Enfermedades de la modernidad - Andrea Kottow - E-Book

Enfermedades de la modernidad E-Book

Andrea Kottow

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¿Cuáles son las imágenes, concepciones y metáforas de salud y enfermedad que aparecen en la literatura chilena entre 1860 y 1920? ¿Cómo se vinculan los discursos literarios con otros discursos sociales con relación a las constituciones de imágenes de salud y enfermedad? ¿Cómo se problematizan, en las simbolizaciones literarias de salud y enfermedad, ciertos aspectos del proceso modernizador? El estudio de las constituciones simbólicas de salud y enfermedad tienen el potencial de aportar un saber estrechamente vinculado con la época en que estas significaciones son construidas, existiendo una importante relación entre enfermedad, época y crisis.

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Seitenzahl: 220

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Enfermedades de la modernidad

Andrea Kottow

Ediciones Universidad Alberto Hurtado

Alameda 1869 – Santiago de Chile

[email protected] – 56-228897726

www.uahurtado.cl

Impreso en Santiago de Chile, por C y C impresores

Agosto de 2022

Los libros de Ediciones UAH poseen tres instancias de evaluación: comité científico de la colección, comité editorial multidisciplinario y sistema de referato ciego. Este libro fue sometido a las tres instancias de evaluación.

ISBN libro impreso: 978-956-357-391-6

ISBN libro digital: 978-956-357-392-3

Coordinadora Colección Literatura

María Teresa Johansson

Dirección editorial

Alejandra Stevenson Valdés

Editora ejecutiva

Beatriz García-Huidobro

Diseño interior

Gloria Barrios A.

Diseño portada

Francisca Toral R.

Imagen de portada: Adolfo Bimer, Línea de sangre (30.09.19 / 04.10.19). Portaobjetos con muestras de sangre, acero inoxidable, 20 x 141 x 10 cm, 2019. Fotografía: Sergio Redruejo.

Con las debidas licencias. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Índice

Introducción. Deseo de modernidad

(Sin)sentidos de la locura

Locura parlante

Vicisitudes: eros y polis

Cuerpos ventrílocuos

¿Dónde están los padres de la patria?

Escenas invertidas

Primera escena

Segunda escena/inversión de escena

De la escena al caso

Tercera escena: triángulo e histeria

Tramas inmunitarias

Crisis y compensación

Una oligarquía en decadencia

Etnia, ética y estética

Cuerpos que pesan

Demarcando lo común

Ambivalencias de la modernidad

Epílogo

Bibliografía

IntroducciónDeseo de modernidad

La fascinación que emana de la enfermedad en cuanto tema de conversación y fuente de múltiples simbolizaciones tiene un alcance difícil de dimensionar. No solo pareciera haber pocos tópicos tan fecundos para alentar intercambios acerca de males sufridos –patologías propias y de otros, ahora y en el pasado–, sino que, asimismo, la problemática de la enfermedad forma parte central de la historia occidental desde sus mismos comienzos. De contenidos mutables y valoraciones diversas, salud y enfermedad se encuentran entre las parejas oposicionales más importantes dentro de nuestras coordenadas culturales.

Cuando, hace muchos años, comencé a trabajar sobre las representaciones y significaciones de salud y enfermedad en la literatura, no podía dejar de ver sus trayectorias por doquier. No parecía haber ninguna obra literaria que no incluyese escenas nucleares para el desarrollo de su trama, que no estuviera vinculada con el tema de la enfermedad. La literatura, así lo llegué a imaginar, no hablaba, en cierta medida, de otra cosa. Estaba leyendo con cierta obsesión toda la obra de Thomas Mann, sin duda, un autor para quien la enfermedad forma parte ineludible de toda su narrativa. Pero también sus contemporáneos, Hermann Broch y Robert Musil, cifran sus universos narrativos desde imaginarios que integran una reflexión acerca de “lo enfermo” y “lo saludable”. ¿Para qué hablar de Kafka y de los grandes clásicos modernos: Marcel Proust, James Joyce y Virginia Woolf? Y yéndose hacia atrás, al siglo XIX, uno se topa con Gustave Flaubert –¡qué grandiosa escena aquella en la que relata cómo el farmacéutico Homais presiona a Charles Bovary para operar con convicción ilustrada el pie equino de Hipólito, quien queda sin poder caminar!–; con Charles Baudelaire y sus flores enfermizas; con Émile Zola y su novela experimental, inspirada en el médico Claude Bernard; con Oscar Wilde y los sueños oscuros del opio; Fiódor Dostoievski y las febriles energías criminales. ¿Y qué decir de todo el Romanticismo y su inclinación a observar en todo lo anómalo, mórbido y decadente una fuente de inspiración y creatividad? En fin, la lista podría llegar a ser larga y abrumadora, además de innecesaria. Lo que se me impuso, por tanto, es que la enfermedad –tema que me parecía menos obvio y más subterráneo que otros grandes tópicos del arte y de la literatura, como el amor, la sexualidad, el viaje y la muerte– forma parte fundamental de nuestra cultura, y que los términos “salud” y “enfermedad” tenían una presencia tan persistente como insistente, cuyas huellas me aprontaba a seguir. Por cierto, me encontré con muchos compañeros de rutas, de ayer y de hoy, de allá y de acá. Si bien la enfermedad parecía ser una problemática más desatendida en los estudios literarios que otras, descubrí hitos fundamentales que se volvieron mis libros de cabecera, entre otros, La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag, Historia de la locura, Historia de la sexualidad y El nacimiento de la clínica de Michel Foucault, Lo normal y lo patológico de Georges Canguilhem. Y, por supuesto, no me dejó de impresionar la importancia de dos grandes pensadores de la enfermedad, sin los cuales el siglo XX no sería lo que fue: Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud, cuyas obras formulan una “sospecha” acerca de la salud, que forma parte esencial de la crítica a las premisas modernas que marcan la entrada al nuevo siglo.

Desde ese momento –en 1997, cuando escribía mi tesis de magíster–, y hasta ahora, leo y reflexiono la literatura siempre con un ojo puesto en lo enfermo. Y sigo convencida que los vínculos entre literatura y enfermedad no son accidentales ni secundarios, sino que de un orden esencial.

Tan presentes como las parejas oposicionales de lo bueno y lo malo, la cultura y la naturaleza, el cuerpo y la mente, lo masculino y lo femenino, etc., salud y enfermedad atraviesan una serie de prácticas, incluyendo el espacio literario. En las últimas décadas se ha ido desarrollando un creciente interés por parte de diversas disciplinas en torno a los términos de salud y enfermedad, entendiendo cómo estos trascienden el saber biomédico y haciendo hincapié en sus alcances discursivos, así como en su potencial metafórico. En una sociedad que proclama como uno de sus máximos bienes la salud y su preservación, la enfermedad se colma de significaciones valóricas, que acrecientan su potencial simbólico y aumentan su alcance performático. La literatura funciona como un entramado que liga y superpone significaciones provenientes de la medicina, la moral, la política y la economía, así como de la crítica cultural y social. Las significaciones que adopta la enfermedad en la literatura pueden articular un tipo de saber “patognóstico”, neologismo formulado por el crítico alemán Jochen Hörisch, un saber con y a través de la enfermedad: es decir, una gnoseología a partir de la patología, donde lógica del conocimiento y la lógica de la enfermedad se corresponden. El estudio de las constituciones simbólicas de salud y enfermedad tienen el potencial de aportar un saber estrechamente vinculado con la época en que estas significaciones son construidas, existiendo una importante relación entre enfermedad, época y crisis.

Será, sobre todo, a partir de la modernidad y el concomitante desarrollo de una sociedad burguesa secularizada y urbanizada, que salud y enfermedad denotan una extraordinaria presencia en textos políticos, filosóficos y literarios. Las exigencias productivas de la Revolución Industrial y el desarrollo de las estadísticas demográficas producen la imagen de la enfermedad a partir de lo que Foucault (2006) llama “una sustracción de fuerzas” . La medicina es llamada a adoptar la “función crucial de la higiene pública” (Foucault, 2006), que medicaliza a la población. Salud y enfermedad son determinados desde y hacia el cuerpo social, son estados de productividad o de estorbo al trabajo, y la medicina, en consecuencia, recibe el encargo de rescatar al trabajador recuperable, abandonando a quienes no son productivos. Es la época en que sociedad y Estado son entendidos como cuerpo orgánico, cuyas necesidades se han de cubrir a costa de los individuos: “La medicina es un saber/poder que se aplica, a la vez, sobre el cuerpo y sobre la población, sobre el organismo y sobre los procesos biológicos; que va a tener, en consecuencia, efectos disciplinarios y regularizadores” (Foucault, 2006: 228). La “medicalización”, término que acuña Iván Illich en su obra señera Némesis médica (2010), describe los mecanismos a través de los cuales una gama cada vez más amplia de saberes, prácticas y discursos son considerados desde una visión política de la medicina y evaluados en una escala cuyos valores organizacionales son salud y enfermedad. Aspectos morales y estéticos, así como aspectos funcionales del cuerpo, se irán entretejiendo con una mirada de la medicina científico-natural que campea en el siglo XIX sobre diversos fenómenos sociales, como el movimiento higienista de la segunda mitad del siglo XIX, el intento de regulación del crecimiento de la población, como también de las tasas de natalidad y de mortalidad, y la sistematización de los programas de salud pública, donde se cruzan discurso político y administración del cuerpo.

Los procesos modernizadores, que implican transformaciones a nivel social, político, económico y cultural, conllevan una comprensión nueva del cuerpo humano, marcada por discursos racionalizadores y cientificistas, que se impondrán con fuerza en el mundo occidental en el transcurso del siglo XIX. En Latinoamérica, el proceso modernizador está marcado por desfases, fragmentaciones y desigualdades, que han llevado a caracterizarlo como una “modernización periférica”, término utilizado tanto por la teórica argentina Beatriz Sarlo como por el chileno José Joaquín Brunner, señalando, así, la necesidad de una mirada diferenciada sobre un período de tiempo que abarca desde las primeras décadas del siglo XIX hasta los primeros decenios del siglo XX. La modernización se vincula en Chile, como en América Latina, en general, con una serie de cambios profundos que transforman solo paulatinamente y de manera no homogénea a las sociedades, incluyendo los procesos independentistas, la constitución de las naciones republicanas, los proyectos culturales que deben servir a los nacientes países de sustrato ideológico-simbólico y la compleja entrada de las economías locales al capitalismo internacional. Bernardo Subercaseaux (2011/a), ha propuesto diferenciar “modernización” –en cuanto transformaciones objetivas a nivel económico, social y político–, “modernidad” –como la gran época y experiencia vital, marcada por una serie de contradicciones, de quienes vivencian estas transformaciones– y “modernismo”, que comprende las visiones e ideas que acompañan estos cambios. En el espacio nacional chileno se evidencian tensiones entre estos tres ámbitos, que sugieren una revisión desde distintas perspectivas de modernización y modernidad, para ir abriéndose a la complejidad que estos presentan.

Será a partir de mediados del siglo XIX, y en estrecha conjunción con los procesos modernizadores, que los discursos de corte biopolítico, fundamentados en una visión secularizada, liberal y positivista del ser humano, circularán entre la elite ilustrada en Chile. Representaciones del cuerpo humano, en cuanto fenómeno a ser controlado, regulado y funcionalizado con el fin de fundamentar una sociedad ilustrada y liberal, comienzan a poblar diversos discursos y prácticas sociales. Esta valoración de un cuerpo individual y colectivo sano, base para el proyecto modernizador –homogeneizante y racionalizador–, será cuestionado y criticado en discursos literarios que tematizan la enfermedad, convirtiéndola en metáfora para la problematización de los procesos modernizadores, evidenciando, de esta manera, sus contradicciones y fragmentaciones.

La literatura es entendida como práctica discursiva simbólica, siendo posible descubrir a través de ella la riqueza, la complejidad y las posibilidades que evidencian salud y enfermedad como tópico, problema, excusa y recurso para discutir una serie de temas que trascienden el concepto médico de los términos. Como ha planteado el historiador argentino Diego Armus (2005), que ha dedicado varias de sus obras al tema de la medicalización en Argentina y Latinoamérica: “Lo que [se] revela, una vez más, es la complejidad de las relaciones entre quienes quieren curar y quienes necesitan curarse y las variadas percepciones y recursos que circulan en torno de una enfermedad y que exceden holgadamente el mundo de la medicina diplomada” (28). Salud y enfermedad sirven de vehículo para fundamentar el proyecto modernizador en Chile, pero a su vez serán utilizados como plataforma simbólica para cuestionar un proceso que se vive colmado de contradicciones, desigualdades e insuficiencias. Salud y enfermedad, necesariamente, aparecen entretejidos con otros términos valóricamente cifrados, las más de las veces jerárquicamente organizados, y acrecientan el potencial de la dicotomía para constituir significaciones a niveles estéticos, políticos y morales.

Lo que me he propuesto en este libro es pesquisar las representaciones y metaforizaciones de salud y enfermedad desplegadas en discursos literarios entre 1860 y 1920, con el fin de desentrañar cómo estos cifran determinados aspectos de los procesos modernizadores concomitantes, entendiendo, según la formulación de Julio Ramos (1989), que la literatura puede denotar los “desencuentros de la modernidad en América Latina”. Las obras literarias consideradas en este libro se analizan con el fin de estudiar los modos en que estas significan los términos de salud y enfermedad. A su vez se estudia el diálogo que estas establecen con otras prácticas simbólicas, como lo son la crítica cultural y social, para mostrar cómo las concepciones y representaciones de salud y enfermedad se generan, transmiten y proyectan discursivamente. Las preguntas que urden la trama de este libro son: ¿Cuáles son las imágenes, concepciones y metáforas de salud y enfermedad que aparecen en la literatura chilena entre 1860 y 1920? ¿Cómo se vinculan los discursos literarios con otros discursos sociales en lo que respecta a las constituciones de imágenes de salud y enfermedad? ¿Cómo se problematizan, en las simbolizaciones literarias de salud y enfermedad, ciertos aspectos del proceso modernizador?

La problemática de la enfermedad y sus representaciones literarias, así como las formas estéticas que encuentran lo saludable y lo morboso, tiene aristas múltiples, de las cuales he querido delinear algunas. La literatura chilena de la segunda mitad del siglo XIX y de comienzos del XX se muestra muy rica en imágenes de lo patológico, y he intentado trazar una serie de coordenadas que me parecen fundamentales para pensarlas. Algunas de ellas dicen relación con el proyecto ilustrado de civilización y progreso, así como con las temáticas vinculadas a la higiene y al higienismo.

El advenimiento de la República implica en la naciente nación el gran proyecto de la civilización, entendiéndose por “civilizar”, desde las elites, la educación y la ordenación del pueblo, lo que a su vez irá aparejado con la eliminación de las actitudes individuales y colectivas indeseadas y consideradas inapropiadas. El proceso modernizador conlleva la racionalización de las prácticas y discursos estructurantes de lo social y cultural a múltiples niveles, incluyendo la comprensión del cuerpo humano. El sistema médico, el sistema legal, el sistema educativo, la urbanización y la organización del espacio muestran preocupaciones que giran en torno al ser humano en cuanto cuerpo a ser cuidado y reglamentado. El proyecto de la República comporta el movimiento higienista, el control y la administración del cuerpo individual y colectivo, y la medicalización de la sociedad. El historiador Álvaro Góngora reconoce que “estos conceptos fueron manifestación local de criterios emanados del racionalismo ilustrado europeo, más específicamente francés, empeñado en erradicar la tradición por “insalubre”” (213).

Los discursos higienistas, que atraviesan los discursos médicos, políticos y sociales, están posibilitados por el afianzamiento de una medicina de raigambre científica y de origen europea1. La práctica médica se formaliza e institucionaliza en el transcurso del siglo XIX, intentando apartar todo quehacer médico basado en la charlatanería, en la superstición o en creencias ancestrales. A partir de diversos mecanismos, el siglo XIX será el escenario de la instalación y legitimación social de una medicina moderna, entendida como experimental y eminentemente científica. Un referente importante en la historia de la medicina y de las instituciones médicas en Chile es la creación del Consejo Superior de Higiene Pública en 18892 y del Instituto de Higiene en 1892, primeras instituciones estatales en hacerse cargo centralmente de la salud de la población. La salud se transforma en una preocupación de primer orden para el Estado, que debe garantizar el exitoso funcionamiento de los procesos modernizadores y del desarrollo del capitalismo. Los temas que preocuparán a los diversos discursos estructurantes de la sociedad, que se comprende a sí misma como moderna, serán la densidad poblacional, la convivencia con los animales, el urbanismo y la erradicación de una serie de enfermedades, denominadas genéricamente “pestes”, entre las que se encuentran la viruela, el sarampión, la sífilis, la tuberculosis, el cólera, el tifus, la malaria y el mal de Chagas, frente a las cuales debe regularse la higiene y todo lo que la ciencia dictamina. La falta de condiciones higiénicas era considerada la causa número uno de las enfermedades que acechaban a la población, especialmente en las urbes que crecían con una rapidez inusitada en ese momento. Estas problemáticas marcarían los discursos sociales y políticos hasta bien entrado el siglo XX.

Acerca de la capital chilena en su centenario, Armando de Ramón (2007) señala:

El gran problema de Santiago que afectaba seriamente a la calidad ambiental era su deplorable estado higiénico, lo que llevó a que un periódico llegara a decir en 1910 que “no creemos que exista hoy en el mundo una aglomeración humana que se halle en condiciones más horribles que las que hoy atraviesa la capital de Chile” (170).

En El cuerpo como máquina (2013), Nicolás Fuster, de la mano de autores como Michel Foucault, plantea el higienismo como una “tecnología del poder” que se inscribe en los cuerpos, involucrando diversos y heterogéneos ámbitos del sujeto y de la comunidad: “Como tecnología del poder, la higiene pública buscó intervenir en las principales variables que determinaban la calidad de los espacios y, por ende, en la administración de la salud de la población” (96). En el estudio que Diego Armus, por su lado, dedica a la tuberculosis en Buenos Aires, denominado significativamente La ciudad impura, se condensan las problemáticas que atraviesan el fenómeno del higienismo, que abarca miradas sobre los cuerpos individuales, visiones sobre la población comprendida como cuerpo colectivo, la distribución de los cuerpos en el espacio, perspectivas urbanísticas y aspectos vinculados a la biomedicina en un sentido más estrecho. Sobre los complejos procesos que marcan a la capital argentina entre los años 1870 y 1950, señala Armus (2007):

Allí están, entonces, las tensiones entre la ciudad imaginada y la ciudad que estaba constituyéndose, las rutinas laborales vinculadas a una limitada industrialización, el veloz crecimiento demográfico y sus consecuencias en el problema de la vivienda, los equipamientos urbanos y las condiciones materiales de vida de la gente, el proceso de progresiva ampliación de contenidos y beneficios de la ciudadanía social, las preocupaciones por las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo, los esfuerzos por construir la “raza nacional”. Y también, y en el marco de una vida en la ciudad cada vez más medicalizada, los temores al contagio, la entrada del Estado en la esfera personal, los empeños de atención, regulación y moralización de las masas urbanas, la sociabilidad, el sexo, los hábitos cotidianos, la vida familiar (16).

El camino hacia el progreso, emprendido por el Chile ilustrado de la elite liberal, no muy distinto al que siguiera la ciudad de Buenos Aires descrita por Diego Armus, concibe las distintas prácticas sociales y áreas del saber como interdependientes y correspondientes, en la medida que alcanzar la emancipación en una actividad significa, a su vez, alcanzarla también en otras, concepción dominante en el territorio nacional en el transcurso del siglo XIX3.

Esta visión se hace presente de modo paradigmático en intelectuales como José Victorino Lastarria o Alberto Blest Gana, quienes entienden la literatura como parte fundamental de la fundación de la naciente nación moderna (Osorio, 2000). Fundar la nación y fundar una literatura nacional se presentan como un proyecto conjunto: los modelos realistas sirven de ejemplo para llegar a constituir una literatura que apoye los cambios sociales, políticos y culturales que se pretenden (Sommer, 2004). Lastarria (1842), en su Discurso de incorporación, plantea: “[…] nosotros debemos pensar en sacrificarnos por la utilidad de la patria” (82). Sin embargo, puede observarse ya en Lastarria y Blest Gana ciertos cuestionamientos del mismo proyecto civilizador que defienden y fundamentan literariamente. En Diario de una loca (1885), escrito a modo de diario íntimo de una mujer que ha perdido el juicio, Lastarria hace comparecer una concepción romántica de la enfermedad, en que la locura de la protagonista es resultado de su pasión, mientras que la razón sería la normalización y normativización de los sentimientos fuertes. La protagonista es “castigada”, cayendo en un delirio por su exceso pasional, ajeno a la predominante visión de la racionalidad masculina, la cual es tratada con una mirada crítica en la obra. A su vez, el personaje de Matías Cortaza, marido de la dominante Manuela Estero en El loco Estero ([1909] 1989) de Blest Gana, es un típico neurasténico finisecular –débil y subyugado– pero, a la vez, artísticamente refinado, sensible y claramente portador de las simpatías del narrador. La enfermedad, en los dos casos literarios, más bien funcionaría como plataforma desde la cual cuestionar los valores que subyacen al mismo proyecto civilizador y racionalista que ambos autores defendieron en otras instancias. En Martín Rivas (1862) de Blest Gana –Novela de costumbres políticos-sociales–, el narrador señala acerca de don Dámaso su “[…] constante preocupación por la higiene, con la que pretendía conservar su salud, y entregarse con entera libertad de espíritu a las ideas de política que […] inflamaban el patriotismo de este capitalista” (19). Don Dámaso es un personaje que cambia de color político según el ánimo con el que despierta, siendo ridiculizado y tachado de irresponsable por el narrador, quien además ironiza sobre el higienismo que este defiende. Si bien Blest Gana fue defensor explícito de la necesaria modernización de Chile, de su ilustración y racionalización, la higiene, como parte fundamental de tal proyecto, recibe un trato irrisorio en su novela. Este ejemplo muestra cómo la pesquisa y el análisis de las formas en que las conceptualizaciones de salud y enfermedad entran a formar parte del sistema simbólico de la literatura nacional puede resaltar ciertas contradicciones que el proyecto modernizador evidencia en Chile.

La salud, en cuanto bien buscado para la constitución y preservación de la norma social, implica un proyecto homogeneizante y estandarizado para la regulación de la vida, así como para las prácticas que la fundamentan. De tal manera, el término salud funciona simbólicamente como la encarnación de la norma y la normalidad, mientras que la enfermedad se instituye como problematización de esta misma homogeneización. A fines del siglo XIX, los discursos modernizadores entrarán en contradicción con una crisis cultural, que se hace cada vez más visible, que halla su expresión en la corriente estética del modernismo, que pondrá en entredicho los ideales de razón y progreso, disputando los discursos teleológicos y utópicos de una sociedad moderna, e insistiendo, a su vez, en la autonomía del arte y de la literatura. El modernismo muestra un gusto por el exotismo y por situaciones límites, indaga en lo morboso y lo excelso, poniendo en crisis los valores de salud y masculinidad positivistas que apoyan los discursos modernizadores, implicando “una crítica, expresa o tácita, a la nueva sociedad burguesa creadora del universo contemporáneo” (Rama, 1970: XVII).

En el cuento “El palacio del sol”, comprendido en Azul ([1888] 1990) de Rubén Darío, obra publicada en Chile, el narrador cuestiona las terapias propuestas por la medicina moderna, dado que no son capaces de curar a las niñas enfermas, porque la crisis que padecen implica una patología situada en las coordenadas culturales mismas y no en los cuerpos sufrientes.

Las obras narrativas de Pedro Balmaceda y Emilio Rodríguez Mendoza son paradigmáticas para esta estética antirracionalista y antipositivista. Paulo, el protagonista de Última esperanza ([1889]1905) de Rodríguez Mendoza, es un enfermo de cuerpo y alma, no pudiendo distinguirse si la enfermedad es producto de su carácter retraído e hipersensible o viceversa. La novela de Rodríguez Mendoza se colma de tópicos de la décadence, y la enfermedad es un tema central a partir del cual se cuestiona una visión racionalizada y progresista de la sociedad, que no se hace eco de las finuras del alma que la morbidez sí percibe. Así, salud y enfermedad entran en un sistema de correspondencias con términos como norma y excentricidad, homogeneización y heterogeneidad, normalidad y locura, que pueden visualizar los modos contradictorios que revisten modernidad y modernización en Chile.

Por otro lado, existe una estrecha relación histórica en los cruces discursivos entre salud y enfermedad, por un lado, masculinidad y femineidad, por el otro. El cuerpo femenino es imaginado en la tradición occidental como especialmente vulnerable y cercano a la enfermedad, mientras que el cuerpo masculino representa la norma corpórea subordinada a la razón4. Hablar de salud, vigor, masculinidad, entendidos en múltiples niveles, incluyendo tanto el cuerpo individual como el colectivo, y trasponiendo, a su vez, la noción de cuerpo a otras áreas, como podría ser el de la literatura entendida como organismo, son conceptos que forman parte de las prácticas discursivas de fines del siglo XIX y XX en las letras chilenas5.

Juan Varela dijo de las novelas modernistas que estaban contaminadas con “el microbio pesimista y las palpitaciones epilépticas del siglo agonizante” (citado en Subercaseaux, 2011b: 139), lo que, según su juicio, hace visible la relación de la metáfora patologizante con la estética. La presencia e importancia de un lenguaje metafórico basado en los conceptos de salud, enfermedad y corporeidad se hace evidente en el prólogo de Julio Molina Núñez a la antología poética Selva Lírica (1917), donde se habla del “aspecto morboso o degenerado del arte moderno” (XII), así como de la necesidad de “evitar los arrestos presuntuosos, morbosos y degenerativos” (XV- XVI), en aras de la constitución de una literatura “vigorosa”. Si bien masculinidad y femineidad no constituyen términos empleados en estos juicios, se subentiende que existiría el modelo de una literatura fuerte, sana, vigorosa y eminentemente masculina.

En Juana Lucero ([1902] 1996) de Augusto D’Halmar, la locura que acaba con el personaje femenino adopta claros signos histéricos, terminando la novela con la imagen de un cuerpo convulsionado por el delirio, que evidencia explícitos lazos intertextuales con Naná de Zola, cuyo cuerpo virulento cierra la obra del naturalista francés, al vincular enfermedad y femineidad. En el “espiritualismo de vanguardia” (Subercaseaux, 2011b), en el cual se inscribe gran parte de la obra de Inés Echeverría (Iris), se postula una fusión de la sensibilidad artística, la finura del alma y la femineidad, en contraposición a una razón masculina, práctica y mundana. Se sitúa el refinamiento artístico en la mujer, confrontándolo a la valoración de una salud masculina. En esta literatura femenina, que se encuentra en un proceso de incipiente exploración a comienzos del siglo XX, se reflexiona acerca de los procesos modernizadores, poniendo en juego otras conceptualizaciones y terminologías, que pasan por problematizar la visión homogeneizante de una salud plena.

Alrededor del cambio de siglo, y en concordancia con un pensamiento social-darwinista e ilustrado-positivista, se genera una importante discusión en torno al tema de la “raza”, la “identidad chilena” y la “integración de la nación”, que incluye reflexiones sobre el sustrato indígena de la población chilena, el tópico del “blanqueamiento”, así como las problemáticas de la herencia y el entorno, retomados a su vez por la corriente naturalista. El historiador Marcelo Sánchez se ha dedicado al estudio de los discursos y la puesta en práctica de las nociones eugenésicas que se importan en Chile con gran entusiasmo desde Europa a fines del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX. Estas forman parte de un arsenal de ideas convocadas a imaginar y trazar un Chile moderno, orientado en la ciencia y no en la superstición, que debe posibilitar una nación saludable y próspera. Al respecto, Sánchez (2014) postula:

Como propuesta médico social preocupada por el control y selección en el proceso reproductivo humano, la eugenesia era sostenida como parte de una solución moderna y de vanguardia científica frente al panorama de la degeneración biológica y moral que, en el diagnóstico eugénico, presentaban los “no aptos” y “disgénicos” de todo tipo: inmigrantes, criminales, alcohólicos, tuberculosos, sifilíticos, enfermos mentales, portadores de taras hereditarias y los pobres en general (60).