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Hambre de control es un testimonio sobre los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). A través de su experiencia, la autora explora el control como una falsa ilusión de seguridad, abordando el perfeccionismo, la autoexigencia y la relación con el propio cuerpo. Con una prosa íntima y profunda, Carrasco cuestiona los estándares sociales y emocionales que perpetúan estos trastornos. Su mirada sobre la sanación va más allá del peso físico, resaltando la importancia del equilibrio emocional. Este es un libro poderoso que invita a la introspección y al entendimiento de una lucha muchas veces incomprendida.
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Seitenzahl: 35
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Prólogo: ¿marionetas o marioneteros?
¿Por qué un TCA (trastorno de la conducta alimentaria)?
Ir por lana y salir trasquilado: el control excesivo
TCA: una condición médica y social.
¿Quién, cuándo, dónde?
Por favor, que se detenga el tiempo
Banquetes y orgullo anoréxico
Carencia y exceso: cuando los opuestos se atraen
Mi cuerpo, mi objeto de control.
La sanación: ¿qué entiendo por peso saludable?
A todos mis especialistas tratantes, a mis compañeras y compañeros de batalla, a mi familia, a mis amigas,
a Diego y a mi Ari.
“Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad, pero con frecuencia son también la fuente de nuestra fuerza”, dijo alguna vez el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud.
Creo con firmeza que una parte fundamental del proceso de crecer y convertirse en adulto/a consiste en atravesar experiencias de vida que te violentan y te culpan porque llegas a la conclusión de que tú mismo/a has contribuido a que todo termine así, que tus miedos y tus inseguridades te han conducido por un camino que no ha sido el correcto (aunque, ¿el correcto según quién?).
Muchas personas han sido motivadas por la envidia a cometer acciones de las cuales luego se arrepienten porque terminan perdiendo a alguien o algo.
¿Pero de dónde surge la envidia? Es un fiel reflejo de nuestra propia inseguridad, de sentirnos incapaces, inexactos, incompletos. Nos insegurizamos a tal punto que intentamos aplacar la vivencia de éxito de quienes queremos con una finalidad que no tenemos del todo clara, pero sabemos que no tiene en absoluto que ver con el vínculo que mantenemos con dicha persona, sino más bien con la certeza interna de que jamás llegaremos a vivir un éxito como aquel. Y, por supuesto, si yo no puedo vivirlo, quien está a mi lado tampoco.
El complejo de inseguridad que padeces te conduce a la emoción —la envidia— y esta, a su vez, a la acción para luego transportarte de nuevo a la emoción, la cual ahora es la culpa: “¿Por qué lo hice? ¿Por qué tuve que ser tan envidioso/a? ¿Por qué no pude tragarme mi envidia?”. Y continuamos en el bucle de preguntarnos los porqués de una situación que no tiene una explicación única ni, menos aún, una respuesta científica.
Entonces surge la culpa: “Soy la peor persona del mundo”, te reprochas y te castigas con las palabras. A veces, incluso, con los actos. Sin embargo, a esta fórmula para nada perfecta hemos olvidado agregar la fuerza de la que nos habla Freud. En efecto, luego de haberlo experimentado personalmente, creo que tras la culpa viene el aprendizaje: nuestro propio paso de autoconocimiento y de reflexión, con el que nos damos cuenta de que somos más fuertes de lo que creíamos (esto, claro, si no has llegado a un punto tal de automachaque que te produzca aún más culpa).
Ni la envidia ni la culpa debiesen ser catalogadas como emociones negativas, partiendo de la premisa de que, de hecho, no existen las emociones negativas como tales, sino sensaciones, algunas más desagradables que otras. La ira, por ejemplo, no es nuestra enemiga solo por existir. Es lo que sentimos con ella y lo que nos lleva a hacer lo que nos parece incómodo y desagradable. Pero de aquí a ser nombrada como negativa, me parece una clasificación precaria y que deja mucho por desear considerando la complejidad del mundo emocional de cada ser humano.
