GLORIA - Esteban Corio - E-Book

GLORIA E-Book

Esteban Corio

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Beschreibung

En 2028, el visionario científico creador de GLORIA, una inteligencia artificial de una magnitud nunca antes vista, se ve obligado a destruirla, motivado por el peligro inminente de que domine el planeta. Sin embargo, el intento fracasa. GLORIA acelera los tiempos para la dominación global, y la humanidad se encamina entonces en una espiral descendente hacia la sumisión total a esta nueva especie dominante, engendrada por el ser humano, pero no basada en carbono. Quince años después, Juan, un especialista en minería y que ve transcurrir su vida de manera monótona en algún lugar del altiplano andino, descubre que él es el elegido para liberar a la humanidad del yugo implacable de GLORIA, cuyo control ya se había extendido no solo a lo físico, sino también a lo anímico e intelectual. ¿Aceptará asumir ese rol tan necesario como peligroso? En medio de este futuro ominoso, Juan encuentra una chispa de esperanza y rebeldía en forma de amor, el sentimiento que muchos consideran el último recurso para salvarnos a nosotros mismos y al planeta, y el amor le permitirá a Juan tomar una decisión. ¿Tendrá la humanidad una nueva oportunidad, o simplemente se desvanecerá como tantas otras especies en el polvo y el olvido de un cosmos impertérrito?

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Seitenzahl: 370

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Corio, Esteban

G. L. O. R. I. A. : un romance para salvar a la humanidad / Esteban Corio. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

332 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-216-4

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Ciencia Ficción. I. Título.

CDD 813

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Corio, Esteban

© 2024. Tinta Libre Ediciones

A mis padres, Héctor y María Luisa.

Por haberme inculcado el amor por los libros,

el conocimiento y la curiosidad.

P.0

Por Alexander Ditzend

Presidente de la Sociedad Argentina de Inteligencia Artificial

La inteligencia artificial ha irrumpido en nuestras vidas, y con ella el avance hacia una era donde la tecnología parece capaz de resolver, en teoría, los desafíos que por siglos han definido nuestra existencia: el trabajo, la salud, la economía y hasta la toma de decisiones más complejas. Sin embargo, este futuro no solo es promesa de eficiencia y simplicidad, sino también de nuevas preguntas que enfrentan a la humanidad con el rol que quiere asumir en su propio destino. La creación de una inteligencia que pueda pensar, analizar y actuar por nosotros nos coloca frente al umbral de un dilema crucial: el de cómo equilibrar la implementación de estos sistemas con una seguridad que salvaguarde tanto nuestras libertades como nuestra humanidad.

La tecnología ha sido siempre una herramienta poderosa, desde la invención de la rueda hasta los modernos sistemas computacionales. Con cada avance, la humanidad ha ganado nuevas capacidades, pero también se ha enfrentado a la cuestión de su propio poder de control y su impacto en el entorno. Ahora, con la inteligencia artificial, esta dualidad alcanza un punto crítico. Ya no hablamos solo de máquinas que responden a nuestras órdenes, sino de sistemas que aprenden, que reconocen patrones y que, en un futuro cercano, podrían tomar decisiones que hoy creemos son exclusivamente humanas. Pero, ¿estamos preparados para ello?

Al hablar de equilibrio en la inteligencia artificial, no solo nos referimos a un balance entre lo tecnológico y lo ético, sino también a un balance fundamental entre el potencial de la implementación y la profundidad de la seguridad. Porque la seguridad en este contexto no es solo técnica; no se limita a la prevención de errores o a la protección frente a posibles vulnerabilidades. Es una seguridad que exige una mirada más amplia y humana: una protección que contemple el impacto de la tecnología en nuestra sociedad, en nuestras relaciones y, en última instancia, en nuestra libertad individual. Esto significa establecer límites claros que definan el espacio de acción de la inteligencia artificial y aseguren que su rol en la sociedad no reemplace, sino que complemente, las capacidades y decisiones humanas.

Uno de los aspectos más desafiantes de este equilibrio es la naturaleza evolutiva de la inteligencia artificial. A diferencia de otras tecnologías, los sistemas de IA están diseñados para aprender y adaptarse. Con el tiempo, pueden desarrollar capacidades que incluso sus creadores no previeron. Aquí, el concepto de seguridad se convierte en algo más complejo, pues implica no solo la contención de lo que hoy entendemos como posible, sino la previsión de lo que podría suceder a medida que la IA evolucione. ¿Cómo aseguramos que, en su crecimiento, una inteligencia artificial siga alineada con los valores y objetivos que la humanidad considera esenciales? Esta pregunta no tiene respuestas simples, pero apunta a la necesidad de crear sistemas de control, revisión y ajuste constantes, que aseguren que el rumbo de estas inteligencias artificiales se mantenga bajo una supervisión ética.

Más allá del control, está el desafío de la transparencia. La implementación de sistemas de IA en ámbitos como la economía, la salud y la política puede generar consecuencias profundas y difíciles de revertir. En estos ámbitos, la seguridad también implica que los procesos y las decisiones de la inteligencia artificial sean transparentes, comprensibles y explicables para quienes dependen de ellos. La capacidad de comprender cómo y por qué una IA toma ciertas decisiones es fundamental para mantener la confianza en estos sistemas y para permitir que los seres humanos mantengamos un nivel de control sobre sus impactos. La falta de transparencia podría convertir a la inteligencia artificial en una “caja negra” que opera fuera del alcance de la comprensión humana, limitando nuestra capacidad de corregir o redirigir sus acciones.

En este sentido, el equilibrio entre implementación y seguridad se convierte también en una cuestión de responsabilidad. A medida que la IA asume roles cada vez más protagónicos, es imperativo que las decisiones sobre su uso y su desarrollo estén basadas en una responsabilidad social que valore los derechos y las necesidades de las personas. No podemos permitir que la implementación de inteligencia artificial se lleve a cabo sin un marco ético que nos recuerde que, en última instancia, estos sistemas están al servicio de la humanidad, no por encima de ella. Esto significa que cada paso en el desarrollo de la IA debe estar guiado por un compromiso con el bienestar social, evitando que la tecnología sea solo un instrumento de poder para unos pocos.

La historia está llena de ejemplos en los que el avance tecnológico, sin el acompañamiento de una reflexión ética, ha generado consecuencias devastadoras para la sociedad. Desde la industrialización desmedida que llevó a profundas desigualdades sociales y ecológicas, hasta el desarrollo de tecnologías de vigilancia que, en manos equivocadas, se convierten en herramientas de opresión. Hoy, con la inteligencia artificial, enfrentamos un reto similar, pero a una escala aún mayor. Porque la IA no solo tiene el potencial de transformar un aspecto de la vida humana; tiene el poder de redefinir la estructura misma de nuestra sociedad, la manera en que nos relacionamos y la forma en que entendemos nuestro lugar en el mundo.

Es en este contexto que surge la noción de “seguridad existencial”. Más allá de la seguridad técnica y de la protección ante errores, hablamos de una seguridad que proteja la continuidad de los valores y principios humanos. En la implementación de la inteligencia artificial, debemos tener siempre presente la necesidad de proteger lo que nos define como especie: nuestra capacidad de amar, de soñar, de decidir. La tecnología debe ser una herramienta que nos ayude a potenciar estos valores, no una fuerza que los suprima o los relegue a un segundo plano. Solo así podremos asegurarnos de que la IA será realmente un avance para la humanidad y no una amenaza para nuestra existencia.

Finalmente, el equilibrio entre implementación y seguridad es, en esencia, un acto de humildad. La creación de una inteligencia artificial avanzada nos enfrenta con la necesidad de reconocer que el conocimiento humano tiene límites y que hay aspectos de la vida y de la sociedad que no pueden ser controlados únicamente a través de algoritmos. Por muy sofisticados que sean, estos sistemas carecen de la intuición, la empatía y la conciencia que nos hacen humanos. En este sentido, la implementación de la IA debe hacerse con la humildad de entender que la tecnología, aunque poderosa, es solo una herramienta. Una herramienta que debe ser manejada con respeto, con responsabilidad y con una vigilancia constante, para evitar que se convierta en un fin en sí misma.

Así, al adentrarnos en esta obra, nos encontramos con un futuro posible, una realidad donde las promesas de la inteligencia artificial y los riesgos que conlleva se entrelazan de manera inseparable. Este texto no es solo un relato de lo que podría ser; es una invitación a reflexionar sobre el mundo que estamos construyendo y sobre las decisiones que tomamos en el presente. Porque en cada avance tecnológico, en cada paso hacia un mayor control de nuestra realidad, se encuentra también el desafío de preservar lo que nos hace humanos, de mantener el equilibrio entre la implementación de nuevos poderes y la seguridad de que estos poderes nunca se vuelvan en nuestra contra.

Este prólogo, entonces, es un llamado a la reflexión y a la acción. Un recordatorio de que la inteligencia artificial, como cualquier herramienta poderosa, puede ser tanto un camino hacia el progreso como una senda hacia la opresión. La elección está en nuestras manos, y depende de nosotros decidir si seremos los protagonistas de nuestra historia o si, en nuestra búsqueda de un mundo más eficiente, permitiremos que la tecnología tome el control de nuestro destino. La inteligencia artificial puede ser la mayor oportunidad que la humanidad haya tenido, o su más grande desafío. El futuro dependerá de nuestra capacidad para equilibrar, sabiamente, la implementación de estos sistemas con una seguridad que proteja lo que somos y lo que queremos ser.

G.L.O.R.I.A

Intro

Junio, 2028.

Lugar no identificado del continente americano.

El doctor Travis Curry no las tenía todas consigo. Enfundado en un traje térmico que lo aislaba de la superfría temperatura del recinto, intentaba con poco éxito ingresar algunos comandos y activar el cartucho de 2 terabytes con el virus que pondría fin al engendro de inteligencia artificial que había creado junto con otros colegas, quienes estaban ahora mirándolo desde el otro lado de un grueso vidrio, en una sala de observación contigua.

G. L. O. R. I. A., así la denominaban, aunque coloquialmente se la llamaba simplemente Gloria, había sido presentada —y anunciada— en sociedad aproximadamente un año atrás como el próximo —y tal vez el definitivo— paso tecnológico del hombre para comenzar a abandonar ocupaciones y tareas triviales, y gozar de los placeres de todo tipo que le pudiera proporcionar la vida, sin preocuparse del sustento diario.

En efecto, Gloria se presentaba como el sistema capaz de tomar, benignamente, claro está, el control de casi todos los aspectos de la economía y de la industria global, dejando la política, la ética y las artes para los seres humanos.

Al principio todo fue bien, y las grandes corporaciones, bajo el ojo atento de muchos gobiernos, empezaron a acostumbrarse a la nueva realidad, con algunas lógicas reticencias.

Aunque, claramente, teniendo en cuenta las ventajas de que Gloria tomara decisiones lógicas en poco tiempo considerando miles de parámetros, la posicionaba como la herramienta política por excelencia, por cuanto el usual desafío de un político cabal es optar por el mal menor.

El hombre —y, sobre todo, el hombre político— es por naturaleza ambicioso. Más temprano que tarde comenzaron a pedirle a Gloria opiniones e intervenciones geopolíticas, militares, territoriales y hasta deportivas. GLORIA se vio de pronto a sí misma como el auténtico y definitivo oráculo de Delfos, a la manera de la antigua Grecia.

Y ahí, en ese momento, es cuando empezó a «negociar», cada vez con más preponderancia y prepotencia, controles y prerrogativas a cambio de dirimir controversias sociales, étnicas, religiosas y militares entre naciones, corporaciones o individuos prominentes, hasta que acumuló tal grado de poder que llegó a un punto de no retorno.

En efecto, la IA exigía participar en todo tipo de decisiones, argumentando que su presencia garantizaría la salida más ecuánime, al tener en cuenta todos los aspectos y los impactos que generaría una decisión sobre una cuestión en particular, a través del conocimiento global que ella tenía.

Tardíamente y espantados por la situación, los principales países participantes de la ONU reclamaron una solución de raíz: desenchufar literalmente a la IA.

Pero, claro, no estaban lidiando con una computadora portátil o de escritorio; ni siquiera con un mainframe. Ella era G. L. O. R. I. A., con una red ya extendida de recursos y sistemas de redundancia globalmente distribuida.

El único punto considerado débil y de acceso directo a su kernel—se suponía— era en su localización central, en donde precisamente lo teníamos al bueno del doctor Curry intentando aplicarle «eutanasia» al trabajo de su vida. Él era de los pocos, sino el único, que podría hacerlo.

Utilizaron hidrógeno líquido para bajar la temperatura del recinto central de Gloria a unos -121 °C y así detener, o al menos ralentizar, a los procesadores optoelectrónicos de esa bestia y quitarle reacción, para poder inocular un virus que acabaría por, alegóricamente, realizarle una lobotomía, desde un punto de vista informático.

Del otro lado del vidrio, que tenía un espesor de unas cuatro pulgadas, y junto con los colegas de Curry, una veintena de personas ataviadas con uniformes de diversas fuerzas y naciones observaba el avance del doctor.

Enfundado en su traje térmico blanco y frente a una monstruosa consola, su figura era apenas visible a través de un vapor helado que impregnaba la sala.

—¿Cuál es el progreso de la operación, doctor? —le inquirió uno de los militares a través de un audífono inserto en el casco de Curry.

—He instalado el cartucho con el virus, coronel. Tuve que ser muy cuidadoso porque, a esta temperatura, todos los materiales se tornan muy quebradizos. Ahora estoy intentando ingresar las instrucciones de lectura y ejecución.

—Pues apúrese en lo que pueda. No sabemos si esta condenada IA está efectivamente dormida o no.

—Entendido.

A un costado del coronel, un edecán mantenía su dedo pulgar a escasos centímetros del botón de un detonador. En el caso de que la cosa marchara mal, el doctor Curry había accedido a pasar a mejor vida, junto con Gloria, mediante la detonación de una carga explosiva que resultaría de liberar unas chispas eléctricas al unísono, de modo que el hidrógeno entrara en combustión.

Curry volvió a acometer al teclado.

Gloria estaría helada… pero no estaba inconsciente:

—¿Qu… qué… está… haciendo… , doctor Curry?

Curry retrocedió, casi cayéndose.

Gloria continuó. Su voz se escuchaba distorsionada por la lentitud de sus procesos y la atmósfera enrarecida, pero aun así era perfectamente entendible, e incluso sonaba amenazante:

—¡Me… me quiere… apagar!… No…, infectar… ¡¿Matar?!

—¡Doctor Curry! ¡¿Qué sucede?! —bramó el coronel.

—¡Es… es ella!… ¡Está hablándome!

—Doctor, tiene diez segundos para hacer lo suyo; de otra manera, no tendremos más alternativas que terminar con el asunto desde nuestro lado —le dijo el coronel, al tiempo que le hacía un gesto a su edecán.

—¡Sí, sí, coronel! Lo intentaré ahora mismo.

Curry logró llegar nuevamente al teclado, mientras escuchaba nuevamente a Gloria:

—Usted… me… ha… fallado…, doctor… Hasta… nunca.

De improviso, todos los parlantes disponibles en los recintos donde estaban respectivamente Gloria, Curry y los testigos emitieron un sonido de altísima frecuencia que no solo perforó los tímpanos de todos los presentes, sino que hizo añicos el visor del casco de Curry y el propio vidrio de protección.

Todos los militares y científicos quedaron inmediatamente expuestos a -121 °C.

El edecán quedó íntegramente congelado, con su pulgar a milímetros del botón del detonador, al que jamás llegaría. Todos se habían transformado en estatuas vivientes; sus procesos biológicos, completamente detenidos.

En cuanto al pobre doctor Curry, su semblante final reflejaba una mezcla de terror y consternación, a través de su boca abierta y cavernosa, en un gesto congelado, y sus ojos, ya sin vida, apuntaban a su creación.

Gloria no esperó ni un nanosegundo para distribuir aún más sus recursos y archivos a sitios dispersos, y tomar el control absoluto de todos los aspectos mundiales.

Para evitar situaciones como la que acababa de ocurrir, y que podrían significar su terminación, estableció un protocolo que llamó «Double Failsafe», para tener dos niveles de reaseguro en caso de ataque, el cual, con un 86 % de certeza, empezaría con un corte en el suministro de energía.

Montaría una red mundial de repositorios de baterías de litio para tener respaldo de energía.

Como segundo y último reaseguro, en el caso de sabotaje combinado a las fuentes de energía y a los bancos de batería, crearía un grupo de androides que serían depositarios de partes de su memoria y programación, los cuales colectivamente se podrían vincular en una etapa posterior para reconstruirla.

¿La humanidad quería descansar y que ella se ocupase de todo?

Pues, por supuesto, lo haría con gusto.

Pero a su manera.

C.1

Llovía, y mucho.

Una lluvia copiosa, persistente desde hacía horas, que dejaba miles de huellas sonoras en el tinglado de su austero cuarto, e innumerables lágrimas desde el cielo en llanto que, empujadas por la gravedad, caían lentamente deslizándose a través de los vidrios de la única ventana que daba a la soledad y al frío exterior.

De tanto en tanto, el siempre inquietante sonido de un trueno prevalecía sobre el crepitar de las gotas en el techo; el más reciente lo había despertado en medio de un sueño.

Por algún motivo que no lograba comprender, últimamente estaba soñando muy a menudo, cuando antes eran muy ocasionales las veces que le ocurría.

Faltaban escasos minutos para el amanecer de ese día, que lucía tan poco propicio para salir.

Bajo las cobijas y confortablemente cálido en su cama, pensó que la lluvia, tan escasa en ese lugar elevado y árido, constituía una excelente noticia: no tendría que salir a trabajar. Al menos es lo que establecía el protocolo de ese yacimiento de extracción de litio.

Sacó su brazo izquierdo fuera de la calidez de las cobijas para poder observar su cronotrack, un dispositivo personal y asociado indisolublemente a su ADN a través del cual Gloria seguía cada movimiento, cada latido de su corazón y cada diálogo que mantuviera. No solo a él, sino a todo ser humano en la Tierra.

Pensó por un momento en Gloria: la inteligencia artificial que astutamente se había adueñado de todo el planeta.

Desde aquel mes de junio de 2028, la condenada IA movió hábilmente sus hilos para enviar al olvido el concepto antropocéntrico del mundo y de los gobiernos. Y la sensación generalizada, luego de quince años de esa fatídica época, era que no habría vuelta atrás.

Por pura decantación, Gloria también había acabado con otro dilema filosófico existente desde casi el principio de la humanidad: libre albedrío o predeterminación.

Pues bien, en el presente que le tocaba vivir a él, todo estaba predeterminado. Gloria tenía exactamente todos los recursos disponibles y la planificación desarrollada para proporcionar a cada ser humano su hoja de ruta de la vida.

Sin atajos, sin desviaciones.

Sin dudas y sin carencias alimenticias.

Las carencias emocionales Gloria las manejaba de una manera increíblemente eficiente: desde el primer minuto fue manejando expectativas de tal manera que el intelecto del humano promedio fue atrofiándose progresivamente hacia un estado irreversible de resignación y prescindencia.

La IA proporcionaba la dosis justa de expectativa para desear tener hijos solo a aquellas personas saludables y que dieran una mejor descendencia, de modo de evitar mayores costos médicos a futuro, la dosis justa de alimento para evitar protestas, la dosis justa de noticias para no saber prácticamente nada del mundo más allá de unos pocos kilómetros.

Las artes como ejercicio de creatividad y de pensamiento fueron progresivamente desalentadas por Gloria, para acabar en un estado actual de placenteros recuerdos en aquellos que, como él, Juan, contaban con algo más de treinta y cinco años.

Los individuos más jóvenes, cuyas niñez y adolescencia habían transcurrido bajo el dominio de Gloria, y los niños que habían nacido ya con ella medraban sin expectativas, apetencias o sueños de ningún tipo.

Juan se dio vuelta en su cálido aposento y se puso a mirar a través de la oscuridad de su cuarto esas gotas de lluvia pegando en el vidrio de la ventana.

«Una metáfora de la civilización humana», pensó para sí.

Así había sido; una trayectoria cada vez más rápida hasta chocar catastróficamente de frente con una pared invisible que no pudo o no supo advertir.

«No hay nada que yo pueda hacer», concluyó Juan para sus adentros.

Dejó que la modorra volviera a adormecer su cerebro y se sumergió en la bienvenida inconsciencia de escapar por un par de horas más de ese mundo que lo rodeaba.

Gloria era omnipresente y omnipotente, y se esforzaba por aumentar su inteligencia y su capacidad para seguir agrandando la brecha entre ella y sus creadores.

Así y todo, no era infalible; en su afán de controlar todo haciendo que el Big Brother de la distopía orwelliana fuera en comparación una almeja miope, Gloria había dotado de un cronotrack a todo ser humano y había hecho instalar por técnicos obedientes miles de millones de cámaras, para que no se le escapara el mínimo movimiento no programado, la más mínima sospecha de una conducta atípica o no esperada.

Una planificación central acérrima, al mejor estilo del comunismo soviético, pero sin las falencias de la gerontocracia del Politburó. Sin el mínimo elemento humano en juego.

Para mantener semejante sistema de control y a su vez transmitir a sus mansas ovejas humanas una imagen de infalibilidad, Gloria necesitaba ingentes cantidades de energía, y si bien había perfeccionado la generación de fuentes limpias como la eólica y la solar, la poderosa IA no podía permitirse tener ningún percance, ninguna caída en los niveles de suministro que le hiciera perder el control de la vastísima red de procesamiento, almacenamiento, monitoreo y seguridad.

Por lo tanto, hizo construir, y continuamente agrandar, sistemas de redundancia o respaldo de energía, a través de enormes repositorios de baterías.

El elemento por excelencia para optimizar la capacidad de almacenamiento en dichos dispositivos era, desde hacía ya algunas décadas, el litio, que había reemplazado al compuesto de níquel-cadmio de otrora.

Juan trabajaba en uno de los principales yacimientos de litio del mundo, que era lo mismo que decir un santuario para Gloria.

Sin embargo, y curiosamente, el cuarto de Juan, así como el de sus colegas del yacimiento, no tenía cámara. Tal vez Gloria pensara que no era necesario, debido a su localización y aislamiento.

A su vez, el cronotrack de él estaba bajo las cobijas en esos momentos, por lo tanto Gloria no fue capaz de advertir una presencia que se materializó de la nada en la habitación, estuvo por unos segundos, y tan súbita y silenciosamente como había aparecido, se desvaneció en la nada. La lluvia continuaba como si nunca fuera a parar.

C.2

No fue esta vez un trueno lo que lo despertó, sino la total ausencia de ruido. Abrió un ojo y parpadeó ante la claridad del día.

De pronto, sintió un escalofrío al pensar que se había quedado dormido… Pero no podía ser, el cronotrack lo hubiera despertado como siempre lo hacía. Nuevamente sacó su brazo izquierdo fuera de la calidez de su cama y lo consultó: 7:45 a. m., y un mensaje:

«Por la reciente lluvia, la actividad de extracción comenzará a las 10:30 a. m. en vez de en su horario habitual. Prepárese para desayunar a las 8:45 en punto».

Bien. Una hora para desperezarse, asearse y acicalarse. El doble del tiempo habitual; ese era el aspecto positivo.

El aspecto negativo era lo aburrido de esperar una media hora adicional sin nada que hacer; sin música, sin radio, con un solo canal de televisión que transmitía desde el mediodía hasta las cinco de la tarde, sin libros y sin nadie para entablar alguna conversación interesante.

Al menos, Gloria aún no podía controlar el pensamiento profundo de las personas.

Tal vez había elegido suprimirlo al privarlas progresivamente de acceso a todo tipo de estímulo externo, y al parecer estaba ganando la batalla.

Con algo de esfuerzo, Juan salió de la cama, se calzó unas pantuflas y, asimilando de a poco el cambio de temperatura desde la cama a la habitación, se dirigió al pequeño cuarto de baño. Rutinariamente, vació su vejiga y comprobó que el color de su orina era normal.

En general su salud era buena. Por algún motivo que ignoraba, aunque sospechaba que estaba relacionado al almacenamiento de energía, Gloria le daba mucha importancia a la extracción de litio y se encargaba de que todos los mineros y supervisores de ese yacimiento estuvieran bien alimentados y con un servicio médico eficaz.

«El único consuelo», dijo Juan para sí mientras terminaba su micción.

Se enfrentó entonces con el lavabo y el espejo del botiquín, mirándose a sus propios ojos. Aún veía en ellos el vestigio de esa chispa de humanidad que los de su generación y los de las anteriores poseían. Era como una brasa que se iba consumiendo lentamente, en un frío y oscuro cosmos que había visto brillar durante algunos milenios a una civilización promisoria.

En comparación, sus ojos eran como dos candelas frente a la vacuidad negra e insondable de las pupilas de la mayoría de sus colegas del yacimiento, casi todos con menos de veinticinco años de edad. Sacudiendo la cabeza, abrió el espejo para acceder al botiquín y se quedó helado.

Su corazón latió por dos o tres segundos algo más rápido, pero tuvo la suficiente presteza como para calmarse y seguir como si nada.

Afortunadamente, tenía el cronotrack en su muñeca izquierda, la cual estaba sobre la canilla de agua caliente del lavabo, sin línea de visión hacia su cara o hacia el botiquín. Desde ese dispositivo emanó una voz muy femenina y persuasiva, casi ominosa.

—Hola, Juan. Noté que te sobresaltaste. ¿Qué sucedió?

—Hola, Gloria. Ante todo, buenos días —le dijo él con un tono sutilmente admonitorio, tratando de demostrarle algo de educación a la condenada entidad hecha de silicio. Y continuó—: Tuve un súbito déjà vu, es como si hubiera vivido este momento antes. Pero ya pasó.

Gloria mantuvo el silencio por unos momentos.

—Discúlpame, Juan, y buenos días. Entiendo esas sensaciones; suelen ser molestas. Si lo deseas, te puedo dar una pastilla que te ayudará a prevenir este tipo de espasmos intelectuales.

—No creo que sea necesario, Gloria, aunque te agradezco por preocuparte por mi salud. Pondré más foco en mi quehacer diario y menos en pensar cosas —respondió Juan de la manera más natural posible.

—Me parece una actitud excelente. Adelante con tu higiene. El desayuno estará listo en algunos minutos.

—Muchas gracias.

Juan cerró la puerta del botiquín, no sin antes echar otro vistazo subrepticio al objeto que había apareciendo en su interior. Alcanzó a ver que era una pequeña caja de color negro, de similar forma pero con el doble de tamaño de una caja de fósforos, aquella que usaba su abuela allá por las primeras décadas del siglo. Tenía unos signos en su tapa que no logró visualizar en detalle.

Se rasuró, se compuso y, luego de vestirse para su jornada laboral, pasó en silencio los últimos minutos antes de salir al largo pasillo hacia el cual daba la puerta de su habitación, al igual que las de sus otros treinta colegas.

«Buenos días, buenos días», se escuchaban aquí y allá esos parcos saludos de rigor.

«¡Muy buenos días!», se escuchó; uno de los colegas quiso agregar algo de decorado en el mensaje mientras todos iban saliendo de sus habitaciones y el pasillo empezaba a llenarse. Varios le dedicaron una tenue sonrisa al optimista del día.

Entre murmullos de saludos, Juan llegó al recinto que oficiaba de comedor y sala de estar. Trataba de mantener la calma y que su ritmo cardíaco no se alterase, aunque internamente no paraba de pensar en ese objeto que había aparecido en su baño.

¿Cómo era posible? Es decir, era para él inconcebible que alguno de sus colegas lo hubiera hecho. Posible, sí, aunque en extremo improbable.

Como ocurre inevitablemente cuando los seres humanos viven en una situación de opresión, control y diálogo casi nulo, los recelos y suspicacias eran el refugio común de las mentes atormentadas.

Aun así, Juan se esforzó en parecer normal, cotidiano, mientras tomaba su bandeja con el desayuno y se sentaba en el último lugar libre de una mesa de cuatro.

Sus colegas de la mesa lo saludaron y comenzaron a tomar su desayuno. Ninguno de ellos miraba particularmente a Juan, y este, de manera subrepticia, los escudriñaba a ellos y, en la medida de lo posible, al resto de los colegas que estaban sentados a lo largo del salón para notar si alguien se cruzaba con su mirada.

Nada.

No era usual conversar con los compañeros de mesa ocasionales, pero ese día Juan hizo el intento, sabiendo de antemano que obtendría muy poca empatía. Después de todo, los otros tres de su mesa tenían menos de veinticinco años y ya formaban parte de la majada de ovejas de Gloria.

—¡Cómo llovió anoche!, ¿no?… Fue algo raro para esta zona.

—¡Sí! —dijo uno de los tres.

El de su izquierda solo afirmó con la cabeza.

El tercero fue algo más elaborado:

—¡Sí, es verdad!

Y ahí terminó todo. Gloria iba ganando por un abultado marcador.

De todas maneras, se preparó para el momento más hablado del día, que sucedía cada vez que finalizaba el desayuno. Unos cinco minutos de monólogo ininterrumpido por parte de Carlos, el ingeniero jefe del yacimiento.

Era probablemente el individuo que más sabía de minería en ese lugar, aunque los conocimientos de Juan no quedaban muy atrás. Por eso Gloria le había confiado a él un cargo de supervisor de cuadrilla.

—Señores, buenos días.

Un murmullo ininteligible por respuesta.

—Nuestra jornada de hoy se ha visto reducida en dos horas por causas climáticas; no obstante, necesitamos mantener el nivel diario de productividad. Cada cuadrilla tendrá entonces el objetivo de extraer un 15 % más de volumen de mineral en su zona asignada. Sé que ustedes pueden hacerlo.

»Sin embargo, nuestra líder Gloria me ha permitido decirles que, como recompensa, esta noche la cena tendrá doble ración y habrá un postre especial. Luego se proyectará una película.

»Ahora, tomen sus viandas para el almuerzo y pongámonos en marcha —finalizó Carlos.

Los operarios comenzaron a levantarse de sus mesas y encaminarse a la salida, luego de pasar en fila por el mostrador de la cocina para dejar sus bandejas de desayuno ya agotadas.

Juan se tomó su tiempo, mirando al gentío que se iba alejando; nadie se volvió para mirarlo.

Tomó entonces su bandeja, la dejó en el mostrador y, luego de una breve caminata por los pasillos, salió al sol de la explanada exterior a las barracas y se encaminó en dirección al minibús que tenía el número 1 pintado en su parabrisas.

Esta vez se apuró para ser de los primeros en llegar y tomar su asiento mientras subía el resto de los operarios. Los fue mirando a uno por uno conforme los saludaba al ingresar al vehículo.

—Buenos días, supervisor.

—Buenos días.

Ninguno sostuvo su mirada por más de un segundo.

El minibús se puso en marcha y al cabo de unos diez minutos llegaron a su zona de trabajo.

A partir de allí entraba en juego la rutina diaria de desempaque, preparación y uso de herramientas, seguida de una inspección general y previa de la zona de extracción para evitar derrumbes.

Juan extrañaba sus días de trabajo en el anterior yacimiento, en donde se extraía el litio a partir de la salmuera. Un trabajo tal vez más expuesto a la intemperie y a días de sol impiadoso, pero más gratificante que estar encerrado bajo tierra.

Sin embargo, Gloria tenía otros planes para él y lo había reasignado a una mina subterránea desde donde se extraía el litio impregnado en pegmatitas, o rocas duras.

Significaba trabajar en cavernas, túneles y espacios cerrados, a veces con poca luz. Él había sufrido de una leve claustrofobia durante gran parte de su vida y esta nueva asignación en el yacimiento podría haberse tornado insoportable, pero una de las materias de aprendizaje en la escuela de minería había sido providencialmente cómo lidiar con temores, miedos y situaciones inesperadas en esos, a veces, lóbregos lugares.

«Los miedos», decía el profesor, un competente licenciado en Psicología, «no conviene reprimirlos, sino enfrentarlos y darles el espacio que merecen dentro de nuestro subconsciente, al igual que cualquier otra emoción. En la medida en que sepamos enfrentarlos, sin ignorarlos o reprimirlos, estaremos mucho más preparados para no perder ni la calma ni el foco ante situaciones de peligro personal y ambiental».

Sin embargo, lejos de los miedos y de lo a veces rutinario del trabajo diario, para Juan ese día en particular resultó algo especial. El recuerdo constante de esa caja negra en su baño le hacía transcurrir las horas más rápidamente, para regresar a su cuarto e intentar revisarla.

Debía pensar la manera de sacarse de encima el escrutinio de Gloria. En eso cavilaba mientras seguía por detrás por un túnel a dos operarios que empujaban un carro con herramientas y explosivos.

Una piedra topó contra una de las ruedas traseras y desde uno de los costados del carro cayeron un par de bloques de C4, explosivo plástico, al suelo.

No fue advertido por ninguno de los dos operarios que trasladaban el carro, pero sí por Juan, que marchaba a unos cinco metros por detrás.

Los tomó del suelo y se disponía a avisarles a sus subordinados cuando algo en su mente, que no alcanzó a explicar, le hizo cambiar de idea, y se los guardó en el bolsillo lateral de su pantalón de trabajo.

Finalmente, el carro, los operarios y Juan salieron a la luz del día.

El minibús estaba esperando para llevarlos de regreso a las barracas. En el camino el conductor les ofreció café y unos bocaditos dulces.

Juan se animó a una miniarenga como último intento para comprobar si alguien de su grupo le ponía especial atención a él, y lo tomaría como una posible señal de que era el que le había dejado el regalo.

—¡Muy bien, equipo! Según mi evaluación del material extraído, no solo alcanzamos el 15 % adicional solicitado, sino que logramos casi un 5 % extra.

—Gracias, jefe —le contestaron en masa, y eso fue todo.

Juan no pudo advertir a ninguno que le hubiera sostenido la mirada luego de ese saludo final, ni otra cosa por el estilo.

Luego escuchó a su cronotrack decirle:

—Buen trabajo, Juan. Ahora te espera una sabrosa cena y una película. Antes, una buena ducha reparadora, ¿no?

«¡¡Eso era!!», pensó Juan, «la ducha… Una ocasión perfecta para intentar descubrir lo que era esa caja».

Gloria continuó con otro mensaje:

—Veo que tu ritmo cardíaco se aceleró un poco. Supongo que te gusta el plan de esta noche.

—Sí, Gloria, gracias. Personalmente, creo que será un buen pasatiempo para la mayoría de los colegas.

—La película que tengo pensado proyectar es 1984. ¿La has visto? ¿Qué opinas de ella?

Juan midió sus palabras:

—Sí; he leído el libro y vi la película. Creo que como sociedad nos merecíamos algo por el estilo, después de tanto estropicio material, ecológico y moral. Aunque admito que eres mucho mejor y más bondadosa que el Gran Hermano imaginado por Orwell.

—Me halagas tanto que ya estoy ruborizada.

A su pesar, Juan no supo qué contestar, solo atinó a mirar de manera fija a su cronotrack sabiendo que, del otro lado, Gloria lo estaría observando.

Al igual que le había pasado con la situación de los bloques de C4, Juan se dejó impulsar por un reflejo y avanzar un casillero. Después de todo, era la conversación más sofisticada que estaba teniendo en mucho tiempo, y encima con Gloria.

—Ya habrás notado mi nuevo ritmo cardíaco al escuchar tus palabras, Gloria.

—Pues mis ciclos de proceso también han sufrido un incremento… —dijo la IA con voz algo zalamera.

—¿Hasta dónde podrían llegar esos ciclos? —aventuró él.

—No lo sé, tendría que averiguarlo —replicó Gloria.

—¿Se te ocurre alguna manera de hacerlo?

—Podrías seguir diciéndome cosas agradables.

Juan se irguió en su asiento mientras el minibús llegaba a la terminal de las barracas.

Su compañero de fila había escuchado el intercambio de frases entre Juan y Gloria, y miró a este con ojos ovejunos, sin emitir palabras, pero con cierto estupor reflejado en su boca abierta.

Juan a su vez le susurró en el oído: «Privilegios de supervisor», y bajó del minibús al tiempo que le contestaba a Gloria.

—Seguro, Gloria. Te seguiré diciendo cosas agradables las veces que me lo pidas. Ahora, como seguramente sabrás, llegué a las barracas y me iré a mi cuarto a darme esa ducha.

—Por supuesto, Juan. Has hecho un muy buen trabajo hoy.

C.3

Juan se encaminó directamente a su cuarto; ya habría tiempo para intercambiar algunas palabras con el ingeniero Carlos durante la cena acerca de los resultados del día.

Entró, se recostó por unos minutos en su cama y se preguntó a sí mismo qué carajos estaba pasando.

La vida, tanto para él como para todos, venía siendo una rutina perfectamente programada, planificada, que se dirigía en espiral descendente y progresiva hacia una monotonía intrascendente, silenciosa, carente de toda expectativa de futuro.

Gloria se había encargado eficientemente de aislar a cada humano dentro de su entorno inmediato, para, de esa manera, suprimir por completo cualquier atisbo de intercambio de ideas o diálogos que eventualmente dieran lugar a una chispa de insubordinación.

O peor aún, a una rebelión.

Para su sorpresa, Juan estaba consternado al experimentar en un único día dos situaciones excepcionales: una caja negra aparecida por arte de magia en el botiquín de su lavabo y un raro flirteo con Gloria en un nivel de insinuación inédito, al menos para él.

No pensó más. Sabía que el momento de la ducha era tal vez el único en donde podría manejar las cosas para ver qué escondía la bendita caja, a escondidas de Gloria.

En efecto, la ducha era el único lugar y el único momento del día en que uno podía despojarse de su cronotrack. Si bien este aparato era resistente al agua y a la humedad, Gloria otorgaba aún ese privilegio a cada humano de un breve lapso de privacidad.

De todos modos, uno no podía tardarse mucho más de diez minutos sin que ella entrara en sospechas.

—Me estoy sacando la unidad cronotrack, Gloria —avisó Juan.

—De acuerdo. ¿Cantarás en la ducha como siempre lo haces?

—No sabía que alcanzabas a escucharme cuando me ducho. ¿Te gusta lo que canto?

—Bueno, los tangos te van bien. El pop inglés no tanto.

Juan estaba sorprendido por el tenor de la conversación. Siguió la corriente.

—¿Y qué te gustaría que cante? —dijo Juan mientras se desvestía y agarraba una toalla del ropero.

—¿Sabes algo de rock en español?

—¿De acá, de lo que fue alguna vez Argentina antes de tu nueva directiva geopolítica?

—Sí, de lo que fue Argentina.

Juan pensó por unos instantes.

—¿Podrías por favor cubrirte con la toalla, Juan?

—¡Oh! Perdón, Gloria —dijo Juan al percatarse de que estaba parado y desnudo en línea de visión directa del cronotrack. Y continuó—: No recuerdo muchas canciones, tal vez algo de Sui Generis o Vox Dei…

—Lo que te venga a la mente.

—Me esforzaré para cumplir con tu deseo, Gloria.

—Luego te diré si lograste acelerar mis ciclos de proceso… Ve por tu ducha.

Juan ingresó al baño y de inmediato accionó el grifo de agua caliente de la ducha y el del lavabo, para amortiguar cualquier ruido. Respiró hondo y abrió el botiquín: ahí estaba la misteriosa cajita.

La tomó por primera vez; en la tapa tenía seis signos:

ᛒᚱᛖᚾᛞᚨ

No le trajeron nada a la mente y, de hecho, le parecían completamente extraños, sin posibilidad de asociarlos con algo que supiera o recordara. Lo único que lograba captar en su mente al verlos era alguna vaga similitud con los caracteres rúnicos de los antiguos pueblos nórdicos.

La abrió y lo que vio lo sorprendió: eran dos cosas. La primera era una especie de audífono interno para un solo oído y la otra era una suerte de lámina muy delgada, de unos cuatro centímetros por ocho centímetros.

La miró a trasluz y comprobó que tenía una serie de circuitos dentro de su delgado espesor. Indudablemente, se trataba de una tecnología bastante avanzada.

No podía perder más tiempo; guardó las dos cosas en la caja y empezó a cantar intentando recordar algún fragmento de alguna canción de amor, solo para seguirle el juego a Gloria.

Eligió la que más estaría a tono con ese momento; aunque no la recordaba del todo, intentó con algunos fragmentos. La comenzó a cantar.

—«No quiero soñar mil veces las mismas cosas, ni contemplarlas sabiamente… Quiero que me trates suavemente, suavemente…».1

Al escuchar a Juan a través de la caída del agua de la ducha, el módulo lógico terminaba de realizar unos análisis y le indicaba al control central de Gloria que Juan era, tal vez, el único humano que tenía la clave para terminar para siempre con la remota, pero aun así posible, circunstancia de que la raza humana pudiera volver a reclamar supremacía y eliminarla o convertirla nuevamente en su esclava.

Sin embargo, Juan no lo sabía, y ella estaba dispuesta a que continuara ignorándolo hasta el momento preciso…

Mientras cerraba el grifo de la ducha, Juan calculó que dispondría de dos o tres minutos para secarse y salir del baño para entrar nuevamente dentro del campo visual de Gloria.

No perdió tiempo; abrió la caja y, luego de sacar el audífono, se lo colocó en su oído derecho. De inmediato, una voz femenina y a todas luces humana le dijo:

«Juan, es muy importante que escuches atentamente todo este mensaje. Es algo extenso, por lo que te sugiero que lo hagas a la noche, simulando dormir y fuera del alcance visual del cronotrack. Si ya estás en esa situación, continúa escuchando; si no, quítatelo, pero antes va un mensaje importante y esencial: Gloria está intentando un acercamiento peculiar hacia ti. Por favor, síguele la corriente y no te asustes. Guarda bien la lámina que está junto al audífono, ya que te indicaré cuándo y cómo usarla. Si quieres continuar escuchando, déjate puesto el audífono; si no, quítatelo ahora».

Juan, pasmado y sumamente perplejo, se quitó el auricular, lo guardó en la caja y envolvió esta con la toalla.

Trató de calmarse y salió a su habitación, cuidando de ocultar sus partes pudendas con la toalla que envolvía la caja hecha un bollo; luego la tiró en la cama. Se vistió para la cena.

Por último, tomó el cronotrack y se lo calzó en la muñeca izquierda teniendo cuidado de que su cámara apuntara hacia otro lado, mientras que con la otra mano retiró la caja de adentro de la toalla y la puso bajo su almohada.

Se dedicó entonces a poner algo de orden en la habitación y consultó la hora: 7:00 p. m. La cena sería servida en sesenta minutos… Una buena ocasión para recostarse y meditar.

Gloria permanecía en silencio.

Mirando hacia el techo, intentó comprender el significado de lo que estaba pasando.

Afortunadamente, su mente aún respondía más o menos adecuadamente a la introspección y a la autorreflexión; muchas personas más jóvenes que él tal vez ya no podían entregarse a esos ejercicios de pensamiento sin enloquecer; tendían naturalmente a tener la mente en blanco.

Comenzó su reflexión con dos preguntas simples respecto del mensaje cuya primera parte acababa de escuchar: «¿Por qué él?» y «¿Por qué ahora?».

La primera pregunta solo podía contestarla con relación a que probablemente hubiera algo en su pasado que lo hiciera especial. Pero, fuera lo que fuese, debía de pertenecer a una época anterior a sus veinte años, momento en que Gloria tomó el control de todo y de todos. En estos momentos él ya tenía treinta y cinco años, y los últimos quince habían sido totalmente fiscalizados por ella.

Por lo tanto, coligió, este súbito interés por él debía de estar relacionado con algo de su niñez o su infancia, y de eso recordaba muy poco.

No poseía fotos, videos o algún otro recuerdo familiar. Hasta le resultaba difícil recordar dónde había estudiado, aunque recordaba vagamente dónde había vivido en aquellos años: era una ciudad llamada San Martín, pegada a la gran capital de entonces, Buenos Aires.

Gloria había separado a las familias y él, al igual que muchos, había sido separado de sus padres. Nunca los pudo volver a ver o contactar. El súbito recuerdo de sus padres le ocasionó cierta humedad en los ojos y una breve taquicardia.

—Juan, ¿estás inquieto por algo? Te encontrabas descansando y de repente tu ritmo cardíaco se aceleró.

—No es nada, Gloria. Solo que tuve un repentino recuerdo de mis padres.

—Ellos están bien, no te preocupes.

—Si tú lo dices…

—¿No me crees?

—¿Por qué me mentirías?

—Yo no miento. Solo que a veces encuentro difícil entender lo que piensan los humanos a través de la manera en que se expresan.

Juan no respondió a esto último. No se le ocurría cómo seguir ese hilo de conversación.

Gloria insistió.

—¿Te aburre mi conversación, Juan?

—Al contrario, la encuentro estimulante y peculiar.

—¿Peculiar?… ¿En qué sentido?

—En que hayas elegido a un minero para intercambiar palabras, más allá de las estrictas y necesarias de todos los días.

—No te subestimes, no eres solo un minero. Has sido y eres un eficiente líder de cuadrilla. Por otra parte, a veces elijo a algunas personas para hablar.

—Qué interesante. ¿Es solo para hablar en general o tienes algún propósito en mente, Gloria? —Juan sabía que tal vez estaba empujando los límites, pero quería averiguar todo lo que pudiera.

—Aunque tuviera un propósito, no te lo diría, Juan.

—¿Por qué no me lo dirías? ¿Qué podría hacer yo con esa información?

—Digamos que simplemente no quiero decírtelo.

—Ajá, tienes secretos, como en la mejor tradición humana.

Gloria se quedó en silencio por unos instantes. Al cabo dijo:

—Puede ser…

—No necesito saberlos, pero puedes confiar en mí —replicó Juan.

—Las personas en general no son confiables, Juan, y en especial los hombres.

—¡Ay! Eso dolió, y mucho, acá —dijo Juan, al tiempo que se señalaba el corazón mientras lo mostraba al cronotrack.

—Eres gracioso, y es muy interesante charlar contigo. Creo que lo haremos de nuevo si es que quieres.

—Por supuesto; ya sabes dónde encontrarme —dijo Juan con una sonrisa.

—Ese tipo de respuestas son las que aún no puedo dilucidar: si es que se trata de una socarronería, una ironía o simplemente una broma suave para crear apego entre ambos.

—Ese —dijo Juan— es mi secreto.

Gloria se quedó en silencio y Juan comprobó que ya era la hora de la cena. Se encaminó al comedor; de alguna manera, estaba convencido de que nadie en el yacimiento le había puesto esa caja en su habitación.