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A inicios de la década de 1920 Ramiro Guerra escribió esta Historia de Cuba. Este libro recoge la historia de las culturas aborígenes, la formación y evolución de la nación hasta los albores de la república. El proyecto quedó inconcluso, pero los dos tomos publicados ―hasta 1607―, representaron un trascendental avance para la historiografía cubana. La búsqueda de indicios de una gestación nacional en aquella temprana etapa colonial, motivó al historiador a la consulta de nuevas fuentes. Estas llevaron su análisis más allá del tradicional acontecer político, para considerar fenómenos sociales y económicos usualmente descuidados. Ramiro Guerra hurgó entonces en la «historia profunda» que estimaba esencial para hallar los embriones de la comunidad cubana. Sus libros - Azúcar y población en las Antillas, - Manual de Historia de Cuba - y Guerra de los diez años son textos clásicos de los estudios históricos cubanos. En el prólogo a este último libro, Ramiro Guerra expresó: «Un país no podrá tener jamás una historia, sino muchas historias.»
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Seitenzahl: 564
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Ramiro Guerra
Historia de Cuba
Tomo I
Barcelona 2022
linkgua-digital.com
Créditos
Título original: Historia de Cuba. Tomo I.
© 2022, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard
ISBN rústica: 978-84-9897-356-3.
ISBN ebook: 978-84-9953-527-2.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Sumario
Créditos 4
Prólogo 9
Introducción. La historia y los factores históricos 17
1. Advertencia preliminar 17
2. Es contenido de la Historia 17
3. Influencia de las condiciones geográficas sobre el desarrollo histórico 24
4. Condiciones geográficas de Cuba: sus consecuencias históricas 26
5. La población de Cuba: predominio de la influencia española 37
6. Relaciones históricas de Cuba con otros países 45
7. El carácter cubano 49
Primera época. Formación de Cuba. Los indios 55
8. Evolución geológica de Cuba 55
9. Los indios cubanos. Su procedencia 64
10. Condiciones físicas, carácter y costumbres de los indios calíanos 74
11. Organización social de los indios cubanos 86
II. Descubrimiento de Cuba. Exploración de sus costas 1492-1511 96
12. Descubrimiento de Cuba por Cristóbal Colón 96
13. Reconocimiento de las costas de Cuba 103
14. Bojeo de la Isla por Sebastián de Ocampo 114
III. Conquista de Cuba por los españoles. 1511-1514 120
15. Designación de Diego Velázquez para emprender la conquista de Cuba. Carácter de éste 120
16. Organización de la expedición e instrucciones del rey don Fernando 123
17. Resistencia de los indios; lucha contra Hatuey en los alrededores de Baracoa y muerte del cacique 126
18. Política pacifista de Velázquez; penetración en Maniabón y Bayamo 130
19. Primer repartimiento de indios y plan general de conquista 138
20. Marcha de Narváez y Las Casas desde Bayamo a La Habana 141
21. Marcha de Velázquez por el Sur hasta la bahía de Jagua 148
22. La autoridad de Velázquez extendida a toda la Isla 151
IV. Primer periodo colonial. 1512-1555 154
1. Historia política externa 154
23. Primeros pasos de Cuba en la vida política. Atención de don Fernando el Católico a los asuntos de Cuba 154
24. La colonia cubana durante la regencia del Cardenal Cisneros. Las Casas y los procuradores 158
25. La política colonial cubana bajo el reinado de Carlos V. Sacrificio de los intereses cubanos 163
26. Empresas exteriores de los primeros gobernadores 167
27. Sublevaciones de los indios 172
28. Primeros ataques de los franceses en las costas cubanas 180
2. Gestión de los primeros gobernadores 185
29. Administración de don Diego Velázquez 185
30. Gobiernos de don Manuel de Rojas, Juan Altamirano y Gonzalo de Guzmán 193
31. Gobiernos de Soto, Dávila, Chávez y Pérez de Angulo 199
3. Organización política, administrativa y social 203
32. Fundación de las primeras poblaciones; organización y funciones del gobierno local de las mismas 203
34. Las Juntas de Procuradores 220
34. El gobernador general, los oficiales reales y la Audiencia 230
35. Organización y trabajos del Clero 238
36. Las encomiendas 247
37. Los esclavos 260
4. Vida económica, población, cultura y costumbres 265
38. Vida económica 265
39. Población 274
40. Estado moral, costumbres e instrucción 279
Libros a la carta 295
Prólogo
De tan ardua como poco apreciada puede estimarse la ímproba labor que se imponen los escasos publicistas que, en estos tiempos de rápido vivir y de compensaciones materiales inmediatas, se consagran seriamente al estudio de la Historia.
Bastaríanos considerar cuan difícil resulta la depuración de la verdad, aun de los hechos coetáneos en que tomamos una participación directa, para comprender la asombrosa tarea que significa hallar aquélla en acontecimientos velados por las nieblas de los siglos que oponen a la marcha escrutadora del investigador abismos insondables, formados unas veces por la falta de todo elemento de información y abiertos, otras, por la multiplicidad de datos incompatibles y contradictorios.
Meditemos, por otra parte, sobre la miseria espiritual que revelaría un pueblo del que ignoráramos sus pasos por la vida, en medio del correr incesante de la civilización, para que comprendamos cuan valiosa es la contribución que prestan a las sociedades dignas de este nombre quienes, con ánimo imparcial y ejemplar perseverancia, dedican las luces de sus cerebros privilegiados a penetrar en los arcanas de la humanidad exhibiéndonosla en sus jornadas a través del tiempo y del espacio.
Pero si esos estudios son, en general, de capitalísima importancia, ésta se aumenta y singulariza cuando se trata de investigar y divulgar la historia de naciones incipientes cuyas orientaciones como pueblos señores de sus destinos y cuyo desarrollo y afianzamiento como colectividades bien caracterizadas, requieren el exacto conocimiento de los factores que han intervenido en su fundación por la misma causa que se hace imprescindible determinar con exactitud la calidad de los cimientos de un edificio, si se ha de evitar que carezcan de solidez y de proporción las demás partes que se construyan ulteriormente.
Cuba, en particular, ofrece, además de las expuestas razones, otras no menos estimables que encarecen el mérito de los esfuerzos que al estudio de su historia se encaminen, porque de este país, aunque afectado en cierta manera por las debilidades de la infancia, puede decirse, sin embargo, que en muchos aspectos se mostró digno de la mayoría de edad desde el instante de su nacimiento a la vida de los pueblos soberanos, alcanzando un crecimiento que ha sobrepasado el de muchas naciones seculares. Y solo observando con cuidadosa e imparcial mirada los pasos que Cuba ha recorrido hasta nuestros días desde el instante en que los descubridores quedaron extasiados ante la fantástica belleza de sus playas, es como pueden comprenderse los secretos de su temperamento para prevenir o remediar las enfermedades propias de los pocos años, y cómo pueden explicarse avances, de otra manera incomprensibles por lo portentosos, cuyos impulsos precisan ser bien conocidos si han de ser convenientemente estimulados.
Agreguemos a esto, que, por diversas causas que en nada menguan el valimiento de los esfuerzos realizados por sus respectivos autores, la labor histórica realizada hasta la fecha es deficiente; porque sin entrar en prolijidades críticas que no serían del caso, puede afirmarse que no existe una historia completa de Cuba compuesta con arreglo a los principios de la metodología de esta ciencia tales como han sido establecidos por Langlois, Altamira y otros maestros modernos en esta clase de investigaciones; labor que, por otra parte, no puede emprenderse ni efectuarse con resultados dignos de aprecio, sin una sólida preparación especial y un conocimiento completo de varias disciplinas científicas, algunas de reciente fundación, que en su conjunto constituyen ciencias indispensables auxiliares de la Historia.
Las obras de Arrate, Urrutia y Valdés; las de don Jacobo de la Pezuela y don Pedro José Guiteras, muy estimables en diversos conceptos; las de don Ramón de la Sagra, don Antonio Bachiller y Morales, don Buenaventura Pascual Ferrer y don Vidal Morales, así como otras muchas relativas a sucesos particulares o a épocas determinadas, y algunas escritas en inglés en estos últimos tiempos, aparte de ser incompletas, adolecen de los graves defectos de haber sido compuestas con arreglo a métodos y a criterios anticuados en períodos de intensas agitaciones sociales y políticas, cuando la exaltación de las pasiones era poco propicia a la serena imparcialidad que debe inspirar el trabajo del historiador o respondiendo algunas de ellas a miras e intereses particulares muy ajenos a los verdaderos fines de la Historia.
Un factor más, y no de poca importancia, aunque lo expongamos en último término, que acrecienta la viva necesidad en que nos hallábamos de tener una obra completa de historia de Cuba, como la que ahora inicia su publicación, es el lamentable error en que generalmente se viene incurriendo y, en que según Albert Sorel en su notable obra Europa y la Revolución, también se cayó por los franceses a raíz de su revolución del 93, de suponer que toda la Historia de Cuba se circunscribe a los episodios de sus luchas por la independencia, siendo así que, sin oscurecer en lo más mínimo los fulgores de esas nobilísimas y gloriosas epopeyas, hay que convenir, no obstante, en que el pueblo cubano para su mayor prestigio, antes de sus épicas empresas por la libertad y después de ellas, ha demostrado en los múltiples acontecimientos de su vida, iniciativas, energías y virtudes que le otorgan un acerbo histórico saturado de valores materiales y espirituales, con los que supo hacerse acreedor a la independencia por la que, con singular espíritu de sacrificio, pelearon aquellas valerosas mesnadas que reprodujeron en las sabanas y en la manigua de esta Antilla las heroicas hazañas de los Indibil, los Viriatos y los Velardes, de quienes se mostraron dignísimos sucesores, no tan solo por su ardiente amor a la libertad y por el abnegado y temerario denuedo con que por ella combatieron, sino también por la generosidad magnánima con que supieron olvidar al día siguiente los agravios recibidos el día anterior en los tristes extravíos de la contienda.
Estudiando con espíritu imparcial la historia de Cuba, se impone la necesidad de rectificar muchas lamentables afirmaciones que más que para esclarecer la verdad han servido para alimentar las pasiones malsanas, causando los inevitables perjuicios consiguientes a toda información tendenciosa; y así podrá llegarse a la conclusión de que, si bien es cierto que la administración y el gobierno de la Colonia en el largo proceso de los siglos, tuvieron graves faltas, algunas de las cuales eran comunes a las demás naciones como hijas del atraso de la época, también es evidente que son de todo punto gratuitas muchas de las principales censuras de que han sido objeto y que, aceptadas como dogmas por el vulgo, han servido para sustentar y propalar, de buena fe la mayor parte de las veces, invenciones tan desatinadas y calumniosas como las matanzas de millones de indios llevadas a cabo por los conquistadores a impulsos de una sistemática crueldad, lo que resulta absurdo por completo, igualmente que otras leyendas por el estilo, especialmente en cuanto concierne a la ocupación de Cuba que, planeaba y dirigida por Velázquez con la cooperación del padre Las Casas, constituye un modelo merecedor del mayor encomio, ya se la considere bajo su aspecto militar, ya se la analice al través de los principios de una sana política llena de humanidad y de templanza. Si enlazamos esta manera evidentemente elevada con que dio comienzo la soberanía de España en Cuba con los dos episodios más salientes con que ésta hubo de terminarse —la gloriosa muerte de Vara de Rey y la homérica salida del puerto de Santiago de la escuadra de Cervera— no tendrán inconveniente, los que sin prejuicios sigan el desarrollo de los acontecimientos coloniales, en reconocer que entre las dos fechas famosas, 1492-1898, y entre esos nombres esclarecidos que hemos mencionado, existen otras muchas fechas y otros muchos nombres que imparcialmente apreciados sirven de firme sustento a nuevos juicios más acertados, definitivamente establecidos ya en otras Repúblicas Americanas, sobre la actuación de los fundadores del vasto imperio Hispano Americano y sobre el mérito del legado que, descontados los errores, hubieron de entregarle éstos a Cuba.
Contemplando también con imparcial criterio los sucesos en que los más genuinos elementos cubanos han puesto de relieve sus eminentes facultades en todos los órdenes de la actividad, preciso será detener nuestra admiración ante hechos tan notorios de heroísmo como la muerte de Velasco defendiendo el Morro de La Habana contra los ingleses, el sacrificio de los bayameses incendiando su amada ciudad antes de entregarla a Balmaseda, el rescate de Sanguily por Agramonte, la épica campaña de la Invasión y la muerte del joven Francisco Gómez Toro junto a Maceo: y ante magnanimidades tan excelsas como el Decreto de 23 de marzo de 1899 dictado por el doctor González Lanuza días después de terminada la contienda, excluyendo de toda responsabilidad penal y de todo procedimiento judicial a cuantos habían combatido al servicio de España, por los hechos delictuosos que hubieren realizado durante la guerra, página insuperada en los fastos de la Historia y que tanto contrasta con los largos y sangrientos dolores que habían acompañado al nacimiento de los demás pueblos americanos; y absorto el ánimo por tan noble y sólida grandeza, si se dirige además a considerar el brillo que fulgura en las obras de la inteligencia y de la virtud, con los poemas de Heredia y la Avellaneda, con las composiciones musicales de Jiménez y Espadero, con las novelas de Cirilo Villaverde, con publicistas y sociólogos como Saco, con sacerdotes filósofos y educadores del celo evangélico del padre Várela y Luz y Caballero, con sabios naturalistas como Poey, con héroes nacionales como Agramonte y Maceo, con ingenieros como Aniceto Menocal y Albear, con médicos e higienistas como Albarrán y Finlay, con jurisconsultos como González de Mendoza, Llorente y González Lanuza, con libertadores de pueblos de genio tan extraordinario y alma tan grande como Martí, y con Jefes de Estado tan austeros y probos como Céspedes y Estrada Palma, se llegará a la conclusión de que pueblos que contaban con hombres de ese valimiento y que en la guerra y en la paz supieron de esa manera comportarse, tenían ganado en buena lid el derecho a su completa soberanía.
Puesto de relieve todo lo que, manifestado fielmente por la Historia, es digno de censura y todo lo que es merecedor de elogios, la crítica honrada encontrará perfectamente explicable que España quisiera retener, al amparo de los derechos que se engendraban en el descubrimiento, la conquista y la colonización, unidos a la posesión de más de cuatro centurias, su dominio sobre estos últimos pedazos del inmenso continente que había regado con su idioma, con su religión, con sus leyes y con su sangre; y hallará perfectamente legítimo que Cuba anhelase desligarse de toda tutela constituyéndose en un pueblo libre y soberano, reduciéndose las que parecían irreconciliables discrepancias entre la ex metrópoli y la ex colonia, a un simple fenómeno biológico mil veces reproducido entre los pueblos del mismo tronco, pero cuyo alcance en manera alguna puede conducir ni a la estéril negación del común linaje ni al mayor extravío de que los que fueron contendientes en un pleito de familia se empeñasen, recíprocamente, en ocultar las virtudes y en acrecentar los defectos respectivos de aquellos con quienes litigaron, habida consideración a que las leyes inexorables de la paternidad y de la herencia, ni excusan la culpabilidad del padre en los vicios de los hijos, ni pueden libertar a éstos de las máculas de los padres.
El libro que ahora publica el doctor Guerra, el más serio por no decir el único verdaderamente fundamental que se ha dado a la imprenta en Cuba durante los últimos años, es un nuevo exponente de la elevada mentalidad y de la sólida cultura de su autor, quien, pese a su modestia sin límites y a su juventud todavía llena de vigores, ha brillado ya con esplendente luz en las justas de la inteligencia, destacándose entre los pedagogos y los sociólogos con publicaciones y conferencias que han dejado en la opinión pública la honda sensación de que sus trabajos, tan numerosos como interesantes y oportunos, son el fruto jugoso de un pensador profundo lleno de altas y nobles idealidades inflamadas de un ardiente y sano patriotismo, el que, por otra parte, ha demostrado el autor como los Luz Caballero, Saco, Lanuza, Varona y Sánchez Bustamante, en la forma más eficaz en que ese elevado sentimiento puede acreditarse, mediante la consagración por más de veinte años consecutivos al abnegado sacerdocio del magisterio, realizando, en el silencio de las aulas, una labor tan útil y meritoria como poco recompensada.
Desde la Introducción de este libro en que se fija el contenido de la Historia y se estudian los factores que más han influido en la de Cuba, como son el ambiente geográfico, la raza española, las relaciones internacionales y el carácter cubano, que se analiza por primera vez de una manera sistemática, hasta la última parte de este tomo que termina en 1607 con la primera insurrección de los bayameses contra el Gobierno Colonial por sus medidas coercitivas para suprimir el contrabando, llenan sus páginas materias tan originales e interesantes y, en general, tan poco estudiadas, como la geogenia o formación de la Isla, el origen de los indios cubanos, su estado social, costumbres y organización en la fecha del descubrimiento, los detalles de éste y las exploraciones de Colón, Ocampo y otros navegantes, la conquista de la Isla puntualizándose la que el autor llama política pacifista de Velázquez encaminada a apaciguar a los indios y a someterlos a la soberanía de España respetando su manera de vivir y evitando todo acto de hostilidad y todo derramamiento de sangre al extremo de ser, como antes expresamos, la conquista de Cuba, una de las más pacíficas que registra la historia.
Materias llenas también de notable merecimiento que el autor aborda con singular maestría, son la primera organización del gobierno de la Colonia con sus Cabildos o Concejos, sus juntas anuales de procuradores, verdaderos representantes de la opinión popular, el establecimiento de las encomiendas y el movimiento de protesta contra las mismas, que culminó con la libertad absoluta de los indios; el desarrollo de la Isla bajo la hábil dirección de Velázquez, su decadencia posterior a causa de las expediciones a México, la Florida y otros países vecinos, los primeros ataques de los corsarios, y diversos hechos más de esta época inicial de la Colonización de Cuba, encaminada como enseña la historia, no a la conquista ciega del oro, según se ha supuesto infundadamente, sino al fomento de la agricultura, la ganadería y el comercio, ya que la busca afanosa del oro fue una necesidad de orden económico ineludible, según se desprende de la exposición del doctor Guerra, y no una aberración psicológica semejante a la que se ha producido en la época moderna en California, Klondike y otros lugares.
Objeto asimismo de cuidadosa atención de parte del autor han sido las costumbres y el estado social de la población en la primera centuria, las causas del lento y difícil progreso de la Isla durante los tres primeros dieciséis siglos, el cambio producido en la Isla al convertirse en un puesto militar importante al extremo de estimarse La Habana como la Llave de las Indias, la destrucción de esta ciudad por los corsarios franceses, el auge de Bayamo, centro de contrabando que le proporcionó un desarrollo y una riqueza considerables, el espíritu independiente de los bayameses, cuya insurrección a que antes nos referimos, terminó con la primera amnistía que se firmara en Cuba, la promulgación de las Ordenanzas Municipales de Alonso de Cáceres, las reformas en la organización económica, la fundación de los primeros ingenios y la represión de la piratería que asolaba la Isla, apuntándose ya por esta época las primeras manifestaciones vigorosas del sentimiento de solidaridad entre todos los elementos de la población cubana, cuyos cimientos como pueblo quedaron definitivamente establecidos.
Tan notable y extenso contenido, escrito con datos de primera mano de las colecciones de Documentos inéditos de los archivos de Sevilla, Simancas y otros lugares, publicados en España, y mediante un cuidadoso estudio crítico de historiadores antiguos, modernos y contemporáneos como Oviedo, Las Casas, Pedro Mártir, Herrera, Navarrete, Humboldt, Prescott, Guiteras, Pezuela, Navarro Lamarca, y Altamira, cuyas sabias enseñanzas sigue el doctor Guerra, se encuentra además avalorado por el encanto de un estilo tan ameno como sugestivo, de manera que la obra, cumpliendo los requisitos de la didáctica, proporciona agradable lectura a cuantas personas le dediquen su atención, por la sencillez con que están expresadas hasta las ideas más sutiles y modernas de la ciencia histórica; y por ello y por las incontables y curiosas investigaciones que descubre sobre los primitivos tiempos de la vida cubana, hasta hoy totalmente ignorados, consideramos que nadie que en alguna manera se interese por las cosas de este país, debe dejar de buscar en las páginas de este libro las interesantes enseñanzas que contiene, con las cuales, a la par que una eficaz instrucción, encontrará los estímulos de que tan necesitados estamos —y que se derivan de la justa apreciación de los heroísmos y de las virtudes del pueblo cubano y de sus progenitores— para consolidar la fe en los destinos de Cuba y en los destinos de la raza, a la que deben atribuirse como patrimonio común todas esas grandezas, que nos ofrecen el convencimiento de que a la inmensa y trascendental misión histórica que hasta ahora ha cumplido nuestra estirpe, habrán de agregarse todavía etapas no menos brillantes que ya han empezado a revelarse, y que con el natural discurrir del tiempo se resolverán en renovaciones del viejo y glorioso tronco y en fecundísimas floraciones de los nuevos y vigorosos pueblos de este continente, entre los cuales puede afirmarse, por lo que de los hechos y las estadísticas resulta, que Cuba, con ser el más joven, ocupa el lugar más prominente.
Licenciado Manuel Abril y Ochoa.
La Habana, 31 de mayo de 1921.
Introducción. La historia y los factores históricos
1. Advertencia preliminar
Las generalizaciones previas, si se establecen como dogmas absolutos, son peligrosas en toda investigación sinceramente enderezada a escudriñar la verdad; pero si solo se adelantan a título de simples hipótesis sujetas a ulteriores rectificaciones, aportan la inmensa ventaja de dirigir la observación, facilitar el análisis y allanar el camino a la inferencia. El investigador, colocado frente a enormes y confusas masas de hechos, no puede abordar la explicación y descripción concienzudas de los mismos sin agruparlos y ordenarlos previamente, conforme a ciertos principios racionales de conexión, derivados principalmente del examen preliminar de los más importantes antecedentes de los hechos que se estudian.
De conformidad con este criterio, antes de entrar de lleno en la exposición de los problemas que se abordan en esta obra, hemos bosquejado, a grandes rasgos, un cuadro provisional del contenido de la historia y de los factores históricos que han influido más decisivamente en la formación del pueblo de Cuba.
Esta Introducción constituye dicho cuadro, necesariamente muy sucinto, el cual ha sido compuesto con la mira de poner al lector anticipadamente en posesión de ciertos elementos de comprensión y de inteligibilidad, indispensables para la interpretación de los hechos estudiados en esta Historia de acuerdo con las ideas del autor.
2. Es contenido de la Historia
Cada nación es una comunidad muy compleja con un pasado, un presente y un porvenir y su historia no es más que la explanación del proceso de formación, constitución y desenvolvimiento de dicha comunidad. Ese proceso no se desarrolla al azar; se halla regido por ciertas leyes generales que se derivan de las condiciones de la vida orgánica, del hecho de la vida social y de la naturaleza psíquica del hombre.
La vida orgánica se caracteriza por la continuidad de los cambios físico-químicos entre el ser viviente y el ambiente que le rodea. Cuando estos cambios son favorables al ser viviente, éste se multiplica con rapidez y se asegura un poder de expansión teóricamente ilimitado; en caso contrario lleva una vida lánguida o perece antes de completar su desarrollo.
Este principio general de la biología tiene el carácter de una ley inmutable; no admite excepciones y rige el desarrollo de las naciones como el de los individuos, los animales y las plantas.
Tratándose de la especie humana hay que consignar, sin embargo, una diferencia muy importante. Es cierto que la Tierra ejerce sobre el hombre la misma poderosa acción que sobre los demás organismos, pero el hombre reacciona sobre la Tierra, en un esfuerzo por domeñarla y libertarse de la esclavitud que le imponen las fuerzas ciegas de la Naturaleza. La inteligencia y la voluntad humanas jamás se rinden al imperio brutal de las energías del mundo físico. La inteligencia escruta sin cesar cuanto cae bajo su dominio, penetra poco a poco lo secreto de las leyes naturales y descubre principios de coordinación, de estabilidad y de armonía que satisfacen una necesidad fundamental del hombre: la de conocer para obrar con previsión y discernimiento. La voluntad, por su parte, se manifiesta como una energía independiente y poderosa, que subyuga, reduce a domesticidad y aplica al servicio del hombre algunas de las más rebeldes fuerzas del Universo.
En su lucha tenaz con el ambiente físico los hombres jamás son totalmente vencedores ni vencidos.
Un vínculo profundo e indestructible los une con la Tierra que los lleva y los nutre, como ha dicho un geógrafo y pensador moderno, y con el cielo que los ilumina y los asocia a la energía universal del Cosmos.
Así los vemos pasar en la Historia cubiertos con sus vestidos de dicha o de infortunio, arrastrados por el torrente de los siglos, siempre en íntima concordancia con la Geografía, la cual en vano intentan remodelar totalmente, conforme a las necesidades y los deseos humanos. El fondo permanente de la historia está representado por esa lucha del hombre con los elementos naturales.
Pero el hombre, uno en sus cualidades específicas fundamentales, muestra rasgos de carácter muy distintos, de orden secundario, que son el fundamento de la división vaga e indeterminada que se expresa con la palabra raza, término ambiguo, que emplearemos más que en un sentido étnico, con un valor psico-fisiológico. Cada raza, con sus cualidades particulares, aporta al inicio de la evolución histórica una cierta disposición fisiológica y una determinada condición espiritual, que pueden ser favorables o no para la preservación y el crecimiento del grupo social en el medio donde le haya tocado en suerte desenvolverse.
Si la disposición fisiológica y la condición espiritual son favorables, la obra de acomodación y adaptación es fácil; el grupo social se multiplica rápidamente; neutraliza cada vez de una manera más eficaz los efectos dañosos del ambiente, y obtiene el mayor rendimiento de los recursos naturales del medio, los cuales pone a contribución para satisfacer las necesidades colectivas. En caso contrario se entabla una larga lucha entre el hombre y las condiciones adversas del terreno o del clima, lucha que puede terminar con la victoria o la derrota de aquél, ocurriendo a veces que la energía vital y el espíritu emprendedor de una raza vigorosa, se sobrepongan y triunfen de la naturaleza hostil, allí donde otros hombres más débiles de cuerpo, de inteligencia o de carácter, estén llamados a perecer o a arrastrar una vida lánguida y miserable.
La lucha secular del hombre contra la naturaleza transforma las características primitivas de la raza y provoca la aparición de cualidades nuevas. Las condiciones fisiológicas y psíquicas originarias se modifican paulatinamente, en virtud de que el medio favorece el florecimiento de ciertas disposiciones humanas, al par que impide o restringe el desarrollo de otras; de manera que en el transcurso de los siglos la Naturaleza rehace al hombre e imprime nuevos rumbos a la evolución individual y social.
El estudio del proceso de la adaptación no agota el contenido de la historia. El hombre, por razón de su constitución física y mental, no puede subsistir aislado ni aun en el ambiente natural más idealmente favorable. Tiene necesidad de agruparse en familias, tribus y otras colectividades sociales, las cuales se multiplican con rapidez cuando disponen de abundantes medios de alimentarse, de territorios amplios donde extenderse y de otras condiciones de vida adecuadas.
El contacto de unos hombres con otros dentro de estos grupos, determina la aparición de fuerzas distintas de las del mundo físico, a la influencia de las cuales quedan sometidos los miembros de cada grupo. Todas las colectividades, por consiguiente, se hallan sujetas desde que se esboza su formación, a la doble influencia de la Naturaleza y de la energía social que ellas mismas desarrollan en virtud de su organización peculiar.
Así como la vida orgánica se distingue por las acciones y reacciones que provoca entre el hombre y las fuerzas del mundo circunstante, la vida social se caracteriza a su vez por las influencias que los hombres ejercen unos sobre otros, al agruparse en un lugar cualquiera del planeta con el fin de subvenir a las necesidades de su organismo y de su espíritu.
La vida interior de cada colectividad es un conflicto permanente de intereses. Por una parte, a cada uno de sus miembros le apremia la necesidad de la cooperación con sus coasociados, indispensable para librarse del tiránico yugo del ambiente natural; por otra, le domina el egoísmo básico del individuo, el afán de vivir él en primer término, tendencia que le arrastra de un modo fatal a apropiarse para su provecho exclusivo, la mayor suma posible de los bienes que la colectividad conquista con la mira de asegurar la conservación y el bienestar de todos sus componentes.
Dominado por esas inclinaciones contradictorias, la acción del individuo fluctúa sin cesar, moviéndose como los platillos de una balanza en direcciones contrapuestas: ora en el sentido de un interés particular, ora conforme al interés social. Mientras este conflicto se produce en cada conciencia individual, la conciencia colectiva en las comunidades en que predomina el proceso normal de crecimiento y de integración, determina reglas de acción común, obligatorias para todos los asociados, las cuales tienden a dominar y reducir el egoísmo individual y a fijar una base estable para la convivencia. En el curso de estas luchas intestinas de la colectividad, surgen y se organizan poco a poco las instituciones sociales y políticas, creaciones, en su conjunto, del espíritu social bajo la presión de las necesidades humanas; y a medida que las sociedades progresan intelectual y moralmente, las instituciones llegan a establecerse sobre bases más equitativas y justas, porque la mayoría, con aptitud para discernir sus propias conveniencias, impone soluciones que tienden a favorecer el interés colectivo. El conflicto persiste, sin embargo, inacabable, porque siempre hay sujetos que quebrantan los principios de la solidaridad e intentan destruir en su exclusivo beneficio, el equilibrio laboriosamente establecido sobre la base de la conveniencia general; mientras que otros luchan, bajo la inspiración de la justicia, por restablecer dicho equilibrio y afirmarlo de una manera definitiva.
La historia interna de cada colectividad refleja los dramáticos episodios de esa lucha de siglos, cuyo objetivo es encontrar una fórmula práctica que concilie el egoísmo con la equidad y el bien. La emoción que conmueve al historiador al medir la magnitud de los esfuerzos que realizan los hombres superiores de cada época, en quienes es más viva la conciencia de la especie, para superarse a sí mismos, dominar la ciega brutalidad de sus instintos, borrar la irreductible contradicción de su naturaleza y encauzar su vida y la de la sociedad según los principios de la razón y del derecho, no es menos intensa que la que provoca la contemplación de la lucha de la Humanidad contra los elementos. Unas escenas no ceden en grandeza a las otras.
El proceso histórico tiene además otras manifestaciones no menos notables. Sobre la faz de la Tierra han vivido y viven numerosas colectividades sociales distintas e independientes, cada una con sus intereses, sus necesidades y sus aspiraciones. Estas colectividades influyen recíprocamente unas sobre otras, y reproducen en un escenario más vasto, la lucha entre el egoísmo y la justicia que se desarrolla en el interior de cada una de ellas.
Los conflictos internacionales son realidades históricas tan duras, cruentas y terribles como las luchas intestinas de cada colectividad. De manera que al mismo tiempo que cada una de éstas efectúa el lento y rudo trabajo que requieren la acomodación a las variables condiciones de la vida, la explotación inteligente de los recursos naturales del país que ocupa, y la creación y organización de las instituciones necesarias para la realización de la justicia y la distribución equitativa de los bienes conquistados en el interior del grupo social, ha de entrar en contacto, voluntariamente o no, con otras comunidades semejantes, circunstancia que determina un nuevo orden de hechos históricos. La ingerencia de hombres de condición distinta en el proceso evolutivo de un grupo social, puede ser favorable o dañosa para éste. En el primer caso coadyuva a la adaptación y a la evolución social, acelerándolas u orientándolas en una dirección más provechosa; en el segundo, retarda el desarrollo de la comunidad o lo perturba hasta el punto de hacer imposible la vida autónoma del grupo.
La acción de una colectividad sobre otra se manifiesta con fuerza y carácter muy variables, según los casos. Casi nula en países aislados, de fuerte organización social y larga tradición histórica, es a veces incontrastable, cuando se trata del influjo ejercido por naciones poderosas sobre pueblos que carecen de vigor físico y espiritual.
Todavía la historia presenta un último aspecto.
El hombre, al propio tiempo que batalla contra la Naturaleza y consigo mismo, ora dentro del grupo limitado de que forma parte, ora en el escenario mucho más vasto de la Humanidad, despliega otras actividades de distinto orden, en virtud de su condición de ser pensante y sensible. Independientemente de todo propósito de acomodación al ambiente físico y al social, la contemplación del mundo exterior y de su propio mundo interno, determina en el espíritu humano impresiones y reacciones mentales de orden peculiar, que son el fundamento de la ciencia pura, la filosofía, la religión y el arte. El hombre piensa y siente; y el pensamiento y el sentimiento tienden irresistiblemente a traducirse y a fijarse en formas duraderas, mediante la palabra hablada y escrita, el ritmo, el color, la piedra, el metal y todos los demás medios de expresión utilizados por la Humanidad. Los estados de conciencia más fugaces y más estrictamente individuales, se transforman en realidades concretas y vivientes, alcanzan una duración indefinida y llegan a ser comunes a millares de personas. Cada colectividad contribuye a crearse así, poco a poco, una condición mental propia y un patrimonio de riquezas espirituales, que acaban por convertirse en poderosos agentes de evolución histórica. Las fuerzas de este mundo de realidades psicológicas, son los pensamientos y las emociones, cuya influencia gobierna en gran parte la vida y las costumbres de los individuos y de los pueblos.
La acción de estas fuerzas espirituales complica extraordinariamente el proceso de la historia, porque aumenta hasta lo infinito el número y la diversidad de los motivos que solicitan en direcciones distintas y a veces contrarias la actividad humana. El individuo tiene aquí un ancho campo de acción original.
Ciertos sujetos dotados de una voluntad más activa, de una inteligencia más profunda o de una sensibilidad más depurada y exquisita, obran, piensan y sienten a su modo; y no se contentan con vivir acomodándose a las exigencias de la Naturaleza y de la sociedad, sino que aspiran a dirigir su vida y a transformar el ambiente geográfico y las instituciones de acuerdo con sus propias concepciones filosóficas, científicas, artísticas o religiosas. Sus empeños en tal sentido aportan nuevos elementos de contradicción, de variabilidad y de lucha, que se suman a todos los que han sido mencionados anteriormente, sin que la historia pueda excusarse de registrarlos en sus páginas pues de lo contrario quedaría muy incompleto el cuadro de la vida de cada pueblo en particular y el de la Humanidad en su conjunto.
La historia de Cuba no es distinta, en su esencia, de la de los demás pueblos, cuyo contenido hemos apuntado brevemente. Aunque muy corta, ha de considerarse como un proceso evolutivo de extraordinaria complejidad. Los factores que han influido en ella son numerosos, de difícil determinación y de muy diverso carácter; no obstante, la dirección general de la evolución histórica puede bosquejarse sin dificultades insuperables, porque entre los agentes que la han determinado hay algunos de acción muy notable y constante, cuyos efectos se destacan claramente entre los demás. Entre ellos deben contarse en primer término, la condición fisiológica y la contextura espiritual de la raza española, las condiciones del ambiente geográfico, las relaciones sostenidas por Cuba con otros pueblos y el carácter cubano.
El influjo de estas fuerzas históricas, cuya importancia relativa señalaremos sucintamente, ha sido decisivo y puede discernirse en los principales acontecimientos.
En efecto, la acción combinada de la herencia psíquica, del medio geográfico y de las relaciones internacionales, unida a la acción individual y a la de las fuerzas desconocidas e imprevistas que denominamos con la palabra azar, cuya influencia pesa siempre en los destinos humanos, constituye la trama fundamental de la historia de Cuba. Los hechos de ésta aparecen sometidos en sus grandes líneas a un determinismo muy marcado, fenómeno que se observa muy particularmente en los primeros tiempos de la colonización, cuando el grupo social cubano, débilmente organizado, poco numeroso e inculto, solo era capaz de desarrollar una acción original muy poco compleja, bajo la presión de las influencias casi incontrastables de la naturaleza tropical y de naciones grandes y fuertes.
3. Influencia de las condiciones geográficas sobre el desarrollo histórico
Las condiciones geográficas influyen, como es sabido, sobre el desarrollo histórico de un pueblo, en virtud de la abundancia o la escasez de los recursos naturales y el carácter general de dichos recursos, de las facilidades o las dificultades locales para asegurarse el hombre la manera de satisfacer las necesidades de la vida, y de la posibilidad que el ambiente geográfico ofrezca para el desarrollo de la industria y el comercio.1
En efecto, la geografía de cada lugar influye sobre el crecimiento de la población en sentido favorable o adverso, según brinde o no facilidades para obtener los frutos que son base de la alimentación humana, y es asimismo un factor muy importante de la distribución de los habitantes en cada país, determinando la acumulación de núcleos más numerosos en las regiones donde la vida resulta más segura o más fácil. Sus efectos sobre la población se hacen sentir también sobre el movimiento de ésta, por cuanto contribuye a fijarla de una manera estable en una región dada, o a crear condiciones favorables a la producción de movimientos de emigración e inmigración más o menos considerables, bien de forma periódica y por un tiempo determinado, o bien de otro carácter más indefinido e irregular.
La influencia de la geografía local se extiende, además, a otro orden de hechos, según comprueba la observación cuidadosa de la historia de cada pueblo.
El temperamento se modifica de un modo considerable por la acción del clima sobre las funciones corporales y fisiológicas, hecho que se observa claramente en la influencia de la temperatura y la humedad sobre la actividad, estimulada en grado más o menos enérgico por el frío, y deprimida cuando el calor y la humedad son excesivos y constantes. La atmósfera, según sea más o menos diáfana y luminosa, determina de una manera directa una mayor o menor actividad de ciertos sentidos, como el de la vista, por ejemplo, y en virtud de esta circunstancia, produce efectos de orden secundario sobre las funciones mentales. Como ilustración puede señalarse el hecho de que el arte de los pueblos meridionales de Europa es mucho más objetivo que el de los del Norte, los cuales, viviendo en un ambiente neblinoso y monótono, donde las formas y los colores se perciben vaga y confusamente, se sienten impulsados a reflejar y concentrar el pensamiento sobre sí mismos.
El carácter subjetivo del arte y la literatura ingleses y el brillante colorido y el realismo de la pintura española, son buenas pruebas de la influencia del clima sobre las funciones intelectuales. Las condiciones del ambiente geográfico extienden sus efectos por diversas vías sobre la imaginación. Los grandes cambios de las estaciones, las tempestades, las grandes conmociones de la Naturaleza, de cualquier orden que sean, obrando persistentemente durante siglos sobre el espíritu, contribuyen al desarrollo de ciertas formas de la fantasía popular. Hay regiones que son propicias, por tal motivo, al desarrollo de manifestaciones artísticas peculiares, de supersticiones de un género particular, a la vez que imprimen al sentimiento religioso un sello determinado y promueven su desenvolvimiento en tal o cual dirección. El medio local es causa también de un proceso de selección entre los individuos, encaminado en el sentido de hacer prevalecer los tipos que reúnen determinadas cualidades físicas, independientemente del influjo mencionado más arriba sobre el carácter y el espíritu de cada sujeto; y finalmente, la geografía hace sentir de la manera más enérgica su poder sobre la vida de cada colectividad, al determinar las ocupaciones del mayor número de los individuos y las formas de la organización social.2
El estudio comparativo de los efectos producidos por los diversos elementos del ambiente geográfico sobre el hombre, permite apreciar que unas condiciones de la geografía influyen más que otras sobre la vida humana. Los factores de mayor poder, según la opinión más aceptada, son los siguientes: la posición geográfica, que determina el contacto frecuente con ciertos pueblos de preferencia a otros, así Cuba, por ejemplo, tiene mayores relaciones con los Estados Unidos que con Chile; la extensión y la forma del país, por cuanto permiten o no un crecimiento indefinido a la población sin chocar con otras naciones ni producir cambios en las condiciones del estado social, aparte de atraer con mayor o menor intensidad las corrientes inmigratorias y brindar un campo reducido o amplio al desarrollo de los negocios; el relieve del suelo, con predominio del llano o la montaña, que tanta influencia ejercen sobre el clima, la salubridad, la facilidad de comunicaciones y la producción de tales o cuales frutos y especies animales, así como sobre la vida industrial, lo mismo en lo concerniente a la minería como en lo tocante al aprovechamiento de los saltos de agua, a las ventajas para la irrigación, la navegación fluvial, etc. Otros factores de gran importancia son: la naturaleza del suelo o del subsuelo, ligada íntimamente con la agricultura y la industria; la flora y la fauna, de las cuales depende el hombre para su subsistencia, sin contar con la influencia de ambas sobre la seguridad de la vida y el desarrollo de ciertas enfermedades; y finalmente el clima, con sus condiciones fundamentales de temperatura, humedad y luz, a cuyos efectos sobre el hombre ya se ha hecho referencia anteriormente.3
La concurrencia de determinadas condiciones de las enumeradas en un país, hacen de él un centro apropiado para el desarrollo de la vida humana, sin gran consumo de energía física y mental, o por el contrario, le convierten en una zona donde la adaptación es difícil y no se realiza de una manera satisfactoria sino a virtud del vigoroso empleo de las más elevadas cualidades humanas. Los extremos de dureza o facilidad de las condiciones de la vida no favorecen el desarrollo de colectividades del tipo más elevado, según el consenso general. El ambiente más beneficioso es aquel que sin ser excesivamente severo, estimula y requiere el constante empleo de la más alta energía física y mental.
Establecidos estos principios, véase cuales son, sucintamente, las condiciones geográficas de Cuba, en relación con los mismos.
4. Condiciones geográficas de Cuba: sus consecuencias históricas
Cuba es la mayor y más occidental de las islas que forman el archipiélago de las Antillas, extendido como un inmenso arco desde las bocas del Orinoco en la América del Sur, hasta la península de Yucatán en la América Central. La Isla está situada entre la América del Norte y la del Sur, cerca del límite septentrional de la Zona Tórrida.
Se encuentra separada del islote más próximo de la Florida, al Norte, por una distancia de cien millas en línea recta; cincuenta y cuatro millas la separan de Haití, al Este; ochenta y cinco millas de Jamaica, al Sur; y ciento treinta de Yucatán, al Oeste. Debido a su forma larga y angosta y a su latitud geográfica, Cuba tiene un clima insular o marítimo, con una temperatura media anual de 25.° centígrados, y mucha humedad atmosférica. Las lluvias son abundantes de mayo a septiembre; la temperatura oscila poco alrededor de la media anual; en los meses más fríos, diciembre y enero, raramente desciende a menos de 12.°, y en los más calurosos, julio y agosto, no suele elevarse a más de 35.°.
El largo de la isla es de unos 1.200 kilómetros, mayor en más de 200 kilómetros que la distancia que media entre el extremo meridional de Inglaterra y el extremo septentrional de Escocia; la anchura máxima, 200 kilómetros, es algo menor que la de Inglaterra; el ancho mínimo, 40 kilómetros, equivale a dos terceras partes del ancho de Escocia. La extensión superficial de Cuba es algo mayor que cuatro veces la extensión de Bélgica y casi igual a la de Inglaterra propiamente dicha.
Cuba tiene un relieve irregular que no constituye una unidad orográfica sencilla, aunque todas sus montañas se extienden, por lo común, en la dirección del eje longitudinal de la isla, de Este a Oeste. La parte central de la isla, ocupada por las provincias de La Habana, Matanzas, las Villas y Camagüey, tiene un relieve poco definido. El terreno de toda la región se extiende en forma de llanuras ondulantes y valles poco profundos, sin grande elevación sobre el nivel del mar. Las tierras por lo general son fértiles y las lomas no alcanzan alturas considerables.
Las dos regiones extremas, occidental y oriental, ocupadas por las provincias de Pinar del Río y Oriente, presentan un acentuado relieve. A lo largo de Pinar del Río, se extiende una triple serie de sierras, un tanto al Norte de la línea media de la provincia, paralelas a la costa. En su conjunto, reciben el nombre de Cordillera de los Órganos. Desde la cúspide de la cordillera, que en algunos lugares se destaca a dos mil pies de altura, el terreno desciende en declive rápido hacia el Norte y el Sur. La vertiente septentrional está formada por valles estrechos, perpendiculares a la costa, con arroyos y ríos de escaso caudal. Al Sur de la cordillera los valles son más largos y abiertos, extendiéndose en forma de llanos suavemente ondulados hasta el mar. La Cordillera de los Órganos termina al Oeste de La Habana, pero sus trazas pueden seguirse en la parte central y septentrional de La Habana, Matanzas, las Villas y Camagüey. Al Sur de las Villas hay un macizo montañoso aislado, cuya altura máxima es de tres mil pies. Los valles de Trinidad y Sancti Spíritus, en el centro del mismo, se abren hacia la costa meridional, sobre la cual presentan los puertos de Casilda y Zaza respectivamente.
La región de Oriente, situada en el extremo opuesto a la de Pinar del Río, presenta un relieve notable.
La superficie de esta región, mayor que Bélgica, es muy desigual; presenta cordilleras altas y escarpadas, anchurosas llanuras de elevación considerable y valles profundos, algunos semejando estrechas barrancas.
El rasgo orográfico predominante de la región es la Sierra Maestra, que principia en Cabo Cruz y se extiende paralela a la costa meridional, sobre la cual se levanta abruptamente, para terminar en los alrededores de la ciudad de Santiago de Cuba.
La altura de la sierra es de unos cinco mil pies, con puntos culminantes que se elevan a 8.320 pies. Desde la ciudad de Santiago de Cuba al cabo Lucrecia en la costa del Norte y la punta de Maisí al Este, el terreno forma una meseta o planicie triangular con un laberinto de sierras de mil a tres mil pies de altura.
La vertiente septentrional de la Sierra Maestra desciende hasta el río Cauto, cuya cuenca fértil y extensa, es la mayor de Cuba. Más allá del río, el terreno se levanta gradualmente, llegando a alcanzar unos mil pies de elevación. La cuenca del Cauto comprende casi todo el terreno llano de la región oriental.
La disposición de las cordilleras de la isla en sentido longitudinal, contribuye a la unidad geográfica del país, permitiendo la fácil comunicación de unas regiones con otras. Pinar del Río se halla dividida en dos regiones independientes, una al Norte y otra al Sur de la Cordillera de los Órganos. Las comunicaciones naturales entre ambas regiones eran difíciles hasta la reciente construcción de la carretera de Viñales, pero las dos tenían fácil comunicación con La Habana, por el Norte y el Sur de la cordillera respectivamente. Desde el puerto de La Habana hasta el valle del Cauto, la disposición del relieve y la escasa importancia de éste facilitan las comunicaciones, de manera que ninguna zona queda aislada de las demás, excepto los valles de Trinidad y Sancti Spíritus, separados por elevaciones considerables del resto del territorio hasta una fecha muy reciente. En la región oriental, el valle del Cauto tiene una individualidad tan bien marcada como los de Trinidad y Sancti Spíritus, pero es considerablemente más extenso y con más fáciles comunicaciones. Su salida natural al mar es la costa baja y pantanosa de Manzanillo, al Este. También tiene otra salida al Sur, por el puerto de Santiago de Cuba, al cual puede llegarse desde la cuenca del Cauto a través de varios valles situados en las cercanías del Cristo. Finalmente los llanos del Cauto se hallan unidos por el Norte con los de Camagüey.
A través de toda la historia de la Isla, la población de la región oriental ha tendido a acumularse en el valle del citado río, la zona más habitable de la provincia.
Dada la disposición del relieve de Cuba, todos los ríos son cortos y de escaso caudal; en la época de las lluvias suelen producir inundaciones bruscas.
Los saltos de agua no escasean, pero son de poca importancia económica.
La longitud de las costas de Cuba es muy considerable.
El litoral, casi tan extenso como el de Francia, corresponde a tres mares de gran importancia económica e histórica: el océano Atlántico —el océano de la civilización actual como ha sido llamado— cuyas olas bañan las costas de las naciones más civilizadas del Mundo; el golfo de México, salida obligada al Atlántico de México y de las feraces y dilatadísimas tierras que baña el río Misisipí, tierras que son uno de los más ricos graneros del mundo; y por último, el mar Caribe o de las Antillas, cuya cuenca abarca extensos territorios de la América Central y del Sur, unido más que separado del océano Pacífico por el istmo de Panamá, aun antes de la apertura del canal de este nombre.
Las costas cubanas de los tres mares citados presentan un aspecto muy desigual. En ciertas partes el litoral es quebrado, alto y rocalloso, con puertos amplios, abrigados y profundos, sobre un mar libre de bajos, escollos o islotes; en otros la costa es baja, cenagosa, bordeada de líneas paralelas de islotes y arrecifes de coral, que forman intrincados archipiélagos sobre un zócalo marino muy poco profundo.
Tanto el litoral bajo como los islotes, se hallan cubiertos de bosques y pantanos. Los pantanos del litoral bajo se extienden a lo largo del mismo como un valladar de uno a varios kilómetros de ancho, colocado entre el interior de la isla y la costa, a la vez que los islotes y las formaciones coralinas se interponen entre la costa y el océano hasta una distancia de muchas millas. Las tierras habitables del interior de la isla frente a las costas bajas, se hallan separadas del mar abierto por una doble barrera en parte terrestre y en parte marítima.
La costa del Norte de la isla solo es fácilmente abordable por dos partes distintas. La primera se extiende desde Bahía Honda al cabo de Hicacos, al Este de Matanzas. Su longitud es de 200 kilómetros y cuenta con cinco puertos: Bahía Honda, Cabañas, Mariel, Habana y Matanzas. Esta parte de la costa cubana corresponde a la entrada del golfo de México, se comunica con la parte septentrional del Atlántico por el canal de la Florida y tiene salida hacia la parte central del citado océano a través del Canal Viejo de Bahamas. Los cinco puertos de esta costa no tienen la misma facilidad de comunicaciones terrestres con el interior ni con la costa del Sur.
Bahía Honda y Cabañas se hallan aislados de las partes central y meridional de Pinar del Río por la Cordillera de los Órganos; Matanzas tiene cerrado el camino más corto a la costa del Sur, por la vasta e infranqueable ciénaga de Zapata. Mariel y La Habana no tienen barreras de lomas que dificulten el acceso al interior; situados en la parte más estrecha de la Isla, distan pocos kilómetros de la costa del Sur la cual presenta a la altura de los puertos citados la ensenada de Majana y el golfo de Batabanó. Sobre este golfo y exactamente al Sur de La Habana existe un surgidero, el de Batabanó, centro natural de las comunicaciones de toda la costa meridional de la Isla con La Habana, hasta la construcción de los ferrocarriles centrales en el siglo que corre. El puerto de La Habana, amplio, abrigado y profundo, reúne mayores ventajas geográficas que el del Mariel, mucho más pequeño y expuesto a los vientos del Norte.
El segundo tramo del litoral accesible de la costa norte de Cuba se extiende desde Nuevitas al cabo de Maisí. Mide más de 350 kilómetros de largo y presenta numerosos y magníficos puertos. Esta parte de la costa se comunica con la región central del Atlántico por la parte norte de Haití; además tiene fácil acceso al mar de las Antillas por el estrecho de Maisí o Paso de los Vientos.
Los puertos más occidentales de este tramo, Nuevitas, Malagueta, Puerto Padre, Gibara, se hallan situados sobre la parte más ancha de la isla. Sus comunicaciones con el interior no son difíciles, pero tienen la desventaja de estar situados frente al Gran Banco de Bahamas, lo cual obliga a dar un largo rodeo a los buques que partiendo de dichos puertos se dirijan al exterior. Los puertos situados más al Este, entre el cabo de Lucrecia y la punta de Maisí —Banes, Nipe, Levisa, Cabonico, Sagua de Tánamo, Baracoa— se hallan junto a terrenos fragosos, que casi incomunican dichos puertos por tierra, con el resto de la provincia, particularmente con las zonas de terreno llano, asiento natural de la población y de las actividades de la agricultura, el comercio y la industria.
La costa meridional de Cuba tiene también dos tramos fácilmente abordables. Uno corto, menor de 100 kilómetros, en la región central, de Cienfuegos a Casilda; y otro muy extenso, de más de 400 kilómetros, desde el cabo Cruz a la punta de Maisí. El primero de esos dos tramos cuenta con la excelente bahía de Jagua, asiento de Cienfuegos. Sus comunicaciones con el interior son fáciles, pero tiene la desventaja de hallarse hacia el centro de la costa meridional, en una concavidad y a larga distancia de las principales rutas marítimas del Atlántico, el golfo de México y el mar de las Antillas.
El segundo tramo accesible de la costa meridional solo cuenta con dos puertos, muy notables: Santiago de Cuba y Guantánamo. Ambos puertos ocupan una posición céntrica en el mar de las Antillas y se hallan próximos al estrecho de Maisí o Paso de los Vientos, salida natural hacia el Atlántico. Las ventajas que ofrecen para comunicarse con el interior de la isla no son las mismas. Guantánamo se halla próximo al extremo oriental de Cuba, aislado del interior por laberintos de sierras fragosas, mientras que Santiago ocupa una posición más céntrica y tiene fácil acceso a la parte llana de la provincia, a través de la cual puede comunicarse con el resto de la isla.
En resumen, Cuba tiene dos tramos de litoral accesible al Norte y otros dos al Sur. Los dos primeros comunican la isla directamente con el Atlántico y el golfo de México; los otros dos con el mar de las Antillas. El tramo mejor situado, tanto respecto del interior como del exterior de Cuba, es el que se extiende desde Bahía Honda al cabo de Hicacos; en el centro del mismo se halla el puerto de La Habana.
Las mayores ventajas las ofrece después el tramo extendido desde el cabo Cruz a la punta de Maisí, por su posición céntrica en el mar de las Antillas frente a Panamá; Santiago de Cuba es el puerto de esa costa más favorecido geográficamente. Los dos puertos más importantes de Cuba son La Habana y Santiago. El primero aventaja al segundo, por corresponder La Habana al golfo de México y al Atlántico del Norte, mares de mucha mayor importancia económica e histórica que el mar de las Antillas y por ocupar una posición más céntrica respecto de la isla.
Otros elementos muy importantes del medio geográfico, son como ya se ha dicho el suelo y el subsuelo.
Las tierras de Cuba por lo general son fértiles, pero existen extensas zonas pantanosas, y de terreno fragoso que reducen considerablemente el área cultivable. Las penínsulas de Guanacahabibes y de Zapata representan centenares de miles de hectáreas de terreno naturalmente inútil para el cultivo.
También existen extensas sabanas arcillosas en varias partes de la isla, de un cultivo penoso y difícil, así como tierras serpentinosas de muy escasa feracidad.4
El subsuelo es más bien pobre que rico. Las capas de terreno de los primeros períodos geológicos, han sido cubiertas por enormes depósitos sedimentarios correspondientes a las épocas secundaria, terciaria y moderna, sin que la erosión los haya hecho desaparecer aún, para dejar al descubierto los yacimientos metalíferos, excepto en algunos pocos sitios.
Hasta el presente no puede decirse que existan dos Cubas como dos Bélgicas, por ejemplo, una a la clara luz del día y otra en las entrañas de la tierra.
No se han hallado en abundancia metales preciosos, substancias combustibles como la hulla o el petróleo que den vida a las industrias metalúrgicas, ni materias como el guano o la potasa utilizadas en grande escala por la agricultura.
En cuanto a la fauna y la flora primitivas, eran de muy reducido valor económico. Los mamíferos casi no existían; estaban representados por unas cuantas especies de escasa utilidad. Las aves propias para la alimentación del hombre y la cría doméstica eran también muy pocas. En cambio existían en grandísima abundancia insectos muy perjudiciales —mosquitos, jejenes, hormigas bravas, bibijaguas, comején, gorgojo, etc.—. tanto por las molestias insoportables que ocasionan al hombre, como por las enfermedades que propagan y los daños que causan a los cultivos, a las maderas y a los frutos en almacén. La flora era pobre en cereales, frutos comestibles y plantas forrajeras e industriales.
El sucinto estudio de las condiciones geográficas que acaba de hacerse nos lleva a la conclusión de que, en general, excepto en lo tocante a la posición geográfica y a la fertilidad de la tierra, Cuba no ofrece grandes ventajas naturales para la vida fácil del hombre. La temperatura media, uno de los factores climatológicos cuyos efectos son más importantes y más difíciles de contrarrestar cuando son perjudiciales, es demasiado alta; el calor excesivo hace muy penosos ciertos trabajos y ejerce una acción deprimente sobre las funciones orgánicas y psíquicas del hombre que vive en Cuba. El coeficiente de humedad atmosférica es también algo más elevado de lo conveniente para el mejor desarrollo de la especie humana y el ejercicio de los poderes mentales. Los terrenos bajos y pantanosos, además de ser inútiles para la agricultura y dificultar el tráfico, son particularmente peligrosos por su insalubridad, más acentuada por la naturaleza tropical del clima. Por último, una gran parte de la costa es inabordable para buques de mediano calado y ofrece grandes peligros para la navegación.
En virtud de las condiciones geográficas enumeradas, la lucha del hombre contra el medio ha sido muy severa en Cuba. La civilización desarrollada en la Isla es obra de la inteligencia y de la voluntad humanas principalmente. Las generaciones con su esfuerzo tenaz y perseverante han domeñado en parte la Naturaleza, contrarrestando las influencias adversas de ésta y explotando inteligentemente los recursos que hallaban a su alcance.
Las condiciones del medio geográfico han ejercido una marcada influencia en la historia de Cuba. La flora y la fauna indígenas no contaban con las plantas y los animales indispensables para la vida de comunidades numerosas. La población india primitiva, aislada casi totalmente por el mar, debió ser corta necesariamente. La dificultad de acumular medios abundantes de subsistencia debe considerarse como una de las causas principales del salvajismo en que vivía.
Al establecerse en la Isla los españoles, la primera necesidad a que debieron atender fue a la de asegurarse medios de subsistencia. Impelidos por esa necesidad, introdujeron en Cuba ganado de diversas clases, aves y animales domésticos, cereales, hortalizas, frutas y muchas de las plantas industriales con que hoy cuenta el país.
La busca del oro, única mercancía exportable en los primeros tiempos de la colonización de Cuba, mereció, igual atención por parte de los primeros colonizadores; pero la escasez de dicho metal precioso, lo penoso del trabajo requerido para recolectar los granos de oro extrayéndolos de las arenas de los ríos y la falta de yacimientos importantes, fueron parte a que la actividad principal de la población se encauzase en el fomento de la ganadería, la agricultura y ciertas formas primitivas de la industria y el comercio. Cuba no podía producir, dadas sus condiciones climatológicas y la falta de ciertos recursos naturales, todos los artículos indispensables para satisfacer las más apremiantes exigencias de la vida.
La necesidad de importar ciertos efectos (alimentos, ropa, herramientas, etc.) y de pagar su importe con ganado, cueros y algunos pocos frutos del país, a falta de metales preciosos, se hizo sentir, y la actividad comercial tuvo estímulos poderosos proporcionales a las necesidades vitales que el comercio debía satisfacer. La agricultura se desarrolló paralelamente en relación al comercio, y de esta manera Cuba ha llegado a convertirse, con el transcurso de los años, en un gran centro de producción de frutos tropicales y de consumo de productos de la agricultura y la industria de la zona templada.
La posición geográfica de Cuba es muy favorable para el intercambio comercial que ha tenido y tiene necesidad de sostener. Su condición insular no ha sido un obstáculo, sino una ventaja para entrar de lleno en las corrientes de la civilización occidental.
La proximidad de la Isla a las tierras vecinas y la posición céntrica que ocupa en el Atlántico, el océano mejor explorado, teatro de la mayor actividad marítima desde el comienzo de la historia de Cuba, han vinculado a ésta estrechamente con la vida de la Humanidad.
