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Nacido en una zona rural de Alabama, hijo de un chapero drogadicto y una madre soltera, Gucci Mane empezó a vender drogas en séptimo curso y a rapear a los 14 años. Durante las dos décadas siguientes, pasó por la cárcel —incluida una estancia de tres años en una prisión federal — y por centros de rehabilitación tras numerosos delitos relacionados con drogas y armas de fuego, y aun así publicó ocho álbumes de estudio y docenas de mixtapes, creó su propio sello discográfico y trabajó con algunos de las figuras más importantes del rap. Gucci Mane no se anda con rodeos a la hora de relatar los momentos más bajos de su vida y es refrescantemente franco sobre sus relaciones con su rival Young Jeezy y su antiguo protegido Waka Flocka Flame. Una historia fascinante, llena de intrigas en el mundo de la música y tiroteos en el centro de la ciudad.
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Seitenzahl: 374
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Una de las figuras más controvertidas del rap de los últimos tiempos
GUCCI MANE Y NEIL MARTINEZ-BELKIN
Traducción de NOEMÍ JIMÉNEZ FURQUET
Título original:The Autobiography of Gucci ManePublicado por acuerdo con el editor original, Simon & Schuster, Inc., 2017.
© Del texto Radric Davis
Letra reproducida por cortesía de Alfred Music/Radric Davis.
© Imagen cubiertaCam Kirk
© De la traducciónNoemí Jiménez Furquet
© Next Door Publishers,SL Primera edición: marzo 2024
Editor: Oihan Iturbide Diseño: Ex.Estudi Corrección y composición: NEMO Edición y Comunicación, SL
Next Door Publishers, SLwww.yonkibooks.com
ISBN: 978-84-128066-4-9 SBN eBook: 978-84-128066-5-6DEPÓSITO LEGAL: NA 259-2024
Gráficas AlzateImpreso en Navarra, España
El papel utilizado tiene certificado FSC y PEFC que garantizan la gestión sostenible de las materias primas y una trazabilidad completa desde los bosques de origen.
Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea mecánico, electrónico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de los titulares delcopyright.
Para Walter Davis sénior, mi abuelo materno, y Olivia Dudley, mi abuela paterna
Prólogo
Primera parte
1. El hombre de Gucci
2. El 1017
3. Bienvenidos a Atlanta
4. El juego de la droga se pone serio
5. Texaco
6. Laflare
7. Zone 6 clique
8. Regalo y maldición
9. Springside run
10. Se ha producido un homicidio
Segunda parte
11. De Dekalb a Fulton
12. El fumadero
13. Los So Icey Boyz
14. Una máquina
15. Limón
16. De fiesta hasta caer
17. Perdido en el vicio
Tercera parte
18. En lo alto
19. Ladrillo a ladrillo
20. Pesadilla en Moreland
21. Los Estados Unidos de América contra Radric Davis
22. Disidente
23. Con Air
24. La fuga del Chapo
Agradecimientos
Créditos de las fotografías
13 de septiembre de 2013
La policía se había llevado mi pistola el día anterior, pero aún me quedaba artillería pesada. Había estado haciendo acopio en el estudio: Glocks, MAC-10, rifles AR equipados con miras y cargadores caracol para cien cartuchos. Todas las armas a la vista y fácilmente accesibles. Estaba como Tony Montana enScarface, preparándome para la traca final. Desconocía cuándo iba a ocurrir, quién la protagonizaría o qué la desencadenaría, pero una cosa sí tenía clara: algo malo iba a pasar, y pronto.
Paseé la mirada por mi estudio, Brick Factory. Se diría que fue ayer cuando era el centro del mundo. Todos querían pasarse por allí, a cualquier hora y día tras día. Pero ahora se parecía más a una armería que a un lugar donde se producía música. Había visto la cara de la gente al poner el pie en él. Ya no era un lugar en el que diver-tirse. Los habituales de antaño habían empezado a caer como moscas y solo quedaba yo. Nadie más.
Todo el mundo volvía a tener miedo. Y no solo de lo que me estaba pasando, sino de mí. Tenían miedo de llamarme. De verme.
Keyshia había intentado ser la voz de la razón. Había tratado de decirme que las cosas que me quitaban el sueño no eran tan malas como yo creía. Que mis problemas se podían resolver. Que podíamos buscar una solución juntos. Pero yo había ido demasiado lejos y hasta Keyshiatenía sus límites. Unos días antes la había tomado con ella y me había colgado el teléfono. Se había hartado.
Estaba tan paranoico y desquiciado que decidí echar un vistazo a la cámara de seguridad por si había actividad en el exterior. Nada. El aparcamiento estaba vacío. La puerta, cerrada a cal y canto. Si en algún momento eso llegó a tranquilizarme, se me pasó en cuanto aparté la mirada de la pantalla y la bajé hasta los pies.
La pulsera electrónica. Era un blanco seguro: todos sabían que estaba ahí, al igual que sabían que no podía marcharme.
Aunque eso tampoco era cierto del todo. No «debía» marcharme, aunque sí lo había hecho el día anterior, para ir a la oficina de mi abogado, Drew, así que avisaron a la policía. Junto a mis pertenencias encontraron una 45 cargada.
Me dejaron marchar, pero se llevaron la pipa para tomarle las huellas y usarla como prueba. Sabía que tenía los días contados: me había saltado el arresto domiciliario y, para colmo, había tenido un encontronazo con las fuerzas del orden.
Había que joderse.
De todas formas, ya que iba a volver a la cárcel, lo mismo me daba ir a por aquellos negros con los que últimamente tenía problemas. Eran mis antiguos socios, pero las cosas se habían torcido y habían estado mandán-dome amenazas. No quería esperar a salir de prisión para ver si los cabrones habían hecho todas las gilipolleces que decían. Podíamos dejarlo zanjado ya. Agarré la Glock 40, algo de hierba y me largué.
De camino a su garito, me había sumido en una especie de trance, mascullando incoherencias mientras bajaba por Moreland Avenue. Pero mi estado semicatatónico se vio interrumpido por las luces rojas y azules de la policía. De inmediato entré en alerta máxima.
—Hola, Gucci —escuché—. Soy el agente Ivy, del Departamento de Policía de Atlanta. ¿Qué tal?
Lo interpreté como una señal de alarma. Jamás me había llegado a decir un policía: «Hola, Gucci» de aquel modo.
—¿Todo bien? Nos han llamado tus amigos. Están preocupados por ti.
Señal de alarma número dos. Mis amigos eran negros de la calle, con denominación de origen de la zona 6. No eran de los que llamaban a las fuerzas del orden.
Nada de aquello me cuadraba. Aun cuando la codeína y el jarabe de prometazina me ralentizaban, el corazón me dio un vuelco al entender lo que pasaba. O lo que creía que pasaba. Aquel tipo no era policía.
Yo sabía de negros que hacían cosas así. Se disfrazaban con uniformes, instalaban kits de luces en los Dodge Charger y, haciéndose pasar por la pasma, obligaban a alguien a detenerse. Le decían que era un control de tráfico rutinario y, antes de que se diera cuenta, lo tenían atado y metido en el maletero de su propio coche.
—Gucci, ¿llevas algún arma encima ahora mismo?
—Pues claro que la llevo —vociferé al tiempo que señalaba el bulto de la Glock en el bolsillo del vaquero—. No desenfundes. No pienso entregarte nada hasta que demuestres que eres poli de verdad. Pide refuerzos.
Llegaron más agentes, pero aquello no me tranquilizó. Siguió el enfrentamiento. Cuando les dije que les metería un tiro como me tocaran, me echaron al suelo y me detuvieron por alteración del orden público. En cuanto encontraron el arma y la maría, aumentaron los cargos.
Con esposas o sin ellas, todavía no me había rendido. Grité, les escupí y pataleé mientras los agentes hacían todo lo posible por reducirme. A su llegada, los paramédicos se las ingeniaron para inyectarme algo. ¿Es que iban a envenenarme?
Cuando vieron que con una inyección no bastaba, me metieron otra. Solo entonces empecé a calmarme. Me hundí en la camilla y el sosiego que me infundía la sustancia química puso fin a mi pesadilla.
14 de agosto de 2014
Once meses más tarde me encontraba en el Tribunal de Distrito de Georgia, viendo cómo conversaban el juez Steve Jones y la asistente del fiscal federal Kim Dammers. Era la audiencia en la que se dictaría mi sentencia.
—… No obstante, el Gobierno cree que la sentencia es, de hecho, justa. Hasta el momento, el señor Davis cuenta con un amplio historial de violencia. En 2005 protagonizó un delito de lesiones con agravantes, que aparece en el párrafo veintinueve del informe precondenatorio; un episodio de agresión que también constituyó un quebrantamiento de la libertad vigilada…
—Ya lo he visto —respondió el juez Jones.
—… en el párrafo treinta y tres. Tiene pendiente un delito de lesiones con agravantes en el párrafo treinta y ocho.
—Ya lo he visto.
—Y, por supuesto, está el homicidio en el condado de DeKalb, del que se lo acusó, pero que fue desestimado. Y también hubo una agresión en el condado de Henry, aunque las víctimas no quisieron presentar cargos. Si leemos entre líneas, podemos concluir con justicia…
—Violencia.
—Así pues, el Gobierno no deseaba limitarse a la pena mínima prevista en las pautas. Son solo dos meses de diferencia. Es más una cuestión de principios que otra cosa, pero creo que treinta y nueve meses supone una sentencia lo bastante significativa para que el señor Davis entienda la gravedad del delito.
Unos minutos después, el juez Jones estaba listo para hacerlo oficial. No obstante, antes de comunicarme cuál era mi castigo, tenía algo que decirme.
—Señor Davis, una vez más deseo explicarle por qué acepto los treinta y nueve meses de prisión obligatoria. Este es un delito grave. La tenencia de un arma de fuego por parte de un delincuente convicto es un delito grave y, habida cuenta de los factores de 3553(a), he de tomarlo en consideración, así como el historial y las características del acusado, y el hecho de la intimidación. Usted, caballero, no debería poseer un arma de fuego. Viendo su historial y todo lo demás, como los factores y el informe precondenatorio, creo que, dadas las circunstancias, esta sentencia es apropiada y razonable. Ahora bien, en cuanto a la sentencia que va a recibir, el resto de la cual voy a anunciarle dentro de nada…
»Todavía es un hombre joven y tiene toda la vida por delante. Por lo que me han contado mis sobrinos y sobrinas, es usted una celebridad. Pero tengo una edad lo bastante avanzada como para haber visto muchas cosas a lo largo de los años; he visto a muchos famosos perder oportunidades en la vida, y mejor no me pongo a enumerarlos; seguro que sus abogados pueden decirle de quiénes se trata. He visto a muchos deportistas de élite, a mucha gente del mundo de la música, a estrellas de cine. Si siguen…; siustedsigue por este camino de perdición, acabará como muchos de ellos. Una mañana se despertará arruinado. O de vuelta en la cárcel. O, lo que es peor, no se despertará.
»Usted tiene talento. Le ruego que me disculpe de nuevo, pero yo soy más de los Four Tops. Cuesta estar al día, pero he estado intentado averiguar más cosas.
»Según mis sobrinas y sobrinos, tiene usted una gran carrera por delante. Una vez cumplida su condena de prisión, seguirá siendo joven. Puede hacer muchas cosas si respeta y se atiene a la legalidad.
»La ley es de aplicación para todos. Da igual quién sea usted o lo que haga, debe cumplir la ley. Yo debo cumplir la ley. La señora Dammers debe cumplir la ley. Los agentes también. Y sus abogados, los señores Findling y Singer-Capek. Todos los presentes en la sala deben cumplirla. Por lo que tengo entendido, si respeta la ley aún puede hacer muchas cosas.
Me cayeron treinta y nueve meses, como era de esperar, pues formaban parte del acuerdo con la fiscalía que había aceptado en mayo.
Mientras el juez, la señora Dammers y mis abogados seguían revisando los términos de mi encarcelamiento y mi período de libertad vigilada, yo me puse a hacer cálculos. Llevaba echando cuentas sin parar desde que me ofrecieran aquel acuerdo.
Treinta y nueve meses. Ya había cumplido once, por lo que me quedaban otros veintiocho. Podía aguantar veintiocho meses. Y quizá pudieran reducirse a veinticuatro, si me dejaban cumplir los últimos en arresto domiciliario.
Drew parecía seguro de que lo conseguiríamos. Vein-ticuatro meses. Es decir, dos años más, de un total de tres.
Treinta y nueve meses eran poco más o menos el tiempo que ya había pasado encerrado a lo largo de mi vida, pero repartidos en diferentes condenas. Treinta y nueve meses seguidos no iban a resultar fáciles de soportar, pero podía hacerlo. Y, cuando saliera, aún me quedaría tiempo para arreglar las cosas.
Cuando volviera a casa, debía empezar a moverme de otra manera. Iba a disfrutar de una nueva oportunidad, pero sería la última. Esta vez iban a dar ejemplo conmigo. La próxima, tirarían la llave al mar. No podría permitirme el lujo de cometer los mismos errores.
Bien. Esta vez las cosas tenían que ser distintas. Ya había empezado a aplicar cambios, pero quedaban muchos otros. Si realmente quería empezar de cero, iba a tener quecortar con todo lo que me había llevado hasta aquel momento. Tal vez pudiera lograrlo en veinticuatro meses.
Hablar de mi vida nunca me ha resultado fácil, de siempre, desde aquella acusación de asesinato cuando estaba empezando en el mundo del rap. Recuerdo salir de la cárcel del condado de DeKalb el día en que pagué la fianza y ver una fila de periodistas esperándome. Me pregunté durante cuánto tiempo me seguirían, hasta cuándo me perseguirían los acontecimientos de aquella noche. Qué momento tan extraño.
Detestaba dar entrevistas. Trataba de mantener la compostura, pero por dentro ardía de odio hacia quienes me ponían en una situación en la que debía abordar cuestiones de las que no quería hablar. Me dije que debía concederles el beneficio de la duda, que eran periodistas haciendo su trabajo, que no sabían lo jodido que era hacerme aquellas preguntas, que no tenían intención de faltarme al respeto. Aun así, siempre me parecía que estaban en mi contra.
A lo largo de los años, intenté sofocar aquellas sensaciones, olvidarme de ellas, fingir que no me molestaban. Pero no funcionó. Hay cosas en la vida que uno no puede evitar que le afecten, por mucho que lo desee.
Lo que sí que podía era intentar aceptar todo lo suce-dido. Y habían sucedido un montón de cosas. Momentos buenos y malos, y todo lo que había conducido a ellos.
—Señor Davis, ¿hay algo que quiera decir antes de que dicte sentencia? —preguntó el juez Jones, trayéndome de vuelta a la sala—. ¿Algo que desee alegar?
—Solo quiero decir, primero que nada, que…
—Póngase en pie, por favor —me interrumpió.
Me levanté.
—Quiero decirle que gracias y que, desde luego, no deseo retractarme. Solo quiero agradecerles a todos su tiempo.
—Está bien. Gracias, señor Davis.
Mis vínculos con la ciudad de Atlanta son tan fuertes que se suele olvidar que no me mudé a Georgia hasta los nueve años.
Mis raíces están en Bessemer (Alabama), una ciudad minera a unos treinta kilómetros al sur de Birmingham. Mis abuelos paternos, George Dudley sénior y Amanda Lee Parker, llegaron en 1915 procedentes de la aún más rural Greensboro (también en Alabama), donde el árbol familiar de los Dudley se remonta a los años cincuenta del siglo xix.
George sénior y Amanda pusieron rumbo a Bessemer en busca de una vida mejor. Era una zona rica en recursos naturales —carbón, caliza y hierro—, que formaban la base de la que por entonces era una industria floreciente: el acero. George sénior consiguió trabajo como minero del hierro en la vieja Muscoda Red Ore Mining Company, cerca de la comunidad de Muscoda Village.
En aquella época eran las compañías las que buscaban a los trabajadores. A los empleados se les proporcionaban viviendas baratas, por lo que las casas de la mayoría de los mineros negros de la comunidad eran propiedad de la empresa. Se fundaron escuelas, una iglesia, un dispensario médico y un economato, en el que los trabajadores podían comprar a crédito alimentos y otros artículos.
Los blancos de la zona no tardaron mucho en envidiar las viviendas de los negros y de los programas sociales que las empresas habían puesto en marcha,por lo que decidieron que las querían para ellos. Así que los negros tuvieron que irse. Muchos se quedaron sin techo, pero ese no fue el caso de mi bisabuelo. Con ayuda de su esposa, que tenía buena cabeza para el dinero, compró una casita en Bessemer, en el número 723 de Hyde Avenue, propiedad que aún pertenece a la familia.
George y Amanda tuvieron doce hijos, así que la casa estaba abarrotada. En su hogar, siempre era bienvenido cualquier familiar o amigo que necesitase un plato de comida caliente o un lugar donde dormir. Era gente amable y de gran corazón.
Cuando George sénior recogía el cheque, su saldo solía estar a cero por todo el dinero que debía al economato. Pero jamás le preocupó lo más mínimo.
A George sénior le encantaba la comida —como a todos los Dudley— y le encantaba ver que su familia comía bien. Aunque volviera a casa agotado después de una larga jornada en la mina de carbón, sacaba fuerzas de flaqueza para cocinar algo para los suyos. Y siempre les traía alguna golosina a los niños, ya fueran galletas, caramelos o fruta. Las repartía entre todos a partes iguales.
Uno de aquellos doce hijos fue mi abuelo James Dudley sénior, nacido el 5 de abril de 1920. James sénior pasó doce años en el ejército como cocinero y combatió en la Segunda Guerra Mundial. Después impartió clases de radio y televisión en la escuela técnica de Wenonah y más tarde trabajó como cartero.
James sénior se casó con Olivia Freeman el 20 de septiembre de 1941. Tuvieron once hijos, el sexto de los cuales fue mi padre, Ralph Everett Dudley, nacido el 23 de agosto de 1955.
A lo largo de su vida, mi padre adoptó numerosos apodos: Slim Daddy, Ralph Witherspoon o Ricardo Love. A efectos de este relato, el que recibió de chiquillo es el que más importa: Gucci Mane. Pues sí; él es el Gucci original.
A ver, James sénior siempre había sido un tipo elegante. Le encantaban la ropa buena y los zapatos de piel caros. Durante sus años en el Ejército, había pasado algún tiempo en Italia, donde se había quedado prendado de la marca Gucci.
En principio, había sido él quien había dado el sobrenombre de Gucci a uno de sus sobrinos, un primo mayor de mi padre a quien este solía seguir todo el tiempo. Como le molestaba que su primo menor siempre anduviese pidiéndole que le dejara ir con él y diciéndole: «Venga, hombre», empezó a llamar a mi padre «Gucci Man» (elhombreGucci). En cuanto a cómo el sustantivomanse convirtió enmane, bueno, estoy casi seguro de que no es más que el acento del Alabama profundo, pues tengo un tío materno al que llaman Big Mane.
Mi tía Kaye me contó que, de pequeño, mi padre era un chavalín inteligente, amable y sensible; siempre estaba entre los primeros de la clase. Tenía un defecto del habla que lo obligaba a deletrear las palabras que quería decir para que la gente lo entendiera. James sénior, como buen militar, no siempre aceptaba el temperamento afable de su hijo y solía gritarle por negarse a pelear con los chicos del barrio.
Sin embargo, mi padre cambió al hacerse adulto. Una vez superado aquel defecto, se convirtió en un pico de oro, en una persona de lo más sociable. Llevaba Levi’s, tocaba la guitarra y escuchaba a Jimi Hendrix, Peter Frampton, Mick Jagger… en fin, a todas las estrellas del rock’n’roll de los sesenta y setenta. Tenía guitarras colgadas en las paredes de su dormitorio y telas decorativas en el techo. Conducía un descapotable biplaza, un MG Midget. Era un tío guay, muy adelantado a su tiempo para tratarse de un joven negro de Alabama.
Tras graduarse en el instituto de secundaria Jess Lanier en 1973, mi padre se alistó en el Ejército de los Estados Unidos y pasó dos años destinado en Corea del Sur. Cuando regresó a Alabama en 1976, pasó brevemente por la universidad antes de conseguir trabajo fabricando dinamita en la planta de la Hercules Powder Company de Bessemer. Después trabajó en la planta química de Cargill. Aprovechó al máximo la Ley de Reajuste de Militares y obtuvo una buena formación técnica. El tío era un lince.
Pero yo nunca le conocí un empleo. Jamás en mi vida lo vi trabajando de nueve a cinco. Todo aquello sucedió antes de que yo llegara y pronto entendí que mi padre era un pícaro, un truhan, alguien curtido por la calle como jamás he visto a nadie igual. Pero estoy adelantando acontecimientos. Ya llegaremos a ello.
Mi madre, Vicky Jean Davis, también es de Bessemer. Su padre fue Walter Lee Davis, que se crio con sus hermanos en el condado de Autauga, no muy lejos de Montgomery (Alabama).
Walter estuvo destinado en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, donde sirvió a bordo del «Viejo Sin Nombre», un acorazado conocido oficialmente como el USS South Dakota. Era el cocinero, pero en octubre de 1942, durante la batalla de las islas Santa Cruz, se metió en una de las baterías antiaéreas y se puso a dar tiros. Derribó unos cuantos aviones antes de que se lo merendara uno de los cazas japoneses. Le metieron tanta metralla que hasta salió en los periódicos.
«Parecía un colador de cocina, pero no lograron matarlo», afirmó su capitán, el vicealmirante Tom Gatch. Fue un milagro que sobreviviera a la batalla.
Cuando volvió a casa, Walter se trasladó a Bessemer, donde encontró trabajo en Zeigler’s, una empresa de empaquetado de carne al estilo de Oscar Mayer. Fue uno de sus primeros supervisores negros.
Allí también conoció a su mujer, Bettie, con quien tuvo siete hijos: Jean, Jacqueline, Ricky, Patricia, Walter júnior, Debra y Vicky. Betty tenía otros dos hijos —Henry y Ronnie— de dos matrimonios anteriores.
Mi madre no tuvo una infancia fácil. Más o menos cuando nació, Walter y Bettie empezaron a beber. Pronto la violencia se convirtió en algo cotidiano en su hogar. Aún hoy, mi familia cuenta anécdotas de lo más descabelladas sobre mi abuela. Bettie Davis tenía muy mal beber. Aquella mujer menuda podía estar discutiendo con alguien durante la cena y, de pronto, alargar la mano sobre la mesa del comedor y clavarle el tenedor. Madre mía, si tengo entendido que una vez incluso le pegó un tiro a mi abuelo…
Cuando murió de un infarto a los cuarenta y cuatro años, las hermanas de mi madre tuvieron que encargarse de los más pequeños. Se aseguraron de que tuvieran un techo bajo el que vivir y comida en la mesa, pero por lo demás dejaban mucho que desear. Mis tías apenas eran unos años mayores que mi madre, y tampoco es que constituyeran el mejor ejemplo a seguir.
Pero, como suele suceder con las personas resilientes, mi madre se adaptó y sobrevivió. Vicky Davis siempre ha sido, y sigue siendo, una mujer muy inteligente, trabajadora y avispada. Además de dura. Se graduó en el Instituto de Secundaria Jess Lanier en 1975 y después obtuvo un título asociado en el Lawson State Community College. Luego se matriculó en el Miles College, un centro histórico negro de Fairfield (Alabama), donde estudió para convertirse en trabajadora social.
Conoció a Ralph Dudley en esa época, en 1978. Mi padre ya conocía a la familia Davis, pues había ido a clase con mi tía Pat en Lanier, pero no conocía a mi madre. Cuando por fin lo hizo, la atracción fue instantánea. Casi amor a primera vista.
Mi madre ya tenía un hijo: mi hermano mayor, Victor, al que se conoce como Duke. Pero al padre de Duke ni se lo veía ni se lo esperaba. Duke tenía otro hermanastro, Carlos, nacido el mismo mes y el mismo año que él. A eso se dedicaba su papaíto.
Durante el embarazo de mi madre, mi padre se metió en problemas con la ley. Lo habían detenido por posesión de drogas —que en los setenta no era poca cosa— y estaba a la espera de la sentencia. James sénior había muertohacía poco de manera inesperada y mi abuela Olivia —a quien llamamos Madear— aún tenía niños pequeños a los que criar. Así que, en lugar de afrontar la situación, lo que le habría provocado a Madear el estrés innecesario de ver a su hijo en la cárcel, mi padre se fugó.
Se dirigió al norte, a Detroit, que era donde estaba el día en que nací yo, el 12 de febrero de 1980.
Como mi padre no estaba presente para firmar el certificado de nacimiento, me llamaron Radric Delantic Davis, con el apellido de mi madre. Al igual que mi concepción nueve meses atrás, mi nombre de pila, Radric, fue el producto de la unión de mis padres: mitad Ralph y mitad Vicky.
Me crie en casa de mi abuelo, en el número 1017 de First Avenue: una vivienda verde oliva, de dos dormitorios, cerca de las vías del tren de Bessemer. Allí vivíamos mi abuelo, mi madre, Duke y yo. Pero nunca estábamos solos.
Por el 1017 iba rotando un elenco de parientes que podían quedarse cuando menos lo esperabas. Mi tío Walter júnior —a quien llamamos Goat («Cabra»)— no hacía más que entrar y salir de la cárcel. Cuando no estaba en prisión, se dejaba caer por nuestra casa. Otras veces, era alguna de mis numerosas tías y sus niños quienes se mudaban con nosotros durante una temporada.
Era una casa pequeña —de sesenta y tres metros cuadrados, para ser exactos—, por lo que llegábamos a estar bastante apretados. En ocasiones, Duke y yo dormíamos en literas. Otras veces, yo dormía en el sofá. Otras, en el suelo. Además, mi abuelo tenía un colchón adicional enrollado en su dormitorio. En algún momento hubo una cama en el cuarto de estar. La situación era muy variable.
De niño, llamaba «papá» a Walter sénior. Estábamos muy unidos. Mi abuelo parecía todo un caballero, alto y esbelto, pues llevaba traje y corbata a diario. Los sábados, uno de mis primos iba a la tintorería a recoger su ropa recién planchada para la semana. También le traía cigarrillos —Camel sin filtro—, ya que en aquella época a los niños se les permitía comprar tabaco.
Mi abuelo y yo teníamos una costumbre: yo lo divisaba al final del bloque, volviendo a casa de la Primera Iglesia Baptista; en cuanto lo veía doblar la esquina, dejaba el fútbol, elkickballo aquello a lo que estuviéramos jugando y echaba a correr hacia él por First Avenue. Le daba la mano y lo ayudaba a recorrer el último tramo hasta casa.
«Hay que ver cuánto lo quiere su nieto, señor Walter», decían las ancianas desde el porche de sus casas.
Lo curioso es que mi abuelo no necesitaba ayuda para andar. Con su bastón se apañaba de sobra para llegar a la iglesia, pero me seguía la corriente y fingía cojera como si precisase de mi asistencia. Era algo entre nosotros, y a mí me llenaba de orgullo caminar a su lado.
Como tantos otros en mi familia, también él tenía sus demonios. No sé si mi abuelo se dio a la bebida para soportar los efectos físicos de la guerra o quizá los mentales. Tenía el cuerpo repleto de profundas cicatrices, aunque tal vez el verdadero problema estuviese en algo menos visible. El caso es que el hombre era alcohólico.
En Bessemer, la mayoría de la gente bebía vino barato —Wild Irish Rose, Thunderbird—, pero a mi abuelo le gustaba el licor. Elbourbon. Tenía una novia, la señorita Louise, y los dos se ponían como cubas en alguna de las tascas cercanas para luego volver dando tumbos por la calle con los ojos inyectados en sangre.
Aun así, yo adoraba a mi abuelo. Cada noche me sentaba en sus rodillas para ver juntos la televisión. Cuando yo hacía alguna trastada, me perseguía por la casa diciendo que iba a zurrarme, y entonces me escondía bajo sucama muerto de risa, sabiendo que allí debajo no podría atraparme.
También me sentía muy unido a Madear, mi abuela paterna, pues esta había desempeñado un papel fundamental en mi crianza mientras mi madre asistía a la facultad para sacarse su título.
La casa de Madear se encontraba en Jonesboro Heights, una zona aún más tranquila y rural de Bessemer, en lo alto de una colina pasados los límites de la ciudad. Se trata de una comunidad muy unida, formada por tres calles —Second Street, Third Street y Main Street— y dos iglesias —la Baptista de New Salem y la Primera Baptista—. A la zona los residentes la llaman cariñosamente Happy Hollow.
En cuanto aprendí a montar en bicicleta, me iba solo hasta allí, lo que solía acarrearme problemas. No es que Happy Hollow quedase a la vuelta de la esquina, pues estaba bastante lejos: había que cruzar la autovía principal y, para un niño, dos kilómetros y medio no eran poca cosa; pero a mí me encantaba echar el rato con Madear, que me tenía muy consentido.
Siempre que iba a visitarla, tenía algo para mí: juguetes, libros para colorear o GI Joes. Veíamos la tele durante horas; a veces lucha libre, otrasLa rueda de la fortunay otrasJeopardy!
«Pero qué listo es mi nietecito», solía decir cuando yo acertaba alguna de las preguntas. «Ni siquiera he de moles-tarme en pensar la respuesta, porque sé que Radric la sabrá».
Cuando no estaba con uno de mis abuelos, andaba siguiendo a mi hermano. Duke es seis años mayor queyo, así que os podéis imaginar el panorama. Para mí era lo más de lo más, y me convertí en su sombra. Realmente lo sacaba de quicio, ya que me pasaba el día mangándole la ropa para ponérmela yo o tratando de pegarme a él y a sus amigos.
A Duke yo no le gustaba un pelo, pero me daba igual. Los seguía en bici a él y a su pandilla, normalmente a cierta distancia, porque mi hermano me daría una paliza si se enteraba. Él no quería que supiese de sus actividades: robar cervezas de la tienda de la esquina o echar a correr tras haber apedreado las ventanillas de los coches. Tampoco era para tanto: adolescentes de provincias haciendo cosas de adolescentes de provincias. El caso es que yo era un niño curioso, que necesitaba saber qué andaba haciendo todo el mundo.
Duke era un verdadero fanático de la música. Me dio a conocer a todos los grandes del hiphop de los ochenta. Cada semana iba al mercadillo de Bessemer y volvía a casa con el último lanzamiento musical, el que fuese. Metía la cinta en el radiocasete y la escuchábamos sin parar. Nos fijábamos en las letras y nos las aprendíamos de memoria. Luego empezábamos a rapearnos el uno al otro, alternando las estrofas.
Incluso cuando Duke no andaba cerca, yo escuchaba sus cintas. Y lo hacía de una forma activa, cuidadosa, diligente. Me las estudiaba, como quien dice.
Duke me llevó a mis primeros conciertos en el Birmingham Civic Center. En el verano de 1986 vi a Run-DMC, a los Beastie Boys, a Whodini y a LL Cool J durante el Raising Hell Tour. Tenía seis años, y aquellamierda me voló la cabeza. Dos veranos más tarde vi a Kool Moe Dee, a Eric B. y Rakim, a Doug E. Fresh, a Boogie Down Productions, a Biz Markie y a Ice-T durante el Dope Jam Tour. Menuda alineación. Cuando Kool Moe Dee sacó «Let’s Go», haciéndole tiradera a LL Cool J, el público entero se volvió loco. En 1989 vi a N.W.A tocar allí. Fue el concierto tras el cual a MC Ren lo acusaron de haber violado a una chica en el autobús de la gira.
El dormitorio que Duke y yo compartíamos estaba forrado de pósteres de todos aquellos tíos, que había sacado de la revistaWord Up!Llenaban las paredes enteras. Su favorito era uno de LL con Mike Tyson. Teníamos tantos pósteres que no se veía ni un milímetro de pared.
De vez en cuando, mi padre hacía una visita relámpago a Alabama, visitas que yo anhelaba. Llegaba en un Cadillac blanco impoluto, un Fleetwood Brougham con tapicerías de cuero blanco. Era alto, uno noventa y tres, y delgado. Se bajaba del coche cargado de regalos: ropa y juguetes para mí y para Duke, y un fajo de billetes para mi madre. Por aquel entonces, sabíamos que mi padre siempre llevaba dinero encima. Para mí, el tío estaba forrado.
De niño me dijeron que mi padre era técnico de laboratorio, cosa que debió de ser cierta en algún momento. Pero, para cuando yo nací, aquellos días habían quedado muy atrás.
—Conque técnico de laboratorio, ¿eh? —Madear se rio cuando se lo dije —. Pues dime: ¿qué ropa lleva para ir a trabajar?
¿Cómo iba a saber yo lo que se ponía para trabajar? Si apenas lo conocía.
Lo más parecido que tuve a un padre murió cuando yo tenía siete años. Duke y yo estábamos en casa cuando Goat entró como una exhalación con Walter sénior en los brazos. Se había desmayado en la calle.
Yo ya había presenciado escenas similares. Como he dicho antes, mi abuelo caminaba sin problemas, excepto cuando estaba borracho. Lo había visto caerse a la acequia que discurría por nuestra calle. Mi tío o algún vecino lo levantaban para acompañarlo a casa. La verdad es que era algo habitual.
Pero aquella vez fue distinto, pues había sufrido un ataque al corazón. Fue la última vez que vi a Walter sénior. Goat lo metió en el dormitorio y cerró la puerta. Para cuando llegaron los servicios de urgencia, ya había fallecido.
Al día siguiente vino la familia Davis al completo. Fue el no va más. La histeria colectiva. En el funeral, mi madre y mis tías se comportaron de forma muy exagerada, saltando, sollozando y chillando como si estuvieran a un paso de subirse al ataúd con él. Todo un espectáculo.
«¿Por qué, Dios mío, por qué?», exclamaban.
La muerte de mi abuelo marcó el comienzo del fin de mi vida en Bessemer. Apenas habían transcurrido unas horas desde el funeral cuando la familia Davis ya se estaba peleando. El enfrentamiento, sobre todo entre lasmujeres, se prolongó durante años. En apariencia, todo se debía a la casa de Walter sénior, pero iba mucho más allá. Se trataba de una lucha de poder para determinar quién sería la nueva matriarca. Y mi madre se enfrentaba a sus dos hermanas mayores: mis tías Jean y Pat.
Veréis, cuando digo que mi madre y mis tías se pelearon, quiero decir que hubo sangre, y en varias ocasiones. La movida era como una pelea de salón en una peli del Oeste, que llegaba hasta el jardín delantero para disfrute de todos los vecinos.
Una noche, mi madre empujó a la tía Jean por la ventana delantera. En otra ocasión, la tía Pat llegó con una lata de gasolina y amenazando a voz en grito que iba a quemar la casa. Las cosas se pusieron tan mal que mi madre nos llevó a Duke y a mí a casa de una amiga para alejarnos de todo aquel caos.
En medio de las discusiones y las peleas, mi madre fue implicándose cada vez más en la iglesia. Antes de su despertar religioso, Vicky Davis fumaba cigarrillos y creo que incluso hierba en alguna ocasión —de hecho, he oído que hasta llegó a venderla—. Pero todo cambió cuando Dios la salvó. Incluso dejó de decir palabrotas.
Con todo lo que estaba ocurriendo con la familia, a mi madre se le metió en la cabeza que quería sacarnos de Alabama. Bessemer no iba a ofrecerle una vida mejor que un trabajo en Pullman-Standard, la empresa de vagones de ferrocarril, que pagaba más que el resto. Era lo máximo a lo que se podía aspirar; el techo era muy bajo. Sin embargo, ella quería más: para sí misma, para mí y para Duke.
En aquella época, mi madre tenía un novio que iba y venía a Atlanta a trabajar, y que una vez nos había llevado al parque temático Six Flags. Un día, mamá nos dijo a Duke y a mí que íbamos a mudarnos a Atlanta con él. No tardamos en hacer la maleta y plantarnos en la acera, listos para partir. El tipo no se presentó.
Tardamos casi un año en mudarnos de verdad. En la iglesia, mi madre conoció a otro hombre, Donald. A mí siempre me pareció un tipo majo, de esos que van a la iglesia, y se ganaba la vida conduciendo un camión. Por lo que tengo entendido, él y mi madre no eran más que amigos, pero se estaba planteando volver a Georgia y, como sabía que nuestra situación familiar era complicada, nos invitó a acompañarlo. Nos quedaríamos en su casa mientras mi madre buscaba trabajo y ahorraba.
No supe qué pensar cuando mamá nos anunció por segunda vez que nos mudábamos. Duke seguía avergonzado por que nos hubieran dejado plantados, de modo que aquella vez no la creyó. No les dijo a su entrenador de fútbol ni a sus amigos que se iba. Y, como no recogió sus cosas, yo tampoco lo hice. Pero dio la casualidad de que Donald sí apareció.
A Duke no le hacía ninguna gracia marcharse, ya que tenía su vida y sus planes en Alabama. Lo único que quería era jugar al fútbol con los Alabama Crimson Tide y convertirse en futbolista profesional. Deseaba seguir los pasos de Bo Jackson y ser la nueva estrella surgida de Bessemer. No quería marcharse y tampoco entendía por qué debía hacerlo.
Yo pensaba de otra forma. Por mucho que quisiera a mis tías y a mis primos, me preocupaba que todo el mundo anduviera peleándose. No era forma de vivir. Incluso a los nueve años ya me parecía una estupidez que los adultos lucharan con tanto ahínco por aquella casucha destartalada. Era de locos.
Todos los habitantes de nuestra calle salieron a despedirnos el día que nos fuimos a Georgia. Para nosotros, dejar Bessemer era un gran paso. Nadie en aquella ciudad se había mudado sin más. Se trataba de una comunidad de familias que llevaban generaciones viviendo allí.
Cuando el camión de la mudanza se puso en marcha, me despedí con la mano de los familiares y amigos que salieron corriendo detrás.
«Qué fuerte. Es probable que no vuelva a ver a ninguno de ellos».
Llegamos a Ellenwood (Georgia) en agosto de 1989.
Ellenwood es una ciudad dormitorio a pocos kilómetros de Atlanta. No parecía demasiado distinta de mi comunidad de Bessemer. La gente se sentaba en los porches para refugiarse del calor. Las ardillas y los conejos correteaban por los jardines de las casas. Los niños jugaban al aire libre y montaban en bicicleta sin miedo a que les ocurriese nada. Resultaba familiar. Pero nuestro paso por Ellenwood fue breve.
A los pocos meses de mudarnos, Donald se reconcilió con su exmujer, y ella y su hijo se trasladaron a la casa con nosotros. Donald era un tipo muy íntegro y, hasta donde yo sé, jamás le dijo a mi madre que nos marcháramos. Pero, desde el momento en que llegó su esposa, quedó claro que esta no nos quería allí. Un día arrancó todos los pósteres que Duke se había traído de Bessemer y los tiró a la basura. Mi hermano se quedó desconsolado.
No había manera de que aquella señora y mi madre pudieran compartir casa. Las pequeñas discusiones adquirieron proporciones descomunales. Así pues, mi madre no tardó en querer marcharse.
El problema era que no teníamos adonde ir. Mi madre no sabía dónde llevarnos ni disponía de los medios para hacerlo. Acabábamos de llegar a Georgia. No teníamos familia, ni amigos, ni red de apoyo.
Solo sabíamos que mi padre andaba cerca. Tras haber huido de Alabama a Detroit, se había establecido en Atlanta, donde su hermano mayor, mi tío James júnior, le había dado trabajo hasta que encontró otro por sus propios medios. Sin embargo, mi madre y él llevaban tiempo sin hablar. Hacía uno o dos años, mamá había descubierto que mi padre tenía otra mujer y dos hijos: mis hermanastros Ralph y Courtney Walker. Aquella noticia hizo que se acabaran las visitas a Bessemer.
Pero estábamos desesperados, así que mi madre se puso en contacto con Madear, que mandó a mi padre a Ellenwood a buscarnos. Este vino de inmediato, pues ardía en deseos de vernos —en realidad, era mi madre quien no lo había querido cerca—. Trasladamos nuestras cosas a un trastero de alquiler y mi padre nos llevó al motel Knights Inn, en Bouldercrest Road, en la parte este de Atlanta. Fue allí donde empecé a conocer la ciudad que me moldearía.
El tráfico de drogas en Atlanta está unido a sus raíces como núcleo ferroviario. La ciudad se había convertido muy rápido en el principal nodo de comunicaciones del sureste, con líneas que iban al norte, al este, al sur y al oeste. Y, aun cuando las vías fueron destruidas durante la guerra de Secesión, la identidad de Atlanta como meca del transporte continuó. Las vías se vieron sustituidas por una red de autopistas interestatales que conectaban con otras ciudades en todas direcciones. Una maraña de carreteras. En resumen, Atlanta es históricamente un lugar de paso de personas y mercancías. Y el tráfico de drogas forma parte integral de esa historia.
Cuando llegó elcrack, a mediados de los ochenta, golpeó con virulencia en la ciudad. Un grupo llamado los Miami Boys, procedentes del sur de Florida, eran quienes movían gran parte de la droga que entraba en Atlanta. No obstante, para cuando yo llegué, aquellos tipos ya se iban. La ciudad se había propuesto hacerse con los Juegos Olímpicos del 96 y así atraer al turismo. Para conseguirlo, tenía que acabar con su reputación de lugar inseguro y lleno de droga. Así pues, los Miami Boys tenían que marcharse, y fueron los federales quienes los sacaron de allí.
Sin embargo, aquello no solucionó las cosas. Sacar a una banda importante no hizo sino dejar sitio para que se establecieran otras más pequeñas. Y, cuando estas lo hicieron, hubo enfrentamientos. La violencia siguió. Las drogas siguieron. La misma mierda con distinto váter.
Los del ayuntamiento no podían permitirlo. Atlanta necesitaba sus olimpiadas. Así que, entre los esfuerzos por ocultar el lado oscuro de la ciudad, el Departamento de Policía empezó a rebajar los delitos registrados. Los crímenes violentos se convertían en delitos menores y otros informes policiales se desechaban sin más. Todo esto durante años.
Pero basta de hacer de historiador del mundillo de las drogas. Al fin y al cabo, por aquel entonces yo no sabía todas estas movidas. Tenía diez años. Lo único que sabía era que mi nuevo barrio era una puta zona de drogas. La zona 6.
El Knights Inn estaba infestado, al igual que el resto de la zona este. Se trapicheaba en mitad del tráfico y aplena luz del día. Había prostitutas en cada esquina. Las pandillas de ladrones siempre andaban buscando el siguiente objetivo. Era chunguísimo.
También corrían numerosos rumores sobre raptos, abusos y asesinatos de niños. Habían pasado diez años desde la famosa ola de asesinatos en la ciudad —cuando casi treinta negros (niños y adultos) fueron secuestrados y asesinados—, pero la historia aún asustaba a las familias de Atlanta. Mucha gente parecía creer que Wayne Williams no había sido el único asesino, si es que lo había sido en realidad.
Para un niño de provincias, todo aquello daba miedo. Era un choque cultural. Mi nuevo entorno resultaba muy agresivo. La gente parecía brutal, cruel.
Tras pasar casi un año en el Knights Inn, los cuatro nos mudamos a Mountain Park, un complejo de apartamentos en Custer Avenue a base de edificios bajos de ladrillo rojo. Un poco mejor que el motel, pero, al final, la misma mierda.
Aunque ahora vivíamos en el este de Atlanta, Duke y yo seguíamos yendo al colegio en Ellenwood. Yo, a la escuela primaria Cedar Grove; y Duke, al instituto correspondiente. Cedar Grove tenía un buen programa de fútbol americano y, como ya dije antes, mi hermano era un máquina con el balón. Normalmente jugaba de defensa, pero podías ponerlo en cualquier punto del campo. Joder, pero si hasta podía hacer depunter. Más tarde consiguió una beca para jugar en la Tennessee Wesleyan University. Imagino que debería haber cambiado de instituto tras mudarnos al este de Atlanta, pero por algún motivo lepermitieron quedarse en Cedar Grove para seguir jugando, y eso se tradujo en que yo también me quedé en mi antigua escuela.
Desde la guardería en Alabama, el colegio me había resultado sencillo. Como mi madre era maestra, me había enseñado a leer desde muy pequeño y yo había aprendido rápido. En la escuela dominical, los profesores se quedaban admirados de que supiera leer y recitar versículos de la Biblia. Así que, cuando entré en la escuela primaria de Jonesboro, ya iba adelantado a los otros niños. Acababa las tareas antes que nadie. Me felicitaban por ser tan buen alumno, pero yo sabía que el mérito le correspondía a mi madre, que me había proporcionado una ventaja de partida. Ventaja que se prolongó cuando mi educación continuó en Atlanta.
