Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En este libro el autor nos propone, a través de la metáfora del espejo, describir nuestra relación con las nuevas tecnologías y su impacto en el mundo actual. Intenta ir más allá de la imagen especular que las nuevas tecnologías crean en nuestra relación con el medioambiente, para no dejarnos fascinar por los medios tecnológicos con sus ambivalentes promesas de bienestar, pero también de destrucción. El espejo de las nuevas tecnologías nos acerca, pero también nos separa de la naturaleza y del mundo. Es el cruce de múltiples contradicciones, una síntesis de opuestos. Duplica, a la vez que divide; amplía al mismo tiempo que restringe la mirada; reproduce y deforma. Mirarlo, es decir, mirar las nuevas tecnologías, nos posibilita describirlas y analizar el uso que hacemos de ellas, ya que no solo son una herramienta, sino que estructuran nuestra vida. Por eso es necesaria una filosofía de las tecnologías, al mismo tiempo que una antropología que describa al hombre en relación con estas. He aquí el aporte de este libro.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 311
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Luca Valera
Espejos
Filosofía y nuevas tecnologías
Herder
Este libro ha recibido una subvención de la Vicerrectoría de Investigación de la Pontificia Universidad Católica de Chile, en el marco del proyecto Puente n.º 025/2020.
Diseño de la cubierta: Stefano Vuga
Edición digital: Martín Molinero
© 2022, Luca Valera
© 2022, Herder Editorial, S. L., Barcelona
1.ª edición digital, 2022
ISBN: 978-84-254-4929-1
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
Herder
www.herdereditorial.com
1. MÁS ALLÁ DEL ESPEJO. UN SALTO NECESARIO
2. ¿QUÉ ES UN ESPEJO? TECNO-LOGÍAS, VIEJAS Y NUEVAS
2.1. La tecnología no es una técnica más moderna. Distinciones esenciales
2.2. ¿Un medio o el Medio?
2.3. El logos del tecnos
2.3.1 Independencia y automatización
2.3.2. Coordinación con otros dispositivos y funcionamiento en sistema
2.3.3. Autorregulación
2.4. Tecnos-Logos-Ethos
2.4.1. Nivel epistemológico
2.4.2. Nivel ético
2.4.3. Nivel de las responsabilidades
3. DUPLICAR
3.1. Narciso. O de la narcosis
3.2. Reconocer el doble, reconocerse en el doble
3.3. ¿Es posible duplicar al ser humano? La clonación
3.3.1. La (re-)producción sustituye a la reproducción
3.3.2. Identidad, relacionalidad e individualidad del ser vivo: ¿hacia dónde vamos?
3.3.3. Una nueva idea de independencia y de autonomía
3.3.4. Un nuevo concepto de tiempo y de generaciones
3.3.5. Un re-pensamiento de la dignidad humana
3.3.6. ¿Cuál es el valor de la vida en general, y, en particular, de la vida humana?
3.4. Los avatares
3.5. Dobles. Una perspectiva sobre «lo humano»
4. TRANSPARENTAR
4.1. Comunicación e información «transparentes». La época de la Web 2.0
4.1.1. Espejos transparentes e inconscientes
4.1.2. Comunicar no es informar (y viceversa). De donde surge la sociedad de la transparencia
4.2. Transparencia, autoridad y vigilancia. Entre los Big Data y un nuevo Panopticon
4.3. Cuerpos transparentes y máscaras
4.4. Transparencia y muerte. La sociedad sin potencia creadora
5. MODIFICAR
5.1. Una inquietud «colectiva»
5.2. ¿Cuál perfección?
5.3. No tener fallos
5.4. Sociedad y perfección. Satisfacer los deseos para alcanzar modelos culturales
5.4.1. Los modelos actuales son extrínsecos
5.4.2. Los modelos actuales son globalizados
5.4.3. Los modelos actuales son irreales
5.4.4. Los modelos actuales dependen de la lógica de la tecnología
5.5. La inquietud, la perfección, y el «poder ser uno mismo». La humanidad frente al espejo
6. ACERCAR
6.1. Robots
6.2. El valle inquietante
6.3. Capacidades y acciones inquietantes
6.4. «Nosotros» y los «otros»
6.5. ¿Y si se alejaran demasiado? Humanizar y deshumanizar
7. REFLEJAR Y REFLEXIONAR
7.1. ¿Dónde estás?
7.2. ¿Donde estás hoy?
7.3. «¿A quién buscáis?»
7.4. ¿Obsolescencia programada? El fin de la humanidad
NOTAS
INFORMACIÓN ADICIONAL
Más allá del espejo. Un salto necesario
Voy a contarte todas mis ideas acerca de la Casa del Espejo. Primero está la habitación que puedes ver ahí en el espejo... que es más o menos igual que nuestra sala, solo que las cosas están al revés. […] Los libros se parecen mucho a nuestros libros, solo que las palabras están al revés: eso es algo que descubrí un día que puse uno de nuestros libros frente al espejo y entonces ellos pusieron otro en la otra habitación.1
¿Y si pudiéramos traspasar el espejo? ¿No quedaríamos fascinados con lo que hay del otro lado, un nuevo mundo donde todo está al revés? ¿O, una vez en el mundo-más-allá-del-espejo, no nos quedaríamos como des-ubicados, enterándonos de que se trata solo de una copia, de una mera «metáfora» de este mundo real en el que vivimos?
Este es el desafío del libro que estoy presentando, en el que el espejo constituye la metáfora más adecuada para interpretar —filosóficamente, por cierto— las nuevas tecnologías y su impacto en el mundo actual.2 Se intenta, justamente, ir más allá del espejo que las nuevas tecnologías crean en nuestra relación con el ambiente en el que vivimos, para no quedarnos satisfechos con la fascinación —ambivalentemente promesa de bienestar y de destrucción— de los medios tecnológicos, así como de lo que ellos significan en nuestras vidas. Traspasar el espejo significa cambiar de perspectiva, buscando entender cuáles son las dinámicas no visibles que los espejos (entendidos como meros reflejos) esconden, sin quedarse en la «superficie» de las cosas. Los dos mayores riesgos que esconden los espejos, de hecho, son el de la «superficialidad» —en contraste con la «profundidad» de la realidad— y el de la «transparencia», intrínsecamente vinculados entre sí. Los dos temas, centrales en la sociedad actual, como ha mostrado Byung-Chul Han,3 merecerán una profundización en los capítulos siguientes.
El espejo de las nuevas tecnologías, sin embargo, no es solo el medio que nos acerca al —o separa del— mundo de las cosas «naturales», o de la naturaleza: el espejo es el cruce de variadas contradicciones, una síntesis de opuestos. El espejo significa, de hecho, duplicación, pero, al mismo tiempo, división. Significa amplitud, pero, al mismo tiempo, restricción de mirada. El espejo potencia y de-potencia, alarga y restringe, reproduce y deforma, acerca y aleja. Y mucho más.
Justamente como las nuevas tecnologías. La ambivalencia del espejo es la ambivalencia de los nuevos productos con los que estamos interactuando hoy en día, que, por un lado, nos ofrecen todo (posibilidades, soluciones, satisfacciones, deseos, etc.) y, por el otro, nos dejan «desnudos» (tanto en el aspecto antropológico, como en el interpersonal). Por un lado, entonces, ganamos en libertad, en un mundo lleno de opciones ofrecidas por las nuevas tecnologías, mientras que, por el otro, perdemos en intimidad, ya que estamos continuamente expuestos a la mirada del dispositivo tecnológico, que nos desnuda. El precio de la libertad es, así, la desnudez.
Las actividades que un espejo «cumple» son múltiples, y cada una de ellas posee un sentido peculiar: en este libro trataré de entender e interpretar, a través de la metáfora del espejo y de sus operaciones, el papel de las nuevas tecnologías en nuestra vida, observando la manera en la que ellas modifican nuestras acciones, costumbres, relaciones, y, por ende, nuestra naturaleza (entendida como el conjunto de los seres vivos que nos rodean y, al mismo tiempo, como esencia humana). En buena medida, se tratará de interpretar las nuevas tecnologías a partir de lo que «hacen», a través de la observación de un «medio tecnológico» tan antiguo, común y sencillo como el espejo. El paso sucesivo será ir tras el espejo, para entender el mundo que se esconde detrás de él, y, sobre todo, la imagen del ser humano que de allí se desprende.
Para poder llevar a cabo este largo viaje, sin embargo, será necesario hacer un salto —por lo menos epistemológico— notable, ya que se necesita intentar traspasar el espejo, liberándose por algunos momentos de las circunstancias históricas actuales a través de una epojé, y mirando las nuevas tecnologías y el entorno que hemos creado desde fuera, como si fuésemos observadores externos. No se tratará, claramente, de un salto de la fe parecido al de Abraham. Sin embargo, hay que dejar el terreno seguro del mundo tecnológico en el que vivimos, tomando una cierta distancia de él, para poder mirarlo con un poco más de objetividad y lejanía.
De hecho, uno de los problemas en la raíz de nuestra relación con las nuevas tecnologías es justamente la noción y el paradigma de tecnología que usamos, que es muy poco preciso y resulta inadecuado para describir el fenómeno que queremos comprender. Por esta razón, antes de analizar las actividades que «llevan a cabo» los espejos, parece necesario indagar sobre la misma noción de espejo, o, si se quiere, de tecnología. Tenemos que dar un paso hacia atrás. Si nunca hubiésemos visto un espejo —o si alguien no nos lo hubiese enseñado como «un espejo»— muy probablemente no sabríamos identificarlo en nuestro mundo-de-la-vida, y, por ende, no entenderíamos el contexto de un discurso sobre los espejos. En resumen, lo que quiero afirmar aquí es que tiene muy poco sentido «juzgar» o «evaluar» éticamente nuestra interacción con las nuevas tecnologías si no entendemos ni el alcance de esa interacción ni el sentido de las tecnologías mismas. El paradigma hermenéutico que subyace a dichas cuestiones es, justamente, lo que esclarecerá y orientará nuestras posibles posturas éticas. Dado que la noción de tecnología es una noción compleja, con muchos sentidos, y, por eso, difícil de entender, será necesario reflexionar sobre ella. Por estas razones, el análisis de las actividades de las nuevas tecnologías (duplicar, transparentar, modificar y acercar) será precedido en este libro por una interpretación de la esencia de la tecnología misma (capítulo 2), es decir, por una hermenéutica de los espejos.
Una última indicación metodológica: tal como se ha adelantado, este libro no pretende ofrecer soluciones éticas a problemas generados por las nuevas tecnologías, sino una mirada antropológica sobre ellas. En este sentido, no se tratará de dar un juicio sobre la bondad o maldad del uso de uno u otros medios —de hecho, se concluirá que la tecnología no es simplemente un medio que se pueda «usar»—, sino de entender e interpretar la estructura de esas «formas de vida», tal como las definió Langdon Winner,4 o ese «sistema de acciones», según una afortunada idea de Miguel Ángel Quintanilla.5 Por eso, este libro quiere situarse en el cruce entre una antropología y una filosofía de las tecnologías emergentes, y no simplemente como ética aplicada. Como podrá observar el lector, aquí no se aplicará ningún paradigma para evaluar nuestras acciones con las tecnologías, sino que se dará un paso atrás: se tratará de descubrir el paradigma que pueda iluminar nuestra visión de las tecnologías mismas, profundizando las «operaciones» que ellas mismas llevan a cabo.
Este cambio de mirada —tanto para leer este libro, como para observarnos en la época de la civilización tecnológica— es muy necesario hoy en día. En las páginas que siguen, esbozaré un primerísimo borrador para empezar a efectuar este cambio. Para eso, después de haber ofrecido una definición y una caracterización de las nuevas tecnologías como un Medio para el ser humano (capítulo 2), analizaré sus operaciones: duplicar, trasparentar, modificar y acercar.
El análisis de las operaciones mencionadas se acompañará siempre de ejemplos concretos de tecnologías emergentes, capaces de cambiar el contexto humano. En este sentido, abordaremos el fenómeno de la duplicación a través de las tecnologías de clonación y la creación de avatares en mundos virtuales, e interpretaremos dichas posibilidades a la luz del mito de Narciso (capítulo 3); reflexionaremos sobre la operación de transparentar a través de una profundización de la información y la comunicación en tiempos de internet 2.0 y de las redes sociales (capítulo 4); afrontaremos la tarea de la modificación a través de la ingeniería genética y del ideal de perfección que esta implica (capítulo 5); y, por último, observaremos la posibilidad de que estos espejos (que son las nuevas tecnologías) se acerquen e integren en nuestros mundos a través de una descripción de los robots y del fenómeno del valle inquietante (capítulo 6).
El análisis de dichas operaciones nos permitirá entender un poco más el mundo de las tecnologías emergentes y, con ello, nuestro mundo humano. De hecho, una de las tesis principales de este libro (que se presentará en el capítulo 7) es que las nuevas tecnologías, siendo un espejo de nuestra humanidad, reflejan la exigencia de redescubrir nuestra esencia, características y dimensiones. Las tecnologías expresan, por ende —aunque pueda parecer paradójico—, la exigencia de un mundo más humano. Un mundo en que el ser humano sea verdaderamente humano, es decir, en continua búsqueda de sí mismo y de su sentido.
Este libro es el fruto de años de trabajo, de ideas compartidas con muchos amigos y colegas, de repensamientos y reflexiones, de diálogo con alumnos y tesistas, de tiempo dedicado solo a ello y muchas veces robado a la familia. Por eso debo agradecer, en primer lugar, a mi familia: Silvia, Achille, Sofia y el recién nacido Pablo Giorgio, quienes me han dado toda la alegría y el tiempo necesarios para poder llevar a cabo este proyecto. En segundo lugar, a los colegas y amigos que han sabido aconsejarme y criticar mis ideas, entre los que se cuentan: Alfredo Marcos, por haberme hospedado en Valladolid en 2018, donde todo esto empezó, y se discutió uno de los primerísimos capítulos de este libro —agradezco, por supuesto, a todo su grupo de investigación, en particular a los amigos Sixto Castro y José Chillón—; Adriano Fabris, por haber generado en mí el interés por la temática y por haberme guiado en los comienzos; Gianluca Cuozzo, por haberme invitado a una maravillosa conferencia en Turín, donde pude profundizar algunas intuiciones sobre las relaciones entre técnica y tecnología; Ernesto Sferrazza Papa, Nicola di Stefano, Silvano Petrosino, María Alejandra Carrasco, José Tomás Alvarado, Jorge Martínez, Rodrigo López, Cristián Borgoño y todos los miembros del Centro de Bioética de la Pontificia Universidad Católica de Chile. En tercer lugar, un agradecimiento especial a Andrés Aguayo, que ha tenido la paciencia de revisar la primera versión de este texto y, sobre todo, a Gabriel Vidal por la profundidad con la que ha criticado y analizado las tesis aquí presentadas. En cuarto lugar, agradezco sinceramente a la editorial Herder por haber considerado valioso este proyecto. Por último, destaco los financiamientos vinculados a proyectos que han permitido la realización de este libro: la «Beca Iberoamérica Santander Investigación Universidades 2017 – Jóvenes Profesores», del Banco Santander; el «Programa Puente 025/2020» de la Vicerrectoría de Investigación de la Pontificia Universidad Católica de Chile; y el proyecto n.º 1210081 de Fondecyt (Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico), ANID, Chile. Sin ellos, este proyecto no habría visto la luz, con toda probabilidad.
Si bien todos los mencionados han contribuido de alguna forma a la realización de este texto, por supuesto, la responsabilidad de las ideas presentadas aquí es solamente de su autor.
¿Qué es un espejo? Tecno-logías, viejas y nuevas1
La tecnología moldea todos los aspectos de la experiencia humana. Es el principal impulsor del cambio social y ecológico. Es una fuente de poder, vulnerabilidad y desigualdad. Influye en nuestras perspectivas y media en nuestras relaciones. Teniendo en cuenta esto, es sorprendente que pasemos tan poco tiempo estudiando, analizando y evaluando las nuevas tecnologías.2
¿Podríamos vivir sin las tecnologías? Es uno de los interrogantes que surgen con mayor frecuencia en el ser humano contemporáneo, muchas veces exasperado por la invasión prepotente de las tecnologías en su vida. «Claramente, en un sentido empírico o histórico, no es posible»,3 ya que nuestra vida se encuentra fácticamente vinculada a las tecnologías, lo queramos o no. Probablemente, sería un experimento mental interesante imaginar un mundo posible —quizás no el mejor de ellos, precisamente— sin tecnología y sin dispositivos tecnológicos, como si fuera un retorno a una edad primitiva. Un nuevo mito del buen salvaje. ¿O sería algo totalmente inadecuado para nuestra humanidad, más allá de la condición histórica presente que impide ese experimento? Para responder con precisión a dicho interrogante, habrá que profundizar sobre el concepto de tecnología, con el fin de entender de qué se trata y, además, cuál es su relación con nosotros —o, a la inversa, cuál es la nuestra con ella—.
Empezando por una fenomenología de la actualidad, podemos afirmar, con toda evidencia, que nuestra vida está rodeada, o, mejor dicho, impregnada de tecnologías, al punto de que consideramos a los dispositivos tecnológicos como algo «esencial» para poder vivir bien o, incluso, para sobrevivir. Nuestras acciones, de hecho, se desarrollan a través de dispositivos tecnológicos; nuestras relaciones se alimentan de intercambios a través de smartphones y redes sociales; nos trasladamos a través de automóviles, trenes y aviones. La comida es posible porque existen los refrigeradores, los procesadores de alimentos y los lavavajillas; nuestros trabajos necesitan ordenadores, impresoras y escáneres... Tanto es así que, si prescindiéramos de dichos dispositivos, nuestras acciones se volverían «imposibles» para nosotros. De esta manera, trasladarnos sin un dispositivo GPS, citarnos en un lugar sin un smartphone o calcular el tiempo sin relojes resulta inviable. La inseparabilidad entre nuestros dispositivos tecnológicos y nosotros mismos ha provocado que, por otro lado, «perdiésemos»4 algunas características de nuestra naturaleza que los dispositivos están reemplazando: la evolución cultural en el ser humano está definitivamente reemplazando la evolución biológica.5 Esta última consideración nos lleva a una reflexión posterior: si la evolución de una entidad depende siempre del ambiente en el que vive, observando su evolución podemos también entender su entorno. Y si la evolución humana es conjuntamente biológica y cultural, guiada por las nuevas tecnologías, significa que estas no constituyen solo un surplus de la naturaleza humana, sino que se están transformando en algo realmente decisivo para la vida humana.
Dicho de otra forma: en nuestra vida las tecnologías se han vuelto algo casi inseparable de nuestra cotidianidad, nuestro ambiente de acción privilegiado. En efecto, ya no se podría afirmar simplemente que «la tecnología ha transformado drásticamente el ambiente humano»,6 sino que, aún más, la tecnología se ha transformado en el ambiente humano. No existe, por ende, un ambiente «natural» y, aparte, las tecnologías: nuestro ambiente coincide con el entorno tecnológico, en el que los elementos «naturales» y «artificiales» conviven.
Emerge, en este contexto de reflexión, una concepción de la tecnología totalmente distinta a la que estábamos acostumbrados, es decir, el hecho de que las tecnologías no sean solamente medios: «Algunas tecnologías contemporáneas ya no pueden ser simplemente “utilizadas”, sino que comienzan a fusionarse con nuestro ambiente físico y con nuestros propios cuerpos».7 Este cambio de perspectiva, que no es ni moral ni filosóficamente neutro, merece así un análisis más detallado.
Una de las tareas más importantes de la reflexión filosófica siempre ha sido analizar críticamente el sentido común, para destacar los elementos valiosos y verdaderos y dejar de lado los que se fundan en falsos juicios o pre-juicios. De acuerdo con esto, lo que la mayoría de las personas piensa, en una época histórica específica, merece sin duda atención, pero, al mismo tiempo, ha de ser criticado y examinado lúcidamente. La función de la pars destruens de la filosofía, para utilizar un lenguaje baconiano, se vuelve así esencial para un adecuado análisis filosófico, que busca enfrentar las problemáticas actuales. En lo que concierne a nuestra época tecnológica, de hecho, el descubrimiento de los idola (o falsas nociones) que se refieren a las tecnologías resulta fundamental para poder entenderlas con plena profundidad.
Dentro de este marco conceptual, analizaremos algunas proposiciones que comúnmente se asocian a las nuevas tecnologías y a su impacto en nuestro mundo-de-la-vida, para después extraer algunas conclusiones provisionales. Un primer problema que surge en el actual contexto de reflexión sobre este tema es la indeterminación del concepto mismo, y, por eso, la dificultad para identificar «objetos tecnológicos». Una definición demasiado extensa del concepto de tecnología nos llevaría, de hecho, a identificar a todos los objetos que no son «naturales» como tecnológicos, cambiando así el dominio de lo artificial por el dominio de lo tecnológico. Asimismo, cuando Pitt afirma que «la tecnología es la humanidad trabajando»,8 y, para no limitar el dominio de la tecnología a «herramientas o máquinas mecánicas» incluye en el dominio de esta definición también «los sistemas sociales […], las instituciones […], los gobiernos, los sistemas legales, los partidos políticos, los organismos de financiación y las universidades»,9 no hace más que confundir ideas. A raíz de dicha confusión subsisten dos malentendidos de fondo:
Se identifica lo tecnológico con lo artificial, como si todo lo que es artificial fuera, al mismo tiempo, tecnológico también.10Se equipara cierta dimensión de la tecnología con su esencia, es decir, con su función (el hecho de permitir o facilitar el trabajo) con su naturaleza (el hecho de ser la facilitación del trabajo).Sobre el primer punto, de hecho, y siguiendo una definición largamente aceptada en la comunidad científica, descubrimos que «el término “artificial” siempre implica el trabajo del hombre. Su “arte”, en el sentido más amplio, y el resultado no pueden, por lo tanto, mostrar rastros de su origen: no la naturaleza sino la tecnología, también aquí, en el sentido más amplio de la palabra».11 Se pierde, por lo tanto, la distinción entre artificial y tecnológico, y, con ello, la razón de ser de lo tecnológico, por un lado, y la razón de ser de lo artificial, por el otro, que se identifica esencialmente con «todo-lo-que-no-es-natural». En una formulación esquemática:
El elemento particular de lo artificial, y, por ende, de los otros dos términos de la fórmula anterior, sería la intervención humana, es decir, el hecho de ser man-made12 y no nature-made. Cada injerencia humana en la naturaleza (entendida como lo «espontáneo»), en última instancia, sería responsable de la creación de un mundo extra-natural, o sea, artificial. De ahí se pasa a lo tecnológico como todo lo que es sumamente artificial, a saber, lo que es extremadamente transformativo de la naturaleza. Mientras que lo artificial, de hecho, conservaría algo de originariamente presente en la naturaleza —algunos autores han introducido el concepto de «naturoide»13 para caracterizar dicha cercanía a la naturaleza— el artefacto tecnológico no, consagrándose como el dispositivo anti-natural por excelencia: «El verdadero opuesto de lo natural es el artefacto convencional, es decir, el producto de la tecnología convencional que, tanto en términos de material como, sobre todo, en términos de sus funciones, deja fuera a la naturaleza».14
La diferencia fundamental entre lo artificial y lo tecnológico, por ende, consistiría en una diferencia de grado (o intensidad) de la intervención humana, o, dicho de otra forma, de alejamiento de la naturaleza (en cuanto forma y modelo). La tecnología sería, en última instancia, la forma más evolucionada (y más independiente, a nivel de diseño) de artificio,15 de acuerdo con el siguiente esquema:
En este último sentido que acabamos de examinar también se pierden las diferencias entre los distintos dominios de lo artificial y de lo tecnológico, y se reduce la diversidad a una mera distinción de grados.
Lo que queda de la reflexión emprendida hasta ahora es una dificultad en separar el ámbito de la tecnología del ámbito del artificio, con el riesgo consiguiente de considerar simplemente todo lo que es artificial como tecnológico. Aunque es cierto, por un lado, que todo lo tecnológico es artificial (en su sentido más evidente: artificio, es decir, producto del arte —téchne— humano), no se puede decir que todo lo artificial sea también tecnológico, ya que esto último se configura como «algo más» que lo simplemente artificial. En una representación más eficaz:
Es, entonces, este «algo más», que en el caso concreto coincide con el logos del tecnos, lo que nos puede ayudar a entender la peculiaridad de la tecnología. Por esta razón será necesario enfocarse en otra distinción esencial para nuestra reflexión, es decir, la diferencia entre técnica (o dispositivo técnico) y tecnología (o dispositivo tecnológico).
Uno de los malentendidos más comunes de nuestra época tecnológica es, ciertamente, la confusión semántica entre «técnica» y «tecnología», como si los dos términos identificasen el mismo ámbito de realidad. Con referencia al tema, afirma Serres:
El término «tecnología» designaba en otro tiempo, en francés, el estudio razonado de las herramientas y de las máquinas, en un tratado discursivo sobre los artes y los oficios. Bajo la influencia de los usos de la lengua inglesa y por razones, paralelas, de énfasis publicitario, parece utilizarse cada vez más, en lugar del término «técnica», y con el mismo sentido que él. Deploramos la confusión y la pérdida de una diferencia, útil, entre la cosa y su descripción.16
Una tradición bien definida —la heideggeriana—17 ha sido responsable de identificar la tecnología —o la técnica moderna— con la téchnetout court, orientando toda la reflexión hacia la famosa conferencia de 1953, La pregunta por la técnica.18 Aunque dicha práctica ha intentado alejarse de una visión meramente «instrumental y antropológica de la tecnología»,19 ha sido difícil dirigir la reflexión sobre las tecnologías hacia «la esencia de la tecnología (la comprensión tecnológica del ser)», llegando así a lo que Heidegger definiría como «algo completamente diferente y... nuevo».20 Una «novedosa» interpretación de la tecnología, de hecho, a partir de dicha tradición, todavía no se ha visto. El punto a debatir, entonces, es si la reflexión heideggeriana contempla las herramientas conceptuales útiles para interpretar oportunamente las dinámicas propias de los nuevos dispositivos tecnológicos actuales,21 que se distancian paulatinamente de los dispositivos de la mitad del siglo XX, y que no constituyen, simplemente, los medios para transformar los objetos en recursos.22 Se trata de uno de los grandes temas pendientes en el ámbito de la reflexión sobre las nuevas tecnologías, que trataremos desde una aproximación filosófica.
Lo que queda, mientras tanto, es una gran confusión conceptual en este intento de ofrecer una hermenéutica de la tecnología a partir de instrumentos conceptuales heideggerianos:
La palabra alemana que Heidegger usa es Technik. Esta palabra se usa tanto para la técnica como para la tecnología, aunque los especialistas generalmente han reservado «técnica» para los viejos problemas relacionados con el uso de instrumentos y «tecnología» para las aplicaciones más científicas. No es sorprendente que las versiones en inglés de las lecciones heideggerianas sobre la técnica hayan sido traducidas por la palabra technology.23
Como se podrá entender con toda evidencia, la cuestión no es simplemente lingüística, sino semántica. No se trata, aquí, de elegir la mejor traducción de un término o la palabra que mejor se puede adaptar a distintos idiomas, sino de entender si los dos conceptos designan ámbitos (u objetos) distintos de la realidad, o si, por el contrario, no lo hacen. El fin es comprender si los dominios objetuales representados por las dos palabras coinciden simplemente —y en este sentido sería antieconómico seguir utilizando las dos expresiones, a las que usualmente se añade también una tercera, «técnica moderna»— o si cada una de esas dos palabras identifica una esfera distinta de la realidad.
Como ambas palabras (téchne, tecnos) tienen la misma raíz, podríamos inclinarnos por la primera hipótesis (la de la coincidencia sustancial entre las dos)… sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué sentido tiene ese logos que se añade al tecnos en la palabra «tecno-logía», y que la simple «técnica» no incluye? La pregunta no es ociosa, ya que permite profundizar el papel y la lógica que caracterizan a estos «dispositivos».
Un intento de respuesta que sin duda merece un análisis crítico es la propuesta de Agazzi, en su famoso libro El bien, el mal y la ciencia:
Comúnmente el término téchne se traduce por «arte», pero hoy día se trata de una traducción equívoca, desde el momento en que para nosotros el arte se refiere esencialmente a la esfera de lo bello y de la expresión estética. […] En el caso de la episteme, la atención viene puesta sobre la simple verdad de cuanto se conoce, en el de la téchne la atención se pone en la eficacia; la primera se refiere al saber puro, y la segunda al saber hacer. Ahora bien, si es cierto que el ámbito del puro y simple saber hacer […] puede ser reconocido como el ámbito de la técnica, debemos encontrar otro término para indicar el surgimiento de esta dimensión ulterior, por la cual se llega a un operar eficaz que conoce las razones de su eficacia y sobre ellas se funda, es decir, de un operar eficaz que se alimenta de una específica referencia al saber teórico. Este nuevo término puede ser precisamente el de «tecnología». En este sentido podemos decir que la idea de tecnología está ya claramente prefigurada en la noción griega de téchne.24
La tecnología sería, en última instancia, una técnica dotada de racionalidad, o, mejor dicho, una técnica con un «suplemento de logos». El suplemento de dicho logos no tiene tanto que ver con lo que la tecnologíahace, sino con el origen y el uso de la tecnología misma.25 El hecho de que el medio tecnológico haya sido creado a través de un específico conocimiento (un know-why) y que necesite de otra forma de conocimiento (un know-how) para poder ser utilizado lo distinguiría esencialmente del ámbito de la técnica, en el marco teórico de este enfoque.26 La tecnología, por ende, se queda en el dominio de los medios; medios que necesitan un acercamiento más racional (o simplemente inteligente), pero siempre medios. El logos del tecnos coincide, en última instancia:
con el logos del usuario, o de quien concibe dichas tecnologías: «La tecnología resulta en gran medida y, por decirlo así, de modo esencial, una ciencia aplicada»;27con el logos del maker: la tecnología «constituye aquella forma (y desarrollo histórico) de la técnica que se basa estructuralmente en la existencia de la ciencia».28Si el punto central en esta visión coincide con el hecho de que el logos del tecnos sea el logos del ser humano (que construye o utiliza ciertos medios), no se entiende realmente cuál sería la diferencia radical entre las «técnicas antiguas» y las «nuevas tecnologías», o si dicha diferencia sería suficiente para trazar un límite entre lo «viejo» y lo «nuevo». Para poder entender más profundamente este asunto, quizás habría que introducir una distinción importante entre la potencia activa (vis activa) que tienen las entidades naturales y su potencia pasiva (vis pasiva).29 Si es cierto que los fenómenos naturales están gobernados por una fuerza (vis o, podríamos decir, por analogía, logos) que orienta sus procesos, el ser humano puede, hasta cierto punto, dirigir esa fuerza o potencia. Dicho de otra manera: si los otros seres vivos reciben de forma pasiva esta fuerza que dirige sus procesos, el ser humano puede orientar los procesos y participar creativamente en esa fuerza transformativa. Si retomamos analógicamente estas consideraciones y las aplicamos a la diferencia entre técnica y tecnología, podemos afirmar que entre las dos se da la misma diferencia que entre los seres vivos no-humanos y los humanos, destacada anteriormente. ¿Son los objetos técnicos capaces de dirigir y orientar los procesos que los constituyen? ¿Se puede afirmar lo mismo de los dispositivos tecnológicos? Para responder a estas preguntas tenemos que seguir investigando sobre las características de las mismas tecnologías emergentes: dependiendo de la respuesta, podremos entender si las nuevas tecnologías tienen una vis activa (parecida a la del ser humano) o solo una vis pasiva (como la de los objetos técnicos «antiguos»).
Claramente, la propuesta de Agazzi hace intuir que la respuesta a la pregunta anterior sería: las tecnologías siguen siendo instrumentos —más complejos que los objetos técnicos anteriores, por cierto—, pero son estructuralmente dependientes de la fuerza que el ser humano les infunde. No existe en ellos ninguna fuerza capaz de mantener y desarrollar ese impulso que la vis activa del ser humano les ha dado: en este sentido, no son independientes ni creativos en sus movimientos. Así, siguiendo la idea de Agazzi, podríamos decir que las tecnologías no constituyen ningún espejo del ser humano: no replican sus movimientos, sino que simplemente los «amplifican» por cierto periodo de tiempo. Se presenta nuevamente aquí la idea de estos dispositivos como una simple prosecución del cuerpo y de las facultades humanas, y nada más que esto. Una prosecución más compleja o más científicamente desarrollada —de acuerdo con la hipótesis de Agazzi— pero, en definitiva, siempre una «prótesis». Por otro lado, el hecho de que las nuevas tecnologías sean el fruto de un cambio cualitativo en la manera de hacer ciencia —de un cierto know-how— en la Edad Moderna parece muy evidente. Por lo tanto, la impresión es que dicha explicación del fenómeno tecnológico no indica lo que realmente lo caracteriza en todas sus facetas.
Retomando todo lo dicho hasta ahora, podríamos sintetizar las consideraciones que usualmente se hacen con referencia a la tecnología a través de las dos proposiciones ya mencionadas, agregando además una tercera:
La tecnología coincide con lo artificial, es decir, con todo lo que no se puede considerar natural.La tecnología coincide esencialmente con su función de facilitar nuestro trabajo, es decir, nuestra posibilidad de alcanzar algunos fines.La tecnología es solo un medio, un instrumento.Las tres proposiciones comparten, en buena medida, un asunto fundamental que parece contradictorio con la misma etimología de la palabra «tecnología»: cualquier aparato tecnológico es siempre dependiente y está necesariamente insertado en un contexto humano de acción, y, por eso, no puede tener una «lógica propia», independiente de ello. El «logos del tecnos», en última instancia, se pierde integralmente dentro del marco teórico de una idea puramente instrumental de la tecnología, es decir, de la tecnología como un simple instrumento o medio, en el contexto de una acción dada, como hemos visto también en la definición de Agazzi. No es solo una visión anticuada, sino también poco profunda y equivocada del fenómeno tecnológico actual, que lleva consigo algunas consecuencias éticas y antropológicas igualmente erróneas que examinaremos en los próximos apartados.
Además, si las tres proposiciones fuesen correctas, podríamos decir que también una silla o una rueda se deben considerar tecnológicas, así como una lanza o un cuchillo. Todo lo que facilita nuestro trabajo (o nuestras acciones) en cuanto medio y producto humano sería tecnológico. No solo nuestra época contemporánea, sino también nuestra historia como humanidad estarían repletas de tecnologías, de la más sencilla a la más compleja, de la flecha a los robots, en un conjunto sin distinción. Dicho «conjunto sin distinción» se rige por la idea de Heidegger según la cual «la tecnología puede definirse correctamente como “un medio y una actividad humana”, y por eso es tan vieja como la civilización».30 Cuando todo se ha definido como tecnológico, entonces, claramente, nada es tecnológico, como bien sabemos. No se entendería, además, la diferencia entre lo que simplemente podemos llamar «instrumento» y lo que es «tecnología», y, por ende, lo que es artificial, como ya hemos destacado.
Si la tecnología, de hecho, adquiere sentido solo en el ámbito de una acción humana (posible o actual), su esencia estará siempre vinculada necesariamente al fin-por-el-que-es-un-medio, y de ello dependerá. La bombilla eléctrica es tal en cuanto la utilizamos como bombilla eléctrica (para iluminar), y si se utiliza para un fin distinto del originario (para romperla en la cabeza de un ladrón que está robando en nuestra vivienda, por ejemplo), pierde su sentido como tal. Su naturaleza, como hemos dicho, está profundamente vinculada a su actividad, que adquiere sentido en el contexto de cierto quehacer humano. Fuera de este contexto, el medio, al perder su «utilizabilidad» (que tiene sentido siempre en el contexto), su «estar a la mano» (Zuhandenheit),31 para utilizar un lenguaje heideggeriano, pierde su razón de ser. Si el «mundo» de las cosas, en última instancia, se presenta como significativo en cuanto muestra su carácter de «utilizabilidad», es decir, según podamos integrarlo en nuestra existencia y referirlo a nuestros fines, una vez que pierde dicha «utilizabilidad», las cosas mismas pierden su sentido como medios. En última instancia, la dimensión del «estar a la mano» recoge la característica propia del ser «medio», es decir, de ser «todo lo que funciona en y para nuestra vida».32 La estructura propia del medio, entonces, es «referirse en algo distinto de sí mismo»,33 es un «ser “algo para…”», y, en ese sentido, recoge la característica esencial del instrumento técnico. Por tanto, la pregunta más adecuada que concierne al instrumento técnico no es tanto «¿qué es?», sino, más bien, «¿para qué sirve?», o «¿a qué se refiere?». Un ejemplo: solo en el acto de martillear el martillo se muestra en cuanto tal.34
Es justamente a la luz de dicha dimensión de «utilizabilidad» o de «ser-a-la-mano» que se ha podido ofrecer una hermenéutica adecuada del instrumento técnico como algo que acerca los fines al mundo de la actividad humana. La dimensión de la «utilizabilidad» resume, por tanto, las tres proposiciones antes mencionadas y referidas a la tecnología, recogiendo las dinámicas fundamentales del ser medio «para algo…».
Puede darse por sentado que el instrumento (o medio, o equipo) técnico se caracteriza a la luz de su «utilizabilidad», con todo lo que este concepto conlleva; nuestro interrogante es si el mismo concepto —que se inserta naturalmente en una tradición heideggeriana— se puede referir, muchos años después de las reflexiones de Ser y tiempo, también a la tecnología actual. ¿Se pueden interpretar correctamente las nuevas tecnologías a la luz de las especulaciones heideggerianas, o sería totalmente inadecuado, siendo el contexto y los aparatos radicalmente distintos y nuevos?
Para responder a esta pregunta, y, aún más, para que nuestra respuesta no sea arbitraria, deberíamos averiguar si los nuevos medios tecnológicos responden a la lógica de la utilizabilidad o a otra lógica completamente distinta. Dicho con otras palabras: si el logos se refiere al tecnos o al ser que utiliza al tecnos.
Pensemos, por ejemplo, en el sistema de telepeaje que se utiliza en nuestras autopistas, y su función en el cobro del peaje (y, en algunos países, para controlar la velocidad de los vehículos a través del promedio de la velocidad en un tramo dado): ¿podemos afirmar que constituyen simples medios para nuestros fines? ¿O que son exclusivamente instrumentos que utilizamos para alcanzar ciertos fines? Claramente, cierta dimensión de «instrumentalidad» (o de «poder ser utilizados») sigue siendo propia de las tecnologías en cuanto medios, pero ya no podemos afirmar que dicha dimensión incluya la propiedad esencial de «lo tecnológico» como tal. La cosa (el sistema de telepeaje, en nuestro ejemplo, o los dispositivos individuales) no deja de funcionar nunca, y no podemos decir que dependa de cierto uso humano. Durante los periodos con menos tráfico, o en zonas casi desiertas, los dispositivos siguen funcionando e interactuando entre sí y con los otros aparatos del sistema, independientemente de la intervención humana. Es justamente dicha independencia de la acción humana —no tanto en relación con el origen del dispositivo, sino con su «actuar» hic et nunc— la que nos lleva a concluir que los nuevos dispositivos tecnológicos se sustraen de la lógica medio-fin, en el contexto de un periodo de acción dado. En consecuencia, la lógica propia de la técnica moderna puede ser representada con el siguiente esquema:
La lógica de las nuevas tecnologías, por el contrario, se caracteriza por ser estructuralmente abierta y transcender el contexto de acción humana inmediata:
