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En un mundo acelerado por la IA y saturado de algoritmos y sistemas, el diseño ya no se limita a objetos, se ha vuelto ambiental. Experiencia artificial invita a recorrer islas, ciudades y museos para descubrir cómo las atmósferas invisibles moldean nuestra percepción. Allí surge la figura del diseñador de contextos, un profesional que cultiva sistemas vivos y prototipos que aprenden en tiempo real. La fricción positiva deja de ser un obstáculo y se convierte en un gesto ético y estético. Este libro es una provocación para diseñadores, tecnólogos e innovadores: dejar de buscar certezas, aprender a operar en lo incierto y asumir que cada elección proyectual es política. Un espacio para descubrir, en la colaboración con lo artificial, una nueva forma de ser profundamente humanos.
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Seitenzahl: 247
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Franco Pellegrini (1986) es Doctor en Comunicación (UNLP), realizó un MBA (UADE). hizo una Licenciatura en Diseño Gráfico (UADE) y obtuvo un posgrado en Diseño Comunicacional (UBA).
Actualmente es Director de Diseño de Producto en Mercado Libre, forma parte del Advisory Board de la Facultad de Arquitectura y Diseño en la Universidad Argentina de la Empresa, y es profesor en la Escuela de Negocios de la universidad de San Andrés.
Durante años fue mentor de Google for Startups Accelerator y en Stanford Latino Entrepreneur Leaders Program. Es autor de Modo diseño (2024) y El diseño del mundo (2022). Combina su formación académica con más de 20 años trabajando para empresas y marcas world class.
Experiencia artificial (AX).Cómo diseñar inteligencia
Franco Pellegrini
Pellegrini, Franco / Experiencia artificial: Cómo diseñar inteligencia / Franco Pellegrini. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: EGodot Argentina, 2025. Libro digital, Otros
Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-631-6689-49-8
1. Diseño de Software. I. Título.CDD 005.10285
ISBN edición impresa: 978-631-6689-46-7
Experiencia artificial (AX). Cómo diseñar inteligencia
© Franco Pellegrini
Corrección Federico Juega SicardiEdición Noelia Laudisi De SaDiseño de tapa Iván BrizuelaDiseño de interiores Víctor MalumiánIlustración de Franco Pellegrini Max Amici
© Ediciones Godotwww.edicionesgodot.com.ar [email protected]/EdicionesGodotTwitter.com/EdicionesGodotInstagram.com/EdicionesGodotYouTube.com/EdicionesGodot
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina, noviembre de 2025
A las personas que más amo:Julia, Domingo y Natalia,que hacen que mi paso por esta vidasea una experiencia memorable,y con su ejemplo me enseñanque lo que soñás se puede cumplir.
LO PRIMERO QUE SE pierde no es el control. Es la ilusión de que alguna vez lo tuviste. Durante años trabajé sobre eso que llamamos “diseño de experiencias”. Para hacerlo con algo más que intuición, tuve que explorar muchas capas, y para afilar esa mirada investigué qué otras disciplinas podían ayudarme. Me formé en diseño y comunicación, hice un máster, cursé un doctorado, me perdí y me encontré entre teorías que buscaban comprender cómo se produce una experiencia.
Pero el aprendizaje más profundo vino de las conversaciones y de la práctica. Pasé años hablando con diseñadores brillantes, trabajando en la industria, conectando con referentes y participando en cuanto evento, clase o meetup fuera posible. A veces, como expositor; otras, simplemente escuchando. También di clases durante muchos años, desde muy joven, con la intención de aprender mientras enseñaba, de dejar que el aula me devolviera preguntas que todavía no había formulado. Cada interacción con estudiantes, colegas, usuarios y proyectos fallidos fue una forma de nutrirme para construir una mirada lo más completa y realista posible.
En algún momento, sentí que todo eso que venía pensando y practicando necesitaba ser compartido, a modo de puente, traducción o atajo, como un servicio a quien estuviera interesado o fuera curioso, y entonces aparecieron los libros.
El diseño del mundo fue el primero. Su objetivo principal era demostrar que todos somos diseñadores, que estamos todo el tiempo, consciente o inconscientemente, dándole forma a nuestro entorno. Fue una manera de decir que todo lo que nos rodea, desde la fila del supermercado hasta el botón de “aceptar cookies”, había sido diseñado. Buscó correr el telón y mostrar que en la vida no hay objeto sin mediación. Es una invitación a afinar la mirada y a reconocer el artificio que se camufla como hábito.
Después vino Modo diseño. Más que una continuación, fue una implosión. Si el primero miraba hacia afuera, el segundo intentó hackear hacia adentro. Me pregunté qué pasaría si usáramos las herramientas del diseño para rediseñarnos a nosotros mismos. No con la ambición de convertirnos en versiones “óptimas”, sino con la honestidad de asumir el diseño como una forma activa de pensar, elegir, estar. Lo que me interesaba era la posibilidad de activar un modo. Un estado mental para hacer que las cosas sucedan.
Pero incluso allí, entre las metáforas y las intuiciones, ya se empezaban a filtrar otras señales. Un ruido de fondo. El diseño, tal como lo veníamos pensando, mostraba sus límites. El campo crecía en direcciones inesperadas, porque el entorno había mutado abruptamente. Empezaron a emerger sistemas que además de ser complejos se adaptan. Modelos que aprenden, interfaces que interpretan. El objeto de diseño se volvió también agente de diseño.
Y, frente a eso, la pregunta central aparece: ¿cómo diseñar cuando lo diseñado también diseña?
Ante este escenario, emerge una figura distinta: la del diseñador de contextos. Un profesional que ya no se enfoca solo en el objeto, sino que ahora tiene en cuenta también las condiciones que lo rodean. Su trabajo se parece menos al de un arquitecto que impone un plano y más al de un estratega de interacciones. En vez de definir cada movimiento, diseña el escenario, el ritmo y las reglas básicas para que una danza compleja y emergente pueda tener lugar.
Este libro nace en ese punto de inflexión. No busca resolverlo, sino acompañar la torsión y proponer una lectura activa de un presente que, en cada interacción, reconfigura sus propias reglas. Lejos de ser solo una percepción propia, sociólogos como Hartmut Rosa lo llaman “aceleración social”, una fuerza que nos obliga a correr cada vez más rápido solo para mantenernos en el mismo lugar. Vivimos, como diría el filósofo Zygmunt Bauman, en una “modernidad líquida”, donde las estructuras sólidas del pasado se han derretido. En este escenario, aferrarse a viejas fórmulas es como intentar agarrar el agua con las manos; lo único que funciona es aprender a fluir.
En este entorno saturado de ruido, nuestra responsabilidad como diseñadores se expande. Ya no basta con crear experiencias eficientes; debemos preguntarnos además por su sostenibilidad simbólica. Tenemos el deber de no contaminar nuestro ecosistema cultural con interacciones vacías, de cuidar el sentido en un mundo que tiende a la banalidad. El impulso natural es correr para alcanzar algo, pero la velocidad sin criterio es solo ruido. Necesitamos un entrenamiento para estar a la altura, no un frenesí. Entiendo perfectamente que este ritmo genere una angustia real. La incertidumbre es, para muchos, paralizante. Pero estoy convencido de que la peor decisión que podemos tomar ahora es quedarnos quietos. Este es un tiempo para los curiosos, para los que se animan a jugar en los bordes, para los pioneros. Hoy, más que nunca, la actitud con la que nos paramos frente a los problemas es crucial.
Esto me recuerda siempre a una escena de la película Hombre en llamas. Denzel Washington entrena a una pequeña Dakota Fanning para una competencia de natación. Ella se congela con el estruendo del disparo de largada. Para ayudarla, mientras la niña está en la plataforma, él golpea dos ladrillos con toda su fuerza. Una y otra vez. Ese sonido seco y violento busca entrenar su cuerpo para que reaccione por instinto. Para que el ruido la impulse a saltar en vez de paralizarla.
Este libro aspira a ser algo parecido: un conjunto de estímulos para que, cuando la aceleración sea todavía más ensordecedora, nuestro instinto, en vez de paralizarnos, sea el de saltar.
Todo este embrollo nos obliga a hacernos una pregunta fundamental sobre el valor de las cosas. ¿Por qué sentimos distinto algo que tiene la misma calidad y cumple la misma función que otro elemento, como si valiera menos, solo por el contexto en que lo consumimos o por lo que otros puedan decir? ¿Acaso no importa lo que el objeto es en sí mismo?
La discusión se vuelve urgente cuando los hechos desacomodan nuestras intuiciones. En 2025, circularon videos de proveedores chinos que afirmaban fabricar carteras para marcas de lujo a una fracción del precio al que luego se venden. Aunque la propia maison Louis Vuitton sostiene que sus colecciones se producen exclusivamente en talleres de Francia, España, Italia y Estados Unidos, la polémica sobre el costo industrial y el origen se instaló. Nos obliga a pensar que la lógica del lujo opera en otro plano.
El filósofo Walter Benjamin dejó una frase que, en este contexto, sigue trabajando: “Lo que se atrofia en la época de la reproducción técnica es el aura de la obra de arte” (2009: 91). Ese “aura”, esa unicidad, no desaparece por decreto de la reproducción; se recomponen sus condiciones en torno a experiencias, rituales y marcos de legitimación. De ahí que una fila en la tienda, un trato de boutique y una narrativa de marca sostengan el valor mucho más allá del costo de los materiales. Como explican Jean-Noël Kapferer y Vincent Bastien (2012), el lujo es una cultura, lo que significa que hay que entenderlo para poder practicarlo con estilo y espontaneidad. Si el lujo es cultura, entonces la originalidad queda atada a la arquitectura de sentido que organiza percepciones y pertenencias, y no a la pureza del origen. Se trata de un sistema de significados diseñado para producir distinción. La originalidad aparece cuando una obra o un producto sostienen criterio en su composición y consistencia en su promesa. El resultado puede ser industrial y, aun así, singular en la experiencia.
Esta discusión se vuelve clave con la inteligencia artificial (IA). Usarla no equivale a apagar la cabeza. Exige más inteligencia, no menos. Un reciente preprint de 2025 del Massachusetts Institute of Technology (MIT) Media Lab ya ofrece evidencia preliminar sobre este riesgo. En el estudio, titulado “Your Brain on ChatGPT: Accumulation of Cognitive Debt when Using an AI Assistant for Essay Writing Task” (Tu cerebro en Chatgpt. La acumulación de deuda cognitivaal utilizar un asistente de IA para tareas de redacción de ensayos), se observó mediante electroencefalogramas que los usuarios de modelos de lenguaje mostraban una menor conectividad funcional en el cerebro durante la tarea de escritura. El uso de la herramienta parece reducir la actividad cognitiva, lo que podría llevar a una deuda en nuestra capacidad de pensar a fondo si abusamos de ella de manera pasiva. La forma de mitigar ese costo pasa por invertir el orden del esfuerzo: pensar muy bien qué queremos lograr, usar la IA para acelerar y luego profundizar y pulir a fondo. Si la asumimos como un sparring que nos obliga a justificar y decidir, la actividad cognitiva se fortalece.
Entiendo que esta invitación a probar todo pueda incomodar. Estamos acostumbrados a que los libros ofrezcan certezas. Por honestidad, yo prefiero advertir que este texto también va a envejecer. Probablemente, algunas referencias cambien antes de que termines de leerlo, pero aun así creo que el viaje vale la pena, porque busco un marco para leer lo que vendrá. Si la tecnología muta, el marco se actualiza con vos. Mi ambición es que conversemos, y si podemos coincidir, mejor.
Quiero contarte desde dónde escribo. Mi manera de reaccionar ante el cambio es hacer cosas, porque el conocimiento que se encarna en la práctica pesa más que un simple capricho.
El pensador del MIT Donald Schön estudió a fondo cómo trabajan los verdaderos expertos y descubrió que no se limitan a aplicar teorías de un manual. En cambio, desarrollan lo que él llamó “reflexión en la acción”. Es un diálogo constante con la situación, una especie de conversación con los materiales del problema, donde, a través del hacer, del probar y del sentir, descubrimos lo que necesitamos saber. Este libro es, en esencia, el resultado de esa práctica, es un intento de pensar mientras actuamos.
En este camino, en esa necesidad de hacer y entender, mi familia es el ancla y el motor. Mi mamá, Julia, es el vórtice de un amor incondicional que me impulsa a diseñar el contexto para que las cosas sucedan. Siempre admiré su capacidad de devorar libros y de resolver cualquier problema que se le ponga en frente. Cuando le di mi segundo libro y vi la misma cara de felicidad que había descrito en el prólogo cuando le di el primero, supe que tenía que seguir escribiendo, porque ese efecto seguía vivo y porque es mi forma de hacer honor a lo que con tanto amor me enseñó.
Pero esta vez ocurrió algo nuevo. Mi papá, Domingo, un hombre de pocas palabras y de quien aprendí sobre resiliencia, constancia y compromiso, nunca fue un gran lector por gusto. Sin embargo, se devoró Modo diseño en un día y empezó a hacerme preguntas, con la intención de aprender más.
Ambos nos enseñaron, a mi hermana y a mí, una verdad simple y profunda: las cosas que realmente son buenas cuestan. O, como dice la famosa frase, nunca nada importante no costó. Esa lección es el núcleo de mi forma de entender el diseño. La veo en mi hermana, Natalia, mi espejo en esta vida: una cardióloga brillante que no para de buscar la excelencia en su profesión salvando vidas, siempre yendo por más.
Yo no salvo vidas, a veces apenas puedo con la mía, pero encontré mi lugar. Me gusta ser un puente, un canalizador. Me gusta estar al servicio de otros, y por eso amo el diseño, porque es una manera de ayudar a las personas a mejorar su entorno, lo cual, en todas sus escalas, también es una forma de cuidado. Hago esto porque para mí es importante, porque veo que para ellos tiene valor, porque me conecta con esa lección de vida y porque es un ejercicio profundo de aprendizaje personal y valentía.
Si algo de lo que escribo genera un eco en ellos, tal vez también pueda generarlo en vos, que estás leyendo esto ahora. Así que te agradezco de corazón que hayas confiado y espero estar a la altura de tus expectativas. Me encantaría que me escribas y me cuentes qué descubriste o qué despertaron estas hojas. Cada vez que alguien lo hace me llena de felicidad y me da más ganas de seguir escribiendo.
Este libro es una invitación a hacer un viaje juntos. No vamos a seguir un mapa lineal, pero sí haremos algunas paradas que parecerán eclécticas en lugares estratégicos, ideas y objetos que me cambiaron la forma de ver las cosas y que luego de terminar el libro cobrarán sentido. Será una conversación entre amigos, donde te voy a contar qué me pasó en cada lugar y, sobre todo, qué descubrimiento espero que te lleves de cada etapa. Mi recomendación es que llegues al final y no abandones.
En “Hacer natural lo artificial”, nuestra primera parada, te voy a llevar conmigo a una odisea personal. Vamos a emprender un largo viaje hasta una isla remota en el Mediterráneo, Lampedusa, en una búsqueda casi desesperada por encontrar un rincón del mundo que no esté intervenido, un espacio verdaderamente natural para desconectarse del ruido algorítmico. Lo que vamos a encontrar allí, sin embargo, no será pureza, sino la revelación de que nuestra idea de lo natural es, quizá, la construcción artificial más sofisticada de todas. Este capítulo busca que te lleves una nueva forma de mirar. Es un ajuste de lente para empezar a ver el esqueleto diseñado que sostiene nuestra realidad cotidiana y para entender que hoy habitamos atmósferas invisibles que condicionan nuestra experiencia sin que nos demos cuenta.
Nuestra segunda escala: “Diseñar lo que no tiene forma y no se puede controlar”, nos encontrará en Salamanca, frente a la fachada de piedra de su antigua universidad. Allí seremos testigos de un ritual fascinante y espontáneo. Un juego colectivo que nadie organiza pero que todos juegan, centrado en hallar una minúscula rana esculpida hace siglos. Observando esta escena, nos preguntaremos si el mejor diseño es siempre el que lo controla todo, o si a veces consiste en crear las condiciones para que algo valioso e inesperado simplemente emerja. El propósito de esta parada es que te lleves un cambio de rol, que dejes de pensarte como el que impone una forma y empieces a verte como facilitador.
En “Diseño inverso: ¿hago, luego proyecto?”, el viaje se volverá más sensorial. Entraremos a un museo extraño en Nueva York, una experiencia inmersiva que nos despojará de nuestras certezas cognitivas para obligarnos a sentir primero y a pensar después. Voy a contarte cómo un simple helado de mochi al final del recorrido se convirtió en la clave para darle sentido a todo. Esta etapa del viaje es una invitación a liberarnos de la parálisis del plan perfecto. Quiero que te lleves una nueva confianza en el hacer para entender, en la idea de que el prototipo ya no es un paso previo al diseño: ahora es una forma de pensar con las manos, y que las mejores ideas a menudo se descubren en el camino, no en el mapa.
Nuestra cuarta parada: “Los agentes del nuevo diseño”, nos encontrará en Bilbao, hipnotizados frente a una obra de Refik Anadol que hace que la arquitectura del Guggenheim parezca respirar con memoria propia. Esa experiencia nos obligará a preguntarnos: “¿Quién diseña cuando el autor es un algoritmo que dialoga con lo que fue diseñado y la percepción de un visitante?”. Esta es una exploración sobre la autoría en un mundo donde la agencia está distribuida. El objetivo es que te lleves la comprensión de que ya no diseñamos solos. Somos parte de un ecosistema de inteligencias, y nuestro nuevo oficio se aleja del científico solista.
En “Diseñar con ciencia y con conciencia: la ética como sistema operativo”, haremos una visita a un lugar que es un manifiesto en sí mismo, la sede de la UNESCO en París. Allí, en un debate sobre el futuro de la IA, escucharemos un panel que lo cambiará todo. Este capítulo es una reflexión profunda sobre la ética como sistema operativo de nuestro trabajo. Busco indagar una brújula moral para navegar la incertidumbre, donde no hay reglas y la ética no es un accesorio. El propósito es que te lleves la convicción de que cada decisión de diseño es una decisión política, y que nuestra responsabilidad es diseñar las condiciones para que lo inesperado no se vuelva injusto.
La penúltima estación de nuestro viaje será una vuelta a los orígenes: “¿Hacia dónde vamos como diseñadores?”. Viajaremos a Dessau para caminar por la Bauhaus y sentir el peso de la historia en las casas de los maestros. Esta visita nos servirá de espejo para preguntarnos por nuestro propio futuro. Reflexionaremos sobre el nuevo oficio del diseño, la necesidad de una sostenibilidad simbólica en un mundo saturado de contenido artificial y cómo enfrentar los síntomas del ego que frenan la verdadera colaboración. De esta parada te vas a llevar una pregunta que va a hacerte compañía por mucho tiempo: ¿qué tipo de diseñador quiero ser en un mundo que ya no necesita solo creadores de objetos y en el que ahora lo que importa es gestionar ecosistemas complejos como guardianes del sentido?
Nuestro viaje termina en un lugar inesperado, el “Epílogo. Las máscaras que nadie diseñó”. Pasearemos por las calles de Taormina, en Sicilia, persiguiendo la historia de unas máscaras de cerámica que nadie proyectó formalmente, pero que están en todos lados. Nos revelarán la lección final: que los diseños más potentes y resilientes no siempre surgen de un plan, sino muchas veces de una práctica colectiva, de una repetición que se vuelve cultura. El epílogo, en lugar de darte una conclusión, abre un puente a la liberación y refuerza la idea de que el diseño no siempre necesita un genio o un plan maestro. A veces, solo necesita una comunidad que propague un gesto, una práctica, un sentido. Es la prueba de que, incluso en la incertidumbre, podemos crear, sin tener que recurrir a la predicción, sino a la pura insistencia.
Por último, una confesión. Este libro no fue escrito desde la certeza de quien tiene la verdad, sino desde la vulnerabilidad de quien sigue buscando. En estas páginas me involucro con temas complejos, a veces sin la profundidad de un especialista. Es probable que en algunas cosas me equivoque, que una idea no sea del todo exacta o que mi perspectiva te parezca discutible. Está bien que así sea, porque mi intención es compartir lo que sigo aprendiendo.
Mi único deseo es que estas páginas funcionen como un punto de partida. Que sean ventanas a las que te puedas asomar, o puertas que, si te animás, logres cruzar para seguir explorando por tu cuenta. Busco contagiar mis humildes preguntas y expandir juntos el campo para nutrirlo.
En medio de tanta aceleración e incertidumbre, en este mundo que a veces nos abruma, espero que este recorrido te traiga un poco de calma, una dosis de esperanza y, sobre todo, que te inspire a buscar y a poner en juego tu mejor versión. Porque si algo aprendí en este viaje es que el diseño, en su forma más profunda, transforma, y de eso se trata todo esto.
Vale la pena intentarlo. Ahora sí. Que arranque la aventura.
A VECES NO HACE FALTA que algo esté roto para saber que necesitás un reset. No tiene que haber una crisis ni un agotamiento extremo ni un colapso evidente. Es otra cosa, un murmullo interno que empieza a subir de volumen. La acumulación invisible de microdecisiones, de problemas complejos, de agendas sin pausa: todo seguía funcionando ya que el trabajo avanzaba. Los proyectos y las ideas también, pero yo necesitaba salir del algoritmo de mi propia rutina, respirar otro aire, apagar y resetear la cpu que opera en mi cabeza para estar más fresco y volver a ver las cosas con mayor claridad.
En un mundo donde la IA parece un virus que se replica exponencialmente, avanza día a día y está presente en cada frase, cada update y cada conversación, tomarse vacaciones ya no es simplemente viajar a un lugar bonito, ahora significa desconectarse. No irse a cualquier lado, sino a un lugar sin señal. Un lugar donde no haya respuestas automáticas, inmediatez, scroll infinito ni recordatorios con deadlines. Fue así como terminé buscando en el mapa cuál era el lugar más remoto, hasta que encontré un punto apenas visible, un nombre mínimo que resistía la fama: Lampedusa.
Por supuesto, tuve que averiguar su historia, porque ignoraba su existencia. Lampedusa es una isla en el Mediterráneo, más cerca de África que de Europa, exactamente a 205 kilómetros de Sicilia. Llegar no era fácil, pero decidí viajar como si fuera un proceso de rehabilitación y vivir la experiencia de conocer un lugar nuevo. Volé a Catania, con un auto alquilado fui hasta Agrigento, después tomé un taxi hasta Porto Empedocle y desde allí, un ferry de cuatro horas por mar abierto. Cuatro horas sin WiFi, sin timeline, sin dopamina digital. Solo mar, aire salado y el sonido de las olas golpeando el barco, digno de una playlist de relajación, como si fuera el principio de una terapia detox.
Al llegar a la isla, alquilé un auto, porque no había transporte público. Cuando fui a una pequeña agencia portuaria, lo que tenían para ofrecer no era un auto convencional, sino un Mehari. Si nunca te subiste a uno, creo que es mejor así; yo solo lo tenía por fotos. Es una especie de cápsula mecánica del tiempo sin puertas ni ventanas, con una palanca de cambios adelantada, como en los autos de otra época. No tenía dirección asistida, el freno era más simbólico que técnico, y en las subidas necesitabas combinar embrague, una palanca manual a la que había que darle un golpe a la altura del pecho, acelerador y algo de fe. Todo era pura tensión; por ejemplo, en una curva con pendiente se me fue para atrás y un scooter casi queda como sticker en el paragolpes. Fue la primera vez que sentí que un auto entendía el contexto mejor que yo. Aunque debo confesar que, cuando logré dominarlo, me sentí un ser superior, comprobando que podía controlar una máquina rústica en vez de un auto automático con climatizador y Apple Car, supuse que había empezado la desintoxicación tecnológica.
Pero, aun estando en la isla, algo dentro de mí, llámese instinto, ego o curiosidad, me dijo que no era suficiente y que podía ir más lejos. Todavía no estaba tan aislado como quería y el lugar no era tan virgen. Una tarde, hablando con la recepcionista del mejor hotel, que por cierto tenía solo una estrella, me sugirió un lugar que sonaba a cuento: la bahía Conejo, una subbahía producto de un accidente geográfico oculto, solo accesible a pie cuando la marea baja.
Tomé mi máquina y fui por una ruta precaria hasta que ya no se podía avanzar en vehículo. Ahí empezaba un descenso de escalones irregulares, un sol que partía la piedra y una pendiente que parecía interminable. Pero al final, después de toda una odisea, logré llegar. Estaba en el lugar más natural al que pensaba que podía aspirar. Agua turquesa, arena blanca, una bahía sin bares, sin baños, sin música. Solo el sonido del mar y algunas piedras con moho que invitaban al silencio, a contemplar el paisaje y a dejar que pasara el tiempo.
Me senté frente al mar y realmente por un segundo sentí que todo había valido la pena. Eso era lo que había ido a buscar: un lugar sin intervención, sin diseño, sin interfaz, donde todo fuera real y puro. Lo que tanto había deseado, algo eterno… Pero, como en Alicia en el país de las maravillas: “¿Cuánto dura lo eterno? A veces, apenas un segundo”.
Escuché un sonido y miré hacia arriba. Era un avión que cruzaba el cielo y estaba por aterrizar en el miniaeropuerto. Lo esquivé con la mirada, como quien no quiere arruinar la postal, y al volverla hacia la arena noté un cartel desgastado que antes no había visto. Me llamó la atención y pensé: “Qué loco que alguien haya dejado un cartel en el medio de la nada”. Como soy un ser curioso de nacimiento, tenía que acercarme para saber qué decía. El cartel explicaba que del lado derecho se podían poner sombrillas, pero del izquierdo no. ¿Qué? ¿Eso? ¿Nada más? ¿Y de la nada? En mi cabeza, fue como un golpe en la mandíbula.
¿Quién decidió eso? ¿Por qué? ¿Desde qué lógica? ¿Quién organiza una playa virgen por mitades?
Miré con más detalle y había otro cartel que tenía otro mensaje, pero con un tono legal. El lugar era una reserva natural, y al darme cuenta de eso fue como si alguien encendiera un interruptor en mi percepción, como si me pusiera anteojos nuevos, porque vi los escalones tallados, el sendero delineado, el acceso controlado con sogas. Empecé a notar más carteles explicativos, con diagramas de uso responsable, que evidentemente mi cerebro había elegido no registrar. Las reglas, restricciones, advertencias y posibles multas por todos lados. Incluso el silencio, ese que tanto me había conmovido, estaba regulado por decreto.
Empecé a caminar y la postal se volvió una instalación. Había un cartel detrás de otro, mapas, horarios, íconos gráficos e incluso un sistema visual con identidad de marca. Un decálogo de uso como si fueran mandamientos. Solo que estos decían cómo caminar, dónde detenerse, qué no se podía tocar. Naturaleza a condición de buen comportamiento o, mejor dicho, naturaleza como experiencia de usuario (UX).
Uno de los carteles hablaba de algo que no conocía: “El progetto di rinaturalizzazione”. La palabra “renaturalizar” sonaba a hechizo. Básicamente, volver natural algo que ya no lo era, pero hacerlo tan bien de manera que nadie lo notara. Una especie de UX ambiental o rediseño paisajístico tan eficaz que, en vez de invisibilizar el artificio, lo recreara en silencio. Esa playa que parecía virgen realmente no lo era. Se trataba de una experiencia cuidadosamente intervenida para parecer lo que ya no podía ser.
En ese momento, entendí algo que desde entonces no pude olvidar y que, si bien lo sabía, es pertinente recordar en este nuevo mundo: lo natural no es algo sin intervención. Lo natural es algo que fue diseñado tan bien que olvidamos que fue diseñado.
Al reflexionar, no hizo falta mucho análisis. Ya venía pensando, desde hacía tiempo, acerca de qué hay detrás de cada experiencia que nos rodea. Fue fácil volver a lo cotidiano luego del viaje, a lo teóricamente familiar, a los ambientes que ya no cuestionamos porque creemos conocerlos. Pero al regresar, después de desconectar del ruido digital por unos días, me di cuenta de que el espacio que habitaba ya no era el mismo. Todo seguía igual: mis cosas, el ambiente y los objetos, pero ahora, con el lente ajustado, podía percibir de otra forma lo que antes me resultaba invisible. Lo artificial, aparte de estar en las pantallas, está en el aire, y hasta en el aire hay información.
Peter Sloterdijk propuso que el siglo XXI no debe pensarse desde la lógica de los objetos, sino desde la de las esferas. No vivimos simplemente entre cosas, vivimos dentro de atmósferas. Cada época configura sus propias burbujas de sentido, protección y conexión. Ya no se trata de habitar casas o ciudades, sino envolventes artificiales que regulan cómo percibimos el mundo. Lo técnico dejó de ser herramienta externa para volverse ambiente. Es decir, una capa que nos rodea, nos interpreta y condiciona sin que lo notemos.
Este desplazamiento de lo técnico a lo ambiental es una mutación epistémica. Donde antes distinguíamos entre sujetos y objetos, ahora flotamos en entornos que difuminan las fronteras entre lo que usamos y lo que nos usa, entre lo que observamos y lo que nos modula. Vivimos en capas de datos, de estímulos, de flujos que no diseñamos pero que diseñan nuestras experiencias cambiando todo.
