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En Copenhague, en Basilea o en Soria. En tu pueblo o en el mío. A cuántos niños les habrán dicho, cuando se ponían tristes porque perdía su equipo, que no sintieran pena, que eso realmente no importa, que el fútbol no les da de comer ni les compra ropa.
Ese mensaje de no estar triste por el fútbol porque el fútbol no te da de comer es un mensaje ultramaterialista. ¿Qué pasa? ¿Que solo podemos estar tristes por aquello que nos dé dinero? ¿Eso le estás enseñando a un niño? ¿En serio?
Ojalá la infancia mundial coordine una respuesta en común para estos casos. Y sería muy fácil, porque vale, el fútbol no me da de comer, pero tú, tú que eres amigo de mis padres y me estás diciendo eso, ¿acaso tú me das de comer, hijo de puta? Cuando vengas a contarme tus problemas no esperes que empatice ni me sienta triste, porque no me das de comer y me dijiste que no me apenara por el fútbol porque no me daba de comer.
Lo bueno de sentir pena por cosas que en realidad no importan es que le da coherencia a sentir alegría por esas mismas cosas. E igual el fútbol no te da de comer, pero tarde o temprano te hará feliz, una certeza sólida como pocas. Solo se necesita una pelota.
LO QUE PIENSA LA CRITICA«Columnas con vocación de cuento, de las que uno sale o bien con una sonrisa o bien directamente llorando de la risa». -
Xacobe Pato, Vogue«Puro arte termita contra el arte elefante blanco de la cháchara deportiva al uso. Brillante». -
Boletín de Letras Corsarias«Se pueden leer muchas veces y son siempre divertidos e inteligentes». -
Cayetano Ros, El Confidencial«Tienes que ser muy bueno para escribir en un periódico de lo que te dé la gana. Una maravilla de principio a fin». -
Miquel Alzamora, La otra Liga
SOBRE EL AUTOR
(Castelló, 1983) trabaja en el diario Mediterráneo y escribe columnas para
El Periódico. Tiene una sección en
El Día Después de Movistar y un pódcast de fútbol en
As Audio. Colabora con las revistas
Lletraferit y
Líbero.
Siempre que suena el despertador piensa lo mismo: «no seré tan listo si estoy despierto a estas horas». Vive más o menos bien.
Se considera alérgico al conflicto y al trabajo, pero sus textos se han publicado, entre otros medios, en
Letras Libres,
Diarios de Fútbol,
Levante-EMV,
Panenka,
La Copa Imposible,
Podium y Vanity Fair. En la radio: en
Tiempo de juego de la Cadena Cope,
Tu diràs de RAC1 y
Hoy por hoy de la Cadena SER.
El fútbol no te da de comer es su cuarto libro, tras
Infrafútbol (2014) y los también recopilatorios
Barraca y tangana (2018) y
Otro libro de fútbol (2020), que fue elegido libro del año por la revista Panenka. Los cuatro libros han sido publicados en Libros del K.O.
Aborrece las biografías en las solapas: «una cosa es lo que somos y otra lo que creemos ser»
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Seitenzahl: 263
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Enrique Ballester
EL FÚTBOL NO TE DA DE COMER
primera edición: octubre de 2022
© Enrique Ballester Castellano, 2022
© Libros del K.O., S.L.L., 2022
Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511
28020 - Madrid
isbn: 978-84-19119-23-0
código ibic: DNJ, WSJA
diseño de cubierta: Artur Galocha
maquetación: María OʼShea
corrección: Candela Morillas
Los 87 artículos que contiene este libro fueron publicados originalmente en El Periódico entre septiembre de 2020 y junio de 2022.
El fútbol no te da de comer [¿Y tú?]
En Copenhague, en Basilea o en Soria. En tu pueblo o en el mío. En octavos, en semifinales o en la fase de grupos. A cuántos niños les habrán dicho, cuando se ponían tristes porque eliminaban a su selección favorita en la Eurocopa, que no sintieran pena, que eso realmente no importa, que el fútbol no les da de comer ni les compra ropa. ¿A cuántos? A millones, seguro, porque esto es algo que pasará siempre, que pasa ahora y pasaba antes, cuando yo era uno de esos niños y me daba bastante rabia por el fondo y la forma.
Además, ocurre que quien suele decir eso, que no tengas pena por el fútbol porque el fútbol no te da de comer, suele ser alguien que se considera un poquito superior a los hinchas, que piensa que tiene una sensibilidad especial para la cultura y las artes, que flota por encima de lo vil y lo ruin de nuestras sociedades. Suele ser alguien muy crítico con el negocio del fútbol. Sin embargo, la paradoja de todo esto es que ese mensaje de no estar triste por el fútbol porque el fútbol no te da de comer es un mensaje ultramaterialista. ¿Qué pasa? ¿Que solo podemos estar tristes por aquello que nos dé dinero? ¿Eso le estás enseñando a un niño? ¿En serio?
Ojalá la infancia mundial coordine una respuesta en común para estos casos. Y sería muy fácil, porque vale, el fútbol no me da de comer, pero tú, tú que eres amigo de mis padres y me estás diciendo eso, ¿acaso tú me das de comer, hijo de puta? Cuando vengas a contarme tus problemas no esperes que empatice ni me sienta triste, porque no me das de comer, y me dijiste que no me apenara por el fútbol porque no me daba de comer. Eso me enseñaste. Recuérdalo, después de aquella crueldad gigante en la tanda de penaltis. Eso me dijiste.
Lo bueno de sentir pena por cosas que en realidad no importan es que le da coherencia a sentir alegría por esas mismas cosas. Yo era bastante blandito de niño. Me daba pena todo, me daba pena incluso ganar al contrario. Alguna vez pensaba que casi era mejor perder, porque sabía que podía manejar esa tristeza, porque era un niño sin problemas. Si España jugaba contra un país más pobre, me imaginaba a los niños de allí, que bastante tenían ya con lo suyo como para que encima les ganáramos nosotros, que teníamos juguetes, comida y botas. Me daba pena todo, y todavía hoy un poco, la primera vez que me cruzo con una cucaracha le perdono la vida. Le aviso y le hablo, «oye, como te vuelva a ver por aquí te aplasto, que he comprado un spray por si acaso». El niño que sentía —mucha— pena por perder y —un poco de— lástima por ganar al rival es ahora el hombre que susurra a las cucarachas. La segunda vez me abalanzo contra el bicho al grito de «te lo advertí», e intento no sentirme triste porque tampoco me dan de comer las cucarachas.
No es fácil saber a quién apoyar en la final de la Eurocopa. Lo mejor de Italia es que no es Inglaterra y lo mejor de Inglaterra es que no es Italia. Lo mejor de ambas es que no son Francia. En Londres, en Roma o en París, en tu pueblo o en el mío, al niño que pierda le pido que esté preparado con la respuesta en la boca. Porque igual el fútbol no te da de comer, pero tarde o temprano te hará feliz, una certeza sólida como pocas. Solo se necesita una pelota.
No entender ni media [Tus futbolistas favoritos no saben retirarse y tú tampoco]
Tenía la vida más o menos controlada hasta que me enteré de que la carbonara no lleva nata. Piensas que entiendes algo hasta que las convicciones con las que creces se desmoronan. Crees que lo sabes todo, o casi todo, hacia el final de la educación obligatoria. Crees que lo puedes todo hasta que empieza la práctica. Crees que lo comprendes todo, o casi todo, mientras eres joven y te empuja la ola buena. Después pasa un tiempo y cambian hasta los nombres de los países. Después pasa un tiempo, echas un vistazo y nada sigue donde estaba, y nada es lo que era. Todo aquello que te definía, ahora —con demasiada frecuencia— no merece la pena.
Pasa un tiempo y empieza otro que ya no es el tuyo. Tu lógica de confort salta por los aires. El 4-3-3 ya no es un sistema infalible. Igual es mejor sacar los córneres en corto. Aparecen problemas que no se resuelven añadiendo un centrocampista por dentro. Tus futbolistas favoritos no saben retirarse y tú tampoco. Te aferras a las noches sin sentido, igual que ellos a los últimos contratos. Ellos y tú ensuciaréis un bonito legado. Buscas defectos en los nuevos ídolos, incapaz de asumir que quizá sean mejores que los que se evaporan. La música que triunfa te suena ajena. Los que admirabas te decepcionan. Ese libro que gusta a todo el mundo a ti no te gusta nada. Te quedas sin referentes porque tú deberías ser el referente. Pero tú acabas de descubrir que al agua donde se cuece la pasta no hay que echarle aceite.
Pensáis que los futbolistas sobreactúan porque no habéis visto a mi hija quejándose por tener que acabarse el plato de macarrones carbonara. Hay futbolistas capaces de generar peligro de donde no lo hay, igual que mi hija es capaz de generar un drama de la nada. Mi equipo suele fichar jugadores capaces de generar peligro de donde no lo hay, pero en nuestra portería, no en la contraria. A Delia se le cae el drama de los bolsillos, pero al rato se le pasa. Hace poco trajo el boletín de notas del trimestre y eran todas superbuenas. «Qué asco das —le dije— todo sobresalientes». Quizá no fuera la mejor idea. Lo apunté entonces y lo subrayo ahora.
No sé si está relacionado el tema, pero mi hija suspendió esta semana un examen por vez primera. Salió del cole como salía yo de los partidos perdidos: tirando la mochila a los pies de mi padre y pidiendo dinero para la merienda. Me contó lo del 4.6 en Matemáticas: resulta que no había entendido unos ejercicios, vaya, qué pena. Me reí un rato de ella, que quizá tampoco fuera la mejor idea. No le cabía en la cabeza lo de haber suspendido, se preguntaba cómo le había podido pasar algo así, si estas cosas de la vida no eran para chicas como ella. Como no le interesa el fútbol desconoce lo habitual de la derrota, y ni siquiera sospecha que esta es solo la primera. Ya le explicará otro la verdad, yo le di la merienda.
También le comenté varias alternativas que podrían ser útiles para la nueva Delia, la que no aprueba, todas ellas basadas en la delincuencia, por si acaso, porque le aseguré que, si suspendes un examen en cuarto de Primaria, es la única salida que queda. Ojalá piense que tenía la vida más o menos controlada hasta el 4.6 en Matemáticas. Sería nuestro vínculo, una conexión preciosa: la confusión, la añoranza y no entender ni media. El tiempo dirá si fue la mejor idea.
Silla maravilla [Una teoría]
Lo siento por Modric, por Benzema, por Mbappé y por los demás, pero algo me dice que, dentro de unos años, cuando alguien me hable del Madrid-PSG del 2022, nada recordaré mejor que a David Alaba levantando una silla. Sin más. Esa será mi fotografía en la memoria.
¿Qué llevó al austriaco Alaba a celebrar el 3-1 levantando una silla? Me lo pregunté yo, os lo preguntasteis vosotros y se lo preguntan millones de personas ahora mismo en todo el mundo, en Tomelloso, en Washington y en Manila. Y no os lo vais a creer, pero tengo una teoría al respecto. Porque sabéis que Alaba llegó este verano al Real Madrid y juega todos los partidos desde el primer día. Es decir, lleva toda la temporada escuchando, en cada minuto siete de cada partido en el Bernabéu, el clásico cántico que los aficionados dedican a Juanito: «Illa, illa, illa, Juanito maravilla»; esto es algo popular y de sobra conocido. ¿Y qué ha pasado aquí? Pues que Alaba aún tiene dificultades con el idioma castellano y lleva toda la temporada confundido. En cada minuto siete de cada partido en el Bernabéu, él escucha, porque lo entiende así: «Silla, silla, silla, Juanito maravilla». Quizá le pareció algo extraño la primera vez, pero cuando llegas a un país ajeno asumes que existen tradiciones que te chocan un poco. «Son sus costumbres y hay que respetarlas», pensaría. Así que Alaba ha pasado todo el año convencido de que en el Real Madrid se siente devoción máxima por una silla. Que es un objeto súper importante esa silla, como la imagen de una virgen que sacar en procesión, como la escultura tallada de nuestro señor, como el amuleto de oro que se hereda en una familia durante siglos y de generación en generación. Alaba asimiló todo eso en silencio, sin atreverse a preguntar por ese misterio gigantesco, y de repente Benzema marcó el tercero contra el PSG, completando la milagrosa remontada, y en pleno desparrame eufórico y místico, ¿qué se le apareció a Alaba en la banda del Bernabéu? una silla. La puta silla, por fin. No podía ser casualidad. Esa silla era, sin lugar a dudas, la famosa silla maravilla.
En realidad, en el Madrid no es tan raro cultivar ese tipo de pensamiento mágico, tener algo desviado el punto de mira. De hecho, esa es una de sus mejores características. Entramos ahora en ese tramo de la temporada en el que todos los rivales parecen complicadísimos. Coges el calendario de tu equipo, empiezas a hacer cuentas de aquí hasta que acabe la Liga y todos los partidos los ves dificilísimos. Si juegas contra los que están arriba, por lógica, porque deben de ser muy buenos si están arriba. Si juegas contra los que están en zona de nadie, en media tabla, piensas que no se juegan nada y competirán sin presión y serán por ello un verdadero peligro. Y si juegas contra los de abajo, entonces ni te digo. Si juegas contra los de abajo sufrirás seguro porque irán a muerte y competirán al límite porque se están jugando la vida. Esto nos pasa a casi todos, de mayores y de niños.
Quienes pensamos así no servimos para jugar en el Madrid. Si juegas en el Madrid has de pensar que vas a ganar a cualquiera, aunque luego a veces pierdas. Si juegas en el Madrid y estás dos goles abajo contra Messi, Neymar y Mbappé, has de pensar que de alguna manera los vas a hacer papilla. Y hacerlo, porque sí, y celebrarlo después levantando una silla.
Un nuevo ritual [Calculo que en un par de semanas me cansaré]
El presidente de la asociación de autoescuelas de Castellón se llama Fernando Alonso1. Es justo el tipo de información que necesito para vivir y vosotros, aunque penséis que no, también.
La semana pasada cambié de cafetera. Después de muchos años abandoné el café en cápsulas. Me he comprado una cafetera italiana de verdad, de una belleza simple, clásica e inoxidable, y ahora me acerco a una tienda especializada para que me muelan con mimo el café. Pienso que así además contamino menos, sin tirar a la basura ocho millones de cápsulas al mes, y me siento bien. Solo llevo una semana con mi nueva cafetera y ya soy todo un experto. Pregúntame lo que quieras sobre el origen, el cultivo o la producción del café. Solo llevo una semana y ya soy un completo imbécil que divaga sobre la pureza del tueste o las propiedades naturales del café. Solo llevo una semana y ya miro por encima del hombro a los pringados de las cápsulas. Me dan hasta lástima los pringados de las cápsulas. No saben lo que es un café los pringados de las cápsulas. Espero que al menos sepan que en la autoescuela de Fernando Alonso se pueden sacar el carné.
Antes tardaba segundos y ahora tardo minutos en preparar el café. Aprovecho el tiempo de espera, con el aparato en el fuego, para contestar mensajes, disfrutar del aroma y avanzar gestiones del trabajo. Luego desmonto con cuidado la cafetera, pieza a pieza. Mientras la lavo con agua templada, se me ocurren bastantes ideas para escribirlas después. Todo son ventajas con mi nuevo ritual del café. No sé cómo he podido vivir sin él. Todo funciona y todo está bien: calculo que en un par de semanas me cansaré.
Esto del café me ocurre con el fútbol y me ocurre un poco con todo también. La primera vez que leí la peculiar historia del Sheriff Tiraspol me dije «oye, qué interesante, qué bien»; pero desde que le ganó al Real Madrid en Champions la he escuchado cuatrocientas veces y ya vale, por favor, ya está bien.
Qué nos ha pasado con esas historias que un día necesitamos para vivir: la Farfalla Granata, el gol de Pelé que no fue, el Boxing Day o los hermanos Boateng. La primera vez que leí la historia del Boxing Day pensé «este tío domina de fútbol internacional, menuda historia, es el no va más»; pero ahora llega la Navidad y rezas para no encontrarte con el enésimo artículo de relleno sobre el Boxing Day. Ya lo miras por encima del hombro sin recordar que un día tú fuiste así e hiciste eso también. Al respecto tengo una certeza —somos viejos resabiados, lo peor— y una impresión: cada vez pasa menos tiempo desde que descubres algo —esa fascinación— y lo ves agua pasada, una pesadez, un sopor. Probablemente tengamos demasiados partidos, demasiadas historias, demasiada información.
No lo sé.
En la selección italiana y en el Inter —termino con esto— juega Nicolò Barella. Durante la Eurocopa leí que «barella» se traduce como camilla y desde entonces miro sus partidos esperando que Barella salga un día del campo tumbado en una barella. Como lo cuento y lo repito, alguno ya pensará de mí lo mismo que yo pienso cuando veo un artículo fusilado sobre el Boxing Day; y alguno tendrá una máquina superautomática que muela mejor el grano mientras prepara el café. Pero lo de Barella en barella, ojo, no lo negaréis: es justo el tipo de información que necesito para vivir y vosotros, aunque digáis que no, también.
1Así se llama un piloto de carreras, dos veces campeón de la F1, por si alguien no lo sabe. Tenía un plan.
Ser un flipao [Recuerda que no vales]
Uno de los mayores peligros que nos acechan como seres humanos es fliparse demasiado, una trampa y un problema para muchas personas que no pueden remediarlo. Ser un flipao es a veces algo inevitable. Durante los años de adolescencia temprana compartí equipo con Javi, que era un buen delantero hasta que se flipaba. Entonces buscaba goles imposibles, regates milagrosos y discusiones con árbitros y rivales. Cuando entraba en modo flipao pensaba que podía volar, que podía atravesar cuerpos y viajar en el tiempo, pensaba incluso que era guapo, pero una cosa es tener confianza en ti mismo y otra desafiar las leyes de la física más elementales. Era tan así que recuerdo celebrar algún gol suyo y volver hacia nuestro campo diciéndole «ahora no te flipes, eh, por favor, ahora no te flipes». Ese es mi tipo de consejo: recuerda que no vales.
Lo de ser un flipao, por lo que fuera, no solía gustar a los del equipo contrario. Una tarde, fuera de casa, marcamos para ganar a última hora y a Javi no se le ocurrió mejor idea, tras el pitido final, que cuestionar en sentido amplio el grado de modernidad de los habitantes de aquel pueblo. Como si nosotros fuéramos de Nueva York, por cierto, que somos de Castelló, pero bueno. El caso es que para demostrar que eran gente civilizada, aquellos lo tiraron al suelo y lo patearon hasta que lo sacamos de ahí como pudimos y lo metimos en volandas al vestuario. Se podría pensar que el incidente abriría una nueva etapa vital en nuestro amigo, y el artista antes conocido como «Javi el flipao» se reciclaría a «Javi el humilde», pero no. Javi era tan flipao que aquel día, una vez cerraron la puerta con llave y dejaron de aporrearla desde fuera, una vez supo que ya habían llamado a la Guardia Civil y se sintió a salvo, y en el primer segundo después de que se calmara el asunto, dibujó su media sonrisa, se miró los codos y dijo «bah, las patadas me las he parado todas».
Entonces yo ni lo sospechaba, pero ahora, que hace veinte años que no veo a Javi, intuyo que lo de ser un flipao no era más que un mecanismo de defensa. Quizá, uno cualquiera, como no darse importancia, cultivar el misterio para hacerse el interesante o ser súper simpático de puertas hacia fuera. De puertas hacia dentro puedo intuir también que todos manejamos los mismos miedos, pero la vida es demasiado hostil para ir por ella sin máscara, y lo sabemos. Necesitamos creer que somos de una manera, autoconvencernos, y que los demás también se lo crean. Después está lo que no se ve, lo que no queremos que se vea. Cada jornada miramos sobre el césped a jóvenes fuertes, sanos y serenos, y algunos bastante flipaos, eso es lo que vemos, pero cómo no pensar en lo que no se ve; cómo se lleva la incertidumbre hasta saber si puedes vivir de esto, por ejemplo, las expectativas y las angustias, el pánico al fracaso, el examen y el deseo.
Podemos imaginarlo, pero la verdad solo la saben ellos. Qué noche habrán pasado en la previa los que juegan el Clásico, cómo de interminable es la espera de una final de un Mundial, de un partido que valga un título, una vida o un ascenso. Cómo se corre con una ciudad, una familia o un país colgado del hombro, esa ansiedad, a veces lo pienso.
Los alguien [Hinrik Ballesteronsson]
Hay gente que piensa que las cosas caen del cielo, pero no. Pudiste jugar un partidillo de fútbol después de la comunión de tu primo porque alguien tuvo la fantástica idea de llevar una pelota. Pudiste tirar unos penaltis en un descampado, al acabar aquella noche de fiesta, porque alguien esconde siempre con astucia un balón en el maletero del coche. Pudiste jugar un rondo en el parking de aquel estadio, justo antes de entrar a ver cómo perdía tu equipo, porque alguien anticipó que podrías necesitar una pelota en algún momento del viaje. Yo suelo ser ese alguien. En todo grupo de amigos que se precie existe ese alguien. Y nadie nos agradece esas cosas, pero no importa. Nos apoyamos entre nosotros los «alguien».
Mi hijo acudió al cumpleaños de una amiga la semana pasada. Cinco años están cumpliendo este curso. Antes de salir de casa preguntó si podía llevar una pelota. A veces la vida te regala esos momentos: es muy bonito ver que tu hijo crece por la senda adecuada.
Eso de ser un niño melón que va a todas partes con una pelota se disimula con el tiempo, pero es a la vez algo que llevas dentro de una manera inevitable y prolongada. Evoluciona: en la adolescencia, mi madre me decía que me vistiera con algo elegante porque salíamos a comer a un restaurante, o algo así, y yo aparecía —lógicamente— con la camiseta del Liverpool.
O me vas a decir que no era elegante la camiseta del Liverpool.
Con la vida adulta surge el matiz. Leí sobre la necesidad de buscar nuevos retos, de mejorar sin tregua para no estancarse. Leí sobre los beneficios de la formación continua, leí ejemplos de éxito al estudiar otro máster, leí sobre la ambición que debemos tener cuando te va más o menos bien para no frenarte. Leí todo eso y lo asimilé lento. Luego estuve dándole vueltas en la cama, analizando todos los escenarios posibles, rumiándolo durante toda la noche. Lo medité a solas, lo consulté con amigos de confianza y calibré todas las variables. Tras pensarlo mucho, el día siguiente tenía listo mi nuevo desafío. Es sin duda un objetivo enorme, a la altura de estos tiempos: coger al peor equipo de la peor liga europea disponible en el Football Manager 2008 y hacerlo campeón de la Champions. Ahora me llamo Hinrik Ballesteronsson y dirijo al Reynir Sandgerði de Islandia, cuando nadie me ve, de madrugada y en silencio.
De momento ya hemos subido a Primera y todo marcha según los planes. Mientras juego, imagino mi vida allí, en el suroeste de la isla, con Delia y los niños en un pueblo de 1700 habitantes. Busco en Google el campito de fútbol y el escudo municipal, que es una morsa o una foca o un león marino, un animalucho simpático aunque salvaje, y me encanta, me siento un «sandgerdinés» de corazón ya para siempre. Fantaseo con visitar pronto el club en un viaje. Encuentro billetes de avión y una cabaña para el hospedaje, compruebo los precios y las fechas, pero cancelo en el último paso, antes de comprometerme. Las cosas se hacen bien o no se hacen, pero tampoco hay que pasarse.
Evoluciona, simplemente. Lo del fútbol y lo nuestro. La pelota, la camiseta o el Football Manager. Es lo mismo. La diversión, imaginar, la evasión, ser «alguien», todo eso. Cómo no nos va a gustar el fútbol. Una respuesta simple a tantas complejidades. Un bono infantil que no caduca. Una manera de salvarse.
Actitud Azpilicueta [Una mejor persona]
Hay un momento en la noche, acariciando la madrugada, en el que te ves capaz de todo. De ordenar por fin tu vida, de vaciar la lista de tareas pendientes y de quedar bien con la gente que te importa realmente. De llamar a quien debes llamar, de hacer lo que tienes que hacer y de ayudar a quien quieres ayudar. Piensas «mañana lo hago seguro», porque hay un momento nocturno en el que todo tiene solución, una lucidez de ánimo sin mucha explicación que se evapora en mi caso en cuanto sale de nuevo el sol.
Si algún día, por las mañanas, hubiera encontrado la energía para hacer lo que en la noche anterior pensaba que debía hacer, lo que en la noche anterior veía clarísimo, sería ahora entre otras cosas una mejor persona; pero por las mañanas pasa un tren que se llama vida, al que te subes y no te suelta, al que te subes porque sientes la obligación de seguir ahí, ocupado en asuntos tan triviales como ganar dinero, básicamente, hasta que llegas luego a la noche y su momento, otra vez, con casi todo lo que de veras te importa sin hacer, y estás de vuelta, y siempre igual, y todo «meh».
Hace un tiempo leí que existe una expresión china que define la tendencia a aplazar lo de dormir, la querencia por saborear la calma clarividente de la nocturnidad, el gusto por alargar el momento de irse a la cama para recuperar entonces la libertad perdida durante el día, porque durante el día qué os voy a contar. Cuando todo acaba, empezamos nosotros. Después de sobrevivir nos permitimos vivir y somos capaces de construir ese refugio interior, esa pausa, que nos mantiene alejados de despertar al día siguiente, porque dormirte significa estar ya en el maldito día siguiente.
Creo que hay una serie de privilegiados que consiguen, en esa mañana siguiente, decir y hacer justo lo que pensaban decir y hacer la noche anterior. Encuentran el ánimo y encuentran las palabras. Ya sea para declararse a una persona, contestar e-mails o ganar una Eurocopa. Asustan un poco, pero son buenos, y he aprendido a entenderlos. Son seres de luz que propongo llamar «azpilicuetos», porque esa energía desprende en el campo Azpilicueta, por ejemplo, mi futbolista favorito de esta extraña y vulnerable selección, pero aventurera y seductora también, y adorable por su rebeldía y ambición, por su forma de afrontar el fútbol, que no es más que una sucesión de miedos en la mente y cicatrices en la piel.
Azpilicueta y diez más, o mejor, once Azpilicuetas, un país con gente de esta. Saber competir, saber ganar y saber perder, porque ser campeón está difícil, no nos engañemos. A Azpilicueta lo admiro desde la oposición, porque en realidad es todo lo que yo nunca fui, y no soy, y ya no cambiaremos. Pero si me dice que corra, corro; si me dice que puedo volar, me lo creo; y si me dice que deje de comer pizzas, bueno, tampoco exageremos.
Pero en serio: ojalá de día la actitud azpilicueta, un halo sano y contagioso que hace mejores a los que le rodean; y de noche el espacio en nuestro refugio, la paz individual en la duermevela. La vida que nos merecemos, y que fluye suave en la teoría, pero en la práctica se enreda.
De momento, bien [Negar la realidad]
Casi a diario afronto un dilema crucial: juego al fútbol con mi hijo Teo y no sé si ganarle o dejarme ganar. Intento guardar un equilibrio difuso entre picarle el orgullo y no generarle ningún trauma, que tampoco es plan. Intento que aprenda lo que cuesta ganar y a la vez entienda que no siempre se puede ganar, y que se divierta, sobre todo, que se divierta y también que quiera insistir y volverlo a probar. La teoría es bonita pero la práctica ya tal. Suele ocurrir que primero me dejo ganar, pero entonces se ríe de mí, el muy cabrón, y el que me pico soy yo, que a ver si va a pensar el niñato este que no sé pegarle a la pelota ya. En la revancha inevitable lo aplasto sin piedad, pero pronto me da pena de verdad, recuerdo que tiene cuatro años nada más y me siento un poco mal, y vuelta a empezar. Necesito un mapa de la paternidad.
A Teo en cambio nada le parece mal. Sin meditarlo, por pura intuición, ha descubierto la llave de la felicidad: negar la realidad. La otra tarde se plantó bajo la portería y me retó: «¿A que no me metes un gol?». Tiré tres o cuatro chuts flojitos a donde él estaba y los paraba todos, claro, fenomenal. Se acercó al rato su hermana a curiosear y Teo le dijo lo mismo que solía decir mi amigo Javi cuando le pegaban: «Las he parado todas». Ya eran entonces dos los hijos que se reían de mí por no marcar, hasta que mi respuesta madura y adulta fue la natural; esto es, chutar con fuerza donde él no llegaba y celebrar el gol como si fuera una final. Sin embargo, en un astuto giro argumental, Teo me volvió a ganar. «La ha parado la red», replicó, convencidísimo, zanjando la historia sin más. La ilusión es un estado mental y la llave de la felicidad: negar la evidencia y la realidad.
Puedo vislumbrar el tipo de hincha que será mi hijo de mayor. Los hinchas de los equipos de fútbol, a menudo, tenemos problemas para asumir la realidad. Con frecuencia, aunque el fracaso sea irremediable, lo intentamos negar. Aunque todos los indicios apunten en nuestra contra, necesitamos pensar que al final ocurrirá un milagro que nos salvará. Somos un poco como el protagonista desgraciado de aquel viejo chiste, el chiste del optimista: uno que cae al vacío desde lo alto de un edificio de cuarenta plantas y, cuando va por el décimo piso, los vecinos le escuchan gritar «de momento bien».
Creo que de vez en cuando necesito ganarle a mi hijo al fútbol y no se me puede culpar. Porque, joder, si no le ganó a él, ¿a quién voy a ganar? Si lo normal es pasarse la semana perdiendo, cayendo al vacío y gritando «de momento bien» por no molestar. Necesito ganarle igual que él necesita perder. Porque si no le gano yo antes, le ganará otro después, fuera de la burbuja tramposa, y será peor de entender y de explicar. Y Teo tarde o temprano también lo aprenderá, porque tarde o temprano te alcanzan la evidencia y la realidad, siempre, y es inútil tratar de escapar.
Así que mira este penalti, hijo. Por toda la escuadra. Te lo meto por tu bien, ya me lo agradecerás, porque «de momento bien», pero luego qué. [Y entonces lo tiro fuera sin querer, todo mal]. Necesito un mapa de la paternidad.
Cómo salvar la Liga [Pasear en bicicleta]
Debería tener mi opinión sobre la marcha de Messi, las intrigas económicas de la Liga y el futuro del fútbol y del periodismo, pero ocurre que no me rozan ni de cerca esos temas. Lo único que me interesa es pasear en bicicleta con mi hija Delia. Al atardecer, por las callejuelas del pueblo, las carreteras comarcales y los caminos de tierra. Con el sol rojizo tostando la loma, la brisa acariciando su melena y sin prisa, ni rumbo, ni objetivos, ni pena. Simplemente pasear en bicicleta con mi hija Delia, no pido tanto y no pido mucho, pasear ajeno a vuestras fiestas y vuestras mierdas. Contándole lo que yo hacía por ahí de pequeño, contándome lo que quiere hacer de mayor como un sueño. Todo está en su sitio, todo encaja; el resto del verano ha sido esperar el momento del ritual de salir en bicicleta.
Todo lo que el resto del año me agobia parece diminuto en esos paseos sencillos a dos ruedas. Todo lo que acepto a disgusto y sin remedio, en la vida real allá fuera, parece cobrar sentido con esa recompensa. Todo lo que te hace feliz te pone también un poco triste, la edad adulta conlleva esta condena. No sé cuándo podré volver a pasear en bicicleta con mi hija Delia. Quizá el próximo verano, suponiendo que ella todavía quiera. De momento se acabaron las vacaciones: he visto repetido el partido del Valencia.
Compré incluso el álbum de cromos por más costumbre que creencia. El tiempo casi todo lo estropea y hasta lo que más quieres se quema. En los años alevines, solía aguardar con tanta ansia el comienzo de la temporada que era incapaz de aguantar sin escribir, en las casillas vacías del calendario y aunque los partidos no se hubieran celebrado aún, resultados imaginarios de la primera jornada de Liga. Había por ejemplo un Compostela-Real Sociedad y yo me la jugaba poniendo un 0-1 a falta de cuatro días del pitido inicial, suponiendo que podría acabar así, de las ganas que tenía de rellenar la jornada, en la espera interminable de repasar fichajes y datos de las plantillas, de relamerse en las expectativas de las guías en la previa.
