Estudios literarios - Manuel García Morente - E-Book

Estudios literarios E-Book

Manuel García Morente

0,0

Beschreibung

Bajo el título Estudios literarios el lector encontrará la totalidad de los escritos de temática literaria --salvo un par de prólogos breves-- que llevó a cabo D. Manuel García Morente, aparecidos todos entre 1910 y 1932. Se trata de un conjunto de conferencias publicadas posteriormente, artículos en revistas y periódicos, así como introducciones a distintas traducciones de obras literarias del francés y el alemán realizadas por el filósofo jiennense. García Morente tuvo una cultura literaria amplísima y un profundo interés por las cuestiones filosóficas planteadas por distintos escritores y movimientos literarios, especialmente por el Romanticismo francés y alemán, en los que se centra la mayor parte de los textos. Su mirada filosófica sobre la literatura está muy directamente relacionada con la estética de Kant por un lado, y con filosofía de Bergson y la fenomenología por otro, lo que le posibilita trascender el marco del historicismo positivista y del psicologismo que dominaron los estudios literarios durante el siglo XIX y la primera mitad del XX. "Tres grandes ejes temáticos aglutinan estas páginas. El primero es la antinomia o el dualismo espíritu-materia, razón-naturaleza. El segundo pide la reivindicación de ésta en su doble vertiente exterior e interior, mundo creado e impulsos de la subjetividad. El tercero resalta la acción y potencia creadoras individuales frente al colectivismo". José Antonio Millán Alba.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 188

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Estudios literarios

Esenciales

2

Manuel García Morente

Estudios literarios

Prólogo y edición de José Antonio Millán Alba

© Herederos de Manuel García Morente y Ediciones Encuentro, S.A., Madrid 2021

© del prólogo: José Antonio Millán Alba

Serie Esenciales. Coedita: Fundación Unir

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección Nuevo Ensayo, nº 83

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN EPUB: 978-84-1339-395-7

Depósito Legal: M-6538-2021

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

Índice

Prólogo

Estudios literarios

La poesía lírica francesa en el siglo XIX

Goethe y Espinosa

Goethe y el mundo hispánico

Goethe y la época presente (Colectivismo y acción directa)

Schiller

¿Qué es lo patético?

Prólogo a la Educación estética del hombre de Schiller

Centenario de Míster Pickwick

En memoria de Rudyard Kipling

La mitología

Historia y novela

Stendhal (Henry Beyle)

Prólogo

Bajo el título Estudios literarios el lector encontrará agrupados en este volumen los distintos escritos de temática literaria de D. Manuel García Morente. Se han reunido todos los que escribió, excepto dos, dos cortos prólogos que son más bien noticia de la publicación, o un breve comentario a ésta1. Todos los textos que aquí aparecen fueron publicados entre 1910 y 1932, pero su ordenamiento no responde a un criterio cronológico según su fecha de aparición, que hubiera sido lo más fácil, sino al criterio personal del editor, y responden a conferencias —posteriormente publicadas—, artículos en revistas y periódicos, así como a introducciones a distintas traducciones de obras literarias hechas por García Morente del francés y el alemán, lenguas que conocía muy bien por haber hecho sus estudios escolares y de bachillerato en Francia, así como los de licenciatura en la Universidad de la Sorbona, y los posteriores para el doctorado en las universidades de Múnich, Berlín y Marburgo2.

Como el lector podrá observar, la cultura literaria de García Morente es muy amplia, así como profundo su interés por cuestiones filosóficas planteadas por distintos escritores y movimientos literarios, especialmente por el Romanticismo francés y alemán. De hecho, esta edición podría haberse titulado Escritos sobre el Romanticismo literario, si no fuera porque se abordan también otros movimientos y otros escritores que no son románticos sensu stricto, pero que de una u otra forma resultan vinculados a él. Esta mirada filosófica sobre la literatura, muy directamente relacionada con la Estética de Kant3 de un lado, y con filosofía de Bergson y la fenomenología del otro, lleva a García Morente, sin abandonar su objeto de estudio ni la unidad de éste, a trascender el marco del historicismo positivista dominante en los estudios literarios desde el nacimiento de la filología en el XIX hasta mediados del siglo pasado, así como el psicologismo, corriente de pensamiento que se había unido a la anterior en los ámbitos estético y específicamente literario.

Tres grandes ejes temáticos aglutinan estas páginas. El primero es la antinomia o el dualismo espíritu-materia, razón-naturaleza. El segundo pide la reivindicación de ésta en su doble vertiente exterior e interior, mundo creado e impulsos de la subjetividad. El tercero resalta la acción y potencia creadoras individuales frente al colectivismo.

El dualismo razón-naturaleza está en el centro del clasicismo francés, señala García Morente, del que la naturaleza queda expulsada, o no es sino materia para ser modelada por la fuerza y la luz de la razón. El racionalismo constituye, así, el núcleo mismo del clasicismo. Y ello no sólo en el ámbito literario y retórico, sino también en los del pensamiento, la justicia, la política y la estética, con unas normas, unas reglas y un canon de belleza ideal. Este ideal racionalista domina, al decir de Morente, los siglos XVI, XVII y XVIII, pero su producto más acabado es la literatura francesa del siglo XVII.

En lo que atañe a la relación entre los siglos XVI y XVII en Francia, en los que García Morente observa una continuación ideal, siendo así la literatura de este último siglo la culminación del anterior, la cuestión es discutible. Desde luego, la segunda mitad del siglo XVII —y no el Renacimiento— conlleva en Francia la liquidación del mundo medieval y de la moral noble o heroica, pero opera también la liquidación apresurada del Renacimiento —fenómeno único en Europa que sólo se produjo en Francia—, por razones políticas, religiosas y lingüísticas, esto es, de aquellas cuestiones centrales que afectaban a la identidad nacional que se fragua en estos momentos. Ello no desdice del racionalismo como esencia del clasicismo que observa García Morente, pero sí cuestiona la relación entre estos dos movimientos de tanta importancia para comprender la cultura y la sensibilidad occidentales.

Algo análogo ocurre con la relación clasicismo-barroco en Francia, que gira en torno a las nociones de equilibrio y estabilidad de un lado, y de movimiento discontinuo e inestabilidad del otro. Durante mucho tiempo la crítica ha expulsado de la literatura clásica francesa las tendencias barrocas, consideradas como procedentes de Italia y de España y, por lo tanto, ajenas a la identidad francesa. Ha habido que esperar a las conferencias de Eugenio d’Ors en la Sorbona sobre este asunto y a distintos trabajos sobre la época barroca realizados después, para poder apreciar hasta qué punto la literatura clásica francesa está preñada de elementos barrocos. La misma tensión entre el equilibrio de la razón y sus desequilbrios responde a este proceso, así como la dificultad para poder diferenciar racionalmente la realidad de sus falsas apariencias, la verdad del error y sus apariencias engañosas.

El dualismo razón-naturaleza señalado por García Morente, se acentúa si se considera la doctrina jansenista dominante en la época, la cual nos muestra una naturaleza humana irremisiblemente degradada, presa y en proa a una nada constitutiva. La naturaleza, «que no es sino la voz de nuestro interés» (La Rochefoucauld), no engendra naturalmente otros movimientos que los de violencia, crueldad y dolor infligido al otro. Ello entraña por parte de los escritores jansenistas un adentramiento en las profundidades de la subjetividad humana para sacar a la luz, esto es, para ser conocido racionalmente, ese magma de interés y violencia disfrazado de virtud que, según su modo de ver, constituye el fondo de nuestra naturaleza, y esto hasta el punto de adelantarse varios siglos al descubrimiento del inconsciente. Sin embargo, este mismo proceso de introspección, que es la marca de la modernidad, dará lugar al nacimiento de la novela moderna, en la que por primera vez en la narrativa los movimientos internos de la subjetividad pasan a constituir materia narrativa4. Es preciso, pues, una razón que controle, corrija y embellezca los impulsos de una naturaleza corrompida en el origen, así como los estragos que causa.

La recuperación de esta última, su reivindicación como fuente de vida, al igual que la continua búsqueda de una unión entre lo ideal —razón— y lo natural se produce en el siglo XIX con el Romanticismo. En él, el hombre corre en pos de un absoluto que se escapa sin cesar. Los hombres formamos una sola y misma cosa con la naturaleza; estamos insertos en sus misterios, sus enigmas, sus correspondencias profundas, que son también las que se producen en nuestro abismo interior, que se manifiesta en lo espontáneo y natural, en lo originario y primitivo, en lo onírico, en lo que surge directamente de las entrañas de la individualidad. El yo profundo, lo íntimo y subjetivo adquiere, así, un valor eminentemente positivo. Como consecuencia de ello surge en Francia una poesía lírica inexistente hasta entonces, sometida durante el siglo XVIII a la tiranía de las reglas del neoclasicismo. Tal vez fuese más exacto hablar de una poesía lírica en verso, pues los «movimientos líricos del alma» (Baudelaire), más emparentados con los sentimientos, la ensoñación y los movimientos internos de la subjetividad que con la frialdad racionalista, no habían desaparecido, sino que habían encontrado refugio y acogida en la prosa (en la de un Chateaubriand, un Senancour, Mme. de Staël, etc., lo que será determinante para el desarrollo del poema en prosa y las categorías del lirismo contemporáneo). García Morente examinará el tratamiento en Francia de la poesía lírica en verso, con sus distintos movimientos (Parnaso, Simbolismo), durante el siglo XIX hasta la entrada del siglo XX.

Por su parte, el cosmos y la historia dejan de estar regidos por una inteligencia superior (romanticismo de la muerte de Dios) trascendente o heterónoma al hombre, para afirmar su inmanencia; en los fenómenos mismos se encuentra la propia razón de ser de las leyes del universo, que ya no es percibido como el cosmos armónico de los Antiguos, sino como caos. La historia, a su vez, es algo que hacemos los hombres, producto de nuestras relaciones, pactos y acuerdos, en completa autonomía. Y el Derecho que genera no tiene como fundamento ningún presupuesto natural, sino puramente positivo, fruto únicamente de nuestra acción creadora —económica, técnica, política, cultural—.

En este marco conceptual, así como en el de la intuición de una vida en su eterno movimiento, sus cambiantes formas, sus continuas metamorfosis producto de una savia siempre joven, se encuadran los distintos escritos de García Morente sobre Goethe y Schiller que el lector puede encontrar en las páginas que siguen, en las que tienen especial interés, sin menoscabo de ninguna otra, las dedicadas a Goethe y Spinoza, de quien aquél toma, además del sentimiento de la naturaleza, un ideal ético de libertad, dominio de las pasiones y esfuerzo individual por superar la mediocridad.

Frente a ello se alzan los ideales del colectivismo contemporáneo —el tercer gran eje por el que discurren estas páginas—.

Como ya se ha señalado, el alma romántica está siempre insatisfecha, siempre a la búsqueda. El ideal romántico del hombre, señala García Morente, es individualista: hacer un arte de sí mismo, de la propia vida personal, elevándose por encima de sí. Se trata de afirmar la propia originalidad —tanto para los individuos como para los pueblos—, de su ser único y diferencial, mediante una acción entendida como energía creadora que llena el mundo de bienes, entre los cuales se encuentra el perfeccionamiento personal; bienes espirituales que son siempre singulares, así como los producidos por una cultura material. En oposición a este exigente ideal de fuerza creadora se encuentra la acción colectiva que se impone en el siglo XX, que trata a toda costa de igualar y uniformizar, para lo que continuamente recurre a procesos miméticos, y que, al decir de García Morente, de una u otra forma es siempre violencia.

En este eje se inscribe su recuerdo de Rudyard Kipling, con el que se cierra una época, «el último escritor que aún cree en las ilimitadas posibilidades del individuo (…), que cantó a la fuerza noble, no a la violencia culpable».

Como el lector podrá apreciar, la edición de estos Estudios literarios de García Morente empieza y se cierra con dos estudios de literatura francesa, el último sobre Stendhal, uno de los dos grandes escritores, junto con Balzac, del denominado «realismo romántico» —para diferenciarlo así del realismo objetivo y del realismo científico o naturalismo—. En el centro están los dedicados a dos autores fundamentales del romanticismo alemán, a los que acompañan algunas reflexiones de orden general y a los que siguen dos pequeños escritos sobre literatura inglesa. La mayoría de las cuestiones literarias que abordan estos sugerentes textos de García Morente proceden de las planteadas por el movimiento romántico y sus secuelas, cuestiones que en no poca medida, y aunque parcialmente mal conocidas, siguen vigentes en nuestros días: tan teñida de romanticismo sigue estando nuestra época.

José Antonio Millán Alba

Estudios literarios

La poesía lírica francesa en el siglo XIX5

La época actual en la historia de nuestro país está siendo, según parece, la época de los jóvenes. Un cúmulo de energías nuevas que se han labrado silenciosamente en los modestos rincones provincianos, o a la sombra de algún viejo y venerable prestigio, o en la bulliciosa vida espiritual europea, van poco a poco saliendo a la luz y apostándose en primera fila, en las luchas nacionales. Una sangre moza hierve y bulle en el corazón reseco de nuestra patria y el consuelo y la esperanza vuelven a florecer en los viejos espíritus luchadores que llegaron un momento a dudar del ideal y a desesperar del porvenir hispánico.

Cada vez que una nueva generación entra así a formar en la hilera de la tradición nacional, en cualquier esfera que se observe este fenómeno, se ve un cambio, una trasformación, tanto en los métodos como en los ideales mismos. Los actores de estos cambios no son capaces nunca de indicar con precisión su objeto, su fin y los medios exactos con que cuentan. Pero la Historia se encarga después, retrospectivamente, de analizar los hechos y las ideas y de marcar el rumbo que éstas toman y las consecuencias que dejan.

I. Un fenómeno de esta índole acaeció en el siglo XVI, cuya importancia fue tal que de él derivan los principios fundamentales sobre los que se asientan la vida y la cultura modernas. El Renacimiento fue, en todas las esferas de la actividad humana, la entrada en línea de elementos nuevos, con ideales nuevos, que dieron lugar a actividades espirituales desconocidas hasta entonces. El ideal clásico, renaciendo en el viejo tronco europeo, carcomido ya y agotado por ocho siglos de especulación uniforme, le infundió una savia nueva, una vida nueva y volvieron a florecer los puros brotes de la cultura y de la ciencia, tomando el empuje y el vigor que todos conocéis. Italia y Francia recogieron las primeras los frutos de este injerto, y ese espíritu clásico, que tan admirablemente casa y se compenetra con el ingenio sutil, mesurado y fundamentalmente racionalista de los franceses, produjo entre ellos el siglo literario más unánimemente perfecto que se conoce, el siglo XVII.

La literatura francesa del siglo XVII es el producto acabado y definido del Renacimiento. Toda ella está dominada por una idea, por un principio que la informa toda: la razón. «Amad la razón, que siempre, vuestros escritos, de ella tan sólo saquen su valor y su precio», ha dicho Boileau, el heraldo, el portavoz de los ideales literarios del siglo XVII. De este racionalismo se derivan derechamente los caracteres fundamentales de la literatura clásica francesa. Veamos cómo.

En la base de toda concepción racionalista, se encuentra este principio: que la razón es la esencia misma de la sustancia que piensa y que esta se distingue de la materia. Las dos realidades fundamentales son la materia y la razón, el cuerpo y el espíritu. A éste se le concede la facultad activa, la posibilidad de obrar y de pensar, y a la materia se la considera como inerte, pasiva, sin iniciativa propia, necesitando la razón dar forma a la materia para que ésta adquiera un valor humano, es decir, racional. El dualismo de espíritu y cuerpo, de razón y materia, es la base sobre la que se levantan las teorías racionalistas. De aquí nacen uniformes consecuencias en todas las esferas de la cultura. El mundo, el universo, está regido por un pensamiento, por una voluntad, por una razón. La historia se la considera como dirigida por una intención perfecta y superior a ella. En la política, en el derecho, se encuentra también este dualismo: de una parte, el cuerpo social, los gobernados, los súbditos; por otra parte, el espíritu social, los gobernantes, la autoridad. En el arte, se supone una belleza absoluta, ideal, construida racionalmente por el hombre y a cuyo modelo debe ajustarse el artista. En la literatura existe también este dualismo: hay un código de la belleza literaria, un canon, retórica y poética que definen la perfección de los géneros y a las cuales el escritor o el poeta deberán ajustarse para producir su obra. En una palabra, la inspiración, la espontaneidad, todo lo que surge directamente del ser profundo, ha de pasar por la criba del intelecto, depurarse allí y no salir a la luz sino ajustado, amoldado a las reglas racionales establecidas.

En una literatura construida según los ideales que acabamos de bosquejar, es evidente que no cabe un lirismo verdadero, que no puede existir una poesía, en el sentido que hoy damos a esta palabra. La poesía lírica hemos de concebirla en oposición a este ideal: porque lo que hace su valor es justamente lo espontáneo, lo primitivo, aquello que surge directamente de las entrañas del alma individual, del ser especialísimo del poeta. En el momento en que esto no puede darse por las exigencias mismas de la filosofía de la época, no puede haber poesía lírica.

De hecho, en Francia no la ha habido durante todo el período llamado clásico. No podía haberla, porque este período ha sido dominado por la concepción racionalista. Hablando de la literatura francesa clásica, dice M. Lanson6, el más eminente de los críticos franceses de hoy: «El mundo exterior no ha sido para nosotros más que un objeto inteligible». Han tenido resuelto el problema del mundo y no les ha inquietado nada. Para ellos, no ha habido misterios en el universo, ni enigmas que resolver. No han visto las correspondencias profundas de la multiforme naturaleza; no han corrido jadeantes detrás de un absoluto que siempre escapa, cuando más aprehendido se le cree tener; y como la poesía lírica es eso: inquietudes, misterios, enigmas, carreras jadeantes en pos del absoluto, los siglos clásicos no han podido tener poesía lírica. Han sido semejantes a aquel hombre de Schopenhauer, a quien, ni su experiencia personal, ni reflexiones bastante profundas, habían llevado a reconocer que la perpetuidad del sufrimiento es la esencia misma de la vida; por el contrario, gustaba de vivir y en la vida encontrábalo todo a su agrado y consentía en verla durar sin término, o repitiéndose siempre igual a sí misma, eternamente.

La concepción racionalista del mundo y de la vida, que implica la idea de un canon literario que violenta la espontánea inspiración, que agota esta inspiración misma, dando al alma la tranquilidad del problema resuelto y el optimismo confiado en la razón directora de todo para el mayor bien, favorece en alto grado la vida social destructora de las individualidades originales; es, en suma, opuesta y refractaria al lirismo. Por eso, en la literatura francesa del siglo XVII y del XVIII, no hay un solo poeta lírico verdadero.

II. En el siglo XIX es cuando en Francia se desarrolla, espléndidamente, eso sí, la poesía lírica. ¿Cuál es la causa que explica y motiva este nuevo aspecto?

Hay a principios del siglo XIX un movimiento espiritual de una importancia capital en la historia: el Romanticismo. Del mismo modo que el Renacimiento en el siglo XVI cierra una época y abre otra, el Romanticismo en el XIX cierra un período y abre otro nuevo. Las ideas, como los seres, como todo lo que vive realmente, aparecen modestamente primero, luchando por la existencia, desarrollando paulatinamente sus posibilidades interiores. Luego triunfan, se imponen y dan sus frutos maduros, para al fin envejecer, disolverse y caer, dejando el puesto a ideales nuevos que han de desarrollarse en la historia, realizando su eterna labor, produciendo sus obras imperecederas. Los ideales del Renacimiento cumplieron espléndidamente en los siglos XVI y XVII. En el XVIII, ya se estancan, la tradición racionalista se agudiza, se extreman las consecuencias y resultan insuficientes para las necesidades espirituales de una nueva generación. Se empiezan a iniciar ideales nuevos; y, a principios del XIX, nos encontramos con que la concepción racionalista del mundo y de la vida se ha sustituido por otra, cuyos productos se desarrollaron en todo el siglo pasado, y que aún dura entre nosotros.

Ya hemos visto cuál es el fondo del clasicismo: una filosofía dualista, que separa la materia y la razón, dando a ésta la preponderancia y la superioridad sobre aquélla. La filosofía romántica (que así se ha llamado a la filosofía alemana de principios del XIX) establece un ideal completamente contrario. La oposición entre la razón y la materia se disuelve en una unidad fundamental, el absoluto, que los investigadores metafísicos buscan con incansable actividad. La fórmula de Hegel: identidad de lo ideal y de lo real, es una expresión característica de ese unitarismo que hay en el fondo de toda la filosofía romántica. Ésta vuelve por los fueros de la materia, idealizándola, por decirlo así. La historia no es ya una serie de hechos dirigidos y encadenados por una inteligencia exterior, suprema, ordenatriz, sino que en sí mismos encuentran la razón de su sucesión y encadenamiento. Las leyes del universo en él se encuentran y en los fenómenos mismos está su propia razón de ser. El derecho se considera, no ya como la prescripción de una razón pura, de un supuesto derecho natural metafísico, sino como la expresión verbal de las relaciones que la historia instituye entre individuos y pueblos. El Estado, el gobierno, no se considera como separado y opuesto al pueblo, al gobernado, sino que se unifican ambos, se borra la distinción de gobernantes y gobernados, y el pueblo recaba y obtiene el derecho de ser su propio gobernante. El arte se libera de códigos y cánones impuestos a priori y en la literatura se rebela la espontánea inspiración contra la regla racional. En este instante nace la poesía lírica.

En efecto, no sólo ya hay posibilidad de lirismo, sino necesidad de lirismo. La nueva filosofía, que rehabilita el sentimiento y lo rebela contra la razón, abre campo infinito a la poesía, porque pone entre sus manos el problema entero del mundo y le da facultades para resolverlo.

Así es como, al estudiar la poesía romántica en Francia, hemos de advertir en ella dos aspectos. Uno que mira al pasado para atacarlo; otro que es el propio contenido de su inspiración. El primero es de escaso interés para nosotros. Se manifiesta sobre todo en la crítica literaria y en la poesía satírica. Víctor Hugo, en el célebre prólogo que puso a su drama Cromwell, atacó con energía las tres unidades, y, en general, toda la poética clásica, cuya tiranía era insoportable para los libres espíritus románticos. En su obra poética hay esparcidas multitud de quejas y de recriminaciones contra los clásicos de su tiempo, las que podemos resumir en esta imagen, como suya, violenta y pintoresca: «He puesto un gorro frigio al viejo diccionario»; comparando con profundidad la obra del Romanticismo con la de la Revolución.

La parte positiva del Romanticismo, la interesante, la que durará realmente, es la lírica.