el camino, además, algún nuevo abonado se le debió colar y perdió unos valiosos números que dificultarán que un día llegue a ser el socio número uno de la entidad. Ahora estoy condenado a vivir con esa angustia. Cuando el niño sea consciente de todo esto, no sé si me lo perdonará.

Quizá entonces comparta con él un truco que pienso practicar. Esta maniobra infalible será mi última voluntad. Lo único que pediré en el lecho de muerte es que mis descendientes oculten mi fallecimiento al club y sigan renovando mi carnet hasta la eternidad. Seguro que ahí existe también un vacío legal difícil de interpretar que podemos aprovechar. Ser el socio número uno desde el más allá, ¿qué puede fallar? Mis bisnietos excusarán mi ausencia en los homenajes —que sin duda me querrán brindar— y todo el mundo lo entenderá, sin sospechar. Lógico: un señor de 146 años necesita descansar.

De momento voy al estadio con el hijo mediano. El pobre Teo se llevó el otro día un susto monumental. De repente la gente empezó a hacer la ola y él nunca había visto hacer la ola. Imaginad lo que es esto: el niño vio que miles de personas empezaban a levantarse de sus asientos y me miró con una cara de pánico tremendo. Pensaba que había un terremoto, un reparto de algo gratis o un incendio.

Cuando le expliqué lo de la ola pasó rápido de la incomprensión al divertimento. Teo hacía miniolas con los dedos, que a su vez se sumaban a la gran ola cuando llegaba a nuestros asientos. La ola dentro de la ola, muy bonito gesto. Yo igual no hacía la ola desde que era niño, pero me vi obligado a participar para no crear un trauma al chiquillo, y que no pensara que su padre era el rarito que no se integra en el festejo. Mientras hacía la ola pensé en lo que estábamos viviendo: milenios de civilización para terminar haciendo la ola. El culmen de la humanidad, la cima del pensamiento.

La ola une a cualquiera con cualquiera. No importa clase social, signo político o franja de edad. La ola une tanto que Feijóo sería ahora presidente del Gobierno si hubiera empezado la ola en el Congreso.

Cuando acabó el partido, nos quedamos en la grada. Con la excusa del atardecer naranja, retuve a Teo y le hice fotos para el recuerdo. En realidad, a mi hijo le había sorprendido la ola porque es víctima de una desgracia: su padre es un periodista deportivo pluriempleado que solo puede llevarlo al campo en vacaciones o durante el permiso de paternidad, es decir, casi nunca. Y nos gusta mucho ir juntos al fútbol, y por eso nos quedamos ahí alargando el momento. Yo, pensando si tiene algún sentido todo esto, y contento, pero a la vez inquieto. Por todo a la vez y por nada en concreto, pero inquieto. Es imposible la felicidad plena cuando eres —casi— viejo. Como la ola, te roza y se escapa mientras la estás sintiendo.

Octubre de 2023

Niños prodigio [Altas expectativas]

Estoy siguiendo con bastante atención la irrupción de Pau Cubarsí, más que nada por no desperdiciar ninguna ocasión de decir «Cubarsí gana el Madrid». En esa línea de interés inusitado, el otro día leí en este periódico un reportaje muy chulo que firmaba Arnau Segura, y que contaba los orígenes de Cubarsí, que es de Estanyol, un pueblo muy pequeñito de la provincia de Girona. Mi momento favorito asomó con la declaración de una vecina, que explicaba que una señora, al salir de misa, pidió un aplauso colectivo «porque tenemos un jugador del Barça». Y claro que sí. Se me ocurren pocos motivos tan limpios para aplaudir todos juntos en la plaza del pueblo: tener a uno en el Barça. Ahora quiero un reportaje sobre esa señora.

Cubarsí tiene dieciséis años. Debutó con dieciséis y poco después Xavi, su entrenador, dijo que no aparentaba tener dieciséis años. Efectivamente: al día siguiente cumplió diecisiete.

Con dieciséis o con diecisiete años, se podría decir que Cubarsí es un niño prodigio. Por lo que sea, yo siempre empatizo muy fuerte con los niños prodigio. Quizá esto me ocurre porque sé lo que es crecer rodeado de altas expectativas. Mi madre esperaba mucho de mí, desde pequeño. Yo estaba tan tranquilo, de niño, viendo en la tele dibujos animados, y mi madre se sentaba a mi lado y empezaba a acariciarme el pelo, en una entrañable escena que solía romperse cuando articulaba sus pensamientos en voz alta. «Enrique —me decía—, de mayor serás calvo».

Mi madre repetía mucho eso de quedarme calvo y yo crecí con esa presión sobre mis hombros (nunca mejor dicho). Hay madres que fantasean con un hijo ministro, astronauta o futbolista: la mía me mentalizó para ser calvo. Sin venir a cuento, en cualquier viaje en carretera, mi madre repasaba nuestro árbol genealógico con una crudeza sobrenatural, etiquetando un calvo tras otro en las ramificaciones de padre, abuelos, bisabuelos y tíos varios. Su argumentación era implacable: alguna vez al peluquero se le ocurría comentar que yo tenía mucho pelo, que no me quedaría calvo, y mi madre salía al cruce sacando de la chistera algún primo tercero o cuarto que de chaval también tenía mucho pelo, que era el melenudo del pueblo, y se quedó calvo a los veinte años.

Con esta perspectiva en el horizonte, no tuve más remedio que vivir rápido, a todo trapo. Como una estrella del rock pero sin rock y sin estrella. Mientras tuviera pelo, no podía desperdiciar un fin de semana. Ni siquiera un amago de fiesta entre semana. Tenía que aprovechar el tiempo antes de que llegara la carta. Porque esa es otra. Miraba el buzón de casa por si llegaba la carta de los que hacen las estadísticas oficiales del porcentaje de calvos entre la población adulta, por si me tocaba. Así, entre una cosa y otra, encadené locuras: busqué un trabajo, me casé joven, tuve tres hijos y hasta me hice columnista precoz, antes incluso del Erasmus.

Sin embargo, y para disgusto de mi madre, he fracasado. En verano cumplí cuarenta años y aún no soy lo que se dice calvo. Pido perdón: todavía tengo pelo y no me ha llegado ninguna carta. Hasta en eso, en algo que parecía tan claro, he decepcionado a mi pobre madre y por eso empatizo siempre muy fuerte con los niños prodigio del fútbol, y quiero que cumplan las expectativas, que no se traumaticen y que les vaya bien: para que les brinden ovaciones al salir de misa, en el pueblo, y su familia esté orgullosa de ellos, como mi madre de mis primos calvos.

Marzo de 2024

Parecía buenísimo [Pero no]

Hay gente que tiende a hablar más de la cuenta. Lo suele hacer con la mejor de las intenciones. El miércoles fui a un acto donde necesitábamos traductor simultáneo. Nos acercamos a la mesa para recoger el aparato con los auriculares y el hombre que los repartía nos remarcó que al acabar lo devolviéramos. Lo repitió tanto que nos extrañó, y alguien le hizo ver que por supuesto, que por qué no íbamos a devolverlos, y el tipo nos dijo que es habitual que la gente se olvide y se los lleve. Nos preguntamos entonces quién querría llevarse uno de esos aparatos y para qué y justo entonces cometió ese hombre el error: nos explicó que cada uno de ellos cuesta 300 euros. De repente mi postura hacia esos aparatos algo feos cambió. De repente los miraba con otros ojos. De repente en mis pupilas se dibujaba el símbolo del dólar, como en los dibujos animados que veía de pequeño. De repente tanto olvido tenía una explicación. De repente me entraron ganas de olvidarme de devolver el mío, también, por lo que fuera. Hay gente que tiende a hablar más de la cuenta.

Con los futbolistas brasileños pasa algo parecido. Para la mayoría de nosotros, mientras están en Brasil son invisibles, mientras están en Brasil es como si no existieran, pero una vez llegan a Europa los valoramos de otra manera. Si alguna vez te enteras de algún golazo previo, desconfías y minusvaloras la Liga brasileña, pero cuando los fichan ya es otra historia. Es absurdo, pero es: suben al avión en América, aterrizan en Londres y automáticamente, para millones de personas, son mejores de lo que unas horas antes eran. Lees que cada uno de ellos cuesta 60 millones de euros y de repente los vemos a través del símbolo del dólar dibujado en nuestras pupilas, que actúa en nuestras mentes como un filtro para tratar imágenes y embellecerlas. De repente nuestra postura hacia esos futbolistas cambia, por lo que sea. De repente los miras con otros ojos. De repente te entran ganas de verlos. De repente son estrellas.

El brasileño Richarlison marcó a Serbia el golazo acrobático que justifica una tradición entera. Diría que puede estar ya viviendo de ese gol hasta que se muera, así que le doy mi enhorabuena. Toda esa generación de niños que está descubriendo el fútbol mediante este Mundial ya ubicará para siempre a Brasil en la sección del imaginario colectivo que le corresponde era tras era. Da igual que a menudo jueguen feo, peguen mucho o jueguen mal, da igual que el cliché manido sea tantas veces una trampa grosera. La estampa plástica de ese remate de Richarlison en tijera nos garantiza décadas de oír hablar sobre el fútbol samba, el jogo bonito y los pies descalzos sobre la arena. El próximo verano, cada vez que un niño intente en la playa una chilena, y falle, alguien le dirá: «¿Quién te crees que eres, Richarlison?», igual que nosotros decíamos lo mismo con Rivaldo, o nuestros mayores con Pelé o con el brasileño que fuera.

Con frecuencia, en el Mundial se produce un efecto distinto al de la Liga brasileña. Hay futbolistas dichosos que disfrutan del mes de su vida, que se iluminan en la Copa del Mundo y deslumbran a cualquiera. Después los ficha tu equipo, los ves jugar cada semana y no hay filtro que arregle el poema. Te duele admitirlo pero lo piensas: parecía buenísimo, pero no lo era.

Noviembre de 2022

El balonazo [Dile que es Pelé]

El lunes disfruté viendo el Athletic-Girona, que estuvo bastante guapo. Casi al final del partido, con 3-2 en el marcador, el visitante Jhon Solís recogió un balón suelto en la frontal del área y chutó con fuerza hacia el marco. Bajo palos estaba el local Vivian, un defensa, porque el portero Unai Simón había salido a tapar el disparo previo a un costado. En ese instante crucial, fue sencillo ponerse en la piel del pobre Vivian: la pelota avanzaba a toda velocidad hacia su cabeza con decenas de miles de aficionados pendientes de su acción. El fútbol tiene su parte bonita, pero a veces no se puede escapar de la trampa. ¿Qué haría yo en su caso?, pensé. ¿Aguantar el impacto con la testa como un héroe valiente o escabullirme cobardemente deshonrando a mi familia para siempre? Podéis ir pensando la respuesta correcta mientras os cuento que Vivian despejó el balón a córner con su cabezón, como un campeón, y se ganó el abrazo de los compañeros, el respeto de los rivales y la admiración de los aficionados.

Ahora bien, añado: si en lugar de Vivian hubiese estado yo bajo palos, el Girona tendría ahora un punto más en la clasificación. Está claro. Y si en lugar del Athletic hubiese sido mi equipo el que dependiera de mí en una situación así, también me habría agachado. Por supuesto. Creo que no hace falta, pero lo aclaro por si era necesario.

No habría pasado la prueba del coraje en ningún caso. Mi amor por mi equipo, a estas alturas del relato, se basa en el «sí, pero no demasiado». De hecho, esta prueba del cabezazo bajo palos podría convertirse en un ritual iniciático para los más osados. Sería perfecto también para desenmascarar a los exagerados. El concepto «yo daría la vida por ti» lleva décadas siendo un éxito en tifos, tatuajes, cánticos y demás parafernalia en los estadios. Gracias al método Vivian ahora podemos comprobarlo.

La prueba del cabezazo abre un abanico de posibilidades en cuanto al entretenimiento en el estadio. Podríamos incluso pactar rebajas en el abono de la próxima temporada para aquellos que hagan la de Vivian y superen el examen del balonazo. Podría venderse como una experiencia inmersiva: seguro que hay turistas dispuestos a pagar lo que sea por recibir un pelotazo de su futbolista favorito en toda la cara. Podría arraigar como una muestra de amor en San Valentín o para una pedida de mano: te quiero tanto que encajo por ti un pelotazo de Roberto Carlos. Desconozco el marco legal del asunto, pero estamos perdiendo dinero a capazos. Podrían hacerse tantas cosas que no sé a qué estamos esperando.

Por descontado, matizo que hay que andarse con cuidado. Que conste que no recomiendo a nadie que se juegue cabeza, belleza y cerebro para evitar el gol de un contrario. A nivel particular, entiendo el compromiso en otro grado. Si metes la cabeza donde otros no meteríamos ni el pie, y te pasa algo, que conste que te habíamos avisado.

Al menos, lo de Vivian en San Mamés me recordó aquella anécdota futbolera y milenaria. La escena de aquel médico que atendió a un futbolista que había recibido un golpe en la cabeza, durante un partido, y se acercó al banquillo para decirle al entrenador que el chico estaba conmocionado y no recordaba quién era. «Genial» —contestó el entrenador— «dile que es Pelé y que vuelva al campo de inmediato».

Febrero de 2024

La lagrimita [Nadie te lo explica]

Como soy una persona muy ocupada y no tengo tiempo para nada, el martes, cuando Marruecos tumbó a España, preparé un meme titulado Bingo de la España eliminada. Ahí incluí todas esas frases que íbamos a escuchar seguro, sí o sí, junto a la máquina del café en el trabajo, sin remedio ni escapatoria, a la siguiente mañana. Como soy una persona madura y adulta, descargué una plantilla que había buscado en Google, desatendí a mis hijos durante un rato y empecé a teclear «Sin 9 no se puede jugar». Seguí con frases tan inapelables y certeras como «Ha faltado el gol» o «Si no chutas no puedes marcar» e incluí «Los niños de ahora viven demasiado bien» y «Los chavales solo juegan a la Play», porque los niños y los chavales algún recado siempre se tienen que llevar.

Las veinticinco frases que escribí en el meme —«Nos falta un Messi o un Mbappé»— me han perseguido durante toda la semana. Alguna me venía a la mente, como un acto reflejo, cada vez que alguien sacaba el tema del Mundial o me preguntaba por España. Es ciertamente difícil explicar este tipo de fiascos sin caer en el cliché —«Mucho tiki-taka para nada»—. Recordé también un artículo que escribí después de la eliminación en el Mundial de Rusia y en bastantes aspectos no necesitaría cambiar casi nada. Sobre todo en la parte del meollo que para mí es fundamental: es extrañísimo el fútbol a partir de cierta edad, cuando ya no es asunto primordial ni obsesión vital, cuando asumes que si ganas, pues bien, y si no ganas tampoco pasa nada.