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¿Es posible que una civilización extraterrestre haya aterrizado en la Argentina colonial del siglo XIX? Esta novela, a manera de precuela de un evento efectivamente ocurrido en el oeste cercano de la provincia de Buenos Aires durante el invierno de 1816, narra la aventura de Newen, un indio originariamente de raza Taluhet, devenido ranquel. A partir de un encuentro cercano del tercer tipo, según la clasificación creada por J. Allen Hynek para el célebre blue book (libro azul) de la Fuerza Aérea Americana, Newen debe convencer a los jerarcas de su tribu que lo que le ocurrió va más allá de Kotür, la deidad maligna del panteón aborigen de nuestras tierras pampeanas. Acude en su auxilio el profesor Rómulo Márquez, quien emigró desde Santa María de los Buenos Ayres al poblado de Guardia de Roxas (hoy la ciudad de Rojas, provincia de Buenos Aires), para enseñar en la escuela del pueblo e intentar acercarse y entablar una relación con la tribu ranquel de la zona. Las cosas no terminan saliendo del todo bien y tanto Newen como su amada Ailén, hija del lonko Catrimay, jerarca de la tribu, y el mismo Rómulo se ven envueltos en un desenlace inesperado… aunque la tecnología, por más avanzada y fría que sea, no será capaz de vencer al amor verdadero.
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Seitenzahl: 133
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Corio, Esteban
Pampa cósmica / Esteban Corio. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
128 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-367-2
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de Ciencia Ficción. I. Título.
CDD A860
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Corio, Esteban
© 2023. Tinta Libre Ediciones
PAMPA CÓSMICA
CAPÍTULO 1
Un tibio sol de comienzos de septiembre se despegó del horizonte y, abriéndose paso a través de somnolientas nubes, comenzó a dar de lleno en la toldería.
Algunos madrugadores miembros de la tribu, sentados al calor de varias fogatitas humeantes, interrumpieron momentáneamente su ingesta de ngachitün y korü y giraron sus cabezas hacia el astro rey, hacia esos rayos que traían luz y calor, para entibiar sus rostros. Al cabo de unos momentos de autoimpuesto silencio para honrarlo, volvieron a sus respectivos desayunos y retomaron las pausadas conversaciones.
Pero ese no era el caso de Newen. Su toldo estaba cerca del extremo norte de la toldería. Ese amanecer de finales del invierno había sido precedido de una fría noche, con viento norteño arrachado y un rocío que había terminado por humedecer y congelar lo que estuviera a su alcance. Era, por lo tanto, una mañana ideal para quedarse un rato más bajo las calentitas cobijas de piel de carpincho y con la cabeza cómodamente embutida en una almohada rellena de plumas de ñandú.
Pero para Newen existía un factor adicional que le hacía más difícil despegarse la cama: no había podido dormir bien, producto de intranquilidad y desasosiego, con ratos de sueño muy volátil y que se desvanecía ante el menor ruido, y con un sudor frío que se evidenciaba en gran parte de su cuerpo.
La usual modorra de la mañana estaba intentando acudir en su ayuda y permitirle volver a dormir aunque solo fuera por un rato más, cuando nuevamente sus experiencias recientes, de los últimos días, volvieron al primer plano de su mente. Era inútil tratar de eludirlas.
Rememoró entonces una vez más, impelido por estas, las circunstancias en las que había visto eso, fuese eso lo que fuese, en tres ocasiones distintas durante los últimos días. Era la primera vez, en su corta vida de dieciséis años, que estaba en dificultades para conciliar el sueño. Esa misma noche recién transcurrida lo había visto varias veces despierto, sobresaltado, y lo había encontrado yendo a hurtadillas hasta la puerta de su pichi-ruka para mirar, con algo de aprensión, hacia el infinitamente estrellado cielo pampeano.
Hizo un nuevo intento de dormir, aunque fuera por un rato más, pero le fue imposible. Tuvo que ceder ante el constante esfuerzo de su mente por recordar aquellas visiones. Eso.
***
Eso era una luz. Una luz de un color y de unos movimientos como nunca había visto. Paralizante, cegadora, pero, a su vez, era imposible correrle la vista, tal era su efecto hipnotizador.
La primera vez había sido unos días atrás, luego de la caída del sol. Estaba retirando su red de pesca de la laguna del Carpincho, a unas pocas leguas de la toldería. La red se había enredado en unos juncales y le estaba costando bastante tiempo poder desenredarla. Ya casi había terminado y, aunque había caído la noche, no quería dejar la faena para la mañana siguiente. Casi a oscuras, sumergido hasta la cintura y rogando que ningún bagre le lastimara los pies o la piel de las piernas, se valía de la poca luz de la luna en cuarto creciente de esa noche, para intentar despegar la red de los malditos juncos.
«El viejo Millaqueo me va a matar si rompo la red —pensaba para sus adentros—. Creo que mejor lo dejo para mañana y…».
De repente, percibió un zumbido, una especie de sonido sordo que se transmitió a su cuerpo semisumergido. Incluso pudo ver cómo la superficie del agua de la laguna se transformaba desde la quietud a una innumerable sucesión de minúsculos picos que danzaban de manera acompasada.
Newen era un indio taluhet de origen, un aborigen que llevaba en sus genes lo aguerrido e impávido de su linaje. Y, aunque su pueblo originario había sido asimilado por los ranqueles, con los cuales vivía actualmente y que eran una raza un tanto más pacífica, su innata valentía permanecía intacta en sus genes. Pero…
Esto era un poco diferente. Aun el más osado ser humano se inquieta ante algo desconocido, y esto que estaba pasando en la laguna entraba de lleno en esa categoría de cosas. Lejos estaba Newen de saber que ese zumbido era solo el comienzo.
Desde su posición en la ribera sur de la laguna, él pudo advertir que, en la parte central de esta, ahí donde tenía su mayor profundidad, tal vez a unos trescientos metros en línea recta, había una especie de luz que estaba por debajo de la superficie de las pardas aguas. En esos momentos, el zumbido cesó, la luz emergió y el zumbido anterior pasó ahora a transmitirse con más fuerza por el aire.
Ngürü, su kawallu, que estaba atado a un árbol cercano, comenzó a relinchar y a patear el suelo. Newen se quedó boquiabierto mientras la luz, que constituía una especie de redondez con un deslumbrante brillo, se elevaba despaciosamente hacia el cielo. Chorros de agua caían de sus bordes cual filamentos brillantes y se iban adelgazando conforme eso ascendía de manera silenciosa y ominosa.
Se detuvo a una altura tal que Newen, no teniendo el conocimiento suficiente sobre medidas de distancia, la estimó mucho más alta de donde volaban los chimangos. Su reacción instintiva fue sumergirse por completo, ocultarse entre los juncos y encomendarse a Ngünechen, el ser supremo ranquel.
La luz continuaba detenida, allá en lo alto, y por unos instantes él pudo ver la parte inferior: una especie de plato redondo, con la parte central obscura y, hacia los bordes, porciones de curvas de luz amarillenta que giraban a través de todo el contorno.
De improviso y con una rapidez muchísimo mayor que la de una yarará, la luz salió disparada hacia el sur, donde se perdió de su vista al cabo de unos dos segundos. La laguna volvió a la tranquilidad y mansedad de siempre, como si nada hubiera pasado. Él seguía temblando.
Se decidió a dejar la red en el agua, todavía enredada en algunos juncos. Volvería por ella a la mañana siguiente. Montó a Ngürü, aún algo desasosegado por lo ocurrido, y emprendió las cinco leguas de regreso a su toldo, absolutamente tieso y conmovido por lo experimentado en la laguna. Ngürü acompañaba esa marcha silenciosa, como si el caballo también hubiera sido sacudido hasta la médula.
Llegó finalmente a su morada y se metió debajo de las cobijas, mudo e insomne por varias horas.
A la mañana siguiente, al no tener otra opción sino recuperar el vital instrumento de su sustento de vida, muy reticentemente Newen regresó a la laguna. Mientras recuperaba la red y algunos peces que en ella habían quedado atrapados, él miraba constantemente al cielo y hacia el centro de la laguna. Pero no hubo movimientos, ni zumbidos, ni nada que se le pareciera. Era una típica mañana pampeana de comienzos de septiembre, algo fresquita y con cielo de azul intenso.
Los siguientes días debatió internamente si contar o no su experiencia. Decidió no hacerlo, en parte porque su origen taluhet aún causaba cierta desconfianza en los jerarcas de la toldería.
Sus propios padres se habían marchado hacia una toldería más al sur, del otro lado del leuvü (río) Salado. Un río que terminaba en un gran mar, un lugar increíblemente grande y repleto de agua, le habían contado. Le costaba imaginar tal lugar. Para él, su mar era la laguna, su lugar de paz y felicidad, hasta hacía muy poco.
Sus padres, al marcharse, le habían prometido volver por él cuando estuvieran establecidos convenientemente. Hacía de eso unas tres primaveras. Por lo tanto, ya casi se había olvidado de ellos.
Ellos lo habían dejado al cuidado de Millaqueo, un viejo que se la pasaba tomando caña y era el único de la tribu que sabía pescar. El viejo le había enseñado el oficio a Newen. En una tribu acostumbrada a la carne de guanaco, de cordero o de waka, el pescado cocido era un manjar, se diría, sofisticado y que permitía buenos trueques. Definitivamente, el viejo Millaqueo escucharía su relato entre tragos de caña, pero él dudaba que este tuviera la suficiente lucidez para entender sus palabras.
El asunto fue quedando en niveles cada vez más bajos en la cotidianeidad de su mente. Así fue hasta que, unas cuatro noches después, de regreso de una excursión de caza con unos miembros de la tribu hasta casi los límites del poblado de hombres blancos de Guardia de Roxas, el grupo había hecho un alto en el camino para comer algo.
Inmediatamente luego de que los hombres hubieron comenzado a comer y beber en torno al fuego, Newen fue hasta su caballo para buscar una ración de pescado que tenía en su morral. Miró al cielo tachonado de estrellas y, en ese momento, atisbó nuevamente la luz, a la distancia, cerca del horizonte, desplazándose a una velocidad increíble en dirección norte. Volvió a las apuradas al fogón.
—¡¡¿¿Vieron eso??!! —les preguntó.
—¿Qué cosa, Newen? —le replicó Melivil, un “anciano” de cuarenta años, avezado cazador.
—¡La luz en el cielo! ¡Se movía como oveja perseguida por un zorro!
—De seguro es una de esas luces que aparecen y se apagan de repente, mi querido pichi-kampu. Ahora, vení acá y dejanos comer en paz. Conseguimos una buena caza y estamos cansados y con hambre.
Newen había estado acertado respecto de su reticencia inicial a contar sus avistajes. Era muy difícil que le creyeran y más aún que lo ayudaran a averiguar qué era eso y si en definitiva era o no peligroso. Él había visto, aunque brevemente, su… ¿poder? Ese zumbido imponente, a pesar de la distancia. Ni las armas de fuego de los winkas, que él había visto y escuchado alguna que otra vez, hacían ese ruido tan penetrante. ¿Y la rapidez? Inalcanzable hasta para un ñandú o un chajá. ¿Qué sería eso?
Transcurrió otro período de unos cuantos días y su mente volvió a retornar a la normalidad. Parecía que esas dos experiencias se convertirían en recuerdos inquietantes, tal vez marcados a fuego en su mente, pero que paulatinamente irían perdiendo brillo y vividez conforme pasara el tiempo. Hasta que el siguiente suceso lo cambió todo.
Había sido el día anterior, en el karupilünmalal, el corral vacuno de Caripillón, uno de los hombres importantes de la toldería. Este le había prometido a Newen darle un cuero recién curtido, que le vendría muy bien para el piso de su ruka, si limpiaba de gusanos las heridas de tres vacas de su rebaño, muy preciadas. Newen aceptó de inmediato.
El corral estaba a unas tres leguas al oeste de la toldería. Hacia el mediodía, nuestro joven taluhet llegó al lugar. Caripillón lo saludó, lo dejó al cuidado del lugar y se fue con su familia hacia la toldería por el día.
Con unas pinzas y otros instrumentos que le prestó Millaqueo, se puso a trabajar apenas arrancaba la tarde. Le tomó más tiempo del esperado, pero finalmente terminó de limpiar y curar la herida de la última de las tres vacas cuando ya estaba cayendo el sol por debajo del horizonte.
Al terminar, se lavó el cuerpo y las manos en el estanque, se dirigió al cobertizo y prendió el fogoncito para calentar agua y hacer una korü, una sopa con papas y yuyos. Dejó todo al fuego y salió a la entrada del cobertizo, en donde había un rústico banco. Se sentó, mirando hacia el extenso corral y las vacas paciendo o simplemente dejando transcurrir los minutos de sus monótonas existencias. El ocaso era ya evidente y el agua en la challa empezaba a hervir. El sonido del agua bullendo lo hizo entrar al cobertizo.
Una vez adentro, sin embargo, ese sonido no pudo tapar la repentina cacofonía de decenas de mugidos que comenzó a escuchar. Un relincho de Ngürü se sumó a la batahola general. «¿Será un zorro?», pensó Newen.
Intrigado, salió nuevamente del cobertizo y lo que vio le heló la sangre: un enorme objeto que tenía una forma semejante a un cuenco invertido. ¿Era la luz? ¿Era eso? Absolutamente silencioso esta vez, flotaba sobre el centro del corral, a muy poca altura. Debajo de este, las vacas estaban sumamente inquietas, yendo de un lado a otro y lanzando mugidos desesperados. La monotonía de sus vidas estaba siendo interrumpida brutalmente por algo que les causaba terror.
De manera súbita y por arte de magia a los ojos de él, una especie de rayo de luz salió de la parte inferior del objeto e impactó sobre uno de los vacunos, una vaquillona amarronada con todo el pelo de la cabeza de color blanco. El animal comenzó a elevarse y Newen dejó escapar una exclamación de estupor. Estaba tan alelado que no atinó a moverse, petrificado como estaba junto al cobertizo.
La pobre vaca, mugiendo pero quieta, siguió su camino aéreo hasta que llegó al objeto que, literalmente, se la tragó. El rayo de luz cesó.
Newen, entonces, pudo caminar dos pasos hacia adelante, en dirección al corral. En ese momento, el objeto repentinamente se acercó al cobertizo y se situó sobre él. Con un supremo terror, Newen se obligó a mirar hacia arriba, solo para recibir en sus ojos un enceguecedor resplandor y… siluetas difusas… sonidos raros, inexplicables… sensación de ser tocado y una voz que le decía en idioma ranquel (algo forzado) directamente a su mente: “No te preocupes, no te haremos daño. Descansa y trata de no moverte”.
Volvió en sí.
Estaba acostado en el piso, a la entrada del cobertizo. No había señales del objeto. Los mugidos habían cesado. Su kawallu estaba pastando tranquilo.
Ingresó nuevamente al cobertizo. El agua de la challa continuaba hirviendo, aunque se había evaporado más de la mitad de ella. A Newen se le habían ido el hambre, la sed, todo. Apagó el fogón, montó su caballo y regresó a su toldo sin acercarse y sin hablar con nadie. Ni siquiera quiso acercarse adonde estuviera Karupilün para reclamar su cuero.
Llegó a su morada, fue directamente al lecho, se acurrucó en las cobijas e intentó infructuosamente dormir y olvidar todo.
***
Recordar nuevamente los acontecimientos, al cabo, le había hecho bien, lo había calmado. Y en esa ya tibia mañana de septiembre decidió que podía seguir durmiendo un rato más. De hecho, la modorra estaba dando lugar al sueño…
—¡¡Newen!!
Fue tal el sobresalto que en un segundo volvió a sus cabales y se sentó en su lecho.
CAPÍTULO 2
—¡¡Newen!! ¿Estás en el toldo?, ¿puedo entrar? —reclamó una vez más esa voz conocida. Él balbuceó:
—Ehh… Un momento, Ailén, mientras me visto. Me quedé dormido esta mañana —mintió él a las apuradas.
—¡Es casi media mañana! Habíamos quedado en ir hasta la laguna a tender la red —replicó ella.
—Sí, sí, ya voy —dijo él con algo de fastidio.
Un par de minutos después, un todavía atontado Newen salió de su toldo al sol matinal y se encontró con el lindo y franco rostro de Ailén. Era la hija mayor del lonko Catrimay, que con sus quince años recién cumplidos acababa de pasar por la ceremonia del we-tipantru, al haber alcanzado la pubertad. Lo riguroso de esa ceremonia había dejado signos aún visibles en sus pies y otras huellas no tan visibles en su espíritu. Pero ella era una joven alegre y jovial por naturaleza, y una de las pocas que se había fijado en el rudo pero apuesto joven taluhet.
—¡Al fin! —dijo ella—. ¿Qué te pasó?, ¿estuviste persiguiendo vizcachas durante la noche?
—No, Ailén. Fue otra cosa lo que me hizo muy difícil dormir, pero ya estoy bien.
