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Ángel Cappa y Marcos Roitman conversan apasionadamente –a caballo entre el amor por el deporte de sus vidas y la pulsión crítica que siempre los acompañó– para desentrañar el solapado, y tantas veces contradictorio, binomio que forman fútbol y política; el enfrentamiento entre sentimiento y capital, bien común y negocio. Diálogos y reflexiones desde la banda izquierda para comprender nuestro mundo, su funcionamiento, las oligarquías, los golpes de Estado, la deriva de la izquierda, los populismos, la democracia, las identidades. Y ello a través de todo cuanto degrada una ilusión que para ser rentable tuvo que dejar de ser arte. «El fútbol le fue arrebatado a la gente a quien pertenece. El negocio desvirtuó su significado. Le transfirió sus valores empresariales y lo convirtió en una mercancía más.» César Luis Menotti (del prólogo) «El siglo XX, aun a pesar de declarar la muerte de Dios, nos enseñó que no todo vale. En el siglo XXI miles de decenas de nuevas generaciones lo desconocen; recordárselo es nuestra tarea y responsabilidad. Por eso la necesidad de este libro, para ayudar a recordar que el fútbol y la política son un Nosotros que nos pertenece.» Vanesa Pérez Gordillo (del prólogo) «El fútbol es mucho más que una distracción. Supone la reafirmación de un sentimiento íntimo, mediante el simple consuelo de un buen partido, de un puñado de jugadas con aroma de imaginación y libertad, de hora y media de emociones, sin más cicaterías ni dureza que las inevitables, pese a la molesta vigilancia del hermano mayor del VAR, pese a las sospechas y evidencias de intereses ajenos, pese a manipulaciones, pese a las intrigas de la FEF, UEFA, FIFA, pese a corrupciones como la de Catar, pese a todos los pesares.» Vicente Romero (del epílogo)
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Seitenzahl: 333
Veröffentlichungsjahr: 2022
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foca investigación
191
Diseño de cubierta: RAG
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© Ángel Cappa y Marcos Roitman, 2022
© de los prólogos, César Menotti y Vanessa Pérez Gordillo, 2022
© del epílogo, Vicente Romero, 2022
© Ediciones Akal, S. A., 2022
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
facebook.com/EdicionesAkal
@AkalEditor
ISBN: 978-84-16842-75-9
Ángel Cappa y Marcos Roitman
Fútbol y política
Conversaciones desde la izquierda
Prólogos de
César Menotti y Vanessa Pérez Gordillo
Epílogo de
Vicente Romero
Ángel Cappa y Marcos Roitman conversan apasionadamente –a caballo entre el amor por el deporte de sus vidas y la pulsión crítica que siempre los acompañó– para desentrañar el solapado, y tantas veces contradictorio, binomio que forman fútbol y política; el enfrentamiento entre sentimiento y capital, bien común y negocio. Diálogos y reflexiones desde la banda izquierda para comprender nuestro mundo, su funcionamiento, las oligarquías, los golpes de Estado, la deriva de la izquierda, los populismos, la democracia, las identidades. Y ello a través de todo cuanto degrada una ilusión que para ser rentable tuvo que dejar de ser arte.
«El fútbol le fue arrebatado a la gente a quien pertenece. El negocio desvirtuó su significado. Le transfirió sus valores empresariales y lo convirtió en una mercancía más.»
César Luis Menotti (del prólogo)
«El siglo xx, aun a pesar de declarar la muerte de Dios, nos enseñó que no todo vale. En el siglo xxi miles de decenas de nuevas generaciones lo desconocen; recordárselo es nuestra tarea y responsabilidad. Por eso la necesidad de este libro, para ayudar a recordar que el fútbol y la política son un Nosotros que nos pertenece.»
Vanessa Pérez Gordillo (del prólogo)
«El fútbol es mucho más que una distracción. Supone la reafirmación de un sentimiento íntimo, mediante el simple consuelo de un buen partido, de un puñado de jugadas con aroma de imaginación y libertad, de hora y media de emociones, sin más cicaterías ni dureza que las inevitables, pese a la molesta vigilancia del hermano mayor del VAR, pese a las sospechas y evidencias de intereses ajenos, pese a manipulaciones, pese a las intrigas de la FEF, UEFA, FIFA, pese a corrupciones como la de Catar, pese a todos los pesares.»
Vicente Romero (del epílogo)
La concepción capitalista del deporte es fundamentalmente distinta de la que debería existir en un país subdesarrollado. El político africano no debe preocuparse por formar deportistas, sino hombres conscientes que, además, sean deportistas. Si el deporte no se integra a la vida nacional, es decir, a la construcción nacional, si se forman deportistas nacionales y no hombres conscientes, pronto se contemplará la podredumbre del deporte por el profesionalismo, el comercialismo.
Frantz Fanon, Los condenados de la tierra
Invitados de excepción I
La música del fútbol
Yo vivía en Fisherton, Rosario, en una casa que estaba al lado de una cancha de fútbol. Un día estaba sentado –siendo yo un pibe– con amigos míos detrás de uno de los arcos, cuando apareció mi viejo con algo debajo de un brazo. Yo lo vi venir y pensé que me iba a retar por alguna travesura que habría hecho. De pronto dejó caer la pelota flamante que llevaba y de sobre pique, a unos 40 metros, la puso en medio de todos nosotros. Era un regalo que nos hacía. Nada menos que una pelota nueva.
Ese gesto de mi papá (que le gustaba mucho el fútbol y jugaba bastante bien) es una de las emociones más grandes que sentí en mi vida. Más todavía que el gol que le hice a Boca el día que debuté en primera división, en Rosario Central.
Es que la pelota de fútbol ocupa un lugar muy importante en la vida de todos nosotros. Es un símbolo de nuestra identidad cultural, como el bandoneón o la guitarra criolla.
Era el nexo que nos permitía unirnos, identificarnos y más adelante relacionarnos con la gente. La pelota era, en definitiva, la que nos daba el sentido de pertenencia, que considero tan importante.
Por eso cuando jugábamos al fútbol, de pibes, representábamos a los amigos, al barrio. Después, ya de profesionales, esa representatividad era más amplia, pero seguíamos sabiendo para quién jugábamos. Permanecía esa relación pelota-jugadores-gente.
La pelota, según sentía yo, producía cierta musicalidad a raíz de esa relación, que iba del jugador a la gente y de la gente al jugador. Era, entonces, imprescindible en todos los barrios. A la que había que tratar con delicadeza, hasta con cariño diría, por lo que significaba para todos nosotros.
El negocio no sabe de romanticismos
Ese romance de todos los barrios con la pelota, que generaba un fuerte sentido de pertenencia, se interrumpió cuando el negocio se apoderó del juego y le cambió el sentido.
Así como la música popular, en Argentina, pasó de los grandes intérpretes como Pugliese o Troilo a otros superficiales, sin calidad musical alguna, ajenos a los sentimientos profundos y verdaderos, el fútbol le fue arrebatado a la gente a quien pertenece. El negocio desvirtuó su significado. Le transfirió sus valores empresariales y lo convirtió en una mercancía más.
En otras palabras, ocurrió una severa desculturización. Aquella música que iba de la cancha a las tribunas y bajaba en cantitos de alegría, se convirtió en gritos de lucha reclamando coraje físico. Donde antes era el festejo del talento, la habilidad y la creatividad, ahora es la exigencia del «huevo… huevo». Del «qué baile que le dimos» al «hay que ganar como sea».
Yo hablo del fútbol argentino. No tengo por qué hablar de los futbolistas europeos. Quiero decir que nuestros futbolistas eran representantes del talento, la habilidad, el buen juego. Representantes de una cultura futbolística que nos distinguía, de un estilo que nos diferenciaba. Por eso los clubes europeos se llevaban a los futbolistas que mejor representaban ese estilo: Sívori, Angelillo, Maschio. Di Stéfano, que, si bien tuvo mayor repercusión en el Real Madrid, pertenecía culturalmente a la máquina de River. Se formó en ese ambiente con Moreno, con Pedernera, con Pipo Rossi. Con Peucelle, que ya era entrenador y que él consideraba un maestro.
Eso es lo que me desanima, o mejor dicho, me entristece, la destrucción que se ha llevado a cabo de nuestra cultura futbolística, musical…, en general, de nuestra cultura.
Que los jóvenes actuales no sepan quién es Pugliese, quién es Troilo o quién fue Moreno, o Sastre, que nos formaron nuestro gusto y nuestro conocimiento, es lamentable.
Cuando era joven, yo sabía quién era Gardel, por ejemplo, y otros artistas fundamentales de nuestra cultura. Como así también los grandes jugadores de épocas anteriores que nos habían dejado una herencia tan valiosa.
Cuando el mundo de los negocios se apodera de la cultura, empieza la desaparición de las grandes orquestas de tango. El bandoneón se va del barrio… y la pelota también se va del barrio. Ya está en los escritorios.
El fútbol deja, culturalmente, de representar al barrio.
Fútbol sin ilusión
Para nosotros la pelota sigue siendo un elemento para la ilusión. Pero somos minoría. La mayoría hoy en día no le da ese valor, porque entiende el fútbol desde el negocio, no desde la ilusión.
Esa relación, que yo llamo musical, entre la pelota, el jugador y la gente ya no existe. Confieso que a mí me duele el corazón cuando veo que esa música ya no suena.
Cuando veo jugar a esos equipos que no hacen que suene esa música, que no les interesa, me pongo mal. Me pone mal, pero es una realidad.
Si bien es cierto que todavía hay equipos que generan ilusión, la tendencia actual no es esa. En Argentina cuesta mucho encontrar un equipo que ilusione.
Yo sigo soñando con eso. A mí nadie me va a negar que la pelota tiene que ver con el barrio, con la cultura popular.
Sí, la pelota era un entretenimiento, pero para mí era más que eso. Esa relación entre la pelota, el jugador y la gente, de la que hablo, era un estilo de vida. A mí no me van a quitar nunca del sentimiento el fútbol del barrio, el significado cultural de ese fútbol que nos cambiaron.
Cada cultura un estilo
Me ha tocado convivir –de distinta manera– con grandes futbolistas como Pedernera, Pelé, Cruyff… y cada uno de ellos representaba, cuando jugaban, una cultura diferente. Cada uno con su manera de jugar, a pesar de las similitudes que los unía. Cada uno representaba un modo de ser futbolista. A mí me emociona cuando veo autenticidad cultural en algún jugador. Eso se advierte en los mínimos detalles, la forma de dar un pase, por ejemplo, de controlar la pelota o de resolver una jugada.
En cambio, lo que hoy predomina es otra cosa. Los jugadores se forman con la consigna de que hay que ganar como sea, sin respeto por la pelota ni por el juego. Sin estilo. Todo es rápido. Todo es vertiginoso. En definitiva, es lo que impone el negocio.
Me hubiera gustado ser poeta o filósofo para poder describir esa relación musical que había entre la pelota, el jugador y la gente que se ha perdido. Para colmo, por la pandemia, por este maldito virus, no ha habido gente en los estadios. Y, en consecuencia, otra situación inédita que desvirtúa el fútbol, al menos como yo lo concibo.
A modo de conclusión
Por mi parte, voy a seguir peleando para recuperar todo lo que el negocio nos arrebató: la pelota, el barrio, nuestros valores culturales que nos daban identidad.
Para recuperar el amor al juego que formaba parte del amor al barrio, a los amigos, a nuestra música.
Ahora me parece que hay más sordos y no escuchan ni quieren escuchar.
El amor al fútbol implica el respeto por el juego, por la herencia recibida, por la gente.
Se jugaba por la alegría, ya que el fútbol sin alegría no es nada.
César Menotti
Invitados de excepción II
Pintar la cancha con la belleza del juego
Nunca hablo de fútbol, porque ni veo los partidos ni soy fan de ningún equipo, de modo que son escasas las ocasiones en las que tengo algo que decir. Además, mi experiencia con él es finita. Tuve unos compañeros de colegio cuyas almas delanteras me asignaron la defensa de la portería durante algún tiempo, responsabilidad que asumí estoicamente a pesar de ser mejor defensora de mis gafas que de la portería cada vez que la pelota se aproximaba. Por otra parte, tengo un padre que no se pierde un partido y un compañero del que aprendí a valorar la parte popular de este juego mientras pateábamos América Latina. Ahora, Marcos y Ángel me han pedido este prólogo para su último libro: Fútbol y política. Conversaciones desde la izquierda. ¡Tiene pelotas la cosa!
Soy de las que piensan que este juego de equipo desde hace rato ha sido secuestrado por la lógica del capital. Sin embargo, frente a la mercantilización, la naturaleza del fútbol impone resistencias. Hace algunos años, caminando por la periferia de la ciudad de Tacuarembó en el interior de Uruguay, unos muchachos golpeaban la pelota en un predio de tierra y barro. Fue inevitable detener el paso y observar sus movimientos rápidos y ligeros, cortos y eficaces. De aquel espectáculo de pies descalzos rezumaba alegría y libertad en uno de los sectores más populares de la ciudad. En tierras latinoamericanas, como en casi todos los sectores populares, este no es un episodio extraordinario. La misma pasión y júbilo brotaban de los niños y adolescentes lustrabotas de la terminal de buses de la ciudad de Asunción en Paraguay cuando se tomaron un descanso para recrearse con el balón. En Veranópolis, en el sur del Brasil, donde el Movimiento Sin Tierra tiene una escuela en la que forma a cientos de jóvenes de familias campesinas y trabajadoras, cualquier momento es bueno para pintar la cancha con la belleza del juego. Lo popular también sabe de fútbol femenino. En las tierras afrocolombianas de Alsacia, en el Cauca, las mujeres bailan la pelota con destreza. En Cochabamba, las cholitas conservan su identidad indígena y campesina jugando con sus polleras, largas y pesadas faldas típicas, que pareciera ser el secreto de su arrojo y bravura. Ese es el fútbol poético al que se refería Pasolini y que nos recuerda Cappa. Posiblemente es allí, el lugar en el que las canchas de fútbol se improvisan y no se riegan con aspersores, donde haya visto los mejores valores de este juego y me haya permitido la sospecha de que quizá el fútbol se hizo tan popular por algo que hemos olvidado.
La amnesia que experimenta la humanidad no es fortuita, ni en esta ni en otras cuestiones, sino resultado de un sistema estructural viciado desde sus orígenes que fomenta y perpetúa el desprecio a la memoria. El capitalismo que nos engloba y educa es como Leteo, uno de los ríos del Hades; beber de sus aguas nos provoca un olvido completo. Sócrates dedicó su vida a la práctica mayéutica, es decir, a ayudarnos a recordar. Amigo del conocimiento, allá donde iba preguntaba qué es esto o aquello. Al principio, todos simpatizaban con él, pero a medida que las respuestas no satisfacían al filósofo y seguía preguntando, las personas se empezaron a incomodar. Testimonio de ello son los diálogos del discípulo Platón, gracias al cual conocemos parte de esta historia, ya que Sócrates, quien formaba parte de la resistencia contra el olvido, nunca escribió palabra alguna.
En las líneas de este libro se rescata la práctica mayéutica en un emocionante diálogo que viene a recordarnos qué es el fútbol. Pero no sólo nos lo recuerda, también ahonda en cuáles son los vericuetos que han posibilitado la transformación de este juego en una mercancía inflamable que ha hecho engordar la economía para bien de las clases dominantes, y a la ética explotar en mil pedazos para mal de los pueblos. El ejercicio literario del diálogo pone en juego la praxis política. Y esta obra nos pone a repensar la propia política. Por eso Fútbol y política comienza sin circunloquios, apuntando directamente al corazón de la portería:
Ángel: Una de las características de la izquierda histórica ha sido su oposición al capitalismo […] ¿Esa característica se mantiene actualmente en la izquierda?
Marcos: La respuesta es sí. Pero hay quienes se autodefinen de izquierda asumiendo como horizonte un capitalismo de rostro humano […]
Ángel: Marcos, entonces habría que concluir que hay movimientos, grupos o partidos políticos que se dicen de izquierda, pero no lo son.
Marcos: Efectivamente. […]
Con ese «efectivamente», los autores marcan el tono de un libro que invita a la reflexión y al conocimiento, y que, además, articula pies y tecnología, juego y consumo, derecho y libertad, para abordar el capitalismo no sólo como un sistema económico, sino como un modo de vida donde los valores más hermosos de la humanidad no tienen cabida. Rescatar de las fauces imperialistas el fútbol y la política para hablar de polis, de práctica colectiva, de participación ciudadana, de vida digna, y traer a la memoria aquello que durante el 15M exclamamos: «nosotros no somos antisistema, el sistema es antinosotros». Con ese «efectivamente», también develan la mentira de la sociedad del bienestar y consumo que alimenta el individualismo, incluso en aquellos espacios, como en el fútbol, donde es fundamental el trabajo en equipo. Frente a la tecnocracia del fútbol de la que habla Eduardo Galeano, la fiesta del fútbol que relata Ángel Cappa, esa que bulle de manera poética en los barrios del Sur Global donde los ojeadores contratan a las promesas de los equipos del fútbol prosaico y europeo. Es el nuevo colonialismo del despojo, arrebatar a los equipos de los países del Sur los mejores jugadores para exprimir y concentrar el fútbol-espectáculo en la cumbre del Norte Global. Un Norte que abraza la libertad positiva individual de ese Yo arrogante que le muestra al mundo que sacrificándote lo suficiente puedes ser el próximo mejor jugador, olvidando que el fútbol forma parte de algo mayor, de un Nosotros, donde no vale ganar de cualquier manera.
La lógica neoliberal que se extiende por la sociedad, como dice Marcos Roitman en el capítulo «Tarjeta roja al capitalismo», «actúa bajo un mismo principio: “sálvese quien pueda, pero yo el primero”. Mucho egoísmo y doble moral». Cabe preguntarse qué alimenta esta actitud esperpéntica. Simone Weil en La gravedad y la gracia afirma: «aunque pudiéramos ser como Dios, más valdría formar parte del barro que le obedece»; sin embargo, la humanidad no es ajena a esa ambición liberal que en la actualidad es promovida por la industria de la felicidad, moldeando multitud de subjetividades que quedan, como el hámster en la rueda, dando vueltas eternamente, porque desde la condición mortal siempre, como es obvio, se puede ser más dios.
¿Quién puede resistirse al poder de lo bello? Lo bello, lo bueno, nos expone, nos deja sin palabras y sólo podemos aplaudirlo, aunque a veces lo hagamos en silencio. El fútbol-espectáculo hace tiempo que prescindió de la belleza para transformarse en un gran negocio que anestesia a las masas inoculándolas la hegemonía cultural que desacredita lo popular para ensalzar el elitismo de las clases opresoras.
El fútbol, como la vida y la política, se mediatiza con la penetración de las tecnologías del Yo que profundizan el despojo. María Cappa pone el ejemplo de una herramienta creada por la empresa Mediapro, que goza de la exclusividad de los derechos televisivos de la Liga española. A esta herramienta de análisis de movimiento «para conocer mejor a tu equipo y al rival» le han puesto el nombre de Mediacoach. Las nuevas tecnologías al servicio del capital nos sacan del valor del juego para valorizar el resultado. Ganar es lo importante. Esa cultura del éxito sobrepasa el fútbol. Al servicio de ella se crean técnicas como el pensamiento positivo del «sí se puede» y la cultura del coaching. Herramientas que amenazan con globalizarse y encerrarnos para siempre en el infierno de lo igual, como podemos ver en la película Anomalisa. Digo «amenazan» para dejar paso a la esperanza, pero la realidad es que existe una necesidad imperiosa de que nos digan qué hacer, cómo comportarnos y qué cambiar en nuestra cotidianidad para convertirnos en personas admiradas y envidiadas por exitosas y felices.
En el capítulo «El balón tiene la palabra», se da un intercambio muy interesante, donde Ángel afirma que no está de acuerdo con la presencia de un psicólogo en el cuerpo técnico, del mismo modo que no está de acuerdo en que haya un dentista. Reconoce que cada uno tiene un papel y que, si se tiene un problema o un dolor de muelas, son necesarios los especialistas y hay que acudir a ellos. La tecnocracia viene a disgregar disciplinas, nos pide que dejemos una parte afuera, que nos limitemos a realizar nuestro trabajo, porque lo que busca es la rentabilidad. De esa forma, nos entrenan para prescindir de la parte humana, demasiado humana que mira al otro, lo comprende y lo ayuda. Un entrenador es un todo. Del mismo modo que un maestro en la escuela cuando enseña matemáticas educa en valores con su actitud y modo de relacionarse, un entrenador en su quehacer maneja los afectos, lo ético y lo humano. Sin embargo, hoy lo emocional ha sido atesorado para convertirlo en un pack de consumo muy peligroso que se entrena y amenaza el conocimiento y la memoria. Globalizar la idea y la práctica de que el entrenador deportivo sólo maneja el aspecto físico, técnico y táctico, y ya vendrá un profesional de las emociones a complementar el vacío que la tecnocracia impone, de alguna manera desprovee lo cotidiano de la ternura y la comunidad.
Ajenos al mar de desigualdades que nos rodea y aumenta año tras año desde la crisis sistémica iniciada en 2008, el modelo del asesoramiento viene para quedarse, porque mayoritariamente se ha aceptado el engaño de que en la jungla del capital se puede tener éxito y ser feliz si te sacrificas lo suficiente y piensas en positivo. Sus ideólogos dicen que será en poco tiempo cultura global. Razones les sobran; las nuevas tecnologías han irradiado con efectividad pasmosa esta cultura. El influencer, el mentoring,el coaching son, entre otros, los educadores del siglo del big data y la sonrisa virtual.
El fútbol, la política y la izquierda no quedan al margen de este escenario, y abrazan estas herramientas neoliberales para progresar y adaptarse a los tiempos del capitalismo digital acelerados por la covid-19, alimentando una subjetividad al servicio de los intereses del mercado, más preocupada por el resultado que por cuidar la forma de llegar a él. El siglo xx, aun a pesar de declarar la muerte de Dios, nos enseñó que no todo vale. En el siglo xxi miles de decenas de nuevas generaciones lo desconocen; recordárselo es nuestra tarea y responsabilidad. Por eso la necesidad de este libro, para ayudar a recordar que el fútbol y la política son un Nosotros que nos pertenece.
Vanessa Pérez Gordillo
Presentación de los jugadores
Vivimos un mundo en transición. El capitalismo se reinventa sobre la muerte y la desigualdad en nombre de la libertad de mercado. La pandemia pone de manifiesto el egoísmo sobre el cual opera la lógica de la oferta y la demanda. Los países del primer mundo acaparan las vacunas, protegen sus laboratorios y las empresas farmacéuticas obtienen beneficios obscenos. Eso sí, el dinero para la investigación lo ponen los Estados. Beneficios privados con dinero público.
A la muerte por la covid-19 se suman las pandemias que se extienden por el mundo: la obesidad, la desnutrición, el cambio climático. El planeta está en peligro, y así nos va. Por otro lado, el capitalismo analógico se extingue a pasos agigantados. Las tecnologías del big data, la cibernética y la informática son una realidad. Los algoritmos toman el poder. Baste ver cómo se aplican en el fútbol, desde el VAR hasta los cientos de datos sobre los kilómetros recorridos por los jugadores, los saques de banda, los fuera de juego, en fin, la banalización del juego. De eso se dialoga en estas conversaciones.
¿Y qué sucede con la política y los partidos políticos? Pregunta que se aborda desde la izquierda, partiendo de los cambios que ha sufrido el capitalismo en su vertiente neoliberal. Una deriva preocupante. La política se ha visto empobrecida ideológicamente en pro de un pragmatismo ramplón. Ganar elecciones sin principios es la contraparte de jugar mal al fútbol, ser resultadista. Partido a partido y elección a elección. No importa mentir, engañar, se trata de ganar, el cómo es lo de menos. Mensajes cortos, frases grandilocuentes. Así la política queda en manos de las agencias de publicidad, asesores de imágenes, y los políticos se trasforman en productos que consumir en el mercado electoral. El insulto, la descalificación sustituyen a la pedagogía política.
Al igual que el fútbol se corrompe, la política se ha emponzoñado. En la actualidad, habla el lenguaje del dinero, del gran capital, de la oferta y la demanda. Degradada, en su interior anidan un sinnúmero de personajes sin moral, ética ni principios. Ellos negocian espacios de poder para conseguir prebendas. Los escándalos por sobresueldos, cohecho, malversación de caudales públicos, enriquecimiento indebido, evasión de impuestos, se han generalizado. Si nos remitimos a España, la Unión Europea y América Latina, los ejemplos se multiplican. El rey emérito y sus cuentas en Suiza, la financiación ilegal del Partido Popular, el cobro del 3 por 100 de la familia Puyol en Cataluña. El pago en dinero negro, el fraude fiscal. Las puertas giratorias, entre la política y las compañías trasnacionales, convierten a expresidentes en meretrices a sueldo del gran capital. Pero no olvidemos los plagios, los falsos currículos.
Doble moral y abuso de poder. Así, suma y sigue. Comportamientos indignos. No importan las siglas, parece ser que la política está impregnada del virus del neoliberalismo. Lo público se privatiza. Baste ver cómo se han saltado los turnos de vacunación ministros, alcaldes, concejales, militares y obispos.
Esos, los adjetivados como la gente o el pueblo, son votos por contabilizar. La ciudadanía se disuelve en el mercado. La consecuencia inmediata es la desafección política. Quienes participan se sienten agredidos y emerge esa frase tan manida: votar de lo malo lo menos malo. Los índices de abstención se acrecientan. La llamada clase política, casta o elite en el poder recibe su desaprobación en las encuestas (aprobar es todo un triunfo).
Lo mismo que en el fútbol la compra de partidos por dirigentes, se pueden comprar políticos para negociar leyes, subvenciones o recalificar terrenos. La corrupción se extiende. La pérdida de credibilidad es aprovechada por la derecha para renegar de los valores democráticos, si alguna vez los profesaron, y abrazarse al fascismo. No hay extrema derecha y derecha, cuando ven peligrar sus intereses actúan al unísono. De eso hablamos en estos diálogos.
Despolitización, desmovilización y control bajo el poder de la posverdad, la mentira y el miedo. Así, la política se reduce a ley y orden. Gestión y administración. La sociedad de mercado y la economía de mercado transforman los partidos en gestores del capital. Sus dirigentes tienen las manos atadas y obedecen los mandatos del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Troika o las agencias de calificación dependientes del capital financiero. La necropolítica se hace realidad. ¿Qué otro significado tiene la privatización de los servicios esenciales?
La luz, el agua, la sanidad, la educación, las pensiones, acaban en manos de empresas privadas, entidades financieras o fondos buitres, como el fútbol. La actividad política y los políticos se refundan en el neoliberalismo. En definitiva, todo parece tener un precio. Desde una cama de hospital, un colegio público, una pensión de jubilación, una vivienda social, hasta una red de carreteras. De esta forma, la vida, la muerte, la salud, la enfermedad, se convierten en mercancía. La política del neoliberalismo acaba siendo lo que hacen los políticos, desconectados de la ciudadanía, cada vez más deslegitimados.
Pero nosotros hablamos de la política como parte de la ciudadanía plena. Una ilusión, una forma de compromiso con los demás. Por ello, decimos que debe recuperarse de las manos del neoliberalismo. Y eso es posible desde una propuesta de izquierda anticapitalista. De eso conversamos, y le trasladamos nuestras visiones de la política y el fútbol.
Hoy el planeta vive una encrucijada. Sin pensar en el bien común, la vida se degrada y deshumaniza. Por ello nuestras preguntas no sólo son nuestras; el premio de Ciencias Sociales Príncipe de Asturias de 2020, Michael Sandel, sintetiza el problema cuando subraya que «la cuestión de los mercados termina siendo en realidad la cuestión de cómo queremos vivir juntos: ¿queremos una sociedad donde todo esté en venta? ¿O existen determinados bienes morales y cívicos que los mercados no honran y el dinero no puede comprar?».
Es en el fútbol donde se puede ver este derrotero. Así, abordamos el problema entre fútbol y política. Repetimos, el capitalismo arrasa con todo. Todo lo mercantiliza y convierte en algo para comprar y vender. Se apropia de los bienes comunes, los privatiza, les da otro significado y los introduce en el mercado para el mejor postor. El capitalismo no respeta nada que no sirva para ganar dinero. No repara ni en las personas ni en el planeta. Ni en los sentimientos, por supuesto.
El fútbol es un juego que primero se siente y después se piensa. Un sentimiento que nació y nace en las clases populares. Era una fiesta de los pueblos, que las clases dominantes miraban con desprecio o en todo caso con indiferencia. Hasta que descubrieron la posibilidad de un negocio grandioso, universal, infinito.
Entonces no dudaron. Atropellaron los sentimientos de los hinchas, le cambiaron el significado y lo pusieron en el escaparate irrespetuoso, donde van a parar todas las cosas que utilizan para aumentar sus riquezas.
«Esto es un negocio», dijo, por si hacía falta, Enrique Cerezo, presidente del Atlético de Madrid, «y hay que dejarse de romanticismos». Es que ser romántico, según la interpretación que ellos le dan, es ser algo así como antiguo, inútil y hasta estúpido. La realidad de la vida, de acuerdo con este criterio mercantil, es el negocio. Todo lo demás queda fuera de esa realidad, no tiene cabida, es utópico.
Antes de que el capitalismo lo contaminara, el fútbol atraía y enamoraba por el juego, que tenía un significado enaltecedor. El resultado, en realidad, era la mejor excusa para jugar. Después, ahora, sólo vale el resultado. O mejor dicho, sólo vale ganar, sólo vale el que gana.
El juego nos acercaba a la belleza, tan necesaria en la sociedad y en el fútbol como la eficacia. Pero, como advirtió hace tiempo Antonio Gala, «toda referencia a la belleza en nuestra sociedad produce risa, salvo que sea rentable».
Resulta que, curiosamente, la belleza en el fútbol es rentable, si entendemos por bello jugar bien. Pero, como la transferencia de valores empresariales al fútbol produjo un desbarajuste de conceptos, hoy no todo el mundo sabe qué es jugar bien. Entonces se concluye que jugar bien es ganar y se da por cerrada la discusión. De ahí que no sean pocos los «mendigos» que, como Eduardo Galeano, andan por el mundo pidiendo «una buena jugadita, por el amor de Dios».
Como el fútbol es también política y no está a salvo de la depredación programada del capitalismo, ocupa un lugar importante en las conversaciones que forman este libro. Además, estamos convencidos de que recuperar el fútbol, como otro bien común que nos fue robado, es también una tarea que debemos llevar a cabo.
No quisiéramos concluir la presentación sin agradecer a nuestros invitados de excepción. Nos referimos a César Luis Menotti, Vanessa Pérez Gordillo, Vicente Romero y María Cappa, cuyo diálogo sobre el fútbol femenino enriqueció nuestro hablar en común. Pero también queremos agradecer a tres amigos, quienes dedicaron su tiempo a la lectura y contribuyeron a mejorar nuestro juego; nos referimos a Raúl de Voces en Lucha, Juan Manuel Zarco Borrego y Victoriano Jaramillo Núñez. A todos nos une la pasión por el fútbol y la política.
Ángel Cappa y Marcos Roitman Rosenmann
Capítulo I
La izquierda entra en juego
Ángel:Una de las características de la izquierda histórica ha sido su oposición al capitalismo. Es decir, ser de izquierda era sinónimo de ser anticapitalista, entre otras muchas cosas; era combatir el capitalismo planteando la posibilidad de una sociedad diferente; llamémosla socialismo, comunismo. Pero sobre todo esa era la característica, ser anticapitalista. Yo te pregunto: ¿esa característica se mantiene actualmente en la izquierda?
Marcos: La respuesta es sí. Pero hay quienes se autodefinen de izquierda asumiendo como horizonte un capitalismo de rostro humano. Pero la izquierda, por definición, lucha contra la explotación, la deshumanización, por una vida digna, y estas luchas sólo son compatibles con el socialismo. Por eso es anticapitalista. El capitalismo representa la explotación del ser humano por el ser humano, en todas sus dimensiones.
Ángel: Marcos, entonces habría que concluir que hay movimientos, grupos o partidos políticos que se dicen de izquierda, pero no lo son.
Marcos: Efectivamente. El problema se traslada al lenguaje, donde surge una guerra por apropiarse de la definición. Adueñarse de las palabras, del discurso, y de esa manera desacreditar a quienes buscan romper con el capitalismo, tildándolos de antisistema, de subversivos. Es decir, descalificándolos. Y, por otro lado, imponer su propia visión, hacerla hegemónica, utilizando a sus ideólogos, medios de comunicación social y ahora tertulianos. En la confusión, ganan. Cuando alguien nos dice «yo soy de izquierdas, pero no soy anticapitalista», resulta de lo más natural; pocos le contradicen. Cuando uno debería de decir, no, usted podrá ser socialdemócrata, socioliberal, progresista, pero usted no va a ser nunca de izquierdas. Tendrá sensibilidad social, se conmueve ante la pobreza, la desigualdad o el hambre, pero no quiere eliminar sus causas, sino solamente hacer menos dramática su existencia. O sea, si veo a alguien que pide limosna me acongojo y le dejo un billete de cinco euros. El acto me puede hacer sentir muy bien, pero no por ello soy de izquierdas. Eso es caridad.
Ángel: Hablando de izquierda, ¿es lo mismo el concepto de izquierda o los que hacen política de izquierda en Europa que en América Latina?
Marcos: Si te refieres a la socialdemocracia, que se dice hace políticas de izquierdas, diría que tiene una trayectoria diferente. En Europa, los orígenes de la socialdemocracia están inmersos en una crítica al liberalismo, a las formas lacerantes de la pobreza, una desigualdad galopante. Su proyecto busca transformar y limar las aristas del capitalismo. Posibilitar una redistribución de la renta, hacer un capitalismo inclusivo, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. Fue su momento álgido. Recordemos que el capitalismo industrial en sus inicios no tuvo la mínima contemplación. Explotó sin misericordia, niños, hombres, mujeres, con horarios de trabajo de 12, 14 o 16 horas. Y, aunque combatió el comercio de esclavos, mantuvo el sistema esclavista. La socialdemocracia ha sido la cara amable del capitalismo en su lucha contra el socialismo. El desarrollo de una sociedad de consumo de masas y la necesidad de una redistribución del pastel, del cual participen marginalmente las clases trabajadoras, se dan tardíamente, en los años cincuenta del siglo xx. Y el agente impulsor fue la socialdemocracia. Con este proyecto se refunda la Internacional Socialista en Europa occidental. Eso mejoró en Occidente las condiciones de vida de las clases trabajadoras, y se ampliaron, con la firma de la Carta Social Europea en 1965, es decir, ayer mismo, los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales. Eso dio alas a la socialdemocracia, pero duró poco, hasta la crisis de los años setenta del siglo pasado. Allí tomaron su lugar la nueva derecha y el neoliberalismo salvaje. La socialdemocracia europea terminó sucumbiendo a los encantos de este último y perdió su identidad, hasta hoy.
Ángel: Bueno, y América Latina.
Marcos: En América Latina, la cosa es diferente. La plutocracia explota sin contemplaciones a las clases trabajadoras, no tiene límites ni presenta ningún rostro humano, no lo necesita. Para ellos, el país es su rancho y actúan en consecuencia. Matanzas, grupos paramilitares, asesinatos de dirigentes sindicales, medioambientalistas, periodistas, dirigentes juveniles de izquierda, y, si es necesario, recurren al golpe de Estado o llaman al amigo norteamericano. En esta lógica, la socialdemocracia no tiene espacio. Las contradicciones son abiertas, no hay mediaciones, la lucha es directamente anticapitalista, antiimperialista, popular y de liberación nacional. Todas las contradicciones en una. Como lo expresó Theotonio do Santos: fascismo o socialismo, ese es el dilema. Sin olvidar las luchas contra el patriarcado, el colonialismo interno y, hoy, las desigualdades digitales que se suman a las ya presentes. Por lo tanto, en Europa el capitalismo tuvo que abrir espacios de integración y cooptación, en América Latina el capitalismo no optó por la socialdemocracia, fue directamente a excluir. En América Latina el Estado del bienestar keynesiano es una quimera.
Ángel: Marcos, también creo que hay un factor importante. Una cosa es el capitalismo dependiente en América Latina, y en Europa está el capitalismo dominante, digamos; porque además ese bienestar está sacado generalmente de la explotación de algunos países de América Latina.
Marcos: Tienes toda la razón. Bien visto. No se puede entender el desarrollo de los países del primer mundo, y Europa occidental, sin entender el subdesarrollo de los países dependientes. Primero fue el capitalismo colonial de los siglos xvi al xix, con el tráfico de esclavos, la expoliación del oro y la plata, junto con las materias primas. Azúcar, cacao, café. Recordar cómo se expande en Europa su consumo y cambian la dieta y los gustos de las nacientes burguesías esclavistas. Genocidio y etnocidio. Para los pueblos originarios fue la hecatombe poblacional. Los países ricos lo son porque explotan, dominan y controlan a Gobiernos cipayos. En el siglo xix se consolidan el imperialismo y el capitalismo industrial, la unidad del capital financiero e industrial. Eran necesarias materias primas para acelerar la producción. Cobre, hierro, trigo, carne, salitre. Toda la industria de los países del capitalismo avanzado se ha hecho esquilmando las riquezas de los países del mal llamado tercer mundo. Hoy, con la revolución digital y los nuevos dispositivos, se apropian de metales raros, promueven golpes de Estado o guerras espurias para su control. Por eso el capitalismo no se puede explicar sin exponer sus consecuencias: miseria, hambre, explotación, corrupción y muerte. Ahora bien, el complejo militar, industrial y financiero es un todo y tiene un mismo objetivo: adueñarse del mundo, las personas y el planeta hasta llevarnos a la extinción. Los grandes capitalistas de uno y otro lado del Atlántico, se llamen Bill Gates, Carlos Slim o Amancio Ortega, dominan y explotan sin contemplación, aunque se autoproclamen mecenas y filántropos.
Ángel:Me hiciste recordar una viñeta de Quino que decía «no es posible hacer pan sin hacer harina a los demás». Es el capitalismo. Quino también tenía ese tipo de cosas.
Bueno, te quería preguntar otra cosa. La izquierda, por lo menos en la época de los setenta sobre todo y antes también, en América Latina –yo supongo que acá en Europa también, no lo sé– tenía una característica que era el trabajo de base. Que no había tanta ambición por tomar el poder, sino más bien ir construyendo desde abajo. No era que desde arriba se iba a construir una sociedad distinta que iba a beneficiar a los de abajo, sino que eso era de abajo hacia arriba. Había un trabajo de base, había una movilización de las clases trabajadoras y populares con la esperanza de que esa clase forzara y llegara el momento de tomar el Gobierno, y de esa manera tomar el poder. Yo creo que no se sigue haciendo, pero te pregunto. Ese trabajo de base ¿se sigue haciendo en Europa y América Latina de parte de la izquierda o tiene otro propósito?
Marcos:Eso nos llevaría a un concepto político de cómo se hace una revolución o cómo se hace una transformación social. ¿Para qué la militancia? ¿Para qué el partido de izquierdas? Ahí tenemos la experiencia zapatista, por ponerlo en la actualidad. Ellos dicen: «ayúdennos a desaparecer», «nada para nosotros, todo para todos». Eso implica que la manera de construir la lucha anticapitalista pasa por la militancia, lo que no pasa es por un partido de vanguardia, lo que no pasa es por ese concepto de un partido de cuadros con una estructura clandestina que es la experiencia que nos brindó la Revolución rusa o la Revolución china con la Larga Marcha y el Partido Comunista. Yo diría que eso sí ha cambiado, porque las condiciones del capitalismo también han cambiado, porque las formas de dominación y explotación también han cambiado, y, en ese sentido, lo que tú señalas, que sí me parece importante, es la capacidad de comprender que cuando hablamos de militancia política estamos hablando de conciencia, estamos hablando de organización, de proyecto, de programa. En definitiva, ¿cuál es el papel de la militancia política en la lucha anticapitalista? Creo que eso es lo que estamos señalando. Y el papel tiene que ser como ciudadanos responsables en el ámbito de dar a conocer los factores que implican la explotación del capitalismo. Otra cosa es el papel que uno pueda tener dentro de la organización o que le queramos dar desde el punto de vista de la toma del poder.
El poder no se puede tomar; cuando digo esto no quiero intelectualizar la respuesta, pero sí señalar que no se puede democratizar el poder. Pero podemos crear un poder democrático; son las formas democráticas las que hacen que el poder –que es un elemento de disciplina, de control, es un mandar obedeciendo– requiera de tomar posición, lo que en su momento se llamó centralismo democrático.
