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Ese libro recopila noranta-tres articles, publicats originalment en Levante-EMV, El Periódico i Mediterráneo entre agost de 2018 i agost de 2020 !
Cuando iba al instituto y jugaba en un equipo, no había partido sin que se diera la siguiente situación. Un rival manejaba la pelota de espaldas a portería y uno de nuestros defensas le encimaba. El entrenador le gritaba «sin falta». Nosotros le decíamos «sin falta». Los padres desde la banda le ordenaban «sin falta». Pasaba un avión con una gran pancarta en la estela, donde se podía leer un bonito lema: «Sin falta». Nuestro defensa, evidentemente, terminaba haciendo falta. Y el entrenador se giraba al banquillo para blasfemar. Nosotros abríamos los brazos como inquiriéndole, pero, hombre, te estamos diciendo «sin falta». Los padres se iban a almorzar al bar. Nuestro defensa se encogía de hombros y protestaba con la boca pequeña. Sabía que había hecho falta, todos lo sabíamos. Sabía que no debería haberla hecho, pero no lo podía evitar. La vida sería más fácil si no hiciéramos lo que sabemos que no hay que hacer, pero a menudo no lo podemos evitar.
Increíble trabajo que combina fútbol y escritura !
LO QUE PIENSA LA CRITICA
«Nadie escribe tan bien sobre la vida a través del fútbol como Enrique Ballester». - Àxel Torres
«Puro fútbol, del que se vive, del que se juega y del que se ríe». - Álvaro Benito
«Probablemente, el mejor columnista de este país». - La Sotana
SOBRE EL AUTOR
A
Enrique Ballester (Castelló, 1983) leyó que no hay que vestirse para el puesto de trabajo que tienes, sino para el puesto de trabajo que te gustaría tener, pero de momento le parece excesivo ir por ahí vestido de mascota de los Toronto Raptors. Trabaja en el diario Mediterráneo y los fines de semana se disfraza de articulista de deportes para El Periódico, donde trasladó en 2019 su columna futbolera del Levante-EMV. Colaborador habitual de El día después de Movistar, RAC1 y la revista Líbero, sus textos han asomado también en medios como Letras Libres, Panenka, Diarios de Fútbol, Podium.
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Seitenzahl: 270
Veröffentlichungsjahr: 2020
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OTRO LIBRO DE FÚTBOL
ENRIQUE BALLESTER
primera edición: octubre de 2020
© Enrique Ballester Castellano
© Libros del K.O., S.L.L., 2020
Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511
28020 - Madrid
isbn: 978-84-17678-53-1
código ibic: DNJ, WSJA
diseño de cubierta: Artur Galocha
maquetación: María OʼShea
corrección: Ana Doménech
Los 93 artículos, publicados originalmente en Levante-EMV (de agosto de 2018 a junio de 2019) y El Periódico (de agosto de 2019 a agosto de 2020).
Prólogo
Recuerdo estar en Benicàssim y que sonara el teléfono. Recuerdo no contestar. Recuerdo que volvió a sonar el teléfono y entonces contesté. Recuerdo que era verano y escuché inquieto la propuesta de Cayetano Ros, que entonces era algo parecido a mi jefe: escribir una columna semanal en el suplemento deportivo del diario Levante. «Escribe de lo que quieras», me dijo, y eso hice, escribir de lo que quise. Es decir, escribir de lo que pude.
Lo que quise, pude e hice fue lo mismo que llevaba haciendo durante más de una década en la delegación en Castelló del diario Levante, por orden de Pepe Beltrán, que era también entonces algo parecido a mi jefe. Utilizar el fútbol para tratar otros temas. Explicarme a mí para explicar al resto, hablar de lo particular para rozar lo universal, explicar mi pueblo para explicar el mundo entero. Ir más allá del partido porque para eso ya estaban las crónicas de los partidos. En realidad todo esto lo tuve que pensar después de haberlo hecho, cuando me tocó presentar Barraca y tangana, el primer recopilatorio de artículos, y había que justificar con un cuerpo teórico algo de origen simple e intuitivo. A menudo envío un texto y no sé cómo venderlo. «Me he puesto a escribir y ha salido esto», indico, y aquí es lo mismo. Me puse a escribir y salió una columna y después otra y otra… Me puse a escribir y ha salido este libro, «esto».
Por aquella época, cuando recibí la llamada de Cayetano, estaba preparando una especie de dietario para esta editorial. Nos encantaban los Diarios de Iñaki Uriarte, y llevaba unos meses acumulando notas con historietas, reflexiones y apuntes varios. Poco a poco, muchos de esos borradores terminaron adaptados en las columnas. La editorial consideró que publicarlas tenía sentido. Lo mismo ahora, con «esto», imagino.
Porque la serie de artículos que pidió Cayetano para Levante-EMV tuvo continuidad en El Periódico gracias al generoso ofrecimiento de Albert Guasch. Las columnas de Levante las escribía en la redacción del periódico, los domingos al mediodía, ayudado por la cafeína y la tensión propia de la previa de los partidos. Las columnas de El Periódico las escribo en el sofá de casa, los sábados al mediodía, ayudado por la cafeína y la tensión propia de estar rodeado de mis hijos. En este volumen se publican unas y otras, mezcladas con aleatorio mimo. Quiero pensar que hay rasgos comunes y que he mejorado un poquito. Mi intención no varía: no pontificar, no aburrir y no fliparse demasiado ni pasarse de intensito. Huir de la actualidad, también, para que las columnas no caduquen y poder reunirlas después en un libro.
Sirvan estas líneas para dar las gracias a los que me leen desde el principio en Castelló, a los que se sumaron cuando asomé en València, a los que me adoptaron cuando publiqué en Barcelona, a los que me cuidan cuando voy a Madrid, a los que me animaron cuando las columnas volaron por las redes sociales traspasando fronteras y registros, y a todos los que me ayudaron por el camino.
Castelló, 1 de septiembre de 2020
Esperando [Los héroes de hoy]
Cuando digo da igual, no da igual. Cuando digo no pasa nada, sí que pasa. Cuando digo no importa, sí que importa. Soy ese tipo de persona.
No soy de los que se unen a una turba en pleno incendio, creo. A veces uno se sorprende del mal que lleva dentro, de esa maldad del hombre corriente, que es la peor maldad de todas, una maldad sin cortar, de pureza extrema, el mal por el mal, el mal natural. El que no mide consecuencias.
Cada vez nos duran menos los enamoramientos. Se lleva lo efímero. Está a punto de pasar que se deje de decir «qué buenos son Carolina Durante», y ni siquiera han sacado disco todavía. Estamos al límite. Pronto se dirá «antes molaban Carolina Durante». El margen es estrecho y con el fútbol ocurre mucho, un tramo de ráfaga feliz, desde que descubres a un jugador hasta que empiezas a detestarlo, desde que empiezas a vivir con alguien hasta que te doblegan los defectos, aunque tal vez puedas soportarlo.
En el fútbol una cosa hay que tener clara. Si ganas, te van a estar esperando. Y cuanto más hayas ganado, con más ganas te van a estar esperando. Y cuanto más pequeño de espíritu sea el que te está esperando, más grande será su odio, viperino y afilado. Y cuanto más grande hayas sido, más estrepitosa será tu caída. Eso hay que tenerlo claro. Que sepan los héroes de hoy que mañana los vamos a estar esperando, que por lo general no sabemos evitarlo.
A los entrenadores que un día controlaron el juego en la palma de la mano, a los equipos campeones año tras año, a los futbolistas infalibles que al fin se muestran humanos. A Simeone, a Mourinho, a Guardiola, a todos esos raros. A Griezmann, a Messi, a Ronaldo. A cada uno de ellos habrá alguien esperándolo, porque sabemos que al final todos pierden, en el fútbol alguna vez todos pierden, y cada uno elige su villano. No hay nada más transversal y democrático que la derrota en el fútbol. No hay nada más sano y a la vez insano. Al final todos pierden, y todos es todos, y ahí los estaremos esperando, a menudo con el mal ese que llevamos dentro, que es esa la peor maldad de todas, una maldad sin cortar, de pureza extrema, el mal natural. La gasolina de los de abajo.
Lavar el coche un festivo por la mañana, llevar cadenas por si nieva, hacer una paella para veinte personas. Saber ganar en lo más íntimo. Saber perder. Saber olvidarlo. No soy ese tipo de persona.
Sin falta [No se puede evitar]
Hay gente capaz de hacer cualquier cosa porque hay gente capaz de creerse cualquier cosa.
Cuando iba al instituto, no pasaba un mes sin que alguien dijera que se había muerto Manolo Kabezabolo. Si no era Manolo Kabezabolo, era Robe Iniesta, pero alguno moría siempre por sida o por sobredosis, que supongo que eran las muertes que considerábamos dignas de estas estrellas del punk y del rock. Yo me lo creía, la verdad, porque lo veía verosímil, y ni tan mal: aquello me apartaba del exceso con la droga, respecto a la sobredosis, y las chicas ya se encargaban por su cuenta de alejarme de las enfermedades de transmisión sexual. Mi credulidad tendía entonces al infinito: también comenzaba cada temporada convencido de que mi equipo iba a subir. Creía al presidente, creía al entrenador y creía a los jugadores. Creía hasta a los periodistas, me lo creía todo, en la teoría. Apenas tardamos once temporadas en subir, en la práctica.
Pero empezaba cada año y ahí estaba. Ilusionado con los fichajes, renovando el carnet y planificando viajes. Por mi equipo era capaz de hacer cualquier cosa porque era capaz de creerme cualquier cosa. La vida es más fácil cuando crees.
Cuando iba al instituto y jugaba en un equipo, no había partido sin que se diera la siguiente situación. Un rival manejaba la pelota de espaldas a portería y uno de nuestros defensas le encimaba. El entrenador le gritaba «sin falta». Nosotros le decíamos «sin falta». Los padres desde la banda le ordenaban «sin falta». Pasaba un avión con una gran pancarta en la estela, donde se podía leer un bonito lema: «Sin falta». Nuestro defensa, evidentemente, terminaba haciendo falta. Y el entrenador se giraba al banquillo para blasfemar. Nosotros abríamos los brazos como inquiriéndole, pero, hombre, te estamos diciendo «sin falta». Los padres se iban a almorzar al bar. Nuestro defensa se encogía de hombros y protestaba con la boca pequeña. Sabía que había hecho falta, todos lo sabíamos. Sabía que no debería haberla hecho, pero no lo podía evitar. La vida sería más fácil si no hiciéramos lo que sabemos que no hay que hacer, pero a menudo no lo podemos evitar.
Cada temporada la vida es más difícil y cuesta más creer. Ahora cada vez que mi equipo anuncia un fichaje creo que me van a estafar, no lo puedo evitar. Ahora pienso que moriremos todos menos Robe y Kabezabolo, por compensar.
Ahora, como antes, todo es cuestión de equilibrar expectativa y realidad. O no. Tenía tantas ganas de fútbol después del parón del coronavirus, de volver a ver un partido de verdad, que a las 15.20 horas he conectado desde el sofá con la previa del Dortmund-Schalke. A las 15.24 me he sorprendido de conocer a tantos futbolistas. A las 15.31 ha arrancado el partido. A las 15.33 he empezado a aburrirme. A las 15.35 casi marca el Dortmund y me ha dado lo mismo. A las 15.37 el Schalke ha tirado una falta a la barrera y a mí se me ha dormido una pierna. A las 15.39 he podido por fin levantarme y me he ido. Qué ganas tenía de que volviera la Bundesliga para no verla porque no quiero verla, no porque no pueda. Qué ganas tenía de algo parecido a la vieja normalidad.
El cuadradito [Un partido]
Unas setenta y cuatro veces al día*, Teo se acerca y propone: «¿Jugamos a fútbol?». Espero que mi hijo no pierda esa virtud nunca. Si quiere jugar un partido, pide jugar un partido. Si quiere jugar a dar pases, pide jugar a dar pases. Si quiere jugar a quitarla, pide jugar a quitarla. Si quiere jugar a penaltis, pide jugar a «pelantis», que es mejor todavía. A medida que pasan los años, y Teo solo tiene tres, se esfuma esa claridad de pensamiento y de palabra, nos perdemos en rodeos y dejamos de entendernos. A medida que pasan los años encriptamos y nos complicamos. A mi hijo aún lo entiendo, que es mucho decir, y lo agradezco. A vosotros casi nunca os entiendo. No sé qué queréis. Decidme primero qué queréis, si es que lo sabéis, y entonces ya lo iremos viendo.
Unas setenta y cuatro veces al día, digo, Teo asoma con la pelota bajo el brazo y articula esas solicitudes irresistibles para ejercitar su zurdita. En casa la portería ha ido ganando espacio hasta condicionar el paisaje al completo. Ha orillado la mesa, ha orillado el sofá, ha orillado un catálogo de prioridades caducas. A los partidos pronto se unió su hermana y últimamente, como gran novedad, también su madre. Teo me elige siempre como pareja porque es un chico listo. Nos entendemos, no cabe duda. Si le digo «ven», viene. Si le digo «vete», se va. Si le digo «pasa», me la pasa, y si le digo «tira», pues tira. Si mete gol, grita «gol», levanta el brazo y viene corriendo a abrazarme, con la sonrisa más limpia que veré mientras viva. Es todo de una lógica mayúscula y rotunda. Intuyo que seríamos felices aplicándola de continuo en la vida. Pero es tan difícil, pero es imposible.
Jugamos los partidos en un cuadradito que no hace ni falta que diga que es mi lugar favorito. Mi hija se divierte con entusiasmo noble y sano. La sorpresa del campeonato es Delia, mi mujer, que ya os conté que el fútbol no es lo suyo, que cuando empezamos a salir pensaba que Ronaldo, Romario y Ronaldinho eran la misma persona con apodos distintos; siempre con sus historias de arte, ballet y moda, esas movidas, yo qué sé, entendéis lo que os digo. Quizá por eso desconocía que me casé con una mezcla de Materazzi y Luis Suárez, con alguien capaz de agredir por un balón a su propio hijo.
Resulta que Delia nos hace trampas, niega faltas y saca los codos como cuchillos. Creo que no me reta para pegarnos fuera porque no podemos salir de casa al final del partido. Supongo que ya habrá guardado comida por si se pone feo el confinamiento, en algún lugar escondido. No sabes cómo es una persona hasta que has jugado con ella a fútbol, hasta que has competido. Dame siempre una Delia en mi equipo.
De madrugada, cuando todos duermen y me quedo solo, me tumbo en el sofá mirando nuestro cuadradito. Me gusta pensar que un día seremos viejos y contaremos a nuestros nietos lo del coronavirus, les explicaremos los goles de Teo y las trampas de Delia y lo colorearemos para que quede bonito. Diremos que el fútbol nos salvó otra vez, a su manera, con lo que aprendimos en la calle de niños: cuando no sabes qué hacer, siempre se puede jugar un partido.
*Días de confinamiento.
Prefiero no pensarlo [El fichaje de tu vida]
Se ha puesto de moda en el mercado de fichajes del fútbol un concepto difuso: la cesión con opción de compra obligatoria. El término ha hecho fortuna y te lo encuentras en todas partes, aunque todo el mundo sepa que si la compra es obligatoria ya no hay opción, pero bueno. La idea desnuda una verdad perturbadora: cuántas obligaciones en nuestra vida nos venden como si fueran opcionales, cuántas cosas que creemos que elegimos en realidad las deciden otros por nosotros, cuántas cesiones con opción de compra obligatoria hacemos cada semana o cada día.
Cuántas cesiones. Prefiero no pensarlo. Demasiadas.
Hace tiempo que la turbina del mercado futbolero me pasó por encima. De mi equipo se van jugadores que si me los encuentro por la calle ni los reconozco, que ni me ha dado tiempo a retener sus caras, pero nos escriben al despedirse bellas cartas de amor desesperadas. Al poco asoman otros que cubren a los que se van, llega un partido y luego otro y a veces ganas y a veces pierdes, una temporada tras otra, y así la rueda jamás se detiene. Todos los equipos nos creemos únicos aunque seamos casi todos iguales. Los que mueven el dinero del fútbol saben lo importante. El escudo siempre tiene alguien que lo bese. El escudo lo aguanta todo. No hay más secreto que ese.
Es difícil, pero con los jugadores nuevos hay que tener cuidado. He visto construir ídolos en media jugada. Tu equipo ficha en enero un mediapuntita cualquiera, le ponen el diez en la espalda y deja en el debut un par de detalles de clase y en tu cabeza ya es lo máximo, en tu cabeza ya te has montado con él una película catedralicia, porque nos pueden las ganas. A mí me pasaba parecido en el instituto. A lo mejor una chica me decía «hola» y yo ya pensaba que quería ser mi novia, que nos iríamos a vivir a una granja, que nos casaríamos y tendríamos seis hijos, que la historia de la humanidad jamás conocería un amor semejante al nuestro, que pasaríamos juntos el resto de nuestras vidas, que nos enterrarían de la mano a la sombra de un olivo. Y solo me había dicho «hola». Y yo pensaba todo eso. Los jugadores nuevos te dicen «hola» y ya son el fichaje del siglo, aunque luego vayas olvidándolos hasta que desaparecen de tu mente, sin remedio y con sigilo, casi siempre.
Nunca sabes cuál será el fichaje de tu vida, y nunca es nunca y esa es la gracia. A veces estalla un relámpago y funciona ese mediapuntita, por lo que sea, y acabas peregrinando devoto hacia el estadio solo para suspirar con placer cuando se perfila y controla la pelota entre líneas. A veces hasta es mejor que un McMenú a las cinco de la madrugada, a veces es genial ese mediapuntita, un reguero de alegría, y te sientes mal por haber desconfiado de entrada porque no lo merecía. Y te duele, porque cuántas veces somos injustos, cuántas veces nos equivocamos con las personas, cuántas veces prejuzgamos y pensamos que son de una manera pero luego son de otra, que no es excusa pero que conste que también nos empuja un poco la vida, a lo cláusula de opción obligatoria.
Cuántas veces. Prefiero no pensarlo. Demasiadas.
El fútbol nos debe una [Las pipas]
Ahora dicen que el fútbol le debe una Premier al Liverpool**. La lista de deudas del fútbol apunta ya a condena seria, a ver si espabila la fiscalía. Que yo sepa, el fútbol le debe una Champions a Buffon y otra al Atleti. El fútbol le debe otro Balón de Oro a España. El fútbol le debe un Mundial a Holanda y otro a Messi. El fútbol les debe un ascenso a todos los equipos que cruzarán junio jugando promociones de ascenso, o eso dicen, el fútbol le debe un título al Villarreal y al Madrid una cubierta retráctil. «El fútbol nos debe una», dicen, alguna vez todos lo dicen, que el fútbol les debe una. Queda claro que al fútbol no hay que prestarle jamás ni un disco ni un libro ni nada, que el fútbol no es de fiar y quizá por eso aún nos guste, porque en esto se parece a nuestros amigos. Si el fútbol por fin va a devolver lo que debe que empiece por mí, que a mí el fútbol me debe la dignidad y los mejores años de la vida.
Lo de la dignidad igual es irreversible. Dicen que es como la virginidad, que no la puedes recuperar una vez la pierdes. Tampoco importa. Los supuestos mejores años de la vida los pasé, muchos de ellos, persiguiendo no sé bien qué por los campos prosaicos del infrafútbol. Ahí jugaba mi equipo y ahí me trasladó de vuelta la mente viendo las semifinales de la Champions. La llamada mejor Champions de la historia es increíblemente parecida a los play-offs de ascenso a Segunda División B. Sorpresas, llantos, gigantes que se desmoronan y remontadas sobre la hora. Realidades que crujirían falsas en cualquier pantalla de cine, pero mira cómo duelen, mira esta grada y dime si son o no son esas penas tangibles. Balones a la olla, verdades increíbles, errores infantiles que revientan ilusiones de ciudades enteras. Emoción infinita, implosiones cerebrales y caminos imprevisibles. Todo eso que en Tercera llamarían sospecha de amaño y que en Champions se dice magia del fútbol. Hasta para eso hay pobres y ricos.
Las deudas del fútbol son las clásicas mentirijillas, el típico autoengaño que nos sirve para pasar página y simplificar la rutina. Pero el fútbol no debe nada, en el fútbol eres o no eres, el fútbol es crudo y es cruel. Eso en el infra pronto se aprende, y por eso un campo de fútbol sigue siendo un escenario escarpado para un niño, pero a la vez un lugar idóneo para asumir de qué va en realidad la vida.
Las lecciones son a veces confusas pero frecuentes. La otra tarde un chaval entró al estadio a mi vera. Hablaba por teléfono con un colega, que a su vez iba con un tercer amigo que estaba fuera. «Dile que me robe unas pipas —le dijo— y luego yo le robo lo que quiera». Una hostia de verdad pura. Las pipas. No solo Champions y Mundiales. El fútbol ahora también debe unas pipas.
**Terminó segundo en 2019. Deuda saldada en 2020.
Nada [Gracias por tan poco]
Si a estas alturas siguen ahí, al otro lado, se habrán dado cuenta de que estas columnas no van de nada. Es uno de mis temas favoritos, en las películas, en las series o en lo que sea. Lo pensé la otra noche porque volví a ver Boyhood. ¿De qué va? De nada. Ir de nada significa que va de todo, al mismo tiempo, y me parece un grandísimo logro. Que no pase nada pero pase todo, no contar nada pero explicarlo todo. En la vida, realmente, no suele pasar mucho y morimos huérfanos de grandes acontecimientos***. Frente a ello hay quien prefiere sublimar. Todo le parece memorable, extraordinario e histórico, y a ello ayudan los grandes titulares, los eventos del siglo y del milenio, ya sea un partido de fútbol, la final de un concurso de cocina o un pleno municipal. Pero no. Por lo general es más sencillo todo. Por lo general nunca pasa nada de veras trascendental.
Qué fue aquello tan importante que ocurrió hace dos semanas y ahora no recordamos. Qué. Alguna polémica arbitral, creo recordar, algún golazo inolvidable que ahora mismo no consigo ubicar. Para qué preocuparse tanto si con el tiempo nos va a dar igual. A la vida hay que darle las gracias por tanto, pero sobre todo por tan poco, ni tan mal.
La dinámica actual del fútbol, en cambio, alimenta la sensación contraria, la inercia nos grita que perdiendo dos partidos el mundo se va a acabar. La corriente se acentúa en semanas como esta, con exámenes eliminatorios de Champions y la pirotecnia del Madrid-Barça, que no podemos mantener este nivel de intensidad. El miércoles puse el fútbol, un partido carísimo y yo qué sé, mi cabeza anda regular. Desfilaban por la tele varios de los mejores jugadores del mundo, pero yo de repente estaba pensando que si fuera multimillonario llevaría a Bilardo a Denver, a ver un partido de los Nuggets, para poder decirle «los de Colorado son los nuestros», en honor a aquella mítica frase suya en Riazor, cuando entrenaba al Sevilla, que nadie se acuerda cómo terminó aquel partido, que no recuerdo yo cómo acabó el Sevilla aquel año, pero la frase de Bilardo perdura y perdurará, y eso estoy tratando de explicar.
Nos ha calado tanto la idea de lo singular, la falsa expectativa de ser especial, que cargamos sobre los hombros un constante vacío existencial, porque de algún modo todo nos parece poco y nada nos termina de llenar. En Boyhood, vuelvo a Boyhood porque nada está en Boyhood y todo está en Boyhood, cuando el hijo crece y se va a la universidad y la madre llora sin saber por qué, llora y piensa y dice «¿ya está?, ¿esto es todo?», llora simplemente porque ha visto la vida pasar, tan normal, como un señor de Burgos ve un Levante-Villarreal sentado en el bar. Y sabemos que vivimos de camino hacia esas lágrimas y no se puede remediar, aunque busquemos a cambio algo que ni siquiera entendemos qué es: corres, vas en bici, vemos el partido del siglo o salimos de fiesta huyendo de algo, pero después regresamos al mismo sitio y vuelta a empezar. Lo que pasa no es fácil de explicar. Lo que pasa es lo que no se puede o no se suele contar: por mucho que corras, de ti mismo no puedes escapar.
***La semana siguiente llegó la pandemia. Choca esas cinco.
Superhéroes [Lo de Messi]
Me gusta imaginar que lo de Messi**** es cosa de sus padres, que le han dicho que ya está bien de tanto fútbol, que ya es hora de estudiar algo en serio y buscar un trabajo fijo. Me gusta imaginar a Messi a la hora de la cena, suplicando clemencia mientras vuelca el kétchup sobre las salchichas, murmurando «pero, mamá, a mí me gusta jugar a fútbol», clavando la mirada llorosa en el plato y escuchando a su madre implacable e impía, que zanja la discusión sin réplica repitiendo palabras que son cuchillas: «Ni fútbol ni fútbal, mañana llamo al entrenador y te desapunto».
Quizá si los padres de Messi le hubieran cambiado el fútbol por una academia de inglés, como castigo por suspender Matemáticas y Conocimiento del Medio en sexto de primaria, Messi no tendría balones de oro, pero hoy sería nuestro amigo. Quizá lo hubiera conocido comprando golosinas en el caminito del FIB, algún verano de principios de siglo, y ahora seríamos colegas, jugaríamos pachangas de futbito y todos querríamos ir en su equipo. Quedaríamos los jueves, vendría a mi casa a ver la Copa América y echaríamos partidas al Fifa hasta que se hiciera de día. Discutiríamos de fútbol a partir de la segunda cerveza y yo le diría «Leo, no tienes ni puta idea de fútbol», y él me mandaría a la mierda de camino a la nevera. Messi tendría un trabajo cualquiera, con suerte, como el tuyo y como el mío, sus padres estarían orgullosos y pensarían «menos mal que lo desapuntamos del fútbol». Me gusta imaginar que si todo eso fuera así, ahora tendría claro lo que solo alcanzo a intuir, que Messi en el fondo es como los demás, que también se puede equivocar, que igual ha llegado ese día.
Me cuesta imaginar cualquier historia que humanice a nuestros ídolos, pero conviene entender enseguida que nuestros amigos, nuestros ídolos y nuestras parejas no son ni serán perfectos, porque si lo fueran no serían nuestros amigos, nuestros ídolos y nuestras parejas, porque nosotros tampoco somos perfectos. Lo mejor es asumirlo pronto.
Idealizar conlleva siempre una dosis de peligro. De pequeño pasaba de vez en cuando por una peluquería que se llamaba Liberman. Me alucinaba lo de Liberman, ese nombre, ese cartel en rojo, negro y amarillo. Sobre todo el nombre, que me parecía de lo más exótico. Pensaba que Liberman era una especie de superhéroe de la libertad: Batman, Superman y Liberman. El cerebro de un niño es el cerebro de un niño y lo cierto es que tenía sentido. Con esa verdad ingenua viví hasta que un día entré allí con mi padre y se me cayó a los pies el mito. Liberman se llamaba Liberman por el nombre de los peluqueros: Liberto y Manolo. Razonable pero aburrido.
Idealizamos también porque a menudo la verdad no nos conviene. La verdad nos planta frente a un espejo desagradecido. No queremos creer que Messi sea como Liberto y Manolo, aunque lo sea, una persona imperfecta que deshumanizamos y convertimos en superhéroe. Ni queremos ni nos lo podemos permitir y una parte de nuestro cerebro se negará siempre a asumirlo. Preferimos creer que nuestros futbolistas favoritos son y serán eternos superhéroes: es lo único en lo que nos dejan seguir pensando como niños.
****Lo de Messi es que anunció que se iba del Barça.
Ese momento [Lo adictivo]
El Valencia ganó la Copa y los chavales salieron de fiesta. No como el resto de sábados por la noche, que se quedan todos en casa leyendo a Faulkner. El sábado quien no estaba de fiesta estaba haciendo cola en la subida al Everest*****. Está cada vez más claro que el gran reto de nuestros días, la gran aventura contemporánea, es conseguir estar en casa y en paz, es poder quedarte en casa sin hacer nada.
Una de las cosas más bonitas del fútbol, uno de sus encantos, es pasarte todo el año rajando de un entrenador o un futbolista, luego ganar algo importante gracias a él y entonces decir «grande, siempre confié». Una de las cosas típicas que siguen al éxito es que aparecen por todos lados seguidores de tu equipo. Es algo que me daba mucha rabia en el colegio: todos esos que pasaban del fútbol por norma, año tras año, todos esos que en el patio ni se acercaban a la pelota, todos esos seres racionales con sus cartas de rol, sus juegos raros y sus deberes siempre hechos, todos esos que ni siquiera sabían cómo empezaba el himno ni cómo se llamaba tu delantero centro, todos esos que no morían cada domingo en la grada, por la radio o con el teletexto, todos esos que, al llegar la hora de celebrar algo, la hora de ser feliz un rato, se subían al carro sin sonrojo ni disimulo, sin dignidad ni miramientos.
Todos esos me ponían a parir, reconozco que no podía soportarlo, que tenían todo mi desprecio, que no me cabía en la cabeza cómo podían pensar que entendían lo que nosotros podíamos sentir, cómo podían pensar que entendían algo de lo nuestro si no habían estado antes en el barro, en las derrotas justas e injustas, en los días de sol y en las tardes de lluvia, en el frío del mercado invernal y en los nervios incontrolables de la primavera sin freno, cómo podían osar ponerse a nuestra altura al cruzar al fin la línea de meta, a la altura de nosotros los enfermos, habiéndose saltado todo el dolor y todo el proceso.
No podían, desde luego. No podían y ahora me da igual, pero aún los compadezco porque no saben nada. Los compadezco porque ese momento final, ese pitido definitivo del árbitro, ese momento es tan único, íntimo y personal que compensa sin duda el resto. Merece tanto la pena, se siente uno tan vivo, orgulloso y feliz, que todos volveríamos a hacerlo.
Ese momento ya no te lo roba nadie, y tiene su mérito porque qué queda por ahí que no puedan robarnos aparte de esto. Ese momento da sentido a las penurias y a las renuncias, y nos proporciona de paso un objetivo claro en la vida, una maravilla para quienes somos de voluntad difusa y sufrimiento eterno. El sábado cuando pitó el árbitro envidié sin querer a la afición del Valencia que buscó, esperó, soñó y disfrutó ese momento. Perseguir esos momentos es lo adictivo: el principal motor de este juego.
*****Fue noticia la aglomeración de escaladores en la cima del Everest. Colas de escaladores domingueros.
Todo se complica [La olvidas]
Leí que ya hay fechas para los exámenes de selectividad. Acaban el 11 de junio. El día 12 empieza la Eurocopa. No lo sabrán los chavales, es probable que ni siquiera lo sospechen los chavales, pero esas serán las mejores horas de sus vidas.
Después todo se va complicando, después las circunstancias se te escurren de las manos, se te caen de los bolsillos.
Después todo se complica. Salíais juntos de fiesta y os podíais llamar incluso amigos, pero poco a poco y sin darte apenas cuenta, dejasteis de veros. Un día os encontráis por la calle y no sabéis de qué hablar. De eso no se recupera uno nunca. Asumes que la próxima vez seguiréis el camino, os saludaréis, como mucho, así con la cabeza. Por qué pasan estas cosas, no lo sé. Se habla mucho de cómo te haces de un equipo y poco de cómo se va quedando gente en la orilla. Simplemente la olvidas.
El fútbol te espera. La vida no. Aplauso para el fútbol. Tu equipo es agradecido porque sabe que, aunque haya momentos en los que no estés, todavía eres y siempre tiendes a volver. Tarde o temprano siempre vuelves. A mí este año me cuesta ir al estadio a ver a mi equipo. Me resulta incómodo. Intuyo que es un daño colateral de haber estado quince años yendo para escribir crónicas, yendo para trabajar, un daño colateral de convertir una pasión desbordante en una obligación contenida. Libre de esa atadura, intenté ahora añadir el partido dominical a mi nueva rutina, pero es demasiado extraño todavía. Debo recuperar primero la inocente ilusión del hincha, esa que se deshilacha en la tribuna de prensa porque cuanto más sabes, menos te crees. Pero no me importa no estar aún, porque sé que soy y un día me apetecerá volver. Tu equipo es como una madre: seguro que estará cuando otra vez lo necesites.
